Alí tiene solo ocho años

Cuesta creer algunas noticias. Son ese tipo de informaciones que deberían obligarnos a parar un minuto, dejar por un momento las trincheras políticas, los argumentarios y las guerras de redes sociales. Porque detrás de determinadas palabras, de determinados discursos y de determinadas campañas de señalamiento hay personas, personas de carne y hueso, y, en ocasiones, niños.

Alí tiene ocho años. Es un niño marroquí que llegó a Ceuta el pasado 30 de julio y que vive actualmente en un asentamiento del barrio de El Príncipe junto a sus padres y su hermano pequeño, de tres años. En la noche del lunes, varias personas encapuchadas que circulaban en una motocicleta efectuaron disparos con un rifle de perdigones contra el asentamiento. Uno de los proyectiles alcanzó a Alí en la cabeza, muy cerca del ojo derecho, provocándole una herida de varios centímetros. El menor tuvo que ser trasladado al hospital para recibir asistencia médica.

No sabemos todavía quiénes fueron los autores. Tampoco sabemos cuál era exactamente su motivación, si pertenecían a una organización, si actuaron por iniciativa propia o si el ataque tuvo una motivación ideológica. Y conviene decirlo claramente porque combatir el odio también exige respetar los hechos y no convertir las sospechas en certezas.

Pero sí sabemos lo que ocurrió. Y es que un niño de ocho años recibió un disparo de perdigones en la cabeza mientras se encontraba en un asentamiento de personas migrantes. Y eso debería estremecernos.

Este ataque no sucede en el vacío, no surge de la nada. Se produce después de semanas de una enorme tensión social y política alrededor de la inmigración en Ceuta. Desde las entradas masivas de finales de julio, la ciudad vive una situación extraordinariamente compleja. Las protestas se han sucedido y en los últimos días se han registrado también episodios de acoso, insultos y agresiones contra periodistas que cubren la situación. Algunos de estos episodios han tenido un evidente componente racista. 

Hemos asistido a una preocupante normalización de determinados discursos de odio. El problema no es que una sociedad discuta sobre inmigración, naturalmente que puede y debe hacerlo. El problema aparece cuando dejamos de hablar de políticas migratorias y empezamos a hablar de seres humanos como si fueran una amenaza colectiva, una invasión, una plaga o un enemigo.

Las palabras importan, importan muchísimo. Porque cuando durante demasiado tiempo se deshumaniza a un colectivo, cuando se señala a personas por su origen, cuando se convierte a los migrantes en el chivo expiatorio de todos los problemas y cuando desde determinados espacios políticos y sociales se alimenta permanentemente el miedo y el rechazo, estamos construyendo un clima social muy peligroso. Y la experiencia histórica nos enseña que la violencia rara vez aparece de repente. Antes de la violencia física suele existir una violencia verbal, simbólica y social que prepara el terreno.

Por eso lo digo con absoluta claridad. Tarde o temprano, si no frenamos esta deriva, habrá una muerte violenta provocada por el racismo y la xenofobia que se están extendiendo en nuestro país, especialmente después del episodio de Ceuta.

Ojalá me equivoque, ojalá dentro de unos meses podamos releer estas palabras y comprobar que fueron una advertencia exagerada. Pero sería irresponsable ignorar las señales que tenemos delante. Un niño ya ha recibido un disparo en la cabeza; periodistas están siendo increpados y agredidos mientras trabajan; se suceden manifestaciones en las que se escuchan insultos y amenazas; y el debate migratorio está siendo acompañado, en determinados sectores, por una retórica cada vez más agresiva y deshumanizadora. 

No estoy diciendo que quien defiende una política migratoria restrictiva sea racista. No lo es necesariamente. Tampoco que toda persona que protesta por la situación de Ceuta sea xenófoba. Eso sería injusto y falso.

Estoy hablando de otra cosa, estoy hablando de la responsabilidad que tenemos cuando convertimos a millones de personas en un «ellos”; cuando dejamos de ver al ser humano que hay detrás de la palabra «migrante”; y cuando un niño como Alí deja de ser Alí y pasa a convertirse simplemente en «uno de esos». Porque Alí no es una cifra, tiene ocho años y ningún niño debería aprender lo que es el odio recibiendo un disparo en la cabeza.

El racismo y la xenofobia no empiezan cuando alguien aprieta el gatillo. Empiezan mucho antes, cuando conseguimos que determinadas personas dejen de ser vistas como personas.

Si no somos capaces de detener esa deshumanización ahora, mañana puede ser demasiado tarde.

Si es que no lo es ya. 

La dignidad humana no tiene fronteras

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🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Hoy, 8 de septiembre, se celebra en España el Día del Cooperante, una fecha en la que reconocemos la labor de miles de personas que, desde distintos lugares del mundo, trabajan cada día acompañando a comunidades y personas que afrontan situaciones de pobreza, desigualdad, conflictos, desplazamientos, catástrofes o vulneraciones de sus derechos. Pero quizá sea también un buen día para preguntarnos qué significa realmente cooperar y ser cooperante. 

La cooperación internacional no debería entenderse simplemente como enviar ayuda desde los países más ricos hacia aquellos que atraviesan mayores dificultades. Cooperar es mucho más que eso. Es escuchar, es acompañar, es compartir conocimientos y capacidades; y es trabajar junto a las comunidades y reconocer que quienes reciben apoyo no son meros beneficiarios, sino protagonistas de sus propios procesos de transformación.

Durante demasiado tiempo hemos hablado de determinados países únicamente desde la perspectiva de sus problemas. Hemos utilizado palabras como pobreza, hambre, guerra o subdesarrollo para describir realidades enormemente complejas y, en ocasiones, hemos terminado olvidando que detrás de cada estadística hay personas. Personas con nombres, familias, sueños, proyectos y derechos.

La cooperación basada en los Derechos Humanos parte precisamente de esa idea. No se trata de caridad; no se trata de paternalismo; y no se trata de que unas personas tengan que agradecer eternamente a otras aquello que reciben. Se trata de justicia.

Cuando una persona no tiene acceso a alimentos, vivienda, educación, asistencia sanitaria o seguridad, no estamos simplemente ante una desgracia individual. Estamos ante una vulneración de derechos que debe interpelarnos como sociedad.

Quienes trabajan en cooperación realizan una tarea que va mucho más allá de la ejecución de proyectos. Muchas personas cooperantes trabajan en lugares donde las condiciones son extraordinariamente difíciles, acompañando a quienes han tenido que abandonar sus hogares, atendiendo emergencias humanitarias, defendiendo los derechos de las mujeres y de la infancia, apoyando sistemas educativos y sanitarios o contribuyendo a que comunidades enteras puedan recuperar su autonomía y construir un futuro con mayores oportunidades.

En ocasiones su trabajo de las personas cooperantes permanece lejos de los focos. No aparece en los titulares. No ocupa las primeras páginas de los periódicos. Pero está ahí, en una escuela, en un hospital, en un campo de refugiados, en una comunidad rural; en una zona devastada por una guerra o por una catástrofe natural; y, quizá lo más importante, también está en la esperanza de que las cosas pueden cambiar.

Vivimos un momento especialmente complicado para la cooperación internacional. Las guerras se multiplican, las crisis humanitarias se prolongan, millones de personas se ven obligadas a desplazarse y las desigualdades continúan creciendo. A todo ello se suma una emergencia climática que está golpeando con especial dureza a quienes menos responsabilidad han tenido en provocarla.

Frente a esta realidad, algunos pueden pensar que la cooperación es un lujo que debemos permitirnos únicamente cuando las circunstancias económicas son favorables, pero es justo lo contrario. Es precisamente cuando el mundo se vuelve más injusto cuando más necesitamos cooperar.

La solidaridad no puede depender de que nos sobren recursos. Porque los Derechos Humanos tampoco pueden depender de cuánto dinero tengamos disponible. No podemos defender la dignidad humana únicamente cuando resulta cómodo hacerlo; no podemos hablar de igualdad mientras aceptamos que millones de personas nazcan condenadas a tener muchas menos oportunidades que otras simplemente por haber nacido en el lugar equivocado; y no podemos hablar de humanidad y permanecer indiferentes ante quienes sufren.

Por eso, en este Día del Cooperante, tenemos que reconocer a todas esas personas que han decidido dedicar una parte de su vida a trabajar por los demás. A quienes están sobre el terreno y a quienes sostienen esos proyectos desde sus organizaciones, universidades, administraciones, asociaciones y entidades sociales. A quienes aportan sus conocimientos profesionales y a quienes ofrecen su tiempo como voluntarios.

Cooperar no significa salvar a nadie. Significa caminar juntos; significa entender que nadie debería necesitar ser salvado de una injusticia que nunca debería haber existido; y significa trabajar para que las personas puedan ejercer sus derechos, tomar sus propias decisiones y construir su propio futuro.

Quizá esa sea la verdadera esencia de la cooperación. Porque no se trata de construir dependencia, sino autonomía; no consiste en imponer soluciones, sino construirlas conjuntamente; no se tiene que hablar por quienes sufren, sino escucharles y garantizar que sus voces sean escuchadas; y no se puede considerar la solidaridad como un gesto de superioridad, sino como una expresión de nuestra responsabilidad compartida.

Vivimos en un mundo profundamente interconectado. Lo que sucede a miles de kilómetros también termina afectándonos. Las guerras, las migraciones, las crisis climáticas, las desigualdades económicas y las vulneraciones de derechos no entienden de fronteras. Y los Derechos Humanos tampoco deberían entender de fronteras.

Por eso hoy merece la pena detenernos un momento y mirar hacia todas esas personas que trabajan para que la solidaridad se convierta en algo más que una palabra.

Porque cooperar es compartir, acompañar y construir juntos. Debemos ser capaces de defender la justicia allí donde hace falta. 

Y, sobre todo, porque cooperar es comprender que la dignidad humana no tiene fronteras. 

Se extiende si límites.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Human Dignity Knows No Borders

Today, 8 September, Spain celebrates Cooperation Workers’ Day, a day on which we recognise the work of thousands of people who, in different parts of the world, dedicate themselves every day to supporting communities and individuals facing poverty, inequality, conflict, displacement, disasters or violations of their rights. But perhaps it is also a good day to ask ourselves what it really means to cooperate and to be a cooperation worker.

International cooperation should not simply be understood as sending aid from wealthier countries to those facing greater hardship. Cooperation is about so much more than that. It is about listening, supporting, sharing knowledge and expertise, and working alongside communities while recognising that those receiving support are not merely beneficiaries, but active participants in their own processes of transformation.

For far too long, we have spoken about certain countries solely from the perspective of their problems. We have used words such as poverty, hunger, war or underdevelopment to describe enormously complex realities and, at times, we have ended up forgetting that behind every statistic there are people. People with names, families, dreams, aspirations and rights.

Human rights-based cooperation starts precisely from this idea. It is not about charity; it is not about paternalism; and it is not about some people having to be eternally grateful to others for what they receive. It is about justice.

When a person has no access to food, housing, education, healthcare or security, we are not simply witnessing an individual misfortune. We are witnessing a violation of rights that must challenge us as a society.

Those working in international cooperation carry out a task that goes far beyond the implementation of projects. Many cooperation workers operate in places where conditions are extraordinarily difficult, supporting people who have been forced to leave their homes, responding to humanitarian emergencies, defending the rights of women and children, supporting education and healthcare systems, and helping entire communities regain their autonomy and build a future with greater opportunities.

At times, the work of cooperation workers remains far from the spotlight. It does not make the headlines. It does not appear on the front pages of newspapers. But it is there: in a school, in a hospital, in a refugee camp, in a rural community; in an area devastated by war or natural disaster; and, perhaps most importantly, it is also there in the hope that things can change.

We are living through an especially challenging time for international cooperation. Wars are multiplying, humanitarian crises are becoming protracted, millions of people are being forced to flee their homes, and inequalities continue to grow. On top of all this, there is a climate emergency that is hitting hardest those who bear the least responsibility for causing it.

Faced with this reality, some may think that cooperation is a luxury we can only afford when economic circumstances are favourable, but the opposite is true. It is precisely when the world becomes more unjust that we need cooperation most.

Solidarity cannot depend on whether we have resources to spare. Human rights cannot depend on how much money we have available either. We cannot defend human dignity only when doing so is convenient; we cannot speak of equality while accepting that millions of people are born condemned to have far fewer opportunities than others simply because they were born in the wrong place; and we cannot speak of humanity while remaining indifferent to those who suffer.

That is why, on this Cooperation Workers’ Day, we must recognise all those people who have chosen to dedicate part of their lives to working for others. Those working on the ground and those who sustain these projects through their organisations, universities, public institutions, associations and civil society organisations. Those who contribute their professional expertise and those who give their time as volunteers.

Cooperation does not mean saving anyone. It means walking together; it means understanding that no one should ever need to be saved from an injustice that should never have existed in the first place; and it means working to ensure that people can exercise their rights, make their own decisions and build their own future.

Perhaps that is the true essence of cooperation. Because it is not about creating dependency, but autonomy; it is not about imposing solutions, but building them together; it is not about speaking on behalf of those who suffer, but listening to them and ensuring that their voices are heard; and solidarity cannot be regarded as an act of superiority, but as an expression of our shared responsibility.

We live in a deeply interconnected world. What happens thousands of miles away ultimately affects us too. Wars, migration, climate crises, economic inequalities and violations of rights know no borders. And human rights should know no borders either.

That is why today it is worth taking a moment to look towards all those people who work to ensure that solidarity becomes more than just a word.

Because cooperation means sharing, supporting one another and building together. We must be capable of defending justice wherever it is needed.

And, above all, because cooperation means understanding that human dignity knows no borders.

It knows no limits.

Farmeando aura

Últimamente no paras de escuchar lo de “farmear aura”. Que si alguien ha hecho una entrada brutal y ha ganado +1000 de aura, que si otro ha dicho una frase en el momento perfecto y acaba de farmear aura como si no hubiera mañana, que si alguien hace una cosa súper random y automáticamente pierde 500 puntos. WTF!!

Es básicamente convertir la vida en un videojuego en el que todos llevamos un marcador invisible encima y vamos sumando o perdiendo aura según lo que hacemos. Y sí, muchas veces se utiliza para hacer memes y echarnos unas risas, pero si lo pensamos un poco, la idea tiene bastante más sentido del que parece. Porque farmear aura para ser buena persona es el mayor flex.

Porque, seamos sinceros, ¿qué es realmente tener aura? No es solamente ir de guay, tener estilo o conseguir que todo el mundo se fije en ti. También es cómo tratas a la gente cuando nadie te está obligando a hacerlo bien. Es tener personalidad, pero también tener empatía. Es poder hacerte el importante y decidir que no hace falta. Es estar con tus amigos y no dejar tirado al que está pasando un mal momento. Es ver que alguien está siendo insultado por ser diferente y tener los huevos de decir que eso no tiene ninguna gracia. Eso, para mí, también es aura. Y bastante más que cualquier pose para Instagram o morralla en TikTok.

De hecho, si existiera un contador de aura de verdad, creo que tendríamos que empezar a repartir puntos de otra manera. Ayudar a alguien que está solo: +1000; defender a una persona a la que están acosando: +2000; parar una broma cuando te das cuenta de que ya no es una broma y se está convirtiendo en una humillación: +3000; defender a alguien por su orientación sexual, por su origen, por su color de piel, por tener una discapacidad o simplemente porque es diferente: +5000 de aura; y hacerlo sin grabarlo, sin subirlo a TikTok y sin esperar que todo el mundo te diga lo increíble que eres, ¡ESO ES DE NIVEL LEGENDARIO, BRO!

Porque también hay una cosa que estamos empezando a entender. No todo tiene que ser postureo. A veces hacemos algo bueno y nuestra primera reacción es contarlo. Una historia, una foto, un vídeo, un “mirad lo que he hecho”. Y tampoco pasa nada, pero hay acciones que tienen muchísimo más valor cuando no las ve nadie. Cuando ayudas porque quieres ayudar y no porque quieres que te den «likes»; cuando defiendes a alguien aunque tus amigos no estén de acuerdo; cuando dices “eso no está bien” aunque sabes que igual te van a llamar pesado, exagerado o cualquier otra cosa. Ahí sí que estás farmeando aura de verdad.

Y ojo, porque también se puede perder aura a lo bestia. Reírte de alguien para quedar bien delante de los demás, utilizar a una persona vulnerable para conseguir visitas, hacerte el gracioso mientras humillas a alguien o mirar para otro lado porque “no es mi problema” debería quitarte aura automáticamente. Y no, no hace falta convertirse en un superhéroe ni ir por la vida intentando salvar a todo el mundo. A veces basta con algo tan sencillo como no participar en la mierda en la que otros revuelcan.

Además, no podemos olvidar que los derechos humanos no dependen de tu aura. Da igual que seas el más popular de clase o que no te conozca absolutamente nadie; da igual que seas guapísimo, tengas mil seguidores o pases completamente desapercibido; da igual que seas de aquí o de allí, que hables diferente, que seas heterosexual, gay, lesbiana, bisexual o trans, que tengas una discapacidad o que simplemente no encajes en lo que los demás esperan de ti. Tu dignidad no se desbloquea. Ya viene contigo.

Y quizá eso sea precisamente lo más guapo de todo. Que podemos utilizar una expresión que nació prácticamente como un meme para hablar de algo muy serio. Porque sí, podemos seguir diciendo que alguien ha ganado +1000 de aura porque ha hecho una jugada increíble, porque ha soltado una respuesta épica o porque ha entrado en una habitación con una seguridad brutal. Pero también podemos empezar a entender que hay personas que tienen una barbaridad de aura simplemente porque hacen que los demás se sientan seguros, respetados y libres para ser quienes son.

Así que, si vamos a farmear aura, hagámoslo bien. No para estar por encima de nadie, sino para que nadie tenga que sentirse por debajo; no para conseguir más «likes», sino para conseguir que alguien que estaba solo tenga a alguien a su lado; y no para parecer mejores personas, sino para serlo cuando toca.

Porque el verdadero +∞ de aura no lo consigues cuando todo el mundo te mira. Lo consigues cuando miras a alguien que el mundo había dejado de mirar y le haces sentir, aunque sea por un momento, que importa.

Con eso ganas +1000000.