Siempre he pensado que las palabras importan mucho, que hay palabras que no son inocentes. Palabras que, dependiendo de quién las pronuncie y, sobre todo, de quién sea la persona de la que hablamos, pueden transformar completamente la percepción de una realidad. «Invasión» es una de ellas. No es lo mismo hablar de una entrada masiva e irregular de personas, de una crisis fronteriza o incluso de una posible instrumentalización de la migración que presentar a miles de seres humanos como una fuerza invasora que amenaza a un país. Cuando además esas personas son negras, magrebíes o proceden de países pobres, conviene preguntarse si estamos hablando realmente de seguridad y fronteras o si, bajo ese discurso, se está colando algo mucho más antiguo: el racismo y la xenofobia.
Lo ocurrido en Ceuta a finales de julio de 2026 fue, sin duda, una situación extraordinaria. Una entrada masiva de personas puso al límite los recursos de la ciudad, obligó a las administraciones a reaccionar y planteó cuestiones muy serias sobre el control de la frontera, la actuación de Marruecos y la eventual instrumentalización de los movimientos migratorios. Todo eso puede y debe discutirse. Un Estado tiene derecho a controlar sus fronteras y a garantizar la seguridad de sus ciudadanos. También tiene derecho a devolver, con todas las garantías jurídicas, a quienes no tengan derecho a permanecer en su territorio. Defender esto no convierte a nadie en racista.
El problema empieza cuando dejamos de hablar de hechos y empezamos a hablar de personas como si fueran una amenaza colectiva. Cuando «migrante» se convierte en sinónimo de «delincuente», cuando «extranjero» empieza a funcionar como sinónimo de «peligro» y cuando una multitud de seres humanos deja de ser percibida como individuos con historias diferentes para convertirse en una masa indistinguible a la que llamamos «invasores». Y todavía resulta más preocupante cuando determinadas palabras aparecen asociadas sistemáticamente a personas procedentes de África, del Magreb o de otros países empobrecidos.
Porque aquí existe una pregunta incómoda que deberíamos atrevernos a formular de una vez. ¿Utilizaríamos el mismo lenguaje si quienes hubieran cruzado la frontera fueran blancos, europeos y cristianos? Probablemente no. Y esa diferencia debería hacernos pensar. Cuando llegan personas que huyen de una guerra europea, hablamos de refugiados, desplazados, protección temporal, solidaridad y acogida. Cuando llegan personas venezolanas que escapan de una situación política y económica devastadora, hablamos de inmigración, solicitudes de protección internacional y procedimientos administrativos. Pero cuando son determinados africanos o marroquíes quienes aparecen en nuestras fronteras, demasiado a menudo el vocabulario cambia radicalmente a «avalanchas», «hordas», «invasores», «delincuentes», «violadores» o incluso «enemigos».
Y esa diferencia no es una cuestión menor. España ha demostrado durante estos años que tiene capacidad para acoger y proteger a cientos de miles de personas. Desde el comienzo de la invasión rusa de Ucrania, más de 264.000 personas procedentes de Ucrania han obtenido protección temporal en nuestro país. Al mismo tiempo, cientos de miles de personas procedentes de Venezuela, Colombia y otros países han llegado a España, muchas de ellas solicitando protección internacional por razones relacionadas con la persecución, la violencia o la situación política de sus países. No todas han obtenido protección, por supuesto, y no todas son refugiadas en sentido jurídico. Pero la realidad demuestra que la movilidad humana hacia España no empieza ni termina en Ceuta, ni tiene una única nacionalidad, ni puede explicarse exclusivamente mediante la palabra «invasión».
Y aquí aparece una contradicción que resulta difícil ignorar. Si aceptamos que una persona que huye de una guerra merece nuestra solidaridad, debemos preguntarnos qué ocurre con quien huye de una dictadura, de la persecución política, de la violencia, de la pobreza extrema o de una vida sin horizonte. El Derecho internacional no establece que la dignidad humana tenga nacionalidad. Tampoco establece que una persona merezca más protección porque sea ucraniana, venezolana, siria, afgana, colombiana, marroquí o subsahariana. La protección internacional se determina atendiendo a las circunstancias de cada persona, no al color de su piel.
Por supuesto que no todas las personas que llegan a España son refugiadas. Por supuesto que existen delincuentes entre los migrantes, exactamente igual que existen delincuentes entre los españoles. Y precisamente por eso debemos abandonar las generalizaciones. Si una persona comete un delito, que responda ante la Justicia. Si alguien viola, que sea investigado, juzgado y condenado cuando corresponda. Si alguien utiliza la violencia, que responda por ella. Pero convertir los delitos cometidos por determinadas personas en una característica atribuible a millones de seres humanos por su origen constituye una falacia y, en determinados contextos, una manifestación evidente de racismo y xenofobia.
Lo mismo sucede con la palabra «invasión». Una invasión militar implica una agresión armada, una actuación organizada de fuerzas que emplean la fuerza para penetrar en el territorio de otro Estado. Una entrada masiva de civiles puede ser gravísima, puede estar organizada, puede ser instrumentalizada por un Gobierno extranjero y puede constituir una enorme crisis fronteriza. Pero llamar «invasores» a quienes llegan significa algo más que describir un acontecimiento. ¿Por qué? Porque los convierte discursivamente en el enemigo. Y cuando ese enemigo es construido siempre a partir de determinados rasgos nacionales, étnicos, culturales o religiosos, deberíamos tener el valor de llamar a las cosas por su nombre.
También hay que decir algo que parece haberse olvidado en esta discusión. Y es que una persona puede haber entrado irregularmente en España y seguir teniendo derechos; puede tener derecho a solicitar asilo; puede ser menor de edad; puede estar enferma; uede tener familiares en España; puede ser víctima de trata; puede haber sufrido persecución; puede encontrarse en una situación de especial vulnerabilidad; y, sobre todo, puede seguir siendo un ser humano. La irregularidad administrativa no elimina la dignidad, del mismo modo que una infracción administrativa no convierte a nadie en un delincuente.
Por eso resulta especialmente preocupante que algunos discursos hayan terminado asociando de manera prácticamente automática inmigración africana, delincuencia y violencia sexual. No se trata de negar que existan delitos, sino de preguntarnos por qué determinadas noticias se utilizan para construir una imagen colectiva de millones de personas. Si un español comete una violación, hablamos de un violador. Si la comete un extranjero, determinados discursos convierten inmediatamente su nacionalidad en protagonista de la historia. Esa diferencia aparentemente pequeña puede terminar construyendo una idea muy peligrosa, porque, para quienes así lo manifiestan, el delito no es cometido por una persona concreta, sino por todo el grupo al que pertenece.
Y quizá por eso deberíamos mirar también hacia nosotros mismos. Porque el racismo contemporáneo no siempre se presenta con insultos, símbolos extremistas o declaraciones abiertamente supremacistas. A veces se presenta con traje y corbata, hablando de seguridad. A veces aparece disfrazado de preocupación por las mujeres, por los barrios o por la identidad nacional. A veces se introduce en nuestro lenguaje sin que siquiera nos demos cuenta. Y precisamente por eso resulta tan importante distinguir entre preocupación legítima por la seguridad y construcción xenófoba del miedo.
Podemos defender una frontera fuerte sin convertir al extranjero en enemigo; podemos exigir que se cumpla la ley sin deshumanizar a quien la infringe; podemos pedir devoluciones cuando legalmente procedan sin reclamar devoluciones indiscriminadas; podemos investigar una posible instrumentalización de la migración por parte de Marruecos sin convertir a los marroquíes en responsables colectivos; y podemos exigir a los poderes públicos que solucionen la situación de quienes permanecen en Ceuta sin aceptar que esas personas tengan que vivir durante meses en un limbo administrativo.
Al final, la cuestión no debería ser si somos capaces de elegir entre seguridad y derechos humanos. Una democracia verdaderamente sólida debería ser capaz de defender ambas cosas al mismo tiempo. La frontera puede estar protegida y la dignidad humana también. El Estado puede controlar quién entra y quién permanece sin necesidad de convertir a quienes vienen de África en una amenaza biológica, cultural o criminal. Porque cuando empezamos a clasificar a las personas según el color de su piel, su lugar de nacimiento o su religión antes incluso de conocer sus historias, dejamos de hablar de seguridad y comenzamos a hablar de prejuicio.
El verdadero problema no es quién cruza la frontera, sino por qué, cuando cambia el color de la piel de quien la cruza, cambia también nuestro lenguaje, nuestra compasión y nuestra idea de quién merece ser llamado refugiado.
Una frontera puede protegerse sin convertir al extranjero en enemigo, pero cuando el miedo tiene color de piel, quizá ya no estamos hablando de seguridad.
Estamos hablado de racismo y xenofobia.
Simplemente.


