La lucha que hizo visible Gloria Steinem

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Hoy ha muerto Gloria Steinem a los 92 años. Cuesta resumir en unas pocas líneas lo que significa la desaparición de una mujer que dedicó buena parte de su vida a algo tan sencillo de decir y tan difícil de conseguir como que las mujeres pudieran vivir con más libertad, más igualdad y más dignidad. Steinem fue periodista, escritora, activista y, sobre todo, una de esas personas que entendieron que las palabras también pueden cambiar el mundo.

En los años sesenta y setenta, cuando hablar abiertamente de muchas cuestiones relacionadas con las mujeres todavía resultaba incómodo, ella decidió no mirar hacia otro lado. Utilizó el periodismo para contar historias que otros preferían mantener ocultas y puso sobre la mesa realidades que durante demasiado tiempo se habían considerado normales. No se limitó a escribir sobre el feminismo, sino que ayudó a que el feminismo saliera de determinados círculos y llegara a millones de personas.

Fue una de las fundadoras de “Ms.”, una revista que se convirtió en una referencia para el movimiento feminista estadounidense. Pero quizá lo verdaderamente importante de su trabajo fue conseguir que muchas mujeres comprendieran que aquello que les ocurría a ellas no era necesariamente un problema individual. Que sentirse discriminada en el trabajo, no poder decidir libremente sobre el propio cuerpo, sufrir violencia o tener que aceptar determinados roles simplemente por ser mujer no eran cuestiones que hubiera que soportar en silencio. Había detrás una sociedad, unas leyes, unas costumbres y unas estructuras que podían y debían cambiarse.

Esa idea sigue siendo tremendamente actual, porque los derechos no aparecen de la nada. Alguien tuvo que luchar para conseguirlos y, por desgracia, tampoco permanecen intactos para siempre. Pueden ser cuestionados, recortados o directamente eliminados cuando determinadas fuerzas políticas y sociales consiguen convencer a una parte de la sociedad de que la igualdad es un problema, de que los derechos son privilegios o de que determinadas personas deberían volver a ocupar el lugar que otros han decidido para ellas.

Steinem lo sabía perfectamente. Por eso, incluso en los últimos años de su vida, siguió levantando la voz contra el retroceso de derechos y contra el auge de Donald Trump y de las corrientes políticas que veía como una amenaza para muchas de las conquistas por las que había trabajado durante décadas. A sus más de noventa años seguía haciendo algo que quizá deberíamos aprender todos: no dar nunca por hecho que aquello que hemos conseguido está garantizado para siempre.

En España tuvimos además la oportunidad de reconocer su trayectoria con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Un reconocimiento que iba mucho más allá de su condición de referente del feminismo norteamericano. Porque Gloria Steinem terminó convirtiéndose en una figura universal de la defensa de la igualdad y de los derechos humanos.

Hoy, sin embargo, más allá de los premios, los libros, las entrevistas y los titulares, queda una mujer excepcional. Una mujer que decidió utilizar su voz cuando hubiera sido mucho más sencillo callarse. Que convirtió sus palabras en una herramienta para que otras personas pudieran encontrar las suyas. Y que entendió algo que todavía necesitamos recordar constantemente. Y es que una sociedad más justa no se construye únicamente con grandes discursos, sino cuestionando cada día aquellas pequeñas y grandes injusticias que hemos aprendido a considerar normales.

Quizá por eso su muerte no debería ser solamente motivo de tristeza. También debería ser una invitación a continuar. A quienes defendemos la igualdad, a quienes creemos en los derechos humanos y a quienes pensamos que ninguna persona debería tener menos derechos por ser mujer, por su orientación sexual, por su origen, por su religión o por cualquier otra circunstancia que otros utilicen para señalarla.

Porque el legado de personas como Gloria Steinem no consiste en que las recordemos una vez al año. Consiste en que aquello que defendieron siga vivo cuando ellas ya no están. Consiste en que alguien, algún día, pueda mirar hacia atrás y decir que hubo una generación que decidió no conformarse y que nosotros tuvimos el valor de continuar.

Gloria Steinem se marcha, pero su voz no se apaga. Mientras exista una mujer a la que quieran hacer callar, habrá una razón para seguir hablando.

Los derechos se conquistan con mucho esfuerzo. 

Nunca tienen que darse por perdidos.

Pero hay que defenderlos siempre. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The Struggle Gloria Steinem Made Visible

Gloria Steinem died today at the age of 92. It is difficult to sum up in just a few lines what the passing of a woman means when she devoted much of her life to something so simple to say yet so difficult to achieve, ensuring that women could live with greater freedom, equality and dignity. Steinem was a journalist, writer and activist, but above all, she was one of those people who understood that words can also change the world.

In the 1960s and 1970s, when openly discussing many issues affecting women was still uncomfortable, she chose not to look the other way. She used journalism to tell stories that others would rather have kept hidden and brought to light realities that had been regarded as normal for far too long. She did not simply write about feminism. She helped take feminism beyond particular circles and bring it to millions of people.

She was one of the founders of “Ms.”, a magazine that became a leading voice for the American feminist movement. But perhaps the most important part of her work was helping many women understand that what was happening to them was not necessarily an individual problem. Being discriminated against at work, being unable to make free decisions about their own bodies, experiencing violence or being expected to accept certain roles simply because they were women were not things they had to endure in silence. Behind all this were a society, laws, customs and structures that could and had to change.

That idea remains profoundly relevant today, because rights do not simply appear out of nowhere. Someone had to fight for them and, sadly, they do not remain secure for ever. They can be challenged, weakened or even taken away when certain political and social forces manage to convince part of society that equality is a problem, that rights are privileges or that certain people should return to the place others have decided they belong.

Steinem understood this perfectly. That is why, even in the final years of her life, she continued to speak out against the erosion of rights and against the rise of Donald Trump and the political currents she saw as a threat to many of the gains she had fought for over several decades. Well into her nineties, she continued to do something perhaps we should all learn from. She never took for granted that what had been achieved was guaranteed for ever.

In Spain, we also had the opportunity to recognise her life and work with the Princess of Asturias Award for Communication and Humanities. It was a recognition that went far beyond her status as a leading figure in American feminism. Gloria Steinem ultimately became a universal figure in the defence of equality and human rights.

Today, however, beyond the awards, the books, the interviews and the headlines, what remains is an exceptional woman. A woman who chose to use her voice when remaining silent would have been so much easier. A woman who turned her words into a tool that allowed others to find their own voices. And a woman who understood something we still need to remember constantly. A fairer society is not built solely through grand speeches, but by questioning every day the small and great injustices that we have learned to regard as normal.

Perhaps that is why her death should not be a cause for sadness alone. It should also be an invitation to carry on. An invitation to those of us who defend equality, to those who believe in human rights and to those who believe that no one should have fewer rights because they are a woman, because of their sexual orientation, their origins, their religion or any other circumstance that others may use to single them out.

Because the legacy of people like Gloria Steinem is not about remembering them once a year. It is about keeping alive what they stood for after they are gone. It is about ensuring that one day, someone can look back and say that there was a generation that decided not to accept things as they were, and that we had the courage to carry their struggle forward.

Gloria Steinem is gone, but her voice has not fallen silent. As long as there is a woman whom someone tries to silence, there will be a reason to keep speaking.

Rights are won through enormous effort.

They must never be considered lost.

But they must always be defended.

Sigo siendo español

No, no fui. Ayer no estuve en la concentración por Ceuta celebrada en Jaén. No acudí a la plaza de Santa María, no levanté una bandera y no participé en las consignas. Y, sin embargo, esta mañana sigo siendo exactamente igual de español que anteayer.

Pero después de conocer lo que ocurrió allí, mi decisión tiene todavía más sentido. Según informaron algunos medios de comunicación, más de 7.000 personas participaron en la concentración, convocada en apoyo de Ceuta, y entre los cánticos que se escucharon estuvo uno que no admite demasiadas interpretaciones: «Bote, bote, bote, musulmán el que no bote». También se produjeron insultos contra el presidente del Gobierno y el ministro del Interior. Criticar una forma de gestión es legítimo, recurrir al insulto nunca es un argumento válido.

Y es aquí donde creo que debemos detenernos. Porque una cosa es defender Ceuta y otra muy distinta es convertir una concentración en un espacio donde una religión, y por extensión las personas que la profesan, se utilizan como objeto de burla o señalamiento.

Yo puedo entender perfectamente que miles de personas quieran mostrar su solidaridad con Ceuta; puedo compartir la preocupación por la seguridad de sus ciudadanos; puedo defender la integridad territorial de España y exigir al Gobierno una política migratoria eficaz; y puedo considerar gravísimos determinados acontecimientos ocurridos en la frontera. Pero, para hacer todo esto, no necesito odiar al musulmán para defender a Ceuta. No necesito despreciar al extranjero para querer a España ni tampoco necesito convertir la inmigración en una categoría de enemigos para defender nuestras fronteras.

Esto no es una cuestión de izquierdas o derechas. Tampoco de estar con el Gobierno o contra él y expresarlo legítimamente. Es algo mucho más elemental. Y es que los derechos y la dignidad de una persona no dependen de su religión, de su origen o de su nacionalidad.

Además, lo ocurrido en Jaén no puede analizarse completamente aislado de otras concentraciones celebradas estos días. En Madrid, la movilización terminó con enfrentamientos con la Policía y también se documentaron cánticos como «musulmán el que no bote», «España es cristiana y no musulmana» o «es invasión, no inmigración». 

Por supuesto, sería injusto afirmar que las más de 7.000 personas que acudieron a Jaén son racistas o xenófobas. Una multitud no piensa necesariamente como cada una de sus voces. Muchos, la inmensa mayoría, acudieron exclusivamente para expresar su solidaridad con Ceuta. Pero tampoco podemos hacer como si los cánticos no hubieran existido.

Si alguien grita «musulmán el que no bote», el problema no es que alguien quiera defender España. El problema es que está utilizando la identidad religiosa de millones de personas como insulto.

Yo no quiero formar parte de eso. Por eso ayer no fui. No porque me importe menos Ceuta; porque quiera menos a España; no porque sea menos patriota; y desde luego no porque alguien tenga derecho a decidir que quien no acude a una concentración deja de ser español.

Mi nacionalidad no depende de una plaza; mi españolidad no depende de una bandera; mi patriotismo no necesita un examen; y mi defensa de España no está condicionada a aceptar el racismo o la xenofobia.

De hecho, sostengo exactamente lo contrario. Quiero una España suficientemente segura como para no necesitar odiar a nadie; una España que pueda proteger sus fronteras sin deshumanizar a quienes las cruzan; una España que pueda defender Ceuta sin convertir al musulmán en enemigo; una España que pueda exigir respeto a su soberanía sin abandonar el respeto a los derechos humanos; una España donde podamos discutir sobre inmigración, fronteras, seguridad y soberanía sin convertir a millones de personas en culpables por lo que haga una parte; y, sobre todo, una España donde nadie pueda decirme que soy menos español porque decidí no estar en una concentración.

Porque hay algo que algunos parecen haber olvidado. Y es que el patriotismo no es una prueba de obediencia. Ser español no significa pensar todos lo mismo, también significa poder discrepar; poder no acudir a una concentración sin que te señalen como traidor; poder criticar libremente en el ejercicio de tu libertad de expresión; poder decir que una determinada consigna es racista; y poder defender a Ceuta y, al mismo tiempo, defender los derechos humanos.

Ayer algunos estuvieron en la plaza de Santa María. Yo no. Y después de saber qué se gritó allí, tengo todavía más claro que hice bien. No necesito saltar al ritmo de una consigna para demostrar que soy español. Y mucho menos necesito saltar mientras alguien convierte al musulmán en el enemigo.

No, no fui. Y sigo siendo español. Pero, sobre todo, sigo creyendo que España puede y debe ser mucho más que eso.

España es mucho mejor.

El extraño fruto

Algunas canciones, cuando las escuchamos, nos pueden gustar o no. Pero hay otras que escuchamos y, aunque queramos, no podemos quedarnos indiferentes. Strange Fruit es una de esas canciones.

No es una canción para escuchar de fondo mientras haces cualquier otra cosa, porque desde los primeros versos te obliga a parar, a mirar y a pensar en aquello que muchas veces preferimos no mirar demasiado de cerca. Cuando escuchas “Southern trees bear a strange fruit” (Los árboles del Sur dan un fruto extraño). Y enseguida entendemos de qué fruto está hablando Billie Holiday cuando canta “Blood on the leaves and blood at the root” (Sangre en las hojas y sangre en la raíz)

La canción, escrita por Abel Meeropol y popularizada por Billie Holiday en 1939, nació como una denuncia de los linchamientos racistas que sufrían las personas negras en Estados Unidos. Los cuerpos de las víctimas eran colgados de los árboles y, en ocasiones, aquella violencia se convertía incluso en un espectáculo ante la mirada de otras personas. Holiday no necesitó convertirlo en un discurso político interminable.

Le bastó con describir aquello que estaba ocurriendo y enfrentarnos a una imagen que todavía hoy resulta insoportable. Mientras los árboles seguían allí, mientras florecían las magnolias y mientras el paisaje podía parecer hermoso, de sus ramas colgaban cuerpos humanos.

Quizá ahí esté una de las cosas que más impresionan de esta canción. Y es que la violencia puede convivir con la normalidad. Puede haber una plaza llena de gente, una calle transitada, una bandera ondeando, una fiesta, una televisión encendida en un salón y una conversación aparentemente tranquila mientras, en algún otro lugar, alguien está siendo perseguido, humillado, expulsado o asesinado. La vida continúa para quienes miran desde fuera, mientras para quien está sufriendo todo acaba de cambiar para siempre.

“Pastoral scene of the gallant South”, canta Holiday, y después rompe completamente esa imagen con “The bulgin’ eyes and the twisted mouth”. El paisaje idílico desaparece y aparece el cuerpo de la víctima. Después llega uno de los versos más terribles de toda la canción, “Then the sudden smell of burnin’ flesh”, y ya no queda ningún espacio para la comodidad. No estamos ante una discusión sobre conceptos, cifras o ideologías. Estamos hablando de seres humanos.

Por eso creo que Strange Fruit sigue hablándonos hoy, aunque hayan pasado casi noventa años desde que Billie Holiday la convirtió en un símbolo. No porque las situaciones sean idénticas ni porque debamos caer en comparaciones históricas fáciles, sino porque algunas de las dinámicas que hicieron posible aquella violencia continúan apareciendo en muchos lugares del mundo. Cambian los escenarios, cambian las palabras y cambian las formas de ejercer la violencia, pero sigue existiendo una peligrosa facilidad para convertir a determinadas personas en un problema, en una amenaza o en alguien cuya vida parece importar un poco menos.

Lo vemos dentro y fuera de Europa cuando las personas migrantes son presentadas como una invasión y no como seres humanos, cuando quienes huyen de una guerra son recibidos antes con sospecha que con solidaridad, cuando se criminaliza a quienes llegan en busca de una vida mejor o cuando se utilizan determinados grupos como culpables de problemas sociales que son mucho más complejos. Lo vemos también cuando el racismo se disfraza de preocupación por la seguridad, cuando la xenofobia se presenta como defensa de las fronteras o cuando el miedo se utiliza para conseguir que aceptemos como normales medidas que, si afectaran a personas más cercanas a nosotros, probablemente nos resultarían mucho más difíciles de aceptar. Y también lo vemos en Europa, donde la defensa de los derechos humanos convive en ocasiones con discursos políticos que hablan de migración, asilo y refugio como si estuviéramos hablando únicamente de cifras.

Detrás de cada número hay una persona que ha dejado atrás una casa, una familia, un trabajo, una ciudad o incluso un país entero porque quedarse podía significar morir o vivir sin ninguna posibilidad de futuro. Cuando reducimos esa realidad a estadísticas, fronteras y porcentajes, existe el riesgo de olvidar precisamente aquello que Strange Fruit nos obliga a recordar, que detrás de cada cuerpo hay una vida.

Por eso me cuesta escuchar algunos discursos que se están normalizando en nuestros días. Me preocupa especialmente cuando determinadas personas dejan de ser descritas como personas y comienzan a serlo únicamente como miembros de un colectivo al que se atribuyen características negativas. Cuando alguien dice «los inmigrantes», «los musulmanes», «los gitanos», «los homosexuales» o cualquier otra expresión utilizada para meter a millones de personas diferentes dentro del mismo saco, conviene detenerse un momento y preguntarse qué estamos haciendo realmente. Porque cuando dejamos de ver individuos y empezamos a ver categorías, resulta mucho más fácil justificar aquello que jamás aceptaríamos que se hiciera contra alguien de nuestra familia. Y es justo aquí es donde creo que Strange Fruit puede ayudarnos también a mirar hacia Ceuta.

Ceuta es una ciudad especialmente compleja, situada en una frontera que no es únicamente geográfica, sino también política, económica y humana. Lo que sucede allí no puede explicarse con consignas sencillas ni con discursos que dividan el mundo entre quienes supuestamente defienden a Ceuta y quienes supuestamente están contra Ceuta. Defender a Ceuta y a sus ciudadanos no exige convertir al migrante en enemigo, del mismo modo que defender las fronteras no exige abandonar la humanidad de quienes intentan cruzarlas.

En los últimos días hemos vuelto a escuchar mensajes, imágenes y discursos relacionados con Ceuta en los que el miedo ocupa demasiado espacio y la humanidad demasiado poco. También hemos visto cómo determinados bulos y generalizaciones pueden extenderse con enorme rapidez, alimentando una sensación de amenaza permanente y haciendo que personas concretas desaparezcan detrás de una palabra tan poderosa como «invasión». Y cuando una persona deja de ser una persona para convertirse en una invasión, hemos dado un paso muy peligroso, aunque todavía no haya violencia física.

No hace falta que haya un cuerpo colgado de un árbol para que exista deshumanización. No hace falta llegar a los extremos que describe Billie Holiday para que una sociedad empiece a acostumbrarse a mirar a determinados seres humanos de otra manera. La deshumanización puede empezar con una fotografía manipulada, con un bulo compartido miles de veces, con una frase pronunciada en televisión, con un comentario en redes sociales o con una explicación política que convierte a un grupo entero en responsable de todos nuestros problemas.

Y eso debería preocuparnos especialmente porque la historia nos ha demostrado que las palabras no son inocentes cuando se repiten lo suficiente. Primero se señala a un grupo, después se le atribuyen características negativas, más tarde se justifica que reciba un trato diferente y, finalmente, algunas personas terminan convencidas de que ese trato diferente está perfectamente justificado. No siempre ocurre así, por supuesto, pero cuando aparecen esos mecanismos tenemos la obligación de reconocerlos y frenarlos antes de que vayan más lejos.

“Black bodies swingin’ in the Southern breeze”. El verso nos devuelve de nuevo a la imagen de aquellos cuerpos balanceándose en la brisa del Sur. Y quizá lo más importante sea recordar que antes de convertirse en un símbolo, cada uno de aquellos cuerpos pertenecía a una persona. Tenía un nombre, una familia, una historia y alguien que la quería. Eso es precisamente lo que la deshumanización intenta borrar.

Por eso, cuando hablamos hoy de personas migrantes, refugiadas, musulmanas, negras, gitanas, judías, LGTBI o pertenecientes a cualquier otro colectivo que pueda convertirse en objeto de odio, deberíamos hacer un esfuerzo consciente por recuperar aquello que los discursos simplistas intentan quitarnos de la vista. No estamos hablando de masas abstractas, sino de personas concretas que sienten miedo, que tienen esperanza, que quieren vivir, que quieren cuidar de sus familias y que, como nosotros, aspiran a tener una vida digna.

La canción termina con una imagen que sigue siendo extraordinariamente poderosa, Here is a strange and bitter crop” (Aquí está una extraña y amarga cosecha). Y quizá esa sea la pregunta que deberíamos hacernos también nosotros, tanto en Europa como fuera de ella, cuando vemos crecer el racismo, la xenofobia, el antisemitismo, la islamofobia, la homofobia o cualquier otra forma de odio. ¿Qué estamos sembrando y qué clase de cosecha estamos preparando para quienes vengan detrás?

Nosotros también sembramos todos los días, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Sembramos cuando compartimos un bulo porque confirma lo que queremos creer, cuando nos reímos de una persona por su origen, cuando aceptamos que se insulte a un colectivo porque pensamos que «solo es una broma», cuando justificamos que alguien reciba un trato diferente porque «no es como nosotros» o cuando decidimos permanecer callados porque la persona que está siendo atacada no pertenece a nuestro grupo.

Pero también podemos sembrar algo diferente. Podemos hacerlo cuando comprobamos antes de compartir, cuando cuestionamos un discurso que pretende convertir al otro en enemigo, cuando defendemos los derechos de alguien que no conocemos y cuando somos capaces de decir que una persona merece dignidad incluso cuando no compartimos su origen, sus creencias, su orientación sexual o sus ideas.

Los derechos humanos, al fin y al cabo, no se ponen a prueba cuando defendemos a quienes se parecen a nosotros. Se ponen a prueba cuando somos capaces de defender la dignidad de quien está delante de nosotros precisamente porque es diferente. Y eso incluye también a quienes llegan a nuestras fronteras, a quienes buscan refugio y a quienes, como sucede tantas veces en Ceuta y en otros lugares, terminan atrapados en medio de decisiones políticas en las que su propia voz parece ser la que menos importa.

Strange Fruit no debería servirnos únicamente para recordar algo terrible que ocurrió hace casi un siglo en Estados Unidos. Debería servirnos para preguntarnos qué estamos haciendo hoy cuando vemos cómo determinadas personas son convertidas en enemigos, cuando aceptamos que se les humille porque «se lo han buscado» o cuando dejamos que el miedo pese más que la empatía. Porque quizá la distancia entre mirar a una persona y mirar a un enemigo sea mucho más pequeña de lo que queremos reconocer.

Y quizá por eso esta canción siga siendo tan incómoda y tan necesaria. Porque nos recuerda que una sociedad no se vuelve cruel de repente, sino que puede ir acostumbrándose poco a poco a determinadas palabras, determinadas imágenes y determinadas injusticias hasta que llega un momento en que aquello que debería escandalizarnos deja de hacerlo.

Los árboles no nacen con sangre en las hojas. Son las sociedades las que, poco a poco, pueden terminar llenando de sangre sus raíces cuando permiten que el odio, el miedo y la deshumanización ocupen el lugar que deberían ocupar la dignidad, la empatía y los derechos humanos.

Que cuando miremos hacia cualquier frontera, incluida la de Ceuta, nunca olvidemos que al otro lado no hay una amenaza, sino personas cuyas vidas valen exactamente lo mismo que las nuestras.

Que ninguna sociedad vuelva a cultivar el odio hasta terminar llamando cosecha a la deshumanización.

Porque no solo empobrece la tierra.

También el alma.