Entre la condena y la tibieza

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Hay temas en los que la sociedad siempre avanza más rápido que las instituciones. Y luego está el caso de las denominadas “terapias de conversión”, donde la evidencia científica, el consenso profesional y los derechos humanos llevan años diciendo lo mismo mientras la política va dando pasos cortos, dubitativos y, a veces, desesperadamente lentos.

Para entender bien el debate hay que empezar por lo más básico. Las llamadas “terapias de conversión” no son terapias en absoluto. No curan nada porque la orientación sexual o la identidad de género no son enfermedades. Son prácticas, muchas veces encubiertas bajo lenguaje religioso, psicológico o de “acompañamiento espiritual”, cuyo objetivo es intentar modificar la orientación o identidad de una persona. Y eso, en la práctica, significa presión, culpabilización, manipulación emocional y, en muchos casos, un auténtico daño a nivel físico y psicológico.

A modo de ejemplo, en España, aunque el Código Penal no menciona expresamente estas prácticas, sí existen figuras jurídicas que podrían aplicarse en determinados casos. Dependiendo de cómo se desarrollen, podrían encajar en delitos contra la integridad moral, coacciones, lesiones psíquicas o trato degradante. Incluso en escenarios extremos, si hay sufrimiento grave y sistemático, algunos juristas han planteado que podrían rozar supuestos muy graves de vulneración de derechos fundamentales, es decir, de prácticas de tortura.

El problema es precisamente ese, que todo depende del encaje. No hay un tipo penal específico que diga de forma clara “esto es delito”. Y cuando algo tan grave depende de interpretaciones, lo que aparece es inseguridad jurídica, dificultades probatorias y, en la práctica, una protección desigual. No es lo mismo un caso evidente de abuso en un entorno cerrado que una supuesta “terapia” disfrazada de acompañamiento religioso o “coaching emocional”. Y esa ambigüedad juega a favor de quienes realizan estas prácticas totalmente aberrantes. Por eso, muchos juristas (entre los que me incluyo), asociaciones profesionales y organizaciones de derechos humanos llevan años pidiendo algo bastante sencillo de entender y que no es otra cosa sino una prohibición clara, expresa y específica. No porque el sistema no tenga herramientas, sino porque esas herramientas son insuficientes cuando el fenómeno se camufla con tanta facilidad.

De forma paralela, otros organismos internacionales han sido bastante contundentes. La Organización Mundial de la Salud dejó claro hace décadas que la homosexualidad no es una enfermedad, desmontando el único supuesto “fundamento” que estas prácticas dicen tener. Y tanto Naciones Unidas como el Consejo de Europa han advertido en repetidas ocasiones de los efectos profundamente dañinos de estas prácticas, llegando a relacionarlas con tratos degradantes e incluso formas de violencia psicológica grave y actos de tortura.

Bajo ese contexto, era lógico pensar que la Unión Europea daría un paso firme y contundente. Pero aquí es donde empieza la parte más frustrante del asunto. La Comisión Europea ha condenado públicamente las terapias de conversión y ha afirmado que no tienen cabida en la Unión. Eso, sobre el papel, suena muy bien porque supone una posición clara. Pero cuando se analiza la decisión concreta, la realidad es bastante distinta. Porque LO QUE HA HECHO LA COMISIÓN ES RECHAZAR EL IMPULSO DE UNA PROHIBICIÓN LEGAL VINCULANTE A NIVEL EUROPEO, es decir, de una norma que obligue a todos los Estados miembros a prohibir estas prácticas de forma homogénea y clara en toda la Unión Europea. 

En su lugar, ha optado por una recomendación no vinculante, con la promesa de volver al tema en el futuro, quizá en 2027. Y aquí es donde aparece el problema de fondo. ¿Por qué? Porque la diferencia esencial en todo esto está entre, por un lado, condenar algo y, por otro, actuar de forma efectiva contra aquello que se condena. Porque una recomendación, por muy bien redactada que esté, no obliga a nada, no armoniza legislaciones ni tampoco genera un estándar común de protección. Por tanto, no evita que haya países dentro de la propia Unión donde estas prácticas sigan sin una prohibición específica o donde la persecución sea más débil o inexistente.

La Comisión Europea, como institución comunitaria, se ampara en argumentos de competencia jurídica y en la dificultad política de ampliar el llamado “catálogo de eurodelitos”. Es cierto que el Derecho penal sigue siendo una competencia muy sensible de los Estados porque se considera un asunto propio de la “soberanía del Estado”. Por eso, cualquier avance en este terreno requiere consenso y esto en la Unión Europea no siempre es fácil, especialmente en temas sociales.

Es justo aquí donde la postura adoptada por la Comisión empieza a chirriar. Cuando una institución europea de más alto nivel reconoce que algo es gravemente dañino, pero decide no actuar con la contundencia necesaria porque “es complicado políticamente”, lo que transmite es una forma de prudencia que roza la inacción. Dicho de otra manera, la forma de actuar de la Comisión Europea ha sido como una especie de actuación “a medio gas”. Y en temas de derechos humanos, ir «a medio gas» no es neutral, sino una posición en sí misma. Porque mientras se debate, mientras se redactan recomendaciones y mientras se esperan futuros informes, estas prácticas siguen existiendo y siguen afectando a personas, muchas de ellas menores de edad, en contextos religiosos, familiares o sociales muy duros donde el rechazo y la presión son muy difíciles de resistir.

La consecuencia de todo esto es que, una vez más, el resultado es una Europa desigual. Algunos países han avanzado hacia prohibiciones mucho más claras o amplias, otros han optado por regulaciones administrativas y otros prácticamente no tienen mecanismos específicos para abordar estas prácticas. Esa fragmentación de criterios crea un mapa de protección muy irregular dentro de un mismo espacio político que se presenta como “garante de derechos fundamentales”. Y ahí está la contradicción principal e incomprensible. Porque si la Unión Europea se define a sí misma como un espacio de valores, de derechos y de dignidad humana, cuando llega el momento de convertir esos valores en normas concretas, vinculantes y homogéneas, no puede actuar desde una cautela excesiva, el cálculo político quirúrgicamente estudiado o la mera renuncia a una armonización que es totalmente necesaria. No se trata de negar la complejidad institucional del sistema europeo, porque es evidente que no todo puede legislarse desde Bruselas de forma automática, pero también es evidente que hay ámbitos donde la fragmentación legal deja huecos extremadamente peligrosos. Y las terapias de conversión son uno de esos casos.

Hay que recordar que no estamos hablando de una cuestión simbólica o de un debate cultural abstracto o complejo, sino de prácticas que buscan modificar a las personas desde la negación de su propia identidad, con consecuencias psicológicas documentadas y con un historial ampliamente criticado por la comunidad científica. Por eso, la sensación que deja la decisión de la Comisión es my incómoda. Y no por lo que dice, sino por lo que evita decir con claridad jurídica. 

Reconocer la existencia del problema sin dotarlo de una respuesta normativa fuerte es, en la práctica, dejarlo en una zona gris. Y las zonas grises, en derechos fundamentales, casi nunca juegan a favor de quien está en situación de vulnerabilidad. Es más, para muchas personas es cuestión de vida o muerte, porque no son pocos los casos de situaciones de suicidio o muerte involuntaria (o no) de personas que han sido sometidas a este tipo de, digámoslo claramente, torturas (me niego a usar la palabra «terapia»). 

Así que, el debate ya no es solo si la Unión Europea debe o no legislar sobre esto, sino qué significa realmente erigirse como protectora de los derechos humanos en un espacio común para luego permanecer en un segundo plano para no provocar roces que puedan poner en juego la estabilidad de la Unión a costa de los derechos de aquellas personas que tienen derecho absoluto a ser, a existir y amar libremente. Así que, si la respuesta es que la protección real va a depender del país donde te toque vivir, entonces el concepto mismo de ciudadanía europea se queda cojo o, tal vez, ni siquiera existe más allá de la libre circulación de capitales, bienes y servicios.

Al final, queda una gran pregunta flotando en el aire. Y esa pregunta no es otra que si sabemos que estas prácticas son dañinas, si existe consenso científico, si existen denuncias constantes y si los organismos internacionales llevan años alertando, ¿qué justifica exactamente seguir esperando? ¿Cuántas personas en Europa han de sufrir e, incluso, morir con motivo de estas prácticas? ¿Por qué no se protege a toda la población europea por igual de cualquier acto degradante y de tortura?

A veces, lo que se presenta como prudencia institucional no es más que una forma elegante de no querer llegar del todo. Y cuando hablamos de derechos humanos, el tiempo no es neutral. Cada retraso tiene consecuencias reales.

Entre la dignidad reconocida y la protección incompleta se juega la diferencia entre decir lo correcto y hacerlo de verdad. Y Europa no puede seguir mirando de perfil.

La protección de los derechos fundamentales no admite excusas.

Y la dignidad no puede esperar.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Between Condemnation and Half Measures

There are some issues where society always moves faster than institutions. Then there is the case of so called “conversion therapies”, where scientific evidence, professional consensus and human rights organisations have spent years saying exactly the same thing while politics continues to move in short, hesitant and, at times, desperately slow steps.

To properly understand this debate, it is necessary to begin with the very basics. So called “conversion therapies” are not therapies at all. They cure nothing because sexual orientation and gender identity are not illnesses. They are practices, often disguised through religious, psychological or “spiritual guidance” language, whose objective is to alter a person’s orientation or identity. In practice, this means pressure, guilt, emotional manipulation and, in many cases, genuine physical and psychological harm.

By way of example, in Spain, although the Criminal Code does not explicitly mention these practices, there are legal provisions that could apply in certain cases. Depending on how they are carried out, they could fall under offences against moral integrity, coercion, psychological injury or degrading treatment. In extreme situations, where severe and systematic suffering is involved, some legal scholars have argued that such practices could verge on very serious violations of fundamental rights, in other words, acts amounting to torture.

That is precisely the problem because everything depends on legal interpretation. There is no specific criminal offence clearly stating that “this is a crime”. And when something this serious depends on interpretation, the result is legal uncertainty, evidential difficulties and, in practice, unequal protection. An obvious case of abuse in a closed environment is not the same as a supposed “therapy” disguised as religious counselling or “emotional coaching”. And that ambiguity works in favour of those who carry out these utterly abhorrent practices. That is why many legal scholars, myself included, professional associations and human rights organisations have spent years calling for something relatively simple and entirely reasonable, namely a clear, explicit and specific prohibition. Not because the legal system lacks tools, but because those tools are insufficient when the phenomenon can so easily disguise itself.

At the same time, other international organisations have been remarkably clear. The World Health Organisation made it clear decades ago that homosexuality is not an illness, dismantling the only supposed “foundation” these practices claim to have. Both the United Nations and the Council of Europe have repeatedly warned about the profoundly harmful effects of these practices, even linking them to degrading treatment, severe psychological violence and acts of torture.

Against this background, it was logical to believe that the European Union would take a firm and decisive step forward. Yet this is where the most frustrating part of the matter begins. The European Commission has publicly condemned conversion therapies and stated that they have no place within the Union. On paper, that sounds very positive because it represents a clear position. However, once the actual decision is examined, the reality looks rather different. WHAT THE COMMISSION HAS DONE IS REJECT THE PUSH FOR A BINDING LEGAL BAN AT EUROPEAN LEVEL, in other words, a law that would require every Member State to prohibit these practices clearly and uniformly throughout the European Union.

Instead, it has chosen a non binding recommendation, accompanied by a promise to revisit the matter in the future, perhaps in 2027. And this is where the core problem emerges. Why? Because there is a fundamental difference between condemning something and genuinely acting against it. A recommendation, no matter how carefully written, imposes no obligation, harmonises no legislation and creates no common standard of protection. Consequently, it does nothing to prevent there being countries within the Union where these practices still lack a specific prohibition or where enforcement remains weak or entirely absent.

The European Commission, as a European institution, justifies its position through arguments relating to legal competence and the political difficulty of expanding the so called “catalogue of Eurocrimes”. It is true that criminal law remains an extremely sensitive area for Member States because it is considered closely linked to national sovereignty. That is why any progress in this field requires consensus, and within the European Union consensus is not always easy to achieve, particularly on social matters.

This is precisely where the Commission’s position begins to ring hollow. When a leading European institution recognises that something is profoundly harmful, yet chooses not to act decisively because it is “politically complicated”, what it conveys is a form of caution bordering on inaction. Put more plainly, the European Commission’s response has amounted to little more than operating at half speed. And when it comes to human rights, operating at half speed is not neutral. It is a position in itself. While debates continue, while recommendations are drafted and while future reports are awaited, these practices continue to exist and continue to affect people, many of them minors, in harsh religious, family or social environments where rejection and pressure can be incredibly difficult to withstand.

The consequence of all this is that, once again, the result is an unequal Europe. Some countries have moved towards much clearer or broader prohibitions, others have opted for administrative regulations and others still have virtually no specific mechanisms for addressing these practices. This fragmentation creates an extremely uneven landscape of protection within a single political space that presents itself as a “guarantor of fundamental rights”. And therein lies the main and deeply incomprehensible contradiction. If the European Union defines itself as a space built upon values, rights and human dignity, then when the time comes to transform those values into concrete, binding and uniform laws, it cannot act through excessive caution, surgically calculated political convenience or simple refusal to pursue the harmonisation that is clearly necessary. This is not about denying the institutional complexity of the European system, because it is obvious that not everything can be legislated automatically from Brussels. However, it is equally obvious that there are areas where legal fragmentation leaves extremely dangerous gaps. Conversion therapies are unquestionably one of those cases.

It must be remembered that we are not talking about a symbolic issue or some abstract cultural debate. We are talking about practices designed to alter people through the denial of their very identity, practices whose psychological consequences are well documented and whose history has been widely condemned by the scientific community. That is why the Commission’s decision leaves such a profoundly uncomfortable feeling behind. Not because of what it says, but because of what it avoids saying with legal clarity.

Recognising the existence of a problem without providing a strong legal response effectively leaves it trapped within a grey area. And grey areas in matters of fundamental rights rarely favour those in vulnerable situations. Indeed, for many people this is literally a matter of life and death, because there have been numerous cases involving suicide or the involuntary, or perhaps not entirely involuntary, deaths of people subjected to what should quite plainly be called torture. I refuse to call it “therapy”.

Therefore, the debate is no longer simply about whether the European Union should legislate on this matter. The real question is what it truly means to present oneself as a defender of human rights within a common European space, only to remain in the background in order to avoid tensions that might threaten the Union’s stability at the expense of people who possess an absolute right to be themselves, to exist and to love freely. If real protection ultimately depends on the country in which one happens to live, then the very concept of European citizenship becomes incomplete or perhaps does not truly exist beyond the free movement of capital, goods and services.

In the end, one great question continues to hang in the air. If we know these practices are harmful, if scientific consensus exists, if complaints continue to emerge and if international organisations have spent years sounding the alarm, what exactly justifies continuing to wait? How many people in Europe must suffer or even die because of these practices? Why is the entire European population not protected equally against degrading treatment and torture?

Sometimes what is presented as institutional prudence is nothing more than an elegant way of refusing to go far enough. And when we speak about human rights, time is never neutral. Every delay carries real consequences.

Between recognised dignity and incomplete protection lies the difference between merely saying the right thing and genuinely doing it. And Europe cannot continue looking the other way.

The protection of fundamental rights admits no excuses.

And dignity cannot wait.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Tra la condanna e la tiepidezza

Ci sono temi nei quali la società avanza sempre più rapidamente delle istituzioni. E poi c’è il caso delle cosiddette “terapie di conversione”, in cui le prove scientifiche, il consenso professionale e i diritti umani ripetono la stessa cosa da anni mentre la politica continua a procedere con passi piccoli, esitanti e, a volte, disperatamente lenti.

Per comprendere davvero questo dibattito bisogna partire dalle basi. Le cosiddette “terapie di conversione” non sono affatto terapie. Non curano nulla perché l’orientamento sessuale o l’identità di genere non sono malattie. Si tratta di pratiche spesso mascherate attraverso linguaggi religiosi, psicologici o di “accompagnamento spirituale”, il cui obiettivo è modificare l’orientamento o l’identità di una persona. E questo, nella pratica, significa pressione, colpevolizzazione, manipolazione emotiva e, in molti casi, un autentico danno fisico e psicologico.

A titolo di esempio, in Spagna, anche se il Codice Penale non menziona espressamente queste pratiche, esistono comunque figure giuridiche che potrebbero essere applicate in determinati casi. A seconda di come vengono realizzate, potrebbero rientrare nei reati contro l’integrità morale, nelle coercizioni, nelle lesioni psichiche o nei trattamenti degradanti. In scenari estremi, qualora vi sia una sofferenza grave e sistematica, alcuni giuristi hanno persino sostenuto che queste pratiche possano avvicinarsi a gravissime violazioni dei diritti fondamentali, vale a dire vere e proprie pratiche di tortura.

Il problema è proprio questo perché tutto dipende dall’interpretazione giuridica. Non esiste una fattispecie penale specifica che affermi chiaramente “questo è un reato”. E quando qualcosa di così grave dipende dalle interpretazioni, ciò che emerge è incertezza giuridica, difficoltà probatorie e, nella pratica, una protezione diseguale. Non è la stessa cosa un caso evidente di abuso in un ambiente chiuso rispetto a una presunta “terapia” mascherata da accompagnamento religioso o da “coaching emotivo”. E questa ambiguità favorisce coloro che portano avanti pratiche totalmente aberranti. Per questo motivo molti giuristi, tra cui io stesso, associazioni professionali e organizzazioni per i diritti umani chiedono da anni qualcosa di piuttosto semplice da comprendere, ossia un divieto chiaro, esplicito e specifico. Non perché il sistema giuridico sia privo di strumenti, ma perché tali strumenti risultano insufficienti quando il fenomeno riesce a mimetizzarsi con tanta facilità.

Parallelamente, altri organismi internazionali sono stati estremamente chiari. L’Organizzazione Mondiale della Sanità ha stabilito già decenni fa che l’omosessualità non è una malattia, demolendo così l’unico presunto “fondamento” su cui queste pratiche pretendono di basarsi. Inoltre, sia le Nazioni Unite sia il Consiglio d’Europa hanno avvertito ripetutamente degli effetti profondamente dannosi di queste pratiche, arrivando a collegarle a trattamenti degradanti e persino a forme di grave violenza psicologica e atti di tortura.

In questo contesto era logico pensare che l’Unione Europea avrebbe compiuto un passo fermo e deciso. Ed è proprio qui che comincia la parte più frustrante della questione. La Commissione Europea ha condannato pubblicamente le terapie di conversione e ha dichiarato che non hanno posto all’interno dell’Unione. Sulla carta, tutto ciò suona molto bene perché rappresenta una posizione chiara. Tuttavia, quando si analizza la decisione concreta, la realtà appare piuttosto diversa. PERCHÉ CIÒ CHE HA FATTO LA COMMISSIONE È STATO RESPINGERE L’IMPULSO VERSO UN DIVIETO GIURIDICO VINCOLANTE A LIVELLO EUROPEO, vale a dire una norma che obblighi tutti gli Stati membri a proibire queste pratiche in maniera omogenea e chiara in tutta l’Unione Europea.

Al suo posto, la Commissione ha scelto una raccomandazione non vincolante, accompagnata dalla promessa di tornare sulla questione in futuro, forse nel 2027. Ed è qui che emerge il problema centrale. Perché esiste una differenza fondamentale tra condannare qualcosa e agire realmente contro ciò che si condanna. Una raccomandazione, per quanto ben scritta possa essere, non obbliga a nulla, non armonizza le legislazioni e non crea nemmeno uno standard comune di protezione. Di conseguenza, non impedisce che vi siano Paesi all’interno della stessa Unione in cui queste pratiche continuano a non avere un divieto specifico oppure in cui la repressione rimane debole o inesistente.

La Commissione Europea, in quanto istituzione comunitaria, giustifica la propria posizione appellandosi a questioni di competenza giuridica e alla difficoltà politica di ampliare il cosiddetto “catalogo degli eurocrimini”. È vero che il diritto penale continua a essere una competenza estremamente sensibile per gli Stati membri perché viene considerato una materia legata alla “sovranità dello Stato”. Per questo motivo qualsiasi progresso in questo ambito richiede consenso, e nell’Unione Europea il consenso non è sempre facile da raggiungere, soprattutto sui temi sociali.

Ed è proprio qui che la posizione adottata dalla Commissione comincia a risultare stonata. Quando un’istituzione europea di massimo livello riconosce che qualcosa è gravemente dannoso, ma decide di non agire con la necessaria fermezza perché “politicamente complicato”, ciò che trasmette è una forma di prudenza che sfiora l’inazione. Detto in maniera più diretta, il comportamento della Commissione Europea è stato una sorta di atteggiamento “a metà”. E in materia di diritti umani andare “a metà” non è affatto neutrale, ma rappresenta una posizione ben precisa. Perché mentre si discute, mentre si redigono raccomandazioni e mentre si attendono futuri rapporti, queste pratiche continuano a esistere e continuano a colpire persone, molte delle quali minorenni, all’interno di contesti religiosi, familiari o sociali estremamente duri, nei quali il rifiuto e la pressione risultano molto difficili da sopportare.

La conseguenza di tutto ciò è che, ancora una volta, il risultato è un’Europa diseguale. Alcuni Paesi hanno adottato divieti molto più chiari o ampi, altri hanno scelto regolamentazioni amministrative e altri ancora non dispongono praticamente di alcun meccanismo specifico per affrontare queste pratiche. Questa frammentazione crea una mappa di protezione estremamente irregolare all’interno di uno stesso spazio politico che si presenta come “garante dei diritti fondamentali”. Ed è qui che risiede la contraddizione principale e più incomprensibile. Perché se l’Unione Europea definisce sé stessa come uno spazio fondato sui valori, sui diritti e sulla dignità umana, allora nel momento in cui occorre trasformare tali valori in norme concrete, vincolanti e omogenee, non può agire attraverso un’eccessiva cautela, calcoli politici chirurgicamente studiati o la semplice rinuncia a un’armonizzazione che è assolutamente necessaria. Non si tratta di negare la complessità istituzionale del sistema europeo, perché è evidente che non tutto può essere legiferato automaticamente da Bruxelles, ma è altrettanto evidente che esistono ambiti nei quali la frammentazione giuridica lascia spazi estremamente pericolosi. E le terapie di conversione rappresentano senza dubbio uno di questi casi.

Bisogna ricordare che non stiamo parlando di una questione simbolica o di un dibattito culturale astratto o complesso, ma di pratiche che cercano di modificare le persone attraverso la negazione della loro stessa identità, con conseguenze psicologiche documentate e con una storia ampiamente criticata dalla comunità scientifica. Per questo motivo la sensazione lasciata dalla decisione della Commissione è profondamente scomoda. E non per ciò che afferma, ma per ciò che evita di affermare con chiarezza giuridica.

Riconoscere l’esistenza del problema senza dotarlo di una risposta normativa forte significa, nella pratica, lasciarlo in una zona grigia. E le zone grigie, quando si parla di diritti fondamentali, quasi mai favoriscono chi si trova in una situazione di vulnerabilità. Anzi, per molte persone si tratta letteralmente di una questione di vita o di morte, perché non sono pochi i casi di suicidio o di morte involontaria, o forse non del tutto involontaria, di persone sottoposte a questo tipo di, diciamolo chiaramente, torture. Mi rifiuto di utilizzare la parola “terapia”.

Di conseguenza, il dibattito non riguarda più soltanto il fatto che l’Unione Europea debba o meno legiferare su questo tema. La vera questione è comprendere cosa significhi realmente ergersi a protettrice dei diritti umani in uno spazio comune e poi restare in secondo piano per evitare tensioni che potrebbero mettere a rischio la stabilità dell’Unione a discapito dei diritti di quelle persone che hanno il diritto assoluto di essere sé stesse, di esistere e di amare liberamente. Perciò, se la protezione reale dipende dal Paese in cui si ha la fortuna o la sfortuna di vivere, allora il concetto stesso di cittadinanza europea rimane incompleto oppure, forse, non esiste davvero al di là della libera circolazione di capitali, beni e servizi.

Alla fine rimane sospesa nell’aria una grande domanda. E quella domanda è questa. Se sappiamo che queste pratiche sono dannose, se esiste un consenso scientifico, se continuano a emergere denunce e se gli organismi internazionali lanciano l’allarme da anni, cosa giustifica esattamente il continuare ad aspettare? Quante persone in Europa dovranno ancora soffrire o persino morire a causa di queste pratiche? Perché non si protegge tutta la popolazione europea allo stesso modo contro qualsiasi atto degradante e di tortura?

A volte ciò che viene presentato come prudenza istituzionale non è altro che un modo elegante per non voler arrivare fino in fondo. E quando si parla di diritti umani, il tempo non è mai neutrale. Ogni ritardo comporta conseguenze reali.

Tra la dignità riconosciuta e la protezione incompleta si gioca la differenza tra limitarsi a dire la cosa giusta e fare davvero ciò che è giusto. E l’Europa non può continuare a voltarsi dall’altra parte.

La protezione dei diritti fondamentali non ammette scuse.

E la dignità non può aspettare.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Entre la condamnation et la tiédeur

Il existe des sujets sur lesquels la société avance toujours plus vite que les institutions. Et puis il y a le cas des dites thérapies de conversion, où les preuves scientifiques, le consensus professionnel et les droits humains disent la même chose depuis des années tandis que la politique avance par petits pas, hésitants et parfois désespérément lents.

Pour bien comprendre le débat, il faut commencer par l’essentiel. Les dites thérapies de conversion ne sont pas des thérapies du tout. Elles ne guérissent rien parce que l’orientation sexuelle ou l’identité de genre ne sont pas des maladies. Il s’agit de pratiques, souvent dissimulées sous un langage religieux, psychologique ou d’accompagnement spirituel, dont l’objectif est de tenter de modifier l’orientation ou l’identité d’une personne. Et cela, dans la pratique, signifie pression, culpabilisation, manipulation émotionnelle et, dans de nombreux cas, un véritable dommage physique et psychologique.

À titre d’exemple, en Espagne, bien que le code pénal ne mentionne pas expressément ces pratiques, il existe des figures juridiques qui pourraient s’appliquer dans certains cas. Selon la manière dont elles se déroulent, elles pourraient entrer dans le cadre de délits contre l’intégrité morale, de coercitions, de lésions psychiques ou de traitements dégradants. Même dans des scénarios extrêmes, lorsqu’il existe une souffrance grave et systématique, certains juristes ont évoqué la possibilité qu’elles puissent se rapprocher de violations très graves des droits fondamentaux, autrement dit de pratiques de torture.

Le problème est précisément celui ci. Tout dépend de l’interprétation juridique. Il n’existe pas de type pénal spécifique qui dise clairement que cela constitue un délit. Et lorsqu’un phénomène aussi grave dépend d’interprétations, il en résulte une insécurité juridique, des difficultés de preuve et, dans la pratique, une protection inégale. Ce n’est pas la même chose qu’un cas évident d’abus dans un environnement fermé ou une dite thérapie déguisée en accompagnement religieux ou en accompagnement émotionnel. Cette ambiguïté joue en faveur de ceux qui pratiquent ces actes totalement aberrants. C’est pourquoi de nombreux juristes, dont je fais partie, des associations professionnelles et des organisations de droits humains demandent depuis des années quelque chose de simple à comprendre, à savoir une interdiction claire, explicite et spécifique. Non pas parce que le système ne dispose pas d’outils, mais parce que ces outils sont insuffisants lorsque le phénomène se dissimule aussi facilement.

Parallèlement, d’autres organismes internationaux ont été très fermes. L’Organisation mondiale de la santé a établi depuis des décennies que l’homosexualité n’est pas une maladie, ce qui détruit le seul fondement supposé de ces pratiques. Et les Nations unies ainsi que le Conseil de l’Europe ont averti à plusieurs reprises des effets profondément nocifs de ces pratiques, les associant à des traitements dégradants et même à des formes de violence psychologique grave et d’actes de torture.

Dans ce contexte, il était logique de penser que l’Union européenne adopterait une position ferme et claire. Mais c’est ici que commence la partie la plus frustrante. La Commission européenne a condamné publiquement les thérapies de conversion et affirmé qu’elles n’avaient pas leur place dans l’Union. Sur le papier, cela semble très clair et très positif. Mais lorsque l’on examine la décision concrète, la réalité est différente. LA COMMISSION A REJETÉ L’IDÉE D’UNE INTERDICTION JURIDIQUE CONTRAIGNANTE À L’ÉCHELLE EUROPÉENNE, autrement dit d’une norme obligeant tous les États membres à interdire ces pratiques de manière homogène et claire dans toute l’Union européenne.

À la place, elle a choisi une recommandation non contraignante, avec la promesse de revenir sur le sujet plus tard, peut être en 2027. Et c’est là que se situe le problème de fond. Parce que la différence essentielle réside entre condamner quelque chose et agir efficacement contre ce qui est condamné. Une recommandation, aussi bien rédigée soit elle, n’oblige à rien, n’harmonise pas les législations et ne crée pas de standard commun de protection. Elle n’empêche donc pas que certains pays de l’Union continuent sans interdiction spécifique ou avec une application très faible.

La Commission européenne s’appuie sur des arguments de compétence juridique et sur la difficulté politique d’élargir le catalogue des eurocrimes. Il est vrai que le droit pénal reste une compétence très sensible des États car il relève de la souveraineté nationale. C’est pourquoi tout progrès dans ce domaine nécessite un consensus, ce qui n’est pas toujours simple dans l’Union européenne, surtout sur les questions sociales.

C’est précisément ici que la position de la Commission commence à poser problème. Lorsqu’une institution européenne de premier plan reconnaît qu’un phénomène est gravement nuisible mais choisit de ne pas agir avec la fermeté nécessaire parce que cela serait politiquement compliqué, elle adopte une forme de prudence qui frôle l’inaction. En d’autres termes, son attitude ressemble à une action au ralenti. Et en matière de droits humains, agir au ralenti n’est jamais neutre, mais constitue déjà une position. Pendant que l’on débat, que l’on rédige des recommandations et que l’on attend de futurs rapports, ces pratiques continuent d’exister et de toucher des personnes, souvent des mineurs, dans des contextes religieux, familiaux ou sociaux où la pression et le rejet sont très difficiles à supporter.

La conséquence de tout cela est que, une fois de plus, le résultat est une Europe inégale. Certains pays ont avancé vers des interdictions beaucoup plus claires ou plus larges, d’autres ont opté pour des réglementations administratives et d’autres ne disposent pratiquement d’aucun mécanisme spécifique pour traiter ces pratiques. Cette fragmentation des critères crée une carte de protection très irrégulière au sein d’un même espace politique qui se présente comme garant des droits fondamentaux. Et c’est là la contradiction principale et incompréhensible. Car si l’Union européenne se définit elle même comme un espace de valeurs, de droits et de dignité humaine, lorsqu’il s’agit de transformer ces valeurs en normes concrètes, contraignantes et homogènes, elle ne peut pas agir depuis une prudence excessive, un calcul politique minutieusement élaboré ou une simple renonciation à une harmonisation pourtant absolument nécessaire. Il ne s’agit pas de nier la complexité institutionnelle du système européen, car il est évident que tout ne peut pas être légiféré depuis Bruxelles de manière automatique, mais il est également évident qu’il existe des domaines où la fragmentation juridique laisse des vides extrêmement dangereux. Et les thérapies de conversion en font partie.

Il faut rappeler que nous ne parlons pas d’une question symbolique ni d’un débat culturel abstrait ou complexe, mais de pratiques qui cherchent à modifier les personnes en niant leur propre identité, avec des conséquences psychologiques documentées et un historique largement critiqué par la communauté scientifique. C’est pourquoi le sentiment que laisse la décision de la Commission est très inconfortable. Et pas pour ce qu’elle dit, mais pour ce qu’elle évite de dire avec clarté juridique.

Reconnaître l’existence du problème sans lui donner une réponse normative forte revient, en pratique, à le laisser dans une zone grise. Et les zones grises, en matière de droits fondamentaux, jouent presque toujours en défaveur de ceux qui se trouvent en situation de vulnérabilité. De plus, pour de nombreuses personnes, il s’agit d’une question de vie ou de mort, car les cas de suicide ou de mort involontaire ou non de personnes ayant été soumises à ce type de ce que l’on peut appeler clairement des tortures ne sont pas rares je refuse d’utiliser le mot thérapie.

Ainsi, le débat ne porte plus seulement sur la question de savoir si l’Union européenne doit ou non légiférer sur ce sujet, mais sur ce que signifie réellement le fait de se présenter comme protectrice des droits humains dans un espace commun, tout en restant en retrait afin d’éviter des tensions susceptibles de mettre en jeu la stabilité de l’Union au détriment des droits de personnes qui ont le droit absolu d’être, d’exister et d’aimer librement. Ainsi, si la réponse est que la protection réelle dépend du pays dans lequel on vit, alors le concept même de citoyenneté européenne devient bancal ou peut être n’existe t il même pas au delà de la libre circulation des capitaux, des biens et des services.

Au final, une grande question reste en suspens. Et cette question n’est autre que la suivante : si nous savons que ces pratiques sont néfastes, s’il existe un consensus scientifique, si des dénonciations sont constantes et si les organismes internationaux tirent la sonnette d’alarme depuis des années, qu’est-ce qui justifie exactement de continuer à attendre ? Combien de personnes en Europe doivent encore souffrir, voire mourir, à cause de ces pratiques ? Pourquoi ne protège-t-on pas l’ensemble de la population européenne de manière égale contre tout acte dégradant et de torture ? 

Parfois, ce qui est présenté comme de la prudence institutionnelle n’est qu’une forme élégante d’évitement. Et en matière de droits humains, le temps n’est jamais neutre. Chaque retard a des conséquences réelles.

Entre la dignité reconnue et la protection incomplète se joue la différence entre dire ce qui est juste et le faire réellement. Et l’Europe ne peut pas continuer à regarder ailleurs.

La protection des droits fondamentaux n’admet pas d’excuses.

Et la dignité ne peut pas attendre.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Entre a condenação e a tibieza

Existem temas nos quais a sociedade avança sempre mais depressa do que as instituições. E depois existe o caso das chamadas terapias de conversão, onde a evidência científica, o consenso profissional e os direitos humanos vêm afirmando a mesma coisa há anos enquanto a política vai avançando com passos curtos, hesitantes e por vezes desesperadamente lentos.

Para compreender bem o debate é preciso começar pelo mais básico. As chamadas terapias de conversão não são terapias de todo. Não curam nada porque a orientação sexual ou a identidade de género não são doenças. São práticas muitas vezes disfarçadas sob linguagem religiosa, psicológica ou de acompanhamento espiritual cujo objetivo é tentar modificar a orientação ou identidade de uma pessoa. Na prática isto significa pressão, culpabilização, manipulação emocional e em muitos casos um verdadeiro dano físico e psicológico.

A título de exemplo em Espanha embora o código penal não mencione expressamente estas práticas existem figuras jurídicas que poderiam ser aplicadas em determinados casos. Dependendo da forma como se desenvolvem poderiam enquadrar se em crimes contra a integridade moral, coação, lesões psicológicas ou tratamento degradante. Mesmo em cenários extremos quando existe sofrimento grave e sistemático alguns juristas têm defendido que poderiam aproximar se de situações muito graves de violação de direitos fundamentais ou seja de práticas de tortura.

O problema é precisamente esse. Tudo depende do enquadramento. Não existe um tipo penal específico que diga de forma clara que isto é crime. E quando algo tão grave depende de interpretações o que surge é insegurança jurídica, dificuldades de prova e na prática uma proteção desigual. Não é a mesma coisa um caso evidente de abuso num ambiente fechado ou uma suposta terapia disfarçada de acompanhamento religioso ou de coaching emocional. Esta ambiguidade joga a favor de quem realiza estas práticas totalmente aberrantes. Por isso muitos juristas entre os quais me incluo, associações profissionais e organizações de direitos humanos vêm há anos a pedir algo bastante simples de compreender que é uma proibição clara, expressa e específica. Não porque o sistema não tenha ferramentas mas porque essas ferramentas são insuficientes quando o fenómeno se camufla com tanta facilidade.

Em paralelo outros organismos internacionais têm sido bastante firmes. A Organização Mundial da Saúde deixou claro há décadas que a homossexualidade não é uma doença, desmontando o único suposto fundamento destas práticas. E tanto as Nações Unidas como o Conselho da Europa têm alertado repetidamente para os efeitos profundamente nocivos destas práticas chegando a associá las a tratamentos degradantes e até a formas de violência psicológica grave e atos de tortura.

Nesse contexto, era lógico pensar que a União Europeia daria um passo firme e contundente. Mas é aqui que começa a parte mais frustrante do assunto. A Comissão Europeia condenou publicamente as terapias de conversão e afirmou que não têm lugar na União. Isso, no papel, soa muito bem porque representa uma posição clara. Mas quando se analisa a decisão concreta, a realidade é bastante diferente. Porque O QUE A COMISSÃO FEZ FOI REJEITAR O IMPULSO DE UMA PROIBIÇÃO LEGAL VINCULANTE A NÍVEL EUROPEU, ou seja, de uma norma que obrigue todos os Estados membros a proibir estas práticas de forma homogénea e clara em toda a União Europeia.

Em vez disso, optou por uma recomendação não vinculativa, com a promessa de voltar ao tema no futuro, talvez em 2027. E é aqui que surge o problema de fundo. Porquê Porque a diferença essencial em tudo isto está entre, por um lado, condenar algo e, por outro, agir de forma eficaz contra aquilo que se condena. Porque uma recomendação, por mais bem redigida que esteja, não obriga a nada, não harmoniza legislações nem gera um padrão comum de proteção. Por conseguinte, não impede que existam países dentro da própria União onde estas práticas continuem sem uma proibição específica ou onde a perseguição seja mais fraca ou inexistente.

A Comissão Europeia, enquanto instituição comunitária, apoia se em argumentos de competência jurídica e na dificuldade política de alargar o chamado “catálogo de eurocrimes”. É verdade que o direito penal continua a ser uma competência muito sensível dos Estados porque é considerado uma questão de “soberania do Estado”. Por isso, qualquer avanço neste domínio exige consenso e isso na União Europeia nem sempre é fácil, especialmente em matérias sociais.

É precisamente aqui que a posição adotada pela Comissão começa a causar estranheza. Quando uma instituição europeia de mais alto nível reconhece que algo é gravemente prejudicial, mas decide não agir com a firmeza necessária porque “é politicamente complicado”, o que transmite é uma forma de prudência que roça a inação. Por outras palavras, a atuação da Comissão Europeia tem sido uma espécie de ação a meio gás. E em matéria de direitos humanos, agir a meio gás não é neutro, mas sim uma posição em si mesma. Porque enquanto se debate, enquanto se redigem recomendações e enquanto se aguardam relatórios futuros, estas práticas continuam a existir e continuam a afetar pessoas, muitas delas menores de idade, em contextos religiosos, familiares ou sociais muito difíceis, onde a rejeição e a pressão são extremamente difíceis de suportar.

A consequência de tudo isto é que, mais uma vez, o resultado é uma Europa desigual. Alguns países avançaram para proibições muito mais claras ou amplas, outros optaram por regulamentações administrativas e outros praticamente não dispõem de mecanismos específicos para abordar estas práticas. Esta fragmentação de critérios cria um mapa de proteção muito irregular dentro de um mesmo espaço político que se apresenta como “garante dos direitos fundamentais”. E aí reside a principal e incompreensível contradição. Porque se a União Europeia se define a si própria como um espaço de valores, de direitos e de dignidade humana, quando chega o momento de transformar esses valores em normas concretas, vinculativas e homogéneas, não pode agir a partir de uma prudência excessiva, de um cálculo político cirurgicamente elaborado ou de uma simples renúncia a uma harmonização que é totalmente necessária. Não se trata de negar a complexidade institucional do sistema europeu, porque é evidente que nem tudo pode ser legislado a partir de Bruxelas de forma automática, mas também é evidente que existem domínios onde a fragmentação legal deixa lacunas extremamente perigosas. E as terapias de conversão são um desses casos.

É preciso recordar que não estamos a falar de uma questão simbólica nem de um debate cultural abstrato ou complexo, mas sim de práticas que procuram modificar as pessoas através da negação da sua própria identidade, com consequências psicológicas documentadas e com um historial amplamente criticado pela comunidade científica. Por isso, a sensação que a decisão da Comissão deixa é muito desconfortável. E não pelo que diz, mas pelo que evita dizer com clareza jurídica.

Reconhecer a existência do problema sem lhe dar uma resposta normativa forte é, na prática, deixá lo numa zona cinzenta. E as zonas cinzentas, em matéria de direitos fundamentais, quase nunca jogam a favor de quem se encontra em situação de vulnerabilidade. Além disso, para muitas pessoas trata se de uma questão de vida ou de morte, porque não são poucos os casos de situações de suicídio ou morte involuntária ou não de pessoas que foram submetidas a este tipo de aquilo que, digamos claramente, são torturas me recuso a usar a palavra terapia.

Assim, o debate já não é apenas se a União Europeia deve ou não legislar sobre isto, mas sim o que significa realmente afirmar-se como protetora dos direitos humanos num espaço comum, para depois permanecer num segundo plano, de forma a evitar tensões que possam pôr em causa a estabilidade da União, à custa dos direitos de pessoas que têm o direito absoluto de ser, existir e amar livremente. Assim, se a resposta for que a proteção real depende do país onde se vive, então o próprio conceito de cidadania europeia fica incompleto ou talvez nem exista para além da livre circulação de capitais, bens e serviços.

No final, fica uma grande questão no ar. E essa questão não é outra senão se sabemos que estas práticas são prejudiciais, se existe consenso científico, se há denúncias constantes e se os organismos internacionais vêm alertando há anos, o que justifica, exatamente, continuar à espera? Quantas pessoas na Europa terão de sofrer e, até mesmo, morrer devido a estas práticas? Por que razão não se protege toda a população europeia de forma igualitária contra qualquer ato degradante e de tortura?

Por vezes, o que se apresenta como prudência institucional não passa de uma forma elegante de não querer ir até ao fim. E quando falamos de direitos humanos, o tempo não é neutro. Cada atraso tem consequências reais.

Entre a dignidade reconhecida e a proteção incompleta joga se a diferença entre dizer o que é correto e fazê lo verdadeiramente. E a Europa não pode continuar a desviar o olhar.

A proteção dos direitos fundamentais não admite desculpas.

E a dignidade não pode esperar.

La democracia también se defiende con orgullo

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia)

A veces hablamos de democracia como si fuera únicamente votar cada cuatro años, tener un Parlamento o escuchar debates políticos en televisión. Pero la democracia real va mucho más allá de las urnas y de lo que podemos pensar. La democracia se nota en cómo vive la gente, en quién puede caminar tranquilo por la calle, en quién puede amar sin miedo y en quién tiene derecho a existir sin que se cuestione su dignidad. Todo ello se encuentra “en el corazón de la democracia”, que es el lema de este IDAHOBIT 2026. 

Los derechos LGTBIQ+ no son un asunto secundario, ni una moda, ni un capricho ideológico. Son derechos humanos, básicos y elementales. Y cuando una persona tiene miedo de darse la mano con su pareja, cuando un adolescente teme contar quién es, cuando una persona trans ve cuestionada su propia existencia desde las instituciones o los medios, lo que está fallando no es solo la convivencia. Lo que en realidad está fallando es la democracia en sí misma.

Durante las últimas décadas hemos avanzado muchísimo. Países como España pasaron de perseguir a las personas LGTBIQ+ a convertirse en uno de los países referentes en igualdad y diversidad en el mundo. Eso no ocurrió por casualidad, sino porque hubo personas valientes que salieron a la calle, que dieron la cara, que soportaron los insultos, el rechazo y el silencio para que hoy muchas otras personas puedan vivir con más libertad. Nunca olvidemos que cada derecho conquistado tiene detrás historias de lucha, de resistencia y de dignidad perdida, arrebatada y reivindicada. 

Pero los derechos nunca son irreversibles y eso lo estamos viendo cada vez más. Los discursos de odio ocupan los espacios públicos, aumentan los ataques a personas LGTBI en redes y en las calles, los bulos se expanden intentando deshumanizar a todo un grupo de población, y los intentos de borrar la diversidad de las aulas o de presentar la igualdad como una amenaza son cada vez más frecuentes. Todo eso no solo perjudica al colectivo, sino que también daña a toda la sociedad.

Una democracia fuerte no se mide solo por su economía o por sus instituciones, sino por cómo trata a las minorías, por cómo protege a quienes históricamente han sido víctimas de la persecución y por su capacidad para garantizar que nadie tenga que esconderse para sentirse a salvo.Por eso, defender los derechos LGTBI es defender la libertad de todas las personas. Es defender el derecho a vivir sin miedo, a expresarse libremente y a construir una vida propia sin sufrir la violencia, el odio y la discriminación. No hablamos de privilegios, sino de humanidad y dignidad. 

La diversidad nunca puede estar al margen de la democracia. Está en el centro, en su corazón, porque no puede existir una sociedad verdaderamente libre mientras haya personas que tengan que justificarse por el simple hecho de ser, de existir y de amar. 

Frente al odio, frente al miedo y frente a quienes quieren devolvernos al silencio, hay que responder con más democracia, más derechos y más orgullo.

Porque cuando una persona puede vivir siendo quien es, sin miedo, con libertad y con dignidad, gana toda la sociedad.

Y la democracia se llena de colores.

Los colores del arcoíris.

Y de la libertad.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Democracy Is Also Defended With Pride

(International Day Against Homophobia, Biphobia and Transphobia)

Sometimes we speak about democracy as though it were simply about voting every four years, having a Parliament, or watching political debates on television. But real democracy goes far beyond the ballot box and beyond what we often imagine. Democracy can be seen in the way people live, in who can walk peacefully through the streets, in who can love without fear, and in who has the right to exist without their dignity being questioned. All of this lies “at the heart of democracy”, which is the theme of this IDAHOBIT 2026.

LGBTIQ+ rights are not a secondary issue, nor a trend, nor an ideological whim. They are basic and fundamental human rights. And when someone is afraid to hold their partner’s hand, when a teenager is frightened to say who they are, when a trans person sees their very existence questioned by institutions or the media, what is failing is not only social coexistence. What is truly failing is democracy itself.

Over recent decades we have made enormous progress. Countries such as Spain went from persecuting LGBTIQ+ people to becoming one of the world’s leading nations in equality and diversity. That did not happen by chance, but because brave people took to the streets, stood up for themselves, and endured insults, rejection, and silence so that many others today could live with greater freedom. We must never forget that every right won carries behind it stories of struggle, resistance, and dignity that was lost, stolen, and reclaimed.

But rights are never irreversible, and we are seeing that more and more clearly. Hate speech is occupying public spaces, attacks against LGBTI people are increasing both online and in the streets, disinformation spreads in attempts to dehumanise an entire group of people, and efforts to erase diversity from classrooms or portray equality as a threat are becoming ever more common. All of this not only harms the community itself, but also damages society as a whole.

A strong democracy is not measured only by its economy or its institutions, but by how it treats minorities, by how it protects those who have historically been victims of persecution, and by its ability to ensure that nobody has to hide in order to feel safe. That is why defending LGBTI rights means defending the freedom of everyone. It means defending the right to live without fear, to express oneself freely, and to build one’s own life without suffering violence, hatred, or discrimination. We are not speaking about privileges, but about humanity and dignity.

Diversity can never stand at the margins of democracy. It belongs at the centre, in its very heart, because a society cannot be truly free while there are still people forced to justify themselves simply for being, existing, and loving.

In the face of hatred, in the face of fear, and in the face of those who want to push us back into silence, the answer must be more democracy, more rights, and more pride.

Because when a person can live as who they truly are, without fear, with freedom, and with dignity, society as a whole wins.

And democracy becomes filled with colour.

The colours of the rainbow.

And the colours of freedom.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Anche la democrazia si difende con l’orgoglio

(Giornata internazionale contro l’omofobia, la bifobia e la transfobia)

A volte parliamo della democrazia come se fosse soltanto votare ogni quattro anni, avere un Parlamento o guardare dibattiti politici in televisione. Ma la vera democrazia va molto oltre le urne e oltre ciò che possiamo immaginare. La democrazia si vede nel modo in cui vivono le persone, in chi può camminare serenamente per strada, in chi può amare senza paura e in chi ha il diritto di esistere senza che la propria dignità venga messa in discussione. Tutto questo si trova “nel cuore della democrazia”, che è il tema di questo IDAHOBIT 2026.

I diritti LGBTIQ+ non sono una questione secondaria, né una moda, né un capriccio ideologico. Sono diritti umani, basilari ed essenziali. E quando una persona ha paura di tenere per mano il proprio partner, quando un adolescente teme di dire chi è, quando una persona trans vede la propria esistenza messa in discussione dalle istituzioni o dai mezzi di comunicazione, ciò che sta fallendo non è soltanto la convivenza civile. Ciò che sta realmente fallendo è la democrazia stessa.

Negli ultimi decenni abbiamo fatto enormi progressi. Paesi come la Spagna sono passati dal perseguitare le persone LGBTIQ+ a diventare uno dei Paesi di riferimento nel mondo per uguaglianza e diversità. Questo non è accaduto per caso, ma perché persone coraggiose sono scese in strada, hanno mostrato il proprio volto e hanno sopportato insulti, rifiuto e silenzio affinché oggi molte altre persone possano vivere con maggiore libertà. Non dobbiamo mai dimenticare che dietro ogni diritto conquistato ci sono storie di lotta, di resistenza e di dignità perduta, negata e riconquistata.

Ma i diritti non sono mai irreversibili e lo stiamo vedendo sempre più chiaramente. I discorsi d’odio occupano gli spazi pubblici, aumentano gli attacchi contro le persone LGBTI sui social e nelle strade, le fake news si diffondono nel tentativo di disumanizzare un intero gruppo di persone, e i tentativi di cancellare la diversità dalle scuole o di presentare l’uguaglianza come una minaccia diventano sempre più frequenti. Tutto questo non danneggia soltanto la comunità, ma ferisce l’intera società.

Una democrazia forte non si misura soltanto dalla sua economia o dalle sue istituzioni, ma da come tratta le minoranze, da come protegge coloro che storicamente sono stati vittime della persecuzione e dalla sua capacità di garantire che nessuno debba nascondersi per sentirsi al sicuro. Per questo difendere i diritti LGBTI significa difendere la libertà di tutte le persone. Significa difendere il diritto a vivere senza paura, a esprimersi liberamente e a costruire la propria vita senza subire violenza, odio e discriminazione. Non stiamo parlando di privilegi, ma di umanità e dignità.

La diversità non può mai stare ai margini della democrazia. Si trova al centro, nel suo cuore, perché non può esistere una società davvero libera finché ci saranno persone costrette a giustificarsi semplicemente per il fatto di essere, di esistere e di amare.

Di fronte all’odio, di fronte alla paura e di fronte a chi vuole riportarci al silenzio, bisogna rispondere con più democrazia, più diritti e più orgoglio.

Perché quando una persona può vivere essendo davvero sé stessa, senza paura, con libertà e con dignità, tutta la società ne beneficia.

E la democrazia si riempie di colori.

I colori dell’arcobaleno.

E i colori della libertà.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
La démocratie se défend aussi avec fierté

(Journée mondiale contre l’homophobie, la transphobie et la biphobie)

Parfois, nous parlons de la démocratie comme s’il s’agissait simplement de voter tous les quatre ans, d’avoir un Parlement ou de regarder des débats politiques à la télévision. Pourtant, la véritable démocratie va bien au-delà des urnes et de tout ce que nous pouvons imaginer. La démocratie se voit dans la manière dont les gens vivent, dans celles et ceux qui peuvent marcher tranquillement dans la rue, dans celles et ceux qui peuvent aimer sans peur et dans celles et ceux qui ont le droit d’exister sans que leur dignité soit remise en question. Tout cela se trouve « au cœur de la démocratie », qui est le thème de cet IDAHOBIT 2026.

Les droits LGBTIQ+ ne sont ni une question secondaire, ni une mode, ni un caprice idéologique. Ce sont des droits humains fondamentaux et essentiels. Et lorsqu’une personne a peur de tenir la main de son partenaire, lorsqu’un adolescent craint de dire qui il est, lorsqu’une personne trans voit sa propre existence remise en cause par les institutions ou les médias, ce n’est pas seulement le vivre ensemble qui est en échec. Ce qui échoue réellement, c’est la démocratie elle-même.

Au cours des dernières décennies, nous avons accompli d’immenses progrès. Des pays comme l’Espagne sont passés de la persécution des personnes LGBTIQ+ à devenir l’un des pays de référence dans le monde en matière d’égalité et de diversité. Cela n’est pas arrivé par hasard, mais grâce à des personnes courageuses qui sont descendues dans la rue, qui ont montré leur visage et qui ont supporté les insultes, le rejet et le silence afin que beaucoup d’autres puissent aujourd’hui vivre avec davantage de liberté. Nous ne devons jamais oublier que derrière chaque droit conquis se cachent des histoires de lutte, de résistance et de dignité perdue, arrachée puis reconquise.

Mais les droits ne sont jamais irréversibles, et nous le constatons de plus en plus. Les discours de haine envahissent l’espace public, les attaques contre les personnes LGBTI augmentent sur les réseaux sociaux et dans les rues, les fausses informations se propagent en cherchant à déshumaniser tout un groupe de population, et les tentatives d’effacer la diversité des salles de classe ou de présenter l’égalité comme une menace deviennent de plus en plus fréquentes. Tout cela ne nuit pas seulement à la communauté concernée, mais blesse également l’ensemble de la société.

Une démocratie forte ne se mesure pas seulement à son économie ou à ses institutions, mais aussi à la manière dont elle traite les minorités, dont elle protège celles et ceux qui ont historiquement été victimes de persécutions, et à sa capacité à garantir que personne n’ait besoin de se cacher pour se sentir en sécurité. Défendre les droits LGBTI, c’est donc défendre la liberté de toutes les personnes. C’est défendre le droit de vivre sans peur, de s’exprimer librement et de construire sa propre vie sans subir la violence, la haine ou la discrimination. Il ne s’agit pas de privilèges, mais d’humanité et de dignité.

La diversité ne peut jamais rester à la marge de la démocratie. Elle se trouve au centre, en son cœur, parce qu’aucune société ne peut être véritablement libre tant qu’il existe encore des personnes contraintes de se justifier simplement pour le fait d’être, d’exister et d’aimer.

Face à la haine, face à la peur et face à celles et ceux qui veulent nous ramener au silence, nous devons répondre par davantage de démocratie, davantage de droits et davantage de fierté.

Parce que lorsqu’une personne peut vivre en étant réellement elle-même, sans peur, avec liberté et avec dignité, c’est toute la société qui y gagne.

Et la démocratie se remplit de couleurs.

Les couleurs de l’arc en ciel.

Et les couleurs de la liberté.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
A democracia também se defende com orgulho

(Dia Internacional contra a Homofobia, a Transfobia e a Bifobia)

Por vezes falamos da democracia como se fosse apenas votar de quatro em quatro anos, ter um Parlamento ou assistir a debates políticos na televisão. Mas a verdadeira democracia vai muito além das urnas e daquilo que muitas vezes imaginamos. A democracia vê se na forma como as pessoas vivem, em quem pode caminhar tranquilamente na rua, em quem pode amar sem medo e em quem tem o direito de existir sem que a sua dignidade seja posta em causa. Tudo isto está “no coração da democracia”, que é o tema deste IDAHOBIT 2026.

Os direitos LGBTIQ+ não são uma questão secundária, nem uma moda, nem um capricho ideológico. São direitos humanos básicos e fundamentais. E quando uma pessoa tem medo de dar a mão ao seu parceiro ou parceira, quando um adolescente receia dizer quem é, quando uma pessoa trans vê a sua própria existência questionada pelas instituições ou pelos meios de comunicação social, o que está a falhar não é apenas a convivência. O que realmente está a falhar é a própria democracia.

Ao longo das últimas décadas alcançámos enormes progressos. Países como Espanha passaram de perseguir pessoas LGBTIQ+ para se tornarem referências mundiais em igualdade e diversidade. Isso não aconteceu por acaso, mas porque houve pessoas corajosas que saíram à rua, deram a cara e suportaram insultos, rejeição e silêncio para que hoje muitas outras pessoas possam viver com mais liberdade. Nunca devemos esquecer que por detrás de cada direito conquistado existem histórias de luta, de resistência e de dignidade perdida, roubada e recuperada.

Mas os direitos nunca são irreversíveis e estamos a vê lo cada vez mais claramente. Os discursos de ódio ocupam os espaços públicos, aumentam os ataques contra pessoas LGBTI nas redes sociais e nas ruas, a desinformação espalha se tentando desumanizar todo um grupo da população, e as tentativas de apagar a diversidade das salas de aula ou de apresentar a igualdade como uma ameaça tornam se cada vez mais frequentes. Tudo isto não prejudica apenas a comunidade, mas também toda a sociedade.

Uma democracia forte não se mede apenas pela sua economia ou pelas suas instituições, mas pela forma como trata as minorias, como protege aqueles que historicamente foram vítimas de perseguição e pela sua capacidade de garantir que ninguém tenha de se esconder para se sentir em segurança. Por isso, defender os direitos LGBTI é defender a liberdade de todas as pessoas. É defender o direito de viver sem medo, de se expressar livremente e de construir uma vida própria sem sofrer violência, ódio ou discriminação. Não estamos a falar de privilégios, mas de humanidade e dignidade.

A diversidade nunca pode ficar à margem da democracia. Está no centro, no seu coração, porque não pode existir uma sociedade verdadeiramente livre enquanto houver pessoas obrigadas a justificar se simplesmente por serem quem são, por existirem e por amarem.

Perante o ódio, perante o medo e perante aqueles que querem empurrar nos de volta para o silêncio, devemos responder com mais democracia, mais direitos e mais orgulho.

Porque quando uma pessoa pode viver sendo verdadeiramente quem é, sem medo, com liberdade e com dignidade, toda a sociedade ganha.

E a democracia enche se de cores.

As cores do arco íris.

E as cores da liberdade.

Resistir para seguir con vida

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día de la Resistencia Romaní)

Más de 15 millones de personas forman parte hoy del Pueblo Romaní, uno de los pueblos sin Estado más numerosos del mundo y, también, una de las minorías más castigadas por la discriminación en Europa. Una discriminación que no siempre se expresa con violencia directa, pero que sigue presente en los prejuicios, en los estereotipos y en demasiados silencios. Y quizá eso sea una de las partes más dolorosas, porque el antigitanismo continúa tan normalizado que muchas veces pasa desapercibido para quienes no lo sufren.

Por eso es importante recordar. Porque recordar también es una forma de hacer justicia. Cada 16 de mayo se conmemora el Día de la Resistencia Romaní, una fecha con enorme significado para el Pueblo Romaní de todo el mundo. Ese día se recuerda la rebelión de cientos de personas romaníes prisioneras en el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau durante la II Guerra Mundial.

La noche del 15 al 16 de mayo de 1944, miles de hombres, mujeres, niñas y niños romaníes encerrados en la sección conocida como “Zigeunerlager” (“campamento gitano”) descubrieron que las SS planeaban asesinarlos en las cámaras de gas. Sabían perfectamente lo que eso significaba. Sabían que iban a morir, pero ocurrió algo extraordinario.

Sin apenas fuerzas, debilitados por el hambre, las enfermedades y el horror diario del campo, decidieron resistir. Con piedras, palos, herramientas improvisadas y trozos arrancados de los barracones, se prepararon para defenderse. No tenían armas reales, solo tenían miedo, agotamiento y desesperación. Y aun así, resistieron.

Especialmente conmovedora fue la valentía de muchas mujeres romaníes que intentaron proteger a sus hijas e hijos hasta el último momento. Aquella noche no luchaban por ganar una guerra, luchaban simplemente por seguir con vida un día más.

La resistencia consiguió frenar temporalmente el exterminio, pero el horror no terminó allí. Durante los meses siguientes, miles de personas romaníes fueron deportadas a otros campos de concentración y asesinadas posteriormente. Finalmente, en la madrugada del 2 al 3 de agosto de 1944, cerca de 3.000 personas romaníes, la mayoría mujeres, personas mayores y menores, fueron enviadas a las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau. Aquella noche intentaron borrar vidas, nombres, historias y familias enteras. Pero no lo consiguieron, porque su historia sigue viva. 

Hoy sabemos que alrededor de 1,5 millones de gitano-romaníes fueron asesinados durante el Holocausto nazi en los campos de concentración. Durante demasiado tiempo, su memoria quedó relegada a un segundo plano, como si su dolor importara menos. Por eso recordar estas historias sigue siendo tan necesario, porque la memoria no puede depender de quién sufrió más o de quién tuvo más voz para contarlo después.

Hablar del Pueblo Romaní no es hablar solo del pasado. Es hablar también del presente; del derecho a vivir sin miedo, sin odio y sin prejuicios; del derecho a existir con dignidad, y del derecho a no tener que demostrar constantemente la propia humanidad y su dignidad inherente. 

Y por eso hoy, en el Día de la Resistencia Romaní, alzar la voz importa. Importa recordar a quienes resistieron incluso cuando todo parecía perdido; importa honrar a quienes fueron asesinados únicamente por ser quienes eran; e importa también mirar alrededor y preguntarnos qué estamos haciendo hoy para que ningún pueblo vuelva a ser condenado al olvido, al odio y al silencio.

Porque mientras exista memoria, quienes quisieron exterminarlos jamás vencerán.

Que nunca nos falte la memoria frente al odio.

Ni olvido. Ni silencio. Ni indiferencia.

Ni tampoco el odio. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Resisting to Stay Alive

(Romani Resistance Day)

More than 15 million people today belong to the Romani People, one of the largest stateless peoples in the world and also one of the minorities most affected by discrimination in Europe. A form of discrimination that is not always expressed through direct violence, yet still lives on in prejudice, stereotypes and far too many silences. And perhaps that is one of the most painful parts of all, because anti Romani hatred remains so normalised that it often goes unnoticed by those who do not suffer from it.

That is why remembering matters. Because remembering is also a way of delivering justice. Every 16 May marks Romani Resistance Day, a date of enormous significance for Romani communities across the world. On this day, people remember the uprising of hundreds of Romani prisoners held in the Auschwitz Birkenau extermination camp during the Second World War.

On the night between 15 and 16 May 1944, thousands of Romani men, women and children imprisoned in the section known as the “Zigeunerlager” or “Gypsy camp” discovered that the SS were planning to murder them in the gas chambers. They understood perfectly what that meant. They knew they were going to die, but something extraordinary happened.

With almost no strength left, weakened by hunger, disease and the daily horror of the camp, they chose to resist. Armed with stones, sticks, improvised tools and pieces torn from the barracks, they prepared to defend themselves. They had no real weapons. All they had was fear, exhaustion and desperation. And even so, they resisted.

Especially moving was the courage shown by many Romani women who tried to protect their daughters and sons until the very last moment. That night they were not fighting to win a war. They were simply fighting to stay alive for one more day.

The resistance temporarily delayed the extermination, but the horror did not end there. In the following months, thousands of Romani people were deported to other concentration camps and later murdered. Finally, during the night between 2 and 3 August 1944, around 3,000 Romani people, most of them women, elderly people and children, were sent to the gas chambers at Auschwitz Birkenau. That night they tried to erase lives, names, stories and entire families. But they did not succeed, because their story is still alive.

Today we know that around 1.5 million Roma and Sinti people were murdered during the Nazi Holocaust in concentration camps. For far too long, their memory was pushed into the background, as though their suffering mattered less. That is why remembering these stories remains so important, because memory cannot depend on who suffered more or who had the loudest voice to tell the story afterwards.

To speak about the Romani People is not only to speak about the past. It is also to speak about the present, about the right to live without fear, hatred or prejudice, about the right to exist with dignity, and about the right not to have to constantly prove one’s humanity and inherent worth.

And that is why today, on Romani Resistance Day, raising our voices matters. It matters to remember those who resisted even when everything seemed lost. It matters to honour those who were murdered simply for being who they were. And it also matters to look around us and ask what we are doing today to ensure that no people are ever again condemned to oblivion, hatred and silence.

Because as long as memory survives, those who tried to exterminate them will never truly win.

May we never lose our memory in the face of hatred.

No oblivion. No silence. No indifference.

Nor hatred either.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Resistere per continuare a vivere

(Giornata della Resistenza Romaní)

Oggi più di 15 milioni di persone fanno parte del Popolo Romaní, uno dei popoli senza Stato più numerosi al mondo e anche una delle minoranze più colpite dalla discriminazione in Europa. Una discriminazione che non si manifesta sempre attraverso la violenza diretta, ma che continua a vivere nei pregiudizi, negli stereotipi e in troppi silenzi. E forse questa è una delle cose più dolorose, perché l’antiziganismo continua ad essere così normalizzato da passare spesso inosservato a chi non lo subisce.

Per questo ricordare è importante. Perché ricordare è anche un modo per rendere giustizia. Ogni 16 maggio si celebra la Giornata della Resistenza Romaní, una data di enorme significato per il Popolo Romaní in tutto il mondo. In questo giorno si ricorda la rivolta di centinaia di prigionieri romaní detenuti nel campo di sterminio di Auschwitz Birkenau durante la Seconda guerra mondiale.

Nella notte tra il 15 e il 16 maggio 1944, migliaia di uomini, donne, bambine e bambini romaní rinchiusi nella sezione conosciuta come “Zigeunerlager” o “campo degli zingari” scoprirono che le SS stavano pianificando di ucciderli nelle camere a gas. Sapevano perfettamente cosa significasse. Sapevano che sarebbero morti, ma accadde qualcosa di straordinario.

Senza quasi più forze, indeboliti dalla fame, dalle malattie e dall’orrore quotidiano del campo, decisero di resistere. Con pietre, bastoni, strumenti improvvisati e pezzi strappati dalle baracche, si prepararono a difendersi. Non avevano vere armi. Avevano soltanto paura, stanchezza e disperazione. Eppure resistettero.

Particolarmente commovente fu il coraggio di molte donne romaní che cercarono di proteggere le proprie figlie e i propri figli fino all’ultimo momento. Quella notte non combattevano per vincere una guerra. Combattevano semplicemente per restare vivi un altro giorno.

La resistenza riuscì temporaneamente a rallentare lo sterminio, ma l’orrore non finì lì. Nei mesi successivi, migliaia di persone romaní furono deportate in altri campi di concentramento e successivamente assassinate. Infine, nella notte tra il 2 e il 3 agosto 1944, circa 3.000 persone romaní, per la maggior parte donne, anziani e bambini, furono condotte nelle camere a gas di Auschwitz Birkenau. Quella notte cercarono di cancellare vite, nomi, storie e famiglie intere. Ma non ci riuscirono, perché la loro storia è ancora viva.

Oggi sappiamo che circa 1,5 milioni di persone rom e sinti furono assassinate durante l’Olocausto nazista nei campi di concentramento. Per troppo tempo la loro memoria è stata relegata in secondo piano, come se la loro sofferenza valesse meno. Per questo ricordare queste storie continua ad essere così necessario, perché la memoria non può dipendere da chi ha sofferto di più o da chi ha avuto più voce per raccontarlo in seguito.

Parlare del Popolo Romaní non significa parlare soltanto del passato. Significa parlare anche del presente, del diritto di vivere senza paura, senza odio e senza pregiudizi, del diritto di esistere con dignità e del diritto a non dover dimostrare continuamente la propria umanità e il proprio valore.

Ed è per questo che oggi, nella Giornata della Resistenza Romaní, alzare la voce conta. Conta ricordare chi ha resistito anche quando tutto sembrava perduto. Conta onorare chi è stato assassinato semplicemente per ciò che era. E conta anche guardarci intorno e chiederci cosa stiamo facendo oggi affinché nessun popolo venga mai più condannato all’oblio, all’odio e al silenzio.

Perché finché esisterà la memoria, coloro che hanno cercato di sterminarli non vinceranno mai davvero.

Che la memoria non ci abbandoni mai di fronte all’odio.

Né oblio. Né silenzio. Né indifferenza.

E nemmeno odio.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Résister pour continuer à vivre

(Journée de la résistance romani)

Aujourd’hui plus de 15 millions de personnes font partie du peuple romani, l’un des plus grands peuples sans État au monde et aussi l’une des minorités les plus touchées par la discrimination en Europe. Une discrimination qui ne s’exprime pas toujours par la violence directe, mais qui reste présente dans les préjugés, les stéréotypes et trop de silences. Et c’est sans doute l’un des aspects les plus douloureux, car l’antitsiganisme est encore si normalisé qu’il passe souvent inaperçu pour ceux qui ne le subissent pas.

C’est pourquoi il est essentiel de se souvenir. Parce que se souvenir est aussi une forme de justice. Chaque 16 mai est commémorée la Journée de la résistance romani, une date d’une importance immense pour le peuple romani dans le monde entier. Ce jour là, on se souvient de la révolte de centaines de prisonniers romani détenus dans le camp d’extermination d’Auschwitz Birkenau pendant la Seconde Guerre mondiale.

Dans la nuit du 15 au 16 mai 1944, des milliers d’hommes, de femmes et d’enfants romani enfermés dans la section appelée Zigeunerlager, le camp des Tsiganes, ont découvert que les SS prévoyaient de les assassiner dans les chambres à gaz. Ils savaient parfaitement ce que cela signifiait. Ils savaient qu’ils allaient mourir, mais quelque chose d’extraordinaire s’est produit.

Presque sans forces, affaiblis par la faim, les maladies et l’horreur quotidienne du camp, ils ont choisi de résister. Avec des pierres, des bâtons, des outils improvisés et des morceaux arrachés aux baraquements, ils se sont préparés à se défendre. Ils n’avaient pas de vraies armes. Ils n’avaient que la peur, l’épuisement et le désespoir. Et pourtant ils ont résisté.

Le courage de nombreuses femmes romani est particulièrement bouleversant, elles qui ont tenté de protéger leurs filles et leurs fils jusqu’au dernier instant. Cette nuit là, elles ne se battaient pas pour gagner une guerre. Elles se battaient simplement pour rester en vie un jour de plus.

La résistance a permis de retarder temporairement l’extermination, mais l’horreur ne s’est pas arrêtée là. Dans les mois suivants, des milliers de personnes romani ont été déportées vers d’autres camps de concentration puis assassinées. Enfin, dans la nuit du 2 au 3 août 1944, environ 3 000 personnes romani, principalement des femmes, des personnes âgées et des enfants, ont été envoyées dans les chambres à gaz d’Auschwitz Birkenau. Cette nuit là, on a tenté d’effacer des vies, des noms, des histoires et des familles entières. Mais ils n’y sont pas parvenus, car leur histoire est toujours vivante.

Aujourd’hui nous savons qu’environ 1,5 million de Roms et de Sinti ont été assassinés pendant la Shoah dans les camps de concentration nazis. Pendant trop longtemps, leur mémoire a été reléguée au second plan, comme si leur souffrance comptait moins. C’est pourquoi se souvenir de ces histoires reste essentiel, car la mémoire ne peut pas dépendre de ceux qui ont le plus souffert ni de ceux qui ont eu la parole pour le raconter ensuite.

Parler du peuple romani, ce n’est pas seulement parler du passé. C’est aussi parler du présent, du droit de vivre sans peur, sans haine et sans préjugés, du droit d’exister dans la dignité et du droit de ne pas avoir à prouver sans cesse son humanité et sa valeur.

Et c’est pourquoi aujourd’hui, en cette Journée de la résistance romani, élever la voix est essentiel. Il est essentiel de se souvenir de ceux qui ont résisté même lorsque tout semblait perdu. Il est essentiel d’honorer ceux qui ont été assassinés uniquement pour ce qu’ils étaient. Et il est essentiel aussi de regarder autour de nous et de nous demander ce que nous faisons aujourd’hui pour que plus aucun peuple ne soit condamné à l’oubli, à la haine et au silence.

Car tant que la mémoire existe, ceux qui ont voulu les exterminer ne gagneront jamais vraiment.

Que la mémoire ne nous abandonne jamais face à la haine.

Ni oubli. Ni silence. Ni indifférence.

Et jamais la haine.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Resistir para continuar a viver

(Dia da Resistência Romani)

Hoje mais de 15 milhões de pessoas fazem parte do Povo Romani, um dos maiores povos sem Estado do mundo e também uma das minorias mais afetadas pela discriminação na Europa. Uma discriminação que nem sempre se manifesta através da violência direta, mas que continua presente nos preconceitos, nos estereótipos e em demasiados silêncios. E talvez esta seja uma das partes mais dolorosas, porque o antigitanismo continua tão normalizado que muitas vezes passa despercebido por quem não o sofre.

Por isso é tão importante recordar. Porque recordar também é uma forma de justiça. Todos os anos, a 16 de maio, assinala se o Dia da Resistência Romani, uma data de enorme significado para o Povo Romani em todo o mundo. Nesse dia recorda se a revolta de centenas de pessoas romani prisioneiras no campo de extermínio de Auschwitz Birkenau durante a Segunda Guerra Mundial.

Na noite de 15 para 16 de maio de 1944, milhares de homens, mulheres, raparigas e rapazes romani encerrados na secção conhecida como Zigeunerlager, o campo cigano, descobriram que as SS planeavam assassiná los nas câmaras de gás. Sabiam perfeitamente o que isso significava. Sabiam que iam morrer, mas aconteceu algo extraordinário.

Quase sem forças, debilitados pela fome, pelas doenças e pelo horror diário do campo, decidiram resistir. Com pedras, paus, ferramentas improvisadas e pedaços arrancados dos barracões, prepararam se para se defender. Não tinham armas reais. Tinham apenas medo, exaustão e desespero. E ainda assim resistiram.

Foi particularmente comovente a coragem de muitas mulheres romani que tentaram proteger as suas filhas e os seus filhos até ao último momento. Nessa noite não lutavam para vencer uma guerra. Lutavam simplesmente para continuar vivas mais um dia.

A resistência conseguiu atrasar temporariamente o extermínio, mas o horror não terminou ali. Nos meses seguintes, milhares de pessoas romani foram deportadas para outros campos de concentração e posteriormente assassinadas. Finalmente, na madrugada de 2 para 3 de agosto de 1944, cerca de 3 mil pessoas romani, na sua maioria mulheres, pessoas idosas e crianças, foram levadas para as câmaras de gás de Auschwitz Birkenau. Nessa noite tentaram apagar vidas, nomes, histórias e famílias inteiras. Mas não conseguiram, porque a sua história continua viva.

Hoje sabemos que cerca de 1,5 milhões de Roma e Sinti foram assassinados durante o Holocausto nazi nos campos de concentração. Durante demasiado tempo, a sua memória foi colocada em segundo plano, como se o seu sofrimento valesse menos. Por isso recordar estas histórias continua a ser essencial, porque a memória não pode depender de quem sofreu mais ou de quem teve mais voz para contar depois.

Falar do Povo Romani não é falar apenas do passado. É falar também do presente, do direito a viver sem medo, sem ódio e sem preconceito, do direito a existir com dignidade e do direito a não ter de provar constantemente a sua humanidade e o seu valor inerente.

E por isso hoje, no Dia da Resistência Romani, levantar a voz importa. Importa recordar quem resistiu mesmo quando tudo parecia perdido. Importa honrar quem foi assassinado apenas por ser quem era. E importa também olhar à nossa volta e perguntar o que estamos a fazer hoje para que nenhum povo volte a ser condenado ao esquecimento, ao ódio e ao silêncio.

Porque enquanto existir memória, aqueles que tentaram exterminá-los nunca vencerão verdadeiramente.

Que a memória nunca nos falte perante o ódio.

Nem esquecimento. Nem silêncio. Nem indiferença.

E nunca ódio.