Machismo e Inteligencia Artificial

La tecnología avanza a una velocidad impresionante, pero no todo lo que somos capaces de hacer con ella debería parecernos aceptable. Podemos crear imágenes, reconstruir escenarios, inventar rostros y fabricar vídeos tan realistas que resulte difícil distinguirlos de la realidad. El problema empieza cuando alguien decide utilizar esas posibilidades para humillar a otra persona, invadir su intimidad y convertir su cuerpo en un objeto sobre el que cree tener derecho a hacer lo que le venga en gana.

Hace unos días, tres hombres que utilizaron la inteligencia artificial para manipular fotografías de tres antiguas compañeras de colegio y simular que estaban desnudas, han sido condenados en Sevilla. Así que creo que debemos detenernos y reflexionar sobre algo que va mucho más allá de una aplicación informática. Debemos hablar de  dignidad, de consentimiento, de machismo y de una forma de violencia que encuentra en internet un terreno especialmente propicio para extenderse. Porque detrás de cada fotografía manipulada existe una persona real, con una vida, unas relaciones, unos sentimientos y un derecho fundamental a decidir cómo se representa su propia imagen.

Según la información disponible, los condenados utilizaron fotografías obtenidas de perfiles públicos de Instagram y recurrieron a una herramienta de inteligencia artificial para generar imágenes falsas en las que aparecían las jóvenes desnudas. Después compartieron esas imágenes en grupos de WhatsApp y Discord, facilitando que circularan más allá de su entorno inicial. El procedimiento terminó con una sentencia de conformidad que impuso a cada uno nueve meses de prisión por tres delitos contra la integridad moral, con la agravante de género, además de otras medidas y condiciones. Al estar por debajo de los años y no tener antecedentes la pena de prisión ha quedado suspendida bajo determinadas obligaciones que son habituales en estos casos. 

Conviene entender muy bien lo que significa esta resolución. No estamos hablando de una fotografía auténtica que alguien haya tomado a escondidas, sino de imágenes fabricadas mediante inteligencia artificial. Sin embargo, que el contenido sea falso no significa que también lo sean sus consecuencias. La imagen puede no corresponderse con el cuerpo real de una mujer, pero la humillación que experimenta cuando descubre que otras personas la están viendo desnuda, aunque sea mediante un montaje, puede ser perfectamente real. También lo son el miedo a que las imágenes sigan circulando, la preocupación por quién las ha visto, la pérdida de tranquilidad y la incertidumbre ante la posibilidad de que terminen llegando a familiares, amistades, compañeros de trabajo o cualquier otra persona de su entorno. Y es que, lo que la inteligencia artificial inventa puede convertirse en una violencia muy real para quien la sufre.

A veces parece que hemos normalizado demasiado la idea de que todo vale en internet. Una fotografía publicada en una red social se convierte, para algunas personas, en una especie de autorización universal para utilizarla como quieran. Se descargan imágenes, se manipulan rostros, se fabrican escenas sexuales y se comparten resultados como si la persona representada no tuviera derecho a decidir sobre su propia imagen. Pero una fotografía pública no es una invitación sexual, no es una renuncia a la intimidad y mucho menos es un permiso para fabricar una representación desnuda de alguien que nunca ha consentido aparecer así.

Parece necesario repetir algo tan elemental como esto porque todavía hay quien confunde tener acceso a una imagen con tener derecho sobre la persona que aparece en ella. Y no, no es lo mismo. Una mujer puede publicar una fotografía en bañador, posar con un vestido ajustado, sonreír ante una cámara o compartir una imagen de su vida cotidiana sin que eso autorice absolutamente a nadie a convertirla artificialmente en protagonista de una escena sexual. Su cuerpo no se convierte en una “multipropiedad” solo por el hecho de aparecer en una pantalla. Y su libertad tampoco desaparece cuando pulsa el botón de publicar.

Es aquí donde aparece una cuestión especialmente importante. ¿Por qué alguien decide utilizar una herramienta tecnológica para desnudar digitalmente a una antigua compañera? ¿Qué satisfacción encuentra en fabricar una imagen sexual falsa y compartirla con otras personas? ¿Qué clase de entretenimiento puede encontrarse en convertir a una mujer en objeto de comentarios, burlas o fantasías ajenas sin su consentimiento? No necesitamos atribuir a todos los casos una misma motivación para reconocer que determinadas conductas reproducen una forma de dominación en la que la imagen y el cuerpo de las mujeres se utilizan como instrumentos de humillación.

Precisamente por eso resulta relevante que la sentencia haya apreciado la agravante de género del artículo 22.4 del Código Penal. Según la información publicada, el juzgado ha valorado el componente machista y la cosificación de las víctimas. Esta circunstancia no se aplica automáticamente por el mero hecho de que las personas afectadas sean mujeres, sino que requiere atender a los hechos y justificar los presupuestos legales. En este caso, la sentencia sitúa la conducta en un contexto que va más allá de una simple manipulación informática y que afecta a la manera en que se trata y se representa a las mujeres.

El Derecho penal no puede resolver por sí solo todas las formas de violencia que se producen en nuestra sociedad, pero sí debe ofrecer una respuesta cuando una conducta reúne los requisitos de un delito. La integridad moral, la dignidad y los derechos de las personas no quedan fuera de la protección jurídica porque el daño se produzca a través de un teléfono móvil, una aplicación o un programa de inteligencia artificial. Tampoco debemos caer en el error contrario y afirmar que cualquier fotografía manipulada constituye automáticamente un delito. Cada caso debe analizarse conforme a los hechos acreditados y a las normas que resulten aplicables. Lo importante es no confundir la prudencia jurídica con la indiferencia ante el daño.

La sentencia también tiene que hacernos reflexionar acerca de la responsabilidad de quienes participan en la difusión de estas imágenes. A veces se intenta justificar el comportamiento diciendo que alguien solamente reenvió una fotografía, que no fue quien la creó o que la recibió en un grupo de amigos. Pero compartir un contenido puede contribuir a multiplicar el daño. Cada reenvío abre una nueva puerta, cada publicación amplía el círculo de personas que pueden acceder a él y cada nueva copia hace más difícil recuperar el control sobre la imagen. La responsabilidad concreta dependerá de las circunstancias y de la conducta de cada persona, pero el hecho de no haber creado el montaje no convierte automáticamente su difusión en algo inocente.

Una vez más, tenemos que debemos hablar de educación. No basta con enseñar a utilizar herramientas digitales, conocer sus funciones o aprender a generar imágenes cada vez más realistas. Necesitamos enseñar a utilizarlas con responsabilidad, respeto y conciencia de los derechos ajenos. La educación sexual, la igualdad y el consentimiento no pueden quedarse al margen de la transformación tecnológica. Si somos capaces de enseñar a una persona a manejar una aplicación que permite alterar fotografías, también debemos enseñarle que no tiene derecho a utilizarla para humillar a otras personas. La capacidad técnica no sustituye a la responsabilidad moral ni elimina las consecuencias jurídicas.

Tampoco podemos olvidar a quienes sufren estas situaciones. Cuando una mujer descubre que alguien ha fabricado imágenes sexuales falsas con su rostro, no debería tener que soportar además las dudas, las risas o las preguntas de quienes se empeñan en responsabilizarla de lo ocurrido. La vergüenza no debe recaer sobre quien ha sido objeto de una manipulación no consentida de su imagen y de su cuerpo. La responsabilidad debe examinarse atendiendo a las acciones de quienes han creado o difundido esas imágenes y a las circunstancias concretas de cada caso. Ninguna víctima debería sentirse obligada a justificar una fotografía que nunca existió o a demostrar que merece respeto. Todas las personas, por el mero hecho de serlo y de haber nacido, merecen ese respeto. No hay más debate al respecto ni puede haberlo. 

Por supuesto, la respuesta de la sociedad también importa. Si recibimos imágenes de este tipo, podemos negarnos a compartirlas, evitar contribuir a su difusión y ayudar a preservar las pruebas cuando sea necesario; si la persona afectada necesita apoyo, debemos escucharla sin juzgarla y orientarla hacia los recursos adecuados; y si conocemos una situación de esta naturaleza, no deberíamos trivializarla bajo la excusa de que se trata de una broma entre amigos. La tecnología puede ser nueva, pero el desprecio hacia la dignidad ajena no lo es. La tecnología cambia constantemente, pero la dignidad de toda persona es tan inherente e invariable como inviolable.

La inteligencia artificial ofrece oportunidades extraordinarias para la investigación, la educación, la medicina, la cultura y muchas otras actividades que pueden mejorar nuestras vidas. Sería absurdo negar esos avances o presentar la tecnología como una amenaza en sí misma. El problema no reside únicamente en lo que una herramienta permite hacer, sino también en las decisiones de quienes la utilizan y en la responsabilidad de quienes desarrollan, distribuyen y emplean sistemas capaces de generar contenidos que pueden perjudicar a otras personas. El progreso tecnológico necesita acompañarse de garantías jurídicas, prevención, educación y mecanismos eficaces para responder ante los abusos.

Esta sentencia de Sevilla tiene que servir para que nos demos cuenta de que las pantallas no suspenden nuestros derechos ni convierten a las personas en personajes ficticios sobre los que cualquiera puede experimentar. Aunque se trate de una imagen creada artificialmente, la mujer representada sigue siendo una persona real y merece la misma protección frente a la humillación y el menosprecio que en cualquier otro ámbito de su vida.

No podemos permitir que la velocidad de la innovación avance más deprisa que nuestra capacidad para comprender sus consecuencias humanas. Tampoco podemos aceptar que el argumento de que todo es falso sirva para minimizar el sufrimiento de quien lo padece. Las imágenes pueden ser inventadas, los cuerpos pueden ser recreados y las escenas pueden generarse en cuestión de segundos, pero el respeto, el consentimiento y la dignidad no son elementos opcionales de la convivencia.

Porque una sociedad verdaderamente avanzada no es aquella que consigue fabricar cualquier imagen imaginable, sino aquella que comprende que no todo lo técnicamente posible es legítimo y que ninguna innovación justifica convertir a una persona en objeto de humillación o sexualización. 

La inteligencia artificial puede fabricar un desnudo que nunca existió, pero no puede fabricar el consentimiento de una mujer ni borrar su derecho a vivir sin violencia. Y cuando la tecnología se utiliza para humillar, cosificar o someter a otra persona, no estamos ante una simple broma digital. 

Estamos ante un problema de derechos humanos que merece atención, prevención y, cuando corresponda conforme a la ley, una respuesta judicial.

Porque la tecnología avanza a pasos agigantados.

Pero dignidad humana no se negocia.

Y es real siempre.

La IA no.

Una misma humanidad

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Algunas historias no caben en una bandera, son recuerdos que no se pueden guardar en los libros de texto y también heridas que no desaparecen simplemente porque haya pasado mucho tiempo. Son historias de personas que vivieron antes que nosotros, de pueblos que tuvieron que defender su identidad para no desaparecer y de generaciones enteras que aprendieron a sobrevivir cuando otros decidieron por ellas cómo debían vivir, qué debían creer y hasta qué nombre debían tener. Y, aunque a veces nos resulte más cómodo mirar hacia otro lado, todas esas historias forman parte de la humanidad que compartimos.

Es verdad, recordar no siempre es sencillo. A veces significa enfrentarnos a hechos que contradicen aquello que nos enseñaron, cuestionar relatos que hemos escuchado desde pequeños o aceptar que detrás de determinadas gestas históricas hubo sufrimiento, despojo y vidas humanas tratadas como si valieran menos que las de quienes tenían el poder. Pero reconocer esa realidad no significa renegar de nuestras raíces ni vivir atrapados en la culpa. Significa comprender que una sociedad madura no necesita esconder sus errores para sentirse orgullosa de aquello que merece la pena conservar. Porque no hay identidad que deba construirse a costa de silenciar la identidad de los demás, ni orgullo que necesite convertir el dolor ajeno en algo insignificante para poder existir.

A lo largo de la historia, las personas hemos levantado fronteras, trazado líneas sobre los mapas y separado territorios con la convicción de que pertenecíamos a mundos diferentes. Hemos hablado de pueblos civilizados y pueblos atrasados, de culturas superiores y culturas inferiores, como si el valor de una persona pudiera medirse por su lugar de nacimiento, su lengua, su color de piel o sus creencias. Y, sin embargo, cuando nos acercamos a la vida cotidiana de cualquier comunidad, descubrimos algo que nos resulta familiar. En todas partes hay personas que aman, que cuidan de sus familias, que trabajan para salir adelante, que sueñan con un futuro mejor y que desean vivir sin miedo.

Esa humanidad que compartimos debería ser suficiente para entender que ninguna diferencia justifica la humillación, la discriminación o la violencia. Sin embargo, todavía nos cuesta reconocerlo cuando las personas que tenemos delante hablan de una manera distinta, practican otras tradiciones o conservan una memoria que no coincide con la nuestra. Nos resulta fácil defender la dignidad humana en abstracto, pero la verdadera prueba aparece cuando tenemos que respetarla en alguien cuya historia nos incomoda o cuya manera de entender el mundo no compartimos. Ahí es donde se demuestra de verdad nuestro compromiso con los derechos humanos.

La memoria histórica tiene precisamente esa función. Nos ayuda a comprender que el presente no ha surgido de la nada y que muchas de las desigualdades que hoy vemos a nuestro alrededor tienen raíces profundas. Cuando hablamos de los pueblos originarios de América, por ejemplo, no hablamos únicamente de lo que ocurrió hace más de cinco siglos. Hablamos también de las lenguas que estuvieron a punto de desaparecer, de las tradiciones que fueron perseguidas y de las comunidades que todavía luchan por conservar sus territorios, sus conocimientos y sus formas de entender la vida. Hablamos de personas que no quieren vivir ancladas en el pasado, sino tener derecho a decidir su propio futuro sin que nadie les exija renunciar a quienes son.

Y esto es importante porque, a veces, confundimos recordar con quedarse atrás. Pensamos que mirar al pasado impide avanzar, cuando en realidad sucede justamente lo contrario. No podemos construir un futuro más justo si nos negamos a entender cómo hemos llegado hasta aquí. La memoria no debería servir para alimentar enfrentamientos interminables, sino para identificar las injusticias, reconocer a quienes las sufrieron y evitar que vuelvan a repetirse. No se trata de transmitir a las nuevas generaciones una culpa que no les corresponde, sino una responsabilidad que sí pueden asumir.

Una responsabilidad que comienza por escuchar. Escuchar a quienes durante demasiado tiempo no tuvieron la oportunidad de contar su propia historia, a quienes fueron descritos por otros sin que nadie se preocupara por conocer su voz y a quienes todavía hoy deben esforzarse para que su cultura no sea tratada como una curiosidad exótica o como un obstáculo para el progreso. Porque ninguna sociedad puede considerarse verdaderamente libre si solo permite hablar a quienes cuentan con suficiente poder para hacerse escuchar.

También deberíamos aprender a mirar nuestra lengua desde esa perspectiva. El español es mucho más que una herramienta para comunicarnos. Es una lengua que ha viajado entre continentes, que ha cambiado con las generaciones y que se ha enriquecido con las experiencias de millones de personas. En ella han escrito autores que nos han enseñado a comprender el amor, la libertad, la injusticia, la soledad y la esperanza. En ella encontramos las palabras de Cervantes, Lorca, Machado, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Mario Benedetti y tantas otras voces que han dejado una huella profunda en nuestra manera de sentir y de comprender el mundo.

Pero esa lengua también vive en las calles de Bogotá, en las plazas de Ciudad de México, en las comunidades rurales de los Andes, en los barrios de Buenos Aires y en los pueblos de España. Vive en las conversaciones familiares, en las canciones que pasan de una generación a otra y en las palabras que una madre enseña a sus hijos. Cada lugar la transforma, la llena de matices y la hace suya. Por eso, nadie debería pretender tener el monopolio de una lengua que pertenece a millones de personas y que ha seguido creciendo gracias a todas ellas.

La Wiphala merece también un lugar en esta historia común. Sus colores, organizados en una composición de cuadrados que forman un conjunto lleno de significado, representan para numerosos pueblos indígenas andinos su identidad, su memoria colectiva y su vínculo con la tierra y la comunidad. No es simplemente una bandera bonita ni un elemento decorativo que podamos contemplar sin preguntarnos qué significa. Es un símbolo de pertenencia, de dignidad y de resistencia para quienes han defendido durante generaciones su derecho a conservar sus tradiciones, su lengua y su manera de entender el mundo. Mirarla con respeto es reconocer que América ya tenía pueblos, culturas, conocimientos y formas de organización mucho antes de la llegada de los europeos. Y es comprender que ninguna historia puede considerarse completa si deja fuera las voces de quienes también la protagonizaron. Porque respetar la Wiphala no significa tener que compartir todas las creencias de quienes se identifican con ella, sino aceptar que la diversidad cultural forma parte de nuestra riqueza común y que ningún pueblo debería verse obligado a esconder sus símbolos para ser tratado con dignidad.

Lo mismo ocurre con la cultura. No es una pieza de museo que deba permanecer inmóvil para conservar su autenticidad. Es algo vivo, que se transforma con el tiempo, que incorpora nuevas experiencias y que puede dialogar con otras culturas sin perder por ello su esencia. Defender las tradiciones no significa impedir que cambien, del mismo modo que abrirse a otras formas de vivir no obliga a renunciar a las propias. La verdadera riqueza aparece cuando podemos encontrarnos sin que nadie tenga que sentirse inferior, pedir permiso para existir o esconder una parte de sí mismo para ser aceptado.

Por eso me parece tan importante que aprendamos a construir puentes en lugar de levantar muros. Y no hablo solamente de los muros físicos que separan países o impiden que las personas encuentren un lugar seguro. Hablo también de esos muros invisibles que aparecen cuando dejamos de escuchar, cuando convertimos nuestras diferencias en motivos de sospecha o cuando aceptamos que hay seres humanos que merecen menos oportunidades por haber nacido en un lugar determinado.

Esos muros se levantan cada vez que alguien se burla de una persona migrante por su acento, cada vez que se desprecia una religión sin conocerla, cada vez que se niega a un pueblo el derecho a conservar su identidad y cada vez que se utiliza el miedo para convencer a la ciudadanía de que la diversidad constituye una amenaza. También se levantan cuando se normaliza el racismo, cuando se alimenta el odio contra las personas LGTBIQ+ o cuando se pretende que las mujeres sigan ocupando un lugar secundario en la sociedad.

La defensa de los derechos humanos no puede depender de quién sea la persona que necesita protección. Si creemos en la igualdad, debemos defenderla también cuando resulta incómodo hacerlo, cuando no coincide con nuestras preferencias o cuando quienes sufren una injusticia no forman parte de nuestro entorno. Los derechos no son un premio que se concede a quienes piensan como nosotros, sino garantías que corresponden a toda persona por el simple hecho de serlo.

Y esa convicción debería tener consecuencias concretas en nuestra manera de organizar la sociedad. No basta con pronunciar discursos sobre la fraternidad mientras hay personas que no pueden acceder a una vivienda digna, familias que renuncian a tratamientos por falta de recursos o jóvenes que ven cómo sus oportunidades dependen más del dinero de sus padres que de su capacidad y su esfuerzo. Tampoco basta con celebrar la diversidad si después permitimos que alguien tenga miedo de caminar de la mano de la persona a la que ama o que una niña encuentre más obstáculos por el hecho de serlo.

Una sociedad humana es aquella que comprende que la dignidad no puede quedarse en una declaración bonita. Necesita educación pública de calidad, una sanidad accesible, empleos dignos, protección frente a la discriminación y unas instituciones que escuchen a la ciudadanía, especialmente a quienes tienen menos recursos para defender sus derechos. Necesita, además, asociaciones, movimientos sociales y personas comprometidas que trabajen cada día para que las injusticias no queden escondidas detrás de estadísticas o de decisiones tomadas lejos de quienes sufren sus consecuencias.

Y necesitamos algo que a menudo olvidamos en medio de nuestras diferencias, la capacidad de reconocernos en los demás sin exigirles que sean iguales a nosotros. Podemos tener distintas ideas políticas, diferentes creencias o maneras muy distintas de entender la vida y, aun así, compartir la voluntad de construir un mundo donde nadie tenga que vivir con miedo. No hace falta pensar lo mismo para respetarnos, ni renunciar a nuestras convicciones para dialogar. Lo que hace falta es aceptar que la libertad de cada persona encuentra su sentido en una convivencia donde todas las demás también puedan ejercerla.

Quizá por eso el océano que separa Europa y América puede servirnos como una imagen tan poderosa. Durante siglos fue escenario de viajes, intercambios y encuentros, pero también de conquistas, explotación y sufrimiento. Sería injusto contemplar esa historia únicamente desde una perspectiva, como si todo hubiera sido progreso o como si nada de lo compartido pudiera tener un valor positivo. La realidad es más compleja y exige que seamos capaces de reconocer sus distintas dimensiones sin utilizar unas para borrar las otras.

Podemos apreciar la literatura, la música, el arte y los vínculos humanos que se han desarrollado entre ambas orillas sin olvidar a quienes pagaron un precio terrible por aquella historia. Podemos celebrar aquello que nos une y, al mismo tiempo, reconocer lo que nos separó y las injusticias que todavía requieren atención. La reconciliación no nace de fingir que nada ocurrió, sino de construir una relación más honesta con el pasado y más respetuosa con quienes siguen viviendo sus consecuencias.

A veces, unas pocas palabras consiguen expresar aquello que cuesta explicar con páginas enteras. Hay poemas que nos obligan a detenernos, a mirar la historia desde otra perspectiva y a escuchar las voces que durante demasiado tiempo quedaron relegadas al silencio. La literatura tiene esa capacidad de acercarnos a realidades que quizá nunca hemos vivido en primera persona, pero cuya comprensión resulta imprescindible para construir una sociedad más justa. Eduardo Galeano lo hizo en su poema «El descubrimiento», una reflexión crítica sobre la llegada de los europeos a América y sobre lo que aquel acontecimiento significó para los pueblos originarios. Sus versos nos invitan a cuestionar una palabra que hemos escuchado desde la infancia y a preguntarnos qué significa realmente descubrir un mundo en el que ya vivían millones de personas, con sus propias culturas, creencias, lenguas y formas de entender la vida.

EL DESCUBRIMIENTO


(11 de octubre, último día de libertad y soberanía de los pueblos originarios)

En 1492, los nativos descubrieron que eran indios,
descubrieron que vivían en América,
descubrieron que estaban desnudos,
descubrieron que existía el pecado,
descubrieron que debían obediencia
a un rey y a una reina de otro mundo
y a un dios de otro cielo,
y que ese dios había inventado
la culpa y el vestido
y había mandado
que fuera quemado vivo
quien adorara al sol
y a la luna
y a la tierra
y a la lluvia
que la moja.

Eduardo Galeano, Los hijos de los días (2012).

Leer este poema no significa renunciar a nuestras raíces ni negar todo lo que compartimos a ambos lados del Atlántico. Significa comprender que una historia puede contemplarse desde distintas perspectivas y que ninguna celebración debería exigirnos olvidar el sufrimiento de quienes la vivieron de otra manera. Reconocer el dolor de los pueblos originarios no nos hace menos conscientes de nuestra identidad, sino más capaces de comprender la humanidad de los demás. Porque la memoria no debería servir para alimentar el enfrentamiento, sino para aprender, reparar en lo posible las injusticias y construir relaciones basadas en el respeto, la dignidad y la igualdad.

Tampoco deberíamos olvidar que la memoria necesita algo más que ceremonias y palabras solemnes. Necesita investigación, educación, protección del patrimonio cultural y respeto por las comunidades que mantienen vivas sus tradiciones. Necesita que los pueblos originarios puedan participar en las decisiones que afectan a sus territorios y que sus conocimientos sean escuchados sin prejuicios. Y necesita que las nuevas generaciones comprendan que la diversidad cultural no es un problema que haya que resolver, sino una riqueza que debemos proteger.

Al final, lo que verdaderamente importa no es decidir quién tiene la última palabra sobre la historia, sino conseguir que ninguna voz vuelva a ser silenciada por la fuerza. No se trata de sustituir un relato único por otro igualmente excluyente, sino de abrir espacios donde podamos conocer distintas experiencias, contrastar los hechos y aprender a convivir con una historia que, como la propia humanidad, está llena de luces y sombras.

Me gustaría que fuéramos capaces de transmitir esa idea a quienes vienen detrás. Que nuestros hijos e hijas, nuestros sobrinos y las generaciones que todavía no conocemos crezcan sabiendo que ninguna persona vale más que otra por su nacionalidad, su cultura, su religión o su posición social. Que aprendan a sentir orgullo por sus raíces sin convertirlas en una frontera, a defender sus ideas sin despreciar a quienes piensan de otra manera y a reconocer una injusticia incluso cuando quienes la sufren viven a miles de kilómetros.

Porque el mundo no necesita que todas las personas seamos iguales. Necesita que podamos ser diferentes sin que esa diferencia se convierta en una condena. Necesita que las fronteras no nos hagan olvidar que detrás de cada pasaporte hay una vida, detrás de cada cultura hay una historia y detrás de cada historia hay seres humanos que merecen ser tratados con respeto.

Tal vez nunca consigamos borrar todas las distancias, ni resolver de una vez todas las injusticias que hemos heredado. Pero sí podemos decidir qué hacemos con ellas, qué enseñamos a quienes vienen detrás y qué clase de sociedad queremos construir. Podemos elegir entre alimentar el resentimiento o aprender de los errores, entre levantar barreras o tender la mano, entre utilizar la historia para dividirnos o convertirla en una oportunidad para comprendernos mejor.

Y si algo debería enseñarnos el largo camino recorrido por la humanidad es que ningún pueblo necesita desaparecer para que otro pueda prosperar, ninguna cultura debe ser silenciada para que otra pueda expresarse y ninguna persona tiene que renunciar a su identidad para merecer una vida digna. El futuro será más justo cuando entendamos que nuestra verdadera grandeza no reside en imponer quiénes somos, sino en nuestra capacidad de convivir, aprender y avanzar juntos.

Porque, al otro lado de cada océano, de cada frontera y de cada diferencia, siempre hay alguien que también sueña con vivir en paz, cuidar de quienes ama y dejar a las generaciones futuras un mundo un poco mejor que el que recibió. Y quizá ese sea el vínculo más profundo que compartimos, la posibilidad de reconocernos como parte de una misma humanidad y de trabajar para que ninguna distancia, ningún prejuicio y ninguna injusticia nos haga olvidar que la dignidad de una persona nunca debería depender del lugar donde le haya tocado nacer.

Que ninguna frontera sea más fuerte que nuestra humanidad, que ninguna herida nos impida aprender y que la memoria de lo vivido nos ayude a construir un futuro en el que todas las personas, de todos los pueblos, tengan un lugar de encuentro y hermanamiento.

Vivimos en dos orillas separadas por el océano.

Pero somos una misma humanidad.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

One Humanity

Some stories cannot be contained within a flag. They are memories that cannot be confined to the pages of history books, and wounds that do not simply disappear with the passage of time. They are stories of people who lived before us, of peoples who had to defend their identity to avoid disappearing, and of entire generations who learned to survive when others decided how they should live, what they should believe, and even what they should call themselves. And although sometimes it is easier for us to look the other way, all these stories are part of the humanity we share.

It is true that remembering is not always easy. Sometimes it means confronting facts that contradict what we were taught, questioning accounts we have heard since childhood, or accepting that behind certain historical achievements lay suffering, dispossession, and human lives treated as though they were worth less than those of the people in power. But acknowledging this reality does not mean rejecting our roots or living trapped in guilt. It means understanding that a mature society does not need to hide its mistakes in order to take pride in what is worth preserving. No identity should be built at the expense of silencing someone else’s identity, and no sense of pride should require us to dismiss another person’s suffering as insignificant.

Throughout history, we have built borders, drawn lines on maps, and divided territories in the belief that we belonged to different worlds. We have spoken of civilised peoples and backward peoples, of superior cultures and inferior cultures, as though a person’s worth could be measured by their birthplace, language, skin colour, or beliefs. And yet, when we look closely at the everyday lives of any community, we discover something familiar. Everywhere, there are people who love, care for their families, work hard to get ahead, dream of a better future, and simply want to live without fear.

The humanity we share should be enough to help us understand that no difference justifies humiliation, discrimination, or violence. Yet we still struggle to recognise this when the people standing before us speak differently, follow other traditions, or preserve a collective memory that does not match our own. It is easy to defend human dignity in the abstract, but the real test comes when we have to respect it in someone whose history makes us uncomfortable or whose understanding of the world differs from ours. That is where our commitment to human rights is truly put to the test.

Historical memory serves precisely this purpose. It helps us understand that the present did not emerge out of nowhere and that many of the inequalities we see around us today have deep roots. When we speak of the Indigenous peoples of the Americas, for example, we are not talking only about what happened more than five centuries ago. We are also talking about languages that came close to disappearing, traditions that were persecuted, and communities that continue to fight to preserve their lands, their knowledge, and their ways of understanding life. We are talking about people who do not want to remain trapped in the past, but who deserve the right to decide their own future without being forced to renounce who they are.

This matters because we sometimes confuse remembering with being left behind. We think that looking to the past prevents us from moving forward, when in reality the opposite is true. We cannot build a fairer future if we refuse to understand how we got here. Memory should not be used to fuel endless conflict, but to identify injustices, acknowledge those who suffered them, and prevent them from happening again. The aim is not to pass on a sense of guilt to future generations for things they did not do, but to pass on a responsibility they can choose to embrace.

That responsibility begins with listening. Listening to those who, for far too long, were denied the opportunity to tell their own stories, to those who were described by others without anyone bothering to hear their voices, and to those who still have to fight today to ensure that their culture is not treated as an exotic curiosity or an obstacle to progress. No society can truly be considered free if it only allows those with enough power to make themselves heard to speak.

We should also learn to look at our language from this perspective. Spanish is much more than a tool for communication. It is a language that has travelled between continents, changed across generations, and been enriched by the experiences of millions of people. Writers have used it to teach us about love, freedom, injustice, loneliness, and hope. Through it, we encounter the words of Cervantes, Lorca, Machado, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Mario Benedetti, and countless other voices that have left a profound mark on the way we feel and understand the world.

But this language also lives in the streets of Bogotá, the squares of Mexico City, the rural communities of the Andes, the neighbourhoods of Buenos Aires, and the towns and villages of Spain. It lives in family conversations, in songs passed down from one generation to the next, and in the words a mother teaches her children. Every place transforms it, gives it new shades of meaning, and makes it its own. No one should therefore claim a monopoly over a language that belongs to millions of people and has continued to grow thanks to all of them.

The Wiphala also deserves a place in this shared history. Its colours, arranged in a meaningful pattern of squares, represent the identity, collective memory, and connection to the land and community of many Indigenous peoples of the Andes. It is not simply a beautiful flag or a decorative object that we can admire without asking what it means. It is a symbol of belonging, dignity, and resistance for those who have defended their right to preserve their traditions, language, and way of understanding the world for generations. Looking at it with respect means recognising that the Americas already had peoples, cultures, knowledge, and forms of social organisation long before the arrival of Europeans. It also means understanding that no account of history can be considered complete if it leaves out the voices of those who helped shape it. Respecting the Wiphala does not mean that we must share every belief held by those who identify with it. It means accepting that cultural diversity is part of our shared heritage and that no people should ever have to hide their symbols in order to be treated with dignity.

The same is true of culture. It is not a museum exhibit that must remain unchanged to preserve its authenticity. It is something living, something that evolves over time, incorporates new experiences, and can engage with other cultures without losing its essence. Defending traditions does not mean preventing them from changing, just as embracing other ways of life does not require us to abandon our own. True richness emerges when we can meet one another without anyone having to feel inferior, ask permission to exist, or hide part of themselves in order to be accepted.

That is why I believe it is so important to learn to build bridges instead of walls. I am not speaking only of the physical walls that divide countries or prevent people from finding a safe place to live. I am also talking about the invisible walls that arise when we stop listening, turn our differences into reasons for suspicion, or accept that some human beings deserve fewer opportunities simply because they were born in a particular place.

These walls are built every time someone mocks a migrant because of their accent, every time a religion is dismissed without being understood, every time a people is denied the right to preserve its identity, and every time fear is used to convince the public that diversity is a threat. They are also built whenever racism is normalised, hatred against LGBTIQ+ people is encouraged, or women are expected to remain in a secondary position in society.

The defence of human rights cannot depend on who needs protection. If we believe in equality, we must defend it even when doing so is uncomfortable, when it does not align with our preferences, or when those suffering an injustice are not part of our own community. Rights are not rewards granted to people who think like us. They are guarantees that belong to every person simply because they are human.

And that conviction should have tangible consequences for the way we organise our societies. It is not enough to deliver speeches about fraternity while people cannot access decent housing, families have to forgo medical treatment because they lack the resources, or young people see their opportunities depend more on their parents’ money than on their own abilities and efforts. Nor is it enough to celebrate diversity if we then allow someone to be afraid to walk hand in hand with the person they love, or a girl to face greater obstacles simply because she is a girl.

A humane society understands that dignity cannot remain a beautiful statement on paper. It requires high quality public education, accessible healthcare, decent employment, protection against discrimination, and institutions that listen to the public, especially those with fewer resources to defend their rights. It also needs associations, social movements, and committed individuals who work every day to ensure that injustices do not remain hidden behind statistics or decisions made far away from those who suffer their consequences.

And there is something else we need, something we often forget amid our differences. We need the ability to recognise ourselves in others without demanding that they be just like us. We can hold different political views, follow different beliefs, or understand life in very different ways and still share the desire to build a world where no one has to live in fear. We do not have to think alike to respect one another, nor do we have to abandon our convictions to engage in dialogue. What matters is accepting that each person’s freedom finds its meaning in a society where everyone else can exercise that same freedom.

Perhaps that is why the ocean separating Europe and the Americas can serve as such a powerful image. For centuries, it was the setting for journeys, exchanges, and encounters, but also for conquest, exploitation, and suffering. It would be unfair to view that history from only one perspective, as though everything had been progress or as though nothing that was shared could have any positive value. Reality is more complex, and it demands that we recognise its different dimensions without using one to erase another.

We can appreciate the literature, music, art, and human connections that have developed between both shores without forgetting those who paid a terrible price for that history. We can celebrate what brings us together while also acknowledging what divided us and the injustices that still require attention. Reconciliation does not come from pretending that nothing happened, but from building a more honest relationship with the past and a more respectful one with those who continue to live with its consequences.

Sometimes, a few words can express what would otherwise take entire pages to explain. Some poems force us to pause, look at history from another perspective, and listen to voices that have been pushed into silence for far too long. Literature has the power to bring us closer to realities we may never have experienced firsthand, yet which we must understand if we want to build a fairer society. Eduardo Galeano captured this in his poem The Discovery, a critical reflection on the arrival of Europeans in the Americas and what that event meant for Indigenous peoples. His verses invite us to question a word we have heard since childhood and to ask ourselves what it really means to discover a world in which millions of people were already living, with their own cultures, beliefs, languages, and ways of understanding life.

THE DISCOVERY

(11 October, the last day of freedom and sovereignty of the Native peoples)

In 1492, the natives discovered they were Indians,
discovered they lived in America,
discovered they were naked,
discovered that sin existed,
discovered they must obey
a king and queen from another world
and a god from another sky,
a god who had invented
guilt and clothing,
and decreed
that anyone who worshiped the sun
and the moon,
the earth,
and the rain that falls upon it,
should be burned alive.

Eduardo Galeano, The Children of the Days (2012).

Reading this poem does not mean rejecting our roots or denying everything we share on both sides of the Atlantic. It means understanding that history can be viewed from different perspectives and that no celebration should require us to forget the suffering of those who experienced it differently. Recognising the pain endured by Indigenous peoples does not make us any less aware of our own identity. It makes us more capable of understanding the humanity of others. Memory should not be used to fuel conflict, but to learn, to repair injustices wherever possible, and to build relationships based on respect, dignity, and equality.

We must also remember that historical memory requires more than ceremonies and solemn words. It needs research, education, the protection of cultural heritage, and respect for the communities that keep their traditions alive. It requires Indigenous peoples to be able to participate in decisions affecting their lands and for their knowledge to be heard without prejudice. It also requires future generations to understand that cultural diversity is not a problem to be solved, but a richness to be protected.

Ultimately, what truly matters is not deciding who gets the final word on history, but ensuring that no voice is ever silenced by force again. The aim is not to replace one exclusive narrative with another, but to open spaces where we can learn about different experiences, examine the facts, and learn to live together with a history that, like humanity itself, is full of both light and shadow.

I would like us to be able to pass this idea on to those who come after us. I hope our children, our nieces and nephews, and generations we have yet to meet will grow up knowing that no person is worth more than another because of their nationality, culture, religion, or social position. I hope they learn to take pride in their roots without turning them into borders, to defend their ideas without despising those who think differently, and to recognise injustice even when those who suffer it live thousands of miles away.

Because the world does not need us all to be the same. It needs us to be different without that difference becoming a sentence. It needs borders not to make us forget that behind every passport there is a life, behind every culture there is a story, and behind every story there are human beings who deserve to be treated with respect.

Perhaps we will never manage to erase every distance or resolve all the injustices we have inherited once and for all. But we can decide what we do with them, what we teach those who come after us, and what kind of society we want to build. We can choose between feeding resentment and learning from mistakes, between raising barriers and extending a hand, between using history to divide us and turning it into an opportunity to understand one another better.

And if the long journey of humanity has taught us anything, it is that no people needs to disappear for another to prosper, no culture needs to be silenced for another to express itself, and no person should have to renounce their identity to deserve a dignified life. The future will be fairer when we understand that our true greatness does not lie in imposing who we are, but in our ability to live together, learn from one another, and move forward as one.

Because on the other side of every ocean, every border, and every difference, there is always someone who also dreams of living in peace, caring for those they love, and leaving future generations a world that is a little better than the one they inherited. Perhaps that is the deepest bond we share, the possibility of recognising ourselves as part of one humanity and working to ensure that no distance, no prejudice, and no injustice makes us forget that a person’s dignity should never depend on where they happened to be born.

May no border be stronger than our humanity, may no wound prevent us from learning, and may the memory of what we have lived help us build a future where all people, from all nations, have a place of encounter and brotherhood.

We live on two shores separated by the ocean.

But we are one humanity.

Sin renunciar a sus sueños

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷) 

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional de la Niña)

Cada vez que hablamos de igualdad y derechos humanos, deberíamos detenernos a pensar en todas esas niñas que están creciendo en un mundo que todavía no siempre les permite ser quienes quieren ser. Niñas que sueñan con estudiar, descubrir el mundo, dedicarse a aquello que les apasiona o, sencillamente, vivir una infancia feliz. Porque crecer debería significar tener oportunidades, sentirse protegida y poder mirar al futuro con ilusión, sin que el lugar donde hayas nacido o el hecho de ser niña determine hasta dónde puedes llegar

Sin embargo, millones de niñas siguen viendo cómo sus derechos se quedan en palabras. Millones no pueden acudir a la escuela, tienen que trabajar para ayudar a sus familias y sufren matrimonios forzados, violencia sexual o distintas formas de explotación. Mientras unas disfrutan de una infancia llena de posibilidades, otras aprenden demasiado pronto lo que significa vivir con miedo y asumir responsabilidades que nunca deberían corresponderles.

Cuesta aceptar que, en pleno siglo XXI, todavía haya niñas que tengan que luchar por derechos que deberían estar garantizados desde su nacimiento. La educación, la salud, la seguridad y la libertad para desarrollar su personalidad no pueden depender de la situación económica de una familia, de las costumbres de una comunidad o de unas normas que sitúan a las mujeres en una posición de inferioridad. Ninguna tradición puede justificar que se prive a una niña de su dignidad.

Pero no debemos hablar de ellas únicamente desde el sufrimiento. En todo el mundo hay niñas que aprenden, que defienden sus derechos, que denuncian injusticias y que participan activamente en sus comunidades. Sus ideas, su creatividad y su determinación nos recuerdan que la edad nunca debería ser una excusa para ignorar lo que alguien tiene que decir. Escucharlas significa tomar en serio sus opiniones y ofrecerles oportunidades reales para decidir sobre sus propias vidas.

Las instituciones, las familias y la sociedad debemos trabajar para garantizar una educación accesible, entornos seguros y una protección efectiva frente a cualquier forma de violencia o discriminación. También debemos reconocer que cada niña es diferente y que ninguna debería sufrir exclusión por su origen, su discapacidad o su identidad. Esa es nuestra responsabilidad para con la igualdad y para con las niñas de hoy y del futuro. 

Quizá el verdadero cambio comience cuando dejemos de preguntarnos qué pueden aportar las niñas al futuro y entendamos que ya forman parte de nuestro presente. 

Proteger sus derechos no es un gesto de generosidad, sino una obligación y una apuesta por una sociedad más justa, libre y humana.

Porque ninguna niña debería tener que renunciar a sus sueños por haber nacido niña, ni pedir permiso para imaginar una vida mejor.

Que todas puedan crecer libres y sin miedo.

Ese debe ser nuestro compromiso.

Y esos son sus derechos.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

Without Giving Up on Their Dreams

(International Day of the Girl Child)

Whenever we talk about equality and human rights, we should take a moment to think about all those girls who are growing up in a world that does not always allow them to be who they want to be. Girls who dream of studying, discovering the world, pursuing what they are passionate about or simply enjoying a happy childhood. Growing up should mean having opportunities, feeling safe and being able to look to the future with hope, without the place where they were born or the fact that they are girls determining how far they can go.

Yet millions of girls continue to see their rights reduced to empty words. Millions cannot go to school, have to work to help their families and suffer forced marriages, sexual violence or different forms of exploitation. While some enjoy a childhood full of possibilities, others learn far too early what it means to live in fear and take on responsibilities that should never be theirs.

It is difficult to accept that, in the twenty first century, there are still girls who have to fight for rights that should be guaranteed from birth. Education, healthcare, safety and the freedom to develop their own personalities must not depend on a family’s financial circumstances, a community’s customs or rules that place women in an inferior position. No tradition can justify depriving a girl of her dignity.

But we must not speak of them solely in terms of suffering. All over the world, girls are learning, defending their rights, speaking out against injustice and actively participating in their communities. Their ideas, creativity and determination remind us that age should never be an excuse to ignore what someone has to say. Listening to them means taking their opinions seriously and giving them genuine opportunities to make decisions about their own lives.

Institutions, families and society as a whole must work to ensure accessible education, safe environments and effective protection against all forms of violence and discrimination. We must also recognise that every girl is different and that none should face exclusion because of her background, disability or identity. That is our responsibility towards equality and towards the girls of today and tomorrow.

Perhaps real change will begin when we stop asking what girls can contribute to the future and understand that they are already part of our present.

Protecting their rights is not an act of generosity, but an obligation and a commitment to building a fairer, freer and more humane society.

Because no girl should ever have to give up her dreams simply because she was born a girl, or ask permission to imagine a better life.

Let every girl grow up free and without fear.

That must be our commitment.

And those are their rights.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲

Senza rinunciare ai propri sogni

(Giornata internazionale delle bambine)

Ogni volta che parliamo di uguaglianza e diritti umani, dovremmo fermarci un momento a pensare a tutte quelle bambine che stanno crescendo in un mondo che non sempre permette loro di essere ciò che desiderano. Bambine che sognano di studiare, scoprire il mondo, dedicarsi a ciò che le appassiona o, semplicemente, vivere un’infanzia felice. Crescere dovrebbe significare avere opportunità, sentirsi al sicuro e poter guardare al futuro con speranza, senza che il luogo in cui si è nate o il fatto di essere bambine determini fin dove si possa arrivare.

Eppure, milioni di bambine continuano a vedere i propri diritti ridotti a semplici parole. Milioni di loro non possono andare a scuola, devono lavorare per aiutare le proprie famiglie e subiscono matrimoni forzati, violenze sessuali o diverse forme di sfruttamento. Mentre alcune vivono un’infanzia ricca di possibilità, altre imparano troppo presto cosa significhi vivere nella paura e assumersi responsabilità che non dovrebbero mai spettare loro.

È difficile accettare che, nel ventunesimo secolo, ci siano ancora bambine costrette a lottare per diritti che dovrebbero essere garantiti fin dalla nascita. L’istruzione, la salute, la sicurezza e la libertà di sviluppare la propria personalità non possono dipendere dalla situazione economica di una famiglia, dalle tradizioni di una comunità o da norme che collocano le donne in una posizione di inferiorità. Nessuna tradizione può giustificare la privazione della dignità di una bambina.

Ma non dobbiamo parlare di loro soltanto attraverso la sofferenza. In tutto il mondo ci sono bambine che imparano, difendono i propri diritti, denunciano le ingiustizie e partecipano attivamente alle proprie comunità. Le loro idee, la loro creatività e la loro determinazione ci ricordano che l’età non dovrebbe mai essere una scusa per ignorare ciò che qualcuno ha da dire. Ascoltarle significa prendere sul serio le loro opinioni e offrire loro opportunità concrete per decidere della propria vita.

Le istituzioni, le famiglie e la società nel suo insieme devono impegnarsi per garantire un’istruzione accessibile, ambienti sicuri e una protezione efficace contro ogni forma di violenza e discriminazione. Dobbiamo anche riconoscere che ogni bambina è diversa e che nessuna dovrebbe subire esclusioni a causa delle proprie origini, della propria disabilità o della propria identità. Questa è la nostra responsabilità nei confronti dell’uguaglianza e delle bambine di oggi e di domani.

Forse il vero cambiamento comincerà quando smetteremo di chiederci che cosa le bambine possano dare al futuro e comprenderemo che fanno già parte del nostro presente.

Proteggere i loro diritti non è un gesto di generosità, ma un obbligo e un impegno per costruire una società più giusta, libera e umana.

Perché nessuna bambina dovrebbe mai essere costretta a rinunciare ai propri sogni per il semplice fatto di essere nata bambina, né chiedere il permesso per immaginare una vita migliore.

Che tutte possano crescere libere e senza paura.

Questo deve essere il nostro impegno.

E questi sono i loro diritti.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩

Sans renoncer à leurs rêves

(Journée internationale des filles)

Chaque fois que nous parlons d’égalité et de droits humains, nous devrions prendre un moment pour penser à toutes ces filles qui grandissent dans un monde qui ne leur permet pas toujours d’être celles qu’elles souhaitent être. Des filles qui rêvent d’étudier, de découvrir le monde, de se consacrer à ce qui les passionne ou, tout simplement, de vivre une enfance heureuse. Grandir devrait signifier avoir des possibilités, se sentir en sécurité et pouvoir envisager l’avenir avec espoir, sans que le lieu où l’on est née ou le fait d’être une fille détermine jusqu’où l’on peut aller.

Pourtant, des millions de filles voient encore leurs droits réduits à de simples mots. Des millions d’entre elles ne peuvent pas aller à l’école, doivent travailler pour aider leur famille et subissent des mariages forcés, des violences sexuelles ou différentes formes d’exploitation. Tandis que certaines profitent d’une enfance pleine de possibilités, d’autres apprennent beaucoup trop tôt ce que signifie vivre dans la peur et assumer des responsabilités qui ne devraient jamais être les leurs.

Il est difficile d’accepter qu’au XXIe siècle, des filles soient encore obligées de se battre pour des droits qui devraient leur être garantis dès la naissance. L’éducation, la santé, la sécurité et la liberté de développer leur personnalité ne peuvent dépendre de la situation économique d’une famille, des coutumes d’une communauté ou de règles qui placent les femmes dans une position d’infériorité. Aucune tradition ne peut justifier que l’on prive une fille de sa dignité.

Mais nous ne devons pas parler d’elles uniquement sous l’angle de la souffrance. Partout dans le monde, des filles apprennent, défendent leurs droits, dénoncent les injustices et participent activement à la vie de leurs communautés. Leurs idées, leur créativité et leur détermination nous rappellent que l’âge ne devrait jamais servir de prétexte pour ignorer la parole de quelqu’un. Les écouter, c’est prendre leurs opinions au sérieux et leur offrir de véritables possibilités de décider de leur propre vie.

Les institutions, les familles et la société dans son ensemble doivent agir pour garantir un accès à l’éducation, des environnements sûrs et une protection efficace contre toute forme de violence et de discrimination. Nous devons également reconnaître que chaque fille est différente et qu’aucune ne devrait être exclue en raison de ses origines, de son handicap ou de son identité. Telle est notre responsabilité envers l’égalité et envers les filles d’aujourd’hui et de demain.

Le véritable changement commencera peut-être lorsque nous cesserons de nous demander ce que les filles peuvent apporter à l’avenir et que nous comprendrons qu’elles font déjà partie de notre présent.

Protéger leurs droits n’est pas un geste de générosité, mais une obligation et un engagement en faveur d’une société plus juste, plus libre et plus humaine.

Car aucune fille ne devrait avoir à renoncer à ses rêves simplement parce qu’elle est née fille, ni demander la permission d’imaginer une vie meilleure.

Que toutes puissent grandir libres et sans peur.

Tel doit être notre engagement.

Et tels sont leurs droits.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷

Sem renunciar aos seus sonhos

(Dia Internacional da Menina)

Sempre que falamos de igualdade e direitos humanos, devemos parar um momento para pensar em todas aquelas meninas que estão a crescer num mundo que nem sempre lhes permite ser quem desejam ser. Meninas que sonham estudar, descobrir o mundo, dedicar-se àquilo que as apaixona ou, simplesmente, viver uma infância feliz. Crescer deveria significar ter oportunidades, sentir-se em segurança e poder olhar para o futuro com esperança, sem que o lugar onde nasceram ou o facto de serem meninas determine até onde podem chegar.

No entanto, milhões de meninas continuam a ver os seus direitos reduzidos a meras palavras. Milhões não podem frequentar a escola, têm de trabalhar para ajudar as suas famílias e são vítimas de casamentos forçados, violência sexual ou diferentes formas de exploração. Enquanto algumas desfrutam de uma infância repleta de possibilidades, outras aprendem demasiado cedo o que significa viver com medo e assumir responsabilidades que nunca deveriam ser suas.

É difícil aceitar que, no século XXI, ainda haja meninas obrigadas a lutar por direitos que deveriam estar garantidos desde o nascimento. A educação, a saúde, a segurança e a liberdade de desenvolver a sua personalidade não podem depender da situação económica de uma família, dos costumes de uma comunidade ou de normas que colocam as mulheres numa posição de inferioridade. Nenhuma tradição pode justificar que se prive uma menina da sua dignidade.

Mas não devemos falar delas apenas a partir do sofrimento. Em todo o mundo, há meninas que aprendem, defendem os seus direitos, denunciam injustiças e participam ativamente nas suas comunidades. As suas ideias, a sua criatividade e a sua determinação recordam-nos que a idade nunca deveria ser uma desculpa para ignorar aquilo que alguém tem para dizer. Escutá-las significa levar as suas opiniões a sério e proporcionar-lhes oportunidades reais para decidirem sobre as suas próprias vidas.

As instituições, as famílias e a sociedade em geral devem trabalhar para garantir uma educação acessível, ambientes seguros e uma proteção eficaz contra qualquer forma de violência e discriminação. Devemos também reconhecer que cada menina é diferente e que nenhuma deveria ser excluída devido à sua origem, à sua deficiência ou à sua identidade. Essa é a nossa responsabilidade perante a igualdade e perante as meninas de hoje e de amanhã.

Talvez a verdadeira mudança comece quando deixarmos de perguntar o que podem as meninas trazer ao futuro e compreendermos que já fazem parte do nosso presente.

Proteger os seus direitos não é um gesto de generosidade, mas uma obrigação e um compromisso com uma sociedade mais justa, livre e humana.

Porque nenhuma menina deveria ter de renunciar aos seus sonhos por ter nascido menina, nem pedir autorização para imaginar uma vida melhor.

Que todas possam crescer livres e sem medo.

Esse deve ser o nosso compromisso.

E esses são os seus direitos.