A simple vista, algunas imágenes parecen simplemente una broma, una provocación o una frase ingeniosa compartida en redes sociales. Sin embargo, cuando las miramos con un poco más de atención, descubrimos que detrás de ellas hay algo bastante más profundo, una determinada manera de mirar al otro. Las dos imágenes que acompañan esta reflexión hablan de inmigración, pero en realidad hablan de algo mucho más importante. Hablan de cómo construimos al “otro”, de cómo fabricamos enemigos y de cómo podemos llegar a convencernos de que determinadas personas merecen menos empatía, menos comprensión e incluso menos derechos simplemente porque han nacido en otro lugar.
Una de las imágenes es una viñeta del mensaje de Jesús y cómo serían sus seguidores en la actualidad. En ella aparece Jesús recordando algo tan sencillo como “Dad de comer al hambriento, dad de beber al sediento”, mientras a su alrededor algunos de sus supuestos seguidores responden con frases como “¡Llévatelos a tu casa!”, “¡Si luego todos van con el iPhone!”, “¡Vete a Cuba!”, “¡Vete a la mierda, jipí!”, “¡Subvencionao!”, “¡Comunista!”, “¡Etarra!” y “‘¡Carapaja!”. Todos ellos insultos muy “elocuentes”.
La escena tiene un evidente componente satírico, pero la broma funciona precisamente porque resulta demasiado reconocible. Hay una contradicción bastante incómoda entre los valores que decimos defender y la manera en que reaccionamos cuando quienes necesitan ayuda dejan de parecernos suficientemente parecidos a nosotros.
Es curioso cómo algunas personas pueden hablar durante horas de solidaridad, de valores cristianos, de caridad, de familia o de humanidad, pero cuando aparece delante de ellas alguien que tiene hambre, que huye de la guerra, que busca una oportunidad o que simplemente intenta sobrevivir, la solidaridad parece tener de repente unas condiciones de entrada bastante estrictas. Parece que la compasión necesita pasaporte; que la dignidad necesita nacionalidad; que la pobreza debe tener el aspecto que nosotros esperamos; y que, si la persona que la sufre lleva un teléfono móvil, unas zapatillas nuevas o simplemente intenta disfrutar de algún pequeño momento de normalidad, automáticamente deja de ser una víctima digna de nuestra empatía.
El famoso “¡Si luego todos van con el iPhone!” resume perfectamente esa lógica. Como si una persona que ha pasado hambre no pudiera tener un teléfono; como si quien ha sufrido una guerra tuviera que conservar para siempre la apariencia de una víctima para demostrar que realmente ha sufrido; o como si una persona pobre no pudiera ahorrar, recibir un regalo, comprar algo que le guste a plazos, con mucho esfuerzo y utilizar la misma tecnología que utilizamos nosotros. Resulta bastante absurdo exigir a alguien que permanezca visualmente en la pobreza para que podamos seguir considerándolo pobre o, simplemente, vulnerable.
Pero hay algo todavía más preocupante en la segunda imagen. Sobre una fotografía de unos pies embarrados aparece una frase que dice “Aquí unos pies de emigrante invadiendo países”. Y conviene detenerse en la palabra “invadiendo”.
No dice que una persona esté emigrando. No habla de alguien que cruza una frontera buscando trabajo, que huye de una persecución, que intenta reunirse con su familia o que busca una vida mejor. Dicen que están invadiendo. Y una invasión es otra cosa. Una invasión implica un enemigo, una amenaza, una fuerza hostil que avanza sobre nuestro territorio; una invasión se combate; una invasión se repele; y una invasión provoca miedo.
Por eso utilizar esa palabra para hablar de inmigración no es una cuestión meramente de uso de vocabulario. Las palabras importan y mucho. No solamente describen la realidad, sino que también pueden moldear la manera en que la percibimos. Si hablamos de personas que migran, podemos preguntarnos por sus historias, por sus circunstancias y por las razones que las han llevado hasta allí. Si hablamos de una invasión, automáticamente empezamos a preguntarnos cómo defendernos de ellas.
Y ahí está precisamente el problema. Cuando una persona deja de ser presentada como una persona y empieza a ser presentada como una amenaza, resulta mucho más fácil justificar la indiferencia y el odio hacia ella. Ya no necesitamos conocer su historia; ya no necesitamos saber por qué ha llegado; y ya no necesitamos preguntarnos qué ha dejado atrás. Basta con colocarle una etiqueta y convertirla en parte de una masa anónima.
La propia fotografía utiliza de los pies destrozados de una persona migrante guarda un mensaje muy significativo. No vemos un rostro; no vemos unos ojos; no vemos una familia; y tampoco vemos a una madre abrazando a su hijo, a un joven con una mochila, a un trabajador buscando empleo o a alguien que acaba de recorrer cientos de kilómetros. Vemos unos pies, unos pies sucios, embarrados y castigados por el camino, fotografiados de una manera que provoca compasión, pero también rechazo.
Existe es una forma bastante evidente de deshumanización que se ceba con las personas migrantes particularmente. Primero eliminamos el rostro, después eliminamos la historia y, finalmente, dejamos únicamente una imagen desagradable que podamos asociar con una categoría de personas. Ya no vemos a un ser humano. Vemos al “inmigrante”, al “mena”, a un “criminal” sin presunción, cuyo único delito es querer sobrevivir a la pobreza, al hambre y a la guerra en su tierra natal de la que se ha visto obligado a huir.
Pero “el inmigrante” no existe como ese personaje único que algunos discursos pretenden presentarnos. Existen millones de personas diferentes, con historias diferentes, circunstancias diferentes y motivos diferentes. Hay trabajadores, estudiantes, familias, menores, personas refugiadas, personas que huyen de conflictos, personas que buscan oportunidades y personas que simplemente desean construir una vida que en su lugar de origen no pudieron tener. Convertir toda esa diversidad en una única masa resulta muy cómodo porque permite juzgar a millones de personas sin molestarnos siquiera en conocer a una.
Tan revelador como habitual ese otro argumento que aparece constantemente cuando se habla de inmigración. “¡Pues llévatelos a tu casa!”. Es difícil encontrar una respuesta más pobre para un problema político y social complejo. Cuando defendemos la sanidad pública, nadie nos exige construir un hospital en el salón de nuestra casa; cuando defendemos la educación pública, nadie nos pide que instalemos un colegio en el dormitorio; y cuando reclamamos mejores políticas sociales, nadie entiende que tengamos que solucionar personalmente todos los problemas de la sociedad. Pero cuando alguien defiende los derechos de las personas migrantes, de repente parece obligatorio adoptar personalmente a todo aquel que cruza una frontera. Eso no es un argumento, sino una manera de evitar el debate mientras levantas un tercio de cerveza a lo Marcos de Quinto.
Naturalmente, los Estados tienen derecho a controlar sus fronteras y a establecer normas sobre entrada, residencia, protección internacional e inmigración. También tienen la obligación de garantizar la seguridad, gestionar los recursos públicos y desarrollar políticas migratorias eficaces. Se puede discutir sobre cuántas personas puede acoger un país, cómo deben organizarse las fronteras, qué recursos deben destinarse a la integración o qué políticas son más eficaces para combatir las redes de explotación y trata. Podemos discutir absolutamente sobre todo eso. Pero lo que no necesitamos es convertir al inmigrante en un enemigo para hacerlo.
Una cosa es hablar de los problemas que puede plantear la inmigración y otra muy distinta utilizar la inmigración como explicación sencilla para todos nuestros problemas. Es muy fácil culpar al que acaba de llegar de la falta de vivienda, de la precariedad laboral, de la saturación de determinados servicios públicos o de la inseguridad. Mucho más difícil es analizar las decisiones políticas, económicas y sociales que han llevado hasta esas situaciones.
El chivo expiatorio del inmigrante tiene una ventaja extraordinaria. ¿Cuál? Muy fácil, simplifica el mundo. Nos ofrece un culpable reconocible y nos permite dejar de hacernos preguntas incómodas. Si la culpa es “de los inmigrantes”, ya no necesitamos preguntarnos por qué existen determinados problemas, quién los ha gestionado mal o qué soluciones pueden funcionar realmente. Y mientras tanto, las personas desaparecen detrás de las etiquetas.
Eso es precisamente lo que deberíamos evitar. Los derechos humanos tienen una característica que a veces resulta bastante incómoda, porque no dependen de que la persona que tenemos delante nos guste; no preguntan si habla nuestro idioma, si comparte nuestra cultura, si tiene nuestra religión, si ha nacido aquí o si lleva un teléfono móvil de última generación; y tampoco preguntan si consideramos que esa persona “se lo merece”. Los derechos humanos existen precisamente porque la dignidad no puede depender de la simpatía que nos produzca quien la posee.
Si solamente defendemos la dignidad de quienes consideramos buenos, cercanos o parecidos a nosotros, entonces no estamos defendiendo realmente los derechos humanos. Estamos defendiendo nuestros propios privilegios y llamándolos derechos.
Por eso deberíamos tener mucho cuidado con las palabras que utilizamos. “Inmigración” describe una realidad social; “invasión” construye una amenaza; “personas migrantes” nos recuerda que hablamos de seres humanos; “avalancha”, “oleada” o “invasión” convierten a esas personas en una especie de fenómeno natural que avanza sobre nosotros y contra el que debemos protegernos a todas, incluso con el Ejército.
Sí, es verdad, queramos o no as palabras preparan el terreno. Primero dejamos de hablar de personas y empezamos a hablar de masas. Después dejamos de hablar de historias y empezamos a hablar de cifras. Más tarde dejamos de hablar de derechos y empezamos a hablar de amenazas. Y cuando hemos conseguido que el otro sea solamente una cifra, una masa o una amenaza, resulta mucho más sencillo mirar hacia otro lado cuando sufre.
La historia debería habernos enseñado que la deshumanización nunca es un asunto menor. No empieza necesariamente con grandes discursos ni con declaraciones abiertamente violentas. Muchas veces empieza con algo aparentemente mucho más pequeño como una broma, una etiqueta, una fotografía, una palabra repetida una y otra vez hasta que dejamos de cuestionarla.
Por eso las dos imágenes deberían mirarse juntas. Una nos muestra la contradicción entre proclamar valores de solidaridad y negar esa solidaridad cuando el necesitado es diferente. La otra nos enseña cómo se puede transformar a una persona en una supuesta amenaza simplemente cambiando las palabras con las que hablamos de ella, aunque su sentido sea totalmente el contrario. Es decir, esos pies no se han fotografiado para crear rechazo, sino compasión. Pero, como decíamos antes, las palabras importan. Y mucho.
Quizá deberíamos hacernos una pregunta muy sencilla pero que pocas veces nos hacemos. ¿Qué imagen del ser humano estamos construyendo cuando hablamos de inmigración? Porque podemos defender nuestras fronteras sin perder nuestra humanidad; podemos reclamar una política migratoria eficaz sin insultar a quienes llegan; podemos exigir seguridad sin convertir a colectivos enteros en sospechosos; podemos hablar de los problemas de la inmigración sin atribuir a cada inmigrante los problemas que existen en nuestra sociedad; y podemos discrepar profundamente sobre las soluciones sin olvidar que detrás de las estadísticas hay personas. Una frontera puede separar territorios, pero no debería convertirse jamás en una frontera moral que determine quién merece nuestra empatía y quién no.
Quizá por eso la fotografía de esos pies debería hacernos pensar justamente en lo contrario de lo que muchos creen que puede significar, aunque es evidente el sentido que realmente tiene sin que haga falta explicarlo. Esos pies no son una invasión, sino la huella real de alguien que ha caminado; de alguien que quizá ha recorrido un camino mucho más duro del que nosotros podemos imaginar; y de alguien que probablemente ha dejado atrás una casa, una familia, unos amigos, un trabajo, una vida conocida o incluso todo aquello que entendía por hogar.
Podemos no conocer su nombre. Tal vez no conozcamos nueva su historia. Es posible que no compartamos su cultura. Incluso discrepar sobre las razones por las que ha llegado a nuestras fronteras, a veces, recorriendo miles de kilómetros. Pero nada de eso cambia lo esencial.
Sí, son unos pies destrozados, pero pertenecen a alguien. Y ese alguien, por mucho que algunos se empeñen en olvidarlo, también es una persona.
Son los pies de un ser humano.
Igual que tú.
Y que yo.



