(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)
🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽
Son tiempos muy extraños. Vivimos en una época en la que jamás habíamos estado tan conectados y, paradójicamente, tan alejados unos de otros. Tenemos acceso inmediato a millones de personas, a una cantidad infinita de información y a tecnologías capaces de derribar cualquier frontera física. Sin embargo, cada día parece más difícil encontrar algo tan sencillo como una conversación sincera, un trato amable, una mirada cargada de empatía o un gesto espontáneo de solidaridad. Hemos construido un mundo que presume de progreso, riqueza y tecnología, pero que, en muchos aspectos, ha olvidado lo que significa ser verdaderamente humano.
Poco a poco hemos dejado de ver personas para empezar a ver cifras, perfiles, consumidores, votantes, trabajadores o simples datos dentro de una inmensa maquinaria económica, política y tecnológica. Nuestra identidad parece reducirse a aquello que producimos, compramos, consumimos o publicamos para conseguir “likes”. El valor de una persona ya no se mide tanto por su integridad, su bondad o su capacidad de amar, sino por su productividad, su influencia en redes sociales o el éxito material que proyecta hacia los demás. Nos hemos acostumbrado a vivir de cara a una pantalla mientras damos la espalda a quienes tenemos al lado. Paradójicamente, yo mismo estoy utilizando una pantalla, solo que con un fin bien distinto. Lo hago para lanzar un mensaje, no sé si desesperado, pero, al menos, creo que necesario.
Nos quieren deshumanizados. Nos quieren distraídos, enfrentados, agotados y permanentemente ocupados. Nos quieren reaccionando de forma impulsiva, incapaces de detenernos a reflexionar sobre todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Cada día recibimos una avalancha de noticias, imágenes y vídeos que compiten por captar nuestra atención durante apenas unos segundos. Vemos guerras mientras desayunamos, contemplamos el sufrimiento de familias enteras desplazadas por conflictos, hambrunas o catástrofes naturales entre anuncios, vídeos de entretenimiento, publicaciones triviales y los estúpidos programas de “prime time” que blanquean el fascismo de manera cada vez más descarada y directa. El dolor ajeno se ha convertido en un contenido aburrido más dentro del flujo incesante de información y entretenimiento vacío que todo satura pero nada llena.
La consecuencia más peligrosa de esta saturación no es el desconocimiento, sino la absoluta indiferencia. Cuando todo nos impacta, al final ya nada nos conmueve. Nos acostumbramos a convivir con la injusticia como si fuera un elemento inevitable de la vida, cuando no lo es. Dejamos de escandalizarnos por la pobreza, por la explotación del ser humano, por la violencia desmedida o por la fría soledad porque sentimos que nada de eso depende de nosotros. La compasión termina desgastándose y el sufrimiento pierde rostro para convertirse en una estadística más. Y seguimos haciendo “scroll” en nuestro teléfono de 800 euros.
También hemos normalizado el enfrentamiento constante. Se nos empuja constantemente a elegir bandos, a desconfiar, no solo del diferente, sino también de nuestras amistades y familiares, y a reducir cualquier debate a una lucha entre buenos y malos, izquierdas y derechas, “ellos y nosotros”. Las redes sociales han amplificado aún más esta dinámica, premiando con su algoritmo el insulto, la ira, la rabia, la provocación, la descalificación y el odio por encima del diálogo sereno. Cada vez escuchamos menos y respondemos más sin pensar; opinamos sin saber ni comprender; y juzgamos y sentenciamos antes de conocer nada. Hemos olvidado que detrás de cada opinión existe una persona con una historia que quizá nunca pudo contar, con unas experiencias que desgarrarían nuestra alma y unas circunstancias inimaginables que merecen ser escuchadas. Pero hemos cerrado los ojos y tapado nuestros oídos.
La deshumanización también está presente en nuestras propias relaciones personales. Disponemos de cientos de contactos en nuestra agenda, pero muchas veces carecemos de alguien con quien hablar de verdad. Compartimos cientos de fotografías, estados de WhatsApp, historias en Instagram y mensajes filosóficos sin autor conocido constantemente, pero cada vez cuesta más compartir nuestros miedos, tristezas y esperanzas. Lo inmediato ha destruido nuestra paciencia, el individualismo radical ha sustituido a la ayuda hacia nuestros vecinos y la falsa apariencia, eso que llaman “postureo”, a la autenticidad de ser humano. Vivimos obsesionados con mostrar una versión idealizada de nosotros mismos que nunca existirá, mientras sufrimos en silencio y tratamos de esconder nuestras fragilidades, como si sentir dolor o pedir ayuda fuese un signo de debilidad y no de empatía y humanidad sentida.
Quizá lo más inquietante sea que este proceso ocurre sin darnos cuenta, de manera casi imperceptible. Nadie se levanta una mañana habiendo perdido por completo su humanidad. Sucede poco a poco, cuando dejamos de interesarnos por quien sufre en el piso de al lado; cuando ignoramos al anciano que camina solo buscando dónde comprar comida con los 20 euros de pensión que le quedan para pasar el mes; cuando apartamos la mirada del mendigo que duerme en la calle y que nos recuerda a ese viejo compañero de instituto; cuando nos apartamos del camino del migrante que pide limosna porque su patrón le ha echado de la finca donde recogía la fresa, la hortaliza o cuidaba del olivar por cobrar un salario justo, dejar de dormir en suelo y dejar de trabajar sin contrato; cuando vemos a un menor que llora porque huye de los chicos que le acosan dentro y fuera del instituto; cuando no decimos nada ante un ataque racial en el parque contra un afrodescendiente; cuando vemos jóvenes que intentan suicidarse porque en sus hogares no aceptan su orientación sexual; cuando echamos la culpa a la chica que ha sido agredida sexualmente por haber bebido o por su forma de vestir; cuando nos quedamos impasibles cuando una persona con discapacidad es burlada en la vía pública; y cuando preferimos el silencio ante cualquier injusticia, grabándola con el móvil, porque no nos afecta directamente. Hasta que un día todo cambia y nos toca a nosotros. Entonces pedimos ayuda y nadie responde, salvo aquellas personas que siempre fueron señaladas y ridiculizadas únicamente por sentir empatía por quienes sufren. Pero cada pequeña renuncia a esa empatía nos hace un poco más fríos, un poco más indiferentes y, en consecuencia, mucho más fáciles de manipular.
Sin embargo, quiero pensar que aún no está todo perdido. La humanidad no desaparece por completo mientras existan personas capaces de sentir el dolor ajeno como propio. Cada gesto de solidaridad sincera, cada palabra amable de consuelo, cada acto espontáneo de generosidad y cada conversación basada en el respeto representan una forma clara de resistencia frente a esa deshumanización que nos quieren inocular.
Recuperar nuestra condición humana no exige grandes gestas heroicas, sino pequeñas decisiones en el día a día. Empezamos por escuchar antes de responder, por comprender antes de juzgar, por tender la mano antes que señalar con el dedo y por recordar que ninguna ideología, ninguna tecnología y ningún interés económico pueden situarse por encima de la dignidad humana e inviolable de una persona.
Sí, es verdad, nos quieren deshumanizados. Tal vez, en parte, lo hayan conseguido. Pero mientras sigamos siendo capaces de emocionarnos ante el sufrimiento de un desconocido, de indignarnos frente a la injusticia, de defender la verdad aunque resulte incómoda y de reconocer la humanidad incluso en quien piensa diferente o nos es contrario, todavía habrá esperanza.
Porque ser humano nunca consistió únicamente en pertenecer a una especie. Ser humano significa conservar la capacidad de amar, de inspirar, de compadecer, de crear, de perdonar, de construir puentes donde otros levantan muros y de recordar, cada día, que nuestra mayor fortaleza no está en la tecnología que desarrollamos, en el dinero que tengamos o en los “likes” que conseguimos, sino en las cualidades humanas que somos capaces de preservar.
Solo cuando recuperemos esas cualidades podremos decir que el progreso de la humanidad ha merecido realmente la pena.
Y también seguir siendo humanos.
Siempre humanos.
🇬🇧ENGLISH🇺🇸
They Want Us Dehumanised
These are very strange times. We live in an age in which we have never been so connected and, paradoxically, so distant from one another. We have immediate access to millions of people, to an infinite amount of information and to technologies capable of breaking down every physical barrier. And yet, each day it seems increasingly difficult to find something as simple as a sincere conversation, a kind interaction, a look filled with empathy or a spontaneous gesture of solidarity. We have built a world that prides itself on progress, wealth and technology, but which, in many respects, has forgotten what it truly means to be human.
Little by little, we have stopped seeing people and started seeing figures, profiles, consumers, voters, workers or mere pieces of data within an immense economic, political and technological machine. Our identity seems to have been reduced to what we produce, buy, consume or post in order to get “likes”. A person’s worth is no longer measured so much by their integrity, kindness or capacity to love, but by their productivity, their influence on social media or the material success they project to others. We have grown accustomed to living in front of a screen while turning our backs on those beside us. Paradoxically, I am using a screen myself, only for a very different purpose. I am using it to send out a message, one that may be desperate, I do not know, but which I believe is, at the very least, necessary.
They want us dehumanised. They want us distracted, divided, exhausted and permanently occupied. They want us to react impulsively, unable to stop and reflect on everything happening around us. Every day we receive an avalanche of news, images and videos competing for our attention for barely a few seconds. We watch wars while having breakfast, witness the suffering of entire families displaced by conflict, famine or natural disasters in between adverts, entertainment videos, trivial posts and the ridiculous prime time programmes that are increasingly and shamelessly normalising fascism in ever more blatant and direct ways. The suffering of others has become just another piece of tedious content within the incessant flow of information and empty entertainment that saturates everything while filling nothing.
The most dangerous consequence of this saturation is not ignorance, but absolute indifference. When everything affects us, eventually nothing moves us anymore. We become accustomed to living alongside injustice as though it were an inevitable part of life, when it is not. We stop being outraged by poverty, by the exploitation of human beings, by excessive violence or by cold, crushing loneliness because we feel that none of it depends on us. Compassion eventually wears away and suffering loses its human face, becoming just another statistic. And we carry on scrolling on our £800 phone.
We have also normalised constant confrontation. We are constantly pushed to choose sides, to distrust not only those who are different from us, but also our friends and relatives, and to reduce every debate to a struggle between good and evil, left and right, “them and us”. Social media have amplified this dynamic even further, with their algorithms rewarding insults, anger, rage, provocation, abuse and hatred above calm and reasoned dialogue. We listen less and respond more without thinking; we express opinions without knowing or understanding; and we judge and condemn before knowing anything at all. We have forgotten that behind every opinion there is a person with a story they may never have had the opportunity to tell, with experiences that could tear our souls apart and unimaginable circumstances that deserve to be heard. But we have closed our eyes and covered our ears.
Dehumanisation is also present in our own personal relationships. We have hundreds of contacts in our address books, yet we often have no one with whom we can truly talk. We constantly share hundreds of photographs, WhatsApp statuses, Instagram stories and anonymous philosophical messages, but it is becoming increasingly difficult to share our fears, sadness and hopes. The immediacy of modern life has destroyed our patience, radical individualism has replaced helping our neighbours, and false appearances, what we call “posturing”, have replaced the authenticity of simply being human. We live obsessed with displaying an idealised version of ourselves that will never exist, while suffering in silence and trying to hide our vulnerabilities, as though feeling pain or asking for help were signs of weakness rather than expressions of empathy and genuine humanity.
Perhaps the most disturbing thing is that this process happens without us realising it, almost imperceptibly. No one wakes up one morning having completely lost their humanity. It happens gradually, when we stop caring about the person suffering in the flat next door; when we ignore the elderly man walking alone, trying to find somewhere to buy food with the twenty euros left from his pension to get him through the month; when we look away from the homeless man sleeping on the street who reminds us of an old schoolmate; when we step aside to avoid the migrant asking for money because his employer has thrown him off the farm where he was picking strawberries and vegetables or tending the olive grove simply because he demanded a fair wage, wanted to stop sleeping on the floor and wanted to stop working without a contract; when we see a child crying because they are running away from the boys who bully them inside and outside school; when we say nothing in the face of a racist attack in the park against a Black person; when we see young people attempting to take their own lives because their families do not accept their sexual orientation; when we blame the girl who has been sexually assaulted because she had been drinking or because of the way she was dressed; when we remain indifferent as a disabled person is mocked in the street; and when we choose silence in the face of any injustice, filming it on our phones because it does not affect us directly. Until one day everything changes and it is our turn. Then we ask for help and no one responds, except those people who were always singled out and ridiculed simply for showing empathy towards those who suffer. Yet every small surrender of that empathy makes us a little colder, a little more indifferent and, consequently, far easier to manipulate.
Nevertheless, I want to believe that not everything is lost. Humanity does not disappear completely while there are still people capable of feeling another person’s pain as though it were their own. Every sincere gesture of solidarity, every kind word of comfort, every spontaneous act of generosity and every conversation based on respect represent a clear form of resistance against the dehumanisation they want to instil in us.
Recovering our humanity does not require great heroic deeds, but small decisions in our everyday lives. We begin by listening before responding, by understanding before judging, by offering a helping hand rather than pointing a finger and by remembering that no ideology, no technology and no economic interest can ever be placed above the inherent and inviolable dignity of a human being.
Yes, it is true, they want us dehumanised. Perhaps, to some extent, they have succeeded. But as long as we remain capable of being moved by the suffering of a stranger, of being outraged by injustice, of defending the truth even when it is uncomfortable and of recognising the humanity even in those who think differently from us or stand against us, there will still be hope.
Because being human has never meant merely belonging to a species. Being human means retaining the capacity to love, to inspire, to show compassion, to create, to forgive, to build bridges where others erect walls and to remember, every day, that our greatest strength does not lie in the technology we develop, the money we have or the “likes” we receive, but in the human qualities we are capable of preserving.
Only when we recover those qualities will we be able to say that humanity’s progress has truly been worthwhile.
And to remain human too.
Always human.
🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Ci vogliono disumanizzati
Sono tempi molto strani. Viviamo in un’epoca in cui non siamo mai stati così connessi e, paradossalmente, così lontani gli uni dagli altri. Abbiamo accesso immediato a milioni di persone, a una quantità infinita di informazioni e a tecnologie capaci di abbattere qualsiasi barriera fisica. Eppure, ogni giorno sembra diventare più difficile trovare qualcosa di tanto semplice quanto una conversazione sincera, un gesto gentile, uno sguardo colmo di empatia o un atto spontaneo di solidarietà. Abbiamo costruito un mondo che si vanta del proprio progresso, della propria ricchezza e della propria tecnologia, ma che, sotto molti aspetti, ha dimenticato che cosa significhi essere veramente umani.
A poco a poco abbiamo smesso di vedere le persone per iniziare a vedere numeri, profili, consumatori, elettori, lavoratori o semplici dati all’interno di un’immensa macchina economica, politica e tecnologica. La nostra identità sembra essersi ridotta a ciò che produciamo, compriamo, consumiamo o pubblichiamo per ottenere “like”. Il valore di una persona non viene più misurato tanto dalla sua integrità, dalla sua bontà o dalla sua capacità di amare, quanto dalla sua produttività, dalla sua influenza sui social network o dal successo materiale che riesce a proiettare verso gli altri. Ci siamo abituati a vivere davanti a uno schermo mentre voltiamo le spalle a chi abbiamo accanto. Paradossalmente, anch’io sto utilizzando uno schermo, solo con uno scopo ben diverso. Lo sto facendo per lanciare un messaggio, non so se disperato, ma che almeno considero necessario.
Ci vogliono disumanizzati. Ci vogliono distratti, divisi, esausti e permanentemente occupati. Ci vogliono reagire d’impulso, incapaci di fermarci a riflettere su tutto ciò che accade intorno a noi. Ogni giorno riceviamo una valanga di notizie, immagini e video che competono per catturare la nostra attenzione per appena pochi secondi. Guardiamo guerre mentre facciamo colazione, assistiamo alla sofferenza di intere famiglie sfollate a causa di conflitti, carestie o catastrofi naturali tra pubblicità, video di intrattenimento, pubblicazioni banali e gli stupidi programmi di prima serata che sdoganano il fascismo in modo sempre più sfacciato e diretto. La sofferenza altrui è diventata un contenuto noioso come tanti all’interno dell’incessante flusso di informazioni e intrattenimento vuoto che satura ogni cosa senza riempire nulla.
La conseguenza più pericolosa di questa saturazione non è l’ignoranza, ma l’assoluta indifferenza. Quando tutto ci colpisce, alla fine nulla riesce più a commuoverci. Ci abituiamo a convivere con l’ingiustizia come se fosse un elemento inevitabile della vita, quando non lo è. Smettiamo di indignarci di fronte alla povertà, allo sfruttamento dell’essere umano, alla violenza sproporzionata o alla fredda solitudine perché sentiamo che nulla di tutto questo dipende da noi. La compassione finisce per logorarsi e la sofferenza perde il suo volto umano per diventare un’altra statistica. E continuiamo a fare “scroll” sul nostro telefono da 800 euro.
Abbiamo anche normalizzato il confronto costante. Siamo continuamente spinti a scegliere da che parte stare, a diffidare non solo di chi è diverso da noi, ma anche dei nostri amici e dei nostri familiari, e a ridurre qualsiasi dibattito a una lotta tra buoni e cattivi, sinistra e destra, “loro e noi”. I social network hanno amplificato ulteriormente questa dinamica, premiando attraverso i loro algoritmi gli insulti, la collera, la rabbia, la provocazione, la denigrazione e l’odio invece del dialogo sereno. Ascoltiamo sempre meno e rispondiamo sempre di più senza pensare, esprimiamo opinioni senza sapere né comprendere e giudichiamo e condanniamo prima ancora di conoscere qualsiasi cosa. Abbiamo dimenticato che dietro ogni opinione esiste una persona con una storia che forse non ha mai potuto raccontare, con esperienze capaci di straziarci l’anima e circostanze inimmaginabili che meritano di essere ascoltate. Ma abbiamo chiuso gli occhi e ci siamo tappati le orecchie.
La disumanizzazione è presente anche nelle nostre relazioni personali. Abbiamo centinaia di contatti nella nostra rubrica, ma spesso non abbiamo nessuno con cui parlare davvero. Condividiamo continuamente centinaia di fotografie, stati di WhatsApp, storie su Instagram e messaggi filosofici senza autore conosciuto, ma diventa sempre più difficile condividere le nostre paure, le nostre tristezze e le nostre speranze. L’immediatezza ha distrutto la nostra pazienza, l’individualismo radicale ha sostituito l’aiuto verso i nostri vicini e la falsa apparenza, quella che chiamiamo “posture”, ha sostituito l’autenticità dell’essere umano. Viviamo ossessionati dal mostrare una versione idealizzata di noi stessi che non esisterà mai, mentre soffriamo in silenzio e cerchiamo di nascondere le nostre fragilità, come se provare dolore o chiedere aiuto fosse un segno di debolezza e non un’espressione di empatia e di autentica umanità.
Forse la cosa più inquietante è che questo processo avviene senza che ce ne rendiamo conto, in maniera quasi impercettibile. Nessuno si sveglia una mattina avendo perso completamente la propria umanità. Succede poco a poco, quando smettiamo di interessarci a chi soffre nell’appartamento accanto, quando ignoriamo l’anziano che cammina da solo cercando dove comprare del cibo con i 20 euro della pensione che gli restano per arrivare alla fine del mese, quando distogliamo lo sguardo dal senzatetto che dorme per strada e che ci ricorda un vecchio compagno di scuola, quando ci allontaniamo dal cammino del migrante che chiede l’elemosina perché il suo datore di lavoro lo ha cacciato dalla tenuta dove raccoglieva fragole e ortaggi o si prendeva cura degli uliveti perché chiedeva un salario equo, perché voleva smettere di dormire per terra e perché voleva smettere di lavorare senza contratto, quando vediamo un minore piangere perché fugge dai ragazzi che lo perseguitano dentro e fuori dalla scuola, quando non diciamo nulla di fronte a un’aggressione razzista al parco contro una persona afrodiscendente, quando vediamo giovani che tentano di togliersi la vita perché nelle loro famiglie non accettano il loro orientamento sessuale, quando diamo la colpa alla ragazza che è stata aggredita sessualmente perché aveva bevuto o per il modo in cui era vestita, quando rimaniamo impassibili mentre una persona con disabilità viene derisa per strada e quando preferiamo il silenzio di fronte a qualsiasi ingiustizia, filmando tutto con il cellulare perché non ci riguarda direttamente. Finché un giorno tutto cambia e tocca a noi. Allora chiediamo aiuto e nessuno risponde, tranne quelle persone che sono sempre state additate e ridicolizzate semplicemente perché provavano empatia per chi soffre. Ma ogni piccola rinuncia a quella empatia ci rende un po’ più freddi, un po’ più indifferenti e, di conseguenza, molto più facili da manipolare.
Tuttavia, voglio pensare che non sia ancora tutto perduto. L’umanità non scompare completamente finché esistono persone capaci di sentire il dolore altrui come se fosse il proprio. Ogni gesto di solidarietà sincera, ogni parola gentile di conforto, ogni atto spontaneo di generosità e ogni conversazione basata sul rispetto rappresentano una forma chiara di resistenza contro quella disumanizzazione che vogliono inocularci.
Recuperare la nostra condizione umana non richiede grandi gesti eroici, ma piccole decisioni nella vita quotidiana. Cominciamo ascoltando prima di rispondere, cercando di comprendere prima di giudicare, tendendo la mano invece di puntare il dito e ricordando che nessuna ideologia, nessuna tecnologia e nessun interesse economico possono essere posti al di sopra della dignità umana, intrinseca e inviolabile, di una persona.
Sì, è vero, ci vogliono disumanizzati. Forse, in parte, ci sono riusciti. Ma finché saremo capaci di commuoverci di fronte alla sofferenza di uno sconosciuto, di indignarci davanti all’ingiustizia, di difendere la verità anche quando è scomoda e di riconoscere l’umanità persino in chi la pensa diversamente da noi o ci è avverso, ci sarà ancora speranza.
Perché essere umani non ha mai significato soltanto appartenere a una specie. Essere umani significa conservare la capacità di amare, di ispirare, di provare compassione, di creare, di perdonare, di costruire ponti dove altri innalzano muri e di ricordare, ogni giorno, che la nostra più grande forza non risiede nella tecnologia che sviluppiamo, nel denaro che possediamo o nei “like” che otteniamo, ma nelle qualità umane che siamo capaci di preservare.
Solo quando recupereremo queste qualità potremo dire che il progresso dell’umanità è davvero valso la pena.
E continuare anche a essere umani.
Sempre umani.
🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Ils veulent nous déshumanisés
Ce sont des temps bien étranges. Nous vivons à une époque où nous n’avons jamais été aussi connectés et, paradoxalement, aussi éloignés les uns des autres. Nous avons un accès immédiat à des millions de personnes, à une quantité infinie d’informations et à des technologies capables d’abolir toutes les frontières physiques. Et pourtant, chaque jour, il semble devenir plus difficile de trouver quelque chose d’aussi simple qu’une conversation sincère, une attitude bienveillante, un regard empreint d’empathie ou un geste spontané de solidarité. Nous avons construit un monde qui se vante de son progrès, de sa richesse et de sa technologie, mais qui, à bien des égards, a oublié ce que signifie être véritablement humain.
Peu à peu, nous avons cessé de voir des personnes pour commencer à voir des chiffres, des profils, des consommateurs, des électeurs, des travailleurs ou de simples données au sein d’une immense machine économique, politique et technologique. Notre identité semble désormais se réduire à ce que nous produisons, achetons, consommons ou publions pour obtenir des « likes ». La valeur d’une personne ne se mesure plus autant à son intégrité, à sa bonté ou à sa capacité d’aimer, mais à sa productivité, à son influence sur les réseaux sociaux ou au succès matériel qu’elle projette aux yeux des autres. Nous nous sommes habitués à vivre face à un écran tout en tournant le dos à ceux qui se trouvent à nos côtés. Paradoxalement, moi aussi j’utilise un écran, mais dans un but bien différent. Je l’utilise pour lancer un message, je ne sais pas s’il est désespéré, mais je crois au moins qu’il est nécessaire.
Ils veulent nous déshumanisés. Ils veulent nous distraire, nous diviser, nous épuiser et nous maintenir constamment occupés. Ils veulent que nous réagissions de manière impulsive, incapables de nous arrêter pour réfléchir à tout ce qui se passe autour de nous. Chaque jour, nous recevons une avalanche de nouvelles, d’images et de vidéos qui se disputent notre attention pendant à peine quelques secondes. Nous regardons des guerres en prenant notre petit déjeuner, nous contemplons la souffrance de familles entières déplacées par des conflits, des famines ou des catastrophes naturelles entre des publicités, des vidéos de divertissement, des publications futiles et les stupides émissions de première partie de soirée qui banalisent le fascisme de manière toujours plus éhontée et directe. La souffrance des autres est devenue un contenu ennuyeux parmi tant d’autres dans le flot incessant d’informations et de divertissements vides qui saturent tout sans jamais rien remplir.
La conséquence la plus dangereuse de cette saturation n’est pas l’ignorance, mais l’indifférence absolue. Lorsque tout nous bouleverse, plus rien ne finit par nous émouvoir. Nous nous habituons à vivre avec l’injustice comme si elle constituait un élément inévitable de l’existence, alors qu’elle ne l’est pas. Nous cessons de nous indigner face à la pauvreté, à l’exploitation de l’être humain, à la violence démesurée ou à la solitude froide et profonde parce que nous avons le sentiment que rien de tout cela ne dépend de nous. La compassion finit par s’épuiser et la souffrance perd son visage humain pour devenir une statistique de plus. Et nous continuons à faire défiler notre écran sur notre téléphone à 800 euros.
Nous avons également normalisé la confrontation permanente. On nous pousse constamment à choisir un camp, à nous méfier non seulement de ceux qui sont différents de nous, mais aussi de nos amis et de nos proches, et à réduire chaque débat à une lutte entre les bons et les mauvais, la gauche et la droite, « eux et nous ». Les réseaux sociaux ont encore amplifié cette dynamique, leurs algorithmes récompensant les insultes, la colère, la rage, la provocation, le dénigrement et la haine plutôt que le dialogue serein. Nous écoutons de moins en moins et répondons de plus en plus sans réfléchir, nous donnons notre opinion sans savoir ni comprendre et nous jugeons et condamnons avant même de connaître quoi que ce soit. Nous avons oublié que derrière chaque opinion se trouve une personne avec une histoire qu’elle n’a peut-être jamais pu raconter, avec des expériences qui déchireraient notre âme et des circonstances inimaginables qui méritent d’être entendues. Mais nous avons fermé les yeux et nous nous sommes bouché les oreilles.
La déshumanisation est également présente dans nos propres relations personnelles. Nous avons des centaines de contacts dans notre répertoire, mais nous manquons souvent de quelqu’un avec qui parler vraiment. Nous partageons constamment des centaines de photographies, des statuts WhatsApp, des stories Instagram et des messages philosophiques dont personne ne connaît l’auteur, mais il devient de plus en plus difficile de partager nos peurs, nos tristesses et nos espoirs. L’immédiateté a détruit notre patience, l’individualisme radical a remplacé l’entraide entre voisins et la fausse apparence, ce que nous appelons la « posture », a remplacé l’authenticité du fait d’être humain. Nous vivons obsédés par l’idée de montrer une version idéalisée de nous-mêmes qui n’existera jamais, tandis que nous souffrons en silence et tentons de cacher nos fragilités, comme si ressentir de la douleur ou demander de l’aide était un signe de faiblesse plutôt qu’une expression d’empathie et d’humanité véritable.
Peut-être le plus inquiétant est-il que ce processus se déroule sans que nous nous en rendions compte, de manière presque imperceptible. Personne ne se réveille un matin après avoir complètement perdu son humanité. Cela se produit peu à peu, lorsque nous cessons de nous intéresser à celui qui souffre dans l’appartement voisin, lorsque nous ignorons cette personne âgée qui marche seule à la recherche d’un endroit où acheter de quoi manger avec les 20 euros de pension qui lui restent pour finir le mois, lorsque nous détournons le regard du sans-abri qui dort dans la rue et qui nous rappelle un ancien camarade de classe, lorsque nous nous écartons du chemin du migrant qui demande l’aumône parce que son patron l’a chassé de l’exploitation où il ramassait des fraises et des légumes ou travaillait dans les oliveraies parce qu’il réclamait un salaire équitable, parce qu’il voulait cesser de dormir à même le sol et parce qu’il voulait arrêter de travailler sans contrat, lorsque nous voyons un mineur pleurer parce qu’il fuit les jeunes qui le harcèlent à l’intérieur et à l’extérieur de son établissement scolaire, lorsque nous ne disons rien face à une agression raciste dans un parc contre une personne afrodescendante, lorsque nous voyons des jeunes tenter de mettre fin à leurs jours parce que leur famille n’accepte pas leur orientation sexuelle, lorsque nous culpabilisons la jeune femme qui a été agressée sexuellement parce qu’elle avait bu ou en raison de sa manière de s’habiller, lorsque nous restons impassibles lorsqu’une personne handicapée est tournée en ridicule dans la rue et lorsque nous préférons le silence face à n’importe quelle injustice, en la filmant avec notre téléphone parce qu’elle ne nous concerne pas directement. Jusqu’au jour où tout change et où cela nous arrive à nous. Alors nous demandons de l’aide et personne ne répond, à l’exception de ces personnes qui ont toujours été montrées du doigt et ridiculisées simplement parce qu’elles éprouvaient de l’empathie envers ceux qui souffrent. Pourtant, chaque petite renonciation à cette empathie nous rend un peu plus froids, un peu plus indifférents et, par conséquent, beaucoup plus faciles à manipuler.
Pourtant, je veux croire que tout n’est pas encore perdu. L’humanité ne disparaît pas complètement tant qu’il existe des personnes capables de ressentir la douleur d’autrui comme si elle était la leur. Chaque geste de solidarité sincère, chaque parole réconfortante et bienveillante, chaque acte spontané de générosité et chaque conversation fondée sur le respect représentent une forme claire de résistance face à cette déshumanisation qu’ils veulent nous inoculer.
Retrouver notre condition humaine n’exige pas de grands actes héroïques, mais de petites décisions dans notre vie quotidienne. Nous commençons par écouter avant de répondre, par comprendre avant de juger, par tendre la main plutôt que de pointer du doigt et par nous rappeler qu’aucune idéologie, aucune technologie et aucun intérêt économique ne peuvent être placés au-dessus de la dignité humaine, inhérente et inviolable, d’une personne.
Oui, c’est vrai, ils veulent nous déshumanisés. Peut-être ont-ils, en partie, réussi. Mais tant que nous serons capables d’être émus par la souffrance d’un inconnu, de nous indigner face à l’injustice, de défendre la vérité même lorsqu’elle dérange et de reconnaître l’humanité jusque chez ceux qui pensent différemment de nous ou qui nous sont opposés, il y aura encore de l’espoir.
Car être humain n’a jamais simplement signifié appartenir à une espèce. Être humain signifie conserver la capacité d’aimer, d’inspirer, d’éprouver de la compassion, de créer, de pardonner, de construire des ponts là où d’autres érigent des murs et de nous rappeler, chaque jour, que notre plus grande force ne réside ni dans la technologie que nous développons, ni dans l’argent que nous possédons, ni dans les « likes » que nous obtenons, mais dans les qualités humaines que nous sommes capables de préserver.
Ce n’est que lorsque nous aurons retrouvé ces qualités que nous pourrons dire que le progrès de l’humanité en aura véritablement valu la peine.
Et continuer aussi à être humains.
Toujours humains.
🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Querem nos desumanizados
São tempos muito estranhos. Vivemos numa época em que nunca estivemos tão ligados e, paradoxalmente, tão distantes uns dos outros. Temos acesso imediato a milhões de pessoas, a uma quantidade infinita de informação e a tecnologias capazes de derrubar qualquer fronteira física. No entanto, a cada dia parece mais difícil encontrar algo tão simples como uma conversa sincera, um gesto de gentileza, um olhar carregado de empatia ou um acto espontâneo de solidariedade. Construímos um mundo que se orgulha do seu progresso, da sua riqueza e da sua tecnologia, mas que, em muitos aspectos, se esqueceu do que significa ser verdadeiramente humano.
Pouco a pouco, deixámos de ver pessoas para começar a ver números, perfis, consumidores, eleitores, trabalhadores ou simples dados dentro de uma imensa máquina económica, política e tecnológica. A nossa identidade parece ter-se reduzido àquilo que produzimos, compramos, consumimos ou publicamos para conseguir «likes». O valor de uma pessoa já não é medido tanto pela sua integridade, pela sua bondade ou pela sua capacidade de amar, mas pela sua produtividade, pela sua influência nas redes sociais ou pelo sucesso material que projecta perante os outros. Habitámo-nos a viver diante de um ecrã enquanto damos as costas a quem temos ao nosso lado. Paradoxalmente, eu próprio estou a utilizar um ecrã, apenas com uma finalidade bem diferente. Faço-o para lançar uma mensagem, não sei se desesperada, mas que, pelo menos, considero necessária.
Querem-nos desumanizados. Querem-nos distraídos, divididos, exaustos e permanentemente ocupados. Querem que reajamos de forma impulsiva, incapazes de parar para reflectir sobre tudo o que acontece à nossa volta. Todos os dias recebemos uma avalanche de notícias, imagens e vídeos que competem pela nossa atenção durante apenas alguns segundos. Vemos guerras enquanto tomamos o pequeno-almoço, contemplamos o sofrimento de famílias inteiras deslocadas por conflitos, fomes ou catástrofes naturais entre anúncios, vídeos de entretenimento, publicações triviais e os estúpidos programas de horário nobre que branqueiam o fascismo de forma cada vez mais descarada e directa. A dor dos outros tornou-se apenas mais um conteúdo aborrecido dentro do fluxo incessante de informação e entretenimento vazio que satura tudo, mas não preenche nada.
A consequência mais perigosa desta saturação não é a ignorância, mas a absoluta indiferença. Quando tudo nos afecta, no fim já nada nos comove. Habituamo-nos a conviver com a injustiça como se fosse um elemento inevitável da vida, quando não o é. Deixamos de nos indignar perante a pobreza, a exploração do ser humano, a violência desmedida ou a solidão fria e profunda porque sentimos que nada disso depende de nós. A compaixão acaba por se desgastar e o sofrimento perde o seu rosto humano para se transformar em mais uma estatística. E continuamos a fazer «scroll» no nosso telemóvel de 800 euros.
Também normalizámos o confronto constante. Somos continuamente empurrados a escolher lados, a desconfiar não apenas de quem é diferente de nós, mas também dos nossos amigos e familiares, e a reduzir qualquer debate a uma luta entre bons e maus, esquerda e direita, «eles e nós». As redes sociais amplificaram ainda mais esta dinâmica, recompensando através dos seus algoritmos o insulto, a ira, a raiva, a provocação, a desqualificação e o ódio em detrimento do diálogo sereno. Ouvimos cada vez menos e respondemos cada vez mais sem pensar, opinamos sem saber nem compreender e julgamos e condenamos antes de conhecer seja o que for. Esquecemo-nos de que por detrás de cada opinião existe uma pessoa com uma história que talvez nunca tenha podido contar, com experiências que dilacerariam a nossa alma e circunstâncias inimagináveis que merecem ser ouvidas. Mas fechámos os olhos e tapámos os ouvidos.
A desumanização também está presente nas nossas próprias relações pessoais. Temos centenas de contactos na nossa agenda, mas muitas vezes não temos ninguém com quem falar verdadeiramente. Partilhamos constantemente centenas de fotografias, estados do WhatsApp, histórias no Instagram e mensagens filosóficas de autor desconhecido, mas torna-se cada vez mais difícil partilhar os nossos medos, tristezas e esperanças. O imediatismo destruiu a nossa paciência, o individualismo radical substituiu a ajuda aos nossos vizinhos e a falsa aparência, aquilo a que chamamos «postureio», substituiu a autenticidade de sermos humanos. Vivemos obcecados em mostrar uma versão idealizada de nós próprios que nunca existirá, enquanto sofremos em silêncio e tentamos esconder as nossas fragilidades, como se sentir dor ou pedir ajuda fosse um sinal de fraqueza e não uma expressão de empatia e de humanidade genuína.
Talvez o mais inquietante seja que este processo acontece sem que nos apercebamos, de forma quase imperceptível. Ninguém acorda uma manhã tendo perdido completamente a sua humanidade. Isso acontece pouco a pouco, quando deixamos de nos interessar por quem sofre no apartamento ao lado, quando ignoramos o idoso que caminha sozinho à procura de um lugar onde comprar comida com os 20 euros de pensão que lhe restam para chegar ao fim do mês, quando desviamos o olhar do sem abrigo que dorme na rua e que nos faz lembrar um antigo colega de escola, quando nos afastamos do caminho do migrante que pede esmola porque o seu patrão o expulsou da propriedade onde apanhava morangos e legumes ou cuidava dos olivais por exigir um salário justo, por querer deixar de dormir no chão e por querer deixar de trabalhar sem contrato, quando vemos um menor a chorar porque foge dos rapazes que o perseguem dentro e fora da escola, quando não dizemos nada perante um ataque racista num parque contra uma pessoa afrodescendente, quando vemos jovens a tentar suicidar-se porque as suas famílias não aceitam a sua orientação sexual, quando culpamos a rapariga que foi vítima de uma agressão sexual por ter bebido ou pela forma como estava vestida, quando ficamos impassíveis perante uma pessoa com deficiência que é ridicularizada na via pública e quando preferimos o silêncio perante qualquer injustiça, filmando-a com o telemóvel porque não nos afecta directamente. Até que um dia tudo muda e somos nós que passamos por isso. Então pedimos ajuda e ninguém responde, excepto aquelas pessoas que sempre foram apontadas e ridicularizadas simplesmente por sentirem empatia por quem sofre. Mas cada pequena renúncia a essa empatia torna-nos um pouco mais frios, um pouco mais indiferentes e, consequentemente, muito mais fáceis de manipular.
No entanto, quero acreditar que ainda não está tudo perdido. A humanidade não desaparece por completo enquanto existirem pessoas capazes de sentir a dor dos outros como se fosse a sua própria dor. Cada gesto de solidariedade sincera, cada palavra amável de consolo, cada acto espontâneo de generosidade e cada conversa baseada no respeito representam uma forma clara de resistência contra essa desumanização que querem inocular-nos.
Recuperar a nossa condição humana não exige grandes feitos heróicos, mas pequenas decisões no nosso dia a dia. Começamos por ouvir antes de responder, por compreender antes de julgar, por estender a mão em vez de apontar o dedo e por recordar que nenhuma ideologia, nenhuma tecnologia e nenhum interesse económico podem ser colocados acima da dignidade humana, inerente e inviolável, de uma pessoa.
Sim, é verdade, querem-nos desumanizados. Talvez, em parte, já o tenham conseguido. Mas enquanto continuarmos a ser capazes de nos comover perante o sofrimento de um desconhecido, de nos indignar perante a injustiça, de defender a verdade mesmo quando é incómoda e de reconhecer a humanidade até em quem pensa de forma diferente de nós ou se encontra contra nós, continuará a existir esperança.
Porque ser humano nunca significou apenas pertencer a uma espécie. Ser humano significa conservar a capacidade de amar, de inspirar, de sentir compaixão, de criar, de perdoar, de construir pontes onde outros erguem muros e de recordar, todos os dias, que a nossa maior força não reside na tecnologia que desenvolvemos, no dinheiro que possuímos ou nos «likes» que conseguimos, mas nas qualidades humanas que somos capazes de preservar.
Só quando recuperarmos essas qualidades poderemos dizer que o progresso da humanidade valeu verdadeiramente a pena.
E continuar também a ser humanos.
Sempre humanos.