(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)
🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽
A veces hablamos de democracia como si fuera simplemente la posibilidad de votar cada cierto tiempo, elegir a nuestros representantes y aceptar el resultado de las urnas. Pero la democracia es mucho más que eso.
Si hablamos de democracia, tenemos que hablar necesariamente de personas. Tenemos que hablar de su dignidad, de su libertad, de su igualdad y, sobre todo, de la posibilidad de vivir sin miedo a que alguien decida que sus derechos valen menos que los de los demás. Porque votar es importante, por supuesto. Pero el voto, por sí solo, no basta.
Una sociedad no puede considerarse verdaderamente democrática si una parte de quienes la forman es discriminada, perseguida, silenciada o privada de sus derechos. Tampoco si existen personas que no pueden acceder en condiciones de igualdad a la educación, a la sanidad, a la justicia, a una vivienda digna o a un empleo de calidad con un salario justo. Y mucho menos cuando quienes deberían estar especialmente protegidos, como los menores, las personas migrantes, las personas refugiadas o quienes sufren cualquier forma de violencia, quedan abandonados a su suerte.
Los derechos humanos son precisamente aquello que debe poner límites al poder. Son la garantía de que la mayoría no puede decidirlo todo y de que ninguna persona puede ser sacrificada en nombre de una supuesta voluntad colectiva. Y esto es especialmente importante porque la democracia no consiste únicamente en que la mayoría pueda decidir. También consiste en que las minorías puedan seguir siendo libres cuando la mayoría decide.
Los derechos humanos no dependen de cuántas personas estén dispuestas a defenderlos. No se someten a una votación y no dejan de existir porque alguien piense diferente, porque una determinada opción política consiga más votos o porque una sociedad atraviese momentos de miedo, incertidumbre o polarización.
Precisamente por eso necesitamos derechos humanos y fundamentales. Necesitamos que existan garantías que permanezcan incluso cuando cambien los gobiernos, las mayorías parlamentarias o las opiniones predominantes. Necesitamos instituciones capaces de proteger a quien se encuentra en una posición de vulnerabilidad y una ciudadanía dispuesta a no mirar hacia otro lado cuando los derechos de otra persona son vulnerados.
Porque defender los derechos humanos no consiste solamente en reaccionar cuando ya se ha producido una injusticia, sino que también significa prevenirla. Significa educar en igualdad, combatir la discriminación, proteger a las víctimas, garantizar el acceso efectivo a la justicia y crear las condiciones necesarias para que todas las personas puedan desarrollar su proyecto de vida con libertad y dignidad. Y eso no corresponde únicamente a los gobiernos o a las instituciones. También nos corresponde a quienes formamos parte de la sociedad. Es decir, a cada uno de nosotros.
Una democracia se construye todos los días. Se construye cuando denunciamos una injusticia, cuando acompañamos a quien tiene miedo, cuando rechazamos un discurso de odio, cuando defendemos a quien está siendo discriminado o simplemente cuando decidimos no permanecer indiferentes ante el sufrimiento de otra persona. Por eso, democracia y derechos humanos son conceptos totalmente inseparables.
Una verdadera democracia protege los derechos de todas las personas y fortalece la libertad, la igualdad y la convivencia en la sociedad. Y si una democracia permite que esos derechos sean vulnerados, entonces termina dejando de ser un espacio de libertad para convertirse, poco a poco, en una simple estructura de poder, pero no una democracia. Podremos seguir teniendo elecciones, parlamentos, gobiernos y urnas, pero habremos perdido su verdadero sentido.
Al final, la democracia no debería servir únicamente para decidir quién gobierna. Debería servir para garantizar que, gobierne quien gobierne, los derechos de las personas sigan estando protegidos.
Porque sin derechos humanos, la democracia se queda sin alma.
Se queda sin esencia.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
There can be no democracy without human rights
Sometimes we talk about democracy as though it were simply the ability to vote from time to time, elect our representatives and accept the result at the ballot box. But democracy is about so much more than that.
If we are going to talk about democracy, we necessarily have to talk about people. We have to talk about their dignity, their freedom, their equality and, above all, their ability to live without fear that someone might decide that their rights are worth less than those of others. Because voting is important, of course. But voting alone is not enough.
A society cannot truly be considered democratic if some of the people who make up that society are discriminated against, persecuted, silenced or deprived of their rights. Nor can it be considered democratic if there are people who are unable to access education, healthcare, justice, decent housing or quality employment with a fair wage on an equal basis. And even less so when those who should receive particular protection, such as children, migrants, refugees and people who suffer any form of violence, are left to fend for themselves.
Human rights are precisely what must place limits on power. They are the guarantee that the majority cannot decide everything and that no person can be sacrificed in the name of some supposed collective will. And this is particularly important because democracy is not merely about allowing the majority to decide. It is also about ensuring that minorities remain free when the majority makes its decisions.
Human rights do not depend on how many people are willing to defend them. They are not subject to a vote, nor do they cease to exist because someone thinks differently, because a particular political option wins more votes or because a society goes through periods of fear, uncertainty or polarisation.
That is precisely why we need fundamental human rights. We need guarantees that remain in place even when governments, parliamentary majorities or prevailing opinions change. We need institutions capable of protecting those who find themselves in a vulnerable position, and a society willing not to look the other way when another person’s rights are violated.
Because defending human rights is not merely about responding once an injustice has already occurred. It also means preventing it. It means educating people about equality, combating discrimination, protecting victims, ensuring effective access to justice and creating the conditions necessary for everyone to be able to pursue their own path in life with freedom and dignity. And that is not solely the responsibility of governments or institutions. It is also the responsibility of all of us who are part of society. In other words, each and every one of us.
A democracy is built every day. It is built when we report an injustice, when we stand beside someone who is afraid, when we reject hate speech, when we defend someone who is being discriminated against or simply when we decide not to remain indifferent to another person’s suffering. That is why democracy and human rights are completely inseparable.
A genuine democracy protects the rights of every person and strengthens freedom, equality and social coexistence. And if a democracy allows those rights to be violated, it ultimately ceases to be a space of freedom and gradually becomes nothing more than a structure of power, but not a democracy. We may still have elections, parliaments, governments and ballot boxes, but we will have lost their true meaning.
Ultimately, democracy should not serve merely to decide who governs. It should serve to ensure that, whoever governs, people’s rights remain protected.
Because without human rights, democracy loses its soul.
It loses its very essence.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Senza diritti umani non c’è democrazia
A volte parliamo di democrazia come se fosse semplicemente la possibilità di votare di tanto in tanto, eleggere i nostri rappresentanti e accettare il risultato delle urne. Ma la democrazia è molto più di questo.
Se parliamo di democrazia, dobbiamo necessariamente parlare di persone. Dobbiamo parlare della loro dignità, della loro libertà, della loro uguaglianza e, soprattutto, della possibilità di vivere senza paura che qualcuno possa decidere che i loro diritti valgano meno di quelli degli altri. Perché votare è importante, naturalmente. Ma il voto, da solo, non basta.
Una società non può essere considerata veramente democratica se una parte delle persone che la compongono viene discriminata, perseguitata, messa a tacere o privata dei propri diritti. Né può esserlo se esistono persone che non possono accedere in condizioni di parità all’istruzione, alla sanità, alla giustizia, a un’abitazione dignitosa o a un lavoro di qualità con una retribuzione equa. E ancora meno quando coloro che dovrebbero ricevere una protezione particolare, come i minori, i migranti, i rifugiati o le persone che subiscono qualsiasi forma di violenza, vengono lasciati soli ad affrontare la propria situazione.
I diritti umani sono precisamente ciò che deve porre dei limiti al potere. Sono la garanzia che la maggioranza non possa decidere tutto e che nessuna persona possa essere sacrificata in nome di una presunta volontà collettiva. Ed è proprio questo ad essere particolarmente importante, perché la democrazia non consiste soltanto nel permettere alla maggioranza di decidere. Consiste anche nel garantire che le minoranze possano continuare ad essere libere quando la maggioranza prende le proprie decisioni.
I diritti umani non dipendono dal numero di persone disposte a difenderli. Non sono sottoposti a votazione e non cessano di esistere perché qualcuno la pensa diversamente, perché una determinata opzione politica ottiene più voti o perché una società attraversa periodi di paura, incertezza o polarizzazione.
È proprio per questo che abbiamo bisogno di diritti umani fondamentali. Abbiamo bisogno di garanzie che rimangano in vigore anche quando cambiano i governi, le maggioranze parlamentari o le opinioni prevalenti. Abbiamo bisogno di istituzioni capaci di proteggere chi si trova in una situazione di vulnerabilità e di una società disposta a non voltarsi dall’altra parte quando i diritti di un’altra persona vengono violati.
Perché difendere i diritti umani non significa soltanto reagire quando un’ingiustizia si è già verificata, ma significa anche prevenirla. Significa educare all’uguaglianza, combattere la discriminazione, proteggere le vittime, garantire un accesso effettivo alla giustizia e creare le condizioni necessarie affinché ogni persona possa realizzare il proprio progetto di vita con libertà e dignità. E questo non è soltanto compito dei governi o delle istituzioni. È anche responsabilità di tutti noi che facciamo parte della società. In altre parole, di ciascuno di noi.
Una democrazia si costruisce ogni giorno. Si costruisce quando denunciamo un’ingiustizia, quando stiamo accanto a chi ha paura, quando rifiutiamo un discorso d’odio, quando difendiamo chi viene discriminato o semplicemente quando decidiamo di non rimanere indifferenti di fronte alla sofferenza di un’altra persona. Per questo, democrazia e diritti umani sono concetti completamente inseparabili.
Una vera democrazia protegge i diritti di ogni persona e rafforza la libertà, l’uguaglianza e la convivenza nella società. E se una democrazia permette che quei diritti vengano violati, finisce per cessare di essere uno spazio di libertà e diventa, poco a poco, una semplice struttura di potere, ma non una democrazia. Potremo continuare ad avere elezioni, parlamenti, governi e urne, ma avremo perso il loro vero significato.
In definitiva, la democrazia non dovrebbe servire soltanto a decidere chi governa. Dovrebbe servire a garantire che, chiunque governi, i diritti delle persone continuino ad essere protetti.
Perché senza diritti umani, la democrazia perde la sua anima.
Perde la sua stessa essenza.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Sans droits humains, il n’y a pas de démocratie
Parfois, nous parlons de démocratie comme s’il s’agissait simplement de la possibilité de voter de temps à autre, d’élire nos représentants et d’accepter le résultat des urnes. Mais la démocratie est bien plus que cela.
Si nous parlons de démocratie, nous devons nécessairement parler des personnes. Nous devons parler de leur dignité, de leur liberté, de leur égalité et, surtout, de la possibilité de vivre sans avoir peur que quelqu’un puisse décider que leurs droits valent moins que ceux des autres. Parce que voter est important, bien sûr. Mais le vote, à lui seul, ne suffit pas.
Une société ne peut pas être véritablement considérée comme démocratique si une partie de celles et ceux qui la composent est discriminée, persécutée, réduite au silence ou privée de ses droits. Elle ne peut pas davantage l’être si certaines personnes ne peuvent accéder, dans des conditions d’égalité, à l’éducation, aux soins de santé, à la justice, à un logement digne ou à un emploi de qualité assorti d’un salaire équitable. Et encore moins lorsque celles et ceux qui devraient bénéficier d’une protection particulière, comme les mineurs, les personnes migrantes, les réfugiés ou les personnes victimes de toute forme de violence, sont abandonnés à leur sort.
Les droits humains sont précisément ce qui doit poser des limites au pouvoir. Ils sont la garantie que la majorité ne peut pas tout décider et qu’aucune personne ne peut être sacrifiée au nom d’une prétendue volonté collective. Et c’est particulièrement important, car la démocratie ne consiste pas uniquement à permettre à la majorité de décider. Elle consiste également à garantir que les minorités puissent rester libres lorsque la majorité prend ses décisions.
Les droits humains ne dépendent pas du nombre de personnes disposées à les défendre. Ils ne sont pas soumis au vote et ne cessent pas d’exister parce que quelqu’un pense différemment, parce qu’une certaine option politique obtient davantage de voix ou parce qu’une société traverse des périodes de peur, d’incertitude ou de polarisation.
C’est précisément pour cette raison que nous avons besoin de droits humains fondamentaux. Nous avons besoin de garanties qui demeurent en place même lorsque les gouvernements, les majorités parlementaires ou les opinions dominantes changent. Nous avons besoin d’institutions capables de protéger celles et ceux qui se trouvent dans une situation de vulnérabilité et d’une société prête à ne pas détourner le regard lorsque les droits d’une autre personne sont bafoués.
Car défendre les droits humains ne consiste pas seulement à réagir lorsqu’une injustice s’est déjà produite. Cela signifie également la prévenir. Cela signifie éduquer à l’égalité, lutter contre les discriminations, protéger les victimes, garantir un accès effectif à la justice et créer les conditions nécessaires pour que chaque personne puisse construire son propre projet de vie dans la liberté et la dignité. Et cela ne relève pas uniquement de la responsabilité des gouvernements ou des institutions. Cela relève également de la responsabilité de toutes celles et tous ceux qui font partie de la société. Autrement dit, de chacune et de chacun d’entre nous.
Une démocratie se construit chaque jour. Elle se construit lorsque nous dénonçons une injustice, lorsque nous accompagnons quelqu’un qui a peur, lorsque nous rejetons un discours de haine, lorsque nous défendons une personne victime de discrimination ou simplement lorsque nous décidons de ne pas rester indifférents face à la souffrance d’une autre personne. C’est pourquoi démocratie et droits humains sont des notions totalement indissociables.
Une véritable démocratie protège les droits de chaque personne et renforce la liberté, l’égalité et la cohésion au sein de la société. Et si une démocratie permet que ces droits soient bafoués, elle finit par cesser d’être un espace de liberté pour devenir, peu à peu, une simple structure de pouvoir, mais pas une démocratie. Nous pourrons continuer à avoir des élections, des parlements, des gouvernements et des urnes, mais nous aurons perdu leur véritable sens.
En définitive, la démocratie ne devrait pas servir uniquement à décider qui gouverne. Elle devrait servir à garantir que, quel que soit le gouvernement au pouvoir, les droits des personnes continuent d’être protégés.
Car sans droits humains, la démocratie perd son âme.
Elle perd son essence même.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Sem direitos humanos, não há democracia
Por vezes, falamos de democracia como se fosse simplesmente a possibilidade de votar de tempos a tempos, eleger os nossos representantes e aceitar o resultado das urnas. Mas a democracia é muito mais do que isso.
Se falamos de democracia, temos necessariamente de falar de pessoas. Temos de falar da sua dignidade, da sua liberdade, da sua igualdade e, acima de tudo, da possibilidade de viver sem medo de que alguém possa decidir que os seus direitos valem menos do que os dos outros. Porque votar é importante, naturalmente. Mas o voto, por si só, não é suficiente.
Uma sociedade não pode ser verdadeiramente considerada democrática se uma parte das pessoas que a constituem é discriminada, perseguida, silenciada ou privada dos seus direitos. Também não pode ser considerada democrática se existem pessoas que não conseguem ter acesso, em condições de igualdade, à educação, à saúde, à justiça, a uma habitação digna ou a um emprego de qualidade com um salário justo. E muito menos quando aqueles que deveriam beneficiar de uma proteção especial, como os menores, os migrantes, os refugiados ou as pessoas que sofrem qualquer forma de violência, são deixados à sua sorte.
Os direitos humanos são precisamente aquilo que deve impor limites ao poder. São a garantia de que a maioria não pode decidir tudo e de que nenhuma pessoa pode ser sacrificada em nome de uma suposta vontade coletiva. E isto é particularmente importante porque a democracia não consiste apenas em permitir que a maioria decida. Consiste também em garantir que as minorias possam continuar a ser livres quando a maioria toma as suas decisões.
Os direitos humanos não dependem do número de pessoas dispostas a defendê-los. Não estão sujeitos a votação e não deixam de existir porque alguém pensa de forma diferente, porque determinada opção política obtém mais votos ou porque uma sociedade atravessa períodos de medo, incerteza ou polarização.
É precisamente por isso que precisamos de direitos humanos fundamentais. Precisamos de garantias que permaneçam em vigor mesmo quando mudam os governos, as maiorias parlamentares ou as opiniões predominantes. Precisamos de instituições capazes de proteger quem se encontra numa situação de vulnerabilidade e de uma sociedade disposta a não olhar para o outro lado quando os direitos de outra pessoa são violados.
Porque defender os direitos humanos não significa apenas reagir quando uma injustiça já aconteceu. Significa também preveni-la. Significa educar para a igualdade, combater a discriminação, proteger as vítimas, garantir um acesso efetivo à justiça e criar as condições necessárias para que cada pessoa possa desenvolver o seu próprio projeto de vida com liberdade e dignidade. E isso não é responsabilidade exclusiva dos governos ou das instituições. É também responsabilidade de todos nós que fazemos parte da sociedade. Ou seja, de cada um de nós.
Uma democracia constrói-se todos os dias. Constrói-se quando denunciamos uma injustiça, quando acompanhamos quem tem medo, quando rejeitamos um discurso de ódio, quando defendemos alguém que está a ser discriminado ou simplesmente quando decidimos não permanecer indiferentes perante o sofrimento de outra pessoa. Por isso, democracia e direitos humanos são conceitos totalmente inseparáveis.
Uma verdadeira democracia protege os direitos de todas as pessoas e fortalece a liberdade, a igualdade e a convivência na sociedade. E se uma democracia permite que esses direitos sejam violados, acaba por deixar de ser um espaço de liberdade para se transformar, pouco a pouco, numa simples estrutura de poder, mas não numa democracia. Podemos continuar a ter eleições, parlamentos, governos e urnas, mas teremos perdido o seu verdadeiro sentido.
Em última análise, a democracia não deveria servir apenas para decidir quem governa. Deveria servir para garantir que, independentemente de quem governe, os direitos das pessoas continuem protegidos.
Porque sem direitos humanos, a democracia perde a sua alma.
Perde a sua própria essência.


