Ceuta no puede ser la excusa

En historia reciente de cualquier país, hay momentos en los que resulta especialmente necesario detenerse y separar las cosas, precisamente porque la realidad es demasiado compleja como para reducirla a una consigna política. Lo que está ocurriendo en Ceuta es grave y sería absurdo negarlo. La ciudad está atravesando una situación extraordinariamente complicada, sus servicios públicos están sometidos a una presión enorme y sus ciudadanos tienen todo el derecho del mundo a sentirse preocupados, desbordados o incluso angustiados ante una situación que ha alterado profundamente la vida cotidiana. Los ceutíes tienen derecho a reclamar seguridad, recursos, protección y una respuesta eficaz por parte de las administraciones públicas, exactamente igual que cualquier otro ciudadano español. Solidarizarse con ellos no solamente es legítimo, sino que puede ser una expresión perfectamente razonable de empatía y de responsabilidad colectiva. Solidarizarse con Ceuta es necesario, pero utilizar una situación real y dolorosa para alimentar el miedo, señalar a las personas migrantes y convertirlas en un enemigo colectivo es algo que no podemos permitir.

Como sociedad tenemos la obligación de preguntarnos qué estamos haciendo con esa preocupación y qué discursos estamos permitiendo que crezcan alrededor de ella. El próximo 2 de septiembre se han convocado concentraciones frente a los ayuntamientos de toda España como muestra de solidaridad con Ceuta y con sus ciudadanos. La convocatoria institucional de la Federación Española de Municipios y Provincias se plantea formalmente como un gesto de apoyo a la ciudad y, desde esa perspectiva, no hay nada que objetar. Ceuta forma parte de España, sus habitantes son ciudadanos españoles y europeos y tienen derecho a que el conjunto del país les transmita que no están solos cuando atraviesan una situación especialmente difícil. El problema, por tanto, no está en defender a Ceuta, sino en qué discurso utilizamos cuando la defendemos y qué intereses políticos pueden terminar aprovechándose de esa solidaridad.

Porque resulta evidente que la crisis de Ceuta ha entrado de lleno en la batalla política. La inmigración, la seguridad, el control de las fronteras, la relación con Marruecos, la capacidad de los servicios públicos y la propia identidad nacional se han convertido en elementos de una confrontación política cada vez más intensa. La convocatoria de la FEMP tampoco ha quedado al margen de esa disputa, puesto que se ha cuestionado que se haya impulsado sin el consenso de los distintos grupos políticos y algunos ayuntamientos han decidido no adherirse institucionalmente a ella precisamente por considerar que una iniciativa de estas características debería haber sido acordada de manera transversal. El caso de Jaén resulta especialmente ilustrativo, porque el Ayuntamiento ha optado por no sumarse oficialmente a la convocatoria, aunque su alcalde haya expresado su preocupación y su solidaridad con los ciudadanos de Ceuta. Esto demuestra algo que deberíamos tener muy presente. Y es que apoyar a Ceuta y apoyar una determinada convocatoria política no son necesariamente la misma cosa.

Y mientras todo esto sucede, existe otro fenómeno que no podemos ignorar porque aporta una dimensión especialmente preocupante a lo que estamos viviendo. Los datos de OBERAXE muestran un incremento extraordinario del discurso de odio relacionado con la crisis de Ceuta. Durante los primeros días de la llegada masiva de migrantes se produjo un auténtico estallido de mensajes dirigidos contra personas del norte de África, inmigrantes y musulmanes, con contenidos que no se limitaban a cuestionar las políticas migratorias, sino que incluían insultos, deshumanización, amenazas y llamamientos a la expulsión. Según los datos difundidos por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, el Sistema FARO detectó más de 57.000 contenidos de discurso de odio durante julio, mientras que otros análisis sobre el periodo posterior han mostrado un incremento todavía más preocupante coincidiendo con la crisis. Estos datos deberían hacernos reflexionar, porque demuestran que el problema no es simplemente que exista una discusión política sobre inmigración, sino que una situación concreta está siendo utilizada como catalizador de prejuicios que ya estaban presentes en una parte de nuestra sociedad.

Esto es importante porque una democracia puede y debe discutir sobre inmigración. Podemos debatir sobre cuántas personas puede acoger un territorio, sobre cómo deben organizarse las fronteras, sobre qué recursos necesitan los servicios públicos, sobre la distribución de menores no acompañados, sobre la cooperación con Marruecos, sobre las políticas europeas de asilo y migración o sobre la actuación concreta del Gobierno. Podemos incluso considerar que determinadas decisiones políticas han sido equivocadas y exigir responsabilidades. Todo eso forma parte de la democracia y nadie debería pretender silenciar ese debate acusando automáticamente de racismo a quien defiende una determinada política migratoria. El problema comienza cuando dejamos de hablar de políticas y empezamos a hablar de personas como si todas fueran iguales por el simple hecho de haber nacido en un determinado país, tener un determinado color de piel o practicar una determinada religión.

La diferencia es fundamental. No es racista decir que el Estado debe garantizar la seguridad de los ciudadanos de Ceuta, ni lo es reclamar que la ciudad disponga de recursos suficientes para afrontar una situación extraordinaria. Tampoco es xenófobo defender una política migratoria ordenada o considerar que las administraciones deben tener capacidad para controlar sus fronteras. Lo que sí entra en el terreno del racismo y la xenofobia es comenzar a presentar a los inmigrantes como un colectivo inherentemente peligroso, atribuirles delincuencia por su origen, hablar de una supuesta inferioridad cultural o racial, identificar automáticamente inmigración con inseguridad o utilizar términos como «invasión» para referirse indiscriminadamente a seres humanos que han llegado a nuestro país. La crítica política tiene como objeto las decisiones y las políticas públicas; el racismo convierte a las personas en el objeto de la acusación.

Parece claro que determinados sectores de la derecha y, especialmente, de la ultraderecha están aprovechando una situación real para reforzar un discurso que ya venían construyendo alrededor de la inmigración. No estamos diciendo que la crisis de Ceuta haya sido inventada ni que los problemas que atraviesa la ciudad sean imaginarios. Precisamente porque la situación es real, resulta políticamente tan útil para quienes pretenden utilizarla. Una crisis real puede convertirse en una oportunidad política sin dejar de ser una crisis real. La cuestión no es negar lo que sucede, sino observar cómo se interpreta, qué lenguaje se utiliza para explicarlo y qué consecuencias políticas se pretende extraer de ello.

La ultraderecha conoce perfectamente la capacidad que tiene el miedo para movilizar a una sociedad. Cuando una población está preocupada, cuando siente que los servicios públicos están desbordados o cuando tiene la percepción de que algo está escapando al control de las instituciones, resulta muy sencillo ofrecer una explicación aparentemente sencilla para un problema enormemente complejo. Se identifica un culpable, se construye un enemigo y se presenta la solución como algo igualmente sencillo: expulsar, cerrar, impedir, separar. El inmigrante deja entonces de ser una persona concreta con una historia determinada y pasa a convertirse en una categoría abstracta sobre la que se proyectan todos los problemas de la sociedad. Es un mecanismo antiguo y peligrosísimo que, desgraciadamente, hemos visto repetirse muchas veces a lo largo de la historia.

El problema es que ese discurso puede terminar contaminando incluso espacios que originalmente no tenían una finalidad xenófoba. Una concentración convocada para expresar solidaridad con Ceuta puede ser perfectamente legítima y estar integrada por personas que no tienen ningún prejuicio racista. Pero si alrededor de esa concentración comienzan a aparecer mensajes que presentan a los inmigrantes como invasores, delincuentes o amenazas, existe el riesgo de que una reivindicación legítima termine siendo utilizada como vehículo para normalizar ideas que deberían ser rechazadas sin ambigüedad. Por eso no considero justo decir que todas las personas que acudirán el 2 de septiembre son racistas o xenófobas, pero tampoco considero razonable mirar hacia otro lado ante el hecho de que existe un componente racista y xenófobo claramente documentado en el contexto social y político de esta crisis y que determinados actores están aprovechándolo.

También debemos ser cuidadosos con otra simplificación. Defender a las personas migrantes no significa ignorar los problemas que están sufriendo los ciudadanos de Ceuta. Parece necesario repetirlo porque en ocasiones el debate público se plantea como si solamente pudiéramos escoger uno de los dos lados. Como si solidarizarnos con una familia ceutí implicara necesariamente ser hostiles hacia una familia migrante, o como si defender los derechos de una persona que acaba de llegar significara despreciar las preocupaciones de quien lleva toda su vida viviendo en Ceuta. Esa falsa dicotomía solamente beneficia a quienes quieren convertir la convivencia en un enfrentamiento permanente.

Podemos defender simultáneamente los derechos de los ceutíes y los derechos de las personas migrantes. Podemos exigir que una familia de Ceuta pueda vivir tranquila y segura y, al mismo tiempo, reclamar que un menor migrante sea tratado con dignidad. Podemos pedir más recursos para los servicios públicos y exigir que esos recursos permitan atender adecuadamente a todas las personas que se encuentran bajo la responsabilidad de las administraciones. Podemos reclamar que las fronteras estén controladas y, al mismo tiempo, defender el derecho de las personas perseguidas a solicitar protección internacional. Podemos criticar la gestión del Gobierno sin convertir a los inmigrantes en chivos expiatorios. No solamente podemos hacerlo, sino que eso es precisamente lo que debería hacer una sociedad comprometida con los derechos humanos.

Porque hay algo que no podemos olvidar y es que los inmigrantes no son un colectivo homogéneo. No existe “el inmigrante” como una categoría humana capaz de explicar por sí misma un problema social. Hay personas que llegan buscando trabajo, otras que huyen de guerras o persecuciones, otras que necesitan protección internacional, otras que son menores, otras que han sido víctimas de violencia y otras que simplemente han decidido cambiar de país. Algunas cometerán delitos, igual que existen ciudadanos españoles que cometen delitos, pero jamás aceptaríamos considerar que todos los españoles son delincuentes porque algunos lo sean. Sin embargo, cuando hablamos de personas extranjeras, demasiadas veces permitimos que esa lógica desaparezca y aceptamos generalizaciones que jamás admitiríamos aplicadas a nuestra propia sociedad.

Lo mismo ocurre cuando hablamos de las personas musulmanas o de quienes proceden del norte de África. Una persona marroquí no es una amenaza por ser marroquí; una persona musulmana no constituye un peligro por practicar el islam; y una persona negra no representa ninguna amenaza por el color de su piel. Puede haber problemas concretos relacionados con determinadas personas, comportamientos o políticas, pero ninguna característica racial, nacional o religiosa convierte automáticamente a alguien en culpable de nada. Cuando empezamos a atribuir responsabilidades colectivas basándonos en el origen, la raza o la religión, dejamos de estar ante un debate racional y comenzamos a caminar por el terreno de la discriminación.

Por eso también me preocupa que determinadas cuestiones culturales estén entrando en el debate político de una manera cada vez más agresiva. Cuando se empieza a presentar el velo, las mezquitas, la alimentación halal o las costumbres de una comunidad como elementos de una supuesta amenaza a la identidad española, el debate deja de ser únicamente migratorio. Se está construyendo una determinada imagen del musulmán como alguien que no pertenece realmente a nuestra sociedad y que, por tanto, constituye una amenaza para nuestra identidad. Esa forma de plantear las cosas puede parecer muy diferente del insulto directo, pero responde al mismo mecanismo de fondo encaminado a crear una frontera entre quienes consideramos parte de “nosotros” y quienes presentamos como “ellos”.

Es aquí donde la responsabilidad de los partidos políticos resulta enorme. La política democrática debería ser capaz de canalizar el miedo y la preocupación de los ciudadanos sin convertirlos en odio hacia otras personas. Un dirigente político puede decir que la situación migratoria es insostenible, que el Gobierno ha gestionado mal una crisis o que Europa necesita cambiar sus políticas migratorias y defender controles fronterizos más estrictos o exigir más recursos para una ciudad como Ceuta. Pero cuando se alimenta deliberadamente la idea de que existe una amenaza colectiva asociada a una nacionalidad, una raza o una religión, las consecuencias pueden ser muy graves. Los políticos tienen una enorme capacidad para determinar qué prejuicios se normalizan y cuáles permanecen en los márgenes de la sociedad.

La ultraderecha lleva años intentando precisamente eso. Siempre ha buscado convertir determinados discursos que antes resultaban socialmente inaceptables en posiciones aparentemente normales dentro del debate político. Y una crisis como la de Ceuta proporciona un escenario especialmente favorable para hacerlo. El problema no es que aprovechen políticamente una situación que considera beneficiosa para su discurso, porque los partidos políticos siempre intentan aprovechar las circunstancias que consideran favorables. El problema aparece cuando para obtener ese beneficio electoral se recurre a la deshumanización, a la generalización, al miedo y al enfrentamiento entre comunidades.

Pero tampoco podemos atribuir automáticamente todas estas dinámicas a la ultraderecha. La derecha democrática tiene una responsabilidad igualmente importante cuando asume determinados marcos discursivos para competir electoralmente con ella. Si para evitar que la ultraderecha gane espacio se adopta parte de su lenguaje, existe el riesgo de que aquello que inicialmente parecía una estrategia electoral termine desplazando los límites de lo que nuestra sociedad considera aceptable. Y eso es especialmente peligroso en cuestiones relacionadas con el racismo y la xenofobia, porque los derechos fundamentales no deberían depender de las necesidades electorales de ningún partido.

Por eso creo que debemos ser capaces de mantener una posición mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más exigente. Ceuta merece nuestra solidaridad, pero esa solidaridad debe ser incompatible con el racismo. Los ciudadanos de Ceuta merecen seguridad, pero la seguridad no necesita convertir a los inmigrantes en enemigos. Las fronteras pueden y deben estar controladas, pero controlar una frontera no significa deshumanizar a quienes intentan cruzarla. Los servicios públicos necesitan recursos, pero la falta de recursos no puede utilizarse para justificar la discriminación. Y las administraciones tienen que responder ante una situación extraordinaria, pero esa respuesta debe respetar siempre los derechos humanos.

Por eso, si alguien quiere acudir el 2 de septiembre a una concentración para decir que Ceuta no está sola, me parece perfectamente legítimo. Si quiere reclamar que el Estado aumente los recursos destinados a la ciudad, también. Si quiere exigir una política migratoria más eficaz, tiene todo el derecho a hacerlo. Si quiere criticar al Gobierno, forma parte de la democracia. Lo que no deberíamos aceptar es que alguien utilice una concentración de solidaridad para atacar colectivamente a personas por ser negras, marroquíes, musulmanas o inmigrantes. En ese momento ya no estaríamos hablando de solidaridad, sino de otra cosa muy diferente.

Y tampoco deberíamos caer en el extremo contrario de pensar que denunciar el racismo significa negar los problemas reales. Negar una crisis tampoco ayuda a combatir la xenofobia. Si queremos enfrentarnos de verdad al discurso de odio, tenemos que ser capaces de reconocer las dificultades que existen, escuchar a las personas que las están viviendo y ofrecer soluciones eficaces sin buscar culpables colectivos. La mejor respuesta al discurso xenófobo no consiste en decirle a una persona preocupada que no tiene derecho a estarlo, sino en demostrarle que los problemas pueden abordarse desde la democracia, las políticas públicas y los derechos humanos sin necesidad de odiar a nadie.

Ceuta no debería convertirse en un campo de batalla entre españoles y extranjeros, entre cristianos y musulmanes, entre quienes llevan décadas viviendo allí y quienes acaban de llegar. Tampoco debería convertirse en una herramienta electoral para enfrentar al Gobierno con la oposición o para demostrar quién puede utilizar un lenguaje más duro sobre inmigración. Ceuta es una ciudad real, habitada por personas reales, con problemas reales y con una sociedad mucho más compleja que cualquier consigna política. Reducirla a un símbolo dentro de una batalla partidista sería hacerle un flaco favor precisamente a quienes dicen querer defenderla.

La mejor manera de solidarizarnos con Ceuta es negarnos a permitir que nadie utilice a los ceutíes como excusa para señalar a otras personas. Podemos abrazar simbólicamente a una ciudad que atraviesa momentos difíciles y exigir a las instituciones que estén a la altura de las circunstancias, pero también podemos hacerlo dejando claro que ninguna crisis justifica el racismo y que ninguna preocupación legítima puede convertirse en permiso para deshumanizar a un colectivo entero. La solidaridad no necesita enemigos para existir y una sociedad democrática no debería aceptar que el miedo se convierta en odio.

Al final, todo se reduce a algo bastante sencillo, aunque quizá demasiado importante como para olvidarlo. Y es que estar con Ceuta no significa estar contra los inmigrantes. Podemos defender a los ceutíes sin atacar a quienes han llegado a la ciudad, podemos exigir seguridad sin reclamar discriminación y podemos defender nuestras fronteras sin renunciar a nuestra humanidad. 

Si la concentración del 2 de septiembre quiere ser realmente un acto de solidaridad, debería ser capaz de decirlo con absoluta claridad y de cerrar la puerta a cualquier intento de convertirla en un altavoz para el racismo o la xenofobia. Porque cuando una sociedad empieza a aceptar que determinadas personas pueden ser insultadas, señaladas o deshumanizadas simplemente por su origen, su color de piel o su religión, el problema deja de ser exclusivamente migratorio. En ese momento estamos hablando de algo mucho más profundo. Estamos hablando de qué clase de sociedad queremos ser y de hasta dónde estamos dispuestos a llegar para proteger la dignidad humana cuando protegerla resulta incómodo.

Por eso, solidarizarse con Ceuta y combatir el racismo no son dos posiciones enfrentadas, sino dos compromisos que deberían ir necesariamente de la mano.

Defender a Ceuta también significa defender la dignidad de todas las personas que viven en ella.

Ceuta necesita solidaridad, no chivos expiatorios.

Y tampoco racismo ni xenofobia.

Nos quieren deshumanizados

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Son tiempos muy extraños. Vivimos en una época en la que jamás habíamos estado tan conectados y, paradójicamente, tan alejados unos de otros. Tenemos acceso inmediato a millones de personas, a una cantidad infinita de información y a tecnologías capaces de derribar cualquier frontera física. Sin embargo, cada día parece más difícil encontrar algo tan sencillo como una conversación sincera, un trato amable, una mirada cargada de empatía o un gesto espontáneo de solidaridad. Hemos construido un mundo que presume de progreso, riqueza y tecnología, pero que, en muchos aspectos, ha olvidado lo que significa ser verdaderamente humano.

Poco a poco hemos dejado de ver personas para empezar a ver cifras, perfiles, consumidores, votantes, trabajadores o simples datos dentro de una inmensa maquinaria económica, política y tecnológica. Nuestra identidad parece reducirse a aquello que producimos, compramos, consumimos o publicamos para conseguir “likes”. El valor de una persona ya no se mide tanto por su integridad, su bondad o su capacidad de amar, sino por su productividad, su influencia en redes sociales o el éxito material que proyecta hacia los demás. Nos hemos acostumbrado a vivir de cara a una pantalla mientras damos la espalda a quienes tenemos al lado. Paradójicamente, yo mismo estoy utilizando una pantalla, solo que con un fin bien distinto. Lo hago para lanzar un mensaje, no sé si desesperado, pero, al menos, creo que necesario. 

Nos quieren deshumanizados. Nos quieren distraídos, enfrentados, agotados y permanentemente ocupados. Nos quieren reaccionando de forma impulsiva, incapaces de detenernos a reflexionar sobre todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Cada día recibimos una avalancha de noticias, imágenes y vídeos que compiten por captar nuestra atención durante apenas unos segundos. Vemos guerras mientras desayunamos, contemplamos el sufrimiento de familias enteras desplazadas por conflictos, hambrunas o catástrofes naturales entre anuncios, vídeos de entretenimiento, publicaciones triviales y los estúpidos programas de “prime time” que blanquean el fascismo de manera cada vez más descarada y directa. El dolor ajeno se ha convertido en un contenido aburrido más dentro del flujo incesante de información y entretenimiento vacío que todo satura pero nada llena. 

La consecuencia más peligrosa de esta saturación no es el desconocimiento, sino la absoluta indiferencia. Cuando todo nos impacta, al final ya nada nos conmueve. Nos acostumbramos a convivir con la injusticia como si fuera un elemento inevitable de la vida, cuando no lo es. Dejamos de escandalizarnos por la pobreza, por la explotación del ser humano, por la violencia desmedida o por la fría soledad porque sentimos que nada de eso depende de nosotros. La compasión termina desgastándose y el sufrimiento pierde rostro para convertirse en una estadística más. Y seguimos haciendo “scroll” en nuestro teléfono de 800 euros.

También hemos normalizado el enfrentamiento constante. Se nos empuja constantemente a elegir bandos, a desconfiar, no solo del diferente, sino también de nuestras amistades y familiares, y a reducir cualquier debate a una lucha entre buenos y malos, izquierdas y derechas, “ellos y nosotros”. Las redes sociales han amplificado aún más esta dinámica, premiando con su algoritmo el insulto, la ira, la rabia, la provocación, la descalificación y el odio por encima del diálogo sereno. Cada vez escuchamos menos y respondemos más sin pensar; opinamos sin saber ni comprender; y juzgamos y sentenciamos antes de conocer nada. Hemos olvidado que detrás de cada opinión existe una persona con una historia que quizá nunca pudo contar, con unas experiencias que desgarrarían nuestra alma y unas circunstancias inimaginables que merecen ser escuchadas. Pero hemos cerrado los ojos y tapado nuestros oídos.

La deshumanización también está presente en nuestras propias relaciones personales. Disponemos de cientos de contactos en nuestra agenda, pero muchas veces carecemos de alguien con quien hablar de verdad. Compartimos cientos de fotografías, estados de WhatsApp, historias en Instagram y mensajes filosóficos sin autor conocido constantemente, pero cada vez cuesta más compartir nuestros miedos, tristezas y esperanzas. Lo inmediato ha destruido nuestra paciencia, el individualismo radical ha sustituido a la ayuda hacia nuestros vecinos y la falsa apariencia, eso que llaman “postureo”, a la autenticidad de ser humano. Vivimos obsesionados con mostrar una versión idealizada de nosotros mismos que nunca existirá, mientras sufrimos en silencio y tratamos de esconder nuestras fragilidades, como si sentir dolor o pedir ayuda fuese un signo de debilidad y no de empatía y humanidad sentida. 

Quizá lo más inquietante sea que este proceso ocurre sin darnos cuenta, de manera casi imperceptible. Nadie se levanta una mañana habiendo perdido por completo su humanidad. Sucede poco a poco, cuando dejamos de interesarnos por quien sufre en el piso de al lado; cuando ignoramos al anciano que camina solo buscando dónde comprar comida con los 20 euros de pensión que le quedan para pasar el mes; cuando apartamos la mirada del mendigo que duerme en la calle y que nos recuerda a ese viejo compañero de instituto; cuando nos apartamos del camino del migrante que pide limosna porque su patrón le ha echado de la finca donde recogía la fresa, la hortaliza o cuidaba del olivar por cobrar un salario justo, dejar de dormir en suelo y dejar de trabajar sin contrato; cuando vemos a un menor que llora porque huye de los chicos que le acosan dentro y fuera del instituto; cuando no decimos nada ante un ataque racial en el parque contra un afrodescendiente; cuando vemos jóvenes que intentan suicidarse porque en sus hogares no aceptan su orientación sexual; cuando echamos la culpa a la chica que ha sido agredida sexualmente por haber bebido o por su forma de vestir; cuando nos quedamos impasibles cuando una persona con discapacidad es burlada en la vía pública; y cuando preferimos el silencio ante cualquier injusticia, grabándola con el móvil, porque no nos afecta directamente. Hasta que un día todo cambia y nos toca a nosotros. Entonces pedimos ayuda y nadie responde, salvo aquellas personas que siempre fueron señaladas y ridiculizadas únicamente por sentir empatía por quienes sufren. Pero cada pequeña renuncia a esa empatía nos hace un poco más fríos, un poco más indiferentes y, en consecuencia, mucho más fáciles de manipular. 

Sin embargo, quiero pensar que aún no está todo perdido. La humanidad no desaparece por completo mientras existan personas capaces de sentir el dolor ajeno como propio. Cada gesto de solidaridad sincera, cada palabra amable de consuelo, cada acto espontáneo de generosidad y cada conversación basada en el respeto representan una forma clara de resistencia frente a esa deshumanización que nos quieren inocular. 

Recuperar nuestra condición humana no exige grandes gestas heroicas, sino pequeñas decisiones en el día a día. Empezamos por escuchar antes de responder, por comprender antes de juzgar, por tender la mano antes que señalar con el dedo y por recordar que ninguna ideología, ninguna tecnología y ningún interés económico pueden situarse por encima de la dignidad humana e inviolable de una persona.

Sí, es verdad, nos quieren deshumanizados. Tal vez, en parte, lo hayan conseguido. Pero mientras sigamos siendo capaces de emocionarnos ante el sufrimiento de un desconocido, de indignarnos frente a la injusticia, de defender la verdad aunque resulte incómoda y de reconocer la humanidad incluso en quien piensa diferente o nos es contrario, todavía habrá esperanza. 

Porque ser humano nunca consistió únicamente en pertenecer a una especie. Ser humano significa conservar la capacidad de amar, de inspirar, de compadecer, de crear, de perdonar, de construir puentes donde otros levantan muros y de recordar, cada día, que nuestra mayor fortaleza no está en la tecnología que desarrollamos, en el dinero que tengamos o en los “likes” que conseguimos, sino en las cualidades humanas que somos capaces de preservar. 

Solo cuando recuperemos esas cualidades podremos decir que el progreso de la humanidad ha merecido realmente la pena.

Y también seguir siendo humanos. 

Siempre humanos.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
They Want Us Dehumanised

These are very strange times. We live in an age in which we have never been so connected and, paradoxically, so distant from one another. We have immediate access to millions of people, to an infinite amount of information and to technologies capable of breaking down every physical barrier. And yet, each day it seems increasingly difficult to find something as simple as a sincere conversation, a kind interaction, a look filled with empathy or a spontaneous gesture of solidarity. We have built a world that prides itself on progress, wealth and technology, but which, in many respects, has forgotten what it truly means to be human.

Little by little, we have stopped seeing people and started seeing figures, profiles, consumers, voters, workers or mere pieces of data within an immense economic, political and technological machine. Our identity seems to have been reduced to what we produce, buy, consume or post in order to get “likes”. A person’s worth is no longer measured so much by their integrity, kindness or capacity to love, but by their productivity, their influence on social media or the material success they project to others. We have grown accustomed to living in front of a screen while turning our backs on those beside us. Paradoxically, I am using a screen myself, only for a very different purpose. I am using it to send out a message, one that may be desperate, I do not know, but which I believe is, at the very least, necessary.

They want us dehumanised. They want us distracted, divided, exhausted and permanently occupied. They want us to react impulsively, unable to stop and reflect on everything happening around us. Every day we receive an avalanche of news, images and videos competing for our attention for barely a few seconds. We watch wars while having breakfast, witness the suffering of entire families displaced by conflict, famine or natural disasters in between adverts, entertainment videos, trivial posts and the ridiculous prime time programmes that are increasingly and shamelessly normalising fascism in ever more blatant and direct ways. The suffering of others has become just another piece of tedious content within the incessant flow of information and empty entertainment that saturates everything while filling nothing.

The most dangerous consequence of this saturation is not ignorance, but absolute indifference. When everything affects us, eventually nothing moves us anymore. We become accustomed to living alongside injustice as though it were an inevitable part of life, when it is not. We stop being outraged by poverty, by the exploitation of human beings, by excessive violence or by cold, crushing loneliness because we feel that none of it depends on us. Compassion eventually wears away and suffering loses its human face, becoming just another statistic. And we carry on scrolling on our £800 phone.

We have also normalised constant confrontation. We are constantly pushed to choose sides, to distrust not only those who are different from us, but also our friends and relatives, and to reduce every debate to a struggle between good and evil, left and right, “them and us”. Social media have amplified this dynamic even further, with their algorithms rewarding insults, anger, rage, provocation, abuse and hatred above calm and reasoned dialogue. We listen less and respond more without thinking; we express opinions without knowing or understanding; and we judge and condemn before knowing anything at all. We have forgotten that behind every opinion there is a person with a story they may never have had the opportunity to tell, with experiences that could tear our souls apart and unimaginable circumstances that deserve to be heard. But we have closed our eyes and covered our ears.

Dehumanisation is also present in our own personal relationships. We have hundreds of contacts in our address books, yet we often have no one with whom we can truly talk. We constantly share hundreds of photographs, WhatsApp statuses, Instagram stories and anonymous philosophical messages, but it is becoming increasingly difficult to share our fears, sadness and hopes. The immediacy of modern life has destroyed our patience, radical individualism has replaced helping our neighbours, and false appearances, what we call “posturing”, have replaced the authenticity of simply being human. We live obsessed with displaying an idealised version of ourselves that will never exist, while suffering in silence and trying to hide our vulnerabilities, as though feeling pain or asking for help were signs of weakness rather than expressions of empathy and genuine humanity.

Perhaps the most disturbing thing is that this process happens without us realising it, almost imperceptibly. No one wakes up one morning having completely lost their humanity. It happens gradually, when we stop caring about the person suffering in the flat next door; when we ignore the elderly man walking alone, trying to find somewhere to buy food with the twenty euros left from his pension to get him through the month; when we look away from the homeless man sleeping on the street who reminds us of an old schoolmate; when we step aside to avoid the migrant asking for money because his employer has thrown him off the farm where he was picking strawberries and vegetables or tending the olive grove simply because he demanded a fair wage, wanted to stop sleeping on the floor and wanted to stop working without a contract; when we see a child crying because they are running away from the boys who bully them inside and outside school; when we say nothing in the face of a racist attack in the park against a Black person; when we see young people attempting to take their own lives because their families do not accept their sexual orientation; when we blame the girl who has been sexually assaulted because she had been drinking or because of the way she was dressed; when we remain indifferent as a disabled person is mocked in the street; and when we choose silence in the face of any injustice, filming it on our phones because it does not affect us directly. Until one day everything changes and it is our turn. Then we ask for help and no one responds, except those people who were always singled out and ridiculed simply for showing empathy towards those who suffer. Yet every small surrender of that empathy makes us a little colder, a little more indifferent and, consequently, far easier to manipulate.

Nevertheless, I want to believe that not everything is lost. Humanity does not disappear completely while there are still people capable of feeling another person’s pain as though it were their own. Every sincere gesture of solidarity, every kind word of comfort, every spontaneous act of generosity and every conversation based on respect represent a clear form of resistance against the dehumanisation they want to instil in us.

Recovering our humanity does not require great heroic deeds, but small decisions in our everyday lives. We begin by listening before responding, by understanding before judging, by offering a helping hand rather than pointing a finger and by remembering that no ideology, no technology and no economic interest can ever be placed above the inherent and inviolable dignity of a human being.

Yes, it is true, they want us dehumanised. Perhaps, to some extent, they have succeeded. But as long as we remain capable of being moved by the suffering of a stranger, of being outraged by injustice, of defending the truth even when it is uncomfortable and of recognising the humanity even in those who think differently from us or stand against us, there will still be hope.

Because being human has never meant merely belonging to a species. Being human means retaining the capacity to love, to inspire, to show compassion, to create, to forgive, to build bridges where others erect walls and to remember, every day, that our greatest strength does not lie in the technology we develop, the money we have or the “likes” we receive, but in the human qualities we are capable of preserving.

Only when we recover those qualities will we be able to say that humanity’s progress has truly been worthwhile.

And to remain human too.

Always human.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Ci vogliono disumanizzati

Sono tempi molto strani. Viviamo in un’epoca in cui non siamo mai stati così connessi e, paradossalmente, così lontani gli uni dagli altri. Abbiamo accesso immediato a milioni di persone, a una quantità infinita di informazioni e a tecnologie capaci di abbattere qualsiasi barriera fisica. Eppure, ogni giorno sembra diventare più difficile trovare qualcosa di tanto semplice quanto una conversazione sincera, un gesto gentile, uno sguardo colmo di empatia o un atto spontaneo di solidarietà. Abbiamo costruito un mondo che si vanta del proprio progresso, della propria ricchezza e della propria tecnologia, ma che, sotto molti aspetti, ha dimenticato che cosa significhi essere veramente umani.

A poco a poco abbiamo smesso di vedere le persone per iniziare a vedere numeri, profili, consumatori, elettori, lavoratori o semplici dati all’interno di un’immensa macchina economica, politica e tecnologica. La nostra identità sembra essersi ridotta a ciò che produciamo, compriamo, consumiamo o pubblichiamo per ottenere “like”. Il valore di una persona non viene più misurato tanto dalla sua integrità, dalla sua bontà o dalla sua capacità di amare, quanto dalla sua produttività, dalla sua influenza sui social network o dal successo materiale che riesce a proiettare verso gli altri. Ci siamo abituati a vivere davanti a uno schermo mentre voltiamo le spalle a chi abbiamo accanto. Paradossalmente, anch’io sto utilizzando uno schermo, solo con uno scopo ben diverso. Lo sto facendo per lanciare un messaggio, non so se disperato, ma che almeno considero necessario.

Ci vogliono disumanizzati. Ci vogliono distratti, divisi, esausti e permanentemente occupati. Ci vogliono reagire d’impulso, incapaci di fermarci a riflettere su tutto ciò che accade intorno a noi. Ogni giorno riceviamo una valanga di notizie, immagini e video che competono per catturare la nostra attenzione per appena pochi secondi. Guardiamo guerre mentre facciamo colazione, assistiamo alla sofferenza di intere famiglie sfollate a causa di conflitti, carestie o catastrofi naturali tra pubblicità, video di intrattenimento, pubblicazioni banali e gli stupidi programmi di prima serata che sdoganano il fascismo in modo sempre più sfacciato e diretto. La sofferenza altrui è diventata un contenuto noioso come tanti all’interno dell’incessante flusso di informazioni e intrattenimento vuoto che satura ogni cosa senza riempire nulla.

La conseguenza più pericolosa di questa saturazione non è l’ignoranza, ma l’assoluta indifferenza. Quando tutto ci colpisce, alla fine nulla riesce più a commuoverci. Ci abituiamo a convivere con l’ingiustizia come se fosse un elemento inevitabile della vita, quando non lo è. Smettiamo di indignarci di fronte alla povertà, allo sfruttamento dell’essere umano, alla violenza sproporzionata o alla fredda solitudine perché sentiamo che nulla di tutto questo dipende da noi. La compassione finisce per logorarsi e la sofferenza perde il suo volto umano per diventare un’altra statistica. E continuiamo a fare “scroll” sul nostro telefono da 800 euro.

Abbiamo anche normalizzato il confronto costante. Siamo continuamente spinti a scegliere da che parte stare, a diffidare non solo di chi è diverso da noi, ma anche dei nostri amici e dei nostri familiari, e a ridurre qualsiasi dibattito a una lotta tra buoni e cattivi, sinistra e destra, “loro e noi”. I social network hanno amplificato ulteriormente questa dinamica, premiando attraverso i loro algoritmi gli insulti, la collera, la rabbia, la provocazione, la denigrazione e l’odio invece del dialogo sereno. Ascoltiamo sempre meno e rispondiamo sempre di più senza pensare, esprimiamo opinioni senza sapere né comprendere e giudichiamo e condanniamo prima ancora di conoscere qualsiasi cosa. Abbiamo dimenticato che dietro ogni opinione esiste una persona con una storia che forse non ha mai potuto raccontare, con esperienze capaci di straziarci l’anima e circostanze inimmaginabili che meritano di essere ascoltate. Ma abbiamo chiuso gli occhi e ci siamo tappati le orecchie.

La disumanizzazione è presente anche nelle nostre relazioni personali. Abbiamo centinaia di contatti nella nostra rubrica, ma spesso non abbiamo nessuno con cui parlare davvero. Condividiamo continuamente centinaia di fotografie, stati di WhatsApp, storie su Instagram e messaggi filosofici senza autore conosciuto, ma diventa sempre più difficile condividere le nostre paure, le nostre tristezze e le nostre speranze. L’immediatezza ha distrutto la nostra pazienza, l’individualismo radicale ha sostituito l’aiuto verso i nostri vicini e la falsa apparenza, quella che chiamiamo “posture”, ha sostituito l’autenticità dell’essere umano. Viviamo ossessionati dal mostrare una versione idealizzata di noi stessi che non esisterà mai, mentre soffriamo in silenzio e cerchiamo di nascondere le nostre fragilità, come se provare dolore o chiedere aiuto fosse un segno di debolezza e non un’espressione di empatia e di autentica umanità.

Forse la cosa più inquietante è che questo processo avviene senza che ce ne rendiamo conto, in maniera quasi impercettibile. Nessuno si sveglia una mattina avendo perso completamente la propria umanità. Succede poco a poco, quando smettiamo di interessarci a chi soffre nell’appartamento accanto, quando ignoriamo l’anziano che cammina da solo cercando dove comprare del cibo con i 20 euro della pensione che gli restano per arrivare alla fine del mese, quando distogliamo lo sguardo dal senzatetto che dorme per strada e che ci ricorda un vecchio compagno di scuola, quando ci allontaniamo dal cammino del migrante che chiede l’elemosina perché il suo datore di lavoro lo ha cacciato dalla tenuta dove raccoglieva fragole e ortaggi o si prendeva cura degli uliveti perché chiedeva un salario equo, perché voleva smettere di dormire per terra e perché voleva smettere di lavorare senza contratto, quando vediamo un minore piangere perché fugge dai ragazzi che lo perseguitano dentro e fuori dalla scuola, quando non diciamo nulla di fronte a un’aggressione razzista al parco contro una persona afrodiscendente, quando vediamo giovani che tentano di togliersi la vita perché nelle loro famiglie non accettano il loro orientamento sessuale, quando diamo la colpa alla ragazza che è stata aggredita sessualmente perché aveva bevuto o per il modo in cui era vestita, quando rimaniamo impassibili mentre una persona con disabilità viene derisa per strada e quando preferiamo il silenzio di fronte a qualsiasi ingiustizia, filmando tutto con il cellulare perché non ci riguarda direttamente. Finché un giorno tutto cambia e tocca a noi. Allora chiediamo aiuto e nessuno risponde, tranne quelle persone che sono sempre state additate e ridicolizzate semplicemente perché provavano empatia per chi soffre. Ma ogni piccola rinuncia a quella empatia ci rende un po’ più freddi, un po’ più indifferenti e, di conseguenza, molto più facili da manipolare.

Tuttavia, voglio pensare che non sia ancora tutto perduto. L’umanità non scompare completamente finché esistono persone capaci di sentire il dolore altrui come se fosse il proprio. Ogni gesto di solidarietà sincera, ogni parola gentile di conforto, ogni atto spontaneo di generosità e ogni conversazione basata sul rispetto rappresentano una forma chiara di resistenza contro quella disumanizzazione che vogliono inocularci.

Recuperare la nostra condizione umana non richiede grandi gesti eroici, ma piccole decisioni nella vita quotidiana. Cominciamo ascoltando prima di rispondere, cercando di comprendere prima di giudicare, tendendo la mano invece di puntare il dito e ricordando che nessuna ideologia, nessuna tecnologia e nessun interesse economico possono essere posti al di sopra della dignità umana, intrinseca e inviolabile, di una persona.

Sì, è vero, ci vogliono disumanizzati. Forse, in parte, ci sono riusciti. Ma finché saremo capaci di commuoverci di fronte alla sofferenza di uno sconosciuto, di indignarci davanti all’ingiustizia, di difendere la verità anche quando è scomoda e di riconoscere l’umanità persino in chi la pensa diversamente da noi o ci è avverso, ci sarà ancora speranza.

Perché essere umani non ha mai significato soltanto appartenere a una specie. Essere umani significa conservare la capacità di amare, di ispirare, di provare compassione, di creare, di perdonare, di costruire ponti dove altri innalzano muri e di ricordare, ogni giorno, che la nostra più grande forza non risiede nella tecnologia che sviluppiamo, nel denaro che possediamo o nei “like” che otteniamo, ma nelle qualità umane che siamo capaci di preservare.

Solo quando recupereremo queste qualità potremo dire che il progresso dell’umanità è davvero valso la pena.

E continuare anche a essere umani.

Sempre umani.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Ils veulent nous déshumanisés

Ce sont des temps bien étranges. Nous vivons à une époque où nous n’avons jamais été aussi connectés et, paradoxalement, aussi éloignés les uns des autres. Nous avons un accès immédiat à des millions de personnes, à une quantité infinie d’informations et à des technologies capables d’abolir toutes les frontières physiques. Et pourtant, chaque jour, il semble devenir plus difficile de trouver quelque chose d’aussi simple qu’une conversation sincère, une attitude bienveillante, un regard empreint d’empathie ou un geste spontané de solidarité. Nous avons construit un monde qui se vante de son progrès, de sa richesse et de sa technologie, mais qui, à bien des égards, a oublié ce que signifie être véritablement humain.

Peu à peu, nous avons cessé de voir des personnes pour commencer à voir des chiffres, des profils, des consommateurs, des électeurs, des travailleurs ou de simples données au sein d’une immense machine économique, politique et technologique. Notre identité semble désormais se réduire à ce que nous produisons, achetons, consommons ou publions pour obtenir des « likes ». La valeur d’une personne ne se mesure plus autant à son intégrité, à sa bonté ou à sa capacité d’aimer, mais à sa productivité, à son influence sur les réseaux sociaux ou au succès matériel qu’elle projette aux yeux des autres. Nous nous sommes habitués à vivre face à un écran tout en tournant le dos à ceux qui se trouvent à nos côtés. Paradoxalement, moi aussi j’utilise un écran, mais dans un but bien différent. Je l’utilise pour lancer un message, je ne sais pas s’il est désespéré, mais je crois au moins qu’il est nécessaire.

Ils veulent nous déshumanisés. Ils veulent nous distraire, nous diviser, nous épuiser et nous maintenir constamment occupés. Ils veulent que nous réagissions de manière impulsive, incapables de nous arrêter pour réfléchir à tout ce qui se passe autour de nous. Chaque jour, nous recevons une avalanche de nouvelles, d’images et de vidéos qui se disputent notre attention pendant à peine quelques secondes. Nous regardons des guerres en prenant notre petit déjeuner, nous contemplons la souffrance de familles entières déplacées par des conflits, des famines ou des catastrophes naturelles entre des publicités, des vidéos de divertissement, des publications futiles et les stupides émissions de première partie de soirée qui banalisent le fascisme de manière toujours plus éhontée et directe. La souffrance des autres est devenue un contenu ennuyeux parmi tant d’autres dans le flot incessant d’informations et de divertissements vides qui saturent tout sans jamais rien remplir.

La conséquence la plus dangereuse de cette saturation n’est pas l’ignorance, mais l’indifférence absolue. Lorsque tout nous bouleverse, plus rien ne finit par nous émouvoir. Nous nous habituons à vivre avec l’injustice comme si elle constituait un élément inévitable de l’existence, alors qu’elle ne l’est pas. Nous cessons de nous indigner face à la pauvreté, à l’exploitation de l’être humain, à la violence démesurée ou à la solitude froide et profonde parce que nous avons le sentiment que rien de tout cela ne dépend de nous. La compassion finit par s’épuiser et la souffrance perd son visage humain pour devenir une statistique de plus. Et nous continuons à faire défiler notre écran sur notre téléphone à 800 euros.

Nous avons également normalisé la confrontation permanente. On nous pousse constamment à choisir un camp, à nous méfier non seulement de ceux qui sont différents de nous, mais aussi de nos amis et de nos proches, et à réduire chaque débat à une lutte entre les bons et les mauvais, la gauche et la droite, « eux et nous ». Les réseaux sociaux ont encore amplifié cette dynamique, leurs algorithmes récompensant les insultes, la colère, la rage, la provocation, le dénigrement et la haine plutôt que le dialogue serein. Nous écoutons de moins en moins et répondons de plus en plus sans réfléchir, nous donnons notre opinion sans savoir ni comprendre et nous jugeons et condamnons avant même de connaître quoi que ce soit. Nous avons oublié que derrière chaque opinion se trouve une personne avec une histoire qu’elle n’a peut-être jamais pu raconter, avec des expériences qui déchireraient notre âme et des circonstances inimaginables qui méritent d’être entendues. Mais nous avons fermé les yeux et nous nous sommes bouché les oreilles.

La déshumanisation est également présente dans nos propres relations personnelles. Nous avons des centaines de contacts dans notre répertoire, mais nous manquons souvent de quelqu’un avec qui parler vraiment. Nous partageons constamment des centaines de photographies, des statuts WhatsApp, des stories Instagram et des messages philosophiques dont personne ne connaît l’auteur, mais il devient de plus en plus difficile de partager nos peurs, nos tristesses et nos espoirs. L’immédiateté a détruit notre patience, l’individualisme radical a remplacé l’entraide entre voisins et la fausse apparence, ce que nous appelons la « posture », a remplacé l’authenticité du fait d’être humain. Nous vivons obsédés par l’idée de montrer une version idéalisée de nous-mêmes qui n’existera jamais, tandis que nous souffrons en silence et tentons de cacher nos fragilités, comme si ressentir de la douleur ou demander de l’aide était un signe de faiblesse plutôt qu’une expression d’empathie et d’humanité véritable.

Peut-être le plus inquiétant est-il que ce processus se déroule sans que nous nous en rendions compte, de manière presque imperceptible. Personne ne se réveille un matin après avoir complètement perdu son humanité. Cela se produit peu à peu, lorsque nous cessons de nous intéresser à celui qui souffre dans l’appartement voisin, lorsque nous ignorons cette personne âgée qui marche seule à la recherche d’un endroit où acheter de quoi manger avec les 20 euros de pension qui lui restent pour finir le mois, lorsque nous détournons le regard du sans-abri qui dort dans la rue et qui nous rappelle un ancien camarade de classe, lorsque nous nous écartons du chemin du migrant qui demande l’aumône parce que son patron l’a chassé de l’exploitation où il ramassait des fraises et des légumes ou travaillait dans les oliveraies parce qu’il réclamait un salaire équitable, parce qu’il voulait cesser de dormir à même le sol et parce qu’il voulait arrêter de travailler sans contrat, lorsque nous voyons un mineur pleurer parce qu’il fuit les jeunes qui le harcèlent à l’intérieur et à l’extérieur de son établissement scolaire, lorsque nous ne disons rien face à une agression raciste dans un parc contre une personne afrodescendante, lorsque nous voyons des jeunes tenter de mettre fin à leurs jours parce que leur famille n’accepte pas leur orientation sexuelle, lorsque nous culpabilisons la jeune femme qui a été agressée sexuellement parce qu’elle avait bu ou en raison de sa manière de s’habiller, lorsque nous restons impassibles lorsqu’une personne handicapée est tournée en ridicule dans la rue et lorsque nous préférons le silence face à n’importe quelle injustice, en la filmant avec notre téléphone parce qu’elle ne nous concerne pas directement. Jusqu’au jour où tout change et où cela nous arrive à nous. Alors nous demandons de l’aide et personne ne répond, à l’exception de ces personnes qui ont toujours été montrées du doigt et ridiculisées simplement parce qu’elles éprouvaient de l’empathie envers ceux qui souffrent. Pourtant, chaque petite renonciation à cette empathie nous rend un peu plus froids, un peu plus indifférents et, par conséquent, beaucoup plus faciles à manipuler.

Pourtant, je veux croire que tout n’est pas encore perdu. L’humanité ne disparaît pas complètement tant qu’il existe des personnes capables de ressentir la douleur d’autrui comme si elle était la leur. Chaque geste de solidarité sincère, chaque parole réconfortante et bienveillante, chaque acte spontané de générosité et chaque conversation fondée sur le respect représentent une forme claire de résistance face à cette déshumanisation qu’ils veulent nous inoculer.

Retrouver notre condition humaine n’exige pas de grands actes héroïques, mais de petites décisions dans notre vie quotidienne. Nous commençons par écouter avant de répondre, par comprendre avant de juger, par tendre la main plutôt que de pointer du doigt et par nous rappeler qu’aucune idéologie, aucune technologie et aucun intérêt économique ne peuvent être placés au-dessus de la dignité humaine, inhérente et inviolable, d’une personne.

Oui, c’est vrai, ils veulent nous déshumanisés. Peut-être ont-ils, en partie, réussi. Mais tant que nous serons capables d’être émus par la souffrance d’un inconnu, de nous indigner face à l’injustice, de défendre la vérité même lorsqu’elle dérange et de reconnaître l’humanité jusque chez ceux qui pensent différemment de nous ou qui nous sont opposés, il y aura encore de l’espoir.

Car être humain n’a jamais simplement signifié appartenir à une espèce. Être humain signifie conserver la capacité d’aimer, d’inspirer, d’éprouver de la compassion, de créer, de pardonner, de construire des ponts là où d’autres érigent des murs et de nous rappeler, chaque jour, que notre plus grande force ne réside ni dans la technologie que nous développons, ni dans l’argent que nous possédons, ni dans les « likes » que nous obtenons, mais dans les qualités humaines que nous sommes capables de préserver.

Ce n’est que lorsque nous aurons retrouvé ces qualités que nous pourrons dire que le progrès de l’humanité en aura véritablement valu la peine.

Et continuer aussi à être humains.

Toujours humains.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Querem nos desumanizados

São tempos muito estranhos. Vivemos numa época em que nunca estivemos tão ligados e, paradoxalmente, tão distantes uns dos outros. Temos acesso imediato a milhões de pessoas, a uma quantidade infinita de informação e a tecnologias capazes de derrubar qualquer fronteira física. No entanto, a cada dia parece mais difícil encontrar algo tão simples como uma conversa sincera, um gesto de gentileza, um olhar carregado de empatia ou um acto espontâneo de solidariedade. Construímos um mundo que se orgulha do seu progresso, da sua riqueza e da sua tecnologia, mas que, em muitos aspectos, se esqueceu do que significa ser verdadeiramente humano.

Pouco a pouco, deixámos de ver pessoas para começar a ver números, perfis, consumidores, eleitores, trabalhadores ou simples dados dentro de uma imensa máquina económica, política e tecnológica. A nossa identidade parece ter-se reduzido àquilo que produzimos, compramos, consumimos ou publicamos para conseguir «likes». O valor de uma pessoa já não é medido tanto pela sua integridade, pela sua bondade ou pela sua capacidade de amar, mas pela sua produtividade, pela sua influência nas redes sociais ou pelo sucesso material que projecta perante os outros. Habitámo-nos a viver diante de um ecrã enquanto damos as costas a quem temos ao nosso lado. Paradoxalmente, eu próprio estou a utilizar um ecrã, apenas com uma finalidade bem diferente. Faço-o para lançar uma mensagem, não sei se desesperada, mas que, pelo menos, considero necessária.

Querem-nos desumanizados. Querem-nos distraídos, divididos, exaustos e permanentemente ocupados. Querem que reajamos de forma impulsiva, incapazes de parar para reflectir sobre tudo o que acontece à nossa volta. Todos os dias recebemos uma avalanche de notícias, imagens e vídeos que competem pela nossa atenção durante apenas alguns segundos. Vemos guerras enquanto tomamos o pequeno-almoço, contemplamos o sofrimento de famílias inteiras deslocadas por conflitos, fomes ou catástrofes naturais entre anúncios, vídeos de entretenimento, publicações triviais e os estúpidos programas de horário nobre que branqueiam o fascismo de forma cada vez mais descarada e directa. A dor dos outros tornou-se apenas mais um conteúdo aborrecido dentro do fluxo incessante de informação e entretenimento vazio que satura tudo, mas não preenche nada.

A consequência mais perigosa desta saturação não é a ignorância, mas a absoluta indiferença. Quando tudo nos afecta, no fim já nada nos comove. Habituamo-nos a conviver com a injustiça como se fosse um elemento inevitável da vida, quando não o é. Deixamos de nos indignar perante a pobreza, a exploração do ser humano, a violência desmedida ou a solidão fria e profunda porque sentimos que nada disso depende de nós. A compaixão acaba por se desgastar e o sofrimento perde o seu rosto humano para se transformar em mais uma estatística. E continuamos a fazer «scroll» no nosso telemóvel de 800 euros.

Também normalizámos o confronto constante. Somos continuamente empurrados a escolher lados, a desconfiar não apenas de quem é diferente de nós, mas também dos nossos amigos e familiares, e a reduzir qualquer debate a uma luta entre bons e maus, esquerda e direita, «eles e nós». As redes sociais amplificaram ainda mais esta dinâmica, recompensando através dos seus algoritmos o insulto, a ira, a raiva, a provocação, a desqualificação e o ódio em detrimento do diálogo sereno. Ouvimos cada vez menos e respondemos cada vez mais sem pensar, opinamos sem saber nem compreender e julgamos e condenamos antes de conhecer seja o que for. Esquecemo-nos de que por detrás de cada opinião existe uma pessoa com uma história que talvez nunca tenha podido contar, com experiências que dilacerariam a nossa alma e circunstâncias inimagináveis que merecem ser ouvidas. Mas fechámos os olhos e tapámos os ouvidos.

A desumanização também está presente nas nossas próprias relações pessoais. Temos centenas de contactos na nossa agenda, mas muitas vezes não temos ninguém com quem falar verdadeiramente. Partilhamos constantemente centenas de fotografias, estados do WhatsApp, histórias no Instagram e mensagens filosóficas de autor desconhecido, mas torna-se cada vez mais difícil partilhar os nossos medos, tristezas e esperanças. O imediatismo destruiu a nossa paciência, o individualismo radical substituiu a ajuda aos nossos vizinhos e a falsa aparência, aquilo a que chamamos «postureio», substituiu a autenticidade de sermos humanos. Vivemos obcecados em mostrar uma versão idealizada de nós próprios que nunca existirá, enquanto sofremos em silêncio e tentamos esconder as nossas fragilidades, como se sentir dor ou pedir ajuda fosse um sinal de fraqueza e não uma expressão de empatia e de humanidade genuína.

Talvez o mais inquietante seja que este processo acontece sem que nos apercebamos, de forma quase imperceptível. Ninguém acorda uma manhã tendo perdido completamente a sua humanidade. Isso acontece pouco a pouco, quando deixamos de nos interessar por quem sofre no apartamento ao lado, quando ignoramos o idoso que caminha sozinho à procura de um lugar onde comprar comida com os 20 euros de pensão que lhe restam para chegar ao fim do mês, quando desviamos o olhar do sem abrigo que dorme na rua e que nos faz lembrar um antigo colega de escola, quando nos afastamos do caminho do migrante que pede esmola porque o seu patrão o expulsou da propriedade onde apanhava morangos e legumes ou cuidava dos olivais por exigir um salário justo, por querer deixar de dormir no chão e por querer deixar de trabalhar sem contrato, quando vemos um menor a chorar porque foge dos rapazes que o perseguem dentro e fora da escola, quando não dizemos nada perante um ataque racista num parque contra uma pessoa afrodescendente, quando vemos jovens a tentar suicidar-se porque as suas famílias não aceitam a sua orientação sexual, quando culpamos a rapariga que foi vítima de uma agressão sexual por ter bebido ou pela forma como estava vestida, quando ficamos impassíveis perante uma pessoa com deficiência que é ridicularizada na via pública e quando preferimos o silêncio perante qualquer injustiça, filmando-a com o telemóvel porque não nos afecta directamente. Até que um dia tudo muda e somos nós que passamos por isso. Então pedimos ajuda e ninguém responde, excepto aquelas pessoas que sempre foram apontadas e ridicularizadas simplesmente por sentirem empatia por quem sofre. Mas cada pequena renúncia a essa empatia torna-nos um pouco mais frios, um pouco mais indiferentes e, consequentemente, muito mais fáceis de manipular.

No entanto, quero acreditar que ainda não está tudo perdido. A humanidade não desaparece por completo enquanto existirem pessoas capazes de sentir a dor dos outros como se fosse a sua própria dor. Cada gesto de solidariedade sincera, cada palavra amável de consolo, cada acto espontâneo de generosidade e cada conversa baseada no respeito representam uma forma clara de resistência contra essa desumanização que querem inocular-nos.

Recuperar a nossa condição humana não exige grandes feitos heróicos, mas pequenas decisões no nosso dia a dia. Começamos por ouvir antes de responder, por compreender antes de julgar, por estender a mão em vez de apontar o dedo e por recordar que nenhuma ideologia, nenhuma tecnologia e nenhum interesse económico podem ser colocados acima da dignidade humana, inerente e inviolável, de uma pessoa.

Sim, é verdade, querem-nos desumanizados. Talvez, em parte, já o tenham conseguido. Mas enquanto continuarmos a ser capazes de nos comover perante o sofrimento de um desconhecido, de nos indignar perante a injustiça, de defender a verdade mesmo quando é incómoda e de reconhecer a humanidade até em quem pensa de forma diferente de nós ou se encontra contra nós, continuará a existir esperança.

Porque ser humano nunca significou apenas pertencer a uma espécie. Ser humano significa conservar a capacidade de amar, de inspirar, de sentir compaixão, de criar, de perdoar, de construir pontes onde outros erguem muros e de recordar, todos os dias, que a nossa maior força não reside na tecnologia que desenvolvemos, no dinheiro que possuímos ou nos «likes» que conseguimos, mas nas qualidades humanas que somos capazes de preservar.

Só quando recuperarmos essas qualidades poderemos dizer que o progresso da humanidade valeu verdadeiramente a pena.

E continuar também a ser humanos.

Sempre humanos.

Nuestra sociedad sigue odiando

Aprovechando que he acabado mi tesis doctoral (solo me quedan pocos detalles y repasar la bibliografía) estoy en la piscina de Torredonjimeno, intentando desconectar un rato, y acabo de escuchar algo que me ha dejado profundamente indignado. Cuando estaba en los vestuarios había dos personas en la parte de atrás del servicio donde me encontraba. Una de ellas ha dicho literalmente: “Estoy hasta los cojones de los putos negros, de los moros y los maricones. Habría que ahorcarlos a todos de una puta vez”. 

Piscina Municipal de Torredonjimeno

Me ha dado una absoluta repugnancia escuchar esas palabras y, precisamente porque estamos hablando de algo que se escucha en la vida cotidiana, me parece importante decirlo: el racismo y la LGTBIfobia no desaparecen porque tengamos leyes que los prohíban. Desaparecen con educación. 

España dispone de un marco jurídico bastante sólido frente a la discriminación racial. El artículo 14 de la Constitución proclama la igualdad y prohíbe la discriminación, mientras que la Ley 15/2022, de igualdad de trato y no discriminación, protege frente a la discriminación por origen racial o étnico. Y cuando determinadas conductas alcanzan una gravedad concreta, además, entra en juego el Derecho penal.

El artículo 510 del Código Penal castiga, entre otras conductas, que públicamente se fomente, promueva o incite directa o indirectamente al odio, la hostilidad, la discriminación o la violencia contra personas o grupos por motivos racistas, por su pertenencia a una etnia, raza o nación, por su origen nacional o por su orientación o identidad sexual. También contempla determinadas conductas que lesionan gravemente la dignidad mediante humillación, menosprecio o descrédito. 

Ahora bien, y esto es jurídicamente importante, no todo comentario racista o LGTBIfobo es automáticamente un delito de odio. Para aplicar el artículo 510 tienen que concurrir sus elementos concretos. Hay que valorar el contexto, la publicidad, el contenido de las expresiones y su capacidad para fomentar o favorecer ese clima de odio, hostilidad, discriminación o violencia. La propia Fiscalía ha señalado que no se castigan las meras ideas u opiniones, sino determinadas manifestaciones de odio que, por sus características, pueden generar ese clima de intolerancia. 

Pero hay algo que el Derecho no debería servirnos para hacer: buscar siempre el límite exacto de lo que podemos decir sin cometer un delito para sentirnos legitimados a decirlo. Porque aunque una determinada expresión no llegara a constituir un delito, eso no convierte el racismo en una opinión respetable. Decir que habría que “ahorcarlos a todos” no es una simple discrepancia. Es una expresión brutal de desprecio hacia personas por su origen, su raza y su orientación sexual. Y normalizar ese lenguaje es precisamente una de las formas mediante las que el odio consigue abrirse camino.

Tenemos leyes, tenemos tribunales y tenemos mecanismos de protección. Pero ninguna ley puede entrar en nuestra cabeza y eliminar un prejuicio. 

La verdadera lucha contra el racismo y la LGTBIfobia empieza mucho antes de que tenga que intervenir el Código Penal, empieza cuando dejamos de normalizar aquello que nunca debería haberse normalizado.

Y lo hacemos con el odio.