Manipulando el dolor

Existen límites que nunca deberían cruzarse. Líneas rojas que tendrían que permanecer intactas incluso en medio de la confrontación política más encarnizada. Una de ellas debería ser absolutamente innegociable. El sufrimiento de las víctimas no se utiliza para hacer campaña electoral.

El accidente ferroviario de Urda solo debe producir respeto, solidaridad y acompañamiento para quienes han perdido a alguien y para todas las personas que, de una manera u otra, están sufriendo un dolor inmenso por esta tragedia. Porque detrás de cada víctima existe una historia, una familia, unos proyectos, unos abrazos rotos que ya no podrán repetirse y una ausencia que ninguna declaración institucional podrá reparar.

Sin embargo, siempre aparece alguien dispuesto a convertir el dolor ajeno en una oportunidad. Políticos que, antes incluso de que las familias hayan podido asimilar lo sucedido, parecen encontrar en la tragedia un escenario perfecto para colocar sus mensajes, repartir responsabilidades, alimentar enfrentamientos y preparar el terreno de cara a las próximas elecciones. Declaraciones calculadas, acusaciones, reproches, fotografías, discursos y publicaciones cuidadosamente elaboradas para obtener un beneficio que nada tiene que ver con el bienestar de las víctimas.

Ante semejante espectáculo resulta inevitable sentir una profunda repugnancia. No por la crítica política, por exigir responsabilidades o por reclamar explicaciones. Todo eso forma parte de una democracia saludable y, cuando existen razones para hacerlo, constituye una obligación democrática. Las tragedias deben investigarse, las responsabilidades deben esclarecerse y las instituciones deben rendir cuentas. Nadie debería quedar exento de ese escrutinio. Pero una cosa es exigir responsabilidades y otra muy distinta convertir una tragedia humana en un instrumento de rentabilidad electoral. Las víctimas no son argumentos de campaña, los fallecidos no son eslóganes, las familias no son material propagandístico y el sufrimiento humano no es una oportunidad para mejorar las expectativas electorales de nadie.

Cuesta encontrar palabras cuando se observa cómo algunas intervenciones públicas parecen más preocupadas por desgastar al adversario que por acompañar a quienes están atravesando uno de los momentos más devastadores de sus vidas. Cuando el primer impulso parece ser calcular qué rédito puede obtenerse de lo sucedido, en lugar de preguntarse qué necesitan las personas afectadas. ¿En qué momento hemos normalizado que el dolor pueda convertirse en estrategia? ¿Cuándo hemos aceptado que una desgracia colectiva sea inmediatamente incorporada al calendario de intereses partidistas? ¿Qué clase de cultura política estamos alimentando cuando importa más quién consigue capitalizar una tragedia que las respuestas que necesitan quienes la padecen? No todo vale. Absolutamente nada justifica utilizar la muerte, la angustia o la desesperación de otras personas para alimentar una batalla electoral.

¿En qué momento hemos normalizado que el dolor pueda convertirse en estrategia? ¿Cuándo hemos aceptado que una desgracia colectiva sea inmediatamente incorporada al calendario de intereses partidistas? ¿Qué clase de cultura política estamos alimentando cuando importa más quién consigue capitalizar una tragedia que las respuestas que necesitan quienes la padecen? No todo vale. Absolutamente nada justifica utilizar la muerte, la angustia o la desesperación de otras personas para alimentar una batalla electoral.

Quienes tienen responsabilidades públicas deberían entender que su obligación no consiste en aprovechar cada acontecimiento para atacar al contrario. Consiste en estar a la altura de las circunstancias. En ofrecer respuestas, actuar con responsabilidad, facilitar información veraz, colaborar con las investigaciones y garantizar que las víctimas reciban toda la atención y el apoyo que necesitan.

Deberían comprender que guardar respeto no significa renunciar a exigir responsabilidades. Significa saber cuándo, cómo y desde dónde hacerlo. No se trata de pedir silencio ante posibles negligencias. Se trata de exigir que las explicaciones se construyan sobre hechos, que las investigaciones se desarrollen con garantías y que las decisiones políticas no estén condicionadas por la urgencia de conseguir un titular favorable.

La memoria de quienes han perdido la vida merece algo mucho más digno que convertirse en una disputa entre siglas. Sus familias merecen algo mucho más humano que encontrarse con sus seres queridos convertidos en protagonistas involuntarios de una batalla partidista. La ciudadanía merece representantes públicos que entiendan que ocupar un cargo institucional no concede ningún derecho a instrumentalizar el sufrimiento ajeno.

Personalmente, me produce un profundo rechazo contemplar cómo puede llegar a degradarse el debate público cuando se anteponen los intereses electorales a la dignidad humana. Me repugna esa manera de hacer política que parece incapaz de reconocer que existen momentos en los que la prudencia, la humanidad y el respeto deberían estar por encima de cualquier cálculo. Porque, si alguien necesita una tragedia para construir su oportunidad electoral, quizá debería detenerse un instante y preguntarse qué está haciendo y qué clase de responsabilidad pública cree estar ejerciendo.

No necesitamos políticos que conviertan las desgracias en campañas. Necesitamos representantes que estén a la altura de las personas a las que dicen representar. Por las personas fallecidas, por sus familias, por quienes continúan sufriendo las consecuencias de lo sucedido y por todas las personas que merecen justicia, verdad y respeto.

Que nadie confunda la exigencia de responsabilidades con el oportunismo ni utilice el dolor como moneda de cambio. Porque cuando se apagan las cámaras y desaparecen los titulares, las familias siguen teniendo que aprender a vivir con una ausencia.

El dolor de las víctimas no os pertenece, no tenéis derecho a utilizar su memoria como propagan electoral y su sufrimiento jamás debería servir para comprar un solo voto.

El respeto no se demuestra utilizando el dolor ajeno, sino estando a la altura de la dignidad humana.

No pisoteándola.

Urda, hoy el silencio también viaja en tren

Cada mañana, miles de personas suben a un tren con la misma confianza con la que comienzan cualquier otro día. Se despiden con un beso, envían un mensaje apresurado, hacen planes para el fin de semana o piensan en lo que les espera al llegar a su destino. Un examen, una jornada de trabajo, una visita familiar, un reencuentro pendiente o, sencillamente, la vuelta a casa. Nadie se despide pensando que quizá no volverá. Y nadie debería hacerlo.

Sin embargo, ayer, 28 de octubre de 2026, la tragedia irrumpió cerca de Urda, en la provincia de Toledo, y cambió para siempre la vida de numerosas personas. El accidente ferroviario dejó víctimas mortales, personas heridas y familias enfrentadas a una de las esperas más crueles que puede conocer un ser humano, la de no saber qué ha ocurrido con las personas que ama.

Hoy, España está de luto. Pero detrás de esa expresión hay mucho más que una bandera a media asta o un minuto de silencio. Hay nombres, rostros, proyectos, conversaciones pendientes, abrazos que ya no podrán darse y personas que tendrán que encontrar fuerzas para continuar cuando todavía no comprenden qué ha sucedido.

Cada vida perdida era un mundo entero. Era alguien que tenía una historia, una familia, amistades, preocupaciones y sueños. Alguien que quizá había prometido llamar al llegar, que llevaba un regalo en la maleta o que estaba pensando en lo que haría al día siguiente. Alguien cuya existencia no puede reducirse a una cifra, por necesaria que sea esa cifra para comprender la dimensión de la tragedia.

Por eso, cuando hablamos de las víctimas de Urda, debemos hacerlo con el respeto que merecen. No son solamente nombres en una lista ni cifras en un titular. Son personas a las que alguien quería, esperaba y necesitaba. Son vidas irrepetibles cuya ausencia dejará una huella que ninguna noticia podrá medir.

Junto al dolor de quienes han perdido a sus seres queridos está el de las personas heridas, el de quienes han sobrevivido y tendrán que enfrentarse a recuerdos difíciles de borrar, y el de quienes permanecen pendientes de una llamada, una noticia o una identificación que les permita saber qué ha ocurrido con alguien a quien aman.

A todas ellas les debemos algo más que unas palabras de condolencia. Les debemos respeto, acompañamiento y humanidad. Les debemos una sociedad capaz de sostenerlas cuando las cámaras se marchen, cuando las portadas cambien y cuando el resto del país empiece, poco a poco, a recuperar sus rutinas.

Porque el duelo no termina cuando desaparece de las noticias. El sufrimiento de quienes pierden a alguien no entiende de calendarios informativos ni de acontecimientos que ocupan el lugar de otros. El dolor permanece cuando se apagan los focos y la casa vuelve a quedarse en silencio.

También quiero detenerme en quienes acudieron a ayudar. En los profesionales de emergencias, los sanitarios, los bomberos, las fuerzas de seguridad y todas las personas que trabajaron para rescatar, atender y acompañar a las víctimas. En quienes ofrecieron ayuda sin conocer los nombres de quienes la necesitaban. En quienes pusieron sus manos, su tiempo y su corazón al servicio de los demás. En medio de una tragedia que nos recuerda nuestra fragilidad, esos gestos nos devuelven una certeza esencial. La humanidad también se manifiesta cuando alguien decide no mirar hacia otro lado.

Llegará el momento de investigar lo sucedido, esclarecer las causas y exigir, si corresponde, las responsabilidades oportunas. Las víctimas y sus familias tienen derecho a conocer la verdad. La sociedad tiene derecho a recibir explicaciones rigurosas. La seguridad ferroviaria debe examinarse con toda la seriedad que exige una tragedia de estas dimensiones.

El respeto exige evitar las especulaciones, las manipulaciones partidistas y los juicios precipitados. Necesitamos información verificada, una investigación rigurosa y un compromiso sincero con la verdad. Las respuestas deberán llegar con todas las garantías, porque ninguna familia debería tener que convivir con preguntas sin respuesta cuando existen mecanismos para esclarecer lo ocurrido.

Como defensor de los derechos humanos, creo que la dignidad de una persona no desaparece con su último aliento. También permanece en la manera en que la recordamos, en cómo acompañamos a quienes la lloran y en nuestra obligación colectiva de aprender de las tragedias para evitar que vuelvan a repetirse.

No existen palabras capaces de reparar una pérdida así. Tampoco hay una frase que pueda aliviar de golpe el sufrimiento de una familia que acaba de perder a alguien. A veces, lo más honesto es reconocer que no sabemos qué decir y, aun así, permanecer cerca. Escuchar. Abrazar. Respetar el silencio. No exigir fortaleza a quienes apenas encuentran fuerzas para levantarse de la cama.

Hoy pienso en todas esas familias. Pienso en quienes no han podido dormir, en quienes todavía esperan noticias y en quienes ya saben que su vida ha cambiado para siempre. Ojalá encuentren a su alrededor personas capaces de acompañarlas sin invadir su dolor, de ayudarlas sin imponerles cómo deben sentirse y de recordarles, cuando todo parezca insoportable, que no tienen que atravesar solas este camino.

Pienso también en quienes esta mañana han subido a un tren con la misma confianza cotidiana con la que lo hacemos millones de personas. Porque viajar debería ser una forma de acercarnos a la vida, no una incertidumbre que nos obligue a despedirnos con miedo.

Cuando pasen estos días de luto, cuando las banderas vuelvan a ondear a media asta y después recuperen su posición habitual, no permitamos que Urda se convierta en un recuerdo más que el tiempo termina escondiendo. Recordar no consiste únicamente en repetir los nombres de una tragedia. Consiste en cuidar a las personas afectadas, esclarecer lo sucedido y convertir el dolor en una responsabilidad compartida.

Hoy no quiero escribir desde la distancia de las cifras ni desde la frialdad de las estadísticas. Quiero hacerlo desde algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo, nuestra condición humana.

Somos personas que viajamos, que amamos, que esperamos y que necesitamos regresar a casa. Somos familias que se despiden por la mañana convencidas de que volverán a encontrarse por la noche. Somos vidas que, aun sin conocernos, compartimos una misma vulnerabilidad y una misma necesidad de cuidado.

Por eso, ante la tragedia de Urda, expreso mi más profundo pésame a las familias de las personas fallecidas, mi cariño y solidaridad con quienes han resultado heridas y mi deseo de que todas las personas afectadas encuentren el apoyo que necesitan.

Que el recuerdo de quienes han perdido la vida permanezca en nuestra memoria. Que quienes luchan por recuperarse reciban toda la atención y el acompañamiento necesarios. Que las familias encuentren verdad, justicia y consuelo, sin que nadie pretenda poner plazos a su dolor. Y que nunca olvidemos que, detrás de cada noticia, hay personas cuya vida merece ser contada con respeto.

Detrás de cada cifra hay una vida, detrás de cada ausencia hay un amor y detrás de cada tragedia debe permanecer nuestro compromiso con la dignidad humana. Porque ningún viaje debería terminar en una despedida definitiva. Porque ninguna vida es una cifra. Y porque, incluso en los días más oscuros, nuestra humanidad se mide por la capacidad de cuidar a quienes más sufren.

Hoy, desde el silencio y la solidaridad, abrazo a Urda. Abrazo a las víctimas. Abrazo a sus familias. Y abrazo a todas las personas que, en medio de esta tragedia, siguen trabajando para salvar vidas y acompañar el dolor ajeno. Que la memoria nos haga más humanos. Que la verdad nos permita comprender. Y que el compromiso de todos contribuya a que una tragedia así no vuelva a repetirse.

Que el recuerdo de quienes ya no están permanezca vivo entre nosotros y que quienes hoy lloran su pérdida encuentren, poco a poco, un lugar donde el dolor pueda convivir con el amor, donde la memoria no se convierta en olvido y donde el abrazo de los demás les recuerde que no están solos.

Por las vidas que se quedaron en el camino, por las familias que esperan respuestas y por quienes hoy tendrán que aprender a vivir con una ausencia que nunca imaginaron.

Que nunca nos falte humanidad para acompañar a quienes se quedan.

Descansen en paz quienes ya no están.

Ser LGBTQIA+ no enferma, la discriminación sí

Cuando leemos un titular que relaciona ser LGBTQIA+ con tener peor salud mental, es fácil quedarse con una idea equivocada. Alguien podría pensar que ser gay, lesbiana, bisexual, trans o intersexual hace que una persona tenga más posibilidades de sufrir depresión, ansiedad o problemas emocionales por el simple hecho de ser quien es. Pero las cosas son bastante más complejas y merece la pena detenerse a entenderlas.

La investigación científica lleva tiempo señalando que determinados problemas de salud mental son más frecuentes en algunos grupos de personas LGBTQIA+ que entre las personas cisheterosexuales. Negar esta realidad no ayudaría a nadie. Pero tampoco sería justo interpretar estos datos como si nuestra orientación sexual o nuestra identidad de género fueran el origen del problema. PORQUE NO LO ES. Una cosa es reconocer que existen diferencias y otra muy distinta explicar por qué se producen.

Pensemos por un momento en algo que cualquiera puede entender. Imagina tener que medir tus palabras cada vez que hablas de la persona que te gusta, escuchar bromas sobre quién eres o sentir que debes ocultar una parte de tu vida para evitar problemas. Imagina que, al llegar a casa, no puedes hablar con tranquilidad de tus sentimientos porque temes decepcionar a tu familia. O que en el trabajo prefieres no mencionar a tu pareja por miedo a que tus compañeros empiecen a tratarte de otra manera.

Quizá alguna de estas situaciones te resulte familiar. Quizá no hayas vivido ninguna de ellas, pero quizá sí puedas comprender el desgaste que supondría tener que estar siempre pendiente de cómo te muestras ante los demás. Cuando una persona pasa mucho tiempo sintiendo que debe protegerse del rechazo, esa tensión puede acabar pasando factura. Y no porque exista algo malo en ella, sino porque vivir con miedo, soportar humillaciones o sentir que no encajas puede hacer daño a cualquiera.

Esto es importante porque, durante demasiado tiempo, se ha intentado presentar la diversidad sexual y de género como un problema que debía corregirse. La homosexualidad llegó a considerarse una enfermedad durante más de 120 años y muchas personas fueron sometidas a prácticas destinadas a cambiar su orientación sexual. De hecho, aún siguen existiendo esas prácticas que, a todas luces, son un auténtico DELITO DE TORTURA. Además, las personas trans también han sufrido durante décadas la patologización de sus identidades y, actualmente, siguen sufriendo situaciones de discriminación y violencia tremendamente injustas, tanto dentro como fuera de la comunidad LGTBIQA+. Aquellas ideas dejaron heridas que no desaparecen simplemente porque las leyes y los conocimientos científicos hayan avanzado. Además, el aumento de las agresiones es una muestra clara del enorme riesgo de involución.

Por eso debemos tener cuidado cuando hablamos de salud mental y del colectivo LGBTQIA+. La orientación sexual no es una enfermedad mental. Ser trans tampoco lo es. Y las variaciones de las características sexuales de las personas intersexuales no convierten sus vidas en una patología. Por supuesto, una persona LGBTQIA+ puede sufrir depresión, ansiedad o cualquier otro problema psicológico, igual que puede ocurrirle a cualquier otra persona. La cuestión es que no debemos confundir la raíz del sufrimiento con la orientación o la identidad.

La ciencia utiliza un concepto para explicar parte de esta realidad, el estrés de las minorías. Dicho de una manera sencilla, se refiere al desgaste emocional que puede provocar vivir expuesto al rechazo, los prejuicios y la discriminación. No se trata solamente de sufrir una agresión o escuchar un insulto.

A veces, el daño también aparece cuando anticipas que algo así podría ocurrir y empiezas a modificar tu comportamiento para evitarlo.Es el chico que no se atreve a dar la mano a su novio por la calle; la mujer bisexual que está cansada de escuchar que su orientación es una fase; la persona trans que teme que se rían de ella cuando tiene que hacer una gestión cotidiana; o el adolescente que no sabe cómo contar en casa lo que siente. También es quien ha aprendido a reírse de determinados comentarios para no convertirse en el blanco de las bromas, aunque por dentro le duelan.

Cada experiencia es distinta y no todas las personas LGBTQIA+ viven estas situaciones. Muchas cuentan con familias que las quieren, amistades que las apoyan y entornos en los que pueden vivir con libertad. Muchas construyen vidas felices, mantienen relaciones saludables y disfrutan de una buena salud mental. Pero que existan estas experiencias positivas no significa que debamos ignorar las dificultades que otras personas siguen encontrando.

Tampoco debemos caer en el error de pensar que todas las diferencias observadas en los estudios tienen una única explicación. La salud mental depende de muchos factores, como las experiencias personales, la situación económica, las relaciones afectivas, el apoyo social y los acontecimientos que vivimos.

Las investigaciones permiten identificar desigualdades y estudiar sus posibles causas, pero debemos tener en cuenta sus limitaciones antes de sacar conclusiones generales. No todas las personas LGBTQIA+ son iguales y tampoco disponemos de la misma cantidad de información científica sobre cada grupo.

Pero lo que sí podemos hacer es preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad para que nadie tenga que vivir con miedo por ser quien es. Porque no basta con decir que respetamos la diversidad si después miramos hacia otro lado cuando alguien sufre acoso en el colegio, si una familia rechaza a su hijo por ser gay o si una persona trans encuentra obstáculos cada vez que necesita acudir a un servicio público.

A veces, quienes discriminan consideran que sus palabras no tienen importancia. Piensan que solamente están haciendo una broma, expresando una opinión o diciendo lo que siempre se ha dicho. Pero las palabras también pueden dejar huella, especialmente cuando se repiten una y otra vez y transmiten a una persona que no merece el mismo respeto que los demás. No todos los comentarios provocan el mismo daño ni todas las personas reaccionan igual, pero eso no significa que debamos restar importancia a lo que ocurre.

También necesitamos hablar de la atención psicológica. Pedir ayuda cuando uno lo está pasando mal debería ser algo normal, sin vergüenza y sin miedo a que el profesional que te atiende cuestione tu identidad o convierta tu orientación sexual en un problema que debe resolver. Una persona que acude a consulta necesita que la escuchen, que comprendan sus circunstancias y que le ofrezcan la ayuda que necesita. No que le hagan sentir que hay algo malo en ella por ser quien es.

Las familias tienen un papel importante, aunque a veces no sepan muy bien cómo actuar. No hace falta tener todas las respuestas para acompañar a alguien. A veces basta con escuchar sin juzgar, preguntar qué necesita esa persona y dejar claro que el cariño no depende de a quién ame o de cómo viva su identidad. Para quien teme ser rechazado, saber que cuenta con alguien puede marcar una diferencia enorme.

Lo mismo sucede en los centros educativos, en los lugares de trabajo y en nuestras instituciones. Necesitamos espacios donde el respeto no dependa de la suerte de encontrar a las personas adecuadas. La prevención del acoso, la formación de los profesionales, el acceso a una atención sanitaria respetuosa y la lucha contra la discriminación deben formar parte de un compromiso cotidiano, no limitarse a unas cuantas campañas al año.

Además, hay algo que me parece especialmente importante recordar. No debemos presentar a las personas LGBTQIA+ como víctimas permanentes ni reducir sus vidas al sufrimiento que algunas han experimentado. Somos personas con nuestras preocupaciones, nuestras alegrías, nuestros proyectos, nuestros errores y nuestras ganas de vivir. Queremos enamorarnos, trabajar, formar una familia si así lo deseamos, disfrutar de nuestras amistades y ocupar nuestro lugar en el mundo sin tener que explicar continuamente quiénes somos.

Por eso, cuando leamos que la evidencia científica relaciona ser LGBTQIA+ con una peor salud mental, no deberíamos utilizar esa información para señalar al colectivo, sino para comprender mejor las desigualdades que todavía existen. Y también debemos recordar que las conclusiones científicas requieren rigor, especialmente cuando hablamos de cuestiones que afectan a personas que llevan demasiado tiempo soportando prejuicios.

No necesitamos estar más sanos, ser más fuertes ni demostrar nada a nadie para merecer respeto. Tampoco tenemos que justificar nuestros derechos porque una parte de la población sufra más que otra. La dignidad no depende de tener o no tener un diagnóstico, de sufrir más o menos o de ser capaz de superar las dificultades sin ayuda.

La salud mental importa. Importa cuando alguien no puede dormir por miedo al rechazo, cuando una persona siente que no puede hablar con sinceridad de su vida o cuando un adolescente cree que no encontrará un lugar en el que ser aceptado. Importa porque el sufrimiento merece atención, independientemente de quién lo experimente. Y porque una sociedad que se preocupa por la salud mental de las personas también debe preocuparse por las condiciones en las que viven.

Quizá no podamos evitar todas las dificultades que aparecen a lo largo de la vida. Pero sí podemos dejar de añadir sufrimiento innecesario a la vida de los demás. Podemos escuchar más, juzgar menos, intervenir ante una injusticia y hacer que quienes nos rodean sepan que no tienen que esconderse para ser aceptados.

Porque el problema nunca ha sido que existan distintas formas de amar, de sentir o de vivir la propia identidad. El problema aparece cuando alguien decide que esas diferencias justifican el rechazo, la humillación o la desigualdad.

Ser LGBTQIA+ no debería costarnos la tranquilidad, la autoestima ni la posibilidad de vivir felices.

Necesitamos una sociedad en la que podamos serlo sin miedo.

No cambiar quiénes somos.

Y SER FELICES.