Por el Día Europeo de las Víctimas de Delitos de Odio

Hoy se celebra el Día Europeo de las Víctimas de Delitos de Odio. Sin duda, se trata de una fecha especialmente importante para mí. ¿Y por qué? Porque, como sabéis muchas y muchos, hace tiempo que decidí consagrar buena parte de mi vida a luchar en contra de toda forma de discriminación, odio y violencia sobre cualquier persona por el mero hecho de ser diferente. Algo que hago como parte de un férreo compromiso que adquirí conmigo mismo y,  por encima de todo, con las decenas de víctimas de discriminación, odio y violencia que he tenido la oportunidad de conocer a lo largo de estos años y como consecuencia de mis trabajos de tesis doctoral. 

Por este motivo, también desde hace bastante tiempo, y a pesar de las serias dificultades que, en no pocas ocasiones, me encuentro por el camino, procuro hacer extensible el compromiso que adquirí a todas las personas de mi entorno. La razón es simple; es nuestro deber como sociedad el luchar en contra de la violencia, el odio y la discriminación hacia personas o  grupos de personas que, por el mero hecho de ser diferentes, son víctimas de estos ataque que, desgraciadamente, y en los casos más extremos, acaban con la vida de la víctima. 

Por tal razón, y comenzado por los niveles más bajos de discriminación y violencia, hemos de luchar en contra del carácter discriminatorio e invisible de los estereotipos y prejuicios que señalan a quien es diferente solo por sus características personales o cualquier otra circunstancia que le determine. Todos aquellos comentarios insensibles y estereotipados solo contribuyen a la deshumanización de quien creemos que nos es ajeno pero que, sin embargo, es nuestro semejante al ser muchos más los lazos que nos unen que aquellos que, solo superficialmente, nos pueden separar.

 Pero, desgraciadamente, existen situaciones mucho más graves que nos llenan de tristeza e impotencia cuando, a través de un repulsivo discurso del odio fomentado, en ocasiones, por algunos partidos políticos desconocedores de la INVIOLABILIDAD DE LA DIGNIDAD HUMANA y de la IRREVOCABILIDAD DE LOS DERECHOS HUMANOS de los que es titular toda persona, y sin distinción, en cualquier parte del mundo. Un dignidad y unos derechos que, sistemáticamente, son violados de forma flagrante y con el consentimiento de los propios Gobiernos y de la propia Comunidad Internacional que, a pesar de tener los instrumentos adecuados para evitarlo, se vuelven cómplices al no hacer nada al respecto. 

Sí, la violencia, el odio y la discriminación existen en nuestras sociedad. Hemos de ser conscientes de ello porque es una realidad que no puede negarse y que podemos verlo en aspectos tan importantes de nuestra vida como lo es el mercado laboral, el acceso a la vivienda, el acceso a los servicios sanitarios y, también, de forma muy alarmante, del ámbito de la educación que, sin duda, ES LA PRINCIPAL HERRAMIENTA PARA LUCHAR EN CONTRA DE LA DESIGUALDAD Y LA DISCRIMINACIÓN. Y todo ello, teniendo como principales víctimas de discriminación a mujeres, a migrantes y refugiados, al Colectivo LGTBIQ y, también, a menores tutelados, a personas con diversidad funcional, intelectual y sensorial, y a personas de edad que, especialmente, y en no pocas ocasiones, son totalmente invisibilizadas y apenas tienen posibilidad de reivindicarse sí mismas como personas totalmente válidas y útiles para el crecimiento y el enriquecimiento de nuestra sociedad.

 Si dejamos que la discriminación y la violencia, por ligera o inocua que pueda ser,  se normalice, sea cual sea el origen de la misma, seremos responsables de aquellos actos de violencia y de intolerancia que de ella se deriven. De aquellos actos de violencia, vandalismo y profanación contra aquellos lugares merecen el más absoluto de los respetos a ser depositarios de la memoria de quienes perdieron la vida a manos del odio irracional y la intolerancia. De no erradicar ese odio irracional y esa intolerancia de nuestras vidas y de nuestra sociedad, seremos cómplices silenciosos de todo acto de violencia física de sobre las personas por el mero hecho de ser diferentes. Seremos cómplices de todos aquellos casos de agresiones físicas y verbales, de violencia sexual e, incluso, de homicidio y asesinato por odio si no somos capaces de poner remedio como sociedad. Es cierto, ESA ES LA PURA VERDAD.

Ya fuimos testigos en el pasado de las consecuencias de no prestar atención a los síntomas y a las causas que condujeron a las más abominables de las aberraciones en contra de propia humanidad. No podemos permitir que las sombras del pasado vuelvan a cernirse sobre nosotros, que más voces sean silenciadas por la violencia y el odio irracional, criminal y asesino que ya inundó de dolor y sufrimiento en nuestro país durante la guerra fratricida, en Europa durante el Régimen de la Alemania Nazi y en las guerras de los Balcanes, en África con el genocidio de Ruanda durante en el siglo pasado y, por desgracia, en otras partes del mundo en la actualidad como sucede con los ROGHINGYA EN MYANMAR o, más recientemente, como así está sucediendo en COLOMBIA con los asesinatos indiscriminados de líderes y lideresas indígenas y afrodescendientes que pierden la vida únicamente por defender la tierra de sus ancestros, las tierras que les vio nacer.

Por todo ello, si realmente no queremos fracasar como sociedad, si realmente queremos construir un futuro mejor en donde las próximas generaciones no nos demanden por no haber actuado con responsabilidad, tenemos que unir nuestros esfuerzos para posicionarnos claramente en contra de todo acto de violencia, de odio y de discriminación. Esto puede hacerse de dos maneras: la primera es actuar a pequeña escala, en nuestros barrios, en nuestros pueblos y ciudades actuando en contra de aquellas situaciones que sean claramente injustas por ser contrarias a la dignidad y a los derechos humanos; la segunda actuar de forma conjunta y EXIGIR a todas nuestras Instituciones y a todos los Poderes Públicos de todos los Gobiernos que conforman la Comunidad Internacional para que den cumplimiento con todos los textos y tratados internacionales en materia de defensa y promoción de los Derechos Humanos y en contra de cualquier forma de odio, violencia y discriminación. 

Sé que habrá quien piense que lo que digo es una utopía y que soy poco más que un iluso idealista. Pero fueron precisamente un puñado de nombres idealistas (hombres y mujeres de distintas épocas) quienes se atrevieron en el pasado, y a pesar de tenerlo todo en contra, a dar los pasos necesarios en favor de toda la Humanidad. Así lo hicieron, Rosa Park, Nelson Mandela, Eleonor Roosevelt, Martin Luther King, Gabriela Brimmer, Berta Cáceres, James Anaya, Ai Weiwei, las Abuelas y Madres de la Plaza de Mayo, Luz Marina Bernal, las Madres de Tiananmen y así con una larga lista de nombres de mujeres y hombres que han dedicado toda su vida a luchar por los demás, a luchar por aquello que es justo y a luchar por los derechos de personas como tú llegando a sacrificar y a poner en riesgo su vida mientras yo escribo estas líneas y tú las estás leyendo. 

Yo no puedo aspirar a ser como alguno de los hombres y mujeres que he mencionado porque son irrepetibles en la historia de la humanidad. Pero si podemos aprender de su ejemplo y llegar a creer que somos capaces de cambiar las cosas si realmente así lo creemos, que podemos llegar a marcar la diferencia y a construir un futuro y un mundo mejor de todas y de todos para todas y para todos, sin importar quiénes seamos, cómo seas y dónde hayamos nacido. 

¿Y por qué? Porque, como siempre he dicho, creo firmemente que la Humanidad, en toda su riqueza y diversidad, es nuestro verdadero, mayor y más valioso patrimonio y, en consecuencia, es nuestro deber, pero también nuestro derecho, el defenderla frente a cualquier ataque de cualquier que cuestione los derechos y la dignidad inviolable de toda persona, de todo ser humano. Y porque, TODOS LOS SERES HUMANOS, aunque podemos pensar que somos diferentes, HEMOS NACIDO LIBRES E IGUALES EN DIGNIDAD Y EN DERECHOS. 

Todas y todos, SIN EXCEPCIÓN.