(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)
🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽
(Día Internacional Contra el Acoso Escolar)
Hay cosas que durante demasiado tiempo se han querido disfrazar de normalidad cuando en realidad son profundamente injustas y peligrosas. El bullying es una de ellas. ¿Por qué? Porque no es una broma, no es una etapa más del crecimiento ni tampoco algo que se cure solo con el paso del tiempo. Es una forma de violencia que ataca directamente a la dignidad de quien la sufre y que deja huellas que muchas veces no se ven, pero que permanecen durante años. A veces, para siempre.
Cuando hablamos de acoso escolar hablamos de conductas repetidas en el tiempo, de humillaciones constantes, de insultos, de aislamiento, de agresiones físicas o de ese rechazo silencioso que duele incluso más que un golpe. Puede adoptar muchas formas, desde lo más evidente hasta lo más sutil, y hoy en día también se extiende al entorno digital, donde el daño se multiplica porque no hay descanso ni refugio posible debido a la exposición permanente las 24 horas del día.
Durante años se ha repetido esa frase tan peligrosa de que “son cosas de niños”. Pero, no, no lo son. Si trasladáramos muchas de esas conductas al mundo adulto, estaríamos hablando sin ninguna duda de delitos contra la integridad moral e incluso, en determinados casos, de conductas que podrían encajar perfectamente en lo que denominamos coloquialmente como delitos de odio. Entonces, si la situación es esta, ¿por qué cuando ocurre en menores se tiende a minimizarlo o a mirar hacia otro lado? ¿Es desconocimiento, incapacidad, cobardía o complicidad?
La infancia y la adolescencia son etapas especialmente sensibles. Es en esos años donde se construye la identidad, la autoestima y la forma en la que una persona se relaciona con el mundo que le rodea. Sufrir acoso en ese momento no es una experiencia pasajera, es una herida que puede condicionar toda una vida. Así, la ansiedad, la depresión, el fracaso escolar, el aislamiento social e incluso los pensamientos autodestructivos son algunas de las consecuencias que se han documentado de forma reiterada.
No, no estamos hablando de casos aislados. Organismos internacionales llevan tiempo alertando de la magnitud del problema. Uno de cada tres estudiantes ha sufrido algún tipo de acoso en algún momento. El ciberbullying sigue creciendo y afecta a un porcentaje cada vez mayor de menores. Son datos que deberían hacernos reaccionar como sociedad y que demuestran que estamos ante una realidad estructural, no ante excepciones. Sin embargo, el silencio, ese que duele más que los golpes, sigue imperando en la gran mayoría de los casos.
Ciertamente, muchas veces la respuesta no está a la altura. Hay centros educativos que no detectan a tiempo las situaciones de acoso, hay profesores que no cuentan con la formación adecuada y muchas familias que no saben cómo actuar o que restan importancia a lo que está ocurriendo. Pero no se trata de señalar el problema de forma simplista, sino de asumir que hay una responsabilidad común de toda la sociedad. El problema no es solo de quien agrede, también lo es de quienes permiten que eso ocurra sin intervenir. Y cuando eso sucede, cuando vuelve a salir en los medios de comunicación la muerte de un menor que no ha podido aguantarlo más, entonces hemos fracasado como sociedad una vez más.
Es verdad, detectar el acoso no siempre es fácil. Muchas víctimas callan por miedo, por vergüenza o porque sienten que nadie va a creerlas. A veces los signos son muy sutiles, cambios en el comportamiento, tristeza, aislamiento, rechazo a ir al colegio. Por eso es fundamental prestar atención, escuchar y generar entornos donde hablar no sea un riesgo sino una posibilidad real de validación y acompañamiento.
Así que no basta con condenar el bullying sin más. Hace falta educación en valores desde los primeros años de crecimiento, hace falta empatía, hace falta intervención temprana y la aplicación de los protocolos de manera eficaz. Hace falta también un compromiso firme de las administraciones, que aún no acaba de materializarse, y de toda la sociedad para dejar de normalizar lo que nunca debió ser normal. Porque cada gesto de indiferencia es, en cierto modo, una forma de complicidad que solo perpetúa y valida la existencia de aún más violencia.
No podemos permitir que el dolor de quienes sufren acoso siga siendo invisible. Ni tampoco podemos seguir aceptando que alguien vea destruida su dignidad día tras día mientras el resto mira hacia otro lado.
Porque el verdadero daño del bullying no es solo lo que se hace, sino todo lo que se permite.
Defender a las víctimas no es una opción, es una obligación moral que nos define como sociedad.
Lo que permitimos, también nos define.
Y nos hace cómplices.
🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The silence that hurts more than blows
(World Day Against Bullying)
There are things that for far too long have been disguised as normal when in reality they are deeply unjust and dangerous. Bullying is one of them. Why? Because it is not a joke, it is not just another stage of growing up, nor is it something that heals on its own with time. It is a form of violence that directly attacks the dignity of the person who suffers it and leaves marks that are often unseen, yet remain for years. Sometimes, forever.
When we speak about bullying in schools, we are speaking about repeated behaviours over time, constant humiliation, insults, isolation, physical aggression, or that silent rejection which can hurt even more than a blow. It can take many forms, from the most obvious to the most subtle, and nowadays it also extends into the digital environment, where the harm is amplified because there is no rest and no refuge due to permanent exposure twenty four hours a day.
For years, that dangerous phrase has been repeated that these are just things children do. But they are not. If many of these behaviours were transferred into the adult world, we would undoubtedly be speaking about offences against moral integrity and, in certain cases, conduct that could fall within what we commonly refer to as hate crimes. So if this is the situation, why is it that when it happens among minors it is so often minimised or ignored? Is it ignorance, inability, cowardice or complicity?
Childhood and adolescence are particularly sensitive stages. It is during these years that identity, self esteem and the way a person relates to the world around them are formed. Experiencing bullying at that moment is not a passing experience, it is a wound that can shape an entire life. Anxiety, depression, academic failure, social isolation and even self destructive thoughts are some of the consequences that have been consistently documented.
No, we are not speaking about isolated cases. International organisations have long been warning about the scale of the problem. One in three students has experienced some form of bullying at some point. Cyberbullying continues to grow and affects an ever increasing proportion of young people. These are figures that should prompt us to act as a society and that show we are facing a structural reality, not exceptions. Yet silence, the kind that hurts more than blows, still prevails in the vast majority of cases.
Certainly, the response is often not good enough. There are schools that fail to detect situations of bullying in time, teachers who lack adequate training, and many families who do not know how to act or who downplay what is happening. But this is not about pointing fingers in a simplistic way, it is about recognising that there is a shared responsibility across society. The problem does not lie only with those who bully, but also with those who allow it to happen without intervening. And when it does happen, when once again the media reports the death of a young person who could no longer endure it, then we have failed as a society once more.
It is true that detecting bullying is not always easy. Many victims remain silent out of fear, shame or because they feel no one will believe them. Sometimes the signs are very subtle, changes in behaviour, sadness, isolation, reluctance to go to school. That is why it is essential to remain attentive, to listen and to create environments where speaking out is not a risk but a real possibility for validation and support.
So it is not enough simply to condemn bullying. What is needed is education in values from the earliest years, empathy, early intervention and the effective application of protocols. There must also be a firm commitment from public authorities, which has yet to fully materialise, and from society as a whole to stop normalising what should never have been normal. Because every act of indifference is, in some way, a form of complicity that only perpetuates and legitimises further violence.
We cannot allow the suffering of those who experience bullying to remain invisible. Nor can we continue to accept that someone’s dignity is destroyed day after day while others look the other way.
Because the true harm of bullying lies not only in what is done, but in everything that is allowed.
Defending victims is not an option, it is a moral duty that defines us as a society.
What we allow also defines us.
And it makes us complicit.
🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Il silenzio che fa più male dei colpi
(Giornata Internazionale contro il Bullismo Scolastico)
Ci sono cose che per troppo tempo si è cercato di far passare come normali quando in realtà sono profondamente ingiuste e pericolose. Il bullismo è una di queste. Perché? Perché non è uno scherzo, non è semplicemente una fase della crescita, né qualcosa che si risolve da solo con il tempo. È una forma di violenza che colpisce direttamente la dignità di chi la subisce e lascia segni che spesso non si vedono, ma che restano per anni. A volte, per sempre.
Quando parliamo di bullismo a scuola parliamo di comportamenti ripetuti nel tempo, di umiliazioni costanti, insulti, isolamento, aggressioni fisiche o di quel rifiuto silenzioso che può fare ancora più male di un colpo. Può assumere molte forme, dalle più evidenti alle più sottili, e oggi si estende anche all’ambiente digitale, dove il danno si amplifica perché non c’è pausa né rifugio a causa di un’esposizione permanente ventiquattro ore su ventiquattro.
Per anni si è ripetuta quella frase così pericolosa secondo cui sono solo cose da ragazzi. Ma non è così. Se molti di questi comportamenti fossero trasferiti nel mondo degli adulti, parleremmo senza alcun dubbio di reati contro l’integrità morale e, in alcuni casi, di condotte che potrebbero rientrare in ciò che comunemente chiamiamo reati d’odio. Se questa è la situazione, perché quando accade tra minori si tende a minimizzare o a voltarsi dall’altra parte? È ignoranza, incapacità, codardia o complicità?
L’infanzia e l’adolescenza sono fasi particolarmente delicate. È in questi anni che si costruiscono l’identità, l’autostima e il modo in cui una persona si relaziona con il mondo che la circonda. Subire bullismo in quel momento non è un’esperienza passeggera, è una ferita che può condizionare un’intera vita. Ansia, depressione, insuccesso scolastico, isolamento sociale e persino pensieri autodistruttivi sono alcune delle conseguenze documentate in modo costante.
No, non stiamo parlando di casi isolati. Le organizzazioni internazionali da tempo mettono in guardia sull’ampiezza del problema. Uno studente su tre ha subito qualche forma di bullismo almeno una volta. Il cyberbullismo continua a crescere e coinvolge una percentuale sempre più alta di giovani. Sono dati che dovrebbero spingerci ad agire come società e che dimostrano che ci troviamo di fronte a una realtà strutturale, non a eccezioni. Eppure il silenzio, quello che fa più male dei colpi, continua a prevalere nella grande maggioranza dei casi.
Certamente, la risposta spesso non è all’altezza. Ci sono scuole che non riescono a individuare per tempo le situazioni di bullismo, insegnanti che non dispongono di una formazione adeguata e molte famiglie che non sanno come agire o che tendono a minimizzare ciò che sta accadendo. Ma non si tratta di puntare il dito in modo semplicistico, bensì di riconoscere che esiste una responsabilità condivisa da tutta la società. Il problema non riguarda solo chi compie gli atti di bullismo, ma anche chi permette che accadano senza intervenire. E quando succede, quando ancora una volta i media riportano la morte di un giovane che non ha più retto, allora abbiamo fallito come società.
È vero, individuare il bullismo non è sempre facile. Molte vittime tacciono per paura, per vergogna o perché pensano che nessuno crederà loro. A volte i segnali sono molto sottili, cambiamenti nel comportamento, tristezza, isolamento, rifiuto di andare a scuola. Per questo è fondamentale prestare attenzione, ascoltare e creare ambienti in cui parlare non sia un rischio ma una reale possibilità di essere riconosciuti e sostenuti.
Non basta condannare il bullismo in modo generico. Serve un’educazione ai valori fin dai primi anni, serve empatia, serve un intervento precoce e l’applicazione efficace dei protocolli. Serve anche un impegno concreto delle istituzioni, che ancora fatica a realizzarsi pienamente, e di tutta la società per smettere di normalizzare ciò che non avrebbe mai dovuto esserlo. Perché ogni gesto di indifferenza è, in qualche modo, una forma di complicità che non fa altro che perpetuare e legittimare ulteriore violenza.
Non possiamo permettere che la sofferenza di chi subisce bullismo resti invisibile. Né possiamo continuare ad accettare che la dignità di una persona venga distrutta giorno dopo giorno mentre gli altri si voltano dall’altra parte.
Perché il vero danno del bullismo non sta solo in ciò che si fa, ma in tutto ciò che si permette.
Difendere le vittime non è un’opzione, è un dovere morale che ci definisce come società.
Ciò che permettiamo ci definisce.
E ci rende complici.
🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Le silence qui fait plus mal que les coups
(Journée internationale contre le harcèlement scolaire)
Il y a des choses que l’on a trop longtemps voulu faire passer pour normales alors qu’en réalité elles sont profondément injustes et dangereuses. Le harcèlement en fait partie. Pourquoi ? Parce que ce n’est pas une plaisanterie, ce n’est pas simplement une étape de la croissance, ni quelque chose qui disparaît de lui-même avec le temps. C’est une forme de violence qui attaque directement la dignité de la personne qui la subit et qui laisse des traces souvent invisibles mais qui restent pendant des années. Parfois, pour toujours.
Lorsque nous parlons de harcèlement scolaire, nous parlons de comportements répétés dans le temps, d’humiliations constantes, d’insultes, d’isolement, d’agressions physiques ou de ce rejet silencieux qui peut faire encore plus mal qu’un coup. Il peut prendre de nombreuses formes, des plus évidentes aux plus subtiles, et aujourd’hui il s’étend aussi à l’environnement numérique, où le dommage est amplifié parce qu’il n’y a ni repos ni refuge en raison d’une exposition permanente vingt quatre heures sur vingt quatre.
Pendant des années, cette phrase dangereuse a été répétée selon laquelle ce ne sont que des choses d’enfants. Mais ce n’est pas le cas. Si beaucoup de ces comportements étaient transposés dans le monde des adultes, nous parlerions sans aucun doute d’atteintes à l’intégrité morale et, dans certains cas, de comportements pouvant relever de ce que l’on appelle communément des crimes de haine. Si telle est la situation, pourquoi, lorsque cela concerne des mineurs, tend-on à minimiser ou à détourner le regard ? Est-ce de l’ignorance, de l’incapacité, de la lâcheté ou de la complicité ?
L’enfance et l’adolescence sont des périodes particulièrement sensibles. C’est durant ces années que se construisent l’identité, l’estime de soi et la manière dont une personne se relie au monde qui l’entoure. Subir du harcèlement à ce moment-là n’est pas une expérience passagère, c’est une blessure qui peut marquer toute une vie. L’anxiété, la dépression, l’échec scolaire, l’isolement social et même des pensées autodestructrices font partie des conséquences qui ont été documentées de manière constante.
Non, il ne s’agit pas de cas isolés. Les organisations internationales alertent depuis longtemps sur l’ampleur du problème. Un élève sur trois a subi une forme de harcèlement à un moment donné. Le cyberharcèlement continue de progresser et touche une proportion de plus en plus importante de jeunes. Ce sont des données qui devraient nous pousser à agir en tant que société et qui montrent que nous sommes face à une réalité structurelle, et non à des exceptions. Pourtant, le silence, celui qui fait plus mal que les coups, continue de dominer dans la grande majorité des cas.
Certes, la réponse n’est souvent pas à la hauteur. Il existe des établissements scolaires qui ne détectent pas à temps les situations de harcèlement, des enseignants qui ne disposent pas d’une formation adéquate et de nombreuses familles qui ne savent pas comment agir ou qui minimisent ce qui se passe. Mais il ne s’agit pas de désigner des coupables de manière simpliste, il s’agit de reconnaître qu’il existe une responsabilité partagée par l’ensemble de la société. Le problème ne concerne pas seulement ceux qui harcèlent, mais aussi ceux qui permettent que cela se produise sans intervenir. Et lorsque cela arrive, lorsque les médias annoncent une nouvelle fois la mort d’un jeune qui n’a plus pu le supporter, alors nous avons échoué en tant que société.
Il est vrai que détecter le harcèlement n’est pas toujours facile. De nombreuses victimes se taisent par peur, par honte ou parce qu’elles pensent que personne ne les croira. Parfois, les signes sont très subtils, des changements de comportement, de la tristesse, de l’isolement, un refus d’aller à l’école. C’est pourquoi il est essentiel d’être attentif, d’écouter et de créer des environnements où parler n’est pas un risque mais une véritable possibilité de reconnaissance et de soutien.
Il ne suffit pas de condamner le harcèlement de manière générale. Il faut une éducation aux valeurs dès les premières années, de l’empathie, une intervention précoce et une application efficace des protocoles. Il faut aussi un engagement ferme des autorités publiques, qui peine encore à se concrétiser pleinement, et de toute la société pour cesser de normaliser ce qui n’aurait jamais dû l’être. Car chaque geste d’indifférence est, d’une certaine manière, une forme de complicité qui ne fait que perpétuer et légitimer davantage de violence.
Nous ne pouvons pas permettre que la souffrance de ceux qui subissent le harcèlement reste invisible. Nous ne pouvons pas non plus continuer à accepter que la dignité de quelqu’un soit détruite jour après jour pendant que les autres détournent le regard.
Car le véritable dommage du harcèlement ne réside pas seulement dans ce qui est fait, mais dans tout ce qui est permis.
Défendre les victimes n’est pas une option, c’est un devoir moral qui nous définit en tant que société.
Ce que nous permettons nous définit aussi.
Et cela nous rend complices.
🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
O silêncio que dói mais do que os golpes
(Dia Internacional contra o Bullying Escolar)
Há coisas que durante demasiado tempo se quis fazer passar por normais quando, na realidade, são profundamente injustas e perigosas. O bullying é uma delas. Porquê? Porque não é uma brincadeira, não é apenas uma fase do crescimento, nem algo que desaparece por si só com o tempo. É uma forma de violência que atinge diretamente a dignidade de quem a sofre e que deixa marcas muitas vezes invisíveis, mas que permanecem durante anos. Por vezes, para sempre.
Quando falamos de bullying escolar, falamos de comportamentos repetidos ao longo do tempo, de humilhações constantes, de insultos, de isolamento, de agressões físicas ou desse rejeitamento silencioso que pode doer ainda mais do que um golpe. Pode assumir muitas formas, das mais evidentes às mais subtis, e hoje em dia estende-se também ao ambiente digital, onde o dano se amplifica porque não há descanso nem refúgio devido a uma exposição permanente vinte e quatro horas por dia.
Durante anos repetiu-se aquela frase tão perigosa de que são apenas coisas de crianças. Mas não é assim. Se muitos desses comportamentos fossem transportados para o mundo dos adultos, estaríamos sem dúvida a falar de crimes contra a integridade moral e, em certos casos, de condutas que poderiam enquadrar-se naquilo a que chamamos vulgarmente crimes de ódio. Se esta é a realidade, por que razão, quando acontece entre menores, se tende a minimizar ou a olhar para o lado? É desconhecimento, incapacidade, cobardia ou cumplicidade?
A infância e a adolescência são fases particularmente sensíveis. É nestes anos que se constroem a identidade, a autoestima e a forma como uma pessoa se relaciona com o mundo que a rodeia. Sofrer bullying nesse momento não é uma experiência passageira, é uma ferida que pode condicionar uma vida inteira. Ansiedade, depressão, insucesso escolar, isolamento social e até pensamentos autodestrutivos são algumas das consequências que têm sido documentadas de forma consistente.
Não, não estamos a falar de casos isolados. Organizações internacionais alertam há muito para a dimensão do problema. Um em cada três estudantes já sofreu algum tipo de bullying em algum momento. O ciberbullying continua a crescer e afeta uma proporção cada vez maior de jovens. São dados que nos deveriam levar a agir enquanto sociedade e que mostram que estamos perante uma realidade estrutural, não exceções. Ainda assim, o silêncio, aquele que dói mais do que os golpes, continua a prevalecer na grande maioria dos casos.
Certamente, a resposta muitas vezes não está à altura. Há escolas que não conseguem detetar atempadamente situações de bullying, professores que não dispõem de formação adequada e muitas famílias que não sabem como agir ou que desvalorizam o que está a acontecer. Mas não se trata de apontar o dedo de forma simplista, trata-se de reconhecer que existe uma responsabilidade partilhada por toda a sociedade. O problema não é apenas de quem pratica o bullying, mas também de quem permite que isso aconteça sem intervir. E quando isso acontece, quando mais uma vez os meios de comunicação noticiam a morte de um jovem que já não conseguiu suportar, então falhámos enquanto sociedade.
É verdade que detetar o bullying nem sempre é fácil. Muitas vítimas permanecem em silêncio por medo, por vergonha ou porque sentem que ninguém vai acreditar nelas. Por vezes, os sinais são muito subtis, mudanças de comportamento, tristeza, isolamento, recusa em ir à escola. Por isso, é fundamental estar atento, ouvir e criar ambientes onde falar não seja um risco, mas uma verdadeira possibilidade de validação e apoio.
Não basta condenar o bullying de forma genérica. É necessária educação para os valores desde os primeiros anos, é necessária empatia, é necessária intervenção precoce e aplicação eficaz de protocolos. É também necessário um compromisso firme das autoridades públicas, que ainda tarda em concretizar-se plenamente, e de toda a sociedade para deixar de normalizar aquilo que nunca deveria ter sido normal. Porque cada gesto de indiferença é, de certa forma, uma forma de cumplicidade que apenas perpetua e legitima ainda mais violência.
Não podemos permitir que o sofrimento de quem sofre bullying permaneça invisível. Nem podemos continuar a aceitar que a dignidade de alguém seja destruída dia após dia enquanto os outros olham para o lado.
Porque o verdadeiro dano do bullying não está apenas no que se faz, mas em tudo aquilo que se permite.
Defender as vítimas não é uma opção, é um dever moral que nos define enquanto sociedade.
Aquilo que permitimos também nos define.
E torna-nos cúmplices.