Cuando hablamos de educación, muchas veces pensamos en colegios, institutos, universidades, libros, exámenes o asignaturas. Pensamos en aprender matemáticas, historia, lengua, ciencias… Pero la educación es mucho más que eso. Educar también significa aprender a convivir, aprender a respetar, aprender a escuchar y, sobre todo, aprender que delante de nosotros siempre hay otra persona cuya dignidad merece exactamente el mismo respeto que la nuestra. Y esto no me lo invento yo. Lo dice la propia Declaración Universal de Derechos Humanos. Su artículo 26.2 establece que la educación debe tener como objetivo el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales. También habla de comprensión, de tolerancia, de amistad entre los pueblos y de convivencia.
Y creo que ahí está una de las claves de todo esto, porque educar no es simplemente transmitir conocimientos. Educar es proporcionar herramientas para que una persona pueda entender el mundo que le rodea y pueda construir su propio criterio. Es enseñarle a pensar, no decirle qué tiene que pensar. Y precisamente por eso creo que educación y Memoria Democrática están profundamente unidas. Porque si queremos construir una sociedad democrática, no basta con explicar qué es una democracia. También tenemos que explicar qué ocurre cuando desaparece, qué sucede cuando las libertades dejan de estar garantizadas y cuando determinadas personas son perseguidas por lo que piensan, por lo que creen, por cómo viven o simplemente por no encajar en aquello que quienes tienen el poder consideran aceptable. Tenemos que conocer nuestra historia.
Y conocer nuestra historia no significa vivir permanentemente mirando hacia atrás. Significa aprender. La Memoria Democrática tiene que ver precisamente con eso, con reconocer lo que ocurrió, con conservar la memoria de quienes sufrieron, con conocer nuestra historia reciente y con transmitir a las nuevas generaciones aquello que durante mucho tiempo no pudo contarse o se contó solamente desde una determinada perspectiva. Y creo que hay algo que deberíamos tener muy claro: recordar no significa odiar. Recordar no significa enseñar a nuestros hijos a vivir enfrentados a sus abuelos o a sus padres. Recordar significa saber qué ocurrió, poder decir que hubo personas que fueron perseguidas, encarceladas, torturadas, asesinadas o privadas de sus libertades y reconocer que hubo familias que vivieron durante años con el miedo, con el silencio y con heridas que, en muchos casos, todavía no han terminado de cerrarse.
Y todo esto tiene una relación directa con los derechos humanos. El artículo 5 de la Declaración Universal dice que nadie debe ser sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes. Puede parecer algo absolutamente evidente y debería serlo, pero la historia nos demuestra que las cosas que hoy consideramos evidentes pueden dejar de serlo cuando una sociedad empieza a aceptar que hay personas que merecen menos derechos que otras. Por eso tenemos que recordar, porque cuando olvidamos que algo ocurrió corremos el riesgo de volver a permitir que ocurra. Y aquí es donde la educación adquiere una importancia enorme, porque una persona que conoce la historia tiene más herramientas para reconocer determinadas señales, puede entender por qué determinadas cosas son peligrosas y puede comprender mejor el valor que tienen derechos que muchas veces damos por sentados.
El derecho a expresarnos libremente, el derecho a votar, el derecho a manifestarnos, el derecho a reunirnos, el derecho a defender nuestras ideas, el derecho a vivir nuestra orientación sexual, el derecho a practicar una religión o a no practicar ninguna y, en definitiva, el derecho a ser quienes somos sin tener que vivir con miedo forman parte de nuestra democracia y de nuestros derechos fundamentales. Y quizá precisamente porque hoy disfrutamos de muchas de esas libertades con normalidad, necesitamos recordar que no siempre estuvieron ahí. Las democracias no se mantienen únicamente porque existan elecciones cada cierto tiempo. Se mantienen también porque existen ciudadanos que conocen sus derechos, que conocen su historia y que entienden que esos derechos tienen que ser defendidos cuando alguien intenta vulnerarlos.
Por eso yo creo que educar en valores democráticos no significa adoctrinar, y esto es importante decirlo. Educar en democracia no significa decirle a un niño qué partido tiene que votar cuando sea adulto, ni decirle qué ideología tiene que defender, ni imponerle una determinada manera de entender la sociedad. Significa enseñarle qué son los derechos humanos, explicarle qué es la igualdad, qué significa la libertad, qué significa la dignidad, qué significa la justicia y qué significa convivir con alguien que piensa completamente diferente a nosotros. Después, que cada persona piense lo que quiera, defienda lo que quiera y vote a quien considere oportuno, pero que pueda hacerlo conociendo la historia. Porque para mí hay una diferencia enorme entre decirle a alguien qué debe pensar y darle las herramientas necesarias para que pueda pensar por sí mismo. Y esa es precisamente la función que debería tener la educación, no decirnos qué pensar, sino enseñarnos a pensar.
Por eso también considero tan importante que nuestros jóvenes puedan conocer nuestra historia de una manera crítica y rigurosa. Que puedan visitar lugares de memoria, escuchar testimonios, investigar, preguntar y debatir, y que puedan encontrarse con una historia que, en ocasiones, será incómoda, dolorosa o difícil de comprender. Porque precisamente aquello que nos incomoda es muchas veces aquello de lo que más podemos aprender. Y esto también aparece en nuestra propia Constitución. El artículo 27.2 dice que la educación tendrá como objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales. Por tanto, cuando hablamos de educación en democracia, no estamos hablando de algo que esté al margen de nuestro ordenamiento jurídico, sino de uno de los propios objetivos de la educación.
Y esto no significa que todos tengamos que pensar igual. Al contrario, una democracia necesita personas diferentes, necesita personas que discrepen, que hagan preguntas, que cuestionen las cosas y que puedan defender ideas diferentes, incluso ideas que nos incomoden. Pero hay algo que debería estar siempre por encima de nuestras diferencias y es la dignidad de la persona que tenemos delante. Podemos discutir sobre política, economía, historia, religión o sobre cualquier otra cuestión, pero la persona que tenemos delante sigue teniendo derechos. Y ahí está, para mí, el verdadero sentido de educar en derechos humanos, en entender que los derechos no son solamente para quienes piensan como nosotros, sino también para quienes piensan lo contrario.
Y eso es especialmente importante cuando hablamos de Memoria Democrática, porque detrás de cada número hay una persona, detrás de cada expediente hay una vida y detrás de cada desaparición hay una familia. Detrás de cada persona que fue encarcelada, perseguida, torturada o asesinada había alguien que tenía una vida, personas a las que quería, sueños, proyectos y esperanzas. Y cuando hablamos de memoria hablamos también de esas personas. No podemos convertir el sufrimiento humano en una simple cifra, porque muchas de esas heridas tampoco desaparecieron cuando terminó la dictadura. Hay familias que han vivido durante generaciones con el silencio, con una fotografía guardada en un cajón, con una historia que nadie quiso contar, con una pregunta que nunca tuvo respuesta o con alguien cuyo nombre durante décadas apenas podía pronunciarse. Y eso también forma parte de nuestra historia.
Por eso hablar de Memoria Democrática es hablar de dignidad. Es reconocer a quienes sufrieron, escuchar a quienes durante mucho tiempo no pudieron hablar, buscar la verdad cuando la verdad fue ocultada, buscar justicia cuando hubo injusticia, reparar, en la medida en que sea posible, aquello que pueda ser reparado e intentar garantizar que aquello que ocurrió no vuelva a suceder. Verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. No para quedarnos atrapados en el pasado, sino precisamente para poder avanzar. Porque una sociedad que conoce sus heridas puede intentar curarlas, mientras que una sociedad que las oculta corre el riesgo de transmitirlas de generación en generación.
Y aquí la educación vuelve a tener un papel fundamental, pero no solamente la escuela. También la familia, los medios de comunicación, las universidades, las asociaciones, las organizaciones de la sociedad civil, las instituciones culturales y, en realidad, todos nosotros. Todos transmitimos una determinada manera de entender el mundo y tenemos que ser conscientes de la responsabilidad que existe cuando hablamos de nuestra historia delante de quienes vienen detrás. Por eso también tenemos que tener mucho cuidado con la manipulación de la historia. Una cosa es que tengamos opiniones diferentes sobre determinados acontecimientos, porque eso forma parte de la libertad, y otra cosa muy distinta es negar hechos porque no encajan con aquello que queremos creer. Podemos interpretar la historia de maneras diferentes, podemos debatir sobre ella y podemos discutir sobre sus causas y sus consecuencias, pero necesitamos partir de los hechos, porque sin hechos no hay conocimiento y sin conocimiento no existe una verdadera libertad para formar nuestro propio criterio.
Por eso creo que la Memoria Democrática no debería entenderse como una herramienta para decirle a nadie qué tiene que pensar. Debería entenderse como una herramienta para que nadie tenga que pensar desde el desconocimiento. Y esto me parece fundamental, porque cuando una persona conoce la historia puede sacar sus propias conclusiones, puede estar de acuerdo, puede no estarlo, puede cuestionarla, puede discutirla y puede defender una determinada interpretación, pero lo hará desde el conocimiento. Y eso es democracia. También es importante entender que la memoria no tiene por qué dividirnos, sino que puede ayudarnos a comprendernos. Puede permitirnos mirar hacia atrás y decir algo tan sencillo como esto: hubo personas que sufrieron y su sufrimiento merece ser reconocido, independientemente de las ideas que nosotros tengamos hoy. Porque reconocer a una víctima no significa necesariamente compartir todas sus ideas, sino reconocer su dignidad.
La memoria tampoco debería utilizarse para transmitir odio. Al contrario, si realmente queremos que sirva para algo, debería servir para que las nuevas generaciones comprendan que la violencia, la persecución y la ausencia de libertades nunca son el camino. Debería servir para que nuestros jóvenes aprendan a resolver sus diferencias mediante el diálogo y no mediante la violencia, para que aprendan a escuchar y para que aprendan a ponerse en el lugar de otra persona. Debería ayudarles a comprender que una sociedad democrática no se construye eliminando al que piensa diferente, sino aprendiendo a convivir con él. Y, sobre todo, debería enseñarles que la dignidad humana no depende de quiénes somos, de nuestro origen, nuestro sexo, nuestra orientación sexual, nuestra religión, nuestras ideas políticas, nuestra situación económica o de si somos mayoría o minoría. La dignidad nos pertenece simplemente porque somos personas.
Por eso, cuando hablamos de educación y Memoria Democrática, en el fondo estamos hablando de algo mucho más profundo. Estamos hablando de qué sociedad queremos construir, de si queremos una sociedad que conozca su pasado o una sociedad que prefiera olvidarlo, de si queremos una sociedad capaz de reconocer sus errores o una sociedad que prefiera esconderlos y de si queremos enseñar a nuestros jóvenes a pensar o simplemente decirles qué tienen que pensar. Yo creo que necesitamos educar, recordar, escuchar y conocer, pero hacerlo siempre desde la dignidad humana.
Porque la memoria no debería servir para abrir heridas una y otra vez. Debería servir para que podamos comprender por qué esas heridas existieron y qué tenemos que hacer para que no vuelvan a producirse. Y quizá esa sea la mejor manera de entender la Memoria Democrática, no como una forma de vivir en el pasado, sino como una forma de proteger nuestro futuro. Porque recordar no significa quedarse atrás. Recordar significa mirar hacia atrás para saber hacia dónde no queremos volver.
Una democracia verdaderamente fuerte no es aquella que necesita olvidar sus momentos más oscuros. Es aquella que tiene la suficiente madurez para mirarlos de frente, reconocer a quienes sufrieron, aprender de ellos y seguir avanzando.
Porque quizá la verdadera reconciliación no consista en olvidar lo ocurrido, sino en conseguir que aquello que ocurrió deje de determinar nuestro futuro. Y para eso necesitamos memoria, pero también necesitamos educación, derechos humanos, empatía y, sobre todo, dignidad.
Hasta que, algún día, todas esas heridas puedan cicatrizar, no porque las hayamos olvidado, sino precisamente porque fuimos capaces de recordarlas.
Y aprender de ellas.


