(Escrito en 🇪🇸️🇲🇽 – Written in 🇬🇧️🇺🇸- Geschryf in – 🇿🇦🇳🇦 )
🇪🇸️ESPAÑOL️🇲🇽
Hay momentos en la historia que parecen pequeños cuando empiezan, pero que acaban cambiándolo todo. La masacre de Soweto, ocurrida el 16 de junio de 1976 en Sudáfrica, hace ahora 50 años, es uno de esos momentos. No comenzó con soldados ni con grandes líderes políticos, sino con miles de estudiantes que simplemente estaban cansados de que les dijeran que valían menos que los demás.
Para entender lo que ocurrió, primero tenemos que imaginar cómo era la vida de una persona negra en la Sudáfrica del apartheid. Desde 1948 existía un sistema que separaba a las personas según el color de su piel. Los blancos tenían derechos, oportunidades y libertad. Los negros vivían sometidos a leyes que limitaban prácticamente todos los aspectos de su vida. No podían decidir dónde vivir, tenían enormes dificultades para acceder a empleos de calidad y recibían una educación pensada para mantenerlos siempre en una posición de inferioridad.
No era una discriminación escondida o disimulada. Era una discriminación escrita en las leyes y aplicada todos los días. El mensaje que recibían millones de personas era sencillo y cruel: «Tu futuro ya está decidido y no será el mismo que el de una persona blanca».
Soweto era uno de los lugares donde esa realidad se vivía con más dureza. A las afueras de Johannesburgo se extendían enormes barrios donde vivían millones de personas negras en condiciones muy difíciles. Allí crecieron miles de jóvenes que empezaron a preguntarse por qué debían aceptar una vida marcada por la injusticia. Poco a poco fue naciendo una generación que ya no estaba dispuesta a resignarse.
La chispa que encendió la protesta fue una decisión del gobierno que obligaba a impartir parte de la enseñanza en afrikáans. Para muchos estudiantes aquello no era solo una cuestión de idioma. El afrikáans era la lengua asociada al poder que los oprimía, a los políticos que aprobaban leyes racistas y a la policía que vigilaba sus barrios. Sentían que les estaban imponiendo, incluso en las aulas, la voz de quienes les negaban su dignidad. Y entonces decidieron protestar.
La mañana del 16 de junio de 1976 miles de estudiantes salieron a las calles. Muchos apenas eran adolescentes. Algunos ni siquiera habían cumplido los catorce años. No llevaban armas. No iban a atacar a nadie. Querían manifestarse pacíficamente y hacer oír su voz. Querían que alguien los escuchara.
Pero el gobierno respondió de la peor manera posible. La policía trató de dispersarlos y muy pronto comenzaron los disparos. El miedo se extendió por las calles. Los estudiantes corrían buscando refugio mientras las balas seguían cayendo. En cuestión de minutos, aquella protesta pacífica se convirtió en una tragedia.
Una fotografía recorrió el planeta entero. En ella aparecía el joven Hector Pieterson, de solo trece años, herido de muerte, siendo transportado por otro estudiante mientras su hermana corría a su lado presa de la desesperación. Aquella imagen hizo algo que los discursos y los informes no habían conseguido. Puso rostro al sufrimiento. Mostró al mundo que las víctimas del apartheid no eran números ni estadísticas. Eran niños. Solo niños.
Pero la violencia no terminó aquel día. Durante semanas y meses continuaron las protestas y la represión. Cientos de personas murieron y miles fueron detenidas o heridas. Lo que ocurrió en Soweto dejó una herida profunda en la sociedad sudafricana, pero también despertó una determinación que ya no desaparecería.
Muchos jóvenes comprendieron que el régimen no estaba dispuesto a cambiar por voluntad propia. Si era capaz de disparar contra estudiantes, estaba claro que no había límites para mantener el poder. A partir de entonces creció la resistencia dentro del país y cada vez más personas se sumaron a la lucha contra el apartheid.
Sin embargo, hay algo importante que a veces se olvida cuando se cuenta esta historia. El apartheid no sobrevivía únicamente gracias a la fuerza de la policía o del ejército. También sobrevivía porque contaba con apoyos internacionales muy importantes.
Durante años, Estados Unidos y otros países occidentales mantuvieron relaciones económicas y políticas con Sudáfrica. En plena Guerra Fría, el régimen sudafricano era visto como un aliado estratégico y eso hizo que muchas veces se ignorara la realidad de lo que estaba ocurriendo. Mientras llegaban inversiones, comercio y apoyo diplomático, el sistema podía seguir funcionando a pesar de la creciente oposición interna.
Pero Soweto ayudó a cambiar esa situación. Las imágenes de estudiantes asesinados provocaron indignación en todo el mundo. Cada vez resultaba más difícil justificar la relación con un régimen que respondía a las protestas infantiles con balas. En universidades, iglesias, sindicatos y organizaciones sociales de numerosos países comenzaron a crecer los movimientos que exigían sanciones y el aislamiento de Sudáfrica.
Con el paso de los años, la presión fue aumentando. Empresas retiraron inversiones, se aprobaron sanciones económicas y el régimen fue quedándose cada vez más solo. Cuando Estados Unidos dejó de sostenerlo de forma efectiva, el apartheid perdió uno de sus principales apoyos. La economía empezó a sufrir seriamente y el sistema comenzó a mostrar todas sus debilidades.
La resistencia de millones de sudafricanos fue fundamental. El sacrificio de quienes lucharon durante décadas fue imprescindible. Pero también es cierto que el régimen terminó de derrumbarse cuando dejó de contar con la protección y el respaldo internacional que durante tanto tiempo le habían permitido sobrevivir.
Finalmente, en 1994, Sudáfrica celebró sus primeras elecciones democráticas y el apartheid pasó a formar parte del pasado. El país inició un camino complejo, lleno de desafíos, pero también de esperanza.
En la actualidad, el 16 de junio se recuerda como el Día de la Juventud en Sudáfrica.Y, no, no es una simple conmemoración. Es un homenaje a aquellos chicos y chicas que se atrevieron a desafiar una injusticia gigantesca cuando muchos adultos ya habían perdido la esperanza. Es el recuerdo de una generación que entendió que la dignidad no se negocia, sino que se defiende, y que el silencio nunca puede ser la respuesta frente a la injusticia.
Porque la historia de Soweto no habla solamente de Sudáfrica. También habla de todos los lugares donde alguien intenta convencer a otros de que valen menos. Habla de la fuerza de quienes se niegan a aceptarlo. Y nos recuerda que incluso las voces más jóvenes pueden llegar a derribar los muros que parecen imposibles de mover.
Aquel día las balas intentaron silenciar a unos estudiantes, pero acabaron convirtiéndolos en la voz que ayudó a cambiar un país y a despertar la conciencia del mundo entero.
Porque, al final, la dignidad siempre encuentra la manera de hacerse escuchar.
A veces, a través de los más jóvenes e inocentes.
Pero Soweto se hizo escuchar.
Su voz aún se escucha.
🇬🇧️ENGLISH🇺🇸 SOWETO 1976: THE BEGINNING OF THE END OF APARTHEID
There are moments in history that seem small when they begin, but end up changing everything. The Soweto massacre, which took place on June 16, 1976 in South Africa, is one of those moments. It did not begin with soldiers or major political leaders, but with thousands of students who were simply tired of being told that their lives were worth less than those of others.
To understand what happened, we first need to imagine what life was like for a Black person in apartheid South Africa. From 1948 onwards, the country was ruled by a system that separated people according to the color of their skin. White people had rights, opportunities, and freedom. Black people lived under laws that restricted almost every aspect of their lives. They could not choose where to live, they faced huge barriers to finding good jobs, and they received an education designed to keep them in a permanent position of inferiority.
This was not hidden or subtle discrimination. It was written into law and enforced every single day. The message millions of people received was simple and cruel: «Your future has already been decided, and it will not be the same as that of a white person»
Soweto was one of the places where this reality was felt most intensely. On the outskirts of Johannesburg, vast townships stretched out where millions of Black people lived in extremely difficult conditions. It was there that thousands of young people began to question why they had to accept a life shaped by injustice. Gradually, a generation emerged that was no longer willing to accept resignation.
The spark that ignited the protest was a government decision requiring parts of school instruction to be taught in Afrikaans. For many students, this was not just about language. Afrikaans was the language associated with the power that oppressed them, with the politicians who passed racist laws, and with the police who patrolled their neighborhoods. Even in the classroom, they felt the voice of those who denied their dignity being imposed on them. And so they decided to protest.
On the morning of June 16, 1976, thousands of students took to the streets. Many were teenagers. Some were not even fourteen years old. They carried no weapons. They were not there to attack anyone. They were there to protest peacefully and make their voices heard. They wanted someone to listen.
But the government responded in the worst possible way. The police tried to disperse them, and very soon the gunfire began. Fear spread through the streets. Students ran for cover as bullets kept falling. Within minutes, a peaceful protest turned into a tragedy.
A photograph went around the world. It showed a young boy, Hector Pieterson, just thirteen years old, mortally wounded, being carried by another student while his sister ran beside them in desperation. That image did what speeches and reports had failed to do. It put a human face on suffering. It showed the world that the victims of apartheid were not numbers or statistics. They were children. Just children.
But the violence did not end that day. For weeks and months, protests and repression continued. Hundreds of people were killed and thousands were injured or arrested. What happened in Soweto left a deep wound in South African society, but it also awakened a determination that would not disappear.
Many young people came to understand that the regime had no intention of changing willingly. If it was willing to shoot at students, then there were clearly no limits to how far it would go to hold on to power. From that moment on, resistance within the country grew, and more and more people joined the struggle against apartheid.
However, one important factor is sometimes overlooked. Apartheid did not survive only because of police and military force. It also survived because it had significant international support.
For years, the United States and other Western countries maintained economic and political relations with South Africa. In the context of the Cold War, the apartheid regime was seen as a strategic ally, and this often led to its reality being ignored. While investment, trade, and diplomatic support continued to flow, the system was able to function despite growing internal opposition.
But Soweto helped change that. Images of murdered students sparked outrage around the world. It became increasingly difficult to justify ties with a regime that responded to children’s protests with bullets. In universities, churches, trade unions, and civil society organizations across many countries, movements demanding sanctions and the isolation of South Africa began to grow.
Over the years, pressure increased. Companies withdrew investments, economic sanctions were imposed, and the regime became increasingly isolated. When the United States stopped providing effective support, apartheid lost one of its key pillars. The economy began to suffer seriously, and the system started to reveal all its weaknesses.
The resistance of millions of South Africans was essential. The sacrifice of those who fought for decades was indispensable. But it is also true that the regime ultimately collapsed when it lost the international protection and backing that had sustained it for so long.
Finally, in 1994, South Africa held its first democratic elections, and apartheid became part of history. The country began a long and complex journey, full of challenges but also hope.
Today, June 16 is remembered in South Africa as Youth Day. It is not just a commemoration. It is a tribute to those boys and girls who dared to challenge an immense injustice when many adults had already lost hope. It is the memory of a generation that understood that dignity is non negotiable and that silence can never be the answer to injustice.
Because the story of Soweto is not only about South Africa. It is about every place where someone is told they are worth less than others. It is about the strength of those who refuse to accept it. And it reminds us that even the youngest voices can break through walls that once seemed impossible to move.
That day, bullets tried to silence students, but instead they turned them into the voice that helped change a country and awaken the conscience of the world.
In the end, dignity always finds a way to make itself heard.
Sometimes through the youngest and most innocent among us.
But Soweto was heard.
And its voice is still heard today.
🇿🇦AFRIKÁANS🇳🇦 SOWETO 1976: DIE BEGIN VAN DIE EINDE VAN APARTHEID
Daar is oomblikke in die geskiedenis wat klein lyk wanneer hulle begin, maar uiteindelik alles verander. Die Soweto-slagting, wat op 16 Junie 1976 in Suid-Afrika plaasgevind het, is een van daardie oomblikke. Dit het nie begin met soldate of groot politieke leiers nie, maar met duisende studente wat eenvoudig moeg was om te hoor dat hul lewens minder werd is as dié van ander mense.
Om te verstaan wat gebeur het, moet ons eers indink hoe die lewe was vir ’n swart persoon in apartheid-Suid-Afrika. Vanaf 1948 is die land regeer deur ’n stelsel wat mense volgens hul velkleur geskei het. Wit mense het regte, geleenthede en vryheid gehad. Swart mense het geleef onder wette wat byna elke aspek van hul lewe beperk het. Hulle kon nie kies waar om te woon nie, hulle het groot struikelblokke gehad om goeie werk te kry, en hulle het ’n onderwysstelsel ontvang wat ontwerp is om hulle in ’n permanente posisie van minderwaardigheid te hou.
Dit was nie ’n verborge of subtiele vorm van diskriminasie nie. Dit was in die wet vasgelê en daagliks toegepas. Die boodskap wat miljoene mense ontvang het, was eenvoudig en wreed: «Jou toekoms is reeds besluit, en dit sal nie dieselfde wees as dié van ’n wit persoon nie».
Soweto was een van die plekke waar hierdie werklikheid die sterkste gevoel is. Aan die buitewyke van Johannesburg het groot townships gestrek waar miljoene swart mense in baie moeilike omstandighede geleef het. Daar het duisende jong mense begin vra hoekom hulle ’n lewe vol onreg moes aanvaar. Geleidelik het ’n generasie ontstaan wat nie meer bereid was om stil te bly nie.
Die vonk wat die protes laat ontbrand het, was ’n regeringsbesluit wat vereis het dat sekere vakke in skole in Afrikaans onderrig moes word. Vir baie studente was dit nie net ’n taalvraagstuk nie. Afrikaans was die taal wat verbind is met die mag wat hulle onderdruk het, met die politici wat rassewette gemaak het, en met die polisie wat hul woonbuurte beheer het. Selfs in die klaskamer het hulle gevoel dat die stem van dié wat hul waardigheid ontken, op hulle afgedwing word. En toe het hulle besluit om te protesteer.
Op die oggend van 16 Junie 1976 het duisende studente die strate ingevaar. Baie was tieners. Party was nie eers veertien jaar oud nie. Hulle was ongewapen. Hulle was nie daar om iemand aan te val nie. Hulle wou vreedsaam protesteer en hul stem laat hoor. Hulle wou hê iemand moes na hulle luister.
Maar die regering het op die slegste moontlike manier gereageer. Die polisie het probeer om hulle uiteen te jaag, en baie gou het die skietery begin. Vrees het deur die strate versprei. Studente het gehardloop om skuiling te soek terwyl koeëls bly val het. Binne minute het ’n vreedsame protes in ’n tragedie verander.
’n Foto het oor die hele wêreld versprei. Dit het ’n jong seun, Hector Pieterson, gewys, slegs dertien jaar oud, dodelik gewond, terwyl hy deur ’n ander student gedra word en sy suster langs hom in wanhoop hardloop. Daardie beeld het gedoen wat toesprake en verslae nie kon doen nie. Dit het ’n menslike gesig aan lyding gegee. Dit het aan die wêreld gewys dat die slagoffers van apartheid nie getalle of statistiek was nie. Hulle was kinders. Net kinders.
Maar die geweld het nie daardie dag geëindig nie. Vir weke en maande het protes en onderdrukking voortgeduur. Honderde mense is dood en duisende is beseer of gearresteer. Wat in Soweto gebeur het, het ’n diep wond in die Suid-Afrikaanse samelewing gelaat, maar dit het ook ’n vasberadenheid wakker gemaak wat nie weer sou verdwyn nie.
Baie jong mense het besef dat die regime nie bereid was om uit eie keuse te verander nie. As dit bereid was om op studente te skiet, was daar duidelik geen perke aan hoe ver dit sou gaan om mag te behou nie. Van daardie oomblik af het weerstand binne die land gegroei, en al hoe meer mense het by die stryd teen apartheid aangesluit.
Daar is egter ’n belangrike faktor wat soms oor die hoof gesien word. Apartheid het nie net oorleef weens polisie en militêre mag nie. Dit het ook oorleef omdat dit belangrike internasionale steun gehad het.
Vir jare het die Verenigde State en ander Westerse lande ekonomiese en politieke betrekkinge met Suid-Afrika gehandhaaf. In die konteks van die Koue Oorlog is die apartheid-regime as ’n strategiese bondgenoot gesien, en daarom is die werklikheid dikwels geïgnoreer. Terwyl beleggings, handel en diplomatieke steun voortgegaan het, kon die stelsel funksioneer ten spyte van groeiende interne verset.
Maar Soweto het gehelp om dit te verander. Beelde van vermoorde studente het wêreldwyd verontwaardiging veroorsaak. Dit het al hoe moeiliker geword om bande met ’n regime te regverdig wat op kinderproteste met koeëls reageer. In universiteite, kerke, vakbonde en burgerlike organisasies regoor baie lande het bewegings begin groei wat sanksies en die isolasie van Suid-Afrika geëis het.
Met verloop van tyd het die druk toegeneem. Maatskappye het beleggings onttrek, ekonomiese sanksies is ingestel, en die regime het al hoe meer geïsoleer geraak. Toe die Verenigde State ophou om effektiewe steun te bied, het apartheid een van sy belangrikste steunpilare verloor. Die ekonomie het ernstig begin swaarkry, en die stelsel het al sy swakhede begin wys.
Die weerstand van miljoene Suid-Afrikaners was noodsaaklik. Die opoffering van diegene wat oor dekades geveg het, was onontbeerlik. Maar dit is ook waar dat die regime uiteindelik ineengestort het toe dit die internasionale beskerming en steun verloor het wat dit vir so lank aan die gang gehou het.
Uiteindelik, in 1994, het Suid-Afrika sy eerste demokratiese verkiesings gehou, en apartheid het deel van die geskiedenis geword. Die land het ’n lang en moeilike pad begin, vol uitdagings maar ook vol hoop.
Vandag word 16 Junie in Suid-Afrika as Jeugdag herdenk. Dit is nie net ’n herdenking nie. Dit is ’n huldeblyk aan daardie seuns en meisies wat dit gewaag het om ’n groot onreg te trotseer toe baie volwassenes reeds hoop verloor het. Dit is die herinnering aan ’n generasie wat verstaan het dat waardigheid nie onderhandelbaar is nie en dat stilte nooit die antwoord op onreg kan wees nie.
Want die verhaal van Soweto gaan nie net oor Suid-Afrika nie. Dit gaan oor elke plek waar iemand vertel word dat hulle minder werd is as ander. Dit gaan oor die krag van diegene wat weier om dit te aanvaar. En dit herinner ons daaraan dat selfs die jongste stemme mure kan breek wat eens onmoontlik gelyk het om te skuif.
Daardie dag het koeëls probeer om studente stil te maak, maar hulle het hulle eerder verander in die stem wat gehelp het om ’n land te verander en die wêreld se gewete wakker te skud.
Uiteindelik vind waardigheid altyd ’n manier om gehoor te word.
Soms deur die jongstes en mees onskuldiges onder ons.
(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)
🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽
(Esta es la historia de Adel, un estudiante palestino que encontró la libertad en Jaén -España) y hoy lucha por sobrevivir en Gaza).
A veces, quienes vivimos lejos de la guerra o del hambre creemos que el horror pertenece únicamente a las pantallas de televisión que muestran lo que sucede en aquellos países donde se vive con tanto dolor. Lo vemos durante unos segundos en un informativo, asentimos con tristeza, bajamos la cabeza unos segundos… y seguimos adelante con nuestras vidas. Pero hay historias que no pueden quedarse en una simple y fugaz noticia. Hay historias que nos obligan a detenernos unos segundos, mirar a nuestro alrededor y, en lo que podamos, actuar en conciencia.
Hoy quiero hablaros de la historia de Adel. Pero no quiero hacerlo como una cifra más entre lass decenas de miles de muertos y personas desplazadas de la Franja de Gaza. Tampoco quiero hacerlo como un titular ni como una simple fotografía perdida y medio quemada que pueda encontrarse entre los escombros de lo que antes era el hogar de una familia. Quiero hablaros de una historia concreta, de ser humano concreto, con nombre, apellidos, con sueños y con una vida marcada por el horror y la violencia que ningún niño debería conocer jamás.
Para quienes no me me conozcáis, solo quiero deciros que soy Luis, abogado especialista en derechos humanos y miembro de International Human Rights Foundation, y después de conocer la historia de Adel me siento en la obligación ética, moral y humana de compartirla, porque hay momentos en los que el silencio se convierte en complicidad y ya no quiero seguir siendo cómplice más tiempo.
Adel tiene apenas 23 años. Nació en Gaza, una tierra donde demasiados niños y niñas aprenden antes a reconocer el sonido de las bombas que el de la tranquilidad de una canción de cuna. Su infancia no estuvo llena de juegos ni de despreocupación, sino de miedo. Cuando apenas tenía cuatro años, presenció cómo su hermano Yahya moría delante de sus ojos. Lo sostuvo mientras la vida se escapaba de su cuerpo. Intentad imaginar, aunque solo sea por un instante, lo que significa cargar con ese recuerdo durante toda una vida. Imagina lo que es ver cómo la vida se apaga en los ojos de tu hermano, tu hija, tu hijo, tu padre o tu madre mientras le abrazas. Él tuvo que pasar por ello con apenas cuatro años. Y eso jamás podrá olvidarlo.
Pero la tragedia no terminó ahí. En 2012 perdió a varios amigos del colegio. En 2014, un bombardeo acabó con la vida de cinco miembros de su familia. Él sobrevivió, aunque estuvo un tiempo en coma, despertando más tarde en un hospital rodeado de sangre, gritos de desesperación y metralla incrustada en su cuerpo.
Y aun así, pese a todo, Adel decidió que no iba a rendirse. Mientras muchos habrían quedado destruidos psicológicamente para siempre, Adel eligió estudiar enfermería en la Universidad Al-Aqsa, ahora totalmente destruida. Estudiaba bajo el sonido de los cohetes, entre apagones y entre explosiones. Adel solo quería sanar un mundo que solo le había enseñado y dejado heridas en el cuerpo y en su alma. Y lo hizo además con excelencia, demostrando toda su valía y graduándose entre los mejores de su promoción. Todo esto ya sería más que suficiente para admirar profundamente a cualquier persona. Pero lo verdaderamente cambió la vida de Adel llegó después.
En 2022, gracias a una beca Erasmus+, Adel llegó a la Universidad de Jaén. Y aquí fue donde sucedió para Adel algo que para la gran mayoría pasa totalmente desapercibido y que nunca llama nuestra atención. Por primera vez en su vida, Adel sintió que podía vivir, no sobrevivir, sino vivir. Algo tan simple pero, a la vez, tan profundo como sentir que, por fin, tu vida te pertenece solo a ti y que no estás a merced del peligro constante de morir por el impacto de un proyectil.
Pero Jaén no fue únicamente una ciudad tranquila para Adel. Jaén fue mucho más que eso. Fue un refugio emocional, el lugar donde descubrió algo que muchos damos por sentado, como su propia dignidad, el derecho a existir sin miedo, el derecho a ser uno mismo. En la Universidad de Jaén encontró profesores que lo valoraban, amistades que lo abrazaban cada día y una sociedad donde pudo respirar sin sentir constantemente la amenaza de la violencia, la guerra, el odio o la muerte. Caminando por las calles de Jaén, soñando despierto en las aulas de la universidad con un futuro mejor y contemplando la belleza de los paisajes de nuestra tierra, Adel comenzó a reconstruirse por dentro, poco a poco.
Una imagen de Adel durante sus prácticas de enfermería en una Universidad de Jaén.
Y hay algo más que debemos entender. En el corazón de Adel latía ese maravilloso sentimiento que, por desgracia, en muchos lugares del mundo, aún es un delito. Ese sentimiento no es otro que el amor, pero en el contexto social del que procedía, amar a otro hombre supone una condena silenciosa incluso aunque no haya guerra. Durante años tuvo que ocultar quién era para sobrevivir, viviendo permanentemente vigilando cada palabra, cada gesto y cada emoción. En Jaén, por primera vez, pudo dejar de esconderse, sentirse aceptado y, lo más importante, amar y ser amado sin miedo. Porque, sin duda, amar también es un derecho humano. El derecho más maravilloso de todos cuando, además, tu amor es correspondido.
Pero a final de curso tenía que regresar a Gaza. Poco antes de su regreso, estuvo en mi despacho para saber qué podía hacer. Vino acompañado de la persona a la que amaba y le expliqué lo que podía hacer para evitar tener que regresar a Gaza. Sin embargo, Adel pensó que era mejor regresar, terminar las pocas asignaturas que le quedaban y luego regresar a España para retomar otra vez la libertad que había descubierto por fin y que tanto se merecía después de todo el dolor sufrido.
Y el infierno volvió a abrirse bajo sus pies. Pocos días después de sus últimos exámenes de carrera, tuvieron lugar los atentados de Hamás y la posterior respuesta de Israel que, a día de hoy, no solo no se puede negar que fue desproporcionada, sino que se trata de un verdadero crimen de guerra y de un auténtico genocidio del que, poco a poco, cada vez tenemos menos noticias. Y, como siempre digo, si esto que digo no es verdad, que me hagan un “pulsa denura” si miento.
Al igual que decenas de miles de familias en la Franja de Gaza, su casa fue destruida y su familia quedó desplazada. Desde hace años, desde que la pesadilla de la guerra volvió a Gaza, Adel vive en una tienda improvisada en Khan Younis, sin electricidad, sin agua potable, rodeado de enfermedades, bajo un frio intenso en invierno, un calor insoportable en verano, con lluvia que cala hasta el alma y bajo una desesperación constante. Adel me ha hablado del hambre, del agotamiento psicológico que arrastra, de noches enteras intentando dormir mientras alrededor solo escucha gritos, explosiones, ruidos de drones sobrevolando las tiendas de tela y de la muerte y la destrucción que acechan y arrasan con todo a su paso.
Hace pocos días, pasada la medianoche, mientras Adel se encontraba en su tienda proporcionada por UNICEF, me envió una fotografía acompañada de una frase que todavía resuena en mi cabeza y que resume mejor que cualquier informe, estadística o artículo lo que significa sobrevivir allí cada día:«Muero aquí todas las noches💔».
«Muero aquí todas las noches💔».
Soy un enfermero que terminó entre los mejores de su promoción, soy escritor y soy un ser humano enterrado en vida bajo el silencio del mundo.
Y mientras tanto, para evadirse con pensamientos que le recuerdan la felicidad que sintió, su mente vuelve constantemente a Jaén, a sus calles, a sus parques y a sus paisajes. Vuelve a los pasillos de la universidad, a la tranquilidad de una biblioteca, a la sensación de ser tratado como un ser humano y no como alguien condenado a desaparecer bajo las bombas y al recuerdo de saber que merece amar y ser correspondido.
Por eso, este texto es muy distinto a que he podido escribir hasta ahora. Pero no busca solo una solución académica que permita a Adel regresar a España, no se trata de regalarle la matrícula de un máster universitario, sino de salvar una vida que merece ser vivida. Estoy hablando de qué podemos hacer para permitir que un joven brillante, sensible, profundamente humano y comprometido con la sanidad y los derechos humanos pueda volver al único lugar donde ha sentido verdadera libertad y seguridad.
Porque Adel no pide privilegios, solo pide una oportunidad. Una oportunidad para ser cada día mejor profesional, para poder estudiar, para aportar su conocimiento y destreza. Él solo quiere ayudar a que algún día se pueda reconstruir el sistema sanitario de su tierra desde la experiencia y la dignidad. Y, lo más importante, solo quiere una oportunidad para no morir, tarde o temprano, enterrado entre los escombros o silenciado por el odio de aquellos que cada vez se parecen más a los monstruos abominables que casi arrasaron con su pueblo hace más de 80 años.
Siempre he pensado, y sigo creyendo sinceramente, que una sociedad se define precisamente por lo que hace cuando tiene delante a alguien que necesita ayuda de verdad. Jaén ya fue para Adel mucho más que una ciudad. Fue su esperanza, fue el lugar donde conoció el valor de su propia dignidad y humanidad. Fue su hogar y el lugar donde pudo decir “te quiero” sin miedo.
Ahora te pido que decidas si vas a cerrar los ojos o vas a tenderle la mano.
Quería grabar un vídeo, pero cada vez que miro a la cámara la voz se me quiebra y termino derrumbándome en lágrimas. El horror es demasiado pesado para soportarlo, así que os escribo estas palabras desde mi tienda de campaña.
Mirad mis ojos. Son los ojos de un enfermero de 24 años atrapado en una prisión de lona en Khan Younis. Y mirad también la camiseta que llevo puesta. Es exactamente la misma que me entregó la Universidad de Jaén durante mi estancia Erasmus+.
Hace tres años, cuando comenzaron los bombardeos y tuvimos que huir entre el fuego y la sangre, me arrebataron prácticamente todo lo que tenía. En medio de aquel terror absoluto, cuando solo puedes salvar una única cosa, elegí llevarme esta camiseta.
No la guardé como un recuerdo triste. Me aferré a ella porque era el único hilo de cordura que me quedaba, la prueba viva de que algún día volveré. Para mí, este logotipo no representa únicamente el recuerdo de la dignidad y la libertad que conocí en Jaén. Representa también mi futuro.
Esta camiseta es una de las pocas cosas que sobrevivieron a la destrucción de mi hogar y de mi universidad. Ha sido testigo del frío insoportable del invierno, del calor asfixiante del verano, del hambre que padezco y del sonido aterrador de los drones que sobrevuelan nuestras cabezas cada noche.
Hoy muestro mi rostro porque ya no me queda nada que perder. Soy un enfermero que terminó entre los mejores de su promoción, soy escritor y soy un ser humano enterrado en vida bajo el silencio del mundo.
A mi universidad, a mis profesores y a todas las personas que aún conservan humanidad en su corazón, os suplico que no permitáis que esta camiseta se convierta en mi mortaja. No dejéis que mi sueño muera en esta tienda de campaña.
Ayudadme a salir de este infierno.
Ayudadme a regresar a un lugar seguro.
Adel Sufian 👑
En medio de aquel terror absoluto, cuando solo puedes salvar una única cosa, elegí llevarme esta camiseta.
🇬🇧ENGLISH🇺🇸 “I die here every night 💔”
(This is the story of Adel, a Palestinian student who found freedom in Jaén, Spain, and who today is struggling to survive in Gaza)
Sometimes those of us who live far from war or hunger come to believe that horror belongs only to the television screens that show what happens in countries where life is marked by such suffering. We see it for a few seconds in a news bulletin, we nod in sadness, we lower our gaze for a moment… and then we carry on with our lives. But there are stories that cannot be left as a brief and fleeting piece of news. There are stories that force us to stop for a moment, look around us, and act according to our conscience in whatever way we can.
Today I want to speak to you about the story of Adel. But I do not want to speak of him as just another figure among the tens of thousands of dead and displaced people in the Gaza Strip. Nor do I want to speak of him as a headline or a half burned photograph lost among the rubble of what once was a family home. I want to speak of a concrete story, of a concrete human being, with a name, a family name, dreams, and a life marked by horror and violence that no child should ever have to know.
For those who do not know me, I am Luis, a human rights lawyer and member of the International Human Rights Foundation, and after learning Adel’s story I feel under an ethical, moral and human obligation to share it, because there are moments when silence becomes complicity, and I no longer wish to be complicit.
Adel is only 23 years old. He was born in Gaza, a land where too many children learn to recognise the sound of bombs before they learn the calm of a lullaby. His childhood was not one of games or carefreeness, but of fear. When he was just four years old, he witnessed his brother Yahya die before his eyes. He held him as life slipped away from his body. Try to imagine, even for a moment, what it means to carry that memory for an entire lifetime. Imagine seeing the life fade from the eyes of your brother, your daughter, your son, your father or your mother while holding them in your arms. He had to go through that at just four years old. And he will never be able to forget it.
But the tragedy did not end there. In 2012 he lost several school friends. In 2014, a bombing killed five members of his family. He survived, although he spent time in a coma, later waking up in a hospital surrounded by blood, screams of despair and shrapnel embedded in his body.
And yet, despite everything, Adel decided that he would not give up. While many would have been destroyed psychologically forever, he chose to study nursing at Al Aqsa University, now completely destroyed. He studied under the sound of rockets, between power cuts and explosions. Adel simply wanted to heal a world that had only taught him and left him with wounds in both body and soul. And he did so with excellence, proving his worth and graduating among the best in his class. This alone would be more than enough to deeply admire any person. But what truly changed Adel’s life came later.
In 2022, thanks to an Erasmus Plus scholarship, Adel arrived at the University of Jaén. And it was there that something happened to him that for most people goes completely unnoticed and never draws attention. For the first time in his life, Adel felt that he could live, not merely survive, but truly live. Something as simple, and yet as profound, as feeling that at last his life belonged to him alone, and that he was no longer at the mercy of the constant danger of death from a projectile.
But Jaén was not only a peaceful city for Adel. Jaén was much more than that. It was an emotional refuge, the place where he discovered something many of us take for granted, his own dignity, the right to exist without fear, the right to be himself. At the University of Jaén he found teachers who valued him, friends who embraced him every day, and a society where he could breathe without constantly feeling the threat of violence, war, hatred or death. Walking through the streets of Jaén, dreaming awake in the lecture halls of the university of a better future, and contemplating the beauty of our landscapes, Adel slowly began to rebuild himself from within.
An image of Adel during his nursing placement at the University of Jaén.
And there is something else we must understand. In Adel’s heart there lived that wonderful feeling which, unfortunately, in many parts of the world is still a crime. That feeling is love. But in the social context from which he came, loving another man meant a silent condemnation even in the absence of war. For years he had to hide who he was in order to survive, constantly watching every word, every gesture and every emotion. In Jaén, for the first time, he was able to stop hiding, to feel accepted and, most importantly, to love and be loved without fear. Because love, without a doubt, is also a human right. Perhaps the most beautiful of all when it is reciprocated.
But at the end of his studies he had to return to Gaza. Shortly before his return, he came to my office to ask what he could do. He was accompanied by the person he loved, and I explained to him what options were available to try to avoid having to return to Gaza. However, Adel believed it was better to return, complete the few remaining subjects, and then come back to Spain to resume the freedom he had finally discovered and so deeply deserved after all the suffering he had endured.
And then hell opened again beneath his feet. A few days after his final exams, the Hamas attacks took place, followed by the Israeli response which, today, cannot be described as anything other than disproportionate, and indeed a war crime and a genocide, from which we are receiving less and less news. And, as I always say, if what I am saying is not true, then let them make a “pulsa denura” against me if I am lying.
Like tens of thousands of families in the Gaza Strip, his home was destroyed and his family was displaced. For years, since the war returned to Gaza, Adel has been living in a makeshift tent in Khan Younis, without electricity, without clean water, surrounded by disease, under freezing cold in winter, unbearable heat in summer, rain that soaks through to the soul, and constant despair. Adel has spoken to me about hunger, about the psychological exhaustion he carries, about nights spent trying to sleep while all around him he hears screams, explosions, drones flying over the fabric tents, and death and destruction sweeping everything away in their path.
A few days ago, shortly after midnight, while Adel was sheltering in a tent provided by UNICEF, he sent me a photograph accompanied by a sentence that still echoes in my mind and which captures better than any report, statistic or article what it means to survive there every single day: “I die here every night 💔”.
“I die here every night 💔”
And meanwhile, to escape into thoughts that remind him of the happiness he once felt, his mind constantly returns to Jaén, to its streets, its parks and its landscapes. He returns to the corridors of the university, to the calm of a library, to the feeling of being treated as a human being and not as someone condemned to disappear under bombs, and to the memory of knowing that he deserves to love and be loved in return.
That is why this text is very different from anything I have written before. But it is not only seeking an academic solution that would allow Adel to return to Spain, nor is it about granting him a university master’s enrolment. It is about saving a life that deserves to be lived. I am speaking about what we can do to allow a brilliant, sensitive, profoundly human young man, committed to healthcare and human rights, to return to the only place where he has felt true freedom and safety.
Because Adel does not ask for privileges. He only asks for a chance. A chance to become a better professional each day, to study, to contribute his knowledge and skills. He only wants to help rebuild the healthcare system of his homeland one day, through experience and dignity. And most importantly, he only asks for a chance not to die, sooner or later, buried under rubble or silenced by hatred from those who increasingly resemble the abominable monsters who almost wiped out his people more than 80 years ago.
I have always believed, and I still sincerely believe, that a society is defined precisely by what it does when faced with someone who truly needs help. Jaén was for Adel much more than a city. It was his hope, the place where he discovered the value of his own dignity and humanity. It was his home, and the place where he was able to say I love you without fear.
Now I ask you to decide whether you will close your eyes or extend your hand.
All I ask is that you make the right decision.
Because I know what I will do.
For Adel.
Message from Adel
I wanted to make a video, but every time I look at the camera, my voice fails and I collapse into tears. The horror’s too heavy, so I’m writing this from my tent.
Look at my eyes—the eyes of a 24-year-old nurse in a canvas prison in Khan Younis. And look at the t-shirt I’m wearing. It’s the exact one given to me by the University of Jaén during my Erasmus+ days.
Three years ago, when the bombs fell and we fled through fire and blood, I was stripped of everything. In that absolute terror, when you can only save one single thing, I chose this t-shirt.
I didn’t take it as a sad souvenir. I clutched it because it was my only thread of sanity, my living proof that I’ll return. To me, this logo isn’t just the memory of the dignity and freedom I once tasted in Jaén—it’s my future.
This t-shirt’s the only thing that survived the destruction of my home and university. It’s witnessed the freezing winter, the suffocating summer, my starvation, and the terrifying drones every night.
I’m showing my face today because I’ve nothing left to lose. I’m a top of my class nurse, a writer, a human being buried alive under the silence of the world. My university, my professors, and every human heart out there—I beg you, don’t let this t-shirt become my shroud. Don’t let my dream die in this tent.
Help me get out of this hell.
Help me return to safety.
Adel Sufian 👑
🇮🇹ITALIANO🇸🇲 «Muoio qui ogni notte 💔».
(Questa è la storia di Adel, uno studente palestinese che ha trovato la libertà a Jaén, in Spagna, e che oggi lotta per sopravvivere a Gaza)
A volte chi vive lontano dalla guerra o dalla fame finisce per credere che l’orrore appartenga soltanto agli schermi televisivi che mostrano ciò che accade in quei Paesi in cui la vita è segnata da tanto dolore. Lo vediamo per pochi secondi in un notiziario, annuiamo con tristezza, abbassiamo lo sguardo per un istante e poi continuiamo con la nostra vita. Ma ci sono storie che non possono restare una notizia breve e fugace. Storie che ci costringono a fermarci, a guardarci attorno e ad agire secondo coscienza in ogni modo possibile.
Oggi voglio parlarvi della storia di Adel. Ma non voglio parlarne come di un numero in mezzo alle decine di migliaia di morti e sfollati della Striscia di Gaza. Né come di un titolo o di una fotografia mezza bruciata persa tra le macerie di quella che un tempo era una casa di famiglia. Voglio parlare di una storia concreta, di un essere umano concreto, con un nome, un cognome, sogni e una vita segnata dall’orrore e dalla violenza che nessun bambino dovrebbe mai conoscere.
Per chi non mi conosce, mi chiamo Luis, sono un avvocato specializzato in diritti umani e membro della International Human Rights Foundation, e dopo aver conosciuto la storia di Adel sento il dovere etico, morale e umano di raccontarla, perché ci sono momenti in cui il silenzio diventa complicità e io non voglio più esserlo.
Adel ha solo 23 anni. È nato a Gaza, una terra in cui troppi bambini imparano a riconoscere il suono delle bombe prima ancora di conoscere la calma di una ninna nanna. La sua infanzia non è stata fatta di giochi o spensieratezza, ma di paura. Quando aveva appena quattro anni ha visto morire suo fratello Yahya davanti ai suoi occhi. Lo ha tenuto tra le braccia mentre la vita gli sfuggiva via. Provate a immaginare, anche solo per un istante, cosa significhi portare dentro di sé un ricordo simile per tutta la vita. Immaginate vedere spegnersi la vita negli occhi di vostro fratello, vostra figlia, vostro figlio, vostro padre o vostra madre mentre li stringete. Lui ha dovuto vivere tutto questo a soli quattro anni. E non potrà mai dimenticarlo.
Ma la tragedia non si è fermata lì. Nel 2012 ha perso diversi amici di scuola. Nel 2014 un bombardamento ha ucciso cinque membri della sua famiglia. Lui è sopravvissuto, anche se è rimasto per un periodo in coma, risvegliandosi poi in un ospedale circondato da sangue, urla di disperazione e schegge conficcate nel suo corpo.
Eppure, nonostante tutto, Adel ha deciso di non arrendersi. Mentre molti sarebbero rimasti distrutti per sempre nel profondo, lui ha scelto di studiare infermieristica all’Università Al Aqsa, oggi completamente distrutta. Studiava sotto il suono dei razzi, tra blackout ed esplosioni. Adel voleva semplicemente guarire un mondo che gli aveva insegnato solo dolore e ferite nel corpo e nell’anima. E lo ha fatto con eccellenza, dimostrando tutto il suo valore e laureandosi tra i migliori del suo corso. Questo da solo basterebbe a suscitare profonda ammirazione per chiunque. Ma ciò che ha davvero cambiato la vita di Adel è arrivato dopo.
Nel 2022, grazie a una borsa Erasmus Plus, Adel è arrivato all’Università di Jaén. Ed è lì che è accaduto qualcosa che per la maggior parte delle persone passa inosservato. Per la prima volta nella sua vita, Adel ha sentito di poter vivere e non solo sopravvivere. Qualcosa di semplice e allo stesso tempo profondissimo, come la sensazione che la propria vita appartenga finalmente a sé stessi e non sia più in balia del pericolo costante di morire a causa di un’esplosione.
Ma Jaén non è stata soltanto una città tranquilla per Adel. È stata molto di più. È stata un rifugio emotivo, il luogo in cui ha scoperto ciò che molti danno per scontato, la propria dignità, il diritto di esistere senza paura, il diritto di essere sé stessi. All’Università di Jaén ha trovato professori che lo hanno valorizzato, amicizie che lo hanno sostenuto ogni giorno e una società nella quale ha potuto respirare senza sentire costantemente la minaccia della violenza, della guerra, dell’odio o della morte. Camminando per le strade di Jaén, sognando a occhi aperti nelle aule universitarie un futuro migliore e contemplando la bellezza dei paesaggi della nostra terra, Adel ha iniziato lentamente a ricostruirsi dentro di sé.
Un’immagine di Adel durante il suo tirocinio infermieristico presso l’Università di Jaén.
E c’è un’altra cosa che dobbiamo comprendere. Nel cuore di Adel viveva quel sentimento meraviglioso che, purtroppo, in molte parti del mondo è ancora considerato un crimine. Quel sentimento è l’amore. Ma nel contesto da cui proviene, amare un altro uomo significa una condanna silenziosa anche in tempo di pace. Per anni ha dovuto nascondere ciò che era per sopravvivere, controllando ogni parola, ogni gesto, ogni emozione. A Jaén, per la prima volta, ha potuto smettere di nascondersi, sentirsi accettato e soprattutto amare ed essere amato senza paura. Perché l’amore è anche un diritto umano. Forse il più prezioso di tutti quando è ricambiato.
Ma alla fine degli studi ha dovuto tornare a Gaza. Poco prima del suo ritorno è venuto nel mio studio per chiedere cosa potesse fare. Era accompagnato dalla persona che amava e gli ho spiegato quali possibilità aveva per cercare di evitare di dover tornare a Gaza. Tuttavia Adel ha deciso di tornare, di completare gli ultimi esami rimasti e poi rientrare in Spagna per riprendere quella libertà che aveva finalmente conosciuto e che meritava profondamente dopo tutto il dolore subito.
E poi l’inferno si è riaperto sotto i suoi piedi. Pochi giorni dopo i suoi ultimi esami universitari, sono avvenuti gli attacchi di Hamas seguiti dalla risposta israeliana che, ad oggi, non può essere definita altro che sproporzionata e che costituisce un crimine di guerra e un genocidio, di cui si parla sempre meno. E, come dico sempre, se ciò che affermo non è vero, che mi venga fatto un “pulsa denura” se sto mentendo.
Come decine di migliaia di famiglie nella Striscia di Gaza, la sua casa è stata distrutta e la sua famiglia è stata sfollata. Da anni, da quando la guerra è tornata a Gaza, Adel vive in una tenda improvvisata a Khan Younis, senza elettricità, senza acqua potabile, circondato da malattie, sotto un freddo intenso d’inverno, un caldo insopportabile d’estate, con la pioggia che penetra fino all’anima e con una disperazione costante. Adel mi ha parlato della fame, della stanchezza psicologica che lo consuma, delle notti passate senza dormire mentre intorno a lui si sentono urla, esplosioni, droni che sorvolano le tende di stoffa e la morte e la distruzione che travolgono tutto ciò che incontrano.
Pochi giorni fa, poco dopo la mezzanotte, mentre Adel si trovava nella tenda fornita dall’UNICEF dove è attualmente rifugiato, mi ha inviato una fotografia accompagnata da una frase che continua a risuonare nella mia mente e che riassume meglio di qualsiasi rapporto, statistica o articolo cosa significhi sopravvivere lì ogni singolo giorno: «Muoio qui ogni notte 💔».
«Muoio qui ogni notte 💔».
E nel frattempo, per fuggire almeno con il pensiero alla felicità che ha conosciuto, la sua mente torna costantemente a Jaén, alle sue strade, ai suoi parchi e ai suoi paesaggi. Torna ai corridoi dell’università, alla quiete di una biblioteca, alla sensazione di essere trattato come un essere umano e non come qualcuno destinato a scomparire sotto le bombe, e al ricordo di sapere che merita di amare ed essere amato.
Per questo questo testo è molto diverso da quelli che ho scritto finora. Non cerca solo una soluzione accademica che permetta ad Adel di tornare in Spagna, non si tratta di offrirgli un master universitario, ma di salvare una vita che merita di essere vissuta. Sto parlando di ciò che possiamo fare per permettere a un giovane brillante, sensibile, profondamente umano e impegnato nella sanità e nei diritti umani di tornare nell’unico luogo in cui ha conosciuto vera libertà e sicurezza.
Perché Adel non chiede privilegi. Chiede solo una possibilità. Una possibilità di diventare ogni giorno un professionista migliore, di studiare, di contribuire con le sue conoscenze e competenze. Vuole solo aiutare un giorno a ricostruire il sistema sanitario della sua terra con esperienza e dignità. E soprattutto vuole una possibilità di non morire, prima o poi, sepolto sotto le macerie o messo a tacere dall’odio di chi somiglia sempre di più ai mostri abominevoli che quasi cancellarono il suo popolo più di ottant’anni fa.
Ho sempre creduto, e continuo a crederlo sinceramente, che una società si definisca da ciò che fa quando ha davanti qualcuno che ha davvero bisogno di aiuto. Jaén per Adel è stata molto più di una città. È stata la sua speranza, il luogo in cui ha scoperto il valore della propria dignità e della propria umanità. È stata la sua casa e il luogo in cui ha potuto dire ti amo senza paura.
Ora ti chiedo di decidere se vuoi chiudere gli occhi o tendere la mano.
Ti chiedo solo di fare la scelta giusta.
Perché io la mia scelta l’ho già fatta.
Per Adel.
Messaggio di Adel
Volevo registrare un video, ma ogni volta che guardo la telecamera la mia voce si spezza e finisco per crollare in lacrime. L’orrore è troppo pesante da sopportare, perciò vi scrivo queste parole dalla mia tenda.
Guardate i miei occhi. Sono gli occhi di un infermiere di 24 anni intrappolato in una prigione di tela a Khan Younis. E guardate anche la maglietta che indosso. È esattamente la stessa che mi è stata consegnata dall’Università di Jaén durante il mio periodo Erasmus+.
Tre anni fa, quando iniziarono i bombardamenti e fummo costretti a fuggire tra il fuoco e il sangue, mi venne portato via praticamente tutto ciò che possedevo. In mezzo a quel terrore assoluto, quando puoi salvare una sola cosa, scelsi di portare con me questa maglietta.
Non l’ho conservata come un triste ricordo. Mi sono aggrappato a lei perché era l’unico filo di lucidità che mi restava, la prova vivente che un giorno tornerò. Per me, questo logo non rappresenta soltanto il ricordo della dignità e della libertà che ho conosciuto a Jaén. Rappresenta anche il mio futuro.
Questa maglietta è una delle poche cose sopravvissute alla distruzione della mia casa e della mia università. È stata testimone del freddo insopportabile dell’inverno, del caldo soffocante dell’estate, della fame che patisco e del rumore terrificante dei droni che sorvolano le nostre teste ogni notte.
Oggi mostro il mio volto perché non mi è rimasto più nulla da perdere. Sono un infermiere che si è diplomato tra i migliori del suo corso, sono uno scrittore e sono un essere umano sepolto vivo sotto il silenzio del mondo.
Alla mia università, ai miei professori e a tutte le persone che conservano ancora umanità nel proprio cuore, vi supplico di non permettere che questa maglietta diventi il mio sudario. Non lasciate che il mio sogno muoia in questa tenda.
Aiutatemi a uscire da questo inferno.
Aiutatemi a tornare in un luogo sicuro.
Adel Sufian 👑
🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩 « Je meurs ici chaque nuit 💔 ».
(Voicil’histoire d’Adel, un étudiant palestinien qui a trouvé la liberté à Jaén, en Espagne, et qui lutte aujourd’hui pour survivre à Gaza)
Parfois, ceux d’entre nous qui vivent loin de la guerre ou de la faim finissent par croire que l’horreur appartient uniquement aux écrans de télévision qui montrent ce qui se passe dans ces pays où la vie est marquée par tant de souffrance. Nous le voyons quelques secondes dans un journal télévisé, nous acquiesçons avec tristesse, nous baissons les yeux un instant… puis nous reprenons le cours de nos vies. Mais il existe des histoires qui ne peuvent pas rester une simple et brève information. Des histoires qui nous obligent à nous arrêter, à regarder autour de nous et à agir en conscience, autant que possible.
Aujourd’hui, je veux vous parler de l’histoire d’Adel. Mais je ne veux pas en parler comme d’un chiffre parmi les dizaines de milliers de morts et de personnes déplacées dans la bande de Gaza. Je ne veux pas non plus en parler comme d’un titre ou d’une photographie à moitié brûlée perdue parmi les décombres de ce qui était autrefois une maison familiale. Je veux parler d’une histoire concrète, d’un être humain concret, avec un nom, un prénom, des rêves et une vie marquée par l’horreur et la violence qu’aucun enfant ne devrait jamais connaître.
Pour ceux qui ne me connaissent pas, je m’appelle Luis, je suis avocat spécialisé en droits humains et membre de la International Human Rights Foundation, et après avoir découvert l’histoire d’Adel je me sens dans l’obligation éthique, morale et humaine de la partager, car il existe des moments où le silence devient une forme de complicité et je ne veux plus être complice.
Adel n’a que 23 ans. Il est né à Gaza, une terre où trop d’enfants apprennent à reconnaître le bruit des bombes avant même de connaître le calme d’une berceuse. Son enfance n’a pas été faite de jeux ni d’insouciance, mais de peur. À seulement quatre ans, il a vu mourir son frère Yahya sous ses yeux. Il l’a tenu dans ses bras pendant que la vie le quittait. Essayez d’imaginer, ne serait ce qu’un instant, ce que signifie porter un tel souvenir toute une vie. Imaginez voir la vie s’éteindre dans les yeux de votre frère, de votre fille, de votre fils, de votre père ou de votre mère alors que vous les serrez contre vous. Lui a dû vivre cela à seulement quatre ans. Et il ne pourra jamais l’oublier.
Mais la tragédie ne s’est pas arrêtée là. En 2012, il a perdu plusieurs amis d’école. En 2014, un bombardement a tué cinq membres de sa famille. Il a survécu, mais il est resté dans le coma pendant un certain temps, se réveillant ensuite dans un hôpital entouré de sang, de cris de désespoir et d’éclats d’obus dans son corps.
Et pourtant, malgré tout, Adel a décidé de ne pas abandonner. Là où beaucoup auraient été brisés à jamais, il a choisi d’étudier les soins infirmiers à l’université Al Aqsa, aujourd’hui entièrement détruite. Il étudiait sous le bruit des roquettes, entre les coupures d’électricité et les explosions. Adel voulait simplement soigner un monde qui ne lui avait offert que des blessures dans le corps et dans l’âme. Et il l’a fait avec excellence, en faisant preuve d’un immense talent et en figurant parmi les meilleurs de sa promotion. Cela suffirait déjà à inspirer un profond respect pour n’importe qui. Mais ce qui a véritablement changé la vie d’Adel est venu ensuite.
En 2022, grâce à une bourse Erasmus Plus, Adel est arrivé à l’Université de Jaén. Et c’est là qu’il s’est produit quelque chose que la plupart des gens ne remarquent pas. Pour la première fois de sa vie, Adel a senti qu’il pouvait vivre et non seulement survivre. Quelque chose d’aussi simple et en même temps d’aussi profond que la sensation que sa vie lui appartenait enfin et qu’il n’était plus à la merci d’une mort possible à tout moment.
Mais Jaén n’a pas été seulement une ville paisible pour Adel. Jaén a été bien plus que cela. Un refuge émotionnel, le lieu où il a découvert ce que beaucoup tiennent pour acquis, sa dignité, le droit d’exister sans peur, le droit d’être soi même. À l’Université de Jaén, il a trouvé des professeurs qui le valorisaient, des amis qui l’ont soutenu chaque jour et une société dans laquelle il pouvait respirer sans sentir constamment la menace de la violence, de la guerre, de la haine ou de la mort. En marchant dans les rues de Jaén, en rêvant éveillé dans les salles de cours de l’université d’un avenir meilleur et en contemplant la beauté de nos paysages, Adel a commencé à se reconstruire intérieurement.
Une image d’Adel lors de son stage en soins infirmiers à l’Université de Jaén.
Et il y a autre chose qu’il faut comprendre. Dans le cœur d’Adel vivait ce sentiment merveilleux qui, malheureusement, dans de nombreuses régions du monde, reste encore un crime. Ce sentiment est l’amour. Mais dans le contexte d’où il vient, aimer un autre homme signifie une condamnation silencieuse même en temps de paix. Pendant des années, il a dû cacher qui il était pour survivre, en surveillant chaque mot, chaque geste, chaque émotion. À Jaén, pour la première fois, il a pu arrêter de se cacher, se sentir accepté et surtout aimer et être aimé sans peur. Car l’amour est aussi un droit humain. Peut être le plus précieux de tous lorsqu’il est partagé.
Mais à la fin de ses études, il a dû retourner à Gaza. Peu avant son départ, il est venu dans mon bureau pour me demander ce qu’il pouvait faire. Il était accompagné de la personne qu’il aimait et je lui ai expliqué les options possibles pour éviter ce retour à Gaza. Cependant, Adel a décidé de rentrer afin de terminer les quelques examens restants puis de revenir en Espagne pour retrouver la liberté qu’il avait enfin découverte et qu’il méritait profondément après tant de souffrances.
Et puis l’enfer s’est rouvert sous ses pieds. Quelques jours après ses derniers examens, les attaques du Hamas ont eu lieu suivies de la réponse israélienne qui, aujourd’hui, ne peut être qualifiée autrement que de disproportionnée et qui constitue un crime de guerre et un génocide dont on parle de moins en moins. Et, comme je le dis toujours, si ce que j’affirme n’est pas vrai, qu’on me fasse un « pulsa denura » si je mens.
Comme des dizaines de milliers de familles dans la bande de Gaza, sa maison a été détruite et sa famille a été déplacée. Depuis des années, depuis le retour de la guerre à Gaza, Adel vit dans une tente improvisée à Khan Younis, sans électricité, sans eau potable, entouré de maladies, sous un froid intense en hiver, une chaleur insupportable en été, avec une pluie qui traverse jusqu’à l’âme et une détresse constante. Adel m’a parlé de la faim, de l’épuisement psychologique, des nuits sans sommeil alors qu’il entend autour de lui les cris, les explosions, les drones qui survolent les tentes de tissu et la mort et la destruction qui frappent tout sur leur passage.
Il y a quelques jours, peu après minuit, alors qu’Adel se trouvait dans la tente mise à sa disposition par l’UNICEF où il est actuellement réfugié, il m’a envoyé une photographie accompagnée d’une phrase qui résonne encore dans mon esprit et qui résume mieux que n’importe quel rapport, statistique ou article ce que signifie survivre là-bas chaque jour: « Je meurs ici chaque nuit 💔 ».
« Je meurs ici chaque nuit 💔 ».
Et pendant ce temps, pour s’évader vers les souvenirs de bonheur, son esprit revient sans cesse à Jaén, à ses rues, à ses parcs, à ses paysages. Il revient aux couloirs de l’université, au calme d’une bibliothèque, à la sensation d’être traité comme un être humain et non comme quelqu’un condamné à disparaître sous les bombes, et au souvenir qu’il mérite d’aimer et d’être aimé.
C’est pourquoi ce texte est très différent de ceux que j’ai pu écrire auparavant. Il ne s’agit pas seulement d’une solution académique permettant à Adel de revenir en Espagne, ni d’un simple master universitaire, mais de sauver une vie qui mérite d’être vécue. Je parle de ce que nous pouvons faire pour permettre à un jeune brillant, sensible, profondément humain et engagé dans la santé et les droits humains de retourner dans le seul endroit où il a connu la véritable liberté et la sécurité.
Car Adel ne demande pas de privilèges. Il demande une chance. Une chance de devenir chaque jour un meilleur professionnel, d’étudier, de contribuer par ses connaissances et ses compétences. Il veut simplement aider un jour à reconstruire le système de santé de son pays avec expérience et dignité. Et surtout, il veut une chance de ne pas mourir un jour, enseveli sous les décombres ou réduit au silence par la haine de ceux qui ressemblent de plus en plus aux monstres abominables qui ont presque effacé son peuple il y a plus de quatre vingt ans.
J’ai toujours pensé, et je continue à le croire sincèrement, qu’une société se définit par ce qu’elle fait lorsqu’elle a devant elle quelqu’un qui a réellement besoin d’aide. Jaén a été pour Adel bien plus qu’une ville. Elle a été son espoir, le lieu où il a découvert la valeur de sa dignité et de son humanité. Elle a été sa maison et l’endroit où il a pu dire je t’aime sans peur.
Maintenant je te demande de décider si tu veux fermer les yeux ou tendre la main.
Je te demande simplement de faire le bon choix.
Car moi, je l’ai déjà fait.
Pour Adel.
Message d’Adel
Je voulais enregistrer une vidéo, mais chaque fois que je regarde la caméra, ma voix se brise et je finis en larmes. L’horreur est trop lourde à porter, alors je vous écris ces mots depuis ma tente.
Regardez mes yeux. Ce sont les yeux d’un infirmier de 24 ans prisonnier d’une prison de toile à Khan Younès. Regardez aussi le t-shirt que je porte. C’est exactement celui que l’Université de Jaén m’a offert pendant mon séjour Erasmus+.
Il y a trois ans, lorsque les bombardements ont commencé et que nous avons dû fuir à travers le feu et le sang, on m’a pratiquement tout arraché. Au milieu de cette terreur absolue, lorsque vous ne pouvez sauver qu’une seule chose, j’ai choisi d’emporter ce t-shirt.
Je ne l’ai pas gardé comme un souvenir triste. Je m’y suis accroché parce qu’il était le seul fil de raison qu’il me restait, la preuve vivante qu’un jour je reviendrai. Pour moi, ce logo ne représente pas seulement le souvenir de la dignité et de la liberté que j’ai connues à Jaén. Il représente aussi mon avenir.
Ce t-shirt est l’une des rares choses à avoir survécu à la destruction de ma maison et de mon université. Il a été le témoin du froid insupportable de l’hiver, de la chaleur étouffante de l’été, de la faim que je subis et du bruit terrifiant des drones qui survolent nos têtes chaque nuit.
Aujourd’hui, je montre mon visage parce qu’il ne me reste plus rien à perdre. Je suis un infirmier diplômé parmi les meilleurs de ma promotion, je suis écrivain et je suis un être humain enterré vivant sous le silence du monde.
À mon université, à mes professeurs et à toutes les personnes qui conservent encore de l’humanité dans leur cœur, je vous supplie de ne pas laisser ce t-shirt devenir mon linceul. Ne laissez pas mon rêve mourir dans cette tente.
Aidez-moi à sortir de cet enfer.
Aidez-moi à retrouver un lieu sûr.
Adel Sufian 👑
🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷 «Morro aqui todas as noites 💔».
Esta é a história de Adel, um estudante palestiniano que encontrou a liberdade em Jaén, Espanha, e que hoje luta para sobreviver em Gaza.
Por vezes, aqueles de nós que vivem longe da guerra ou da fome acabam por acreditar que o horror pertence apenas aos ecrãs de televisão que mostram o que acontece nesses países onde a vida é marcada por tanto sofrimento. Vemos durante alguns segundos num telejornal, acenamos com tristeza, baixamos o olhar por um instante e depois continuamos com as nossas vidas. Mas há histórias que não podem ficar como uma notícia breve e passageira. Histórias que nos obrigam a parar, a olhar à nossa volta e a agir em consciência, tanto quanto possível.
Hoje quero falar-vos da história de Adel. Mas não quero falar dele como apenas mais um número entre as dezenas de milhares de mortos e deslocados na Faixa de Gaza. Também não quero falar dele como um título ou como uma fotografia meio queimada perdida entre os escombros do que em tempos foi uma casa de família. Quero falar de uma história concreta, de um ser humano concreto, com um nome, um apelido, sonhos e uma vida marcada pelo horror e pela violência que nenhuma criança deveria alguma vez conhecer.
Para quem não me conhece, chamo me Luis, sou advogado especializado em direitos humanos e membro da International Human Rights Foundation, e depois de conhecer a história de Adel sinto me na obrigação ética, moral e humana de a partilhar, porque há momentos em que o silêncio se transforma em cumplicidade e eu não quero continuar a ser cúmplice.
Adel tem apenas 23 anos. Nasceu em Gaza, uma terra onde demasiadas crianças aprendem a reconhecer o som das bombas antes mesmo de conhecerem a calma de uma canção de embalar. A sua infância não foi feita de jogos nem de despreocupação, mas de medo. Quando tinha apenas quatro anos, viu o seu irmão Yahya morrer à sua frente. Segurou o irmão nos braços enquanto a vida lhe escapava. Tentem imaginar, nem que seja por um instante, o que significa carregar uma memória dessas durante toda uma vida. Imaginem ver a vida apagar se nos olhos do vosso irmão, filha, filho, pai ou mãe enquanto os seguram nos braços. Ele teve de viver isso com apenas quatro anos. E nunca o poderá esquecer.
Mas a tragédia não ficou por aqui. Em 2012 perdeu vários amigos da escola. Em 2014, um bombardeamento matou cinco membros da sua família. Ele sobreviveu, embora tenha estado algum tempo em coma, acordando depois num hospital rodeado de sangue, gritos de desespero e estilhaços no corpo.
E ainda assim, apesar de tudo, Adel decidiu não desistir. Enquanto muitos teriam ficado destruídos para sempre, ele escolheu estudar enfermagem na Universidade Al Aqsa, hoje completamente destruída. Estudava ao som de foguetes, entre cortes de eletricidade e explosões. Adel queria simplesmente curar um mundo que só lhe tinha ensinado feridas no corpo e na alma. E fê lo com excelência, demonstrando o seu valor e formando se entre os melhores da sua turma. Isto por si só já seria suficiente para inspirar profunda admiração em qualquer pessoa. Mas aquilo que verdadeiramente mudou a vida de Adel veio depois.
Em 2022, graças a uma bolsa Erasmus Plus, Adel chegou à Universidade de Jaén. E foi aí que aconteceu algo que para a maioria das pessoas passa despercebido. Pela primeira vez na sua vida, Adel sentiu que podia viver e não apenas sobreviver. Algo tão simples e ao mesmo tempo tão profundo como a sensação de que a sua vida finalmente lhe pertencia e que já não estava à mercê do perigo constante de morrer a qualquer momento.
Mas Jaén não foi apenas uma cidade tranquila para Adel. Jaén foi muito mais do que isso. Foi um refúgio emocional, o lugar onde descobriu aquilo que muitos de nós tomamos como garantido, a sua própria dignidade, o direito de existir sem medo, o direito de ser ele próprio. Na Universidade de Jaén encontrou professores que o valorizavam, amizades que o acompanharam todos os dias e uma sociedade onde podia respirar sem sentir constantemente a ameaça da violência, da guerra, do ódio ou da morte. Caminhando pelas ruas de Jaén, sonhando acordado nas salas de aula com um futuro melhor e contemplando a beleza das nossas paisagens, Adel começou lentamente a reconstruir se por dentro.
Uma imagem de Adel durante o seu estágio de enfermagem na Universidade de Jaén
E há algo mais que é importante compreender. No coração de Adel vivia um sentimento maravilhoso que infelizmente, em muitos lugares do mundo, ainda é considerado crime. Esse sentimento é o amor. Mas no contexto de onde ele vem, amar outro homem significa uma condenação silenciosa mesmo em tempo de paz. Durante anos teve de esconder quem era para sobreviver, vigiando cada palavra, cada gesto e cada emoção. Em Jaén, pela primeira vez, pôde deixar de se esconder, sentir se aceite e, acima de tudo, amar e ser amado sem medo. Porque o amor também é um direito humano. Talvez o mais precioso de todos quando é correspondido.
Mas no final dos seus estudos teve de regressar a Gaza. Pouco antes do seu regresso veio ao meu escritório para saber o que poderia fazer. Veio acompanhado pela pessoa que amava e expliquei lhe as opções possíveis para evitar ter de regressar a Gaza. No entanto, Adel decidiu voltar para terminar as poucas disciplinas que lhe faltavam e depois regressar a Espanha para recuperar a liberdade que finalmente tinha descoberto e que profundamente merecia depois de tanto sofrimento.
E então o inferno voltou a abrir se debaixo dos seus pés. Poucos dias após os seus últimos exames, ocorreram os ataques do Hamas seguidos da resposta israelita que, até hoje, não pode ser descrita de outra forma senão como desproporcionada e que constitui um crime de guerra e um genocídio, de que cada vez se fala menos. E, como digo sempre, se o que afirmo não for verdade, que me façam um “pulsa denura” se estiver a mentir.
Tal como dezenas de milhares de famílias na Faixa de Gaza, a sua casa foi destruída e a sua família foi deslocada. Desde há anos, desde o regresso da guerra a Gaza, Adel vive numa tenda improvisada em Khan Younis, sem eletricidade, sem água potável, rodeado de doenças, sob um frio intenso no inverno, um calor insuportável no verão, com chuva que atravessa até à alma e uma desesperança constante. Adel falou me da fome, do esgotamento psicológico, de noites inteiras sem dormir enquanto à sua volta ouve gritos, explosões, drones a sobrevoar as tendas de tecido e a morte e a destruição a atingir tudo o que encontram.
Há poucos dias, já depois da meia-noite, enquanto Adel se encontrava na tenda disponibilizada pela UNICEF onde está atualmente abrigado, enviou-me uma fotografia acompanhada de uma frase que ainda ecoa na minha mente e que resume melhor do que qualquer relatório, estatística ou artigo o que significa sobreviver ali todos os dias: «Morro aqui todas as noites 💔».
«Morro aqui todas as noites 💔».
E entretanto, para escapar pelo pensamento à felicidade que conheceu, a sua mente regressa constantemente a Jaén, às suas ruas, aos seus parques e às suas paisagens. Volta aos corredores da universidade, ao silêncio de uma biblioteca, à sensação de ser tratado como um ser humano e não como alguém condenado a desaparecer sob as bombas, e à memória de saber que merece amar e ser amado.
Por isso este texto é muito diferente dos que escrevi até agora. Não procura apenas uma solução académica que permita a Adel regressar a Espanha, não se trata de lhe oferecer um mestrado universitário, mas de salvar uma vida que merece ser vivida. Falo do que podemos fazer para permitir que um jovem brilhante, sensível, profundamente humano e comprometido com a saúde e os direitos humanos possa regressar ao único lugar onde conheceu verdadeira liberdade e segurança.
Porque Adel não pede privilégios. Pede apenas uma oportunidade. Uma oportunidade para ser todos os dias um melhor profissional, para estudar, para contribuir com o seu conhecimento e competências. Só quer ajudar um dia a reconstruir o sistema de saúde do seu país com experiência e dignidade. E sobretudo quer uma oportunidade para não morrer, mais cedo ou mais tarde, soterrado sob os escombros ou silenciado pelo ódio daqueles que cada vez mais se parecem com os monstros abomináveis que quase apagaram o seu povo há mais de oitenta anos.
Sempre acreditei, e continuo a acreditar sinceramente, que uma sociedade se define pelo que faz quando tem diante de si alguém que precisa verdadeiramente de ajuda. Jaén foi para Adel muito mais do que uma cidade. Foi a sua esperança, o lugar onde descobriu o valor da sua dignidade e da sua humanidade. Foi a sua casa e o lugar onde pôde dizer eu amo te sem medo.
Agora peço te que decidas se queres fechar os olhos ou estender a mão.
Peço te apenas que escolhas o caminho certo.
Porque eu já escolhi.
Por Adel.
Mensagem de Adel
Queria gravar um vídeo, mas cada vez que olho para a câmara a minha voz falha e acabo por desabar em lágrimas. O horror é demasiado pesado para suportar, por isso escrevo estas palavras a partir da minha tenda.
Olhem para os meus olhos. São os olhos de um enfermeiro de 24 anos preso numa prisão de lona em Khan Younis. E olhem também para a t-shirt que estou a usar. É exatamente a mesma que me foi oferecida pela Universidade de Jaén durante o meu período Erasmus+.
Há três anos, quando os bombardeamentos começaram e tivemos de fugir por entre fogo e sangue, foi-me tirado praticamente tudo o que possuía. No meio daquele terror absoluto, quando só é possível salvar uma única coisa, escolhi levar esta t-shirt comigo.
Não a guardei como uma recordação triste. Agarrei-me a ela porque era o único fio de sanidade que me restava, a prova viva de que um dia voltarei. Para mim, este logótipo não representa apenas a memória da dignidade e da liberdade que conheci em Jaén. Representa também o meu futuro.
Esta t-shirt é uma das poucas coisas que sobreviveram à destruição da minha casa e da minha universidade. Foi testemunha do frio insuportável do inverno, do calor sufocante do verão, da fome que padeço e do som aterrador dos drones que sobrevoam as nossas cabeças todas as noites.
Hoje mostro o meu rosto porque já não tenho nada a perder. Sou um enfermeiro que terminou o curso entre os melhores da sua turma, sou escritor e sou um ser humano enterrado vivo sob o silêncio do mundo.
À minha universidade, aos meus professores e a todas as pessoas que ainda conservam humanidade no seu coração, suplico-vos que não permitam que esta t-shirt se transforme na minha mortalha. Não deixem que o meu sonho morra nesta tenda.
Hay frases que duelen porque dicen una verdad demasiado evidente. Y esta, sin lugar a dudas, es una de ellas: “El feminismo no ha matado a nadie. El machismo mata cada día, en todas partes.”
Vivimos en una época muy extraña. Una época en la que todavía hay personas que señalan al feminismo como si fuera una amenaza, mientras las noticias siguen llenándose de mujeres asesinadas, agredidas, acosadas o humilladas por hombres que creen tener derecho sobre sus vidas. Y lo peor es que muchas veces ya casi ni nos sorprende. Nos estamos acostumbrando a escuchar casos terribles como quien escucha la radio o el tiempo.
Nuestra reacción es siempre la misma. Otra mujer asesinada. Otra violación. Otro indeseable del que decimos “la mató porque pensaba era suya”. Otro minuto de silencio. Otra familia destrozada. Y después, siempre aparece alguien diciendo que el feminismo exagera. Pero son 150 mujeres asesinadas al día en el mundo. Es decir, más de 54.000 mujeres al año. Y eso solo con los datos que sabemos, porque no todos los países ofrecen datos.
Pero, no, no estoy exagerando. Lo que pasa es que llevamos tanto tiempo conviviendo con el machismo por todo el mundo que mucha gente ya ni lo ve. Está tan metido en la sociedad que nos parece normal. Nos parece normal que una chica tenga miedo al volver sola a casa; nos parece normal que una adolescente reciba comentarios sexuales desde niña; nos parece normal que muchas mujeres compartan su ubicación en tiempo real cuando salen de noche “por si pasa algo”; y nos parece normal tener que las mujeres y chicas jóvenes o adolescentes, tengan que aprender estrategias para sobrevivir. Pero, no, eso no es normal. Nunca debería haberlo sido.
El feminismo no nació para odiar a los hombres. Nació porque las mujeres estaban hartas de vivir calladas, controladas y relegadas a un segundo plan y para pedir algo tan revolucionario como sencillo: poder vivir con la misma libertad, dignidad y seguridad que cualquier hombre.
Gracias al feminismo, hoy millones de mujeres en todo el mundo pueden estudiar, votar, divorciarse, trabajar, abrir una cuenta bancaria o denunciar abusos que antes eran invisibles. Todos esos derechos, que ahora parecen tan básicos, costaron décadas de lucha, insultos y desprecio.
Porque, sí, cada avance feminista ha venido acompañado de burlas y ataques. Siempre hay quien dice que las mujeres exageraban, que no es para tanto o que solo buscan privilegios. Y mientras tanto, las cifras de denuncias y de mujeres mujeres asesinadas siguen creciendo.
Así que problema nunca ha sido el feminismo. El problema siempre ha sido y es el machismo. Ese machismo que enseña a algunos hombres que controlar no es violencia, sino amor; que insistir hasta el agotamiento es seducción; que los celos son una prueba de cariño; que una mujer tiene que aguantar; que si denuncia, lo que hace es destruir a la familia; que si viste de cierta manera, “provoca”; y que si vuelve sola de noche, “se expone”.
Pero el machismo no siempre empieza con un golpe. A veces empieza con un comentario, con una humillación, con una amenaza pequeña, con el control del móvil o con hacer sentir a una mujer menos válida. Y cuando la sociedad minimiza esas señales, el monstruo crece.
Por eso hace falta seguir hablando de feminismo. Porque no se trata de una guerra contra los hombres, sino de defender el derecho de las mujeres a vivir sin miedo. Se trata de construir una sociedad más justa para todo el mundo. Quien no entienda eso, quizá debería preguntarse por qué le molesta más una mujer alzando la voz que un hombre arrebatándole la vida.
Porque mientras algunas personas siguen discutiendo si el feminismo “se ha pasado”, hay mujeres que siguen sin volver a casa porque las han matado. Esa la única realidad que debería escandalizarnos.
Ojalá nunca dejemos de señalar a quien realmente mata y que nunca nos acostumbremos al horror.