El extraño fruto

Algunas canciones, cuando las escuchamos, nos pueden gustar o no. Pero hay otras que escuchamos y, aunque queramos, no podemos quedarnos indiferentes. Strange Fruit es una de esas canciones.

No es una canción para escuchar de fondo mientras haces cualquier otra cosa, porque desde los primeros versos te obliga a parar, a mirar y a pensar en aquello que muchas veces preferimos no mirar demasiado de cerca. Cuando escuchas “Southern trees bear a strange fruit” (Los árboles del Sur dan un fruto extraño). Y enseguida entendemos de qué fruto está hablando Billie Holiday cuando canta “Blood on the leaves and blood at the root” (Sangre en las hojas y sangre en la raíz)

La canción, escrita por Abel Meeropol y popularizada por Billie Holiday en 1939, nació como una denuncia de los linchamientos racistas que sufrían las personas negras en Estados Unidos. Los cuerpos de las víctimas eran colgados de los árboles y, en ocasiones, aquella violencia se convertía incluso en un espectáculo ante la mirada de otras personas. Holiday no necesitó convertirlo en un discurso político interminable.

Le bastó con describir aquello que estaba ocurriendo y enfrentarnos a una imagen que todavía hoy resulta insoportable. Mientras los árboles seguían allí, mientras florecían las magnolias y mientras el paisaje podía parecer hermoso, de sus ramas colgaban cuerpos humanos.

Quizá ahí esté una de las cosas que más impresionan de esta canción. Y es que la violencia puede convivir con la normalidad. Puede haber una plaza llena de gente, una calle transitada, una bandera ondeando, una fiesta, una televisión encendida en un salón y una conversación aparentemente tranquila mientras, en algún otro lugar, alguien está siendo perseguido, humillado, expulsado o asesinado. La vida continúa para quienes miran desde fuera, mientras para quien está sufriendo todo acaba de cambiar para siempre.

“Pastoral scene of the gallant South”, canta Holiday, y después rompe completamente esa imagen con “The bulgin’ eyes and the twisted mouth”. El paisaje idílico desaparece y aparece el cuerpo de la víctima. Después llega uno de los versos más terribles de toda la canción, “Then the sudden smell of burnin’ flesh”, y ya no queda ningún espacio para la comodidad. No estamos ante una discusión sobre conceptos, cifras o ideologías. Estamos hablando de seres humanos.

Por eso creo que Strange Fruit sigue hablándonos hoy, aunque hayan pasado casi noventa años desde que Billie Holiday la convirtió en un símbolo. No porque las situaciones sean idénticas ni porque debamos caer en comparaciones históricas fáciles, sino porque algunas de las dinámicas que hicieron posible aquella violencia continúan apareciendo en muchos lugares del mundo. Cambian los escenarios, cambian las palabras y cambian las formas de ejercer la violencia, pero sigue existiendo una peligrosa facilidad para convertir a determinadas personas en un problema, en una amenaza o en alguien cuya vida parece importar un poco menos.

Lo vemos dentro y fuera de Europa cuando las personas migrantes son presentadas como una invasión y no como seres humanos, cuando quienes huyen de una guerra son recibidos antes con sospecha que con solidaridad, cuando se criminaliza a quienes llegan en busca de una vida mejor o cuando se utilizan determinados grupos como culpables de problemas sociales que son mucho más complejos. Lo vemos también cuando el racismo se disfraza de preocupación por la seguridad, cuando la xenofobia se presenta como defensa de las fronteras o cuando el miedo se utiliza para conseguir que aceptemos como normales medidas que, si afectaran a personas más cercanas a nosotros, probablemente nos resultarían mucho más difíciles de aceptar. Y también lo vemos en Europa, donde la defensa de los derechos humanos convive en ocasiones con discursos políticos que hablan de migración, asilo y refugio como si estuviéramos hablando únicamente de cifras.

Detrás de cada número hay una persona que ha dejado atrás una casa, una familia, un trabajo, una ciudad o incluso un país entero porque quedarse podía significar morir o vivir sin ninguna posibilidad de futuro. Cuando reducimos esa realidad a estadísticas, fronteras y porcentajes, existe el riesgo de olvidar precisamente aquello que Strange Fruit nos obliga a recordar, que detrás de cada cuerpo hay una vida.

Por eso me cuesta escuchar algunos discursos que se están normalizando en nuestros días. Me preocupa especialmente cuando determinadas personas dejan de ser descritas como personas y comienzan a serlo únicamente como miembros de un colectivo al que se atribuyen características negativas. Cuando alguien dice «los inmigrantes», «los musulmanes», «los gitanos», «los homosexuales» o cualquier otra expresión utilizada para meter a millones de personas diferentes dentro del mismo saco, conviene detenerse un momento y preguntarse qué estamos haciendo realmente. Porque cuando dejamos de ver individuos y empezamos a ver categorías, resulta mucho más fácil justificar aquello que jamás aceptaríamos que se hiciera contra alguien de nuestra familia. Y es justo aquí es donde creo que Strange Fruit puede ayudarnos también a mirar hacia Ceuta.

Ceuta es una ciudad especialmente compleja, situada en una frontera que no es únicamente geográfica, sino también política, económica y humana. Lo que sucede allí no puede explicarse con consignas sencillas ni con discursos que dividan el mundo entre quienes supuestamente defienden a Ceuta y quienes supuestamente están contra Ceuta. Defender a Ceuta y a sus ciudadanos no exige convertir al migrante en enemigo, del mismo modo que defender las fronteras no exige abandonar la humanidad de quienes intentan cruzarlas.

En los últimos días hemos vuelto a escuchar mensajes, imágenes y discursos relacionados con Ceuta en los que el miedo ocupa demasiado espacio y la humanidad demasiado poco. También hemos visto cómo determinados bulos y generalizaciones pueden extenderse con enorme rapidez, alimentando una sensación de amenaza permanente y haciendo que personas concretas desaparezcan detrás de una palabra tan poderosa como «invasión». Y cuando una persona deja de ser una persona para convertirse en una invasión, hemos dado un paso muy peligroso, aunque todavía no haya violencia física.

No hace falta que haya un cuerpo colgado de un árbol para que exista deshumanización. No hace falta llegar a los extremos que describe Billie Holiday para que una sociedad empiece a acostumbrarse a mirar a determinados seres humanos de otra manera. La deshumanización puede empezar con una fotografía manipulada, con un bulo compartido miles de veces, con una frase pronunciada en televisión, con un comentario en redes sociales o con una explicación política que convierte a un grupo entero en responsable de todos nuestros problemas.

Y eso debería preocuparnos especialmente porque la historia nos ha demostrado que las palabras no son inocentes cuando se repiten lo suficiente. Primero se señala a un grupo, después se le atribuyen características negativas, más tarde se justifica que reciba un trato diferente y, finalmente, algunas personas terminan convencidas de que ese trato diferente está perfectamente justificado. No siempre ocurre así, por supuesto, pero cuando aparecen esos mecanismos tenemos la obligación de reconocerlos y frenarlos antes de que vayan más lejos.

“Black bodies swingin’ in the Southern breeze”. El verso nos devuelve de nuevo a la imagen de aquellos cuerpos balanceándose en la brisa del Sur. Y quizá lo más importante sea recordar que antes de convertirse en un símbolo, cada uno de aquellos cuerpos pertenecía a una persona. Tenía un nombre, una familia, una historia y alguien que la quería. Eso es precisamente lo que la deshumanización intenta borrar.

Por eso, cuando hablamos hoy de personas migrantes, refugiadas, musulmanas, negras, gitanas, judías, LGTBI o pertenecientes a cualquier otro colectivo que pueda convertirse en objeto de odio, deberíamos hacer un esfuerzo consciente por recuperar aquello que los discursos simplistas intentan quitarnos de la vista. No estamos hablando de masas abstractas, sino de personas concretas que sienten miedo, que tienen esperanza, que quieren vivir, que quieren cuidar de sus familias y que, como nosotros, aspiran a tener una vida digna.

La canción termina con una imagen que sigue siendo extraordinariamente poderosa, Here is a strange and bitter crop” (Aquí está una extraña y amarga cosecha). Y quizá esa sea la pregunta que deberíamos hacernos también nosotros, tanto en Europa como fuera de ella, cuando vemos crecer el racismo, la xenofobia, el antisemitismo, la islamofobia, la homofobia o cualquier otra forma de odio. ¿Qué estamos sembrando y qué clase de cosecha estamos preparando para quienes vengan detrás?

Nosotros también sembramos todos los días, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Sembramos cuando compartimos un bulo porque confirma lo que queremos creer, cuando nos reímos de una persona por su origen, cuando aceptamos que se insulte a un colectivo porque pensamos que «solo es una broma», cuando justificamos que alguien reciba un trato diferente porque «no es como nosotros» o cuando decidimos permanecer callados porque la persona que está siendo atacada no pertenece a nuestro grupo.

Pero también podemos sembrar algo diferente. Podemos hacerlo cuando comprobamos antes de compartir, cuando cuestionamos un discurso que pretende convertir al otro en enemigo, cuando defendemos los derechos de alguien que no conocemos y cuando somos capaces de decir que una persona merece dignidad incluso cuando no compartimos su origen, sus creencias, su orientación sexual o sus ideas.

Los derechos humanos, al fin y al cabo, no se ponen a prueba cuando defendemos a quienes se parecen a nosotros. Se ponen a prueba cuando somos capaces de defender la dignidad de quien está delante de nosotros precisamente porque es diferente. Y eso incluye también a quienes llegan a nuestras fronteras, a quienes buscan refugio y a quienes, como sucede tantas veces en Ceuta y en otros lugares, terminan atrapados en medio de decisiones políticas en las que su propia voz parece ser la que menos importa.

Strange Fruit no debería servirnos únicamente para recordar algo terrible que ocurrió hace casi un siglo en Estados Unidos. Debería servirnos para preguntarnos qué estamos haciendo hoy cuando vemos cómo determinadas personas son convertidas en enemigos, cuando aceptamos que se les humille porque «se lo han buscado» o cuando dejamos que el miedo pese más que la empatía. Porque quizá la distancia entre mirar a una persona y mirar a un enemigo sea mucho más pequeña de lo que queremos reconocer.

Y quizá por eso esta canción siga siendo tan incómoda y tan necesaria. Porque nos recuerda que una sociedad no se vuelve cruel de repente, sino que puede ir acostumbrándose poco a poco a determinadas palabras, determinadas imágenes y determinadas injusticias hasta que llega un momento en que aquello que debería escandalizarnos deja de hacerlo.

Los árboles no nacen con sangre en las hojas. Son las sociedades las que, poco a poco, pueden terminar llenando de sangre sus raíces cuando permiten que el odio, el miedo y la deshumanización ocupen el lugar que deberían ocupar la dignidad, la empatía y los derechos humanos.

Que cuando miremos hacia cualquier frontera, incluida la de Ceuta, nunca olvidemos que al otro lado no hay una amenaza, sino personas cuyas vidas valen exactamente lo mismo que las nuestras.

Que ninguna sociedad vuelva a cultivar el odio hasta terminar llamando cosecha a la deshumanización.

Porque no solo empobrece la tierra.

También el alma.

El caso más extraño del último año

Ahora que acabamos de empezar el nuevo curso judicial, quiero compartir el caso más extraño que he tenido durante el último año. Básicamente se redujo todo a una consulta, pero lo relevante no es la consulta en sí, sino el trasfondo que tenía y que me dejó, cuanto menos, con una sensación extraña.

Una tarde recibí en mi correo electrónico una consulta que, desde la primera lectura, me hizo detenerme más de lo habitual. No porque describiera hechos especialmente complejos desde el punto de vista técnico, sino porque condensaba en pocas líneas una situación que, por desgracia, sigo viendo con demasiada frecuencia en el ejercicio profesional y también desde la entidad a la que orgullosamente pertenezco a nivel nacional.

Quien me escribía no lo hacía para defenderse de una acusación penal concreta. No había una imputación formal, ni una denuncia con hechos tipificados, ni una citación judicial. Lo que había era una sensación persistente de estar siendo señalado, vigilado y tratado como sospechoso por una única razón: su identificación como satanista moderno, en un sentido simbólico y no teísta.

En el cuerpo del correo me explicaba un poco todo. Al parecer, más allá de lo que el imaginario colectivo pueda pensar, determinadas corrientes del satanismo simbólico no teísta se conciben como una corriente filosófica y no creen en Satanás como un ser real. Se utiliza a Satanás como un símbolo de rebeldía frente a la autoridad injusta, de pensamiento crítico, libertad individual y autonomía personal. Sus seguidores suelen ser ateos o agnósticos y rechazan lo sobrenatural. Defienden una ética basada en la razón, la ciencia, la responsabilidad individual y los derechos humanos, sin dogmas ni mandatos divinos. No promueven el mal ni la violencia bajo ninguna de sus formas. Pero sí utilizan la provocación simbólica para cuestionar el poder, la hipocresía religiosa y defender una verdadera separación entre religión y Estado.

El resto del correo era claro, contenido y sin dramatismo innecesario. Se describían hechos cotidianos, aparentemente menores, pero que, sumados y vistos en su conjunto, dibujaban un patrón bastante preocupante. Existían comentarios fuera de lugar en el entorno laboral, advertencias informales, miradas incómodas, rumores sobre su supuesta peligrosidad, insinuaciones relacionadas con menores y, finalmente, una actuación policial que, como poco, era muy difícil de justificar desde un punto de vista objetivo. Todo ello, según el relato recibido, sin que existiera aparentemente ninguna conducta ilícita que justificara ese trato y teniendo como único elemento diferencial su identificación con una determinada corriente satanista simbólica y no teísta.

Antes de entrar en valoraciones jurídicas, lo primero que hice fue ordenar los hechos. Esa es siempre la base de cualquier asesoramiento serio. Siempre hay que separar lo que se siente de lo que ocurre, lo que se teme de lo que puede acreditarse. En este caso, una vez eliminada la carga emocional lógica de quien se siente injustamente tratado, lo que quedaba era una pregunta muy sencilla y muy grave a la vez: ¿puede alguien ser tratado como sospechoso únicamente por su ideología, sus creencias, su pensamiento o su estética?

La respuesta jurídica, al menos en un Estado de Derecho, es clara. No, el Derecho Penal no puede castigar a una persona por sus meras ideas, creencias o convicciones. Lo que puede perseguir son conductas concretas que estén previamente tipificadas como delito. Todo lo demás pertenece al terreno del prejuicio, no al ámbito del Derecho.

En mi respuesta por correo fui especialmente cuidadoso en explicar esta diferencia. Le indiqué que la identificación con corrientes satanistas no delictivas está amparada por la libertad ideológica y, en su caso, también por la libertad religiosa, ambas reconocidas constitucionalmente. También le indiqué que la mera utilización de la etiqueta «satánico» no acredita por sí misma la existencia de una conducta ilícita ni convierte a quien la recibe en sospechoso de haber cometido un delito.

También le advertí de algo muy importante en lo que muy poca gente repara, y que es el riesgo de que esa etiqueta funcione como una profecía autocumplida. Cuando una persona es percibida como peligrosa, aunque no lo sea, las instituciones tienden a mirarla de otro modo. Y ahí es donde el asesoramiento jurídico temprano resulta del todo esencial.

Posteriormente, analizamos, aunque de forma preliminar, las posibles vías de actuación. Desde la recopilación ordenada de pruebas documentales y testificales, hasta la valoración de la posible relevancia penal de determinadas conductas, incluidos, según sus circunstancias, delitos contra la integridad moral, amenazas, coacciones, discriminación o delitos contra los derechos de los trabajadores. También, si los hechos fueran imputables a una actuación administrativa, la posible existencia de una vulneración de derechos fundamentales. Nada de respuestas grandilocuentes ni promesas vacías. Solo escenarios posibles y estudiados con especial cautela.

Le expliqué también que, antes de judicializar cualquier conflicto, conviene entender bien el terreno que se pisa. No todo agravio debe acabar en un juzgado, pero todo posible agravio con relevancia jurídica conviene documentarlo. Por tanto, era necesario recopilar todos los correos, mensajes, testigos, informes y actuaciones policiales. No olvidemos que el Derecho no se mueve por intuiciones, sino por hechos acreditados o, como mínimo, razonablemente acreditables.

Uno de los puntos donde hice más hincapié fue en la importancia de no normalizar nunca el señalamiento. Cuando una persona empieza a asumir como «normal» que se le trate de forma distinta por sus creencias o su identidad, el daño ya puede estar produciéndose. Es verdad que ese daño no siempre es visible de inmediato, pero puede dejar una huella difícil de reparar.

En ningún momento se habló de confrontación innecesaria. Todo lo contrario, la orientación fue siempre clara para poder protegerse jurídicamente, conocer los propios derechos y actuar siempre con prudencia. Había que evitar caer en provocaciones, no alimentar el relato ajeno y, sobre todo, nunca interiorizar la culpa de algo que no es reprochable.

Me despedí cerrando el correo y dejando claro que, si decidía formalizar la hoja de encargo profesional, el primer paso sería un análisis exhaustivo de toda la documentación y una delimitación precisa del objetivo. Es decir, si se optaba por una defensa preventiva, por una actuación frente a una posible vulneración de derechos o, llegado el caso, por una respuesta penal o contenciosa. Fuera cual fuera la vía elegida, todo tenía que hacerse a su debido tiempo. Minutos más tarde, recibí la transferencia bancaria por la consulta y remití la factura por correo electrónico.

A día de hoy, sigo a la espera de que esa consulta se convierta en un encargo formal. Pero en todo caso, aunque no llegue a producirse ese encargo, creo que este caso, si bien está en su fase embrionaria, ya merece una serena reflexión pública. Porque no habla solo de una persona concreta, sino de un patrón de conducta social que se repite con frecuencia.

Al final, resulta claro que cuando palabras cargadas de miedo sustituyen al análisis jurídico, el problema deja de ser individual y se convierte en un problema de carácter colectivo. Y cuando aceptamos que una persona pueda ser tratada como sospechosa por lo que simboliza y no por lo que hace, estamos erosionando principios que protegen al conjunto de la sociedad.

No sé qué cosas surgirán en este nuevo curso judicial que hoy comienza, pero, como abogado especialista en derechos humanos, mi trabajo no es juzgar las creencias de una persona, sino determinar si sus derechos han sido respetados y, cuando no lo han sido, defenderlos.

Y casos como este me recuerdan por qué esa distinción sigue siendo tan necesaria.

Aun cuando sea incómoda.

Y desconocida.

Los pies del “invasor”

A simple vista, algunas imágenes parecen simplemente una broma, una provocación o una frase ingeniosa compartida en redes sociales. Sin embargo, cuando las miramos con un poco más de atención, descubrimos que detrás de ellas hay algo bastante más profundo, una determinada manera de mirar al otro. Las dos imágenes que acompañan esta reflexión hablan de inmigración, pero en realidad hablan de algo mucho más importante. Hablan de cómo construimos al “otro”, de cómo fabricamos enemigos y de cómo podemos llegar a convencernos de que determinadas personas merecen menos empatía, menos comprensión e incluso menos derechos simplemente porque han nacido en otro lugar.

Una de las imágenes es una viñeta del mensaje de Jesús y cómo serían sus seguidores en la actualidad. En ella aparece Jesús recordando algo tan sencillo como “Dad de comer al hambriento, dad de beber al sediento”, mientras a su alrededor algunos de sus supuestos seguidores responden con frases como “¡Llévatelos a tu casa!”, “¡Si luego todos van con el iPhone!”, “¡Vete a Cuba!”, “¡Vete a la mierda, jipí!”, “¡Subvencionao!”, “¡Comunista!”, “¡Etarra!” y “‘¡Carapaja!”. Todos ellos insultos muy elocuentes”. 

La escena tiene un evidente componente satírico, pero la broma funciona precisamente porque resulta demasiado reconocible. Hay una contradicción bastante incómoda entre los valores que decimos defender y la manera en que reaccionamos cuando quienes necesitan ayuda dejan de parecernos suficientemente parecidos a nosotros.

Es curioso cómo algunas personas pueden hablar durante horas de solidaridad, de valores cristianos, de caridad, de familia o de humanidad, pero cuando aparece delante de ellas alguien que tiene hambre, que huye de la guerra, que busca una oportunidad o que simplemente intenta sobrevivir, la solidaridad parece tener de repente unas condiciones de entrada bastante estrictas. Parece que la compasión necesita pasaporte; que la dignidad necesita nacionalidad; que la pobreza debe tener el aspecto que nosotros esperamos; y que, si la persona que la sufre lleva un teléfono móvil, unas zapatillas nuevas o simplemente intenta disfrutar de algún pequeño momento de normalidad, automáticamente deja de ser una víctima digna de nuestra empatía.

El famoso “¡Si luego todos van con el iPhone!” resume perfectamente esa lógica. Como si una persona que ha pasado hambre no pudiera tener un teléfono; como si quien ha sufrido una guerra tuviera que conservar para siempre la apariencia de una víctima para demostrar que realmente ha sufrido; o como si una persona pobre no pudiera ahorrar, recibir un regalo, comprar algo que le guste a plazos, con mucho esfuerzo y utilizar la misma tecnología que utilizamos nosotros. Resulta bastante absurdo exigir a alguien que permanezca visualmente en la pobreza para que podamos seguir considerándolo pobre o, simplemente, vulnerable.

Pero hay algo todavía más preocupante en la segunda imagen. Sobre una fotografía de unos pies embarrados aparece una frase que dice “Aquí unos pies de emigrante invadiendo países”. Y conviene detenerse en la palabra “invadiendo”.

No dice que una persona esté emigrando. No habla de alguien que cruza una frontera buscando trabajo, que huye de una persecución, que intenta reunirse con su familia o que busca una vida mejor. Dicen que están invadiendo. Y una invasión es otra cosa. Una invasión implica un enemigo, una amenaza, una fuerza hostil que avanza sobre nuestro territorio; una invasión se combate; una invasión se repele; y una invasión provoca miedo.

Por eso utilizar esa palabra para hablar de inmigración no es una cuestión meramente de uso de vocabulario. Las palabras importan y mucho. No solamente describen la realidad, sino que también pueden moldear la manera en que la percibimos. Si hablamos de personas que migran, podemos preguntarnos por sus historias, por sus circunstancias y por las razones que las han llevado hasta allí. Si hablamos de una invasión, automáticamente empezamos a preguntarnos cómo defendernos de ellas.

Y ahí está precisamente el problema. Cuando una persona deja de ser presentada como una persona y empieza a ser presentada como una amenaza, resulta mucho más fácil justificar la indiferencia y el odio hacia ella. Ya no necesitamos conocer su historia; ya no necesitamos saber por qué ha llegado; y ya no necesitamos preguntarnos qué ha dejado atrás. Basta con colocarle una etiqueta y convertirla en parte de una masa anónima.

La propia fotografía utiliza de los pies destrozados de una persona migrante guarda un mensaje muy significativo. No vemos un rostro; no vemos unos ojos; no vemos una familia; y tampoco vemos a una madre abrazando a su hijo, a un joven con una mochila, a un trabajador buscando empleo o a alguien que acaba de recorrer cientos de kilómetros. Vemos unos pies, unos pies sucios, embarrados y castigados por el camino, fotografiados de una manera que provoca compasión, pero también rechazo. 

Existe es una forma bastante evidente de deshumanización que se ceba con las personas migrantes particularmente. Primero eliminamos el rostro, después eliminamos la historia y, finalmente, dejamos únicamente una imagen desagradable que podamos asociar con una categoría de personas. Ya no vemos a un ser humano. Vemos al “inmigrante”, al “mena”, a un “criminal” sin presunción, cuyo único delito es querer sobrevivir a la pobreza, al hambre y a la guerra en su tierra natal de la que se ha visto obligado a huir. 

Pero “el inmigrante” no existe como ese personaje único que algunos discursos pretenden presentarnos. Existen millones de personas diferentes, con historias diferentes, circunstancias diferentes y motivos diferentes. Hay trabajadores, estudiantes, familias, menores, personas refugiadas, personas que huyen de conflictos, personas que buscan oportunidades y personas que simplemente desean construir una vida que en su lugar de origen no pudieron tener. Convertir toda esa diversidad en una única masa resulta muy cómodo porque permite juzgar a millones de personas sin molestarnos siquiera en conocer a una.

Tan revelador como habitual ese otro argumento que aparece constantemente cuando se habla de inmigración. “¡Pues llévatelos a tu casa!”. Es difícil encontrar una respuesta más pobre para un problema político y social complejo. Cuando defendemos la sanidad pública, nadie nos exige construir un hospital en el salón de nuestra casa; cuando defendemos la educación pública, nadie nos pide que instalemos un colegio en el dormitorio; y cuando reclamamos mejores políticas sociales, nadie entiende que tengamos que solucionar personalmente todos los problemas de la sociedad. Pero cuando alguien defiende los derechos de las personas migrantes, de repente parece obligatorio adoptar personalmente a todo aquel que cruza una frontera. Eso no es un argumento, sino una manera de evitar el debate mientras levantas un tercio de cerveza a lo Marcos de Quinto. 

Naturalmente, los Estados tienen derecho a controlar sus fronteras y a establecer normas sobre entrada, residencia, protección internacional e inmigración. También tienen la obligación de garantizar la seguridad, gestionar los recursos públicos y desarrollar políticas migratorias eficaces. Se puede discutir sobre cuántas personas puede acoger un país, cómo deben organizarse las fronteras, qué recursos deben destinarse a la integración o qué políticas son más eficaces para combatir las redes de explotación y trata. Podemos discutir absolutamente sobre todo eso. Pero lo que no necesitamos  es convertir al inmigrante en un enemigo para hacerlo.

Una cosa es hablar de los problemas que puede plantear la inmigración y otra muy distinta utilizar la inmigración como explicación sencilla para todos nuestros problemas. Es muy fácil culpar al que acaba de llegar de la falta de vivienda, de la precariedad laboral, de la saturación de determinados servicios públicos o de la inseguridad. Mucho más difícil es analizar las decisiones políticas, económicas y sociales que han llevado hasta esas situaciones.

El chivo expiatorio del inmigrante tiene una ventaja extraordinaria. ¿Cuál? Muy fácil, simplifica el mundo. Nos ofrece un culpable reconocible y nos permite dejar de hacernos preguntas incómodas. Si la culpa es “de los inmigrantes”, ya no necesitamos preguntarnos por qué existen determinados problemas, quién los ha gestionado mal o qué soluciones pueden funcionar realmente. Y mientras tanto, las personas desaparecen detrás de las etiquetas.

Eso es precisamente lo que deberíamos evitar. Los derechos humanos tienen una característica que a veces resulta bastante incómoda, porque no dependen de que la persona que tenemos delante nos guste; no preguntan si habla nuestro idioma, si comparte nuestra cultura, si tiene nuestra religión, si ha nacido aquí o si lleva un teléfono móvil de última generación; y tampoco preguntan si consideramos que esa persona “se lo merece”. Los derechos humanos existen precisamente porque la dignidad no puede depender de la simpatía que nos produzca quien la posee.

Si solamente defendemos la dignidad de quienes consideramos buenos, cercanos o parecidos a nosotros, entonces no estamos defendiendo realmente los derechos humanos. Estamos defendiendo nuestros propios privilegios y llamándolos derechos.

Por eso deberíamos tener mucho cuidado con las palabras que utilizamos. “Inmigración” describe una realidad social; “invasión” construye una amenaza; “personas migrantes” nos recuerda que hablamos de seres humanos; “avalancha”, “oleada” o “invasión” convierten a esas personas en una especie de fenómeno natural que avanza sobre nosotros y contra el que debemos protegernos a todas, incluso con el Ejército.

Sí, es verdad, queramos o no as palabras preparan el terreno. Primero dejamos de hablar de personas y empezamos a hablar de masas. Después dejamos de hablar de historias y empezamos a hablar de cifras. Más tarde dejamos de hablar de derechos y empezamos a hablar de amenazas. Y cuando hemos conseguido que el otro sea solamente una cifra, una masa o una amenaza, resulta mucho más sencillo mirar hacia otro lado cuando sufre.

La historia debería habernos enseñado que la deshumanización nunca es un asunto menor. No empieza necesariamente con grandes discursos ni con declaraciones abiertamente violentas. Muchas veces empieza con algo aparentemente mucho más pequeño como una broma, una etiqueta, una fotografía, una palabra repetida una y otra vez hasta que dejamos de cuestionarla.

Por eso las dos imágenes deberían mirarse juntas. Una nos muestra la contradicción entre proclamar valores de solidaridad y negar esa solidaridad cuando el necesitado es diferente. La otra nos enseña cómo se puede transformar a una persona en una supuesta amenaza simplemente cambiando las palabras con las que hablamos de ella, aunque su sentido sea totalmente el contrario. Es decir, esos pies no se han fotografiado para crear rechazo, sino compasión. Pero, como decíamos antes, las palabras importan. Y mucho. 

Quizá deberíamos hacernos una pregunta muy sencilla pero que pocas veces nos hacemos. ¿Qué imagen del ser humano estamos construyendo cuando hablamos de inmigración? Porque podemos defender nuestras fronteras sin perder nuestra humanidad; podemos reclamar una política migratoria eficaz sin insultar a quienes llegan; podemos exigir seguridad sin convertir a colectivos enteros en sospechosos; podemos hablar de los problemas de la inmigración sin atribuir a cada inmigrante los problemas que existen en nuestra sociedad; y podemos discrepar profundamente sobre las soluciones sin olvidar que detrás de las estadísticas hay personas. Una frontera puede separar territorios, pero no debería convertirse jamás en una frontera moral que determine quién merece nuestra empatía y quién no.

Quizá por eso la fotografía de esos pies debería hacernos pensar justamente en lo contrario de lo que muchos creen que puede significar, aunque es evidente el sentido que realmente tiene sin que haga falta explicarlo. Esos pies no son una invasión, sino la huella real de alguien que ha caminado; de alguien que quizá ha recorrido un camino mucho más duro del que nosotros podemos imaginar; y de alguien que probablemente ha dejado atrás una casa, una familia, unos amigos, un trabajo, una vida conocida o incluso todo aquello que entendía por hogar.

Podemos no conocer su nombre. Tal vez no conozcamos nueva su historia. Es posible que no compartamos su cultura. Incluso discrepar sobre las razones por las que ha llegado a nuestras fronteras, a veces, recorriendo miles de kilómetros. Pero nada de eso cambia lo esencial.

Sí, son unos pies destrozados, pero pertenecen a alguien. Y ese alguien, por mucho que algunos se empeñen en olvidarlo, también es una persona.

Son los pies de un ser humano.

Igual que tú.

Y que yo.