Ayer decíamos “Maricarmen se queda”. Y queríamos creer que así sería. Pero esta mañana, finalmente, el desahucio se ha ejecutado.
Maricarmen, con 87 años, una discapacidad reconocida del 50 % y después de haber vivido 71 años en aquella casa, ha sido desahuciada de la vivienda en la que entró cuando apenas tenía 17 años. Allí vivió con sus padres; allí murieron sus padres; allí ha pasado prácticamente toda su vida; y allí estaban sus recuerdos, sus cosas y una parte enorme de su historia.
Durante toda la noche, vecinos, activistas y miembros del Sindicato de Inquilinas permanecieron frente al portal para intentar evitarlo. Cientos de personas se concentraron esta mañana bajo un mismo mensaje: “Maricarmen se queda”. Pero, finalmente, llegó la comisión judicial y el lanzamiento se llevó a cabo.
Quizá lo más doloroso de todo sea precisamente que, después de tantos años, después de tantos intentos, después de acudir a las instituciones y después de que el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de Naciones Unidas pidiera a España que evitara el desalojo sin garantizar una alternativa habitacional adecuada, Maricarmen ha terminado saliendo de su casa.
Durante estos días también hemos conocido que se llegó a ofrecer una solución económica. Una conocida escritora, que ha preferido permanecer en el anonimato, se ofreció a asumir la diferencia del alquiler para que Maricarmen pudiera permanecer en su vivienda. También se plantearon otras alternativas, incluida la posibilidad de que las administraciones adquirieran el inmueble. Pero ninguna de esas vías consiguió detener el lanzamiento.
Y es aquí donde creo que merece la pena detenernos un momento. Esto no debería reducirse a una discusión entre propietarios e inquilinos, ni a una cuestión de números, contratos o procedimientos judiciales. Es algo mucho más sencillo. Hay una mujer de 87 años que hoy ha perdido su casa. Una mujer que llevaba 71 años viviendo allí. Y eso debería hacernos pensar.
Como abogado, sé muy bien que los desalojos tienen un marco legal que los ampara. Pero que algo pueda hacerse conforme a la ley no significa que debamos dejar de preguntarnos por sus consecuencias humanas. Especialmente cuando hablamos de personas mayores, con discapacidad y en una situación de especial vulnerabilidad. Por eso, ahora más que nunca, hay que pedir a las administraciones que no miren hacia otro lado.
El desahucio ya se ha ejecutado. Pero Maricarmen sigue necesitando un hogar. Necesita una solución digna, estable y adecuada a sus circunstancias. No merece terminar sus días saltando de un recurso provisional a otro y tampoco merece que su vida se convierta en un expediente más.
Hoy merece todo nuestro cariño y reconocimiento el Sindicato de Inquilinas y todas aquellas personas que han estado junto a Maricarmen estos días; a quienes han pasado la noche en la calle; a quienes han acudido a la concentración; a quienes han intentado negociar; y a quienes simplemente han decidido que una mujer de 87 años no debía enfrentarse sola a algo así. Hoy podemos sentir tristeza, rabia o impotencia. Pero no podemos permitir que todo termine cuando se cierra una puerta.
Maricarmen ya no está en su casa, pero sigue teniendo derecho a una vida digna y a un hogar. Así que la pregunta ya no es solamente cómo evitar su desahucio, sino qué es lo que vamos a hacer para que tenga un lugar donde vivir ahora que se ha visto obligada a abandonar su hogar.
Pero Maricarmen se queda con nosotros.
Su historia no termina hoy.


