La Humanidad no se negocia

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🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Han pasado ya varios años desde que recibí amenazas por denunciar públicamente a grupos neonazis. Las fotos y los mensajes que me enviaban eran bastante claros al respecto. Me los enviaron a través de esa red social que volaba con alas de pájaro en libertad y que, desgraciadamente, cada vez está más llena de odio, un odio que debemos señalar y erradicar, con una «X».

Hoy, años más tarde, todo esto me lo ha recordado esa red social llena de “caras” que no han leído muchos “libros”. Pero si algo tengo claro hoy, con más experiencia y más perspectiva, es que mi posición no solo no ha cambiado, sino que se ha reforzado.

Sigo siendo, y seguiré siendo, un defensor firme de la Igualdad y de los Derechos Humanos de toda persona por el mero hecho de serlo. Sin excepciones, sin matices interesados y sin cálculos personales para conseguir algo que no sea producto de mi trabajo. 

Las amenazas, los insultos y el ruido no han desaparecido, los sigo recibiendo de vez en cuando. De hecho, el contexto digital actual ha sofisticado el anonimato (pero sin eliminarlo del todo), ha amplificado el odio y ha normalizado discursos que hace no tanto parecían impensables en espacios públicos. Pero que algo se escuche más alto no significa que sea más legítimo. Al contrario, solo hace más evidente la necesidad de luchar por nuestra democracia y por todo lo construido en las últimas décadas. 

Es verdad, a veces hacer según qué cosas es muy difícil. Por eso, quiero plantear, de nuevo, algunas preguntas que quizá muchos se hacen. Quizá así mucha gente entienda las razones por las que sigo aquí, “de pie”, luchando contracorriente, muy solo algunas veces y sin pedir ayuda a nadie. 

¿Me siento amenazado? Soy consciente de que una amenaza nunca debe banalizarse. La violencia, ya sea física o verbal, no es una broma y el odio organizado existe. Pero hace tiempo que decidí que eso no iba a afectarme ni a paralizarme. No permito que el miedo marque mis decisiones ni mi compromiso por defender la dignidad de toda persona, aunque sea muy distinta a mí. Obviamente, tomo precauciones cuando es necesario, actúo siempre con responsabilidad y, como demócrata y ciudadano, confío siempre en la Justicia y en el Estado de Derecho. Eso es todo.

¿Voy a rendirme? NUNCA. Jamás. Si algo he aprendido es que cada intento de intimidación confirma que la defensa de la Igualdad sigue siendo necesaria. Cuando alguien se enfada porque se cuestionan sus privilegios, no está defendiendo la libertad; lo que está haciendo es defender privilegios y las jerarquías injustas.

¿Por qué continúo? Por coherencia personal, sobre todo. Porque cuando bajamos la voz frente al odio, el odio ocupa más espacio. Porque los derechos que hoy damos por sentados costaron décadas, e incluso siglos, de lucha. Y porque hay personas que siguen siendo señaladas por ser, por amar, por sentir, por pensar o por tener un origen distinto. Y mientras eso ocurra, callar nunca podrá ser una opción. Lo último que hay que hacer frente a la violencia, al odio y a la discriminación es guardar silencio. Y yo nunca me quedaré callado.

¿Voy a cambiar mi forma de actuar? Pues depende. Ser prudente no es ser cobarde ni tomar medidas de precaución es retroceder. Pero ceder ante la intimidación y dejar de hacer lo que hago sí sería traicionar aquello en lo que creo. Y eso nunca va a ocurrir. NUNCA. 

¿Tengo miedo? A ver, soy humano. Claro que uno puede sentir miedo ante determinadas situaciones. Pero el miedo no puede gobernar nuestras vidas. Nuestras convicciones deben prevalecer siempre y pesar mucho más. Y mis convicciones personales nacen de una idea muy sencilla: la Igualdad no es una amenaza para nadie, sino una garantía para toda persona, sea quien sea. 

Por eso, defender los Derechos Humanos implica algo fundamental que no siempre se entiende. Y es que los Derechos Humanos también protegen a quienes los desprecian. Esa es su grandeza y su diferencia frente a las ideologías excluyentes. Los derechos humanos no se aplican según simpatía. Se aplican porque pertenecen a la condición humana y están directamente unidos a la dignidad humana inviolable e inherente de toda persona. 

Sí, es verdad, tengo que reconocerlo. No elegí el camino más cómodo. Defender los propios principios nunca lo es. Siempre hay momentos muy duros, de incomprensión y de mucho ruido alrededor. Pero también hay algo que el odio jamás podrá construir: un sentimiento de unión, de pertenencia y de comunidad.

Cada vez somos más quienes entendemos que la diversidad no debilita nada, sino que lo enriquece todo. Que la libertad no consiste en aplastar al diferente, sino en convivir con él desde el respeto a su dignidad y el reconocimiento de su persona. Que la fuerza de una sociedad no se mide por su poderío militar o por la riqueza de sus recursos, sino por cómo protege a quienes son más vulnerables.

Si algo tengo claro hoy es que una sola persona puede marcar la diferencia. No por heroísmo, sino por coherencia, por no mirar hacia otro lado y por no normalizar lo que es intolerable.

Y porque la Humanidad, en toda su riqueza y diversidad, sigue siendo nuestro mayor patrimonio.

Y eso, precisamente por eso, no se negocia.

Se defiende. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Humanity Is Not Up for Negotiation

Several years have now passed since I received threats for publicly denouncing neo Nazi groups. The photographs and messages they sent me were perfectly clear in their intent. They were sent through that social network which once flew freely on the wings of a bird and which, regrettably, is now increasingly filled with hatred, a hatred that must be identified and eradicated with an X.

Today, years later, all of this has been brought back to me by that social network full of faces that have not read many books. Yet if there is one thing I am certain of today, with greater experience and broader perspective, it is that my position has not merely remained unchanged, it has grown stronger.

I remain, and will continue to remain, a firm defender of Equality and of the Human Rights of every person simply by virtue of their being human. Without exceptions, without self serving nuances, and without personal calculations aimed at gaining anything that is not the result of my own work.

The threats, the insults and the noise have not disappeared. I still receive them from time to time. Indeed, the current digital landscape has refined anonymity without eliminating it altogether, amplified hatred, and normalised rhetoric that not so long ago would have seemed unthinkable in public spaces. But the fact that something is louder does not make it more legitimate. On the contrary, it only makes more evident the need to defend our democracy and everything that has been built over recent decades.

It is true that doing certain things can be very difficult. For that reason, I want once again to pose a few questions that many people may ask themselves. Perhaps in doing so, more people will understand why I am still here, standing firm, swimming against the current, at times very much alone and without asking anyone for help.

Do I feel threatened? I am fully aware that a threat must never be trivialised. Violence, whether physical or verbal, is no joke, and organised hatred exists. But some time ago I decided that it would neither affect me nor paralyse me. I do not allow fear to dictate my decisions or my commitment to defending the dignity of every person, however different they may be from me. Naturally, I take precautions when necessary, I always act responsibly and, as a democrat and a citizen, I place my trust in Justice and in the Rule of Law. That is all.

Will I give up? NEVER. Absolutely never. If I have learned anything, it is that every attempt at intimidation only confirms that the defence of Equality remains necessary. When someone becomes angry because their privileges are questioned, they are not defending freedom. They are defending privilege and unjust hierarchies.

Why do I continue? Above all, out of personal integrity. Because when we lower our voices in the face of hatred, hatred occupies more space. Because the rights we now take for granted were won through decades, even centuries, of struggle. And because there are still people who are singled out for who they are, for whom they love, for what they feel, for what they think, or for where they come from. While that remains the case, silence can never be an option. The very last thing to do in the face of violence, hatred and discrimination is to remain silent. And I will never remain silent.

Will I change the way I act? That depends. Being prudent is not cowardice, nor is taking precautionary measures a form of retreat. But yielding to intimidation and ceasing to do what I do would be a betrayal of what I believe in. And that will never happen. NEVER.

Am I afraid? I am human. Of course one can feel fear in certain situations. But fear must not govern our lives. Our convictions must always prevail and carry greater weight. And my convictions stem from a very simple idea: Equality is not a threat to anyone, but a guarantee for every person, whoever they may be.

For that reason, defending Human Rights entails something fundamental that is not always understood. Human Rights also protect those who despise them. That is their greatness and what distinguishes them from exclusionary ideologies. Human rights are not applied according to sympathy. They are applied because they belong to the human condition and are inseparably linked to the inviolable and inherent dignity of every person.

Yes, it is true, I must acknowledge it. I did not choose the easiest path. Defending one’s principles never is. There are difficult moments, moments of misunderstanding and of constant noise. Yet there is also something that hatred will never be able to build: a sense of unity, belonging and community.

More and more of us understand that diversity weakens nothing and enriches everything. That freedom does not consist in crushing those who are different, but in living alongside them with respect for their dignity and recognition of their personhood. That the strength of a society is not measured by its military might or the wealth of its resources, but by how it protects those who are most vulnerable.

If there is one thing I am certain of today, it is that a single person can make a difference. Not through heroism, but through integrity, through refusing to look the other way and through refusing to normalise what is intolerable.

Because Humanity, in all its richness and diversity, remains our greatest heritage.

And that, precisely for that reason, is not up for negotiation.

It is defended.

La educación afectivo-sexual en los institutos

Hay un dato que mucha gente desconoce o prefiere no mirar de frente. Sin embargo, cuando hablamos de libertad sexual, es necesario que sepamos que, en España, desde la reforma del Código Penal de 2015, la edad legal de consentimiento sexual está fijada en los 16 años. Es decir, la ley reconoce que a partir de esa edad una persona puede mantener relaciones sexuales consentidas. Pero claro, que algo sea legal no significa que todo el mundo esté preparado para hacerlo con cabeza, con información y con las herramientas emocionales suficientes. Y ahí es donde entra la educación afectivo-sexual y reproductiva. 

Aunque muchas veces creamos que así sea o intentemos que lo sea, nuestros hijos e hijas no viven en una burbuja. Tienen teléfonos móviles, redes sociales, acceso a pornografía con dos apenas dos clics y conversaciones que muchas veces se les escapan a los adultos que hay alrededor. Pensar que no hablar de sexo en el instituto va a retrasar que tengan relaciones es, sencillamente, vivir de espaldas a la realidad. Además, muchas veces se consigue el efecto contrario. ¿Por qué? Porque lo único que conseguimos callando es que aprendan a base de mitos, vídeos que nada tienen que ver con la realidad y comentarios de “colegas” que tampoco saben mucho más.

Obviamente, la educación afectivo-sexual no es enseñar “posturas” ni incitar a nadie a hacer nada. La educación afectivo-sexual es enseñar qué es el consentimiento de verdad, qué significa decir sí y qué significa decir no. Es explicar que el consentimiento no es el silencio, que no vale un simple “bueno…” dicho con miedo y que se puede cambiar de opinión en cualquier momento y parar. Todo esto, a partir de los 16 años, no es que sea opcional, es que es del todo imprescindible si verdaderamente queremos atajar un serio problema que, de no hacer nada, puede ir a peor. 

Porque el consentimiento legal existe, sí, pero el consentimiento real exige también madurez, autoestima y capacidad para poner límites y para respetarlos. Y eso no nace solo. Eso se trabaja, se aprende y se conversa. Si no lo hacemos en casa o dentro del aula con profesionales formados, lo aprenderán todo en el grupo de WhatsApp o en una web porno que les vende una idea distorsionada del sexo, donde no hay afecto, ni igualdad, ni respeto. Todo ahí es ficción y no un ejemplo a seguir. 

Por supuesto, la educación afectivo-sexual también es educación en igualdad. Se trata de desmontar la idea de que los chicos tienen que ir siempre “a por todas” y las chicas tienen que agradar o ceder. Es enseñar que nadie es propiedad de nadie, que los celos no son una prueba de amor y que controlar el móvil de tu pareja no es para nada romántico, sino una bandera roja enorme. Porque esto no va únicamente de sexo, sino también de tener relaciones sanas desde el respeto y el consentimiento. 

Pero hay algo todavía más importante que no podemos olvidar. Y es que una buena educación afectivo-sexual es una herramienta directa para reducir las agresiones sexuales en la adolescencia y también en la edad adulta. ¿Por qué? Porque cuando se trabaja de forma clara el concepto de consentimiento, cuando se explica que insistir no es ligar, que emborrachar a alguien para “tener más opciones” es violencia y que el silencio no es un sí, estamos cambiando mentalidades desde la base. Así que, prevenir no es solo castigar después, también es educar antes. Muchos comportamientos que hoy derivan en agresiones empiezan como dinámicas normalizadas de presión, de chantaje emocional o de cosificación, sobre todo de la mujer. Por tanto, si desmontamos todo eso en el aula, reducimos el riesgo en la calle.

Con todo lo anterior, también es clave que las posibles víctimas sepan identificar las situaciones de peligro y pidan ayuda a tiempo. Es decir, es necesario saber reconocer una relación abusiva, una coacción o una manipulación emocional, porque reconocerlo puede marcar la diferencia. Y, por supuesto, está la prevención de las infecciones de transmisión sexual. Poder hablar sin tabúes de preservativos, pruebas médicas, responsabilidad compartida o autocuidado, no supone ningún riesgo. Lo que hace es reducir los contagios y romper con la falsa idea de que “eso no me va a pasar a mí”. No olvidemos que la información no genera conductas de riesgo, lo que hace es reducirlas cada vez más. 

Hablar de salud es uno de los principales fines de la educación afectivo-sexual. Es necesario hablar de métodos anticonceptivos, de prevención de infecciones de transmisión sexual y de embarazos no deseados, porque esa es la realidad y va a seguir existiendo aunque se intente mirar hacia otro lado. Con una información clara, científica y adaptada a su edad los riesgos de contraer una ETS o de un embarazo no deseando se reducen muchísimo. Pero, más allá del aspecto únicamente físico, también está el lado emocional. Porque muchas primeras experiencias están cargadas de presión, de inseguridad y de miedo a “quedar mal”. Por eso, si no les damos herramientas, les dejamos solos frente a todo eso y al riesgo que la falta de información conlleva. 

Hay quien dice que estos temas deben tratarse solo en casa. Ojalá todas las familias pudieran hablar de sexualidad con naturalidad, sin tabúes y con información actualizada. Pero la realidad es que no siempre ocurre. Hay vergüenza, falta de tiempo, falta de conocimientos o directamente miedo a abordar el tema con chicos y chicas adolescentes. Pero, sin duda, el sistema educativo no sustituye a la familia, en todo caso la complementa. Y en cuestiones tan importantes, como lo es la educación afectivo-sexual, esa red compartida es fundamental para minimizar cualquier riesgo o saber abordar cualquier problema. 

A partir de los 16 años, cuando la ley ya reconoce capacidad para consentir relaciones, el Estado tiene una responsabilidad añadida. No basta con fijar una edad en el Código Penal. Hay que garantizar que ese consentimiento sea libre, informado y consciente. Porque si no, el papel aguanta todo, pero la vida real no. Por eso, educar en afectividad y sexualidad es también prevenir abusos y violencia sexual. Porque se trata de darles a los menores palabras para identificar las situaciones incómodas, para pedir ayuda y para reconocer que algo no está bien. Es enseñar que el respeto no se negocia, que no puede forzarse y que la libertad de la persona con la que estamos es tan importante como la propia. Y eso, lejos de ser una amenaza, es una garantía de convivencia y de respeto hacia los derechos de toda persona. 

Al final, la pregunta es sencilla: ¿preferimos jóvenes desinformados, aprendiendo a base de golpes y pantallas de contenido pornográfico, o jóvenes formados, críticos y capaces de decidir con criterio propio sabiendo lo que está bien y lo que está mal en una relación íntima? Porque la educación afectivo-sexual no adelanta nada que no vaya a llegar tarde o temprano, lo que hace es que la persona esté preparada para cuando ese momento llegue y pueda actuar de manera informada, consentida y libre.

Porque consentir no es solo poder decir que sí, también es saber por qué, para qué y hasta dónde. 

Y eso, si de verdad queremos protegerles, se enseña.

Y deben aprenderlo. 

Una deuda pendiente

Cuando hablamos de memoria histórica en España casi siempre pensamos en las fosas comunes, en “paseos” al amanecer, en exilios forzados a Francia o Argentina y en familias que todavía hoy buscan a sus seres queridos. Pensamos en la Guerra Civil, en la dictadura del genocida Franco, en el silencio impuesto durante décadas, incluso después de la muerte del dictador, y en la necesidad de reparar tanto dolor acumulado durante décadas. Y, sí, todo eso es verdad, todo eso es imprescindible. Pero también hay una parte de esa historia que durante mucho tiempo, durante décadas, ni siquiera apareció en los márgenes del relato oficial. Se trata de una parte incómoda, siempre invisibilizada y apartada incluso de los propios movimientos de memoria histórica y democrática. Por eso, desde el máximo respeto, quiero dedicar este texto a la memoria, casi siempre denostada deliberadamente, de las personas trans.

Durante años, mientras se construía el discurso de la memoria histórica en España, el foco siempre estuvo puesto en la represión política clásica. Se hablaba de militantes de izquierdas, de sindicalistas, de republicanos, de maestros depurados y de personas fusiladas o encarceladas por sus ideas. Era lógico empezar por ahí, porque la magnitud del horror durante la guerra y con la represión franquista era enorme. Pero ese enfoque dejó fuera de las reivindicaciones otras formas de persecución que también fueron sistemáticas, que también fueron crueles, inhumanas y que destrozaron vidas. Entre esas formas de persecución está la que sufrieron las personas trans.

No, no estamos hablando de casos aislados ni tampoco de anécdotas. Estamos hablando de personas que fueron detenidas, encarceladas, humilladas, golpeadas y medicalizadas a la fuerza por el simple hecho de existir. Bajo leyes como la de Vagos y Maleantes, reformada en 1954 para incluir a los homosexuales, y más tarde la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970, el régimen dictatorial franquista convirtió la identidad y la expresión de género en un motivo de persecución. Muchas mujeres trans fueron encerradas en cárceles de hombres. Muchas fueron enviadas a centros como el de Tefía, en Fuerteventura, donde la represión tenía un componente ejemplarizante y brutal. Se las consideraba peligrosas, desviadas, enfermas. Se las castigaba con formas de tortura inhumana para que sirvieran de advertencia. El mensaje era claro: “no tienes derecho a existir”

Y, sin embargo, cuando décadas después comenzamos a hablar de memoria histórica, sus nombres tampoco estaban. No aparecían en los libros de texto, no estaban en los actos institucionales y no formaban parte del imaginario colectivo de las víctimas de la dictadura franquista. Era como si hubieran sufrido en una dimensión paralela que no merecía ser recordada. Ese es el olvido sistemático del que hablamos. No se trata de un despiste ni tampoco de una casualidad. Se trata de un olvido que tiene que ver con la incomodidad social hacia las identidades trans, con la marginación histórica del colectivo y con una “transición” democrática, si es que, con el paso de los años, aún se la puede llamar así, que priorizó la estabilidad sobre la revisión profunda de todas las heridas. De todas. 

Durante la Transición se habló mucho del llamado “pacto del olvido”. Se asumió que para construir la democracia había que mirar hacia adelante y no remover demasiado el pasado. Pero aquella decisión política tuvo consecuencias. Muchas injusticias quedaron sin investigar, muchas víctimas no fueron reconocidas y, dentro de ese silencio general impuesto o autoimpuesto, hubo silencios todavía más profundos. Las personas trans ni siquiera tenían un espacio propio desde el que reclamar. Su lucha apenas estaba empezando, su visibilidad era mínima y el estigma seguía pesando demasiado en la sociedad, tanto como la losa que cubría la tumba del dictador y de otras altas autoridades del régimen. 

Pero todas esas historias existen, aunque no se cuenten. Algunas de esas historias han ido saliendo a la luz gracias al empeño de las propias protagonistas, que han alzado la voz, y de quienes han querido escucharlas. Ahí está el caso de Tania Navarro Amo. Nacida en 1956 en Barcelona, vivió su infancia y adolescencia en plena dictadura. Fue internada, sufrió abusos y represión por su identidad de género. Su autobiografía, La infancia de una transexual en la dictadura, no es solo un testimonio personal, sino también un documento histórico de primer orden. En sus páginas se describe el miedo constante, la violencia institucional imperante y el aislamiento. Tania estuvo también en la primera manifestación del Orgullo en Barcelona en 1977, poniendo el cuerpo cuando todavía era extremadamente peligroso hacerlo. Su vida desmonta esa idea de que las personas trans aparecieron de repente en democracia. Es falso, siempre estuvieron ahí, resistiendo y pagando un precio altísimo solo por existir y reivindicar su existencia. 

Otro ejemplo es el de Marcela Rodríguez Acosta, nacida en 1955 en La Palma. Fue detenida en varias ocasiones bajo la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. No por cometer delitos reales, sino por ser quien era. Marcela sufrió la persecución tanto en la dictadura como en los primeros años de la Transición. Participó en movilizaciones por la libertad sexual cuando la sociedad española todavía estaba aprendiendo a respirar sin miedo los aires de la democracia. Con el tiempo, su ciudad, Santa Cruz de Tenerife, le dedicó un espacio municipal como homenaje. Ese gesto simbólico es muy importante, pero también nos obliga a preguntarnos cuántas «Marcelas» ha habido y sigue habiendo que nunca recibieron ni recibirán reconocimiento alguno por la comunidad que les rodea.

Silvia Reyes, nacida en 1949 y fallecida en 2024, fue otra de esas pioneras. También participó en la histórica manifestación del Orgullo en Barcelona en 1977. Fue detenida bajo la dictadura y luchó durante décadas por los derechos del colectivo. En 2024 se anunció que recibiría la Medalla de Honor de Barcelona de manera póstuma. Que una ciudad reconozca oficialmente a una mujer trans represaliada es un paso enorme. Eso nadie lo duda, pero también evidencia que, muchas veces, el reconocimiento llega tarde, cuando las protagonistas ya no están para verlo, cuando ya no pueden disfrutarlo, cuando ya no podemos mirarles a los ojos y decirles: “GRACIAS”. 

Y no podemos olvidar a Trinidad Falcés, conocida como La Trini, nacida en 1942 y fallecida en 2022. Fue encarcelada en varias ocasiones durante el franquismo. Vivió la represión en primera persona y, tras la muerte de Franco, se implicó en el movimiento de liberación LGTBI. Con los años fue reconocida como víctima del franquismo y recibió premios por toda su trayectoria. Su vida conecta dos épocas diferentes. Por un lado, la del terror institucionalizado y, de otro, la de la lucha por la dignidad en democracia. Se trata, sin duda, de un puente entre el silencio impuesto y la dignidad recuperada.

No podemos hablar de memoria democrática y de dignidad trans sin mencionar a Mar Cambrollé. Activista histórica andaluza, mujer trans que vivió en primera persona la represión durante los últimos años del franquismo y la Transición, Mar fue detenida y perseguida bajo la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Pero lejos de rendirse, convirtió el miedo en lucha. Fue una de las fundadoras del Movimiento Homosexual de Acción Revolucionaria y ha dedicado su vida a exigir verdad, justicia y reparación para las personas trans represaliadas. Su activismo ha sido clave para que hoy exista un reconocimiento institucional más claro hacia las víctimas LGTBI de la dictadura. Mar no solo sobrevivió al silencio, lo rompió. Y lo hizo cuando todavía dolía demasiado hacerlo.

Junto a todos estos nombres es imprescindible recordar a Kim Pérez, una de las grandes pioneras del activismo trans en España. Profesora de Filosofía, mujer valiente y lúcida, Kim comenzó su transición en los años noventa cuando todavía el estigma era feroz y la incomprensión social prácticamente absoluta. Fue fundadora de la Asociación de Identidad de Género de Andalucía y se convirtió en una referencia ética e intelectual dentro del movimiento trans. No solo luchó por el reconocimiento legal, también defendió con firmeza la necesidad de un cambio cultural profundo, educativo y social. Kim representó la dignidad serena frente al insulto, la argumentación frente al prejuicio, la pedagogía frente al odio. Su figura demuestra que la memoria democrática no se construye solo con resistencia al pasado, sino también con pensamiento crítico y compromiso constante en el presente. Gracias a mujeres como ella, muchas personas trans pudieron encontrar referentes cuando casi no existían.

Y también es imprescindible nombrar a Manuela Saborido Muñoz, conocida públicamente como Manolita Chen, una de las figuras más valientes y combativas del activismo trans en España. Fue una de las primeras mujeres trans en conseguir la rectificación registral de su nombre y sexo en el DNI en los años ochenta, cuando hacerlo suponía enfrentarse a un sistema todavía profundamente hostil. Su historia es la de alguien que vivió la marginalidad, el rechazo y la exclusión en una España que apenas empezaba a sacudirse el miedo, pero que decidió no quedarse en la supervivencia individual. En 2021 se creó la Fundación Manuela Saborido “Manolita Chen”, destinada a preservar su legado y, sobre todo, a apoyar a personas LGTBI en situación de vulnerabilidad. Desde esa fundación se han impulsado iniciativas de acogida y colaboración institucional para ofrecer techo, acompañamiento y dignidad a quienes han sufrido expulsión familiar o precariedad extrema. Porque la memoria no es solo recordar lo que pasó, también es garantizar que quienes resistieron no vuelvan a quedarse solas. Y en eso, Manolita convirtió su propia historia en una herramienta de justicia social.

Y si hablamos de abrir camino en democracia, el nombre de Carla Antonelli es imprescindible. Actriz, activista y hoy senadora, Carla fue la primera mujer trans diputada en una asamblea legislativa en España, y con el tiempo ha seguido ampliando ese espacio hasta ocupar un escaño en el Senado. Su trayectoria no se entiende sin décadas de lucha previa, de exposición pública, de debates constantes y de un desgaste personal enorme en un país que durante mucho tiempo cuestionó incluso la legitimidad de su identidad. Fue una de las impulsoras fundamentales de las leyes de identidad de género y ha estado en primera línea defendiendo que los derechos trans no son privilegios ni concesiones, sino derechos humanos básicos. Su presencia en las instituciones no es solo un logro individual, es la materialización de una conquista colectiva. Es la demostración de que aquellas personas que fueron perseguidas por existir ahora participan en la construcción de las leyes que garantizan la libertad de las generaciones futuras. Carla representa el tránsito del miedo al altavoz, del margen al centro, del silencio impuesto a la palabra con voz propia en el corazón mismo del Estado democrático.

Pero, incluso en democracia, la violencia siguió golpeando. El asesinato de Sonia Rescalvo Zafra en 1991 en el parque de la Ciutadella de Barcelona, a manos de un grupo neonazi, fue un acto brutal de esa transfobia que no desapareció con la Constitución. Sonia vivía en la calle y fue atacada por ese odio criminal que le arrebató la vida. Su muerte conmocionó a buena parte de la sociedad y, con el tiempo, recibió su homenaje con una glorieta del parque que lleva su nombre. Es verdad que los homenajes son importantes, pero también tenemos que recordar la fragilidad de las vidas trans, de cómo la exclusión social, la pobreza, la violencia  y el odio se entrelazan.

Todos estos nombres están de sobra documentados. Sus historias han sido recogidas en libros, en medios de comunicación y en reconocimientos institucionales. No son invenciones ni tampoco exageraciones, porque son parte de nuestra historia reciente. Y, sin embargo, durante mucho tiempo no formaron parte del relato central de la memoria histórica y democrática de este país.

En 2022, con la aprobación de la Ley de Memoria Democrática, se dio un paso significativo al incorporar explícitamente a las personas LGTBI como víctimas de la represión durante la dictadura franquista. Se reconoció de manera clara la persecución por orientación sexual e identidad de género, se abrió la puerta a reparaciones y a un reconocimiento institucional más amplio y se impulsaron actos, exposiciones y jornadas para la recuperación de la memoria trans, como iniciativas universitarias y municipales, que daban luz a todas estas experiencias sacándolas de la oscuridad de un pasado que les fue borrado. Todo eso no es solo positivo, también es necesario y, lo más importante, es justo. ¿Por qué? Porque supone devolver la dignidad a quienes vieron cómo les fue arrancada y pisoteada durante décadas. 

Así que la pregunta más incómoda sigue ahí. ¿Por qué hemos tardado tanto? ¿Por qué durante décadas la memoria de las personas trans no ha sido considerada prioritaria? Parte de la respuesta tiene que ver aún con el estigma. Las personas trans han estado históricamente en los márgenes de la sociedad, asociadas a la prostitución, a la marginalidad y a la noche. Muchas fueron expulsadas de sus familias, del sistema educativo y del mercado laboral. Sin redes de apoyo, sin capital social y sin altavoces. Cuando se empezó a hablar de memoria histórica, quienes tenían más capacidad para organizarse y presionar ocuparon todo el espacio. Y, en ese aspecto, tal vez pueda ser comprensible, porque cuando no se tiene voz o está silenciada, no se tiene posibilidad de alzarla y ocupar el espacio que corresponde por derecho propio. Pero eso en absoluto elimina la deuda que la sociedad tiene con la memoria de las personas trans.

También hay que decir algo muy claro. La memoria no es una competición de víctimas. No se trata de restar importancia a unas para dársela a otras. No, no se trata de eso. Se trata de entender que la represión durante la dictadura franquista fue múltiple, que tuvo muchas caras y que afectó de maneras distintas a diferentes colectivos. Por eso, si queremos una memoria democrática de verdad, tiene que ser necesariamente inclusiva. Tiene que reconocer todas las formas de violencia institucional que se ejercieron. Y la persecución por identidad de género hacia las personas trans fue, sin duda, una de ellas.

Hablar de todo esto en un lenguaje cercano no significa simplificar el dolor. Significa asumir que la historia no es solo cosa de estudios académicos, informes de investigación y archivos bibliográficos. Todo esto nos atraviesa aún y nos marca como sociedad. ¿Por qué? Porque cuando una mujer trans era detenida por la policía por llevar ropa femenina, cuando era sistemáticamente insultada, golpeada o encerrada en una celda por ser considerada peligrosa, el Estado estaba enviando un mensaje muy claro: “no tienes derecho a existir, porque tu existencia es un delito”. Y ese mensaje deja cicatrices muy profundas. No solo en quienes lo sufrieron directamente, sino en las generaciones posteriores que crecieron con ese mismo miedo heredado en un contexto de violencia, odio y discriminación hacia las personas trans que, desgraciadamente, no ha desaparecido. 

Recuperar todas estas historias de las personas trans que sufrieron la persecución y la represión franquista no es un capricho ideológico. Quien diga eso lo único que hace es hablar desde el cinismo más despreciable. Todo esto es un acto de justicia, verdad y reparación. Se trata de decirles a Tania, a Marcela, a Silvia, a La Trini, a Sonia, a Mar, a Carla y a tantas otras que todo su sufrimiento no fue invisible, que su lucha no ha sido en vano y que forman parte de nuestra sociedad. Decir todo esto, reconociendo la historia y a sus protagonistas, es también una forma de proteger el presente. Porque cuando una sociedad olvida a quienes fueron perseguidas por ser diferentes, corre el riesgo de repetir los patrones de la exclusión, de la violencia, del odio y de la discriminación. 

La memoria histórica y democrática nunca pueden ser selectivas. No pueden limitarse a lo que resulta más cómodo o más fácil de integrar y explicar en el relato oficial del Estado. Tiene que ser valiente y atreverse a mirar donde más duele. Durante mucho tiempo mirar hacia las personas trans ha dolido a una sociedad que prefería no cuestionar ciertos prejuicios. Pero hoy tenemos más instrumentos de reconocimiento, más conciencia democrática y más responsabilidad como ciudadanía.

Como sociedad, nos corresponde escuchar, leer esas autobiografías y conocer esos nombres. Tenemos que entender que la libertad que hoy damos por sentada fue conquistada también por las personas trans que se jugaron la vida en manifestaciones cuando todavía podían acabar en comisaría o tener un fin mucho peor. Por eso, nos corresponde exigir que las políticas públicas de memoria incluyan de manera clara y efectiva todas estas historias, que se investiguen en los archivos policiales para que se sepa la verdad, que se lleven a cabo todos los actos de reparación que sean necesarios y que se incorpore toda esta realidad, toda esta verdad histórica, en la educación. Solo así las próximas generaciones podrán ser conscientes de que la lucha por las libertades que ahora disfrutan, y que nunca hay que darla por ganada, también lleva sus nombres. 

La memoria histórica y democrática no son solo temas del pasado. También son el presente y el futuro, porque son la base sobre la que construimos nuestra idea de justicia, de igualdad, de libertad y de dignidad. Y porque una democracia que deja fuera a quienes fueron perseguidas por su identidad está incompleta y, por tanto, no puede denominarse como una verdadera democracia. 

La memoria histórica y la memoria democrática serán trans o no serán verdaderamente ni históricas ni tampoco democráticas. Solo cuando todas las vidas que fueron humilladas, encarceladas y asesinadas por ser quienes eran ocupen el lugar que les corresponde en nuestra historia común, podremos decir, con la frente muy alta, que hemos aprendido de nuestro pasado y que vivimos en una sociedad claramente democrática. 

Necesitamos una sociedad en la que todas las víctimas de la dictadura franquista sean reconocidas, validadas, recordadas y dignificadas. 

Porque ya no hay más excusas para el silencio.

Hoy podemos contar sus historias. 

Ya sabemos sus nombres.