El futuro nos necesita

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día de las Naciones Unidas)

Hoy, 24 de octubre, el Día de las Naciones Unidas, quiero volver a recordar algo que a veces parece que olvidamos el resto del tiempo entre las prisas, los conflictos y las preocupaciones de cada día. Y es que formamos parte de una misma humanidad y compartimos un planeta que no entiende de fronteras, nacionalidades ni diferencias sociales.

Nuestra vida, aunque transcurra a miles de kilómetros de la de otras personas, está conectada con la suya mucho más de lo que imaginamos. Por eso, defender los derechos humanos no es una tarea reservada a los gobiernos, a las organizaciones internacionales o a quienes dedicamos nuestra vida a esta causa. Es una responsabilidad que nos pertenece a todas y todos.

Cuando las Naciones Unidas comenzaron su andadura en 1945, el mundo intentaba levantarse de las ruinas de una guerra devastadora con millones de muertos. La paz, la cooperación y la esperanza eran necesidades urgentes, pero también compromisos con las generaciones que vendrían después. Más de ocho décadas han pasado desde entonces y, sin embargo, seguimos conviviendo con guerras, hambre, pobreza, desigualdad y millones de personas que ven cómo sus derechos más básicos se quedan en papel mojado. Hemos avanzado en muchas cosas, pero todavía queda demasiado por hacer. Reconocer eso no significa renunciar a la esperanza, sino entender que la esperanza necesita compromiso auténtico para convertirse en realidad.

Hace unos años, la pandemia nos recordó que existen amenazas que no conocen fronteras y que ninguna sociedad puede considerarse completamente a salvo mientras otras sufren. También puso de manifiesto que las crisis no golpean a todo el mundo por igual. Quienes viven en la pobreza, quienes carecen de una vivienda digna, quienes sufren discriminación o quienes no tienen acceso a una atención sanitaria adecuada suelen cargar con las consecuencias más duras. Pero sería un error pensar que aquellas lecciones quedaron atrás con la emergencia sanitaria que amenazó a todo el mundo. Seguimos necesitando solidaridad, cooperación internacional y políticas que pongan a las personas en el centro, especialmente a quienes encuentran más obstáculos para vivir con dignidad.

A todo ello se suma la emergencia climática, que amenaza nuestro hogar común y condiciona el futuro de quienes todavía no han nacido. No existe otro planeta al que trasladarnos cuando hayamos agotado sus recursos, ni podemos seguir tratando la naturaleza como si sus posibilidades fueran infinitas. Cuidar el medio ambiente también significa proteger la vida, la salud y los derechos de las generaciones presentes y futuras. La justicia social y la justicia climática no son caminos separados, porque quienes menos han contribuido a muchos de estos problemas suelen ser quienes más sufren sus consecuencias.

Tampoco podemos permitir que el miedo, la frustración o la incertidumbre se conviertan en excusas para señalar a quienes son diferentes. El odio y la discriminación siguen encontrando espacio cuando se cuestiona la dignidad de una persona por su origen, su sexo, su orientación sexual, su identidad de género, sus creencias, su edad o su situación económica. Ninguna diferencia justifica la exclusión y ningún avance social debería darse por garantizado. Los derechos humanos no son privilegios que puedan concederse a unas personas y negarse a otras según las circunstancias, las mayorías políticas o los prejuicios de cada época.

Por eso, ha llegado el momento de dejar de conformarnos con las buenas palabras. Los discursos sobre igualdad, libertad y justicia solo tienen sentido cuando se traducen en decisiones, recursos y actuaciones concretas. Necesitamos instituciones responsables, gobiernos que cumplan sus compromisos y una ciudadanía dispuesta a no mirar hacia otro lado ante la injusticia. Cada gesto de solidaridad cuenta, pero también cuenta exigir responsabilidades, denunciar los abusos y defender con firmeza a quienes ven amenazados sus derechos.

Construir un mundo mejor no significa pensar todos igual, sino aprender a convivir sin que nuestras diferencias se conviertan en barreras. Significa entender que nadie pierde dignidad porque otra persona tenga menos oportunidades y que ninguna sociedad puede considerarse verdaderamente libre si deja a parte de su población atrás. Nos corresponde derribar los muros que separan, tender puentes donde hoy existen enfrentamientos y recordar que la paz no consiste únicamente en la ausencia de guerra, sino también en la presencia de justicia, igualdad y respeto.

El tiempo de las promesas incumplidas debe terminar. Los objetivos son claros y urgentes, porque detrás de cada derecho vulnerado hay una vida, una historia y una persona que merece ser escuchada. No podemos cambiarlo todo de un día para otro, pero sí podemos decidir de qué lado queremos estar cuando la dignidad humana esté en juego.

Porque el futuro no se construye esperando que alguien haga lo correcto, sino comprometiéndonos a hacerlo entre todas y todos.

La humanidad es nuestro más valioso patrimonio.

Defendámosla entonces.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

The Future Needs Us

(United Nations Day)

Today, 24 October, United Nations Day, I want to remind us of something we sometimes seem to forget amid the rush of everyday life, the conflicts and the worries that consume our attention. We are all part of the same humanity, and we share a planet that knows nothing of borders, nationalities or social divisions.

Our lives, even when we live thousands of miles apart, are far more interconnected than we might imagine. That is why defending human rights is not a responsibility reserved for governments, international organisations or those of us who dedicate our lives to this cause. It is a responsibility that belongs to every one of us.

When the United Nations began its journey in 1945, the world was struggling to rise from the ruins of a devastating war that had claimed millions of lives. Peace, cooperation and hope were urgent necessities, but they were also commitments to the generations yet to come. More than eight decades have passed since then, and yet we continue to live alongside wars, hunger, poverty, inequality and millions of people whose most fundamental rights remain nothing more than words on paper. We have made progress in many areas, but there is still so much left to do. Acknowledging this does not mean abandoning hope. It means understanding that hope requires genuine commitment if it is ever to become reality.

A few years ago, the pandemic reminded us that some threats recognise no borders and that no society can consider itself entirely safe while others are suffering. It also exposed the fact that crises do not affect everyone equally. Those living in poverty, those without decent housing, those facing discrimination and those without access to adequate healthcare are often left to bear the heaviest burden. Yet it would be a mistake to believe that the lessons we learned have been left behind with the health emergency that threatened us all. We still need solidarity, international cooperation and policies that put people first, especially those who face the greatest obstacles to living with dignity.

The climate emergency adds to these challenges, threatening our common home and shaping the future of generations not yet born. There is no other planet to move to once we have exhausted our resources, and we cannot continue treating nature as though its resources were limitless. Protecting the environment also means safeguarding the lives, health and rights of present and future generations. Social justice and climate justice are not separate paths, because those who have contributed the least to many of these problems are often the ones who suffer their consequences the most.

Nor can we allow fear, frustration or uncertainty to become excuses for targeting those who are different. Hatred and discrimination continue to find fertile ground whenever a person’s dignity is questioned because of their origin, sex, sexual orientation, gender identity, beliefs, age or economic circumstances. No difference justifies exclusion, and no social progress should ever be taken for granted. Human rights are not privileges that can be granted to some and denied to others according to circumstances, political majorities or the prejudices of any given era.

That is why the time has come to stop settling for fine words. Statements about equality, freedom and justice only have meaning when they are translated into decisions, resources and concrete action. We need accountable institutions, governments that honour their commitments and citizens who refuse to look the other way in the face of injustice. Every act of solidarity matters, but so does demanding accountability, reporting abuses and standing firmly alongside those whose rights are under threat.

Building a better world does not mean thinking alike. It means learning to live together without allowing our differences to become barriers. It means understanding that no one loses their dignity because someone else has fewer opportunities, and that no society can truly call itself free if it leaves part of its population behind. It is up to us to tear down the walls that divide us, build bridges where conflict exists today and remember that peace is not simply the absence of war, but also the presence of justice, equality and respect.

The time for broken promises must come to an end. Our goals are clear, and the need to act is urgent, because behind every violated right there is a life, a story and a person who deserves to be heard. We cannot change everything overnight, but we can decide which side we want to stand on whenever human dignity is at stake.

Because the future will not be built by waiting for someone else to do the right thing, but by committing ourselves to doing it together.

Humanity is our most precious inheritance.

Let us stand up for it.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲

Il futuro ha bisogno di noi

(Giornata delle Nazioni Unite)

Oggi, 24 ottobre, in occasione della Giornata delle Nazioni Unite, voglio ricordare qualcosa che a volte sembriamo dimenticare, travolti dalla frenesia della vita quotidiana, dai conflitti e dalle preoccupazioni che assorbono la nostra attenzione. Facciamo tutti parte della stessa umanità e condividiamo un pianeta che non conosce confini, nazionalità né divisioni sociali.

Le nostre vite, anche quando ci separano migliaia di chilometri, sono molto più interconnesse di quanto possiamo immaginare. Per questo, difendere i diritti umani non è un compito riservato ai governi, alle organizzazioni internazionali o a chi, come noi, dedica la propria vita a questa causa. È una responsabilità che appartiene a ciascuno di noi.

Quando le Nazioni Unite iniziarono il loro cammino nel 1945, il mondo cercava di rialzarsi dalle macerie di una guerra devastante che aveva causato milioni di vittime. La pace, la cooperazione e la speranza erano necessità urgenti, ma rappresentavano anche un impegno nei confronti delle generazioni future. Da allora sono trascorsi più di ottant’anni eppure continuiamo a convivere con guerre, fame, povertà, disuguaglianze e milioni di persone che vedono i propri diritti fondamentali rimanere semplici parole sulla carta. Abbiamo compiuto progressi in molti ambiti, ma resta ancora moltissimo da fare. Riconoscerlo non significa rinunciare alla speranza, bensì comprendere che, per trasformarsi in realtà, la speranza ha bisogno di un impegno autentico.

Qualche anno fa, la pandemia ci ha ricordato che esistono minacce che non conoscono confini e che nessuna società può considerarsi completamente al sicuro finché altre continuano a soffrire. Ci ha anche mostrato che le crisi non colpiscono tutti allo stesso modo. Chi vive in povertà, chi non dispone di un’abitazione dignitosa, chi subisce discriminazioni e chi non ha accesso a cure sanitarie adeguate è spesso costretto a sopportarne le conseguenze più dure. Sarebbe tuttavia un errore credere che le lezioni apprese siano rimaste confinate all’emergenza sanitaria che ha minacciato tutti noi. Abbiamo ancora bisogno di solidarietà, cooperazione internazionale e politiche che mettano le persone al centro, soprattutto quelle che incontrano maggiori ostacoli nel vivere con dignità.

A tutto questo si aggiunge l’emergenza climatica, che minaccia la nostra casa comune e condiziona il futuro delle generazioni che non sono ancora nate. Non esiste un altro pianeta sul quale trasferirci quando avremo esaurito le nostre risorse, e non possiamo continuare a trattare la natura come se le sue ricchezze fossero inesauribili. Proteggere l’ambiente significa anche tutelare la vita, la salute e i diritti delle generazioni presenti e future. La giustizia sociale e la giustizia climatica non sono percorsi separati, perché coloro che hanno contribuito meno a molti di questi problemi sono spesso proprio quelli che ne subiscono maggiormente le conseguenze.

Non possiamo nemmeno permettere che la paura, la frustrazione o l’incertezza diventino pretesti per prendere di mira chi è diverso da noi. L’odio e la discriminazione continuano a trovare spazio ogni volta che la dignità di una persona viene messa in discussione a causa della sua origine, del sesso, dell’orientamento sessuale, dell’identità di genere, delle convinzioni personali, dell’età o della condizione economica. Nessuna differenza giustifica l’esclusione e nessun progresso sociale dovrebbe mai essere dato per scontato. I diritti umani non sono privilegi che possono essere concessi ad alcuni e negati ad altri a seconda delle circostanze, delle maggioranze politiche o dei pregiudizi di una determinata epoca.

Per questo è arrivato il momento di smettere di accontentarci delle belle parole. I discorsi sull’uguaglianza, sulla libertà e sulla giustizia hanno senso soltanto quando si traducono in decisioni, risorse e azioni concrete. Abbiamo bisogno di istituzioni responsabili, di governi che mantengano i propri impegni e di cittadini disposti a non voltarsi dall’altra parte di fronte all’ingiustizia. Ogni gesto di solidarietà conta, ma conta anche chiedere conto delle responsabilità, denunciare gli abusi e difendere con determinazione chi vede minacciati i propri diritti.

Costruire un mondo migliore non significa pensarla tutti allo stesso modo, ma imparare a convivere senza trasformare le nostre differenze in barriere. Significa comprendere che nessuno perde la propria dignità perché qualcun altro ha meno opportunità e che nessuna società può definirsi veramente libera se lascia indietro una parte della propria popolazione. Spetta a noi abbattere i muri che ci separano, costruire ponti dove oggi esistono conflitti e ricordare che la pace non consiste soltanto nell’assenza di guerra, ma anche nella presenza della giustizia, dell’uguaglianza e del rispetto.

Il tempo delle promesse non mantenute deve finire. Gli obiettivi sono chiari e la necessità di agire è urgente, perché dietro ogni diritto violato c’è una vita, una storia e una persona che merita di essere ascoltata. Non possiamo cambiare tutto da un giorno all’altro, ma possiamo decidere da che parte stare ogni volta che la dignità umana è in gioco.

Perché il futuro non si costruisce aspettando che qualcun altro faccia la cosa giusta, ma impegnandoci a farla insieme.

L’umanità è il nostro patrimonio più prezioso.

Difendiamola, insieme.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩

L’avenir a besoin de nous

(Journée des Nations Unies)

Aujourd’hui, 24 octobre, à l’occasion de la Journée des Nations Unies, je souhaite rappeler quelque chose que nous semblons parfois oublier, emportés par le rythme effréné du quotidien, les conflits et les préoccupations qui accaparent notre attention. Nous faisons toutes et tous partie d’une même humanité et nous partageons une planète qui ne connaît ni frontières, ni nationalités, ni divisions sociales.

Nos vies, même lorsque des milliers de kilomètres nous séparent, sont bien plus liées que nous ne pouvons l’imaginer. C’est pourquoi défendre les droits humains n’est pas une tâche réservée aux gouvernements, aux organisations internationales ou à celles et ceux qui, comme nous, consacrent leur vie à cette cause. C’est une responsabilité qui nous appartient à toutes et à tous.

Lorsque les Nations Unies ont commencé leur mission en 1945, le monde tentait de se relever des ruines d’une guerre dévastatrice qui avait fait des millions de victimes. La paix, la coopération et l’espoir étaient des nécessités urgentes, mais aussi des engagements envers les générations à venir. Plus de huit décennies se sont écoulées depuis, et pourtant, nous continuons de vivre dans un monde marqué par les guerres, la faim, la pauvreté, les inégalités et la situation de millions de personnes dont les droits les plus fondamentaux restent lettre morte. Nous avons accompli des progrès dans de nombreux domaines, mais il reste encore énormément à faire. Le reconnaître ne signifie pas renoncer à l’espoir, mais comprendre que celui-ci a besoin d’un engagement sincère pour devenir réalité.

Il y a quelques années, la pandémie nous a rappelé que certaines menaces ne connaissent pas de frontières et qu’aucune société ne peut se considérer totalement à l’abri tant que d’autres souffrent. Elle a également mis en évidence le fait que les crises ne touchent pas tout le monde de la même manière. Les personnes vivant dans la pauvreté, celles qui ne disposent pas d’un logement digne, celles qui subissent des discriminations ou celles qui n’ont pas accès à des soins de santé adaptés sont souvent les premières à en subir les conséquences les plus lourdes. Pourtant, ce serait une erreur de croire que les leçons tirées de cette crise sanitaire qui nous a toutes et tous menacés appartiennent désormais au passé. Nous avons toujours besoin de solidarité, de coopération internationale et de politiques qui placent les personnes au centre des priorités, en particulier celles qui rencontrent le plus d’obstacles pour vivre dignement.

À ces défis s’ajoute l’urgence climatique, qui menace notre maison commune et conditionne l’avenir des générations qui ne sont pas encore nées. Il n’existe aucune autre planète vers laquelle nous pourrions nous tourner lorsque nous aurons épuisé nos ressources, et nous ne pouvons pas continuer à traiter la nature comme si ses richesses étaient inépuisables. Protéger l’environnement, c’est aussi préserver la vie, la santé et les droits des générations présentes et futures. La justice sociale et la justice climatique ne sont pas deux chemins distincts, car celles et ceux qui ont le moins contribué à nombre de ces problèmes sont souvent les personnes qui en subissent le plus durement les conséquences.

Nous ne pouvons pas davantage laisser la peur, la frustration ou l’incertitude devenir des prétextes pour désigner celles et ceux qui sont différents. La haine et la discrimination continuent de trouver leur place chaque fois que la dignité d’une personne est remise en question en raison de son origine, de son sexe, de son orientation sexuelle, de son identité de genre, de ses convictions, de son âge ou de sa situation économique. Aucune différence ne justifie l’exclusion et aucun progrès social ne devrait jamais être considéré comme définitivement acquis. Les droits humains ne sont pas des privilèges que l’on peut accorder à certaines personnes et refuser à d’autres selon les circonstances, les majorités politiques ou les préjugés d’une époque.

C’est pourquoi le moment est venu de ne plus nous contenter de belles paroles. Les discours sur l’égalité, la liberté et la justice n’ont de sens que lorsqu’ils se traduisent par des décisions, des moyens et des actions concrètes. Nous avons besoin d’institutions responsables, de gouvernements qui tiennent leurs engagements et de citoyennes et de citoyens qui refusent de détourner le regard face à l’injustice. Chaque geste de solidarité compte, mais il est tout aussi essentiel d’exiger des comptes, de dénoncer les abus et de défendre avec détermination celles et ceux dont les droits sont menacés.

Construire un monde meilleur ne signifie pas penser toutes et tous de la même manière, mais apprendre à vivre ensemble sans transformer nos différences en barrières. Cela signifie comprendre que personne ne perd sa dignité parce qu’une autre personne dispose de moins de possibilités, et qu’aucune société ne peut se prétendre véritablement libre si elle abandonne une partie de sa population. Il nous appartient d’abattre les murs qui nous séparent, de construire des ponts là où règnent aujourd’hui les affrontements et de nous rappeler que la paix ne se résume pas à l’absence de guerre, mais qu’elle repose aussi sur la justice, l’égalité et le respect.

Le temps des promesses non tenues doit prendre fin. Les objectifs sont clairs et il est urgent d’agir, car derrière chaque droit bafoué se trouvent une vie, une histoire et une personne qui mérite d’être entendue. Nous ne pouvons pas tout changer du jour au lendemain, mais nous pouvons décider de quel côté nous voulons nous tenir chaque fois que la dignité humaine est en jeu.

Car l’avenir ne se construit pas en attendant que quelqu’un d’autre fasse ce qui est juste, mais en nous engageant à le faire ensemble.

L’humanité est notre patrimoine le plus précieux.

Défendons-la, ensemble.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷

O futuro precisa de nós

(Dia das Nações Unidas)

Hoje, 24 de outubro, por ocasião do Dia das Nações Unidas, quero recordar algo que, por vezes, parecemos esquecer no meio da correria do dia a dia, dos conflitos e das preocupações que ocupam a nossa atenção. Fazemos todos parte da mesma humanidade e partilhamos um planeta que não conhece fronteiras, nacionalidades nem divisões sociais.

As nossas vidas, mesmo quando estamos separados por milhares de quilómetros, estão muito mais interligadas do que imaginamos. Por isso, defender os direitos humanos não é uma tarefa reservada aos governos, às organizações internacionais ou àqueles que, como nós, dedicam a sua vida a esta causa. É uma responsabilidade que pertence a cada um e a cada uma de nós.

Quando as Nações Unidas iniciaram o seu percurso, em 1945, o mundo tentava erguer-se das ruínas de uma guerra devastadora que tinha causado milhões de vítimas. A paz, a cooperação e a esperança eram necessidades urgentes, mas representavam também compromissos com as gerações que viriam a seguir. Passaram mais de oito décadas desde então e, ainda assim, continuamos a conviver com guerras, fome, pobreza, desigualdade e milhões de pessoas que veem os seus direitos mais fundamentais permanecerem letra morta. Fizemos progressos em muitas áreas, mas ainda há muito por fazer. Reconhecê-lo não significa renunciar à esperança, mas compreender que a esperança precisa de um compromisso genuíno para se transformar em realidade.

Há alguns anos, a pandemia recordou-nos que existem ameaças que não conhecem fronteiras e que nenhuma sociedade pode considerar-se completamente segura enquanto outras continuam a sofrer. Mostrou-nos também que as crises não afetam todas as pessoas da mesma forma. Quem vive na pobreza, quem não tem uma habitação digna, quem sofre discriminação ou quem não tem acesso a cuidados de saúde adequados enfrenta, muitas vezes, as consequências mais duras. Seria, contudo, um erro pensar que as lições que aprendemos ficaram para trás com a emergência sanitária que ameaçou todos nós. Continuamos a precisar de solidariedade, cooperação internacional e políticas que coloquem as pessoas no centro das prioridades, sobretudo aquelas que enfrentam mais obstáculos para viver com dignidade.

A tudo isto junta-se a emergência climática, que ameaça a nossa casa comum e condiciona o futuro das gerações que ainda não nasceram. Não existe outro planeta para onde possamos ir quando esgotarmos os nossos recursos, nem podemos continuar a tratar a natureza como se as suas riquezas fossem infinitas. Proteger o ambiente significa também proteger a vida, a saúde e os direitos das gerações presentes e futuras. A justiça social e a justiça climática não são caminhos separados, porque aqueles que menos contribuíram para muitos destes problemas são, frequentemente, os que mais sofrem as suas consequências.

Também não podemos permitir que o medo, a frustração ou a incerteza se transformem em desculpas para apontar o dedo a quem é diferente. O ódio e a discriminação continuam a encontrar espaço sempre que a dignidade de uma pessoa é posta em causa devido à sua origem, ao seu sexo, à sua orientação sexual, à sua identidade de género, às suas crenças, à sua idade ou à sua situação económica. Nenhuma diferença justifica a exclusão e nenhum progresso social deve ser considerado garantido. Os direitos humanos não são privilégios que se possam conceder a umas pessoas e negar a outras em função das circunstâncias, das maiorias políticas ou dos preconceitos de cada época.

Por isso, chegou o momento de deixarmos de nos contentar com belas palavras. Os discursos sobre igualdade, liberdade e justiça só fazem sentido quando se traduzem em decisões, recursos e ações concretas. Precisamos de instituições responsáveis, de governos que cumpram os seus compromissos e de cidadãos e cidadãs que se recusem a olhar para o lado perante a injustiça. Cada gesto de solidariedade conta, mas também é essencial exigir responsabilidades, denunciar os abusos e defender com firmeza aqueles cujos direitos estão ameaçados.

Construir um mundo melhor não significa pensar todos da mesma maneira, mas aprender a viver em conjunto sem transformar as nossas diferenças em barreiras. Significa compreender que ninguém perde a sua dignidade porque outra pessoa tem menos oportunidades e que nenhuma sociedade pode considerar-se verdadeiramente livre se deixar uma parte da sua população para trás. Cabe-nos derrubar os muros que nos separam, construir pontes onde hoje existem conflitos e recordar que a paz não consiste apenas na ausência de guerra, mas também na presença da justiça, da igualdade e do respeito.

O tempo das promessas não cumpridas tem de chegar ao fim. Os objetivos são claros e a urgência de agir é real, porque por detrás de cada direito violado existe uma vida, uma história e uma pessoa que merece ser ouvida. Não podemos mudar tudo de um dia para o outro, mas podemos decidir de que lado queremos estar sempre que a dignidade humana estiver em causa.

Porque o futuro não se constrói à espera que alguém faça o que é correto, mas comprometendo-nos a fazê-lo em conjunto.

A humanidade é o nosso património mais precioso.

Defendamo-la, juntos.

We Shall Overcome

Existen canciones que acompañan una época y otras que terminan formando parte de la historia. Canciones que nacen de una melodía, de una voz o de una experiencia compartida y que, con el paso del tiempo, dejan de pertenecer únicamente a quienes las cantaron por primera vez.

We Shall Overcome pertenece a esa segunda categoría. Su fuerza no reside en la complejidad de su composición ni en la espectacularidad de su interpretación, sino en algo mucho más profundo, la capacidad de convertir el sufrimiento individual en esperanza colectiva y la esperanza en una forma de resistencia. Se trata de una canción nacida de la tradición espiritual afroamericana que terminó convirtiéndose en uno de los grandes himnos universales de la lucha por los derechos civiles, la igualdad y la dignidad humana.

Su título significa “Venceremos”. De manera aislada, el título podría parecer una expresión sencilla de optimismo. Sin embargo, cuando se escuchan a la luz de la historia de quienes lucharon contra el racismo, la segregación y la exclusión, adquieren una dimensión extraordinaria. No hablan de una victoria fácil ni prometen que la injusticia desaparecerá por sí sola. Expresan la determinación de quienes, a pesar de las amenazas, la violencia y las humillaciones, se niegan a aceptar que el mundo tenga que seguir siendo así.

Porque la esperanza, cuando nace de quienes tienen motivos para desesperar, deja de ser una palabra amable y se convierte en una declaración de dignidad.

Para comprender la historia de We Shall Overcome, tenemos que retroceder mucho más allá de las grandes marchas por los derechos civiles de la década de 1960. Sus raíces se encuentran en la tradición espiritual afroamericana, una herencia musical que surgió de las comunidades negras de Estados Unidos y que permitió preservar la esperanza, la identidad y la solidaridad en contextos marcados por la esclavitud, la segregación y la discriminación.

Uno de sus antecedentes más reconocidos es el himno religioso I’ll Overcome Some Day, escrito hacia 1900 por el reverendo Charles Albert Tindley, pastor metodista afroamericano. La canción que posteriormente conoceríamos como We Shall Overcome no fue, por tanto, obra de un único compositor, sino el resultado de una evolución colectiva en la que confluyeron melodías espirituales, experiencias obreras y aportaciones de activistas y músicos.

Un momento decisivo llegó en 1945, cuando trabajadores negros de la industria tabaquera participaron en una huelga en Charleston, Carolina del Sur. Entre quienes cantaban para sostener el ánimo de los piquetes se encontraba Lucille Simmons, a quien se atribuye un cambio fundamental en la evolución de la canción, transformar la afirmación individual “I” en el “We” colectivo. Pasar del “venceré” al “venceremos” significaba mucho más que modificar una palabra. Era convertir una aspiración personal en un compromiso compartido.

La activista y educadora musical Zilphia Horton conoció aquella versión y contribuyó a difundirla desde la Highlander Folk School de Tennessee, un centro de formación que desempeñó un papel importante en la preparación de personas comprometidas con la organización sindical y la lucha por los derechos civiles. En 1947, Horton enseñó la canción a Pete Seeger y, en 1948, apareció publicada en el boletín People’s Songs. Seeger contribuyó a consolidar la expresión We Shall Overcome y añadió versos que reforzaban la idea de caminar juntos y construir una libertad compartida.

Pero esta historia merece ser contada con cuidado, porque también nos recuerda que la memoria cultural puede invisibilizar a quienes hicieron posible una obra. Aunque durante años algunas versiones de la historia atribuyeron la composición a músicos concretos, la propia documentación de Smithsonian Folkways ha reconocido la importancia de la tradición espiritual afroamericana y de las personas que transformaron la canción. No estamos ante la creación aislada de una estrella, sino ante una obra colectiva cuya fuerza procede precisamente de muchas voces.

Durante los años cincuenta y, especialmente, a comienzos de los sesenta, Estados Unidos seguía marcado por la segregación racial. En numerosos lugares, las personas negras sufrían restricciones en el acceso a la educación, la vivienda, el empleo, el transporte y los espacios públicos. La igualdad reconocida en los principios constitucionales estaba lejos de convertirse en una realidad cotidiana.

Frente a esa injusticia, el movimiento por los derechos civiles impulsó manifestaciones, sentadas, boicots y campañas de desobediencia civil no violenta. En aquellas movilizaciones, la música no era un simple acompañamiento. Permitía mantener la cohesión del grupo, vencer el miedo, transmitir mensajes y recordar a quienes participaban que no estaban solos.

We Shall Overcome adquirió una presencia fundamental en ese proceso. En 1960, el músico y activista Guy Carawan la enseñó a estudiantes afroamericanos reunidos en la Highlander Folk School para aprender técnicas de organización y canciones de protesta. Muchos de aquellos jóvenes participaron después en movilizaciones contra la segregación en ciudades del sur del país. La canción se extendió por manifestaciones y concentraciones, hasta convertirse en uno de los himnos más reconocibles del movimiento.

Su importancia no dependía de que todas las personas cantaran con la misma voz ni de que compartieran idénticas creencias. Lo esencial era que podían reconocerse en un mensaje común. Frente a un sistema que pretendía separar a la población por el color de su piel, la canción construía una comunidad. Frente a la intimidación, ofrecía compañía. Frente a la negación de derechos, afirmaba que la injusticia no sería la última palabra.

Aquella fuerza colectiva alcanzó una expresión especialmente significativa durante las campañas por el derecho al voto y las marchas que reclamaban igualdad ante la ley. La canción se escuchó en movilizaciones vinculadas a la lucha por los derechos civiles, incluidas las marchas de Selma a Montgomery, en Alabama. Su repetición ayudaba a sostener a quienes se enfrentaban al hostigamiento, las detenciones y la violencia.

La resistencia no siempre se expresa mediante grandes discursos. A veces consiste en permanecer junto a otras personas, seguir avanzando cuando el miedo invita a detenerse y negarse a aceptar como inevitable aquello que es injusto.

La grandeza de esta canción reside también en lo que no promete. No dice que la victoria será inmediata, que el camino estará libre de obstáculos o que bastará con desear un mundo mejor para conseguirlo. Su mensaje se construye desde la perseverancia. Vencer significa seguir defendiendo la dignidad humana cuando los resultados tardan en llegar, cuando las instituciones no responden y cuando quienes reclaman sus derechos son presentados como una amenaza al orden establecido.

En esa idea existe una profunda conexión con los derechos humanos. La igualdad no puede depender de la generosidad de quienes tienen el poder. La libertad no puede concederse únicamente a quienes resultan cómodos para la mayoría. La dignidad tampoco puede quedar supeditada al origen, al color de la piel, a las convicciones o a la posición económica de una persona.

Por eso, We Shall Overcome trasciende el contexto histórico en el que se convirtió en himno. Su mensaje habla de todas las personas que han tenido que organizarse para reclamar derechos negados, desde quienes combatieron la segregación racial hasta quienes hoy denuncian la discriminación, la violencia institucional, la explotación laboral o la exclusión social.

No debemos confundir, sin embargo, la esperanza con la pasividad. La canción no invita a esperar sentados a que la justicia llegue por sí misma. Su historia está ligada a personas que se organizaron, protestaron, asumieron riesgos y trabajaron para cambiar las leyes y las condiciones de vida. La esperanza que transmite no sustituye a la acción, sino que la alimenta.

Y quizá por eso continúa siendo necesaria. Porque cada generación encuentra nuevas razones para preguntarse cuánto falta para que la igualdad deje de ser una promesa y se convierta en una experiencia real para todas las personas.

Con el paso de las décadas, We Shall Overcome dejó de pertenecer exclusivamente a la historia estadounidense. Su mensaje fue adoptado por movimientos sociales y defensores de los derechos humanos en diferentes países, que encontraron en ella una forma de expresar sus propias aspiraciones de libertad y justicia.

La canción podía adaptarse a contextos distintos sin perder su esencia. Allí donde se reclamaba el fin de una dictadura, donde se denunciaba el racismo o donde una comunidad exigía poder vivir sin miedo, su estructura sencilla permitía que muchas personas la cantaran juntas. No hacía falta una gran formación musical ni una interpretación profesional. Bastaba con conocer sus palabras y compartir su sentido.

Esa capacidad de viajar entre generaciones y fronteras constituye una de sus mayores aportaciones. La música puede atravesar barreras lingüísticas, culturales y políticas porque transmite emociones que no necesitan siempre una explicación. Cuando una multitud canta por la libertad, quienes escuchan pueden comprender el sentido de esa reivindicación incluso sin conocer todos los detalles de su historia.

Pero tampoco debemos olvidar de dónde procede. Reconocer su dimensión universal exige recordar las comunidades afroamericanas, los trabajadores, las activistas y los músicos que la transmitieron y transformaron. Convertirla en un símbolo genérico de esperanza sin mencionar esa historia sería perder una parte esencial de su significado. Es una canción universal, cuya fuerza pertenece al mundo. Pero su historia merece ser contada con justicia.

Lo que está claro es que, más de medio siglo después de que se convirtiera en uno de los grandes himnos del movimiento por los derechos civiles, seguimos viviendo en sociedades donde la igualdad proclamada en las leyes no siempre se corresponde con la realidad. El racismo persiste, la pobreza limita oportunidades, la discriminación condiciona vidas y demasiadas personas continúan encontrando obstáculos para ejercer derechos que deberían estar garantizados.

Por eso, escuchar We Shall Overcome hoy no debería ser un ejercicio de nostalgia. Su mensaje nos interpela en el presente. Nos obliga a preguntarnos qué hacemos ante las injusticias que conocemos, a quién acompañamos cuando defender sus derechos tiene un coste y qué significa realmente creer en la igualdad cuando su aplicación exige cambiar nuestras propias conductas.

Los derechos humanos no se sostienen únicamente mediante declaraciones solemnes, conmemoraciones o discursos institucionales. Necesitan personas dispuestas a defenderlos cuando su vulneración afecta a quienes tienen menos recursos, menos protección o menos posibilidades de hacerse escuchar. Necesitan solidaridad, organización, perseverancia y memoria.

La canción tampoco nos autoriza a dar por segura la victoria. La historia demuestra que los avances pueden ser lentos, que los derechos conquistados pueden sufrir retrocesos y que ninguna sociedad está definitivamente a salvo de la discriminación. Su mensaje es más exigente que una promesa de final feliz, porque nos recuerda que la dignidad humana merece ser defendida incluso cuando el resultado todavía no está garantizado.

Quizá esa sea la razón por la que estas palabras continúan emocionando a tantas personas. Porque no hablan de una humanidad perfecta, sino de una humanidad capaz de levantarse, unirse y actuar para corregir sus propias injusticias.

“Venceremos” no significa que podamos desentendernos de lo que ocurre a nuestro alrededor. Significa que ninguna injusticia debería convencernos de que luchar por la dignidad humana es inútil. Significa que el miedo no puede convertirse en una norma, que el silencio no debe ser una obligación y que la esperanza adquiere su verdadero sentido cuando se transforma en compromiso.

Al final, We Shall Overcome nos deja una lección que sigue siendo tan necesaria como cuando resonaba en las marchas por los derechos civiles. La libertad no se construye en soledad, la igualdad no se alcanza mirando hacia otro lado y la dignidad no puede depender de quién tenga más fuerza para imponer su voluntad.

Una sociedad verdaderamente justa no es aquella que nunca ha conocido la injusticia, sino aquella que se niega a aceptarla como destino.

La dignidad no se suplica, los derechos no se negocian y la esperanza también se defiende.

Sí, venceremos. Pero solo si seguimos caminando juntos.

We Shall Overcome.

WE SHALL OVERCOME

We shall overcome
We shall overcome
We shall overcome someday
Oh, deep in my heart, I know that
I do believe
Lord, we shall overcome someday
We are not alone
We are not alone
We are not alone today
Oh, deep in my heart, I know that
I do believe
Lord, we shall overcome someday
Black and white together
Black and white together
Black and white together now
Oh, deep in my heart, I know that
I do believe
Lord, we shall overcome someday
We shall overcome
We shall overcome
We shall overcome someday
Oh, deep in my heart, I know that
I do believe
Lord, we shall overcome someday

Y aun así, me levantó

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

A veces, una sola frase puede llegar a nuestra vida y tocarnos en un lugar al que no todo el mundo sabe llegar. No hace falta que sea especialmente complicada ni que esté escrita con palabras que tengamos que buscar en un diccionario. Basta con que nos recuerde algo que, en determinados momentos, se nos olvida; que seguimos aquí; y que, a pesar de lo que hayamos vivido, de las personas que nos hayan hecho daño y de todas esas veces en las que hemos sentido que ya no podíamos más, nuestra historia todavía no ha terminado. Eso es lo que me transmite “Still I Rise”, el poema de Maya Angelou que podría traducirse como “Y aun así, me levanto”. Se trata de un poema que habla de dignidad, de resistencia y de algo que todos necesitamos escuchar alguna vez en la vida. Y es que nadie tiene derecho a decidir cuánto valemos por el daño que hemos sufrido o por quienes somos.

Maya Angelou sabía de lo que hablaba. Fue una mujer afrodescendiente estadounidense que vivió en una sociedad marcada por el racismo y la discriminación, una sociedad que durante demasiado tiempo había intentado convencer a las personas afrodescendientes de que eran inferiores, que tenían que conformarse siempre con menos y que siempre habría lugares en los que nunca serían bienvenidas. Pero Maya no aceptó que otros decidieran quién podía ser ni hasta dónde podía llegar. Escribió, habló y defendió su dignidad con una fuerza extraordinaria. Y lo hizo sin pedir permiso, sin disculparse por existir y sin aceptar que los prejuicios de los demás tuvieran la última palabra sobre su vida. Por eso su poema sigue teniendo tanto sentido hoy. Porque, aunque hayan cambiado muchas cosas desde que lo escribió en 1978, todavía vivimos en un mundo en el que demasiadas personas tienen que luchar para que las traten con el respeto que merecen, sin violencia, sin odio y sin discriminación.

La frase que da título al poema es tan sencilla como profundo es su significado: “Y aun así, me levanto”. No dice que nunca haya caído ni tampoco dice que no le hayan hecho daño, que no haya llorado o que todo le haya resultado fácil. Lo que sí dice es que, a pesar de todo, va a levantarse siempre. Y hay una diferencia enorme entre esas dos cosas. Porque a veces parece que vivimos en una sociedad que nos exige estar bien constantemente, que nos anima a pasar página cuanto antes y que espera que superemos cualquier experiencia dolorosa sin molestar demasiado a quienes nos rodean. Como si sufrir tuviera una fecha de caducidad, como si bastara con proponérselo para que las heridas desaparecieran. Pero no, las cosas no funcionan así. Hay golpes que dejan marcas, hay palabras que tardan años en olvidarse y hay experiencias que nos cambian de una manera que quizá ni siquiera nosotros mismos conseguimos explicar. Y reconocerlo no nos hace débiles, nos hace humanos.

Por eso creo que debemos tener mucho cuidado cuando hablamos de superación. A veces, con la mejor intención del mundo, terminamos convirtiendo la fortaleza en una obligación. Le decimos a alguien que tiene que ser fuerte, que no puede venirse abajo, que debe mirar hacia delante y que no puede permitir que lo que ha vivido le afecte para siempre. Pero ¿qué pasa cuando esa persona está agotada? ¿Qué pasa cuando lleva meses, o incluso años, intentando recomponerse y siente que todavía le duele? ¿Qué pasa cuando sencillamente necesita que alguien se siente a su lado, le escuche y le diga que no tiene que demostrarle nada a nadie? También necesitamos hablar de eso, tenemos que aprender a hacerlo. Nadie debería tener que convertirse en un ejemplo de valentía para que los demás reconozcan su sufrimiento. Porque no tenemos que ser fuertes todos los días, ni tampoco tenemos que sonreír cuando nos apetece llorar ni fingir que hemos superado algo cuando todavía estamos intentando entender lo que nos ha pasado.

Levantarse no siempre significa hacer algo extraordinario como los héroes de la antigüedad. A veces significa salir de la cama después de una noche horrible. O volver a confiar en alguien cuando otras personas nos han enseñado a desconfiar de todo el mundo. Puede significar denunciar una injusticia, pedir ayuda, recuperar una afición que habíamos abandonado o atrevernos a volver a un lugar del que un día salimos sintiéndonos pequeños o profundamente heridos. Y otras veces, levantarse consiste simplemente en reconocer que hoy no podemos con todo y que necesitamos descansar. Porque descansar también es cuidarse, y cuidarse no es rendirse. Cada persona tiene sus tiempos, sus heridas y su manera de seguir adelante. No deberíamos juzgar a nadie por la velocidad a la que consigue sanar de sus heridas, ni mucho menos hacerle sentir culpable porque todavía no haya podido hacerlo. Cada persona es diferente, pero también es igualmente válida.

Cuando leo el poema de Maya, pienso en todas esas personas que, además de sufrir una injusticia, tienen que soportar que los demás cuestionen lo que les ha ocurrido. Personas que han sufrido racismo, homofobia, acoso, violencia sexual o cualquier otra forma de discriminación y que, cuando por fin se atreven a hablar, descubren que todavía tienen que defenderse de quienes ponen en duda su palabra, buscan explicaciones para justificar al agresor o les aconsejan que se callen para evitar problemas. Personas a las que parece que nunca se les permite estar tranquilas, porque después del daño llega la incomprensión y, con ella, esa sensación tan injusta de tener que demostrar una y otra vez que lo que han vivido importa. A veces, lo que más duele no es solamente lo que alguien nos hizo, sino comprobar que quienes podían habernos acompañado prefirieron mirar hacia otro lado.

Como abogado dedicado a la defensa de los derechos humanos, pero también como víctima de la violencia en mis años de juventud, he aprendido que detrás de cada caso hay mucho más que unos hechos, unos documentos o un procedimiento judicial. Hay personas con sus miedos, sus dudas, sus contradicciones y sus ganas de recuperar una vida que, por un motivo u otro, se ha vuelto mucho más difícil. A veces porque piensan que lo que les ha pasado ha sido culpa suya, y otras porque creen que ya no valen nada cuando sienten que se les ha arrebatado su dignidad. Sin embargo, la dignidad y el valor como ser humano nunca se pierden. Eso nunca deberíamos olvidarlo.

Podemos tener las mejores leyes, los procedimientos más garantistas y los discursos más bonitos sobre igualdad, pero, si cuando alguien pide ayuda no encuentra a nadie dispuesto a escucharle, todavía nos queda muchísimo camino por recorrer. La justicia es imprescindible, porque los derechos no pueden depender de la buena voluntad de los demás. Pero también necesitamos algo que parece muy sencillo y que, sin embargo, muchas veces escasea. Así es, necesitamos más humanidad. Necesitamos dejar de juzgar tan deprisa, aprender a escuchar sin buscar inmediatamente culpables entre quienes han sufrido y comprender que acompañar a una persona no significa decirle cómo tiene que vivir con lo que le ha pasado.

En este sentido, el poema de Maya tiene una lectura muy especial para quienes han sufrido discriminación por su orientación e identidad sexual o de género. Todavía hay personas que crecen escuchando que hay algo malo en ellas, que deberían esconder una parte de quienes son o que su felicidad depende de conseguir que los demás las acepten. Y eso puede hacer mucho daño, especialmente cuando esos mensajes llegan de personas a las que queremos o de entornos en los que deberíamos sentirnos seguros. Por eso me parece tan importante recordar que nadie tiene que pedir perdón por ser quien es. No tenemos que justificar nuestra existencia, ni escondernos para que otras personas estén más cómodas, ni aceptar que nos traten como si nuestra dignidad fuera inferior a la de cualquier otra persona. Y tampoco tenemos la obligación de exponernos o de dar explicaciones a todo el mundo. Cada cual tiene derecho a decidir cuándo hablar, a quién contárselo y cómo protegerse. A fin de cuentas, la libertad también consiste en poder elegir sin miedo.

Hay algo más en “Still I Rise” que me parece fundamental. El poema nos dice que no tenemos que vivir pendientes de quienes nos hicieron daño. No nos dice que tengamos que demostrarles constantemente que hemos conseguido salir adelante, ni que nuestra felicidad deba convertirse en una respuesta a sus actos. Porque, si lo pensamos bien, seguir organizando nuestra vida alrededor de lo que esas personas puedan pensar de nosotros significa que todavía les estamos concediendo demasiado espacio y control sobre nuestras vidas. Porque recuperar nuestra vida también consiste en dejar de necesitar la aprobación de las personas que nos rodean, el arrepentimiento de quienes nos hicieron daño o el reconocimiento de nuestra valía persona para empezar a sentirnos en paz con nosotros mismos. Eso no significa que olvidemos lo ocurrido, renunciar a denunciarlo o perdonar a quien nunca ha pedido perdón. Significa comprender que nuestra vida nos pertenece y que tenemos derecho a construirla sin pedir autorización a quienes nos hicieron daño.

Por supuesto que hay cosas que no se pueden recuperar. Hay personas que nos decepcionan de una manera que cambia para siempre nuestra forma de mirarlas. Hay oportunidades que se pierden, momentos que no vuelven y heridas que dejan una marca con la que tendremos que aprender a convivir. Sería absurdo negar esa realidad o decirle a alguien que todo ocurre por alguna razón, como si cada experiencia dolorosa escondiera una lección que debiéramos agradecer. No todo sufrimiento nos hace mejores. No toda injusticia nos enseña algo útil. A veces, sencillamente, hay cosas que nunca debieron ocurrir. Y reconocerlo también forma parte de nuestra dignidad. No tenemos que encontrarle un lado positivo a todo lo que nos ha hecho daño para poder seguir viviendo. Podemos lamentar lo sucedido, reclamar justicia y, al mismo tiempo, intentar encontrar momentos de alegría en el presente. Una cosa no invalida la otra.

Quizá por eso me gusta tanto la idea de levantarse una y otra vez. No porque crea que las personas somos invencibles, sino precisamente porque sé que no lo somos. Todas las personas tenemos límites y todas atravesamos momentos en los que necesitamos ayuda, cariño o simplemente un poco de tiempo para volver a encontrarnos. Lo importante no es demostrar que nada puede derribarnos, sino recordar que caer no nos convierte en personas derrotadas para siempre. Y que, si hoy no encontramos fuerzas para levantarnos, eso tampoco significa que hayamos perdido. A veces necesitamos que alguien nos tienda una mano, que nos recuerde que no estamos solos o que permanezca a nuestro lado sin exigirnos que estemos mejor al día siguiente. Porque también hay mucha dignidad en dejarse ayudar y también hay valentía en reconocer que no podemos hacerlo todo sin compañía.

Me gustaría que aprendiéramos a mirar de otra manera a las personas que han sufrido; que dejáramos de preguntarles por qué no hicieron esto o aquello y empezáramos por preguntarles qué necesitan; que no les exigiéramos explicaciones para concederles nuestra empatía; que comprendiéramos que cada persona tiene una historia que no siempre conocemos; y que, detrás de un silencio, una reacción o una aparente fragilidad, puede haber experiencias que nunca llegaremos a imaginar. Me gustaría que fuéramos capaces de acompañar sin invadir, de escuchar sin juzgar y de ayudar sin convertirnos en protagonistas de la recuperación de otra persona. Porque nadie necesita que le expliquemos cómo debe reconstruir su vida. Pero sí necesita que respetemos su tiempo y que no le hagamos sentir que tiene que hacerlo en soledad.

Al final, creo que eso es lo que Maya Angelou quiere decirnos con su poema. Que nuestra dignidad no desaparece cuando alguien nos desprecia; que no valemos menos porque nos hayan rechazado, humillado o hecho daño; que no tenemos que ocultar nuestras heridas para que los demás se sientan cómodos; y que tampoco estamos obligados a convertir nuestro dolor en una historia de superación que resulte inspiradora para quienes nos rodean. Somos personas, con todo lo que eso significa. Podemos tener días buenos y días malos, sentirnos seguros unas veces y dudar de nosotros mismos otras. Podemos avanzar, detenernos y volver a intentarlo. Y seguimos mereciendo exactamente el mismo respeto y seguimos manteniendo toda nuestra dignidad inherente como personas.

Si algo he aprendido de todo esto es que nunca deberíamos permitir que la peor experiencia de nuestra vida se convierta en la única manera de definirnos. Somos mucho más que lo que nos hicieron, mucho más que las palabras que nos dedicaron y mucho más que las veces que alguien intentó convencernos de que no éramos suficientes. También somos las personas a las que queremos, las pequeñas cosas que nos hacen felices, las causas que defendemos, los sueños que todavía conservamos y todas esas partes de nosotros mismos que, incluso después de los momentos más difíciles, siguen buscando un lugar en el mundo. No siempre podremos cambiar lo que nos ha ocurrido, pero merecemos tener la oportunidad de descubrir todo lo que todavía podemos vivir.

Por eso, cuando pienso en el poema “Still I Rise”, no escucho una voz que me exija ser fuerte a cualquier precio. Escucho una voz que me recuerda que tengo derecho a seguir adelante a mi manera, sin vergüenza y sin pedir permiso. Una voz que me dice que puedo reconocer mis heridas sin dejar que me definan por completo, que puedo defender mis derechos sin renunciar a mi sensibilidad y que puedo seguir creyendo en la dignidad humana de toda persona incluso después de haber conocido de cerca la crueldad de algunas personas. Y, sobre todo, esa misma voz es la que me recuerda que nadie debería tener el poder de decidir cuándo termina nuestra historia.

Habrá días en los que nos levantaremos con rabia, otros en los que lo haremos con miedo y algunos en los que apenas tendremos fuerzas para dar un paso. Habrá momentos en los que necesitaremos hablar y otros en los que preferiremos guardar silencio. Y todo eso estará bien. No tenemos que demostrarle nada a nadie, ni tampoco tenemos que ser extraordinarios para merecer una vida tranquila. Solo tenemos que recordar que seguimos teniendo derecho a ser nosotros mismos, a vivir sin miedo, a querer sin vergüenza y a caminar por el mundo sin sentir que debemos disculparnos por ocupar nuestro lugar.

Yo también lo haré. Aun así, me levantaré. No porque no me hayan hecho daño, ni porque haya olvidado lo ocurrido, ni porque tenga todas las respuestas. Me levantaré porque mi vida vale más que el desprecio de quienes no supieron respetarme; porque mi dignidad no depende de la aprobación de nadie; porque todavía quedan personas a las que querer, causas por las que luchar, palabras que escribir y momentos que merecen la pena; y porque, aunque no siempre pueda elegir lo que me sucede, sí merezco la oportunidad de decidir qué hago con mi vida a partir de ahora.

Que nadie nos haga creer que somos menos por haber sufrido; que nadie nos convenza de que debemos escondernos para ser aceptados; y que nunca olvidemos que, cuando alguien nos tiende la mano, cuando defendemos a quien está siendo humillado o cuando nos atrevemos a decir que una injusticia no puede quedar impune, también estamos ayudando a que otras personas encuentren sus propias fuerzas para levantarse.

Porque al final no se trata de no caer nunca, porque eso es inevitable a lo largo de la vida. Se trata de que nadie tenga derecho a condenarnos a permanecer en el suelo.

La dignidad nunca se pide de rodillas, porque ya te pertenece por el mero hecho de existir.

La libertad no se vive con vergüenza, sino con determinación, valentía y orgullo.

La esperanza, incluso cuando no lo parezca, siempre está ahí.

Por eso, aun así, me levanto.

Siempre me levantaré.

Y AUN ASÍ, ME LEVANTO

Tú puedes escribirme en la historia

con tus amargas, torcidas mentiras,

puedes aventarme al fango

y aún así, como el polvo… me levanto.


¿Mi descaro te molesta?

¿Porqué estás ahí quieto, apesadumbrado?

Porque camino como si fuera dueña de pozos petroleros

bombeando en la sala de mi casa…


Como lunas y como soles,

con la certeza de las mareas,

como las esperanzas brincando alto,

así… yo me levanto.


¿Me quieres ver destrozada?

cabeza agachada y ojos bajos,

hombros caídos como lágrimas,

debilitados por mi llanto desconsolado.


¿Mi arrogancia te ofende?

No lo tomes tan a pecho,

Porque yo río como si tuviera minas de oro

excavándose en el mismo patio de mi casa.


Puedes dispararme con tus palabras,

puedes herirme con tus ojos,

puedes matarme con tu odio,

y aún así, como el aire, me levanto.


¿Mi sensualidad te molesta?

¿Surge como una sorpresa

que yo baile como si tuviera diamantes ahí,

donde se encuentran mis muslos?


De las barracas de vergüenza de la historia,

yo me levanto.

Desde el pasado enraizado en dolor,

yo me levanto.

Soy un negro océano, amplio e inquieto,

manando me extiendo, sobre la marea.


Lejando atrás noches de temor, de terror,

me levanto,

A un amanecer maravillosamente claro,

me levanto,

Brindado los regalos legados por mis ancestros,

soy el sueño y la esperanza del esclavo.


Me levanto.

Me levanto.

Me levanto.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Still I Rise

Sometimes, a single sentence can enter our lives and touch a place within us that not everyone knows how to reach. It does not have to be particularly complicated or written in words we need to look up in a dictionary. It is enough for it to remind us of something we sometimes forget, that we are still here, and that despite everything we have been through, the people who have hurt us, and all those times when we have felt we could not go on any longer, our story is not over yet. That is what Still I Rise, the poem by Maya Angelou, means to me. It is a poem about dignity, resilience, and something we all need to hear at some point in our lives. No one has the right to decide how much we are worth because of the harm we have suffered or because of who we are.

Maya Angelou knew what she was talking about. She was an African American woman who lived in a society shaped by racism and discrimination, a society that had spent far too long trying to convince Black people that they were inferior, that they should always settle for less, and that there would always be places where they would never be welcome. But Maya refused to let others decide who she could be or how far she could go. She wrote, spoke out, and defended her dignity with extraordinary strength. She did so without asking permission, without apologising for existing, and without accepting that other people’s prejudices should have the final say over her life. That is why her poem still means so much today. Although many things have changed since she wrote it in 1978, we still live in a world where far too many people have to fight to be treated with the respect they deserve, free from violence, hatred, and discrimination.

The title of the poem is as simple as its meaning is profound. Still I Rise. It does not say that she has never fallen. Nor does it say that she has never been hurt, that she has never cried, or that everything has been easy for her. What it tells us is that, despite everything, she rises again. And there is an enormous difference between those two things. Sometimes, it feels as though we live in a society that expects us to be fine all the time, encourages us to move on as quickly as possible, and expects us to overcome every painful experience without inconveniencing the people around us too much. As though suffering had an expiry date, as though all it took was a decision for our wounds to disappear. But that is not how things work. Some blows leave scars, some words take years to forget, and some experiences change us in ways that even we ourselves may struggle to explain. Acknowledging that does not make us weak. It makes us human.

That is why I believe we need to be very careful when we talk about overcoming adversity. Sometimes, even with the best intentions in the world, we end up turning strength into an obligation. We tell someone that they have to be strong, that they cannot fall apart, that they must look ahead, and that they cannot allow what they have experienced to affect them forever. But what happens when that person is exhausted? What happens when they have spent months, or even years, trying to put themselves back together and still feel the pain? What happens when all they really need is for someone to sit beside them, listen to them, and tell them that they do not have to prove anything to anyone? We need to talk about that too. We need to learn how to do so. No one should have to become an example of courage for others to acknowledge their suffering. We do not have to be strong every single day. Nor do we have to smile when all we feel like doing is crying, or pretend that we have overcome something when we are still trying to understand what has happened to us.

Rising does not always mean doing something extraordinary, like the heroes of ancient times. Sometimes, it means getting out of bed after a terrible night. Or learning to trust someone again when other people have taught us to distrust everyone. It can mean reporting an injustice, asking for help, rediscovering a hobby we had abandoned, or daring to return to a place we once left feeling small or deeply wounded. And sometimes, rising simply means acknowledging that today we cannot handle everything and that we need to rest. Because resting is also a way of taking care of ourselves, and taking care of ourselves is not giving up. Everyone has their own pace, their own wounds, and their own way of moving forward. We should never judge anyone by how quickly they manage to heal, much less make them feel guilty because they have not yet been able to do so. Every person is different, but every person matters just as much as anyone else.

When I read Maya’s poem, I think of all those people who, on top of suffering an injustice, also have to endure others questioning what has happened to them. People who have experienced racism, homophobia, harassment, sexual violence, or any other form of discrimination, and who, when they finally find the courage to speak out, discover that they still have to defend themselves against those who doubt their word, look for excuses to justify the perpetrator, or advise them to stay quiet to avoid trouble. People who never seem to be allowed any peace, because after the harm comes the lack of understanding, followed by that deeply unfair feeling of having to prove over and over again that what they have been through matters. Sometimes, what hurts most is not just what someone did to us, but realising that the people who could have stood by our side chose to look the other way.

As a lawyer dedicated to defending human rights, but also as someone who experienced violence during my youth, I have learned that behind every case there is so much more than a set of facts, a collection of documents, or a court proceeding. There are people with their fears, their doubts, their contradictions, and their desire to reclaim a life that, for one reason or another, has become much more difficult. Sometimes, they believe that what happened to them was their fault. At other times, they feel they are worth nothing anymore because they believe their dignity has been taken away from them. Yet our dignity and our worth as human beings are never lost. We should never forget that.

We can have the best laws, the strongest legal safeguards, and the most beautiful speeches about equality, but if someone asks for help and finds no one willing to listen, we still have a very long way to go. Justice is essential because our rights cannot depend on the goodwill of others. But we also need something that sounds very simple and yet is so often in short supply. That is right, we need more humanity. We need to stop judging so quickly, learn to listen without immediately looking for someone to blame among those who have suffered, and understand that standing by someone does not mean telling them how they should live with what has happened to them.

In this respect, Maya’s poem has a particularly powerful meaning for those who have experienced discrimination because of their sexual orientation, gender identity, or gender expression. There are still people who grow up hearing that there is something wrong with them, that they should hide part of who they are, or that their happiness depends on getting other people to accept them. This can cause profound pain, especially when those messages come from people we love or from environments where we should feel safe. That is why I believe it is so important to remember that no one should ever have to apologise for being who they are. We do not have to justify our existence, hide ourselves to make other people more comfortable, or accept being treated as though our dignity were worth less than anyone else’s. Nor are we obliged to expose ourselves or explain ourselves to the whole world. Everyone has the right to decide when to speak, whom to tell, and how to protect themselves. After all, freedom also means being able to choose without fear.

There is something else about Still I Rise that I consider fundamental. The poem reminds us that we do not have to spend our lives worrying about the people who hurt us. It does not tell us that we must constantly prove to them that we have managed to move forward, or that our happiness must become a response to their actions. If we think about it, continuing to organise our lives around what those people might think of us means that we are still giving them too much space and control over our lives. Reclaiming our lives also means no longer needing the approval of those around us, the remorse of those who hurt us, or their recognition of our worth in order to begin finding peace within ourselves. That does not mean forgetting what happened, giving up on reporting it, or forgiving someone who has never apologised. It means understanding that our lives belong to us and that we have the right to build them without asking permission from those who hurt us.

Of course, there are things we cannot get back. Some people disappoint us in ways that permanently change how we see them. Opportunities are lost, moments never return, and some wounds leave scars we must learn to live with. It would be absurd to deny this reality or tell someone that everything happens for a reason, as though every painful experience contained a lesson we should be grateful for. Not all suffering makes us better people. Not every injustice teaches us something useful. Sometimes, there are simply things that should never have happened. Acknowledging that is also part of our dignity. We do not have to find a positive side to everything that has hurt us in order to carry on living. We can grieve what happened, demand justice, and at the same time try to find moments of happiness in the present. One does not cancel out the other.

Perhaps that is why I love the idea of rising again and again so much. Not because I believe we are invincible, but precisely because I know we are not. We all have our limits, and we all go through times when we need help, affection, or simply a little time to find ourselves again. What matters is not proving that nothing can bring us down, but remembering that falling does not mean we are defeated forever. And if we cannot find the strength to rise today, that does not mean we have lost either. Sometimes, we need someone to reach out a hand, remind us that we are not alone, or stay by our side without expecting us to feel better by the following day. There is dignity in allowing others to help us, and there is courage in acknowledging that we cannot do everything on our own.

I wish we could learn to look at people who have suffered differently. I wish we would stop asking them why they did this or that and start by asking them what they need. I wish we would stop demanding explanations before offering empathy. I wish we could understand that every person has a story we do not always know, and that behind a silence, a reaction, or an apparent vulnerability there may be experiences we can never fully imagine. I wish we could learn to stand by people without intruding, to listen without judging, and to help without making ourselves the central figures in someone else’s recovery. Because no one needs us to explain how they should rebuild their life. What they do need is for us to respect their time and not make them feel that they have to do it alone.

Ultimately, I believe this is what Maya Angelou wants to tell us through her poem. Our dignity does not disappear when someone despises us. We are worth no less because we have been rejected, humiliated, or hurt. We do not have to hide our wounds to make other people comfortable, nor are we obliged to turn our pain into an inspiring story of overcoming adversity for those around us. We are human beings, with everything that entails. We can have good days and bad days, feel confident at times and doubt ourselves at others. We can move forward, pause, and try again. And we still deserve exactly the same respect. Our inherent dignity as human beings remains intact.

If there is one thing I have learned from all this, it is that we should never allow the worst experience of our lives to become the only way we define ourselves. We are so much more than what others did to us, so much more than the words they said to us, and so much more than the times someone tried to convince us that we were not good enough. We are also the people we love, the little things that make us happy, the causes we stand up for, the dreams we still hold on to, and all those parts of ourselves that continue searching for a place in the world, even after the most difficult moments. We may not always be able to change what has happened to us, but we deserve the opportunity to discover everything that is still waiting for us in life.

That is why, when I think about Still I Rise, I do not hear a voice demanding that I be strong at any cost. I hear a voice reminding me that I have the right to move forward in my own way, without shame and without asking permission. A voice telling me that I can acknowledge my wounds without allowing them to define me completely, that I can defend my rights without losing my sensitivity, and that I can continue believing in the dignity of every human being even after experiencing the cruelty of some people firsthand. Above all, that same voice reminds me that no one should have the power to decide when our story ends.

There will be days when we rise with anger, others when we rise with fear, and some when we barely have the strength to take a single step. There will be moments when we need to speak and others when we would rather remain silent. And all of that is okay. We do not have to prove anything to anyone, nor do we have to be extraordinary to deserve a peaceful life. We simply have to remember that we still have the right to be ourselves, to live without fear, to love without shame, and to walk through the world without feeling that we must apologise for taking up space.

I will do it too. Still I Rise. Not because I have never been hurt, not because I have forgotten what happened, and not because I have all the answers. I will rise because my life is worth more than the contempt of those who did not know how to respect me, because my dignity does not depend on anyone else’s approval, because there are still people to love, causes to fight for, words to write, and moments worth living for, and because, even though I cannot always choose what happens to me, I deserve the opportunity to decide what I do with my life from this point onwards.

May no one ever make us believe that we are worth less because we have suffered. May no one convince us that we must hide ourselves to be accepted. And may we never forget that when someone reaches out a hand to us, when we stand up for someone who is being humiliated, or when we dare to say that an injustice must not go unpunished, we are also helping other people find the strength to rise in their own way.

Because, in the end, it is not about never falling, because falling is an inevitable part of life. It is about making sure that no one has the right to condemn us to stay down.

Dignity is never something we should have to beg for on our knees, because it already belongs to us simply by virtue of being alive.

Freedom is not something to live in shame, but with determination, courage, and pride.

Hope is always there, even when it may not seem that way.

That is why, still I rise.

I will always rise.

STILL I RISE

You may write me down in history

With your bitter, twisted lies,

You may trod me in the very dirt

But still, like dust, I’ll rise.



Does my sassiness upset you?

Why are you beset with gloom?

’Cause I walk like I’ve got oil wells

Pumping in my living room.



Just like moons and like suns,

With the certainty of tides,

Just like hopes springing high,

Still I’ll rise.



Did you want to see me broken?

Bowed head and lowered eyes?

Shoulders falling down like teardrops,

Weakened by my soulful cries?



Does my haughtiness offend you?

Don’t you take it awful hard

’Cause I laugh like I’ve got gold mines

Diggin’ in my own backyard.



You may shoot me with your words,

You may cut me with your eyes,

You may kill me with your hatefulness,

But still, like air, I’ll rise.



Does my sexiness upset you?

Does it come as a surprise

That I dance like I’ve got diamonds

At the meeting of my thighs?



Out of the huts of history’s shame

I rise

Up from a past that’s rooted in pain

I rise

I’m a black ocean, leaping and wide,

Welling and swelling I bear in the tide.



Leaving behind nights of terror and fear

I rise

Into a daybreak that’s wondrously clear

I rise

Bringing the gifts that my ancestors gave,

I am the dream and the hope of the slave.

I rise

I rise

I rise.