Sin derechos humanos no hay democracia

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

A veces hablamos de democracia como si fuera simplemente la posibilidad de votar cada cierto tiempo, elegir a nuestros representantes y aceptar el resultado de las urnas. Pero la democracia es mucho más que eso.

Si hablamos de democracia, tenemos que hablar necesariamente de personas. Tenemos que hablar de su dignidad, de su libertad, de su igualdad y, sobre todo, de la posibilidad de vivir sin miedo a que alguien decida que sus derechos valen menos que los de los demás. Porque votar es importante, por supuesto. Pero el voto, por sí solo, no basta.

Una sociedad no puede considerarse verdaderamente democrática si una parte de quienes la forman es discriminada, perseguida, silenciada o privada de sus derechos. Tampoco si existen personas que no pueden acceder en condiciones de igualdad a la educación, a la sanidad, a la justicia, a una vivienda digna o a un empleo de calidad con un salario justo. Y mucho menos cuando quienes deberían estar especialmente protegidos, como los menores, las personas migrantes, las personas refugiadas o quienes sufren cualquier forma de violencia, quedan abandonados a su suerte.

Los derechos humanos son precisamente aquello que debe poner límites al poder. Son la garantía de que la mayoría no puede decidirlo todo y de que ninguna persona puede ser sacrificada en nombre de una supuesta voluntad colectiva. Y esto es especialmente importante porque la democracia no consiste únicamente en que la mayoría pueda decidir. También consiste en que las minorías puedan seguir siendo libres cuando la mayoría decide.

Los derechos humanos no dependen de cuántas personas estén dispuestas a defenderlos. No se someten a una votación y no dejan de existir porque alguien piense diferente, porque una determinada opción política consiga más votos o porque una sociedad atraviese momentos de miedo, incertidumbre o polarización. 

Precisamente por eso necesitamos derechos humanos y fundamentales. Necesitamos que existan garantías que permanezcan incluso cuando cambien los gobiernos, las mayorías parlamentarias o las opiniones predominantes. Necesitamos instituciones capaces de proteger a quien se encuentra en una posición de vulnerabilidad y una ciudadanía dispuesta a no mirar hacia otro lado cuando los derechos de otra persona son vulnerados.

Porque defender los derechos humanos no consiste solamente en reaccionar cuando ya se ha producido una injusticia, sino que también significa prevenirla. Significa educar en igualdad, combatir la discriminación, proteger a las víctimas, garantizar el acceso efectivo a la justicia y crear las condiciones necesarias para que todas las personas puedan desarrollar su proyecto de vida con libertad y dignidad. Y eso no corresponde únicamente a los gobiernos o a las instituciones. También nos corresponde a quienes formamos parte de la sociedad. Es decir, a cada uno de nosotros.

Una democracia se construye todos los días. Se construye cuando denunciamos una injusticia, cuando acompañamos a quien tiene miedo, cuando rechazamos un discurso de odio, cuando defendemos a quien está siendo discriminado o simplemente cuando decidimos no permanecer indiferentes ante el sufrimiento de otra persona. Por eso, democracia y derechos humanos son conceptos totalmente inseparables.

Una verdadera democracia protege los derechos de todas las personas y fortalece la libertad, la igualdad y la convivencia en la sociedad. Y si una democracia permite que esos derechos sean vulnerados, entonces termina dejando de ser un espacio de libertad para convertirse, poco a poco, en una simple estructura de poder, pero no una democracia. Podremos seguir teniendo elecciones, parlamentos, gobiernos y urnas, pero habremos perdido su verdadero sentido.

Al final, la democracia no debería servir únicamente para decidir quién gobierna. Debería servir para garantizar que, gobierne quien gobierne, los derechos de las personas sigan estando protegidos.

Porque sin derechos humanos, la democracia se queda sin alma.

Se queda sin esencia.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
There can be no democracy without human rights

Sometimes we talk about democracy as though it were simply the ability to vote from time to time, elect our representatives and accept the result at the ballot box. But democracy is about so much more than that.

If we are going to talk about democracy, we necessarily have to talk about people. We have to talk about their dignity, their freedom, their equality and, above all, their ability to live without fear that someone might decide that their rights are worth less than those of others. Because voting is important, of course. But voting alone is not enough.

A society cannot truly be considered democratic if some of the people who make up that society are discriminated against, persecuted, silenced or deprived of their rights. Nor can it be considered democratic if there are people who are unable to access education, healthcare, justice, decent housing or quality employment with a fair wage on an equal basis. And even less so when those who should receive particular protection, such as children, migrants, refugees and people who suffer any form of violence, are left to fend for themselves.

Human rights are precisely what must place limits on power. They are the guarantee that the majority cannot decide everything and that no person can be sacrificed in the name of some supposed collective will. And this is particularly important because democracy is not merely about allowing the majority to decide. It is also about ensuring that minorities remain free when the majority makes its decisions.

Human rights do not depend on how many people are willing to defend them. They are not subject to a vote, nor do they cease to exist because someone thinks differently, because a particular political option wins more votes or because a society goes through periods of fear, uncertainty or polarisation.

That is precisely why we need fundamental human rights. We need guarantees that remain in place even when governments, parliamentary majorities or prevailing opinions change. We need institutions capable of protecting those who find themselves in a vulnerable position, and a society willing not to look the other way when another person’s rights are violated.

Because defending human rights is not merely about responding once an injustice has already occurred. It also means preventing it. It means educating people about equality, combating discrimination, protecting victims, ensuring effective access to justice and creating the conditions necessary for everyone to be able to pursue their own path in life with freedom and dignity. And that is not solely the responsibility of governments or institutions. It is also the responsibility of all of us who are part of society. In other words, each and every one of us.

A democracy is built every day. It is built when we report an injustice, when we stand beside someone who is afraid, when we reject hate speech, when we defend someone who is being discriminated against or simply when we decide not to remain indifferent to another person’s suffering. That is why democracy and human rights are completely inseparable.

A genuine democracy protects the rights of every person and strengthens freedom, equality and social coexistence. And if a democracy allows those rights to be violated, it ultimately ceases to be a space of freedom and gradually becomes nothing more than a structure of power, but not a democracy. We may still have elections, parliaments, governments and ballot boxes, but we will have lost their true meaning.

Ultimately, democracy should not serve merely to decide who governs. It should serve to ensure that, whoever governs, people’s rights remain protected.

Because without human rights, democracy loses its soul.

It loses its very essence.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Senza diritti umani non c’è democrazia

A volte parliamo di democrazia come se fosse semplicemente la possibilità di votare di tanto in tanto, eleggere i nostri rappresentanti e accettare il risultato delle urne. Ma la democrazia è molto più di questo.

Se parliamo di democrazia, dobbiamo necessariamente parlare di persone. Dobbiamo parlare della loro dignità, della loro libertà, della loro uguaglianza e, soprattutto, della possibilità di vivere senza paura che qualcuno possa decidere che i loro diritti valgano meno di quelli degli altri. Perché votare è importante, naturalmente. Ma il voto, da solo, non basta.

Una società non può essere considerata veramente democratica se una parte delle persone che la compongono viene discriminata, perseguitata, messa a tacere o privata dei propri diritti. Né può esserlo se esistono persone che non possono accedere in condizioni di parità all’istruzione, alla sanità, alla giustizia, a un’abitazione dignitosa o a un lavoro di qualità con una retribuzione equa. E ancora meno quando coloro che dovrebbero ricevere una protezione particolare, come i minori, i migranti, i rifugiati o le persone che subiscono qualsiasi forma di violenza, vengono lasciati soli ad affrontare la propria situazione.

I diritti umani sono precisamente ciò che deve porre dei limiti al potere. Sono la garanzia che la maggioranza non possa decidere tutto e che nessuna persona possa essere sacrificata in nome di una presunta volontà collettiva. Ed è proprio questo ad essere particolarmente importante, perché la democrazia non consiste soltanto nel permettere alla maggioranza di decidere. Consiste anche nel garantire che le minoranze possano continuare ad essere libere quando la maggioranza prende le proprie decisioni.

I diritti umani non dipendono dal numero di persone disposte a difenderli. Non sono sottoposti a votazione e non cessano di esistere perché qualcuno la pensa diversamente, perché una determinata opzione politica ottiene più voti o perché una società attraversa periodi di paura, incertezza o polarizzazione.

È proprio per questo che abbiamo bisogno di diritti umani fondamentali. Abbiamo bisogno di garanzie che rimangano in vigore anche quando cambiano i governi, le maggioranze parlamentari o le opinioni prevalenti. Abbiamo bisogno di istituzioni capaci di proteggere chi si trova in una situazione di vulnerabilità e di una società disposta a non voltarsi dall’altra parte quando i diritti di un’altra persona vengono violati.

Perché difendere i diritti umani non significa soltanto reagire quando un’ingiustizia si è già verificata, ma significa anche prevenirla. Significa educare all’uguaglianza, combattere la discriminazione, proteggere le vittime, garantire un accesso effettivo alla giustizia e creare le condizioni necessarie affinché ogni persona possa realizzare il proprio progetto di vita con libertà e dignità. E questo non è soltanto compito dei governi o delle istituzioni. È anche responsabilità di tutti noi che facciamo parte della società. In altre parole, di ciascuno di noi.

Una democrazia si costruisce ogni giorno. Si costruisce quando denunciamo un’ingiustizia, quando stiamo accanto a chi ha paura, quando rifiutiamo un discorso d’odio, quando difendiamo chi viene discriminato o semplicemente quando decidiamo di non rimanere indifferenti di fronte alla sofferenza di un’altra persona. Per questo, democrazia e diritti umani sono concetti completamente inseparabili.

Una vera democrazia protegge i diritti di ogni persona e rafforza la libertà, l’uguaglianza e la convivenza nella società. E se una democrazia permette che quei diritti vengano violati, finisce per cessare di essere uno spazio di libertà e diventa, poco a poco, una semplice struttura di potere, ma non una democrazia. Potremo continuare ad avere elezioni, parlamenti, governi e urne, ma avremo perso il loro vero significato.

In definitiva, la democrazia non dovrebbe servire soltanto a decidere chi governa. Dovrebbe servire a garantire che, chiunque governi, i diritti delle persone continuino ad essere protetti.

Perché senza diritti umani, la democrazia perde la sua anima.

Perde la sua stessa essenza.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Sans droits humains, il n’y a pas de démocratie

Parfois, nous parlons de démocratie comme s’il s’agissait simplement de la possibilité de voter de temps à autre, d’élire nos représentants et d’accepter le résultat des urnes. Mais la démocratie est bien plus que cela.

Si nous parlons de démocratie, nous devons nécessairement parler des personnes. Nous devons parler de leur dignité, de leur liberté, de leur égalité et, surtout, de la possibilité de vivre sans avoir peur que quelqu’un puisse décider que leurs droits valent moins que ceux des autres. Parce que voter est important, bien sûr. Mais le vote, à lui seul, ne suffit pas.

Une société ne peut pas être véritablement considérée comme démocratique si une partie de celles et ceux qui la composent est discriminée, persécutée, réduite au silence ou privée de ses droits. Elle ne peut pas davantage l’être si certaines personnes ne peuvent accéder, dans des conditions d’égalité, à l’éducation, aux soins de santé, à la justice, à un logement digne ou à un emploi de qualité assorti d’un salaire équitable. Et encore moins lorsque celles et ceux qui devraient bénéficier d’une protection particulière, comme les mineurs, les personnes migrantes, les réfugiés ou les personnes victimes de toute forme de violence, sont abandonnés à leur sort.

Les droits humains sont précisément ce qui doit poser des limites au pouvoir. Ils sont la garantie que la majorité ne peut pas tout décider et qu’aucune personne ne peut être sacrifiée au nom d’une prétendue volonté collective. Et c’est particulièrement important, car la démocratie ne consiste pas uniquement à permettre à la majorité de décider. Elle consiste également à garantir que les minorités puissent rester libres lorsque la majorité prend ses décisions.

Les droits humains ne dépendent pas du nombre de personnes disposées à les défendre. Ils ne sont pas soumis au vote et ne cessent pas d’exister parce que quelqu’un pense différemment, parce qu’une certaine option politique obtient davantage de voix ou parce qu’une société traverse des périodes de peur, d’incertitude ou de polarisation.

C’est précisément pour cette raison que nous avons besoin de droits humains fondamentaux. Nous avons besoin de garanties qui demeurent en place même lorsque les gouvernements, les majorités parlementaires ou les opinions dominantes changent. Nous avons besoin d’institutions capables de protéger celles et ceux qui se trouvent dans une situation de vulnérabilité et d’une société prête à ne pas détourner le regard lorsque les droits d’une autre personne sont bafoués.

Car défendre les droits humains ne consiste pas seulement à réagir lorsqu’une injustice s’est déjà produite. Cela signifie également la prévenir. Cela signifie éduquer à l’égalité, lutter contre les discriminations, protéger les victimes, garantir un accès effectif à la justice et créer les conditions nécessaires pour que chaque personne puisse construire son propre projet de vie dans la liberté et la dignité. Et cela ne relève pas uniquement de la responsabilité des gouvernements ou des institutions. Cela relève également de la responsabilité de toutes celles et tous ceux qui font partie de la société. Autrement dit, de chacune et de chacun d’entre nous.

Une démocratie se construit chaque jour. Elle se construit lorsque nous dénonçons une injustice, lorsque nous accompagnons quelqu’un qui a peur, lorsque nous rejetons un discours de haine, lorsque nous défendons une personne victime de discrimination ou simplement lorsque nous décidons de ne pas rester indifférents face à la souffrance d’une autre personne. C’est pourquoi démocratie et droits humains sont des notions totalement indissociables.

Une véritable démocratie protège les droits de chaque personne et renforce la liberté, l’égalité et la cohésion au sein de la société. Et si une démocratie permet que ces droits soient bafoués, elle finit par cesser d’être un espace de liberté pour devenir, peu à peu, une simple structure de pouvoir, mais pas une démocratie. Nous pourrons continuer à avoir des élections, des parlements, des gouvernements et des urnes, mais nous aurons perdu leur véritable sens.

En définitive, la démocratie ne devrait pas servir uniquement à décider qui gouverne. Elle devrait servir à garantir que, quel que soit le gouvernement au pouvoir, les droits des personnes continuent d’être protégés.

Car sans droits humains, la démocratie perd son âme.

Elle perd son essence même.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Sem direitos humanos, não há democracia

Por vezes, falamos de democracia como se fosse simplesmente a possibilidade de votar de tempos a tempos, eleger os nossos representantes e aceitar o resultado das urnas. Mas a democracia é muito mais do que isso.

Se falamos de democracia, temos necessariamente de falar de pessoas. Temos de falar da sua dignidade, da sua liberdade, da sua igualdade e, acima de tudo, da possibilidade de viver sem medo de que alguém possa decidir que os seus direitos valem menos do que os dos outros. Porque votar é importante, naturalmente. Mas o voto, por si só, não é suficiente.

Uma sociedade não pode ser verdadeiramente considerada democrática se uma parte das pessoas que a constituem é discriminada, perseguida, silenciada ou privada dos seus direitos. Também não pode ser considerada democrática se existem pessoas que não conseguem ter acesso, em condições de igualdade, à educação, à saúde, à justiça, a uma habitação digna ou a um emprego de qualidade com um salário justo. E muito menos quando aqueles que deveriam beneficiar de uma proteção especial, como os menores, os migrantes, os refugiados ou as pessoas que sofrem qualquer forma de violência, são deixados à sua sorte.

Os direitos humanos são precisamente aquilo que deve impor limites ao poder. São a garantia de que a maioria não pode decidir tudo e de que nenhuma pessoa pode ser sacrificada em nome de uma suposta vontade coletiva. E isto é particularmente importante porque a democracia não consiste apenas em permitir que a maioria decida. Consiste também em garantir que as minorias possam continuar a ser livres quando a maioria toma as suas decisões.

Os direitos humanos não dependem do número de pessoas dispostas a defendê-los. Não estão sujeitos a votação e não deixam de existir porque alguém pensa de forma diferente, porque determinada opção política obtém mais votos ou porque uma sociedade atravessa períodos de medo, incerteza ou polarização.

É precisamente por isso que precisamos de direitos humanos fundamentais. Precisamos de garantias que permaneçam em vigor mesmo quando mudam os governos, as maiorias parlamentares ou as opiniões predominantes. Precisamos de instituições capazes de proteger quem se encontra numa situação de vulnerabilidade e de uma sociedade disposta a não olhar para o outro lado quando os direitos de outra pessoa são violados.

Porque defender os direitos humanos não significa apenas reagir quando uma injustiça já aconteceu. Significa também preveni-la. Significa educar para a igualdade, combater a discriminação, proteger as vítimas, garantir um acesso efetivo à justiça e criar as condições necessárias para que cada pessoa possa desenvolver o seu próprio projeto de vida com liberdade e dignidade. E isso não é responsabilidade exclusiva dos governos ou das instituições. É também responsabilidade de todos nós que fazemos parte da sociedade. Ou seja, de cada um de nós.

Uma democracia constrói-se todos os dias. Constrói-se quando denunciamos uma injustiça, quando acompanhamos quem tem medo, quando rejeitamos um discurso de ódio, quando defendemos alguém que está a ser discriminado ou simplesmente quando decidimos não permanecer indiferentes perante o sofrimento de outra pessoa. Por isso, democracia e direitos humanos são conceitos totalmente inseparáveis.

Uma verdadeira democracia protege os direitos de todas as pessoas e fortalece a liberdade, a igualdade e a convivência na sociedade. E se uma democracia permite que esses direitos sejam violados, acaba por deixar de ser um espaço de liberdade para se transformar, pouco a pouco, numa simples estrutura de poder, mas não numa democracia. Podemos continuar a ter eleições, parlamentos, governos e urnas, mas teremos perdido o seu verdadeiro sentido.

Em última análise, a democracia não deveria servir apenas para decidir quem governa. Deveria servir para garantir que, independentemente de quem governe, os direitos das pessoas continuem protegidos.

Porque sem direitos humanos, a democracia perde a sua alma.

Perde a sua própria essência.

Le Déserteur

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Algunas canciones que parecen pertenecer a otro tiempo hasta que vuelves a escucharlas y te das cuenta de que, en realidad, siguen hablando de nosotros. Eso me pasa con «Le Déserteur», de Boris Vian. Fue escrita en 1954, en un momento marcado por la guerra de Indochina y por la posibilidad de una nueva movilización militar, pero lo que cuenta podría haber sido escrito hoy mismo. Porque, en el fondo, no habla solamente de una guerra. Habla de una persona a la que le dicen que tiene que ir a luchar y que decide que no quiere hacerlo. Y también habla de algo tan sencillo y tan difícil como preguntarnos hasta dónde estamos dispuestos a obedecer cuando aquello que nos ordenan choca directamente con nuestra conciencia.

A mí siempre me ha impresionado esa idea. Vivimos acostumbrados a pensar que ser valiente significa enfrentarse a alguien, luchar, resistir o incluso empuñar un arma cuando las circunstancias lo exigen. Pero también hace falta muchísimo valor para decir que no. Para quedarse quieto cuando todo el mundo espera que avances. Para negarte a hacer daño cuando te dicen que hacerlo es tu deber. Para defender que tu vida y la vida de los demás tienen un valor que ninguna bandera, ningún uniforme y ninguna orden deberían poder borrar.

Ahí es donde esta canción se encuentra con los derechos humanos. Porque los derechos humanos no empiezan cuando todo está bien. Empiezan precisamente cuando las cosas se ponen difíciles, cuando aparece la violencia, cuando el miedo se apodera de nosotros y cuando quienes tienen poder intentan convencernos de que determinadas cosas son inevitables. Es entonces cuando necesitamos recordar que detrás de cada uniforme hay una persona y que detrás de cada guerra hay miles, millones de personas que tienen nombre, familia, recuerdos, sueños y una vida que probablemente no eligieron poner en peligro.

A veces hablamos de las guerras como si fueran partidas de ajedrez. Hablamos de territorios, estrategias, ofensivas, victorias y derrotas, pero olvidamos demasiado fácilmente que las guerras no las sufren los mapas. Las sufren las personas; las sufre quien pierde su casa, quien tiene que abandonar su país, quien recibe una llamada diciéndole que alguien ya no volverá, quien crece escuchando explosiones en lugar de jugar tranquilamente en la calle; y las sufren quienes quizá nunca tuvieron nada que ver con las decisiones que provocaron el conflicto y, sin embargo, terminan pagando el precio más alto.

Por eso «Le Déserteur» me parece una canción profundamente humana. Porque no intenta convertir la guerra en una aventura heroica ni presentar la muerte como algo inevitable o glorioso. Nos coloca delante de una persona que simplemente dice que no quiere matar y que tampoco quiere morir por una causa que no siente como propia. Y quizá esa sencillez sea precisamente lo que la hace tan poderosa. No hace falta utilizar grandes discursos para defender la vida. A veces basta con reconocer que queremos seguir vivos y que también queremos que los demás puedan hacerlo.

También hay algo especialmente importante en la canción cuando pensamos en la libertad de conciencia. Una persona puede recibir una orden, pero eso no significa que deje de tener conciencia. Puede existir una obligación legal y, al mismo tiempo, una profunda necesidad moral de preguntarse si aquello que se está haciendo es justo. La historia nos ha enseñado demasiadas veces que la frase “yo solamente obedecía órdenes” no puede convertirse en una respuesta suficiente cuando hablamos de violencia y de graves vulneraciones de los derechos humanos.

Quizá por eso esta canción sigue siendo incómoda tantos años después. Porque nos obliga a preguntarnos qué haríamos nosotros si algún día nos encontráramos en esa situación. ¿Qué haríamos si nos pidieran hacer algo que sabemos que está mal? ¿Qué haríamos si decir que no tuviera consecuencias? ¿Qué haríamos si obedecer fuera lo más sencillo y negarnos fuese lo más difícil? No sé si existe una respuesta fácil para esas preguntas, pero sí creo que merece la pena hacérnoslas antes de que sea demasiado tarde.

«Le Déserteur» también me hace pensar en todas esas personas que, a lo largo de la historia, han tenido que abandonar sus hogares porque no querían participar en una guerra, han rechazado empuñar un arma, han denunciado abusos cometidos por quienes tenían autoridad o simplemente han decidido que no querían formar parte de una maquinaria de violencia. Algunas fueron perseguidas, otras encarceladas y otras tuvieron que empezar de nuevo lejos de sus familias. Muchas nunca aparecieron en los libros de historia, pero su decisión de decir no también forma parte de la historia de los derechos humanos.

Defender los derechos humanos no siempre consiste en hacer algo extraordinario. A veces consiste en algo mucho más cotidiano y mucho más difícil. Consiste en no mirar hacia otro lado; en no acostumbrarnos al sufrimiento; en no pensar que la violencia contra otras personas es un problema que no nos afecta; y en recordar que la dignidad de una persona no depende de su nacionalidad, de su uniforme, de la bandera que lleve o del lado de una frontera en el que haya nacido.

Por eso, cuando escucho esta canción, no pienso solamente en alguien que se niega a ir a una guerra. Pienso en una persona que está intentando conservar algo que ninguna guerra debería poder arrebatarle: su humanidad. Y pienso también en que, en un mundo que tantas veces nos enseña a enfrentarnos, quizá una de las formas más profundas de valentía siga siendo elegir la vida frente a la violencia.

Al final, detrás de todas las fronteras, de todas las banderas y de todas las guerras, seguimos siendo personas que quieren exactamente lo mismo. Solo queremos poder vivir en paz, seguir queriendo a quienes queremos y poder volver a casa.

Mientras alguien tenga el valor de decir no a la violencia, todavía habrá una puerta abierta para la esperanza.

Porque decir no a la guerra también es decir sí a la vida.

Digamos siempre «sí». 

Sí a la vida.

Le déserteur (El desertor – Traducida)

Señor Presidente
Le escribo una carta
Que quizá lea usted
Si tiene tiempo
Acabo de recibir
Mis papeles militares
Para partir a la guerra
Antes del miércoles por la noche

Señor Presidente
Yo no quiero hacerla
No estoy en la tierra
Para matar a pobres gentes
No es para enfadarle
Pero debo decirle
Que mi decisión está tomada
Me voy a desertar

Desde que nací
He visto morir a mi padre
He visto partir a mis hermanos
Y llorar a mis hijos
Mi madre ha sufrido tanto
Que está dentro de su tumba
Y se ríe de las bombas
Y se ríe de los gusanos

Cuando fui prisionero
Me robaron a mi mujer
Me robaron el alma
Y todo mi querido pasado
Mañana por la mañana
Cerraré mi puerta
En las narices de los años muertos
E iré por los caminos

Mendigaré mi vida
Por las carreteras de Francia
De Bretaña a Provenza
Y les diré a la gente:
¡Rechazad obedecer!
¡Rechazad hacerla!
¡No vayáis a la guerra!
¡Rechazad partir!

Si hay que dar la sangre
Id a dar la vuestra
Usted es un buen apóstol
Señor Presidente
Si me persigue
Avise a sus gendarmes
Que no llevaré armas
Y que podrán disparar.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Le Déserteur

Certaines chansons semblent appartenir à une autre époque jusqu’au jour où on les réécoute et où l’on se rend compte qu’en réalité, elles continuent de parler de nous. C’est exactement ce que je ressens avec « Le Déserteur », de Boris Vian. Écrite en 1954, dans un contexte marqué par la guerre d’Indochine et par la perspective d’une nouvelle mobilisation militaire, elle raconte pourtant quelque chose qui aurait parfaitement pu être écrit aujourd’hui. Car au fond, cette chanson ne parle pas seulement d’une guerre. Elle parle d’une personne à qui l’on dit qu’elle doit aller combattre et qui décide qu’elle ne veut pas le faire. Elle parle aussi de quelque chose d’aussi simple que difficile, se demander jusqu’où nous sommes prêts à obéir lorsque ce que l’on nous ordonne entre directement en conflit avec notre conscience.

Cette idée m’a toujours profondément marqué. Nous avons l’habitude de penser qu’être courageux signifie affronter quelqu’un, se battre, résister ou même prendre les armes lorsque les circonstances l’exigent. Mais il faut aussi énormément de courage pour dire non. Pour rester immobile lorsque tout le monde attend de nous que nous avancions. Pour refuser de faire du mal lorsque l’on nous dit que c’est notre devoir. Pour défendre l’idée que notre vie et celle des autres ont une valeur qu’aucun drapeau, aucun uniforme et aucun ordre ne devraient pouvoir effacer.

C’est là que cette chanson rejoint les droits humains. Car les droits humains ne commencent pas lorsque tout va bien. Ils commencent précisément lorsque les choses deviennent difficiles, lorsque la violence apparaît, lorsque la peur s’empare de nous et lorsque ceux qui détiennent le pouvoir essaient de nous convaincre que certaines choses sont inévitables. C’est alors que nous devons nous rappeler que derrière chaque uniforme se trouve une personne et que derrière chaque guerre se trouvent des milliers, des millions de personnes qui ont un nom, une famille, des souvenirs, des rêves et une vie qu’elles n’ont probablement jamais choisi de mettre en danger.

Nous parlons parfois des guerres comme s’il s’agissait de parties d’échecs. Nous parlons de territoires, de stratégies, d’offensives, de victoires et de défaites, mais nous oublions trop facilement que les guerres ne sont pas vécues par les cartes. Elles sont vécues par les personnes. Elles sont vécues par celui ou celle qui perd sa maison, par celui ou celle qui doit quitter son pays, par celui ou celle qui reçoit un appel lui annonçant qu’une personne qu’il aime ne rentrera plus jamais, par celui ou celle qui grandit en entendant des explosions au lieu de jouer tranquillement dans la rue. Et elles sont vécues par des personnes qui n’ont peut-être jamais rien eu à voir avec les décisions qui ont provoqué le conflit et qui, pourtant, finissent par en payer le prix le plus lourd.

C’est pour cela que « Le Déserteur » me semble être une chanson profondément humaine. Elle ne cherche pas à transformer la guerre en aventure héroïque ni à présenter la mort comme quelque chose d’inévitable ou de glorieux. Elle nous place face à une personne qui dit simplement qu’elle ne veut pas tuer et qu’elle ne veut pas non plus mourir pour une cause qu’elle ne considère pas comme la sienne. Et c’est peut-être précisément cette simplicité qui la rend si puissante. Il n’est pas nécessaire de prononcer de grands discours pour défendre la vie. Parfois, il suffit de reconnaître que nous voulons continuer à vivre et que nous voulons aussi que les autres puissent en faire autant.

Il y a également quelque chose de particulièrement important dans cette chanson lorsque l’on pense à la liberté de conscience. Une personne peut recevoir un ordre, mais cela ne signifie pas qu’elle cesse d’avoir une conscience. Il peut exister une obligation légale et, en même temps, un profond besoin moral de se demander si ce que l’on est en train de faire est juste. L’Histoire nous a montré bien trop souvent que la phrase « je ne faisais qu’obéir aux ordres » ne peut pas devenir une réponse suffisante lorsqu’il est question de violence et de graves violations des droits humains.

C’est peut-être pour cela que cette chanson reste aussi dérangeante, tant d’années après. Parce qu’elle nous oblige à nous demander ce que nous ferions si, un jour, nous nous retrouvions dans une telle situation. Que ferions-nous si l’on nous demandait de faire quelque chose dont nous savons que c’est mal ? Que ferions-nous si dire non avait des conséquences ? Que ferions-nous si obéir était la solution la plus simple et refuser était la plus difficile ? Je ne sais pas s’il existe une réponse facile à ces questions, mais je crois profondément que cela vaut la peine de se les poser avant qu’il ne soit trop tard.

« Le Déserteur » me fait également penser à toutes ces personnes qui, au cours de l’Histoire, ont dû abandonner leur foyer parce qu’elles ne voulaient pas participer à une guerre, qui ont refusé de prendre les armes, qui ont dénoncé les abus commis par ceux qui détenaient l’autorité ou qui ont simplement décidé qu’elles ne voulaient pas faire partie d’une machine fondée sur la violence. Certaines ont été persécutées, d’autres emprisonnées et d’autres encore ont dû recommencer leur vie loin de leurs proches. Beaucoup n’ont jamais figuré dans les livres d’Histoire, mais leur décision de dire non fait elle aussi partie de l’histoire des droits humains.

Défendre les droits humains ne signifie pas toujours accomplir quelque chose d’extraordinaire. Parfois, cela consiste en quelque chose de beaucoup plus quotidien et de beaucoup plus difficile. Cela signifie ne pas détourner le regard, ne pas nous habituer à la souffrance, ne pas penser que la violence faite aux autres est un problème qui ne nous concerne pas et nous rappeler que la dignité d’une personne ne dépend ni de sa nationalité, ni de son uniforme, ni du drapeau qu’elle porte, ni du côté de la frontière où elle est née.

C’est pourquoi, lorsque j’écoute cette chanson, je ne pense pas seulement à quelqu’un qui refuse d’aller à la guerre. Je pense à une personne qui essaie de préserver quelque chose qu’aucune guerre ne devrait pouvoir lui enlever, son humanité. Et je pense aussi que, dans un monde qui nous apprend si souvent à nous opposer les uns aux autres, l’une des formes les plus profondes de courage consiste peut-être encore à choisir la vie plutôt que la violence.

Au fond, derrière toutes les frontières, tous les drapeaux et toutes les guerres, nous restons des êtres humains qui veulent exactement la même chose. Nous voulons simplement pouvoir vivre en paix, continuer à aimer ceux que nous aimons et pouvoir rentrer chez nous.

Tant qu’une personne aura le courage de dire non à la violence, une porte restera ouverte sur l’espoir.

Parce que dire non à la guerre, c’est aussi dire oui à la vie.

Disons toujours “Oui”.

Oui à la vie.

Le déserteur

Monsieur le Président
Je vous fais une lettre
Que vous lirez peut-être
Si vous avez le temps
Je viens de recevoir
Mes papiers militaires
Pour partir à la guerre
Avant mercredi soir

Monsieur le Président
Je ne veux pas la faire
Je ne suis pas sur terre
Pour tuer des pauvres gens
C’est pas pour vous fâcher
Il faut que je vous dise
Ma décision est prise
Je m’en vais déserter

Depuis que je suis né
J’ai vu mourir mon père
J’ai vu partir mes frères
Et pleurer mes enfants
Ma mère a tant souffert
Qu’elle est dedans sa tombe
Et se moque des bombes
Et se moque des vers

Quand j’étais prisonnier
On m’a volé ma femme
On m’a volé mon âme
Et tout mon cher passé
Demain de bon matin

Je fermerai ma porte
Au nez des années mortes
J’irai sur les chemins
Je mendierai ma vie
Sur les routes de France
De Bretagne en Provence
Et je dirai aux gens
Refusez d’obéir
Refusez de la faire
N’allez pas à la guerre
Refusez de partir

S’il faut donner son sang
Allez donner le vôtre
Vous êtes bon apôtre
Monsieur le Président
Si vous me poursuivez
Prévenez vos gendarmes
Que je n’aurai pas d’armes
Et qu’ils pourront tirer

El negacionismo de la violencia de género

En democracia hay pactos políticos que pueden analizarse desde la aritmética parlamentaria, desde el reparto de consejerías o desde las medidas económicas que contienen. Pero hay otros que debemos mirar también desde una perspectiva de derechos humanos y, especialmente, desde una perspectiva feminista, porque detrás de determinadas decisiones políticas no hay únicamente instituciones, presupuestos o estructuras administrativas, sino mujeres que necesitan que esas instituciones funcionen cuando su vida se encuentra en una situación límite.

El pacto de gobierno entre el Partido Popular y Vox en Andalucía, firmado el 2 de julio de 2026, merece precisamente esa mirada. No porque podamos afirmar que haya derogado los derechos de las víctimas, algo que no ha ocurrido, sino porque coloca determinadas estructuras vinculadas a la Justicia y a la valoración de la violencia de género bajo la responsabilidad política de un partido que ha defendido públicamente la derogación de la legislación específica contra esta violencia. 

Conviene empezar por una cuestión fundamental para no caer en simplificaciones. El acuerdo entre PP y Vox no ha derogado la Ley Orgánica 1/2004 ni la Ley andaluza 13/2007, y las mujeres víctimas continúan teniendo los derechos reconocidos por nuestro ordenamiento jurídico. Tampoco han desaparecido las Unidades de Valoración Integral de Violencia de Género, ni puede un acuerdo autonómico dejar sin efecto por sí mismo una ley orgánica estatal. Precisamente por eso, la alerta que planteo no consiste en afirmar que esos derechos hayan desaparecido de un día para otro. La preocupación es otra y, a mi juicio, mucho más seria. Porque ¿qué puede ocurrir cuando las estructuras encargadas de hacer efectivos esos derechos quedan bajo la dirección política de quienes han cuestionado la propia existencia del concepto jurídico de violencia de género?

El acuerdo firmado por PP y Vox contiene 150 medidas para la legislatura y concede a Vox la Vicepresidencia de la Junta y la Consejería de Turismo, Desregulación, Justicia y Administración Local. Entre sus quince bloques aparece expresamente uno dedicado a las llamadas “leyes ideológicas”, en el que ambas formaciones se comprometen a revisar y, en su caso, derogar disposiciones normativas, organismos, subvenciones o ayudas públicas que consideren superfluos o ineficientes. El problema no es que cualquier administración pueda revisar sus políticas públicas, porque eso forma parte de la normalidad democrática, sino que debemos preguntarnos qué puede suceder cuando dentro de ese proceso de revisión se encuentran políticas específicamente dirigidas a combatir la violencia contra las mujeres y estructuras cuya existencia responde precisamente a una legislación especializada. 

Aquí resulta imposible ignorar cuál ha sido la posición política de Vox. En el Parlamento de Andalucía, en febrero de 2026, un representante de la formación afirmó expresamente que la legislación de violencia de género debía ser derogada y sostuvo que esas normas constituían leyes ideológicas que, según su planteamiento, no protegían adecuadamente a las mujeres. No se trata, por tanto, de atribuirle a Vox una intención que no haya expresado, sino de recordar lo que el propio partido ha defendido públicamente. Esa posición adquiere una relevancia especial cuando la misma formación pasa de cuestionar desde la oposición determinadas estructuras a participar directamente en el Gobierno que tiene competencias sobre algunas de ellas.

Desde una perspectiva feminista, esto debería preocuparnos porque la violencia de género no es simplemente una categoría administrativa inventada para clasificar determinadas agresiones. Es el reconocimiento de una realidad social específica que durante décadas fue minimizada, ocultada o presentada como un problema privado de las parejas. La violencia ejercida contra una mujer por su pareja o expareja no puede comprenderse siempre de la misma manera que cualquier otra forma de violencia producida dentro de una familia. Existen patrones de control, dominación, aislamiento, dependencia económica, violencia psicológica, violencia sexual y miedo que requieren profesionales capaces de identificar esa realidad y no limitarse a constatar el último episodio de violencia física que haya llegado a conocimiento de las autoridades.

Por eso las palabras importan, pero importan todavía más las consecuencias que tienen detrás. Sustituir progresivamente la expresión “violencia de género” por “violencia doméstica” o “violencia intrafamiliar” puede presentarse como una cuestión meramente terminológica, pero los conceptos jurídicos y las políticas públicas no son intercambiables sin más. La violencia doméstica puede afectar a diferentes miembros de una familia, mientras que la violencia de género, en el marco de la Ley Orgánica 1/2004, responde a una realidad específica de violencia ejercida contra las mujeres por quienes sean o hayan sido sus cónyuges o estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad. Eliminar esa especificidad puede dificultar la identificación de los factores que explican determinadas violencias y, con ello, debilitar la respuesta especializada que se ha construido durante años.

La violencia machista tampoco comienza necesariamente el día en que una mujer presenta una denuncia. Muchas veces comienza mucho antes, con el control de sus amistades, con la vigilancia del teléfono, con el aislamiento de su familia, con la destrucción de su autoestima, con la dependencia económica, con las amenazas, con la violencia sexual o con la utilización de los hijos e hijas como instrumentos de control. Una mujer puede tardar años en denunciar porque tiene miedo, porque depende económicamente de su agresor, porque piensa que nadie la creerá, porque teme perder a sus hijos, porque carece de una vivienda a la que acudir o porque ha interiorizado durante años que aquello que está viviendo es una cuestión privada que debe solucionar dentro de su propia casa. Comprender todo esto exige formación y especialización, y no una respuesta administrativa genérica.

Por eso las Unidades de Valoración Integral de Violencia de Género son tan importantes. No estamos hablando de organismos dedicados a campañas políticas ni de oficinas cuyo único cometido sea utilizar una determinada terminología. Son unidades multidisciplinares integradas por profesionales de la Medicina Forense, la Psicología y el Trabajo Social, encargadas de realizar, cuando lo solicitan los órganos judiciales, valoraciones integrales de los efectos de la violencia física, psicológica y sexual sobre las mujeres, así como de las consecuencias que la exposición a la violencia y las agresiones puede producir en sus hijos e hijas y menores a cargo. También valoran aspectos relacionados con el agresor, incluido el riesgo de reincidencia, y determinadas consecuencias relevantes en procedimientos civiles.

Hay además un dato que considero especialmente significativo y que demuestra que el debate no puede reducirse a decir que «las unidades siguen existiendo». El 14 de abril de 2026, apenas unas semanas antes de las elecciones y del pacto de Gobierno, la propia Junta de Andalucía aprobó la creación de ocho puestos de coordinación, uno para cada Unidad de Valoración Integral existente en los Institutos de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Andalucía. La resolución justificaba el refuerzo por el aumento de la carga de trabajo derivado de las nuevas competencias de las Secciones de Violencia sobre la Mujer y establecía entre las funciones de los nuevos coordinadores el control de los tiempos de emisión de informes, la estadística, la relación con órganos judiciales, Fiscalía, servicios de asistencia a víctimas y Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. 

Es decir, la propia Administración andaluza había identificado la necesidad de reforzar estas unidades especializadas. Pocos meses después, tras el pacto entre PP y Vox, la responsabilidad política sobre Justicia pasó a manos de Vox. El cambio institucional, por tanto, no es imaginario. Existe y merece ser observado con atención, especialmente teniendo en cuenta que hablamos de estructuras que proporcionan apoyo técnico especializado a la Administración de Justicia.

Pero aquí también aparece uno de los riesgos que más me preocupa. El debilitamiento de un sistema de protección no tiene por qué comenzar con una ley que diga expresamente “se eliminan los derechos de las mujeres”. Puede producirse de una forma mucho más silenciosa, mediante la reducción de profesionales, la falta de sustituciones, el aumento de los tiempos de espera, la pérdida de formación específica, la reducción de recursos psicológicos, el debilitamiento de las casas de acogida, la desaparición de programas de prevención o la sustitución de servicios especializados por otros de carácter general. Una ley puede continuar exactamente igual mientras el derecho que reconoce se vuelve cada vez más difícil de ejercer en la realidad cotidiana, ya sea por el vaciado de competencias o por ausencia de dotación presupuestaria.

Eso es lo que debemos vigilar. Porque el derecho de una mujer a recibir protección no se satisface simplemente porque exista una norma que diga que tiene derecho a ella. Si una víctima necesita una valoración especializada y debe esperar demasiado tiempo, si no encuentra asistencia psicológica suficiente, si carece de un recurso habitacional para abandonar a su agresor o si se encuentra ante profesionales que no han recibido la formación necesaria para identificar determinadas formas de violencia, el reconocimiento formal del derecho no basta. Los derechos humanos necesitan instituciones capaces de hacerlos efectivos.

El modelo estatal actual, además, está avanzando precisamente en la dirección contraria a la desespecialización. La renovación del Pacto de Estado contra la Violencia de Género aprobada en 2025 amplió las medidas de 290 a 461 e incorporó expresamente ámbitos como la violencia vicaria, económica y digital, además de reforzar la prevención, la respuesta institucional, la asistencia y protección, la formación y el seguimiento estadístico. El Pacto presta también especial atención a mujeres rurales y mujeres con discapacidad, lo que demuestra que la respuesta frente a la violencia no puede reducirse a una única fórmula indiferenciada.

Durante 2026, además, el Estado ha previsto transferencias a las comunidades autónomas para desarrollar programas relacionados con el Pacto de Estado. En abril se acordó la distribución de casi 180 millones de euros a las comunidades y a Ceuta y Melilla, de los cuales 160 millones se destinaban al desarrollo del Pacto de Estado, mientras que otros fondos se dirigían a asistencia social integral, planes personalizados, apoyo a víctimas de violencia sexual y prevención. La distribución tiene en cuenta, entre otros factores, la población rural, las mujeres extranjeras, las mujeres mayores y las mujeres con discapacidad.

Esto introduce otra cuestión fundamental. Andalucía tiene margen para organizar sus competencias y diseñar sus políticas públicas, pero no puede utilizar una decisión administrativa o un acuerdo de gobierno para dejar sin efecto las obligaciones derivadas de la legislación estatal, del marco europeo o de los compromisos internacionales asumidos por España. Tampoco puede convertir una valoración médico-forense o psicológica en una herramienta política. Quienes trabajan en las unidades de valoración deben poder actuar conforme a criterios técnicos, científicos y profesionales, con independencia de quién ocupe en cada momento una consejería.

Desde una perspectiva feminista, también debemos prestar especial atención a las mujeres que se encuentran en situaciones de mayor vulnerabilidad. Una mujer que intenta escapar de una relación violenta puede necesitar simultáneamente asistencia jurídica, apoyo psicológico, protección policial, una vivienda segura, ingresos económicos y ayuda para sus hijos. Si además es migrante, tiene una discapacidad, vive en un entorno rural o carece de una red familiar, las dificultades pueden multiplicarse. El propio Pacto de Estado renovado reconoce la necesidad de prestar especial atención a diferentes situaciones de vulnerabilidad, y cualquier política pública que pretenda proteger realmente a las víctimas debe tenerlas presentes.

La vivienda es un ejemplo especialmente claro. Decirle a una mujer que abandone a su agresor puede parecer sencillo cuando se contempla desde fuera, pero la realidad es muy diferente cuando esa mujer no tiene dinero, no tiene empleo, tiene hijos a su cargo y no dispone de ningún lugar seguro al que acudir. La protección frente a la violencia no puede limitarse a la denuncia y al procedimiento penal. Tiene que incluir las condiciones materiales que permitan a una mujer reconstruir su vida sin verse obligada a regresar junto a quien la maltrata.

Y tampoco podemos olvidar a los menores. Una criatura que crece contemplando cómo su padre controla, amenaza, humilla o golpea a su madre no es simplemente un espectador ajeno a la violencia. Las propias Unidades de Valoración Integral tienen entre sus funciones valorar los efectos de la exposición a la violencia y de las agresiones sufridas por hijos, hijas y menores a cargo. La respuesta institucional debe comprender, por tanto, que proteger a una mujer también significa proteger a quienes dependen de ella y a quienes pueden estar sufriendo las consecuencias de esa violencia.

También hay otra cuestión que tampoco deberíamos perder de vista. Durante décadas, las mujeres tuvieron que escuchar que los problemas de pareja debían quedarse dentro de casa, que una discusión matrimonial no era asunto del Estado, que los celos eran una manifestación de amor, que determinados comportamientos eran normales o que una mujer que permanecía junto a un hombre violento debía asumir alguna responsabilidad por no marcharse. El feminismo tuvo que luchar contra todas esas ideas para conseguir que entendiéramos que la violencia contra las mujeres no es un asunto privado, sino una cuestión de derechos humanos, igualdad y responsabilidad pública.

Por eso me preocupa profundamente que un partido que ha defendido la derogación de la legislación específica de violencia de género tenga ahora capacidad directa sobre estructuras relacionadas con la Justicia y la valoración de estas víctimas. No porque podamos afirmar que las unidades hayan dejado de funcionar o que los derechos hayan desaparecido, sino porque existe una contradicción política que no podemos ignorar: quienes han cuestionado la necesidad de una respuesta específica pasan a tener responsabilidad institucional sobre una parte de esa misma respuesta. Esa contradicción exige vigilancia democrática, transparencia y evaluación permanente de los resultados.

No se trata de decir que todo lo que haga Vox vaya a perjudicar necesariamente a las víctimas, ni de atribuir de antemano a cada funcionario o profesional una determinada posición ideológica. Sería injusto y, además, jurídicamente poco riguroso. Se trata de algo mucho más sencillo que consiste simplemente en observar los hechos y exigir garantías. Habrá que comprobar qué ocurre con los presupuestos, cuántos profesionales trabajan en las unidades de valoración, cuánto tardan en emitirse los informes, qué formación reciben quienes atienden a las víctimas, qué recursos de asistencia psicológica y jurídica se mantienen, qué sucede con las casas de acogida, cómo se utilizan los fondos del Pacto de Estado y si se mantiene una respuesta especializada para las diferentes formas de violencia contra las mujeres.

También habrá que estar atentos al lenguaje institucional, porque las palabras pueden anticipar transformaciones más profundas. Si progresivamente dejamos de hablar de violencia de género para hablar únicamente de violencia doméstica o intrafamiliar, debemos preguntarnos qué consecuencias tiene ese cambio sobre las estadísticas, los protocolos, la formación profesional, la prevención, la identificación de los factores de riesgo y la propia percepción social del problema. No todo cambio terminológico implica automáticamente una pérdida de derechos, pero tampoco todo cambio terminológico es inocuo. Lo importante será comprobar qué políticas y obligaciones acompañan a ese lenguaje.

La negación de la violencia de género tiene precisamente ese peligro. Si negamos que exista una dimensión específica relacionada con el género, dejamos de buscar las causas específicas que la producen; si dejamos de identificar esas causas, podemos diseñar respuestas menos adecuadas; y si las respuestas dejan de ser adecuadas, quienes terminan pagando el precio no son quienes participan en los debates parlamentarios, sino las mujeres que necesitan ayuda cuando ya no pueden protegerse por sí mismas.

No quiero que se confunda esta preocupación con alarmismo. Precisamente porque hablamos de derechos humanos debemos ser capaces de distinguir entre lo que ya ha ocurrido, lo que el pacto establece y aquello que constituye un riesgo que todavía debe comprobarse. Hoy no podemos decir que el pacto PP-Vox haya eliminado los derechos de las mujeres víctimas de violencia de género, porque no es cierto. Tampoco podemos afirmar que las Unidades de Valoración Integral hayan sido eliminadas, porque siguen existiendo y, de hecho, fueron reforzadas en abril de 2026. Lo que sí podemos afirmar es que Vox ha defendido públicamente la derogación de la legislación específica, que ahora participa en el Gobierno andaluz y que el acuerdo incluye un mecanismo de revisión de leyes, organismos y ayudas que ambas formaciones consideran ideológicos, mientras determinadas competencias de Justicia han quedado bajo responsabilidad de este partido. 

Precisamente por eso debemos permanecer vigilantes. No necesitamos esperar a que desaparezca una ley para defenderla; no necesitamos esperar a que se reduzca un recurso para preguntar por su presupuesto; y no necesitamos esperar a que una mujer sea desatendida para exigir que existan profesionales suficientes. La prevención de cualquier retroceso democrático consiste precisamente en detectar a tiempo las decisiones que pueden debilitar los derechos y exigir explicaciones antes de que las consecuencias sean irreversibles.

Como sociedad, tenemos la obligación de recordar por qué se construyó este sistema de protección. No se construyó para perseguir a los hombres ni para establecer una guerra entre sexos, como sostiene parte del discurso político que cuestiona estas políticas. Se construyó porque durante demasiado tiempo miles de mujeres sufrieron violencia en silencio y porque las instituciones no fueron capaces de ofrecerles una respuesta adecuada. Y también se construyó porque comprendimos que la igualdad formal no bastaba cuando una mujer tenía miedo de abandonar a su pareja, cuando dependía económicamente de él o cuando sus hijos podían convertirse en instrumentos de control y violencia.

No olvidemos que proteger específicamente a las mujeres víctimas de violencia de género no significa negar la existencia de otras formas de violencia. Todas las víctimas merecen protección, independientemente de su sexo, edad o circunstancia. Precisamente por eso necesitamos políticas públicas capaces de identificar las características particulares de cada forma de violencia y responder adecuadamente a ellas, en lugar de borrar las diferencias bajo una única categoría que termine invisibilizando las causas específicas de determinadas agresiones.

Debemos estar atentos porque no podemos volver a una época en la que una mujer tenía que demostrar que lo que sucedía dentro de su casa era suficientemente grave para que alguien decidiera intervenir; no podemos regresar a un momento en el que los celos, el control o la violencia psicológica eran considerados asuntos privados; y no podemos permitir que la perspectiva de género sea presentada como una amenaza cuando, en realidad, ha sido una herramienta para hacer visible aquello que durante décadas permaneció oculto.

Porque detrás de cada expediente hay una mujer; detrás de cada valoración hay una historia que alguien necesita comprender; detrás de cada recurso hay una posibilidad de escapar; y detrás de cada decisión política existe una responsabilidad pública que no puede desaparecer simplemente porque cambie el partido que ocupa un despacho.

Por eso, ante el pacto entre el Partido Popular y Vox, no creo que debamos permanecer callados ni esperar pasivamente a comprobar qué sucede. Debemos observar, preguntar, exigir transparencia y defender con firmeza las estructuras que funcionan y los derechos que tanto costó conquistar. Debemos exigir que cualquier modificación administrativa preserve la especialización, la independencia profesional, la asistencia integral y la protección efectiva de las víctimas, y debemos denunciar cualquier retroceso cuando existan hechos que permitan acreditarlo.

Porque la violencia de género no desaparece cuando dejamos de nombrarla. Una mujer no deja de ser víctima porque una administración utilice otra palabra para describir lo que le ocurre; un menor no deja de sufrir porque cambiemos la categoría estadística de la violencia que presencia; y una mujer asesinada no vuelve a la vida porque alguien decida que el problema nunca tuvo una dimensión de género.

La negación no protege y la invisibilización tampoco. Lo que protege son los derechos, los recursos, la especialización, la prevención, la educación, la justicia y una sociedad que se niega a aceptar como normal aquello que nunca debió serlo.

Si quienes niegan la existencia de la violencia de género pasan a tener responsabilidades sobre parte de las estructuras destinadas a combatirla, entonces nuestra obligación como sociedad civil es todavía mayor. No para convertir la protección de las mujeres en una batalla partidista, sino para recordar algo que debería estar por encima de cualquier pacto de Gobierno. Y es que los derechos de las mujeres no pueden depender de quién ocupe una consejería.

Las mujeres tienen derecho a ser escuchadas, protegidas y creídas. Tienen derecho a una justicia especializada y a profesionales capaces de comprender la violencia que han sufrido; tienen derecho a reconstruir sus vidas y a hacerlo libres de miedo; y tienen derecho a que ningún cambio político convierta nuevamente la violencia que sufren en aquello que durante demasiado tiempo fue considerada: un problema privado que debía permanecer dentro de casa.

Cuando una sociedad deja de reconocer una violencia que sufren las mujeres, quienes primero quedan desprotegidas no son las instituciones ni los partidos. Son las mujeres.

Negar la violencia de género no hace que esta desaparezca. Solo consigue que sea más difícil reconocerla, denunciarla, combatirla y proteger a quienes la sufren.

No queremos más silencio frente a la violencia machista. 

Queremos mujeres vivas, libres e iguales.

Y sin violencia.