Algunas canciones, cuando las escuchamos, nos pueden gustar o no. Pero hay otras que escuchamos y, aunque queramos, no podemos quedarnos indiferentes. Strange Fruit es una de esas canciones.
No es una canción para escuchar de fondo mientras haces cualquier otra cosa, porque desde los primeros versos te obliga a parar, a mirar y a pensar en aquello que muchas veces preferimos no mirar demasiado de cerca. Cuando escuchas “Southern trees bear a strange fruit” (Los árboles del Sur dan un fruto extraño). Y enseguida entendemos de qué fruto está hablando Billie Holiday cuando canta “Blood on the leaves and blood at the root” (Sangre en las hojas y sangre en la raíz)
La canción, escrita por Abel Meeropol y popularizada por Billie Holiday en 1939, nació como una denuncia de los linchamientos racistas que sufrían las personas negras en Estados Unidos. Los cuerpos de las víctimas eran colgados de los árboles y, en ocasiones, aquella violencia se convertía incluso en un espectáculo ante la mirada de otras personas. Holiday no necesitó convertirlo en un discurso político interminable.
Le bastó con describir aquello que estaba ocurriendo y enfrentarnos a una imagen que todavía hoy resulta insoportable. Mientras los árboles seguían allí, mientras florecían las magnolias y mientras el paisaje podía parecer hermoso, de sus ramas colgaban cuerpos humanos.
Quizá ahí esté una de las cosas que más impresionan de esta canción. Y es que la violencia puede convivir con la normalidad. Puede haber una plaza llena de gente, una calle transitada, una bandera ondeando, una fiesta, una televisión encendida en un salón y una conversación aparentemente tranquila mientras, en algún otro lugar, alguien está siendo perseguido, humillado, expulsado o asesinado. La vida continúa para quienes miran desde fuera, mientras para quien está sufriendo todo acaba de cambiar para siempre.
“Pastoral scene of the gallant South”, canta Holiday, y después rompe completamente esa imagen con “The bulgin’ eyes and the twisted mouth”. El paisaje idílico desaparece y aparece el cuerpo de la víctima. Después llega uno de los versos más terribles de toda la canción, “Then the sudden smell of burnin’ flesh”, y ya no queda ningún espacio para la comodidad. No estamos ante una discusión sobre conceptos, cifras o ideologías. Estamos hablando de seres humanos.
Por eso creo que Strange Fruit sigue hablándonos hoy, aunque hayan pasado casi noventa años desde que Billie Holiday la convirtió en un símbolo. No porque las situaciones sean idénticas ni porque debamos caer en comparaciones históricas fáciles, sino porque algunas de las dinámicas que hicieron posible aquella violencia continúan apareciendo en muchos lugares del mundo. Cambian los escenarios, cambian las palabras y cambian las formas de ejercer la violencia, pero sigue existiendo una peligrosa facilidad para convertir a determinadas personas en un problema, en una amenaza o en alguien cuya vida parece importar un poco menos.
Lo vemos dentro y fuera de Europa cuando las personas migrantes son presentadas como una invasión y no como seres humanos, cuando quienes huyen de una guerra son recibidos antes con sospecha que con solidaridad, cuando se criminaliza a quienes llegan en busca de una vida mejor o cuando se utilizan determinados grupos como culpables de problemas sociales que son mucho más complejos. Lo vemos también cuando el racismo se disfraza de preocupación por la seguridad, cuando la xenofobia se presenta como defensa de las fronteras o cuando el miedo se utiliza para conseguir que aceptemos como normales medidas que, si afectaran a personas más cercanas a nosotros, probablemente nos resultarían mucho más difíciles de aceptar. Y también lo vemos en Europa, donde la defensa de los derechos humanos convive en ocasiones con discursos políticos que hablan de migración, asilo y refugio como si estuviéramos hablando únicamente de cifras.
Detrás de cada número hay una persona que ha dejado atrás una casa, una familia, un trabajo, una ciudad o incluso un país entero porque quedarse podía significar morir o vivir sin ninguna posibilidad de futuro. Cuando reducimos esa realidad a estadísticas, fronteras y porcentajes, existe el riesgo de olvidar precisamente aquello que Strange Fruit nos obliga a recordar, que detrás de cada cuerpo hay una vida.
Por eso me cuesta escuchar algunos discursos que se están normalizando en nuestros días. Me preocupa especialmente cuando determinadas personas dejan de ser descritas como personas y comienzan a serlo únicamente como miembros de un colectivo al que se atribuyen características negativas. Cuando alguien dice «los inmigrantes», «los musulmanes», «los gitanos», «los homosexuales» o cualquier otra expresión utilizada para meter a millones de personas diferentes dentro del mismo saco, conviene detenerse un momento y preguntarse qué estamos haciendo realmente. Porque cuando dejamos de ver individuos y empezamos a ver categorías, resulta mucho más fácil justificar aquello que jamás aceptaríamos que se hiciera contra alguien de nuestra familia. Y es justo aquí es donde creo que Strange Fruit puede ayudarnos también a mirar hacia Ceuta.
Ceuta es una ciudad especialmente compleja, situada en una frontera que no es únicamente geográfica, sino también política, económica y humana. Lo que sucede allí no puede explicarse con consignas sencillas ni con discursos que dividan el mundo entre quienes supuestamente defienden a Ceuta y quienes supuestamente están contra Ceuta. Defender a Ceuta y a sus ciudadanos no exige convertir al migrante en enemigo, del mismo modo que defender las fronteras no exige abandonar la humanidad de quienes intentan cruzarlas.
En los últimos días hemos vuelto a escuchar mensajes, imágenes y discursos relacionados con Ceuta en los que el miedo ocupa demasiado espacio y la humanidad demasiado poco. También hemos visto cómo determinados bulos y generalizaciones pueden extenderse con enorme rapidez, alimentando una sensación de amenaza permanente y haciendo que personas concretas desaparezcan detrás de una palabra tan poderosa como «invasión». Y cuando una persona deja de ser una persona para convertirse en una invasión, hemos dado un paso muy peligroso, aunque todavía no haya violencia física.
No hace falta que haya un cuerpo colgado de un árbol para que exista deshumanización. No hace falta llegar a los extremos que describe Billie Holiday para que una sociedad empiece a acostumbrarse a mirar a determinados seres humanos de otra manera. La deshumanización puede empezar con una fotografía manipulada, con un bulo compartido miles de veces, con una frase pronunciada en televisión, con un comentario en redes sociales o con una explicación política que convierte a un grupo entero en responsable de todos nuestros problemas.
Y eso debería preocuparnos especialmente porque la historia nos ha demostrado que las palabras no son inocentes cuando se repiten lo suficiente. Primero se señala a un grupo, después se le atribuyen características negativas, más tarde se justifica que reciba un trato diferente y, finalmente, algunas personas terminan convencidas de que ese trato diferente está perfectamente justificado. No siempre ocurre así, por supuesto, pero cuando aparecen esos mecanismos tenemos la obligación de reconocerlos y frenarlos antes de que vayan más lejos.
“Black bodies swingin’ in the Southern breeze”. El verso nos devuelve de nuevo a la imagen de aquellos cuerpos balanceándose en la brisa del Sur. Y quizá lo más importante sea recordar que antes de convertirse en un símbolo, cada uno de aquellos cuerpos pertenecía a una persona. Tenía un nombre, una familia, una historia y alguien que la quería. Eso es precisamente lo que la deshumanización intenta borrar.
Por eso, cuando hablamos hoy de personas migrantes, refugiadas, musulmanas, negras, gitanas, judías, LGTBI o pertenecientes a cualquier otro colectivo que pueda convertirse en objeto de odio, deberíamos hacer un esfuerzo consciente por recuperar aquello que los discursos simplistas intentan quitarnos de la vista. No estamos hablando de masas abstractas, sino de personas concretas que sienten miedo, que tienen esperanza, que quieren vivir, que quieren cuidar de sus familias y que, como nosotros, aspiran a tener una vida digna.
La canción termina con una imagen que sigue siendo extraordinariamente poderosa, “Here is a strange and bitter crop” (Aquí está una extraña y amarga cosecha). Y quizá esa sea la pregunta que deberíamos hacernos también nosotros, tanto en Europa como fuera de ella, cuando vemos crecer el racismo, la xenofobia, el antisemitismo, la islamofobia, la homofobia o cualquier otra forma de odio. ¿Qué estamos sembrando y qué clase de cosecha estamos preparando para quienes vengan detrás?
Nosotros también sembramos todos los días, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Sembramos cuando compartimos un bulo porque confirma lo que queremos creer, cuando nos reímos de una persona por su origen, cuando aceptamos que se insulte a un colectivo porque pensamos que «solo es una broma», cuando justificamos que alguien reciba un trato diferente porque «no es como nosotros» o cuando decidimos permanecer callados porque la persona que está siendo atacada no pertenece a nuestro grupo.
Pero también podemos sembrar algo diferente. Podemos hacerlo cuando comprobamos antes de compartir, cuando cuestionamos un discurso que pretende convertir al otro en enemigo, cuando defendemos los derechos de alguien que no conocemos y cuando somos capaces de decir que una persona merece dignidad incluso cuando no compartimos su origen, sus creencias, su orientación sexual o sus ideas.
Los derechos humanos, al fin y al cabo, no se ponen a prueba cuando defendemos a quienes se parecen a nosotros. Se ponen a prueba cuando somos capaces de defender la dignidad de quien está delante de nosotros precisamente porque es diferente. Y eso incluye también a quienes llegan a nuestras fronteras, a quienes buscan refugio y a quienes, como sucede tantas veces en Ceuta y en otros lugares, terminan atrapados en medio de decisiones políticas en las que su propia voz parece ser la que menos importa.
Strange Fruit no debería servirnos únicamente para recordar algo terrible que ocurrió hace casi un siglo en Estados Unidos. Debería servirnos para preguntarnos qué estamos haciendo hoy cuando vemos cómo determinadas personas son convertidas en enemigos, cuando aceptamos que se les humille porque «se lo han buscado» o cuando dejamos que el miedo pese más que la empatía. Porque quizá la distancia entre mirar a una persona y mirar a un enemigo sea mucho más pequeña de lo que queremos reconocer.
Y quizá por eso esta canción siga siendo tan incómoda y tan necesaria. Porque nos recuerda que una sociedad no se vuelve cruel de repente, sino que puede ir acostumbrándose poco a poco a determinadas palabras, determinadas imágenes y determinadas injusticias hasta que llega un momento en que aquello que debería escandalizarnos deja de hacerlo.
Los árboles no nacen con sangre en las hojas. Son las sociedades las que, poco a poco, pueden terminar llenando de sangre sus raíces cuando permiten que el odio, el miedo y la deshumanización ocupen el lugar que deberían ocupar la dignidad, la empatía y los derechos humanos.
Que cuando miremos hacia cualquier frontera, incluida la de Ceuta, nunca olvidemos que al otro lado no hay una amenaza, sino personas cuyas vidas valen exactamente lo mismo que las nuestras.
Que ninguna sociedad vuelva a cultivar el odio hasta terminar llamando cosecha a la deshumanización.
Porque no solo empobrece la tierra.
También el alma.



