Educar no es decirle a nadie qué pensar

Siempre hay conversaciones que, por su aparente sencillez, terminan explicando mucho mejor determinadas cuestiones que algunos grandes discursos. Hace unos días, en Alcalá la Real, en una charla sobre memoria histórica y diversidad LGTBI, en la que tuve la oportunidad de intervenir brevemente y en la que participaba mi querido amigo José Pablo Rodríguez Gobiet, surgió una pregunta inevitable cuando se habla de su trabajo educativo y de la denuncia que había recibido por parte de «Abogados Cristianos«. Alguien desde el público asistente le preguntó directamente por lo ocurrido y José Pablo respondió con una claridad en la que, a mi juicio, merece la pena detenerse. Porque detrás de aquella respuesta había una diferencia fundamental que a veces parece que estamos olvidando como sociedad. Una cosa es educar y otra muy distinta adoctrinar.

La diferencia no está en que en un aula se hable de determinadas cuestiones que puedan resultar incómodas para algunas personas. Tampoco está en que se hable de memoria histórica, de derechos humanos, de igualdad, de diversidad afectivo sexual o de LGTBIfobia. La diferencia está en algo mucho más profundo. Educar no consiste en decirle a una persona qué tiene que pensar, sino en proporcionarle conocimientos y herramientas para que pueda construir su propio pensamiento. Y precisamente por eso una educación verdaderamente democrática no debería tener miedo de enseñar realidades diferentes, sino todo lo contrario.

El adoctrinamiento parte de una concepción completamente distinta. No pretende abrir preguntas, sino cerrarlas; y no busca que quien aprende pueda analizar, contrastar y cuestionar, sino que termine aceptando como propia una determinada interpretación. El problema del adoctrinamiento no es, por tanto, que se hable de unos valores concretos, porque todas las sociedades democráticas educan también en valores. El problema aparece cuando se elimina la posibilidad de pensar de otra manera, cuando se presenta una única respuesta como inevitable y cuando quien recibe la enseñanza deja de ser sujeto activo de su aprendizaje para convertirse simplemente en receptor de una verdad que otros han decidido por él.

Pero educar es otra cosa. Educar implica precisamente entregar herramientas. Significa aportar conocimientos, explicar contextos, presentar realidades, enseñar a formular preguntas, aprender a contrastar fuentes, identificar prejuicios, distinguir un hecho de una opinión y comprender que una misma cuestión puede ser analizada desde perspectivas diferentes. Y también enseñar que nuestras propias ideas pueden ser revisadas cuando aparecen nuevos argumentos o nuevas evidencias. Porque una persona educada no es aquella que sabe repetir correctamente aquello que alguien le ha enseñado que debe pensar. Una persona educada es aquella que puede preguntarse por qué piensa lo que piensa y tiene capacidad para construir un criterio propio.

Esto es especialmente importante cuando hablamos de adolescentes. La escuela no debería tener como objetivo fabricar personas que piensen exactamente igual que sus profesores, que sus familias, que sus compañeros o que las instituciones. Una escuela democrática debería aspirar justamente a lo contrario. Debería formar personas capaces de pensar por sí mismas; personas capaces de escuchar una opinión diferente sin sentir que por ello están obligadas a aceptarla; personas capaces de reconocer un argumento, analizarlo y decidir si les convence o no; personas capaces de detectar un prejuicio aunque aparezca disfrazado de opinión; y personas capaces de cuestionar aquello que se les presenta como una verdad absoluta.

Por eso hablar de diversidad LGTBI en un centro educativo no significa adoctrinar al alumnado. Explicar qué son la orientación sexual o la identidad de género, abordar la existencia de la discriminación, conocer la historia de las personas LGTBI, analizar los mecanismos mediante los que se construyen los prejuicios o explicar qué dice nuestro ordenamiento jurídico sobre igualdad y no discriminación significa proporcionar conocimientos sobre una realidad social que existe. Conocer una realidad no obliga a nadie a adoptar una identidad ni una determinada opinión política sobre ella. Del mismo modo que estudiar la discriminación racial no convierte automáticamente a un estudiante en una persona de una determinada ideología, explicar la violencia contra las mujeres no significa imponerle una determinada concepción política, o estudiar la memoria histórica no obliga a un adolescente a asumir una posición partidista concreta.

Lo que hace la educación es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más importante. Le dice al alumnado que esa realidad existe, le proporciona herramientas para comprenderla y le permite hacerse preguntas sobre ella. Después, dentro del marco de los derechos fundamentales y de las normas que regulan nuestra convivencia, ese alumno podrá desarrollar su propio pensamiento.

Aquí hay una cuestión que me parece especialmente importante. Tener pensamiento crítico no significa presentar todas las afirmaciones como si tuvieran exactamente el mismo valor. Enseñar pensamiento crítico no obliga a colocar al mismo nivel un hecho demostrado y un bulo, una evidencia científica y una afirmación sin fundamento, o un derecho reconocido jurídicamente y una opinión que pretende negarlo. Es justamente contrario. Pensar críticamente significa aprender a distinguir entre unos y otros; significa saber qué pruebas respaldan una afirmación, quién la realiza, de dónde procede la información, qué intereses puede haber detrás, si existen fuentes independientes que la corroboren y qué argumentos pueden sostenerla o cuestionarla.

Esto adquiere una importancia enorme en una época en la que nuestros jóvenes reciben cada día cientos de mensajes a través de las redes sociales. No podemos pretender que sean capaces de enfrentarse a discursos de odio, desinformación, prejuicios y manipulaciones simplemente diciéndoles cuáles son las opiniones correctas que deben repetir. Si realmente queremos educarlos, tendremos que enseñarles algo mucho más útil. Tendremos que enseñarles a reconocer un bulo, detectar una generalización, identificar un prejuicio, contrastar una fuente, distinguir un hecho de una interpretación y comprender las consecuencias que determinadas palabras y determinados discursos pueden tener sobre otras personas.

Eso también es educar en derechos humanos. Cuando un profesor explica qué es la LGTBIfobia, por ejemplo, no está necesariamente diciéndole a un alumno qué debe pensar sobre las personas LGTBI. Puede estar enseñándole a reconocer una conducta discriminatoria; puede estar explicándole que un insulto reiterado puede convertirse en una forma de acoso; puede estar ayudándole a comprender por qué una persona puede sentirse excluida en su propio centro educativo; puede estar proporcionándole herramientas para saber qué hacer si presencia una situación de acoso; y puede estar enseñándole algo tan elemental como que la dignidad de otra persona no desaparece porque pensemos de manera diferente a ella.

Hay una diferencia enorme entre decirle a un adolescente «tienes que pensar esto» y decirle «aquí tienes los conocimientos y las herramientas necesarias para que puedas comprender esta realidad y formar tu propio criterio». La primera opción pretende conducir el pensamiento. La segunda pretende hacerlo posible.

Por eso me parece tan importante no utilizar la palabra adoctrinamiento de manera ligera. Si cualquier actividad educativa que aborda valores, derechos humanos, igualdad o diversidad puede ser calificada de adoctrinamiento simplemente porque alguien discrepa de ella, entonces terminaremos vaciando la palabra de significado. Y, lo que es todavía más preocupante, podemos terminar generando un efecto perverso sobre el propio profesorado. Profesores y profesoras que quieren abordar situaciones de discriminación pueden acabar pensando que es mejor no hacerlo por miedo a recibir denuncias, críticas o acusaciones. Y cuando el miedo entra en el aula, quienes terminan pagando las consecuencias son precisamente los alumnos que necesitan que alguien les explique qué está ocurriendo.

Una cosa es, por supuesto, que cualquier actividad educativa deba desarrollarse dentro del marco legal, respetando el currículo, las competencias del centro, los derechos del alumnado y los principios que rigen la enseñanza pública. Eso es indiscutible. El profesorado no está por encima de la ley y cualquier programa educativo puede y debe ser sometido a los controles que correspondan cuando existan razones objetivas para ello. Pero precisamente por eso las controversias deben analizarse sobre los hechos concretos, sobre los contenidos realmente impartidos, sobre la metodología utilizada y sobre el marco jurídico aplicable, y no mediante etiquetas que sustituyan al análisis.

En el caso de José Pablo, además, hay algo que considero especialmente significativo. Su explicación no fue una defensa de que el profesor pueda decir en clase cualquier cosa que quiera. Fue precisamente una defensa de una determinada manera de entender la educación. Una educación que no pretende fabricar conciencias, sino ayudar a construirlas. Una educación que no exige que el alumno piense como piensa su profesor, sino que pretende que tenga suficientes conocimientos para poder pensar por sí mismo.

Y eso debería ser perfectamente compatible con una sociedad plural. De hecho, es una de las condiciones para que esa sociedad plural pueda existir. Porque también tenemos que aceptar que educar en derechos humanos implica enseñar que existen unos mínimos que nuestra sociedad ha decidido proteger. La dignidad humana, la igualdad ante la ley, la prohibición de la discriminación o la protección frente a la violencia no pueden convertirse en simples opiniones personales dependiendo de quién esté hablando. La democracia permite que discutamos sobre muchas cosas, pero también se construye sobre unos derechos fundamentales que precisamente sirven para proteger a las personas frente a la arbitrariedad y frente a la discriminación. Y esos derechos y pilares esenciales no están sujetos a debate. 

Enseñar esos derechos tampoco significa adoctrinar. Significa explicar cuáles son las reglas incuestionables fundamentales de la convivencia que hemos construido como sociedad y por qué existen. Y, a partir de ahí, permitir que el alumnado comprenda, cuestione, analice y profundice en ellas.

Lo mismo ocurre con la memoria histórica. Estudiar nuestro pasado no obliga a un estudiante a militar en una determinada posición política. Le permite conocer qué ocurrió, cuáles fueron sus consecuencias, qué personas sufrieron vulneraciones de derechos y cómo esas experiencias han influido en la sociedad que tenemos hoy. Después podrá hacerse preguntas, debatir y desarrollar sus propias conclusiones. Precisamente para eso sirve conocer la historia, porque si ocultamos determinadas realidades para evitar que los jóvenes puedan formarse una opinión sobre ellas, no estamos protegiendo su libertad de pensamiento, sino reduciendo las herramientas con las que podrán ejercerla.

Y aquí está, quizá, la paradoja que deberíamos entender de una vez. Para que una persona pueda pensar libremente necesita primero disponer de información suficiente para hacerlo. La libertad de pensamiento no consiste en vivir en una habitación vacía en la que nadie nos cuenta nada. Consiste en poder recibir información, conocer diferentes realidades, contrastar argumentos y utilizar nuestra propia capacidad crítica para formar un criterio autónomo.

Por eso, cuando José Pablo dijo que educar consiste en dotar de herramientas para construir un pensamiento crítico propio, estaba señalando algo mucho más grande que una simple diferencia terminológica. Estaba hablando de cuál debería ser el sentido último de la educación. Una educación que no tenga miedo de las preguntas; una educación que no confunda diversidad con imposición; una educación que no esconda los problemas porque puedan resultar incómodos; una educación que enseñe a reconocer la discriminación sin obligar a nadie a adoptar una identidad; una educación que permita conocer la memoria sin convertir la historia en propaganda; una educación que enseñe derechos humanos precisamente para que cada persona pueda comprender por qué los derechos de los demás también importan.

Quizá por eso deberíamos preguntarnos menos quién está intentando decirle a nuestros jóvenes qué tienen que pensar y, sobre todo, mucho más urgente, quién les está enseñando a pensar, porque la diferencia es enorme. A fin de cuentas, el adoctrinamiento necesita personas que repitan, pero a educación necesita personas que comprendan; el adoctrinamiento teme las preguntas porque las preguntas pueden romper una verdad cerrada, pero educación necesita las preguntas porque sabe que de ellas nace el pensamiento crítico; y el adoctrinamiento entrega respuestas definitivas; pero educación proporciona herramientas para buscarlas.

Si queremos una sociedad verdaderamente democrática, necesitamos precisamente eso. Personas que sepan pensar, contrastar, cuestionar, escuchar, argumentar y decidir por sí mismas; personas que puedan estar en desacuerdo sin convertir al otro en un enemigo; personas que conozcan sus derechos y sepan reconocer los derechos de quienes tienen delante; y prsonas que no necesiten que nadie piense por ellas.

Por eso, defender una educación que hable de diversidad, igualdad, memoria histórica y derechos humanos no significa defender que el alumnado tenga que pensar de una determinada manera. Significa defender que tenga más herramientas para pensar por sí mismo.

Porque educar no es llenar una cabeza de respuestas. Es abrir una puerta para que cada persona pueda aprender a hacerse preguntas.

Buscando respuestas para construir libremente su propio pensamiento.

Educando para saber pensar sin ataduras. 

Haciéndolo libremente.

Bulos contra la ayuda humanitaria

A veces la desinformación no necesita inventar una tragedia. Le basta con coger una imagen real, arrancarla de su contexto y utilizarla para enfrentar a unas personas vulnerables contra otras. Eso es precisamente lo que ocurrió en su momento alrededor de Cruz Roja con la DANA de Valencia y actualmente la crisis migratoria de Ceuta.

Durante las últimas semanas, desde que se inició esta crisis migratoria, ha vuelto a circular en redes sociales una acusación que, a primera vista, puede parecer una simple crítica a una organización humanitaria. El mensaje viene a decir que Cruz Roja “no estuvo” con los valencianos durante la DANA de octubre de 2024, pero que, en cambio, aparece inmediatamente para atender a las personas migrantes que llegan a Ceuta. 

El problema es que esa comparación parte de una afirmación falsa. Cruz Roja sí intervino desde el mismo día de la DANA y continuó prestando asistencia durante la emergencia. El 30 de octubre, por ejemplo, ya había atendido a 643 personas en cuatro albergues provisionales, distribuido 1.374 lotes de ayuda de emergencia y movilizado a 81 voluntarios. 

No estamos, por tanto, ante una discusión sobre si una persona considera suficiente o insuficiente la respuesta de Cruz Roja. Esa crítica puede hacerse y, como cualquier otra actuación pública o privada, puede ser examinada. El problema aparece cuando se afirma que una organización que sí estuvo trabajando sobre el terreno no estuvo allí, y esa falsedad se utiliza después para construir otra idea todavía más peligrosa. Y es que se ha expandido la idea de que Cruz Roja ayuda a las personas migrantes mientras abandona a los españoles.

Pero ese relato tampoco nació ahora. Durante la DANA ya circularon mensajes que acusaban a Cruz Roja de estar ausente, de aparecer solamente para hacerse fotografías o incluso de desviar la ayuda destinada a la población afectada hacia personas migrantes. El propio Informe Mundial sobre Desastres 2026 de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja recoge el caso español como ejemplo de cómo la desinformación puede dificultar la acción humanitaria. Según Cruz Roja, voluntarios llegaron a sufrir acoso, amenazas y vandalismo durante aquella emergencia. Algo también intolerable en una situación de emergencia donde miles de personas necesitaban ayuda y donde decenas perdieron la vida.

Y ahora la misma narrativa ha encontrado en Ceuta un nuevo escenario. Desde la crisis migratoria de julio de 2026 han vuelto a difundirse imágenes de Cruz Roja atendiendo a personas migrantes. Algunas son reales, pero no corresponden al momento que se pretende mostrar. Una de las más conocidas es el vídeo de la voluntaria Luna Reyes abrazando a un joven migrante exhausto. No ocurrió en 2026, la imagen fue grabada en Ceuta en mayo de 2021, durante la anterior gran entrada de personas migrantes. Aquel abrazo provocó entonces una campaña de odio contra la joven y ahora ha vuelto a ser utilizado fuera de contexto para alimentar mensajes contra Cruz Roja y contra las personas migrantes. 

La técnica resulta sencilla y, precisamente por eso, peligrosa. Se toma una imagen verdadera, se elimina la fecha, se elimina el contexto y se coloca delante del espectador una interpretación falsa. Después se añade una comparación emocional. Se dice “mirad cómo reciben a los migrantes y recuerda cómo trataron a los valencianos». Luego la manipulación de las emociones hace el resto.

Pero atender a una persona migrante que acaba de llegar exhausta a una frontera y atender a una familia que ha perdido su casa por una inundación no son actividades incompatibles. Una organización humanitaria no tiene que escoger entre unas víctimas y otras. La vulnerabilidad no tiene nacionalidad y la dignidad humana inviolable e inherente no entiende de fronteras.

También se han difundido otros bulos durante la crisis de Ceuta. Se han documentado vídeos grabados en otros países presentados como imágenes de la frontera ceutí, imágenes antiguas presentadas como actuales e incluso contenidos que mezclaban imágenes verdaderas y falsas para construir una realidad que nunca había ocurrido de esa manera.  Y medios de comunicación imparciales han recopilado decenas de bulos y desinformaciones relacionados con la crisis migratoria de 2026 ha sido posteriormente desmentidas.

Lo más preocupante de todo es que el objetivo final de determinadas narrativas no parece ser simplemente desacreditar una fotografía concreta. Consiste en erosionar la confianza en quienes prestan ayuda. Primero se cuestiona a Cruz Roja; después se cuestiona a las ONG; luego se presenta la cooperación como un privilegio concedido a determinadas personas; y finalmente se intenta convencer a la sociedad de que ayudar a alguien que llega de otro lugar significa quitarle algo a quien ya estaba aquí.

Pero estamos ante una falsa elección. Una ambulancia no pregunta a quién votas antes de atenderte; un voluntario de Cruz Roja no debe preguntar jamás por el pasaporte antes de ofrecer agua a una persona exhausta; y una persona atrapada en una inundación no deja de merecer ayuda porque otra persona, en otro lugar, también necesite asistencia.

Podemos discutir la política migratoria, la gestión de una frontera, la respuesta de las administraciones durante una catástrofe o incluso la actuación concreta de una ONG. Debemos poder hacerlo y es sano que así sea. Pero una sociedad democrática necesita discutir sobre hechos, no sobre fotografías manipuladas, vídeos descontextualizados y enemigos construidos artificialmente.

Porque cuando conseguimos que una víctima mire a otra víctima y piense que su enemigo está al otro lado, quienes realmente pierden son quienes necesitan ayuda.

La solidaridad no se divide por nacionalidades; al contrario, se multiplica cuando entendemos que ninguna persona deja de merecer ayuda porque otra también la necesite.

Multipliquemos, no dividamos. Porque eso es justo lo que algunas personas quieren.

A costa del dolor de quien más lo necesita.

De los más inocentes.

Quand on n’a que l’amour

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Algunas canciones que no necesitan hablar de guerras para hablar de paz. No necesitan mencionar los derechos humanos para recordarnos que, en el fondo, todo lo que hacemos para protegerlos tiene mucho que ver con una idea tan sencilla como importante. Y es reconocer que la vida de la otra persona importa. Eso es lo que me transmite “Quand on n’a que l’amour”, de Jacques Brel. Una canción escrita en 1956 que, tantos años después, sigue teniendo una capacidad enorme para hablarnos de algo que quizá hemos complicado demasiado: la necesidad de querernos, de cuidarnos y de entender que nadie debería tener que enfrentarse solo al mundo.

Cuando escucho esta canción pienso en todas esas ocasiones en las que creemos que necesitamos tener mucho para poder hacer algo por los demás. Necesitamos dinero, poder, influencia, una posición determinada o la capacidad de cambiar grandes cosas. Y, sin embargo, Brel plantea una idea mucho más sencilla. ¿Qué ocurre cuando no tenemos nada de eso y solamente nos queda el amor? La respuesta que parece recorrer toda la canción es preciosa: quizá incluso entonces tengamos mucho más de lo que pensamos.

Porque el amor no tiene por qué entenderse solamente como el amor entre dos personas. También puede ser la forma en la que miramos a quien tenemos delante; puede ser solidaridad, empatía, amistad, fraternidad, cuidado o simplemente la decisión de no hacer daño; y puede ser acercarnos a alguien que está solo, escuchar a quien necesita ser escuchado o tender la mano a una persona que atraviesa un momento difícil. Y quizá ahí es donde esta canción se encuentra de una manera tan natural con los derechos humanos.

Los derechos humanos pueden parecer, a veces, algo lejano, lleno de tratados internacionales, artículos jurídicos, instituciones y grandes declaraciones. Y todo eso es importante, por supuesto. Pero antes de convertirse en normas, los derechos humanos nacen de algo mucho tan elemental como lo es la convicción de que ninguna persona vale menos que otra. Nacen cuando somos capaces de mirar a alguien que no conocemos y entender que su dolor también merece nuestra atención, que su dignidad también merece ser respetada y que su vida tiene exactamente el mismo valor que la nuestra.

Por eso creo que el amor también puede ser una forma de resistencia. No hablo de un amor ingenuo que pretende solucionar todos los problemas del mundo ni de pensar que basta con querernos para que desaparezcan las injusticias. Ojalá fuera tan sencillo. Hablo de algo mucho más concreto; de negarnos a convertir el odio en nuestra manera habitual de relacionarnos con los demás; de no responder a la violencia con más violencia cuando todavía existe otra posibilidad; de no acostumbrarnos a señalar al diferente; y de no permitir que alguien sea deshumanizado simplemente porque piensa, siente, ama, cree o vive de una manera distinta a la nuestra.

Vivimos en un tiempo en el que resulta demasiado fácil dividirnos. Basta con una palabra, una frontera, una ideología, una religión, una nacionalidad, una orientación sexual o una diferencia cualquiera para construir rápidamente un “nosotros” y un “ellos”. Y cuando dejamos de ver a la persona que existe detrás de esa etiqueta, todo se vuelve mucho más fácil. Es mucho más sencillo despreciar a quien ya no consideramos uno de los nuestros. Mucho más sencillo justificar su sufrimiento. Mucho más sencillo mirar hacia otro lado.

Frente a eso, “Quand on n’a que l’amour” parece susurrarnos algo muy diferente. Que quizá no necesitemos tener las mismas ideas, las mismas historias ni las mismas vidas para reconocer nuestra humanidad compartida. Podemos pensar diferente y seguir respetándonos; podemos no entender las decisiones de otra persona y seguir reconociendo su dignidad; y podemos incluso estar profundamente en desacuerdo y, aun así, negarnos a convertir ese desacuerdo en odio.

Y eso me parece especialmente importante cuando hablamos de derechos humanos. Porque defender los derechos humanos no significa defender solamente los derechos de las personas con las que estamos de acuerdo. Si fuera así, no estaríamos hablando realmente de derechos humanos. Estaríamos hablando de derechos para quienes consideramos que los merecen. Y la dignidad humana no funciona de esa manera. O es universal o deja de ser dignidad.

Quizá por eso esta canción sigue emocionándome. Porque no habla desde la fuerza, sino desde aquello que todos podemos comprender. Todos sabemos lo que significa querer a alguien. Todos hemos necesitado alguna vez que alguien nos tienda la mano. Todos hemos sentido miedo, soledad, tristeza o incertidumbre. Todos hemos necesitado que otra persona nos recuerde que no estamos solos. Y cuando entendemos eso, quizá empezamos a mirar de otra manera a quienes tenemos alrededor.

A veces pensamos que para cambiar las cosas tenemos que hacer algo enorme. Y quizá no siempre sea así. Tal vez cambiar las cosas empiece por algo mucho más pequeño. Por tratar bien a la persona que tenemos delante; por no reírnos cuando alguien está siendo humillado; por defender a quien está siendo señalado; por acompañar a quien se siente solo; por escuchar antes de juzgar; por pedir perdón cuando nos equivocamos; y por enseñar a nuestros hijos que nadie merece ser despreciado por ser diferente.

No sé si el amor puede cambiar el mundo entero. Probablemente no pueda hacerlo por sí solo. Pero sí sé que un mundo sin empatía, sin solidaridad y sin capacidad de cuidar a los demás sería un mundo mucho más pobre, mucho más frío y, sobre todo, mucho menos humano.

Por eso, cuando vuelvo a escuchar a Jacques Brel cantando que solo tenemos el amor, no pienso que tengamos poco. Pienso justamente lo contrario. Pienso que, si somos capaces de conservar nuestra capacidad de querer, de sentir compasión y de reconocer al otro como un igual, todavía tenemos algo extraordinariamente en nuestro interior. Algo que no necesita armas, dinero ni poder para comenzar a transformar la vida de una persona.

Quizá los derechos humanos comiencen precisamente ahí, en ese instante en el que dejamos de preguntarnos qué nos separa de la otra persona y empezamos a preguntarnos qué podemos hacer para que su vida sea un poco más digna.

Y quizá, al final, cuando nos quitan las banderas, las fronteras, las etiquetas, las diferencias y todas esas cosas con las que tantas veces intentamos definirnos, queda algo mucho más sencillo y mucho más importante. Y es que somos personas intentando vivir, querer y ser queridos.

Mientras nos quede amor, siempre nos quedará una razón para seguir creyendo en la humanidad.

Amar también es defender la dignidad.

Quand on n’a que l’amour (Cuando no se tiene más que el amor)

Cuando no se tiene más que el amor
Para compartir,
El día del gran viaje
Que es nuestro gran amor.

Cuando no se tiene más que el amor,
Mi amor, tú y yo,
Para estallar de alegría
Cada hora y cada día.

Cuando no se tiene más que el amor
Para vivir nuestras promesas,
Sin nada de riqueza
Más que siempre creer en eso.

Cuando no se tiene más que el amor
Para llenar de maravillas,
Y cubrir de sol
La fealdad de los suburbios.

Cuando no se tiene más que el amor
Como única razón,
Como única canción,
Y único socorro.

Cuando no se tiene más que el amor
Para vestir por la mañana,
Pobres y malandrines
De abrigos de terciopelo.

Cuando no se tiene más que el amor
Para ofrecer en plegaria
Por los males de la tierra,
Como simple trovador.

Cuando no se tiene más que el amor
Para ofrecer a aquellos
Cuya única lucha
Es buscar el día.

Cuando no se tiene más que el amor
Para marcar un camino
Y forzar el destino
En cada cruce.

Cuando no se tiene más que el amor
Para hablar de ideales,
Y nada más que una canción
Para convencer a un tambor.

Ahora, sin tener nada
Más que la fuerza de amar,
Tendremos en nuestras manos,
Amigos, el mundo entero.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Quand on n’a que l’amour

Certaines chansons n’ont pas besoin de parler de guerres pour parler de paix. Elles n’ont pas besoin de mentionner les droits humains pour nous rappeler qu’au fond, tout ce que nous faisons pour les protéger a beaucoup à voir avec une idée aussi simple qu’importante. C’est reconnaître que la vie de l’autre compte. C’est ce que m’inspire « Quand on n’a que l’amour », de Jacques Brel. Une chanson écrite en 1956 qui, tant d’années plus tard, conserve une immense capacité à nous parler de quelque chose que nous avons peut-être beaucoup trop compliqué, la nécessité de nous aimer, de prendre soin les uns des autres et de comprendre que personne ne devrait avoir à affronter le monde seul.

Lorsque j’écoute cette chanson, je pense à toutes ces occasions où nous croyons qu’il faut posséder beaucoup pour pouvoir faire quelque chose pour les autres. Il faudrait de l’argent, du pouvoir, de l’influence, une certaine position ou la capacité de changer de grandes choses. Et pourtant, Brel propose une idée beaucoup plus simple. Que se passe-t-il lorsque nous n’avons rien de tout cela et qu’il ne nous reste que l’amour ? La réponse qui semble parcourir toute la chanson est magnifique, peut-être qu’à ce moment-là, nous avons même beaucoup plus que nous ne le pensons.

Car l’amour ne doit pas nécessairement être compris uniquement comme l’amour entre deux personnes. Il peut aussi être la manière dont nous regardons la personne qui se trouve devant nous. Il peut être solidarité, empathie, amitié, fraternité, attention ou simplement la décision de ne pas faire de mal. Il peut être le fait de nous approcher de quelqu’un qui est seul, d’écouter celui ou celle qui a besoin d’être entendu ou de tendre la main à une personne qui traverse un moment difficile. Et c’est peut-être là que cette chanson rejoint si naturellement les droits humains.

Les droits humains peuvent parfois sembler être quelque chose de lointain, rempli de traités internationaux, d’articles juridiques, d’institutions et de grandes déclarations. Et tout cela est important, bien sûr. Mais avant de devenir des normes, les droits humains naissent de quelque chose d’aussi élémentaire que la conviction qu’aucune personne ne vaut moins qu’une autre. Ils naissent lorsque nous sommes capables de regarder quelqu’un que nous ne connaissons pas et de comprendre que sa souffrance mérite elle aussi notre attention, que sa dignité mérite elle aussi d’être respectée et que sa vie a exactement la même valeur que la nôtre.

C’est pourquoi je crois que l’amour peut aussi être une forme de résistance. Je ne parle pas d’un amour naïf qui prétend résoudre tous les problèmes du monde ni de penser qu’il suffit de nous aimer pour que les injustices disparaissent. Si seulement c’était aussi simple. Je parle de quelque chose de beaucoup plus concret, refuser de faire de la haine notre manière habituelle d’entrer en relation avec les autres, ne pas répondre à la violence par davantage de violence lorsqu’une autre possibilité existe encore, ne pas nous habituer à désigner celui qui est différent et ne pas permettre que quelqu’un soit déshumanisé simplement parce qu’il pense, ressent, aime, croit ou vit d’une manière différente de la nôtre.

Nous vivons à une époque où il est beaucoup trop facile de nous diviser. Il suffit d’un mot, d’une frontière, d’une idéologie, d’une religion, d’une nationalité, d’une orientation sexuelle ou de n’importe quelle différence pour construire rapidement un « nous » et un « eux ». Et lorsque nous cessons de voir la personne qui se trouve derrière cette étiquette, tout devient beaucoup plus facile. Il est beaucoup plus simple de mépriser quelqu’un que nous ne considérons plus comme l’un des nôtres. Beaucoup plus simple de justifier sa souffrance. Beaucoup plus simple de détourner le regard.

Face à cela, « Quand on n’a que l’amour » semble nous murmurer quelque chose de très différent. Nous n’avons peut-être pas besoin d’avoir les mêmes idées, les mêmes histoires ni les mêmes vies pour reconnaître notre humanité commune. Nous pouvons penser différemment et continuer à nous respecter; nous pouvons ne pas comprendre les décisions d’une autre personne et continuer à reconnaître sa dignité; et nous pouvons même être profondément en désaccord et, malgré tout, refuser de transformer ce désaccord en haine.

Et cela me semble particulièrement important lorsque nous parlons des droits humains. Car défendre les droits humains ne signifie pas défendre uniquement les droits des personnes avec lesquelles nous sommes d’accord. Si tel était le cas, nous ne parlerions plus véritablement de droits humains. Nous parlerions de droits pour ceux que nous considérons comme dignes de les avoir. Et la dignité humaine ne fonctionne pas ainsi. Elle est universelle ou elle cesse d’être la dignité.

C’est peut-être pour cela que cette chanson continue de m’émouvoir. Parce qu’elle ne parle pas depuis la force, mais depuis quelque chose que nous pouvons tous comprendre. Nous savons tous ce que signifie aimer quelqu’un. Nous avons tous eu besoin, un jour ou l’autre, que quelqu’un nous tende la main. Nous avons tous ressenti la peur, la solitude, la tristesse ou l’incertitude. Nous avons tous eu besoin qu’une autre personne nous rappelle que nous ne sommes pas seuls. Et lorsque nous comprenons cela, nous commençons peut-être à regarder autrement les personnes qui nous entourent.

Nous pensons parfois que, pour changer les choses, nous devons accomplir quelque chose d’immense. Et peut-être que ce n’est pas toujours le cas. Peut-être que changer les choses commence par quelque chose de beaucoup plus petit. Par bien traiter la personne qui se trouve devant nous, ne pas rire lorsqu’une personne est humiliée, défendre quelqu’un qui est pris pour cible, accompagner celui ou celle qui se sent seul, écouter avant de juger, demander pardon lorsque nous nous trompons et apprendre à nos enfants que personne ne mérite d’être méprisé parce qu’il est différent.

Je ne sais pas si l’amour peut changer le monde entier. Il ne le peut probablement pas à lui seul. Mais je sais qu’un monde sans empathie, sans solidarité et sans capacité à prendre soin des autres serait un monde beaucoup plus pauvre, beaucoup plus froid et, surtout, beaucoup moins humain.

C’est pourquoi, lorsque j’écoute à nouveau Jacques Brel chanter que nous n’avons que l’amour, je ne pense pas que nous ayons peu. Je pense exactement le contraire. Je pense que, si nous sommes capables de préserver notre capacité à aimer, à éprouver de la compassion et à reconnaître l’autre comme notre égal, nous avons encore en nous quelque chose d’extraordinairement précieux. Quelque chose qui n’a besoin ni d’armes, ni d’argent, ni de pouvoir pour commencer à transformer la vie d’une personne.

Peut-être que les droits humains commencent précisément là, à cet instant où nous cessons de nous demander ce qui nous sépare de l’autre et où nous commençons à nous demander ce que nous pouvons faire pour que sa vie soit un peu plus digne.

Et peut-être qu’au bout du compte, lorsque l’on nous enlève les drapeaux, les frontières, les étiquettes, les différences et toutes ces choses par lesquelles nous essayons si souvent de nous définir, il reste quelque chose de beaucoup plus simple et de beaucoup plus important. Et c’est que nous sommes des êtres humains qui essaient de vivre, d’aimer et d’être aimés.

Tant qu’il nous restera l’amour, il nous restera toujours une raison de continuer à croire en l’humanité.

Aimer, c’est aussi défendre la dignité.

Quand on n’a que l’amour

Quand on n’a que l’amour
À s’offrir en partage,
Au jour du grand voyage
Qu’est notre grand amour.

Quand on n’a que l’amour,
Mon amour, toi et moi,
Pour qu’éclatent de joie
Chaque heure et chaque jour.

Quand on n’a que l’amour
Pour vivre nos promesses,
Sans nulle autre richesse
Que d’y croire toujours.

Quand on n’a que l’amour
Pour meubler de merveilles,
Et couvrir de soleil
La laideur des faubourgs.

Quand on n’a que l’amour
Pour unique raison,
Pour unique chanson,
Et unique secours.

Quand on n’a que l’amour
Pour habiller matin,
Pauvres et malandrins
De manteaux de velours.

Quand on n’a que l’amour
À offrir en prière
Pour les maux de la terre,
En simple troubadour.

Quand on n’a que l’amour
À offrir à ceux-là
Dont l’unique combat
Est de chercher le jour.

Quand on n’a que l’amour
Pour tracer un chemin
Et forcer le destin
À chaque carrefour.

Quand on n’a que l’amour
Pour parler aux canons,
Et rien qu’une chanson
Pour convaincre un tambour.

Alors, sans avoir rien
Que la force d’aimer,
Nous aurons dans nos mains,
Amis, le monde entier.