Rodillas en el cuello

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Han pasado cinco años. Cinco años desde que vimos —con rabia, con dolor, con impotencia— cómo un policía blanco, Derek Chauvin, clavaba su rodilla en el cuello de George Floyd durante más de nueve minutos.

George, un hombre afrodescendiente de 46 años, suplicaba a duras penas: “¡No puedo respirar!”. Una frase que repitió una y otra vez de manera agónica hasta que dejó de respirar y su voz se apagó para siempre. Y con su muerte, algo se rompió dentro de mucha gente.

Hoy, cinco años después, esa frase sigue resonando con fuerza en nuestras cabezas. No solo por lo que significó en aquel momento, sino porque aún sigue doliendo. Porque en muchos sitios, cuando hemos cumplido una cuarta parte del siglo XXI, todavía hay quienes no pueden respirar con tranquilidad, sino con miedo. Porque el racismo, la violencia policial y la injusticia no han desaparecido: siguen ahí, muchas veces disfrazados de una aparente normalidad cuando, en realidad, no es más que criminalidad vestida de uniforme y con despacho oficial.

En estos cinco años han pasado muchas cosas. Se juzgó y condenó a Derek Chauvin, responsable de la muerte de George, y eso fue enormemente importante. Previamente, millones de personas habían salido a las calles en todo el mundo pidiendo justicia, igualdad, respeto. Se pintaron murales, se cambiaron leyes, se crearon cientos de campañas contra el racismo y la brutalidad policial. Pero la pregunta sigue siendo incómoda y real: ¿ha cambiado lo suficiente? ¿O nos quedamos en la superficie, en los gestos simbólicos, sin llegar al fondo? La respuesta es evidente: no, aún no hemos hecho lo suficiente. Nos hemos quedado en lo superficial, en lo simbólico y en simples gestos que no salvan vidas.

Porque, si lo pensamos detenidamente durante unos instantes, lo que mató a George Floyd no fue solo una rodilla. Fue un sistema. Fue un desprecio que viene de lejos, de hace siglos. Un desprecio que dice —de forma directa o sutil— que unas vidas valen menos que otras. Todo unido al miedo de siempre, a la impunidad de siempre y al silencio cómplice de siempre.

Y no, no es solo algo que suceda en Estados Unidos. En todos los países hay algo que revisar para que nunca vuelva a suceder algo así. Porque no olvidemos que, aunque no ocurra exactamente igual, el racismo sigue existiendo, la discriminación se siente en el ambiente, y hay barrios, grupos de personas y comunidades enteras que viven con ese “no puedo respirar” pegado al pecho cada día. Porque se les juzga antes de hablar, se les señala por cómo visten, se les vigila por su acento y se criminaliza por su color de piel. No es algo solo de Estados Unidos, sucede por todas partes, a veces muy cerca de nuestros hogares.

Es verdad, la vida sigue, y cinco años no son poco tiempo. Gianna, la hija de George, tenía solo seis años cuando su padre murió. Hoy tiene once, es casi una adolescente que ha crecido con el pleno convencimiento de que su padre fue asesinado por ser negro. Algo que medio mundo vio con sus propios ojos gracias a los medios de comunicación y a las redes sociales. Ahora imaginad por un momento que esa niña, Gianna, fuera vuestra hija, vuestra hermana o vuestra sobrina. ¿No querríais que el mundo fuera un lugar más justo para ella? Pues de eso se trata.

Y, sin embargo, parece que todo se va olvidando. La rabia se ha apagado, volvemos a la rutina diaria y asumimos que “estas cosas pasan”. Pero no, no podemos normalizarlo. No podemos dejar que la muerte de George Floyd quede como una dramática historia del pasado. No cuando hay tantos millones de personas en todo el mundo que viven con miedo, sin poder vivir en paz y sin poder respirar del todo.

Deberíamos mirarnos al espejo y hacernos a nosotros mismos una única pregunta: ¿qué estamos haciendo hoy, aquí y ahora mismo, para que esto no se repita nunca más? ¿Cómo nos atrevemos a hablar de injusticias si, cuando las vemos, pasamos de largo? ¿De verdad escuchamos a quienes las sufren o solo silenciamos el teléfono y cambiamos de canal? ¿Vamos a rebelarnos en contra de los privilegios y las estructuras que perpetúan todo esto o seguiremos sin hacer nada?

Este no es un problema de un país del otro lado del océano. Es un problema que afecta a toda la humanidad. Y si nos duele lo que le pasó a George Floyd, también nos tiene que doler cada vez que una persona es tratada de igual manera, como si fuera una persona inferior, por el color de su piel. Nos tiene que doler cada vez que la policía actúa con violencia, con brutalidad, sin control y sin consecuencias. Nos tiene que doler cada vez que alguien, sea quien sea, tiene miedo de caminar por la calle por ser quien es, por el color de su piel o por su país de procedencia.

Cinco años después, millones de personas en todo el mundo siguen sin poder respirar del todo. Todavía estamos a tiempo de cambiar eso. Pero para ello hay que dejar de callar, hay que mirar de frente y, tras los discursos de condena y los minutos de silencio, pasar a los hechos concretos, a la acción real, al compromiso para cambiar esas estructuras de poder que no protegen, que no defienden, que no tratan a todas las personas por igual, sin importar su color de piel, su país de origen o su pasado.

No basta con recordar a George Floyd. Hay que gritar su nombre cada vez que la injusticia vuelva a asomar. Su nombre y el de todas las víctimas de la brutalidad policial y del Estado. Porque mientras haya cuerpos en el suelo, mientras haya rodillas en el cuello, mientras alguien tenga miedo de perder su vida solo por ser quien es, todos seremos cómplices si guardamos silencio.

Si después de cinco años seguimos respirando con normalidad mientras otros mueren asfixiados por la violencia, el odio y la discriminación, entonces es que no hemos entendido nada.

George no murió solo por un billete, murió porque el sistema le negó el aire.

Negaron su dignidad por el color de su piel.

Y su derecho a respirar.

En un asesinato.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

Knees in the neck

Five years have passed. Five years since we watched – in rage, in pain, in helplessness – as a white policeman, Derek Chauvin, drove his knee into George Floyd’s neck for more than nine minutes.

George, a 46-year-old man of African descent, pleaded, ‘I can’t breathe! A phrase he repeated over and over in agony until he stopped breathing and his voice died forever. And with his death, something broke inside many people.

Today, five years later, that phrase still resonates strongly in our heads. Not only because of what it meant at the time, but also because it still hurts. Because in many places, a quarter of the way through the 21st century, there are still those who cannot breathe with peace of mind, but with fear. Because racism, police violence and injustice have not disappeared: they are still there, often disguised as an apparent normality when, in reality, it is nothing more than criminality dressed in uniform and with an official office.

A lot has happened in these five years. Derek Chauvin, who was responsible for George’s death, was tried and convicted, and that was enormously important. Previously, millions of people had taken to the streets all over the world calling for justice, equality, respect. Murals were painted, laws were changed, hundreds of campaigns against racism and police brutality were created. But the question remains uncomfortable and real: has enough changed, or have we remained on the surface, in symbolic gestures, without getting to the heart of the matter? The answer is obvious: no, we have not yet done enough. We have remained on the surface, in the symbolic and in simple gestures that do not save lives.

Because, if we think about it for a few moments, what killed George Floyd was not just a knee. It was a system. It was a contempt that goes back centuries. A contempt that says – directly or subtly – that some lives are worth less than others. All this combined with the same old fear, the same old impunity and the same old complicit silence.

And no, this is not just something that happens in the United States. In every country there is something to review so that something like this never happens again. Because let us not forget that, although it does not happen in exactly the same way, racism still exists, discrimination is felt in the air, and there are neighbourhoods, groups of people and entire communities that live with that ‘I can’t breathe’ stuck to their chests every day. Because they are judged before they speak, singled out because of the way they dress, policed because of their accent and criminalised because of their skin colour. It’s not just a US thing, it happens everywhere, sometimes very close to home.

It’s true, life goes on, and five years is not a short time. George’s daughter Gianna was only six years old when her father died. Today she is eleven, almost a teenager who has grown up with the full conviction that her father was killed because he was black. Something that half the world saw with their own eyes thanks to the media and social networks. Now imagine for a moment that this child, Gianna, was your daughter, your sister or your niece. Wouldn’t you want the world to be a fairer place for her? Well, that’s what it’s all about.

And yet, it all seems to be forgotten. The anger has died down, we go back to the daily routine and we accept that ‘these things happen’. But no, we cannot normalise it. We cannot let George Floyd’s death remain a dramatic story of the past. Not when there are so many millions of people around the world living in fear, unable to live in peace and unable to breathe at all.

We should look in the mirror and ask ourselves a single question: what are we doing today, right here, right now, so that this never happens again? How dare we talk about injustice if, when we see it, we walk past it? Do we really listen to those who suffer it, or do we just put the phone down and change the channel? Are we going to rebel against the privileges and structures that perpetuate all this, or will we continue to do nothing?

This is not a problem of one country across the ocean. It is a problem that affects the whole of humanity. And if we are hurt by what happened to George Floyd, we must also be hurt every time a person is treated in the same way, as if they were an inferior person, because of the colour of their skin. It must hurt every time the police act with violence, brutality, without control and without consequences. It must hurt every time someone, whoever they are, is afraid to walk down the street because of who they are, the colour of their skin or the country they come from.

Five years later, millions of people around the world are still unable to breathe at all. There is still time to change that. But to do so, we must stop being silent, we must look straight ahead and, after the speeches of condemnation and the minutes of silence, move on to concrete deeds, to real action, to commitment to change those power structures that do not protect, that do not defend, that do not treat all people equally, regardless of their skin colour, their country of origin or their past.

It is not enough to remember George Floyd. His name must be shouted every time injustice rears its ugly head again. His name and that of all victims of police and state brutality. Because as long as there are bodies on the ground, as long as there are knees on necks, as long as someone is afraid of losing their life just because of who they are, we will all be complicit if we remain silent.

If after five years we are still breathing normally while others die suffocated by violence, hatred and discrimination, then we have not understood anything.

George didn’t die just for a ticket, he died because the system denied him air.

They denied his dignity because of the colour of his skin.

And his right to breathe.

In a murder.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲

Ginocchia nel collo

Sono passati cinque anni. Cinque anni da quando abbiamo assistito – con rabbia, dolore e impotenza – al gesto di un poliziotto bianco, Derek Chauvin, che ha conficcato il suo ginocchio nel collo di George Floyd per più di nove minuti.

George, un uomo di 46 anni di origine africana, implorava: “Non riesco a respirare!”. Una frase che ha ripetuto più volte in agonia, finché non ha smesso di respirare e la sua voce si è spenta per sempre. E con la sua morte, qualcosa si è spezzato dentro molte persone.

Oggi, a distanza di cinque anni, quella frase risuona ancora fortemente nelle nostre teste. Non solo per il significato che aveva all’epoca, ma anche perché fa ancora male. Perché in molti luoghi, a un quarto del XXI secolo, c’è ancora chi non può respirare in pace, ma con paura. Perché il razzismo, la violenza della polizia e l’ingiustizia non sono scomparsi: sono ancora lì, spesso mascherati da un’apparente normalità quando, in realtà, non sono altro che criminalità vestita in uniforme e con una carica ufficiale.

In questi cinque anni sono successe molte cose. Derek Chauvin, responsabile della morte di George, è stato processato e condannato, e questo è stato di enorme importanza. In precedenza, milioni di persone erano scese in piazza in tutto il mondo per chiedere giustizia, uguaglianza e rispetto. Sono stati dipinti murales, sono state cambiate le leggi, sono state create centinaia di campagne contro il razzismo e la brutalità della polizia. Ma la domanda rimane scomoda e reale: è cambiato abbastanza o siamo rimasti in superficie, in gesti simbolici, senza andare al cuore della questione? La risposta è ovvia: no, non abbiamo ancora fatto abbastanza. Siamo rimasti in superficie, nel simbolico e in semplici gesti che non salvano le vite.

Perché, se ci pensiamo un attimo, a uccidere George Floyd non è stato solo un ginocchio. Era un sistema. Un disprezzo che risale a secoli fa. Un disprezzo che dice – direttamente o sottilmente – che alcune vite valgono meno di altre. Il tutto unito alla solita paura, alla solita impunità e al solito silenzio complice.

E no, non si tratta di qualcosa che accade solo negli Stati Uniti. In ogni Paese c’è qualcosa da rivedere perché una cosa del genere non accada mai più. Perché non dimentichiamo che, anche se non accade esattamente nello stesso modo, il razzismo esiste ancora, la discriminazione si sente nell’aria e ci sono quartieri, gruppi di persone e intere comunità che vivono ogni giorno con quel “non riesco a respirare” appiccicato al petto. Perché vengono giudicati prima di parlare, individuati per il modo in cui si vestono, controllati per il loro accento e criminalizzati per il colore della loro pelle. Non è una cosa che riguarda solo gli Stati Uniti, succede ovunque, a volte molto vicino a casa.

È vero, la vita va avanti e cinque anni non sono pochi. Gianna, la figlia di George, aveva solo sei anni quando suo padre morì. Oggi ha undici anni, è quasi un’adolescente cresciuta con la piena convinzione che suo padre sia stato ucciso perché nero. Una cosa che mezzo mondo ha visto con i propri occhi grazie ai media e ai social network. Immaginate per un attimo che questa bambina, Gianna, sia vostra figlia, vostra sorella o vostra nipote: non vorreste che il mondo fosse un posto più giusto per lei? Ebbene, si tratta proprio di questo.

Eppure, tutto sembra essere dimenticato. La rabbia si è placata, si torna alla routine quotidiana e si accetta che “queste cose succedono”. Ma no, non possiamo normalizzarle. Non possiamo lasciare che la morte di George Floyd rimanga una drammatica storia del passato. Non quando ci sono così tanti milioni di persone nel mondo che vivono nella paura, che non riescono a vivere in pace e che non riescono a respirare.

Dovremmo guardarci allo specchio e porci un’unica domanda: cosa stiamo facendo oggi, proprio qui, proprio ora, affinché questo non accada mai più? Come osiamo parlare di ingiustizia se, quando la vediamo, ci passiamo davanti? Ascoltiamo davvero chi la subisce o ci limitiamo a mettere giù il telefono e a cambiare canale? Ci ribelleremo ai privilegi e alle strutture che perpetuano tutto questo, o continueremo a non fare nulla?

Questo non è un problema di un paese dall’altra parte dell’oceano. È un problema che riguarda l’intera umanità. E se siamo feriti da ciò che è accaduto a George Floyd, dobbiamo essere feriti anche ogni volta che una persona viene trattata allo stesso modo, come se fosse una persona inferiore, a causa del colore della sua pelle. Deve farci male ogni volta che la polizia agisce con violenza, brutalità, senza controllo e senza conseguenze. Deve far male ogni volta che qualcuno, chiunque sia, ha paura di camminare per strada a causa di chi è, del colore della pelle o del Paese da cui proviene.

Cinque anni dopo, milioni di persone in tutto il mondo non riescono ancora a respirare. C’è ancora tempo per cambiare questa situazione. Ma per farlo, dobbiamo smettere di tacere, dobbiamo guardare dritto davanti a noi e, dopo i discorsi di condanna e i minuti di silenzio, passare agli atti concreti, all’azione reale, all’impegno per cambiare quelle strutture di potere che non proteggono, che non difendono, che non trattano tutte le persone allo stesso modo, indipendentemente dal colore della pelle, dal Paese di origine o dal passato.

Non basta ricordare George Floyd. Il suo nome deve essere gridato ogni volta che l’ingiustizia si ripresenta. Il suo nome e quello di tutte le vittime della brutalità della polizia e dello Stato. Perché finché ci saranno corpi a terra, finché ci saranno ginocchia sul collo, finché qualcuno avrà paura di perdere la vita solo per quello che è, saremo tutti complici se rimarremo in silenzio.

Se dopo cinque anni respiriamo ancora normalmente mentre altri muoiono soffocati dalla violenza, dall’odio e dalla discriminazione, allora non abbiamo capito nulla.

George non è morto solo per un biglietto, ma perché il sistema gli ha negato l’aria.

Gli hanno negato la dignità a causa del colore della sua pelle.

E il suo diritto di respirare.

In un assassinio.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩

Les genoux dans le cou

Cinq années se sont écoulées. Cinq ans que nous avons regardé, avec rage, douleur et impuissance, un policier blanc, Derek Chauvin, enfoncer son genou dans le cou de George Floyd pendant plus de neuf minutes.

George, un homme de 46 ans d’origine africaine, a plaidé : «Je ne peux pas respirer ! ». Une phrase qu’il a répétée à l’infini, jusqu’à ce qu’il cesse de respirer et que sa voix s’éteigne à jamais. Et avec sa mort, quelque chose s’est brisé à l’intérieur de nombreuses personnes.

Aujourd’hui, cinq ans plus tard, cette phrase résonne encore fortement dans nos têtes. Non seulement en raison de ce qu’elle signifiait à l’époque, mais aussi parce qu’elle fait toujours mal. Parce que dans de nombreux endroits, au quart du XXIe siècle, il y a encore des gens qui ne peuvent pas respirer en paix, mais dans la peur. Parce que le racisme, la violence policière et l’injustice n’ont pas disparu : ils sont toujours là, souvent déguisés en une apparente normalité alors qu’il ne s’agit en réalité que d’une criminalité habillée d’un uniforme et d’une fonction officielle.

Il s’est passé beaucoup de choses au cours de ces cinq années. Derek Chauvin, responsable de la mort de George, a été jugé et condamné, ce qui a été extrêmement important. Auparavant, des millions de personnes étaient descendues dans les rues du monde entier pour réclamer la justice, l’égalité et le respect. Des fresques ont été peintes, des lois ont été modifiées, des centaines de campagnes contre le racisme et la brutalité policière ont été lancées. Mais la question reste inconfortable et réelle : avons-nous suffisamment changé, ou sommes-nous restés à la surface, dans des gestes symboliques, sans aller au cœur du problème ? La réponse est évidente : non, nous n’en avons pas encore fait assez. Nous sommes restés en surface, dans le symbolique et dans des gestes simples qui ne sauvent pas des vies.

Car, si l’on y réfléchit quelques instants, ce qui a tué George Floyd, ce n’est pas seulement un genou. C’était un système. Un mépris qui remonte à des siècles. Un mépris qui dit – directement ou subtilement – que certaines vies valent moins que d’autres. Tout cela combiné à la même vieille peur, à la même vieille impunité et au même vieux silence complice.

Et non, il ne s’agit pas d’un phénomène propre aux États-Unis. Dans chaque pays, il y a quelque chose à revoir pour qu’une telle chose ne se reproduise plus jamais. Car n’oublions pas que, même si les choses ne se passent pas exactement de la même manière, le racisme existe toujours, la discrimination est présente dans l’air, et il y a des quartiers, des groupes de personnes et des communautés entières qui vivent avec ce « je ne peux pas respirer » collé à leur poitrine tous les jours. Parce qu’ils sont jugés avant même d’avoir parlé, qu’ils sont montrés du doigt pour leur tenue vestimentaire, qu’ils sont contrôlés par la police en raison de leur accent et qu’ils sont criminalisés en raison de la couleur de leur peau. Ce n’est pas seulement une affaire américaine, cela arrive partout, parfois très près de chez soi.

C’est vrai, la vie continue, et cinq ans, ce n’est pas si court. Gianna, la fille de George, n’avait que six ans lorsque son père est mort. Aujourd’hui, elle a onze ans, presque une adolescente qui a grandi avec l’intime conviction que son père a été tué parce qu’il était noir. Une chose que la moitié du monde a vu de ses propres yeux grâce aux médias et aux réseaux sociaux. Imaginez un instant que cette enfant, Gianna, soit votre fille, votre sœur ou votre nièce : ne voudriez-vous pas que le monde soit plus juste pour elle ? C’est bien de cela qu’il s’agit.

Et pourtant, tout cela semble oublié. La colère est retombée, nous retournons à la routine quotidienne et nous acceptons que « ces choses-là arrivent ». Mais non, nous ne pouvons pas le normaliser. Nous ne pouvons pas laisser la mort de George Floyd rester une histoire dramatique du passé. Pas quand des millions de personnes dans le monde vivent dans la peur, ne peuvent pas vivre en paix et ne peuvent pas respirer du tout.

Nous devrions nous regarder dans le miroir et nous poser une seule question : que faisons-nous aujourd’hui, ici et maintenant, pour que cela ne se reproduise plus jamais ? Comment oserions-nous parler d’injustice si, lorsque nous la voyons, nous passons à côté ? Écoutons-nous vraiment ceux qui la subissent, ou nous contentons-nous de poser le téléphone et de changer de chaîne ? Allons-nous nous rebeller contre les privilèges et les structures qui perpétuent tout cela, ou continuerons-nous à ne rien faire ?

Il ne s’agit pas du problème d’un pays situé de l’autre côté de l’océan. C’est un problème qui touche l’ensemble de l’humanité. Et si nous sommes blessés par ce qui est arrivé à George Floyd, nous devons également être blessés chaque fois qu’une personne est traitée de la même manière, comme si elle était une personne inférieure, en raison de la couleur de sa peau. Nous devons souffrir chaque fois que la police agit avec violence, brutalité, sans contrôle et sans conséquences. Cela doit faire mal chaque fois qu’une personne, quelle qu’elle soit, a peur de marcher dans la rue à cause de ce qu’elle est, de la couleur de sa peau ou du pays d’où elle vient.

Cinq ans plus tard, des millions de personnes dans le monde ne peuvent toujours pas respirer. Il est encore temps de changer cela. Mais pour cela, nous devons cesser de nous taire, nous devons regarder droit devant nous et, après les discours de condamnation et les minutes de silence, passer aux actes concrets, à l’action réelle, à l’engagement de changer ces structures de pouvoir qui ne protègent pas, qui ne défendent pas, qui ne traitent pas toutes les personnes de la même manière, indépendamment de la couleur de leur peau, de leur pays d’origine ou de leur passé.

Il ne suffit pas de se souvenir de George Floyd. Son nom doit être crié chaque fois que l’injustice refait surface. Son nom et celui de toutes les victimes des brutalités policières et étatiques. Parce que tant qu’il y aura des corps sur le sol, tant qu’il y aura des genoux sur les nuques, tant que quelqu’un aura peur de perdre la vie simplement à cause de ce qu’il est, nous serons tous complices si nous restons silencieux.

Si, après cinq ans, nous respirons encore normalement alors que d’autres meurent étouffés par la violence, la haine et la discrimination, c’est que nous n’avons rien compris.

George n’est pas mort pour un simple billet, il est mort parce que le système lui a refusé l’air.

Sa dignité lui a été refusée en raison de la couleur de sa peau.

Et son droit de respirer.

Dans un assassinat.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷

Joelhos no pescoço

Passaram cinco anos. Cinco anos desde que vimos – com raiva, com dor, com impotência – um polícia branco, Derek Chauvin, enfiar o joelho no pescoço de George Floyd durante mais de nove minutos.

George, um homem de 46 anos de ascendência africana, gritou: “Não consigo respirar!”. Uma frase que repetiu vezes sem conta, em agonia, até deixar de respirar e a sua voz morrer para sempre. E com a sua morte, algo se quebrou dentro de muitas pessoas.

Hoje, cinco anos depois, essa frase ainda ressoa fortemente nas nossas cabeças. Não só pelo que significou na altura, mas também porque continua a doer. Porque em muitos sítios, a um quarto do século XXI, ainda há quem não consiga respirar em paz, mas sim com medo. Porque o racismo, a violência policial e a injustiça não desapareceram: continuam lá, muitas vezes disfarçados de uma aparente normalidade quando, na realidade, não passam de criminalidade vestida de uniforme e com um cargo oficial.

Nestes cinco anos, muita coisa aconteceu. Derek Chauvin, responsável pela morte de George, foi julgado e condenado, o que foi extremamente importante. Anteriormente, milhões de pessoas tinham saído para as ruas de todo o mundo a pedir justiça, igualdade e respeito. Pintaram-se murais, alteraram-se leis, criaram-se centenas de campanhas contra o racismo e a brutalidade policial. Mas a questão continua a ser incómoda e real: será que mudou o suficiente ou ficámos à superfície, em gestos simbólicos, sem chegar ao cerne da questão? A resposta é óbvia: não, ainda não fizemos o suficiente. Ficámos à superfície, no simbólico e em gestos simples que não salvam vidas.

Porque, se pensarmos por uns momentos, o que matou George Floyd não foi apenas um joelho. Foi um sistema. Foi um desprezo que remonta a séculos. Um desprezo que diz – direta ou subtilmente – que algumas vidas valem menos do que outras. Tudo isto combinado com o mesmo medo de sempre, a mesma impunidade de sempre e o mesmo silêncio cúmplice de sempre.

E não, isto não é algo que acontece apenas nos Estados Unidos. Em todos os países há algo a rever para que algo assim não volte a acontecer. Porque não nos esqueçamos que, embora não aconteça exatamente da mesma forma, o racismo continua a existir, a discriminação sente-se no ar e há bairros, grupos de pessoas e comunidades inteiras que vivem todos os dias com aquele “não consigo respirar” colado ao peito. Porque são julgados antes de falarem, escolhidos pela forma como se vestem, policiados por causa do sotaque e criminalizados por causa da cor da pele. Não é apenas uma coisa dos EUA, acontece em todo o lado, por vezes muito perto de casa.

É verdade, a vida continua, e cinco anos não é pouco tempo. A filha de George, Gianna, tinha apenas seis anos quando o pai morreu. Hoje tem onze, é quase uma adolescente que cresceu com a plena convicção de que o seu pai foi morto por ser negro. Algo que meio mundo viu com os seus próprios olhos graças aos meios de comunicação social e às redes sociais. Agora imagine por um momento que esta criança, Gianna, era sua filha, sua irmã ou sua sobrinha. Não gostaria que o mundo fosse um lugar mais justo para ela? Bem, é disso que se trata.

E, no entanto, tudo parece ter sido esquecido. A raiva abrandou, voltámos à rotina diária e aceitámos que “estas coisas acontecem”. Mas não, não podemos normalizá-las. Não podemos deixar que a morte de George Floyd continue a ser uma história dramática do passado. Não quando há tantos milhões de pessoas em todo o mundo a viver com medo, incapazes de viver em paz e incapazes de respirar.

Devemos olhar-nos ao espelho e fazer a nós próprios uma única pergunta: o que estamos a fazer hoje, aqui e agora, para que isto não volte a acontecer? Como ousamos falar de injustiça se, quando a vemos, passamos ao lado dela? Ouvimos realmente aqueles que a sofrem, ou simplesmente pousamos o telefone e mudamos de canal? Vamos revoltar-nos contra os privilégios e as estruturas que perpetuam tudo isto, ou vamos continuar a não fazer nada?

Este não é um problema de um país do outro lado do oceano. É um problema que afecta toda a humanidade. E se nos magoa o que aconteceu a George Floyd, também nos deve magoar cada vez que uma pessoa é tratada da mesma forma, como se fosse uma pessoa inferior, por causa da cor da sua pele. Deve doer cada vez que a polícia actua com violência, brutalidade, sem controlo e sem consequências. Deve doer cada vez que alguém, seja quem for, tem medo de andar na rua por ser quem é, pela cor da sua pele ou pelo país de onde vem.

Cinco anos depois, milhões de pessoas em todo o mundo continuam a não conseguir respirar. Ainda há tempo para mudar essa situação. Mas, para isso, temos de deixar de estar em silêncio, temos de olhar em frente e, depois dos discursos de condenação e dos minutos de silêncio, passar aos actos concretos, à ação real, ao compromisso de mudar as estruturas de poder que não protegem, que não defendem, que não tratam todas as pessoas de forma igual, independentemente da cor da sua pele, do seu país de origem ou do seu passado.

Não basta recordar George Floyd. O seu nome tem de ser gritado de cada vez que a injustiça volta a aparecer. O seu nome e o de todas as vítimas da brutalidade policial e estatal. Porque enquanto houver corpos no chão, enquanto houver joelhos no pescoço, enquanto alguém tiver medo de perder a vida só por ser quem é, seremos todos cúmplices se nos mantivermos em silêncio.

Se ao fim de cinco anos ainda estivermos a respirar normalmente enquanto outros morrem sufocados pela violência, pelo ódio e pela discriminação, então não compreendemos nada.

George não morreu apenas por um bilhete, morreu porque o sistema lhe negou o ar.

Negaram-lhe a dignidade por causa da cor da sua pele.

E o seu direito a respirar.

Num assassinato.

Mujeres por la Paz

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional de las Mujeres por la Paz y el Desarme)

Cada 24 de mayo se celebra el Día Internacional de las Mujeres por la Paz y el Desarme. Puede que no sea una de las fechas más conocidas, pero tiene un mensaje potente: reconocer y dar valor al papel de las mujeres que luchan cada día, no con violencia, sino con diálogo, unión y compromiso, para construir un mundo sin guerras.

Esta conmemoración nació en los años 80, cuando grupos de mujeres en Europa alzaron la voz contra el uso de armas nucleares y la escalada militar. Desde entonces, se ha convertido en una forma de visibilizar a todas esas mujeres —muchas veces invisibles— que trabajan por la paz desde sus barrios, comunidades, organizaciones o incluso en zonas de conflicto.

Porque no se trata solo de las grandes negociaciones entre países. La paz también se construye desde abajo, con pequeños gestos que cambian realidades: con mujeres que acompañan a víctimas de la guerra, que promueven el diálogo entre pueblos enfrentados o que educan a las nuevas generaciones en valores de respeto y convivencia.

Y, sin embargo, a pesar de todo ese trabajo, todavía hoy siguen siendo pocas las mujeres que tienen voz en las decisiones importantes sobre seguridad y desarme. Por eso, este día también es un recordatorio: la paz verdadera no puede lograrse dejando fuera a la mitad de la población.

Además, el desarme va más allá de quitar armas. También significa desmontar ideas de poder basadas en la violencia, el miedo y el control. Las mujeres han demostrado, una y otra vez, que hay otra forma de proteger: cuidando, escuchando y construyendo redes.

Así que hoy no solo conmemoramos a las mujeres que ya han hecho historia en la defensa de la paz. También miramos al presente y al futuro, apoyando a quienes siguen levantándose cada día para que vivamos en un mundo más justo y sin violencia.

Porque la paz no se impone con fuerza, se teje con manos valientes y corazones firmes.

Con mujeres construyendo paz cada día.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

Women for Peace

(International Women’s Day for Peace and Disarmament)

Every 24 May is celebrated as International Women’s Day for Peace and Disarmament. It may not be one of the most well-known dates, but it has a powerful message: to recognise and give value to the role of women who fight every day, not with violence, but with dialogue, union and commitment, to build a world without war.

This commemoration was born in the 1980s, when women’s groups in Europe raised their voices against the use of nuclear weapons and military escalation. Since then, it has become a way of making visible all those women – often invisible – who work for peace in their neighbourhoods, communities, organisations or even in conflict zones.

Because it is not only about the big negotiations between countries. Peace is also built from below, with small gestures that change realities: with women who accompany victims of war, who promote dialogue between conflicting peoples or who educate new generations in values of respect and coexistence.

And yet, despite all this work, even today there are still few women who have a voice in important decisions on security and disarmament. That is why this day is also a reminder: true peace cannot be achieved by leaving out half of the population.

Moreover, disarmament goes beyond taking away weapons. It also means dismantling ideas of power based on violence, fear and control. Women have shown, time and again, that there is another way to protect: by caring, listening and building networks.

So today we not only commemorate the women who have already made history in the defence of peace. We also look to the present and the future, supporting those who continue to stand up every day so that we can live in a more just world without violence.

Because peace is not imposed with force, it is woven with brave hands and firm hearts.

With women building peace every day.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲

Donne per la pace

(Giornata internazionale delle donne per la pace e il disarmo)

Ogni 24 maggio si celebra la Giornata internazionale delle donne per la pace e il disarmo. Forse non è una delle date più conosciute, ma ha un messaggio potente: riconoscere e valorizzare il ruolo delle donne che ogni giorno lottano, non con la violenza, ma con il dialogo, l’unione e l’impegno, per costruire un mondo senza guerre.

Questa commemorazione è nata negli anni ’80, quando i gruppi di donne in Europa hanno alzato la voce contro l’uso delle armi nucleari e l’escalation militare. Da allora, è diventata un modo per rendere visibili tutte quelle donne – spesso invisibili – che lavorano per la pace nei loro quartieri, nelle loro comunità, nelle loro organizzazioni o anche nelle zone di conflitto.

Perché non si tratta solo di grandi negoziati tra Paesi. La pace si costruisce anche dal basso, con piccoli gesti che cambiano la realtà: con le donne che accompagnano le vittime della guerra, che promuovono il dialogo tra i popoli in conflitto o che educano le nuove generazioni ai valori del rispetto e della convivenza.

Eppure, nonostante tutto questo lavoro, ancora oggi sono poche le donne che hanno voce nelle decisioni importanti in materia di sicurezza e disarmo. Ecco perché questa giornata è anche un promemoria: la vera pace non può essere raggiunta lasciando fuori metà della popolazione.

Inoltre, il disarmo va oltre il togliere le armi. Significa anche smantellare le idee di potere basate sulla violenza, sulla paura e sul controllo. Le donne hanno dimostrato, più volte, che c’è un altro modo di proteggere: prendendosi cura, ascoltando e costruendo reti.

Oggi non commemoriamo solo le donne che hanno già fatto la storia della difesa della pace. Guardiamo anche al presente e al futuro, sostenendo coloro che continuano a battersi ogni giorno per vivere in un mondo più giusto e senza violenza.

Perché la pace non si impone con la forza, ma si tesse con mani coraggiose e cuori saldi.

Con le donne che costruiscono la pace ogni giorno.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩

Les femmes pour la paix

(Journée internationale des femmes pour la paix et le désarmement)

Chaque 24 mai est célébrée la Journée internationale des femmes pour la paix et le désarmement. Cette date n’est peut-être pas la plus connue, mais son message est puissant : il s’agit de reconnaître et de valoriser le rôle des femmes qui luttent chaque jour, non par la violence, mais par le dialogue, l’union et l’engagement, pour construire un monde sans guerre.

Cette commémoration est née dans les années 1980, lorsque des groupes de femmes en Europe ont élevé la voix contre l’utilisation d’armes nucléaires et l’escalade militaire. Depuis, elle est devenue un moyen de rendre visibles toutes ces femmes – souvent invisibles – qui œuvrent pour la paix dans leur quartier, leur communauté, leur organisation ou même dans les zones de conflit.

Car il ne s’agit pas seulement de grandes négociations entre pays. La paix se construit aussi par le bas, par de petits gestes qui changent les réalités : avec dens femmes qui accompagnent les victimes de la guerre, qui favorisent le dialogue entre les peuples en conflit ou qui éduquent les nouvelles générations aux valeurs de respect et de coexistence.

Et pourtant, malgré tout ce travail, aujourd’hui encore, peu de femmes ont voix au chapitre dans les décisions importantes en matière de sécurité et de désarmement. C’est pourquoi cette journée est aussi l’occasion de rappeler qu’une paix véritable ne peut être obtenue en laissant de côté la moitié de la population.

En outre, le désarmement ne se limite pas à l’élimination des armes. Il signifie également le démantèlement des idées de pouvoir fondées sur la violence, la peur et le contrôle. Les femmes ont montré, à maintes reprises, qu’il existe une autre façon de protéger : en se souciant des autres, en les écoutant et en construisant des réseaux.

Aujourd’hui, nous ne nous contentons pas de commémorer les femmes qui ont déjà marqué l’histoire de la défense de la paix. Nous nous tournons également vers le présent et l’avenir, en soutenant celles qui continuent à se battre chaque jour pour que nous puissions vivre dans un monde plus juste et sans violence.

Parce que la paix ne s’impose pas par la force, elle se tisse avec des mains courageuses et des cœurs fermes.

Avec des femmes qui construisent la paix chaque jour.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷

Mulheres pela Paz

(Dia Internacional da Mulher pela Paz e o Desarmamento)

Todos os dias 24 de maio é celebrado o Dia Internacional da Mulher pela Paz e o Desarmamento. Pode não ser uma das datas mais conhecidas, mas tem uma mensagem poderosa: reconhecer e valorizar o papel das mulheres que lutam todos os dias, não com violência, mas com diálogo, união e empenho, para construir um mundo sem guerras.

Esta comemoração nasceu nos anos 80, quando grupos de mulheres na Europa levantaram a voz contra o uso de armas nucleares e a escalada militar. Desde então, tornou-se uma forma de tornar visíveis todas as mulheres – muitas vezes invisíveis – que trabalham pela paz nos seus bairros, comunidades, organizações ou mesmo em zonas de conflito.

Porque não se trata apenas das grandes negociações entre países. A paz também se constrói a partir de baixo, com pequenos gestos que mudam as realidades: com mulheres que acompanham as vítimas da guerra, que promovem o diálogo entre povos em conflito ou que educam as novas gerações nos valores do respeito e da convivência.

E, no entanto, apesar de todo este trabalho, ainda hoje são poucas as mulheres que têm voz ativa nas decisões importantes sobre segurança e desarmamento. É por isso que este dia é também um lembrete: a verdadeira paz não pode ser alcançada deixando de fora metade da população.

Além disso, o desarmamento não se limita a retirar as armas. Significa também desmantelar ideias de poder baseadas na violência, no medo e no controlo. As mulheres demonstraram, vezes sem conta, que há outra forma de proteção: cuidando, ouvindo e construindo redes.

Por isso, hoje não comemoramos apenas as mulheres que já fizeram história na defesa da paz. Olhamos também para o presente e para o futuro, apoiando aquelas que continuam a erguer-se todos os dias para que possamos viver num mundo mais justo e sem violência.

Porque a paz não se impõe com a força, tece-se com mãos corajosas e corações firmes.

Com as mulheres a construir a paz todos os dias.

Ser tú también es un derecho

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Cada 17 de mayo se celebra el Día Internacional contra la LGTBIfobia. No es una fecha más en el calendario, esta fecha nos recuerda que hace ya 35 años —sí, desde 1990— la Organización Mundial de la Salud dejó de considerar la homosexualidad como una enfermedad. Parece increíble que algo tan evidente necesitara una declaración oficial. Pero así fue: lo necesitó, y lo logró gracias a la lucha de muchas personas que se negaron a vivir con vergüenza por ser quienes eran. Y es que no tenían nada de lo que avergonzarse.

Hoy, en 2025, seguimos levantando la voz. Porque aunque sobre el papel hemos avanzado mucho, en la vida real la discriminación sigue siendo una sombra persistente. Las agresiones físicas y verbales, la marginación laboral, los prejuicios en el aula o la exclusión dentro de la propia familia siguen marcando la realidad de miles de personas LGTBIQ+ en todo el mundo.

¿Y sabes qué es lo más duro? Que muchas veces esa violencia se esconde bajo comentarios “inofensivos”… en chistes que no hacen gracia, en silencios incómodos o en el famoso “yo no tengo nada en contra, pero…”. Eso también es violencia. Es más sutil, pero igual de dañina.

En los últimos meses, han aumentado los delitos de odio hacia personas del colectivo, especialmente hacia jóvenes trans. También vemos cómo en algunos países europeos y del resto del mundo se intentan recortar derechos ya conquistados. En redes sociales se viralizan discursos de odio disfrazados de libertad de expresión. Y mientras tanto, muchas personas siguen escondiéndose para evitar ser señaladas.

Aún más alarmante es que en pleno siglo XXI sigan existiendo prácticas como las “terapias de conversión”, que pretenden cambiar la orientación sexual o identidad de género de una persona. Estas “terapias” no solo carecen de fundamento científico, sino que han sido condenadas por organismos internacionales como una forma de tortura, tanto física como psicológica. No hay nada que curar, porque no hay nada que esté enfermo. La diversidad no se corrige: se respeta, se abraza, se ama y se protege.

Por eso, hoy más que nunca, necesitamos leyes que protejan, pero también corazones que entiendan. Porque de poco sirve la ley si la sociedad no responde con los brazos abiertos. Necesitamos que los colegios enseñen respeto desde la infancia, que los medios informen con responsabilidad, que las empresas abracen la diversidad más allá de pintar su logo con la bandera arcoíris en junio. Y, sobre todo, que en los hogares se escuche y se ame sin condiciones.

No estamos hablando de “privilegios” ni de “agendas”. Estamos hablando de derechos humanos. De vivir sin miedo. De que nadie tenga que elegir entre su identidad y su seguridad. De que una persona no sea reducida a una etiqueta o una orientación sexual.

También es justo reconocer los logros. En muchos lugares se han aprobado leyes que reconocen a las familias diversas, que protegen a las personas trans en el ámbito laboral o que garantizan una educación inclusiva. Las manifestaciones del Orgullo se han convertido en un espacio de celebración, pero también de denuncia y reivindicación. Cada vez hay más referentes visibles en todos los ámbitos: desde el deporte hasta la política, pasando por el cine, la ciencia y el activismo.

Y es que ser visibles importa. Importa para el niño que aún no se atreve a decir que es gay. Para la chica que se mira al espejo y no se reconoce. Para la persona que vive en un pueblo pequeño y siente que no hay nadie más como ella. Importa porque el mensaje es claro: no estás sola, no estás solo, no estás sole… y mereces que te amen como a cualquier otra persona en el mundo.

Como siempre, hay que rendir homenaje a todas las personas que han abierto camino. A quienes se enfrentaron al rechazo, al miedo, a la injusticia. A quienes marcharon cuando marchar era un acto de valentía. Cuando salir a la calle era sinónimo de entrar en la cárcel después. A quienes no sobrevivieron cuando solo querían vivir y amar en libertad. Y a quienes hoy siguen peleando para que cada letra del colectivo LGTBIQ+ tenga el lugar que merece.

Sabemos que el camino no ha sido fácil. Y ese camino tampoco ha terminado. La igualdad legal no siempre se traduce en igualdad real. Pero cada gesto cuenta: cada abrazo sin juicio, cada aula sin burlas, cada empresa que incluye, cada ley que protege, cada voz que dice “basta” es un paso que nos hace mejores como sociedad. No hay nada malo en mirar a los ojos de la persona que tienes frente a ti y decirle “te amo”, ni tampoco en mirarte al espejo y decirte “me amo”.

De nada sirve hablar de libertad si no incluye la libertad de amar, de ser, de mostrarse sin miedo. No tiene sentido. Porque la igualdad no es igualdad si no abraza la diversidad en todas sus formas. Y porque una sociedad que celebra su diversidad es una sociedad más rica, más justa, más libre y, sobre todo, más humana.

Así que hoy no solo recordamos, también celebramos y exigimos. Porque no queremos tolerancia, queremos respeto. No queremos escondernos, queremos brillar.

No queremos sobrevivir, sino vivir con dignidad.

Porque ser tú también es un derecho.

Ejércelo siempre.

Sé tú.

✨🏳️‍🌈❤️🏳️‍⚧️✨

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

Because Being You Is A Right Too

Every 17th of May we observe the International Day Against LGBTIphobia. It’s not just another date on the calendar; it’s a reminder that 35 years ago—yes, since 1990—the World Health Organization ceased to classify homosexuality as an illness. It seems incredible that something so obvious required an official declaration. Yet that was precisely what was needed—and it was achieved thanks to the relentless struggle of many who refused to live in shame for being who they were. And, indeed, there was nothing to be ashamed of.

Today, in 2025, we continue to raise our voices. Because although on paper we have come a long way, in reality discrimination remains an ever-present shadow. Physical and verbal assaults, workplace exclusion, prejudice in the classroom and even rejection by one’s own family still shape the lives of thousands of LGBTIQ+ people worldwide.

And do you know what’s hardest? That so often this violence hides behind “harmless” remarks… in jokes that aren’t funny, in awkward silences or in the infamous “I’m not against you, but…”. That is violence too. It’s more subtle, but no less harmful.

In recent months, hate crimes against the community have risen, especially targeting young trans people. We’ve also seen attempts—both in some European countries and further afield—to roll back hard-won rights. On social media, hate speech masquerading as freedom of expression goes viral. Meanwhile, many continue to hide, fearful of being singled out.

Even more alarming is that in the twenty-first century we still see so-called “conversion therapies” aimed at changing a person’s sexual orientation or gender identity. These “therapies” are not only utterly unscientific but have been denounced by international bodies as a form of torture, both physical and psychological. There is nothing to cure, because there is no illness. Diversity must not be corrected: it must be respected, embraced, cherished and protected.

That is why, now more than ever, we need laws that protect us—but also hearts that understand. After all, laws are of little use if society does not respond with open arms. We must ensure that schools teach respect from the earliest years, that the media report responsibly, that companies embrace diversity far beyond painting their logos with the rainbow in June. Above all, we need homes where we are heard and loved unconditionally.

We are not talking about “privileges” or “agendas.” We are talking about human rights. About living without fear. About no one having to choose between their identity and their safety. About never reducing a person to a label or a sexual orientation.

It is also right to acknowledge the achievements. In many places laws now recognise diverse families, protect trans people in the workplace and guarantee inclusive education. Pride marches have become both celebrations and platforms for protest and demands. Increasingly visible role models now span every field—sport, politics, film, science and activism.

Visibility matters. It matters for the child who has not yet dared to say “I am gay.” For the teenage girl who looks in the mirror and does not recognise herself. For the person in a small town who feels utterly alone. Visibility matters because the message must be clear: you are not alone, you are not the only one, you deserve to be loved like everyone else in the world.

As always, we pay tribute to all who have blazed the trail. To those who faced rejection, fear and injustice. To those who marched when marching was an act of courage—and to those imprisoned simply for daring to walk the streets. To those who did not survive the battle merely to live and love freely. And to those who continue the fight so that every letter of LGBTIQ+ shall have its rightful place.

We know the road has been hard—and it is far from over. Legal equality does not always translate into real equality. But every gesture counts: every judgement-free embrace, every classroom free from mockery, every company that truly includes, every law that safeguards, every voice that declares “enough” brings us one step closer as a society. There is nothing wrong with looking the person before you in the eye and saying “I love you,” nor with looking in the mirror and saying “I love myself.”

There is no liberty worth the name if it does not encompass the freedom to love, to be, to show oneself without fear. It is meaningless otherwise. For equality is not equality if it does not embrace diversity in all its forms. And because a society that celebrates its diversity is richer, fairer, freer and—above all—more human.

So today we not only remember, we also celebrate and demand. Because we don’t want tolerance, we want respect. We don’t want to hide, we want to shine.

We do not want to survive—we want to live with dignity.

Because being you is a right too.

Exercise it always.

Be you.

✨🏳️‍🌈❤️🏳️‍⚧️✨