Otro año sin ti, Javier

✨🏳️‍🌈❤️EN RECUERDO A JAVIER LÓPEZ FRANCO❤️🏳️‍⚧️✨

Ya han pasado un dos desde que te fuiste, Javier. Dos sin tus abrazos grandes, sin tu voz firme y dulce, sin tu fuerza, sin esa mirada tuya, viva y alegre, que sabía leer el alma de quien tenías delante. Dos años que no han sido fáciles, muy especialmente para tu familia, para tu marido, Juan Carlos, y para todas aquellas personas que te conocíamos, te queríamos y aún queremos aunque te hayas ido. Porque llenabas tanto, tanto, que tu ausencia se ha notado en cada rincón donde alguna vez dejaste tu luz.

En el aniversario de tu marcha, sé que no quieres que te recordemos con lágrimas tristes, sino con ese amor inmenso y esa alegría tuya que sembraste por donde pasaste. Porque lo tuyo no fue solo activismo, sino amor y cariño en estado puro. Fue compromiso y valentía llenos de ternura. Fue lucha desde ese corazón que no te cabía en el pecho.

Para muchas personas, las que te conocimos de cerca, fuiste mucho más que un activista LGTBIQ+. Fuiste ese “hogar” para muchas personas. Fuiste esa voz fuerte para quienes aún no podían hablar. Fuiste el primero en llegar y el último en irse, ya fuera en una reunión para organizar el Orgullo o en un encuentro con una persona que necesitaba apoyo, abrazo y consuelo. Dabas sin medida. Amabas sin condiciones. Soñabas sin miedo.

Gracias a ti, Andalucía tiene leyes que protegen, reconocen y acompañan. Gracias a ti, muchas ciudades de nuestra tierra se llenaron de colores, de reivindicación, de ORGULLO con mayúsculas. Gracias a ti, mucha gente pudo decir por primera vez: “yo también merezco ser feliz y vivir en libertad”.

Desde aquella trinchera preciosa que fue la Asociación Adriano Antinoo, desde la Plataforma Orgullo LGTBI Andalucía, desde las instituciones donde supiste abrir puertas sin perder tu esencia, construiste futuro lleno de luz y esperanza. Nos enseñaste que la política también puede – y debe – ser un acto de amor. Que ser valiente no es gritar más alto, sino escuchar mejor. Que cambiar el mundo empieza por abrazar a quien tienes al lado. Que si se quiere y se ama, se ayuda, se consuela y se ayuda a sanar.

Y aunque ya no estés físicamente, te sentimos en cada paso. Estás en cada bandera orgullosa que se alza. En cada niño y en cada niña que crecen sabiendo que también son valiosos. En cada chica trans y en cada chico trans que encuentran trabajo y construyen su futuro, con esperanza y sin esconderse. En cada beso de amor dado sin miedo en plena calle.

Dos años después, seguimos sin entender del todo que no estés. Quizá, como eras todo corazón, se te rompió de tanto usarlo. Pero también sabemos que no te fuiste del todo. No lo hiciste porque hay huellas, como las tuyas, que no se borran nunca. Y la tuya está en la piel de esta Andalucía diversa, orgullosa, libre, valiente y viva. Todo ese es gracias a ti, Javier.

Gracias, Javier. Gracias compañero, amigo, hermano. Gracias por enseñarnos a amar mejor. Gracias por hacernos más libres e iguales. Gracias siempre, Javier.

Que donde estés, sigas bailando y brillando más allá con el arcoíris. Desde aquí te echaremos de menos cada día, pero también te celebramos cada día.

Y aquí seguiremos, continuando tu camino.

Lo haremos como tú lo empezaste.

Con mucha valentía, con mucho amor.

Y con mucho orgullo.

Por ti.

✨🏳️‍🌈❤️🕊️❤️🏳️‍⚧️✨

✨❤️🏳️‍🌈¡Gracias por tanto!🏳️‍⚧️❤️✨

El silencio que duele más que los golpes

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional Contra el Acoso Escolar)

Hay cosas que durante demasiado tiempo se han querido disfrazar de normalidad cuando en realidad son profundamente injustas y peligrosas. El bullying es una de ellas. ¿Por qué? Porque no es una broma, no es una etapa más del crecimiento ni tampoco algo que se cure solo con el paso del tiempo. Es una forma de violencia que ataca directamente a la dignidad de quien la sufre y que deja huellas que muchas veces no se ven, pero que permanecen durante años. A veces, para siempre. 

Cuando hablamos de acoso escolar hablamos de conductas repetidas en el tiempo, de humillaciones constantes, de insultos, de aislamiento, de agresiones físicas o de ese rechazo silencioso que duele incluso más que un golpe. Puede adoptar muchas formas, desde lo más evidente hasta lo más sutil, y hoy en día también se extiende al entorno digital, donde el daño se multiplica porque no hay descanso ni refugio posible debido a la exposición permanente las 24 horas del día. 

Durante años se ha repetido esa frase tan peligrosa de que “son cosas de niños”. Pero, no, no lo son. Si trasladáramos muchas de esas conductas al mundo adulto, estaríamos hablando sin ninguna duda de delitos contra la integridad moral e incluso, en determinados casos, de conductas que podrían encajar perfectamente en lo que denominamos coloquialmente como delitos de odio. Entonces, si la situación es esta, ¿por qué cuando ocurre en menores se tiende a minimizarlo o a mirar hacia otro lado? ¿Es desconocimiento, incapacidad, cobardía o complicidad?

La infancia y la adolescencia son etapas especialmente sensibles. Es en esos años donde se construye la identidad, la autoestima y la forma en la que una persona se relaciona con el mundo que le rodea. Sufrir acoso en ese momento no es una experiencia pasajera, es una herida que puede condicionar toda una vida. Así, la ansiedad, la depresión, el fracaso escolar, el aislamiento social e incluso los pensamientos autodestructivos son algunas de las consecuencias que se han documentado de forma reiterada.

No, no estamos hablando de casos aislados. Organismos internacionales llevan tiempo alertando de la magnitud del problema. Uno de cada tres estudiantes ha sufrido algún tipo de acoso en algún momento. El ciberbullying sigue creciendo y afecta a un porcentaje cada vez mayor de menores. Son datos que deberían hacernos reaccionar como sociedad y que demuestran que estamos ante una realidad estructural, no ante excepciones. Sin embargo, el silencio, ese que duele más que los golpes, sigue imperando en la gran mayoría de los casos. 

Ciertamente, muchas veces la respuesta no está a la altura. Hay centros educativos que no detectan a tiempo las situaciones de acoso, hay profesores que no cuentan con la formación adecuada y muchas familias que no saben cómo actuar o que restan importancia a lo que está ocurriendo. Pero no se trata de señalar el problema de forma simplista, sino de asumir que hay una responsabilidad común de toda la sociedad. El problema no es solo de quien agrede, también lo es de quienes permiten que eso ocurra sin intervenir. Y cuando eso sucede, cuando vuelve a salir en los medios de comunicación la muerte de un menor que no ha podido aguantarlo más, entonces hemos fracasado como sociedad una vez más. 

Es verdad, detectar el acoso no siempre es fácil. Muchas víctimas callan por miedo, por vergüenza o porque sienten que nadie va a creerlas. A veces los signos son muy sutiles, cambios en el comportamiento, tristeza, aislamiento, rechazo a ir al colegio. Por eso es fundamental prestar atención, escuchar y generar entornos donde hablar no sea un riesgo sino una posibilidad real de validación y acompañamiento. 

Así que no basta con condenar el bullying sin más. Hace falta educación en valores desde los primeros años de crecimiento, hace falta empatía, hace falta intervención temprana y la aplicación de los protocolos de manera eficaz. Hace falta también un compromiso firme de las administraciones, que aún no acaba de materializarse, y de toda la sociedad para dejar de normalizar lo que nunca debió ser normal. Porque cada gesto de indiferencia es, en cierto modo, una forma de complicidad que solo perpetúa y valida la existencia de aún más violencia. 

No podemos permitir que el dolor de quienes sufren acoso siga siendo invisible. Ni tampoco podemos seguir aceptando que alguien vea destruida su dignidad día tras día mientras el resto mira hacia otro lado. 

Porque el verdadero daño del bullying no es solo lo que se hace, sino todo lo que se permite.

Defender a las víctimas no es una opción, es una obligación moral que nos define como sociedad.

Lo que permitimos, también nos define.

Y nos hace cómplices.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The silence that hurts more than blows

(World Day Against Bullying)

There are things that for far too long have been disguised as normal when in reality they are deeply unjust and dangerous. Bullying is one of them. Why? Because it is not a joke, it is not just another stage of growing up, nor is it something that heals on its own with time. It is a form of violence that directly attacks the dignity of the person who suffers it and leaves marks that are often unseen, yet remain for years. Sometimes, forever.

When we speak about bullying in schools, we are speaking about repeated behaviours over time, constant humiliation, insults, isolation, physical aggression, or that silent rejection which can hurt even more than a blow. It can take many forms, from the most obvious to the most subtle, and nowadays it also extends into the digital environment, where the harm is amplified because there is no rest and no refuge due to permanent exposure twenty four hours a day.

For years, that dangerous phrase has been repeated that these are just things children do. But they are not. If many of these behaviours were transferred into the adult world, we would undoubtedly be speaking about offences against moral integrity and, in certain cases, conduct that could fall within what we commonly refer to as hate crimes. So if this is the situation, why is it that when it happens among minors it is so often minimised or ignored? Is it ignorance, inability, cowardice or complicity?

Childhood and adolescence are particularly sensitive stages. It is during these years that identity, self esteem and the way a person relates to the world around them are formed. Experiencing bullying at that moment is not a passing experience, it is a wound that can shape an entire life. Anxiety, depression, academic failure, social isolation and even self destructive thoughts are some of the consequences that have been consistently documented.

No, we are not speaking about isolated cases. International organisations have long been warning about the scale of the problem. One in three students has experienced some form of bullying at some point. Cyberbullying continues to grow and affects an ever increasing proportion of young people. These are figures that should prompt us to act as a society and that show we are facing a structural reality, not exceptions. Yet silence, the kind that hurts more than blows, still prevails in the vast majority of cases.

Certainly, the response is often not good enough. There are schools that fail to detect situations of bullying in time, teachers who lack adequate training, and many families who do not know how to act or who downplay what is happening. But this is not about pointing fingers in a simplistic way, it is about recognising that there is a shared responsibility across society. The problem does not lie only with those who bully, but also with those who allow it to happen without intervening. And when it does happen, when once again the media reports the death of a young person who could no longer endure it, then we have failed as a society once more.

It is true that detecting bullying is not always easy. Many victims remain silent out of fear, shame or because they feel no one will believe them. Sometimes the signs are very subtle, changes in behaviour, sadness, isolation, reluctance to go to school. That is why it is essential to remain attentive, to listen and to create environments where speaking out is not a risk but a real possibility for validation and support.

So it is not enough simply to condemn bullying. What is needed is education in values from the earliest years, empathy, early intervention and the effective application of protocols. There must also be a firm commitment from public authorities, which has yet to fully materialise, and from society as a whole to stop normalising what should never have been normal. Because every act of indifference is, in some way, a form of complicity that only perpetuates and legitimises further violence.

We cannot allow the suffering of those who experience bullying to remain invisible. Nor can we continue to accept that someone’s dignity is destroyed day after day while others look the other way.

Because the true harm of bullying lies not only in what is done, but in everything that is allowed.

Defending victims is not an option, it is a moral duty that defines us as a society.

What we allow also defines us.

And it makes us complicit.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Il silenzio che fa più male dei colpi

(Giornata Internazionale contro il Bullismo Scolastico)

Ci sono cose che per troppo tempo si è cercato di far passare come normali quando in realtà sono profondamente ingiuste e pericolose. Il bullismo è una di queste. Perché? Perché non è uno scherzo, non è semplicemente una fase della crescita, né qualcosa che si risolve da solo con il tempo. È una forma di violenza che colpisce direttamente la dignità di chi la subisce e lascia segni che spesso non si vedono, ma che restano per anni. A volte, per sempre.

Quando parliamo di bullismo a scuola parliamo di comportamenti ripetuti nel tempo, di umiliazioni costanti, insulti, isolamento, aggressioni fisiche o di quel rifiuto silenzioso che può fare ancora più male di un colpo. Può assumere molte forme, dalle più evidenti alle più sottili, e oggi si estende anche all’ambiente digitale, dove il danno si amplifica perché non c’è pausa né rifugio a causa di un’esposizione permanente ventiquattro ore su ventiquattro.

Per anni si è ripetuta quella frase così pericolosa secondo cui sono solo cose da ragazzi. Ma non è così. Se molti di questi comportamenti fossero trasferiti nel mondo degli adulti, parleremmo senza alcun dubbio di reati contro l’integrità morale e, in alcuni casi, di condotte che potrebbero rientrare in ciò che comunemente chiamiamo reati d’odio. Se questa è la situazione, perché quando accade tra minori si tende a minimizzare o a voltarsi dall’altra parte? È ignoranza, incapacità, codardia o complicità?

L’infanzia e l’adolescenza sono fasi particolarmente delicate. È in questi anni che si costruiscono l’identità, l’autostima e il modo in cui una persona si relaziona con il mondo che la circonda. Subire bullismo in quel momento non è un’esperienza passeggera, è una ferita che può condizionare un’intera vita. Ansia, depressione, insuccesso scolastico, isolamento sociale e persino pensieri autodistruttivi sono alcune delle conseguenze documentate in modo costante.

No, non stiamo parlando di casi isolati. Le organizzazioni internazionali da tempo mettono in guardia sull’ampiezza del problema. Uno studente su tre ha subito qualche forma di bullismo almeno una volta. Il cyberbullismo continua a crescere e coinvolge una percentuale sempre più alta di giovani. Sono dati che dovrebbero spingerci ad agire come società e che dimostrano che ci troviamo di fronte a una realtà strutturale, non a eccezioni. Eppure il silenzio, quello che fa più male dei colpi, continua a prevalere nella grande maggioranza dei casi.

Certamente, la risposta spesso non è all’altezza. Ci sono scuole che non riescono a individuare per tempo le situazioni di bullismo, insegnanti che non dispongono di una formazione adeguata e molte famiglie che non sanno come agire o che tendono a minimizzare ciò che sta accadendo. Ma non si tratta di puntare il dito in modo semplicistico, bensì di riconoscere che esiste una responsabilità condivisa da tutta la società. Il problema non riguarda solo chi compie gli atti di bullismo, ma anche chi permette che accadano senza intervenire. E quando succede, quando ancora una volta i media riportano la morte di un giovane che non ha più retto, allora abbiamo fallito come società.

È vero, individuare il bullismo non è sempre facile. Molte vittime tacciono per paura, per vergogna o perché pensano che nessuno crederà loro. A volte i segnali sono molto sottili, cambiamenti nel comportamento, tristezza, isolamento, rifiuto di andare a scuola. Per questo è fondamentale prestare attenzione, ascoltare e creare ambienti in cui parlare non sia un rischio ma una reale possibilità di essere riconosciuti e sostenuti.

Non basta condannare il bullismo in modo generico. Serve un’educazione ai valori fin dai primi anni, serve empatia, serve un intervento precoce e l’applicazione efficace dei protocolli. Serve anche un impegno concreto delle istituzioni, che ancora fatica a realizzarsi pienamente, e di tutta la società per smettere di normalizzare ciò che non avrebbe mai dovuto esserlo. Perché ogni gesto di indifferenza è, in qualche modo, una forma di complicità che non fa altro che perpetuare e legittimare ulteriore violenza.

Non possiamo permettere che la sofferenza di chi subisce bullismo resti invisibile. Né possiamo continuare ad accettare che la dignità di una persona venga distrutta giorno dopo giorno mentre gli altri si voltano dall’altra parte.

Perché il vero danno del bullismo non sta solo in ciò che si fa, ma in tutto ciò che si permette.

Difendere le vittime non è un’opzione, è un dovere morale che ci definisce come società.

Ciò che permettiamo ci definisce.

E ci rende complici.

 🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Le silence qui fait plus mal que les coups

(Journée internationale contre le harcèlement scolaire)

Il y a des choses que l’on a trop longtemps voulu faire passer pour normales alors qu’en réalité elles sont profondément injustes et dangereuses. Le harcèlement en fait partie. Pourquoi ? Parce que ce n’est pas une plaisanterie, ce n’est pas simplement une étape de la croissance, ni quelque chose qui disparaît de lui-même avec le temps. C’est une forme de violence qui attaque directement la dignité de la personne qui la subit et qui laisse des traces souvent invisibles mais qui restent pendant des années. Parfois, pour toujours.

Lorsque nous parlons de harcèlement scolaire, nous parlons de comportements répétés dans le temps, d’humiliations constantes, d’insultes, d’isolement, d’agressions physiques ou de ce rejet silencieux qui peut faire encore plus mal qu’un coup. Il peut prendre de nombreuses formes, des plus évidentes aux plus subtiles, et aujourd’hui il s’étend aussi à l’environnement numérique, où le dommage est amplifié parce qu’il n’y a ni repos ni refuge en raison d’une exposition permanente vingt quatre heures sur vingt quatre.

Pendant des années, cette phrase dangereuse a été répétée selon laquelle ce ne sont que des choses d’enfants. Mais ce n’est pas le cas. Si beaucoup de ces comportements étaient transposés dans le monde des adultes, nous parlerions sans aucun doute d’atteintes à l’intégrité morale et, dans certains cas, de comportements pouvant relever de ce que l’on appelle communément des crimes de haine. Si telle est la situation, pourquoi, lorsque cela concerne des mineurs, tend-on à minimiser ou à détourner le regard ? Est-ce de l’ignorance, de l’incapacité, de la lâcheté ou de la complicité ?

L’enfance et l’adolescence sont des périodes particulièrement sensibles. C’est durant ces années que se construisent l’identité, l’estime de soi et la manière dont une personne se relie au monde qui l’entoure. Subir du harcèlement à ce moment-là n’est pas une expérience passagère, c’est une blessure qui peut marquer toute une vie. L’anxiété, la dépression, l’échec scolaire, l’isolement social et même des pensées autodestructrices font partie des conséquences qui ont été documentées de manière constante.

Non, il ne s’agit pas de cas isolés. Les organisations internationales alertent depuis longtemps sur l’ampleur du problème. Un élève sur trois a subi une forme de harcèlement à un moment donné. Le cyberharcèlement continue de progresser et touche une proportion de plus en plus importante de jeunes. Ce sont des données qui devraient nous pousser à agir en tant que société et qui montrent que nous sommes face à une réalité structurelle, et non à des exceptions. Pourtant, le silence, celui qui fait plus mal que les coups, continue de dominer dans la grande majorité des cas.

Certes, la réponse n’est souvent pas à la hauteur. Il existe des établissements scolaires qui ne détectent pas à temps les situations de harcèlement, des enseignants qui ne disposent pas d’une formation adéquate et de nombreuses familles qui ne savent pas comment agir ou qui minimisent ce qui se passe. Mais il ne s’agit pas de désigner des coupables de manière simpliste, il s’agit de reconnaître qu’il existe une responsabilité partagée par l’ensemble de la société. Le problème ne concerne pas seulement ceux qui harcèlent, mais aussi ceux qui permettent que cela se produise sans intervenir. Et lorsque cela arrive, lorsque les médias annoncent une nouvelle fois la mort d’un jeune qui n’a plus pu le supporter, alors nous avons échoué en tant que société.

Il est vrai que détecter le harcèlement n’est pas toujours facile. De nombreuses victimes se taisent par peur, par honte ou parce qu’elles pensent que personne ne les croira. Parfois, les signes sont très subtils, des changements de comportement, de la tristesse, de l’isolement, un refus d’aller à l’école. C’est pourquoi il est essentiel d’être attentif, d’écouter et de créer des environnements où parler n’est pas un risque mais une véritable possibilité de reconnaissance et de soutien.

Il ne suffit pas de condamner le harcèlement de manière générale. Il faut une éducation aux valeurs dès les premières années, de l’empathie, une intervention précoce et une application efficace des protocoles. Il faut aussi un engagement ferme des autorités publiques, qui peine encore à se concrétiser pleinement, et de toute la société pour cesser de normaliser ce qui n’aurait jamais dû l’être. Car chaque geste d’indifférence est, d’une certaine manière, une forme de complicité qui ne fait que perpétuer et légitimer davantage de violence.

Nous ne pouvons pas permettre que la souffrance de ceux qui subissent le harcèlement reste invisible. Nous ne pouvons pas non plus continuer à accepter que la dignité de quelqu’un soit détruite jour après jour pendant que les autres détournent le regard.

Car le véritable dommage du harcèlement ne réside pas seulement dans ce qui est fait, mais dans tout ce qui est permis.

Défendre les victimes n’est pas une option, c’est un devoir moral qui nous définit en tant que société.

Ce que nous permettons nous définit aussi.

Et cela nous rend complices.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
O silêncio que dói mais do que os golpes

(Dia Internacional contra o Bullying Escolar)

Há coisas que durante demasiado tempo se quis fazer passar por normais quando, na realidade, são profundamente injustas e perigosas. O bullying é uma delas. Porquê? Porque não é uma brincadeira, não é apenas uma fase do crescimento, nem algo que desaparece por si só com o tempo. É uma forma de violência que atinge diretamente a dignidade de quem a sofre e que deixa marcas muitas vezes invisíveis, mas que permanecem durante anos. Por vezes, para sempre.

Quando falamos de bullying escolar, falamos de comportamentos repetidos ao longo do tempo, de humilhações constantes, de insultos, de isolamento, de agressões físicas ou desse rejeitamento silencioso que pode doer ainda mais do que um golpe. Pode assumir muitas formas, das mais evidentes às mais subtis, e hoje em dia estende-se também ao ambiente digital, onde o dano se amplifica porque não há descanso nem refúgio devido a uma exposição permanente vinte e quatro horas por dia.

Durante anos repetiu-se aquela frase tão perigosa de que são apenas coisas de crianças. Mas não é assim. Se muitos desses comportamentos fossem transportados para o mundo dos adultos, estaríamos sem dúvida a falar de crimes contra a integridade moral e, em certos casos, de condutas que poderiam enquadrar-se naquilo a que chamamos vulgarmente crimes de ódio. Se esta é a realidade, por que razão, quando acontece entre menores, se tende a minimizar ou a olhar para o lado? É desconhecimento, incapacidade, cobardia ou cumplicidade?

A infância e a adolescência são fases particularmente sensíveis. É nestes anos que se constroem a identidade, a autoestima e a forma como uma pessoa se relaciona com o mundo que a rodeia. Sofrer bullying nesse momento não é uma experiência passageira, é uma ferida que pode condicionar uma vida inteira. Ansiedade, depressão, insucesso escolar, isolamento social e até pensamentos autodestrutivos são algumas das consequências que têm sido documentadas de forma consistente.

Não, não estamos a falar de casos isolados. Organizações internacionais alertam há muito para a dimensão do problema. Um em cada três estudantes já sofreu algum tipo de bullying em algum momento. O ciberbullying continua a crescer e afeta uma proporção cada vez maior de jovens. São dados que nos deveriam levar a agir enquanto sociedade e que mostram que estamos perante uma realidade estrutural, não exceções. Ainda assim, o silêncio, aquele que dói mais do que os golpes, continua a prevalecer na grande maioria dos casos.

Certamente, a resposta muitas vezes não está à altura. Há escolas que não conseguem detetar atempadamente situações de bullying, professores que não dispõem de formação adequada e muitas famílias que não sabem como agir ou que desvalorizam o que está a acontecer. Mas não se trata de apontar o dedo de forma simplista, trata-se de reconhecer que existe uma responsabilidade partilhada por toda a sociedade. O problema não é apenas de quem pratica o bullying, mas também de quem permite que isso aconteça sem intervir. E quando isso acontece, quando mais uma vez os meios de comunicação noticiam a morte de um jovem que já não conseguiu suportar, então falhámos enquanto sociedade.

É verdade que detetar o bullying nem sempre é fácil. Muitas vítimas permanecem em silêncio por medo, por vergonha ou porque sentem que ninguém vai acreditar nelas. Por vezes, os sinais são muito subtis, mudanças de comportamento, tristeza, isolamento, recusa em ir à escola. Por isso, é fundamental estar atento, ouvir e criar ambientes onde falar não seja um risco, mas uma verdadeira possibilidade de validação e apoio.

Não basta condenar o bullying de forma genérica. É necessária educação para os valores desde os primeiros anos, é necessária empatia, é necessária intervenção precoce e aplicação eficaz de protocolos. É também necessário um compromisso firme das autoridades públicas, que ainda tarda em concretizar-se plenamente, e de toda a sociedade para deixar de normalizar aquilo que nunca deveria ter sido normal. Porque cada gesto de indiferença é, de certa forma, uma forma de cumplicidade que apenas perpetua e legitima ainda mais violência.

Não podemos permitir que o sofrimento de quem sofre bullying permaneça invisível. Nem podemos continuar a aceitar que a dignidade de alguém seja destruída dia após dia enquanto os outros olham para o lado.

Porque o verdadeiro dano do bullying não está apenas no que se faz, mas em tudo aquilo que se permite.

Defender as vítimas não é uma opção, é um dever moral que nos define enquanto sociedade.

Aquilo que permitimos também nos define.

E torna-nos cúmplices.

No es solo trabajar, sino vivir con dignidad

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Cada 1 de mayo las calles se llenan, lo mismo que las redes sociales con discursos y palabras bonitas sobre el trabajo. Pero, si hacemos un ejercicio de honestidad, hay una pregunta incómoda que sigue ahí, aún sin resolverse: ¿Realmente estamos trabajando con dignidad hoy en día?

Trabajar no debería ser únicamente sobrevivir. No debería ser levantarse cada mañana con la sensación de que estás cambiando horas de vida por un sueldo que apenas te sostiene. El trabajo, en su esencia, debería ser algo más profundo. Debería ser una herramienta para crecer, para construir un futuro, para sentirte útil, para sentir tu valor como persona y como parte de algo.

Sin embargo, la realidad de muchas personas está muy lejos de eso. Hay quienes encadenan jornadas interminables que no dejan espacio para descansar ni para vivir. Personas que cobran salarios que no alcanzan para cubrir lo básico. Contratos inestables, precarios, que generan incertidumbre constante, falta de descanso real y, quizá lo más grave, miedo. Miedo a hablar, a reclamar, a exigir lo que corresponde por derecho.

Y esto no es solo una cuestión económica. No es simplemente “cómo está el mercado laboral”. Esto es una cuestión de derechos humanos. Porque el derecho a un trabajo digno no es un invento reciente ni una idea utópica. Está reconocido desde hace décadas como un derecho fundamental. Significa tener acceso a un empleo, sí, pero también a condiciones justas, a un salario equitativo, a la igualdad retributiva y a una remuneración suficiente para vivir con dignidad.

Y, aun así, hemos normalizado lo inaceptable. Hemos asumido como algo cotidiano que haya personas trabajando y siendo pobres; que jóvenes con más que sobrada preparación no puedan construir un proyecto de vida; que muchas mujeres sigan trabajando en condiciones más precarias; que personas migrantes ocupen los escalones más vulnerables del sistema; y que los mayores tengan dificultades para mantenerse en el mercado laboral.

Lo hemos visto tantas veces que hemos empezado a creer que es lo normal. Pero no lo es, no puede serlo. Porque si el trabajo no te permite vivir con dignidad, entonces no está cumpliendo su función. Si el trabajo te obliga a renunciar a tu salud, a tu tiempo o a tus derechos, algo está fallando. Y no es la persona trabajadora.

Por eso, el 1 de mayo no debería ser solo una fecha simbólica que mucha gente aprovecha para irse de fin de semana. Tampoco debería quedarse en celebraciones o mensajes institucionales. Debería ser, sobre todo, un momento para exigir. Para exigir empleo estable, salarios justos, conciliación real entre la vida laboral y personal y, sobre todo, protección frente a toda forma de abuso. 

Nada de esto ha sido regalado nunca. Los derechos laborales que hoy parecen básicos, como las vacaciones pagadas, los descansos y los límites de jornada, fueron conquistados con esfuerzo, con lucha y con la voz de quienes se negaron a aceptar condiciones injustas.

Y ahora no se puede retroceder. Porque aceptar la precariedad como algo inevitable es renunciar a esos avances. Es permitir que se diluya la idea misma de dignidad en el trabajo. Porque, no, no todo vale. No vale cualquier contrato, no vale cualquier salario y no vale cualquier condición.

Porque cuando el trabajo pierde los derechos, deja de ser trabajo en el sentido pleno de la palabra. Y es que, un trabajo sin derechos no es trabajo digno, sino otra cosa. Y hay que llamarlo por su nombre: explotación y servidumbre. 

La dignidad no debería negociarse a cambio de un salario. Debería ser el punto de partida de cualquier trabajo.

Trabajar, sí, pero nunca a cualquier precio.

Nunca a costa de la dignidad.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

It is not only about working, but about living with dignity

Every 1 May, the streets fill up, just as social media does, with speeches and fine sounding words about work. But if we are honest with ourselves, there is an uncomfortable question that remains, still unresolved: are we truly working with dignity today?

Work should not be merely about survival. It should not mean getting up every morning with the feeling that you are trading hours of your life for a wage that barely sustains you. In its essence, work should be something deeper. It should be a means to grow, to build a future, to feel useful, to feel your value as a person and as part of something.

However, the reality for many people is far removed from this. There are those who endure endless working days that leave no room to rest or to live. People earning wages that do not cover even the basics. Unstable and precarious contracts that create constant uncertainty, a lack of real rest and, perhaps most seriously, fear. Fear of speaking up, of making a claim, of demanding what is rightfully theirs.

And this is not merely an economic issue. It is not simply about the state of the labour market. This is a matter of human rights. Because the right to decent work is neither a recent invention nor a utopian idea. It has been recognised for decades as a fundamental right. It means having access to employment, yes, but also to fair conditions, to equitable pay, to equal remuneration and to sufficient income to live with dignity.

And yet, we have normalised the unacceptable. We have come to accept as everyday reality that people can be in work and still be poor; that young people, despite being more than adequately prepared, cannot build a life project; that many women continue to work in more precarious conditions; that migrant workers occupy the most vulnerable positions in the system; and that older people face difficulties remaining in the labour market.

We have seen it so many times that we have begun to believe it is normal. But it is not, and it cannot be. Because if work does not allow you to live with dignity, then it is failing in its purpose. If work forces you to give up your health, your time or your rights, something is wrong. And it is not the worker.

That is why 1 May should not be merely a symbolic date that many people use as an excuse for a long weekend. Nor should it be reduced to celebrations or institutional messages. Above all, it should be a moment to demand. To demand stable employment, fair wages, genuine balance between working life and personal life and, above all, protection against all forms of abuse.

None of this has ever been given freely. The labour rights that today seem basic, such as paid holidays, rest periods and limits on working hours, were won through effort, through struggle and through the voices of those who refused to accept unjust conditions.

And now there can be no going backwards. Because accepting precariousness as inevitable is to abandon those achievements. It is to allow the very idea of dignity at work to be eroded. Because no, not everything is acceptable. Not just any contract will do, not just any wage will do, and not just any condition will do.

Because when work loses its rights, it ceases to be work in the full sense of the word. And a job without rights is not decent work, but something else. And it must be called by its name: exploitation and servitude.

Dignity should not be negotiated in exchange for a wage. It should be the starting point of any work.

Work, yes, but never at any price.

Never at the cost of dignity.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲

Non si tratta solo di lavorare, ma di vivere con dignità

Ogni 1° maggio le strade si riempiono, così come i social media, di discorsi e belle parole sul lavoro. Ma, se siamo onesti con noi stessi, c’è una domanda scomoda che rimane lì, ancora senza risposta: lavoriamo davvero con dignità oggi?

Lavorare non dovrebbe essere soltanto sopravvivere. Non dovrebbe significare alzarsi ogni mattina con la sensazione di scambiare ore di vita per uno stipendio che a malapena ti sostiene. Nella sua essenza, il lavoro dovrebbe essere qualcosa di più profondo. Dovrebbe essere uno strumento per crescere, per costruire un futuro, per sentirsi utili, per sentire il proprio valore come persona e come parte di qualcosa.

Tuttavia, la realtà per molte persone è molto lontana da questo. C’è chi affronta giornate lavorative interminabili che non lasciano spazio né al riposo né alla vita. Persone che percepiscono salari che non bastano nemmeno a coprire il necessario. Contratti instabili e precari che generano incertezza costante, mancanza di vero riposo e, forse la cosa più grave, paura. Paura di parlare, di reclamare, di pretendere ciò che spetta di diritto.

E questa non è soltanto una questione economica. Non si tratta semplicemente di “come va il mercato del lavoro”. Questa è una questione di diritti umani. Perché il diritto a un lavoro dignitoso non è un’invenzione recente né un’idea utopica. È riconosciuto da decenni come un diritto fondamentale. Significa avere accesso a un impiego, sì, ma anche a condizioni giuste, a un salario equo, alla parità retributiva e a una remunerazione sufficiente per vivere con dignità.

Eppure, abbiamo normalizzato l’inaccettabile. Abbiamo accettato come qualcosa di quotidiano che ci siano persone che lavorano e sono comunque povere; che i giovani, pur essendo più che preparati, non riescano a costruire un progetto di vita; che molte donne continuino a lavorare in condizioni più precarie; che le persone migranti occupino le posizioni più vulnerabili del sistema; e che le persone anziane abbiano difficoltà a rimanere nel mercato del lavoro.

Lo abbiamo visto così tante volte che abbiamo iniziato a credere che sia normale. Ma non lo è, e non può esserlo. Perché se il lavoro non ti permette di vivere con dignità, allora non sta svolgendo la sua funzione. Se il lavoro ti costringe a rinunciare alla tua salute, al tuo tempo o ai tuoi diritti, qualcosa non funziona. E non è la persona che lavora.

Per questo il 1° maggio non dovrebbe essere soltanto una data simbolica che molti sfruttano per concedersi un fine settimana lungo. Non dovrebbe nemmeno ridursi a celebrazioni o messaggi istituzionali. Dovrebbe essere, soprattutto, un momento per esigere. Esigere lavoro stabile, salari giusti, una reale conciliazione tra vita lavorativa e personale e, soprattutto, protezione contro ogni forma di abuso.

Nulla di tutto questo è mai stato regalato. I diritti dei lavoratori che oggi sembrano basilari, come le ferie retribuite, i periodi di riposo e i limiti all’orario di lavoro, sono stati conquistati con impegno, con lotta e con la voce di chi si è rifiutato di accettare condizioni ingiuste.

E ora non si può tornare indietro. Perché accettare la precarietà come qualcosa di inevitabile significa rinunciare a quei progressi. Significa permettere che l’idea stessa di dignità nel lavoro si dissolva. Perché no, non tutto è accettabile. Non va bene qualsiasi contratto, non va bene qualsiasi salario e non va bene qualsiasi condizione.

Perché quando il lavoro perde i diritti, smette di essere lavoro nel senso pieno della parola. E un lavoro senza diritti non è un lavoro dignitoso, ma qualcos’altro. E bisogna chiamarlo con il suo nome: sfruttamento e servitù.

La dignità non dovrebbe essere negoziata in cambio di uno stipendio. Dovrebbe essere il punto di partenza di ogni lavoro.

Lavorare, sì, ma mai a qualsiasi prezzo.

Mai a costo della dignità.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩

Ce n’est pas seulement travailler, mais vivre avec dignité

Chaque 1er mai, les rues se remplissent, tout comme les réseaux sociaux, de discours et de belles paroles sur le travail. Mais si nous faisons preuve d’honnêteté, une question dérangeante demeure, encore sans réponse : travaillons nous vraiment avec dignité aujourd’hui ?

Travailler ne devrait pas être seulement survivre. Cela ne devrait pas signifier se lever chaque matin avec le sentiment d’échanger des heures de vie contre un salaire qui vous maintient à peine à flot. Le travail, dans son essence, devrait être quelque chose de plus profond. Il devrait être un outil pour grandir, pour construire un avenir, pour se sentir utile, pour ressentir sa valeur en tant que personne et comme partie de quelque chose.

Cependant, la réalité de nombreuses personnes est très éloignée de cela. Il y a ceux qui enchaînent des journées de travail interminables qui ne laissent ni repos ni vie. Des personnes qui perçoivent des salaires insuffisants pour couvrir les besoins essentiels. Des contrats instables et précaires qui génèrent une incertitude permanente, un manque de repos réel et, peut être le plus grave, de la peur. La peur de parler, de revendiquer, d’exiger ce qui leur revient de droit.

Et il ne s’agit pas seulement d’une question économique. Il ne s’agit pas simplement de la situation du marché du travail. C’est une question de droits humains. Car le droit à un travail digne n’est ni une invention récente ni une idée utopique. Il est reconnu depuis des décennies comme un droit fondamental. Il signifie avoir accès à un emploi, certes, mais aussi à des conditions justes, à une rémunération équitable, à l’égalité salariale et à un revenu suffisant pour vivre avec dignité.

Et pourtant, nous avons normalisé l’inacceptable. Nous avons accepté comme quelque chose de banal que des personnes travaillent tout en restant pauvres, que des jeunes pourtant très qualifiés ne puissent pas construire un projet de vie, que de nombreuses femmes continuent à travailler dans des conditions plus précaires, que les personnes migrantes occupent les positions les plus vulnérables du système, et que les personnes âgées rencontrent des difficultés à rester sur le marché du travail.

Nous l’avons vu tellement de fois que nous avons fini par croire que c’est normal. Mais cela ne l’est pas, et cela ne peut pas l’être. Car si le travail ne permet pas de vivre avec dignité, alors il ne remplit pas sa fonction. Si le travail oblige à renoncer à sa santé, à son temps ou à ses droits, quelque chose ne va pas. Et ce n’est pas la personne qui travaille.

C’est pourquoi le 1er mai ne devrait pas être seulement une date symbolique que beaucoup utilisent pour partir en week end. Il ne devrait pas non plus se limiter à des célébrations ou à des messages institutionnels. Il devrait être avant tout un moment pour exiger. Exiger un emploi stable, des salaires justes, une véritable conciliation entre vie professionnelle et vie personnelle, et surtout une protection contre toutes les formes d’abus.

Rien de tout cela n’a jamais été offert gratuitement. Les droits des travailleurs que nous considérons aujourd’hui comme basiques, tels que les congés payés, les temps de repos et les limites de la durée du travail, ont été conquis par l’effort, par la lutte et par la voix de ceux qui ont refusé d’accepter des conditions injustes.

Et maintenant, il est impossible de reculer. Car accepter la précarité comme une fatalité, c’est renoncer à ces avancées. C’est laisser s’effacer l’idée même de dignité dans le travail. Car non, tout n’est pas acceptable. Tout contrat n’est pas acceptable, tout salaire n’est pas acceptable, et toute condition n’est pas acceptable.

Car lorsque le travail perd ses droits, il cesse d’être du travail au sens plein du terme. Et un travail sans droits n’est pas un travail digne, mais autre chose. Et il faut l’appeler par son nom : exploitation et servitude.

La dignité ne devrait jamais être négociée contre un salaire. Elle devrait être le point de départ de tout travail.

Travailler, oui, mais jamais à n’importe quel prix.

Jamais au prix de la dignité.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷

Não é apenas trabalhar, mas viver com dignidade

Todos os dias 1 de maio, as ruas enchem se, assim como as redes sociais, de discursos e palavras bonitas sobre o trabalho. Mas, se formos honestos connosco próprios, há uma pergunta incómoda que permanece, ainda sem resposta: estaremos realmente a trabalhar com dignidade hoje em dia?

Trabalhar não deveria ser apenas sobreviver. Não deveria significar levantar se todas as manhãs com a sensação de que estamos a trocar horas de vida por um salário que mal nos sustenta. O trabalho, na sua essência, deveria ser algo mais profundo. Deveria ser uma ferramenta para crescer, para construir um futuro, para nos sentirmos úteis, para sentirmos o nosso valor como pessoas e como parte de algo.

No entanto, a realidade de muitas pessoas está muito longe disso. Há quem enfrente jornadas intermináveis que não deixam espaço para descansar nem para viver. Pessoas que recebem salários que não chegam para cobrir o básico. Contratos instáveis e precários que geram incerteza constante, falta de descanso real e, talvez o mais grave, medo. Medo de falar, de reclamar, de exigir o que lhes é devido por direito.

E isto não é apenas uma questão económica. Não é simplesmente “como está o mercado de trabalho”. Isto é uma questão de direitos humanos. Porque o direito a um trabalho digno não é uma invenção recente nem uma ideia utópica. Está reconhecido há décadas como um direito fundamental. Significa ter acesso a um emprego, sim, mas também a condições justas, a um salário equitativo, à igualdade salarial e a uma remuneração suficiente para viver com dignidade.

E, ainda assim, normalizámos o inaceitável. Aceitámos como algo quotidiano que haja pessoas a trabalhar e a viver na pobreza; que jovens, apesar de altamente qualificados, não consigam construir um projeto de vida; que muitas mulheres continuem a trabalhar em condições mais precárias; que pessoas migrantes ocupem as posições mais vulneráveis do sistema; e que as pessoas mais velhas tenham dificuldades em permanecer no mercado de trabalho.

Vimos isto tantas vezes que acabámos por acreditar que é normal. Mas não é, e não pode ser. Porque se o trabalho não permite viver com dignidade, então não está a cumprir a sua função. Se o trabalho obriga a renunciar à saúde, ao tempo ou aos direitos, algo está errado. E não é a pessoa que trabalha.

Por isso, o 1 de maio não deveria ser apenas uma data simbólica que muitos aproveitam para fazer uma ponte. Também não deveria limitar se a celebrações ou mensagens institucionais. Deveria ser, acima de tudo, um momento para exigir. Exigir emprego estável, salários justos, conciliação real entre vida profissional e pessoal e, sobretudo, proteção contra todas as formas de abuso.

Nada disto foi alguma vez oferecido de forma gratuita. Os direitos laborais que hoje parecem básicos, como férias pagas, períodos de descanso e limites da jornada de trabalho, foram conquistados com esforço, com luta e com a voz de quem se recusou a aceitar condições injustas.

E agora não pode haver recuo. Porque aceitar a precariedade como algo inevitável é renunciar a esses avanços. É permitir que se apague a própria ideia de dignidade no trabalho. Porque não, nem tudo é aceitável. Não é aceitável qualquer contrato, não é aceitável qualquer salário e não é aceitável qualquer condição.

Porque quando o trabalho perde os direitos, deixa de ser trabalho no sentido pleno da palavra. E um trabalho sem direitos não é um trabalho digno, mas outra coisa. E deve ser chamado pelo seu nome: exploração e servidão.

A dignidade não deveria ser negociada em troca de um salário. Deveria ser o ponto de partida de qualquer trabalho.

Trabalhar, sim, mas nunca a qualquer preço.

Nunca à custa da dignidade.