Le Déserteur

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Algunas canciones que parecen pertenecer a otro tiempo hasta que vuelves a escucharlas y te das cuenta de que, en realidad, siguen hablando de nosotros. Eso me pasa con «Le Déserteur», de Boris Vian. Fue escrita en 1954, en un momento marcado por la guerra de Indochina y por la posibilidad de una nueva movilización militar, pero lo que cuenta podría haber sido escrito hoy mismo. Porque, en el fondo, no habla solamente de una guerra. Habla de una persona a la que le dicen que tiene que ir a luchar y que decide que no quiere hacerlo. Y también habla de algo tan sencillo y tan difícil como preguntarnos hasta dónde estamos dispuestos a obedecer cuando aquello que nos ordenan choca directamente con nuestra conciencia.

A mí siempre me ha impresionado esa idea. Vivimos acostumbrados a pensar que ser valiente significa enfrentarse a alguien, luchar, resistir o incluso empuñar un arma cuando las circunstancias lo exigen. Pero también hace falta muchísimo valor para decir que no. Para quedarse quieto cuando todo el mundo espera que avances. Para negarte a hacer daño cuando te dicen que hacerlo es tu deber. Para defender que tu vida y la vida de los demás tienen un valor que ninguna bandera, ningún uniforme y ninguna orden deberían poder borrar.

Ahí es donde esta canción se encuentra con los derechos humanos. Porque los derechos humanos no empiezan cuando todo está bien. Empiezan precisamente cuando las cosas se ponen difíciles, cuando aparece la violencia, cuando el miedo se apodera de nosotros y cuando quienes tienen poder intentan convencernos de que determinadas cosas son inevitables. Es entonces cuando necesitamos recordar que detrás de cada uniforme hay una persona y que detrás de cada guerra hay miles, millones de personas que tienen nombre, familia, recuerdos, sueños y una vida que probablemente no eligieron poner en peligro.

A veces hablamos de las guerras como si fueran partidas de ajedrez. Hablamos de territorios, estrategias, ofensivas, victorias y derrotas, pero olvidamos demasiado fácilmente que las guerras no las sufren los mapas. Las sufren las personas; las sufre quien pierde su casa, quien tiene que abandonar su país, quien recibe una llamada diciéndole que alguien ya no volverá, quien crece escuchando explosiones en lugar de jugar tranquilamente en la calle; y las sufren quienes quizá nunca tuvieron nada que ver con las decisiones que provocaron el conflicto y, sin embargo, terminan pagando el precio más alto.

Por eso «Le Déserteur» me parece una canción profundamente humana. Porque no intenta convertir la guerra en una aventura heroica ni presentar la muerte como algo inevitable o glorioso. Nos coloca delante de una persona que simplemente dice que no quiere matar y que tampoco quiere morir por una causa que no siente como propia. Y quizá esa sencillez sea precisamente lo que la hace tan poderosa. No hace falta utilizar grandes discursos para defender la vida. A veces basta con reconocer que queremos seguir vivos y que también queremos que los demás puedan hacerlo.

También hay algo especialmente importante en la canción cuando pensamos en la libertad de conciencia. Una persona puede recibir una orden, pero eso no significa que deje de tener conciencia. Puede existir una obligación legal y, al mismo tiempo, una profunda necesidad moral de preguntarse si aquello que se está haciendo es justo. La historia nos ha enseñado demasiadas veces que la frase “yo solamente obedecía órdenes” no puede convertirse en una respuesta suficiente cuando hablamos de violencia y de graves vulneraciones de los derechos humanos.

Quizá por eso esta canción sigue siendo incómoda tantos años después. Porque nos obliga a preguntarnos qué haríamos nosotros si algún día nos encontráramos en esa situación. ¿Qué haríamos si nos pidieran hacer algo que sabemos que está mal? ¿Qué haríamos si decir que no tuviera consecuencias? ¿Qué haríamos si obedecer fuera lo más sencillo y negarnos fuese lo más difícil? No sé si existe una respuesta fácil para esas preguntas, pero sí creo que merece la pena hacérnoslas antes de que sea demasiado tarde.

«Le Déserteur» también me hace pensar en todas esas personas que, a lo largo de la historia, han tenido que abandonar sus hogares porque no querían participar en una guerra, han rechazado empuñar un arma, han denunciado abusos cometidos por quienes tenían autoridad o simplemente han decidido que no querían formar parte de una maquinaria de violencia. Algunas fueron perseguidas, otras encarceladas y otras tuvieron que empezar de nuevo lejos de sus familias. Muchas nunca aparecieron en los libros de historia, pero su decisión de decir no también forma parte de la historia de los derechos humanos.

Defender los derechos humanos no siempre consiste en hacer algo extraordinario. A veces consiste en algo mucho más cotidiano y mucho más difícil. Consiste en no mirar hacia otro lado; en no acostumbrarnos al sufrimiento; en no pensar que la violencia contra otras personas es un problema que no nos afecta; y en recordar que la dignidad de una persona no depende de su nacionalidad, de su uniforme, de la bandera que lleve o del lado de una frontera en el que haya nacido.

Por eso, cuando escucho esta canción, no pienso solamente en alguien que se niega a ir a una guerra. Pienso en una persona que está intentando conservar algo que ninguna guerra debería poder arrebatarle: su humanidad. Y pienso también en que, en un mundo que tantas veces nos enseña a enfrentarnos, quizá una de las formas más profundas de valentía siga siendo elegir la vida frente a la violencia.

Al final, detrás de todas las fronteras, de todas las banderas y de todas las guerras, seguimos siendo personas que quieren exactamente lo mismo. Solo queremos poder vivir en paz, seguir queriendo a quienes queremos y poder volver a casa.

Mientras alguien tenga el valor de decir no a la violencia, todavía habrá una puerta abierta para la esperanza.

Porque decir no a la guerra también es decir sí a la vida.

Digamos siempre «sí». 

Sí a la vida.

Le déserteur (El desertor – Traducida)

Señor Presidente
Le escribo una carta
Que quizá lea usted
Si tiene tiempo
Acabo de recibir
Mis papeles militares
Para partir a la guerra
Antes del miércoles por la noche

Señor Presidente
Yo no quiero hacerla
No estoy en la tierra
Para matar a pobres gentes
No es para enfadarle
Pero debo decirle
Que mi decisión está tomada
Me voy a desertar

Desde que nací
He visto morir a mi padre
He visto partir a mis hermanos
Y llorar a mis hijos
Mi madre ha sufrido tanto
Que está dentro de su tumba
Y se ríe de las bombas
Y se ríe de los gusanos

Cuando fui prisionero
Me robaron a mi mujer
Me robaron el alma
Y todo mi querido pasado
Mañana por la mañana
Cerraré mi puerta
En las narices de los años muertos
E iré por los caminos

Mendigaré mi vida
Por las carreteras de Francia
De Bretaña a Provenza
Y les diré a la gente:
¡Rechazad obedecer!
¡Rechazad hacerla!
¡No vayáis a la guerra!
¡Rechazad partir!

Si hay que dar la sangre
Id a dar la vuestra
Usted es un buen apóstol
Señor Presidente
Si me persigue
Avise a sus gendarmes
Que no llevaré armas
Y que podrán disparar.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Le Déserteur

Certaines chansons semblent appartenir à une autre époque jusqu’au jour où on les réécoute et où l’on se rend compte qu’en réalité, elles continuent de parler de nous. C’est exactement ce que je ressens avec « Le Déserteur », de Boris Vian. Écrite en 1954, dans un contexte marqué par la guerre d’Indochine et par la perspective d’une nouvelle mobilisation militaire, elle raconte pourtant quelque chose qui aurait parfaitement pu être écrit aujourd’hui. Car au fond, cette chanson ne parle pas seulement d’une guerre. Elle parle d’une personne à qui l’on dit qu’elle doit aller combattre et qui décide qu’elle ne veut pas le faire. Elle parle aussi de quelque chose d’aussi simple que difficile, se demander jusqu’où nous sommes prêts à obéir lorsque ce que l’on nous ordonne entre directement en conflit avec notre conscience.

Cette idée m’a toujours profondément marqué. Nous avons l’habitude de penser qu’être courageux signifie affronter quelqu’un, se battre, résister ou même prendre les armes lorsque les circonstances l’exigent. Mais il faut aussi énormément de courage pour dire non. Pour rester immobile lorsque tout le monde attend de nous que nous avancions. Pour refuser de faire du mal lorsque l’on nous dit que c’est notre devoir. Pour défendre l’idée que notre vie et celle des autres ont une valeur qu’aucun drapeau, aucun uniforme et aucun ordre ne devraient pouvoir effacer.

C’est là que cette chanson rejoint les droits humains. Car les droits humains ne commencent pas lorsque tout va bien. Ils commencent précisément lorsque les choses deviennent difficiles, lorsque la violence apparaît, lorsque la peur s’empare de nous et lorsque ceux qui détiennent le pouvoir essaient de nous convaincre que certaines choses sont inévitables. C’est alors que nous devons nous rappeler que derrière chaque uniforme se trouve une personne et que derrière chaque guerre se trouvent des milliers, des millions de personnes qui ont un nom, une famille, des souvenirs, des rêves et une vie qu’elles n’ont probablement jamais choisi de mettre en danger.

Nous parlons parfois des guerres comme s’il s’agissait de parties d’échecs. Nous parlons de territoires, de stratégies, d’offensives, de victoires et de défaites, mais nous oublions trop facilement que les guerres ne sont pas vécues par les cartes. Elles sont vécues par les personnes. Elles sont vécues par celui ou celle qui perd sa maison, par celui ou celle qui doit quitter son pays, par celui ou celle qui reçoit un appel lui annonçant qu’une personne qu’il aime ne rentrera plus jamais, par celui ou celle qui grandit en entendant des explosions au lieu de jouer tranquillement dans la rue. Et elles sont vécues par des personnes qui n’ont peut-être jamais rien eu à voir avec les décisions qui ont provoqué le conflit et qui, pourtant, finissent par en payer le prix le plus lourd.

C’est pour cela que « Le Déserteur » me semble être une chanson profondément humaine. Elle ne cherche pas à transformer la guerre en aventure héroïque ni à présenter la mort comme quelque chose d’inévitable ou de glorieux. Elle nous place face à une personne qui dit simplement qu’elle ne veut pas tuer et qu’elle ne veut pas non plus mourir pour une cause qu’elle ne considère pas comme la sienne. Et c’est peut-être précisément cette simplicité qui la rend si puissante. Il n’est pas nécessaire de prononcer de grands discours pour défendre la vie. Parfois, il suffit de reconnaître que nous voulons continuer à vivre et que nous voulons aussi que les autres puissent en faire autant.

Il y a également quelque chose de particulièrement important dans cette chanson lorsque l’on pense à la liberté de conscience. Une personne peut recevoir un ordre, mais cela ne signifie pas qu’elle cesse d’avoir une conscience. Il peut exister une obligation légale et, en même temps, un profond besoin moral de se demander si ce que l’on est en train de faire est juste. L’Histoire nous a montré bien trop souvent que la phrase « je ne faisais qu’obéir aux ordres » ne peut pas devenir une réponse suffisante lorsqu’il est question de violence et de graves violations des droits humains.

C’est peut-être pour cela que cette chanson reste aussi dérangeante, tant d’années après. Parce qu’elle nous oblige à nous demander ce que nous ferions si, un jour, nous nous retrouvions dans une telle situation. Que ferions-nous si l’on nous demandait de faire quelque chose dont nous savons que c’est mal ? Que ferions-nous si dire non avait des conséquences ? Que ferions-nous si obéir était la solution la plus simple et refuser était la plus difficile ? Je ne sais pas s’il existe une réponse facile à ces questions, mais je crois profondément que cela vaut la peine de se les poser avant qu’il ne soit trop tard.

« Le Déserteur » me fait également penser à toutes ces personnes qui, au cours de l’Histoire, ont dû abandonner leur foyer parce qu’elles ne voulaient pas participer à une guerre, qui ont refusé de prendre les armes, qui ont dénoncé les abus commis par ceux qui détenaient l’autorité ou qui ont simplement décidé qu’elles ne voulaient pas faire partie d’une machine fondée sur la violence. Certaines ont été persécutées, d’autres emprisonnées et d’autres encore ont dû recommencer leur vie loin de leurs proches. Beaucoup n’ont jamais figuré dans les livres d’Histoire, mais leur décision de dire non fait elle aussi partie de l’histoire des droits humains.

Défendre les droits humains ne signifie pas toujours accomplir quelque chose d’extraordinaire. Parfois, cela consiste en quelque chose de beaucoup plus quotidien et de beaucoup plus difficile. Cela signifie ne pas détourner le regard, ne pas nous habituer à la souffrance, ne pas penser que la violence faite aux autres est un problème qui ne nous concerne pas et nous rappeler que la dignité d’une personne ne dépend ni de sa nationalité, ni de son uniforme, ni du drapeau qu’elle porte, ni du côté de la frontière où elle est née.

C’est pourquoi, lorsque j’écoute cette chanson, je ne pense pas seulement à quelqu’un qui refuse d’aller à la guerre. Je pense à une personne qui essaie de préserver quelque chose qu’aucune guerre ne devrait pouvoir lui enlever, son humanité. Et je pense aussi que, dans un monde qui nous apprend si souvent à nous opposer les uns aux autres, l’une des formes les plus profondes de courage consiste peut-être encore à choisir la vie plutôt que la violence.

Au fond, derrière toutes les frontières, tous les drapeaux et toutes les guerres, nous restons des êtres humains qui veulent exactement la même chose. Nous voulons simplement pouvoir vivre en paix, continuer à aimer ceux que nous aimons et pouvoir rentrer chez nous.

Tant qu’une personne aura le courage de dire non à la violence, une porte restera ouverte sur l’espoir.

Parce que dire non à la guerre, c’est aussi dire oui à la vie.

Disons toujours “Oui”.

Oui à la vie.

Le déserteur

Monsieur le Président
Je vous fais une lettre
Que vous lirez peut-être
Si vous avez le temps
Je viens de recevoir
Mes papiers militaires
Pour partir à la guerre
Avant mercredi soir

Monsieur le Président
Je ne veux pas la faire
Je ne suis pas sur terre
Pour tuer des pauvres gens
C’est pas pour vous fâcher
Il faut que je vous dise
Ma décision est prise
Je m’en vais déserter

Depuis que je suis né
J’ai vu mourir mon père
J’ai vu partir mes frères
Et pleurer mes enfants
Ma mère a tant souffert
Qu’elle est dedans sa tombe
Et se moque des bombes
Et se moque des vers

Quand j’étais prisonnier
On m’a volé ma femme
On m’a volé mon âme
Et tout mon cher passé
Demain de bon matin

Je fermerai ma porte
Au nez des années mortes
J’irai sur les chemins
Je mendierai ma vie
Sur les routes de France
De Bretagne en Provence
Et je dirai aux gens
Refusez d’obéir
Refusez de la faire
N’allez pas à la guerre
Refusez de partir

S’il faut donner son sang
Allez donner le vôtre
Vous êtes bon apôtre
Monsieur le Président
Si vous me poursuivez
Prévenez vos gendarmes
Que je n’aurai pas d’armes
Et qu’ils pourront tirer

El negacionismo de la violencia de género

En democracia hay pactos políticos que pueden analizarse desde la aritmética parlamentaria, desde el reparto de consejerías o desde las medidas económicas que contienen. Pero hay otros que debemos mirar también desde una perspectiva de derechos humanos y, especialmente, desde una perspectiva feminista, porque detrás de determinadas decisiones políticas no hay únicamente instituciones, presupuestos o estructuras administrativas, sino mujeres que necesitan que esas instituciones funcionen cuando su vida se encuentra en una situación límite.

El pacto de gobierno entre el Partido Popular y Vox en Andalucía, firmado el 2 de julio de 2026, merece precisamente esa mirada. No porque podamos afirmar que haya derogado los derechos de las víctimas, algo que no ha ocurrido, sino porque coloca determinadas estructuras vinculadas a la Justicia y a la valoración de la violencia de género bajo la responsabilidad política de un partido que ha defendido públicamente la derogación de la legislación específica contra esta violencia. 

Conviene empezar por una cuestión fundamental para no caer en simplificaciones. El acuerdo entre PP y Vox no ha derogado la Ley Orgánica 1/2004 ni la Ley andaluza 13/2007, y las mujeres víctimas continúan teniendo los derechos reconocidos por nuestro ordenamiento jurídico. Tampoco han desaparecido las Unidades de Valoración Integral de Violencia de Género, ni puede un acuerdo autonómico dejar sin efecto por sí mismo una ley orgánica estatal. Precisamente por eso, la alerta que planteo no consiste en afirmar que esos derechos hayan desaparecido de un día para otro. La preocupación es otra y, a mi juicio, mucho más seria. Porque ¿qué puede ocurrir cuando las estructuras encargadas de hacer efectivos esos derechos quedan bajo la dirección política de quienes han cuestionado la propia existencia del concepto jurídico de violencia de género?

El acuerdo firmado por PP y Vox contiene 150 medidas para la legislatura y concede a Vox la Vicepresidencia de la Junta y la Consejería de Turismo, Desregulación, Justicia y Administración Local. Entre sus quince bloques aparece expresamente uno dedicado a las llamadas “leyes ideológicas”, en el que ambas formaciones se comprometen a revisar y, en su caso, derogar disposiciones normativas, organismos, subvenciones o ayudas públicas que consideren superfluos o ineficientes. El problema no es que cualquier administración pueda revisar sus políticas públicas, porque eso forma parte de la normalidad democrática, sino que debemos preguntarnos qué puede suceder cuando dentro de ese proceso de revisión se encuentran políticas específicamente dirigidas a combatir la violencia contra las mujeres y estructuras cuya existencia responde precisamente a una legislación especializada. 

Aquí resulta imposible ignorar cuál ha sido la posición política de Vox. En el Parlamento de Andalucía, en febrero de 2026, un representante de la formación afirmó expresamente que la legislación de violencia de género debía ser derogada y sostuvo que esas normas constituían leyes ideológicas que, según su planteamiento, no protegían adecuadamente a las mujeres. No se trata, por tanto, de atribuirle a Vox una intención que no haya expresado, sino de recordar lo que el propio partido ha defendido públicamente. Esa posición adquiere una relevancia especial cuando la misma formación pasa de cuestionar desde la oposición determinadas estructuras a participar directamente en el Gobierno que tiene competencias sobre algunas de ellas.

Desde una perspectiva feminista, esto debería preocuparnos porque la violencia de género no es simplemente una categoría administrativa inventada para clasificar determinadas agresiones. Es el reconocimiento de una realidad social específica que durante décadas fue minimizada, ocultada o presentada como un problema privado de las parejas. La violencia ejercida contra una mujer por su pareja o expareja no puede comprenderse siempre de la misma manera que cualquier otra forma de violencia producida dentro de una familia. Existen patrones de control, dominación, aislamiento, dependencia económica, violencia psicológica, violencia sexual y miedo que requieren profesionales capaces de identificar esa realidad y no limitarse a constatar el último episodio de violencia física que haya llegado a conocimiento de las autoridades.

Por eso las palabras importan, pero importan todavía más las consecuencias que tienen detrás. Sustituir progresivamente la expresión “violencia de género” por “violencia doméstica” o “violencia intrafamiliar” puede presentarse como una cuestión meramente terminológica, pero los conceptos jurídicos y las políticas públicas no son intercambiables sin más. La violencia doméstica puede afectar a diferentes miembros de una familia, mientras que la violencia de género, en el marco de la Ley Orgánica 1/2004, responde a una realidad específica de violencia ejercida contra las mujeres por quienes sean o hayan sido sus cónyuges o estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad. Eliminar esa especificidad puede dificultar la identificación de los factores que explican determinadas violencias y, con ello, debilitar la respuesta especializada que se ha construido durante años.

La violencia machista tampoco comienza necesariamente el día en que una mujer presenta una denuncia. Muchas veces comienza mucho antes, con el control de sus amistades, con la vigilancia del teléfono, con el aislamiento de su familia, con la destrucción de su autoestima, con la dependencia económica, con las amenazas, con la violencia sexual o con la utilización de los hijos e hijas como instrumentos de control. Una mujer puede tardar años en denunciar porque tiene miedo, porque depende económicamente de su agresor, porque piensa que nadie la creerá, porque teme perder a sus hijos, porque carece de una vivienda a la que acudir o porque ha interiorizado durante años que aquello que está viviendo es una cuestión privada que debe solucionar dentro de su propia casa. Comprender todo esto exige formación y especialización, y no una respuesta administrativa genérica.

Por eso las Unidades de Valoración Integral de Violencia de Género son tan importantes. No estamos hablando de organismos dedicados a campañas políticas ni de oficinas cuyo único cometido sea utilizar una determinada terminología. Son unidades multidisciplinares integradas por profesionales de la Medicina Forense, la Psicología y el Trabajo Social, encargadas de realizar, cuando lo solicitan los órganos judiciales, valoraciones integrales de los efectos de la violencia física, psicológica y sexual sobre las mujeres, así como de las consecuencias que la exposición a la violencia y las agresiones puede producir en sus hijos e hijas y menores a cargo. También valoran aspectos relacionados con el agresor, incluido el riesgo de reincidencia, y determinadas consecuencias relevantes en procedimientos civiles.

Hay además un dato que considero especialmente significativo y que demuestra que el debate no puede reducirse a decir que «las unidades siguen existiendo». El 14 de abril de 2026, apenas unas semanas antes de las elecciones y del pacto de Gobierno, la propia Junta de Andalucía aprobó la creación de ocho puestos de coordinación, uno para cada Unidad de Valoración Integral existente en los Institutos de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Andalucía. La resolución justificaba el refuerzo por el aumento de la carga de trabajo derivado de las nuevas competencias de las Secciones de Violencia sobre la Mujer y establecía entre las funciones de los nuevos coordinadores el control de los tiempos de emisión de informes, la estadística, la relación con órganos judiciales, Fiscalía, servicios de asistencia a víctimas y Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. 

Es decir, la propia Administración andaluza había identificado la necesidad de reforzar estas unidades especializadas. Pocos meses después, tras el pacto entre PP y Vox, la responsabilidad política sobre Justicia pasó a manos de Vox. El cambio institucional, por tanto, no es imaginario. Existe y merece ser observado con atención, especialmente teniendo en cuenta que hablamos de estructuras que proporcionan apoyo técnico especializado a la Administración de Justicia.

Pero aquí también aparece uno de los riesgos que más me preocupa. El debilitamiento de un sistema de protección no tiene por qué comenzar con una ley que diga expresamente “se eliminan los derechos de las mujeres”. Puede producirse de una forma mucho más silenciosa, mediante la reducción de profesionales, la falta de sustituciones, el aumento de los tiempos de espera, la pérdida de formación específica, la reducción de recursos psicológicos, el debilitamiento de las casas de acogida, la desaparición de programas de prevención o la sustitución de servicios especializados por otros de carácter general. Una ley puede continuar exactamente igual mientras el derecho que reconoce se vuelve cada vez más difícil de ejercer en la realidad cotidiana, ya sea por el vaciado de competencias o por ausencia de dotación presupuestaria.

Eso es lo que debemos vigilar. Porque el derecho de una mujer a recibir protección no se satisface simplemente porque exista una norma que diga que tiene derecho a ella. Si una víctima necesita una valoración especializada y debe esperar demasiado tiempo, si no encuentra asistencia psicológica suficiente, si carece de un recurso habitacional para abandonar a su agresor o si se encuentra ante profesionales que no han recibido la formación necesaria para identificar determinadas formas de violencia, el reconocimiento formal del derecho no basta. Los derechos humanos necesitan instituciones capaces de hacerlos efectivos.

El modelo estatal actual, además, está avanzando precisamente en la dirección contraria a la desespecialización. La renovación del Pacto de Estado contra la Violencia de Género aprobada en 2025 amplió las medidas de 290 a 461 e incorporó expresamente ámbitos como la violencia vicaria, económica y digital, además de reforzar la prevención, la respuesta institucional, la asistencia y protección, la formación y el seguimiento estadístico. El Pacto presta también especial atención a mujeres rurales y mujeres con discapacidad, lo que demuestra que la respuesta frente a la violencia no puede reducirse a una única fórmula indiferenciada.

Durante 2026, además, el Estado ha previsto transferencias a las comunidades autónomas para desarrollar programas relacionados con el Pacto de Estado. En abril se acordó la distribución de casi 180 millones de euros a las comunidades y a Ceuta y Melilla, de los cuales 160 millones se destinaban al desarrollo del Pacto de Estado, mientras que otros fondos se dirigían a asistencia social integral, planes personalizados, apoyo a víctimas de violencia sexual y prevención. La distribución tiene en cuenta, entre otros factores, la población rural, las mujeres extranjeras, las mujeres mayores y las mujeres con discapacidad.

Esto introduce otra cuestión fundamental. Andalucía tiene margen para organizar sus competencias y diseñar sus políticas públicas, pero no puede utilizar una decisión administrativa o un acuerdo de gobierno para dejar sin efecto las obligaciones derivadas de la legislación estatal, del marco europeo o de los compromisos internacionales asumidos por España. Tampoco puede convertir una valoración médico-forense o psicológica en una herramienta política. Quienes trabajan en las unidades de valoración deben poder actuar conforme a criterios técnicos, científicos y profesionales, con independencia de quién ocupe en cada momento una consejería.

Desde una perspectiva feminista, también debemos prestar especial atención a las mujeres que se encuentran en situaciones de mayor vulnerabilidad. Una mujer que intenta escapar de una relación violenta puede necesitar simultáneamente asistencia jurídica, apoyo psicológico, protección policial, una vivienda segura, ingresos económicos y ayuda para sus hijos. Si además es migrante, tiene una discapacidad, vive en un entorno rural o carece de una red familiar, las dificultades pueden multiplicarse. El propio Pacto de Estado renovado reconoce la necesidad de prestar especial atención a diferentes situaciones de vulnerabilidad, y cualquier política pública que pretenda proteger realmente a las víctimas debe tenerlas presentes.

La vivienda es un ejemplo especialmente claro. Decirle a una mujer que abandone a su agresor puede parecer sencillo cuando se contempla desde fuera, pero la realidad es muy diferente cuando esa mujer no tiene dinero, no tiene empleo, tiene hijos a su cargo y no dispone de ningún lugar seguro al que acudir. La protección frente a la violencia no puede limitarse a la denuncia y al procedimiento penal. Tiene que incluir las condiciones materiales que permitan a una mujer reconstruir su vida sin verse obligada a regresar junto a quien la maltrata.

Y tampoco podemos olvidar a los menores. Una criatura que crece contemplando cómo su padre controla, amenaza, humilla o golpea a su madre no es simplemente un espectador ajeno a la violencia. Las propias Unidades de Valoración Integral tienen entre sus funciones valorar los efectos de la exposición a la violencia y de las agresiones sufridas por hijos, hijas y menores a cargo. La respuesta institucional debe comprender, por tanto, que proteger a una mujer también significa proteger a quienes dependen de ella y a quienes pueden estar sufriendo las consecuencias de esa violencia.

También hay otra cuestión que tampoco deberíamos perder de vista. Durante décadas, las mujeres tuvieron que escuchar que los problemas de pareja debían quedarse dentro de casa, que una discusión matrimonial no era asunto del Estado, que los celos eran una manifestación de amor, que determinados comportamientos eran normales o que una mujer que permanecía junto a un hombre violento debía asumir alguna responsabilidad por no marcharse. El feminismo tuvo que luchar contra todas esas ideas para conseguir que entendiéramos que la violencia contra las mujeres no es un asunto privado, sino una cuestión de derechos humanos, igualdad y responsabilidad pública.

Por eso me preocupa profundamente que un partido que ha defendido la derogación de la legislación específica de violencia de género tenga ahora capacidad directa sobre estructuras relacionadas con la Justicia y la valoración de estas víctimas. No porque podamos afirmar que las unidades hayan dejado de funcionar o que los derechos hayan desaparecido, sino porque existe una contradicción política que no podemos ignorar: quienes han cuestionado la necesidad de una respuesta específica pasan a tener responsabilidad institucional sobre una parte de esa misma respuesta. Esa contradicción exige vigilancia democrática, transparencia y evaluación permanente de los resultados.

No se trata de decir que todo lo que haga Vox vaya a perjudicar necesariamente a las víctimas, ni de atribuir de antemano a cada funcionario o profesional una determinada posición ideológica. Sería injusto y, además, jurídicamente poco riguroso. Se trata de algo mucho más sencillo que consiste simplemente en observar los hechos y exigir garantías. Habrá que comprobar qué ocurre con los presupuestos, cuántos profesionales trabajan en las unidades de valoración, cuánto tardan en emitirse los informes, qué formación reciben quienes atienden a las víctimas, qué recursos de asistencia psicológica y jurídica se mantienen, qué sucede con las casas de acogida, cómo se utilizan los fondos del Pacto de Estado y si se mantiene una respuesta especializada para las diferentes formas de violencia contra las mujeres.

También habrá que estar atentos al lenguaje institucional, porque las palabras pueden anticipar transformaciones más profundas. Si progresivamente dejamos de hablar de violencia de género para hablar únicamente de violencia doméstica o intrafamiliar, debemos preguntarnos qué consecuencias tiene ese cambio sobre las estadísticas, los protocolos, la formación profesional, la prevención, la identificación de los factores de riesgo y la propia percepción social del problema. No todo cambio terminológico implica automáticamente una pérdida de derechos, pero tampoco todo cambio terminológico es inocuo. Lo importante será comprobar qué políticas y obligaciones acompañan a ese lenguaje.

La negación de la violencia de género tiene precisamente ese peligro. Si negamos que exista una dimensión específica relacionada con el género, dejamos de buscar las causas específicas que la producen; si dejamos de identificar esas causas, podemos diseñar respuestas menos adecuadas; y si las respuestas dejan de ser adecuadas, quienes terminan pagando el precio no son quienes participan en los debates parlamentarios, sino las mujeres que necesitan ayuda cuando ya no pueden protegerse por sí mismas.

No quiero que se confunda esta preocupación con alarmismo. Precisamente porque hablamos de derechos humanos debemos ser capaces de distinguir entre lo que ya ha ocurrido, lo que el pacto establece y aquello que constituye un riesgo que todavía debe comprobarse. Hoy no podemos decir que el pacto PP-Vox haya eliminado los derechos de las mujeres víctimas de violencia de género, porque no es cierto. Tampoco podemos afirmar que las Unidades de Valoración Integral hayan sido eliminadas, porque siguen existiendo y, de hecho, fueron reforzadas en abril de 2026. Lo que sí podemos afirmar es que Vox ha defendido públicamente la derogación de la legislación específica, que ahora participa en el Gobierno andaluz y que el acuerdo incluye un mecanismo de revisión de leyes, organismos y ayudas que ambas formaciones consideran ideológicos, mientras determinadas competencias de Justicia han quedado bajo responsabilidad de este partido. 

Precisamente por eso debemos permanecer vigilantes. No necesitamos esperar a que desaparezca una ley para defenderla; no necesitamos esperar a que se reduzca un recurso para preguntar por su presupuesto; y no necesitamos esperar a que una mujer sea desatendida para exigir que existan profesionales suficientes. La prevención de cualquier retroceso democrático consiste precisamente en detectar a tiempo las decisiones que pueden debilitar los derechos y exigir explicaciones antes de que las consecuencias sean irreversibles.

Como sociedad, tenemos la obligación de recordar por qué se construyó este sistema de protección. No se construyó para perseguir a los hombres ni para establecer una guerra entre sexos, como sostiene parte del discurso político que cuestiona estas políticas. Se construyó porque durante demasiado tiempo miles de mujeres sufrieron violencia en silencio y porque las instituciones no fueron capaces de ofrecerles una respuesta adecuada. Y también se construyó porque comprendimos que la igualdad formal no bastaba cuando una mujer tenía miedo de abandonar a su pareja, cuando dependía económicamente de él o cuando sus hijos podían convertirse en instrumentos de control y violencia.

No olvidemos que proteger específicamente a las mujeres víctimas de violencia de género no significa negar la existencia de otras formas de violencia. Todas las víctimas merecen protección, independientemente de su sexo, edad o circunstancia. Precisamente por eso necesitamos políticas públicas capaces de identificar las características particulares de cada forma de violencia y responder adecuadamente a ellas, en lugar de borrar las diferencias bajo una única categoría que termine invisibilizando las causas específicas de determinadas agresiones.

Debemos estar atentos porque no podemos volver a una época en la que una mujer tenía que demostrar que lo que sucedía dentro de su casa era suficientemente grave para que alguien decidiera intervenir; no podemos regresar a un momento en el que los celos, el control o la violencia psicológica eran considerados asuntos privados; y no podemos permitir que la perspectiva de género sea presentada como una amenaza cuando, en realidad, ha sido una herramienta para hacer visible aquello que durante décadas permaneció oculto.

Porque detrás de cada expediente hay una mujer; detrás de cada valoración hay una historia que alguien necesita comprender; detrás de cada recurso hay una posibilidad de escapar; y detrás de cada decisión política existe una responsabilidad pública que no puede desaparecer simplemente porque cambie el partido que ocupa un despacho.

Por eso, ante el pacto entre el Partido Popular y Vox, no creo que debamos permanecer callados ni esperar pasivamente a comprobar qué sucede. Debemos observar, preguntar, exigir transparencia y defender con firmeza las estructuras que funcionan y los derechos que tanto costó conquistar. Debemos exigir que cualquier modificación administrativa preserve la especialización, la independencia profesional, la asistencia integral y la protección efectiva de las víctimas, y debemos denunciar cualquier retroceso cuando existan hechos que permitan acreditarlo.

Porque la violencia de género no desaparece cuando dejamos de nombrarla. Una mujer no deja de ser víctima porque una administración utilice otra palabra para describir lo que le ocurre; un menor no deja de sufrir porque cambiemos la categoría estadística de la violencia que presencia; y una mujer asesinada no vuelve a la vida porque alguien decida que el problema nunca tuvo una dimensión de género.

La negación no protege y la invisibilización tampoco. Lo que protege son los derechos, los recursos, la especialización, la prevención, la educación, la justicia y una sociedad que se niega a aceptar como normal aquello que nunca debió serlo.

Si quienes niegan la existencia de la violencia de género pasan a tener responsabilidades sobre parte de las estructuras destinadas a combatirla, entonces nuestra obligación como sociedad civil es todavía mayor. No para convertir la protección de las mujeres en una batalla partidista, sino para recordar algo que debería estar por encima de cualquier pacto de Gobierno. Y es que los derechos de las mujeres no pueden depender de quién ocupe una consejería.

Las mujeres tienen derecho a ser escuchadas, protegidas y creídas. Tienen derecho a una justicia especializada y a profesionales capaces de comprender la violencia que han sufrido; tienen derecho a reconstruir sus vidas y a hacerlo libres de miedo; y tienen derecho a que ningún cambio político convierta nuevamente la violencia que sufren en aquello que durante demasiado tiempo fue considerada: un problema privado que debía permanecer dentro de casa.

Cuando una sociedad deja de reconocer una violencia que sufren las mujeres, quienes primero quedan desprotegidas no son las instituciones ni los partidos. Son las mujeres.

Negar la violencia de género no hace que esta desaparezca. Solo consigue que sea más difícil reconocerla, denunciarla, combatirla y proteger a quienes la sufren.

No queremos más silencio frente a la violencia machista. 

Queremos mujeres vivas, libres e iguales.

Y sin violencia.

La pulsera arcoíris

Cada día, hay pequeños gestos a nuestro alrededor que pueden parecer pequeños e insignificantes, pero que tienen un significado enorme. Uno de ellos es llevar una pulsera arcoíris en la muñeca.

Personalmente, no la llevo únicamente como un símbolo de orgullo ni tampoco como un simple complemento. La llevo principalmente por amor y porque para mí representa algo que considero especialmente importante. ¿El qué? Muy fácil, quiero ser una persona segura para quien necesite encontrar un lugar en el que poder ser quien es.

Normalmente, cuando alguien ve esa pulsera, puede pensar simplemente que son los colores del arcoíris. Pero también creo que puede significar algo diferente para quien la mira desde una situación de miedo, soledad o vulnerabilidad. ¿Por qué? Porque también puede significar que, tal vez, delante de esa persona exista alguien con quien poder hablar.

Quizá sea una adolescente que todavía no se atreve a contar que es lesbiana; quizá sea un chico que se siente atraído por un compañero de su equipo de fútbol; quizá sea una persona trans que acaba de sufrir una situación de discriminación; quizá sea alguien que está siendo víctima de acoso en su instituto o que está recibiendo insultos en redes sociales o que simplemente no sabe cómo explicar lo que está sintiendo. ¿Quién sabe? Quizá esa persona vea mi muñeca y, aunque puede que nunca llegue a decirme nada, y que simplemente continúe caminando, tal vez, durante unos segundos, pueda pensar que, si algún día necesita hablar, conmigo puede hacerlo.

Eso es lo que para mí significa ser una persona segura. No significa que tenga todas las respuestas ni que pueda solucionar la vida de nadie. Tampoco que sea capaz de evitar todo el dolor que existe alrededor de las personas LGTBIQ+. Solo significa algo mucho más sencillo. Y es que quiero que quien se acerque a mí sepa que no voy a juzgarle por ser quien es.

Quiero escuchar sin cuestionar; quiero respetar la intimidad de quien deposita su confianza en mí; quiero poder escuchar la palabra “gay”, “lesbiana”, “bisexual”, “trans” o cualquier otra realidad sin convertirla en motivo de sorpresa, burla o rechazo; quiero que alguien pueda hablarme de su pareja utilizando el género que corresponde sin tener que mirar antes alrededor para comprobar si es seguro hacerlo; y también quiero saber reconocer cuándo mis conocimientos no son suficientes y cuándo lo responsable es acompañar a esa persona hacia profesionales o entidades que puedan ayudarla.

Llevar una pulsera arcoíris no convierte automáticamente a nadie en una persona segura. Lo que nos convierte en personas seguras es lo que hacemos cuando alguien decide confiar en ti. Por eso creo que esto es especialmente importante cuando hablamos de infancia y adolescencia. Porque muchas veces olvidamos que hay jóvenes que pasan una parte enorme de su vida intentando averiguar quién puede escucharles sin hacerles daño: jóvenes que quizá todavía no han encontrado esa persona adulta en la que puedan confiar: y jóvenes que pueden sentirse absolutamente solos incluso estando rodeados de compañeros, profesores o familiares.

Quizá, por esa razón, cuando voy a un centro educativo y hablo de diversidad, acoso escolar, ciberviolencia o delitos de odio, no quiero limitarme a transmitir conocimientos. También quiero transmitir un mensaje humano y quiero que quien esté sentado delante de mí pueda pensar que hay personas adultas dispuestas a escuchar y a tomarse en serio aquello que estás viviendo.

A veces creemos que la defensa de los derechos humanos tiene que ser siempre algo enorme, una denuncia, una sentencia, una manifestación, una conferencia, una campaña o un informe. Por supuesto, todo eso importa, pero los derechos humanos también empiezan en algo tan sencillo como hacer que otra persona no tenga miedo de hablar contigo.

Por eso sigo llevando mi pulsera arcoíris, por amor y porque no sé quién puede verla. No sé si será alguien que simplemente comparte mi orgullo; no sé si será alguien que necesita sentirse acompañado; no sé si será un adolescente que todavía no ha podido decir en voz alta quién es; no sé si será una persona que acaba de sufrir una discriminación y está buscando a alguien que pueda escucharla; y no sé quién está al otro lado de esa mirada y cuál es su dolor.

Pero sí sé qué es lo que quiero transmitirte. Y es que, si algún día necesitas hablar, puedes acercarte a mí. No prometo tener todas las respuestas y tampoco prometo poder solucionar todo. Pero sí puedo prometer algo mucho más sencillo. Y es que no voy a juzgarte por ser quien eres.

Quizá una pequeña pulsera de colores pueda servir para que alguien, en medio de un mundo que a veces resulta demasiado hostil y gris, pueda ver que los colores del arcoiris siguen brillando.

Porque quiero que sepas que, al menos conmigo, puedes sentirte a salvo.

Y, si me necesitas, aquí estoy.