La Memoria que quisieron borrar

Durante demasiado tiempo ha habido historias que fueron condenadas injustamente al silencio. Historias de personas cuyos nombres desaparecieron de los libros, de los archivos, de las calles y, muchas veces, incluso de la memoria de quienes compartieron con ellas una parte de su vida. Fueron personas perseguidas, detenidas, encarceladas, humilladas, sometidas a violencia, expulsadas de sus familias o apartadas de la sociedad por algo tan sencillo y, al mismo tiempo, tan profundamente humano como ser quienes eran. Entre esas historias están las de miles de personas lesbianas, gais, bisexuales, trans e intersexuales, cuyas experiencias forman parte inseparable de la historia contemporánea de España y, por tanto, de nuestra memoria histórica y democrática. Recordarlas no significa añadir un capítulo secundario a nuestra historia, sino completar una historia que durante demasiado tiempo se contó dejando fuera precisamente a quienes habían sido obligados a vivir en los márgenes de una memoria tantas veces puesta en la sombra. 

Cuando hablábamos de memoria histórica en España pensamos fundamentalmente en la Guerra Civil, en las fosas comunes, los fusilamientos, el exilio, las depuraciones, las cárceles y la represión política ejercida por la dictadura franquista. Todo ello es imprescindible y forma parte de una memoria que ninguna sociedad democrática debería renunciar a recuperar. Pero la represión franquista tuvo muchas caras y no persiguió únicamente determinadas ideas políticas. También quiso imponer una determinada concepción de la moral, de la familia, de los cuerpos, de la sexualidad y de los roles de género. Por eso, nuestra memoria democrática no puede quedarse fuera de quienes fueron perseguidos por amar o por vivir su identidad de una manera que el régimen consideraba inaceptable. La propia Ley 20/2022, de Memoria Democrática, reconoce expresamente a las personas LGTBI que sufrieron formas especiales de represión o violencia a causa de su orientación o identidad sexual y recuerda como instrumentos de esa persecución la reforma de la Ley de Vagos y Maleantes de 1954 y la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970.

La persecución, además, no comenzó exactamente donde a veces situamos el relato. El Código Penal de 1928, durante la dictadura de Primo de Rivera, ya había introducido la homosexualidad en determinados supuestos de escándalo público, aunque aquella regulación fue posteriormente derogada durante la Segunda República. El franquismo desarrolló después sus propios mecanismos represivos y los convirtió en una auténtica maquinaria de control social. En 1954, mediante una reforma de la Ley de Vagos y Maleantes de 1933, el régimen incorporó expresamente a “los homosexuales” entre las personas consideradas peligrosas. El propio texto legal permitía someterlas a las medidas de seguridad previstas por aquella norma. Aquello no era una simple cuestión terminológica ni una norma sin consecuencias reales. Detrás de cada expediente había una persona, detrás de cada detención había una vida y detrás de cada condena había una familia. La homosexualidad había sido convertida por el Estado en una categoría de peligrosidad y, con ello, miles de personas quedaron expuestas a internamientos, vigilancia, humillaciones y otras formas de violencia institucional.

En 1970 la Ley de Vagos y Maleantes fue sustituida por la Ley 16/1970, de Peligrosidad y Rehabilitación Social. La nueva norma modificó formalmente el enfoque, porque ya no se refería simplemente a la condición de homosexual, sino a quienes «realicen actos de homosexualidad», pero la persecución continuó. La propia legislación contemplaba establecimientos especializados de reeducación para quienes realizasen actos de homosexualidad. La palabra “rehabilitación” resulta especialmente reveladora porque detrás de ella existía una idea profundamente violenta. Y es que, según esta idea, había personas que debían ser corregidas para poder encajar en la sociedad. Hoy reconocemos este planteamiento con las “terapias de conversión”, que viene a ser lo mismo, tanto en el fondo como en su naturaleza discriminatoria y claramente delictiva. Porque no, no había, nada que “rehabilitar”. No había ninguna enfermedad moral que curar ni ninguna conducta humana que justificar ante el poder. Había personas a las que se estaba castigando simplemente por su orientación sexual, por ser quienes eran. 

Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía

Uno de los lugares que mejor simboliza aquella represión es la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía, en Fuerteventura. Allí fueron enviados hombres condenados al amparo de la legislación de peligrosidad social y sometidos a unas condiciones de internamiento particularmente duras. Tefía se ha convertido con el paso del tiempo en uno de los símbolos más reconocibles de la persecución franquista contra los homosexuales, y su importancia como espacio de memoria ha sido reconocida oficialmente. En febrero de 2026, la Secretaría de Estado de Memoria Democrática declaró la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía Lugar de Memoria Democrática, incorporándola formalmente al mapa de lugares vinculados a la represión y a la defensa de los valores democráticos. Que Tefía haya recibido ahora ese reconocimiento tiene un enorme significado, porque se trata de un espacio que durante años estuvo asociado al silencio y al sufrimiento pasa a formar parte oficialmente de la memoria que una sociedad democrática quiere conservar.

Pero sería un error reducir esta historia a la persecución de los hombres homosexuales. La memoria LGTBI de la dictadura también tiene rostros de mujeres, aunque durante mucho tiempo hayan sido todavía más invisibilizados. Las lesbianas sufrieron formas de control y represión que no siempre pasaron por las mismas leyes que afectaron a los hombres homosexuales. El Patronato de Protección a la Mujer, creado en 1941 y activo hasta 1985, se convirtió en uno de los instrumentos de control de la moral femenina y afectó a jóvenes consideradas “desviadas” o contrarias al modelo de feminidad impuesto por el régimen. Investigaciones recientes han documentado también el destino de mujeres lesbianas enviadas a instituciones psiquiátricas y sometidas a prácticas represivas y pseudoterapéuticas. ¿Acaso no nos suena esto de algo? La historia de las lesbianas durante el franquismo demuestra que la represión sexual y de género no puede analizarse únicamente desde las leyes que mencionaban expresamente la homosexualidad masculina. Muchas mujeres fueron perseguidas también por no ajustarse al papel que el nacionalcatolicismo había reservado para ellas.

No podemos olvidar a las personas trans, cuya historia constituye quizá una de las partes más dolorosamente olvidadas de nuestra memoria democrática. Mujeres trans fueron internadas en espacios que no reconocían su identidad y quedaron sometidas a una estructura institucional que las consideraba desviadas, peligrosas o enfermas. Su experiencia estuvo atravesada por la violencia, la exclusión, la pobreza, la marginación y, en muchos casos, la prisión. Durante décadas sus nombres apenas aparecieron en el relato general de la represión franquista. Hoy sabemos, sin embargo, que las personas trans no aparecieron de repente cuando llegó la democracia. Ya estaban allí, existían durante la dictadura, sobrevivían durante la dictadura y también lucharon para conquistar la libertad que hoy disfrutamos.

Por eso resulta tan importante recuperar historias como la de Tania Navarro, una de las primeras mujeres trans visibles de nuestro país. Su autobiografía, La infancia de una transexual en la dictadura, es un testimonio de primera mano sobre la experiencia de una persona trans bajo el franquismo. La documentación del Ayuntamiento de Barcelona recoge que pasó por reformatorios y por la Modelo y que participó en la primera manifestación del Orgullo celebrada en Barcelona en 1977. La historia de Tania habla de una infancia atravesada por la represión, de fugas de distintos reformatorios, de supervivencia en la calle y de una vida marcada por la violencia y la exclusión. Pero también habla de resistencia, porque Tania no fue únicamente una víctima de aquella historia, también fue protagonista de la lucha que comenzó a abrir las puertas de la libertad.

Esa misma dimensión de resistencia aparece en figuras como Trinidad Falcés, La Trini, vinculada a la lucha por los derechos de las personas trans y LGTBI, y en Mar Cambrollé, activista trans andaluza que comenzó su trayectoria reivindicativa en los últimos años del franquismo y que continúa siendo una referencia del movimiento trans. El propio Ministerio de Igualdad reconoce a Cambrollé como activista trans y destaca su contribución a los derechos de las personas trans durante la elaboración de la Ley 4/2023. Además, el estudio oficial sobre archivos y documentación de personas y organizaciones LGTBI identifica su colección particular, depositada en el Archivo General de Andalucía, como un fondo de especial relevancia para reconstruir la historia de las primeras acciones reivindicativas del movimiento homosexual en Andalucía. Toda esa documentación tiene un valor enorme porque nos permite entender que la memoria no se construye únicamente a partir de grandes acontecimientos, sino también a través de carteles, fotografías, pegatinas, recortes de prensa, testimonios y pequeños documentos que conservan la huella de quienes decidieron organizarse y resistir.

Con la aprobación de la Ley 20/2022, de Memoria Democrática, se dio un paso fundamental en este reconocimiento. La ley no se limita a mencionar de manera genérica a las personas LGTBI, sino que las incorpora expresamente al concepto de víctimas cuando sufrieron represión o violencia por su orientación o identidad sexual. Es un reconocimiento jurídico que importa porque significa que la democracia española asume que aquella persecución existió y que las personas que la sufrieron forman parte de la memoria democrática que el Estado tiene la responsabilidad de preservar. Y, sin embargo, reconocer jurídicamente a las víctimas no significa que la tarea esté terminada. Todavía quedan archivos por estudiar, testimonios que recuperar, historias que documentar y nombres que devolver a la memoria colectiva.

De hecho, España sigue avanzando en esa dirección. El Ministerio de Igualdad ha comenzado a recopilar y poner a disposición investigaciones y materiales específicos sobre la memoria LGTBIQ+, incluyendo un estudio sobre el estado y ubicación de los archivos y documentación de las personas y organizaciones LGTBIQ+. En 2026, además, el Gobierno organizó el acto “Orgullosamente Libres”, dedicado precisamente a recuperar la memoria de lesbianas, gais, personas trans y bisexuales que resistieron durante la dictadura y a conectar aquella historia con la conquista posterior de los derechos. Con ello se demuestra que la memoria LGTBIQ+ ha dejado de ser una cuestión exclusivamente reivindicada por los movimientos sociales y está entrando, cada vez más, en las políticas públicas de memoria democrática.

Pero la historia tampoco termina con la muerte de Franco. La despenalización de la homosexualidad fue un proceso y no un acontecimiento instantáneo. La Ley 77/1978, de 26 de diciembre, modificó la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social y eliminó de su ámbito los supuestos relacionados con la homosexualidad, pero fue publicada en enero de 1979 y su aplicación se produjo ya en ese contexto. La propia documentación del Ministerio de Igualdad señala que la persecución jurídica no desapareció de un día para otro y que la Ley de Peligrosidad Social no quedó completamente derogada hasta 1995, mientras que el delito de escándalo público, utilizado también contra personas LGTBIQ+, no desapareció hasta 1989. Por eso resulta demasiado sencillo contar 1978 como si aquella fecha hubiera cerrado automáticamente una época de persecución. Lo que hubo fue una transición jurídica y social mucho más larga, en la que los derechos se fueron conquistando poco a poco mientras persistían prejuicios, discriminación y violencia.

Las propias organizaciones LGTBIQ+ fueron protagonistas de ese proceso. Tras la despenalización, los movimientos de liberación homosexual tuvieron que enfrentarse a nuevos desafíos y también a debates internos. Las mujeres lesbianas comenzaron a crear organizaciones propias y a desarrollar espacios específicos de lucha, mientras que las personas trans fueron reclamando progresivamente un espacio propio dentro de un movimiento que durante mucho tiempo había estado más centrado en las demandas de gais y lesbianas. El Ministerio de Igualdad documenta la aparición de colectivos como el Grup de Lluita per l’Alliberament de la Lesbiana y el Colectivo de Feministas Lesbianas de Madrid, así como la evolución de las reivindicaciones trans y la posterior construcción de un movimiento LGTBIQ+ más amplio. Esto también es memoria democrática, recordar que los derechos que hoy consideramos conquistados fueron el resultado de años de movilización, organización y presión social.

Pero cuando hablamos de memoria LGTBIQ+ tampoco podemos limitar nuestra mirada a España. La historia del movimiento por los derechos LGTBIQ+ es internacional y está construida sobre las experiencias de personas que, en distintos lugares y momentos, se enfrentaron a la violencia, a las redadas policiales, a la discriminación y a la exclusión. Stonewall ocupa un lugar fundamental en esa memoria. El Ministerio de Igualdad recuerda que el 28 de junio de 1969 las protestas protagonizadas por personas trans, lesbianas y gais contra las redadas policiales en un bar de Nueva York se convirtieron en uno de los acontecimientos decisivos de la historia contemporánea del movimiento LGTBIQ+. Aquella rebelión no fue el comienzo absoluto de la lucha, pero sí se convirtió en un símbolo internacional de resistencia y dio una enorme visibilidad a un movimiento que ya llevaba años organizándose.

En esa historia ocupa un lugar imprescindible Marsha P. Johnson, mujer trans negra y activista por los derechos de las personas LGTBIQ+. Su vida estuvo marcada por la pobreza, la discriminación y la lucha por la supervivencia, pero también por una enorme capacidad de resistencia. Murió en 1992 y su cuerpo fue encontrado en el río Hudson. Durante años su muerte fue considerada un suicidio, pero las circunstancias nunca dejaron de resultar controvertidas y posteriormente la investigación fue reabierta como posible homicidio. Por eso debemos ser rigurosos, porque no podemos afirmar como un hecho demostrado que Marsha fuera asesinada, pero tampoco podemos ignorar que su muerte sigue rodeada de interrogantes y que la reclamación de justicia forma parte inseparable de su memoria. Amnistía Internacional la recuerda como una mujer trans negra y defensora de los derechos LGTBIQ+ que dejó una huella fundamental en la historia de la lucha por la dignidad.

También debemos hablar de Federico García Lorca, pero hacerlo con el rigor que merece su memoria. Lorca fue detenido el 16 de agosto de 1936 y asesinado en la zona de Víznar en agosto de aquel año; la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes recoge el 19 de agosto en su cronología, mientras que otras fuentes han utilizado tradicionalmente la fecha del 18 de agosto. Lo que sí está fuera de toda duda es que fue víctima de la violencia desencadenada en la zona sublevada durante los primeros meses de la Guerra Civil. Lorca era homosexual y su orientación sexual forma parte de su biografía, de su obra y de la memoria que hemos construido alrededor de su figura, pero no debemos afirmar que fue asesinado específicamente por ser homosexual, porque las circunstancias históricas no permiten establecer esa causalidad con la seguridad necesaria. Su memoria puede y debe formar parte de una mirada LGTBIQ+ sobre nuestra historia, pero sin convertir una interpretación legítima en un hecho histórico demostrado. 

Federico García Lorca (1898-1936)

En cualquier caso, recordar a Lorca es recordar lo que ocurre cuando una sociedad decide que determinadas vidas, determinadas ideas o determinadas formas de sentir no merecen existir. Su obra sobrevivió a quienes quisieron silenciarlo y sus palabras continúan formando parte de nuestra cultura. Por eso su figura se ha convertido también en un símbolo de libertad, de sensibilidad y de resistencia frente a la violencia. La memoria no devuelve la vida a quienes fueron asesinados, pero sí puede impedir que su desaparición se convierta en olvido. Y en ese sentido, cada vez que volvemos a leer a Lorca, cada vez que pronunciamos su nombre y cada vez que contamos su historia, estamos negándonos a aceptar que la violencia tenga la última palabra. Porque él ya era eterno cuando aquella noche de agosto lo hicieron inmortal. 

Por eso el Orgullo tampoco puede ser únicamente una fiesta, aunque naturalmente también debe serlo. Es celebración, pero es también memoria. Cada bandera arcoíris que aparece hoy en una calle tiene detrás una historia; cada derecho conquistado tiene detrás personas que se enfrentaron a la injusticia; cada persona LGTBIQ+ que puede vivir públicamente su orientación sexual o su identidad tiene detrás generaciones que no pudieron hacerlo. Celebramos derechos conquistados por personas a las que, en muchos casos, nunca llegamos a conocer, personas que fueron detenidas, encarceladas, expulsadas de sus trabajos, rechazadas por sus familias, obligadas a vivir escondidas, agredidas o condenadas a pasar buena parte de su vida con miedo. Muchas murieron sin llegar a conocer la libertad por la que habían luchado. Por eso el Orgullo también debe ser un ejercicio de memoria activa, porque olvidar a quienes hicieron posibles nuestros derechos convierte esos derechos en algo que parece haber aparecido espontáneamente, cuando en realidad fueron el resultado de décadas de resistencia.

La memoria democrática tampoco pertenece únicamente al pasado. Pertenece al presente y, sobre todo, pertenece al futuro. Cuando recuperamos la historia de una persona trans encarcelada durante el franquismo no estamos hablando solamente de alguien que vivió hace décadas, sino de nosotros mismos y de la sociedad que queremos construir; cuando recordamos a las mujeres lesbianas sometidas a mecanismos de control moral y psiquiátrico, estamos recordando también hasta dónde puede llegar un Estado cuando decide que una determinada forma de vivir no merece libertad; cuando pronunciamos el nombre de Marsha P. Johnson hablamos de dignidad y resistencia; cuando recordamos Tefía hablamos de las consecuencias que puede tener convertir un prejuicio social en una política de Estado; y cuando recordamos a quienes salieron a las calles durante la Transición hablamos de cómo se construyeron los derechos que hoy consideramos normales.

Necesitamos, por tanto, que esta memoria se traduzca en políticas concretas; necesitamos archivos abiertos, investigación histórica, recuperación de testimonios, documentales, exposiciones, espacios de memoria y actos institucionales, pero también necesitamos que estas historias entren en las aulas; necesitamos que los nombres de las víctimas formen parte de nuestra historia colectiva y que las políticas públicas de memoria incorporen de manera efectiva la diversidad sexual y de género. La propia Administración ha comenzado a identificar y preservar fondos documentales LGTBIQ+, y la declaración de Tefía como Lugar de Memoria Democrática demuestra que determinados espacios vinculados a esta represión pueden y deben ser incorporados físicamente a nuestro patrimonio memorial. 

Y necesitamos hacerlo incluyendo todas las voces. La memoria LGTBIQ+ no puede volver a reproducir las mismas invisibilizaciones que pretende combatir. No puede ser únicamente memoria gay, ni exclusivamente memoria trans, ni construirse dejando en segundo plano a las lesbianas, a las personas bisexuales o a las personas intersexuales. Cada una de esas realidades tiene su propia historia, sus propias formas de persecución y también sus propias formas de resistencia. La recuperación de los movimientos LGTBIQ+ debe ser una recuperación plural y crítica, capaz de reconocer tanto las experiencias compartidas como las diferencias que existieron dentro del propio movimiento.

La memoria democrática no puede ser selectiva ni recordar únicamente a quienes resulta más sencillo recordar. Tampoco puede construirse dejando fuera a quienes durante décadas fueron considerados demasiado incómodos, demasiado diferentes o demasiado invisibles. No puede haber una memoria democrática completa si las personas LGTBIQ+ quedan fuera y, especialmente, no puede haberla si volvemos a dejar en los márgenes a las personas trans y a las mujeres lesbianas. Una democracia que reconoce a unas víctimas y olvida a otras está incompleta. La memoria histórica y democrática será inclusiva o no será verdaderamente democrática, porque no se trata de enfrentar víctimas, reabrir heridas ni buscar venganza, sino de construir verdad, justicia, reparación y dignidad.

Durante demasiado tiempo se nos dijo que había que olvidar, que era mejor no remover el pasado y que había que mirar hacia adelante. Pero mirar hacia adelante no significa olvidar. Una sociedad democrática puede mirar hacia el futuro precisamente porque se atreve a mirar de frente su pasado. Tenemos la responsabilidad de recordar, investigar, nombrar, dignificar, transmitir y educar, porque cada nombre recuperado rompe un poco el silencio, cada testimonio publicado abre una grieta en el muro del olvido y cada víctima reconocida recupera una parte de la dignidad que durante tanto tiempo le fue negada. Cada generación que conoce esta historia tiene, además, una oportunidad más de impedir que vuelva a repetirse.

La memoria LGTBIQ+ no puede ser tratada como una simple nota al pie de la memoria democrática española. También es memoria democrática española. Porque las personas homosexuales, lesbianas, bisexuales y trans que sufrieron la dictadura forman parte de nuestra historia; las personas que resistieron forman parte de nuestra historia; quienes salieron a las calles cuando hacerlo podía significar acabar detenidos forman parte de nuestra historia; quienes lucharon durante la Transición forman parte de nuestra historia; quienes conservaron fotografías, documentos y testimonios forman parte de nuestra historia; y también forman parte de ella quienes no llegaron a conocer la libertad por la que otras generaciones continuarían luchando, por esa libertad por la que debemos seguir luchando en estos tiempos cada vez más oscuros.

Por todas ellas tenemos la obligación de mantener viva la memoria. No para alimentar el odio, sino para comprender; no para dividir, sino para reparar; y no para vivir anclados en el pasado, sino para construir un futuro en el que ninguna persona tenga que esconder quién es para poder sobrevivir. Porque recordar a quienes fueron perseguidos por ser quienes eran significa mucho más que mirar hacia atrás, significa decidir qué sociedad queremos ser y qué límites estamos dispuestos a poner frente a cualquier intento de volver a convertir la diferencia en motivo de persecución.

Durante décadas intentaron borrar sus nombres, sus historias y sus vidas. Intentaron convertirlos en expedientes, estadísticas, silencios y recuerdos incómodos, pero no lo consiguieron. Hoy podemos contar sus historias, recuperar sus nombres y devolverles la dignidad que durante tanto tiempo les fue negada. 

Quizá esa sea la verdadera esencia de la memoria democrática, ser capaces de recordar el pasado y recuperar la memoria de quienes sufrieron la opresión de régimen genocida franquista, no por nostalgia ni para alimentar el odio, sino para hacer justicia, comprender, reparar, educar y proteger la libertad y la dignidad humana inherente de toda persona. 

Porque una sociedad que reconoce y homenajea a quienes fueron perseguidos por ser quienes eran está mejor preparada para defender a quienes hoy siguen siendo señalados por ser diferentes, por ser, por existir y por amar.  

Mientras exista memoria, ninguna de sus vidas sera olvidada.

Y nunca olvidaremos. 

Seamos esa luz

(Escrito en 🇪🇸️🇲🇽 – Written in 🇬🇧️🇺🇸)

🇪🇸️ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional de la Beneficencia)

Vivimos en un mundo en el que, con demasiada frecuencia, la indiferencia parece imponerse ante el dolor ajeno. En medio de nuestras propias preocupaciones, podemos olvidar que tenemos la capacidad de tender la mano, acompañar a quien sufre y contribuir a cambiar aquello que nos rodea. Ayudar a los demás no es solamente un gesto de generosidad, sino una responsabilidad que compartimos como seres humanos.

La solidaridad no entiende de fronteras, nacionalidades, culturas ni diferencias. Allí donde existe una persona que necesita ayuda, existe también una oportunidad para demostrar nuestra humanidad. No son nuestras palabras las que determinan quiénes somos, sino aquello que hacemos cuando tenemos la posibilidad de hacer el bien.

A veces pensamos que para transformar la realidad son necesarios grandes esfuerzos o recursos. Pero la verdadera solidaridad también nace de las cosas más sencillas. Regalar nuestro tiempo, escuchar sin juzgar, acompañar a alguien que se siente solo, ofrecer nuestra ayuda o simplemente estar presentes puede tener un valor incalculable para quien atraviesa un momento difícil.

Una sonrisa, una palabra amable o un gesto desinteresado pueden convertirse en una pequeña luz en medio de la oscuridad. Y cuando esas pequeñas luces se unen, son capaces de iluminar caminos enteros. Porque ayudar a los demás también nos recuerda que nuestra existencia adquiere un significado mucho más profundo cuando somos capaces de mejorar la vida de otra persona.

Cada día, miles de organizaciones y personas anónimas dedican sus esfuerzos a combatir la pobreza, el hambre, la exclusión y tantas otras formas de sufrimiento. Trabajan muchas veces con recursos escasos y enormes dificultades, pero continúan adelante impulsados por la empatía, la solidaridad y el compromiso con quienes más lo necesitan. Su labor nos demuestra que la esperanza no es una idea abstracta, sino algo que puede construirse mediante nuestras propias acciones.

No siempre somos conscientes de la influencia que podemos ejercer sobre la vida de quienes nos rodean. Un pequeño acto de bondad puede convertirse en un recuerdo para toda una vida, abrir una puerta donde parecía no existir ninguna salida o devolver la esperanza a quien había dejado de encontrarla.

Construir un mundo mejor está también en nuestras manos. Podemos hacerlo defendiendo la igualdad, respetando la libertad, protegiendo la dignidad y permaneciendo al lado de quienes sufren injusticias. Podemos hacerlo rechazando la indiferencia y escogiendo, una y otra vez, la solidaridad frente al egoísmo.

Que nuestra manera de estar en el mundo deje siempre un poco más de luz de la que encontramos.

Porque cada persona puede ser parte del cambio.

Seamos esa luz.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Let Us Be That Light

(International Day of Charity)

We live in a world where indifference too often seems to prevail in the face of other people’s suffering. Amid our own worries and daily concerns, we can forget that we have the ability to reach out, stand beside those who are struggling and help transform the world around us. Helping others is not merely an act of generosity, but a responsibility we share as human beings.

Solidarity recognises neither borders nor nationality, culture or difference. Wherever there is someone in need, there is an opportunity to show our humanity. We are not defined by what we say, but by what we choose to do when we have the chance to make a difference.

We sometimes imagine that changing the world requires extraordinary efforts or considerable resources. Yet genuine solidarity can also be found in the simplest gestures. Giving our time, listening without judgement, keeping someone company, offering a helping hand or simply being there can mean more than we could ever imagine to someone going through a difficult moment.

A smile, a kind word or a selfless gesture can become a tiny light in the midst of darkness. When those individual lights come together, they can illuminate entire paths. Because helping others also reminds us that our lives gain a deeper meaning when we are able to make another person’s life a little better.

Every day, thousands of organisations and countless individuals devote themselves to confronting poverty, hunger, exclusion and many other forms of suffering. Often working with limited resources and facing enormous challenges, they nevertheless continue because they are driven by empathy, solidarity and a commitment to those who need support most. Their work shows us that hope is not simply an abstract idea, but something we can create through what we do.

We do not always realise how deeply our actions can affect the lives of others. A seemingly insignificant act of kindness may remain with someone for a lifetime, open a door where there seemed to be no way forward or restore hope to someone who had almost lost it.

Creating a better world is also within our hands. We can contribute by defending equality, respecting freedom, protecting human dignity and standing beside those who face injustice. We can choose to reject indifference and embrace solidarity instead of selfishness, again and again.

May the way we live leave a little more light behind us than we found.

Because every one of us can be part of the change.

Let us be that light.

Bella Ciao

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

A veces, hay canciones que dejan de ser solo una canción. Canciones que forman parte de una época y otras que, por alguna razón que a veces ni siquiera sabemos explicar, consiguen sobrevivir a quienes las cantaron por primera vez. «Bella ciao» es una de ellas.

Seguramente muchas personas la han escuchado alguna vez sin conocer demasiado bien su historia, quizá en una manifestación, en una película, en una plaza llena de gente o simplemente en una reunión entre amigos. Su melodía resulta reconocible casi desde las primeras notas, pero detrás de ella hay mucho más que una canción italiana. Hay miedo, hay resistencia, hay pérdida y, sobre todo, hay una idea que sigue siendo profundamente necesaria: la libertad nunca debería darse por sentada.

Durante años se ha presentado directamente como el himno de los partisanos italianos que lucharon contra el fascismo y la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, sus raíces son anteriores y existen distintas investigaciones y teorías sobre el origen de su melodía y sobre cómo fue evolucionando su letra. Lo que sí está claro es que terminó quedando profundamente ligada a la Resistencia italiana y a la memoria de quienes decidieron enfrentarse al fascismo en uno de los momentos más difíciles de la historia europea.

Hay una frase que resume perfectamente el comienzo de la canción: «Una mattina mi son svegliato» («Una mañana me desperté»). Es una frase aparentemente sencilla, casi cotidiana, y precisamente por eso resulta tan poderosa. No comienza hablando de grandes batallas ni de héroes extraordinarios. Comienza con alguien que se despierta y descubre que su mundo ha cambiado, lo cotidiano se rompe de repente y la persona se encuentra ante una realidad que le obliga a tomar una decisión.

Cuando pensamos en esas personas, hay algo que me resulta especialmente importante. Ninguna de ellas eran personajes de una novela que sabían cómo iba a terminar la historia. No tenían la posibilidad de mirar hacia atrás y saber que finalmente el fascismo sería derrotado. Eran personas que vivían aquel presente con miedo, con incertidumbre y, probablemente, con muchas dudas.

Todas ellas tenían familias, amigos, amores, casas a las que regresar y una vida que podían perder. Sin embargo, llegó un momento en el que tuvieron que decidir si aceptaban lo que estaba ocurriendo o si estaban dispuestos a hacer algo para cambiarlo.

La canción expresa entonces una de las decisiones más difíciles con una frase que se ha convertido en símbolo de toda una época: «O partigiano, portami via» («Oh, partisano, llévame contigo»). Más allá de su sentido literal, es el momento en el que una persona decide abandonar la seguridad de lo conocido para ponerse del lado de quienes resisten. Es una imagen de compromiso, pero también de incertidumbre, porque sabe exactamente qué encontrará al otro lado de ese camino.

Ahí es donde «Bella ciao» deja de ser simplemente una canción histórica y empieza a hablarnos también a nosotros. Porque quizá lo más humano de ella sea precisamente que no pretende hacernos creer que quien resiste no tiene miedo. Al contrario, la canción habla de una despedida, de alguien que se marcha sabiendo que puede no regresar. Y eso es algo que cualquiera puede entender, incluso aunque nunca haya vivido una guerra ni haya tenido que enfrentarse a una dictadura. Todos conocemos, de una forma u otra, el miedo a perder aquello que queremos y esa sensación de no saber qué va a ocurrir mañana.

Pero, a pesar de ese miedo, la persona decide marcharse, decide hacer algo y decide no aceptar que otros determinen por completo su destino. Y creo que ahí está una de las razones por las que Bella ciao ha conseguido emocionar a tantas generaciones. No habla de personas perfectas ni de héroes sin miedo, sino de seres humanos que, precisamente porque tenían miedo, tuvieron que encontrar dentro de sí mismos el valor necesario para resistir.

Hay otro momento especialmente conmovedor cuando aparece la idea de morir por la libertad. La canción pregunta, en esencia, qué ocurrirá si el partisano muere. La respuesta no busca convertir la muerte en algo glorioso, sino dejar constancia de que incluso después de morir puede permanecer la memoria de quien luchó. Esa idea alcanza su expresión más conocida en «E tu mi devi seppellir» («Y tú debes enterrarme»), una petición íntima que transforma una canción de resistencia en una conversación profundamente humana sobre la muerte, la memoria y la despedida.

Con el paso de los años, la canción salió de Italia y comenzó a recorrer el mundo. La han cantado personas que conocen perfectamente la historia de la Resistencia y otras que simplemente sienten que sus palabras representan algo que también les pertenece. Ha aparecido en manifestaciones, protestas y movimientos sociales y se ha convertido en una especie de lenguaje común para quienes quieren reivindicar libertad, igualdad y dignidad.

Y eso me parece extraordinario. Porque una canción puede atravesar una frontera sin pedir permiso. Puede pasar de una generación a otra y conseguir que alguien que nació muchas décadas después sienta algo parecido a lo que sintieron quienes la cantaron en circunstancias completamente diferentes. Puede hacer que una historia que parecía lejana vuelva a sentirse cercana.

Además, una imagen que explica por qué la canción ha adquirido tanta fuerza simbólica: la del partisano que quiere ser enterrado en la montaña. «E seppellire lassù in montagna» («Y enterradme allí arriba, en la montaña»). La montaña deja de ser simplemente un lugar físico. Se convierte en el espacio de la resistencia, en el lugar donde queda la memoria de quien decidió enfrentarse a la opresión. La imagen no habla solamente de la muerte, sino de aquello que permanece cuando la persona ya no está.

Pero quizá precisamente por eso tenemos que escuchar Bella ciao con cierta responsabilidad. No basta con convertirla en una canción bonita que cantamos porque conocemos su melodía. Tampoco debería convertirse en un simple símbolo para atacar al que piensa diferente. Si queremos respetar realmente aquello que representa, tenemos que entender que su mensaje va mucho más allá de una determinada etiqueta política. Porque la canción habla de lo que ocurre cuando una sociedad empieza a aceptar que algunas personas pueden ser despreciadas, perseguidas o privadas de sus derechos simplemente por ser quienes son. Y esto sigue siendo importante hoy.

Es verdad que no vivimos en la Italia de Mussolini ni en la Europa de los años cuarenta, y sería absurdo pretender que nuestra realidad es idéntica a aquella. Pero eso no significa que podamos permitirnos olvidar lo que ocurrió. El odio cambia de lenguaje, encuentra nuevos enemigos y se adapta a los tiempos. A veces aparece de una manera evidente y otras veces llega disfrazado de bromas, de miedo, de desprecio o de discursos que poco a poco nos acostumbran a mirar al otro como si valiera menos que nosotros.

Por eso la memoria importa. No para vivir permanentemente atrapados en el pasado, sino para aprender a reconocer determinadas señales cuando vuelven a aparecer. Recordar a quienes resistieron no significa convertirlos en estatuas perfectas ni pensar que nosotros habríamos actuado exactamente como ellos, sino aceptar que hubo personas que tuvieron que tomar decisiones difíciles y que muchas pagaron un precio enorme por defender algo tan sencillo de decir y tan complicado de proteger como la libertad.

Y entonces llega quizá el momento más conocido de toda la canción, cuando aparece la imagen de la flor que nace allí donde ha muerto quien luchó. «E questo è il fiore del partigiano» («Y esta es la flor del partisano»). La flor representa la memoria que permanece después de la muerte. Allí donde alguien ha caído, queda un recuerdo. Y ese recuerdo puede convertirse, con el paso del tiempo, en una semilla que otros recogerán y harán crecer.

Quizá por eso «Bella ciao» sea mucho más que un himno antifascista. Es también una canción profundamente humana. Habla de alguien que sabe que puede perderlo todo y que, aun así, decide no renunciar a aquello que considera justo. Habla de una despedida, pero también de esperanza. Habla de muerte, pero sobre todo de vida. De la vida que merece la pena defender cuando alguien intenta arrebatarnos la posibilidad de vivirla con dignidad.

Quizá ahí esté la razón por la que seguimos cantándola tantos años después. Porque en el fondo todos necesitamos recordar, de vez en cuando, que la libertad no consiste únicamente en poder hacer lo que queremos. También consiste en vivir en una sociedad donde nadie tenga que esconder quién es, donde nadie sea perseguido por su origen, su religión, su orientación sexual, sus ideas o su forma de vivir, y donde la dignidad de una persona no dependa de que pertenezca o no a la mayoría.

Cuando la escuchamos, podemos pensar en Italia, en los partisanos y en aquella Europa destrozada por la guerra y el fascismo. Pero también podemos pensar en nuestro propio tiempo y preguntarnos algo mucho más incómodo. Y es que, ¿qué haríamos nosotros si algún día tuviéramos que elegir entre mirar hacia otro lado o plantar cara?

No sé cuál sería nuestra respuesta. Probablemente tampoco la sabríamos hasta encontrarnos realmente ante esa situación. Pero merece la pena recordar a quienes estuvieron allí, porque gracias a su historia podemos entender que el valor no consiste en no tener miedo. El verdadero valor consiste muchas veces en tenerlo y, aun así, decidir que hay cosas que no estamos dispuestos a permitir.

Por eso, cuando volvamos a escucharla, quizá podamos hacerlo de una manera diferente. No como quien escucha simplemente una canción italiana conocida, sino como quien escucha la voz de personas que un día tuvieron miedo, se despidieron de quienes querían y salieron a defender la libertad sin saber si volverían a casa.

Mientras alguien siga cantando «Bella ciao», quizá aquellos que decidieron resistir no hayan desaparecido del todo.

Porque recordar también es una forma de resistir.

Y resistiremos.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Bella Ciao

A volte ci sono canzoni che smettono di essere soltanto una canzone. Canzoni che fanno parte di un’epoca e altre che, per una ragione che a volte nemmeno sappiamo spiegare, riescono a sopravvivere a coloro che le hanno cantate per la prima volta. «Bella ciao» è una di queste.

Probabilmente molte persone l’hanno ascoltata almeno una volta senza conoscere troppo bene la sua storia, magari durante una manifestazione, in un film, in una piazza piena di gente o semplicemente durante una serata tra amici. La sua melodia è riconoscibile quasi fin dalle prime note, ma dietro di essa c’è molto più di una canzone italiana. Ci sono paura, resistenza, perdita e, soprattutto, un’idea che continua a essere profondamente necessaria. La libertà non dovrebbe mai essere data per scontata.

Per anni è stata presentata direttamente come l’inno dei partigiani italiani che combatterono contro il fascismo e l’occupazione nazista durante la Seconda guerra mondiale. Tuttavia, le sue radici sono anteriori ed esistono diverse ricerche e teorie sull’origine della sua melodia e sull’evoluzione del suo testo. Quello che è certo è che alla fine è rimasta profondamente legata alla Resistenza italiana e alla memoria di coloro che decisero di affrontare il fascismo in uno dei momenti più difficili della storia europea.

C’è una frase che riassume perfettamente l’inizio della canzone. «Una mattina mi son svegliato». È una frase apparentemente semplice, quasi quotidiana, ed è proprio per questo che risulta così potente. Non comincia parlando di grandi battaglie né di eroi straordinari. Comincia con qualcuno che si sveglia e scopre che il suo mondo è cambiato. La quotidianità si spezza all’improvviso e quella persona si trova davanti a una realtà che la costringe a prendere una decisione.

Quando pensiamo a quelle persone, c’è qualcosa che per me è particolarmente importante. Nessuna di loro era un personaggio di un romanzo che sapeva come sarebbe finita la storia. Non avevano la possibilità di guardare indietro e sapere che alla fine il fascismo sarebbe stato sconfitto. Erano persone che vivevano quel presente con paura, con incertezza e, probabilmente, con molti dubbi.

Avevano famiglie, amici, amori, case in cui tornare e una vita che potevano perdere. Eppure arrivò un momento in cui dovettero decidere se accettare ciò che stava accadendo oppure se erano disposti a fare qualcosa per cambiarlo.

La canzone esprime allora una delle decisioni più difficili attraverso una frase che è diventata il simbolo di un’intera epoca. «O partigiano, portami via». Al di là del suo significato letterale, è il momento in cui una persona decide di abbandonare la sicurezza di ciò che conosce per schierarsi dalla parte di chi resiste. È un’immagine di impegno, ma anche di incertezza, perché non sa esattamente cosa troverà dall’altra parte di quella strada.

È proprio qui che Bella ciao smette di essere semplicemente una canzone storica e comincia a parlare anche a noi. Perché forse ciò che c’è di più umano in essa è proprio il fatto che non cerca di farci credere che chi resiste non abbia paura. Al contrario, la canzone parla di un addio, di qualcuno che parte sapendo che potrebbe non tornare. E questo è qualcosa che chiunque può comprendere, anche senza aver mai vissuto una guerra o dovuto affrontare una dittatura. Tutti conosciamo, in un modo o nell’altro, la paura di perdere ciò che amiamo e quella sensazione di non sapere cosa accadrà domani.

Ma, nonostante quella paura, la persona decide di partire, decide di fare qualcosa e decide di non accettare che siano altri a determinare completamente il suo destino. E credo che sia proprio una delle ragioni per cui Bella ciao è riuscita a emozionare così tante generazioni. Non parla di persone perfette né di eroi senza paura, ma di esseri umani che, proprio perché avevano paura, dovettero trovare dentro di sé il coraggio necessario per resistere.

C’è un altro momento particolarmente commovente, quando compare l’idea di morire per la libertà. La canzone si chiede, in sostanza, cosa accadrà se il partigiano morirà. La risposta non cerca di trasformare la morte in qualcosa di glorioso, ma vuole lasciare testimonianza del fatto che anche dopo la morte può rimanere la memoria di chi ha combattuto.Questa idea trova la sua espressione più conosciuta in «E tu mi devi seppellir», una richiesta intima che trasforma una canzone di resistenza in una conversazione profondamente umana sulla morte, sulla memoria e sull’addio.

Con il passare degli anni, la canzone è uscita dall’Italia e ha cominciato a percorrere il mondo. È stata cantata da persone che conoscono perfettamente la storia della Resistenza e da altre che semplicemente sentono che le sue parole rappresentano qualcosa che appartiene anche a loro. È apparsa in manifestazioni, proteste e movimenti sociali ed è diventata una sorta di linguaggio comune per coloro che vogliono rivendicare libertà, uguaglianza e dignità.

E questo mi sembra straordinario. Perché una canzone può attraversare una frontiera senza chiedere il permesso. Può passare da una generazione all’altra e riuscire a far sentire a qualcuno nato molti decenni dopo qualcosa di simile a ciò che provarono coloro che la cantarono in circostanze completamente diverse. Può fare in modo che una storia che sembrava lontana torni a sentirsi vicina.

C’è inoltre un’immagine che spiega perché la canzone abbia acquisito una forza simbolica così grande, quella del partigiano che vuole essere sepolto sulla montagna. «E seppellire lassù in montagna»La montagna smette di essere semplicemente un luogo fisico. Diventa lo spazio della resistenza, il luogo in cui rimane la memoria di chi ha deciso di affrontare l’oppressione. L’immagine non parla soltanto della morte, ma di ciò che rimane quando quella persona non c’è più.

Ma forse proprio per questo dobbiamo ascoltare Bella ciao con una certa responsabilità. Non basta trasformarla in una bella canzone che cantiamo perché ne conosciamo la melodia. Né dovrebbe diventare un semplice simbolo per attaccare chi la pensa diversamente. Se vogliamo rispettare davvero ciò che rappresenta, dobbiamo capire che il suo messaggio va ben oltre una determinata etichetta politica. Perché la canzone parla di ciò che accade quando una società comincia ad accettare che alcune persone possano essere disprezzate, perseguitate o private dei propri diritti semplicemente per ciò che sono. E questo continua a essere importante anche oggi.

È vero che non viviamo nell’Italia di Mussolini né nell’Europa degli anni Quaranta, e sarebbe assurdo pretendere che la nostra realtà sia identica a quella. Ma questo non significa che possiamo permetterci di dimenticare ciò che è accaduto. L’odio cambia linguaggio, trova nuovi nemici e si adatta ai tempi. A volte appare in modo evidente e altre volte arriva mascherato da battute, paura, disprezzo o discorsi che, poco alla volta, ci abituano a guardare l’altro come se valesse meno di noi.

Per questo la memoria è importante. Non per vivere permanentemente intrappolati nel passato, ma per imparare a riconoscere determinati segnali quando tornano a comparire. Ricordare coloro che hanno resistito non significa trasformarli in statue perfette né pensare che noi avremmo agito esattamente come loro, ma accettare che ci furono persone costrette a prendere decisioni difficili e che molte pagarono un prezzo enorme per difendere qualcosa di tanto semplice da pronunciare quanto difficile da proteggere, la libertà.

E poi arriva forse il momento più conosciuto di tutta la canzone, quando compare l’immagine del fiore che nasce là dove è morto colui che ha combattuto. «E questo è il fiore del partigiano»Il fiore rappresenta la memoria che rimane dopo la morte. Là dove qualcuno è caduto, rimane un ricordo. E quel ricordo può trasformarsi, con il passare del tempo, in un seme che altri raccoglieranno e faranno crescere.

Forse per questo «Bella ciao» è molto più di un inno antifascista. È anche una canzone profondamente umana. Parla di qualcuno che sa di poter perdere tutto e che, nonostante questo, decide di non rinunciare a ciò che considera giusto. Parla di un addio, ma anche di speranza. Parla della morte, ma soprattutto della vita. Della vita che vale la pena difendere quando qualcuno cerca di privarci della possibilità di viverla con dignità.

Forse è proprio questa la ragione per cui continuiamo a cantarla dopo così tanti anni. Perché, in fondo, tutti abbiamo bisogno di ricordare, ogni tanto, che la libertà non consiste soltanto nel poter fare ciò che vogliamo. Significa anche vivere in una società in cui nessuno debba nascondere chi è, in cui nessuno venga perseguitato per la propria origine, la propria religione, il proprio orientamento sessuale, le proprie idee o il proprio modo di vivere e in cui la dignità di una persona non dipenda dal fatto che appartenga o meno alla maggioranza.

Quando la ascoltiamo, possiamo pensare all’Italia, ai partigiani e a quell’Europa devastata dalla guerra e dal fascismo. Ma possiamo anche pensare al nostro tempo e porci una domanda molto più scomoda. E cioè, cosa faremmo noi se un giorno dovessimo scegliere tra voltare lo sguardo dall’altra parte o opporci?

Non so quale sarebbe la nostra risposta. Probabilmente non lo sapremmo nemmeno noi finché non ci trovassimo davvero davanti a una situazione simile. Ma vale la pena ricordare coloro che furono lì, perché attraverso la loro storia possiamo capire che il coraggio non consiste nel non avere paura. Il vero coraggio consiste molte volte nell’averla e, nonostante questo, decidere che ci sono cose che non siamo disposti a permettere.

Per questo, quando torneremo ad ascoltarla, forse potremo farlo in modo diverso. Non come chi ascolta semplicemente una canzone italiana conosciuta, ma come chi ascolta la voce di persone che un giorno ebbero paura, salutarono coloro che amavano e partirono per difendere la libertà senza sapere se sarebbero tornate a casa.

Finché qualcuno continuerà a cantare «Bella ciao», forse coloro che decisero di resistere non saranno scomparsi del tutto.

Perché ricordare è anche una forma di resistenza.

E noi resisteremo.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Bella Ciao

Sometimes there are songs that cease to be merely songs. Songs that become part of an era, and others that, for reasons we sometimes cannot even explain, manage to outlive those who first sang them. ‘Bella ciao’ is one of them.

Many people have probably heard it at least once without knowing much about its history, perhaps at a demonstration, in a film, in a crowded square or simply at a gathering with friends. Its melody is recognisable almost from the very first notes, but behind it lies much more than an Italian song. There is fear, there is resistance, there is loss and, above all, there is an idea that remains profoundly necessary. Freedom should never be taken for granted.

For years, it has been presented simply as the anthem of the Italian partisans who fought against fascism and the Nazi occupation during the Second World War. However, its roots go back further, and there are different studies and theories concerning the origins of its melody and the way its lyrics evolved. What is certain is that it ultimately became deeply connected with the Italian Resistance and with the memory of those who chose to stand up to fascism during one of the darkest periods in European history.

There is one line that perfectly captures the beginning of the song. ‘Una mattina mi son svegliato’ (‘One morning I woke up’). It is an apparently simple, almost everyday sentence, and that is precisely why it is so powerful. It does not begin by talking about great battles or extraordinary heroes. It begins with someone waking up and discovering that their world has changed. Ordinary life is suddenly shattered, and that person finds themselves facing a reality that forces them to make a decision.

When we think about those people, there is something that I find particularly important. None of them were characters in a novel who knew how the story would end. They had no way of looking back and knowing that fascism would eventually be defeated. They were people living through that present with fear, uncertainty and, probably, many doubts.

They all had families, friends, people they loved, homes to return to and a life they could lose. Yet a moment came when they had to decide whether to accept what was happening or whether they were prepared to do something to change it.

The song then expresses one of the most difficult decisions through a line that has become a symbol of an entire era. ‘O partigiano, portami via’ (‘Oh partisan, take me with you’). Beyond its literal meaning, it is the moment when a person decides to leave behind the safety of what they know and stand alongside those who resist. It is an image of commitment, but also of uncertainty, because they do not know exactly what they will find on the other side of that road.

This is where ‘Bella ciao’ ceases to be simply a historical song and begins to speak to us as well. Because perhaps what is most human about it is precisely that it does not try to make us believe that those who resist are without fear. Quite the opposite. The song speaks of a farewell, of someone leaving while knowing that they may never return. And that is something anyone can understand, even if they have never lived through a war or had to face a dictatorship. We all know, in one way or another, the fear of losing what we love and that feeling of not knowing what tomorrow will bring.

Yet, despite that fear, the person decides to leave, decides to do something and decides not to accept that others should determine their destiny entirely. And I believe that this is one of the reasons why Bella ciao has managed to move so many generations. It does not speak of perfect people or fearless heroes, but of human beings who, precisely because they were afraid, had to find within themselves the courage they needed to resist.

There is another particularly moving moment when the idea of dying for freedom appears. The song asks, essentially, what will happen if the partisan dies. The answer does not seek to turn death into something glorious, but rather to ensure that even after death, the memory of the person who fought can remain. This idea finds its best known expression in ‘E tu mi devi seppellir’ (‘And you must bury me’), an intimate request that transforms a song of resistance into a deeply human conversation about death, memory and farewell.

As the years passed, the song left Italy and began to travel around the world. It has been sung by people who know the history of the Resistance perfectly well and by others who simply feel that its words represent something that belongs to them too. It has appeared at demonstrations, protests and social movements and has become a kind of shared language for those who wish to defend freedom, equality and dignity.

And I find that extraordinary. Because a song can cross a border without asking permission. It can pass from one generation to another and make someone born many decades later feel something similar to what those who sang it experienced in completely different circumstances. It can make a story that once seemed distant feel close again.

There is also an image that helps explain why the song has acquired such powerful symbolic force, that of the partisan who wishes to be buried in the mountains. ‘E seppellire lassù in montagna’ (‘And bury me up there in the mountains’).The mountain ceases to be simply a physical place. It becomes the space of resistance, the place where the memory of the person who chose to stand up to oppression remains. The image speaks not only of death, but of what remains when that person is no longer there.

But perhaps that is precisely why we have to listen to Bella ciao with a certain sense of responsibility. It is not enough to turn it into a beautiful song that we sing simply because we know its melody. Nor should it become merely a symbol with which to attack those who think differently. If we genuinely want to respect what it represents, we have to understand that its message goes far beyond any particular political label. Because the song speaks of what happens when a society begins to accept that some people can be despised, persecuted or deprived of their rights simply because of who they are. And that remains important today.

It is true that we do not live in Mussolini’s Italy or in the Europe of the 1940s, and it would be absurd to pretend that our reality is identical to theirs. But that does not mean that we can afford to forget what happened. Hatred changes its language, finds new enemies and adapts to the times. Sometimes it appears openly, while at other times it arrives disguised as jokes, fear, contempt or speeches that gradually accustom us to looking at others as though they were worth less than we are.

That is why memory matters. Not so that we can remain permanently trapped in the past, but so that we can learn to recognise certain warning signs when they appear again. Remembering those who resisted does not mean turning them into perfect statues or imagining that we would have acted exactly as they did. It means accepting that there were people who had to make difficult decisions and that many paid an enormous price to defend something that is so simple to say and yet so difficult to protect, freedom.

And then comes perhaps the best known moment in the entire song, when the image appears of the flower growing where the person who fought has died. ‘E questo è il fiore del partigiano’ (‘And this is the partisan’s flower’). The flower represents the memory that remains after death. Where someone has fallen, a memory remains. And that memory can, with the passing of time, become a seed that others will gather and help to grow.

Perhaps that is why ‘Bella ciao’ is so much more than an anti fascist anthem. It is also a deeply human song. It speaks of someone who knows they may lose everything and who, nevertheless, decides not to give up what they believe is right. It speaks of farewell, but also of hope. It speaks of death, but above all of life. Of the life that is worth defending when someone tries to take away our ability to live it with dignity.

Perhaps that is the reason why we continue to sing it so many years later. Because, deep down, we all need to remember from time to time that freedom does not simply mean being able to do whatever we want. It also means living in a society where no one has to hide who they are, where no one is persecuted because of their origin, religion, sexual orientation, beliefs or way of life, and where a person’s dignity does not depend on whether or not they belong to the majority.

When we listen to it, we can think of Italy, the partisans and that Europe devastated by war and fascism. But we can also think about our own time and ask ourselves something much more uncomfortable. What would we do if one day we had to choose between looking the other way or standing up?

I do not know what our answer would be. We probably would not know either until we actually found ourselves facing such a situation. But it is worth remembering those who were there, because through their story we can understand that courage does not mean having no fear. True courage often means being afraid and, despite that, deciding that there are things we are not prepared to allow.

That is why, when we hear it again, perhaps we can do so differently. Not simply as someone listening to a well known Italian song, but as someone listening to the voices of people who were once afraid, said goodbye to those they loved and set out to defend freedom without knowing whether they would ever return home.

As long as someone continues to sing «Bella ciao», perhaps those who chose to resist have not disappeared completely.

Because remembering is also a form of resistance.

And we will resist.