Ceuta no necesita más odio

Indudablemente, lo que está ocurriendo en Ceuta es extremadamente grave y la situación ha empeorado en los últimos días. Precisamente por eso resulta todavía más indignante comprobar cómo una crisis migratoria, humanitaria y de seguridad está siendo utilizada por algunos para alimentar el miedo, el enfrentamiento y mensajes abiertamente racistas y xenófobos. No estamos ante un problema sencillo ni ante una situación que pueda explicarse con una sola consigna. Hay una entrada masiva de personas, una presión extraordinaria sobre una ciudad de apenas 20 kilómetros cuadrados, una emergencia humanitaria, personas que han muerto intentando llegar a territorio español, delitos que deben perseguirse y, al mismo tiempo, un preocupante crecimiento de la violencia y del discurso de odio.

El 30 de julio se produjo una entrada masiva desde Marruecos. El Gobierno español ha cifrado en unas 72.000 las personas que llegaron a Ceuta durante aquella crisis y sostiene que la inmensa mayoría regresó posteriormente a Marruecos. El ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska, calculaba el viernes que alrededor de 5.000 personas permanecían todavía en Ceuta, de ellas unos 1.500 menores, aunque la oposición cuestionan esta cifra y sostiene que el número real podría ser considerablemente superior. España ha solicitado además apoyo de Frontex, Europol y la Agencia de Asilo de la Unión Europea para ayudar en la identificación y tramitación de las personas que continúan en la ciudad.

Pero hay un dato que no debería desaparecer nunca del relato sobre esta crisis. Estamos hablando también de una tragedia humana de una dimensión enorme. La cifra oficial española ha llegado a superar las ochenta personas fallecidas recuperadas en aguas de Ceuta y, según las autoridades marroquíes, también se han recuperado cadáveres en su territorio. Sin embargo, la organización Caminando Fronteras elevó el 5 de agosto a 141 el número de personas fallecidas durante la crisis, 78 de ellas en Ceuta y 63 en Marruecos. La organización explicó que había elaborado su recuento a partir del trabajo de identificación de cadáveres y del contacto con familiares y comunidades de las víctimas.

Por eso, cuando hablamos de más de un centenar de muertos debemos ser rigurosos. No es correcto presentarlo como el balance oficial definitivo, pero tampoco sería honesto ocultar que una organización especializada en documentar las muertes en las rutas migratorias ha situado la cifra en 141. La diferencia entre ambas cifras no puede utilizarse para minimizar la tragedia. Al contrario, debería servir para reclamar que todas las muertes sean investigadas, identificadas y contabilizadas con transparencia.

Detrás de cada una de esas cifras había una persona. No eran números. Eran hijos, hermanos, padres, amigos, jóvenes que tenían una vida, un nombre y una historia. Y resulta profundamente doloroso comprobar lo rápido que algunas personas son capaces de hablar de ellos como una masa anónima, como una amenaza o como una supuesta “invasión”, mientras la muerte de seres humanos queda relegada a una nota al pie. Pero reconocer esta tragedia tampoco significa negar los hechos que puedan resultar incómodos. También se han producido episodios muy graves de violencia protagonizados por algunas personas migrantes. Y hay que decirlo sin rodeos.

El 27 de agosto, en la zona de Benzú, un grupo de entre treinta y cuarenta personas rodeó un vehículo militar y comenzó a lanzar piedras de grandes dimensiones contra los militares que viajaban en su interior. Los cuatro militares resultaron heridos. La Policía y la Guardia Civil detuvieron posteriormente a doce personas de nacionalidad marroquí. Once de los doce detenidos fueron posteriormente expulsados a Marruecos con autorización judicial y con una prohibición de entrada en España durante cinco años, después de reconocer su participación en los hechos. El duodécimo negó haber participado y su situación quedó sometida al procedimiento judicial correspondiente. 

Sí, esto es gravísimo. Lanzar piedras contra un vehículo militar y herir a quienes están dentro no es una protesta, no es una travesura y tampoco es algo que pueda justificarse por la desesperación. Es violencia y debe tener consecuencias legales.

Pero la situación no terminó ahí. Durante la madrugada del viernes al sábado se produjo una nueva agresión contra una patrulla militar. Cuatro personas fueron detenidas y un sargento resultó herido al intentar detener a uno de los atacantes. Según las informaciones difundidas, el militar sufrió una brecha al caer al suelo. Las autoridades continúan investigando las circunstancias de este nuevo ataque y, por el momento, no está acreditado que los cuatro detenidos sean las mismas personas que participaron en el ataque anterior.

Por tanto, hay que ser contundentes. Quienes hayan atacado a los militares deben responder ante la justicia. No existe ninguna justificación para agredir a un militar, a un policía o a cualquier otra persona. Y ser migrante no otorga ningún tipo de impunidad. Pero tampoco podemos permitir que estos hechos se conviertan en una licencia para señalar a miles de personas que no han cometido delito alguno. Porque mientras algunos migrantes protagonizaban esos ataques, también se producían agresiones contra personas migrantes.

Ese mismo 27 de agosto, centenares de personas con banderas nacionales bloquearon durante más de dos horas el acceso de un camión de Cruz Roja a la playa del Trampolín, donde la organización repartía alimentos. Algo que nos recuerda a lo que vimos con el bloqueo de alimentos y medicinas para entrar en Gaza. Posteriormente, algunos manifestantes accedieron a zonas donde se encontraban los asentamientos y fueron incendiadas dos estructuras utilizadas por los migrantes. Se escucharon consignas como “invasores” y “expulsión”. La Policía tuvo que intervenir y realizar disparos de salvas al aire para contener algunos de los enfrentamientos. 

No podemos normalizar esto. Una piedra lanzada contra un militar no es menos grave porque quien la lance sea migrante. Pero un campamento quemado no es menos grave porque quienes lo ataquen sean vecinos de Ceuta. Una agresión no cambia de naturaleza dependiendo del pasaporte de quien la comete o de quien la sufre. La violencia es violencia. El odio no entiende de fronteras ni de credos religiosos. Y la dignidad humana no tiene nacionalidad.

Pero justo aquí aparece otro elemento altamente preocupante. Desde Ceuta, un grupo de activistas que se identifica como parte de la llamada Red Solidaria ha denunciado públicamente que lleva semanas proporcionando comida, productos de higiene y primeros auxilios a personas migrantes y documentando lo que consideran vulneraciones de derechos. En un vídeo grabado el 27 de agosto, varias activistas aseguran estar sufriendo amenazas, hostigamiento, agresiones verbales y físicas y acoso por parte de vecinos y de miembros de las fuerzas de seguridad. También denuncian que se habría fotografiado y difundido su documentación personal, que se habrían roto teléfonos y que en algunos casos se les habría obligado a borrar material que habían grabado.

Estas acusaciones son muy graves y deben investigarse. A día de hoy no existe confirmación independiente suficiente alguna para presentarlas como hechos probados. No se puede convertir una denuncia de las activistas en una afirmación categórica sin pruebas suficientes, pero tampoco creo que debamos ignorarla. En una democracia, cuando un colectivo denuncia amenazas de muerte, y sé lo que es eso, con difusión de datos personales, agresiones o actuaciones policiales presuntamente abusivas, lo mínimo que podemos exigir es que esas denuncias sean investigadas y que quienes realizan labores humanitarias puedan hacerlo sin sufrir intimidaciones.

Esto resulta todavía más importante porque la ayuda humanitaria está siendo imprescindible. Cruz Roja ha distribuido desde el inicio de la emergencia decenas de miles de kits de alimentación y de higiene, y organizaciones como Accem, Médicos del Mundo y otras entidades están participando en la atención de las personas que permanecen en Ceuta. En algunos campamentos ya se proporciona alojamiento, alimentación y atención sanitaria.

Por eso resulta especialmente preocupante que una organización humanitaria tenga que realizar su trabajo bajo protección policial porque algunas personas intenten impedir el reparto de alimentos. Una cosa es protestar contra el Gobierno pero otra muy distinta es impedir que alguien dé de comer a una persona que tiene hambre.

Es aquí donde preocupación aumenta todavía más. Es perfectamente legítimo exigir seguridad; defender el control de las fronteras; reclamar que quienes hayan cometido delitos respondan ante la justicia; y discutir sobre los procedimientos de retorno, el derecho de asilo, la capacidad de acogida o la actuación del Gobierno. Todo eso es legítimo.

Ahora bien, lo que no es legítimo es aprovechar delitos concretos para presentar a miles de personas como una amenaza colectiva. No es legítimo llamar “invasores”, “criminales”, “violadores” o “asesinos” a seres humanos por el mero hecho de haber cruzado una frontera. No es legítimo convertir el origen, el color de piel, la nacionalidad o la situación administrativa de una persona en una presunción de culpabilidad. Eso no es seguridad, eso es racismo y xenofobia. Y quienes están intentando hacerlo deberían tener el valor de reconocerlo. Porque utilizar una crisis real para construir un enemigo colectivo es una de las formas más peligrosas de manipulación política. Primero se señala a un grupo, después se atribuyen a ese grupo todos los problemas y finalmente se presenta cualquier agresión contra él como una reacción comprensible.

No, no puede aceptarse que un delito cometido por una persona se convierta en una condena contra miles. No puede aceptarse que la palabra migrante se convierta en sinónimo de delincuente. No vamos a aceptar que una tragedia humanitaria sea utilizada para alimentar el racismo. Y tampoco vamos a aceptar que el miedo legítimo de los ciudadanos de Ceuta sea utilizado como combustible para incendiar todavía más la convivencia. Porque el miedo puede ser comprensible, pero el odio no.

En este contexto también hay que hablar de José María Aznar. Con todo derecho y legitimidad, como cualquier otro ciudadano, el expresidente visitó Ceuta el 27 de agosto, precisamente en una de las jornadas de mayor tensión de toda la crisis. Su visita coincidió con los disturbios entre vecinos y migrantes, con el bloqueo del reparto de alimentos y con el ataque contra la patrulla militar. Aznar reclamó “firmeza”, defendió una respuesta contundente y afirmó que “la soberanía nacional no tiene vacaciones”. También criticó al Gobierno y su gestión de la situación.

No existe ninguna prueba que permita afirmar que la visita de Aznar provocó los disturbios. Y sería irresponsable presentar esa acusación como un hecho. Pero tampoco podemos comportarnos como si las palabras de un antiguo presidente del Gobierno fueran políticamente irrelevantes cuando se pronuncian en una ciudad que se encuentra al borde del estallido social. Las palabras importan. Y mucho más cuando una sociedad está ardiendo. Se puede defender la soberanía sin alimentar el odio; se puede exigir seguridad sin convertir a miles de personas en un ejército invasor; se puede reclamar el retorno de quienes legalmente deban ser retornados sin presentar a todos los migrantes como delincuentes; y se puede defender una frontera fuerte sin abandonar los derechos humanos.

Por eso, hay algo más que deberíamos vigilar especialmente de cara a las concentraciones convocadas para el 2 de septiembre en apoyo a Ceuta. Expresar solidaridad con la población ceutí, reconocer su preocupación y reclamar seguridad y una gestión eficaz de la frontera es perfectamente legítimo. De hecho, esas concentraciones se han presentado formalmente como actos pacíficos de apoyo al pueblo de Ceuta y por la unidad. El problema aparece cuando determinados grupos políticos y sectores de la ultraderecha intentan apropiarse de ese legítimo sentimiento de solidaridad para convertirlo en una movilización contra las personas migrantes. No podemos confundir una cosa con la otra. En las últimas semanas ya se ha producido un extraordinario incremento del discurso racista y xenófobo en las redes sociales. Oberaxe ha detectado 78.476 mensajes de odio en apenas 25 días, dirigidos especialmente contra personas norteafricanas, inmigrantes y musulmanes.

Las concentraciones del 2 de septiembre deben ser una oportunidad para decirle a Ceuta que no está sola, no una excusa para señalar, acosar o perseguir a quienes han llegado a la ciudad. Porque si quienes pretenden alimentar el odio consiguen apropiarse de una movilización que debería servir para defender la convivencia, habremos permitido que una muestra legítima de solidaridad termine convertida en otra herramienta de confrontación.

Si se quiere denunciar la manipulación, tenemos que ser los primeros en no manipular. Los hechos importan, las pruebas importan y ,a verdad importa. Y también importa reconocer algo que parece evidente pero que algunos discursos pretenden borrar. La seguridad de los ceutíes y los derechos de las personas migrantes no son enemigos entre sí. Podemos querer una frontera segura y defender los derechos humanos; podemos exigir que se cumpla la legislación de extranjería y rechazar el racismo; y podemos condenar una agresión contra un militar y condenar exactamente con la misma contundencia una agresión xenófoba contra un migrante. No hay contradicción alguna en todo eso. La verdadera contradicción está en quienes dicen defender la seguridad mientras alimentan el odio; en quienes hablan de proteger a los ciudadanos mientras permiten que otras personas sean convertidas en objetivos; y en quienes utilizan una crisis real para fabricar un enemigo colectivo y después se sorprenden cuando la tensión acaba transformándose en violencia.

Ceuta necesita seguridad. Por supuesto que sí. Necesita una frontera eficaz, recursos suficientes, coordinación entre las administraciones españolas, cooperación con Marruecos y apoyo de la Unión Europea; necesita procedimientos rápidos y garantistas para determinar quién puede permanecer, quién debe ser retornado y quién tiene derecho a protección internacional; necesita atender especialmente a los menores y a las personas que se encuentran en situaciones de extrema vulnerabilidad; y necesita que quienes cometan delitos sean detenidos y juzgados.

Pero Ceuta también necesita que alguien diga claramente que ya basta de utilizar el miedo para alimentar el racismo y la xenofobia. Porque quienes convierten a todos los migrantes en delincuentes están mintiendo; quienes llaman “invasores” a miles de personas sin distinguir entre quienes han cometido un delito y quienes no lo han cometido están deshumanizando; quienes utilizan la muerte de unas personas para justificar el odio contra otras están instrumentalizando una tragedia; y quienes creen que incendiar un asentamiento o bloquear la llegada de alimentos puede convertirse en una respuesta legítima a un problema migratorio están cruzando una línea que ninguna sociedad democrática debería tolerar.

La solución a una crisis migratoria no es el racismo. La solución a la inseguridad no es la xenofobia. La solución a la violencia no puede ser más violencia. Ceuta necesita Estado, no odio; necesita seguridad, no racismo; y necesita soluciones, no enemigos. Porque una sociedad democrática no demuestra su fortaleza cuando encuentra al más vulnerable contra quien descargar su frustración. La demuestra cuando es capaz de proteger a sus ciudadanos sin dejar de proteger los derechos fundamentales de quienes se encuentran en su territorio. La demuestra cuando persigue los delitos sin convertir a colectivos enteros en culpables. La demuestra cuando mantiene sus principios precisamente cuando más difícil resulta hacerlo.

Quizá esta sea la cuestión fundamental que deberíamos hacernos. ¿A quién beneficia realmente que Ceuta esté cada vez más enfrentada? No beneficia a los militares que han resultado heridos; no beneficia a los vecinos que tienen miedo; no beneficia a las personas migrantes que viven en asentamientos precarios; no beneficia a quienes han perdido familiares en el mar; no beneficia a quienes trabajan para prestar ayuda humanitaria; y no beneficia al conjunto de España. Beneficia a quienes necesitan una sociedad enfrentada para convertir el miedo de unos y el sufrimiento de otros en una herramienta política. Y frente a eso debemos ser absolutamente contundentes.

No podemos aceptar que el sufrimiento de una ciudad sea utilizado para sembrar odio; no podemos aceptar que un delito cometido por una persona se utilice para criminalizar a miles; no podemos aceptar que la xenofobia se disfrace de preocupación por la seguridad; no podemos aceptar que quienes intentan ayudar sean acosados por hacerlo; y no podemos que la muerte de más de un centenar de seres humanos sea tratada como una simple cifra cuando sirve para alimentar un discurso político, mientras sus vidas desaparecen de nuestra memoria en cuanto dejan de ser noticia.

Porque cuando una sociedad empieza a mirar al ser humano que tiene delante como una amenaza antes que como una persona, la violencia ya ha conseguido algo mucho más peligroso que cualquier frontera rota. Ya ha empezado a rompernos por dentro.

Y frente a quienes quieren convertir a personas en enemigos, nuestra respuesta tiene que ser más democracia, más derechos y más humanidad.

Ceuta necesita soluciones, no enemigos.

Y tampoco más odio.

La burla que deja herida

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽 – Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Todos hemos escuchado alguna vez expresiones que hemos terminado considerando normales. “Está gordo”, “¡Qué feo eres!”, “¡Mira qué cuerpo tiene!”, “Con esa cara no puede pretender gustarle a nadie”, o “Debería cuidarse un poco el muy adefesio”. Frases como estas muchas veces se pronuncian entre risas, como si no tuvieran importancia, como si las palabras no pudieran hacer daño. Pero sí, pueden hacerlo, pueden hacer mucho daño. Muchísimo. 

Vivimos en una sociedad en la que la apariencia sigue teniendo un peso enorme. Nos guste reconocerlo o no, juzgamos a las personas por cómo son, pero también por cómo se ven. Lo hacemos en el colegio, en el instituto, en el trabajo, en las relaciones personales, en las redes sociales y hasta cuando conocemos a alguien por primera vez. Y cuando una persona no encaja en determinados cánones de belleza, puede encontrarse con algo que va mucho más allá de una simple opinión. Puede encontrarse con rechazo, desprecio, aislamiento y, en algunos casos, con una auténtica violencia que no es más que una expresión de puro odio hacia quien es diferente. 

El bullying es una de las expresiones más evidentes de esta realidad. Un niño o una niña puede convertirse en el blanco de sus compañeros porque tiene sobrepeso, porque es demasiado delgado, porque es muy alto, porque lleva gafas, porque tiene acné, porque es más bajo que los demás o simplemente porque su aspecto no encaja con aquello que el grupo considera atractivo. Al principio quizá sean unas risas en el patio, pero después llegan los insultos, los motes, las fotografías compartidas para ridiculizarlo, la exclusión de los grupos y esa sensación terrible de entrar cada mañana en clase sin saber qué va a ocurrir. Eso te va destrozando, poco a poco, hasta que no puedes más. Esa herida te acompaña por siempre y, a veces, esa herida puede llegar a ser mortal. 

Quienes hemos sufrido alguna forma de rechazo sabemos que hay heridas que no desaparecen cuando termina la jornada escolar. Algunas permanecen durante años. La gordofobia es una parte especialmente preocupante de este problema porque está tan normalizada que muchas veces ni siquiera somos conscientes de ella. Vivimos rodeados de mensajes que nos dicen que determinados cuerpos son mejores que otros. Lo vemos en el cine, en los chistes de mal gusto, en las series de televisión y en la literatura. Un cuerpo delgado suele aparecer asociado al éxito, a la belleza, al atractivo y a la felicidad, mientras que un cuerpo gordo continúa siendo presentado demasiadas veces como algo que debe cambiar, algo perverso que hay esconder o corregir para encajar y “ser normal”. 

Y es justo aquí donde deberíamos detenernos un momento. Una persona no deja de tener dignidad porque tenga un cuerpo diferente al que otros puedan considerar bonito. Tampoco necesita que nadie le explique cómo debería alimentarse, cuánto debería pesar o qué debería hacer para resultar más atractiva. Su cuerpo no es un asunto público y no necesitamos convertir cada encuentro en una oportunidad para opinar sobre él, sobre su salud, sobre su vida, su pasado, su presente o su futuro. Porque, además, existe una contradicción bastante cruel. Decimos constantemente que debemos aceptar a los demás tal y como son, pero seguimos transmitiendo a muchas personas que serán más queridas, más deseadas, más respetadas y que tendrán más éxito cuando consigan cambiar su apariencia.

El problema, por tanto, no es únicamente la gordofobia. Existe también un fenómeno mucho más amplio. Se denomina aspectismo social y consiste en valorar o tratar de manera diferente a las personas en función de su apariencia. Y seguramente todas y todos hemos experimentado alguna vez esa sensación de no estar a la altura de los cánones que nos rodean. Quizá por nuestro peso, por nuestra edad, por nuestro rostro, por nuestro pelo, por nuestra altura, por nuestro vello corporal, por nuestra forma de vestir o simplemente porque no nos parecemos a las personas que aparecen constantemente en las pantallas, en los anuncios o en las revistas.

Las redes sociales no han ayudado precisamente a solucionar este problema. Al contrario, han llevado la comparación permanente hasta nuestras propias casas. Cada día vemos cuerpos aparentemente perfectos, rostros sin imperfecciones y vidas cuidadosamente seleccionadas para mostrar únicamente aquello que queremos que los demás vean. Aunque sabemos que muchas de esas imágenes están retocadas, filtradas o seleccionadas, nuestro cerebro no siempre consigue recordar esa realidad cuando se compara con ellas.

Y entonces es cuando empezamos a sentir que nosotros somos el problema. Nos miramos al espejo y vemos todo aquello que supuestamente deberíamos cambiar. Intentamos esconder a toda costa determinadas partes de nuestro cuerpo. Evitamos fotografías, dejamos de ir a la playa o a la piscina, elegimos ropa pensando más en ocultarnos que en sentirnos cómodos y rechazamos oportunidades para conocer gente porque pensamos que nadie podría sentirse atraído por nosotros. Lo más triste es que, en muchas ocasiones, no es nuestro cuerpo el que nos impide vivir, sino la vergüenza que hemos aprendido a sentir por él o, mejor dicho, la vergüenza que nos han inoculado hasta sentir asco de nuestra propia vida. Eso también es una consecuencia del bullying y del aspectismo.

Por eso creo que tenemos que cambiar el sentido de la conversación. No se trata de decir que todo el mundo tiene que sentirse atractivo todo el tiempo ni de negar que podamos querer cambiar determinados aspectos de nuestro cuerpo. Se trata de entender que cambiar nuestro cuerpo debe ser una decisión personal y nunca una condición para merecer respeto, cariño o reconocimiento personal. Podemos querer adelgazar y seguir defendiendo a las personas gordas; podemos cuidar nuestra alimentación y rechazar la gordofobia; y podemos querer mejorar nuestra apariencia y, al mismo tiempo, comprender que nadie tiene derecho a humillar a otra persona por no cumplir nuestros cánones de belleza.

La cuestión no es que todos tengamos que gustarnos físicamente. La cuestión es que todos tenemos derecho a vivir en paz con nuestro cuerpo y a ocupar nuestro espacio sin sentir vergüenza por existir. Y esto es especialmente importante cuando hablamos de niños y adolescentes. Tenemos que enseñarles que reírse del cuerpo de otra persona no es una broma inocente y que llamar “gordo”, “feo”, “culo de vaca”, “mierda gorda” o cualquier otro insulto a un compañero o compañera puede dejar una marca que quizá no podamos ver, pero que crea una herida que sangra, a veces, toda una vida. Tenemos que enseñar empatía y que nadie es mejor que nadie por su aspecto, pero también tenemos que dar ejemplo como adultos. Porque no podemos pedir a nuestros hijos e hijas que respeten a los demás mientras hacemos comentarios sobre el cuerpo de otras personas delante de ellos.

Quizá deberíamos empezar por algo muy sencillo. Antes de hacer un comentario sobre el aspecto de alguien, tenemos que preguntarnos si realmente es necesario hacerlo. Y si la respuesta es no, guardar silencio siempre es la mejor opción. Porque detrás de cada cuerpo hay una persona con miedos, inseguridades, sueños, deseos, problemas y una historia que probablemente desconocemos. Y ninguna de esas personas debería tener que demostrar que merece nuestro respeto. El respeto y la dignidad siempre se tienen. Nadie tiene derecho a infravalorar o humillar a otra persona bajo ninguna circunstancia, incluido su aspecto físico. 

Al final, quizá la verdadera libertad consista precisamente en poder mirarnos al espejo y dejar de preguntarnos si somos suficientemente guapos, suficientemente delgados o suficientemente perfectos para los demás; en comprender que nuestro valor nunca ha dependido de nuestra talla, de nuestra cara ni de la opinión de quienes nos miran desde fuera; y, sobre todo, en aprender a mirar a los demás con la misma humanidad con la que algún día esperamos que nos miren.

Nadie tiene que sentirse menos por el cuerpo que habita.

Tu cuerpo no necesita permiso para existir.

Nadie tiene que pedir perdón por ello.

Y tú tampoco.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The Mockery That Leaves a Wound

We have all heard expressions at some point that we have gradually come to regard as normal. “He is fat”, “You are so ugly!”, “Look at that body!”, “With a face like that, he cannot expect anyone to find him attractive”, or “He should take better care of himself, the ugly bastard”. Phrases like these are often spoken with laughter, as if they did not matter, as if words could not cause harm. But they can. They can cause a great deal of pain. A huge amount.

We live in a society in which appearance still carries enormous weight. Whether we like to admit it or not, we judge people by who they are, but also by how they look. We do it at school, in secondary school, at work, in our personal relationships, on social media and even when we meet someone for the first time. And when someone does not fit certain beauty standards, they may encounter something that goes far beyond a simple opinion. They may encounter rejection, contempt, isolation and, in some cases, genuine violence that is nothing more than an expression of pure hatred towards those who are different.

Bullying is one of the clearest expressions of this reality. A boy or a girl can become the target of their classmates because they are overweight, because they are too thin, because they are very tall, because they wear glasses, because they have acne, because they are shorter than everyone else, or simply because their appearance does not fit what the group considers attractive. At first, it may just be a few laughs in the playground, but then come the insults, the nicknames, the photographs shared to humiliate them, the exclusion from social groups and that terrible feeling of walking into class every morning without knowing what is going to happen. It slowly tears you apart until you cannot take it anymore. That wound stays with you forever and, sometimes, that wound can even become fatal.

Those of us who have experienced some form of rejection know that there are wounds that do not disappear when the school day ends. Some remain for years. Fatphobia is an especially worrying part of this problem because it is so normalised that we are often not even aware of it. We live surrounded by messages telling us that some bodies are better than others. We see it in films, in tasteless jokes, in television series and in literature. A slim body is often associated with success, beauty, attractiveness and happiness, while a fat body continues to be portrayed all too often as something that must be changed, something perversely seen as needing to be hidden or corrected in order to fit in and “be normal”.

And this is precisely where we should stop for a moment. A person does not lose their dignity because they have a body that others may not consider beautiful. Nor do they need anyone to explain how they should eat, how much they should weigh or what they should do to become more attractive. Their body is not a public matter, and we do not need to turn every encounter into an opportunity to comment on it, on their health, on their life, their past, their present or their future. Because, on top of everything else, there is a rather cruel contradiction. We constantly say that we should accept others as they are, yet we continue to tell many people that they will be more loved, more desired, more respected and more successful once they change their appearance.

The problem, therefore, is not only fatphobia. There is also a much broader phenomenon. It is known as lookism, and it consists of valuing or treating people differently based on their appearance. And surely all of us have experienced, at some point, that feeling of not measuring up to the standards that surround us. Perhaps because of our weight, our age, our face, our hair, our height, our body hair, the way we dress, or simply because we do not look like the people who constantly appear on our screens, in advertisements or in magazines.

Social media have certainly not helped to solve this problem. On the contrary, they have brought constant comparison right into our own homes. Every day we see seemingly perfect bodies, flawless faces and carefully curated lives showing only what we want other people to see. Although we know that many of these images have been edited, filtered or carefully selected, our brains do not always manage to remember that reality when comparing ourselves with them.

And that is when we start to feel that we are the problem. We look in the mirror and see everything we are supposedly expected to change. We try at all costs to hide certain parts of our bodies. We avoid photographs, stop going to the beach or swimming pool, choose clothes with the aim of hiding rather than feeling comfortable, and turn down opportunities to meet people because we think nobody could ever be attracted to us. The saddest thing is that, in many cases, it is not our body that prevents us from living, but the shame we have learned to feel about it or, more accurately, the shame that has been instilled in us until we feel disgust towards our own lives. That too is a consequence of bullying and lookism.

That is why I believe we need to change the way we talk about this. It is not about saying that everyone has to feel attractive all the time, nor about denying that we may want to change certain aspects of our bodies. It is about understanding that changing our bodies should be a personal choice and never a condition for deserving respect, affection or recognition. We may want to lose weight and still stand up for fat people. We may take care of our diet and reject fatphobia. And we may want to improve our appearance while, at the same time, understanding that nobody has the right to humiliate another person for failing to meet our beauty standards.

The point is not that we all have to like the way we look. The point is that we all have the right to live at peace with our bodies and to occupy our space without feeling ashamed of existing. And this is especially important when we talk about children and teenagers. We have to teach them that laughing at another person’s body is not an innocent joke and that calling a classmate “fat”, “ugly”, “cow’s arse”, “fat piece of shit” or any other insult can leave a mark that we may not be able to see, but that creates a wound that can bleed, sometimes, for an entire lifetime. We have to teach empathy and show them that nobody is better than anyone else because of their appearance, but we also have to lead by example as adults. Because we cannot ask our sons and daughters to respect others while we make comments about other people’s bodies in front of them.

Perhaps we should start with something very simple. Before commenting on someone’s appearance, we need to ask ourselves whether it is really necessary. And if the answer is no, staying silent is always the best option. Because behind every body there is a person with fears, insecurities, dreams, desires, problems and a story that we probably know nothing about. And none of those people should ever have to prove that they deserve our respect. Respect and dignity are inherent. Nobody has the right to belittle or humiliate another person under any circumstances, including because of their physical appearance.

In the end, perhaps true freedom means being able to look in the mirror and stop asking ourselves whether we are handsome enough, slim enough or perfect enough for other people. It means understanding that our worth has never depended on our size, our face or the opinions of those who look at us from the outside. And, above all, it means learning to look at others with the same humanity with which we hope that one day they will look at us.

Nobody should ever feel worth less because of the body they inhabit.

Your body does not need permission to exist.

You do not have to apologise for it.

And neither do you.

Ceuta no puede ser la excusa

En historia reciente de cualquier país, hay momentos en los que resulta especialmente necesario detenerse y separar las cosas, precisamente porque la realidad es demasiado compleja como para reducirla a una consigna política. Lo que está ocurriendo en Ceuta es grave y sería absurdo negarlo. La ciudad está atravesando una situación extraordinariamente complicada, sus servicios públicos están sometidos a una presión enorme y sus ciudadanos tienen todo el derecho del mundo a sentirse preocupados, desbordados o incluso angustiados ante una situación que ha alterado profundamente la vida cotidiana. Los ceutíes tienen derecho a reclamar seguridad, recursos, protección y una respuesta eficaz por parte de las administraciones públicas, exactamente igual que cualquier otro ciudadano español. Solidarizarse con ellos no solamente es legítimo, sino que puede ser una expresión perfectamente razonable de empatía y de responsabilidad colectiva. Solidarizarse con Ceuta es necesario, pero utilizar una situación real y dolorosa para alimentar el miedo, señalar a las personas migrantes y convertirlas en un enemigo colectivo es algo que no podemos permitir.

Como sociedad tenemos la obligación de preguntarnos qué estamos haciendo con esa preocupación y qué discursos estamos permitiendo que crezcan alrededor de ella. El próximo 2 de septiembre se han convocado concentraciones frente a los ayuntamientos de toda España como muestra de solidaridad con Ceuta y con sus ciudadanos. La convocatoria institucional de la Federación Española de Municipios y Provincias se plantea formalmente como un gesto de apoyo a la ciudad y, desde esa perspectiva, no hay nada que objetar. Ceuta forma parte de España, sus habitantes son ciudadanos españoles y europeos y tienen derecho a que el conjunto del país les transmita que no están solos cuando atraviesan una situación especialmente difícil. El problema, por tanto, no está en defender a Ceuta, sino en qué discurso utilizamos cuando la defendemos y qué intereses políticos pueden terminar aprovechándose de esa solidaridad.

Porque resulta evidente que la crisis de Ceuta ha entrado de lleno en la batalla política. La inmigración, la seguridad, el control de las fronteras, la relación con Marruecos, la capacidad de los servicios públicos y la propia identidad nacional se han convertido en elementos de una confrontación política cada vez más intensa. La convocatoria de la FEMP tampoco ha quedado al margen de esa disputa, puesto que se ha cuestionado que se haya impulsado sin el consenso de los distintos grupos políticos y algunos ayuntamientos han decidido no adherirse institucionalmente a ella precisamente por considerar que una iniciativa de estas características debería haber sido acordada de manera transversal. El caso de Jaén resulta especialmente ilustrativo, porque el Ayuntamiento ha optado por no sumarse oficialmente a la convocatoria, aunque su alcalde haya expresado su preocupación y su solidaridad con los ciudadanos de Ceuta. Esto demuestra algo que deberíamos tener muy presente. Y es que apoyar a Ceuta y apoyar una determinada convocatoria política no son necesariamente la misma cosa.

Y mientras todo esto sucede, existe otro fenómeno que no podemos ignorar porque aporta una dimensión especialmente preocupante a lo que estamos viviendo. Los datos de OBERAXE muestran un incremento extraordinario del discurso de odio relacionado con la crisis de Ceuta. Durante los primeros días de la llegada masiva de migrantes se produjo un auténtico estallido de mensajes dirigidos contra personas del norte de África, inmigrantes y musulmanes, con contenidos que no se limitaban a cuestionar las políticas migratorias, sino que incluían insultos, deshumanización, amenazas y llamamientos a la expulsión. Según los datos difundidos por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, el Sistema FARO detectó más de 57.000 contenidos de discurso de odio durante julio, mientras que otros análisis sobre el periodo posterior han mostrado un incremento todavía más preocupante coincidiendo con la crisis. Estos datos deberían hacernos reflexionar, porque demuestran que el problema no es simplemente que exista una discusión política sobre inmigración, sino que una situación concreta está siendo utilizada como catalizador de prejuicios que ya estaban presentes en una parte de nuestra sociedad.

Esto es importante porque una democracia puede y debe discutir sobre inmigración. Podemos debatir sobre cuántas personas puede acoger un territorio, sobre cómo deben organizarse las fronteras, sobre qué recursos necesitan los servicios públicos, sobre la distribución de menores no acompañados, sobre la cooperación con Marruecos, sobre las políticas europeas de asilo y migración o sobre la actuación concreta del Gobierno. Podemos incluso considerar que determinadas decisiones políticas han sido equivocadas y exigir responsabilidades. Todo eso forma parte de la democracia y nadie debería pretender silenciar ese debate acusando automáticamente de racismo a quien defiende una determinada política migratoria. El problema comienza cuando dejamos de hablar de políticas y empezamos a hablar de personas como si todas fueran iguales por el simple hecho de haber nacido en un determinado país, tener un determinado color de piel o practicar una determinada religión.

La diferencia es fundamental. No es racista decir que el Estado debe garantizar la seguridad de los ciudadanos de Ceuta, ni lo es reclamar que la ciudad disponga de recursos suficientes para afrontar una situación extraordinaria. Tampoco es xenófobo defender una política migratoria ordenada o considerar que las administraciones deben tener capacidad para controlar sus fronteras. Lo que sí entra en el terreno del racismo y la xenofobia es comenzar a presentar a los inmigrantes como un colectivo inherentemente peligroso, atribuirles delincuencia por su origen, hablar de una supuesta inferioridad cultural o racial, identificar automáticamente inmigración con inseguridad o utilizar términos como «invasión» para referirse indiscriminadamente a seres humanos que han llegado a nuestro país. La crítica política tiene como objeto las decisiones y las políticas públicas; el racismo convierte a las personas en el objeto de la acusación.

Parece claro que determinados sectores de la derecha y, especialmente, de la ultraderecha están aprovechando una situación real para reforzar un discurso que ya venían construyendo alrededor de la inmigración. No estamos diciendo que la crisis de Ceuta haya sido inventada ni que los problemas que atraviesa la ciudad sean imaginarios. Precisamente porque la situación es real, resulta políticamente tan útil para quienes pretenden utilizarla. Una crisis real puede convertirse en una oportunidad política sin dejar de ser una crisis real. La cuestión no es negar lo que sucede, sino observar cómo se interpreta, qué lenguaje se utiliza para explicarlo y qué consecuencias políticas se pretende extraer de ello.

La ultraderecha conoce perfectamente la capacidad que tiene el miedo para movilizar a una sociedad. Cuando una población está preocupada, cuando siente que los servicios públicos están desbordados o cuando tiene la percepción de que algo está escapando al control de las instituciones, resulta muy sencillo ofrecer una explicación aparentemente sencilla para un problema enormemente complejo. Se identifica un culpable, se construye un enemigo y se presenta la solución como algo igualmente sencillo: expulsar, cerrar, impedir, separar. El inmigrante deja entonces de ser una persona concreta con una historia determinada y pasa a convertirse en una categoría abstracta sobre la que se proyectan todos los problemas de la sociedad. Es un mecanismo antiguo y peligrosísimo que, desgraciadamente, hemos visto repetirse muchas veces a lo largo de la historia.

El problema es que ese discurso puede terminar contaminando incluso espacios que originalmente no tenían una finalidad xenófoba. Una concentración convocada para expresar solidaridad con Ceuta puede ser perfectamente legítima y estar integrada por personas que no tienen ningún prejuicio racista. Pero si alrededor de esa concentración comienzan a aparecer mensajes que presentan a los inmigrantes como invasores, delincuentes o amenazas, existe el riesgo de que una reivindicación legítima termine siendo utilizada como vehículo para normalizar ideas que deberían ser rechazadas sin ambigüedad. Por eso no considero justo decir que todas las personas que acudirán el 2 de septiembre son racistas o xenófobas, pero tampoco considero razonable mirar hacia otro lado ante el hecho de que existe un componente racista y xenófobo claramente documentado en el contexto social y político de esta crisis y que determinados actores están aprovechándolo.

También debemos ser cuidadosos con otra simplificación. Defender a las personas migrantes no significa ignorar los problemas que están sufriendo los ciudadanos de Ceuta. Parece necesario repetirlo porque en ocasiones el debate público se plantea como si solamente pudiéramos escoger uno de los dos lados. Como si solidarizarnos con una familia ceutí implicara necesariamente ser hostiles hacia una familia migrante, o como si defender los derechos de una persona que acaba de llegar significara despreciar las preocupaciones de quien lleva toda su vida viviendo en Ceuta. Esa falsa dicotomía solamente beneficia a quienes quieren convertir la convivencia en un enfrentamiento permanente.

Podemos defender simultáneamente los derechos de los ceutíes y los derechos de las personas migrantes. Podemos exigir que una familia de Ceuta pueda vivir tranquila y segura y, al mismo tiempo, reclamar que un menor migrante sea tratado con dignidad. Podemos pedir más recursos para los servicios públicos y exigir que esos recursos permitan atender adecuadamente a todas las personas que se encuentran bajo la responsabilidad de las administraciones. Podemos reclamar que las fronteras estén controladas y, al mismo tiempo, defender el derecho de las personas perseguidas a solicitar protección internacional. Podemos criticar la gestión del Gobierno sin convertir a los inmigrantes en chivos expiatorios. No solamente podemos hacerlo, sino que eso es precisamente lo que debería hacer una sociedad comprometida con los derechos humanos.

Porque hay algo que no podemos olvidar y es que los inmigrantes no son un colectivo homogéneo. No existe “el inmigrante” como una categoría humana capaz de explicar por sí misma un problema social. Hay personas que llegan buscando trabajo, otras que huyen de guerras o persecuciones, otras que necesitan protección internacional, otras que son menores, otras que han sido víctimas de violencia y otras que simplemente han decidido cambiar de país. Algunas cometerán delitos, igual que existen ciudadanos españoles que cometen delitos, pero jamás aceptaríamos considerar que todos los españoles son delincuentes porque algunos lo sean. Sin embargo, cuando hablamos de personas extranjeras, demasiadas veces permitimos que esa lógica desaparezca y aceptamos generalizaciones que jamás admitiríamos aplicadas a nuestra propia sociedad.

Lo mismo ocurre cuando hablamos de las personas musulmanas o de quienes proceden del norte de África. Una persona marroquí no es una amenaza por ser marroquí; una persona musulmana no constituye un peligro por practicar el islam; y una persona negra no representa ninguna amenaza por el color de su piel. Puede haber problemas concretos relacionados con determinadas personas, comportamientos o políticas, pero ninguna característica racial, nacional o religiosa convierte automáticamente a alguien en culpable de nada. Cuando empezamos a atribuir responsabilidades colectivas basándonos en el origen, la raza o la religión, dejamos de estar ante un debate racional y comenzamos a caminar por el terreno de la discriminación.

Por eso también me preocupa que determinadas cuestiones culturales estén entrando en el debate político de una manera cada vez más agresiva. Cuando se empieza a presentar el velo, las mezquitas, la alimentación halal o las costumbres de una comunidad como elementos de una supuesta amenaza a la identidad española, el debate deja de ser únicamente migratorio. Se está construyendo una determinada imagen del musulmán como alguien que no pertenece realmente a nuestra sociedad y que, por tanto, constituye una amenaza para nuestra identidad. Esa forma de plantear las cosas puede parecer muy diferente del insulto directo, pero responde al mismo mecanismo de fondo encaminado a crear una frontera entre quienes consideramos parte de “nosotros” y quienes presentamos como “ellos”.

Es aquí donde la responsabilidad de los partidos políticos resulta enorme. La política democrática debería ser capaz de canalizar el miedo y la preocupación de los ciudadanos sin convertirlos en odio hacia otras personas. Un dirigente político puede decir que la situación migratoria es insostenible, que el Gobierno ha gestionado mal una crisis o que Europa necesita cambiar sus políticas migratorias y defender controles fronterizos más estrictos o exigir más recursos para una ciudad como Ceuta. Pero cuando se alimenta deliberadamente la idea de que existe una amenaza colectiva asociada a una nacionalidad, una raza o una religión, las consecuencias pueden ser muy graves. Los políticos tienen una enorme capacidad para determinar qué prejuicios se normalizan y cuáles permanecen en los márgenes de la sociedad.

La ultraderecha lleva años intentando precisamente eso. Siempre ha buscado convertir determinados discursos que antes resultaban socialmente inaceptables en posiciones aparentemente normales dentro del debate político. Y una crisis como la de Ceuta proporciona un escenario especialmente favorable para hacerlo. El problema no es que aprovechen políticamente una situación que considera beneficiosa para su discurso, porque los partidos políticos siempre intentan aprovechar las circunstancias que consideran favorables. El problema aparece cuando para obtener ese beneficio electoral se recurre a la deshumanización, a la generalización, al miedo y al enfrentamiento entre comunidades.

Pero tampoco podemos atribuir automáticamente todas estas dinámicas a la ultraderecha. La derecha democrática tiene una responsabilidad igualmente importante cuando asume determinados marcos discursivos para competir electoralmente con ella. Si para evitar que la ultraderecha gane espacio se adopta parte de su lenguaje, existe el riesgo de que aquello que inicialmente parecía una estrategia electoral termine desplazando los límites de lo que nuestra sociedad considera aceptable. Y eso es especialmente peligroso en cuestiones relacionadas con el racismo y la xenofobia, porque los derechos fundamentales no deberían depender de las necesidades electorales de ningún partido.

Por eso creo que debemos ser capaces de mantener una posición mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más exigente. Ceuta merece nuestra solidaridad, pero esa solidaridad debe ser incompatible con el racismo. Los ciudadanos de Ceuta merecen seguridad, pero la seguridad no necesita convertir a los inmigrantes en enemigos. Las fronteras pueden y deben estar controladas, pero controlar una frontera no significa deshumanizar a quienes intentan cruzarla. Los servicios públicos necesitan recursos, pero la falta de recursos no puede utilizarse para justificar la discriminación. Y las administraciones tienen que responder ante una situación extraordinaria, pero esa respuesta debe respetar siempre los derechos humanos.

Por eso, si alguien quiere acudir el 2 de septiembre a una concentración para decir que Ceuta no está sola, me parece perfectamente legítimo. Si quiere reclamar que el Estado aumente los recursos destinados a la ciudad, también. Si quiere exigir una política migratoria más eficaz, tiene todo el derecho a hacerlo. Si quiere criticar al Gobierno, forma parte de la democracia. Lo que no deberíamos aceptar es que alguien utilice una concentración de solidaridad para atacar colectivamente a personas por ser negras, marroquíes, musulmanas o inmigrantes. En ese momento ya no estaríamos hablando de solidaridad, sino de otra cosa muy diferente.

Y tampoco deberíamos caer en el extremo contrario de pensar que denunciar el racismo significa negar los problemas reales. Negar una crisis tampoco ayuda a combatir la xenofobia. Si queremos enfrentarnos de verdad al discurso de odio, tenemos que ser capaces de reconocer las dificultades que existen, escuchar a las personas que las están viviendo y ofrecer soluciones eficaces sin buscar culpables colectivos. La mejor respuesta al discurso xenófobo no consiste en decirle a una persona preocupada que no tiene derecho a estarlo, sino en demostrarle que los problemas pueden abordarse desde la democracia, las políticas públicas y los derechos humanos sin necesidad de odiar a nadie.

Ceuta no debería convertirse en un campo de batalla entre españoles y extranjeros, entre cristianos y musulmanes, entre quienes llevan décadas viviendo allí y quienes acaban de llegar. Tampoco debería convertirse en una herramienta electoral para enfrentar al Gobierno con la oposición o para demostrar quién puede utilizar un lenguaje más duro sobre inmigración. Ceuta es una ciudad real, habitada por personas reales, con problemas reales y con una sociedad mucho más compleja que cualquier consigna política. Reducirla a un símbolo dentro de una batalla partidista sería hacerle un flaco favor precisamente a quienes dicen querer defenderla.

La mejor manera de solidarizarnos con Ceuta es negarnos a permitir que nadie utilice a los ceutíes como excusa para señalar a otras personas. Podemos abrazar simbólicamente a una ciudad que atraviesa momentos difíciles y exigir a las instituciones que estén a la altura de las circunstancias, pero también podemos hacerlo dejando claro que ninguna crisis justifica el racismo y que ninguna preocupación legítima puede convertirse en permiso para deshumanizar a un colectivo entero. La solidaridad no necesita enemigos para existir y una sociedad democrática no debería aceptar que el miedo se convierta en odio.

Al final, todo se reduce a algo bastante sencillo, aunque quizá demasiado importante como para olvidarlo. Y es que estar con Ceuta no significa estar contra los inmigrantes. Podemos defender a los ceutíes sin atacar a quienes han llegado a la ciudad, podemos exigir seguridad sin reclamar discriminación y podemos defender nuestras fronteras sin renunciar a nuestra humanidad. 

Si la concentración del 2 de septiembre quiere ser realmente un acto de solidaridad, debería ser capaz de decirlo con absoluta claridad y de cerrar la puerta a cualquier intento de convertirla en un altavoz para el racismo o la xenofobia. Porque cuando una sociedad empieza a aceptar que determinadas personas pueden ser insultadas, señaladas o deshumanizadas simplemente por su origen, su color de piel o su religión, el problema deja de ser exclusivamente migratorio. En ese momento estamos hablando de algo mucho más profundo. Estamos hablando de qué clase de sociedad queremos ser y de hasta dónde estamos dispuestos a llegar para proteger la dignidad humana cuando protegerla resulta incómodo.

Por eso, solidarizarse con Ceuta y combatir el racismo no son dos posiciones enfrentadas, sino dos compromisos que deberían ir necesariamente de la mano.

Defender a Ceuta también significa defender la dignidad de todas las personas que viven en ella.

Ceuta necesita solidaridad, no chivos expiatorios.

Y tampoco racismo ni xenofobia.