PALESTINA, EL ÚLTIMO VEREDICTO SOBRE LA IMPUNIDAD

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽 – Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Es de sobra conocido que la ONU ha documentado crímenes de guerra, exterminio, persecución, torturas y violencia sexual contra la población palestina. Sin embargo, tanto, Gaza continúa sufriendo actos genocidas y Cisjordania se precipita hacia una situación cada vez más insoportable.

El pasado 26 de octubre de 2026, Naciones Unidas hizo públicas unas conclusiones que deberían provocar una profunda reflexión en todos los gobiernos democráticos y, especialmente, en quienes todavía consideran que la defensa de los derechos humanos puede someterse a conveniencias geopolíticas. La Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado, incluida Jerusalén Este, e Israel ha concluido que las autoridades y las fuerzas israelíes han cometido crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad contra la población palestina. Entre estos últimos identifica exterminio, persecución, tortura, violación y otras formas de violencia sexual.

No estamos ante una simple declaración política ni ante una opinión aislada. Estamos ante las conclusiones de un organismo internacional de investigación que ha examinado testimonios, documentación, material audiovisual y diferentes evidencias para evaluar las actuaciones de las autoridades y fuerzas de seguridad israelíes desde octubre de 2023. Sus conclusiones forman parte del informe A/81/430, presentado a la Asamblea General de Naciones Unidas.

Pero en Cisjordania la población palestina también se está sufriendo una situación de violencia sistemática. La Comisión ha identificado un patrón de violencia contra la población civil palestina que no puede explicarse únicamente como consecuencia de operaciones militares puntuales. Así, entre el 7 de octubre de 2023 y el 30 de septiembre de 2026, 1.080 palestinos fueron asesinados por fuerzas israelíes en Cisjordania, incluida Jerusalén Este, y otros 10.940 resultaron heridos. De las personas fallecidas, al menos 237 eran niños.

Hay otro dato particularmente revelador acerca del incremento de la violencia. Entre 2008 y el 6 de octubre de 2023, seis palestinos murieron como consecuencia de ataques aéreos en Cisjordania. Desde el 7 de octubre de 2023 hasta el 30 de septiembre de 2026, esa cifra ascendió a 254. Por ello, la Comisión considera que las operaciones militares israelíes y la violencia de los colonos forman parte de un ataque generalizado y sistemático contra la población civil. Y también denuncia unas reglas de enfrentamiento que permiten utilizar fuerza letal contra palestinos en circunstancias en las que no existiría una amenaza real e inminente.

Especialmente estremecedoras son las conclusiones relativas a la tortura y la violencia sexual ejercidas contra personas detenidas. La investigación ha verificado cuatro nuevos casos de violencia sexual en centros de detención israelíes desde el informe anterior de marzo de 2025. Entre ellos figuran agresiones sexuales mediante objetos, violencia genital, desnudez forzada, amenazas de violación y registros corporales invasivos sin justificación aparente. También ha documentado seis casos adicionales de violencia sexual y tortura contra hombres palestinos detenidos en el centro militar de Sde Teiman. Estas prácticas no constituyen episodios aislados, sino que forman parte de un patrón de violencia destinado a humillar, someter, castigar y desestabilizar a la población palestina.

Pero las conclusiones relativas a Gaza, donde el alto el fuego no ha terminado con el sufrimiento de la población gazatí, son igualmente demoledoras. El informe señala que, después del alto el fuego de octubre de 2025, los ataques israelíes continuaron mediante bombardeos, fuego de artillería, drones y disparos contra la población palestina. Hasta el 30 de septiembre de 2026, la Comisión contabilizaba 1.431 palestinos muertos y 5.026 heridos desde el comienzo del alto el fuego. Entre las personas fallecidas había al menos 300 niños y 130 mujeres.

También ha advertido de la expansión del territorio bajo control israelí. La denominada Línea Amarilla, inicialmente concebida como una delimitación temporal, ha ido adquiriendo características de frontera de facto. El territorio controlado por Israel habría pasado del 53 % previsto inicialmente a al menos al 60 % de la superficie de Gaza. Con ello, la Comisión considera que las autoridades israelíes y sus fuerzas continúan cometiendo actos genocidas con la intención de destruir, total o parcialmente, al pueblo palestino de Gaza. Esta conclusión se apoya también en los hallazgos anteriores del propio organismo sobre el genocidio.

Pero, ¿qué significa jurídicamente todo esto? Conviene detenerse en este punto. Los crímenes de guerra, los crímenes contra la humanidad y el genocidio son categorías jurídicas diferentes. Por un lado, los crímenes de guerra implican violaciones graves del Derecho internacional humanitario cometidas en relación con un conflicto armado. Por otro, los crímenes contra la humanidad requieren la existencia de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil, con conocimiento de dicho ataque. Finalmente, el genocidio exige un elemento adicional especialmente importante, la intención específica de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal.

La Comisión considera que existen elementos para identificar estas conductas y que el genocidio continúa en Gaza. No obstante, sus conclusiones no equivalen a una sentencia penal ni sustituyen una resolución judicial de la Corte Internacional de Justicia. Pero, en cualquier caso, esta distinción no resta gravedad a los hallazgos. Al contrario, permite comprender su alcance jurídico y la necesidad de que se traduzcan en actuaciones judiciales efectivas. No olvidemos que, además, que la Corte Internacional de Justicia ya declaró en su opinión consultiva de 19 de julio de 2024 que la presencia continuada de Israel en el territorio palestino ocupado es ilegal.

Pero la responsabilidad internacional no puede quedarse en el papel. La Comisión ha formulado recomendaciones dirigidas a Israel, a las autoridades palestinas y al conjunto de la comunidad internacional. Entre otras cuestiones, reclama el fin de la ocupación ilegal, el cese de las actividades de asentamiento, la protección efectiva de la población civil, investigaciones independientes y el enjuiciamiento de los responsables. También pide a los Estados que investiguen y persigan los delitos internacionales cuando sus ordenamientos jurídicos lo permitan o exijan, incluso mediante mecanismos de jurisdicción universal, y que cooperen con la Corte Penal Internacional.

Como era de esperar, Israel ha rechazado las conclusiones de la Comisión, calificándolas de desinformación destinada a demonizar al país y cuestionando la legitimidad del organismo investigador. Sin embargo, el informe sigue siendo una documentación institucional que merece un examen riguroso y no puede descartarse simplemente por resultar políticamente incómoda. Y tampoco debemos olvidar que la Comisión ha señalado vulneraciones de derechos humanos cometidas por las fuerzas de seguridad de la Autoridad Palestina, reclamando investigaciones independientes y protección para periodistas y defensores de derechos humanos. La defensa de los derechos fundamentales no admite excepciones por afinidades políticas.

Desgraciadamente, nos estamos acostumbrando al horror. ¿De qué sirve construir un sistema internacional de protección de los derechos humanos si, cuando se producen algunas de las vulneraciones más graves imaginables, la respuesta de los Estados continúa dependiendo de sus alianzas, intereses económicos y conveniencias estratégicas? No se trata de justificar los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023, ni de negar el sufrimiento de las víctimas israelíes, ni de cuestionar el derecho de la población israelí a vivir en seguridad. Se trata precisamente de defender un principio que debería ser innegociable. Ninguna atrocidad justifica otra atrocidad y ninguna víctima pierde su condición humana por su nacionalidad, religión, origen o pertenencia colectiva. Los niños palestinos no son responsables de Hamás; las familias israelíes no son responsables de las decisiones de su Gobierno; y la población civil nunca puede convertirse en objetivo legítimo de una política de castigo colectivo.

La comunidad internacional tiene obligaciones jurídicas y morales. No basta con expresar preocupación, convocar reuniones extraordinarias o aprobar resoluciones que después quedan olvidadas en los archivos diplomáticos. Hay que actuar, investigar, exigir responsabilidades, proteger a las víctimas y garantizar que los responsables de los crímenes respondan ante la justicia.

La impunidad no puede convertirse en una forma de gobierno ni en un privilegio reservado a quienes tienen suficiente poder militar o respaldo diplomático.

Los derechos humanos no se defienden seleccionando a las víctimas, se defienden precisamente cuando hacerlo resulta más incómodo.

La justicia no puede tener nacionalidad, y la dignidad humana no puede depender de quién tenga el poder de arrebatártela.

En Palestina se está desangrando desde hace tiempo.

Nos encontramos ante un genocidio.

Y lo estamos permitiendo.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
PALESTINE, THE FINAL VERDICT ON IMPUNITY

It is widely known that the United Nations has documented war crimes, extermination, persecution, torture and sexual violence against the Palestinian population. And yet Gaza continues to suffer genocidal acts, while the situation in the West Bank is becoming increasingly unbearable.

On 26 October 2026, the United Nations published findings that should give every democratic government serious cause for reflection, particularly those that still believe the defence of human rights can be subordinated to geopolitical interests. The United Nations Independent International Commission of Inquiry on the Occupied Palestinian Territory, including East Jerusalem, and Israel has concluded that Israeli authorities and forces have committed war crimes and crimes against humanity against the Palestinian population. The latter include extermination, persecution, torture, rape and other forms of sexual violence.

This is not simply a political statement or an isolated opinion. These are the findings of an international investigative body that has examined testimonies, documents, audiovisual material and various forms of evidence to assess the actions of Israeli authorities and security forces since October 2023. Its findings form part of report A/81/430, submitted to the United Nations General Assembly.

But the Palestinian population in the West Bank is also experiencing systematic violence. The Commission has identified a pattern of violence against Palestinian civilians that cannot be explained merely as the result of isolated military operations. Between 7 October 2023 and 30 September 2026, 1,080 Palestinians were killed by Israeli forces in the West Bank, including East Jerusalem, and a further 10,940 were injured. At least 237 of those killed were children.

Another particularly revealing figure illustrates the escalation of violence. Between 2008 and 6 October 2023, six Palestinians were killed as a result of airstrikes in the West Bank. From 7 October 2023 to 30 September 2026, that figure rose to 254. For this reason, the Commission considers that Israeli military operations and settler violence form part of a widespread and systematic attack against the civilian population. It also condemns rules of engagement that allow lethal force to be used against Palestinians in circumstances where there is no real and imminent threat.

The findings concerning torture and sexual violence against detainees are particularly disturbing. The investigation has verified four new cases of sexual violence in Israeli detention facilities since the previous report in March 2025. These include sexual assaults involving objects, genital violence, forced nudity, threats of rape and invasive body searches without apparent justification. It has also documented six additional cases of sexual violence and torture against Palestinian men detained at the Sde Teiman military facility. These practices are not isolated incidents. They form part of a pattern of violence intended to humiliate, subjugate, punish and destabilise the Palestinian population.

However, the findings concerning Gaza are equally devastating, as the ceasefire has done nothing to end the suffering of its population. The report states that, following the October 2025 ceasefire, Israeli attacks continued through airstrikes, artillery fire, drone attacks and gunfire directed at the Palestinian population. By 30 September 2026, the Commission had recorded 1,431 Palestinians killed and 5,026 injured since the beginning of the ceasefire. At least 300 children and 130 women were among those killed.

The Commission has also warned about the expansion of the territory under Israeli control. The so called Yellow Line, initially conceived as a temporary boundary, has gradually taken on the characteristics of a de facto border. The territory under Israeli control is reported to have increased from the initially envisaged 53 per cent to at least 60 per cent of the Gaza Strip. Consequently, the Commission considers that Israeli authorities and their forces continue to commit genocidal acts with the intention of destroying, in whole or in part, the Palestinian people in Gaza. This conclusion also builds on the Commission’s previous findings concerning genocide.

But what does all this mean in legal terms? This is a point worth examining carefully. War crimes, crimes against humanity and genocide are distinct legal categories. On the one hand, war crimes involve serious violations of international humanitarian law committed in connection with an armed conflict. On the other, crimes against humanity require the existence of a widespread or systematic attack directed against a civilian population, with knowledge of that attack. Finally, genocide requires an additional and particularly significant element, the specific intent to destroy, in whole or in part, a national, ethnic, racial or religious group as such.

The Commission considers that there are sufficient grounds to identify these crimes and that genocide is continuing in Gaza. Nevertheless, its findings do not amount to a criminal conviction, nor do they replace a judicial ruling by the International Court of Justice. In any event, this distinction does not diminish the seriousness of the findings. On the contrary, it helps us understand their legal significance and the need for them to lead to effective judicial action. We must also remember that, in its advisory opinion of 19 July 2024, the International Court of Justice already declared Israel’s continued presence in the Occupied Palestinian Territory unlawful.

But international responsibility cannot remain confined to words on paper. The Commission has issued recommendations addressed to Israel, the Palestinian authorities and the international community as a whole. Among other measures, it calls for an end to the unlawful occupation, an end to settlement activities, effective protection for civilians, independent investigations and the prosecution of those responsible. It also urges States to investigate and prosecute international crimes whenever their domestic legal systems allow or require them to do so, including through universal jurisdiction mechanisms, and to cooperate with the International Criminal Court.

As expected, Israel has rejected the Commission’s findings, describing them as disinformation intended to demonise the country and questioning the legitimacy of the investigative body. Nevertheless, this report remains an institutional document that deserves serious scrutiny and cannot simply be dismissed because its conclusions are politically inconvenient. Nor should we forget that the Commission has also identified human rights violations committed by Palestinian Authority security forces, calling for independent investigations and protection for journalists and human rights defenders. The defence of fundamental rights cannot be subject to exceptions based on political sympathies.

Sadly, we are becoming accustomed to horror. What is the point of building an international system for the protection of human rights if, when some of the most serious violations imaginable take place, the response of States continues to depend on their alliances, economic interests and strategic considerations? This is not about justifying Hamas’s attacks on 7 October 2023, denying the suffering of Israeli victims or questioning the right of the Israeli population to live in safety. It is precisely about defending a principle that should never be negotiable. No atrocity justifies another atrocity, and no victim loses their humanity because of their nationality, religion, origin or collective identity. Palestinian children are not responsible for Hamas. Israeli families are not responsible for the decisions of their government. And civilians must never become legitimate targets of a policy of collective punishment.

The international community has legal and moral obligations. Expressing concern, convening emergency meetings or adopting resolutions that are later forgotten in diplomatic archives is not enough. Action is needed. Investigations must be carried out, accountability must be demanded, victims must be protected and those responsible for these crimes must be brought to justice.

Impunity must never become a form of government or a privilege reserved for those with sufficient military power or diplomatic support.

Human rights are not defended by choosing which victims deserve protection. They are defended precisely when doing so becomes most uncomfortable.

Justice must have no nationality, and human dignity must never depend on who has the power to take it away.

Palestine has been bleeding for far too long.

We are facing a genocide.

And we are allowing it to happen.

POLONIA, UNA DEMOCRACIA EN CONFLICTO

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽 – Written in 🇬🇧🇺🇸 – Napisane po 🇵🇱🇱🇹 )

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

La batalla por el Tribunal Constitucional polaco vuelve a situar a Europa ante una pregunta incómoda. ¿Quién garantiza los derechos fundamentales cuando las propias instituciones encargadas de protegerlos se convierten en protagonistas de una crisis constitucional?

Polonia vuelve a estar en el centro de una profunda crisis institucional que debería preocupar a toda Europa. Lo que está sucediendo estos días en Varsovia no es simplemente un enfrentamiento entre el Gobierno de Donald Tusk y el presidente de la República, Karol Nawrocki. Estamos ante una disputa de enorme trascendencia jurídica que afecta a la independencia judicial, la separación de poderes, la legitimidad de las instituciones democráticas y, sobre todo, a las garantías que permiten proteger los derechos fundamentales de la ciudadanía. El conflicto ha alcanzado un nuevo punto de tensión entre el 30 y el 31 de octubre de 2026, con enfrentamientos alrededor del Tribunal Constitucional, concentraciones ciudadanas, presencia policial y acusaciones cruzadas de vulneración del orden constitucional.

Para comprender lo que está ocurriendo debemos retroceder hasta 2015, cuando el entonces Gobierno del partido nacionalconservador Ley y Justicia (PiS) inició una profunda transformación del sistema judicial polaco. Aquellas reformas fueron cuestionadas reiteradamente por las instituciones europeas, que advirtieron sobre la creciente influencia del poder político en el nombramiento de jueces y el debilitamiento de las garantías de independencia judicial.

La llegada de Donald Tusk al Gobierno en diciembre de 2023 abrió una nueva etapa. Su coalición convirtió la recuperación del Estado de derecho en una de sus principales prioridades. Sin embargo, la reconstrucción institucional ha resultado mucho más complicada de lo previsto, especialmente por la resistencia de determinados sectores judiciales y la confrontación con la Presidencia de la República.

El Tribunal Constitucional se ha convertido en el epicentro de esta batalla. Durante marzo de 2026, el Parlamento polaco eligió seis nuevos magistrados para cubrir vacantes en el Tribunal Constitucional. El presidente Nawrocki aceptó el juramento de dos de ellos, pero rechazó facilitar la incorporación de los restantes. Cuatro de los magistrados afectados terminaron prestando juramento el 9 de abril ante representantes parlamentarios y remitieron posteriormente la documentación a la Presidencia. El problema es que el Tribunal Constitucional y su presidencia se negaron a reconocer plenamente su incorporación, impidiendo que ejercieran sus funciones jurisdiccionales.

La controversia llegó hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. El 6 de mayo de 2026, Estrasburgo adoptó una medida provisional en el asunto Dziurda y otros contra Polonia, solicitando a las autoridades polacas que no obstaculizaran el ejercicio de las funciones judiciales de los cuatro magistrados afectados. Conviene precisar que estamos ante una medida cautelar, no ante una sentencia definitiva sobre el fondo del asunto. Sin embargo, su importancia institucional es considerable.

El Consejo de Europa también ha intervenido a través de su Comisión de Venecia. En octubre de 2026 publicó un dictamen sobre las competencias presidenciales en el nombramiento de magistrados y la prestación de juramento. Su interpretación limita la posibilidad de convertir la intervención presidencial en un mecanismo de bloqueo de los nombramientos judiciales. La cuestión fundamental es que el Parlamento tiene competencias constitucionales para elegir a los integrantes del Tribunal y la Presidencia no puede transformar sus atribuciones en un instrumento de control político sobre la composición judicial.

La situación se agravó el pasado 30 de octubre. La magistrada Anna Korwin-Piotrowska anunció la suspensión temporal de las funciones del presidente del Tribunal Constitucional, Bogdan Święczkowski, y del vicepresidente, Bartłomiej Sochański, asumiendo la dirección de la institución. La decisión fue rechazada por los afectados y por los sectores próximos al PiS. La confrontación terminó trasladándose físicamente a la sede del Tribunal, donde se produjeron incidentes, protestas y un importante despliegue policial. El presidente Nawrocki calificó lo sucedido de toma ilegal de una institución constitucional, mientras que el Gobierno defendió sus actuaciones como parte de los esfuerzos para recuperar la independencia judicial. El primer ministro Donald Tusk ha insistido en que restaurar el Estado de derecho no significa aceptar actuaciones ilegales ni episodios de violencia.

¿Qué significa todo esto desde una perspectiva jurídica europea y de derechos humanos? En primer lugar, debemos recordar que el artículo 2 del Tratado de la Unión Europea establece que el respeto a la dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad, el Estado de derecho y los derechos humanos constituyen valores fundamentales de la Unión. No son declaraciones programáticas ni recomendaciones políticas. Son compromisos jurídicos que vinculan a todos los Estados miembros.

Por su parte, el artículo 19 del mismo Tratado exige que los Estados garanticen una tutela judicial efectiva en los ámbitos cubiertos por el Derecho de la Unión. El artículo 47 de la Carta de Derechos Fundamentales reconoce, cuando resulta aplicable el Derecho de la Unión, el derecho a la tutela judicial efectiva y a un juez independiente e imparcial. Esto tiene consecuencias directas sobre la vida de las personas. Sin jueces independientes no existe una garantía suficientemente sólida frente a las decisiones arbitrarias del poder. Tampoco puede garantizarse adecuadamente la protección de las víctimas de discriminación, las minorías, las personas LGTBIQ+, las mujeres, los menores o quienes sufren vulneraciones de sus libertades fundamentales.

En diciembre de 2025, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea dictó una sentencia especialmente relevante en el asunto C-448/23, Comisión contra Polonia. Declaró que Polonia había incumplido obligaciones europeas al cuestionar principios esenciales del ordenamiento jurídico de la Unión y concluyó que determinadas irregularidades en los nombramientos impedían considerar al Tribunal Constitucional polaco un órgano independiente e imparcial establecido por la ley.

No estamos, por tanto, ante una preocupación política abstracta. Existe un pronunciamiento judicial europeo que acredita la gravedad de algunos de los problemas estructurales del sistema judicial polaco.

Ahora bien, tampoco podemos cometer el error de considerar que cualquier actuación del Gobierno de Tusk queda automáticamente legitimada por su propósito de restaurar la independencia judicial. El Estado de derecho obliga a todos los poderes públicos, incluidos aquellos que pretenden repararlo. La legalidad de los procedimientos, el respeto a las competencias constitucionales y las garantías procesales deben mantenerse incluso cuando existe una necesidad urgente de transformación institucional.

Europa debe exigir responsabilidades, pero también coherencia. Lo que sucede en Polonia nos recuerda que una democracia no se mide exclusivamente por la celebración periódica de elecciones. Se mide por la capacidad de sus instituciones para limitar el poder, proteger a quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad y garantizar que ninguna persona quede desprotegida frente a las decisiones arbitrarias de quienes gobiernan.

La independencia judicial no es un privilegio de los jueces. Es una garantía de la ciudadanía. Y cuando esa garantía se debilita, no solamente peligra la arquitectura constitucional de un Estado. También se resiente la protección de todos los derechos que hacen posible una sociedad verdaderamente libre, igualitaria y democrática.

Porque el Estado de derecho no puede depender de quién ocupa el Gobierno, de quién controla el Parlamento o de quién reside en el palacio presidencial. Debe permanecer por encima de todos ellos. Una democracia sin justicia independiente puede conservar sus instituciones, sus elecciones y sus discursos, pero corre el riesgo de perder aquello que verdaderamente la hace democrática.

Una democracia solo lo es realmente cuando el poder está sometido a la ley, la justicia es independiente y los derechos humanos no dependen de la voluntad de quienes gobiernan, sino que están garantizados frente a cualquier poder.

Eso es precisamente lo que está en riesgo.

La libertad de toda una sociedad.

🇵🇱POLSKI🇱🇹

POLSKA, DEMOKRACJA W STANIE KONFLIKTU

Walka o polski Trybunał Konstytucyjny ponownie stawia Europę wobec niewygodnego pytania. Kto stoi na straży praw podstawowych, gdy instytucje powołane do ich ochrony same stają się uczestnikami kryzysu konstytucyjnego?

Polska ponownie znalazła się w centrum głębokiego kryzysu instytucjonalnego, który powinien budzić niepokój całej Europy. To, co dzieje się obecnie w Warszawie, nie jest jedynie konfliktem między rządem Donalda Tuska a prezydentem Rzeczypospolitej Polskiej Karolem Nawrockim. Jest to spór o ogromnym znaczeniu prawnym, dotyczący niezależności sądownictwa, podziału władzy, legitymacji instytucji demokratycznych, a przede wszystkim gwarancji zapewniających ochronę podstawowych praw obywateli. Konflikt osiągnął nowy poziom napięcia między 30 a 31 października 2026 roku. Doszło wówczas do starć w pobliżu Trybunału Konstytucyjnego, demonstracji publicznych, interwencji policji oraz wzajemnych oskarżeń o naruszanie porządku konstytucyjnego.

Aby zrozumieć obecną sytuację, należy cofnąć się do 2015 roku, kiedy ówczesny rząd konserwatywno-narodowej partii Prawo i Sprawiedliwość (PiS) rozpoczął daleko idącą przebudowę polskiego systemu sądownictwa. Reformy te były wielokrotnie kwestionowane przez instytucje europejskie, które ostrzegały przed rosnącym wpływem władzy politycznej na powoływanie sędziów oraz osłabianiem gwarancji niezależności sądownictwa.

Powrót Donalda Tuska do władzy w grudniu 2023 roku otworzył nowy rozdział. Jego koalicja uczyniła przywrócenie praworządności jednym ze swoich głównych priorytetów. Jednak odbudowa instytucji okazała się znacznie trudniejsza, niż początkowo zakładano, zwłaszcza ze względu na opór części środowiska sędziowskiego oraz konflikt z Prezydentem RP.

Trybunał Konstytucyjny stał się epicentrum tego sporu. W marcu 2026 roku polski parlament wybrał sześciu nowych sędziów na wakujące stanowiska w Trybunale Konstytucyjnym. Prezydent Nawrocki odebrał ślubowanie od dwóch z nich, ale odmówił umożliwienia objęcia stanowisk pozostałym. Czterech sędziów, których dotyczył spór, złożyło ostatecznie ślubowanie 9 kwietnia przed przedstawicielami parlamentu, a następnie przekazało odpowiednią dokumentację do Kancelarii Prezydenta. Problem polega na tym, że Trybunał Konstytucyjny i jego kierownictwo odmówiły pełnego uznania ich statusu, uniemożliwiając im wykonywanie obowiązków orzeczniczych.

Spór trafił do Europejskiego Trybunału Praw Człowieka. 6 maja 2026 roku Trybunał w Strasburgu zastosował środek tymczasowy w sprawie Dziurda i inni przeciwko Polsce, zwracając się do polskich władz o nieutrudnianie czterem sędziom wykonywania ich obowiązków orzeczniczych.

Należy podkreślić, że był to środek tymczasowy, a nie ostateczny wyrok rozstrzygający istotę sprawy. Niemniej jednak jego znaczenie instytucjonalne jest bardzo duże.

Rada Europy również zabrała głos za pośrednictwem Komisji Weneckiej. W październiku 2026 roku opublikowała ona opinię dotyczącą uprawnień prezydenta w zakresie powoływania sędziów i przyjmowania od nich ślubowania. Przedstawiona interpretacja ogranicza możliwość wykorzystywania udziału prezydenta jako narzędzia blokowania nominacji sędziowskich. Zasadnicze znaczenie ma fakt, że parlament posiada konstytucyjne kompetencje do wyboru członków Trybunału, a Prezydent RP nie może przekształcać swoich uprawnień w instrument politycznej kontroli nad składem sądu konstytucyjnego.

Sytuacja uległa dalszemu pogorszeniu 30 października. Sędzia Anna Korwin-Piotrowska ogłosiła czasowe zawieszenie w wykonywaniu obowiązków prezesa Trybunału Konstytucyjnego Bogdana Święczkowskiego oraz wiceprezesa Bartłomieja Sochańskiego, przejmując kierowanie instytucją. Decyzja ta spotkała się ze sprzeciwem osób bezpośrednio nią objętych oraz środowisk politycznych związanych z PiS.

Konfrontacja przeniosła się ostatecznie do siedziby Trybunału, gdzie doszło do incydentów i protestów, a na miejscu pojawiły się znaczne siły policyjne. Prezydent Nawrocki określił te wydarzenia jako nielegalne przejęcie instytucji konstytucyjnej, podczas gdy rząd bronił swoich działań jako elementu wysiłków na rzecz przywrócenia niezależności sądownictwa. Premier Donald Tusk podkreślił, że przywracanie praworządności nie oznacza akceptowania działań niezgodnych z prawem ani aktów przemocy.

Co to wszystko oznacza z punktu widzenia europejskiego porządku prawnego i ochrony praw człowieka? Przede wszystkim należy pamiętać, że art. 2 Traktatu o Unii Europejskiej ustanawia poszanowanie godności człowieka, wolności, demokracji, równości, praworządności i praw człowieka jako podstawowe wartości Unii. Nie są to jedynie deklaracje polityczne ani niewiążące zalecenia. Są to zobowiązania prawne, które wiążą wszystkie państwa członkowskie.

Z kolei art. 19 tego samego traktatu zobowiązuje państwa członkowskie do zapewnienia skutecznej ochrony sądowej w dziedzinach objętych prawem Unii Europejskiej. Art. 47 Karty praw podstawowych Unii Europejskiej gwarantuje, w zakresie stosowania prawa UE, prawo do skutecznego środka prawnego oraz do rozpatrzenia sprawy przez niezawisły i bezstronny sąd.

Ma to bezpośredni wpływ na życie ludzi. Bez niezależnych sędziów nie istnieją wystarczająco silne gwarancje ochrony przed arbitralnym sprawowaniem władzy. Nie można również właściwie zagwarantować ochrony ofiar dyskryminacji, mniejszości, osób LGBTIQ+, kobiet, dzieci ani wszystkich tych, których podstawowe wolności zostały naruszone.

W grudniu 2025 roku Trybunał Sprawiedliwości Unii Europejskiej wydał szczególnie istotny wyrok w sprawie C-448/23, Komisja przeciwko Polsce. Stwierdził, że Polska naruszyła swoje zobowiązania europejskie, kwestionując podstawowe zasady porządku prawnego Unii. Uznał również, że określone nieprawidłowości związane z powoływaniem sędziów uniemożliwiają uznanie polskiego Trybunału Konstytucyjnego za niezależny i bezstronny sąd ustanowiony na mocy ustawy.

Nie mamy zatem do czynienia z abstrakcyjnym problemem politycznym. Istnieje orzeczenie europejskiego sądu potwierdzające powagę niektórych strukturalnych problemów polskiego systemu sądownictwa.

Nie możemy jednak popełniać błędu polegającego na założeniu, że każde działanie rządu Donalda Tuska jest automatycznie uzasadnione tylko dlatego, że jego deklarowanym celem jest przywrócenie niezależności sądownictwa. Zasada praworządności wiąże wszystkie organy władzy publicznej, również te, które dążą do jej odbudowy. Legalność procedur, poszanowanie kompetencji konstytucyjnych oraz gwarancje procesowe muszą być zachowane nawet wtedy, gdy reforma instytucjonalna jest pilnie potrzebna.

Europa musi domagać się odpowiedzialności, ale również konsekwencji w przestrzeganiu zasad. To, co dzieje się w Polsce, przypomina nam, że demokracji nie można oceniać wyłącznie na podstawie regularnie przeprowadzanych wyborów. Jej miarą jest również zdolność instytucji do ograniczania władzy politycznej, ochrony osób znajdujących się w trudnej sytuacji oraz zapewnienia, że nikt nie pozostanie bezbronny wobec arbitralnych decyzji rządzących.

Niezależność sądownictwa nie jest przywilejem sędziów. Jest gwarancją przysługującą każdemu obywatelowi. Kiedy ta gwarancja zostaje osłabiona, zagrożona jest nie tylko konstytucyjna struktura państwa. Osłabieniu ulega również ochrona wszystkich praw, które umożliwiają funkcjonowanie społeczeństwa rzeczywiście wolnego, równego i demokratycznego.

Praworządność nie może zależeć od tego, kto sprawuje władzę wykonawczą, kto kontroluje parlament ani kto zasiada w Pałacu Prezydenckim. Musi stać ponad nimi wszystkimi. Demokracja pozbawiona niezależnego sądownictwa może zachować swoje instytucje, wybory i polityczną retorykę, ale ryzykuje utratę tego, co naprawdę czyni ją demokracją.

Demokracja jest prawdziwie demokratyczna tylko wtedy, gdy władza podlega prawu, sądownictwo pozostaje niezależne, a prawa człowieka nie zależą od woli rządzących, lecz są chronione przed każdą formą nadużywania władzy.

Właśnie to jest dziś zagrożone.

Wolność całego społeczeństwa.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

POLAND, A DEMOCRACY IN CONFLICT

The battle over Poland’s Constitutional Tribunal has once again confronted Europe with an uncomfortable question. Who safeguards fundamental rights when the very institutions entrusted with protecting them become central players in a constitutional crisis?

Poland is once again at the centre of a profound institutional crisis that should concern all of Europe. What is happening in Warsaw these days is not simply a confrontation between the government of Donald Tusk and the President of the Republic, Karol Nawrocki. It is a dispute of enormous legal significance, affecting judicial independence, the separation of powers, the legitimacy of democratic institutions and, above all, the safeguards that protect the fundamental rights of citizens. The conflict reached a new level of tension between 30 and 31 October 2026, with clashes around the Constitutional Tribunal, public demonstrations, a police presence and mutual accusations of violating the constitutional order.

To understand what is happening, we must go back to 2015, when the then government of the national conservative Law and Justice party (PiS) began a far reaching transformation of the Polish judicial system. These reforms were repeatedly challenged by European institutions, which warned about the growing influence of political power over judicial appointments and the weakening of safeguards protecting judicial independence.

Donald Tusk’s return to government in December 2023 opened a new chapter. His coalition made restoring the rule of law one of its main priorities. However, rebuilding the institutional framework has proved far more complicated than expected, particularly because of resistance from certain sectors of the judiciary and the confrontation with the Presidency.

The Constitutional Tribunal has become the epicentre of this battle. In March 2026, the Polish Parliament elected six new judges to fill vacancies on the Constitutional Tribunal. President Nawrocki accepted the oaths of office of two of them but refused to facilitate the appointment of the remaining judges. Four of the judges concerned eventually took their oaths before parliamentary representatives on 9 April and subsequently submitted the relevant documentation to the Presidency. The problem is that the Constitutional Tribunal and its leadership refused to fully recognise their appointments, preventing them from exercising their judicial functions.

The dispute reached the European Court of Human Rights. On 6 May 2026, the Strasbourg Court issued an interim measure in the case of Dziurda and Others v. Poland, asking the Polish authorities not to obstruct the four judges from performing their judicial duties. It is important to clarify that this was an interim measure, not a final judgment on the merits of the case. Nevertheless, its institutional significance is considerable.

The Council of Europe has also intervened through its Venice Commission. In October 2026, it published an opinion on presidential powers concerning the appointment of judges and the administration of their oaths of office. Its interpretation limits the possibility of using presidential involvement as a means of blocking judicial appointments. The fundamental point is that Parliament has constitutional powers to elect members of the Tribunal, and the Presidency cannot turn its constitutional powers into an instrument of political control over the composition of the judiciary.

The situation deteriorated further on 30 October. Judge Anna Korwin-Piotrowska announced the temporary suspension of the duties of the President of the Constitutional Tribunal, Bogdan Święczkowski, and its Vice President, Bartłomiej Sochański, taking over the leadership of the institution. The decision was rejected by those concerned and by political circles close to PiS.

The confrontation eventually moved to the Tribunal’s headquarters, where incidents and protests took place, accompanied by a significant police deployment. President Nawrocki described what had happened as an illegal takeover of a constitutional institution, while the government defended its actions as part of its efforts to restore judicial independence. Prime Minister Donald Tusk has insisted that restoring the rule of law does not mean accepting unlawful actions or acts of violence.

What does all this mean from a European legal and human rights perspective? First, we must remember that Article 2 of the Treaty on European Union establishes respect for human dignity, freedom, democracy, equality, the rule of law and human rights as fundamental values of the Union. These are not merely political declarations or recommendations. They are legal commitments binding on all Member States.

Article 19 of the same Treaty requires Member States to ensure effective judicial protection in the fields covered by EU law. Article 47 of the Charter of Fundamental Rights recognises, where EU law applies, the right to an effective remedy and to a fair hearing before an independent and impartial tribunal.

This has direct consequences for people’s lives. Without independent judges, there can be no sufficiently robust safeguard against arbitrary exercises of power. Nor can the protection of victims of discrimination, minorities, LGBTIQ+ people, women, children or anyone whose fundamental freedoms have been violated be properly guaranteed.

In December 2025, the Court of Justice of the European Union delivered a particularly significant judgment in Case C-448/23, Commission v Poland. It found that Poland had breached its European obligations by challenging essential principles of the EU legal order. It also concluded that certain irregularities in judicial appointments prevented the Polish Constitutional Tribunal from being regarded as an independent and impartial tribunal established by law.

We are therefore not dealing with an abstract political concern. There is a European judicial ruling demonstrating the seriousness of some of the structural problems affecting the Polish judicial system.

However, we must also avoid the mistake of assuming that every action taken by Tusk’s government is automatically legitimate simply because its stated purpose is to restore judicial independence. The rule of law binds all public authorities, including those seeking to restore it. Lawful procedures, respect for constitutional powers and procedural safeguards must be maintained even when institutional reform is urgently needed.

Europe must demand accountability, but also consistency. What is happening in Poland reminds us that democracy cannot be measured solely by the periodic holding of elections. It must also be measured by the ability of institutions to limit political power, protect those in vulnerable situations and ensure that nobody is left defenceless against arbitrary decisions by those in government.

Judicial independence is not a privilege enjoyed by judges. It is a safeguard for every citizen. And when that safeguard is weakened, it is not only a country’s constitutional framework that is endangered. The protection of all the rights that make a truly free, equal and democratic society possible is also undermined.

The rule of law cannot depend on who occupies the government, who controls Parliament or who resides in the presidential palace. It must stand above them all. A democracy without an independent judiciary may retain its institutions, its elections and its political rhetoric, but it risks losing what truly makes it democratic.

A democracy is only truly democratic when power is subject to the law, the judiciary is independent and human rights do not depend on the wishes of those in government, but are protected against every form of power.

That is precisely what is at stake.

The freedom of an entire society.

EL AMOR QUE LA HISTORIA QUISO SILENCIAR

Ayer fui a ver “La bola negra”, la película de Javier Calvo y Javier Ambrossi, y he salido de la sala con esa mezcla de emociones que dejan las historias que, de alguna manera, también hablan de nosotros. De quienes fuimos, de quienes nos precedieron y de todas aquellas personas que tuvieron que aprender a vivir sus sentimientos en una sociedad que no siempre les permitió hacerlo libremente.

Reconozco que los directores de esta película nunca me han llamado particularmente la atención. Sin embargo, tengo que admitir que han conseguido tocarme el corazón en varios momentos de la película. Quizá porque han sabido acercarse a una realidad que me interpela personalmente, quizá porque hay historias que, cuando se cuentan desde la sensibilidad, consiguen atravesar cualquier prejuicio o expectativa que podamos tener. Y esta lo ha conseguido.

La película me ha hecho pensar mucho en Federico García Lorca, en su vida, en sus sentimientos y en aquella España en la que amar a alguien del mismo sexo podía convertirse en motivo de vergüenza, persecución, rechazo o silencio. Una España en la que demasiadas personas tuvieron que esconder una parte fundamental de sí mismas para sobrevivir. La película recupera precisamente esa memoria y conecta distintas generaciones a través del deseo, el dolor, la identidad y las heridas que deja la intolerancia.

Quizá también por eso Lorca ocupa un lugar especial en mis recuerdos. Cuando era adolescente, coincidiendo con el centenario de su nacimiento, participé en un pequeño grupo de teatro en el que tuve la oportunidad de recitar algunos poemas del Romancero gitano. Recuerdo aquella experiencia con muchísimo cariño. Fue entonces cuando conocí verdaderamente a Lorca, cuando descubrí que detrás de aquellos versos había mucho más que literatura. Sentía que algunas veces, a través de sus poemas, me hablaba directamente a mí. Como si sus palabras hubieran atravesado el tiempo para encontrarme, para poner nombre a sentimientos que quizá yo todavía no sabía expresar. Hoy, tantos años después, entiendo todavía mejor aquella conexión.

Hoy, por la mañana, mientras organizaba algunos libros en mi cuarto y en el sótano de casa, libros que salvé en su momento de ser destruidos tras su expurgo en las diferentes bibliotecas públicas de la provincia de Jaén, he encontrado un pequeño poemario de Lorca que tenía entre mis cosas. He comenzado a pasar sus páginas y me he detenido en un poema que, de pronto, ha adquirido un significado especial después de haber visto la película. Se trata del “Soneto de la dulce queja”, uno de esos textos en los que el poeta parece desnudar el alma sin necesidad de explicar demasiado.

Sus versos hablan del miedo a perder a alguien, de la vulnerabilidad que acompaña al amor y de esa incertidumbre que aparece cuando una persona significa tanto que imaginar su ausencia resulta doloroso. El poema se ha relacionado con la historia sentimental de Lorca y Rafael Rodríguez Rapún, una de las personas más importantes de su vida. La espera y un encuentro frustrado en Valencia forman parte de la historia que se asocia a su composición. Y no puedo evitar pensar en cuántas historias como aquella quedaron sin contar.

Durante décadas, la diversidad afectivo-sexual fue condenada socialmente, perseguida institucionalmente y relegada a los márgenes de la historia. Las personas homosexuales tuvieron que enfrentarse a la incomprensión familiar, la discriminación, el miedo y, en demasiadas ocasiones, a la violencia. Muchas no pudieron expresar públicamente sus sentimientos, construir una familia o vivir su amor con la misma libertad que otras personas.

Desde una perspectiva de Derechos Humanos, recuperar estas historias no es un ejercicio de nostalgia. Es una obligación con la dignidad, la igualdad y la memoria de quienes fueron privados de derechos por ser quienes eran. Y, por supuesto, también es memoria democrática, porque recordar a Lorca, a Rafael y a tantas personas anónimas que vivieron sus sentimientos en silencio significa reconocer que nuestra historia no puede construirse únicamente desde los relatos que durante décadas tuvieron permiso para existir.

Debemos recuperar las voces que fueron apartadas, las vidas que quedaron ocultas y los amores que nunca pudieron despedirse públicamente. Es verdad que no podemos cambiar lo que sucedió, pero sí podemos impedir que el olvido vuelva a convertirse en una forma de injusticia.

Por eso, después de ver La bola negra y reencontrarme con este pequeño poema, me quedo con una reflexión. Cada vez que una persona LGTBI puede amar sin esconderse, cada vez que puede caminar de la mano de quien quiere y cada vez que puede decir quién es sin miedo, estamos conquistando una libertad que otras personas no tuvieron.

Lorca escribió desde un tiempo que no supo abrazar plenamente su libertad. Nosotros tenemos la responsabilidad de construir un presente en el que nadie tenga que esconder sus sentimientos para conservar su dignidad.

Que nunca más tengamos que escribir nuestros amores a escondidas. Que nunca más la historia tenga que pedir perdón por haber silenciado a quienes simplemente querían ser libres.

Porque el problema siempre fue el odio de quienes pretendieron decidir a quién podíamos amar.

El amor nunca fue el problema.

Lo fue el odio.

SONETO DE LA DULCE QUEJA

Federico García Lorca

Tengo miedo a perder la maravilla

de tus ojos de estatua, y el acento

que de noche me pone en la mejilla

la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla

tronco sin ramas; y lo que más siento

es no tener la flor, pulpa o arcilla,

para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,

si eres mi cruz y mi dolor mojado,

si soy el perro de tu señorío,

no me dejes perder lo que he ganado

y decora las aguas de tu río

con hojas de mi otoño enajenado.