Indudablemente, lo que está ocurriendo en Ceuta es extremadamente grave y la situación ha empeorado en los últimos días. Precisamente por eso resulta todavía más indignante comprobar cómo una crisis migratoria, humanitaria y de seguridad está siendo utilizada por algunos para alimentar el miedo, el enfrentamiento y mensajes abiertamente racistas y xenófobos. No estamos ante un problema sencillo ni ante una situación que pueda explicarse con una sola consigna. Hay una entrada masiva de personas, una presión extraordinaria sobre una ciudad de apenas 20 kilómetros cuadrados, una emergencia humanitaria, personas que han muerto intentando llegar a territorio español, delitos que deben perseguirse y, al mismo tiempo, un preocupante crecimiento de la violencia y del discurso de odio.
El 30 de julio se produjo una entrada masiva desde Marruecos. El Gobierno español ha cifrado en unas 72.000 las personas que llegaron a Ceuta durante aquella crisis y sostiene que la inmensa mayoría regresó posteriormente a Marruecos. El ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska, calculaba el viernes que alrededor de 5.000 personas permanecían todavía en Ceuta, de ellas unos 1.500 menores, aunque la oposición cuestionan esta cifra y sostiene que el número real podría ser considerablemente superior. España ha solicitado además apoyo de Frontex, Europol y la Agencia de Asilo de la Unión Europea para ayudar en la identificación y tramitación de las personas que continúan en la ciudad.
Pero hay un dato que no debería desaparecer nunca del relato sobre esta crisis. Estamos hablando también de una tragedia humana de una dimensión enorme. La cifra oficial española ha llegado a superar las ochenta personas fallecidas recuperadas en aguas de Ceuta y, según las autoridades marroquíes, también se han recuperado cadáveres en su territorio. Sin embargo, la organización Caminando Fronteras elevó el 5 de agosto a 141 el número de personas fallecidas durante la crisis, 78 de ellas en Ceuta y 63 en Marruecos. La organización explicó que había elaborado su recuento a partir del trabajo de identificación de cadáveres y del contacto con familiares y comunidades de las víctimas.
Por eso, cuando hablamos de más de un centenar de muertos debemos ser rigurosos. No es correcto presentarlo como el balance oficial definitivo, pero tampoco sería honesto ocultar que una organización especializada en documentar las muertes en las rutas migratorias ha situado la cifra en 141. La diferencia entre ambas cifras no puede utilizarse para minimizar la tragedia. Al contrario, debería servir para reclamar que todas las muertes sean investigadas, identificadas y contabilizadas con transparencia.
Detrás de cada una de esas cifras había una persona. No eran números. Eran hijos, hermanos, padres, amigos, jóvenes que tenían una vida, un nombre y una historia. Y resulta profundamente doloroso comprobar lo rápido que algunas personas son capaces de hablar de ellos como una masa anónima, como una amenaza o como una supuesta “invasión”, mientras la muerte de seres humanos queda relegada a una nota al pie. Pero reconocer esta tragedia tampoco significa negar los hechos que puedan resultar incómodos. También se han producido episodios muy graves de violencia protagonizados por algunas personas migrantes. Y hay que decirlo sin rodeos.
El 27 de agosto, en la zona de Benzú, un grupo de entre treinta y cuarenta personas rodeó un vehículo militar y comenzó a lanzar piedras de grandes dimensiones contra los militares que viajaban en su interior. Los cuatro militares resultaron heridos. La Policía y la Guardia Civil detuvieron posteriormente a doce personas de nacionalidad marroquí. Once de los doce detenidos fueron posteriormente expulsados a Marruecos con autorización judicial y con una prohibición de entrada en España durante cinco años, después de reconocer su participación en los hechos. El duodécimo negó haber participado y su situación quedó sometida al procedimiento judicial correspondiente.
Sí, esto es gravísimo. Lanzar piedras contra un vehículo militar y herir a quienes están dentro no es una protesta, no es una travesura y tampoco es algo que pueda justificarse por la desesperación. Es violencia y debe tener consecuencias legales.
Pero la situación no terminó ahí. Durante la madrugada del viernes al sábado se produjo una nueva agresión contra una patrulla militar. Cuatro personas fueron detenidas y un sargento resultó herido al intentar detener a uno de los atacantes. Según las informaciones difundidas, el militar sufrió una brecha al caer al suelo. Las autoridades continúan investigando las circunstancias de este nuevo ataque y, por el momento, no está acreditado que los cuatro detenidos sean las mismas personas que participaron en el ataque anterior.
Por tanto, hay que ser contundentes. Quienes hayan atacado a los militares deben responder ante la justicia. No existe ninguna justificación para agredir a un militar, a un policía o a cualquier otra persona. Y ser migrante no otorga ningún tipo de impunidad. Pero tampoco podemos permitir que estos hechos se conviertan en una licencia para señalar a miles de personas que no han cometido delito alguno. Porque mientras algunos migrantes protagonizaban esos ataques, también se producían agresiones contra personas migrantes.
Ese mismo 27 de agosto, centenares de personas con banderas nacionales bloquearon durante más de dos horas el acceso de un camión de Cruz Roja a la playa del Trampolín, donde la organización repartía alimentos. Algo que nos recuerda a lo que vimos con el bloqueo de alimentos y medicinas para entrar en Gaza. Posteriormente, algunos manifestantes accedieron a zonas donde se encontraban los asentamientos y fueron incendiadas dos estructuras utilizadas por los migrantes. Se escucharon consignas como “invasores” y “expulsión”. La Policía tuvo que intervenir y realizar disparos de salvas al aire para contener algunos de los enfrentamientos.
No podemos normalizar esto. Una piedra lanzada contra un militar no es menos grave porque quien la lance sea migrante. Pero un campamento quemado no es menos grave porque quienes lo ataquen sean vecinos de Ceuta. Una agresión no cambia de naturaleza dependiendo del pasaporte de quien la comete o de quien la sufre. La violencia es violencia. El odio no entiende de fronteras ni de credos religiosos. Y la dignidad humana no tiene nacionalidad.
Pero justo aquí aparece otro elemento altamente preocupante. Desde Ceuta, un grupo de activistas que se identifica como parte de la llamada Red Solidaria ha denunciado públicamente que lleva semanas proporcionando comida, productos de higiene y primeros auxilios a personas migrantes y documentando lo que consideran vulneraciones de derechos. En un vídeo grabado el 27 de agosto, varias activistas aseguran estar sufriendo amenazas, hostigamiento, agresiones verbales y físicas y acoso por parte de vecinos y de miembros de las fuerzas de seguridad. También denuncian que se habría fotografiado y difundido su documentación personal, que se habrían roto teléfonos y que en algunos casos se les habría obligado a borrar material que habían grabado.
Estas acusaciones son muy graves y deben investigarse. A día de hoy no existe confirmación independiente suficiente alguna para presentarlas como hechos probados. No se puede convertir una denuncia de las activistas en una afirmación categórica sin pruebas suficientes, pero tampoco creo que debamos ignorarla. En una democracia, cuando un colectivo denuncia amenazas de muerte, y sé lo que es eso, con difusión de datos personales, agresiones o actuaciones policiales presuntamente abusivas, lo mínimo que podemos exigir es que esas denuncias sean investigadas y que quienes realizan labores humanitarias puedan hacerlo sin sufrir intimidaciones.
Esto resulta todavía más importante porque la ayuda humanitaria está siendo imprescindible. Cruz Roja ha distribuido desde el inicio de la emergencia decenas de miles de kits de alimentación y de higiene, y organizaciones como Accem, Médicos del Mundo y otras entidades están participando en la atención de las personas que permanecen en Ceuta. En algunos campamentos ya se proporciona alojamiento, alimentación y atención sanitaria.
Por eso resulta especialmente preocupante que una organización humanitaria tenga que realizar su trabajo bajo protección policial porque algunas personas intenten impedir el reparto de alimentos. Una cosa es protestar contra el Gobierno pero otra muy distinta es impedir que alguien dé de comer a una persona que tiene hambre.
Es aquí donde preocupación aumenta todavía más. Es perfectamente legítimo exigir seguridad; defender el control de las fronteras; reclamar que quienes hayan cometido delitos respondan ante la justicia; y discutir sobre los procedimientos de retorno, el derecho de asilo, la capacidad de acogida o la actuación del Gobierno. Todo eso es legítimo.
Ahora bien, lo que no es legítimo es aprovechar delitos concretos para presentar a miles de personas como una amenaza colectiva. No es legítimo llamar “invasores”, “criminales”, “violadores” o “asesinos” a seres humanos por el mero hecho de haber cruzado una frontera. No es legítimo convertir el origen, el color de piel, la nacionalidad o la situación administrativa de una persona en una presunción de culpabilidad. Eso no es seguridad, eso es racismo y xenofobia. Y quienes están intentando hacerlo deberían tener el valor de reconocerlo. Porque utilizar una crisis real para construir un enemigo colectivo es una de las formas más peligrosas de manipulación política. Primero se señala a un grupo, después se atribuyen a ese grupo todos los problemas y finalmente se presenta cualquier agresión contra él como una reacción comprensible.
No, no puede aceptarse que un delito cometido por una persona se convierta en una condena contra miles. No puede aceptarse que la palabra migrante se convierta en sinónimo de delincuente. No vamos a aceptar que una tragedia humanitaria sea utilizada para alimentar el racismo. Y tampoco vamos a aceptar que el miedo legítimo de los ciudadanos de Ceuta sea utilizado como combustible para incendiar todavía más la convivencia. Porque el miedo puede ser comprensible, pero el odio no.
En este contexto también hay que hablar de José María Aznar. Con todo derecho y legitimidad, como cualquier otro ciudadano, el expresidente visitó Ceuta el 27 de agosto, precisamente en una de las jornadas de mayor tensión de toda la crisis. Su visita coincidió con los disturbios entre vecinos y migrantes, con el bloqueo del reparto de alimentos y con el ataque contra la patrulla militar. Aznar reclamó “firmeza”, defendió una respuesta contundente y afirmó que “la soberanía nacional no tiene vacaciones”. También criticó al Gobierno y su gestión de la situación.
No existe ninguna prueba que permita afirmar que la visita de Aznar provocó los disturbios. Y sería irresponsable presentar esa acusación como un hecho. Pero tampoco podemos comportarnos como si las palabras de un antiguo presidente del Gobierno fueran políticamente irrelevantes cuando se pronuncian en una ciudad que se encuentra al borde del estallido social. Las palabras importan. Y mucho más cuando una sociedad está ardiendo. Se puede defender la soberanía sin alimentar el odio; se puede exigir seguridad sin convertir a miles de personas en un ejército invasor; se puede reclamar el retorno de quienes legalmente deban ser retornados sin presentar a todos los migrantes como delincuentes; y se puede defender una frontera fuerte sin abandonar los derechos humanos.
Por eso, hay algo más que deberíamos vigilar especialmente de cara a las concentraciones convocadas para el 2 de septiembre en apoyo a Ceuta. Expresar solidaridad con la población ceutí, reconocer su preocupación y reclamar seguridad y una gestión eficaz de la frontera es perfectamente legítimo. De hecho, esas concentraciones se han presentado formalmente como actos pacíficos de apoyo al pueblo de Ceuta y por la unidad. El problema aparece cuando determinados grupos políticos y sectores de la ultraderecha intentan apropiarse de ese legítimo sentimiento de solidaridad para convertirlo en una movilización contra las personas migrantes. No podemos confundir una cosa con la otra. En las últimas semanas ya se ha producido un extraordinario incremento del discurso racista y xenófobo en las redes sociales. Oberaxe ha detectado 78.476 mensajes de odio en apenas 25 días, dirigidos especialmente contra personas norteafricanas, inmigrantes y musulmanes.
Las concentraciones del 2 de septiembre deben ser una oportunidad para decirle a Ceuta que no está sola, no una excusa para señalar, acosar o perseguir a quienes han llegado a la ciudad. Porque si quienes pretenden alimentar el odio consiguen apropiarse de una movilización que debería servir para defender la convivencia, habremos permitido que una muestra legítima de solidaridad termine convertida en otra herramienta de confrontación.
Si se quiere denunciar la manipulación, tenemos que ser los primeros en no manipular. Los hechos importan, las pruebas importan y ,a verdad importa. Y también importa reconocer algo que parece evidente pero que algunos discursos pretenden borrar. La seguridad de los ceutíes y los derechos de las personas migrantes no son enemigos entre sí. Podemos querer una frontera segura y defender los derechos humanos; podemos exigir que se cumpla la legislación de extranjería y rechazar el racismo; y podemos condenar una agresión contra un militar y condenar exactamente con la misma contundencia una agresión xenófoba contra un migrante. No hay contradicción alguna en todo eso. La verdadera contradicción está en quienes dicen defender la seguridad mientras alimentan el odio; en quienes hablan de proteger a los ciudadanos mientras permiten que otras personas sean convertidas en objetivos; y en quienes utilizan una crisis real para fabricar un enemigo colectivo y después se sorprenden cuando la tensión acaba transformándose en violencia.
Ceuta necesita seguridad. Por supuesto que sí. Necesita una frontera eficaz, recursos suficientes, coordinación entre las administraciones españolas, cooperación con Marruecos y apoyo de la Unión Europea; necesita procedimientos rápidos y garantistas para determinar quién puede permanecer, quién debe ser retornado y quién tiene derecho a protección internacional; necesita atender especialmente a los menores y a las personas que se encuentran en situaciones de extrema vulnerabilidad; y necesita que quienes cometan delitos sean detenidos y juzgados.
Pero Ceuta también necesita que alguien diga claramente que ya basta de utilizar el miedo para alimentar el racismo y la xenofobia. Porque quienes convierten a todos los migrantes en delincuentes están mintiendo; quienes llaman “invasores” a miles de personas sin distinguir entre quienes han cometido un delito y quienes no lo han cometido están deshumanizando; quienes utilizan la muerte de unas personas para justificar el odio contra otras están instrumentalizando una tragedia; y quienes creen que incendiar un asentamiento o bloquear la llegada de alimentos puede convertirse en una respuesta legítima a un problema migratorio están cruzando una línea que ninguna sociedad democrática debería tolerar.
La solución a una crisis migratoria no es el racismo. La solución a la inseguridad no es la xenofobia. La solución a la violencia no puede ser más violencia. Ceuta necesita Estado, no odio; necesita seguridad, no racismo; y necesita soluciones, no enemigos. Porque una sociedad democrática no demuestra su fortaleza cuando encuentra al más vulnerable contra quien descargar su frustración. La demuestra cuando es capaz de proteger a sus ciudadanos sin dejar de proteger los derechos fundamentales de quienes se encuentran en su territorio. La demuestra cuando persigue los delitos sin convertir a colectivos enteros en culpables. La demuestra cuando mantiene sus principios precisamente cuando más difícil resulta hacerlo.
Quizá esta sea la cuestión fundamental que deberíamos hacernos. ¿A quién beneficia realmente que Ceuta esté cada vez más enfrentada? No beneficia a los militares que han resultado heridos; no beneficia a los vecinos que tienen miedo; no beneficia a las personas migrantes que viven en asentamientos precarios; no beneficia a quienes han perdido familiares en el mar; no beneficia a quienes trabajan para prestar ayuda humanitaria; y no beneficia al conjunto de España. Beneficia a quienes necesitan una sociedad enfrentada para convertir el miedo de unos y el sufrimiento de otros en una herramienta política. Y frente a eso debemos ser absolutamente contundentes.
No podemos aceptar que el sufrimiento de una ciudad sea utilizado para sembrar odio; no podemos aceptar que un delito cometido por una persona se utilice para criminalizar a miles; no podemos aceptar que la xenofobia se disfrace de preocupación por la seguridad; no podemos aceptar que quienes intentan ayudar sean acosados por hacerlo; y no podemos que la muerte de más de un centenar de seres humanos sea tratada como una simple cifra cuando sirve para alimentar un discurso político, mientras sus vidas desaparecen de nuestra memoria en cuanto dejan de ser noticia.
Porque cuando una sociedad empieza a mirar al ser humano que tiene delante como una amenaza antes que como una persona, la violencia ya ha conseguido algo mucho más peligroso que cualquier frontera rota. Ya ha empezado a rompernos por dentro.
Y frente a quienes quieren convertir a personas en enemigos, nuestra respuesta tiene que ser más democracia, más derechos y más humanidad.
Ceuta necesita soluciones, no enemigos.
Y tampoco más odio.


