Los pies del “invasor”

A simple vista, algunas imágenes parecen simplemente una broma, una provocación o una frase ingeniosa compartida en redes sociales. Sin embargo, cuando las miramos con un poco más de atención, descubrimos que detrás de ellas hay algo bastante más profundo, una determinada manera de mirar al otro. Las dos imágenes que acompañan esta reflexión hablan de inmigración, pero en realidad hablan de algo mucho más importante. Hablan de cómo construimos al “otro”, de cómo fabricamos enemigos y de cómo podemos llegar a convencernos de que determinadas personas merecen menos empatía, menos comprensión e incluso menos derechos simplemente porque han nacido en otro lugar.

Una de las imágenes es una viñeta del mensaje de Jesús y cómo serían sus seguidores en la actualidad. En ella aparece Jesús recordando algo tan sencillo como “Dad de comer al hambriento, dad de beber al sediento”, mientras a su alrededor algunos de sus supuestos seguidores responden con frases como “¡Llévatelos a tu casa!”, “¡Si luego todos van con el iPhone!”, “¡Vete a Cuba!”, “¡Vete a la mierda, jipí!”, “¡Subvencionao!”, “¡Comunista!”, “¡Etarra!” y “‘¡Carapaja!”. Todos ellos insultos muy elocuentes”. 

La escena tiene un evidente componente satírico, pero la broma funciona precisamente porque resulta demasiado reconocible. Hay una contradicción bastante incómoda entre los valores que decimos defender y la manera en que reaccionamos cuando quienes necesitan ayuda dejan de parecernos suficientemente parecidos a nosotros.

Es curioso cómo algunas personas pueden hablar durante horas de solidaridad, de valores cristianos, de caridad, de familia o de humanidad, pero cuando aparece delante de ellas alguien que tiene hambre, que huye de la guerra, que busca una oportunidad o que simplemente intenta sobrevivir, la solidaridad parece tener de repente unas condiciones de entrada bastante estrictas. Parece que la compasión necesita pasaporte; que la dignidad necesita nacionalidad; que la pobreza debe tener el aspecto que nosotros esperamos; y que, si la persona que la sufre lleva un teléfono móvil, unas zapatillas nuevas o simplemente intenta disfrutar de algún pequeño momento de normalidad, automáticamente deja de ser una víctima digna de nuestra empatía.

El famoso “¡Si luego todos van con el iPhone!” resume perfectamente esa lógica. Como si una persona que ha pasado hambre no pudiera tener un teléfono; como si quien ha sufrido una guerra tuviera que conservar para siempre la apariencia de una víctima para demostrar que realmente ha sufrido; o como si una persona pobre no pudiera ahorrar, recibir un regalo, comprar algo que le guste a plazos, con mucho esfuerzo y utilizar la misma tecnología que utilizamos nosotros. Resulta bastante absurdo exigir a alguien que permanezca visualmente en la pobreza para que podamos seguir considerándolo pobre o, simplemente, vulnerable.

Pero hay algo todavía más preocupante en la segunda imagen. Sobre una fotografía de unos pies embarrados aparece una frase que dice “Aquí unos pies de emigrante invadiendo países”. Y conviene detenerse en la palabra “invadiendo”.

No dice que una persona esté emigrando. No habla de alguien que cruza una frontera buscando trabajo, que huye de una persecución, que intenta reunirse con su familia o que busca una vida mejor. Dicen que están invadiendo. Y una invasión es otra cosa. Una invasión implica un enemigo, una amenaza, una fuerza hostil que avanza sobre nuestro territorio; una invasión se combate; una invasión se repele; y una invasión provoca miedo.

Por eso utilizar esa palabra para hablar de inmigración no es una cuestión meramente de uso de vocabulario. Las palabras importan y mucho. No solamente describen la realidad, sino que también pueden moldear la manera en que la percibimos. Si hablamos de personas que migran, podemos preguntarnos por sus historias, por sus circunstancias y por las razones que las han llevado hasta allí. Si hablamos de una invasión, automáticamente empezamos a preguntarnos cómo defendernos de ellas.

Y ahí está precisamente el problema. Cuando una persona deja de ser presentada como una persona y empieza a ser presentada como una amenaza, resulta mucho más fácil justificar la indiferencia y el odio hacia ella. Ya no necesitamos conocer su historia; ya no necesitamos saber por qué ha llegado; y ya no necesitamos preguntarnos qué ha dejado atrás. Basta con colocarle una etiqueta y convertirla en parte de una masa anónima.

La propia fotografía utiliza de los pies destrozados de una persona migrante guarda un mensaje muy significativo. No vemos un rostro; no vemos unos ojos; no vemos una familia; y tampoco vemos a una madre abrazando a su hijo, a un joven con una mochila, a un trabajador buscando empleo o a alguien que acaba de recorrer cientos de kilómetros. Vemos unos pies, unos pies sucios, embarrados y castigados por el camino, fotografiados de una manera que provoca compasión, pero también rechazo. 

Existe es una forma bastante evidente de deshumanización que se ceba con las personas migrantes particularmente. Primero eliminamos el rostro, después eliminamos la historia y, finalmente, dejamos únicamente una imagen desagradable que podamos asociar con una categoría de personas. Ya no vemos a un ser humano. Vemos al “inmigrante”, al “mena”, a un “criminal” sin presunción, cuyo único delito es querer sobrevivir a la pobreza, al hambre y a la guerra en su tierra natal de la que se ha visto obligado a huir. 

Pero “el inmigrante” no existe como ese personaje único que algunos discursos pretenden presentarnos. Existen millones de personas diferentes, con historias diferentes, circunstancias diferentes y motivos diferentes. Hay trabajadores, estudiantes, familias, menores, personas refugiadas, personas que huyen de conflictos, personas que buscan oportunidades y personas que simplemente desean construir una vida que en su lugar de origen no pudieron tener. Convertir toda esa diversidad en una única masa resulta muy cómodo porque permite juzgar a millones de personas sin molestarnos siquiera en conocer a una.

Tan revelador como habitual ese otro argumento que aparece constantemente cuando se habla de inmigración. “¡Pues llévatelos a tu casa!”. Es difícil encontrar una respuesta más pobre para un problema político y social complejo. Cuando defendemos la sanidad pública, nadie nos exige construir un hospital en el salón de nuestra casa; cuando defendemos la educación pública, nadie nos pide que instalemos un colegio en el dormitorio; y cuando reclamamos mejores políticas sociales, nadie entiende que tengamos que solucionar personalmente todos los problemas de la sociedad. Pero cuando alguien defiende los derechos de las personas migrantes, de repente parece obligatorio adoptar personalmente a todo aquel que cruza una frontera. Eso no es un argumento, sino una manera de evitar el debate mientras levantas un tercio de cerveza a lo Marcos de Quinto. 

Naturalmente, los Estados tienen derecho a controlar sus fronteras y a establecer normas sobre entrada, residencia, protección internacional e inmigración. También tienen la obligación de garantizar la seguridad, gestionar los recursos públicos y desarrollar políticas migratorias eficaces. Se puede discutir sobre cuántas personas puede acoger un país, cómo deben organizarse las fronteras, qué recursos deben destinarse a la integración o qué políticas son más eficaces para combatir las redes de explotación y trata. Podemos discutir absolutamente sobre todo eso. Pero lo que no necesitamos  es convertir al inmigrante en un enemigo para hacerlo.

Una cosa es hablar de los problemas que puede plantear la inmigración y otra muy distinta utilizar la inmigración como explicación sencilla para todos nuestros problemas. Es muy fácil culpar al que acaba de llegar de la falta de vivienda, de la precariedad laboral, de la saturación de determinados servicios públicos o de la inseguridad. Mucho más difícil es analizar las decisiones políticas, económicas y sociales que han llevado hasta esas situaciones.

El chivo expiatorio del inmigrante tiene una ventaja extraordinaria. ¿Cuál? Muy fácil, simplifica el mundo. Nos ofrece un culpable reconocible y nos permite dejar de hacernos preguntas incómodas. Si la culpa es “de los inmigrantes”, ya no necesitamos preguntarnos por qué existen determinados problemas, quién los ha gestionado mal o qué soluciones pueden funcionar realmente. Y mientras tanto, las personas desaparecen detrás de las etiquetas.

Eso es precisamente lo que deberíamos evitar. Los derechos humanos tienen una característica que a veces resulta bastante incómoda, porque no dependen de que la persona que tenemos delante nos guste; no preguntan si habla nuestro idioma, si comparte nuestra cultura, si tiene nuestra religión, si ha nacido aquí o si lleva un teléfono móvil de última generación; y tampoco preguntan si consideramos que esa persona “se lo merece”. Los derechos humanos existen precisamente porque la dignidad no puede depender de la simpatía que nos produzca quien la posee.

Si solamente defendemos la dignidad de quienes consideramos buenos, cercanos o parecidos a nosotros, entonces no estamos defendiendo realmente los derechos humanos. Estamos defendiendo nuestros propios privilegios y llamándolos derechos.

Por eso deberíamos tener mucho cuidado con las palabras que utilizamos. “Inmigración” describe una realidad social; “invasión” construye una amenaza; “personas migrantes” nos recuerda que hablamos de seres humanos; “avalancha”, “oleada” o “invasión” convierten a esas personas en una especie de fenómeno natural que avanza sobre nosotros y contra el que debemos protegernos a todas, incluso con el Ejército.

Sí, es verdad, queramos o no as palabras preparan el terreno. Primero dejamos de hablar de personas y empezamos a hablar de masas. Después dejamos de hablar de historias y empezamos a hablar de cifras. Más tarde dejamos de hablar de derechos y empezamos a hablar de amenazas. Y cuando hemos conseguido que el otro sea solamente una cifra, una masa o una amenaza, resulta mucho más sencillo mirar hacia otro lado cuando sufre.

La historia debería habernos enseñado que la deshumanización nunca es un asunto menor. No empieza necesariamente con grandes discursos ni con declaraciones abiertamente violentas. Muchas veces empieza con algo aparentemente mucho más pequeño como una broma, una etiqueta, una fotografía, una palabra repetida una y otra vez hasta que dejamos de cuestionarla.

Por eso las dos imágenes deberían mirarse juntas. Una nos muestra la contradicción entre proclamar valores de solidaridad y negar esa solidaridad cuando el necesitado es diferente. La otra nos enseña cómo se puede transformar a una persona en una supuesta amenaza simplemente cambiando las palabras con las que hablamos de ella, aunque su sentido sea totalmente el contrario. Es decir, esos pies no se han fotografiado para crear rechazo, sino compasión. Pero, como decíamos antes, las palabras importan. Y mucho. 

Quizá deberíamos hacernos una pregunta muy sencilla pero que pocas veces nos hacemos. ¿Qué imagen del ser humano estamos construyendo cuando hablamos de inmigración? Porque podemos defender nuestras fronteras sin perder nuestra humanidad; podemos reclamar una política migratoria eficaz sin insultar a quienes llegan; podemos exigir seguridad sin convertir a colectivos enteros en sospechosos; podemos hablar de los problemas de la inmigración sin atribuir a cada inmigrante los problemas que existen en nuestra sociedad; y podemos discrepar profundamente sobre las soluciones sin olvidar que detrás de las estadísticas hay personas. Una frontera puede separar territorios, pero no debería convertirse jamás en una frontera moral que determine quién merece nuestra empatía y quién no.

Quizá por eso la fotografía de esos pies debería hacernos pensar justamente en lo contrario de lo que muchos creen que puede significar, aunque es evidente el sentido que realmente tiene sin que haga falta explicarlo. Esos pies no son una invasión, sino la huella real de alguien que ha caminado; de alguien que quizá ha recorrido un camino mucho más duro del que nosotros podemos imaginar; y de alguien que probablemente ha dejado atrás una casa, una familia, unos amigos, un trabajo, una vida conocida o incluso todo aquello que entendía por hogar.

Podemos no conocer su nombre. Tal vez no conozcamos nueva su historia. Es posible que no compartamos su cultura. Incluso discrepar sobre las razones por las que ha llegado a nuestras fronteras, a veces, recorriendo miles de kilómetros. Pero nada de eso cambia lo esencial.

Sí, son unos pies destrozados, pero pertenecen a alguien. Y ese alguien, por mucho que algunos se empeñen en olvidarlo, también es una persona.

Son los pies de un ser humano.

Igual que tú.

Y que yo. 

Estar con Ceuta sabiendo por qué

En democracia siempre hay que poder manifestarse. Por eso, hay momentos en los que acudir a una concentración parece una decisión sencilla. Uno lee una convocatoria, ve una bandera, escucha que se pide solidaridad con una ciudad que atraviesa una situación difícil y piensa que lo lógico es estar allí. Pero la realidad pocas veces cabe en una pancarta. Y cuando una movilización se produce alrededor de una cuestión tan delicada como Ceuta, la seguridad, la inmigración, las fronteras y la convivencia, quizá convenga detenerse un instante antes de decidir si queremos estar en la calle. Porque hay razones para acudir, pero también las hay para no hacerlo.

La primera razón para acudir es, probablemente, la más elemental de todas. Ceuta no debería sentirse sola. Una ciudad española situada en una frontera especialmente sensible no puede ser tratada como un problema periférico que solo importa cuando las imágenes de una crisis ocupan las portadas. Sus ciudadanos tienen derecho a sentirse protegidos por el Estado y a reclamar recursos suficientes para afrontar situaciones extraordinarias. La solidaridad territorial no debería depender del color político del Gobierno de turno.

La segunda razón es que defender una frontera segura no es incompatible con defender los derechos humanos. Durante demasiado tiempo hemos permitido que se presente esta cuestión como si hubiera que elegir entre seguridad y derechos, como si exigir un control fronterizo eficaz significara necesariamente ser xenófobo y como si defender los derechos de las personas migrantes obligara a negar la existencia de problemas de seguridad. Pero esa es una falsa dicotomía porque un Estado democrático tiene la obligación de controlar sus fronteras y, al mismo tiempo, de garantizar que ese control se ejerza dentro de la ley y respetando la dignidad humana.

También podemos acudir porque Ceuta necesita al conjunto de España. No parece razonable exigir a una ciudad con recursos limitados que soporte en solitario las consecuencias de una situación fronteriza que afecta a España y, en realidad, a toda Europa. La solidaridad no consiste únicamente en enviar discursos desde Madrid, Sevilla o cualquier otra capital. Consiste en proporcionar medios, asumir responsabilidades y evitar que una ciudad fronteriza sea convertida en el último eslabón de una cadena de problemas que nadie quiere afrontar.

Hay además una cuarta razón que es especialmente importante. Podemos acudir para defender una respuesta democrática y europea. Estar junto a Ceuta no obliga a compartir cualquier propuesta política relacionada con la inmigración. Uno puede reclamar más seguridad, más policías, mejores servicios públicos, cooperación internacional, una política europea de asilo eficaz y una gestión migratoria ordenada sin aceptar discursos racistas, xenófobos ni deshumanizadores. Precisamente por eso, la presencia de ciudadanos comprometidos con los derechos humanos puede ser importante.

Además, existe una quinta razón que también es especialmente importante. Y es que la calle también pertenece a la democracia. Las concentraciones pacíficas son una forma legítima de participación ciudadana. Si dejamos determinados espacios públicos exclusivamente en manos de los discursos más radicales, después no deberíamos sorprendernos cuando esos discursos terminan pareciendo mayoritarios. Defender Ceuta también puede significar decir alto y claro que una cosa es proteger una ciudad y otra muy diferente señalar indiscriminadamente a quienes tienen otro origen, otra religión o simplemente han llegado a ella buscando una vida mejor.

Pero también hay razones para no acudir. La primera es evidente porque está directamente relacionada con el riesgo de instrumentalización política. Ceuta se ha convertido en un asunto utilizado con enorme intensidad en la confrontación entre partidos. Una persona puede querer expresar solidaridad con los ceutíes y, sin embargo, no querer que su presencia sea utilizada para respaldar una determinada estrategia partidista contra el Gobierno. Las banderas políticas pueden terminar ocupando el lugar de las personas a las que supuestamente se pretende defender.

La segunda razón tiene que ver con algo mucho más preocupante que debe preocupar a quienes creemos en la democracia y en todos sus valores. Y es que existe el peligro de que la indignación termine transformándose en más muestras de racismo y xenofobia. Una cosa es reclamar seguridad y otra convertir a las personas migrantes en culpables colectivos. Una cosa es exigir que las instituciones actúen y otra señalar al vecino musulmán, al extranjero o al recién llegado como responsable de todos los problemas. Cuando una concentración puede ser utilizada para legitimar ese discurso, es perfectamente comprensible que algunas personas prefieran mantenerse al margen.

La tercera razón es que «estar con Ceuta» puede significar cosas muy distintas. Para unos significa defender la integridad territorial; para otros, reclamar mayor presencia policial: para otros, exigir una política migratoria diferente: para otros, atacar al Gobierno; y para algunos puede significar directamente reclamar la expulsión indiscriminada de personas migrantes. Meter todas esas posiciones bajo una misma pancarta puede generar una peligrosa confusión.

La cuarta razón para no acudir es que no participar en una concentración no significa abandonar a Ceuta. Se puede apoyar a sus ciudadanos desde muchos otros lugares; se puede reclamar al Gobierno que proporcione recursos; se puede exigir a Europa que asuma sus responsabilidades; se puede defender una frontera segura; se puede denunciar cualquier forma de violencia; se puede defender la convivencia entre comunidades; y se puede hacer todo ello sin participar en una convocatoria cuyo mensaje consideremos insuficientemente claro.

La quinta razón quizá sea la más importante de todas. Hay que separar problemas que deliberadamente se están mezclando. Ceuta tiene un problema de seguridad, existe un problema migratorio, hay una cuestión fronteriza, hay personas que necesitan protección internacional y existe una convivencia cotidiana entre ciudadanos de diferentes orígenes y confesiones que merece ser protegida. Son realidades relacionadas, pero no son exactamente la misma realidad. Convertirlas en una sola cuestión facilita los discursos simples, pero dificulta enormemente encontrar soluciones.

Por eso, la pregunta no debería limitarse a «¿vas a ir o no vas a ir?». La pregunta verdaderamente importante debería ser otra: «si voy, ¿qué estoy defendiendo?”. Porque se puede estar con Ceuta sin estar contra nadie; se puede defender que una frontera funcione sin considerar criminal a quien intenta cruzarla; se puede reclamar seguridad sin reclamar odio; se puede exigir al Estado que proteja a los ciudadanos sin convertir al extranjero en enemigo; y se puede defender la integridad territorial de España y, al mismo tiempo, recordar que los derechos humanos no desaparecen cuando una persona llega a una frontera.

Quizá esa sea precisamente la batalla que merece la pena librar. Ceuta no necesita que España elija entre seguridad y derechos humanos. Necesita que España sea capaz de defender ambas cosas al mismo tiempo. 

Si acudimos a una concentración, quizá deberíamos hacerlo llevando también esa convicción. Porque estar con Ceuta no debería significar estar contra el otro. 

Estar con Ceuta debería significar estar con las personas, con la convivencia, con la seguridad, con la democracia y, sobre todo, con los derechos humanos y con la dignidad. 

Ahí sí que hay que estar. 

Siempre hay que estar.

El silencio también duele

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas)

Hay ausencias que no se parecen a ninguna otra. Cuando una persona desaparece y no se conoce su paradero, quienes la quieren quedan atrapados en una espera que parece no terminar nunca. No existe una despedida, no hay un lugar al que llevar flores ni una certeza que permita comenzar a cerrar una herida. Solo quedan las preguntas, los recuerdos y esa angustia que vuelve una y otra vez, porque mientras no se sepa qué ocurrió, la historia permanece incompleta y el dolor sigue buscando una respuesta.

La desaparición forzada es todavía más grave porque no hablamos simplemente de una persona cuyo paradero se desconoce. Hablamos de una privación de libertad, de una actuación atribuible a agentes del Estado o a personas que actúan con su autorización, apoyo o aquiescencia, seguida de la negativa a reconocer esa privación o de ocultar información sobre la suerte o el paradero de la persona. Detrás de una definición jurídica hay, sin embargo, algo mucho más sencillo de entender: alguien ha sido apartado de su vida y alguien está intentando impedir que los demás sepan qué le ha ocurrido.

Durante décadas, las desapariciones forzadas han sido utilizadas para sembrar miedo, silenciar voces incómodas y castigar a quienes son considerados enemigos por quienes tienen el poder. Pero sus consecuencias nunca recaen únicamente sobre la persona desaparecida. También alcanzan a sus familiares, que pueden pasar años, incluso toda una vida, intentando averiguar dónde está, qué sucedió y quién fue responsable. Esa incertidumbre prolongada constituye por sí misma una forma de sufrimiento que no podemos ignorar ni considerar un asunto del pasado.

Por eso resulta tan importante el trabajo de las familias, de las organizaciones de derechos humanos y de todas aquellas personas que se niegan a aceptar que una desaparición quede enterrada bajo el paso del tiempo. Buscar, preguntar, investigar y reclamar respuestas no es abrir viejas heridas, como algunas veces se pretende hacer creer. Es precisamente lo contrario, porque lo se quiere es intentar cerrarlas desde la verdad, la justicia y el reconocimiento de quienes han sufrido. Recordar a una persona desaparecida no significa vivir anclados en el pasado, sino defender que su dignidad y sus derechos siguen importando.

Los Estados tienen obligaciones muy concretas frente a las desapariciones forzadas. Deben prevenirlas, investigarlas de manera efectiva, esclarecer los hechos, localizar a las personas desaparecidas y, cuando proceda, identificar y exigir responsabilidad a quienes hayan participado en ellas. También deben garantizar a las víctimas y a sus familias mecanismos adecuados de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Estas obligaciones no desaparecen simplemente porque hayan transcurrido muchos años, aunque su aplicación concreta deba hacerse conforme al Derecho internacional y al ordenamiento jurídico que resulte aplicable en cada caso.

Y tampoco podemos olvidar que el derecho a la verdad no pertenece únicamente a quien busca a un ser querido. La sociedad tiene derecho a conocer las circunstancias en las que se produjeron graves violaciones de los derechos humanos, especialmente cuando pudieron formar parte de prácticas sistemáticas o generalizadas. La memoria no pretende sustituir a la justicia ni convertir el dolor en una herramienta de confrontación. Pretende algo mucho más sencillo y profundamente humano. Y es que lo ocurrido pueda ser conocido, reconocido y transmitido para que nunca vuelva a repetirse.

Cuando una familia pregunta dónde está una persona desaparecida, no está pidiendo un privilegio ni una concesión. Está reclamando algo tan básico como saber qué ocurrió con alguien a quien ama. Y cuando una sociedad exige respuestas, no está mirando únicamente hacia atrás, sino defendiendo una idea esencial de cualquier Estado de derecho. Y esa idea es que ninguna persona puede ser borrada de la historia mediante el silencio, el miedo o la indiferencia.

Porque mientras una persona siga desaparecida y una familia continúe esperando una respuesta, la historia seguirá teniendo una pregunta pendiente. 

Y frente al dolor de quienes buscan, el silencio nunca puede ser la última palabra.

La verdad también es una forma de justicia.

A veces, la única que queda.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Silence Hurts Too

(International Day of Victims of Enforce Disappearances)

There are absences that are unlike any other. When someone disappears and their whereabouts are unknown, those who love them are left trapped in a wait that seems as though it will never end. There is no goodbye, nowhere to lay flowers, and no certainty that would allow a wound to begin to heal. All that remains are the questions, the memories and that anguish that returns time and time again, because until the truth is known, the story remains incomplete and the pain continues to search for an answer.

Enforced disappearance is even more serious because we are not simply talking about someone whose whereabouts are unknown. We are talking about a deprivation of liberty, about conduct attributable to State agents or to persons acting with the authorisation, support or acquiescence of the State, followed by a refusal to acknowledge that deprivation of liberty or by concealment of information concerning the fate or whereabouts of the person. Behind a legal definition, however, there is something much simpler to understand. Someone has been torn away from their life, and someone is trying to prevent others from finding out what has happened to them.

For decades, enforced disappearances have been used to spread fear, silence inconvenient voices and punish those regarded as enemies by those in power. But their consequences never fall solely upon the disappeared person. They also affect their families, who may spend years, even an entire lifetime, trying to discover where they are, what happened and who was responsible. That prolonged uncertainty is itself a form of suffering that we cannot ignore or simply regard as a matter belonging to the past.

That is why the work of families, human rights organisations and all those who refuse to accept that a disappearance should be buried beneath the passage of time is so important. Searching, asking questions, investigating and demanding answers is not about reopening old wounds, as is sometimes claimed. It is precisely the opposite, because what we seek is to try to heal them through truth, justice and recognition for those who have suffered. Remembering a disappeared person does not mean living anchored in the past, but standing up for the fact that their dignity and their rights still matter.

States have very specific obligations in relation to enforced disappearances. They must prevent them, investigate them effectively, establish the facts, locate disappeared persons and, where appropriate, identify and hold accountable those who have been involved in them. They must also ensure that victims and their families have access to appropriate mechanisms for truth, justice, reparation and guarantees of non repetition. These obligations do not simply disappear because many years have passed, although their practical application must comply with international law and with the legal framework applicable in each particular case.

Nor must we forget that the right to truth belongs not only to those searching for a loved one. Society as a whole has the right to know the circumstances in which serious human rights violations took place, particularly where they may have formed part of systematic or widespread practices. Memory is not intended to replace justice or to turn suffering into a tool for confrontation. It seeks something much simpler and profoundly human. That what happened can be known, acknowledged and passed on so that it never happens again.

When a family asks where a disappeared person is, they are not asking for a privilege or a favour. They are demanding something as basic as knowing what happened to someone they love. And when a society demands answers, it is not merely looking backwards. It is defending an essential principle of any State governed by the rule of law. And that principle is that no person can be erased from history through silence, fear or indifference.

Because as long as someone remains disappeared and a family continues to wait for an answer, history will still have an unanswered question.

And in the face of the pain of those who continue to search, silence can never be the final word.

The truth is also a form of justice.

Sometimes, it is the only one left.