La Trata está aquí

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Mundial contra la Trata de Personas)

Cuando hablamos de la trata de personas no estamos hablando de un delito cualquiera. Estamos hablando de uno de los crímenes más atroces que existen. Un crimen que pisotea los derechos humanos de millones de personas en todo el mundo. Y está pasando ahora mismo mientras lees esto. 

Pero, ¿qué significa exactamente «trata de personas»? Significa que hay personas como tú, como yo, como cualquiera otra persona en el mundo, que son convertidas en meras mercancías, en objetos de usar y tirar, con el único fin de obtener dinero.

A las víctimas de la trata se las obliga a trabajar, a tener relaciones sexuales sin consentimiento, a mendigar, o a cometer delitos. Todo ello en contra de su voluntad.

Y lo peor es que este problema no está escondido ni pasa “allá lejos” de nuestros hogares. Está ocurriendo muy cerca de nosotros: en nuestros propios barrios, en nuestras ciudades e, incluso, en lugares que visitamos a diario. Pero no nos damos cuenta. ¿O tal vez sí?

La trata está ahí, muchas veces a plena luz del día, y aun así, mucha gente no quiere ver. Hay quienes no saben cómo actuar. Pero hay quienes deciden callar. Y eso es mucho peor.

Las redes de trata no surgen de la nada. Se aprovechan de aquellas situaciones que afectan a las personas más vulnerables: la pobreza, el desempleo, la guerra, el hambre, la violencia familiar, el desplazamiento forzado, la falta de educación… Todos estos factores influyen. Y todos tienen solución, si no conjuntamente, al menos uno a uno. Pero nadie hace nada o no lo suficiente.

Imagina por un momento que no tienes qué comer, que vives con miedo o que estás huyendo de una guerra. Solo quieres una oportunidad, un poco de esperanza. Entonces llega alguien que te ofrece un trabajo, un viaje y una vida mejor. Y es justo ahí donde caes en la trampa.

Lo que parecía una oportunidad se convierte en una pesadilla para ti. Lo que te prometían como una vida en libertad se ha transformado en una de las peores formas de esclavitud moderna. Porque las víctimas que acaban en manos de redes criminales son manipuladas constantemente a través de dos de las armas más poderosas: el control y el miedo. Les quitan sus papeles, las amenazan y agreden constantemente, les hacen pagar deudas que no existen o que no dejan de crecer día a día. Les dicen que si intentan escapar o denuncian, sus familias sufrirán las consecuencias. 

Y así, día tras día, las explotan al máximo: lo hacen en prostíbulos, en talleres clandestinos de ropa, en casas privadas como criadas, en la calle pidiendo limosna o robando a los transeúntes. Les arrebatan por completo su dignidad, haciéndoles creer que no tienen escapatoria posible. 

A veces los datos son muy áridos, pero es preciso conocerlos para entender la magnitud de todo esto. Según Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales el 42% de las víctimas son mujeres, el 18% son niñas, el 23% son hombres y el 17% son niños.

¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que 6 de cada 10 víctimas son mujeres o niñas. Y es que la trata, especialmente con fines de explotación sexuale, afecta desproporcionadamente cuando son mujeres y niñas, porque existe un componente de género claramente marcado.

Así, cuando se analiza cada forma de explotación, los datos son tan esclarecedores como alarmantes. Cuando hablamos de explotación sexual, la más común de todas, el 64% son mujeres, el 27% son niñas, el 4% son hombres y el 5% son niños. Si hablamos explotación laboral, es decir, de trabajo forzado, el 56% son hombres, el 27% son mujeres, el 12% son niños y el 5% son niñas. Y cuando hablamos de criminalidad forzada, es decir, de usar a la persona para cometer delitos, el 68% son niños, el 24% son hombres, el 4% son niñas y el 3% son mujeres. Pero, además, hay cifras que realmente te rompen el alma. Y es que, el 55% de los menores víctimas de trata son explotados sexualmente y, entre los jóvenes de 18 a 22 años, ese número sube al 92%. Es decir, casi todos son usados tarde o temprano para explotación sexual.

¿Cómo es posible que algo tan inhumano siga ocurriendo ante nuestros ojos? Parte de la respuesta está en la casi total impunidad de las redes. Estas redes actúan con total libertad en muchos países. En los países de origen, de donde provienen las víctimas, muchas veces actúan desde el soborno, con la complicidad y la corrupción de las autoridades o, simplemente, por falta de medios de vigilancia. Por su parte, en los países de destino, donde las víctimas acaban siendo explotadas, se aprovechan de vacíos legales, de la falta de controles, y sobre todo, de la indiferencia de la gente que todo ve, que todo sabe y que todo calla.

Las víctimas de la trata muchas veces trabajan durante años para “pagar” una supuesta deuda que no para de crecer. La deuda aumenta no solo por el viaje, sino por la comida, por el alojamiento, por los productos de higiene, etc. Pero es una deuda que jamás desaparece. Crece día a día y les hace sentir que nunca podrán a salir de ahí. Al menos, no con vida. 

Además, muchas veces no tienen documentos, porque se los han quitado nada más llegar. Tampoco hablan el idioma, no conocen a nadie y no saben a dónde acudir. Les han hecho creer que nadie las va a ayudar, que están bajo su control, que su vida ya no les pertenece. Y, por si todo eso fuera poco, cuando finalmente logran escapar o consiguen pedir ayuda, se enfrentan a un sistema que no siempre les cree o que, incluso, las trata como culpables del delito del que han sido víctimas, y a la vista de todo el mundo. 

Pero lo peor de todo es que hay gente que todavía repite, a modo mantra, una mentira especialmente dañina: que las víctimas “decidieron” entrar en esa vida. Y eso no es cierto. Nunca lo ha sido, ni nunca lo será por mucho que ese falso mantra se repita. 

Sí, puede que algunas personas hayan aceptado trabajos sabiendo que algo no iba bien, que tuvieran sus sospechas. Pero lo hicieron porque no tenían otra opción. Nadie “elige” ser víctima de explotación ni de trata de seres humanos. Nadie quiere vivir con miedo, entregando su cuerpo a decenas de hombres al día, trabajando en condiciones inhumanas o perdiendo su libertad.

¿Y qué pasa con nosotros? ¿Qué pasa con quienes sí podemos ver esto desde afuera? ¿Por qué seguimos mirando hacia otro lado? ¿Vamos a seguir haciéndolo? Porque cuando callamos, cuando no denunciamos, cuando nos creemos esos prejuicios, también estamos siendo parte del problema. Así que, no basta con sentir pena por las víctimas. También hay que actuar. Y hay que hacerlo ya.  Gobiernos e instituciones, junto con las organizaciones sociales y medios de comunicación, además de toda ciudadanía… tenemos el deber de actuar. Para ello, hay que educar, hay que denunciar y hay que proteger siempre a las víctimas, persiguiendo a los culpables para que asuman su responsabilidad y recaiga sobre ellos todos el peso de la ley. Porque no estamos ante un asunto de caridad, sino ante una cuestión básica de justicia y dignidad. 

No puede haber lugar para el debate. La única realidad es esta: la trata de personas es una violación de derechos humanos. Es un ataque directo a la libertad y a la dignidad humana inviolable de la persona. Así que no podemos mirar para otro lado cuando hay gente que está siendo esclavizada, maltratada y destruida, muchas veces a muy pocos metros del lugar donde vivimos.

Si de algo debemos estar plenamente convencidos como sociedad, es de que la vida humana no tiene precio. Las personas no se compran. No se venden. No se negocian.

Lo más duro de reconocer es que sabemos lo que está pasando.

Sabemos cuándo, sabemos dónde y sabemos cómo.

Entonces, no seamos cómplices.

No hay excusas.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

TRAFFICKING IS HERE

(World Day Against Trafficking in Persons)

When we talk about human trafficking, we are not referring to just any crime. We are speaking of one of the most atrocious crimes that exist. A crime that tramples on the human rights of millions of people around the world. And it is happening right now, as you read this.

But what exactly does «human trafficking» mean? It means that there are people like you, like me, like anyone else in the world, who are turned into mere commodities, disposable objects, solely for the purpose of making money.

Victims of trafficking are forced to work, to engage in sexual acts without consent, to beg, or to commit crimes. All against their will.

And the worst part is that this problem is neither hidden nor taking place “far away” from our homes. It is happening very close to us: in our own neighbourhoods, in our cities, and even in places we visit every day. But we don’t realise it. Or maybe we do?

Trafficking is there, often in broad daylight, yet many people refuse to see it. Some do not know how to act. But others choose to remain silent. And that is much worse.

Trafficking networks do not emerge from nowhere. They take advantage of situations affecting the most vulnerable people: poverty, unemployment, war, hunger, domestic violence, forced displacement, lack of education… All these factors play a role. And all of them have solutions, if not all together, then at least one by one. Yet no one does enough.

Imagine for a moment that you have no food, that you live in fear or that you are fleeing from war. You just want a chance, a little hope. Then someone comes along offering you a job, a journey, and a better life. And it is precisely there that you fall into the trap.

What seemed like an opportunity turns into a nightmare for you. What was promised as a life of freedom has transformed into one of the worst forms of modern slavery. Because the victims who end up in the hands of criminal networks are constantly manipulated through two of the most powerful weapons: control and fear. They are stripped of their papers, threatened and abused continuously, forced to pay debts that do not exist or that grow day by day. They are told that if they try to escape or report their situation, their families will suffer the consequences.

And so, day after day, they are exploited to the fullest: in brothels, in clandestine garment workshops, in private homes as domestic workers, on the streets begging or stealing from passers-by. Their dignity is completely taken away, making them believe there is no way out.

Sometimes the statistics are very dry, but it is necessary to know them to understand the magnitude of this. According to the United Nations and other international organisations, 42% of victims are women, 18% are girls, 23% are men, and 17% are boys.

What does this mean? It means that 6 out of 10 victims are women or girls. And trafficking, especially for sexual exploitation, disproportionately affects women and girls because there is a clearly marked gender component.

Thus, when analysing each form of exploitation, the data is as revealing as it is alarming. When we talk about sexual exploitation, the most common of all, 64% are women, 27% are girls, 4% are men, and 5% are boys. When we talk about labour exploitation, that is, forced labour, 56% are men, 27% are women, 12% are boys, and 5% are girls. And when we speak of forced criminality, that is, using people to commit crimes, 68% are boys, 24% are men, 4% are girls, and 3% are women. Moreover, there are figures that truly break your heart. Fifty-five per cent of minors who are victims of trafficking are sexually exploited, and among young people aged 18 to 22, that number rises to 92%. In other words, almost all are used sooner or later for sexual exploitation.

How is it possible that something so inhumane continues happening before our eyes? Part of the answer lies in the near-total impunity of the networks. These networks operate with complete freedom in many countries. In countries of origin, where victims come from, they often act through bribery, with the complicity and corruption of authorities, or simply due to a lack of monitoring resources. In destination countries, where victims end up being exploited, they exploit legal loopholes, a lack of controls, and above all, the indifference of people who see everything, know everything, and say nothing.

Victims of trafficking often work for years to “pay off” a supposed debt that keeps growing. The debt increases not only because of the travel costs but also for food, accommodation, hygiene products, and so on. But it is a debt that never disappears. It grows daily and makes them feel they will never get out of it. At least, not alive.

Furthermore, they often do not have documents because these were taken away from them upon arrival. They do not speak the language, do not know anyone, and do not know where to turn. They have been made to believe that no one will help them, that they are under control, that their lives no longer belong to them. And, as if all that were not enough, when they finally manage to escape or ask for help, they face a system that does not always believe them or, worse, treats them as if they were guilty of the crime of which they have been victims, and in front of everyone.

But the worst of all is that some people still repeat, like a damaging mantra, a particularly harmful lie: that the victims “chose” to enter that life. And that is not true. It never has been, nor ever will be, no matter how often that false mantra is repeated.

Yes, some people may have accepted jobs knowing something was wrong, suspecting what was happening. But they did so because they had no other option. No one “chooses” to be a victim of exploitation or human trafficking. No one wants to live in fear, handing over their body to dozens of men a day, working in inhuman conditions, or losing their freedom.

And what about us? What about those of us who can see this from the outside? Why do we keep looking the other way? Are we going to keep doing so? Because when we stay silent, when we fail to report, when we believe these prejudices, we are also part of the problem. So, it is not enough to feel sorry for the victims. We must act. And we must do it now. Governments and institutions, together with social organisations and the media, as well as all citizens… we have a duty to act. To do so, we must educate, denounce, and always protect the victims, pursuing the perpetrators so they take responsibility and face the full weight of the law. Because this is not a matter of charity, but a basic question of justice and dignity.

There can be no room for debate. The only reality is this: human trafficking is a violation of human rights. It is a direct attack on the freedom and inviolable human dignity of the individual. So, we cannot look the other way when people are being enslaved, abused, and destroyed, often just a few metres from where we live.

If there is one thing we must be fully convinced of as a society, it is that human life has no price. People are not bought. They are not sold. They are not negotiated.

The hardest truth to accept is that we know what is happening.

We know when, we know where, and we know how.

So, let us not be accomplices.

There are no excuses.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲

LA TRATTA È QUI

(Giornata mondiale contro la tratta di esseri umani)

Quando parliamo di tratta di esseri umani, non stiamo parlando di un crimine qualunque. Stiamo parlando di uno dei crimini più atroci che esistano. Un crimine che calpesta i diritti umani di milioni di persone in tutto il mondo. E sta accadendo proprio ora, mentre stai leggendo questo.

Ma cosa significa esattamente «tratta di persone»? Significa che ci sono persone come te, come me, come chiunque altro al mondo, che vengono trasformate in semplici merci, in oggetti usa e getta, con l’unico scopo di fare soldi.

Le vittime della tratta sono costrette a lavorare, a subire rapporti sessuali senza consenso, a elemosinare o a commettere reati. Tutto contro la loro volontà.

E la cosa peggiore è che questo problema non è nascosto né lontano dalle nostre case. Sta accadendo molto vicino a noi: nei nostri quartieri, nelle nostre città e persino in luoghi che frequentiamo ogni giorno. Ma non ce ne accorgiamo. O forse sì?

La tratta è lì, spesso in pieno giorno, eppure molte persone non vogliono vedere. Alcuni non sanno come agire. Ma altri scelgono di tacere. E questo è molto peggio.

Le reti di tratta non nascono dal nulla. Sfruttano situazioni che colpiscono le persone più vulnerabili: povertà, disoccupazione, guerra, fame, violenza familiare, sfollamento forzato, mancanza di istruzione… Tutti questi fattori contano. E tutti hanno una soluzione, se non insieme, almeno uno per uno. Ma nessuno fa abbastanza.

Immagina per un momento di non avere cibo, di vivere nella paura o di fuggire da una guerra. Vuoi solo una possibilità, un po’ di speranza. Poi arriva qualcuno che ti offre un lavoro, un viaggio e una vita migliore. Ed è proprio lì che cadi nella trappola.

Quello che sembrava un’opportunità diventa un incubo. Quella che ti promettevano come una vita di libertà si è trasformata in una delle peggiori forme di schiavitù moderna. Perché le vittime che finiscono nelle mani delle reti criminali sono costantemente manipolate attraverso due delle armi più potenti: il controllo e la paura. Vengono private dei documenti, minacciate e maltrattate continuamente, costrette a pagare debiti inesistenti o che crescono giorno dopo giorno. Viene detto loro che se tentano di scappare o denunciare, le loro famiglie ne pagheranno le conseguenze.

E così, giorno dopo giorno, vengono sfruttate al massimo: nei bordelli, nelle sartorie clandestine, nelle case private come domestiche, per strada a chiedere l’elemosina o a rubare dai passanti. Viene loro tolta completamente la dignità, facendole credere che non ci sia via di fuga.

A volte i dati sono duri, ma è necessario conoscerli per capire la portata del fenomeno. Secondo le Nazioni Unite e altre organizzazioni internazionali, il 42% delle vittime sono donne, il 18% bambine, il 23% uomini e il 17% bambini.

Cosa significa questo? Significa che 6 vittime su 10 sono donne o bambine. E la tratta, specialmente a scopo di sfruttamento sessuale, colpisce in modo sproporzionato donne e bambine, perché esiste una chiara componente di genere.

Così, quando si analizza ogni forma di sfruttamento, i dati sono tanto illuminanti quanto allarmanti. Per quanto riguarda lo sfruttamento sessuale, il più comune, il 64% sono donne, il 27% bambine, il 4% uomini e il 5% bambini. Per lo sfruttamento lavorativo, ovvero lavoro forzato, il 56% sono uomini, il 27% donne, il 12% bambini e il 5% bambine. E quando si parla di criminalità forzata, cioè usare la persona per commettere reati, il 68% sono bambini, il 24% uomini, il 4% bambine e il 3% donne. Ci sono inoltre cifre che spezzano il cuore: il 55% dei minori vittime di tratta sono sfruttati sessualmente e, tra i giovani tra i 18 e i 22 anni, questo numero sale al 92%. Quasi tutti, prima o poi, vengono usati per sfruttamento sessuale.

Come è possibile che qualcosa di così disumano continui a succedere davanti ai nostri occhi? Parte della risposta sta nella quasi totale impunità delle reti. Queste agiscono con totale libertà in molti paesi. Nei paesi di origine, da dove provengono le vittime, spesso agiscono tramite corruzione, con la complicità delle autorità o semplicemente per mancanza di controlli. Nei paesi di destinazione, dove le vittime finiscono per essere sfruttate, si approfittano di vuoti normativi, mancanza di controlli e, soprattutto, dell’indifferenza di chi vede tutto, sa tutto e tace.

Le vittime spesso lavorano per anni per “pagare” un presunto debito che non smette di crescere. Il debito aumenta non solo per il viaggio, ma anche per il cibo, l’alloggio, i prodotti igienici, ecc. Ma è un debito che non sparisce mai. Cresce giorno dopo giorno e fa sentire che non potranno mai uscirne, almeno non vive.

Inoltre, spesso non hanno documenti, perché glieli hanno tolti appena arrivate. Non parlano la lingua, non conoscono nessuno e non sanno a chi rivolgersi. Hanno creduto che nessuno le avrebbe aiutate, che erano sotto controllo, che la loro vita non apparteneva più a loro. E, come se non bastasse, quando finalmente riescono a scappare o a chiedere aiuto, si trovano davanti a un sistema che non sempre crede loro o, peggio, le tratta come colpevoli del reato subito, e di fronte a tutti.

Ma la cosa peggiore è che c’è ancora chi ripete, come un dannoso mantra, una bugia particolarmente crudele: che le vittime “hanno scelto” di entrare in quella vita. E non è vero. Non lo è mai stato, né lo sarà mai, per quanto si ripeta quel falso mantra.

Sì, alcune persone possono aver accettato un lavoro sapendo che qualcosa non andava, sospettandolo. Ma l’hanno fatto perché non avevano altra scelta. Nessuno “sceglie” di essere vittima di sfruttamento o tratta. Nessuno vuole vivere con paura, consegnando il proprio corpo a decine di uomini al giorno, lavorando in condizioni disumane o perdendo la propria libertà.

E noi? E chi di noi può vedere tutto questo da fuori? Perché continuiamo a voltare lo sguardo? Continueremo a farlo? Perché quando taciamo, quando non denunciamo, quando crediamo a quei pregiudizi, anche noi siamo parte del problema. Quindi, non basta avere pietà per le vittime. Bisogna agire. E bisogna farlo subito. Governi e istituzioni, insieme a organizzazioni sociali e media, oltre a tutta la cittadinanza… abbiamo il dovere di agire. Per farlo, bisogna educare, denunciare e proteggere sempre le vittime, perseguendo i colpevoli affinché si assumano la responsabilità e paghino secondo la legge. Perché non si tratta di carità, ma di giustizia e dignità fondamentali.

Non c’è spazio per il dibattito. L’unica realtà è questa: la tratta di esseri umani è una violazione dei diritti umani. È un attacco diretto alla libertà e alla dignità inviolabile della persona. Quindi non possiamo girarci dall’altra parte quando persone vengono schiavizzate, maltrattate e distrutte, spesso a pochi metri da dove viviamo.

Se c’è qualcosa di cui dobbiamo essere pienamente convinti come società, è che la vita umana non ha prezzo. Le persone non si comprano. Non si vendono. Non si trattano.

La verità più dura da accettare è che sappiamo cosa sta succedendo.

Sappiamo quando, sappiamo dove e sappiamo come.

Allora non facciamo i complici.

Non ci sono scuse.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩

LA TRAITE EST ICI

(Journée mondiale de la lutte contre la traite des êtres humains)

Quand nous parlons de la traite des êtres humains, nous ne parlons pas d’un crime ordinaire. Nous parlons de l’un des crimes les plus atroces qui existent. Un crime qui piétine les droits humains de millions de personnes dans le monde entier. Et cela se passe maintenant, pendant que vous lisez ceci.

Mais que signifie exactement « traite des personnes » ? Cela signifie qu’il y a des personnes comme vous, comme moi, comme n’importe qui dans le monde, qui sont transformées en simples marchandises, en objets jetables, dans le seul but de faire de l’argent.

Les victimes de la traite sont forcées de travailler, d’avoir des relations sexuelles sans consentement, de mendier ou de commettre des délits. Tout cela contre leur volonté.

Et le pire, c’est que ce problème n’est pas caché ni loin de nos maisons. Il se passe très près de nous : dans nos quartiers, dans nos villes, et même dans des endroits que nous fréquentons chaque jour. Mais nous ne le voyons pas. Ou peut-être que si ?

La traite est là, souvent en plein jour, et pourtant beaucoup de gens refusent de voir. Certains ne savent pas comment agir. Mais d’autres choisissent de se taire. Et c’est bien pire.

Les réseaux de traite ne surgissent pas de nulle part. Ils profitent de situations qui touchent les personnes les plus vulnérables : la pauvreté, le chômage, la guerre, la faim, la violence familiale, les déplacements forcés, le manque d’éducation… Tous ces facteurs jouent un rôle. Et tous ont une solution, sinon ensemble, du moins un par un. Mais personne ne fait assez.

Imaginez un instant que vous n’avez rien à manger, que vous vivez dans la peur ou que vous fuyez la guerre. Vous voulez juste une chance, un peu d’espoir. Puis quelqu’un arrive et vous offre un travail, un voyage, une vie meilleure. Et c’est là que vous tombez dans le piège.

Ce qui semblait une opportunité devient un cauchemar. Ce qu’on vous promettait comme une vie de liberté s’est transformé en l’une des pires formes d’esclavage moderne. Parce que les victimes qui tombent entre les mains des réseaux criminels sont constamment manipulées par deux armes très puissantes : le contrôle et la peur. On leur enlève leurs papiers, on les menace et les agresse sans cesse, on leur fait payer des dettes inexistantes ou qui ne cessent de croître. On leur dit que si elles essaient de s’échapper ou de dénoncer, leurs familles en paieront les conséquences.

Et ainsi, jour après jour, elles sont exploitées au maximum : dans des bordels, dans des ateliers clandestins de confection, dans des maisons privées comme domestiques, dans la rue à mendier ou à voler les passants. On leur arrache complètement leur dignité, leur faisant croire qu’il n’y a aucune issue.

Parfois les chiffres sont très durs, mais il est essentiel de les connaître pour comprendre l’ampleur du phénomène. Selon les Nations Unies et d’autres organisations internationales, 42 % des victimes sont des femmes, 18 % des filles, 23 % des hommes et 17 % des garçons.

Que signifie cela ? Cela signifie que 6 victimes sur 10 sont des femmes ou des filles. Et la traite, surtout à des fins d’exploitation sexuelle, affecte de manière disproportionnée les femmes et les filles, car il existe un élément clairement marqué de genre.

Ainsi, quand on analyse chaque forme d’exploitation, les données sont aussi éclairantes qu’alarmantes. En ce qui concerne l’exploitation sexuelle, la plus courante, 64 % sont des femmes, 27 % des filles, 4 % des hommes et 5 % des garçons. Pour l’exploitation au travail, c’est-à-dire le travail forcé, 56 % sont des hommes, 27 % des femmes, 12 % des garçons et 5 % des filles. Et quand il s’agit de criminalité forcée, c’est-à-dire d’utiliser une personne pour commettre des délits, 68 % sont des garçons, 24 % des hommes, 4 % des filles et 3 % des femmes. Il y a aussi des chiffres qui brisent le cœur : 55 % des mineurs victimes de traite sont exploités sexuellement et parmi les jeunes de 18 à 22 ans, ce chiffre monte à 92 %. Autrement dit, presque tous sont tôt ou tard utilisés pour l’exploitation sexuelle.

Comment est-il possible que quelque chose d’aussi inhumain continue de se produire sous nos yeux ? Une partie de la réponse réside dans l’impunité quasi totale des réseaux. Ces réseaux agissent en toute liberté dans de nombreux pays. Dans les pays d’origine, d’où viennent les victimes, ils agissent souvent par corruption, avec la complicité des autorités ou simplement par manque de surveillance. Dans les pays de destination, où les victimes sont exploitées, ils profitent des lacunes juridiques, du manque de contrôles et surtout de l’indifférence des gens qui voient tout, savent tout et se taisent.

Les victimes travaillent souvent pendant des années pour « rembourser » une prétendue dette qui ne cesse d’augmenter. La dette augmente non seulement à cause du voyage, mais aussi à cause de la nourriture, du logement, des produits d’hygiène, etc. Mais c’est une dette qui ne disparaît jamais. Elle grandit jour après jour et fait sentir qu’elles ne pourront jamais en sortir, du moins pas vivantes.

De plus, elles n’ont souvent pas de papiers, car on les leur a retirés dès leur arrivée. Elles ne parlent pas la langue, ne connaissent personne et ne savent pas vers qui se tourner. On leur fait croire que personne ne les aidera, qu’elles sont sous contrôle, que leur vie ne leur appartient plus. Et comme si cela ne suffisait pas, quand elles parviennent enfin à s’échapper ou à demander de l’aide, elles sont confrontées à un système qui ne les croit pas toujours ou, pire, qui les traite comme coupables du crime dont elles ont été victimes, devant tout le monde.

Mais le pire, c’est qu’il y a encore des gens qui répètent, comme un mantra nuisible, un mensonge particulièrement cruel : que les victimes ont « choisi » cette vie. Et ce n’est pas vrai. Ce ne l’a jamais été, et ce ne le sera jamais, aussi longtemps que ce faux mantra sera répété.

Oui, il est possible que certaines personnes aient accepté un travail en sachant que quelque chose n’allait pas, qu’elles en avaient des soupçons. Mais elles l’ont fait parce qu’elles n’avaient pas d’autre choix. Personne ne « choisit » d’être victime d’exploitation ou de traite des êtres humains. Personne ne veut vivre dans la peur, en livrant son corps à des dizaines d’hommes par jour, en travaillant dans des conditions inhumaines ou en perdant sa liberté.

Et nous ? Et ceux d’entre nous qui peuvent voir cela de l’extérieur ? Pourquoi continuons-nous à détourner le regard ? Allons-nous continuer ? Parce que quand nous nous taisons, quand nous ne dénonçons pas, quand nous croyons à ces préjugés, nous faisons aussi partie du problème. Donc, il ne suffit pas d’avoir de la pitié pour les victimes. Il faut agir. Et il faut le faire maintenant. Gouvernements et institutions, avec les organisations sociales et les médias, ainsi que toute la population… nous avons le devoir d’agir. Pour cela, il faut éduquer, dénoncer et toujours protéger les victimes, en poursuivant les coupables pour qu’ils assument leurs responsabilités et subissent toute la rigueur de la loi. Parce que ce n’est pas une question de charité, mais une question de justice et de dignité fondamentales.

Il n’y a pas de place pour le débat. La seule réalité est celle-ci : la traite des êtres humains est une violation des droits humains. C’est une attaque directe contre la liberté et la dignité inviolable de la personne. Nous ne pouvons donc pas détourner le regard quand des personnes sont esclavagisées, maltraitées et détruites, souvent à quelques mètres de l’endroit où nous vivons.

Si nous devons être pleinement convaincus en tant que société, c’est que la vie humaine n’a pas de prix. Les personnes ne s’achètent pas. Elles ne se vendent pas. Elles ne se négocient pas.

La vérité la plus dure à reconnaître est que nous savons ce qui se passe.

Nous savons quand, où et comment.

Alors, ne soyons pas complices.

Il n’y a pas d’excuses.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷

O TRÁFICO ESTÁ AQUI

(Dia Mundial contra o Tráfico de Pessoas)

Quando falamos de tráfico de pessoas, não estamos falando de um crime qualquer. Estamos falando de um dos crimes mais atrozes que existem. Um crime que pisoteia os direitos humanos de milhões de pessoas em todo o mundo. E está acontecendo agora mesmo, enquanto você lê isto.

Mas o que significa exatamente “tráfico de pessoas”? Significa que existem pessoas como você, como eu, como qualquer outra pessoa no mundo, que são transformadas em meras mercadorias, em objetos descartáveis, com o único objetivo de obter dinheiro.

As vítimas do tráfico são forçadas a trabalhar, a ter relações sexuais sem consentimento, a mendigar ou a cometer crimes. Tudo isso contra a sua vontade.

E o pior é que esse problema não está escondido nem acontece “longe” de nossas casas. Está ocorrendo muito perto de nós: em nossos bairros, em nossas cidades, e até em lugares que visitamos todos os dias. Mas não percebemos. Ou será que sim?

O tráfico está aí, muitas vezes à luz do dia, e ainda assim muita gente não quer ver. Alguns não sabem como agir. Mas há quem escolha ficar calado. E isso é muito pior.

As redes de tráfico não surgem do nada. Aproveitam-se das situações que afetam as pessoas mais vulneráveis: pobreza, desemprego, guerra, fome, violência familiar, deslocamento forçado, falta de educação… Todos esses fatores influenciam. E todos têm solução, se não em conjunto, pelo menos um por um. Mas ninguém faz nada ou não faz o suficiente.

Imagine por um momento que você não tem o que comer, que vive com medo ou que está fugindo de uma guerra. Você só quer uma oportunidade, um pouco de esperança. Então chega alguém que oferece um trabalho, uma viagem, uma vida melhor. E é exatamente aí que você cai na armadilha.

O que parecia uma oportunidade vira um pesadelo para você. O que prometiam como uma vida em liberdade se transforma em uma das piores formas de escravidão moderna. Porque as vítimas que caem nas mãos das redes criminosas são manipuladas constantemente por duas das armas mais poderosas: o controle e o medo. Tiram seus documentos, ameaçam e agredem constantemente, fazem-nas pagar dívidas que não existem ou que só aumentam a cada dia. Dizem que se tentarem fugir ou denunciar, suas famílias sofrerão as consequências.

E assim, dia após dia, exploram-nas ao máximo: em prostíbulos, em oficinas clandestinas de roupas, em casas particulares como empregadas, na rua pedindo esmolas ou roubando transeuntes. Tiraram-lhes completamente a dignidade, fazendo-as acreditar que não há saída possível.

Às vezes, os dados são muito duros, mas é preciso conhecê-los para entender a dimensão disso tudo. Segundo a ONU e outras organizações internacionais, 42% das vítimas são mulheres, 18% meninas, 23% homens e 17% meninos.

O que isso significa? Significa que 6 em cada 10 vítimas são mulheres ou meninas. E o tráfico, especialmente com fins de exploração sexual, afeta desproporcionalmente mulheres e meninas, porque há um claro componente de género.

Assim, quando analisamos cada forma de exploração, os dados são tão esclarecedores quanto alarmantes. No caso da exploração sexual, a mais comum, 64% são mulheres, 27% meninas, 4% homens e 5% meninos. Quando falamos de exploração laboral, ou seja, trabalho forçado, 56% são homens, 27% mulheres, 12% meninos e 5% meninas. E na criminalidade forçada, ou seja, usar a pessoa para cometer delitos, 68% são meninos, 24% homens, 4% meninas e 3% mulheres. Além disso, há números que partem o coração: 55% dos menores vítimas de tráfico são explorados sexualmente e, entre os jovens de 18 a 22 anos, esse número sobe para 92%. Ou seja, quase todos são usados, cedo ou tarde, para exploração sexual.

Como é possível algo tão desumano continuar acontecendo diante dos nossos olhos? Parte da resposta está na quase total impunidade das redes. Essas redes atuam com total liberdade em muitos países. Nos países de origem, de onde vêm as vítimas, muitas vezes agem por suborno, com a cumplicidade e corrupção das autoridades ou simplesmente pela falta de meios de vigilância. Nos países de destino, onde as vítimas acabam exploradas, aproveitam-se de lacunas legais, da falta de fiscalização e, sobretudo, da indiferença das pessoas que tudo veem, tudo sabem e nada dizem.

As vítimas do tráfico muitas vezes trabalham por anos para “pagar” uma suposta dívida que não para de crescer. A dívida aumenta não só pelo transporte, mas pela comida, alojamento, produtos de higiene, etc. Mas é uma dívida que nunca desaparece. Cresce dia após dia e faz com que sintam que nunca poderão sair dali, pelo menos não vivas.

Além disso, muitas vezes não têm documentos porque os tiraram assim que chegaram. Não falam o idioma, não conhecem ninguém e não sabem a quem recorrer. Fizeram-nas acreditar que ninguém as ajudará, que estão sob controle, que a vida delas já não lhes pertence. E, como se tudo isso não fosse suficiente, quando finalmente conseguem escapar ou pedir ajuda, enfrentam um sistema que nem sempre acredita nelas ou que, pior ainda, as trata como culpadas do crime do qual foram vítimas, diante de todos.

Mas o pior de tudo é que ainda há pessoas que repetem, como um mantra especialmente prejudicial, uma mentira cruel: que as vítimas “escolheram” essa vida. E isso não é verdade. Nunca foi, nem jamais será, por mais que esse falso mantra seja repetido.

Sim, pode ser que algumas pessoas tenham aceitado trabalhos sabendo que algo não estava certo, que tinham suas suspeitas. Mas fizeram isso porque não tinham outra opção. Ninguém “escolhe” ser vítima de exploração ou de tráfico de seres humanos. Ninguém quer viver com medo, entregando o corpo a dezenas de homens por dia, trabalhando em condições desumanas ou perdendo a liberdade.

E nós? E aqueles de nós que podem ver isso de fora? Por que continuamos a olhar para o lado? Vamos continuar assim? Porque quando ficamos calados, quando não denunciamos, quando acreditamos nesses preconceitos, também fazemos parte do problema. Portanto, não basta sentir pena pelas vítimas. É preciso agir. E agir já. Governos e instituições, junto com organizações sociais e meios de comunicação, além de toda a cidadania… temos o dever de agir. Para isso, é preciso educar, denunciar e proteger sempre as vítimas, perseguindo os culpados para que assumam suas responsabilidades e paguem todo o peso da lei. Porque não estamos diante de uma questão de caridade, mas de uma questão básica de justiça e dignidade.

Não pode haver espaço para debate. A única realidade é esta: o tráfico de pessoas é uma violação dos direitos humanos. É um ataque direto à liberdade e à dignidade humana inviolável da pessoa. Portanto, não podemos olhar para o outro lado quando há pessoas sendo escravizadas, maltratadas e destruídas, muitas vezes a poucos metros do lugar onde vivemos.

Se há algo em que devemos estar plenamente convencidos como sociedade, é de que a vida humana não tem preço. Pessoas não se compram. Não se vendem. Não se negociam.

O mais difícil de reconhecer é que sabemos o que está acontecendo.

Sabemos quando, sabemos onde e sabemos como.

Então, não sejamos cúmplices.

Não há desculpas.

Gaza: 60.000 muertes después

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Hay cifras que te sacuden por dentro. Son cifras que te dejan con un nudo en el estómago, te pellizcan el corazón, te cortan la respiración y te hacen parar un segundo. Eso es, al menos, lo que debería pasarnos cuando leemos que más de 60.000 personas han muerto en Gaza desde que empezó la ofensiva israelí en octubre de 2023. 

Sí, 60.000 seres humanos. No son números, no son estadísticas: son personas con nombre, con familias destrozadas, con sueños rotos… y ahora, para siempre ausentes. 

La noticia viene del Ministerio de Salud de Gaza, y aunque siempre hay quien duda de las fuentes en conflictos así, hay algo en lo que coinciden casi todos los organismos internacionales: la inmensa mayoría de las víctimas son civiles inocentes, miles eran niños y niñas, y centenares eran bebés de menos de 1 año de vida. 

Pero, ¿cómo empezó todo esto? Para quienes no siguen las noticias, ya sea porque les importa muy poco el dolor ajeno o por cualquier otra razón baladí, aquí va un pequeño resumen: el 7 de octubre de 2023, el grupo Hamás lanzó un ataque masivo contra Israel. Fue un ataque brutal: murieron unas 1.200 personas y tomaron más de 200 rehenes. Israel respondió con una ofensiva a gran escala en la Franja de Gaza, que sigue hasta hoy, casi dos años después. En un primer momento, la respuesta israelí podía tener cierta lógica como reacción a un ataque injustificado y criminal sobre su población y territorio, pero nada justifica que se hayan rebasado todos los límites del derecho internacional y del derecho internacional humanitario. Desde entonces, la respuesta tan desproporcionada no es que haya superado esos límites, es que ha cruzado todos los umbrales del horror: podemos hablar claramente y sin tapujos de crímenes de guerra, de crímenes contra la humanidad, de un verdadero genocidio. Y es que, desde aquel mes de octubre de 2023, Gaza ha sido escenario de bombardeos diarios, destrucción constante y una crisis humanitaria que parece no tener fondo, un verdadero infierno desatado sobre la tierra. 

Todo esto es una tragedia que no para. Los números asustan: más de 60.000 muertos y alrededor de 145.000 heridos. Y lo más doloroso es que esa cifra va a seguir en aumento. Hay familias enteras que han desaparecido bajo los escombros, los pocos hospitales que aún funcionan están colapsados y hasta las ambulancias que trasladan a los heridos son atacadas. Y a todo eso hay que sumarle los constantes cortes de agua y electricidad, así como la prohibición del paso de comida y medicinas a la Franja de Gaza. ¿Cómo se puede sobrevivir así sin lo más básico? La respuesta es clara: no se puede, y la gente, literalmente, ha comenzado a morir de hambre por decenas esperando una ayuda que no llega porque se le prohíbe la entrada. 

La ONU, que nadie sabe qué está haciendo al respecto, ya lo ha repetido muchas veces: la situación en Gaza es peor que una crisis humanitaria. Algunas organizaciones se atreven a hablar directamente de hambruna planificada y de genocidio. Médicos, periodistas y cooperantes lo han confirmado desde dentro: niños muriendo por desnutrición y gente comiendo hierbas solo para poder aguantar el hambre. 

¿Y el resto del mundo qué hace? Nada, muy poco, solo mira. Es verdad que han dado ayudas y se han hecho llamamientos al alto el fuego permanente con entrada de ayuda humanitaria, pero esa ayuda no llega. Mientras los gobiernos discuten, la gente sigue muriendo. Cada día que pasa sin una solución definitiva es un día más de sufrimiento para cientos de miles de víctimas inocentes. 

Es muy llamativo que ni siquiera dentro de Israel se esté de acuerdo con lo que está pasando. Organizaciones humanitarias como B’Tselem (una ONG israelí de derechos humanos) han denunciado abiertamente y sin tapujos que lo que su gobierno está haciendo en Gaza es “un genocidio”. Tal es así, que esta organización ha llamado a un informe suyo “Nuestro genocidio”, afirmando que hay una destrucción intencionada de la población civil palestina. Duele leer eso viniendo de dentro. Pero la realidad es esta: es un genocidio. 

Mientras tanto, lo humano se queda, una vez más, detrás de la guerra. Cuando hablamos de guerras, siempre nos perdemos en palabras grandes como “estrategia militar”, “objetivos tácticos” o “autodefensa”… Pero muy poco se está hablando de la gente que intenta sobrevivir en medio del caos. De esas madres que ya no tienen nada para dar de comer a sus hijos. De esos padres que sacan a sus hijos de entre escombros con las manos tras cada bombardeo. De niños y niñas que ya no pueden dormir del miedo, si es que aún les queda dónde dormir o si el hambre les permite cerrar los ojos y soñar con querer irse al cielo porque “allí hay comida”. 

¿Y todo esto por qué? ¿Para qué? ¿Qué “lógica” puede justificar semejante sufrimiento? La respuesta fácil es echar culpas: “La culpa es de Hamás”, “La culpa es de Israel” o “La culpa es de los políticos”. Pero la realidad es mucho más dura y mucho más compleja. Lo que sí está claro es que quienes verdaderamente están pagando el precio de toda esta locura no son los líderes ni los soldados ni tampoco los gobernantes. Quienes están sufriendo todo esto son las víctimas civiles, víctimas inocentes que son ajenas a todo esto y que solo quieren vivir en paz. 

Así que no podemos normalizar lo que es cruel, ominoso e inaceptable. Lo más peligroso de todo esto es que, a fuerza de repetirlo, y poco a poco, estamos empezando a ver estas noticias como algo normal. Nos limitamos a decir “otra vez Gaza” y pasamos de largo o cambiamos de canal. 

Y no, no puede ser normal que mueran miles de personas y sigamos como si nada. No puede ser normal que un niño de muy corta edad muera de hambre en 2025. No puede ser normal que bombardear hospitales sea parte del día a día y que hagamos como si nada, como si no nos importara. 

Hacer como que esto no va con nosotros es ser cómplices con nuestro silencio. Tal vez no podamos parar la guerra solos, pero sí podemos seguir hablando de los horrores que suceden en ella, sí podemos informarnos de lo que está pasando, sí podemos apoyar a quienes ayudan de manera desinteresada, y claro que podemos y debemos exigir a nuestros gobiernos que actúen con rapidez, que presionen por un alto el fuego duradero, que se trabaje por una solución real que ponga fin a la guerra, que cumpla con el derecho internacional y traiga la paz a un pueblo entero y a toda una tierra: Palestina. 

A ti que estás leyendo esto, si quieres compartir este texto, adelante, hazlo. Ya es mucho más tuyo que mío. 

Que el mundo nunca se olvide de Gaza. Dejemos de mirar para otro lado. Porque cada vida importa. 

Porque Gaza no necesita más silencio. 

Lo que Gaza necesita es justicia. 

Lo que Gaza necesita es paz. 

Y Gaza lo necesita ya.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

Gaza: 60,000 Deaths Later

There are figures that shake you to your core. They are figures that leave you with a knot in your stomach, pinch your heart, take your breath away and make you stop for a second. That, at least, is what should happen to us when we read that more than 60,000 people have died in Gaza since the Israeli offensive began in October 2023. 

Yes, 60,000 human beings. They are not numbers, they are not statistics: they are people with names, with shattered families, with broken dreams… and now, forever gone. 

The news comes from the Gaza Ministry of Health, and although there are always those who doubt the sources in conflicts like this, there is one thing that almost all international organisations agree on: the vast majority of the victims are innocent civilians, thousands were children, and hundreds were babies less than 1 year old. 

But how did all this start? For those who do not follow the news, either because they care little about the suffering of others or for any other trivial reason, here is a brief summary: on 7 October 2023, the Hamas group launched a massive attack on Israel. It was a brutal attack: some 1,200 people were killed and more than 200 hostages were taken. Israel responded with a large-scale offensive in the Gaza Strip, which continues today, almost two years later. At first, the Israeli response may have had some logic as a reaction to an unjustified and criminal attack on its population and territory, but nothing justifies exceeding all the limits of international law and international humanitarian law. Since then, the disproportionate response has not only exceeded those limits, it has crossed all thresholds of horror: we can clearly and openly speak of war crimes, crimes against humanity, and outright genocide. Since that month of October 2023, Gaza has been the scene of daily bombings, constant destruction and a humanitarian crisis that seems to have no end, a veritable hell unleashed on earth. 

All this is a tragedy that continues unabated. The numbers are frightening: more than 60,000 dead and around 145,000 wounded. And the most painful thing is that this figure will continue to rise. Entire families have disappeared under the rubble, the few hospitals that are still functioning are overwhelmed, and even the ambulances transporting the wounded are being attacked. Added to all this are constant water and electricity cuts, as well as a ban on food and medicine entering the Gaza Strip. How can anyone survive without the most basic necessities? The answer is clear: they can’t, and people have literally begun to starve to death by the dozens, waiting for aid that never arrives because it is prohibited from entering.

The UN, which no one knows what it is doing about the situation, has repeated many times that the situation in Gaza is worse than a humanitarian crisis. Some organisations dare to speak directly of planned famine and genocide. Doctors, journalists and aid workers have confirmed this from within: children dying of malnutrition and people eating grass just to stave off hunger. 

And what is the rest of the world doing? Nothing, very little, just watching. It is true that aid has been provided and calls have been made for a permanent ceasefire with the entry of humanitarian aid, but that aid is not reaching its destination. While governments argue, people continue to die. Every day that passes without a definitive solution is another day of suffering for hundreds of thousands of innocent victims. 

It is very striking that even within Israel there is disagreement about what is happening. Humanitarian organisations such as B’Tselem (an Israeli human rights NGO) have openly and unambiguously denounced what their government is doing in Gaza as ‘genocide’. So much so that this organisation has called one of its reports ‘Our Genocide’, claiming that there is intentional destruction of the Palestinian civilian population. It hurts to read that coming from within. But the reality is this: it is genocide. 

Meanwhile, humanity is once again left behind by war. When we talk about wars, we always get lost in big words like ‘military strategy’, ‘tactical objectives’ or ‘self-defence’… But very little is being said about the people trying to survive in the midst of chaos. Of those mothers who no longer have anything to feed their children. Of those fathers who pull their children out of the rubble with their bare hands after each bombing. Of boys and girls who can no longer sleep for fear, if they still have somewhere to sleep or if hunger allows them to close their eyes and dream of wanting to go to heaven because ‘there is food there’. 

And why all this? What for? What ‘logic’ can justify such suffering? The easy answer is to assign blame: ‘It’s Hamas’ fault,’ ‘It’s Israel’s fault,’ or ‘It’s the politicians’ fault.’ But the reality is much harsher and much more complex. What is clear is that those who are truly paying the price for all this madness are not the leaders, the soldiers or the rulers. Those who are suffering are the civilian victims, innocent victims who are oblivious to all this and who only want to live in peace. 

So we cannot normalise what is cruel, ominous and unacceptable. The most dangerous thing about all this is that, by repeating it over and over again, little by little, we are beginning to see this news as normal. We simply say ‘Gaza again’ and move on or change the channel. 

And no, it cannot be normal for thousands of people to die and for us to carry on as if nothing had happened. It cannot be normal for a very young child to die of hunger in 2025. It cannot be normal for bombing hospitals to be part of everyday life and for us to act as if nothing is happening, as if we do not care. 

Pretending that this does not concern us is to be complicit through our silence. Perhaps we cannot stop the war on our own, but we can continue to talk about the horrors that are happening in it, we can inform ourselves about what is happening, we can support those who are helping selflessly, and of course we can and must demand that our governments act quickly, that they press for a lasting ceasefire, that they work towards a real solution that will end the war, that complies with international law and brings peace to an entire people and an entire land: Palestine. 

To you who are reading this, if you want to share this text, go ahead, do it. It is already much more yours than mine. 

May the world never forget Gaza. Let us stop looking the other way. Because every life matters. 

Because Gaza does not need more silence. 

What Gaza needs is justice. 

What Gaza needs is peace. 

And Gaza needs it now.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲

Gaza: 60.000 morti dopo 

Ci sono cifre che ti sconvolgono dentro. Sono cifre che ti lasciano con un nodo allo stomaco, ti stringono il cuore, ti tolgono il respiro e ti fanno fermare un attimo. Questo è, almeno, ciò che dovrebbe succederci quando leggiamo che più di 60.000 persone sono morte a Gaza dall’inizio dell’offensiva israeliana nell’ottobre 2023. 

Sì, 60.000 esseri umani. Non sono numeri, non sono statistiche: sono persone con un nome, con famiglie distrutte, con sogni infranti… e ora, per sempre assenti. 

La notizia proviene dal Ministero della Salute di Gaza e, sebbene ci sia sempre chi dubita delle fonti in conflitti come questo, c’è qualcosa su cui quasi tutte le organizzazioni internazionali concordano: la stragrande maggioranza delle vittime sono civili innocenti, migliaia erano bambini e bambine e centinaia erano neonati di meno di un anno di vita. 

Ma come è iniziato tutto questo? Per chi non segue le notizie, sia perché poco interessato al dolore altrui o per qualsiasi altro motivo futile, ecco un breve riassunto: il 7 ottobre 2023, il gruppo Hamas ha lanciato un attacco massiccio contro Israele. È stato un attacco brutale: sono morte circa 1.200 persone e sono stati presi più di 200 ostaggi. Israele ha risposto con un’offensiva su larga scala nella Striscia di Gaza, che continua ancora oggi, quasi due anni dopo. In un primo momento, la risposta israeliana poteva avere una certa logica come reazione a un attacco ingiustificato e criminale contro la sua popolazione e il suo territorio, ma nulla giustifica il superamento di tutti i limiti del diritto internazionale e del diritto internazionale umanitario. Da allora, la risposta così sproporzionata non solo ha superato tali limiti, ma ha varcato tutte le soglie dell’orrore: possiamo parlare chiaramente e senza mezzi termini di crimini di guerra, di crimini contro l’umanità, di un vero e proprio genocidio. Infatti, da quel mese di ottobre 2023, Gaza è stata teatro di bombardamenti quotidiani, distruzione costante e una crisi umanitaria che sembra non avere fine, un vero e proprio inferno scatenato sulla terra. 

Tutto questo è una tragedia che non si ferma. I numeri fanno paura: più di 60.000 morti e circa 145.000 feriti. E la cosa più dolorosa è che questo numero continuerà ad aumentare. Intere famiglie sono scomparse sotto le macerie, i pochi ospedali ancora funzionanti sono al collasso e persino le ambulanze che trasportano i feriti vengono attaccate. A tutto questo si aggiungono le continue interruzioni di acqua ed elettricità, nonché il divieto di far passare cibo e medicine nella Striscia di Gaza. Come si può sopravvivere senza i beni di prima necessità? La risposta è chiara: non si può, e la gente ha letteralmente iniziato a morire di fame a decine, in attesa di un aiuto che non arriva perché ne è vietato l’ingresso. 

L’ONU, che nessuno sa cosa stia facendo al riguardo, lo ha già ripetuto molte volte: la situazione a Gaza è peggiore di una crisi umanitaria. Alcune organizzazioni osano parlare apertamente di carestia pianificata e genocidio. Medici, giornalisti e cooperanti lo hanno confermato dall’interno: bambini che muoiono di malnutrizione e persone che mangiano erbe solo per sopportare la fame. 

E il resto del mondo cosa fa? Niente, molto poco, si limita a guardare. È vero che sono stati forniti aiuti e sono stati fatti appelli per un cessate il fuoco permanente con l’ingresso di aiuti umanitari, ma questi aiuti non arrivano. Mentre i governi discutono, la gente continua a morire. Ogni giorno che passa senza una soluzione definitiva è un giorno in più di sofferenza per centinaia di migliaia di vittime innocenti. 

È molto sorprendente che nemmeno all’interno di Israele ci sia accordo su ciò che sta accadendo. Organizzazioni umanitarie come B’Tselem (una ONG israeliana per i diritti umani) hanno denunciato apertamente e senza mezzi termini che ciò che il loro governo sta facendo a Gaza è “un genocidio”. Tant’è che questa organizzazione ha intitolato un suo rapporto “Il nostro genocidio”, affermando che c’è una distruzione intenzionale della popolazione civile palestinese. Fa male leggere queste parole provenienti dall’interno. Ma la realtà è questa: si tratta di un genocidio. 

Nel frattempo, l’aspetto umano rimane, ancora una volta, dietro la guerra. Quando parliamo di guerre, ci perdiamo sempre in parole altisonanti come “strategia militare”, “obiettivi tattici” o “autodifesa”… Ma si parla molto poco delle persone che cercano di sopravvivere in mezzo al caos. Di quelle madri che non hanno più nulla da dare da mangiare ai propri figli. Di quei padri che tirano fuori i propri figli dalle macerie con le mani dopo ogni bombardamento. Di bambini e bambine che non riescono più a dormire per la paura, ammesso che abbiano ancora un posto dove dormire o che la fame permetta loro di chiudere gli occhi e sognare di voler andare in paradiso perché “lì c’è da mangiare”. 

E tutto questo perché? A che scopo? Quale “logica” può giustificare una tale sofferenza? La risposta più facile è dare la colpa: “La colpa è di Hamas”, “La colpa è di Israele” o “La colpa è dei politici”. Ma la realtà è molto più dura e complessa. Ciò che è chiaro è che chi sta davvero pagando il prezzo di tutta questa follia non sono i leader, né i soldati, né i governanti. Chi sta soffrendo tutto questo sono le vittime civili, vittime innocenti che non hanno nulla a che vedere con tutto questo e che vogliono solo vivere in pace. 

Quindi non possiamo normalizzare ciò che è crudele, minaccioso e inaccettabile. La cosa più pericolosa di tutto questo è che, a forza di ripeterlo, poco a poco stiamo iniziando a vedere queste notizie come qualcosa di normale. Ci limitiamo a dire “ancora Gaza” e passiamo oltre o cambiamo canale. 

E no, non può essere normale che muoiano migliaia di persone e noi continuiamo come se nulla fosse. Non può essere normale che un bambino molto piccolo muoia di fame nel 2025. Non può essere normale che bombardare ospedali sia parte della quotidianità e che noi facciamo finta di niente, come se non ci importasse. 

Fingere che questo non ci riguardi significa essere complici con il nostro silenzio. Forse non possiamo fermare la guerra da soli, ma possiamo continuare a parlare degli orrori che vi accadono, possiamo informarci su ciò che sta succedendo, possiamo sostenere coloro che aiutano in modo disinteressato, e naturalmente possiamo e dobbiamo esigere dai nostri governi che agiscano rapidamente, che facciano pressione per un cessate il fuoco duraturo, che lavorino per una soluzione reale che ponga fine alla guerra, che rispetti il diritto internazionale e porti la pace a un intero popolo e a un intero territorio: la Palestina. 

A te che stai leggendo questo, se vuoi condividere questo testo, fallo pure. Ormai è più tuo che mio. 

Che il mondo non dimentichi mai Gaza. Smettiamo di guardare dall’altra parte. Perché ogni vita conta. 

Perché Gaza non ha bisogno di altro silenzio. 

Ciò di cui Gaza ha bisogno è giustizia. 

Ciò di cui Gaza ha bisogno è pace. 

E Gaza ne ha bisogno subito.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩

Gaza : 60 000 morts après 

Il y a des chiffres qui vous bouleversent profondément. Ce sont des chiffres qui vous nouent l’estomac, vous serrent le cœur, vous coupent le souffle et vous font vous arrêter un instant. C’est du moins ce qui devrait nous arriver lorsque nous lisons que plus de 60 000 personnes sont mortes à Gaza depuis le début de l’offensive israélienne en octobre 2023. 

Oui, 60 000 êtres humains. Ce ne sont pas des chiffres, ce ne sont pas des statistiques : ce sont des personnes qui ont un nom, des familles brisées, des rêves brisés… et qui sont désormais absentes pour toujours. 

La nouvelle vient du ministère de la Santé de Gaza, et bien qu’il y ait toujours des personnes qui doutent des sources dans ce type de conflit, presque tous les organismes internationaux s’accordent sur un point : la grande majorité des victimes sont des civils innocents, des milliers d’entre elles étaient des enfants, et des centaines étaient des bébés de moins d’un an. 

Mais comment tout cela a-t-il commencé ? Pour ceux qui ne suivent pas l’actualité, soit parce qu’ils se soucient peu de la souffrance d’autrui, soit pour toute autre raison futile, voici un petit résumé : le 7 octobre 2023, le groupe Hamas a lancé une attaque massive contre Israël. Ce fut une attaque brutale : environ 1 200 personnes ont été tuées et plus de 200 otages ont été pris. Israël a riposté par une offensive à grande échelle dans la bande de Gaza, qui se poursuit encore aujourd’hui, près de deux ans plus tard. Au départ, la réponse israélienne pouvait sembler logique en réaction à une attaque injustifiée et criminelle contre sa population et son territoire, mais rien ne justifie le fait que toutes les limites du droit international et du droit international humanitaire aient été dépassées. Depuis lors, cette réponse disproportionnée n’a pas seulement dépassé ces limites, elle a franchi tous les seuils de l’horreur : nous pouvons parler clairement et sans détours de crimes de guerre, de crimes contre l’humanité, d’un véritable génocide. En effet, depuis ce mois d’octobre 2023, Gaza est le théâtre de bombardements quotidiens, de destructions constantes et d’une crise humanitaire qui semble sans fond, un véritable enfer déchaîné sur terre. 

Tout cela est une tragédie qui ne s’arrête pas. Les chiffres sont effrayants : plus de 60 000 morts et environ 145 000 blessés. Et le plus douloureux, c’est que ce chiffre va continuer à augmenter. Des familles entières ont disparu sous les décombres, les quelques hôpitaux qui fonctionnent encore sont saturés et même les ambulances qui transportent les blessés sont attaquées. À tout cela s’ajoutent les coupures constantes d’eau et d’électricité, ainsi que l’interdiction d’acheminer de la nourriture et des médicaments dans la bande de Gaza. Comment peut-on survivre ainsi sans le strict minimum ? La réponse est claire : c’est impossible, et les gens ont littéralement commencé à mourir de faim par dizaines en attendant une aide qui n’arrive pas parce qu’elle est interdite d’entrée. 

L’ONU, dont personne ne sait ce qu’elle fait à ce sujet, l’a déjà répété à maintes reprises : la situation à Gaza est pire qu’une crise humanitaire. Certaines organisations osent parler directement de famine planifiée et de génocide. Des médecins, des journalistes et des coopérants l’ont confirmé de l’intérieur : des enfants meurent de malnutrition et des gens mangent des herbes juste pour supporter la faim. 

Et que fait le reste du monde ? Rien, très peu, il se contente de regarder. Il est vrai qu’ils ont fourni de l’aide et lancé des appels à un cessez-le-feu permanent avec l’entrée de l’aide humanitaire, mais cette aide n’arrive pas. Pendant que les gouvernements discutent, les gens continuent de mourir. Chaque jour qui passe sans solution définitive est un jour de souffrance supplémentaire pour des centaines de milliers de victimes innocentes. 

Il est très frappant de constater que même en Israël, tout le monde n’est pas d’accord avec ce qui se passe. Des organisations humanitaires telles que B’Tselem (une ONG israélienne de défense des droits humains) ont dénoncé ouvertement et sans détour que ce que leur gouvernement fait à Gaza est « un génocide ». À tel point que cette organisation a intitulé l’un de ses rapports « Notre génocide », affirmant qu’il y a une destruction intentionnelle de la population civile palestinienne. Cela fait mal de lire cela venant de l’intérieur. Mais la réalité est là : c’est un génocide. 

Pendant ce temps, l’humain reste, une fois de plus, derrière la guerre. Lorsque nous parlons de guerres, nous nous perdons toujours dans de grands mots tels que « stratégie militaire », « objectifs tactiques » ou « autodéfense »… Mais on parle très peu des personnes qui tentent de survivre au milieu du chaos. De ces mères qui n’ont plus rien à donner à manger à leurs enfants. De ces pères qui sortent leurs enfants des décombres à mains nues après chaque bombardement. De ces enfants qui ne peuvent plus dormir de peur, s’ils ont encore un endroit où dormir ou si la faim leur permet de fermer les yeux et de rêver de vouloir aller au ciel parce que « là-bas, il y a à manger ». 

Et tout cela pour quoi ? Dans quel but ? Quelle « logique » peut justifier une telle souffrance ? La réponse facile consiste à rejeter la faute sur les autres : « C’est la faute du Hamas », « C’est la faute d’Israël » ou « C’est la faute des politiciens ». Mais la réalité est beaucoup plus dure et beaucoup plus complexe. Ce qui est clair, c’est que ceux qui paient réellement le prix de toute cette folie ne sont ni les dirigeants, ni les soldats, ni les gouvernants. Ceux qui souffrent de tout cela sont les victimes civiles, des victimes innocentes qui n’ont rien à voir avec tout cela et qui veulent seulement vivre en paix. 

Nous ne pouvons donc pas normaliser ce qui est cruel, sinistre et inacceptable. Le plus dangereux dans tout cela, c’est qu’à force de le répéter, petit à petit, nous commençons à considérer ces informations comme normales. Nous nous contentons de dire « encore Gaza » et nous passons à autre chose ou changeons de chaîne. 

Et non, il n’est pas normal que des milliers de personnes meurent et que nous continuions comme si de rien n’était. Il n’est pas normal qu’un enfant en bas âge meure de faim en 2025. Il n’est pas normal que le bombardement d’hôpitaux fasse partie du quotidien et que nous agissions comme si de rien n’était, comme si cela ne nous concernait pas. 

Faire comme si cela ne nous concernait pas, c’est être complices par notre silence. Nous ne pouvons peut-être pas arrêter la guerre à nous seuls, mais nous pouvons continuer à parler des horreurs qui s’y déroulent, nous pouvons nous informer sur ce qui se passe, nous pouvons soutenir ceux qui apportent leur aide de manière désintéressée, et bien sûr, nous pouvons et devons exiger de nos gouvernements qu’ils agissent rapidement, qu’ils fassent pression pour un cessez-le-feu durable, qu’ils travaillent à une solution réelle qui mette fin à la guerre, qui respecte le droit international et apporte la paix à tout un peuple et à toute une terre : la Palestine. 

À toi qui lis ceci, si tu veux partager ce texte, vas-y, fais-le. Il t’appartient déjà bien plus qu’à moi. 

Que le monde n’oublie jamais Gaza. Cessons de détourner le regard. Parce que chaque vie compte. 

Parce que Gaza n’a plus besoin de silence. 

Ce dont Gaza a besoin, c’est de justice. 

Ce dont Gaza a besoin, c’est de paix. 

Et Gaza en a besoin dès maintenant.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷

Gaza: 60.000 mortes depois

Há números que nos abalam por dentro. São números que nos deixam com um nó no estômago, nos apertam o coração, nos cortam a respiração e nos fazem parar por um segundo. Pelo menos é isso que deveria acontecer quando lemos que mais de 60.000 pessoas morreram em Gaza desde o início da ofensiva israelita em outubro de 2023. 

Sim, 60.000 seres humanos. Não são números, não são estatísticas: são pessoas com nomes, com famílias destruídas, com sonhos desfeitos… e agora, ausentes para sempre. 

A notícia vem do Ministério da Saúde de Gaza e, embora haja sempre quem duvide das fontes em conflitos como este, há algo em que quase todas as organizações internacionais concordam: a grande maioria das vítimas são civis inocentes, milhares eram crianças e centenas eram bebés com menos de 1 ano de idade. 

Mas como é que tudo isto começou? Para quem não acompanha as notícias, seja porque se importa muito pouco com o sofrimento alheio ou por qualquer outra razão trivial, aqui vai um pequeno resumo: em 7 de outubro de 2023, o grupo Hamas lançou um ataque maciço contra Israel. Foi um ataque brutal: cerca de 1.200 pessoas morreram e mais de 200 foram feitas reféns. Israel respondeu com uma ofensiva em grande escala na Faixa de Gaza, que continua até hoje, quase dois anos depois. Inicialmente, a resposta israelita podia ter alguma lógica como reação a um ataque injustificado e criminoso contra a sua população e território, mas nada justifica que tenham sido ultrapassados todos os limites do direito internacional e do direito internacional humanitário. Desde então, a resposta tão desproporcionada não é que tenha ultrapassado esses limites, é que ultrapassou todos os limites do horror: podemos falar claramente e sem rodeios de crimes de guerra, de crimes contra a humanidade, de um verdadeiro genocídio. E é que, desde aquele mês de outubro de 2023, Gaza tem sido palco de bombardeamentos diários, destruição constante e uma crise humanitária que parece não ter fim, um verdadeiro inferno desencadeado sobre a terra. 

Tudo isto é uma tragédia que não pára. Os números assustam: mais de 60 000 mortos e cerca de 145 000 feridos. E o mais doloroso é que esse número continuará a aumentar. Há famílias inteiras que desapareceram sob os escombros, os poucos hospitais que ainda funcionam estão sobrecarregados e até as ambulâncias que transportam os feridos são atacadas. A tudo isso se somam os constantes cortes de água e eletricidade, bem como a proibição da entrada de alimentos e medicamentos na Faixa de Gaza. Como é possível sobreviver assim, sem o básico? A resposta é clara: não é possível, e as pessoas, literalmente, começaram a morrer de fome às dezenas, à espera de uma ajuda que não chega porque é proibida a sua entrada.

A ONU, que ninguém sabe o que está a fazer a esse respeito, já repetiu muitas vezes: a situação em Gaza é pior do que uma crise humanitária. Algumas organizações ousam falar diretamente de fome planejada e genocídio. Médicos, jornalistas e cooperantes confirmaram isso de dentro: crianças morrendo de desnutrição e pessoas comendo ervas apenas para suportar a fome. 

E o resto do mundo, o que faz? Nada, muito pouco, apenas observa. É verdade que foram prestadas ajudas e foram feitos apelos para um cessar-fogo permanente com a entrada de ajuda humanitária, mas essa ajuda não chega. Enquanto os governos discutem, as pessoas continuam a morrer. Cada dia que passa sem uma solução definitiva é mais um dia de sofrimento para centenas de milhares de vítimas inocentes. 

É muito chamativo que nem mesmo dentro de Israel haja consenso sobre o que está a acontecer. Organizações humanitárias como a B’Tselem (uma ONG israelita de direitos humanos) denunciaram abertamente e sem rodeios que o que o seu governo está a fazer em Gaza é «um genocídio». Tanto é assim que esta organização intitulou um dos seus relatórios «O nosso genocídio», afirmando que há uma destruição intencional da população civil palestiniana. Dói ler isso vindo de dentro. Mas a realidade é esta: é um genocídio. 

Enquanto isso, o humano fica, mais uma vez, atrás da guerra. Quando falamos de guerras, sempre nos perdemos em palavras grandiosas como «estratégia militar», «objetivos táticos» ou «autodefesa»… Mas muito pouco se fala das pessoas que tentam sobreviver em meio ao caos. Das mães que já não têm nada para dar de comer aos seus filhos. Dos pais que tiram os seus filhos dos escombros com as próprias mãos após cada bombardeamento. Das crianças que já não conseguem dormir de medo, se é que ainda têm onde dormir ou se a fome lhes permite fechar os olhos e sonhar em ir para o céu porque «lá há comida». 

E tudo isso por quê? Para quê? Que «lógica» pode justificar tal sofrimento? A resposta fácil é culpar: «A culpa é do Hamas», «A culpa é de Israel» ou «A culpa é dos políticos». Mas a realidade é muito mais dura e muito mais complexa. O que está claro é que quem realmente está a pagar o preço de toda essa loucura não são os líderes, nem os soldados, nem os governantes. Quem está a sofrer com tudo isso são as vítimas civis, vítimas inocentes que não têm nada a ver com tudo isso e que só querem viver em paz. 

Portanto, não podemos normalizar o que é cruel, sinistro e inaceitável. O mais perigoso de tudo isto é que, à força de repetir, e pouco a pouco, estamos a começar a ver estas notícias como algo normal. Limitamo-nos a dizer «Gaza outra vez» e seguimos em frente ou mudamos de canal. 

E não, não pode ser normal que morram milhares de pessoas e continuemos como se nada fosse. Não pode ser normal que uma criança muito pequena morra de fome em 2025. Não pode ser normal que bombardear hospitais faça parte do dia a dia e que façamos como se nada fosse, como se não nos importássemos. 

Fingir que isso não tem nada a ver connosco é ser cúmplice com o nosso silêncio. Talvez não possamos parar a guerra sozinhos, mas podemos continuar a falar dos horrores que acontecem nela, podemos informar-nos sobre o que está a acontecer, podemos apoiar aqueles que ajudam de forma desinteressada, e claro que podemos e devemos exigir que os nossos governos ajam rapidamente, que pressionem por um cessar-fogo duradouro, que trabalhem por uma solução real que ponha fim à guerra, que cumpra o direito internacional e traga a paz a um povo inteiro e a toda uma terra: a Palestina. 

A ti que estás a ler isto, se quiseres partilhar este texto, vai em frente, faz isso. Já é muito mais teu do que meu. 

Que o mundo nunca se esqueça de Gaza. Vamos parar de olhar para o outro lado. Porque cada vida importa. 

Porque Gaza não precisa de mais silêncio. 

O que Gaza precisa é de justiça. 

O que Gaza precisa é de paz. 

E Gaza precisa disso agora.

«Papá, en el cielo hay comida»

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Hay frases que nunca deberían pronunciarse. Frases que, al leerlas, te oprimen el corazón y te hacen preguntarte en qué mundo estamos viviendo. Esta es una de ellas. Y no, no es poesía. No es una metáfora. Es la cruda y desgarradora realidad de miles de niños en Gaza y de tantas otras regiones del mundo donde la infancia se vive con hambre, dolor, miedo y guerra. La frase es esta: “Quiero ir al cielo porque allí hay comida”.

¿Te imaginas que tu hijo te dijera eso? ¿Te imaginas a tu sobrina o a tu hermano pequeño decirte eso con los ojos llenos de lágrimas? Y no lo dice porque tenga una fe inocente, tampoco porque piense en jugar con los angelitos sobre las nubes, sino porque aquí, en la tierra, no hay nada, no queda nada. Porque aquí, en la tierra, el estómago duele, los labios están cuarteados, la garganta está seca y la comida no es más que un vago recuerdo.

En la mente de un niño o de una niña, el cielo debería ser un lugar lleno de juegos, lleno de luz o también de encuentros con abuelos que ya partieron y que nos cuidan desde allá arriba. Pero para muchos niños y niñas en Gaza, el cielo se ha convertido en una promesa de lo que esta tierra les niega: un plato de comida. Y eso, simplemente, desde un mínimo de humanidad y empatía, es totalmente inaceptable.

¿Dónde hemos fallado? ¿Cómo hemos podido ser capaces de llegar a este punto? ¿En qué momento hemos caído en la desvergüenza moral más absoluta? No hace falta ser analista político ni experto en relaciones internacionales para entender que la credibilidad de buena parte de los países que forman la comunidad internacional está totalmente rota. Se destruyen casas, se bombardean hospitales y escuelas, se arrasan campos con cientos de víctimas y, por supuesto, también se destruye la niñez. Y esa fractura, esa herida, es, sin duda, la más difícil de sanar y cicatrizar.

La infancia nunca debería doler. La infancia debería ser siempre feliz. Los niños y las niñas deberían correr, jugar, saltar, fantasear y ensuciarse las manos de tierra y no de sangre. Deberían quejarse por no querer comer verduras y no por no tener absolutamente nada que llevarse a la boca. NADA. Deberían tener pesadillas con monstruos y dragones, no con drones, ni con bombas que caen del cielo ni con el sonido de un avión que no trae turistas, sino más dolor y más muerte a su alrededor.

Cuando un niño desea el cielo porque representa saciedad y descanso, no estamos ante una tragedia puntual. Estamos ante el fracaso colectivo de la humanidad. No se trata de geopolítica, sino de dignidad. No se trata de bandos, sino de humanidad. No se trata de bandos enfrentados, sino de niños y niñas que están muriendo ahora mismo. 

Gaza no puede ser solo una palabra más en los telediarios. Para mucha gente, Gaza es solo el nombre de una región lejana, que aparece de vez en cuando en las noticias con palabras como «conflicto», ”guerra”, “escalada» y “represalias». Pero Gaza es también un lugar donde hay familias rotas, donde el amor ha dejado paso al dolor de la muerte y donde los sueños han sido destruidos en mil pedazos. Gaza es ese lugar donde una madre intenta inventar una receta con lo poco que tiene, donde un padre vende lo último que le queda para comprar una pieza de pan, donde un niño pregunta con un hilo de voz, pero con toda la inocencia del mundo: “¿Y si mejor me muero, papá? Tal vez allá arriba hay comida…”

Y esa frase es real. Salió de los labios de una pequeña boca, con voz débil y tal vez entre lágrimas. Esas palabras existen porque existe esa situación ahora mismo en Gaza. Y esa situación existe porque así lo hemos permitido, porque hemos mirado hacia otro lado durante mucho tiempo, porque somos insensibles y ya no nos duele tanto ver el sufrimiento de los demás, mientras no sea el nuestro.

¿Y ahora qué? ¿Qué vas a hacer tú que estás leyendo esto? ¿Vas a hacer algo? ¿Te vas a quedar de brazos cruzados? ¿Vas a olvidar todo lo que has leído ahora mismo cuando vayas a la piscina, a la playa, o pidas otra bebida en el hotel donde estás pasando tus vacaciones? 

No te estoy pidiendo que seas tú quien salve a Gaza, porque una persona sola no puede hacerlo. Tampoco te estoy pidiendo que soluciones un problema con siglos de historia, ni que pienses en la solución política perfecta para resolverlo. De hecho, ya existe esa solución. Es el reconocimiento del Estado Palestino con carácter universal, y con cumplimiento absoluto del derecho internacional y el derecho internacional humanitario. Algo que, para “Occidente”, parece que importa muy poco. 

Pero sí te pido, simplemente, que no hagas oídos sordos o mires hacia otro lado cuando un niño o una niña grita —aunque sea ya con un hilo de voz en los últimos momentos de su vida— que quiere morirse e irse al cielo para comer, “porque allí tiene que haber comida”. 

Te pido que sientas, que tengas empatía por quienes están sufriendo. Te pido que compartas estas palabras si crees que pueden ayudar a que el mundo sepa lo que está pasando. Te pido que hables sin miedo para no normalizar lo que está pasando, que no es otra cosa sino un auténtico genocidio en directo y en streaming. Te pido que hagas todo eso, porque, al final, si lo pensamos un poco, el silencio mata tanto como las balas y las bombas. Y porque hablar tiene que ser siempre el primer paso para poder cambiar. Porque cuando dejemos de hablar, caerán más bombas, habrá más dolor y destrucción, y también habrá más niños pidiendo morir porque creen que en el cielo tendrán algo que llevarse a la boca. 

Y no, no podemos hacer como si toda esta situación no fuera con nosotros. Los problemas que afectan a personas que ven violados sus derechos más elementales, no son algo lejano que se importe de fuera, porque son un problema de toda la humanidad. Así que no tenemos derecho a vivir cómodamente sin, al menos, mostrar nuestra compasión y nuestra rabia ante lo que está pasando. No tenemos derecho a ignorar el hambre de niños y niñas, sea cual sea el lugar donde ocurra. Porque el hambre de un niño, ya sea en Gaza, en Haití, en Etiopía, en Siria o en tu propia ciudad, es una herida abierta en el corazón de un mundo cada vez más insensible. 

Ese niño y esa niña que quiere ir al cielo, en realidad no quiere morir. Lo que quiere es vivir, lo que quiere es jugar, lo que quiere es, simplemente, comer. 

Y nuestro deber es precisamente ese. Luchar para que, más pronto que tarde, todo niño y niña pueda vivir en la tierra ese cielo que imaginan, lleno de juegos, de sueños y de comida. Porque ningún niño ni ninguna niña debería desear morir y escapar de este mundo para poder comer. 

Vuelvo a dirigirme a ti, a ti que estás leyendo esto. Por favor, no apagues esa sensación de incomodidad que sientes ahora mismo. No permitas que tu conciencia se adormezca, manténla viva y despierta. Haz que ese nudo que sientes ahora mismo en la garganta se convierta en algo que pueda cambiar las cosas. Haz que se convierta en una acción, por pequeña que sea, en una palabra de protesta, en algo que pueda hacer que las cosas cambien, sea lo que sea. 

Pero mientras decides qué hacer, si mirar hacia otro lado o no, piensa que hay niños y niñas que solo quieren un trozo de pan. 

Y si el único lugar donde creen que pueden encontrar ese trozo de pan es en el cielo, entonces hemos fallado todos. 

Y tú también.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

Dad, there is food in heaven

There are phrases that should never be uttered. Phrases that, when you read them, weigh heavily on your heart and make you wonder what kind of world we are living in. This is one of them. And no, it is not poetry. It’s not a metaphor. It’s the harsh and heartbreaking reality of thousands of children in Gaza and so many other regions of the world where childhood is lived with hunger, pain, fear and war. The phrase is this: ‘I want to go to heaven because there is food there.’

Can you imagine your child saying that to you? Can you imagine your niece or your little brother saying that to you with tears in their eyes? And they don’t say it because they have innocent faith, nor because they think about playing with the little angels on the clouds, but because here, on earth, there is nothing, there is nothing left. Because here, on earth, their stomachs ache, their lips are chapped, their throats are dry, and food is nothing more than a vague memory.

In the mind of a child, heaven should be a place full of games, full of light, or even encounters with grandparents who have passed away and who watch over us from above. But for many children in Gaza, heaven has become a promise of what this earth denies them: a plate of food. And that, simply put, from a minimum of humanity and empathy, is totally unacceptable.

Where have we failed? How have we been able to reach this point? At what moment have we fallen into the most absolute moral shamelessness? You don’t need to be a political analyst or an expert in international relations to understand that the credibility of a large part of the countries that make up the international community is completely shattered. Houses are destroyed, hospitals and schools are bombed, fields are razed with hundreds of victims, and, of course, childhood is also destroyed. And that fracture, that wound, is undoubtedly the most difficult to heal and scar over.

Childhood should never hurt. Childhood should always be happy. Children should run, play, jump, fantasise and get their hands dirty with soil, not blood. They should complain about not wanting to eat vegetables, not about having absolutely nothing to eat. NOTHING. They should have nightmares about monsters and dragons, not about drones, bombs falling from the sky, or the sound of an aircraft that brings not tourists, but more pain and death around them.

When a child longs for heaven because it represents satiety and rest, we are not facing a one-off tragedy. We are facing the collective failure of humanity. It is not about geopolitics, but about dignity. It is not about sides, but about humanity. It is not about opposing sides, but about children who are dying right now. 

Gaza cannot be just another word on the news. For many people, Gaza is just the name of a distant region that appears from time to time in the news with words like ‘conflict’, ‘war’, “escalation” and ‘retaliation’. But Gaza is also a place where families are torn apart, where love has given way to the pain of death and where dreams have been shattered into a thousand pieces. Gaza is that place where a mother tries to invent a recipe with the little she has, where a father sells the last thing he has left to buy a loaf of bread, where a child asks in a faint voice, but with all the innocence in the world: ‘What if I die, Dad? Maybe there’s food up there…’

And that sentence is real. It came from the lips of a small mouth, in a weak voice and perhaps through tears. Those words exist because that situation exists right now in Gaza. And that situation exists because we have allowed it to exist, because we have looked the other way for too long, because we are insensitive and no longer feel so much pain when we see the suffering of others, as long as it is not our own.

So what now? What are you going to do, you who are reading this? Are you going to do something? Are you going to sit idly by? Are you going to forget everything you’ve just read when you go to the pool, to the beach, or order another drink at the hotel where you’re spending your holidays?

I’m not asking you to be the one to save Gaza, because one person alone cannot do it. Nor am I asking you to solve a problem with centuries of history, or to come up with the perfect political solution to resolve it. In fact, that solution already exists. It is the universal recognition of the Palestinian State, with full compliance with international law and international humanitarian law. Something that, for the ‘West’, seems to matter very little. 

But I am simply asking you not to turn a deaf ear or look the other way when a child cries out — even if it is with a faint voice in the last moments of their life — that they want to die and go to heaven to eat, ‘because there must be food there’. 

I ask you to feel empathy for those who are suffering. I ask you to share these words if you think they can help the world know what is happening. I ask you to speak without fear so as not to normalise what is happening, which is nothing less than a real genocide being broadcast live and streamed online. I ask you to do all this because, in the end, if we think about it a little, silence kills as much as bullets and bombs. And because speaking out must always be the first step towards change. Because when we stop speaking out, more bombs will fall, there will be more pain and destruction, and there will also be more children asking to die because they believe that in heaven they will have something to eat. 

And no, we cannot pretend that this whole situation does not concern us. The problems affecting people whose most basic rights are being violated are not something distant that is imported from outside, because they are a problem for all of humanity. So we have no right to live comfortably without at least showing our compassion and our anger at what is happening. We have no right to ignore the hunger of children, wherever it occurs. Because the hunger of a child, whether in Gaza, Haiti, Ethiopia, Syria or your own city, is an open wound in the heart of an increasingly insensitive world. 

That child who wants to go to heaven does not really want to die. What they want is to live, what they want is to play, what they want is simply to eat. 

And that is precisely our duty. To fight so that, sooner rather than later, every child can live on earth in the heaven they imagine, full of games, dreams and food. Because no child should wish to die and escape this world in order to eat. 

I turn again to you, you who are reading this. Please, do not shut down that feeling of discomfort you are feeling right now. Do not allow your conscience to fall asleep; keep it alive and awake. Turn that lump you feel in your throat right now into something that can change things. Turn it into action, no matter how small, into a word of protest, into something that can make a difference, whatever it may be. 

But while you decide what to do, whether to look the other way or not, think that there are children who just want a piece of bread. 

And if the only place they believe they can find that piece of bread is in heaven, then we have all failed. 

And so have you.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲

«Papà, in cielo c’è da mangiare«

Ci sono frasi che non dovrebbero mai essere pronunciate. Frasi che, quando le leggi, ti stringono il cuore e ti fanno chiedere in che mondo viviamo. Questa è una di quelle. E no, non è poesia. Non è una metafora. È la cruda e straziante realtà di migliaia di bambini a Gaza e in tante altre regioni del mondo dove l’infanzia è vissuta nella fame, nel dolore, nella paura e nella guerra. La frase è questa: “Voglio andare in paradiso perché lì c’è da mangiare”.

Riesci a immaginare che tuo figlio ti dica una cosa del genere? Riesci a immaginare tua nipote o tuo fratello minore che te lo dicono con gli occhi pieni di lacrime? E non lo dice perché ha una fede innocente, né perché pensa di giocare con gli angioletti sulle nuvole, ma perché qui, sulla terra, non c’è niente, non è rimasto niente. Perché qui, sulla terra, lo stomaco fa male, le labbra sono screpolate, la gola è secca e il cibo non è altro che un vago ricordo.

Nella mente di un bambino o di una bambina, il cielo dovrebbe essere un luogo pieno di giochi, pieno di luce o anche di incontri con i nonni che se ne sono andati e che ci proteggono dall’alto. Ma per molti bambini e bambine di Gaza, il cielo è diventato una promessa di ciò che questa terra nega loro: un piatto di cibo. E questo, semplicemente, da un minimo di umanità ed empatia, è del tutto inaccettabile.

Dove abbiamo sbagliato? Come abbiamo potuto arrivare a questo punto? In quale momento siamo caduti nella più assoluta vergogna morale? Non occorre essere analisti politici o esperti di relazioni internazionali per capire che la credibilità di gran parte dei paesi che compongono la comunità internazionale è completamente compromessa. Si distruggono case, si bombardano ospedali e scuole, si devastano campi con centinaia di vittime e, naturalmente, si distrugge anche l’infanzia. E quella frattura, quella ferita, è senza dubbio la più difficile da guarire e da cicatrizzare.

L’infanzia non dovrebbe mai essere dolorosa. L’infanzia dovrebbe essere sempre felice. I bambini e le bambine dovrebbero correre, giocare, saltare, fantasticare e sporcarsi le mani di terra e non di sangue. Dovrebbero lamentarsi perché non vogliono mangiare le verdure e non perché non hanno assolutamente nulla da mettere in bocca. NIENTE. Dovrebbero avere incubi con mostri e draghi, non con droni, né con bombe che cadono dal cielo, né con il rumore di un aereo che non porta turisti, ma solo più dolore e più morte intorno a loro.

Quando un bambino desidera il cielo perché rappresenta sazietà e riposo, non siamo di fronte a una tragedia isolata. Siamo di fronte al fallimento collettivo dell’umanità. Non si tratta di geopolitica, ma di dignità. Non si tratta di fazioni, ma di umanità. Non si tratta di fazioni contrapposte, ma di bambini e bambine che stanno morendo in questo momento.

Gaza non può essere solo una parola in più nei telegiornali. Per molte persone, Gaza è solo il nome di una regione lontana, che appare di tanto in tanto nei notiziari con parole come “conflitto”, “guerra”, ‘escalation’ e “rappresaglie”. Ma Gaza è anche un luogo dove ci sono famiglie distrutte, dove l’amore ha lasciato il posto al dolore della morte e dove i sogni sono stati ridotti in mille pezzi. Gaza è quel luogo dove una madre cerca di inventare una ricetta con il poco che ha, dove un padre vende l’ultima cosa che gli è rimasta per comprare un pezzo di pane, dove un bambino chiede con un filo di voce, ma con tutta l’innocenza del mondo: “E se fosse meglio morire, papà? Forse lassù c’è da mangiare…”

E quella frase è reale. È uscita dalle labbra di una piccola bocca, con voce debole e forse tra le lacrime. Quelle parole esistono perché quella situazione esiste proprio ora a Gaza. E quella situazione esiste perché noi l’abbiamo permessa, perché abbiamo guardato dall’altra parte per troppo tempo, perché siamo insensibili e non ci fa più così male vedere la sofferenza degli altri, purché non sia la nostra.

E adesso? Cosa farai tu che stai leggendo questo? Farai qualcosa? Rimarrai con le mani in mano? Dimenticherai tutto quello che hai appena letto quando andrai in piscina, in spiaggia o ordinerai un altro drink nell’hotel dove stai trascorrendo le tue vacanze?

Non ti sto chiedendo di essere tu a salvare Gaza, perché una persona da sola non può farlo. Non ti sto nemmeno chiedendo di risolvere un problema che ha secoli di storia, né di pensare alla soluzione politica perfetta per risolverlo. In realtà, quella soluzione esiste già. È il riconoscimento universale dello Stato palestinese, nel pieno rispetto del diritto internazionale e del diritto internazionale umanitario. Qualcosa che, per l’Occidente, sembra importare ben poco. 

Ma ti chiedo semplicemente di non fare orecchie da mercante o di non distogliere lo sguardo quando un bambino o una bambina gridano – anche se con un filo di voce negli ultimi momenti della loro vita – che vogliono morire e andare in paradiso per mangiare, “perché lì ci deve essere da mangiare”. 

Ti chiedo di provare empatia per coloro che stanno soffrendo. Ti chiedo di condividere queste parole se credi che possano aiutare il mondo a sapere cosa sta succedendo. Ti chiedo di parlare senza paura per non normalizzare ciò che sta accadendo, che non è altro che un vero e proprio genocidio in diretta e in streaming. Ti chiedo di fare tutto questo perché, in fin dei conti, se ci pensiamo bene, il silenzio uccide tanto quanto i proiettili e le bombe. E perché parlare deve sempre essere il primo passo per poter cambiare. Perché quando smetteremo di parlare, cadranno altre bombe, ci sarà più dolore e distruzione, e ci saranno anche più bambini che chiederanno di morire perché credono che in paradiso avranno qualcosa da mangiare. 

E no, non possiamo fingere che tutta questa situazione non ci riguardi. I problemi che affliggono le persone che vedono violati i loro diritti più elementari non sono qualcosa di lontano che viene importato dall’esterno, perché sono un problema di tutta l’umanità. Quindi non abbiamo il diritto di vivere comodamente senza almeno mostrare la nostra compassione e la nostra rabbia per ciò che sta accadendo. Non abbiamo il diritto di ignorare la fame dei bambini e delle bambine, ovunque essa si manifesti. Perché la fame di un bambino, che sia a Gaza, ad Haiti, in Etiopia, in Siria o nella tua stessa città, è una ferita aperta nel cuore di un mondo sempre più insensibile. 

Quel bambino e quella bambina che vogliono andare in paradiso, in realtà non vogliono morire. Ciò che vuole è vivere, ciò che vuole è giocare, ciò che vuole è semplicemente mangiare. 

E il nostro dovere è proprio questo. Lottare affinché, prima piuttosto che poi, ogni bambino e ogni bambina possa vivere sulla terra quel paradiso che immaginano, pieno di giochi, di sogni e di cibo. Perché nessun bambino e nessuna bambina dovrebbe desiderare di morire e fuggire da questo mondo per poter mangiare. 

Mi rivolgo nuovamente a te, che stai leggendo questo articolo. Per favore, non spegnere quella sensazione di disagio che provi in questo momento. Non lasciare che la tua coscienza si addormenti, mantienila viva e vigile. Trasforma quel nodo che senti in gola in qualcosa che possa cambiare le cose. Trasformalo in un’azione, per quanto piccola, in una parola di protesta, in qualcosa che possa cambiare le cose, qualunque cosa sia. 

Ma mentre decidi cosa fare, se guardare dall’altra parte o meno, pensa che ci sono bambini e bambine che vogliono solo un pezzo di pane. 

E se l’unico posto dove credono di poter trovare quel pezzo di pane è il cielo, allora abbiamo fallito tutti. 

Anche tu.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩

«Papa, il y a à manger au paradis»

Il y a des phrases qui ne devraient jamais être prononcées. Des phrases qui, lorsqu’on les lit, vous serrent le cœur et vous font vous demander dans quel monde nous vivons. Celle-ci en fait partie. Et non, ce n’est pas de la poésie. Ce n’est pas une métaphore. C’est la réalité crue et déchirante de milliers d’enfants à Gaza et dans tant d’autres régions du monde où l’enfance se vit dans la faim, la douleur, la peur et la guerre. La phrase est la suivante : « Je veux aller au ciel parce qu’il y a de la nourriture là-bas ».

Imaginez que votre enfant vous dise cela ? Imaginez votre nièce ou votre petit frère vous dire cela, les yeux remplis de larmes ? Et il ne dit pas cela parce qu’il a une foi innocente, ni parce qu’il pense jouer avec les petits anges sur les nuages, mais parce qu’ici, sur terre, il n’y a rien, il ne reste rien. Parce qu’ici, sur terre, le ventre fait mal, les lèvres sont gercées, la gorge est sèche et la nourriture n’est plus qu’un vague souvenir.

Dans l’esprit d’un enfant, le ciel devrait être un lieu rempli de jeux, de lumière ou encore de rencontres avec les grands-parents qui sont déjà partis et qui veillent sur nous depuis là-haut. Mais pour beaucoup d’enfants à Gaza, le ciel est devenu la promesse de ce que cette terre leur refuse : un plat de nourriture. Et cela, tout simplement, avec un minimum d’humanité et d’empathie, est totalement inacceptable.

Où avons-nous échoué ? Comment avons-nous pu en arriver là ? À quel moment sommes-nous tombés dans la plus grande honte morale ? Il n’est pas nécessaire d’être analyste politique ou expert en relations internationales pour comprendre que la crédibilité d’une grande partie des pays qui composent la communauté internationale est totalement ruinée. Des maisons sont détruites, des hôpitaux et des écoles sont bombardés, des champs sont rasés avec des centaines de victimes et, bien sûr, l’enfance est également détruite. Et cette fracture, cette blessure, est sans aucun doute la plus difficile à guérir et à cicatriser.

L’enfance ne devrait jamais être douloureuse. L’enfance devrait toujours être heureuse. Les enfants devraient courir, jouer, sauter, rêver et se salir les mains avec de la terre, pas avec du sang. Ils devraient se plaindre de ne pas vouloir manger de légumes et non de n’avoir absolument rien à se mettre sous la dent. RIEN. Ils devraient faire des cauchemars avec des monstres et des dragons, pas avec des drones, ni avec des bombes qui tombent du ciel, ni avec le bruit d’un avion qui n’apporte pas de touristes, mais plus de douleur et plus de mort autour d’eux.

Quand un enfant aspire au paradis parce qu’il représente la satiété et le repos, nous ne sommes pas face à une tragédie ponctuelle. Nous sommes face à l’échec collectif de l’humanité. Il ne s’agit pas de géopolitique, mais de dignité. Il ne s’agit pas de camps, mais d’humanité. Il ne s’agit pas de camps opposés, mais d’enfants qui meurent en ce moment même. 

Gaza ne peut pas être juste un mot de plus dans les journaux télévisés. Pour beaucoup de gens, Gaza n’est que le nom d’une région lointaine, qui apparaît de temps en temps dans les actualités avec des mots tels que « conflit », « guerre », « escalade » et « représailles ». Mais Gaza est aussi un lieu où des familles sont brisées, où l’amour a cédé la place à la douleur de la mort et où les rêves ont été réduits en mille morceaux. Gaza est cet endroit où une mère essaie d’inventer une recette avec le peu qu’elle a, où un père vend le dernier bien qui lui reste pour acheter un morceau de pain, où un enfant demande d’une voix faible, mais avec toute l’innocence du monde : « Et si je mourais, papa ? Peut-être qu’il y a à manger là-haut… »

Et cette phrase est réelle. Elle est sortie de la bouche d’un petit enfant, d’une voix faible et peut-être entre deux sanglots. Ces mots existent parce que cette situation existe en ce moment même à Gaza. Et cette situation existe parce que nous l’avons permise, parce que nous avons détourné le regard pendant trop longtemps, parce que nous sommes insensibles et que la souffrance des autres ne nous touche plus autant, tant qu’elle ne nous touche pas personnellement.

Et maintenant ? Que vas-tu faire, toi qui lis ces lignes ? Vas-tu agir ? Vas-tu rester les bras croisés ? Vas-tu oublier tout ce que tu viens de lire lorsque tu iras à la piscine, à la plage ou que tu commanderas un autre verre à l’hôtel où tu passes tes vacances ?

Je ne te demande pas d’être celui qui sauvera Gaza, car une seule personne ne peut y parvenir. Je ne te demande pas non plus de résoudre un problème vieux de plusieurs siècles, ni de trouver la solution politique parfaite pour y remédier. En fait, cette solution existe déjà. Il s’agit de la reconnaissance universelle de l’État palestinien, dans le respect absolu du droit international et du droit international humanitaire. Une chose qui, pour « l’Occident », semble avoir très peu d’importance. 

Mais je te demande simplement de ne pas faire la sourde oreille ou de détourner le regard lorsqu’un enfant crie, même si ce n’est plus qu’un murmure dans les derniers instants de sa vie, qu’il veut mourir et aller au ciel pour manger, « parce qu’il doit y avoir de la nourriture là-bas ». 

Je vous demande de ressentir de l’empathie pour ceux qui souffrent. Je vous demande de partager ces mots si vous pensez qu’ils peuvent aider le monde à prendre conscience de ce qui se passe. Je vous demande de parler sans crainte afin de ne pas banaliser ce qui se passe, qui n’est rien d’autre qu’un véritable génocide en direct et en streaming. Je te demande de faire tout cela, car, en fin de compte, si on y réfléchit bien, le silence tue autant que les balles et les bombes. Et parce que parler doit toujours être la première étape pour pouvoir changer les choses. Car lorsque nous cesserons de parler, d’autres bombes tomberont, il y aura davantage de souffrance et de destruction, et il y aura aussi davantage d’enfants qui demanderont à mourir parce qu’ils croient qu’au paradis, ils auront quelque chose à manger. 

Et non, nous ne pouvons pas faire comme si toute cette situation ne nous concernait pas. Les problèmes qui touchent les personnes dont les droits les plus élémentaires sont bafoués ne sont pas quelque chose de lointain qui nous importe de l’extérieur, car ils concernent l’humanité tout entière. Nous n’avons donc pas le droit de vivre confortablement sans au moins montrer notre compassion et notre colère face à ce qui se passe. Nous n’avons pas le droit d’ignorer la faim des enfants, quel que soit l’endroit où elle se manifeste. Car la faim d’un enfant, que ce soit à Gaza, en Haïti, en Éthiopie, en Syrie ou dans votre propre ville, est une plaie ouverte au cœur d’un monde de plus en plus insensible. 

Cet enfant qui veut aller au paradis ne veut pas vraiment mourir. Ce qu’il veut, c’est vivre, ce qu’il veut, c’est jouer, ce qu’il veut, c’est simplement manger. 

Et c’est précisément notre devoir. Lutter pour que, le plus tôt possible, tous les enfants puissent vivre sur terre ce paradis qu’ils imaginent, plein de jeux, de rêves et de nourriture. Parce qu’aucun enfant ne devrait souhaiter mourir et fuir ce monde pour pouvoir manger. 

Je m’adresse à nouveau à vous, à vous qui lisez ceci. S’il vous plaît, ne refoulez pas ce sentiment de malaise que vous ressentez en ce moment. Ne laissez pas votre conscience s’engourdir, gardez-la vivante et éveillée. Faites en sorte que cette boule que vous avez en gorge en ce moment se transforme en quelque chose qui puisse changer les choses. Transforme-le en une action, aussi petite soit-elle, en un mot de protestation, en quelque chose qui puisse changer les choses, quoi que ce soit. 

Mais pendant que tu décides quoi faire, si tu vas détourner le regard ou non, pense qu’il y a des enfants qui ne veulent qu’un morceau de pain. 

Et si le seul endroit où ils pensent pouvoir trouver ce morceau de pain est le ciel, alors nous avons tous échoué. 

Toi aussi.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
«Pai, no céu há comida«

Há frases que nunca deveriam ser ditas. Frases que, ao lê-las, oprimem o coração e fazem-no questionar em que mundo estamos a viver. Esta é uma delas. E não, não é poesia. Não é uma metáfora. É a dura e dolorosa realidade de milhares de crianças em Gaza e em tantas outras regiões do mundo onde a infância é vivida com fome, dor, medo e guerra. A frase é esta: «Quero ir para o céu porque lá há comida».

Imagina que o teu filho te diz isso? Imagina a tua sobrinha ou o teu irmão mais novo a dizer-te isso com os olhos cheios de lágrimas? E não o diz porque tem uma fé inocente, nem porque pensa em brincar com os anjinhos nas nuvens, mas porque aqui, na terra, não há nada, não resta nada. Porque aqui, na terra, o estômago dói, os lábios estão rachados, a garganta está seca e a comida não passa de uma vaga lembrança.

Na mente de uma criança, o céu deveria ser um lugar cheio de brincadeiras, cheio de luz ou também de encontros com avós que já partiram e que cuidam de nós lá de cima. Mas para muitas crianças em Gaza, o céu tornou-se uma promessa do que esta terra lhes nega: um prato de comida. E isso, simplesmente, a partir de um mínimo de humanidade e empatia, é totalmente inaceitável.

Onde falhámos? Como é que conseguimos chegar a este ponto? Em que momento caímos na mais absoluta falta de vergonha moral? Não é preciso ser analista político nem especialista em relações internacionais para compreender que a credibilidade de grande parte dos países que compõem a comunidade internacional está totalmente destruída. Destruem-se casas, bombardeiam-se hospitais e escolas, arrasam-se campos com centenas de vítimas e, claro, destrói-se também a infância. E essa fratura, essa ferida, é, sem dúvida, a mais difícil de curar e cicatrizar.

A infância nunca deveria ser dolorosa. A infância deveria ser sempre feliz. As crianças deveriam correr, brincar, saltar, fantasiar e sujar as mãos com terra e não com sangue. Devem queixar-se por não quererem comer vegetais e não por não terem absolutamente nada para comer. NADA. Devem ter pesadelos com monstros e dragões, não com drones, nem com bombas que caem do céu, nem com o som de um avião que não traz turistas, mas mais dor e mais morte à sua volta.

Quando uma criança deseja o céu porque representa saciedade e descanso, não estamos perante uma tragédia pontual. Estamos perante o fracasso coletivo da humanidade. Não se trata de geopolítica, mas de dignidade. Não se trata de bandos, mas de humanidade. Não se trata de bandos em confronto, mas de meninos e meninas que estão a morrer neste momento.

Gaza não pode ser apenas mais uma palavra nos noticiários. Para muitas pessoas, Gaza é apenas o nome de uma região distante, que aparece de vez em quando nas notícias com palavras como «conflito», «guerra», «escalada» e «retaliação». Mas Gaza é também um lugar onde há famílias destruídas, onde o amor deu lugar à dor da morte e onde os sonhos foram destruídos em mil pedaços. Gaza é aquele lugar onde uma mãe tenta inventar uma receita com o pouco que tem, onde um pai vende o último que lhe resta para comprar um pedaço de pão, onde uma criança pergunta com uma voz fraca, mas com toda a inocência do mundo: «E se eu morrer, pai? Talvez lá em cima haja comida…»

E essa frase é real. Saiu dos lábios de uma boca pequena, com voz fraca e talvez entre lágrimas. Essas palavras existem porque essa situação existe neste momento em Gaza. E essa situação existe porque nós permitimos, porque olhamos para o outro lado durante muito tempo, porque somos insensíveis e já não nos dói tanto ver o sofrimento dos outros, desde que não seja o nosso.

E agora? O que vais fazer tu que estás a ler isto? Vais fazer alguma coisa? Vais ficar de braços cruzados? Vais esquecer tudo o que leste agora quando fores à piscina, à praia ou pedires outra bebida no hotel onde estás a passar as tuas férias?

Não estou a pedir que sejas tu a salvar Gaza, porque uma pessoa sozinha não pode fazer isso. Também não estou a pedir que resolvas um problema com séculos de história, nem que penses na solução política perfeita para resolvê-lo. Na verdade, essa solução já existe. É o reconhecimento do Estado Palestiniano com caráter universal e com cumprimento absoluto do direito internacional e do direito internacional humanitário. Algo que, para o «Ocidente», parece importar muito pouco. 

Mas peço-te, simplesmente, que não faças ouvidos moucos ou desvies o olhar quando uma criança grita — mesmo que seja com um fio de voz nos últimos momentos da sua vida — que quer morrer e ir para o céu para comer, «porque lá deve haver comida».

Peço que sinta, que tenha empatia por aqueles que estão a sofrer. Peço que partilhe estas palavras se acredita que elas podem ajudar o mundo a saber o que está a acontecer. Peço que fale sem medo para não normalizar o que está a acontecer, que não é outra coisa senão um verdadeiro genocídio ao vivo e em streaming. Peço-te que faças tudo isso porque, no final das contas, se pensarmos um pouco, o silêncio mata tanto quanto as balas e as bombas. E porque falar deve ser sempre o primeiro passo para poder mudar. Porque quando pararmos de falar, mais bombas cairão, haverá mais dor e destruição, e também haverá mais crianças a pedir para morrer porque acreditam que no céu terão algo para comer. 

E não, não podemos fingir que toda esta situação não tem nada a ver connosco. Os problemas que afetam pessoas que vêem os seus direitos mais elementares violados não são algo distante que vem de fora, porque são um problema de toda a humanidade. Portanto, não temos o direito de viver confortavelmente sem, pelo menos, mostrar a nossa compaixão e a nossa raiva perante o que está a acontecer. Não temos o direito de ignorar a fome das crianças, seja onde for que ela ocorra. Porque a fome de uma criança, seja em Gaza, no Haiti, na Etiópia, na Síria ou na sua própria cidade, é uma ferida aberta no coração de um mundo cada vez mais insensível. 

Essa criança que quer ir para o céu, na verdade, não quer morrer. O que quer é viver, o que quer é brincar, o que quer é, simplesmente, comer. 

E o nosso dever é precisamente esse. Lutar para que, mais cedo ou mais tarde, todas as crianças possam viver na terra esse céu que imaginam, cheio de brincadeiras, sonhos e comida. Porque nenhuma criança deveria desejar morrer e escapar deste mundo para poder comer. 

Volto a dirigir-me a ti, que estás a ler isto. Por favor, não ignores essa sensação de desconforto que sentes neste momento. Não deixes a tua consciência adormecer, mantém-na viva e desperta. Faz com que esse nó que sentes agora na garganta se transforme em algo que possa mudar as coisas. Transforme-o numa ação, por menor que seja, numa palavra de protesto, em algo que possa fazer as coisas mudarem, seja o que for. 

Mas enquanto decide o que fazer, se olhar para o outro lado ou não, pense que há crianças que só querem um pedaço de pão. 

E se o único lugar onde acreditam que podem encontrar esse pedaço de pão é no céu, então todos nós falhámos. 

E tu também.