Turquía y la persecución de las personas LGTBI

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸 – 🇹🇷 yazılmıştır)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Los Derechos Humanos no son un simple adorno, porque nos obligan a detenernos y mirar con atención aquello que está ocurriendo más allá de nuestras fronteras. No porque Turquía sea el único país donde las personas LGTBI sufren discriminación, ni porque todo lo que sucede allí sea completamente distinto de lo que podemos encontrar en otros lugares, sino porque lo que estamos viendo estos días muestra con una claridad preocupante cómo puede producirse un retroceso de derechos incluso cuando la homosexualidad, formalmente, no constituye un delito.

Ahora mismo, en septiembre de 2026, Turquía está viviendo una nueva y grave escalada contra organizaciones, activistas y espacios vinculados al movimiento LGTBI. Las autoridades han puesto en marcha una operación denominada “Mi familia está segura”, con actuaciones coordinadas en quince provincias. Según el ministro de Justicia turco, Akın Gürlek, existen procedimientos judiciales contra 162 personas, nueve asociaciones y trece establecimientos. Es importante aclarar que esos 162 no son 162 personas detenidas, sino personas sometidas a procedimientos dentro de las diferentes investigaciones.

Durante los primeros días de la operación se produjeron redadas en domicilios y sedes de asociaciones, incautaciones de teléfonos móviles, ordenadores y otros dispositivos electrónicos y restricciones de acceso a páginas web y cuentas de redes sociales. Organizaciones como Kaos GL, una de las entidades LGTBI con mayor trayectoria de Turquía, fueron objeto de actuaciones policiales. La propia organización informó de que miembros de su junta directiva y de su órgano de supervisión fueron detenidos y que su sede fue registrada. La investigación contra Kaos GL incluye acusaciones relacionadas con supuesta «obscenidad» y con la legislación sobre asociaciones. 

También fueron objeto de actuaciones otras organizaciones LGTBI y de apoyo a personas con VIH. Kaos GL documentó restricciones contra páginas y cuentas de entidades como Lambdaistanbul, SPoD, Pembe Hayat, 17 May Association, UniKuir, Young LGBTI+ Association y otras organizaciones. Según esta misma fuente, el 12 de septiembre se dictaron órdenes para bloquear numerosos sitios web y cuentas en redes sociales, mientras que durante la madrugada del 13 comenzaron las operaciones policiales en diferentes ciudades. 

Pero hay una cuestión que jurídicamente no podemos pasar por alto. La homosexualidad no es delito en Turquía.Las relaciones entre personas del mismo sexo son legales. Por eso sería incorrecto afirmar que Turquía ha establecido simplemente una prohibición penal de la homosexualidad. Lo que estamos observando es algo bastante más complejo y, precisamente por eso, también más importante de comprender. Una persona puede no estar cometiendo ningún delito por ser homosexual y, sin embargo, encontrarse con restricciones sobre su libertad de expresión, su derecho de asociación, su derecho de reunión o su capacidad para defender públicamente los derechos del colectivo.

Las autoridades turcas sostienen que las investigaciones pretenden proteger a los menores y preservar los valores familiares. Las acusaciones formuladas en las distintas investigaciones incluyen delitos como prostitución y obscenidad y, según las autoridades, determinadas conductas relacionadas con contenidos que podrían afectar a menores. El Ministerio de Justicia ha llegado además a ordenar a las fiscalías de las 81 provincias que revisen denuncias relacionadas con contenidos que, según su interpretación, podrían exponer a menores a obscenidad o promover lo que denominan “genderlessness”.

Conviene separar cuidadosamente los hechos de las interpretaciones. No se puede afirmar como hecho demostrado que la protección de la infancia sea simplemente una “excusa” utilizada por el Gobierno turco. Esa es una interpretación que mantienen organizaciones y sectores críticos con las actuaciones. Lo que sí podemos afirmar es que las autoridades están utilizando expresamente la protección de los menores y los valores familiares para justificar una operación que está afectando a organizaciones y personas vinculadas al movimiento LGTBI. Y también podemos constatar que organizaciones de Derechos Humanos consideran que esas actuaciones están restringiendo injustificadamente libertades fundamentales.

La dimensión de lo ocurrido se entiende mejor cuando observamos las cifras que ya han sido confirmadas. El 14 de septiembre, un tribunal de Esmirna ordenó prisión preventiva para 16 personas de las 18 detenidas en aquella investigación, mientras que las otras dos quedaron sometidas a control judicial. Posteriormente, el 15 de septiembre, se informó de que al menos 31 personas habían sido enviadas a prisión preventiva en el marco de la ofensiva y que otras 126 personas habían sido detenidas durante las protestas celebradas en Ankara y Estambul contra las actuaciones policiales. Entre las personas enviadas a prisión preventiva había cinco mujeres trans detenidas en Ankara.

Es fundamental no sumar automáticamente todas esas cifras como si representaran un único grupo. Son procedimientos y momentos diferentes. Los 162 son personas incluidas en procedimientos judiciales dentro de la operación anunciada por el Ministerio de Justicia. Las 31 personas hacen referencia a quienes habían sido enviadas a prisión preventiva según la información disponible el 15 de septiembre. Y las 126 corresponden a personas detenidas durante las protestas. Esta precisión puede parecer un detalle, pero cuando hablamos de Derechos Humanos y de posibles vulneraciones de derechos fundamentales, los números también tienen que ser rigurosos.

La reacción internacional tampoco ha tardado en llegar. Michael O’Flaherty, Director de la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, manifestó su preocupación por las detenciones, los registros policiales y las restricciones sobre páginas web y redes sociales dirigidas contra organizaciones LGTBI y defensores de Derechos Humanos. También reclamó la puesta en libertad de quienes hubieran sido detenidos por desarrollar actividades de defensa de los Derechos Humanos o de la sociedad civil y recordó que las referencias a los valores familiares o a la protección de los niños no pueden, por sí mismas, justificar restricciones de los Derechos Humanos.

Lo ocurrido tampoco aparece de repente. Durante los últimos años se ha producido en Turquía un incremento de las restricciones dirigidas contra las personas LGTBI. El Orgullo de Estambul lleva prohibido desde 2015 y las autoridades han impedido reiteradamente manifestaciones LGTBI en distintas ciudades. En diferentes ocasiones, la policía ha intervenido las concentraciones y se han producido detenciones. Además, ha que recordar que la prohibición del Orgullo de Estambul se mantiene desde 2015 dentro de una política más amplia de restricciones contra la expresión pública del movimiento LGTBI.

Esto no es para mí una realidad lejana o una cuestión que conozca únicamente a través de informes. En mi propia entidad he tenido como compañero a una persona que pasó cuatro años en una prisión turca precisamente por defender los Derechos Humanos, entre ellos los derechos de las personas LGTBI. Cuatro años de su vida encerrado por hacer algo que, en cualquier sociedad verdaderamente comprometida con la dignidad humana, debería ser motivo de reconocimiento y no de persecución. Cuando uno conoce personalmente a alguien que ha pagado con su libertad la defensa de los derechos de los demás, las noticias sobre Turquía dejan de ser simplemente cifras, informes o titulares. Tienen rostro, tienen nombre y tienen una historia humana detrás.

Y quizá por eso me cuesta especialmente aceptar que todavía haya quien piense que hablar de Derechos Humanos es exagerar, politizarlo todo o buscar problemas donde no los hay. Detrás de cada organización perseguida, de cada activista detenido y de cada persona que tiene miedo de mostrar públicamente quién es, hay una vida que puede quedar marcada para siempre. Defender los derechos de una minoría nunca debería convertirse en una actividad peligrosa.

La situación también ha evolucionado en el terreno legislativo. Human Rights Watch denunció en octubre de 2025 un proyecto gubernamental que podía abrir la puerta a la persecución penal de personas lesbianas, gais, bisexuales y trans en Turquía. La organización lo calificó como uno de los retrocesos más preocupantes en materia de derechos LGTBI en décadas. Y en junio de 2026 volvió a advertir de la reaparición de propuestas legislativas que contemplaban penas de prisión para determinadas conductas relacionadas con personas LGTBI. La organización señaló que Turquía estaba avanzando en dirección contraria a la protección de estos derechos mientras otros Estados europeos comenzaban a retirar algunas de sus medidas restrictivas. 

Todo esto nos obliga a comprender algo que a veces olvidamos. La persecución de una minoría no empieza necesariamente con una ley que diga que esa minoría es ilegal. Puede comenzar mucho antes, cuando se construye un discurso en el que determinadas personas son presentadas como una amenaza para la familia, para los niños, para la moral o para la sociedad. Después pueden aparecer las restricciones sobre sus asociaciones, sobre sus manifestaciones, sobre sus publicaciones y sobre su capacidad para hablar públicamente. Y cuando una sociedad empieza a considerar normal que determinados ciudadanos tengan menos libertad que los demás, el deterioro de los Derechos Humanos ya está en marcha.

La palabra “familia” no debería utilizarse para enfrentar a unas personas contra otras. Las personas LGTBI también tienen familias. Tienen madres, padres, hermanos, hijos, parejas, amistades y hogares. Hay familias heterosexuales y familias homoparentales, personas solteras, personas trans que han construido su propia vida y familias que no encajan en el modelo tradicional. Todas ellas forman parte de la sociedad.

Del mismo modo, proteger a los niños no significa protegerlos de la existencia de las personas LGTBI. Un niño no necesita crecer en un mundo donde se le enseñe que una persona homosexual es peligrosa. Necesita crecer en un mundo donde aprenda que las personas merecen respeto, donde se prevenga el acoso y donde cualquier menor pueda pedir ayuda si está siendo víctima de violencia o discriminación.

Y esto es especialmente importante cuando hablamos de Derechos Humanos. La libertad de expresión, la libertad de asociación y la libertad de reunión no pueden depender de que una determinada mayoría considere agradable o incómoda la identidad de quienes ejercen esos derechos. Precisamente los Derechos Humanos sirven para proteger también a quienes pertenecen a minorías y para impedir que una mayoría pueda decidir arbitrariamente quién merece disfrutar plenamente de sus libertades.

Lo que está pasando en Turquía nos está mostrando estos días algo que debería preocuparnos mucho más allá de sus fronteras. No porque todo lo que ocurre allí tenga que reproducirse necesariamente en otros países, sino porque los mecanismos mediante los cuales una sociedad puede empezar a restringir derechos son reconocibles. Primero aparece el discurso que señala. Después llega la estigmatización. Más tarde aparecen las restricciones. Y finalmente puede llegar la utilización del aparato policial o penal contra quienes se niegan a permanecer en silencio.

Por eso la defensa de los Derechos Humanos no puede reducirse a esperar a que exista una ley que diga literalmente que un colectivo deja de tener derechos. Hay que defenderlos también cuando se restringe la posibilidad de organizarse, cuando se censuran espacios de expresión, cuando se prohíben manifestaciones pacíficas o cuando se utiliza el miedo para convertir a una parte de la ciudadanía en sospechosa.

Porque una persona LGTBI no necesita permiso de ningún Gobierno para existir, amar, formar una familia, expresarse o defender sus derechos. Y ninguna mayoría debería tener capacidad para conceder o retirar la dignidad de una minoría. La dignidad humana no depende de una votación, de una tradición, de una religión ni de una determinada concepción de la familia. Es inherente a cada persona por el simple hecho de ser persona.

No olvidemos que los Derechos Humanos no se defienden únicamente cuando resulta fácil hacerlo. Se defienden precisamente cuando alguien intenta convencer a la sociedad de que algunas personas merecen menos libertad que las demás.

 Porque cuando empezamos a aceptar que la dignidad puede tener excepciones, dejamos de hablar realmente de Derechos Humanos y empezamos a hablar de privilegios.

Cuando la diversidad se convierte en delito, sospecha o silencio, no está en peligro solamente una minoría. 

Ahora mismo, en Turquía, está en peligro la idea misma de dignidad humana.

Porque ninguna familia necesita enemigos para poder existir. 

Y ninguna persona necesita permiso para ser quien es.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Türkiye and the persecution of LGBTI people

Human rights are not simply an ornament, because they compel us to stop and pay close attention to what is happening beyond our borders. Not because Türkiye is the only country where LGBTI people face discrimination, nor because everything happening there is entirely different from what we may find elsewhere, but because what we are witnessing these days shows with deeply troubling clarity how rights can be rolled back even when homosexuality itself is not formally a criminal offence.

Right now, in September 2026, Türkiye is experiencing a new and serious escalation against organisations, activists and spaces connected with the LGBTI movement. The authorities have launched an operation known as “My Family is Safe”, involving coordinated action across fifteen provinces. According to the Turkish Minister of Justice, Akın Gürlek, judicial proceedings have been initiated against 162 people, nine associations and thirteen establishments. It is important to make clear that these 162 people are not 162 detainees, but people subject to proceedings as part of the various investigations.

During the first days of the operation, raids were carried out at homes and association premises, mobile phones, computers and other electronic devices were seized, and access to websites and social media accounts was restricted.Organisations such as Kaos GL, one of Türkiye’s longest established LGBTI organisations, were targeted by the police. The organisation itself reported that members of its board and supervisory body were detained and that its premises were searched. The investigation into Kaos GL includes allegations relating to alleged “obscenity” and legislation governing associations.

Other LGBTI organisations and organisations supporting people living with HIV were also targeted. Kaos GL documented restrictions affecting the websites and social media accounts of organisations including Lambdaistanbul, SPoD, Pembe Hayat, the 17 May Association, UniKuir, the Young LGBTI+ Association and others. According to the same source, on 12 September orders were issued to block numerous websites and social media accounts, while police operations began in different cities during the early hours of 13 September.

But there is a legal point that we cannot overlook. Homosexuality is not a criminal offence in Türkiye. Same sex relations are legal. It would therefore be inaccurate to claim that Türkiye has simply introduced a criminal prohibition on homosexuality. What we are witnessing is something considerably more complex and, precisely for that reason, also more important to understand. A person may not be committing any offence by being homosexual and yet still face restrictions on their freedom of expression, their right to freedom of association, their right to peaceful assembly or their ability to defend the rights of the LGBTI community publicly.

The Turkish authorities maintain that the investigations are intended to protect children and preserve family values. The allegations made in the various investigations include offences such as prostitution and obscenity and, according to the authorities, certain forms of conduct involving content that could affect children. The Ministry of Justice has also ordered prosecutors in all 81 provinces to review complaints concerning content which, according to their interpretation, could expose children to obscenity or promote what they describe as “genderlessness”.

It is important to distinguish carefully between facts and interpretations. It cannot be stated as an established fact that protecting children is simply an “excuse” being used by the Turkish government. That is an interpretation held by organisations and groups critical of these actions. What we can say is that the authorities are expressly invoking the protection of children and family values to justify an operation affecting organisations and people connected with the LGBTI movement. We can also observe that human rights organisations consider these actions to be unjustifiably restricting fundamental freedoms.

The scale of what has happened becomes clearer when we look at the figures that have been confirmed. On 14 September, a court in Izmir ordered 16 of the 18 people detained in that investigation to be remanded in custody, while the other two were placed under judicial supervision. Subsequently, on 15 September, it was reported that at least 31 people had been remanded in custody as part of the crackdown and that a further 126 people had been detained during protests in Ankara and Istanbul against the police operations. Among those remanded in custody were five trans women detained in Ankara.

It is essential not to automatically add all these figures together as though they represented a single group. They relate to different proceedings and different points in time. The 162 are people subject to judicial proceedings as part of the operation announced by the Ministry of Justice. The 31 refers to those who had been remanded in custody according to the information available on 15 September. And the 126 refers to people detained during the protests. This may seem like a minor detail, but when we are talking about human rights and possible violations of fundamental rights, the figures also need to be accurate.

The international reaction has also been swift. Michael O’Flaherty, Director of the European Union Agency for Fundamental Rights, expressed concern about the arrests, police raids and restrictions on websites and social media targeting LGBTI organisations and human rights defenders. He also called for the release of anyone detained for carrying out human rights or civil society activities and stressed that references to family values or the protection of children cannot, in themselves, justify restrictions on human rights.

What is happening has not appeared out of nowhere either. Over recent years, Türkiye has seen increasing restrictions directed at LGBTI people. Istanbul Pride has been banned since 2015 and the authorities have repeatedly prevented LGBTI demonstrations in different cities. On numerous occasions, the police have intervened in these gatherings and arrests have followed. It should also be remembered that the ban on Istanbul Pride has remained in place since 2015 as part of a broader pattern of restrictions on the public expression of the LGBTI movement.

This is not, for me, some distant reality or something I know only through reports. Within my own organisation, I have had a colleague who spent four years in a Turkish prison precisely because he defended human rights, including the rights of LGBTI people. Four years of his life behind bars for doing something which, in any society genuinely committed to human dignity, should be a reason for recognition rather than persecution. When you personally know someone who has paid with their freedom for defending the rights of others, the news coming out of Türkiye ceases to be simply figures, reports or headlines. It has a face, a name and a human story behind it.

And perhaps that is why I find it particularly difficult to accept that there are still people who believe that talking about human rights is an exaggeration, that everything is being politicised, or that we are simply looking for problems where none exist. Behind every persecuted organisation, every detained activist and every person who is afraid to show openly who they are, there is a life that can be marked forever. Defending the rights of a minority should never become a dangerous activity.

The situation has also developed on the legislative front. In October 2025, Human Rights Watch denounced a government proposal that could pave the way for the criminal prosecution of lesbian, gay, bisexual and trans people in Türkiye. The organisation described it as one of the most serious setbacks for LGBTI rights in decades. In June 2026, it warned again of the re-emergence of legislative proposals that included prison sentences for certain conduct involving LGBTI people. The organisation said that Türkiye was moving in the opposite direction to the protection of these rights, while other European states were beginning to withdraw some of their restrictive measures.

All of this forces us to understand something that we sometimes forget. The persecution of a minority does not necessarily begin with a law stating that the minority itself is illegal. It can begin much earlier, when a discourse is constructed in which certain people are portrayed as a threat to the family, to children, to morality or to society.Restrictions on their organisations, demonstrations, publications and ability to speak publicly may then follow. And when a society begins to regard it as normal for certain citizens to have fewer freedoms than others, the erosion of human rights is already under way.

The word “family” should never be used to turn one group of people against another. LGBTI people have families too. They have mothers, fathers, brothers, sisters, children, partners, friends and homes. There are heterosexual families and same sex families, single people, trans people who have built lives of their own and families that do not fit the traditional model. All of them are part of society.

Likewise, protecting children does not mean protecting them from the existence of LGBTI people. A child does not need to grow up in a world where they are taught that a homosexual person is dangerous. They need to grow up in a world where they learn that people deserve respect, where bullying is prevented and where every child can ask for help if they are experiencing violence or discrimination.

And this is particularly important when we talk about human rights. Freedom of expression, freedom of association and freedom of peaceful assembly cannot depend on whether a particular majority finds the identity of those exercising these rights acceptable or uncomfortable. Human rights exist precisely to protect minorities too and to prevent a majority from arbitrarily deciding who deserves to enjoy their freedoms fully.

What is happening in Türkiye is showing us something these days that should concern us far beyond its borders. Not because everything happening there will necessarily be replicated in other countries, but because the mechanisms through which a society can begin to restrict rights are recognisable. First comes the discourse that singles people out. Then comes stigmatisation. Later come restrictions. And eventually the police or criminal justice system may be used against those who refuse to remain silent.

That is why defending human rights cannot simply mean waiting for a law to appear that literally states that a particular group no longer has rights. We must defend those rights when people are prevented from organising, when spaces for expression are censored, when peaceful demonstrations are banned or when fear is used to turn part of the population into objects of suspicion.

Because an LGBTI person does not need permission from any government to exist, to love, to form a family, to express themselves or to defend their rights. And no majority should have the power to grant or withdraw the dignity of a minority. Human dignity does not depend on a vote, a tradition, a religion or a particular conception of the family. It belongs to every person simply by virtue of being human.

Let us not forget that human rights are not defended only when doing so is easy. They are defended precisely when someone tries to convince society that some people deserve fewer freedoms than others.

Because once we begin to accept that dignity can have exceptions, we are no longer truly talking about human rights. We are talking about privileges.

When diversity becomes a crime, a source of suspicion or something that must remain silent, it is not only a minority that is in danger.

Right now, in Türkiye, the very idea of human dignity is at stake.

Because no family needs enemies in order to exist.

And no person needs permission to be who they are.

🇹🇷Türkçe🇹🇷
Türkiye ve LGBTI kişilere yönelik zulüm

İnsan hakları yalnızca bir süs değildir. Çünkü insan hakları, sınırlarımızın ötesinde neler olup bittiğine dikkatle bakmamızı zorunlu kılar. Bunun nedeni Türkiye’nin LGBTI kişilerin ayrımcılığa maruz kaldığı tek ülke olması değildir. Yaşananların başka yerlerde gördüklerimizden tamamen farklı olması da değildir. Ancak bugün tanık olduğumuz gelişmeler, eşcinselliğin kendisi resmen suç sayılmasa bile temel hakların nasıl geriye götürülebileceğini son derece kaygı verici bir biçimde gösteriyor.

Şu anda, Eylül 2026’da, Türkiye’de LGBTI hareketiyle bağlantılı kuruluşlara, aktivistlere ve toplumsal alanlara yönelik yeni ve ciddi bir baskı dalgası yaşanıyor. Yetkililer, on beş ilde eş zamanlı operasyonları içeren “Ailem Güvende” adı verilen bir operasyon başlattı. Türkiye Adalet Bakanı Akın Gürlek’e göre 162 kişi, dokuz dernek ve on üç kuruluş hakkında adli soruşturma başlatıldı. Burada önemli bir ayrım yapmak gerekiyor. Bu 162 kişi 162 tutuklu anlamına gelmiyor. Söz konusu kişiler, farklı soruşturmalar kapsamında haklarında adli işlem başlatılan kişiler.

Operasyonun ilk günlerinde evlere ve dernek merkezlerine baskınlar düzenlendi, cep telefonlarına, bilgisayarlara ve diğer elektronik cihazlara el konuldu ve internet siteleri ile sosyal medya hesaplarına erişim kısıtlandı. Türkiye’nin en eski LGBTI kuruluşlarından biri olan Kaos GL de polis operasyonlarının hedefi oldu. Kuruluş, yönetim ve denetim kurulu üyelerinin gözaltına alındığını ve merkezlerinin arandığını açıkladı. Kaos GL hakkında yürütülen soruşturma, “müstehcenlik” iddiaları ve dernekler mevzuatına ilişkin suçlamaları içeriyor.

Diğer LGBTI kuruluşları ile HIV ile yaşayan kişileri destekleyen kuruluşlar da hedef alındı. Kaos GL, Lambdaistanbul, SPoD, Pembe Hayat, 17 Mayıs Derneği, UniKuir, Genç LGBTI+ Derneği ve diğer bazı kuruluşların internet siteleri ve sosyal medya hesaplarını etkileyen kısıtlamaları belgeledi. Aynı kaynağa göre 12 Eylül’de çok sayıda internet sitesi ve sosyal medya hesabının engellenmesine ilişkin kararlar alındı ve 13 Eylül’ün erken saatlerinde farklı şehirlerde polis operasyonları başladı.

Ancak göz ardı edemeyeceğimiz önemli bir hukuki nokta var. Türkiye’de eşcinsellik suç değildir. Aynı cinsiyetten kişiler arasındaki ilişkiler yasaldır. Dolayısıyla Türkiye’nin eşcinselliği basitçe suç sayan bir yasak getirdiğini söylemek doğru olmaz. Yaşananlar bundan çok daha karmaşık ve tam da bu nedenle anlaşılması çok daha önemli bir durumdur. Bir kişi eşcinsel olduğu için herhangi bir suç işlememiş olabilir ancak buna rağmen ifade özgürlüğü, örgütlenme özgürlüğü, barışçıl toplantı ve gösteri yapma hakkı veya LGBTI toplumunun haklarını açıkça savunabilme imkânı bakımından kısıtlamalarla karşılaşabilir.

Türk makamları soruşturmaların çocukları korumayı ve aile değerlerini muhafaza etmeyi amaçladığını belirtiyor. Farklı soruşturmalarda yöneltilen suçlamalar arasında fuhuş ve müstehcenlik gibi suçlar ile yetkililerin çocukları etkileyebileceğini düşündüğü belirli içeriklere ilişkin iddialar bulunuyor. Adalet Bakanlığı ayrıca 81 ilin tamamındaki savcılıklara, kendi yorumlarına göre çocukları müstehcenliğe maruz bırakabilecek veya “cinsiyetsizliği” teşvik edebilecek içeriklere ilişkin şikâyetlerin incelenmesi talimatını verdi.

Gerçekler ile yorumları dikkatle birbirinden ayırmak gerekiyor. Türk hükümetinin çocukları korumayı yalnızca bir “bahane” olarak kullandığı kesinleşmiş bir gerçekmiş gibi ifade edilemez. Bu, söz konusu uygulamaları eleştiren kuruluşların ve grupların ileri sürdüğü bir yorumdur. Söylenebilecek olan şudur. Yetkililer, LGBTI hareketiyle bağlantılı kuruluşları ve kişileri etkileyen bir operasyonu meşrulaştırmak için açıkça çocukların korunmasına ve aile değerlerine atıfta bulunuyor. Aynı zamanda insan hakları kuruluşlarının bu uygulamaların temel özgürlükleri haksız biçimde kısıtladığını düşündüğünü de gözlemleyebiliriz.

Yaşananların boyutu, doğrulanmış rakamlara baktığımızda daha açık hale geliyor. 14 Eylül’de İzmir’deki bir soruşturma kapsamında gözaltına alınan 18 kişiden 16’sı hakkında mahkeme tutuklama kararı verdi. Diğer iki kişi ise adli kontrol şartıyla serbest bırakıldı. Daha sonra 15 Eylül’de, baskı dalgası kapsamında en az 31 kişinin tutuklandığı ve Ankara ile İstanbul’da polis operasyonlarına karşı düzenlenen protestolar sırasında 126 kişinin daha gözaltına alındığı bildirildi. Tutuklananlar arasında Ankara’da gözaltına alınan beş trans kadın da bulunuyordu.

Bütün bu rakamları tek bir gruba aitmiş gibi otomatik olarak toplamak doğru değildir. Bunlar farklı soruşturmalara ve farklı zaman dilimlerine ilişkin rakamlardır. 162 kişi, Adalet Bakanlığı tarafından açıklanan operasyon kapsamında haklarında adli işlem yürütülen kişileri ifade ediyor. 31 sayısı, 15 Eylül itibarıyla tutuklandığı bildirilen kişileri ifade ediyor. 126 sayısı ise protestolar sırasında gözaltına alınan kişilere ilişkin. Bu küçük bir ayrıntı gibi görünebilir ancak insan haklarından ve temel hakların muhtemel ihlallerinden söz ettiğimizde rakamların da doğru olması gerekir.

Uluslararası tepki de hızlı oldu. Avrupa Konseyi İnsan Hakları Komiseri Michael O’Flaherty, LGBTI kuruluşlarını ve insan hakları savunucularını hedef alan gözaltılar, polis baskınları ve internet siteleri ile sosyal medya hesaplarına yönelik kısıtlamalar konusunda endişelerini dile getirdi. Ayrıca insan hakları veya sivil toplum faaliyetleri yürüttükleri için gözaltına alınan herkesin serbest bırakılması çağrısında bulundu ve aile değerlerine veya çocukların korunmasına yapılan atıfların tek başına insan haklarına yönelik kısıtlamaları haklı gösteremeyeceğini vurguladı.

Yaşananlar birdenbire ortaya çıkmış da değil. Son yıllarda Türkiye’de LGBTI kişilere yönelik kısıtlamaların giderek arttığı görülüyor. İstanbul Onur Yürüyüşü 2015 yılından bu yana yasaklanmış durumda ve yetkililer farklı şehirlerde LGBTI gösterilerinin düzenlenmesini defalarca engelledi. Polis birçok kez bu toplantılara müdahale etti ve gözaltılar gerçekleştirildi. İstanbul Onur Yürüyüşü’ne yönelik yasağın 2015 yılından bu yana devam ettiğini ve bunun LGBTI hareketinin kamusal alandaki görünürlüğüne yönelik daha geniş kapsamlı kısıtlamaların bir parçası olduğunu da hatırlamak gerekiyor.

Benim için bu uzak bir gerçeklik veya yalnızca raporlardan bildiğim bir durum değil. Kendi kuruluşum içinde, insan haklarını ve özellikle LGBTI kişilerin haklarını savunduğu için Türkiye’de dört yıl cezaevinde kalmış bir meslektaşım oldu. İnsan onuruna gerçekten bağlı herhangi bir toplumda takdir edilmesi gereken bir şey yaptığı için hayatının dört yılını parmaklıklar ardında geçirmek zorunda kaldı. Başkalarının haklarını savunduğu için özgürlüğünü kaybetmiş birini kişisel olarak tanıdığınızda, Türkiye’den gelen haberler artık yalnızca rakamlardan, raporlardan veya manşetlerden ibaret olmuyor. Bunların arkasında bir yüz, bir isim ve gerçek bir insan hikâyesi olduğunu görüyorsunuz.

Belki de bu nedenle hâlâ insan haklarından söz etmenin abartı olduğunu, her şeyin siyasallaştırıldığını veya aslında ortada olmayan sorunları aradığımızı düşünen insanların bulunmasını kabullenmekte özellikle zorlanıyorum. Zulme uğrayan her kuruluşun, gözaltına alınan her aktivistin ve kim olduğunu açıkça göstermekten korkan her insanın arkasında sonsuza kadar iz bırakabilecek bir hayat var. Bir azınlığın haklarını savunmak hiçbir zaman tehlikeli bir faaliyet haline gelmemeli.

Durum yasama alanında da gelişmeye devam ediyor. Ekim 2025’te Human Rights Watch, Türkiye’de lezbiyen, gey, biseksüel ve trans kişilerin cezai kovuşturmaya maruz kalmasının önünü açabilecek bir hükümet önerisini kınadı.Kuruluş bunu onlarca yıldır LGBTI hakları açısından yaşanan en ciddi gerilemelerden biri olarak değerlendirdi. Haziran 2026’da ise belirli LGBTI davranışlarına ilişkin hapis cezaları öngören yeni yasal düzenleme tekliflerinin yeniden gündeme gelmesi konusunda bir kez daha uyarıda bulundu. Kuruluş, Türkiye’nin bu hakların korunmasının ters yönünde ilerlediğini ve Avrupa’daki bazı diğer devletlerin kısıtlayıcı uygulamalarının bir bölümünü geri çekmeye başladığını belirtti.

Bütün bunlar bize bazen unuttuğumuz bir şeyi anlamamız gerektiğini gösteriyor. Bir azınlığın zulme uğraması, mutlaka o azınlığın kendisinin yasadışı olduğunu söyleyen bir kanunla başlamaz. Çok daha önce, belirli insanların aile, çocuklar, ahlak veya toplum için bir tehdit olarak gösterildiği bir söylem oluşturulduğunda başlayabilir. Daha sonra bu kişilerin kuruluşlarına, gösterilerine, yayınlarına ve kamuoyu önünde konuşabilme imkânlarına yönelik kısıtlamalar gelebilir. Ve bir toplum bazı vatandaşların diğerlerinden daha az özgürlüğe sahip olmasını normal karşılamaya başladığında, insan haklarının aşındırılması zaten başlamış demektir.

Aile” kelimesi hiçbir zaman bir grup insanı başka bir gruba karşı kışkırtmak için kullanılmamalıdır. LGBTI kişilerin de aileleri vardır. Anneleri, babaları, kardeşleri, çocukları, partnerleri, arkadaşları ve yuvaları vardır. Heteroseksüel aileler de vardır, aynı cinsiyetten çiftlerden oluşan aileler de vardır, yalnız yaşayan insanlar vardır, kendi hayatlarını kurmuş trans insanlar vardır ve geleneksel aile modeline uymayan aileler vardır. Bunların tamamı toplumun bir parçasıdır.

Aynı şekilde çocukları korumak, onları LGBTI insanların varlığından korumak anlamına gelmez. Bir çocuğun eşcinsel bir insanın tehlikeli olduğu öğretilen bir dünyada büyümesine ihtiyacı yoktur. İnsanların saygıyı hak ettiğini öğrendiği, zorbalığın önlendiği ve şiddet veya ayrımcılığa maruz kaldığında her çocuğun yardım isteyebildiği bir dünyada büyümeye ihtiyacı vardır.

İnsan haklarından söz ettiğimizde bu özellikle önemlidir. İfade özgürlüğü, örgütlenme özgürlüğü ve barışçıl toplantı ve gösteri özgürlüğü, belirli bir çoğunluğun bu hakları kullanan insanların kimliğini kabul edilebilir veya rahatsız edici bulup bulmamasına bağlı olamaz. İnsan hakları tam da azınlıkları da korumak ve bir çoğunluğun kimlerin özgürlüklerinden tam olarak yararlanmayı hak ettiğine keyfî biçimde karar vermesini engellemek için vardır.

Bugün Türkiye’de yaşananlar bize sınırlarının çok ötesinde de endişe yaratması gereken bir şeyi gösteriyor. Bunun nedeni başka ülkelerde yaşananların mutlaka tekrarlanacak olması değil, hakların kısıtlanmaya başlanabileceği mekanizmaların tanınabilir olmasıdır. Önce insanları belirli özellikleri nedeniyle hedef gösteren bir söylem ortaya çıkar. Ardından damgalama gelir. Daha sonra kısıtlamalar başlar. Sonunda ise polis veya ceza adaleti sistemi sessiz kalmayı reddeden insanlara karşı kullanılabilir.

Bu nedenle insan haklarını savunmak, yalnızca belirli bir grubun artık haklara sahip olmadığını açıkça söyleyen bir kanunun ortaya çıkmasını beklemek anlamına gelemez. İnsanlar örgütlenmekten alıkonulduğunda, ifade alanları sansürlendiğinde, barışçıl gösteriler yasaklandığında veya toplumun bir bölümünü şüphe nesnesine dönüştürmek için korku kullanıldığında bu hakları savunmamız gerekir.

Çünkü bir LGBTI kişinin var olmak, sevmek, aile kurmak, kendisini ifade etmek veya kendi haklarını savunmak için herhangi bir hükümetten izin alması gerekmez. Ve hiçbir çoğunluk, bir azınlığın onurunu verme veya geri alma gücüne sahip olmamalıdır. İnsan onuru bir oya, bir geleneğe, bir dine veya belirli bir aile anlayışına bağlı değildir. İnsan olduğu için her insana aittir.

Unutmayalım ki insan hakları yalnızca onları savunmanın kolay olduğu zamanlarda savunulmaz. İnsan hakları, tam da birileri toplumu bazı insanların diğerlerinden daha az özgürlüğü hak ettiğine inandırmaya çalıştığında savunulur.

Çünkü onurun istisnaları olabileceğini kabul etmeye başladığımız anda artık gerçekten insan haklarından söz etmiyoruz. Ayrıcalıklardan söz ediyoruz.

Çeşitlilik bir suç, bir şüphe nedeni veya sessiz kalması gereken bir şey haline geldiğinde yalnızca bir azınlık tehlikede değildir.

Bugün Türkiye’de tehlikede olan şey insan onuru düşüncesinin kendisidir.

Çünkü hiçbir ailenin var olmak için düşmanlara ihtiyacı yoktur.

Ve hiçbir insan olduğu kişi olabilmek için izin almak zorunda değildir.

La comprensión de la violencia

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🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

De entrada, hay que reconocer las imágenes dan vergüenza por sí solas. Como sociedad deberíamos sentirnos profundamente avergonzados de que en 2026 sigan existiendo esta clase de crímenes de odio por razón de la orientación sexual, identidad, expresión de género.  Pero, además, hay respuestas institucionales que, después de esas imágenes, consiguen que la vergüenza sea todavía mucho mayor. Lo ocurrido estos días en Oviedo pertenece a las dos categorías.

Durante las fiestas de San Mateo, un grupo de jóvenes irrumpió en una caseta de la Asociación Moza d’Asturies, arrancó carteles, una bandera arcoíris y una pancarta contra el racismo. Cuando Rubén Rosón y Jorge Fernández intentaron impedirlo, fueron agredidos brutalmente. Hubo puñetazos, patadas e insultos homófobos y políticos. La agresión fue grabada y las víctimas tuvieron que recibir asistencia médica. No estamos hablando, por tanto, de una discusión acalorada, de una diferencia de opiniones o de una simple pelea entre jóvenes. Estamos hablando de violencia física acompañada de expresiones de odio y de un ataque contra símbolos vinculados a la diversidad y al antirracismo. 

Pero quizá lo más preocupante llegó después, cuando el alcalde de Oviedo decidió referirse a lo ocurrido como una “anécdota” y manifestó que los agresores eran “chavales jóvenes” de los que no creía que fueran “tan mala gente”. Incluso planteó la necesidad de escuchar las dos versiones.

Aquí es donde debemos detenernos con mucha cautela. Porque una autoridad pública puede desconocer determinados detalles de una investigación; puede esperar a que los tribunales determinen responsabilidades penales; y puede pedir prudencia mientras se esclarecen los hechos. Lo que resulta difícilmente comprensible es que, ante unas imágenes de una agresión y ante el relato de unas personas que han tenido que acudir a un hospital, la primera preocupación parezca ser encontrar una explicación para quienes golpearon y no mostrar una solidaridad inequívoca con quienes fueron golpeados.

Nadie está pidiendo que el alcalde dicte una sentencia. Tampoco se está diciendo que se deba sustituir a jueces o policías. Lo que se está pidiendo algo tan sencillo como que condene la violencia; que diga que en Oviedo no hay lugar para las agresiones fascistas, racistas, homófobas o de cualquier otra naturaleza; y que las personas que viven, trabajan o simplemente pasan por su ciudad sepan que su Ayuntamiento no relativiza que alguien pueda ser atacado por sus ideas, por su orientación sexual o por defender públicamente la igualdad.

Porque las palabras de una institución importan. Cuando alguien agrede, la responsabilidad inmediata corresponde al agresor. Pero cuando una autoridad minimiza esa violencia, el problema adquiere otra dimensión. No porque el alcalde sea responsable de lo que hicieron esas personas, sino porque quienes ocupan las instituciones tienen la obligación de establecer con claridad cuáles son las líneas que una sociedad democrática no está dispuesta a cruzar. Y una de esas líneas es absolutamente nítida, porque a una persona se la puede criticar por sus ideas, discutir con ella, rebatirla e incluso combatir políticamente sus planteamientos. Lo que no se puede hacer es golpearla. Mucho menos cuando la agresión viene acompañada de insultos homófobos, consignas racistas y símbolos de carácter fascista.

Por eso resulta especialmente preocupante convertir en una cuestión de “dos versiones” aquello que ha quedado registrado en imágenes y que ha provocado una respuesta social tan contundente. El propio ministro del Interior ha calificado los hechos como un posible delito de odio y ha reclamado que se identifique y detenga a los responsables.

Oviedo merece mucho más que esto. Merece una institución que entienda que gobernar no consiste solamente en gestionar una ciudad, sino también en proteger la convivencia. Merece un alcalde que comprenda que una víctima no necesita equidistancia, sino respaldo. Y merece representantes públicos capaces de decir, sin ningún tipo de ambigüedad, que en democracia nadie tiene derecho a convertir sus prejuicios en violencia.

Porque los agresores pueden ser jóvenes; pueden tener familias; pueden tener amigos: y pueden incluso ser personas perfectamente integradas en otros ámbitos de su vida. Pero nada de eso convierte una agresión en una anécdota ni hace que deje de ser grave.

Cuando alguien golpea a otra persona por ser quien es, la obligación de una institución democrática no es buscar excusas para el agresor, sino ponerse al lado de la víctima.

Ante el odio, una democracia de verdad no puede mirar hacia otro lado.

Tiene que posicionarse claramente junto a la víctima.

Y decirle que estamos a su lado.

Eso es lo más correcto. 

Y lo más humano. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Understanding Violence

To begin with, we must acknowledge that the images are shameful enough in themselves. As a society, we should feel deeply ashamed that in 2026 this kind of hate crime based on sexual orientation, gender identity or gender expression still exists. But there are also institutional responses which, following those images, manage to make that shame even greater. What has happened in Oviedo in recent days falls into both categories.

During the San Mateo celebrations, a group of young people stormed a stall belonging to the Asociación Moza d’Asturies, tearing down posters, a rainbow flag and an anti racism banner. When Rubén Rosón and Jorge Fernández tried to stop them, they were brutally assaulted. They were punched and kicked and subjected to homophobic and political abuse. The assault was recorded and the victims had to receive medical attention. We are therefore not talking about a heated argument, a difference of opinion or simply a fight between young people. We are talking about physical violence accompanied by expressions of hatred and an attack against symbols associated with diversity and opposition to racism.

But perhaps what is most disturbing came afterwards, when the Mayor of Oviedo chose to describe what had happened as an “anecdote” and stated that the perpetrators were “young lads” whom he did not believe to be “such bad people”. He even suggested that there was a need to hear both sides.

This is where we need to pause and proceed with great caution. A public authority may not know every detail of an investigation. They may wait for the courts to determine criminal responsibility. They may call for restraint while the facts are being established. What is difficult to understand is that, in the face of footage showing an assault and the account given by people who have had to go to hospital, the first concern should appear to be finding an explanation for those who carried out the violence rather than showing unequivocal solidarity with those who were attacked.

No one is asking the Mayor to pass sentence. Nor is anyone suggesting that he should take the place of judges or the police. What is being asked for is something as simple as condemning violence, stating that there is no place in Oviedo for fascist, racist, homophobic or any other form of aggression, and ensuring that those who live, work or simply pass through the city know that their City Council will not minimise the fact that someone may be attacked because of their political views, their sexual orientation or their public defence of equality.

Because the words of an institution matter. When someone commits an assault, immediate responsibility lies with the perpetrator. But when an authority figure minimises that violence, the problem takes on another dimension. Not because the Mayor is responsible for what those individuals did, but because those who hold public office have a duty to make absolutely clear where the lines lie that a democratic society is not prepared to cross. And one of those lines is absolutely clear. A person may be criticised for their ideas, argued with, challenged and even politically opposed. What cannot be done is to assault them. Least of all when that assault is accompanied by homophobic abuse, racist slogans and fascist symbols.

That is why it is particularly disturbing to reduce to a matter of “two sides” something that has been captured on camera and has provoked such a strong public reaction. The Spanish Minister for the Interior himself has described the events as a possible hate crime and has called for those responsible to be identified and arrested.

Oviedo deserves far more than this. It deserves an institution that understands that governing is not simply about managing a city, but also about protecting peaceful coexistence. It deserves a Mayor who understands that a victim does not need false equivalence, but support. And it deserves public representatives who are capable of saying, without the slightest ambiguity, that in a democracy no one has the right to turn their prejudices into violence.

Because the perpetrators may be young. They may have families. They may have friends. They may even be perfectly well integrated into other areas of their lives. But none of that turns an assault into an anecdote or makes it any less serious.

When someone attacks another person simply for being who they are, the duty of a democratic institution is not to look for excuses for the perpetrator, but to stand alongside the victim.

In the face of hatred, a genuine democracy cannot simply look the other way.

It must stand clearly with the victim.

And tell them that we stand beside them.

That is the right thing to do.

And the most human thing to do.

La migración tiene color de piel

Siempre he pensado que las palabras importan mucho, que hay palabras que no son inocentes. Palabras que, dependiendo de quién las pronuncie y, sobre todo, de quién sea la persona de la que hablamos, pueden transformar completamente la percepción de una realidad. «Invasión» es una de ellas. No es lo mismo hablar de una entrada masiva e irregular de personas, de una crisis fronteriza o incluso de una posible instrumentalización de la migración que presentar a miles de seres humanos como una fuerza invasora que amenaza a un país. Cuando además esas personas son negras, magrebíes o proceden de países pobres, conviene preguntarse si estamos hablando realmente de seguridad y fronteras o si, bajo ese discurso, se está colando algo mucho más antiguo: el racismo y la xenofobia.

Lo ocurrido en Ceuta a finales de julio de 2026 fue, sin duda, una situación extraordinaria. Una entrada masiva de personas puso al límite los recursos de la ciudad, obligó a las administraciones a reaccionar y planteó cuestiones muy serias sobre el control de la frontera, la actuación de Marruecos y la eventual instrumentalización de los movimientos migratorios. Todo eso puede y debe discutirse. Un Estado tiene derecho a controlar sus fronteras y a garantizar la seguridad de sus ciudadanos. También tiene derecho a devolver, con todas las garantías jurídicas, a quienes no tengan derecho a permanecer en su territorio. Defender esto no convierte a nadie en racista.

El problema empieza cuando dejamos de hablar de hechos y empezamos a hablar de personas como si fueran una amenaza colectiva. Cuando «migrante» se convierte en sinónimo de «delincuente», cuando «extranjero» empieza a funcionar como sinónimo de «peligro» y cuando una multitud de seres humanos deja de ser percibida como individuos con historias diferentes para convertirse en una masa indistinguible a la que llamamos «invasores». Y todavía resulta más preocupante cuando determinadas palabras aparecen asociadas sistemáticamente a personas procedentes de África, del Magreb o de otros países empobrecidos.

Porque aquí existe una pregunta incómoda que deberíamos atrevernos a formular de una vez. ¿Utilizaríamos el mismo lenguaje si quienes hubieran cruzado la frontera fueran blancos, europeos y cristianos? Probablemente no. Y esa diferencia debería hacernos pensar. Cuando llegan personas que huyen de una guerra europea, hablamos de refugiados, desplazados, protección temporal, solidaridad y acogida. Cuando llegan personas venezolanas que escapan de una situación política y económica devastadora, hablamos de inmigración, solicitudes de protección internacional y procedimientos administrativos. Pero cuando son determinados africanos o marroquíes quienes aparecen en nuestras fronteras, demasiado a menudo el vocabulario cambia radicalmente a «avalanchas», «hordas», «invasores», «delincuentes», «violadores» o incluso «enemigos».

Y esa diferencia no es una cuestión menor. España ha demostrado durante estos años que tiene capacidad para acoger y proteger a cientos de miles de personas. Desde el comienzo de la invasión rusa de Ucrania, más de 264.000 personas procedentes de Ucrania han obtenido protección temporal en nuestro país. Al mismo tiempo, cientos de miles de personas procedentes de Venezuela, Colombia y otros países han llegado a España, muchas de ellas solicitando protección internacional por razones relacionadas con la persecución, la violencia o la situación política de sus países. No todas han obtenido protección, por supuesto, y no todas son refugiadas en sentido jurídico. Pero la realidad demuestra que la movilidad humana hacia España no empieza ni termina en Ceuta, ni tiene una única nacionalidad, ni puede explicarse exclusivamente mediante la palabra «invasión».

Y aquí aparece una contradicción que resulta difícil ignorar. Si aceptamos que una persona que huye de una guerra merece nuestra solidaridad, debemos preguntarnos qué ocurre con quien huye de una dictadura, de la persecución política, de la violencia, de la pobreza extrema o de una vida sin horizonte. El Derecho internacional no establece que la dignidad humana tenga nacionalidad. Tampoco establece que una persona merezca más protección porque sea ucraniana, venezolana, siria, afgana, colombiana, marroquí o subsahariana. La protección internacional se determina atendiendo a las circunstancias de cada persona, no al color de su piel.

Por supuesto que no todas las personas que llegan a España son refugiadas. Por supuesto que existen delincuentes entre los migrantes, exactamente igual que existen delincuentes entre los españoles. Y precisamente por eso debemos abandonar las generalizaciones. Si una persona comete un delito, que responda ante la Justicia. Si alguien viola, que sea investigado, juzgado y condenado cuando corresponda. Si alguien utiliza la violencia, que responda por ella. Pero convertir los delitos cometidos por determinadas personas en una característica atribuible a millones de seres humanos por su origen constituye una falacia y, en determinados contextos, una manifestación evidente de racismo y xenofobia.

Lo mismo sucede con la palabra «invasión». Una invasión militar implica una agresión armada, una actuación organizada de fuerzas que emplean la fuerza para penetrar en el territorio de otro Estado. Una entrada masiva de civiles puede ser gravísima, puede estar organizada, puede ser instrumentalizada por un Gobierno extranjero y puede constituir una enorme crisis fronteriza. Pero llamar «invasores» a quienes llegan significa algo más que describir un acontecimiento. ¿Por qué? Porque los convierte discursivamente en el enemigo. Y cuando ese enemigo es construido siempre a partir de determinados rasgos nacionales, étnicos, culturales o religiosos, deberíamos tener el valor de llamar a las cosas por su nombre.

También hay que decir algo que parece haberse olvidado en esta discusión. Y es que una persona puede haber entrado irregularmente en España y seguir teniendo derechos; puede tener derecho a solicitar asilo; puede ser menor de edad; puede estar enferma; uede tener familiares en España; puede ser víctima de trata; puede haber sufrido persecución; puede encontrarse en una situación de especial vulnerabilidad; y, sobre todo, puede seguir siendo un ser humano. La irregularidad administrativa no elimina la dignidad, del mismo modo que una infracción administrativa no convierte a nadie en un delincuente.

Por eso resulta especialmente preocupante que algunos discursos hayan terminado asociando de manera prácticamente automática inmigración africana, delincuencia y violencia sexual. No se trata de negar que existan delitos, sino de preguntarnos por qué determinadas noticias se utilizan para construir una imagen colectiva de millones de personas. Si un español comete una violación, hablamos de un violador. Si la comete un extranjero, determinados discursos convierten inmediatamente su nacionalidad en protagonista de la historia. Esa diferencia aparentemente pequeña puede terminar construyendo una idea muy peligrosa, porque, para quienes así lo manifiestan, el delito no es cometido por una persona concreta, sino por todo el grupo al que pertenece.

Y quizá por eso deberíamos mirar también hacia nosotros mismos. Porque el racismo contemporáneo no siempre se presenta con insultos, símbolos extremistas o declaraciones abiertamente supremacistas. A veces se presenta con traje y corbata, hablando de seguridad. A veces aparece disfrazado de preocupación por las mujeres, por los barrios o por la identidad nacional. A veces se introduce en nuestro lenguaje sin que siquiera nos demos cuenta. Y precisamente por eso resulta tan importante distinguir entre preocupación legítima por la seguridad y construcción xenófoba del miedo.

Podemos defender una frontera fuerte sin convertir al extranjero en enemigo; podemos exigir que se cumpla la ley sin deshumanizar a quien la infringe; podemos pedir devoluciones cuando legalmente procedan sin reclamar devoluciones indiscriminadas; podemos investigar una posible instrumentalización de la migración por parte de Marruecos sin convertir a los marroquíes en responsables colectivos; y podemos exigir a los poderes públicos que solucionen la situación de quienes permanecen en Ceuta sin aceptar que esas personas tengan que vivir durante meses en un limbo administrativo.

Al final, la cuestión no debería ser si somos capaces de elegir entre seguridad y derechos humanos. Una democracia verdaderamente sólida debería ser capaz de defender ambas cosas al mismo tiempo. La frontera puede estar protegida y la dignidad humana también. El Estado puede controlar quién entra y quién permanece sin necesidad de convertir a quienes vienen de África en una amenaza biológica, cultural o criminal. Porque cuando empezamos a clasificar a las personas según el color de su piel, su lugar de nacimiento o su religión antes incluso de conocer sus historias, dejamos de hablar de seguridad y comenzamos a hablar de prejuicio.

El verdadero problema no es quién cruza la frontera, sino por qué, cuando cambia el color de la piel de quien la cruza, cambia también nuestro lenguaje, nuestra compasión y nuestra idea de quién merece ser llamado refugiado.

Una frontera puede protegerse sin convertir al extranjero en enemigo, pero cuando el miedo tiene color de piel, quizá ya no estamos hablando de seguridad.

Estamos hablado de racismo y xenofobia.

Simplemente.