(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)
🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽
(Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto)
Conocer la historia es esencial para tener un pensamiento crítico acerca de lo que sucedió tiempo atrás, muy especialmente cuando hablamos del episodio más oscuro de nuestra historia como humanidad. Un episodio que supuso la negación absoluta de los derechos humanos inherentes de toda persona y de su dignidad humana inviolable.
Por muchas razones, el 27 de enero es una fecha particularmente especial. Lo es para todas aquellas personas que defendemos a ultranza, con firmeza, de manera incansable, y desde la más absoluta de las convicciones, los derechos humanos de toda persona, procurando, al mismo tiempo, que los errores y, sobre todo, los horrores del pasado nunca más vuelvan a repetirse.
Dicho esto, hoy, Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, y tal vez más que nunca, necesitamos mirar al pasado para rendir un sincero homenaje a los millones de víctimas inocentes que fueron asesinadas por la locura más irracional y abominable que el mundo ha conocido: el Holocausto.
Aquel horror, aquel acto inhumano, negacionista de la propia humanidad, motivado por el odio más destructor, acabó cruelmente con la vida de millones de personas, arrebatándoles previamente su dignidad para después abolir por completo su humanidad.
Nadie en este mundo, o al menos nadie que tenga un mínimo de decencia y de conocimiento de la historia, puede dudar que la Shoah fue el mayor acto de terrorismo de Estado conocido en toda la historia de la humanidad. Un acto despiadado de la propia humanidad en contra de sí misma y que estuvo amparada en la sinrazón más abominable y ungida desde la maldad más absoluta de todas.
Cuando se cumple el 80º aniversario de la liberación del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, lugar en el que más de un millón de personas fueron salvajemente asesinadas, tenemos la obligación moral de rendir homenaje a quienes murieron a manos del odio destructor, que acabó con la vida de más de seis millones de judíos, entre hombres, mujeres y niños, y a los que hay que sumar prisioneros de guerra, gitano-romaníes, eslavos, polacos, homosexuales, masones, personas con discapacidad, republicanos españoles, testigos de Jehová, católicos y disidentes de toda aquella monstruosa barbarie. En total, según los cálculos de los últimos estudios, se estima que alrededor de 17 millones de personas fueron salvajemente asesinadas bajo la cobarde mirada y el silencio cómplice de quienes, a pesar de que sabían muy bien todo lo que estaba pasando, no hicieron absolutamente nada para evitarlo.
A lo largo de todo este tiempo, siempre hemos creído que la humanidad era capaz de aprender de sus propios errores y, sobre todo, de los horrores de hace décadas. Sin embargo, en los últimos años, estamos asistiendo, también prácticamente impasibles, al resurgimiento de aquellas sombras oscuras que traen la violencia más atroz, la discriminación más irracional e injusta y el odio más destructor. Y esas sombras están resurgiendo porque nunca se fueron, siempre han estado ahí, escondidas pero muy presentes en nuestra sociedad, esperando el momento adecuado para cernirse sobre ella. No reconocer esta realidad, no sería únicamente un acto de clara ignorancia, sino también la demostración de ese cinismo que todo lo envuelve y que solo contribuye a que la sociedad actual, y muy especialmente las generaciones más jóvenes, desconozca y olvide el pasado, corriendo, por tanto, el enorme riesgo de volver a repetir las mismas atrocidades y abominaciones contra nuestros semejantes.
Ha pasado poco a poco y no nos hemos dado cuenta de ello. Ya no se esconden quienes, abiertamente, defienden y promueven la violencia, el odio y la discriminación en sus extremos más oscuros y tenebrosos. Han aguardado pacientemente esperando el momento para reaparecer cuestionando, trivializando y negando los derechos inherentes de toda persona y también los crímenes más atroces que la humanidad ha conocido jamás. Lo hacen desde la más aberrante de las crueldades restando importancia y negando toda responsabilidad a los criminales que perpetraron todo aquel horror desde la vileza e indignidad más absolutas.
Es cierto, de la misma manera en la que tenemos que reconocer que los errores del pasado pueden traer consigo los horrores que jamás han de repetirse, también hemos de ser conscientes de la necesidad de aprender la lección más importante de todas: NO PODEMOS PERMITIR QUE VUELVA A SUCEDER. Sin embargo, o no hemos aprendido nada, o, peor aún, hemos olvidado deliberadamente todo. A lo largo de estos 80 años la violencia se ha expandido por todo el mundo, la amenaza de la guerra global sigue en aumento, el sufrimiento de millones de víctimas inocentes lo impregna todo aunque los medios de comunicación apenas digan nada al respecto, y el genocidio, a lo largo de las últimas décadas, ha seguido estando y está muy presente. Así que, no, no parece que hayamos aprendido nada o, tal vez, hemos querido olvidar todo. Como humanidad, lo olvidamos todo durante las dictaduras en los países del Cono Sur de América Latina, lo olvidamos todo en Ruanda, lo olvidamos todo en la Guerra de los Balcanes, lo olvidamos todo en Darfur (Sudán), lo olvidamos todo en el antiguo Zaire (actual República Democrática del Congo), lo olvidamos todo en Myanmar con los rohingya, lo olvidamos todo en Ucrania y lo hemos vuelto a olvidar todo en Gaza.
Los compromisos hay que cumplirlos y, cuando no se cumplen, hemos de exigir que se cumplan. Por todo el mundo, gobiernos e instituciones de todo color y orientación política han incumplido su palabra de incluir en sus programas educativos la enseñanza de lo sucedido durante el holocausto en centros de enseñanza de todos los niveles. Porque solo cuando conocemos la historia, cuando somos verdaderamente conscientes de la crudeza del pasado, somos capaces de actuar a tiempo y evitar que todo vuelva a repetirse. Conocer la historia es crucial si no queremos que el pasado se vuelva presente y amenace nuestro futuro. Y es que desconocer o negar la historia es también desconocer y negar la muerte y el sufrimiento de millones de víctimas inocentes, de sus familias y sus descendientes. Desconociendo o negando la historia volveremos a caer en el mismo error y cometeremos el mismo horror. Como decía Primo Levi, “aquellos que niegan Auschwitz estarían dispuestos a volver a hacerlo”. Y es verdad, porque, de alguna manera, ya está sucediendo aunque no seamos capaces o no queramos reconocerlo.
El odio es muy poderoso, pero nuestra voluntad para vencerlo tiene que ser mucho más poderosa aún. Solo si somos capaces y tenemos voluntad real de querer vencer al odio estaremos rindiendo el mayor de los homenajes a todas las víctimas. Porque solo cuando el odio sea totalmente erradicado, cuando las naciones del mundo se unan para construir un mundo donde la igualdad, la justicia, la libertad y la paz imperen, lograremos un mundo donde el respeto hacia los derechos humanos y la dignidad humana inviolable de toda persona estén siempre presentes en nuestro día a día.
Esa es la razón que debe movernos a insistir en un único y verdadero mensaje de paz y de hermanamiento entre todas las naciones y entre todos los pueblos. Porque no hay un legado más valioso que dejar a las futuras generaciones que un mundo unido en la fraternidad universal y libre de toda forma de violencia, odio y discriminación.
Honremos la memoria de quienes vieron sus vidas arrebatadas y mantengamos viva la luz de su recuerdo para ahuyentar a las sombras del pasado.
Conozcamos la historia, reconozcamos el dolor, aprendamos del pasado.
Evitemos caer en el mismo error.
Porque la Historia nos observa.
Antes de que sea tarde.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
HISTORY IS WATCHING US
(International Holocaust Remembrance Day)
Knowing history is essential for critical thinking about what happened in the past, especially when it comes to the darkest episode in our history as humanity. An episode that involved the absolute denial of every person’s inherent human rights and inviolable human dignity.
For many reasons, 27 January is a particularly special date. It is for all those of us who defend the human rights of every person to the hilt, firmly, tirelessly and with the utmost conviction, while at the same time ensuring that the mistakes and, above all, the horrors of the past are never repeated.
That said, today, International Day of Commemoration in Memory of the Victims of the Holocaust, and perhaps more than ever, we need to look to the past to pay heartfelt tribute to the millions of innocent victims who were murdered by the most irrational and abominable madness the world has ever known: the Holocaust.
That horror, that inhuman, humanity-denying act, motivated by the most destructive hatred, cruelly took the lives of millions of people, first robbing them of their dignity and then completely abolishing their humanity.
No one in this world, or at least no one with a modicum of decency and knowledge of history, can doubt that the Shoah was the greatest act of state terrorism known in the entire history of mankind. A ruthless act of humanity itself against itself, and one that was covered in the most abominable unreason and anointed with the most absolute evil of all.
On the 80th anniversary of the liberation of the Auschwitz-Birkenau concentration camp, where more than a million people were savagely murdered, we have a moral obligation to pay tribute to those who died at the hands of destructive hatred, which took the lives of more than six million Jews, men, women and children, plus prisoners of war, Roma, Slavs, Poles, homosexuals, Freemasons, disabled people, Spanish Republicans, Jehovah’s Witnesses, Catholics and dissidents from all that monstrous barbarism. In total, according to the latest estimates, it is estimated that around 17 million people were savagely murdered under the cowardly gaze and complicit silence of those who, despite knowing full well what was going on, did absolutely nothing to prevent it.
Throughout all this time, we have always believed that humanity was capable of learning from its own mistakes and, above all, from the horrors of decades ago. In recent years, however, we are witnessing, also virtually unmoved, the re-emergence of those dark shadows that bring the most heinous violence, the most irrational and unjust discrimination and the most destructive hatred. And those shadows are re-emerging because they never went away, they have always been there, hidden but very present in our society, waiting for the right moment to hover over it. Not recognising this reality would not only be an act of clear ignorance, but also a demonstration of that all-enveloping cynicism that only contributes to today’s society, and especially the younger generations, ignoring and forgetting the past, thus running the enormous risk of repeating the same atrocities and abominations against our fellow human beings.
It has happened little by little and we have not realised it. Those who openly defend and promote violence, hatred and discrimination in their darkest and darkest extremes are no longer in hiding. They have waited patiently for the moment to reappear, questioning, trivialising and denying the inherent rights of every person and also the most heinous crimes humanity has ever known. They do so from the most abhorrent of cruelties, downplaying and denying any responsibility to the criminals who perpetrated all that horror from the most absolute vileness and indignity.
True, just as we must recognise that the mistakes of the past can bring with them horrors never to be repeated, we must also be aware of the need to learn the most important lesson of all: WE CANNOT ALLOW IT TO HAPPEN AGAIN. However, either we have learned nothing, or, worse still, we have deliberately forgotten everything. Over the past 80 years, violence has spread around the world, the threat of global war continues to grow, the suffering of millions of innocent victims permeates everything even if the media barely says anything about it, and genocide, over the past decades, has remained and is still very much present. So, no, we don’t seem to have learned anything or, perhaps, we have wanted to forget everything. As humanity, we forgot everything during the dictatorships in the Southern Cone countries of Latin America, we forgot everything in Rwanda, we forgot everything in the Balkan War, we forgot everything in Darfur (Sudan), we forgot everything in the former Zaire (now the Democratic Republic of Congo), we forgot everything in Myanmar with the Rohingya, we forgot everything in Ukraine and we have forgotten everything again in Gaza.
Commitments must be honoured, and when they are not honoured, we must demand that they be honoured. All over the world, governments and institutions of all colours and political persuasions have failed to keep their word to include in their educational programmes the teaching of what happened during the Holocaust in schools at all levels. Because only when we know history, when we are truly aware of the harshness of the past, are we able to act in time and prevent it from happening again. Knowing history is crucial if we do not want the past to become present and threaten our future. To ignore or deny history is also to ignore and deny the death and suffering of millions of innocent victims, their families and their descendants. By ignoring or denying history, we will make the same mistake and commit the same horror. As Primo Levi said, ‘those who deny Auschwitz would be ready to do remake it’. And it is true, because, in a way, it is already happening even if we are unable or unwilling to recognise it.
Hatred is very powerful, but our will to overcome it has to be much more powerful still. Only if we are able and have the real will to overcome hatred will we be paying the greatest tribute to all the victims. Because only when hatred is totally eradicated, when the nations of the world unite to build a world where equality, justice, freedom and peace prevail, will we achieve a world where respect for human rights and the inviolable human dignity of every person are always present in our daily lives.
That is why we must insist on a single true message of peace and brotherhood in all nations and among all peoples. For there is no more precious legacy to leave to future generations than a world united in universal brotherhood and free from all forms of violence, hatred and discrimination.
Let us honour the memory of those whose lives were taken and keep alive the light of their memory to chase away the shadows of the past.
Let us know the history, acknowledge the pain, learn from the past.
Let us avoid making the same mistake.
Because History is watching us.
Before it is too late.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
LA STORIA CI OSSERVA
(Giornata Internazionale di Commemorazione delle Vittime dell’Olocausto)
Conoscere la storia è essenziale per pensare criticamente a ciò che è accaduto nel passato, soprattutto quando si tratta dell’episodio più oscuro della nostra storia di umanità. Un episodio che ha comportato la negazione assoluta dei diritti umani intrinseci e della dignità umana inviolabile di ogni persona.
Per molte ragioni, il 27 gennaio è una data particolarmente speciale. È per tutti coloro che difendono i diritti umani di ogni persona fino in fondo, con fermezza, instancabilmente e con la massima convinzione, facendo in modo che gli errori e, soprattutto, gli orrori del passato non si ripetano mai più.
Detto questo, oggi, Giornata internazionale di commemorazione in memoria delle vittime dell’Olocausto, e forse più che mai, dobbiamo guardare al passato per rendere un sentito omaggio ai milioni di vittime innocenti che sono state uccise dalla follia più irrazionale e abominevole che il mondo abbia mai conosciuto: l’Olocausto.
Quell’orrore, quell’atto disumano, che nega l’umanità, motivato dall’odio più distruttivo, ha crudelmente tolto la vita a milioni di persone, privandole prima della loro dignità e poi abolendo completamente la loro umanità.
Nessuno al mondo, o almeno nessuno con un minimo di decenza e conoscenza della storia, può dubitare che la Shoah sia stato il più grande atto di terrorismo di Stato conosciuto nell’intera storia dell’umanità. Un atto spietato dell’umanità stessa contro se stessa, ricoperto della più abominevole irragionevolezza e unto del male più assoluto.
Nell’80° anniversario della liberazione del campo di concentramento di Auschwitz-Birkenau, dove più di un milione di persone furono selvaggiamente assassinate, abbiamo l’obbligo morale di rendere omaggio a coloro che sono morti per mano dell’odio distruttivo, che ha tolto la vita a più di sei milioni di ebrei, uomini, donne e bambini, oltre a prigionieri di guerra, rom, slavi, polacchi, omosessuali, massoni, disabili, repubblicani spagnoli, testimoni di Geova, cattolici e dissidenti da tutta quella mostruosa barbarie. In totale, secondo le ultime stime, si calcola che circa 17 milioni di persone siano state selvaggiamente assassinate sotto lo sguardo vile e il silenzio complice di chi, pur sapendo benissimo cosa stava accadendo, non ha fatto assolutamente nulla per impedirlo.
In tutto questo tempo, abbiamo sempre creduto che l’umanità fosse in grado di imparare dai propri errori e, soprattutto, dagli orrori di decenni fa. Negli ultimi anni, però, stiamo assistendo, anche quasi impassibili, al riemergere di quelle ombre oscure che portano la violenza più efferata, la discriminazione più irrazionale e ingiusta e l’odio più distruttivo. E queste ombre stanno riemergendo perché non sono mai scomparse, sono sempre state lì, nascoste ma molto presenti nella nostra società, in attesa del momento giusto per aleggiare su di essa. Non riconoscere questa realtà non sarebbe solo un atto di evidente ignoranza, ma anche una dimostrazione di quel cinismo totalizzante che contribuisce solo a far sì che la società di oggi, e soprattutto le giovani generazioni, ignorino e dimentichino il passato, correndo così l’enorme rischio di ripetere le stesse atrocità e gli stessi abomini contro i nostri simili.
È successo a poco a poco e non ce ne siamo resi conto. Coloro che difendono e promuovono apertamente la violenza, l’odio e la discriminazione nei loro estremi più oscuri e tenebrosi non si nascondono più. Hanno atteso pazientemente il momento di riapparire, mettendo in discussione, banalizzando e negando i diritti intrinseci di ogni persona e anche i crimini più efferati che l’umanità abbia mai conosciuto. Lo fanno partendo dalla più ripugnante delle crudeltà, sminuendo e negando ogni responsabilità ai criminali che hanno perpetrato tutto quell’orrore dalla più assoluta bassezza e indegnità.
È vero, così come dobbiamo riconoscere che gli errori del passato possono portare con sé orrori da non ripetere mai più, dobbiamo anche essere consapevoli della necessità di imparare la lezione più importante di tutte: NON POSSIAMO CONSENTIRE CHE AVVENGA DI NUOVO. Tuttavia, o non abbiamo imparato nulla o, peggio ancora, abbiamo deliberatamente dimenticato tutto. Negli ultimi 80 anni, la violenza si è diffusa in tutto il mondo, la minaccia di una guerra globale continua a crescere, la sofferenza di milioni di vittime innocenti permea tutto, anche se i media non ne parlano quasi mai, e il genocidio, negli ultimi decenni, è rimasto ed è ancora molto presente. Quindi, no, non sembra che abbiamo imparato nulla o, forse, abbiamo voluto dimenticare tutto. Come umanità, abbiamo dimenticato tutto durante le dittature nei Paesi del Cono Sud dell’America Latina, abbiamo dimenticato tutto in Ruanda, abbiamo dimenticato tutto nella guerra dei Balcani, abbiamo dimenticato tutto in Darfur (Sudan), abbiamo dimenticato tutto nell’ex Zaire (ora Repubblica Democratica del Congo), abbiamo dimenticato tutto in Myanmar con i Rohingya, abbiamo dimenticato tutto in Ucraina e abbiamo dimenticato di nuovo tutto a Gaza.
Gli impegni devono essere rispettati e quando non lo sono, dobbiamo pretendere che lo siano. In tutto il mondo, governi e istituzioni di ogni colore e orientamento politico non hanno mantenuto la parola data di includere nei loro programmi educativi l’insegnamento di ciò che è accaduto durante l’Olocausto nelle scuole di ogni ordine e grado. Perché solo quando conosciamo la storia, quando siamo veramente consapevoli della durezza del passato, siamo in grado di agire in tempo e impedire che si ripeta. Conoscere la storia è fondamentale se non vogliamo che il passato diventi presente e minacci il nostro futuro. Ignorare o negare la storia significa anche ignorare e negare la morte e la sofferenza di milioni di vittime innocenti, delle loro famiglie e dei loro discendenti. Ignorando o negando la storia, commetteremo lo stesso errore e lo stesso orrore. Come disse Primo Levi, “chi nega Auschwitz è quello stesso che sarebbe pronto a rifarlo”. Ed è vero, perché, in un certo senso, sta già accadendo, anche se non siamo in grado o non vogliamo riconoscerlo.
L’odio è molto potente, ma la nostra volontà di superarlo deve essere ancora più forte. Solo se saremo in grado e avremo la reale volontà di superare l’odio, renderemo il più grande tributo a tutte le vittime. Perché solo quando l’odio sarà totalmente sradicato, quando le nazioni del mondo si uniranno per costruire un mondo in cui prevalgano l’uguaglianza, la giustizia, la libertà e la pace, realizzeremo un mondo in cui il rispetto dei diritti umani e l’inviolabile dignità umana di ogni persona siano sempre presenti nella nostra vita quotidiana.
Per questo dobbiamo insistere su un unico vero messaggio di pace e fratellanza in tutte le nazioni e tra tutti i popoli. Perché non c’è eredità più preziosa da lasciare alle generazioni future di un mondo unito nella fratellanza universale e libero da ogni forma di violenza, odio e discriminazione.
Onoriamo la memoria di coloro che sono stati uccisi e manteniamo viva la luce del loro ricordo per scacciare le ombre del passato.
Conosciamo la storia, riconosciamo il dolore, impariamo dal passato.
Evitiamo di commettere lo stesso errore.
Perché la Storia ci osserva.
Prima che sia troppo tardi.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
L’HISTOIRE NOUS OBSERVE
(Journée internationale dédiée à la mémoire des victimes de l’Holocauste)
Connaître l’histoire est essentiel pour avoir une pensée critique sur ce qui s’est passé dans le passé, en particulier lorsqu’il s’agit de l’épisode le plus sombre de notre histoire en tant qu’humanité. Un épisode qui a impliqué le déni absolu des droits humains inhérents et de la dignité humaine inviolable de chaque personne.
Pour de nombreuses raisons, le 27 janvier est une date particulièrement spéciale. Elle s’adresse à tous ceux d’entre nous qui défendent les droits de l’homme de chaque personne avec acharnement, fermeté, inlassablement et avec la plus grande conviction, tout en veillant à ce que les erreurs et, surtout, les horreurs du passé ne se répètent jamais.
Cela dit, aujourd’hui, Journée internationale dédiée à la mémoire des victimes de l’Holocauste, et peut-être plus que jamais, nous devons nous tourner vers le passé pour rendre un hommage sincère aux millions de victimes innocentes qui ont été assassinées par la folie la plus irrationnelle et la plus abominable que le monde ait jamais connue : l’Holocauste.
Cette horreur, cet acte inhumain et dénué d’humanité, motivé par la haine la plus destructrice, a cruellement ôté la vie à des millions de personnes, les privant d’abord de leur dignité, puis abolissant complètement leur humanité.
Personne dans ce monde, ou du moins personne ayant un minimum de décence et de connaissance de l’histoire, ne peut douter que la Shoah a été le plus grand acte de terrorisme d’État connu dans toute l’histoire de l’humanité. Un acte impitoyable de l’humanité elle-même contre elle-même, couvert de la déraison la plus abominable et oint du mal le plus absolu qui soit.
À l’occasion du 80e anniversaire de la libération du camp de concentration d’Auschwitz-Birkenau, où plus d’un million de personnes ont été sauvagement assassinées, nous avons l’obligation morale de rendre hommage à ceux qui sont morts aux mains d’une haine destructrice, qui a coûté la vie à plus de six millions de Juifs, hommes, femmes et enfants, ainsi qu’à des prisonniers de guerre, des Roms, des Slaves, des Polonais, des homosexuels, des francs-maçons, des handicapés, des Républicains espagnols, des Témoins de Jéhovah, des catholiques et des dissidents de cette barbarie monstrueuse. Au total, selon les dernières estimations, ce sont environ 17 millions de personnes qui ont été sauvagement assassinées sous le regard lâche et le silence complice de ceux qui, tout en sachant pertinemment ce qui se passait, n’ont absolument rien fait pour l’empêcher.
Pendant tout ce temps, nous avons toujours cru que l’humanité était capable d’apprendre de ses propres erreurs et, surtout, des horreurs commises il y a des décennies. Cependant, ces dernières années, nous assistons, presque impassibles, à la réapparition de ces ombres sombres qui engendrent la violence la plus odieuse, la discrimination la plus irrationnelle et la plus injuste, et la haine la plus destructrice. Et ces ombres réapparaissent parce qu’elles n’ont jamais disparu, elles ont toujours été là, cachées mais bien présentes dans notre société, attendant le bon moment pour planer sur elle. Ne pas reconnaître cette réalité serait non seulement un acte d’ignorance manifeste, mais aussi une démonstration de ce cynisme omniprésent qui ne fait que contribuer à ce que la société d’aujourd’hui, et surtout les jeunes générations, ignorent et oublient le passé, courant ainsi le risque énorme de répéter les mêmes atrocités et abominations à l’encontre de nos semblables.
Cela s’est produit petit à petit et nous ne nous en sommes pas rendu compte. Ceux qui défendent et promeuvent ouvertement la violence, la haine et la discrimination dans leurs extrêmes les plus sombres ne se cachent plus. Ils ont attendu patiemment le moment de réapparaître, remettant en question, banalisant et niant les droits inhérents à chaque personne ainsi que les crimes les plus odieux que l’humanité ait jamais connus. Ils le font à partir des cruautés les plus abominables, en minimisant et en refusant toute responsabilité aux criminels qui ont perpétré toute cette horreur à partir de la bassesse et de l’indignité les plus absolues.
Certes, tout comme nous devons reconnaître que les erreurs du passé peuvent entraîner des horreurs à ne jamais répéter, nous devons aussi être conscients de la nécessité d’apprendre la leçon la plus importante : NOUS NE POUVONS PAS LA PERMETTRE À NOUVEAU. Or, soit nous n’avons rien appris, soit, pire encore, nous avons délibérément tout oublié. Depuis 80 ans, la violence s’est répandue dans le monde, la menace d’une guerre mondiale ne cesse de croître, la souffrance de millions de victimes innocentes imprègne tout, même si les médias n’en parlent guère, et les génocides, au cours des dernières décennies, sont restés et restent encore très présents. Alors, non, il semble que nous n’ayons rien appris ou, peut-être, que nous ayons voulu tout oublier. En tant qu’humanité, nous avons tout oublié lors des dictatures dans les pays du cône sud de l’Amérique latine, nous avons tout oublié au Rwanda, nous avons tout oublié lors de la guerre des Balkans, nous avons tout oublié au Darfour (Soudan), nous avons tout oublié dans l’ancien Zaïre (aujourd’hui République démocratique du Congo), nous avons tout oublié au Myanmar avec les Rohingyas, nous avons tout oublié en Ukraine et nous avons encore tout oublié à Gaza.
Les engagements doivent être respectés, et lorsqu’ils ne le sont pas, nous devons exiger qu’ils le soient. Partout dans le monde, des gouvernements et des institutions de toutes couleurs et de toutes tendances politiques n’ont pas tenu leur promesse d’inclure dans leurs programmes éducatifs l’enseignement de ce qui s’est passé pendant l’Holocauste dans les écoles à tous les niveaux. Car ce n’est que lorsque nous connaissons l’histoire, lorsque nous sommes réellement conscients de la dureté du passé, que nous sommes en mesure d’agir à temps et d’empêcher que cela ne se reproduise. Connaître l’histoire est essentiel si nous ne voulons pas que le passé devienne présent et menace notre avenir. Ignorer ou nier l’histoire, c’est aussi ignorer et nier la mort et la souffrance de millions de victimes innocentes, de leurs familles et de leurs descendants. En ignorant ou en niant l’histoire, nous commettrons la même erreur et la même horreur. Comme l’a dit Primo Levi, « ceux qui dénient la réalité d’Auschwitz seraient prêts à le refaire ». Et c’est vrai, parce que, d’une certaine manière, c’est déjà en train de se produire, même si nous ne pouvons pas ou ne voulons pas le reconnaître.
La haine est très puissante, mais notre volonté de la surmonter doit l’être encore plus. Ce n’est que si nous sommes capables et si nous avons la volonté réelle de vouloir vaincre la haine que nous rendrons le plus grand hommage à toutes les victimes. Car ce n’est que lorsque la haine sera totalement éradiquée, lorsque les nations du monde s’uniront pour construire un monde où règnent l’égalité, la justice, la liberté et la paix, que nous parviendrons à un monde où le respect des droits de l’homme et de la dignité humaine inviolable de chaque personne sera toujours présent dans notre vie quotidienne.
C’est pourquoi nous devons insister sur un seul et véritable message de paix et de fraternité dans toutes les nations et entre tous les peuples. Car il n’y a pas d’héritage plus précieux à laisser aux générations futures qu’un monde uni dans la fraternité universelle et libéré de toute forme de violence, de haine et de discrimination.
Honorons la mémoire de ceux qui ont perdu la vie et gardons vivante la lumière de leur souvenir pour chasser les ombres du passé.
Connaissons l’histoire, reconnaissons la douleur, tirons les leçons du passé.
Évitons de commettre la même erreur.
Car l’histoire nous observe.
Avant qu’il ne soit trop tard.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
A HISTÓRIA NOS OBSERVA
(Dia Internacional da Lembrança do Holocausto)
Conhecer a história é essencial para o pensamento crítico sobre o que aconteceu no passado, especialmente quando se trata do episódio mais negro da nossa história como humanidade. Um episódio que envolveu a negação absoluta dos direitos humanos inerentes a cada pessoa e da sua dignidade humana inviolável.
Por muitas razões, o dia 27 de janeiro é uma data particularmente especial. É para todos aqueles de nós que defendem os direitos humanos de cada pessoa até ao fim, com firmeza, incansavelmente e com a maior convicção, assegurando ao mesmo tempo que os erros e, sobretudo, os horrores do passado nunca mais se repitam.
Dito isto, hoje, Dia Internacional de Comemoração em Memória das Vítimas do Holocausto, e talvez mais do que nunca, precisamos de olhar para o passado para prestar uma sentida homenagem aos milhões de vítimas inocentes que foram assassinadas pela mais irracional e abominável loucura que o mundo alguma vez conheceu: o Holocausto.
Esse horror, esse ato desumano e negador da humanidade, motivado pelo ódio mais destrutivo, ceifou cruelmente a vida de milhões de pessoas, primeiro roubando-lhes a sua dignidade e depois abolindo completamente a sua humanidade.
Ninguém neste mundo, ou pelo menos ninguém com um mínimo de decência e conhecimento da história, pode duvidar que a Shoah foi o maior ato de terrorismo de Estado conhecido em toda a história da humanidade. Um ato impiedoso da própria humanidade contra si própria, e que foi revestido da mais abominável desrazão e ungido com o mal mais absoluto de todos.
No 80º aniversário da libertação do campo de concentração de Auschwitz-Birkenau, onde mais de um milhão de pessoas foram selvaticamente assassinadas, temos a obrigação moral de prestar homenagem àqueles que morreram às mãos do ódio destrutivo, que ceifou a vida de mais de seis milhões de judeus, homens, mulheres e crianças, além de prisioneiros de guerra, ciganos, eslavos, polacos, homossexuais, maçons, deficientes, republicanos espanhóis, testemunhas de Jeová, católicos e dissidentes de toda essa monstruosa barbárie. No total, segundo as últimas estimativas, calcula-se que cerca de 17 milhões de pessoas foram selvaticamente assassinadas sob o olhar cobarde e o silêncio cúmplice daqueles que, apesar de saberem muito bem o que se passava, não fizeram absolutamente nada para o impedir.
Ao longo de todo este tempo, sempre acreditámos que a humanidade era capaz de aprender com os seus próprios erros e, sobretudo, com os horrores de décadas atrás. No entanto, nos últimos anos, estamos a assistir, também praticamente impassíveis, ao ressurgimento dessas sombras negras que trazem a violência mais hedionda, a discriminação mais irracional e injusta e o ódio mais destrutivo. E essas sombras estão a ressurgir porque nunca desapareceram, sempre estiveram lá, escondidas mas muito presentes na nossa sociedade, à espera do momento certo para pairar sobre ela. Não reconhecer esta realidade seria não só um ato de manifesta ignorância, mas também uma demonstração desse cinismo envolvente que só contribui para que a sociedade atual, e sobretudo as gerações mais jovens, ignorem e esqueçam o passado, correndo assim o enorme risco de repetir as mesmas atrocidades e abominações contra os nossos semelhantes.
Aconteceu pouco a pouco e não nos apercebemos disso. Aqueles que defendem e promovem abertamente a violência, o ódio e a discriminação nos seus extremos mais obscuros e sombrios já não se escondem. Esperaram pacientemente pelo momento de reaparecer, questionando, banalizando e negando os direitos inerentes a cada pessoa e também os crimes mais hediondos que a humanidade já conheceu. Fazem-no a partir da mais abominável das crueldades, desvalorizando e negando qualquer responsabilidade aos criminosos que perpetraram todo esse horror a partir da mais absoluta vileza e indignidade.
É verdade que, tal como temos de reconhecer que os erros do passado podem trazer consigo horrores que nunca mais se repetirão, também temos de estar conscientes da necessidade de aprender a lição mais importante de todas: NÃO PODEMOS PERMITIR QUE ACONTEÇA DE NOVO. No entanto, ou não aprendemos nada, ou, pior ainda, esquecemo-nos deliberadamente de tudo. Nos últimos 80 anos, a violência espalhou-se por todo o mundo, a ameaça de uma guerra global continua a crescer, o sofrimento de milhões de vítimas inocentes permeia tudo, mesmo que os meios de comunicação social quase não digam nada sobre isso, e o genocídio, nas últimas décadas, manteve-se e continua bem presente. Portanto, não, não parece que tenhamos aprendido nada ou, talvez, tenhamos querido esquecer tudo. Como humanidade, esquecemo-nos de tudo durante as ditaduras nos países do Cone Sul da América Latina, esquecemo-nos de tudo no Ruanda, esquecemo-nos de tudo na Guerra dos Balcãs, esquecemo-nos de tudo no Darfur (Sudão), esquecemo-nos de tudo no antigo Zaire (atual República Democrática do Congo), esquecemo-nos de tudo em Myanmar com os Rohingya, esquecemo-nos de tudo na Ucrânia e voltámos a esquecer-nos de tudo em Gaza.
Os compromissos têm de ser honrados e, quando não são honrados, temos de exigir que o sejam. Em todo o mundo, governos e instituições de todas as cores e convicções políticas não cumpriram a sua palavra de incluir nos seus programas educativos o ensino do que aconteceu durante o Holocausto nas escolas a todos os níveis. Porque só quando conhecemos a história, quando estamos verdadeiramente conscientes da dureza do passado, é que somos capazes de atuar a tempo e impedir que isso volte a acontecer. Conhecer a história é crucial se não quisermos que o passado se torne presente e ameace o nosso futuro. Ignorar ou negar a história é também ignorar e negar a morte e o sofrimento de milhões de vítimas inocentes, das suas famílias e dos seus descendentes. Ao ignorarmos ou negarmos a História, estaremos a cometer o mesmo erro e a cometer o mesmo horror. Como disse Primo Levi, “aqueles que negam Auschwitz estariam dispostos a fazê-lo novamente”. E é verdade, porque, de certa forma, já está a acontecer, mesmo que não consigamos ou não queiramos reconhecê-lo.
O ódio é muito poderoso, mas a nossa vontade de o ultrapassar tem de ser ainda mais poderosa. Só se formos capazes e tivermos a verdadeira vontade de vencer o ódio é que estaremos a prestar a maior homenagem a todas as vítimas. Porque só quando o ódio for totalmente erradicado, quando as nações do mundo se unirem para construir um mundo onde prevaleça a igualdade, a justiça, a liberdade e a paz, conseguiremos um mundo onde o respeito pelos direitos humanos e a dignidade humana inviolável de cada pessoa estejam sempre presentes na nossa vida quotidiana.
É por isso que devemos insistir numa única e verdadeira mensagem de paz e de fraternidade em todas as nações e entre todos os povos. Porque não há herança mais preciosa a deixar às gerações futuras do que um mundo unido na fraternidade universal e livre de todas as formas de violência, ódio e discriminação.
Honremos a memória daqueles cujas vidas foram ceifadas e mantenhamos viva a luz da sua memória para afastar as sombras do passado.
Conheçamos a história, reconheçamos a dor, aprendamos com o passado.
Evitemos cometer o mesmo erro.
Porque a História nos observa.
Antes que seja demasiado tarde.


