La intersexualidad necesita derechos

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽 – Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día de la Visibilidad Intersex)

Durante demasiado tiempo, hemos intentado que todos los cuerpos encajen en unas categorías muy concretas, como si solo existieran dos maneras posibles de ser y todo lo que se salga de ellas tuviera que corregirse. Nos cuesta aceptar aquello que no conocemos y, a veces, esa dificultad termina convirtiéndose en rechazo, discriminación e incluso en decisiones que pueden marcar la vida de una persona para siempre.

Pero, ¿por qué nos cuesta tanto aceptar que la naturaleza humana es diversa y que ningún cuerpo debería tener que cambiar para satisfacer las expectativas de los demás? Las personas intersexuales nacen con características sexuales que presentan variaciones respecto a las definiciones médicas tradicionales de los cuerpos típicamente masculinos o femeninos.

Estas características pueden estar relacionadas con los cromosomas, las hormonas, los genitales o los órganos reproductivos. Algunas se conocen desde el nacimiento, mientras que otras se descubren durante la adolescencia o en la edad adulta. No todas las personas que presentan estas variaciones utilizan el término intersexual para identificarse, por lo que también es importante respetar la forma en que cada cual entiende y describe su propia realidad.

Ser intersexual no determina la identidad de género ni la orientación sexual. Una persona intersexual puede identificarse como hombre, mujer o persona no binaria, y puede sentir atracción por personas de cualquier género. Son realidades diferentes que merecen ser comprendidas y respetadas. El problema no es la diversidad de nuestros cuerpos, sino que todavía buena parte de la sociedad considera que todo aquello que se aparta de lo habitual constituye un error que debe corregirse.

Una de las cuestiones más preocupantes es la realización de intervenciones quirúrgicas y otros procedimientos médicos irreversibles en bebés y menores intersexuales sin que exista una necesidad médica que justifique su realización inmediata. En algunos casos, estas intervenciones buscan adaptar la apariencia de sus genitales a los modelos tradicionales de masculinidad y feminidad.

Pensemos por un momento en lo que significa. Una criatura llega al mundo y, antes de poder comprender lo que sucede o expresar su voluntad, otras personas toman decisiones sobre su cuerpo que pueden tener consecuencias durante toda su vida. Algunas intervenciones pueden provocar dolor crónico, pérdida de sensibilidad, dificultades sexuales, infertilidad o sufrimiento emocional.

No todas las personas intersexuales experimentan estas consecuencias, y los riesgos dependen del procedimiento realizado y de las circunstancias individuales. Precisamente por eso, cualquier decisión médica debe basarse en la evidencia científica, en las necesidades concretas de la persona y en una valoración cuidadosa de sus posibles beneficios y riesgos.

Esto no significa rechazar la medicina ni negar que algunas personas necesiten tratamientos. Algunas variaciones de las características sexuales pueden requerir seguimiento médico o intervenciones para proteger la salud. Cuando existe una urgencia clínica, debe actuarse de acuerdo con las necesidades de la persona. La cuestión es distinguir esas situaciones de aquellas en las que se pretende modificar un cuerpo simplemente para ajustarlo a las expectativas sociales.

El interés superior de la infancia no puede confundirse con la obligación de tener un cuerpo que encaje en lo que otras personas consideran normal. Los menores necesitan protección, información adecuada y la posibilidad de participar en las decisiones que afectan a sus vidas según su edad y madurez. Cuando una intervención irreversible no es necesaria ni urgente y puede aplazarse sin poner en peligro la salud, debemos preguntarnos si no sería más respetuoso permitir que la propia persona participe en esa decisión cuando tenga capacidad suficiente para hacerlo.

La discriminación tampoco termina en los hospitales. Muchas personas intersexuales se enfrentan a burlas, acoso escolar, rechazo familiar, dificultades para recibir una atención sanitaria adecuada y situaciones en las que su intimidad no es respetada. A veces, el desconocimiento hace que otras personas se sientan con derecho a preguntar, juzgar o divulgar información que pertenece exclusivamente a la vida privada de alguien. Por eso es tan importante hablar de intersexualidad con naturalidad. No para obligar a nadie a contar su historia, sino para construir una sociedad en la que nadie tenga que esconderse por miedo al rechazo.

También necesitamos profesionales sanitarios preparados, familias que reciban información comprensible, centros educativos comprometidos con el respeto e instituciones capaces de prevenir los abusos, investigar las vulneraciones de derechos y ofrecer reparación a quienes las hayan sufrido. Sin embargo, esa formación sigue siendo insuficiente, por no decir prácticamente inexistente, en gran parte de los centros educativos, de trabajo, de atención sanitaria e, incluso, en la administración.

En España, referente internacional de la diversidad y la protección de los derechos LGTBI, la dignidad, la igualdad, la integridad física y moral, la intimidad y la protección de la salud cuentan con reconocimiento constitucional. Estos derechos deben servir también para proteger a quienes se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad. La igualdad no significa que todos tengamos que ser iguales, sino que nadie debe recibir un trato injusto por ser diferente.

Debemos recordar, además, que las personas intersexuales no son un grupo homogéneo. Cada una tiene su propia historia, sus sentimientos y sus necesidades. Algunas desean compartir su experiencia y otras prefieren mantenerla en privado. Todas merecen el mismo respeto. Por eso, la lucha contra la discriminación requiere algo más que buenas palabras. Necesitamos información, educación, garantías jurídicas y decisiones políticas que sitúen a las personas en el centro. También necesitamos escuchar a quienes han vivido estas situaciones y reconocer que nadie conoce mejor su propia experiencia que la persona que la vive.

Al final, la pregunta es sencilla. ¿Queremos una sociedad que obligue a las personas a encajar o una sociedad en la que puedan vivir con dignidad sin tener que justificar su existencia? Como sociedad democrática, debemos ser capaces de dar una respuesta que proteja los derechos y la dignidad inherente de toda persona. Porque la diversidad humana no es una amenaza. Lo verdaderamente preocupante es que sigamos permitiendo que los prejuicios decidan sobre los cuerpos, las vidas y el futuro de otras personas.

Nadie debería pagar con su bienestar el precio de la comodidad social. La medicina debe cuidar, la educación debe enseñar a respetar y las instituciones deben garantizar derechos.

Ningún cuerpo necesita pedir permiso para existir y ninguna persona debería tener que sufrir para parecerse a lo que los demás esperan.

Los derechos humanos no se negocian.

Y la dignidad no se corrige.

Solo se respeta.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

Intersex People Need Rights

(Intersex Awareness Day)

For far too long, we have tried to make all bodies fit into very specific categories, as if there were only two possible ways of being and anything that fell outside them had to be corrected. We struggle to accept what we do not understand, and sometimes this difficulty turns into rejection, discrimination and even decisions that can affect a person’s life forever.

But why is it so difficult for us to accept that human nature is diverse and that no one should have to change their body to meet other people’s expectations? Intersex people are born with sex characteristics that vary from the traditional medical definitions of typically male or female bodies.

These characteristics may be related to chromosomes, hormones, genitals or reproductive organs. Some variations are identified at birth, while others are discovered during adolescence or adulthood. Not everyone with these variations identifies as intersex, so it is also important to respect the way each person understands and describes their own experience.

Being intersex does not determine a person’s gender identity or sexual orientation. An intersex person may identify as a man, a woman or a non binary person, and may be attracted to people of any gender. These are different aspects of human experience that deserve to be understood and respected. The problem is not the diversity of our bodies, but the fact that a large part of society still considers anything outside what is seen as usual to be a mistake that needs to be corrected.

One of the most worrying issues is the performance of irreversible surgery and other medical procedures on intersex babies and children when there is no medical need to carry them out immediately. In some cases, these procedures aim to make the appearance of their genitals conform to traditional ideas of masculinity and femininity.

Let us think for a moment about what this means. A child comes into the world and, before being able to understand what is happening or express their wishes, other people make decisions about their body that may have consequences throughout their life. Some procedures can cause chronic pain, loss of sensitivity, sexual difficulties, infertility or emotional distress.

Not all intersex people experience these consequences, and the risks depend on the procedure performed and the individual circumstances. That is precisely why every medical decision should be based on scientific evidence, the person’s specific needs and a careful assessment of the potential benefits and risks.

This does not mean rejecting medicine or denying that some people need treatment. Some variations in sex characteristics may require medical monitoring or interventions to protect a person’s health. When there is a medical emergency, action must be taken according to the person’s needs. The key is to distinguish these situations from those in which a body is changed simply to make it conform to social expectations.

The best interests of children must not be confused with an obligation to have a body that fits what other people consider normal. Children need protection, clear and appropriate information, and the opportunity to take part in decisions that affect their lives according to their age and maturity. When an irreversible procedure is neither necessary nor urgent and can be postponed without putting the child’s health at risk, we should ask ourselves whether it would be more respectful to allow the person to take part in that decision when they are mature enough to do so.

Discrimination does not end in hospitals. Many intersex people face ridicule, bullying at school, rejection by their families, difficulties accessing appropriate healthcare and situations in which their privacy is not respected. Sometimes, a lack of understanding leads people to believe they have the right to ask questions, pass judgement or disclose information that belongs entirely to someone else’s private life. That is why it is so important to talk about intersex people openly and naturally. Not to force anyone to share their story, but to build a society in which nobody has to hide for fear of rejection.

We also need properly trained healthcare professionals, families who receive clear and understandable information, schools committed to respect, and institutions capable of preventing abuse, investigating human rights violations and providing remedies to those who have suffered them. However, this training remains inadequate, if not virtually nonexistent, in many educational institutions, workplaces, healthcare settings and even public administrations.

In Spain, an international reference point for diversity and the protection of LGBTI rights, dignity, equality, physical and moral integrity, privacy and health protection are recognised in the Constitution. These rights must also serve to protect people in particularly vulnerable situations. Equality does not mean that we all have to be the same. It means that nobody should be treated unfairly for being different.

We must also remember that intersex people are not a homogeneous group. Each person has their own story, feelings and needs. Some wish to share their experiences, while others prefer to keep them private. Everyone deserves the same respect. That is why the fight against discrimination requires more than good words. We need information, education, legal safeguards and political decisions that put people at the centre. We also need to listen to those who have lived through these experiences and recognise that nobody understands their own experience better than the person living it.

In the end, the question is simple. Do we want a society that forces people to fit in, or one in which they can live with dignity without having to justify their existence? As a democratic society, we must be able to give an answer that protects the rights and inherent dignity of every person. Human diversity is not a threat. What is truly worrying is that we continue to allow prejudice to determine what happens to other people’s bodies, lives and futures.

Nobody should have to sacrifice their well being for the sake of social comfort. Medicine should care for people, education should teach respect, and institutions should protect rights.

No body needs permission to exist, and nobody should have to suffer to look the way other people expect them to.

Human rights are not negotiable.

And dignity cannot be corrected.

It can only be respected.

Tu decisión, tu cuerpo, tu voz

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Acudir a una consulta ginecológica debería ser algo que nos hiciera sentir tranquilidad, no miedo. Cuando una mujer entra en una consulta, espera encontrar a alguien que la escuche, que le explique qué le ocurre y que la trate con respeto. Puede que tenga dudas, que esté preocupada o que necesite hablar de algo que le cuesta expresar. Por eso, sentirse escuchada y poder confiar en quien la atiende es tan importante. Sin embargo, no todas las mujeres viven estas experiencias de la misma manera. Algunas salen de una consulta con la sensación de que nadie las ha escuchado, de que sus preocupaciones no importaban o de que alguien ha tomado decisiones sobre su cuerpo sin contar realmente con ellas.

Cuando se habla de violencia obstétrica, hablamos de estas situaciones y de otras mucho más graves que pueden producirse durante la atención ginecológica y obstétrica. Puede tratarse de una intervención realizada sin un consentimiento válido, de comentarios humillantes, de no explicar adecuadamente un procedimiento o de ignorar el dolor y las necesidades de una paciente. Cada caso debe analizarse con cuidado, porque no toda experiencia desagradable constituye violencia obstétrica ni toda complicación médica significa que haya existido una mala praxis. Pero hay algo que nunca deberíamos perder de vista. Nadie tendría que sentirse indefenso, humillado o ignorado cuando acude a recibir atención sanitaria.

A veces parece que, cuando entramos en una consulta, debemos dejar nuestras dudas en la puerta y confiar sin preguntar. Como si el hecho de que alguien tenga conocimientos médicos significara que puede decidir por nosotros. Y no debería ser así. Una mujer tiene derecho a saber qué van a hacer, por qué, qué alternativas existen y cuáles son los posibles riesgos. Tiene derecho a preguntar, a expresar sus temores y a decir que no quiere someterse a un procedimiento. El consentimiento no consiste en firmar un papel deprisa ni en aceptar algo porque pensamos que no tenemos otra opción. Significa poder decidir libremente, con información suficiente y sin presiones.

Durante demasiado tiempo, muchas mujeres han escuchado frases como “no será para tanto”, “esto es normal” o “el médico sabe lo que hace”. Quizá quien las pronuncia no siempre sea consciente del daño que puede causar, pero eso no significa que debamos restarle importancia. Cuando alguien expresa dolor, miedo o incomodidad, lo mínimo que merece es que la escuchen. No que la hagan sentir exagerada, que cuestionen automáticamente lo que cuenta o que le transmitan que está molestando por hacer preguntas. La confianza no se exige, se construye, y una parte fundamental de esa confianza consiste en respetar a la persona que tenemos delante.

Como hombre, también creo que es importante saber desde dónde hablamos. No puedo ponerme en el lugar de una mujer que ha vivido una experiencia que yo no he experimentado en primera persona, ni pretendo explicar lo que debería sentir o cómo tendría que afrontar lo sucedido. Sería injusto ocupar ese espacio como si mi perspectiva pudiera sustituir a la suya. Lo que sí puedo hacer es escuchar, aprender y contribuir a que estas situaciones se conozcan, se investiguen cuando corresponda y no se escondan detrás de la idea de que siempre ha sido así. Para mí, apoyar la lucha feminista también significa reconocer que hay experiencias que debo escuchar antes de opinar y derechos que debo defender sin pretender ser el protagonista.

Y hacerlo no significa desconfiar de todos los profesionales sanitarios ni ignorar la enorme labor que realizan. Significa entender que cuidar a alguien es mucho más que aplicar conocimientos técnicos. También es explicar, preguntar, respetar los límites y tratar a cada persona con humanidad. Una atención sanitaria de calidad debe combinar el conocimiento médico con el respeto a la autonomía de las pacientes. Cuando se produce una posible vulneración de derechos, debe poder reclamarse y examinarse con seriedad, sin prejuzgar a nadie, pero tampoco poniendo en duda automáticamente a quien se atreve a contar lo que ha vivido.

La salud sexual y reproductiva forma parte de nuestra vida y de nuestra dignidad. No se trata solamente de prevenir enfermedades, acudir a revisiones o recibir atención durante un embarazo. También se trata de poder tomar decisiones sobre nuestro cuerpo, vivir nuestra sexualidad sin vergüenza y recibir atención sin miedo a ser juzgadas. Ninguna mujer debería sentirse obligada a soportar un trato humillante para recibir la asistencia que necesita. Y ninguna debería pensar que sus dudas, sus límites o sus decisiones importan menos que los de cualquier otra persona.

Quizá nunca sepamos lo que siente alguien al salir de una consulta en la que no se ha sentido respetada. Puede que le cueste contarlo, que tenga miedo de no ser creída o que prefiera guardar silencio para evitar tener que revivir lo sucedido. Por eso, antes de juzgar, necesitamos aprender a escuchar. Escuchar no significa dar por demostrada una acusación, sino ofrecer a esa persona la oportunidad de explicar su experiencia y garantizar que sus derechos sean tomados en serio. A veces, algo tan sencillo como preguntar “¿estás bien?, ¿quieres contarme qué ha pasado?” puede ser el comienzo de una conversación que nunca antes se había atrevido a tener.

Nadie debería salir de una consulta sintiendo que ha perdido el control sobre su propio cuerpo o que su voz no ha servido para nada. La medicina está para cuidar, acompañar y ayudar, no para hacernos sentir que debemos renunciar a nuestra capacidad de decidir. Y quienes defendemos los derechos humanos tenemos la responsabilidad de recordar que la dignidad no depende de quién nos atienda, de dónde estemos ni de lo que necesitemos. El respeto no es un favor que se nos concede, sino algo que todas las personas merecemos, también cuando estamos más vulnerables.

Porque cuidar también es escuchar y respetar.

Es tu decisión.

Es tu cuerpo.

Es tu voz.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

Your Decision, Your Body, Your Voice

Going to a gynaecology appointment should be a reassuring experience, not something that makes us feel afraid. When a woman enters a consultation room, she expects to find someone who will listen to her, explain what is happening and treat her with respect. She may have questions, feel worried or need to talk about something that is difficult to express. That is why feeling heard and being able to trust the person providing her care are so important. However, not all women have the same experience. Some leave a consultation feeling that nobody has listened to them, that their concerns did not matter or that decisions have been made about their bodies without genuinely involving them.

When we talk about obstetric violence, we are talking about these situations and other, much more serious experiences that can occur during gynaecological and obstetric care. These may include a procedure carried out without valid consent, humiliating comments, a failure to explain a procedure properly or the disregard of a patient’s pain and needs. Every case must be carefully assessed, because not every unpleasant experience amounts to obstetric violence, and not every medical complication means that medical negligence has occurred. However, there is one thing we should never lose sight of. Nobody should feel helpless, humiliated or ignored when seeking healthcare.

Sometimes, it seems that when we enter a consultation room, we are expected to leave our doubts at the door and trust without asking questions. It is as though someone’s medical knowledge gives them the right to make decisions on our behalf. That should never be the case. A woman has the right to know what will be done, why it is necessary, what alternatives are available and what the possible risks are. She has the right to ask questions, express her fears and say that she does not want to undergo a procedure. Consent is not about quickly signing a form or agreeing to something because we feel we have no other choice. It means being able to make a free and informed decision without pressure.

For far too long, many women have heard phrases such as “It can’t be that bad”, “That’s normal” or “The doctor knows what they’re doing”. Those who say these things may not always realise the harm they can cause, but that does not mean we should dismiss their impact. When someone expresses pain, fear or discomfort, the very least they deserve is to be heard. They should not be made to feel that they are exaggerating, have their experiences automatically questioned or be made to feel that they are a nuisance for asking questions. Trust cannot be demanded. It has to be built, and a fundamental part of that process is respecting the person in front of us.

As a man, I also believe it is important to recognise the perspective from which we speak. I cannot put myself in the position of a woman who has lived through an experience I have never personally had, nor do I intend to tell her how she should feel or how she ought to deal with what happened. It would be unfair to take up that space as though my perspective could replace hers. What I can do is listen, learn and help ensure that these experiences are brought to light, investigated when appropriate and not hidden behind the excuse that things have always been done this way. For me, supporting the feminist movement also means recognising that there are experiences I must listen to before expressing an opinion, and rights I must defend without trying to make myself the centre of attention.

Taking this approach does not mean distrusting all healthcare professionals or overlooking the tremendous work they do. It means understanding that caring for someone involves much more than applying technical knowledge. It also means explaining, asking questions, respecting boundaries and treating every person with humanity. Quality healthcare must combine medical expertise with respect for patients’ autonomy. When a possible violation of rights occurs, people must be able to raise concerns and have them taken seriously, without prejudging anyone, but also without automatically doubting those who find the courage to speak about what they have experienced.

Sexual and reproductive health is part of our lives and our dignity. It is not just about preventing illness, attending medical check-ups or receiving care during pregnancy. It is also about being able to make decisions about our bodies, experience our sexuality without shame and receive healthcare without fearing judgement. No woman should ever feel that she has to endure humiliating treatment to receive the care she needs. Nor should any woman feel that her questions, boundaries or decisions matter less than anyone else’s.

We may never know how someone feels when they leave a consultation where they have not been treated with respect. They may struggle to talk about it, fear that nobody will believe them or choose to remain silent to avoid reliving what happened. That is why we need to learn to listen before passing judgement. Listening does not mean assuming that an allegation has been proven. It means giving someone the opportunity to explain their experience and ensuring that their rights are taken seriously. Sometimes, something as simple as asking “Are you okay? Would you like to tell me what happened?” can be the beginning of a conversation they have never before felt able to have.

Nobody should leave a consultation feeling that they have lost control over their own body or that their voice has counted for nothing. Medicine exists to care for, support and help people, not to make them feel that they must give up their right to make decisions. Those of us who defend human rights have a responsibility to remember that dignity does not depend on who treats us, where we are or what we need. Respect is not a favour granted to us. It is something every person deserves, especially when they are at their most vulnerable.

Because caring also means listening and showing respect.

It is your decision.

It is your body.

It is your voice.

El futuro nos necesita

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día de las Naciones Unidas)

Hoy, 24 de octubre, el Día de las Naciones Unidas, quiero volver a recordar algo que a veces parece que olvidamos el resto del tiempo entre las prisas, los conflictos y las preocupaciones de cada día. Y es que formamos parte de una misma humanidad y compartimos un planeta que no entiende de fronteras, nacionalidades ni diferencias sociales.

Nuestra vida, aunque transcurra a miles de kilómetros de la de otras personas, está conectada con la suya mucho más de lo que imaginamos. Por eso, defender los derechos humanos no es una tarea reservada a los gobiernos, a las organizaciones internacionales o a quienes dedicamos nuestra vida a esta causa. Es una responsabilidad que nos pertenece a todas y todos.

Cuando las Naciones Unidas comenzaron su andadura en 1945, el mundo intentaba levantarse de las ruinas de una guerra devastadora con millones de muertos. La paz, la cooperación y la esperanza eran necesidades urgentes, pero también compromisos con las generaciones que vendrían después. Más de ocho décadas han pasado desde entonces y, sin embargo, seguimos conviviendo con guerras, hambre, pobreza, desigualdad y millones de personas que ven cómo sus derechos más básicos se quedan en papel mojado. Hemos avanzado en muchas cosas, pero todavía queda demasiado por hacer. Reconocer eso no significa renunciar a la esperanza, sino entender que la esperanza necesita compromiso auténtico para convertirse en realidad.

Hace unos años, la pandemia nos recordó que existen amenazas que no conocen fronteras y que ninguna sociedad puede considerarse completamente a salvo mientras otras sufren. También puso de manifiesto que las crisis no golpean a todo el mundo por igual. Quienes viven en la pobreza, quienes carecen de una vivienda digna, quienes sufren discriminación o quienes no tienen acceso a una atención sanitaria adecuada suelen cargar con las consecuencias más duras. Pero sería un error pensar que aquellas lecciones quedaron atrás con la emergencia sanitaria que amenazó a todo el mundo. Seguimos necesitando solidaridad, cooperación internacional y políticas que pongan a las personas en el centro, especialmente a quienes encuentran más obstáculos para vivir con dignidad.

A todo ello se suma la emergencia climática, que amenaza nuestro hogar común y condiciona el futuro de quienes todavía no han nacido. No existe otro planeta al que trasladarnos cuando hayamos agotado sus recursos, ni podemos seguir tratando la naturaleza como si sus posibilidades fueran infinitas. Cuidar el medio ambiente también significa proteger la vida, la salud y los derechos de las generaciones presentes y futuras. La justicia social y la justicia climática no son caminos separados, porque quienes menos han contribuido a muchos de estos problemas suelen ser quienes más sufren sus consecuencias.

Tampoco podemos permitir que el miedo, la frustración o la incertidumbre se conviertan en excusas para señalar a quienes son diferentes. El odio y la discriminación siguen encontrando espacio cuando se cuestiona la dignidad de una persona por su origen, su sexo, su orientación sexual, su identidad de género, sus creencias, su edad o su situación económica. Ninguna diferencia justifica la exclusión y ningún avance social debería darse por garantizado. Los derechos humanos no son privilegios que puedan concederse a unas personas y negarse a otras según las circunstancias, las mayorías políticas o los prejuicios de cada época.

Por eso, ha llegado el momento de dejar de conformarnos con las buenas palabras. Los discursos sobre igualdad, libertad y justicia solo tienen sentido cuando se traducen en decisiones, recursos y actuaciones concretas. Necesitamos instituciones responsables, gobiernos que cumplan sus compromisos y una ciudadanía dispuesta a no mirar hacia otro lado ante la injusticia. Cada gesto de solidaridad cuenta, pero también cuenta exigir responsabilidades, denunciar los abusos y defender con firmeza a quienes ven amenazados sus derechos.

Construir un mundo mejor no significa pensar todos igual, sino aprender a convivir sin que nuestras diferencias se conviertan en barreras. Significa entender que nadie pierde dignidad porque otra persona tenga menos oportunidades y que ninguna sociedad puede considerarse verdaderamente libre si deja a parte de su población atrás. Nos corresponde derribar los muros que separan, tender puentes donde hoy existen enfrentamientos y recordar que la paz no consiste únicamente en la ausencia de guerra, sino también en la presencia de justicia, igualdad y respeto.

El tiempo de las promesas incumplidas debe terminar. Los objetivos son claros y urgentes, porque detrás de cada derecho vulnerado hay una vida, una historia y una persona que merece ser escuchada. No podemos cambiarlo todo de un día para otro, pero sí podemos decidir de qué lado queremos estar cuando la dignidad humana esté en juego.

Porque el futuro no se construye esperando que alguien haga lo correcto, sino comprometiéndonos a hacerlo entre todas y todos.

La humanidad es nuestro más valioso patrimonio.

Defendámosla entonces.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

The Future Needs Us

(United Nations Day)

Today, 24 October, United Nations Day, I want to remind us of something we sometimes seem to forget amid the rush of everyday life, the conflicts and the worries that consume our attention. We are all part of the same humanity, and we share a planet that knows nothing of borders, nationalities or social divisions.

Our lives, even when we live thousands of miles apart, are far more interconnected than we might imagine. That is why defending human rights is not a responsibility reserved for governments, international organisations or those of us who dedicate our lives to this cause. It is a responsibility that belongs to every one of us.

When the United Nations began its journey in 1945, the world was struggling to rise from the ruins of a devastating war that had claimed millions of lives. Peace, cooperation and hope were urgent necessities, but they were also commitments to the generations yet to come. More than eight decades have passed since then, and yet we continue to live alongside wars, hunger, poverty, inequality and millions of people whose most fundamental rights remain nothing more than words on paper. We have made progress in many areas, but there is still so much left to do. Acknowledging this does not mean abandoning hope. It means understanding that hope requires genuine commitment if it is ever to become reality.

A few years ago, the pandemic reminded us that some threats recognise no borders and that no society can consider itself entirely safe while others are suffering. It also exposed the fact that crises do not affect everyone equally. Those living in poverty, those without decent housing, those facing discrimination and those without access to adequate healthcare are often left to bear the heaviest burden. Yet it would be a mistake to believe that the lessons we learned have been left behind with the health emergency that threatened us all. We still need solidarity, international cooperation and policies that put people first, especially those who face the greatest obstacles to living with dignity.

The climate emergency adds to these challenges, threatening our common home and shaping the future of generations not yet born. There is no other planet to move to once we have exhausted our resources, and we cannot continue treating nature as though its resources were limitless. Protecting the environment also means safeguarding the lives, health and rights of present and future generations. Social justice and climate justice are not separate paths, because those who have contributed the least to many of these problems are often the ones who suffer their consequences the most.

Nor can we allow fear, frustration or uncertainty to become excuses for targeting those who are different. Hatred and discrimination continue to find fertile ground whenever a person’s dignity is questioned because of their origin, sex, sexual orientation, gender identity, beliefs, age or economic circumstances. No difference justifies exclusion, and no social progress should ever be taken for granted. Human rights are not privileges that can be granted to some and denied to others according to circumstances, political majorities or the prejudices of any given era.

That is why the time has come to stop settling for fine words. Statements about equality, freedom and justice only have meaning when they are translated into decisions, resources and concrete action. We need accountable institutions, governments that honour their commitments and citizens who refuse to look the other way in the face of injustice. Every act of solidarity matters, but so does demanding accountability, reporting abuses and standing firmly alongside those whose rights are under threat.

Building a better world does not mean thinking alike. It means learning to live together without allowing our differences to become barriers. It means understanding that no one loses their dignity because someone else has fewer opportunities, and that no society can truly call itself free if it leaves part of its population behind. It is up to us to tear down the walls that divide us, build bridges where conflict exists today and remember that peace is not simply the absence of war, but also the presence of justice, equality and respect.

The time for broken promises must come to an end. Our goals are clear, and the need to act is urgent, because behind every violated right there is a life, a story and a person who deserves to be heard. We cannot change everything overnight, but we can decide which side we want to stand on whenever human dignity is at stake.

Because the future will not be built by waiting for someone else to do the right thing, but by committing ourselves to doing it together.

Humanity is our most precious inheritance.

Let us stand up for it.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲

Il futuro ha bisogno di noi

(Giornata delle Nazioni Unite)

Oggi, 24 ottobre, in occasione della Giornata delle Nazioni Unite, voglio ricordare qualcosa che a volte sembriamo dimenticare, travolti dalla frenesia della vita quotidiana, dai conflitti e dalle preoccupazioni che assorbono la nostra attenzione. Facciamo tutti parte della stessa umanità e condividiamo un pianeta che non conosce confini, nazionalità né divisioni sociali.

Le nostre vite, anche quando ci separano migliaia di chilometri, sono molto più interconnesse di quanto possiamo immaginare. Per questo, difendere i diritti umani non è un compito riservato ai governi, alle organizzazioni internazionali o a chi, come noi, dedica la propria vita a questa causa. È una responsabilità che appartiene a ciascuno di noi.

Quando le Nazioni Unite iniziarono il loro cammino nel 1945, il mondo cercava di rialzarsi dalle macerie di una guerra devastante che aveva causato milioni di vittime. La pace, la cooperazione e la speranza erano necessità urgenti, ma rappresentavano anche un impegno nei confronti delle generazioni future. Da allora sono trascorsi più di ottant’anni eppure continuiamo a convivere con guerre, fame, povertà, disuguaglianze e milioni di persone che vedono i propri diritti fondamentali rimanere semplici parole sulla carta. Abbiamo compiuto progressi in molti ambiti, ma resta ancora moltissimo da fare. Riconoscerlo non significa rinunciare alla speranza, bensì comprendere che, per trasformarsi in realtà, la speranza ha bisogno di un impegno autentico.

Qualche anno fa, la pandemia ci ha ricordato che esistono minacce che non conoscono confini e che nessuna società può considerarsi completamente al sicuro finché altre continuano a soffrire. Ci ha anche mostrato che le crisi non colpiscono tutti allo stesso modo. Chi vive in povertà, chi non dispone di un’abitazione dignitosa, chi subisce discriminazioni e chi non ha accesso a cure sanitarie adeguate è spesso costretto a sopportarne le conseguenze più dure. Sarebbe tuttavia un errore credere che le lezioni apprese siano rimaste confinate all’emergenza sanitaria che ha minacciato tutti noi. Abbiamo ancora bisogno di solidarietà, cooperazione internazionale e politiche che mettano le persone al centro, soprattutto quelle che incontrano maggiori ostacoli nel vivere con dignità.

A tutto questo si aggiunge l’emergenza climatica, che minaccia la nostra casa comune e condiziona il futuro delle generazioni che non sono ancora nate. Non esiste un altro pianeta sul quale trasferirci quando avremo esaurito le nostre risorse, e non possiamo continuare a trattare la natura come se le sue ricchezze fossero inesauribili. Proteggere l’ambiente significa anche tutelare la vita, la salute e i diritti delle generazioni presenti e future. La giustizia sociale e la giustizia climatica non sono percorsi separati, perché coloro che hanno contribuito meno a molti di questi problemi sono spesso proprio quelli che ne subiscono maggiormente le conseguenze.

Non possiamo nemmeno permettere che la paura, la frustrazione o l’incertezza diventino pretesti per prendere di mira chi è diverso da noi. L’odio e la discriminazione continuano a trovare spazio ogni volta che la dignità di una persona viene messa in discussione a causa della sua origine, del sesso, dell’orientamento sessuale, dell’identità di genere, delle convinzioni personali, dell’età o della condizione economica. Nessuna differenza giustifica l’esclusione e nessun progresso sociale dovrebbe mai essere dato per scontato. I diritti umani non sono privilegi che possono essere concessi ad alcuni e negati ad altri a seconda delle circostanze, delle maggioranze politiche o dei pregiudizi di una determinata epoca.

Per questo è arrivato il momento di smettere di accontentarci delle belle parole. I discorsi sull’uguaglianza, sulla libertà e sulla giustizia hanno senso soltanto quando si traducono in decisioni, risorse e azioni concrete. Abbiamo bisogno di istituzioni responsabili, di governi che mantengano i propri impegni e di cittadini disposti a non voltarsi dall’altra parte di fronte all’ingiustizia. Ogni gesto di solidarietà conta, ma conta anche chiedere conto delle responsabilità, denunciare gli abusi e difendere con determinazione chi vede minacciati i propri diritti.

Costruire un mondo migliore non significa pensarla tutti allo stesso modo, ma imparare a convivere senza trasformare le nostre differenze in barriere. Significa comprendere che nessuno perde la propria dignità perché qualcun altro ha meno opportunità e che nessuna società può definirsi veramente libera se lascia indietro una parte della propria popolazione. Spetta a noi abbattere i muri che ci separano, costruire ponti dove oggi esistono conflitti e ricordare che la pace non consiste soltanto nell’assenza di guerra, ma anche nella presenza della giustizia, dell’uguaglianza e del rispetto.

Il tempo delle promesse non mantenute deve finire. Gli obiettivi sono chiari e la necessità di agire è urgente, perché dietro ogni diritto violato c’è una vita, una storia e una persona che merita di essere ascoltata. Non possiamo cambiare tutto da un giorno all’altro, ma possiamo decidere da che parte stare ogni volta che la dignità umana è in gioco.

Perché il futuro non si costruisce aspettando che qualcun altro faccia la cosa giusta, ma impegnandoci a farla insieme.

L’umanità è il nostro patrimonio più prezioso.

Difendiamola, insieme.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩

L’avenir a besoin de nous

(Journée des Nations Unies)

Aujourd’hui, 24 octobre, à l’occasion de la Journée des Nations Unies, je souhaite rappeler quelque chose que nous semblons parfois oublier, emportés par le rythme effréné du quotidien, les conflits et les préoccupations qui accaparent notre attention. Nous faisons toutes et tous partie d’une même humanité et nous partageons une planète qui ne connaît ni frontières, ni nationalités, ni divisions sociales.

Nos vies, même lorsque des milliers de kilomètres nous séparent, sont bien plus liées que nous ne pouvons l’imaginer. C’est pourquoi défendre les droits humains n’est pas une tâche réservée aux gouvernements, aux organisations internationales ou à celles et ceux qui, comme nous, consacrent leur vie à cette cause. C’est une responsabilité qui nous appartient à toutes et à tous.

Lorsque les Nations Unies ont commencé leur mission en 1945, le monde tentait de se relever des ruines d’une guerre dévastatrice qui avait fait des millions de victimes. La paix, la coopération et l’espoir étaient des nécessités urgentes, mais aussi des engagements envers les générations à venir. Plus de huit décennies se sont écoulées depuis, et pourtant, nous continuons de vivre dans un monde marqué par les guerres, la faim, la pauvreté, les inégalités et la situation de millions de personnes dont les droits les plus fondamentaux restent lettre morte. Nous avons accompli des progrès dans de nombreux domaines, mais il reste encore énormément à faire. Le reconnaître ne signifie pas renoncer à l’espoir, mais comprendre que celui-ci a besoin d’un engagement sincère pour devenir réalité.

Il y a quelques années, la pandémie nous a rappelé que certaines menaces ne connaissent pas de frontières et qu’aucune société ne peut se considérer totalement à l’abri tant que d’autres souffrent. Elle a également mis en évidence le fait que les crises ne touchent pas tout le monde de la même manière. Les personnes vivant dans la pauvreté, celles qui ne disposent pas d’un logement digne, celles qui subissent des discriminations ou celles qui n’ont pas accès à des soins de santé adaptés sont souvent les premières à en subir les conséquences les plus lourdes. Pourtant, ce serait une erreur de croire que les leçons tirées de cette crise sanitaire qui nous a toutes et tous menacés appartiennent désormais au passé. Nous avons toujours besoin de solidarité, de coopération internationale et de politiques qui placent les personnes au centre des priorités, en particulier celles qui rencontrent le plus d’obstacles pour vivre dignement.

À ces défis s’ajoute l’urgence climatique, qui menace notre maison commune et conditionne l’avenir des générations qui ne sont pas encore nées. Il n’existe aucune autre planète vers laquelle nous pourrions nous tourner lorsque nous aurons épuisé nos ressources, et nous ne pouvons pas continuer à traiter la nature comme si ses richesses étaient inépuisables. Protéger l’environnement, c’est aussi préserver la vie, la santé et les droits des générations présentes et futures. La justice sociale et la justice climatique ne sont pas deux chemins distincts, car celles et ceux qui ont le moins contribué à nombre de ces problèmes sont souvent les personnes qui en subissent le plus durement les conséquences.

Nous ne pouvons pas davantage laisser la peur, la frustration ou l’incertitude devenir des prétextes pour désigner celles et ceux qui sont différents. La haine et la discrimination continuent de trouver leur place chaque fois que la dignité d’une personne est remise en question en raison de son origine, de son sexe, de son orientation sexuelle, de son identité de genre, de ses convictions, de son âge ou de sa situation économique. Aucune différence ne justifie l’exclusion et aucun progrès social ne devrait jamais être considéré comme définitivement acquis. Les droits humains ne sont pas des privilèges que l’on peut accorder à certaines personnes et refuser à d’autres selon les circonstances, les majorités politiques ou les préjugés d’une époque.

C’est pourquoi le moment est venu de ne plus nous contenter de belles paroles. Les discours sur l’égalité, la liberté et la justice n’ont de sens que lorsqu’ils se traduisent par des décisions, des moyens et des actions concrètes. Nous avons besoin d’institutions responsables, de gouvernements qui tiennent leurs engagements et de citoyennes et de citoyens qui refusent de détourner le regard face à l’injustice. Chaque geste de solidarité compte, mais il est tout aussi essentiel d’exiger des comptes, de dénoncer les abus et de défendre avec détermination celles et ceux dont les droits sont menacés.

Construire un monde meilleur ne signifie pas penser toutes et tous de la même manière, mais apprendre à vivre ensemble sans transformer nos différences en barrières. Cela signifie comprendre que personne ne perd sa dignité parce qu’une autre personne dispose de moins de possibilités, et qu’aucune société ne peut se prétendre véritablement libre si elle abandonne une partie de sa population. Il nous appartient d’abattre les murs qui nous séparent, de construire des ponts là où règnent aujourd’hui les affrontements et de nous rappeler que la paix ne se résume pas à l’absence de guerre, mais qu’elle repose aussi sur la justice, l’égalité et le respect.

Le temps des promesses non tenues doit prendre fin. Les objectifs sont clairs et il est urgent d’agir, car derrière chaque droit bafoué se trouvent une vie, une histoire et une personne qui mérite d’être entendue. Nous ne pouvons pas tout changer du jour au lendemain, mais nous pouvons décider de quel côté nous voulons nous tenir chaque fois que la dignité humaine est en jeu.

Car l’avenir ne se construit pas en attendant que quelqu’un d’autre fasse ce qui est juste, mais en nous engageant à le faire ensemble.

L’humanité est notre patrimoine le plus précieux.

Défendons-la, ensemble.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷

O futuro precisa de nós

(Dia das Nações Unidas)

Hoje, 24 de outubro, por ocasião do Dia das Nações Unidas, quero recordar algo que, por vezes, parecemos esquecer no meio da correria do dia a dia, dos conflitos e das preocupações que ocupam a nossa atenção. Fazemos todos parte da mesma humanidade e partilhamos um planeta que não conhece fronteiras, nacionalidades nem divisões sociais.

As nossas vidas, mesmo quando estamos separados por milhares de quilómetros, estão muito mais interligadas do que imaginamos. Por isso, defender os direitos humanos não é uma tarefa reservada aos governos, às organizações internacionais ou àqueles que, como nós, dedicam a sua vida a esta causa. É uma responsabilidade que pertence a cada um e a cada uma de nós.

Quando as Nações Unidas iniciaram o seu percurso, em 1945, o mundo tentava erguer-se das ruínas de uma guerra devastadora que tinha causado milhões de vítimas. A paz, a cooperação e a esperança eram necessidades urgentes, mas representavam também compromissos com as gerações que viriam a seguir. Passaram mais de oito décadas desde então e, ainda assim, continuamos a conviver com guerras, fome, pobreza, desigualdade e milhões de pessoas que veem os seus direitos mais fundamentais permanecerem letra morta. Fizemos progressos em muitas áreas, mas ainda há muito por fazer. Reconhecê-lo não significa renunciar à esperança, mas compreender que a esperança precisa de um compromisso genuíno para se transformar em realidade.

Há alguns anos, a pandemia recordou-nos que existem ameaças que não conhecem fronteiras e que nenhuma sociedade pode considerar-se completamente segura enquanto outras continuam a sofrer. Mostrou-nos também que as crises não afetam todas as pessoas da mesma forma. Quem vive na pobreza, quem não tem uma habitação digna, quem sofre discriminação ou quem não tem acesso a cuidados de saúde adequados enfrenta, muitas vezes, as consequências mais duras. Seria, contudo, um erro pensar que as lições que aprendemos ficaram para trás com a emergência sanitária que ameaçou todos nós. Continuamos a precisar de solidariedade, cooperação internacional e políticas que coloquem as pessoas no centro das prioridades, sobretudo aquelas que enfrentam mais obstáculos para viver com dignidade.

A tudo isto junta-se a emergência climática, que ameaça a nossa casa comum e condiciona o futuro das gerações que ainda não nasceram. Não existe outro planeta para onde possamos ir quando esgotarmos os nossos recursos, nem podemos continuar a tratar a natureza como se as suas riquezas fossem infinitas. Proteger o ambiente significa também proteger a vida, a saúde e os direitos das gerações presentes e futuras. A justiça social e a justiça climática não são caminhos separados, porque aqueles que menos contribuíram para muitos destes problemas são, frequentemente, os que mais sofrem as suas consequências.

Também não podemos permitir que o medo, a frustração ou a incerteza se transformem em desculpas para apontar o dedo a quem é diferente. O ódio e a discriminação continuam a encontrar espaço sempre que a dignidade de uma pessoa é posta em causa devido à sua origem, ao seu sexo, à sua orientação sexual, à sua identidade de género, às suas crenças, à sua idade ou à sua situação económica. Nenhuma diferença justifica a exclusão e nenhum progresso social deve ser considerado garantido. Os direitos humanos não são privilégios que se possam conceder a umas pessoas e negar a outras em função das circunstâncias, das maiorias políticas ou dos preconceitos de cada época.

Por isso, chegou o momento de deixarmos de nos contentar com belas palavras. Os discursos sobre igualdade, liberdade e justiça só fazem sentido quando se traduzem em decisões, recursos e ações concretas. Precisamos de instituições responsáveis, de governos que cumpram os seus compromissos e de cidadãos e cidadãs que se recusem a olhar para o lado perante a injustiça. Cada gesto de solidariedade conta, mas também é essencial exigir responsabilidades, denunciar os abusos e defender com firmeza aqueles cujos direitos estão ameaçados.

Construir um mundo melhor não significa pensar todos da mesma maneira, mas aprender a viver em conjunto sem transformar as nossas diferenças em barreiras. Significa compreender que ninguém perde a sua dignidade porque outra pessoa tem menos oportunidades e que nenhuma sociedade pode considerar-se verdadeiramente livre se deixar uma parte da sua população para trás. Cabe-nos derrubar os muros que nos separam, construir pontes onde hoje existem conflitos e recordar que a paz não consiste apenas na ausência de guerra, mas também na presença da justiça, da igualdade e do respeito.

O tempo das promessas não cumpridas tem de chegar ao fim. Os objetivos são claros e a urgência de agir é real, porque por detrás de cada direito violado existe uma vida, uma história e uma pessoa que merece ser ouvida. Não podemos mudar tudo de um dia para o outro, mas podemos decidir de que lado queremos estar sempre que a dignidade humana estiver em causa.

Porque o futuro não se constrói à espera que alguém faça o que é correto, mas comprometendo-nos a fazê-lo em conjunto.

A humanidade é o nosso património mais precioso.

Defendamo-la, juntos.