Y aun así, me levantó

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

A veces, una sola frase puede llegar a nuestra vida y tocarnos en un lugar al que no todo el mundo sabe llegar. No hace falta que sea especialmente complicada ni que esté escrita con palabras que tengamos que buscar en un diccionario. Basta con que nos recuerde algo que, en determinados momentos, se nos olvida; que seguimos aquí; y que, a pesar de lo que hayamos vivido, de las personas que nos hayan hecho daño y de todas esas veces en las que hemos sentido que ya no podíamos más, nuestra historia todavía no ha terminado. Eso es lo que me transmite “Still I Rise”, el poema de Maya Angelou que podría traducirse como “Y aun así, me levanto”. Se trata de un poema que habla de dignidad, de resistencia y de algo que todos necesitamos escuchar alguna vez en la vida. Y es que nadie tiene derecho a decidir cuánto valemos por el daño que hemos sufrido o por quienes somos.

Maya Angelou sabía de lo que hablaba. Fue una mujer afrodescendiente estadounidense que vivió en una sociedad marcada por el racismo y la discriminación, una sociedad que durante demasiado tiempo había intentado convencer a las personas afrodescendientes de que eran inferiores, que tenían que conformarse siempre con menos y que siempre habría lugares en los que nunca serían bienvenidas. Pero Maya no aceptó que otros decidieran quién podía ser ni hasta dónde podía llegar. Escribió, habló y defendió su dignidad con una fuerza extraordinaria. Y lo hizo sin pedir permiso, sin disculparse por existir y sin aceptar que los prejuicios de los demás tuvieran la última palabra sobre su vida. Por eso su poema sigue teniendo tanto sentido hoy. Porque, aunque hayan cambiado muchas cosas desde que lo escribió en 1978, todavía vivimos en un mundo en el que demasiadas personas tienen que luchar para que las traten con el respeto que merecen, sin violencia, sin odio y sin discriminación.

La frase que da título al poema es tan sencilla como profundo es su significado: “Y aun así, me levanto”. No dice que nunca haya caído ni tampoco dice que no le hayan hecho daño, que no haya llorado o que todo le haya resultado fácil. Lo que sí dice es que, a pesar de todo, va a levantarse siempre. Y hay una diferencia enorme entre esas dos cosas. Porque a veces parece que vivimos en una sociedad que nos exige estar bien constantemente, que nos anima a pasar página cuanto antes y que espera que superemos cualquier experiencia dolorosa sin molestar demasiado a quienes nos rodean. Como si sufrir tuviera una fecha de caducidad, como si bastara con proponérselo para que las heridas desaparecieran. Pero no, las cosas no funcionan así. Hay golpes que dejan marcas, hay palabras que tardan años en olvidarse y hay experiencias que nos cambian de una manera que quizá ni siquiera nosotros mismos conseguimos explicar. Y reconocerlo no nos hace débiles, nos hace humanos.

Por eso creo que debemos tener mucho cuidado cuando hablamos de superación. A veces, con la mejor intención del mundo, terminamos convirtiendo la fortaleza en una obligación. Le decimos a alguien que tiene que ser fuerte, que no puede venirse abajo, que debe mirar hacia delante y que no puede permitir que lo que ha vivido le afecte para siempre. Pero ¿qué pasa cuando esa persona está agotada? ¿Qué pasa cuando lleva meses, o incluso años, intentando recomponerse y siente que todavía le duele? ¿Qué pasa cuando sencillamente necesita que alguien se siente a su lado, le escuche y le diga que no tiene que demostrarle nada a nadie? También necesitamos hablar de eso, tenemos que aprender a hacerlo. Nadie debería tener que convertirse en un ejemplo de valentía para que los demás reconozcan su sufrimiento. Porque no tenemos que ser fuertes todos los días, ni tampoco tenemos que sonreír cuando nos apetece llorar ni fingir que hemos superado algo cuando todavía estamos intentando entender lo que nos ha pasado.

Levantarse no siempre significa hacer algo extraordinario como los héroes de la antigüedad. A veces significa salir de la cama después de una noche horrible. O volver a confiar en alguien cuando otras personas nos han enseñado a desconfiar de todo el mundo. Puede significar denunciar una injusticia, pedir ayuda, recuperar una afición que habíamos abandonado o atrevernos a volver a un lugar del que un día salimos sintiéndonos pequeños o profundamente heridos. Y otras veces, levantarse consiste simplemente en reconocer que hoy no podemos con todo y que necesitamos descansar. Porque descansar también es cuidarse, y cuidarse no es rendirse. Cada persona tiene sus tiempos, sus heridas y su manera de seguir adelante. No deberíamos juzgar a nadie por la velocidad a la que consigue sanar de sus heridas, ni mucho menos hacerle sentir culpable porque todavía no haya podido hacerlo. Cada persona es diferente, pero también es igualmente válida.

Cuando leo el poema de Maya, pienso en todas esas personas que, además de sufrir una injusticia, tienen que soportar que los demás cuestionen lo que les ha ocurrido. Personas que han sufrido racismo, homofobia, acoso, violencia sexual o cualquier otra forma de discriminación y que, cuando por fin se atreven a hablar, descubren que todavía tienen que defenderse de quienes ponen en duda su palabra, buscan explicaciones para justificar al agresor o les aconsejan que se callen para evitar problemas. Personas a las que parece que nunca se les permite estar tranquilas, porque después del daño llega la incomprensión y, con ella, esa sensación tan injusta de tener que demostrar una y otra vez que lo que han vivido importa. A veces, lo que más duele no es solamente lo que alguien nos hizo, sino comprobar que quienes podían habernos acompañado prefirieron mirar hacia otro lado.

Como abogado dedicado a la defensa de los derechos humanos, pero también como víctima de la violencia en mis años de juventud, he aprendido que detrás de cada caso hay mucho más que unos hechos, unos documentos o un procedimiento judicial. Hay personas con sus miedos, sus dudas, sus contradicciones y sus ganas de recuperar una vida que, por un motivo u otro, se ha vuelto mucho más difícil. A veces porque piensan que lo que les ha pasado ha sido culpa suya, y otras porque creen que ya no valen nada cuando sienten que se les ha arrebatado su dignidad. Sin embargo, la dignidad y el valor como ser humano nunca se pierden. Eso nunca deberíamos olvidarlo.

Podemos tener las mejores leyes, los procedimientos más garantistas y los discursos más bonitos sobre igualdad, pero, si cuando alguien pide ayuda no encuentra a nadie dispuesto a escucharle, todavía nos queda muchísimo camino por recorrer. La justicia es imprescindible, porque los derechos no pueden depender de la buena voluntad de los demás. Pero también necesitamos algo que parece muy sencillo y que, sin embargo, muchas veces escasea. Así es, necesitamos más humanidad. Necesitamos dejar de juzgar tan deprisa, aprender a escuchar sin buscar inmediatamente culpables entre quienes han sufrido y comprender que acompañar a una persona no significa decirle cómo tiene que vivir con lo que le ha pasado.

En este sentido, el poema de Maya tiene una lectura muy especial para quienes han sufrido discriminación por su orientación e identidad sexual o de género. Todavía hay personas que crecen escuchando que hay algo malo en ellas, que deberían esconder una parte de quienes son o que su felicidad depende de conseguir que los demás las acepten. Y eso puede hacer mucho daño, especialmente cuando esos mensajes llegan de personas a las que queremos o de entornos en los que deberíamos sentirnos seguros. Por eso me parece tan importante recordar que nadie tiene que pedir perdón por ser quien es. No tenemos que justificar nuestra existencia, ni escondernos para que otras personas estén más cómodas, ni aceptar que nos traten como si nuestra dignidad fuera inferior a la de cualquier otra persona. Y tampoco tenemos la obligación de exponernos o de dar explicaciones a todo el mundo. Cada cual tiene derecho a decidir cuándo hablar, a quién contárselo y cómo protegerse. A fin de cuentas, la libertad también consiste en poder elegir sin miedo.

Hay algo más en “Still I Rise” que me parece fundamental. El poema nos dice que no tenemos que vivir pendientes de quienes nos hicieron daño. No nos dice que tengamos que demostrarles constantemente que hemos conseguido salir adelante, ni que nuestra felicidad deba convertirse en una respuesta a sus actos. Porque, si lo pensamos bien, seguir organizando nuestra vida alrededor de lo que esas personas puedan pensar de nosotros significa que todavía les estamos concediendo demasiado espacio y control sobre nuestras vidas. Porque recuperar nuestra vida también consiste en dejar de necesitar la aprobación de las personas que nos rodean, el arrepentimiento de quienes nos hicieron daño o el reconocimiento de nuestra valía persona para empezar a sentirnos en paz con nosotros mismos. Eso no significa que olvidemos lo ocurrido, renunciar a denunciarlo o perdonar a quien nunca ha pedido perdón. Significa comprender que nuestra vida nos pertenece y que tenemos derecho a construirla sin pedir autorización a quienes nos hicieron daño.

Por supuesto que hay cosas que no se pueden recuperar. Hay personas que nos decepcionan de una manera que cambia para siempre nuestra forma de mirarlas. Hay oportunidades que se pierden, momentos que no vuelven y heridas que dejan una marca con la que tendremos que aprender a convivir. Sería absurdo negar esa realidad o decirle a alguien que todo ocurre por alguna razón, como si cada experiencia dolorosa escondiera una lección que debiéramos agradecer. No todo sufrimiento nos hace mejores. No toda injusticia nos enseña algo útil. A veces, sencillamente, hay cosas que nunca debieron ocurrir. Y reconocerlo también forma parte de nuestra dignidad. No tenemos que encontrarle un lado positivo a todo lo que nos ha hecho daño para poder seguir viviendo. Podemos lamentar lo sucedido, reclamar justicia y, al mismo tiempo, intentar encontrar momentos de alegría en el presente. Una cosa no invalida la otra.

Quizá por eso me gusta tanto la idea de levantarse una y otra vez. No porque crea que las personas somos invencibles, sino precisamente porque sé que no lo somos. Todas las personas tenemos límites y todas atravesamos momentos en los que necesitamos ayuda, cariño o simplemente un poco de tiempo para volver a encontrarnos. Lo importante no es demostrar que nada puede derribarnos, sino recordar que caer no nos convierte en personas derrotadas para siempre. Y que, si hoy no encontramos fuerzas para levantarnos, eso tampoco significa que hayamos perdido. A veces necesitamos que alguien nos tienda una mano, que nos recuerde que no estamos solos o que permanezca a nuestro lado sin exigirnos que estemos mejor al día siguiente. Porque también hay mucha dignidad en dejarse ayudar y también hay valentía en reconocer que no podemos hacerlo todo sin compañía.

Me gustaría que aprendiéramos a mirar de otra manera a las personas que han sufrido; que dejáramos de preguntarles por qué no hicieron esto o aquello y empezáramos por preguntarles qué necesitan; que no les exigiéramos explicaciones para concederles nuestra empatía; que comprendiéramos que cada persona tiene una historia que no siempre conocemos; y que, detrás de un silencio, una reacción o una aparente fragilidad, puede haber experiencias que nunca llegaremos a imaginar. Me gustaría que fuéramos capaces de acompañar sin invadir, de escuchar sin juzgar y de ayudar sin convertirnos en protagonistas de la recuperación de otra persona. Porque nadie necesita que le expliquemos cómo debe reconstruir su vida. Pero sí necesita que respetemos su tiempo y que no le hagamos sentir que tiene que hacerlo en soledad.

Al final, creo que eso es lo que Maya Angelou quiere decirnos con su poema. Que nuestra dignidad no desaparece cuando alguien nos desprecia; que no valemos menos porque nos hayan rechazado, humillado o hecho daño; que no tenemos que ocultar nuestras heridas para que los demás se sientan cómodos; y que tampoco estamos obligados a convertir nuestro dolor en una historia de superación que resulte inspiradora para quienes nos rodean. Somos personas, con todo lo que eso significa. Podemos tener días buenos y días malos, sentirnos seguros unas veces y dudar de nosotros mismos otras. Podemos avanzar, detenernos y volver a intentarlo. Y seguimos mereciendo exactamente el mismo respeto y seguimos manteniendo toda nuestra dignidad inherente como personas.

Si algo he aprendido de todo esto es que nunca deberíamos permitir que la peor experiencia de nuestra vida se convierta en la única manera de definirnos. Somos mucho más que lo que nos hicieron, mucho más que las palabras que nos dedicaron y mucho más que las veces que alguien intentó convencernos de que no éramos suficientes. También somos las personas a las que queremos, las pequeñas cosas que nos hacen felices, las causas que defendemos, los sueños que todavía conservamos y todas esas partes de nosotros mismos que, incluso después de los momentos más difíciles, siguen buscando un lugar en el mundo. No siempre podremos cambiar lo que nos ha ocurrido, pero merecemos tener la oportunidad de descubrir todo lo que todavía podemos vivir.

Por eso, cuando pienso en el poema “Still I Rise”, no escucho una voz que me exija ser fuerte a cualquier precio. Escucho una voz que me recuerda que tengo derecho a seguir adelante a mi manera, sin vergüenza y sin pedir permiso. Una voz que me dice que puedo reconocer mis heridas sin dejar que me definan por completo, que puedo defender mis derechos sin renunciar a mi sensibilidad y que puedo seguir creyendo en la dignidad humana de toda persona incluso después de haber conocido de cerca la crueldad de algunas personas. Y, sobre todo, esa misma voz es la que me recuerda que nadie debería tener el poder de decidir cuándo termina nuestra historia.

Habrá días en los que nos levantaremos con rabia, otros en los que lo haremos con miedo y algunos en los que apenas tendremos fuerzas para dar un paso. Habrá momentos en los que necesitaremos hablar y otros en los que preferiremos guardar silencio. Y todo eso estará bien. No tenemos que demostrarle nada a nadie, ni tampoco tenemos que ser extraordinarios para merecer una vida tranquila. Solo tenemos que recordar que seguimos teniendo derecho a ser nosotros mismos, a vivir sin miedo, a querer sin vergüenza y a caminar por el mundo sin sentir que debemos disculparnos por ocupar nuestro lugar.

Yo también lo haré. Aun así, me levantaré. No porque no me hayan hecho daño, ni porque haya olvidado lo ocurrido, ni porque tenga todas las respuestas. Me levantaré porque mi vida vale más que el desprecio de quienes no supieron respetarme; porque mi dignidad no depende de la aprobación de nadie; porque todavía quedan personas a las que querer, causas por las que luchar, palabras que escribir y momentos que merecen la pena; y porque, aunque no siempre pueda elegir lo que me sucede, sí merezco la oportunidad de decidir qué hago con mi vida a partir de ahora.

Que nadie nos haga creer que somos menos por haber sufrido; que nadie nos convenza de que debemos escondernos para ser aceptados; y que nunca olvidemos que, cuando alguien nos tiende la mano, cuando defendemos a quien está siendo humillado o cuando nos atrevemos a decir que una injusticia no puede quedar impune, también estamos ayudando a que otras personas encuentren sus propias fuerzas para levantarse.

Porque al final no se trata de no caer nunca, porque eso es inevitable a lo largo de la vida. Se trata de que nadie tenga derecho a condenarnos a permanecer en el suelo.

La dignidad nunca se pide de rodillas, porque ya te pertenece por el mero hecho de existir.

La libertad no se vive con vergüenza, sino con determinación, valentía y orgullo.

La esperanza, incluso cuando no lo parezca, siempre está ahí.

Por eso, aun así, me levanto.

Siempre me levantaré.

Y AUN ASÍ, ME LEVANTO

Tú puedes escribirme en la historia

con tus amargas, torcidas mentiras,

puedes aventarme al fango

y aún así, como el polvo… me levanto.


¿Mi descaro te molesta?

¿Porqué estás ahí quieto, apesadumbrado?

Porque camino como si fuera dueña de pozos petroleros

bombeando en la sala de mi casa…


Como lunas y como soles,

con la certeza de las mareas,

como las esperanzas brincando alto,

así… yo me levanto.


¿Me quieres ver destrozada?

cabeza agachada y ojos bajos,

hombros caídos como lágrimas,

debilitados por mi llanto desconsolado.


¿Mi arrogancia te ofende?

No lo tomes tan a pecho,

Porque yo río como si tuviera minas de oro

excavándose en el mismo patio de mi casa.


Puedes dispararme con tus palabras,

puedes herirme con tus ojos,

puedes matarme con tu odio,

y aún así, como el aire, me levanto.


¿Mi sensualidad te molesta?

¿Surge como una sorpresa

que yo baile como si tuviera diamantes ahí,

donde se encuentran mis muslos?


De las barracas de vergüenza de la historia,

yo me levanto.

Desde el pasado enraizado en dolor,

yo me levanto.

Soy un negro océano, amplio e inquieto,

manando me extiendo, sobre la marea.


Lejando atrás noches de temor, de terror,

me levanto,

A un amanecer maravillosamente claro,

me levanto,

Brindado los regalos legados por mis ancestros,

soy el sueño y la esperanza del esclavo.


Me levanto.

Me levanto.

Me levanto.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Still I Rise

Sometimes, a single sentence can enter our lives and touch a place within us that not everyone knows how to reach. It does not have to be particularly complicated or written in words we need to look up in a dictionary. It is enough for it to remind us of something we sometimes forget, that we are still here, and that despite everything we have been through, the people who have hurt us, and all those times when we have felt we could not go on any longer, our story is not over yet. That is what Still I Rise, the poem by Maya Angelou, means to me. It is a poem about dignity, resilience, and something we all need to hear at some point in our lives. No one has the right to decide how much we are worth because of the harm we have suffered or because of who we are.

Maya Angelou knew what she was talking about. She was an African American woman who lived in a society shaped by racism and discrimination, a society that had spent far too long trying to convince Black people that they were inferior, that they should always settle for less, and that there would always be places where they would never be welcome. But Maya refused to let others decide who she could be or how far she could go. She wrote, spoke out, and defended her dignity with extraordinary strength. She did so without asking permission, without apologising for existing, and without accepting that other people’s prejudices should have the final say over her life. That is why her poem still means so much today. Although many things have changed since she wrote it in 1978, we still live in a world where far too many people have to fight to be treated with the respect they deserve, free from violence, hatred, and discrimination.

The title of the poem is as simple as its meaning is profound. Still I Rise. It does not say that she has never fallen. Nor does it say that she has never been hurt, that she has never cried, or that everything has been easy for her. What it tells us is that, despite everything, she rises again. And there is an enormous difference between those two things. Sometimes, it feels as though we live in a society that expects us to be fine all the time, encourages us to move on as quickly as possible, and expects us to overcome every painful experience without inconveniencing the people around us too much. As though suffering had an expiry date, as though all it took was a decision for our wounds to disappear. But that is not how things work. Some blows leave scars, some words take years to forget, and some experiences change us in ways that even we ourselves may struggle to explain. Acknowledging that does not make us weak. It makes us human.

That is why I believe we need to be very careful when we talk about overcoming adversity. Sometimes, even with the best intentions in the world, we end up turning strength into an obligation. We tell someone that they have to be strong, that they cannot fall apart, that they must look ahead, and that they cannot allow what they have experienced to affect them forever. But what happens when that person is exhausted? What happens when they have spent months, or even years, trying to put themselves back together and still feel the pain? What happens when all they really need is for someone to sit beside them, listen to them, and tell them that they do not have to prove anything to anyone? We need to talk about that too. We need to learn how to do so. No one should have to become an example of courage for others to acknowledge their suffering. We do not have to be strong every single day. Nor do we have to smile when all we feel like doing is crying, or pretend that we have overcome something when we are still trying to understand what has happened to us.

Rising does not always mean doing something extraordinary, like the heroes of ancient times. Sometimes, it means getting out of bed after a terrible night. Or learning to trust someone again when other people have taught us to distrust everyone. It can mean reporting an injustice, asking for help, rediscovering a hobby we had abandoned, or daring to return to a place we once left feeling small or deeply wounded. And sometimes, rising simply means acknowledging that today we cannot handle everything and that we need to rest. Because resting is also a way of taking care of ourselves, and taking care of ourselves is not giving up. Everyone has their own pace, their own wounds, and their own way of moving forward. We should never judge anyone by how quickly they manage to heal, much less make them feel guilty because they have not yet been able to do so. Every person is different, but every person matters just as much as anyone else.

When I read Maya’s poem, I think of all those people who, on top of suffering an injustice, also have to endure others questioning what has happened to them. People who have experienced racism, homophobia, harassment, sexual violence, or any other form of discrimination, and who, when they finally find the courage to speak out, discover that they still have to defend themselves against those who doubt their word, look for excuses to justify the perpetrator, or advise them to stay quiet to avoid trouble. People who never seem to be allowed any peace, because after the harm comes the lack of understanding, followed by that deeply unfair feeling of having to prove over and over again that what they have been through matters. Sometimes, what hurts most is not just what someone did to us, but realising that the people who could have stood by our side chose to look the other way.

As a lawyer dedicated to defending human rights, but also as someone who experienced violence during my youth, I have learned that behind every case there is so much more than a set of facts, a collection of documents, or a court proceeding. There are people with their fears, their doubts, their contradictions, and their desire to reclaim a life that, for one reason or another, has become much more difficult. Sometimes, they believe that what happened to them was their fault. At other times, they feel they are worth nothing anymore because they believe their dignity has been taken away from them. Yet our dignity and our worth as human beings are never lost. We should never forget that.

We can have the best laws, the strongest legal safeguards, and the most beautiful speeches about equality, but if someone asks for help and finds no one willing to listen, we still have a very long way to go. Justice is essential because our rights cannot depend on the goodwill of others. But we also need something that sounds very simple and yet is so often in short supply. That is right, we need more humanity. We need to stop judging so quickly, learn to listen without immediately looking for someone to blame among those who have suffered, and understand that standing by someone does not mean telling them how they should live with what has happened to them.

In this respect, Maya’s poem has a particularly powerful meaning for those who have experienced discrimination because of their sexual orientation, gender identity, or gender expression. There are still people who grow up hearing that there is something wrong with them, that they should hide part of who they are, or that their happiness depends on getting other people to accept them. This can cause profound pain, especially when those messages come from people we love or from environments where we should feel safe. That is why I believe it is so important to remember that no one should ever have to apologise for being who they are. We do not have to justify our existence, hide ourselves to make other people more comfortable, or accept being treated as though our dignity were worth less than anyone else’s. Nor are we obliged to expose ourselves or explain ourselves to the whole world. Everyone has the right to decide when to speak, whom to tell, and how to protect themselves. After all, freedom also means being able to choose without fear.

There is something else about Still I Rise that I consider fundamental. The poem reminds us that we do not have to spend our lives worrying about the people who hurt us. It does not tell us that we must constantly prove to them that we have managed to move forward, or that our happiness must become a response to their actions. If we think about it, continuing to organise our lives around what those people might think of us means that we are still giving them too much space and control over our lives. Reclaiming our lives also means no longer needing the approval of those around us, the remorse of those who hurt us, or their recognition of our worth in order to begin finding peace within ourselves. That does not mean forgetting what happened, giving up on reporting it, or forgiving someone who has never apologised. It means understanding that our lives belong to us and that we have the right to build them without asking permission from those who hurt us.

Of course, there are things we cannot get back. Some people disappoint us in ways that permanently change how we see them. Opportunities are lost, moments never return, and some wounds leave scars we must learn to live with. It would be absurd to deny this reality or tell someone that everything happens for a reason, as though every painful experience contained a lesson we should be grateful for. Not all suffering makes us better people. Not every injustice teaches us something useful. Sometimes, there are simply things that should never have happened. Acknowledging that is also part of our dignity. We do not have to find a positive side to everything that has hurt us in order to carry on living. We can grieve what happened, demand justice, and at the same time try to find moments of happiness in the present. One does not cancel out the other.

Perhaps that is why I love the idea of rising again and again so much. Not because I believe we are invincible, but precisely because I know we are not. We all have our limits, and we all go through times when we need help, affection, or simply a little time to find ourselves again. What matters is not proving that nothing can bring us down, but remembering that falling does not mean we are defeated forever. And if we cannot find the strength to rise today, that does not mean we have lost either. Sometimes, we need someone to reach out a hand, remind us that we are not alone, or stay by our side without expecting us to feel better by the following day. There is dignity in allowing others to help us, and there is courage in acknowledging that we cannot do everything on our own.

I wish we could learn to look at people who have suffered differently. I wish we would stop asking them why they did this or that and start by asking them what they need. I wish we would stop demanding explanations before offering empathy. I wish we could understand that every person has a story we do not always know, and that behind a silence, a reaction, or an apparent vulnerability there may be experiences we can never fully imagine. I wish we could learn to stand by people without intruding, to listen without judging, and to help without making ourselves the central figures in someone else’s recovery. Because no one needs us to explain how they should rebuild their life. What they do need is for us to respect their time and not make them feel that they have to do it alone.

Ultimately, I believe this is what Maya Angelou wants to tell us through her poem. Our dignity does not disappear when someone despises us. We are worth no less because we have been rejected, humiliated, or hurt. We do not have to hide our wounds to make other people comfortable, nor are we obliged to turn our pain into an inspiring story of overcoming adversity for those around us. We are human beings, with everything that entails. We can have good days and bad days, feel confident at times and doubt ourselves at others. We can move forward, pause, and try again. And we still deserve exactly the same respect. Our inherent dignity as human beings remains intact.

If there is one thing I have learned from all this, it is that we should never allow the worst experience of our lives to become the only way we define ourselves. We are so much more than what others did to us, so much more than the words they said to us, and so much more than the times someone tried to convince us that we were not good enough. We are also the people we love, the little things that make us happy, the causes we stand up for, the dreams we still hold on to, and all those parts of ourselves that continue searching for a place in the world, even after the most difficult moments. We may not always be able to change what has happened to us, but we deserve the opportunity to discover everything that is still waiting for us in life.

That is why, when I think about Still I Rise, I do not hear a voice demanding that I be strong at any cost. I hear a voice reminding me that I have the right to move forward in my own way, without shame and without asking permission. A voice telling me that I can acknowledge my wounds without allowing them to define me completely, that I can defend my rights without losing my sensitivity, and that I can continue believing in the dignity of every human being even after experiencing the cruelty of some people firsthand. Above all, that same voice reminds me that no one should have the power to decide when our story ends.

There will be days when we rise with anger, others when we rise with fear, and some when we barely have the strength to take a single step. There will be moments when we need to speak and others when we would rather remain silent. And all of that is okay. We do not have to prove anything to anyone, nor do we have to be extraordinary to deserve a peaceful life. We simply have to remember that we still have the right to be ourselves, to live without fear, to love without shame, and to walk through the world without feeling that we must apologise for taking up space.

I will do it too. Still I Rise. Not because I have never been hurt, not because I have forgotten what happened, and not because I have all the answers. I will rise because my life is worth more than the contempt of those who did not know how to respect me, because my dignity does not depend on anyone else’s approval, because there are still people to love, causes to fight for, words to write, and moments worth living for, and because, even though I cannot always choose what happens to me, I deserve the opportunity to decide what I do with my life from this point onwards.

May no one ever make us believe that we are worth less because we have suffered. May no one convince us that we must hide ourselves to be accepted. And may we never forget that when someone reaches out a hand to us, when we stand up for someone who is being humiliated, or when we dare to say that an injustice must not go unpunished, we are also helping other people find the strength to rise in their own way.

Because, in the end, it is not about never falling, because falling is an inevitable part of life. It is about making sure that no one has the right to condemn us to stay down.

Dignity is never something we should have to beg for on our knees, because it already belongs to us simply by virtue of being alive.

Freedom is not something to live in shame, but with determination, courage, and pride.

Hope is always there, even when it may not seem that way.

That is why, still I rise.

I will always rise.

STILL I RISE

You may write me down in history

With your bitter, twisted lies,

You may trod me in the very dirt

But still, like dust, I’ll rise.



Does my sassiness upset you?

Why are you beset with gloom?

’Cause I walk like I’ve got oil wells

Pumping in my living room.



Just like moons and like suns,

With the certainty of tides,

Just like hopes springing high,

Still I’ll rise.



Did you want to see me broken?

Bowed head and lowered eyes?

Shoulders falling down like teardrops,

Weakened by my soulful cries?



Does my haughtiness offend you?

Don’t you take it awful hard

’Cause I laugh like I’ve got gold mines

Diggin’ in my own backyard.



You may shoot me with your words,

You may cut me with your eyes,

You may kill me with your hatefulness,

But still, like air, I’ll rise.



Does my sexiness upset you?

Does it come as a surprise

That I dance like I’ve got diamonds

At the meeting of my thighs?



Out of the huts of history’s shame

I rise

Up from a past that’s rooted in pain

I rise

I’m a black ocean, leaping and wide,

Welling and swelling I bear in the tide.



Leaving behind nights of terror and fear

I rise

Into a daybreak that’s wondrously clear

I rise

Bringing the gifts that my ancestors gave,

I am the dream and the hope of the slave.

I rise

I rise

I rise.

El daño que nadie ve

Una agresión sexual no termina necesariamente cuando cesa la violencia. A veces, ese momento marca el comienzo de un camino que la víctima nunca habría elegido recorrer, un camino en el que, además de intentar comprender lo que le ha pasado y tener que convivir con ello, debe enfrentarse a las miradas, los silencios, las preguntas incómodas y los prejuicios de una sociedad que todavía no sabe acompañar sin juzgar.

Cuando hablamos de agresiones sexuales, solemos centrarnos en la comisión del delito, en la investigación judicial, en las pruebas que hay, en las condenas para sus autores y en las consecuencias psicológicas que puede sufrir quien las padece. Por supuesto, todo eso es importante, pero existe otra dimensión del sufrimiento que con demasiada frecuencia queda relegada a un segundo plano.

Me refiero al daño social, a esa herida que se produce cuando el entorno, en lugar de ofrecer seguridad, comprensión y respeto que necesita la víctima, termina convirtiéndose en una fuente más para el dolor. Porque la víctima no solo tiene que enfrentarse a lo que ocurrió. En muchas ocasiones, también debe defenderse de lo que otros dicen que ocurrió, de lo que imaginan que hizo de lo que consideran que debería haber hecho después.

Hay preguntas que duelen tanto o más que la propia agresión. ¿Por qué no denunció inmediatamente? ¿Por qué siguió relacionándose con aquella persona? ¿Por qué no se resistió? ¿Por qué no lo contó antes? Sin duda, son preguntas que, aunque a veces nacen de la ignorancia y no de una intencionalidad maliciosa, pueden convertirse en auténticos interrogatorios morales. A veces parece que existiera una manera correcta de reaccionar ante una experiencia traumática y todas las demás respuestas fueran siempre un motivo de sospecha.

El problema es que no existe un único modo de sobrevivir a una agresión sexual. Algunas personas hablan enseguida y otras necesitan años, tal vez décadas; algunas buscan justicia desde el primer momento y otras apenas encuentran fuerzas para continuar con su vida diaria; y algunas recuerdan lo sucedido con claridad y otras experimentan dificultades para reconstruir determinados momentos de lo que sucedió. Ninguna de estas circunstancias, por sí sola, permite cuestionar la realidad del sufrimiento de una persona.

Pero el daño social aparece cuando la víctima descubre que, además de sobrevivir a la violencia, tiene que demostrar que merece ser creída. A veces, ese daño procede del entorno más cercano. La familia que prefiere guardar silencio para evitar el escándalo, la amistad que se distancia porque no sabe cómo reaccionar, la pareja que convierte el trauma en un motivo de reproche o los conocidos que transforman una experiencia íntima en tema de conversación. Otras veces surge en espacios públicos, en lugares de trabajo, en centros educativos e incluso en lugares institucionales. Y es que, cuando la persona siente que ha perdido el control sobre su propia historia, y que otros se consideran autorizados a opinar sobre ella, el dolor es mucho más intento.

Las consecuencias pueden ser profundas. La víctima puede aislarse, desconfiar de los demás, abandonar espacios en los que antes se sentía segura o renunciar a denunciar por miedo a no ser creída; puede llegar a experimentar vergüenza por algo de lo que nunca fue responsable; y puede terminar soportando una segunda carga, la de tener que gestionar las reacciones ajenas mientras intenta recuperar su propia estabilidad.

Por eso es tan importante comprender que la responsabilidad de una agresión sexual pertenece a quien la comete, nunca a la víctima. La responsabilidad no pertenece a la persona que no supo cómo reaccionar, a quien tardó en contarlo, a quien decidió guardar silencio ni a quien todavía no se siente preparada para hablar. Tampoco corresponde a la víctima educar a quienes la rodean, satisfacer su curiosidad o proporcionar detalles para calmar sus dudas o ansias de morbosidad.

Quienes trabajamos en la defensa de los derechos humanos debemos recordar que el respeto a la dignidad no puede depender de que una persona encaje en nuestras expectativas sobre cómo debería comportarse alguien que ha sufrido violencia sexual. Tenemos que aprender a escuchar sin presionar, a acompañar sin invadir y a ofrecer ayuda sin imponer decisiones. Todo esto son formas concretas de devolverle algo que la agresión pudo arrebatarle, como la posibilidad de decidir sobre su propia vida.

Escribo estas palabras también desde mi condición de víctima de una agresión sexual. A estas alturas de la vida no me importa reconocerlo las veces que haga falta. No lo hago porque mi experiencia me otorgue el derecho a hablar en nombre de todas las personas que han atravesado una situación semejante, sino porque conozco la importancia de que el sufrimiento no quede reducido a una estadística, a un expediente, a un número o a una historia que otras personas puedan contar por nosotros. Es verdad que cada experiencia es diferente y que cada proceso tiene sus propios tiempos, pero ninguna persona debería sentirse menos digna, menos creíble o menos merecedora de respeto, cariño y consideración por lo que le ha sucedido.

No necesitamos una sociedad que trate a las víctimas como seres indefensos, ni que decida por ellas qué deben sentir, cuándo deben hablar o cómo tienen que reconstruir sus vidas. Lo que necesitamos es una sociedad que reconozca su autonomía, respete sus decisiones y comprenda que acompañar no significa apropiarse del dolor ajeno.

Por eso, el verdadero compromiso empieza cuando dejamos de preguntarnos qué hizo la víctima para encontrarse en esa situación y comenzamos a preguntarnos qué podemos hacer nosotros para que no tenga que sufrir también el rechazo, la sospecha o la indiferencia.

Porque una sociedad justa no se mide únicamente por las leyes que aprueba ni por las condenas que impone. También se mide por la manera en que trata a quienes más necesitan que sus derechos sean respetados.

Ojalá llegue el día en que ninguna víctima tenga que enfrentarse a la violencia dos veces; que el silencio nunca sea una obligación; que el peso de la vergüenza nunca caiga sobre la víctima; y que la empatía deje de ser una palabra para convertirse en una forma cotidiana de justicia.

Porque nunca fue culta tuya.

Y tu dignidad sigue ahí.

Francia al límite

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Francia vive uno de los episodios de agitación social más graves de los últimos años. En estos momentos, es un país sacudido por la indignación generalizada. Las protestas que se han extendido por el país han terminado desembocando en enfrentamientos con la policía, saqueos, incendios y ataques contra edificios públicos. El sábado 17 de octubre, las movilizaciones alcanzaron una intensidad extraordinaria y el presidente Emmanuel Macron tuvo que dirigirse a la ciudadanía el domingo para condenar la violencia y reconocer, al mismo tiempo, que existen reivindicaciones sociales legítimas.

Pero reducir lo que está sucediendo a una sucesión de disturbios sería un error. Detrás de las imágenes de barricadas y escaparates destrozados existe un malestar mucho más profundo, alimentado por el encarecimiento de la vida, las dificultades de acceso a los servicios públicos, la precariedad juvenil y una creciente desconfianza hacia las instituciones políticas.

Quizá la raíz de todo es que la juventud ya ha dejado de esperar. Francia, que durante décadas se presentó como una referencia europea de protección social, derechos ciudadanos y participación democrática, se enfrenta ahora a una pregunta incómoda. ¿Hasta qué punto puede mantenerse ese modelo cuando una parte de la población siente que las instituciones ya no responden a sus necesidades?

Uno de los elementos más preocupantes de esta crisis es la participación de estudiantes de secundaria. Las protestas comenzaron con reivindicaciones relacionadas con las condiciones educativas, la falta de recursos en los centros y la insuficiencia de profesorado, pero se han extendido hasta convertirse en una expresión generalizada de descontento.

El 13 de octubre, mientras la Asamblea Nacional debatía los presupuestos para 2027, estudiantes y sindicatos volvieron a manifestarse. El Gobierno había propuesto aumentar en 1.200 millones de euros la financiación de Educación, pero los representantes sindicales consideraron que la respuesta resultaba insuficiente frente a las necesidades reales de los centros.

La situación es especialmente grave porque afecta a una generación que todavía está construyendo su futuro. Cuando los jóvenes perciben que estudiar no garantiza estabilidad, que las oportunidades dependen cada vez más de los recursos familiares y que sus demandas apenas encuentran respuesta, la frustración puede transformarse en una ruptura de confianza con el sistema.

Nada de esto justifica los saqueos ni las agresiones. Sin embargo, tampoco sería razonable pretender que la crisis desaparezca únicamente mediante detenciones y despliegues policiales. Una democracia que solo responde a la indignación juvenil con medidas de seguridad, sin abordar las causas de esa indignación, corre el riesgo de agravar el problema que pretende resolver. Pero todo este malestar social tiene también una dimensión económica. Y es que el coste de la vida y el deterioro de los servicios públicos también está presente. El precio de los bienes esenciales, la energía y el transporte condiciona la vida cotidiana de muchas familias, mientras persisten las preocupaciones por la vivienda, los salarios y la estabilidad laboral.

La crisis energética ha obligado al Gobierno de Sébastien Lecornu a anunciar medidas para contener el precio del combustible. Entre ellas figura la liberación de reservas estratégicas de diésel para su distribución a precio de coste, una decisión que pretendía aliviar temporalmente el gasto de los consumidores. Sin embargo, las medidas coyunturales no resuelven necesariamente los problemas estructurales. Una rebaja temporal del combustible puede aliviar una factura, pero no garantiza que una familia pueda pagar el alquiler, que un centro educativo disponga de suficientes profesores o que una persona encuentre atención sanitaria cuando la necesita.

A estas dificultades se añade la situación de las finanzas públicas. El Ejecutivo debe afrontar un déficit elevado y negociar unos presupuestos controvertidos, lo que limita su margen de actuación y alimenta el enfrentamiento entre las distintas fuerzas políticas. El dilema es, por tanto, más que evidente. Francia necesita unas cuentas públicas sostenibles, pero la reducción del gasto no puede convertirse en una respuesta automática que termine trasladando el coste de la crisis a quienes menos recursos tienen. La disciplina presupuestaria es un instrumento de gestión, pero no debería transformarse en una justificación para abandonar las obligaciones sociales del Estado.

La situación también supone un duro golpe para Emmanuel Macron, cuyo mandato presidencial termina en 2027. Su presidencia ha estado marcada por conflictos sociales, reformas impopulares y dificultades para mantener una mayoría parlamentaria estable. Además, la fragmentación política que siguió a las elecciones anticipadas de 2024 debilitó la capacidad del Ejecutivo para construir consensos duraderos. Y es que, la pérdida de confianza en el macronismo ha coincidido, además, con el debilitamiento de los partidos tradicionales y la consolidación de alternativas situadas en los extremos del espectro político.

La crisis actual vuelve a poner de manifiesto una contradicción fundamental. Las instituciones pueden conservar formalmente su legitimidad constitucional y, al mismo tiempo, perder una parte importante de su legitimidad social. Gobernar conforme a la ley es imprescindible, pero una democracia necesita algo más que procedimientos electorales. Necesita que la ciudadanía crea que su participación tiene consecuencias, que sus representantes escuchan sus problemas y que las decisiones públicas no favorecen sistemáticamente a determinados sectores. Pero cuando esa confianza desaparece, las opciones políticas que prometen soluciones radicales encuentran un terreno mucho más favorable.

Indudablemente, la extrema derecha ha encontrado una oportunidad de oro.  El descontento social también beneficia al Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen y Jordan Bardella, que aspira a convertir las elecciones presidenciales de 2027 en una oportunidad histórica para alcanzar el poder. Puede aprovechar la inseguridad económica, la frustración institucional y los episodios de violencia para presentar una narrativa basada en el desorden y la necesidad de autoridad. Sus dirigentes han insistido en la restauración de la seguridad y, como siempre, desde un discurso cargado de racismo y xenofobia, han vinculado parte de los problemas nacionales con la inmigración.

Es necesario distinguir entre los problemas reales que afectan a la población y las explicaciones simplificadoras que pretenden atribuirlos a colectivos enteros. La falta de profesores no se soluciona estigmatizando a las personas migrantes. La dificultad para acceder a una vivienda no desaparece convirtiendo al extranjero en responsable de todos los problemas económicos. Y la inseguridad no se combate erosionando las garantías fundamentales de quienes viven en el país.

Una sociedad puede debatir legítimamente sus políticas migratorias, exigir el cumplimiento de la ley y reclamar una gestión eficaz de los servicios públicos. Lo que no debería aceptar es que esas preocupaciones se conviertan en una excusa para normalizar el racismo, la xenofobia o la discriminación. El peligro consiste en que una crisis social termine siendo utilizada para legitimar respuestas autoritarias que no resuelvan sus causas y que, además, debiliten los derechos de las minorías.

La respuesta policial ha abierto nuevamente el debata acerca de cuáles son los límites del poder. Los enfrentamientos han generado también preocupación por la actuación de las fuerzas de seguridad. Las autoridades francesas han informado de cerca de 2.400 detenciones durante la jornada más violenta y de casi mil policías y gendarmes heridos, siete de ellos de gravedad. Macron ha condenado los actos violentos y prometido revisar la respuesta de las autoridades.

Por supuesto, es fundamental condenar sin ambigüedades las agresiones, los incendios provocados, los saqueos y los ataques contra edificios públicos. Los derechos de manifestación y expresión no amparan la violencia contra otras personas ni la destrucción indiscriminada de bienes. Pero también debe recordarse que la policía está sometida a la ley y que el uso de la fuerza debe respetar los principios de necesidad y proporcionalidad.

Las denuncias sobre lesiones a estudiantes y la utilización de material antidisturbios han intensificado el debate sobre la gestión de las movilizaciones. La existencia de violencia por parte de algunos manifestantes no elimina la obligación de investigar posibles abusos policiales. Del mismo modo, cualquier actuación irregular de un agente debe investigarse sin convertirla en una acusación indiscriminada contra todos los cuerpos de seguridad. Un Estado democrático no demuestra su fortaleza actuando al margen de sus propias normas, sino siendo capaz de garantizar la seguridad sin renunciar a los derechos fundamentales.

¿Qué pasará en el futuro? Es pronto para saberlo. Lo que sí es indudable es que Francia se encuentra ante una encrucijada política y social. Las próximas decisiones presupuestarias, la capacidad del Gobierno para recuperar la confianza ciudadana y la respuesta a las reivindicaciones educativas y económicas influirán en el escenario que precederá a las elecciones presidenciales de 2027. No se puede afirmar que el desenlace está decidido.

La crisis podría abrir una etapa de reformas y reconstrucción del diálogo social, pero también podría intensificar la polarización y favorecer a quienes ofrecen soluciones autoritarias a problemas complejos.Lo que está en juego no es únicamente la continuidad de un presidente o el futuro de un partido. Está en juego la capacidad de una democracia europea para responder a la desigualdad, la precariedad y el descontento sin convertir el miedo en su principal herramienta política.

Francia tiene una larga tradición de movilización ciudadana y defensa de los derechos. Esa tradición no debe idealizarse, porque su historia también contiene episodios de exclusión y violencia. Pero sí recuerda que los derechos sociales y políticos nunca han sido una concesión gratuita del poder, sino el resultado de conflictos, reivindicaciones y conquistas colectivas.

La salida de esta crisis exige responsabilidad por parte de todos. El Gobierno debe escuchar y ofrecer respuestas verificables. La oposición debe presentar alternativas que no alimenten el odio. Los sindicatos y movimientos sociales necesitan mantener la capacidad de movilización sin renunciar a la protección de las personas. Y quienes participan en las protestas deben comprender que la destrucción de bienes y las agresiones pueden terminar perjudicando precisamente a las comunidades que reclaman justicia.

La indignación de la población tiene que ser escuchada, pero no debe convertirse en una licencia para la violencia. La seguridad es necesaria, pero no puede utilizarse para silenciar las reivindicaciones legítimas. Y la estabilidad económica es importante, pero pierde su sentido si deja atrás a una parte creciente de la sociedad. Francia no necesita elegir entre el orden y la justicia social. Necesita demostrar que ambos pueden existir al mismo tiempo.

Porque una República no se mide únicamente por la fortaleza de sus instituciones, sino también por su capacidad para proteger la dignidad de quienes viven en ella, especialmente cuando atraviesan momentos de dificultad.

Cuando una generación deja de creer que el futuro puede ser mejor, el problema no se resuelve apagando los incendios de las calles.

El problema se resuelve recuperando las razones para tener esperanza.

Sin justicia social no hay democracia plena.

Y sin derechos no hay República.

🇫🇷FRANÇAIS 🇨🇩

La France au bord du gouffre

La France traverse l’une des périodes de troubles sociaux les plus graves de ces dernières années. Le pays est actuellement secoué par une colère généralisée. Les manifestations qui se sont propagées à travers le pays ont dégénéré en affrontements avec la police, en pillages, en incendies et en attaques contre des bâtiments publics. Le samedi 17 octobre, les mobilisations ont atteint une intensité exceptionnelle et le président Emmanuel Macron a dû s’adresser à la population le dimanche pour condamner les violences tout en reconnaissant l’existence de revendications sociales légitimes.

Cependant, réduire ce qui se passe à une succession d’émeutes serait une erreur. Derrière les images de barricades et de vitrines brisées se cache un malaise beaucoup plus profond, alimenté par la hausse du coût de la vie, les difficultés d’accès aux services publics, la précarité des jeunes et une défiance croissante envers les institutions politiques.

La racine du problème tient peut-être au fait que la jeunesse a cessé d’attendre que les choses changent. La France, qui s’est présentée pendant des décennies comme une référence européenne en matière de protection sociale, de droits des citoyens et de participation démocratique, se trouve désormais confrontée à une question dérangeante. Jusqu’où ce modèle peut-il perdurer lorsqu’une partie de la population estime que les institutions ne répondent plus à ses besoins ?

L’un des aspects les plus préoccupants de cette crise est la participation des lycéens. Les manifestations ont commencé autour de revendications liées aux conditions d’enseignement, au manque de moyens dans les établissements et à l’insuffisance du nombre d’enseignants, avant de s’étendre jusqu’à devenir une expression plus générale du mécontentement.

Le 13 octobre, alors que l’Assemblée nationale débattait du budget pour 2027, les élèves et les syndicats sont de nouveau descendus dans la rue. Le gouvernement avait proposé d’augmenter de 1,2 milliard d’euros les crédits consacrés à l’éducation, mais les représentants syndicaux ont jugé cette réponse insuffisante au regard des besoins réels des établissements.

La situation est particulièrement grave parce qu’elle touche une génération qui cherche encore à construire son avenir. Lorsque les jeunes ont le sentiment que les études ne garantissent plus la stabilité, que les possibilités de réussite dépendent de plus en plus des ressources familiales et que leurs revendications restent largement sans réponse, la frustration peut se transformer en une rupture de confiance envers le système.

Rien de tout cela ne justifie les pillages ni les agressions. Cependant, il serait tout aussi déraisonnable de prétendre que la crise disparaîtra grâce aux seules arrestations et au déploiement des forces de l’ordre. Une démocratie qui répond à la colère de la jeunesse uniquement par des mesures de sécurité, sans s’attaquer aux causes de cette colère, risque d’aggraver le problème qu’elle cherche à résoudre. Mais ce malaise social comporte également une dimension économique. La hausse du coût de la vie et la dégradation des services publics jouent elles aussi un rôle essentiel. Le prix des produits de première nécessité, de l’énergie et des transports pèse sur le quotidien de nombreuses familles, tandis que les inquiétudes concernant le logement, les salaires et la stabilité professionnelle persistent.

La crise énergétique a contraint le gouvernement de Sébastien Lecornu à annoncer des mesures destinées à contenir les prix des carburants. Parmi celles-ci figure la mise sur le marché de réserves stratégiques de gazole vendu au prix coûtant, une décision destinée à soulager temporairement les consommateurs. Toutefois, les mesures ponctuelles ne permettent pas nécessairement de résoudre les problèmes structurels. Une baisse temporaire du prix des carburants peut alléger une facture, mais elle ne garantit pas qu’une famille pourra payer son loyer, qu’un établissement scolaire disposera d’un nombre suffisant d’enseignants ou qu’une personne pourra accéder aux soins lorsqu’elle en aura besoin.

À ces difficultés s’ajoute la situation des finances publiques. L’exécutif doit faire face à un déficit important et négocier un budget controversé, ce qui limite sa marge de manœuvre et alimente les affrontements entre les différentes forces politiques. Le dilemme est donc particulièrement évident. La France a besoin de finances publiques soutenables, mais la réduction des dépenses ne peut devenir une réponse automatique qui finirait par faire peser le coût de la crise sur les personnes disposant des ressources les plus limitées. La discipline budgétaire est un outil de gestion, mais elle ne devrait jamais servir de prétexte pour renoncer aux responsabilités sociales de l’État.

La situation représente également un sérieux revers pour Emmanuel Macron, dont le mandat présidentiel s’achève en 2027. Sa présidence a été marquée par des conflits sociaux, des réformes impopulaires et des difficultés à maintenir une majorité parlementaire stable. En outre, la fragmentation politique qui a suivi les élections législatives anticipées de 2024 a affaibli la capacité du gouvernement à construire des consensus durables. Le recul de la confiance dans le macronisme a également coïncidé avec l’affaiblissement des partis traditionnels et la consolidation de forces politiques situées aux deux extrémités de l’échiquier politique.

La crise actuelle met une nouvelle fois en évidence une contradiction fondamentale. Les institutions peuvent conserver formellement leur légitimité constitutionnelle tout en perdant une part importante de leur légitimité sociale. Gouverner dans le respect de la loi est indispensable, mais une démocratie a besoin de davantage que de procédures électorales. Les citoyens doivent croire que leur participation a des conséquences, que leurs représentants sont à l’écoute de leurs préoccupations et que les décisions publiques ne favorisent pas systématiquement certains secteurs de la société. Lorsque cette confiance disparaît, les mouvements politiques qui promettent des solutions radicales trouvent un terrain beaucoup plus favorable.

Il ne fait aucun doute que l’extrême droite a trouvé une occasion inespérée. Le mécontentement social profite également au Rassemblement national de Marine Le Pen et Jordan Bardella, qui espère faire de l’élection présidentielle de 2027 une occasion historique d’accéder au pouvoir. Ce parti peut exploiter l’insécurité économique, la frustration envers les institutions et les épisodes de violence pour développer un discours axé sur le désordre et la nécessité de rétablir l’autorité. Ses dirigeants ont insisté sur le rétablissement de la sécurité et, comme ils l’ont déjà fait par le passé, ont associé certains problèmes nationaux à l’immigration dans un discours dont les implications racistes et xénophobes ont été largement dénoncées.

Il est essentiel de distinguer les problèmes réels auxquels la population est confrontée des explications simplistes qui cherchent à en rendre des communautés entières responsables. Le manque d’enseignants ne se résout pas en stigmatisant les personnes migrantes. Les difficultés d’accès au logement ne disparaîtront pas en faisant des étrangers les responsables de tous les problèmes économiques. Et l’insécurité ne peut être combattue en affaiblissant les garanties fondamentales dont bénéficient les personnes vivant dans le pays.

Une société peut légitimement débattre de sa politique migratoire, exiger le respect de la loi et réclamer une gestion efficace des services publics. En revanche, elle ne devrait pas accepter que ces préoccupations servent de prétexte à la banalisation du racisme, de la xénophobie ou de la discrimination. Le danger est qu’une crise sociale finisse par être instrumentalisée pour légitimer des réponses autoritaires qui ne s’attaquent pas à ses causes profondes et qui, de surcroît, affaiblissent les droits des minorités.

La réponse policière a de nouveau ouvert le débat sur les limites du pouvoir. Les affrontements ont également suscité des inquiétudes concernant le comportement des forces de l’ordre. Les autorités françaises ont fait état de près de 2 400 arrestations lors de la journée la plus violente et de près d’un millier de policiers et de gendarmes blessés, dont sept grièvement. Macron a condamné les actes de violence et promis de réexaminer la réponse des autorités.

Bien entendu, les agressions, les incendies volontaires, les pillages et les attaques contre les bâtiments publics doivent être condamnés sans ambiguïté. Les droits de manifester et de s’exprimer ne couvrent ni les violences contre autrui ni la destruction indiscriminée de biens. Il convient toutefois de rappeler que la police est soumise à la loi et que le recours à la force doit respecter les principes de nécessité et de proportionnalité.

Les signalements de blessures parmi les élèves et l’utilisation de matériel de maintien de l’ordre ont intensifié le débat sur la gestion des manifestations. Le fait que certains manifestants aient recours à la violence ne supprime en rien l’obligation d’enquêter sur d’éventuels abus policiers. De même, tout comportement irrégulier d’un agent doit faire l’objet d’une enquête, sans que cela conduise à porter des accusations indistinctes contre l’ensemble des forces de sécurité. Un État démocratique ne démontre pas sa force en agissant en dehors de ses propres règles, mais en étant capable de garantir la sécurité sans renoncer aux droits fondamentaux.

Que se passera-t-il à l’avenir ? Il est encore trop tôt pour le savoir. Une chose est néanmoins certaine, la France se trouve à un tournant politique et social. Les prochaines décisions budgétaires, la capacité du gouvernement à rétablir la confiance des citoyens et sa réponse aux revendications éducatives et économiques façonneront le paysage politique qui précédera l’élection présidentielle de 2027. Rien ne permet d’affirmer que l’issue est déjà déterminée.

Cette crise pourrait ouvrir une période de réformes et de reconstruction du dialogue social, mais elle pourrait aussi accentuer la polarisation et favoriser ceux qui proposent des solutions autoritaires à des problèmes complexes. Ce qui est en jeu ne se limite ni à la continuité d’une présidence ni à l’avenir d’un parti politique. C’est la capacité d’une démocratie européenne à répondre aux inégalités, à la précarité et au mécontentement sans faire de la peur son principal instrument politique.

La France possède une longue tradition de mobilisation citoyenne et de défense des droits. Cette tradition ne doit pas être idéalisée, car son histoire comporte également des épisodes d’exclusion et de violence. Elle nous rappelle néanmoins que les droits sociaux et politiques n’ont jamais été des cadeaux généreusement accordés par les détenteurs du pouvoir. Ils ont été conquis au prix de conflits, de revendications et de luttes collectives.

La sortie de cette crise exige que chacun assume ses responsabilités. Le gouvernement doit écouter et apporter des réponses concrètes et vérifiables. L’opposition doit proposer des alternatives sans attiser la haine. Les syndicats et les mouvements sociaux doivent préserver leur capacité de mobilisation tout en veillant à la protection des personnes. Quant à ceux qui participent aux manifestations, ils doivent comprendre que les destructions de biens et les agressions risquent de nuire précisément aux communautés qui réclament la justice.

La colère de la population doit être entendue, mais elle ne doit pas devenir un permis de recourir à la violence. La sécurité est nécessaire, mais elle ne peut servir à faire taire les revendications légitimes. La stabilité économique est importante, mais elle perd son sens si une part toujours plus importante de la société est laissée pour compte. La France n’a pas à choisir entre l’ordre et la justice sociale. Elle doit démontrer que les deux peuvent coexister.

Car une République ne se mesure pas uniquement à la solidité de ses institutions, mais aussi à sa capacité à protéger la dignité de celles et ceux qui y vivent, en particulier lorsqu’ils traversent des périodes difficiles.

Lorsqu’une génération cesse de croire que l’avenir peut être meilleur, le problème ne se résout pas simplement en éteignant les incendies dans les rues.

Le problème se résout en redonnant des raisons d’espérer.

Sans justice sociale, il n’y a pas de démocratie.

Et sans droits, il ne peut y avoir de République.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

France on the Brink

France is experiencing one of the most serious periods of social unrest in recent years. The country is currently being shaken by widespread public anger. Protests that have spread across the country have escalated into clashes with the police, looting, fires and attacks on public buildings. On Saturday 17 October, the demonstrations reached an extraordinary level of intensity, and President Emmanuel Macron had to address the public on Sunday to condemn the violence while also acknowledging that legitimate social grievances exist.

However, reducing what is happening to a series of riots would be a mistake. Behind the images of barricades and smashed shop windows lies a much deeper sense of discontent, fuelled by the rising cost of living, difficulties accessing public services, youth insecurity and growing distrust of political institutions.

Perhaps the root of the problem is that young people have stopped waiting for things to change. France, which for decades presented itself as a European benchmark for social protection, civil rights and democratic participation, now faces an uncomfortable question. How long can this model be sustained when part of the population feels that institutions are no longer responding to its needs?

One of the most worrying aspects of this crisis is the involvement of secondary school students. The protests began with demands concerning educational conditions, a lack of resources in schools and insufficient teaching staff, but they have since spread, becoming a broader expression of public discontent.

On 13 October, while the National Assembly was debating the 2027 budget, students and trade unions took to the streets once again. The government had proposed increasing education funding by €1.2 billion, but union representatives considered this response insufficient in view of the actual needs of schools.

The situation is particularly serious because it affects a generation that is still trying to build its future. When young people feel that education no longer guarantees stability, that opportunities increasingly depend on family resources and that their demands are barely being heard, frustration can turn into a breakdown of trust in the system.

None of this justifies looting or assaults. However, it would be equally unreasonable to expect the crisis to disappear through arrests and police deployments alone. A democracy that responds to young people’s anger solely with security measures, without addressing the causes of that anger, risks making the very problem it seeks to solve even worse. But this social discontent also has an economic dimension. The rising cost of living and the deterioration of public services are equally significant factors. The cost of essential goods, energy and transport affects the daily lives of many families, while concerns about housing, wages and job security persist.

The energy crisis has forced Sébastien Lecornu’s government to announce measures to curb fuel prices. These include releasing strategic diesel reserves for sale at cost price, a decision intended to provide temporary relief to consumers. However, short term measures do not necessarily resolve structural problems. A temporary reduction in fuel prices may ease a household’s bills, but it does not guarantee that a family can afford its rent, that a school has enough teachers or that someone can access healthcare when they need it.

These difficulties are compounded by the state of public finances. The government must contend with a substantial deficit and negotiate a controversial budget, limiting its room for manoeuvre and fuelling confrontation between political forces. The dilemma is therefore all too clear. France needs sustainable public finances, but spending cuts must not become an automatic response that ultimately shifts the cost of the crisis onto those with the fewest resources. Fiscal discipline is a tool of economic management, but it should never become an excuse for abandoning the state’s social responsibilities.

The situation also represents a serious blow to Emmanuel Macron, whose presidential term ends in 2027. His presidency has been marked by social conflict, unpopular reforms and difficulties in maintaining a stable parliamentary majority. Furthermore, the political fragmentation that followed the snap elections of 2024 weakened the government’s ability to build lasting consensus. The decline in public confidence in Macron’s political movement has coincided with the weakening of traditional parties and the consolidation of alternatives at the extremes of the political spectrum.

The current crisis once again exposes a fundamental contradiction. Institutions can retain their formal constitutional legitimacy while simultaneously losing a significant part of their social legitimacy. Governing in accordance with the law is essential, but democracy requires more than electoral procedures. Citizens must believe that their participation makes a difference, that their representatives listen to their concerns and that public decisions do not systematically favour particular sectors of society. When that trust disappears, political movements promising radical solutions find much more fertile ground.

There is no doubt that the far right has found a golden opportunity. Social discontent also benefits Marine Le Pen and Jordan Bardella’s National Rally, which hopes to turn the 2027 presidential election into a historic opportunity to gain power. The party can exploit economic insecurity, institutional frustration and episodes of violence to promote a narrative centred on disorder and the need for authority. Its leaders have repeatedly called for a restoration of public security and, as they have done in the past, have linked some of the country’s problems to immigration through rhetoric widely criticised for its racist and xenophobic implications.

It is essential to distinguish between the real problems affecting the population and simplistic explanations that seek to blame entire communities. A shortage of teachers cannot be solved by stigmatising migrants. Difficulties accessing housing will not disappear by making foreigners responsible for every economic problem. And insecurity cannot be tackled by undermining the fundamental rights of those who live in the country.

A society can legitimately debate its immigration policies, demand compliance with the law and call for effective management of public services. What it should not accept is for these concerns to become an excuse for normalising racism, xenophobia or discrimination. The danger is that a social crisis may ultimately be used to legitimise authoritarian responses that fail to address its underlying causes while weakening the rights of minorities.

The police response has once again opened up a debate about the limits of state power. The clashes have also raised concerns about the conduct of law enforcement officers. French authorities have reported nearly 2,400 arrests during the most violent day of unrest and almost 1,000 injured police officers and gendarmes, seven of them seriously. Macron has condemned the violent acts and promised to review the authorities’ response.

Of course, assaults, arson, looting and attacks on public buildings must be unequivocally condemned. The rights to freedom of assembly and expression do not protect violence against other people or the indiscriminate destruction of property. However, we must also remember that the police are subject to the law and that the use of force must comply with the principles of necessity and proportionality.

Reports of injuries to students and the use of riot control equipment have intensified the debate over the handling of the demonstrations. Violence by some protesters does not remove the obligation to investigate possible police abuses. Likewise, any misconduct by an officer must be investigated without turning it into an indiscriminate accusation against all law enforcement personnel. A democratic state does not demonstrate its strength by acting outside its own rules, but by ensuring public safety without abandoning fundamental rights.

What will happen in the future? It is too early to know. What is beyond doubt, however, is that France stands at a political and social crossroads. The forthcoming budgetary decisions, the government’s ability to restore public confidence and its response to educational and economic grievances will all shape the political landscape leading up to the 2027 presidential election. No one can claim that the outcome has already been decided.

The crisis could usher in a period of reform and renewed social dialogue, but it could also deepen polarisation and benefit those offering authoritarian solutions to complex problems. What is at stake is not merely the continuation of a presidency or the future of a political party. It is the ability of a European democracy to respond to inequality, insecurity and discontent without turning fear into its main political instrument.

France has a long tradition of civic mobilisation and the defence of rights. That tradition should not be idealised, since its history also contains episodes of exclusion and violence. Nevertheless, it reminds us that social and political rights have never been gifts freely bestowed by those in power. They have been won through conflict, demands for change and collective struggle.

Resolving this crisis requires responsibility from everyone. The government must listen and provide tangible, verifiable responses. The opposition must offer alternatives without fuelling hatred. Trade unions and social movements need to maintain their capacity to mobilise while protecting people from harm. And those taking part in protests must understand that the destruction of property and acts of aggression can ultimately harm the very communities demanding justice.

Public anger must be heard, but it must not become a licence for violence. Security is necessary, but it must not be used to silence legitimate demands. Economic stability matters, but it loses its purpose if an ever growing part of society is left behind. France does not need to choose between law and order and social justice. It needs to demonstrate that both can coexist.

A republic is measured not only by the strength of its institutions, but also by its ability to protect the dignity of those who live within it, especially when they face hardship.

When a generation stops believing that the future can be better, the problem cannot be solved simply by putting out the fires in the streets.

The problem can only be solved by restoring the reasons to hope.

Without social justice, there is no democracy.

And without rights, there is no Republic.