Halloween y Derechos Humanos

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🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Halloween suele llegar acompañado de disfraces, calabazas, historias de miedo, cementerios imaginarios y personajes que parecen sacados de nuestras peores pesadillas. Durante una noche, jugamos a asustarnos, convertimos lo sobrenatural en entretenimiento y nos permitimos mirar de frente a nuestros propios temores. Sin embargo, quizá esta celebración también pueda servirnos para reflexionar sobre algo mucho más real que cualquier fantasma. Los miedos que construimos como sociedad y las personas a las que, demasiadas veces, convertimos injustamente en monstruos.

No todos los monstruos llevan máscaras. Algunos se esconden detrás de los prejuicios, de la intolerancia, del racismo, de la LGTBIfobia, del machismo, del rechazo a quien es diferente o de la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Y esos monstruos no aparecen una noche al año. Conviven con nosotros, se manifiestan en nuestras calles, en nuestras instituciones, en nuestras conversaciones y, en ocasiones, incluso dentro de nuestros propios hogares.

Me parece especialmente significativo que una celebración como Halloween, en la que tantas personas se divierten jugando a ser diferentes, pueda invitarnos a pensar en quienes no necesitan ponerse un disfraz para experimentar lo que significa ser señalados por su diferencia. Personas que, simplemente por ser quienes son, por amar a quien aman, por su origen, por su identidad, por sus creencias, por su discapacidad o por su situación económica, tienen que enfrentarse diariamente a miradas de desaprobación, comentarios hirientes, exclusión y violencia.

Resulta bastante curioso y paradójico que durante una noche podamos celebrar lo extraño, lo diferente y lo desconocido, mientras que durante el resto del año todavía existan personas que tienen que justificar su existencia para ser aceptadas. Nos disfrazamos de aquello que nos parece distinto, pero no siempre somos capaces de respetar a quien vive su diferencia sin esconderse.

Desde una perspectiva de Derechos Humanos, Halloween también puede recordarnos que el miedo ha sido históricamente una herramienta utilizada para perseguir, excluir y deshumanizar. Se ha señalado como amenaza a quien no encajaba en los modelos sociales dominantes; se han construido enemigos imaginarios para justificar discriminaciones reales; se ha utilizado la ignorancia para alimentar el odio; y se ha presentado la diferencia como un peligro que debía corregirse, ocultarse o eliminarse.

La historia está llena de personas que fueron tratadas como monstruos por el simple hecho de desafiar las normas de su tiempo. Mujeres que reclamaron libertad, personas homosexuales que exigieron vivir su afectividad sin persecución, personas racializadas que lucharon contra la segregación, personas con discapacidad a las que se negó su autonomía y comunidades enteras que tuvieron que defender su derecho a existir. Ninguna de ellas necesitaba ser salvada de su diferencia. Lo que necesitaba cambiar era una sociedad que había decidido convertir esa diferencia en motivo de exclusión.

Quizá por eso también deberíamos preguntarnos qué nos asusta verdaderamente. ¿Nos asusta quien es diferente o nos asusta perder los privilegios que nos permiten vivir sin cuestionar nuestra propia posición? ¿Nos incomoda la diversidad o nos incomoda descubrir que nuestras ideas preconcebidas no siempre se corresponden con la realidad? ¿Tenemos miedo de lo desconocido o hemos aprendido a tener miedo de aquello que nunca nos hemos molestado en comprender?

Los Derechos Humanos nacen precisamente de una convicción fundamental. La dignidad de una persona no depende de que resulte familiar, de que comparta nuestras ideas, de que responda a nuestras expectativas o de que encaje en aquello que consideramos normal. Todas las personas merecen vivir libres, iguales y con sus derechos plenamente reconocidos. No existen condiciones, disfraces ni excepciones que puedan alterar esa realidad.

Y tampoco podemos olvidar a quienes viven Halloween desde la soledad, la vulnerabilidad o el recuerdo de quienes ya no están. A quienes sufren violencia, a quienes han tenido que abandonar sus hogares, a quienes viven situaciones de pobreza, a quienes experimentan discriminación y a quienes todavía esperan justicia. Sus realidades no desaparecen porque las calles se llenen de luces, calabazas, celebraciones y personas disfrazadas.

Defender los Derechos Humanos también consiste en mirar esas realidades cuando nadie está mirando, escuchar cuando resulta incómodo y actuar cuando sería mucho más sencillo permanecer en silencio. Esta noche podemos disfrutar de los disfraces, de las historias de terror y de momentos de diversión. Podemos jugar con nuestros miedos, celebrar la imaginación y disfrutar de la fantasía. Pero, cuando termine la fiesta y nos quitemos las máscaras, deberíamos pensar que el verdadero terror no está en ser diferente, sino en vivir en una sociedad que castiga a alguien por serlo. El verdadero monstruo no es quien se sale de la norma, sino el prejuicio que le niega su dignidad. Y la peor oscuridad no es la de una noche de octubre, sino aquella que aparece cuando dejamos de reconocer la humanidad de otras personas.

Ojalá algún día no necesitemos una noche especial para celebrar lo diferente. Ojalá podamos vivir en un mundo donde nadie tenga que esconderse, disfrazarse o renunciar a quien es para sentirse a salvo.

Si algo debería darnos verdaderamente miedo es acostumbrarnos a la injusticia, normalizar el odio y terminar mirando hacia otro lado cuando alguien necesita que defendamos su dignidad.

Que esta noche nos asusten los fantasmas, las brujas, los monstruos y los esqueletos, pero que nunca nos dé miedo la diversidad.

Por una sociedad en la que nadie tenga que disfrazar quién es para poder vivir en libertad y sin miedo.

Siempre sin miedo.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

Halloween and Human Rights

Halloween usually comes with costumes, pumpkins, scary stories, imaginary graveyards and characters that seem to have stepped straight out of our worst nightmares. For one night, we play at frightening ourselves, turn the supernatural into entertainment and allow ourselves to face our own fears. However, perhaps this celebration can also give us an opportunity to reflect on something far more real than any ghost. The fears we create as a society and the people we so often and unfairly turn into monsters.

Not all monsters wear masks. Some hide behind prejudice, intolerance, racism, anti-LGBTQ+ hatred, sexism, the rejection of those who are different and indifference to the suffering of others. And these monsters do not appear just one night a year. They live among us. We see them in our streets, our institutions, our conversations and, sometimes, even inside our own homes.

I find it particularly meaningful that a celebration like Halloween, when so many people enjoy pretending to be different, can encourage us to think about those who do not need to wear a costume to experience what it means to be singled out for being different. People who, simply because of who they are, who they love, where they come from, their identity, their beliefs, their disability or their financial circumstances, have to face disapproving looks, hurtful comments, exclusion and violence every single day.

There is something rather curious and deeply ironic about the fact that, for one night, we can celebrate everything strange, different and unfamiliar, while throughout the rest of the year there are still people who have to justify their very existence in order to be accepted. We dress up as things we consider unusual, yet we are not always capable of respecting those who live openly and proudly as themselves.

From a human rights perspective, Halloween can also remind us that fear has historically been used as a tool to persecute, exclude and dehumanise people. Those who did not fit into dominant social norms have been portrayed as threats; imaginary enemies have been invented to justify real discrimination; ignorance has been used to fuel hatred; and difference has been presented as a danger that must be corrected, hidden or eliminated.

History is full of people who were treated like monsters simply because they challenged the conventions of their time. Women who demanded freedom, gay people who fought for the right to love without persecution, people from racialised communities who fought against segregation, people with disabilities whose autonomy was denied, and entire communities forced to defend their right to exist. None of them needed to be saved from their differences. What needed to change was a society that had decided to turn those differences into reasons for exclusion.

Perhaps that is why we should also ask ourselves what truly frightens us. Are we afraid of people who are different, or are we afraid of losing the privileges that allow us to live without questioning our own position? Does diversity make us uncomfortable, or is it the realisation that our preconceived ideas do not always reflect reality that unsettles us? Are we afraid of the unknown, or have we simply learned to fear what we have never bothered to understand?

Human rights are built upon one fundamental conviction. A person’s dignity does not depend on whether they seem familiar to us, share our beliefs, meet our expectations or fit into what we consider normal. Everyone deserves to live in freedom and equality, with their rights fully recognised and protected. There are no conditions, disguises or exceptions that can change this reality.

Nor should we forget those who experience Halloween through loneliness, vulnerability or the memory of those who are no longer with us. Those who suffer violence, those who have been forced to leave their homes, those living in poverty, those facing discrimination and those still waiting for justice. Their realities do not disappear simply because our streets are filled with lights, pumpkins, celebrations and people in costumes.

Defending human rights also means looking at these realities when nobody else is paying attention, listening when it feels uncomfortable and taking action when remaining silent would be much easier. Tonight, we can enjoy costumes, scary stories and moments of fun. We can play with our fears, celebrate imagination and embrace fantasy. But when the party is over and we take off our masks, we should remember that true horror does not lie in being different, but in living in a society that punishes people for it. The real monster is not the person who challenges social norms, but the prejudice that denies them their dignity. And the darkest darkness is not that of an October night, but the darkness that emerges when we stop recognising the humanity of others.

I hope that one day we will no longer need a special night to celebrate difference. I hope we can live in a world where nobody has to hide, wear a disguise or give up who they are just to feel safe.

If anything should truly frighten us, it is becoming accustomed to injustice, normalising hatred and eventually looking the other way when someone needs us to stand up for their dignity.

May ghosts, witches, monsters and skeletons frighten us tonight, but may diversity never frighten us.

For a society in which nobody has to disguise who they are in order to live freely and without fear.

Always without fear.

Manipulando el dolor

Existen límites que nunca deberían cruzarse. Líneas rojas que tendrían que permanecer intactas incluso en medio de la confrontación política más encarnizada. Una de ellas debería ser absolutamente innegociable. El sufrimiento de las víctimas no se utiliza para hacer campaña electoral.

El accidente ferroviario de Urda solo debe producir respeto, solidaridad y acompañamiento para quienes han perdido a alguien y para todas las personas que, de una manera u otra, están sufriendo un dolor inmenso por esta tragedia. Porque detrás de cada víctima existe una historia, una familia, unos proyectos, unos abrazos rotos que ya no podrán repetirse y una ausencia que ninguna declaración institucional podrá reparar.

Sin embargo, siempre aparece alguien dispuesto a convertir el dolor ajeno en una oportunidad. Políticos que, antes incluso de que las familias hayan podido asimilar lo sucedido, parecen encontrar en la tragedia un escenario perfecto para colocar sus mensajes, repartir responsabilidades, alimentar enfrentamientos y preparar el terreno de cara a las próximas elecciones. Declaraciones calculadas, acusaciones, reproches, fotografías, discursos y publicaciones cuidadosamente elaboradas para obtener un beneficio que nada tiene que ver con el bienestar de las víctimas.

Ante semejante espectáculo resulta inevitable sentir una profunda repugnancia. No por la crítica política, por exigir responsabilidades o por reclamar explicaciones. Todo eso forma parte de una democracia saludable y, cuando existen razones para hacerlo, constituye una obligación democrática. Las tragedias deben investigarse, las responsabilidades deben esclarecerse y las instituciones deben rendir cuentas. Nadie debería quedar exento de ese escrutinio. Pero una cosa es exigir responsabilidades y otra muy distinta convertir una tragedia humana en un instrumento de rentabilidad electoral. Las víctimas no son argumentos de campaña, los fallecidos no son eslóganes, las familias no son material propagandístico y el sufrimiento humano no es una oportunidad para mejorar las expectativas electorales de nadie.

Cuesta encontrar palabras cuando se observa cómo algunas intervenciones públicas parecen más preocupadas por desgastar al adversario que por acompañar a quienes están atravesando uno de los momentos más devastadores de sus vidas. Cuando el primer impulso parece ser calcular qué rédito puede obtenerse de lo sucedido, en lugar de preguntarse qué necesitan las personas afectadas. ¿En qué momento hemos normalizado que el dolor pueda convertirse en estrategia? ¿Cuándo hemos aceptado que una desgracia colectiva sea inmediatamente incorporada al calendario de intereses partidistas? ¿Qué clase de cultura política estamos alimentando cuando importa más quién consigue capitalizar una tragedia que las respuestas que necesitan quienes la padecen? No todo vale. Absolutamente nada justifica utilizar la muerte, la angustia o la desesperación de otras personas para alimentar una batalla electoral.

¿En qué momento hemos normalizado que el dolor pueda convertirse en estrategia? ¿Cuándo hemos aceptado que una desgracia colectiva sea inmediatamente incorporada al calendario de intereses partidistas? ¿Qué clase de cultura política estamos alimentando cuando importa más quién consigue capitalizar una tragedia que las respuestas que necesitan quienes la padecen? No todo vale. Absolutamente nada justifica utilizar la muerte, la angustia o la desesperación de otras personas para alimentar una batalla electoral.

Quienes tienen responsabilidades públicas deberían entender que su obligación no consiste en aprovechar cada acontecimiento para atacar al contrario. Consiste en estar a la altura de las circunstancias. En ofrecer respuestas, actuar con responsabilidad, facilitar información veraz, colaborar con las investigaciones y garantizar que las víctimas reciban toda la atención y el apoyo que necesitan.

Deberían comprender que guardar respeto no significa renunciar a exigir responsabilidades. Significa saber cuándo, cómo y desde dónde hacerlo. No se trata de pedir silencio ante posibles negligencias. Se trata de exigir que las explicaciones se construyan sobre hechos, que las investigaciones se desarrollen con garantías y que las decisiones políticas no estén condicionadas por la urgencia de conseguir un titular favorable.

La memoria de quienes han perdido la vida merece algo mucho más digno que convertirse en una disputa entre siglas. Sus familias merecen algo mucho más humano que encontrarse con sus seres queridos convertidos en protagonistas involuntarios de una batalla partidista. La ciudadanía merece representantes públicos que entiendan que ocupar un cargo institucional no concede ningún derecho a instrumentalizar el sufrimiento ajeno.

Personalmente, me produce un profundo rechazo contemplar cómo puede llegar a degradarse el debate público cuando se anteponen los intereses electorales a la dignidad humana. Me repugna esa manera de hacer política que parece incapaz de reconocer que existen momentos en los que la prudencia, la humanidad y el respeto deberían estar por encima de cualquier cálculo. Porque, si alguien necesita una tragedia para construir su oportunidad electoral, quizá debería detenerse un instante y preguntarse qué está haciendo y qué clase de responsabilidad pública cree estar ejerciendo.

No necesitamos políticos que conviertan las desgracias en campañas. Necesitamos representantes que estén a la altura de las personas a las que dicen representar. Por las personas fallecidas, por sus familias, por quienes continúan sufriendo las consecuencias de lo sucedido y por todas las personas que merecen justicia, verdad y respeto.

Que nadie confunda la exigencia de responsabilidades con el oportunismo ni utilice el dolor como moneda de cambio. Porque cuando se apagan las cámaras y desaparecen los titulares, las familias siguen teniendo que aprender a vivir con una ausencia.

El dolor de las víctimas no os pertenece, no tenéis derecho a utilizar su memoria como propagan electoral y su sufrimiento jamás debería servir para comprar un solo voto.

El respeto no se demuestra utilizando el dolor ajeno, sino estando a la altura de la dignidad humana.

No pisoteándola.

Urda, hoy el silencio también viaja en tren

Cada mañana, miles de personas suben a un tren con la misma confianza con la que comienzan cualquier otro día. Se despiden con un beso, envían un mensaje apresurado, hacen planes para el fin de semana o piensan en lo que les espera al llegar a su destino. Un examen, una jornada de trabajo, una visita familiar, un reencuentro pendiente o, sencillamente, la vuelta a casa. Nadie se despide pensando que quizá no volverá. Y nadie debería hacerlo.

Sin embargo, ayer, 28 de octubre de 2026, la tragedia irrumpió cerca de Urda, en la provincia de Toledo, y cambió para siempre la vida de numerosas personas. El accidente ferroviario dejó víctimas mortales, personas heridas y familias enfrentadas a una de las esperas más crueles que puede conocer un ser humano, la de no saber qué ha ocurrido con las personas que ama.

Hoy, España está de luto. Pero detrás de esa expresión hay mucho más que una bandera a media asta o un minuto de silencio. Hay nombres, rostros, proyectos, conversaciones pendientes, abrazos que ya no podrán darse y personas que tendrán que encontrar fuerzas para continuar cuando todavía no comprenden qué ha sucedido.

Cada vida perdida era un mundo entero. Era alguien que tenía una historia, una familia, amistades, preocupaciones y sueños. Alguien que quizá había prometido llamar al llegar, que llevaba un regalo en la maleta o que estaba pensando en lo que haría al día siguiente. Alguien cuya existencia no puede reducirse a una cifra, por necesaria que sea esa cifra para comprender la dimensión de la tragedia.

Por eso, cuando hablamos de las víctimas de Urda, debemos hacerlo con el respeto que merecen. No son solamente nombres en una lista ni cifras en un titular. Son personas a las que alguien quería, esperaba y necesitaba. Son vidas irrepetibles cuya ausencia dejará una huella que ninguna noticia podrá medir.

Junto al dolor de quienes han perdido a sus seres queridos está el de las personas heridas, el de quienes han sobrevivido y tendrán que enfrentarse a recuerdos difíciles de borrar, y el de quienes permanecen pendientes de una llamada, una noticia o una identificación que les permita saber qué ha ocurrido con alguien a quien aman.

A todas ellas les debemos algo más que unas palabras de condolencia. Les debemos respeto, acompañamiento y humanidad. Les debemos una sociedad capaz de sostenerlas cuando las cámaras se marchen, cuando las portadas cambien y cuando el resto del país empiece, poco a poco, a recuperar sus rutinas.

Porque el duelo no termina cuando desaparece de las noticias. El sufrimiento de quienes pierden a alguien no entiende de calendarios informativos ni de acontecimientos que ocupan el lugar de otros. El dolor permanece cuando se apagan los focos y la casa vuelve a quedarse en silencio.

También quiero detenerme en quienes acudieron a ayudar. En los profesionales de emergencias, los sanitarios, los bomberos, las fuerzas de seguridad y todas las personas que trabajaron para rescatar, atender y acompañar a las víctimas. En quienes ofrecieron ayuda sin conocer los nombres de quienes la necesitaban. En quienes pusieron sus manos, su tiempo y su corazón al servicio de los demás. En medio de una tragedia que nos recuerda nuestra fragilidad, esos gestos nos devuelven una certeza esencial. La humanidad también se manifiesta cuando alguien decide no mirar hacia otro lado.

Llegará el momento de investigar lo sucedido, esclarecer las causas y exigir, si corresponde, las responsabilidades oportunas. Las víctimas y sus familias tienen derecho a conocer la verdad. La sociedad tiene derecho a recibir explicaciones rigurosas. La seguridad ferroviaria debe examinarse con toda la seriedad que exige una tragedia de estas dimensiones.

El respeto exige evitar las especulaciones, las manipulaciones partidistas y los juicios precipitados. Necesitamos información verificada, una investigación rigurosa y un compromiso sincero con la verdad. Las respuestas deberán llegar con todas las garantías, porque ninguna familia debería tener que convivir con preguntas sin respuesta cuando existen mecanismos para esclarecer lo ocurrido.

Como defensor de los derechos humanos, creo que la dignidad de una persona no desaparece con su último aliento. También permanece en la manera en que la recordamos, en cómo acompañamos a quienes la lloran y en nuestra obligación colectiva de aprender de las tragedias para evitar que vuelvan a repetirse.

No existen palabras capaces de reparar una pérdida así. Tampoco hay una frase que pueda aliviar de golpe el sufrimiento de una familia que acaba de perder a alguien. A veces, lo más honesto es reconocer que no sabemos qué decir y, aun así, permanecer cerca. Escuchar. Abrazar. Respetar el silencio. No exigir fortaleza a quienes apenas encuentran fuerzas para levantarse de la cama.

Hoy pienso en todas esas familias. Pienso en quienes no han podido dormir, en quienes todavía esperan noticias y en quienes ya saben que su vida ha cambiado para siempre. Ojalá encuentren a su alrededor personas capaces de acompañarlas sin invadir su dolor, de ayudarlas sin imponerles cómo deben sentirse y de recordarles, cuando todo parezca insoportable, que no tienen que atravesar solas este camino.

Pienso también en quienes esta mañana han subido a un tren con la misma confianza cotidiana con la que lo hacemos millones de personas. Porque viajar debería ser una forma de acercarnos a la vida, no una incertidumbre que nos obligue a despedirnos con miedo.

Cuando pasen estos días de luto, cuando las banderas vuelvan a ondear a media asta y después recuperen su posición habitual, no permitamos que Urda se convierta en un recuerdo más que el tiempo termina escondiendo. Recordar no consiste únicamente en repetir los nombres de una tragedia. Consiste en cuidar a las personas afectadas, esclarecer lo sucedido y convertir el dolor en una responsabilidad compartida.

Hoy no quiero escribir desde la distancia de las cifras ni desde la frialdad de las estadísticas. Quiero hacerlo desde algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo, nuestra condición humana.

Somos personas que viajamos, que amamos, que esperamos y que necesitamos regresar a casa. Somos familias que se despiden por la mañana convencidas de que volverán a encontrarse por la noche. Somos vidas que, aun sin conocernos, compartimos una misma vulnerabilidad y una misma necesidad de cuidado.

Por eso, ante la tragedia de Urda, expreso mi más profundo pésame a las familias de las personas fallecidas, mi cariño y solidaridad con quienes han resultado heridas y mi deseo de que todas las personas afectadas encuentren el apoyo que necesitan.

Que el recuerdo de quienes han perdido la vida permanezca en nuestra memoria. Que quienes luchan por recuperarse reciban toda la atención y el acompañamiento necesarios. Que las familias encuentren verdad, justicia y consuelo, sin que nadie pretenda poner plazos a su dolor. Y que nunca olvidemos que, detrás de cada noticia, hay personas cuya vida merece ser contada con respeto.

Detrás de cada cifra hay una vida, detrás de cada ausencia hay un amor y detrás de cada tragedia debe permanecer nuestro compromiso con la dignidad humana. Porque ningún viaje debería terminar en una despedida definitiva. Porque ninguna vida es una cifra. Y porque, incluso en los días más oscuros, nuestra humanidad se mide por la capacidad de cuidar a quienes más sufren.

Hoy, desde el silencio y la solidaridad, abrazo a Urda. Abrazo a las víctimas. Abrazo a sus familias. Y abrazo a todas las personas que, en medio de esta tragedia, siguen trabajando para salvar vidas y acompañar el dolor ajeno. Que la memoria nos haga más humanos. Que la verdad nos permita comprender. Y que el compromiso de todos contribuya a que una tragedia así no vuelva a repetirse.

Que el recuerdo de quienes ya no están permanezca vivo entre nosotros y que quienes hoy lloran su pérdida encuentren, poco a poco, un lugar donde el dolor pueda convivir con el amor, donde la memoria no se convierta en olvido y donde el abrazo de los demás les recuerde que no están solos.

Por las vidas que se quedaron en el camino, por las familias que esperan respuestas y por quienes hoy tendrán que aprender a vivir con una ausencia que nunca imaginaron.

Que nunca nos falte humanidad para acompañar a quienes se quedan.

Descansen en paz quienes ya no están.