(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩)
🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽
Algunas canciones que parecen pertenecer a otro tiempo hasta que vuelves a escucharlas y te das cuenta de que, en realidad, siguen hablando de nosotros. Eso me pasa con «Le Déserteur», de Boris Vian. Fue escrita en 1954, en un momento marcado por la guerra de Indochina y por la posibilidad de una nueva movilización militar, pero lo que cuenta podría haber sido escrito hoy mismo. Porque, en el fondo, no habla solamente de una guerra. Habla de una persona a la que le dicen que tiene que ir a luchar y que decide que no quiere hacerlo. Y también habla de algo tan sencillo y tan difícil como preguntarnos hasta dónde estamos dispuestos a obedecer cuando aquello que nos ordenan choca directamente con nuestra conciencia.
A mí siempre me ha impresionado esa idea. Vivimos acostumbrados a pensar que ser valiente significa enfrentarse a alguien, luchar, resistir o incluso empuñar un arma cuando las circunstancias lo exigen. Pero también hace falta muchísimo valor para decir que no. Para quedarse quieto cuando todo el mundo espera que avances. Para negarte a hacer daño cuando te dicen que hacerlo es tu deber. Para defender que tu vida y la vida de los demás tienen un valor que ninguna bandera, ningún uniforme y ninguna orden deberían poder borrar.
Ahí es donde esta canción se encuentra con los derechos humanos. Porque los derechos humanos no empiezan cuando todo está bien. Empiezan precisamente cuando las cosas se ponen difíciles, cuando aparece la violencia, cuando el miedo se apodera de nosotros y cuando quienes tienen poder intentan convencernos de que determinadas cosas son inevitables. Es entonces cuando necesitamos recordar que detrás de cada uniforme hay una persona y que detrás de cada guerra hay miles, millones de personas que tienen nombre, familia, recuerdos, sueños y una vida que probablemente no eligieron poner en peligro.
A veces hablamos de las guerras como si fueran partidas de ajedrez. Hablamos de territorios, estrategias, ofensivas, victorias y derrotas, pero olvidamos demasiado fácilmente que las guerras no las sufren los mapas. Las sufren las personas; las sufre quien pierde su casa, quien tiene que abandonar su país, quien recibe una llamada diciéndole que alguien ya no volverá, quien crece escuchando explosiones en lugar de jugar tranquilamente en la calle; y las sufren quienes quizá nunca tuvieron nada que ver con las decisiones que provocaron el conflicto y, sin embargo, terminan pagando el precio más alto.
Por eso «Le Déserteur» me parece una canción profundamente humana. Porque no intenta convertir la guerra en una aventura heroica ni presentar la muerte como algo inevitable o glorioso. Nos coloca delante de una persona que simplemente dice que no quiere matar y que tampoco quiere morir por una causa que no siente como propia. Y quizá esa sencillez sea precisamente lo que la hace tan poderosa. No hace falta utilizar grandes discursos para defender la vida. A veces basta con reconocer que queremos seguir vivos y que también queremos que los demás puedan hacerlo.
También hay algo especialmente importante en la canción cuando pensamos en la libertad de conciencia. Una persona puede recibir una orden, pero eso no significa que deje de tener conciencia. Puede existir una obligación legal y, al mismo tiempo, una profunda necesidad moral de preguntarse si aquello que se está haciendo es justo. La historia nos ha enseñado demasiadas veces que la frase “yo solamente obedecía órdenes” no puede convertirse en una respuesta suficiente cuando hablamos de violencia y de graves vulneraciones de los derechos humanos.
Quizá por eso esta canción sigue siendo incómoda tantos años después. Porque nos obliga a preguntarnos qué haríamos nosotros si algún día nos encontráramos en esa situación. ¿Qué haríamos si nos pidieran hacer algo que sabemos que está mal? ¿Qué haríamos si decir que no tuviera consecuencias? ¿Qué haríamos si obedecer fuera lo más sencillo y negarnos fuese lo más difícil? No sé si existe una respuesta fácil para esas preguntas, pero sí creo que merece la pena hacérnoslas antes de que sea demasiado tarde.
«Le Déserteur» también me hace pensar en todas esas personas que, a lo largo de la historia, han tenido que abandonar sus hogares porque no querían participar en una guerra, han rechazado empuñar un arma, han denunciado abusos cometidos por quienes tenían autoridad o simplemente han decidido que no querían formar parte de una maquinaria de violencia. Algunas fueron perseguidas, otras encarceladas y otras tuvieron que empezar de nuevo lejos de sus familias. Muchas nunca aparecieron en los libros de historia, pero su decisión de decir no también forma parte de la historia de los derechos humanos.
Defender los derechos humanos no siempre consiste en hacer algo extraordinario. A veces consiste en algo mucho más cotidiano y mucho más difícil. Consiste en no mirar hacia otro lado; en no acostumbrarnos al sufrimiento; en no pensar que la violencia contra otras personas es un problema que no nos afecta; y en recordar que la dignidad de una persona no depende de su nacionalidad, de su uniforme, de la bandera que lleve o del lado de una frontera en el que haya nacido.
Por eso, cuando escucho esta canción, no pienso solamente en alguien que se niega a ir a una guerra. Pienso en una persona que está intentando conservar algo que ninguna guerra debería poder arrebatarle: su humanidad. Y pienso también en que, en un mundo que tantas veces nos enseña a enfrentarnos, quizá una de las formas más profundas de valentía siga siendo elegir la vida frente a la violencia.
Al final, detrás de todas las fronteras, de todas las banderas y de todas las guerras, seguimos siendo personas que quieren exactamente lo mismo. Solo queremos poder vivir en paz, seguir queriendo a quienes queremos y poder volver a casa.
Mientras alguien tenga el valor de decir no a la violencia, todavía habrá una puerta abierta para la esperanza.
Porque decir no a la guerra también es decir sí a la vida.
Digamos siempre «sí».
Sí a la vida.

Señor Presidente
Le escribo una carta
Que quizá lea usted
Si tiene tiempo
Acabo de recibir
Mis papeles militares
Para partir a la guerra
Antes del miércoles por la noche
Señor Presidente
Yo no quiero hacerla
No estoy en la tierra
Para matar a pobres gentes
No es para enfadarle
Pero debo decirle
Que mi decisión está tomada
Me voy a desertar
Desde que nací
He visto morir a mi padre
He visto partir a mis hermanos
Y llorar a mis hijos
Mi madre ha sufrido tanto
Que está dentro de su tumba
Y se ríe de las bombas
Y se ríe de los gusanos
Cuando fui prisionero
Me robaron a mi mujer
Me robaron el alma
Y todo mi querido pasado
Mañana por la mañana
Cerraré mi puerta
En las narices de los años muertos
E iré por los caminos
Mendigaré mi vida
Por las carreteras de Francia
De Bretaña a Provenza
Y les diré a la gente:
¡Rechazad obedecer!
¡Rechazad hacerla!
¡No vayáis a la guerra!
¡Rechazad partir!
Si hay que dar la sangre
Id a dar la vuestra
Usted es un buen apóstol
Señor Presidente
Si me persigue
Avise a sus gendarmes
Que no llevaré armas
Y que podrán disparar.
🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Le Déserteur
Certaines chansons semblent appartenir à une autre époque jusqu’au jour où on les réécoute et où l’on se rend compte qu’en réalité, elles continuent de parler de nous. C’est exactement ce que je ressens avec « Le Déserteur », de Boris Vian. Écrite en 1954, dans un contexte marqué par la guerre d’Indochine et par la perspective d’une nouvelle mobilisation militaire, elle raconte pourtant quelque chose qui aurait parfaitement pu être écrit aujourd’hui. Car au fond, cette chanson ne parle pas seulement d’une guerre. Elle parle d’une personne à qui l’on dit qu’elle doit aller combattre et qui décide qu’elle ne veut pas le faire. Elle parle aussi de quelque chose d’aussi simple que difficile, se demander jusqu’où nous sommes prêts à obéir lorsque ce que l’on nous ordonne entre directement en conflit avec notre conscience.
Cette idée m’a toujours profondément marqué. Nous avons l’habitude de penser qu’être courageux signifie affronter quelqu’un, se battre, résister ou même prendre les armes lorsque les circonstances l’exigent. Mais il faut aussi énormément de courage pour dire non. Pour rester immobile lorsque tout le monde attend de nous que nous avancions. Pour refuser de faire du mal lorsque l’on nous dit que c’est notre devoir. Pour défendre l’idée que notre vie et celle des autres ont une valeur qu’aucun drapeau, aucun uniforme et aucun ordre ne devraient pouvoir effacer.
C’est là que cette chanson rejoint les droits humains. Car les droits humains ne commencent pas lorsque tout va bien. Ils commencent précisément lorsque les choses deviennent difficiles, lorsque la violence apparaît, lorsque la peur s’empare de nous et lorsque ceux qui détiennent le pouvoir essaient de nous convaincre que certaines choses sont inévitables. C’est alors que nous devons nous rappeler que derrière chaque uniforme se trouve une personne et que derrière chaque guerre se trouvent des milliers, des millions de personnes qui ont un nom, une famille, des souvenirs, des rêves et une vie qu’elles n’ont probablement jamais choisi de mettre en danger.
Nous parlons parfois des guerres comme s’il s’agissait de parties d’échecs. Nous parlons de territoires, de stratégies, d’offensives, de victoires et de défaites, mais nous oublions trop facilement que les guerres ne sont pas vécues par les cartes. Elles sont vécues par les personnes. Elles sont vécues par celui ou celle qui perd sa maison, par celui ou celle qui doit quitter son pays, par celui ou celle qui reçoit un appel lui annonçant qu’une personne qu’il aime ne rentrera plus jamais, par celui ou celle qui grandit en entendant des explosions au lieu de jouer tranquillement dans la rue. Et elles sont vécues par des personnes qui n’ont peut-être jamais rien eu à voir avec les décisions qui ont provoqué le conflit et qui, pourtant, finissent par en payer le prix le plus lourd.
C’est pour cela que « Le Déserteur » me semble être une chanson profondément humaine. Elle ne cherche pas à transformer la guerre en aventure héroïque ni à présenter la mort comme quelque chose d’inévitable ou de glorieux. Elle nous place face à une personne qui dit simplement qu’elle ne veut pas tuer et qu’elle ne veut pas non plus mourir pour une cause qu’elle ne considère pas comme la sienne. Et c’est peut-être précisément cette simplicité qui la rend si puissante. Il n’est pas nécessaire de prononcer de grands discours pour défendre la vie. Parfois, il suffit de reconnaître que nous voulons continuer à vivre et que nous voulons aussi que les autres puissent en faire autant.
Il y a également quelque chose de particulièrement important dans cette chanson lorsque l’on pense à la liberté de conscience. Une personne peut recevoir un ordre, mais cela ne signifie pas qu’elle cesse d’avoir une conscience. Il peut exister une obligation légale et, en même temps, un profond besoin moral de se demander si ce que l’on est en train de faire est juste. L’Histoire nous a montré bien trop souvent que la phrase « je ne faisais qu’obéir aux ordres » ne peut pas devenir une réponse suffisante lorsqu’il est question de violence et de graves violations des droits humains.
C’est peut-être pour cela que cette chanson reste aussi dérangeante, tant d’années après. Parce qu’elle nous oblige à nous demander ce que nous ferions si, un jour, nous nous retrouvions dans une telle situation. Que ferions-nous si l’on nous demandait de faire quelque chose dont nous savons que c’est mal ? Que ferions-nous si dire non avait des conséquences ? Que ferions-nous si obéir était la solution la plus simple et refuser était la plus difficile ? Je ne sais pas s’il existe une réponse facile à ces questions, mais je crois profondément que cela vaut la peine de se les poser avant qu’il ne soit trop tard.
« Le Déserteur » me fait également penser à toutes ces personnes qui, au cours de l’Histoire, ont dû abandonner leur foyer parce qu’elles ne voulaient pas participer à une guerre, qui ont refusé de prendre les armes, qui ont dénoncé les abus commis par ceux qui détenaient l’autorité ou qui ont simplement décidé qu’elles ne voulaient pas faire partie d’une machine fondée sur la violence. Certaines ont été persécutées, d’autres emprisonnées et d’autres encore ont dû recommencer leur vie loin de leurs proches. Beaucoup n’ont jamais figuré dans les livres d’Histoire, mais leur décision de dire non fait elle aussi partie de l’histoire des droits humains.
Défendre les droits humains ne signifie pas toujours accomplir quelque chose d’extraordinaire. Parfois, cela consiste en quelque chose de beaucoup plus quotidien et de beaucoup plus difficile. Cela signifie ne pas détourner le regard, ne pas nous habituer à la souffrance, ne pas penser que la violence faite aux autres est un problème qui ne nous concerne pas et nous rappeler que la dignité d’une personne ne dépend ni de sa nationalité, ni de son uniforme, ni du drapeau qu’elle porte, ni du côté de la frontière où elle est née.
C’est pourquoi, lorsque j’écoute cette chanson, je ne pense pas seulement à quelqu’un qui refuse d’aller à la guerre. Je pense à une personne qui essaie de préserver quelque chose qu’aucune guerre ne devrait pouvoir lui enlever, son humanité. Et je pense aussi que, dans un monde qui nous apprend si souvent à nous opposer les uns aux autres, l’une des formes les plus profondes de courage consiste peut-être encore à choisir la vie plutôt que la violence.
Au fond, derrière toutes les frontières, tous les drapeaux et toutes les guerres, nous restons des êtres humains qui veulent exactement la même chose. Nous voulons simplement pouvoir vivre en paix, continuer à aimer ceux que nous aimons et pouvoir rentrer chez nous.
Tant qu’une personne aura le courage de dire non à la violence, une porte restera ouverte sur l’espoir.
Parce que dire non à la guerre, c’est aussi dire oui à la vie.
Disons toujours “Oui”.
Oui à la vie.

Monsieur le Président
Je vous fais une lettre
Que vous lirez peut-être
Si vous avez le temps
Je viens de recevoir
Mes papiers militaires
Pour partir à la guerre
Avant mercredi soir
Monsieur le Président
Je ne veux pas la faire
Je ne suis pas sur terre
Pour tuer des pauvres gens
C’est pas pour vous fâcher
Il faut que je vous dise
Ma décision est prise
Je m’en vais déserter
Depuis que je suis né
J’ai vu mourir mon père
J’ai vu partir mes frères
Et pleurer mes enfants
Ma mère a tant souffert
Qu’elle est dedans sa tombe
Et se moque des bombes
Et se moque des vers
Quand j’étais prisonnier
On m’a volé ma femme
On m’a volé mon âme
Et tout mon cher passé
Demain de bon matin
Je fermerai ma porte
Au nez des années mortes
J’irai sur les chemins
Je mendierai ma vie
Sur les routes de France
De Bretagne en Provence
Et je dirai aux gens
Refusez d’obéir
Refusez de la faire
N’allez pas à la guerre
Refusez de partir
S’il faut donner son sang
Allez donner le vôtre
Vous êtes bon apôtre
Monsieur le Président
Si vous me poursuivez
Prévenez vos gendarmes
Que je n’aurai pas d’armes
Et qu’ils pourront tirer

