En democracia siempre hay que poder manifestarse. Por eso, hay momentos en los que acudir a una concentración parece una decisión sencilla. Uno lee una convocatoria, ve una bandera, escucha que se pide solidaridad con una ciudad que atraviesa una situación difícil y piensa que lo lógico es estar allí. Pero la realidad pocas veces cabe en una pancarta. Y cuando una movilización se produce alrededor de una cuestión tan delicada como Ceuta, la seguridad, la inmigración, las fronteras y la convivencia, quizá convenga detenerse un instante antes de decidir si queremos estar en la calle. Porque hay razones para acudir, pero también las hay para no hacerlo.
La primera razón para acudir es, probablemente, la más elemental de todas. Ceuta no debería sentirse sola. Una ciudad española situada en una frontera especialmente sensible no puede ser tratada como un problema periférico que solo importa cuando las imágenes de una crisis ocupan las portadas. Sus ciudadanos tienen derecho a sentirse protegidos por el Estado y a reclamar recursos suficientes para afrontar situaciones extraordinarias. La solidaridad territorial no debería depender del color político del Gobierno de turno.
La segunda razón es que defender una frontera segura no es incompatible con defender los derechos humanos. Durante demasiado tiempo hemos permitido que se presente esta cuestión como si hubiera que elegir entre seguridad y derechos, como si exigir un control fronterizo eficaz significara necesariamente ser xenófobo y como si defender los derechos de las personas migrantes obligara a negar la existencia de problemas de seguridad. Pero esa es una falsa dicotomía porque un Estado democrático tiene la obligación de controlar sus fronteras y, al mismo tiempo, de garantizar que ese control se ejerza dentro de la ley y respetando la dignidad humana.
También podemos acudir porque Ceuta necesita al conjunto de España. No parece razonable exigir a una ciudad con recursos limitados que soporte en solitario las consecuencias de una situación fronteriza que afecta a España y, en realidad, a toda Europa. La solidaridad no consiste únicamente en enviar discursos desde Madrid, Sevilla o cualquier otra capital. Consiste en proporcionar medios, asumir responsabilidades y evitar que una ciudad fronteriza sea convertida en el último eslabón de una cadena de problemas que nadie quiere afrontar.
Hay además una cuarta razón que es especialmente importante. Podemos acudir para defender una respuesta democrática y europea. Estar junto a Ceuta no obliga a compartir cualquier propuesta política relacionada con la inmigración. Uno puede reclamar más seguridad, más policías, mejores servicios públicos, cooperación internacional, una política europea de asilo eficaz y una gestión migratoria ordenada sin aceptar discursos racistas, xenófobos ni deshumanizadores. Precisamente por eso, la presencia de ciudadanos comprometidos con los derechos humanos puede ser importante.
Además, existe una quinta razón que también es especialmente importante. Y es que la calle también pertenece a la democracia. Las concentraciones pacíficas son una forma legítima de participación ciudadana. Si dejamos determinados espacios públicos exclusivamente en manos de los discursos más radicales, después no deberíamos sorprendernos cuando esos discursos terminan pareciendo mayoritarios. Defender Ceuta también puede significar decir alto y claro que una cosa es proteger una ciudad y otra muy diferente señalar indiscriminadamente a quienes tienen otro origen, otra religión o simplemente han llegado a ella buscando una vida mejor.
Pero también hay razones para no acudir. La primera es evidente porque está directamente relacionada con el riesgo de instrumentalización política. Ceuta se ha convertido en un asunto utilizado con enorme intensidad en la confrontación entre partidos. Una persona puede querer expresar solidaridad con los ceutíes y, sin embargo, no querer que su presencia sea utilizada para respaldar una determinada estrategia partidista contra el Gobierno. Las banderas políticas pueden terminar ocupando el lugar de las personas a las que supuestamente se pretende defender.
La segunda razón tiene que ver con algo mucho más preocupante que debe preocupar a quienes creemos en la democracia y en todos sus valores. Y es que existe el peligro de que la indignación termine transformándose en más muestras de racismo y xenofobia. Una cosa es reclamar seguridad y otra convertir a las personas migrantes en culpables colectivos. Una cosa es exigir que las instituciones actúen y otra señalar al vecino musulmán, al extranjero o al recién llegado como responsable de todos los problemas. Cuando una concentración puede ser utilizada para legitimar ese discurso, es perfectamente comprensible que algunas personas prefieran mantenerse al margen.
La tercera razón es que «estar con Ceuta» puede significar cosas muy distintas. Para unos significa defender la integridad territorial; para otros, reclamar mayor presencia policial: para otros, exigir una política migratoria diferente: para otros, atacar al Gobierno; y para algunos puede significar directamente reclamar la expulsión indiscriminada de personas migrantes. Meter todas esas posiciones bajo una misma pancarta puede generar una peligrosa confusión.
La cuarta razón para no acudir es que no participar en una concentración no significa abandonar a Ceuta. Se puede apoyar a sus ciudadanos desde muchos otros lugares; se puede reclamar al Gobierno que proporcione recursos; se puede exigir a Europa que asuma sus responsabilidades; se puede defender una frontera segura; se puede denunciar cualquier forma de violencia; se puede defender la convivencia entre comunidades; y se puede hacer todo ello sin participar en una convocatoria cuyo mensaje consideremos insuficientemente claro.
La quinta razón quizá sea la más importante de todas. Hay que separar problemas que deliberadamente se están mezclando. Ceuta tiene un problema de seguridad, existe un problema migratorio, hay una cuestión fronteriza, hay personas que necesitan protección internacional y existe una convivencia cotidiana entre ciudadanos de diferentes orígenes y confesiones que merece ser protegida. Son realidades relacionadas, pero no son exactamente la misma realidad. Convertirlas en una sola cuestión facilita los discursos simples, pero dificulta enormemente encontrar soluciones.
Por eso, la pregunta no debería limitarse a «¿vas a ir o no vas a ir?». La pregunta verdaderamente importante debería ser otra: «si voy, ¿qué estoy defendiendo?”. Porque se puede estar con Ceuta sin estar contra nadie; se puede defender que una frontera funcione sin considerar criminal a quien intenta cruzarla; se puede reclamar seguridad sin reclamar odio; se puede exigir al Estado que proteja a los ciudadanos sin convertir al extranjero en enemigo; y se puede defender la integridad territorial de España y, al mismo tiempo, recordar que los derechos humanos no desaparecen cuando una persona llega a una frontera.
Quizá esa sea precisamente la batalla que merece la pena librar. Ceuta no necesita que España elija entre seguridad y derechos humanos. Necesita que España sea capaz de defender ambas cosas al mismo tiempo.
Si acudimos a una concentración, quizá deberíamos hacerlo llevando también esa convicción. Porque estar con Ceuta no debería significar estar contra el otro.
Estar con Ceuta debería significar estar con las personas, con la convivencia, con la seguridad, con la democracia y, sobre todo, con los derechos humanos y con la dignidad.
Ahí sí que hay que estar.
Siempre hay que estar.


