(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)
🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽
(Día de las Naciones Unidas)
Hoy, 24 de octubre, el Día de las Naciones Unidas, quiero volver a recordar algo que a veces parece que olvidamos el resto del tiempo entre las prisas, los conflictos y las preocupaciones de cada día. Y es que formamos parte de una misma humanidad y compartimos un planeta que no entiende de fronteras, nacionalidades ni diferencias sociales.
Nuestra vida, aunque transcurra a miles de kilómetros de la de otras personas, está conectada con la suya mucho más de lo que imaginamos. Por eso, defender los derechos humanos no es una tarea reservada a los gobiernos, a las organizaciones internacionales o a quienes dedicamos nuestra vida a esta causa. Es una responsabilidad que nos pertenece a todas y todos.
Cuando las Naciones Unidas comenzaron su andadura en 1945, el mundo intentaba levantarse de las ruinas de una guerra devastadora con millones de muertos. La paz, la cooperación y la esperanza eran necesidades urgentes, pero también compromisos con las generaciones que vendrían después. Más de ocho décadas han pasado desde entonces y, sin embargo, seguimos conviviendo con guerras, hambre, pobreza, desigualdad y millones de personas que ven cómo sus derechos más básicos se quedan en papel mojado. Hemos avanzado en muchas cosas, pero todavía queda demasiado por hacer. Reconocer eso no significa renunciar a la esperanza, sino entender que la esperanza necesita compromiso auténtico para convertirse en realidad.
Hace unos años, la pandemia nos recordó que existen amenazas que no conocen fronteras y que ninguna sociedad puede considerarse completamente a salvo mientras otras sufren. También puso de manifiesto que las crisis no golpean a todo el mundo por igual. Quienes viven en la pobreza, quienes carecen de una vivienda digna, quienes sufren discriminación o quienes no tienen acceso a una atención sanitaria adecuada suelen cargar con las consecuencias más duras. Pero sería un error pensar que aquellas lecciones quedaron atrás con la emergencia sanitaria que amenazó a todo el mundo. Seguimos necesitando solidaridad, cooperación internacional y políticas que pongan a las personas en el centro, especialmente a quienes encuentran más obstáculos para vivir con dignidad.
A todo ello se suma la emergencia climática, que amenaza nuestro hogar común y condiciona el futuro de quienes todavía no han nacido. No existe otro planeta al que trasladarnos cuando hayamos agotado sus recursos, ni podemos seguir tratando la naturaleza como si sus posibilidades fueran infinitas. Cuidar el medio ambiente también significa proteger la vida, la salud y los derechos de las generaciones presentes y futuras. La justicia social y la justicia climática no son caminos separados, porque quienes menos han contribuido a muchos de estos problemas suelen ser quienes más sufren sus consecuencias.
Tampoco podemos permitir que el miedo, la frustración o la incertidumbre se conviertan en excusas para señalar a quienes son diferentes. El odio y la discriminación siguen encontrando espacio cuando se cuestiona la dignidad de una persona por su origen, su sexo, su orientación sexual, su identidad de género, sus creencias, su edad o su situación económica. Ninguna diferencia justifica la exclusión y ningún avance social debería darse por garantizado. Los derechos humanos no son privilegios que puedan concederse a unas personas y negarse a otras según las circunstancias, las mayorías políticas o los prejuicios de cada época.
Por eso, ha llegado el momento de dejar de conformarnos con las buenas palabras. Los discursos sobre igualdad, libertad y justicia solo tienen sentido cuando se traducen en decisiones, recursos y actuaciones concretas. Necesitamos instituciones responsables, gobiernos que cumplan sus compromisos y una ciudadanía dispuesta a no mirar hacia otro lado ante la injusticia. Cada gesto de solidaridad cuenta, pero también cuenta exigir responsabilidades, denunciar los abusos y defender con firmeza a quienes ven amenazados sus derechos.
Construir un mundo mejor no significa pensar todos igual, sino aprender a convivir sin que nuestras diferencias se conviertan en barreras. Significa entender que nadie pierde dignidad porque otra persona tenga menos oportunidades y que ninguna sociedad puede considerarse verdaderamente libre si deja a parte de su población atrás. Nos corresponde derribar los muros que separan, tender puentes donde hoy existen enfrentamientos y recordar que la paz no consiste únicamente en la ausencia de guerra, sino también en la presencia de justicia, igualdad y respeto.
El tiempo de las promesas incumplidas debe terminar. Los objetivos son claros y urgentes, porque detrás de cada derecho vulnerado hay una vida, una historia y una persona que merece ser escuchada. No podemos cambiarlo todo de un día para otro, pero sí podemos decidir de qué lado queremos estar cuando la dignidad humana esté en juego.
Porque el futuro no se construye esperando que alguien haga lo correcto, sino comprometiéndonos a hacerlo entre todas y todos.
La humanidad es nuestro más valioso patrimonio.
Defendámosla entonces.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The Future Needs Us
(United Nations Day)
Today, 24 October, United Nations Day, I want to remind us of something we sometimes seem to forget amid the rush of everyday life, the conflicts and the worries that consume our attention. We are all part of the same humanity, and we share a planet that knows nothing of borders, nationalities or social divisions.
Our lives, even when we live thousands of miles apart, are far more interconnected than we might imagine. That is why defending human rights is not a responsibility reserved for governments, international organisations or those of us who dedicate our lives to this cause. It is a responsibility that belongs to every one of us.
When the United Nations began its journey in 1945, the world was struggling to rise from the ruins of a devastating war that had claimed millions of lives. Peace, cooperation and hope were urgent necessities, but they were also commitments to the generations yet to come. More than eight decades have passed since then, and yet we continue to live alongside wars, hunger, poverty, inequality and millions of people whose most fundamental rights remain nothing more than words on paper. We have made progress in many areas, but there is still so much left to do. Acknowledging this does not mean abandoning hope. It means understanding that hope requires genuine commitment if it is ever to become reality.
A few years ago, the pandemic reminded us that some threats recognise no borders and that no society can consider itself entirely safe while others are suffering. It also exposed the fact that crises do not affect everyone equally. Those living in poverty, those without decent housing, those facing discrimination and those without access to adequate healthcare are often left to bear the heaviest burden. Yet it would be a mistake to believe that the lessons we learned have been left behind with the health emergency that threatened us all. We still need solidarity, international cooperation and policies that put people first, especially those who face the greatest obstacles to living with dignity.
The climate emergency adds to these challenges, threatening our common home and shaping the future of generations not yet born. There is no other planet to move to once we have exhausted our resources, and we cannot continue treating nature as though its resources were limitless. Protecting the environment also means safeguarding the lives, health and rights of present and future generations. Social justice and climate justice are not separate paths, because those who have contributed the least to many of these problems are often the ones who suffer their consequences the most.
Nor can we allow fear, frustration or uncertainty to become excuses for targeting those who are different. Hatred and discrimination continue to find fertile ground whenever a person’s dignity is questioned because of their origin, sex, sexual orientation, gender identity, beliefs, age or economic circumstances. No difference justifies exclusion, and no social progress should ever be taken for granted. Human rights are not privileges that can be granted to some and denied to others according to circumstances, political majorities or the prejudices of any given era.
That is why the time has come to stop settling for fine words. Statements about equality, freedom and justice only have meaning when they are translated into decisions, resources and concrete action. We need accountable institutions, governments that honour their commitments and citizens who refuse to look the other way in the face of injustice. Every act of solidarity matters, but so does demanding accountability, reporting abuses and standing firmly alongside those whose rights are under threat.
Building a better world does not mean thinking alike. It means learning to live together without allowing our differences to become barriers. It means understanding that no one loses their dignity because someone else has fewer opportunities, and that no society can truly call itself free if it leaves part of its population behind. It is up to us to tear down the walls that divide us, build bridges where conflict exists today and remember that peace is not simply the absence of war, but also the presence of justice, equality and respect.
The time for broken promises must come to an end. Our goals are clear, and the need to act is urgent, because behind every violated right there is a life, a story and a person who deserves to be heard. We cannot change everything overnight, but we can decide which side we want to stand on whenever human dignity is at stake.
Because the future will not be built by waiting for someone else to do the right thing, but by committing ourselves to doing it together.
Humanity is our most precious inheritance.
Let us stand up for it.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Il futuro ha bisogno di noi
(Giornata delle Nazioni Unite)
Oggi, 24 ottobre, in occasione della Giornata delle Nazioni Unite, voglio ricordare qualcosa che a volte sembriamo dimenticare, travolti dalla frenesia della vita quotidiana, dai conflitti e dalle preoccupazioni che assorbono la nostra attenzione. Facciamo tutti parte della stessa umanità e condividiamo un pianeta che non conosce confini, nazionalità né divisioni sociali.
Le nostre vite, anche quando ci separano migliaia di chilometri, sono molto più interconnesse di quanto possiamo immaginare. Per questo, difendere i diritti umani non è un compito riservato ai governi, alle organizzazioni internazionali o a chi, come noi, dedica la propria vita a questa causa. È una responsabilità che appartiene a ciascuno di noi.
Quando le Nazioni Unite iniziarono il loro cammino nel 1945, il mondo cercava di rialzarsi dalle macerie di una guerra devastante che aveva causato milioni di vittime. La pace, la cooperazione e la speranza erano necessità urgenti, ma rappresentavano anche un impegno nei confronti delle generazioni future. Da allora sono trascorsi più di ottant’anni eppure continuiamo a convivere con guerre, fame, povertà, disuguaglianze e milioni di persone che vedono i propri diritti fondamentali rimanere semplici parole sulla carta. Abbiamo compiuto progressi in molti ambiti, ma resta ancora moltissimo da fare. Riconoscerlo non significa rinunciare alla speranza, bensì comprendere che, per trasformarsi in realtà, la speranza ha bisogno di un impegno autentico.
Qualche anno fa, la pandemia ci ha ricordato che esistono minacce che non conoscono confini e che nessuna società può considerarsi completamente al sicuro finché altre continuano a soffrire. Ci ha anche mostrato che le crisi non colpiscono tutti allo stesso modo. Chi vive in povertà, chi non dispone di un’abitazione dignitosa, chi subisce discriminazioni e chi non ha accesso a cure sanitarie adeguate è spesso costretto a sopportarne le conseguenze più dure. Sarebbe tuttavia un errore credere che le lezioni apprese siano rimaste confinate all’emergenza sanitaria che ha minacciato tutti noi. Abbiamo ancora bisogno di solidarietà, cooperazione internazionale e politiche che mettano le persone al centro, soprattutto quelle che incontrano maggiori ostacoli nel vivere con dignità.
A tutto questo si aggiunge l’emergenza climatica, che minaccia la nostra casa comune e condiziona il futuro delle generazioni che non sono ancora nate. Non esiste un altro pianeta sul quale trasferirci quando avremo esaurito le nostre risorse, e non possiamo continuare a trattare la natura come se le sue ricchezze fossero inesauribili. Proteggere l’ambiente significa anche tutelare la vita, la salute e i diritti delle generazioni presenti e future. La giustizia sociale e la giustizia climatica non sono percorsi separati, perché coloro che hanno contribuito meno a molti di questi problemi sono spesso proprio quelli che ne subiscono maggiormente le conseguenze.
Non possiamo nemmeno permettere che la paura, la frustrazione o l’incertezza diventino pretesti per prendere di mira chi è diverso da noi. L’odio e la discriminazione continuano a trovare spazio ogni volta che la dignità di una persona viene messa in discussione a causa della sua origine, del sesso, dell’orientamento sessuale, dell’identità di genere, delle convinzioni personali, dell’età o della condizione economica. Nessuna differenza giustifica l’esclusione e nessun progresso sociale dovrebbe mai essere dato per scontato. I diritti umani non sono privilegi che possono essere concessi ad alcuni e negati ad altri a seconda delle circostanze, delle maggioranze politiche o dei pregiudizi di una determinata epoca.
Per questo è arrivato il momento di smettere di accontentarci delle belle parole. I discorsi sull’uguaglianza, sulla libertà e sulla giustizia hanno senso soltanto quando si traducono in decisioni, risorse e azioni concrete. Abbiamo bisogno di istituzioni responsabili, di governi che mantengano i propri impegni e di cittadini disposti a non voltarsi dall’altra parte di fronte all’ingiustizia. Ogni gesto di solidarietà conta, ma conta anche chiedere conto delle responsabilità, denunciare gli abusi e difendere con determinazione chi vede minacciati i propri diritti.
Costruire un mondo migliore non significa pensarla tutti allo stesso modo, ma imparare a convivere senza trasformare le nostre differenze in barriere. Significa comprendere che nessuno perde la propria dignità perché qualcun altro ha meno opportunità e che nessuna società può definirsi veramente libera se lascia indietro una parte della propria popolazione. Spetta a noi abbattere i muri che ci separano, costruire ponti dove oggi esistono conflitti e ricordare che la pace non consiste soltanto nell’assenza di guerra, ma anche nella presenza della giustizia, dell’uguaglianza e del rispetto.
Il tempo delle promesse non mantenute deve finire. Gli obiettivi sono chiari e la necessità di agire è urgente, perché dietro ogni diritto violato c’è una vita, una storia e una persona che merita di essere ascoltata. Non possiamo cambiare tutto da un giorno all’altro, ma possiamo decidere da che parte stare ogni volta che la dignità umana è in gioco.
Perché il futuro non si costruisce aspettando che qualcun altro faccia la cosa giusta, ma impegnandoci a farla insieme.
L’umanità è il nostro patrimonio più prezioso.
Difendiamola, insieme.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
L’avenir a besoin de nous
(Journée des Nations Unies)
Aujourd’hui, 24 octobre, à l’occasion de la Journée des Nations Unies, je souhaite rappeler quelque chose que nous semblons parfois oublier, emportés par le rythme effréné du quotidien, les conflits et les préoccupations qui accaparent notre attention. Nous faisons toutes et tous partie d’une même humanité et nous partageons une planète qui ne connaît ni frontières, ni nationalités, ni divisions sociales.
Nos vies, même lorsque des milliers de kilomètres nous séparent, sont bien plus liées que nous ne pouvons l’imaginer. C’est pourquoi défendre les droits humains n’est pas une tâche réservée aux gouvernements, aux organisations internationales ou à celles et ceux qui, comme nous, consacrent leur vie à cette cause. C’est une responsabilité qui nous appartient à toutes et à tous.
Lorsque les Nations Unies ont commencé leur mission en 1945, le monde tentait de se relever des ruines d’une guerre dévastatrice qui avait fait des millions de victimes. La paix, la coopération et l’espoir étaient des nécessités urgentes, mais aussi des engagements envers les générations à venir. Plus de huit décennies se sont écoulées depuis, et pourtant, nous continuons de vivre dans un monde marqué par les guerres, la faim, la pauvreté, les inégalités et la situation de millions de personnes dont les droits les plus fondamentaux restent lettre morte. Nous avons accompli des progrès dans de nombreux domaines, mais il reste encore énormément à faire. Le reconnaître ne signifie pas renoncer à l’espoir, mais comprendre que celui-ci a besoin d’un engagement sincère pour devenir réalité.
Il y a quelques années, la pandémie nous a rappelé que certaines menaces ne connaissent pas de frontières et qu’aucune société ne peut se considérer totalement à l’abri tant que d’autres souffrent. Elle a également mis en évidence le fait que les crises ne touchent pas tout le monde de la même manière. Les personnes vivant dans la pauvreté, celles qui ne disposent pas d’un logement digne, celles qui subissent des discriminations ou celles qui n’ont pas accès à des soins de santé adaptés sont souvent les premières à en subir les conséquences les plus lourdes. Pourtant, ce serait une erreur de croire que les leçons tirées de cette crise sanitaire qui nous a toutes et tous menacés appartiennent désormais au passé. Nous avons toujours besoin de solidarité, de coopération internationale et de politiques qui placent les personnes au centre des priorités, en particulier celles qui rencontrent le plus d’obstacles pour vivre dignement.
À ces défis s’ajoute l’urgence climatique, qui menace notre maison commune et conditionne l’avenir des générations qui ne sont pas encore nées. Il n’existe aucune autre planète vers laquelle nous pourrions nous tourner lorsque nous aurons épuisé nos ressources, et nous ne pouvons pas continuer à traiter la nature comme si ses richesses étaient inépuisables. Protéger l’environnement, c’est aussi préserver la vie, la santé et les droits des générations présentes et futures. La justice sociale et la justice climatique ne sont pas deux chemins distincts, car celles et ceux qui ont le moins contribué à nombre de ces problèmes sont souvent les personnes qui en subissent le plus durement les conséquences.
Nous ne pouvons pas davantage laisser la peur, la frustration ou l’incertitude devenir des prétextes pour désigner celles et ceux qui sont différents. La haine et la discrimination continuent de trouver leur place chaque fois que la dignité d’une personne est remise en question en raison de son origine, de son sexe, de son orientation sexuelle, de son identité de genre, de ses convictions, de son âge ou de sa situation économique. Aucune différence ne justifie l’exclusion et aucun progrès social ne devrait jamais être considéré comme définitivement acquis. Les droits humains ne sont pas des privilèges que l’on peut accorder à certaines personnes et refuser à d’autres selon les circonstances, les majorités politiques ou les préjugés d’une époque.
C’est pourquoi le moment est venu de ne plus nous contenter de belles paroles. Les discours sur l’égalité, la liberté et la justice n’ont de sens que lorsqu’ils se traduisent par des décisions, des moyens et des actions concrètes. Nous avons besoin d’institutions responsables, de gouvernements qui tiennent leurs engagements et de citoyennes et de citoyens qui refusent de détourner le regard face à l’injustice. Chaque geste de solidarité compte, mais il est tout aussi essentiel d’exiger des comptes, de dénoncer les abus et de défendre avec détermination celles et ceux dont les droits sont menacés.
Construire un monde meilleur ne signifie pas penser toutes et tous de la même manière, mais apprendre à vivre ensemble sans transformer nos différences en barrières. Cela signifie comprendre que personne ne perd sa dignité parce qu’une autre personne dispose de moins de possibilités, et qu’aucune société ne peut se prétendre véritablement libre si elle abandonne une partie de sa population. Il nous appartient d’abattre les murs qui nous séparent, de construire des ponts là où règnent aujourd’hui les affrontements et de nous rappeler que la paix ne se résume pas à l’absence de guerre, mais qu’elle repose aussi sur la justice, l’égalité et le respect.
Le temps des promesses non tenues doit prendre fin. Les objectifs sont clairs et il est urgent d’agir, car derrière chaque droit bafoué se trouvent une vie, une histoire et une personne qui mérite d’être entendue. Nous ne pouvons pas tout changer du jour au lendemain, mais nous pouvons décider de quel côté nous voulons nous tenir chaque fois que la dignité humaine est en jeu.
Car l’avenir ne se construit pas en attendant que quelqu’un d’autre fasse ce qui est juste, mais en nous engageant à le faire ensemble.
L’humanité est notre patrimoine le plus précieux.
Défendons-la, ensemble.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
O futuro precisa de nós
(Dia das Nações Unidas)
Hoje, 24 de outubro, por ocasião do Dia das Nações Unidas, quero recordar algo que, por vezes, parecemos esquecer no meio da correria do dia a dia, dos conflitos e das preocupações que ocupam a nossa atenção. Fazemos todos parte da mesma humanidade e partilhamos um planeta que não conhece fronteiras, nacionalidades nem divisões sociais.
As nossas vidas, mesmo quando estamos separados por milhares de quilómetros, estão muito mais interligadas do que imaginamos. Por isso, defender os direitos humanos não é uma tarefa reservada aos governos, às organizações internacionais ou àqueles que, como nós, dedicam a sua vida a esta causa. É uma responsabilidade que pertence a cada um e a cada uma de nós.
Quando as Nações Unidas iniciaram o seu percurso, em 1945, o mundo tentava erguer-se das ruínas de uma guerra devastadora que tinha causado milhões de vítimas. A paz, a cooperação e a esperança eram necessidades urgentes, mas representavam também compromissos com as gerações que viriam a seguir. Passaram mais de oito décadas desde então e, ainda assim, continuamos a conviver com guerras, fome, pobreza, desigualdade e milhões de pessoas que veem os seus direitos mais fundamentais permanecerem letra morta. Fizemos progressos em muitas áreas, mas ainda há muito por fazer. Reconhecê-lo não significa renunciar à esperança, mas compreender que a esperança precisa de um compromisso genuíno para se transformar em realidade.
Há alguns anos, a pandemia recordou-nos que existem ameaças que não conhecem fronteiras e que nenhuma sociedade pode considerar-se completamente segura enquanto outras continuam a sofrer. Mostrou-nos também que as crises não afetam todas as pessoas da mesma forma. Quem vive na pobreza, quem não tem uma habitação digna, quem sofre discriminação ou quem não tem acesso a cuidados de saúde adequados enfrenta, muitas vezes, as consequências mais duras. Seria, contudo, um erro pensar que as lições que aprendemos ficaram para trás com a emergência sanitária que ameaçou todos nós. Continuamos a precisar de solidariedade, cooperação internacional e políticas que coloquem as pessoas no centro das prioridades, sobretudo aquelas que enfrentam mais obstáculos para viver com dignidade.
A tudo isto junta-se a emergência climática, que ameaça a nossa casa comum e condiciona o futuro das gerações que ainda não nasceram. Não existe outro planeta para onde possamos ir quando esgotarmos os nossos recursos, nem podemos continuar a tratar a natureza como se as suas riquezas fossem infinitas. Proteger o ambiente significa também proteger a vida, a saúde e os direitos das gerações presentes e futuras. A justiça social e a justiça climática não são caminhos separados, porque aqueles que menos contribuíram para muitos destes problemas são, frequentemente, os que mais sofrem as suas consequências.
Também não podemos permitir que o medo, a frustração ou a incerteza se transformem em desculpas para apontar o dedo a quem é diferente. O ódio e a discriminação continuam a encontrar espaço sempre que a dignidade de uma pessoa é posta em causa devido à sua origem, ao seu sexo, à sua orientação sexual, à sua identidade de género, às suas crenças, à sua idade ou à sua situação económica. Nenhuma diferença justifica a exclusão e nenhum progresso social deve ser considerado garantido. Os direitos humanos não são privilégios que se possam conceder a umas pessoas e negar a outras em função das circunstâncias, das maiorias políticas ou dos preconceitos de cada época.
Por isso, chegou o momento de deixarmos de nos contentar com belas palavras. Os discursos sobre igualdade, liberdade e justiça só fazem sentido quando se traduzem em decisões, recursos e ações concretas. Precisamos de instituições responsáveis, de governos que cumpram os seus compromissos e de cidadãos e cidadãs que se recusem a olhar para o lado perante a injustiça. Cada gesto de solidariedade conta, mas também é essencial exigir responsabilidades, denunciar os abusos e defender com firmeza aqueles cujos direitos estão ameaçados.
Construir um mundo melhor não significa pensar todos da mesma maneira, mas aprender a viver em conjunto sem transformar as nossas diferenças em barreiras. Significa compreender que ninguém perde a sua dignidade porque outra pessoa tem menos oportunidades e que nenhuma sociedade pode considerar-se verdadeiramente livre se deixar uma parte da sua população para trás. Cabe-nos derrubar os muros que nos separam, construir pontes onde hoje existem conflitos e recordar que a paz não consiste apenas na ausência de guerra, mas também na presença da justiça, da igualdade e do respeito.
O tempo das promessas não cumpridas tem de chegar ao fim. Os objetivos são claros e a urgência de agir é real, porque por detrás de cada direito violado existe uma vida, uma história e uma pessoa que merece ser ouvida. Não podemos mudar tudo de um dia para o outro, mas podemos decidir de que lado queremos estar sempre que a dignidade humana estiver em causa.
Porque o futuro não se constrói à espera que alguém faça o que é correto, mas comprometendo-nos a fazê-lo em conjunto.
A humanidade é o nosso património mais precioso.
Defendamo-la, juntos.


