(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)
🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽
(Día Mundial contra la Trata de Personas)
Cuando hablamos de la trata de personas no estamos hablando de un delito cualquiera. Estamos hablando de uno de los crímenes más atroces que existen. Un crimen que pisotea los derechos humanos de millones de personas en todo el mundo. Y está pasando ahora mismo mientras lees esto.
Pero, ¿qué significa exactamente «trata de personas»? Significa que hay personas como tú, como yo, como cualquiera otra persona en el mundo, que son convertidas en meras mercancías, en objetos de usar y tirar, con el único fin de obtener dinero.
A las víctimas de la trata se las obliga a trabajar, a tener relaciones sexuales sin consentimiento, a mendigar, o a cometer delitos. Todo ello en contra de su voluntad.
Y lo peor es que este problema no está escondido ni pasa “allá lejos” de nuestros hogares. Está ocurriendo muy cerca de nosotros: en nuestros propios barrios, en nuestras ciudades e, incluso, en lugares que visitamos a diario. Pero no nos damos cuenta. ¿O tal vez sí?
La trata está ahí, muchas veces a plena luz del día, y aun así, mucha gente no quiere ver. Hay quienes no saben cómo actuar. Pero hay quienes deciden callar. Y eso es mucho peor.
Las redes de trata no surgen de la nada. Se aprovechan de aquellas situaciones que afectan a las personas más vulnerables: la pobreza, el desempleo, la guerra, el hambre, la violencia familiar, el desplazamiento forzado, la falta de educación… Todos estos factores influyen. Y todos tienen solución, si no conjuntamente, al menos uno a uno. Pero nadie hace nada o no lo suficiente.
Imagina por un momento que no tienes qué comer, que vives con miedo o que estás huyendo de una guerra. Solo quieres una oportunidad, un poco de esperanza. Entonces llega alguien que te ofrece un trabajo, un viaje y una vida mejor. Y es justo ahí donde caes en la trampa.
Lo que parecía una oportunidad se convierte en una pesadilla para ti. Lo que te prometían como una vida en libertad se ha transformado en una de las peores formas de esclavitud moderna. Porque las víctimas que acaban en manos de redes criminales son manipuladas constantemente a través de dos de las armas más poderosas: el control y el miedo. Les quitan sus papeles, las amenazan y agreden constantemente, les hacen pagar deudas que no existen o que no dejan de crecer día a día. Les dicen que si intentan escapar o denuncian, sus familias sufrirán las consecuencias.
Y así, día tras día, las explotan al máximo: lo hacen en prostíbulos, en talleres clandestinos de ropa, en casas privadas como criadas, en la calle pidiendo limosna o robando a los transeúntes. Les arrebatan por completo su dignidad, haciéndoles creer que no tienen escapatoria posible.
A veces los datos son muy áridos, pero es preciso conocerlos para entender la magnitud de todo esto. Según Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales el 42% de las víctimas son mujeres, el 18% son niñas, el 23% son hombres y el 17% son niños.
¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que 6 de cada 10 víctimas son mujeres o niñas. Y es que la trata, especialmente con fines de explotación sexuale, afecta desproporcionadamente cuando son mujeres y niñas, porque existe un componente de género claramente marcado.
Así, cuando se analiza cada forma de explotación, los datos son tan esclarecedores como alarmantes. Cuando hablamos de explotación sexual, la más común de todas, el 64% son mujeres, el 27% son niñas, el 4% son hombres y el 5% son niños. Si hablamos explotación laboral, es decir, de trabajo forzado, el 56% son hombres, el 27% son mujeres, el 12% son niños y el 5% son niñas. Y cuando hablamos de criminalidad forzada, es decir, de usar a la persona para cometer delitos, el 68% son niños, el 24% son hombres, el 4% son niñas y el 3% son mujeres. Pero, además, hay cifras que realmente te rompen el alma. Y es que, el 55% de los menores víctimas de trata son explotados sexualmente y, entre los jóvenes de 18 a 22 años, ese número sube al 92%. Es decir, casi todos son usados tarde o temprano para explotación sexual.
¿Cómo es posible que algo tan inhumano siga ocurriendo ante nuestros ojos? Parte de la respuesta está en la casi total impunidad de las redes. Estas redes actúan con total libertad en muchos países. En los países de origen, de donde provienen las víctimas, muchas veces actúan desde el soborno, con la complicidad y la corrupción de las autoridades o, simplemente, por falta de medios de vigilancia. Por su parte, en los países de destino, donde las víctimas acaban siendo explotadas, se aprovechan de vacíos legales, de la falta de controles, y sobre todo, de la indiferencia de la gente que todo ve, que todo sabe y que todo calla.
Las víctimas de la trata muchas veces trabajan durante años para “pagar” una supuesta deuda que no para de crecer. La deuda aumenta no solo por el viaje, sino por la comida, por el alojamiento, por los productos de higiene, etc. Pero es una deuda que jamás desaparece. Crece día a día y les hace sentir que nunca podrán a salir de ahí. Al menos, no con vida.
Además, muchas veces no tienen documentos, porque se los han quitado nada más llegar. Tampoco hablan el idioma, no conocen a nadie y no saben a dónde acudir. Les han hecho creer que nadie las va a ayudar, que están bajo su control, que su vida ya no les pertenece. Y, por si todo eso fuera poco, cuando finalmente logran escapar o consiguen pedir ayuda, se enfrentan a un sistema que no siempre les cree o que, incluso, las trata como culpables del delito del que han sido víctimas, y a la vista de todo el mundo.
Pero lo peor de todo es que hay gente que todavía repite, a modo mantra, una mentira especialmente dañina: que las víctimas “decidieron” entrar en esa vida. Y eso no es cierto. Nunca lo ha sido, ni nunca lo será por mucho que ese falso mantra se repita.
Sí, puede que algunas personas hayan aceptado trabajos sabiendo que algo no iba bien, que tuvieran sus sospechas. Pero lo hicieron porque no tenían otra opción. Nadie “elige” ser víctima de explotación ni de trata de seres humanos. Nadie quiere vivir con miedo, entregando su cuerpo a decenas de hombres al día, trabajando en condiciones inhumanas o perdiendo su libertad.
¿Y qué pasa con nosotros? ¿Qué pasa con quienes sí podemos ver esto desde afuera? ¿Por qué seguimos mirando hacia otro lado? ¿Vamos a seguir haciéndolo? Porque cuando callamos, cuando no denunciamos, cuando nos creemos esos prejuicios, también estamos siendo parte del problema. Así que, no basta con sentir pena por las víctimas. También hay que actuar. Y hay que hacerlo ya. Gobiernos e instituciones, junto con las organizaciones sociales y medios de comunicación, además de toda ciudadanía… tenemos el deber de actuar. Para ello, hay que educar, hay que denunciar y hay que proteger siempre a las víctimas, persiguiendo a los culpables para que asuman su responsabilidad y recaiga sobre ellos todos el peso de la ley. Porque no estamos ante un asunto de caridad, sino ante una cuestión básica de justicia y dignidad.
No puede haber lugar para el debate. La única realidad es esta: la trata de personas es una violación de derechos humanos. Es un ataque directo a la libertad y a la dignidad humana inviolable de la persona. Así que no podemos mirar para otro lado cuando hay gente que está siendo esclavizada, maltratada y destruida, muchas veces a muy pocos metros del lugar donde vivimos.
Si de algo debemos estar plenamente convencidos como sociedad, es de que la vida humana no tiene precio. Las personas no se compran. No se venden. No se negocian.
Lo más duro de reconocer es que sabemos lo que está pasando.
Sabemos cuándo, sabemos dónde y sabemos cómo.
Entonces, no seamos cómplices.
No hay excusas.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
TRAFFICKING IS HERE
(World Day Against Trafficking in Persons)
When we talk about human trafficking, we are not referring to just any crime. We are speaking of one of the most atrocious crimes that exist. A crime that tramples on the human rights of millions of people around the world. And it is happening right now, as you read this.
But what exactly does «human trafficking» mean? It means that there are people like you, like me, like anyone else in the world, who are turned into mere commodities, disposable objects, solely for the purpose of making money.
Victims of trafficking are forced to work, to engage in sexual acts without consent, to beg, or to commit crimes. All against their will.
And the worst part is that this problem is neither hidden nor taking place “far away” from our homes. It is happening very close to us: in our own neighbourhoods, in our cities, and even in places we visit every day. But we don’t realise it. Or maybe we do?
Trafficking is there, often in broad daylight, yet many people refuse to see it. Some do not know how to act. But others choose to remain silent. And that is much worse.
Trafficking networks do not emerge from nowhere. They take advantage of situations affecting the most vulnerable people: poverty, unemployment, war, hunger, domestic violence, forced displacement, lack of education… All these factors play a role. And all of them have solutions, if not all together, then at least one by one. Yet no one does enough.
Imagine for a moment that you have no food, that you live in fear or that you are fleeing from war. You just want a chance, a little hope. Then someone comes along offering you a job, a journey, and a better life. And it is precisely there that you fall into the trap.
What seemed like an opportunity turns into a nightmare for you. What was promised as a life of freedom has transformed into one of the worst forms of modern slavery. Because the victims who end up in the hands of criminal networks are constantly manipulated through two of the most powerful weapons: control and fear. They are stripped of their papers, threatened and abused continuously, forced to pay debts that do not exist or that grow day by day. They are told that if they try to escape or report their situation, their families will suffer the consequences.
And so, day after day, they are exploited to the fullest: in brothels, in clandestine garment workshops, in private homes as domestic workers, on the streets begging or stealing from passers-by. Their dignity is completely taken away, making them believe there is no way out.
Sometimes the statistics are very dry, but it is necessary to know them to understand the magnitude of this. According to the United Nations and other international organisations, 42% of victims are women, 18% are girls, 23% are men, and 17% are boys.
What does this mean? It means that 6 out of 10 victims are women or girls. And trafficking, especially for sexual exploitation, disproportionately affects women and girls because there is a clearly marked gender component.
Thus, when analysing each form of exploitation, the data is as revealing as it is alarming. When we talk about sexual exploitation, the most common of all, 64% are women, 27% are girls, 4% are men, and 5% are boys. When we talk about labour exploitation, that is, forced labour, 56% are men, 27% are women, 12% are boys, and 5% are girls. And when we speak of forced criminality, that is, using people to commit crimes, 68% are boys, 24% are men, 4% are girls, and 3% are women. Moreover, there are figures that truly break your heart. Fifty-five per cent of minors who are victims of trafficking are sexually exploited, and among young people aged 18 to 22, that number rises to 92%. In other words, almost all are used sooner or later for sexual exploitation.
How is it possible that something so inhumane continues happening before our eyes? Part of the answer lies in the near-total impunity of the networks. These networks operate with complete freedom in many countries. In countries of origin, where victims come from, they often act through bribery, with the complicity and corruption of authorities, or simply due to a lack of monitoring resources. In destination countries, where victims end up being exploited, they exploit legal loopholes, a lack of controls, and above all, the indifference of people who see everything, know everything, and say nothing.
Victims of trafficking often work for years to “pay off” a supposed debt that keeps growing. The debt increases not only because of the travel costs but also for food, accommodation, hygiene products, and so on. But it is a debt that never disappears. It grows daily and makes them feel they will never get out of it. At least, not alive.
Furthermore, they often do not have documents because these were taken away from them upon arrival. They do not speak the language, do not know anyone, and do not know where to turn. They have been made to believe that no one will help them, that they are under control, that their lives no longer belong to them. And, as if all that were not enough, when they finally manage to escape or ask for help, they face a system that does not always believe them or, worse, treats them as if they were guilty of the crime of which they have been victims, and in front of everyone.
But the worst of all is that some people still repeat, like a damaging mantra, a particularly harmful lie: that the victims “chose” to enter that life. And that is not true. It never has been, nor ever will be, no matter how often that false mantra is repeated.
Yes, some people may have accepted jobs knowing something was wrong, suspecting what was happening. But they did so because they had no other option. No one “chooses” to be a victim of exploitation or human trafficking. No one wants to live in fear, handing over their body to dozens of men a day, working in inhuman conditions, or losing their freedom.
And what about us? What about those of us who can see this from the outside? Why do we keep looking the other way? Are we going to keep doing so? Because when we stay silent, when we fail to report, when we believe these prejudices, we are also part of the problem. So, it is not enough to feel sorry for the victims. We must act. And we must do it now. Governments and institutions, together with social organisations and the media, as well as all citizens… we have a duty to act. To do so, we must educate, denounce, and always protect the victims, pursuing the perpetrators so they take responsibility and face the full weight of the law. Because this is not a matter of charity, but a basic question of justice and dignity.
There can be no room for debate. The only reality is this: human trafficking is a violation of human rights. It is a direct attack on the freedom and inviolable human dignity of the individual. So, we cannot look the other way when people are being enslaved, abused, and destroyed, often just a few metres from where we live.
If there is one thing we must be fully convinced of as a society, it is that human life has no price. People are not bought. They are not sold. They are not negotiated.
The hardest truth to accept is that we know what is happening.
We know when, we know where, and we know how.
So, let us not be accomplices.
There are no excuses.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
LA TRATTA È QUI
(Giornata mondiale contro la tratta di esseri umani)
Quando parliamo di tratta di esseri umani, non stiamo parlando di un crimine qualunque. Stiamo parlando di uno dei crimini più atroci che esistano. Un crimine che calpesta i diritti umani di milioni di persone in tutto il mondo. E sta accadendo proprio ora, mentre stai leggendo questo.
Ma cosa significa esattamente «tratta di persone»? Significa che ci sono persone come te, come me, come chiunque altro al mondo, che vengono trasformate in semplici merci, in oggetti usa e getta, con l’unico scopo di fare soldi.
Le vittime della tratta sono costrette a lavorare, a subire rapporti sessuali senza consenso, a elemosinare o a commettere reati. Tutto contro la loro volontà.
E la cosa peggiore è che questo problema non è nascosto né lontano dalle nostre case. Sta accadendo molto vicino a noi: nei nostri quartieri, nelle nostre città e persino in luoghi che frequentiamo ogni giorno. Ma non ce ne accorgiamo. O forse sì?
La tratta è lì, spesso in pieno giorno, eppure molte persone non vogliono vedere. Alcuni non sanno come agire. Ma altri scelgono di tacere. E questo è molto peggio.
Le reti di tratta non nascono dal nulla. Sfruttano situazioni che colpiscono le persone più vulnerabili: povertà, disoccupazione, guerra, fame, violenza familiare, sfollamento forzato, mancanza di istruzione… Tutti questi fattori contano. E tutti hanno una soluzione, se non insieme, almeno uno per uno. Ma nessuno fa abbastanza.
Immagina per un momento di non avere cibo, di vivere nella paura o di fuggire da una guerra. Vuoi solo una possibilità, un po’ di speranza. Poi arriva qualcuno che ti offre un lavoro, un viaggio e una vita migliore. Ed è proprio lì che cadi nella trappola.
Quello che sembrava un’opportunità diventa un incubo. Quella che ti promettevano come una vita di libertà si è trasformata in una delle peggiori forme di schiavitù moderna. Perché le vittime che finiscono nelle mani delle reti criminali sono costantemente manipolate attraverso due delle armi più potenti: il controllo e la paura. Vengono private dei documenti, minacciate e maltrattate continuamente, costrette a pagare debiti inesistenti o che crescono giorno dopo giorno. Viene detto loro che se tentano di scappare o denunciare, le loro famiglie ne pagheranno le conseguenze.
E così, giorno dopo giorno, vengono sfruttate al massimo: nei bordelli, nelle sartorie clandestine, nelle case private come domestiche, per strada a chiedere l’elemosina o a rubare dai passanti. Viene loro tolta completamente la dignità, facendole credere che non ci sia via di fuga.
A volte i dati sono duri, ma è necessario conoscerli per capire la portata del fenomeno. Secondo le Nazioni Unite e altre organizzazioni internazionali, il 42% delle vittime sono donne, il 18% bambine, il 23% uomini e il 17% bambini.
Cosa significa questo? Significa che 6 vittime su 10 sono donne o bambine. E la tratta, specialmente a scopo di sfruttamento sessuale, colpisce in modo sproporzionato donne e bambine, perché esiste una chiara componente di genere.
Così, quando si analizza ogni forma di sfruttamento, i dati sono tanto illuminanti quanto allarmanti. Per quanto riguarda lo sfruttamento sessuale, il più comune, il 64% sono donne, il 27% bambine, il 4% uomini e il 5% bambini. Per lo sfruttamento lavorativo, ovvero lavoro forzato, il 56% sono uomini, il 27% donne, il 12% bambini e il 5% bambine. E quando si parla di criminalità forzata, cioè usare la persona per commettere reati, il 68% sono bambini, il 24% uomini, il 4% bambine e il 3% donne. Ci sono inoltre cifre che spezzano il cuore: il 55% dei minori vittime di tratta sono sfruttati sessualmente e, tra i giovani tra i 18 e i 22 anni, questo numero sale al 92%. Quasi tutti, prima o poi, vengono usati per sfruttamento sessuale.
Come è possibile che qualcosa di così disumano continui a succedere davanti ai nostri occhi? Parte della risposta sta nella quasi totale impunità delle reti. Queste agiscono con totale libertà in molti paesi. Nei paesi di origine, da dove provengono le vittime, spesso agiscono tramite corruzione, con la complicità delle autorità o semplicemente per mancanza di controlli. Nei paesi di destinazione, dove le vittime finiscono per essere sfruttate, si approfittano di vuoti normativi, mancanza di controlli e, soprattutto, dell’indifferenza di chi vede tutto, sa tutto e tace.
Le vittime spesso lavorano per anni per “pagare” un presunto debito che non smette di crescere. Il debito aumenta non solo per il viaggio, ma anche per il cibo, l’alloggio, i prodotti igienici, ecc. Ma è un debito che non sparisce mai. Cresce giorno dopo giorno e fa sentire che non potranno mai uscirne, almeno non vive.
Inoltre, spesso non hanno documenti, perché glieli hanno tolti appena arrivate. Non parlano la lingua, non conoscono nessuno e non sanno a chi rivolgersi. Hanno creduto che nessuno le avrebbe aiutate, che erano sotto controllo, che la loro vita non apparteneva più a loro. E, come se non bastasse, quando finalmente riescono a scappare o a chiedere aiuto, si trovano davanti a un sistema che non sempre crede loro o, peggio, le tratta come colpevoli del reato subito, e di fronte a tutti.
Ma la cosa peggiore è che c’è ancora chi ripete, come un dannoso mantra, una bugia particolarmente crudele: che le vittime “hanno scelto” di entrare in quella vita. E non è vero. Non lo è mai stato, né lo sarà mai, per quanto si ripeta quel falso mantra.
Sì, alcune persone possono aver accettato un lavoro sapendo che qualcosa non andava, sospettandolo. Ma l’hanno fatto perché non avevano altra scelta. Nessuno “sceglie” di essere vittima di sfruttamento o tratta. Nessuno vuole vivere con paura, consegnando il proprio corpo a decine di uomini al giorno, lavorando in condizioni disumane o perdendo la propria libertà.
E noi? E chi di noi può vedere tutto questo da fuori? Perché continuiamo a voltare lo sguardo? Continueremo a farlo? Perché quando taciamo, quando non denunciamo, quando crediamo a quei pregiudizi, anche noi siamo parte del problema. Quindi, non basta avere pietà per le vittime. Bisogna agire. E bisogna farlo subito. Governi e istituzioni, insieme a organizzazioni sociali e media, oltre a tutta la cittadinanza… abbiamo il dovere di agire. Per farlo, bisogna educare, denunciare e proteggere sempre le vittime, perseguendo i colpevoli affinché si assumano la responsabilità e paghino secondo la legge. Perché non si tratta di carità, ma di giustizia e dignità fondamentali.
Non c’è spazio per il dibattito. L’unica realtà è questa: la tratta di esseri umani è una violazione dei diritti umani. È un attacco diretto alla libertà e alla dignità inviolabile della persona. Quindi non possiamo girarci dall’altra parte quando persone vengono schiavizzate, maltrattate e distrutte, spesso a pochi metri da dove viviamo.
Se c’è qualcosa di cui dobbiamo essere pienamente convinti come società, è che la vita umana non ha prezzo. Le persone non si comprano. Non si vendono. Non si trattano.
La verità più dura da accettare è che sappiamo cosa sta succedendo.
Sappiamo quando, sappiamo dove e sappiamo come.
Allora non facciamo i complici.
Non ci sono scuse.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
LA TRAITE EST ICI
(Journée mondiale de la lutte contre la traite des êtres humains)
Quand nous parlons de la traite des êtres humains, nous ne parlons pas d’un crime ordinaire. Nous parlons de l’un des crimes les plus atroces qui existent. Un crime qui piétine les droits humains de millions de personnes dans le monde entier. Et cela se passe maintenant, pendant que vous lisez ceci.
Mais que signifie exactement « traite des personnes » ? Cela signifie qu’il y a des personnes comme vous, comme moi, comme n’importe qui dans le monde, qui sont transformées en simples marchandises, en objets jetables, dans le seul but de faire de l’argent.
Les victimes de la traite sont forcées de travailler, d’avoir des relations sexuelles sans consentement, de mendier ou de commettre des délits. Tout cela contre leur volonté.
Et le pire, c’est que ce problème n’est pas caché ni loin de nos maisons. Il se passe très près de nous : dans nos quartiers, dans nos villes, et même dans des endroits que nous fréquentons chaque jour. Mais nous ne le voyons pas. Ou peut-être que si ?
La traite est là, souvent en plein jour, et pourtant beaucoup de gens refusent de voir. Certains ne savent pas comment agir. Mais d’autres choisissent de se taire. Et c’est bien pire.
Les réseaux de traite ne surgissent pas de nulle part. Ils profitent de situations qui touchent les personnes les plus vulnérables : la pauvreté, le chômage, la guerre, la faim, la violence familiale, les déplacements forcés, le manque d’éducation… Tous ces facteurs jouent un rôle. Et tous ont une solution, sinon ensemble, du moins un par un. Mais personne ne fait assez.
Imaginez un instant que vous n’avez rien à manger, que vous vivez dans la peur ou que vous fuyez la guerre. Vous voulez juste une chance, un peu d’espoir. Puis quelqu’un arrive et vous offre un travail, un voyage, une vie meilleure. Et c’est là que vous tombez dans le piège.
Ce qui semblait une opportunité devient un cauchemar. Ce qu’on vous promettait comme une vie de liberté s’est transformé en l’une des pires formes d’esclavage moderne. Parce que les victimes qui tombent entre les mains des réseaux criminels sont constamment manipulées par deux armes très puissantes : le contrôle et la peur. On leur enlève leurs papiers, on les menace et les agresse sans cesse, on leur fait payer des dettes inexistantes ou qui ne cessent de croître. On leur dit que si elles essaient de s’échapper ou de dénoncer, leurs familles en paieront les conséquences.
Et ainsi, jour après jour, elles sont exploitées au maximum : dans des bordels, dans des ateliers clandestins de confection, dans des maisons privées comme domestiques, dans la rue à mendier ou à voler les passants. On leur arrache complètement leur dignité, leur faisant croire qu’il n’y a aucune issue.
Parfois les chiffres sont très durs, mais il est essentiel de les connaître pour comprendre l’ampleur du phénomène. Selon les Nations Unies et d’autres organisations internationales, 42 % des victimes sont des femmes, 18 % des filles, 23 % des hommes et 17 % des garçons.
Que signifie cela ? Cela signifie que 6 victimes sur 10 sont des femmes ou des filles. Et la traite, surtout à des fins d’exploitation sexuelle, affecte de manière disproportionnée les femmes et les filles, car il existe un élément clairement marqué de genre.
Ainsi, quand on analyse chaque forme d’exploitation, les données sont aussi éclairantes qu’alarmantes. En ce qui concerne l’exploitation sexuelle, la plus courante, 64 % sont des femmes, 27 % des filles, 4 % des hommes et 5 % des garçons. Pour l’exploitation au travail, c’est-à-dire le travail forcé, 56 % sont des hommes, 27 % des femmes, 12 % des garçons et 5 % des filles. Et quand il s’agit de criminalité forcée, c’est-à-dire d’utiliser une personne pour commettre des délits, 68 % sont des garçons, 24 % des hommes, 4 % des filles et 3 % des femmes. Il y a aussi des chiffres qui brisent le cœur : 55 % des mineurs victimes de traite sont exploités sexuellement et parmi les jeunes de 18 à 22 ans, ce chiffre monte à 92 %. Autrement dit, presque tous sont tôt ou tard utilisés pour l’exploitation sexuelle.
Comment est-il possible que quelque chose d’aussi inhumain continue de se produire sous nos yeux ? Une partie de la réponse réside dans l’impunité quasi totale des réseaux. Ces réseaux agissent en toute liberté dans de nombreux pays. Dans les pays d’origine, d’où viennent les victimes, ils agissent souvent par corruption, avec la complicité des autorités ou simplement par manque de surveillance. Dans les pays de destination, où les victimes sont exploitées, ils profitent des lacunes juridiques, du manque de contrôles et surtout de l’indifférence des gens qui voient tout, savent tout et se taisent.
Les victimes travaillent souvent pendant des années pour « rembourser » une prétendue dette qui ne cesse d’augmenter. La dette augmente non seulement à cause du voyage, mais aussi à cause de la nourriture, du logement, des produits d’hygiène, etc. Mais c’est une dette qui ne disparaît jamais. Elle grandit jour après jour et fait sentir qu’elles ne pourront jamais en sortir, du moins pas vivantes.
De plus, elles n’ont souvent pas de papiers, car on les leur a retirés dès leur arrivée. Elles ne parlent pas la langue, ne connaissent personne et ne savent pas vers qui se tourner. On leur fait croire que personne ne les aidera, qu’elles sont sous contrôle, que leur vie ne leur appartient plus. Et comme si cela ne suffisait pas, quand elles parviennent enfin à s’échapper ou à demander de l’aide, elles sont confrontées à un système qui ne les croit pas toujours ou, pire, qui les traite comme coupables du crime dont elles ont été victimes, devant tout le monde.
Mais le pire, c’est qu’il y a encore des gens qui répètent, comme un mantra nuisible, un mensonge particulièrement cruel : que les victimes ont « choisi » cette vie. Et ce n’est pas vrai. Ce ne l’a jamais été, et ce ne le sera jamais, aussi longtemps que ce faux mantra sera répété.
Oui, il est possible que certaines personnes aient accepté un travail en sachant que quelque chose n’allait pas, qu’elles en avaient des soupçons. Mais elles l’ont fait parce qu’elles n’avaient pas d’autre choix. Personne ne « choisit » d’être victime d’exploitation ou de traite des êtres humains. Personne ne veut vivre dans la peur, en livrant son corps à des dizaines d’hommes par jour, en travaillant dans des conditions inhumaines ou en perdant sa liberté.
Et nous ? Et ceux d’entre nous qui peuvent voir cela de l’extérieur ? Pourquoi continuons-nous à détourner le regard ? Allons-nous continuer ? Parce que quand nous nous taisons, quand nous ne dénonçons pas, quand nous croyons à ces préjugés, nous faisons aussi partie du problème. Donc, il ne suffit pas d’avoir de la pitié pour les victimes. Il faut agir. Et il faut le faire maintenant. Gouvernements et institutions, avec les organisations sociales et les médias, ainsi que toute la population… nous avons le devoir d’agir. Pour cela, il faut éduquer, dénoncer et toujours protéger les victimes, en poursuivant les coupables pour qu’ils assument leurs responsabilités et subissent toute la rigueur de la loi. Parce que ce n’est pas une question de charité, mais une question de justice et de dignité fondamentales.
Il n’y a pas de place pour le débat. La seule réalité est celle-ci : la traite des êtres humains est une violation des droits humains. C’est une attaque directe contre la liberté et la dignité inviolable de la personne. Nous ne pouvons donc pas détourner le regard quand des personnes sont esclavagisées, maltraitées et détruites, souvent à quelques mètres de l’endroit où nous vivons.
Si nous devons être pleinement convaincus en tant que société, c’est que la vie humaine n’a pas de prix. Les personnes ne s’achètent pas. Elles ne se vendent pas. Elles ne se négocient pas.
La vérité la plus dure à reconnaître est que nous savons ce qui se passe.
Nous savons quand, où et comment.
Alors, ne soyons pas complices.
Il n’y a pas d’excuses.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
O TRÁFICO ESTÁ AQUI
(Dia Mundial contra o Tráfico de Pessoas)
Quando falamos de tráfico de pessoas, não estamos falando de um crime qualquer. Estamos falando de um dos crimes mais atrozes que existem. Um crime que pisoteia os direitos humanos de milhões de pessoas em todo o mundo. E está acontecendo agora mesmo, enquanto você lê isto.
Mas o que significa exatamente “tráfico de pessoas”? Significa que existem pessoas como você, como eu, como qualquer outra pessoa no mundo, que são transformadas em meras mercadorias, em objetos descartáveis, com o único objetivo de obter dinheiro.
As vítimas do tráfico são forçadas a trabalhar, a ter relações sexuais sem consentimento, a mendigar ou a cometer crimes. Tudo isso contra a sua vontade.
E o pior é que esse problema não está escondido nem acontece “longe” de nossas casas. Está ocorrendo muito perto de nós: em nossos bairros, em nossas cidades, e até em lugares que visitamos todos os dias. Mas não percebemos. Ou será que sim?
O tráfico está aí, muitas vezes à luz do dia, e ainda assim muita gente não quer ver. Alguns não sabem como agir. Mas há quem escolha ficar calado. E isso é muito pior.
As redes de tráfico não surgem do nada. Aproveitam-se das situações que afetam as pessoas mais vulneráveis: pobreza, desemprego, guerra, fome, violência familiar, deslocamento forçado, falta de educação… Todos esses fatores influenciam. E todos têm solução, se não em conjunto, pelo menos um por um. Mas ninguém faz nada ou não faz o suficiente.
Imagine por um momento que você não tem o que comer, que vive com medo ou que está fugindo de uma guerra. Você só quer uma oportunidade, um pouco de esperança. Então chega alguém que oferece um trabalho, uma viagem, uma vida melhor. E é exatamente aí que você cai na armadilha.
O que parecia uma oportunidade vira um pesadelo para você. O que prometiam como uma vida em liberdade se transforma em uma das piores formas de escravidão moderna. Porque as vítimas que caem nas mãos das redes criminosas são manipuladas constantemente por duas das armas mais poderosas: o controle e o medo. Tiram seus documentos, ameaçam e agredem constantemente, fazem-nas pagar dívidas que não existem ou que só aumentam a cada dia. Dizem que se tentarem fugir ou denunciar, suas famílias sofrerão as consequências.
E assim, dia após dia, exploram-nas ao máximo: em prostíbulos, em oficinas clandestinas de roupas, em casas particulares como empregadas, na rua pedindo esmolas ou roubando transeuntes. Tiraram-lhes completamente a dignidade, fazendo-as acreditar que não há saída possível.
Às vezes, os dados são muito duros, mas é preciso conhecê-los para entender a dimensão disso tudo. Segundo a ONU e outras organizações internacionais, 42% das vítimas são mulheres, 18% meninas, 23% homens e 17% meninos.
O que isso significa? Significa que 6 em cada 10 vítimas são mulheres ou meninas. E o tráfico, especialmente com fins de exploração sexual, afeta desproporcionalmente mulheres e meninas, porque há um claro componente de género.
Assim, quando analisamos cada forma de exploração, os dados são tão esclarecedores quanto alarmantes. No caso da exploração sexual, a mais comum, 64% são mulheres, 27% meninas, 4% homens e 5% meninos. Quando falamos de exploração laboral, ou seja, trabalho forçado, 56% são homens, 27% mulheres, 12% meninos e 5% meninas. E na criminalidade forçada, ou seja, usar a pessoa para cometer delitos, 68% são meninos, 24% homens, 4% meninas e 3% mulheres. Além disso, há números que partem o coração: 55% dos menores vítimas de tráfico são explorados sexualmente e, entre os jovens de 18 a 22 anos, esse número sobe para 92%. Ou seja, quase todos são usados, cedo ou tarde, para exploração sexual.
Como é possível algo tão desumano continuar acontecendo diante dos nossos olhos? Parte da resposta está na quase total impunidade das redes. Essas redes atuam com total liberdade em muitos países. Nos países de origem, de onde vêm as vítimas, muitas vezes agem por suborno, com a cumplicidade e corrupção das autoridades ou simplesmente pela falta de meios de vigilância. Nos países de destino, onde as vítimas acabam exploradas, aproveitam-se de lacunas legais, da falta de fiscalização e, sobretudo, da indiferença das pessoas que tudo veem, tudo sabem e nada dizem.
As vítimas do tráfico muitas vezes trabalham por anos para “pagar” uma suposta dívida que não para de crescer. A dívida aumenta não só pelo transporte, mas pela comida, alojamento, produtos de higiene, etc. Mas é uma dívida que nunca desaparece. Cresce dia após dia e faz com que sintam que nunca poderão sair dali, pelo menos não vivas.
Além disso, muitas vezes não têm documentos porque os tiraram assim que chegaram. Não falam o idioma, não conhecem ninguém e não sabem a quem recorrer. Fizeram-nas acreditar que ninguém as ajudará, que estão sob controle, que a vida delas já não lhes pertence. E, como se tudo isso não fosse suficiente, quando finalmente conseguem escapar ou pedir ajuda, enfrentam um sistema que nem sempre acredita nelas ou que, pior ainda, as trata como culpadas do crime do qual foram vítimas, diante de todos.
Mas o pior de tudo é que ainda há pessoas que repetem, como um mantra especialmente prejudicial, uma mentira cruel: que as vítimas “escolheram” essa vida. E isso não é verdade. Nunca foi, nem jamais será, por mais que esse falso mantra seja repetido.
Sim, pode ser que algumas pessoas tenham aceitado trabalhos sabendo que algo não estava certo, que tinham suas suspeitas. Mas fizeram isso porque não tinham outra opção. Ninguém “escolhe” ser vítima de exploração ou de tráfico de seres humanos. Ninguém quer viver com medo, entregando o corpo a dezenas de homens por dia, trabalhando em condições desumanas ou perdendo a liberdade.
E nós? E aqueles de nós que podem ver isso de fora? Por que continuamos a olhar para o lado? Vamos continuar assim? Porque quando ficamos calados, quando não denunciamos, quando acreditamos nesses preconceitos, também fazemos parte do problema. Portanto, não basta sentir pena pelas vítimas. É preciso agir. E agir já. Governos e instituições, junto com organizações sociais e meios de comunicação, além de toda a cidadania… temos o dever de agir. Para isso, é preciso educar, denunciar e proteger sempre as vítimas, perseguindo os culpados para que assumam suas responsabilidades e paguem todo o peso da lei. Porque não estamos diante de uma questão de caridade, mas de uma questão básica de justiça e dignidade.
Não pode haver espaço para debate. A única realidade é esta: o tráfico de pessoas é uma violação dos direitos humanos. É um ataque direto à liberdade e à dignidade humana inviolável da pessoa. Portanto, não podemos olhar para o outro lado quando há pessoas sendo escravizadas, maltratadas e destruídas, muitas vezes a poucos metros do lugar onde vivemos.
Se há algo em que devemos estar plenamente convencidos como sociedade, é de que a vida humana não tem preço. Pessoas não se compram. Não se vendem. Não se negociam.
O mais difícil de reconhecer é que sabemos o que está acontecendo.
Sabemos quando, sabemos onde e sabemos como.
Então, não sejamos cúmplices.
Não há desculpas.



