(Acoso y ciberacoso por LGTBIfobia en la adolescencia)
Recientemente, he tenido la oportunidad de volver a un centro educativo de secundaria para hablar del acoso y del ciberacoso desde la perspectiva de los derechos humanos. En esta ocasión, el centro pidió expresamente que la charla fuera acerca del acoso y del ciberacoso por razón de la orientación sexual, identidad y expresión de género. Es decir, querían que la charla fuera sobre la prevención contra la LGTBIfobia en la adolescencia y dentro de las aulas.
El problema no es menor. Con los datos que manejo como producto de mi propia investigación, el porcentaje más elevado de los casos de acoso y ciberacoso está directamente relacionado con la orientación sexual e identidad de género de la víctima. Además, el 60% de las personas que agreden suelen ser personas que se encuentran en el entorno personal, laboral, académico, social y familiar de la víctima. Si a eso le sumamos que más del 70% de las agresiones tienen lugar en espacios que la víctima frecuenta habitualmente, el resultado es que más del 90% de las agresiones no llegan a denunciarse.
¿Por qué hay tan pocas personas que denuncian? Hay muchos factores en juego. En primer lugar está la falta de conocimiento de las leyes que protegen a las víctimas, unida a que no siempre se tienen pruebas suficientes de las agresiones o estas nunca llegan a aportarse. Luego está el miedo a las represalias, es decir, a que todo vaya a más si le cuentas a alguien lo que ha pasado, ya sea a tu familia, al profesorado del centro, a tus amistades, a la Policía Nacional o a la Guardia Civil.
También está la falta de apoyo del entorno de la víctima. Es muy importante que el entorno social esté sensibilizado. No me refiero al alumnado, sino también al profesorado y, por supuesto, a las familias. Si la víctima no encuentra el apoyo que necesita, es muy difícil que llegue a poner en conocimiento lo que está sucediendo, especialmente si también existe el rechazo en su entorno familiar.
A todo esto tiene que sumarse el sentimiento de pudor personal de la víctima que también le impide denunciar lo que le sucede. Es decir, estamos hablando de ese sentimiento de vergüenza por verse señalada o del temor a reconocerse como parte de la comunidad LGTBIQ+ en un espacio que no es seguro. Esto aún pasa especialmente en zonas rurales donde, a pesar de lo mucho que se ha avanzado también en el mundo rural, sigue siendo muy complicado reconocerse abiertamente y, como se suele decir, «salir del armario».
Por último, también tiene que sumarse que, en la inmensa mayoría de las ocasiones, las víctimas no quieren verse inmersas dentro de un proceso que, obviamente, no es agradable. Somos muchas las voces que reivindicamos una humanización de la justicia en los casos de violencia, odio y discriminación. Nuestra sociedad, salvo los sectores de siempre, está muy concienciada con la lucha contra la violencia de género, pero siempre hay «otros debates» que nunca deberían existir y que cuestionan, trivializan e, incluso, niegan la realidad que viven las personas que sufren diariamente violencia por orientación sexual e identidad de género. Así que muchas personas, cansadas de todo, prefieren marcharse cuanto antes y salir de ese entorno. Es una solución a medias, porque, si bien la víctima deja de sufrir, el problema sigue para aquellas personas que puedan venir después y que, ojalá que no, lleguen a sufrir lo mismo. Además, eso deja otras dos cosas en el aire. La primera es que una víctima queda sin respuesta ante su agresión, la otra es que la Justicia no llega a actuar, dejando un delito impune y una sensación de inmunidad a los agresores. Todo ello contribuye a que la LGTBIfobia siga siendo una violencia muy normalizada, especialmente en menores de edad cuyos comportamientos no pasan de ser meros «problemas puntuales de convivencia» o, peor aún, se recurre a la expresión de siempre diciendo que «son solo cosas de niños».
Y he aquí el gran problema. ¿Cómo explico esto para que el alumnado de entre 12 y 17 años comprenda la gravedad de la situación? Pues, muy fácil. Lo voy a hacer como si estuviera explicándotelo a ti, que estás leyendo esto. Lo haré con franqueza, directamente y de una manera en la que sé que me vas a entender. Porque si el alumnado lo comprende, estoy seguro de que tú, que ya eres una persona adulta y que, probablemente, ya eres madre o padre, también me vas a entender muy bien. Así que… ¡allá voy!

Quiero que cierres los ojos e imagines por un momento que cada día, al entrar en clase, no sabes qué va a pasar. No sabes si alguien va a reírse de ti, si va a llamarte por un mote que te duele y te ridiculiza o si va a dejarte fuera del grupo. Tampoco sabes si van a escribir algo sobre ti en los chats de grupo de clase o en las redes sociales, o si vas a sufrir, una vez más, un día marcado por los insultos, las persecuciones de vuelta a casa o, directamente, si van a pegarte con absoluta crueldad. Y ahora imagina que todo eso ocurre no por algo que has hecho, sino simplemente por ser como eres, por razón de quién te gusta, por cómo te vistes o, simplemente, por no encajar en lo que otras personas creen que debería ser “normal”. Eso es el acoso y ciberacoso por LGTBIfobia. Y, no, no es una exageración. Esa es la realidad que viven muchas personas adolescentes en institutos de todo el mundo.
Pero que haya decidido hablar de esto no implica que lo haga para señalar ni tampoco para juzgar a nadie. Si lo hago, una vez más, es para que seamos capaces de entender el dolor que sufren las víctimas del acoso y el ciberacoso, para que sepamos cuidar mejor a quien sufre cada día una pesadilla constante y para que aprendamos a convivir mejor. La razón es muy simple: nadie debería sentir o vivir con miedo simplemente por ser quien es, por reivindicarse tal cual es ni tampoco por enamorarse, que es el sentimiento más bello y, sin duda, el derecho más hermoso y humano que existe, cuando se es, además, correspondido.
Vamos a empezar por algo muy importante, pero que, desgraciadamente, muchas veces se nos olvida: todas las personas tenemos la misma dignidad y valemos exactamente lo mismo. No importa si eres chico, chica, persona no binaria, si te gustan los chicos, las chicas, ambas o nadie. Da igual cómo te vistas, cómo hables o cómo te expreses. Tu valor como persona no depende de eso, no se gana ni se pierde. Está ahí desde que naces y por el mero hecho de ser persona.
Cuando hablamos de acoso y ciberacoso por LGTBIfobia o por cualquier otra causa de discriminación, de lo que estamos hablando es de un ataque hacia nuestra dignidad como persona. Pero, ¿qué es eso de defender la dignidad? Defender la dignidad significa que nadie tiene derecho a humillarte, insultarte, pegarte, amenazarte o hacerte daño por ningún motivo. Ni en persona ni por redes sociales ni “en broma”. Nunca, jamás. Ese es el derecho más absoluto que toda persona tiene, el derecho a ser tratada como un ser humano digna de respeto y sin que nadie pueda hacerte daño nunca por razón de tus características personales, seas quien seas, seas como seas, vengas de donde vengas, pienses cómo pienses y ames a quien ames. Y, no, tampoco vale eso de decir, “Es que es mi opinión”, porque, cuando alguien ataca a otra persona por su orientación sexual, por su identidad de género o por su forma de expresarse, o por cualquier otra circunstancia, no está dando una opinión. Lo que está haciendo esa persona es causar un daño enorme y ese daño importa. A veces, ese mismo daño puede llegar a ser mortal.

Pero, ¿qué es la LGTBIfobia? La LGTBIfobia es el rechazo, el odio o el desprecio hacia personas lesbianas, gays, bisexuales, trans, intersexuales o hacia quienes no encajan en los estereotipos de género. Es una forma de violencia que, a veces, es muy visible, como un insulto o una agresión, pero otras veces es mucho más silenciosa y se presenta en forma de burlas constantes, de comentarios que duelen, de miradas de desprecio, de rumores creados para hacer daño a propósito y del aislamiento más absoluto solo por ser, por existir o por amar.
Muchas personas jóvenes sufren acoso y ciberacoso, no porque hayan dicho claramente quiénes son, sino porque otras personas lo suponen. A veces basta con no comportarse como se espera de un chico o de una chica para convertirse en objetivo. Eso no es justo, eso también es odio. Y basta con que la persona que ejerce ese acoso y ciberacoso crea que ese chico o esa chica es LGTBI para que el delito ya se haya comedido. Porque, sí, el acoso y el ciberacoso SON UN DELITO y, esto es muy importante, cuando las agresiones tienen como base la orientación sexual, la identidad de género, el color de la piel o el país de procedencia de la víctima, estamos ante un DELITO DE ODIO. Es un delito de odio aunque el chico o la chica no sea gay ni lesbiana, aunque haya nacido en España y sea “más español que el toro de Osborne”. Como las personas implicadas son menores de edad, las personas adultas de alrededor a veces solo piensan que son cosas de niños o, como mucho, conflictos de convivencia y, en muy pocas ocasiones, hablan directamente de acoso o de ciberacoso cuando la situación va a más. Pero, en realidad, estamos ante un delito de odio, solo que se ha cometido entre menores de edad. Los delitos son los mismos, vienen en el Código Penal, aunque luego se aplique la Ley del Menor con las medidas que se recogen y dependiendo de la gravedad de lo que se haya cometido. Pero, sí, tanto el acoso como el ciberacoso son delito y, a veces, un delito de odio.
Es muy importante tener en cuenta que el acoso escolar no es una pelea puntual ni una discusión sin importancia “entre chavales”. Se trata de una violencia que se repite en el tiempo, donde una persona o un grupo atacan a otra que se encuentra en una situación de clara desventaja. Cuando ese acoso se basa en la LGTBIfobia, el daño suele ser todavía mayor, porque ataca directamente a la identidad, dejándola, además, totalmente anulada, indefensa y haciéndola sentir culpable de lo que le sucede. La víctima piensa que es culpa suya, que no tiene derecho a quejarse ni a pedir ayuda, incluso que se lo merece.
Muchas veces las personas de alrededor no se dan cuenta de cómo empieza todo. El acoso puede empezar de formas que parecen pequeñas e inocentes. Un comentario, una risa escondida, un mote… Pero cuando eso se repite cada día, cuando nadie lo frena, puede llegar a convertirse en algo muy serio. Porque de ahí se pasa fácilmente a las formas más habituales de acoso como lo son los insultos, las burlas constantes, la exclusión del grupo, las humillaciones en público, las amenazas, el control sobre lo que haces o dices y, en algunos casos, las agresiones físicas o sexuales. Todo ello, sin duda, deja huella. Todo ello, sin duda, es delito. Y todo ello, sin duda, acarrea un dolor que la víctima no siempre puede soportar y que conduce a que más del 46% de jóvenes adolescentes que sufren la LGTBIfobia en sus centros educativos, y también fuera de ellos, intenten suicidarse porque no pueden soportarlo más. Y, por desgracia, cuando eso sucede, nos llevamos las manos a la cabeza, nos indignamos cuando sale en televisión y criticamos duramente al gobierno hasta la saciedad. Pero nos olvidamos de cuál es nuestra responsabilidad al mirar hacia otro lado al día siguiente o cuando, simplemente, cambiamos de canal porque empieza nuestro programa de entretenimiento favorito.
¿Y qué pasa cuando el acoso no se queda solamente en lo “físico”? ¿Qué pasa cuando el acoso se traslada a las redes? El ciberacoso también es acoso y, por supuesto, también es delito, aunque ocurra a través de una pantalla. Y, muchas veces, duele incluso más porque no se queda en el instituto. Te sigue hasta casa, a tu teléfono móvil, a tu habitación cuando estás en soledad y a cualquier hora del día.
Cuando hablamos del ciberacoso por LGTBIfobia nos referimos a esa forma de violencia que consiste en difundir rumores acerca de la víctima, en compartir fotos privadas, en crear cuentas falsas para burlarse, enviar mensajes de odio, insultos, amenazas, contenido sexual no deseado, o suplantar la identidad de alguien para hacerle daño las 24 horas los 7 días de la semana. En internet, una burla, un insulto o un bulo puede llegar a mucha gente en muy poco tiempo, y eso genera una sensación muy fuerte de vergüenza, miedo y, sobre todo, de soledad.

Cuando el acoso ocurre en redes sociales, es normal que la víctima se sienta bloqueada y que no sepa qué hacer. El enfado, la rabia, el miedo o la vergüenza pueden hacer que quieras borrar todo y desaparecer. Pero en estos casos hay algo muy importante que debemos recordar, porque también se puede parar a tiempo. Así que, por favor, mantén la calma. Piensa que no tienes que afrontar en soledad todo esto y que hay formas de actuar y personas que te van a ayudar y que te van a proteger.
Lo primero que tienes que hacer es guardar pruebas de todo. Haz capturas de pantalla de todo lo que veas: mensajes, comentarios, publicaciones, historias, imágenes o vídeos. Guarda todo, aunque parezcan cosas pequeñas o aunque te digan que no sirven de nada. No es verdad, sí sirven y cada detalle cuenta. Así que no borres ningún mensaje, aunque te duela leerlo. Borrarlo puede hacer que se pierdan pruebas importantes para hacer que la persona que está haciendo esto salga impune o pueda seguir haciendo daño a más personas.
También es importante que copies la URL de la página web o la red social, donde esté ocurriendo el acoso y apuntes el nombre del perfil o perfiles que están atacando. Da igual si son cuentas reales, falsas o anónimas. Una vez que la tengas, puedes certificar el contenido con herramientas como EGarante que darán fe de lo que se ha publicado en la web o en la red social. Toda esa información puede ayudar mucho después, porque gracias a ello puede buscarse la IP, que es la huella digital en internet de la persona que está detrás de todo.
Una vez tengas todas las pruebas, busca ayuda cuanto antes. Acude rápidamente a una Comisaría de Policía o a un Cuartel de la Guardia Civil más próximo para presentar una denuncia. Si eres menor de edad, debes ir siempre en compañía de un adulto, es decir, tu padre, tu madre u otro familiar directo o representante legal. También se puede denunciar a través de la Fiscalía de Menores o en el Juzgado más cercano. Piensa que denunciar no es exagerar ni meterse en más problemas. Es defender tus derechos como persona. Cuando estés allí, en el Cuartel de la Guardia Civil o en la Comisaría de Policía, nunca te pueden decir que “eso son solo cosas de críos” y que no es motivo de denuncia. No es verdad, siempre se puede denunciar. Así que, insiste, no salgas de la Comisaría de Policía o del Cuartel de la Guardia Civil sin tu denuncia. Si no te permiten denunciar, pide la Hoja de Reclamaciones, rellénala, explica lo que sucede y por qué no se te ha permitido interponer denuncia. Esa hoja deben sellártela y firmártela allí mismo. Y si no te la quieren dar, ve al juzgado de guardia más próximo de inmediato y ponlo en conocimiento.
¿Y cómo debes actuar si es una agresión física? Si eso llega a pasar alguna vez y eres víctima de una agresión física o sexual, hay algo muy importante que debes saber. De entrada, piensa que tu seguridad y tu salud son lo primero. Por eso, debes actuar rápidamente y de forma correcta desde el principio para que puedan ayudarte mejor más adelante.
Aunque te suene raro, lo primero es no ducharte ni cambiarte de ropa. ¿Por qué? Aunque tengas muchas ganas de hacerlo, es importante que no lo hagas, porque podrías borrar pruebas biológicas (ADN) que ayudan a identificar y detener a tu agresor o agresores. Así que, sin cambiarte ni ducharte, acude con urgencia al centro de salud más cercano o a un hospital. Allí te atenderán profesionales sanitarios que están preparados para ayudarte. Si lo necesitas, puedes ir acompañado o acompañada de un familiar, una amiga o un amigo de confianza. No tienes que pasar por esto solo o sola. Por tanto, si tienes a alguien que te pueda acompañar, será mucho mejor para que sientas más apoyo en ese momento.
El personal sanitario del centro de salud o del hospital te examinará con detalle y realizará un informe médico de las lesiones, tanto físicas como emocionales que presentes, así como un parte médico para el juzgado. Normalmente, te lo dan junto con el informe médico, pero, en todo caso, solicítalo siempre. Este documento es muy importante, así que guárdalo bien. ¡Ojo! Aunque no tengas lesiones físicas visibles, un ataque de ansiedad provocado por todo lo que estás sufriendo también puede ser objeto de un informe médico y de un parte de lesiones. Así que, insisto, hay que pedirlo siempre.
Con tu copia del informe médico y del parte de lesiones, acude a una Comisaría de Policía, a la Guardia Civil o al Juzgado de Guardia más próximo para denunciar la agresión. La ley que regula el Estatuto de la Víctima permite que puedas ir en compañía de quien tú quieras. Puede ser alguien de tu familia o alguien de tu confianza. Eso sí, si cuentas con una abogada o un abogado que te acompañe, te podrá guiar mucho mejor en todos los pasos que tengas que seguir. Pero, de entrada, puedes ir en compañía de quien tú quieras.
El agente de Policía Nacional o de la Guardia Civil o el funcionario del juzgado que te tome declaración te hará las preguntas necesarias para entender lo ocurrido. Algunas de las preguntas pueden resultar incómodas. Por eso, si te resulta más fácil, puedes llevar la denuncia escrita para que te sea más cómodo. Puedes escribirla con tranquilidad en casa para no olvidar ningún detalle, pero no olvides que es recomendable denunciar cuanto antes. En todo caso, cuando estés allí y vayas a interponer denuncia respira hondo, tómate tu tiempo y contesta poco a poco. La situación es desagradable, pero están ahí para ayudarte.
Empieza a hablar, hazlo poco a poco y no olvides que siempre puedes ir en compañía de alguien y llevarlo todo escrito. Si lo haces así, si la llevas por escrito, se incorporará tal cual la lleves. El agente que te atienda te hará solo algunas preguntas más para completar todo. No olvides llevar copia del parte de lesiones y del informe médico que te dieron en el hospital o en el centro de salud para aportarlo. Igualmente, si tienes cualquier imagen, audio o vídeo de la agresión que has sufrido y de las lesiones que te han provocado, puedes aportarlas también físicamente o enviarlas a un correo electrónico que te facilitarán allí mismo. El agente imprimirá las pruebas y las incorporará también a tu denuncia.
Al terminar tu declaración, podrás leer tu denuncia para comprobar que todo está bien y tal como tú quieres. Más adelante, cuando ratifiques la denuncia ante el juzgado, si recuerdas algo más lo podrás añadir o aportar más pruebas o testigos. Después, fírmala y pide siempre tu copia, porque es muy importante que la conserves.
La rapidez a la hora de investigar todo lo que te ha pasado dependerá de la gravedad de los hechos que hayas denunciado. Si recibes una notificación de archivo provisional, no te preocupes, es normal si el delito que denuncias, al menos en principio, no tiene gravedad suficiente o no se han aportado bastante pruebas. En ese caso, tendrás unos días para completar la denuncia y volver a impulsarla de nuevo. Esto a veces pasa cuando se denuncia sin suficiente calma, porque con los nervios propios del momento se nos olvidan algunas cosas, o cuando no contamos con un asesoramiento legal adecuado en ese momento. Pero no te preocupes, se puede solucionar más adelante y hacer que todo se reconduzca.
Tras tu denuncia debe de iniciarse una investigación policial sobre los agresores que, si prospera, tiene que acabar en un juicio. La pena o las medidas que impongan si tus agresores son menores de edad, dependerán de la gravedad de la agresión, de las lesiones que te haya causado y de las pruebas que hayas aportado. Ten en cuenta que, durante el proceso, tu abogado o abogada también puede solicitar más diligencias o cambios en el procedimiento si aparecen nuevos hechos o pruebas que puedan agravar aún más la pena que se imponga en contra tus agresores. Y, si al final, hubiese una sentencia y no estás de acuerdo con ella, siempre puedes recurrirla a través de los recursos que existen. Así que, ten calma siempre, porque, aunque la Justicia sea lenta, hay mecanismos para protegerte, incluida la orden de alejamiento de tu agresor hacia ti y que, en caso de que se incumpla, puede agravar la pena o la medida aún más.
Como todo el mundo tiene un teléfono móvil, quiero que sepas que existe una herramienta que puedes usar. Es la aplicación AlertCops. Se trata de una app oficial del Ministerio del Interior que permite pedir ayuda y contactar directamente con las fuerzas de seguridad, es decir, con la Policía Nacional y la Guardia Civil. Desde ahí puedes mandar un SOS, comunicar situaciones de acoso u otros delitos, enviar tu ubicación y recibir orientación en caso de que te encuentres en peligro. Es una forma rápida y segura de pedir apoyo cuando lo necesitas. Es muy efectiva y, en caso de urgencia, una vez te hayas registrado, si algo te sucede y activas la alarma, la propia Guardia Civil o la Policía Nacional te llama por teléfono.
Por tanto, no quiero que pienses que estás sin protección alguna, ni tampoco quiero que pienses que pedir ayuda no te hace débil. Al contrario, te hace muy valiente. Piensa que el acoso y ciberacoso no se solucionan aguantando en silencio. Se frena cuando se actúa, cuando se aportan todas las pruebas y cuando se pide ayuda.
Sí, sé que lo estás pensando. Muchas veces el problema de verdad está en no pedir ayuda. Está en que no somos conscientes de las consecuencias que el acoso y el ciberacoso pueden llegar a tener. Es verdad que no siempre se ven, pero siempre están ahí. De hecho, muchas víctimas sienten ansiedad, tristeza constante, miedo a ir al instituto, dificultad para concentrarse, bajada de notas o ganas de aislarse totalmente del resto. Otras dejan de hacer cosas que les gustaban, cambian su forma de vestir o de hablar para intentar pasar totalmente desapercibidas y así intentar que nadie las siga molestando.
Sin embargo, en algunos casos aparecen problemas más graves como depresión, consumo de alcohol o sustancias, autolesiones o pensamientos de hacerse daño. Y esto no ocurre porque la persona sea débil, sino porque ha estado soportando una violencia que nadie debería aguantar. Y es que las víctimas, cuando se ven totalmente solas y desesperadas, ya no pueden soportarlo más, sobre todo cuando se les ha hecho pensar que todo es culpa suya. Pero una víctima nunca es culpable, ninguna víctima es culpable jamás del delito que sufre. Pero los agresores les hacen creer que todo es culpa suya, y si, además, las personas que hay alrededor no hacen nada, la sensación de culpabilidad, soledad y abandono es aún mucho más dura. Pero, insisto, las víctimas nunca son culpables.
¿Y qué pasa con la persona que acosa? A veces se piensa que quien acosa es fuerte o tiene poder, pero, en realidad, no es así. La violencia nunca es una señal de fortaleza. Así que cuando una persona humilla o agrede a otra, lo que está haciendo es aprender a relacionarse desde el daño. Si no se actúa a tiempo, esa conducta puede normalizarse y trasladarse a otros ámbitos de la vida cuando esa persona sea adulta. No olvidemos que muchas conductas de acoso son delito y tienen graves consecuencias legales. Pero, más allá de eso, quien acosa pierde la oportunidad de aprender a convivir desde el respeto. Por eso es tan importante intervenir, educar y poner límites claros. De lo contrario, esas las personas adolescentes que acosan o ciberacosan, lejos de ser los más populares de la clase, lo que están haciendo es llevar una forma de vida que si no se corrige a tiempo les llevará a ser delincuentes en su vida adulta.
¿Y qué pasa con las personas de alrededor que saben todo pero no hacen nada? Pues bien. Si hay algo que duele casi tanto como el acoso, eso, sin duda, es el silencio. Es decir, mirar hacia otro lado, reír una gracia que humilla o no decir nada por miedo a destacar o que la situación se vuelva también en su contra. Así, las personas que observan sin intervenir también forman parte de la situación porque se vuelven cómplices. Además, cuando nadie hace nada, el agresor se siente reforzado y la víctima se siente aún sola. Por eso es tan importante romper el silencio. No es cuestión de chivarse, sino de cuidarnos mutuamente y posicionarnos de lado de quien está sufriendo. Y a veces basta simplemente con apoyar, con decir “¡Basta! Para de una vez!”, con acompañar a la persona que está pasándolo mal y, por supuesto, con pedir ayuda a una persona adulta, al centro educativo, o a las autoridades para que actúen rápidamente. No olvides que la unión siempre protege, pero el silencio siempre aísla.
¿Qué es lo que tienes que hacer si eres víctima? De entrada, ojalá nunca te pase nada de lo que te he contado hasta ahora. Pero si estás sufriendo alguna situación de acoso o de ciberacoso por tu orientación sexual por tu identidad de género, así como por cualquier otra circunstancia personal tuya, lo primero que quiero decirte y que es necesario que sepas es que NADA DE LO QUE ESTÁS SUFRIENDO ES CULPA TUYA. No importa quién te lo diga, tú no tienes culpa de nada ni tienes porqué sufrir en soledad.

Lo que tienes que hacer es contarlo siempre. Así que cuéntalo en casa, díselo a tu familia o a alguien de tu confianza. También tienes que contarlo en el instituto, tienes que decírselo al profesorado, a tu tutor o tutora y a quien se encargue de la orientación del centro. ¿Por qué? Muy fácil, porque es la principal obligación del centro, más allá de que aprendas matemáticas, geografía o historia, es protegerte de que nadie te haga daño. No importa quién sea tu agresor, no importa si pasa dentro o fuera del instituto, no importa si pasa en redes sociales o si tu agresor ni siquiera es de tu mismo centro. Si te está pasando algo y el centro tiene conocimiento se puede actuar porque hay protocolos claros para protegerte. Esos protocolos se pueden poner en marcha desde el propio centro o tu familia puede solicitarlo por escrito. Si lo hace, se pondrá todo el mecanismo en marcha. Si se demuestra que hay caso de acoso o ciberacoso, se tiene que actuar de inmediato. En caso de que se determine que no es así, siempre puede pedirse de nuevo si todo va a más o no se detiene.
Insisto, los centros educativos pueden actuar siempre y mucho mejor prevenir que curar. A fin de cuentas, si hay un caso de acoso o de ciberacoso y el centro no actúa, tienen que asumir también responsabilidades civiles o penales ante la justicia. Hay muchas sentencias en España y por todo el mundo donde se han condenados a centros de todo tipo, da igual que sean centros públicos, privados o concertados. Si el centro lo sabe, pero no hace nada por evitarlo, la justicia puede condenar al centro por falta de vigilancia, negligencia u omisión de su deber de socorro hacia ti. Así que recuérdalo siempre, tú no eres el problema, el problema es la violencia que se permite muchas veces porque nadie actúa pudiéndolo hacer.
¿Y qué tienes que hacer si eres testigo? Si ves que alguien está siendo acosado, sea alguien que tú conoces o no, NUNCA mires hacia otro lado. Ayuda a esa persona, acompáñala y, por supuesto, no “aplaudas a quien la esté agrediendo”, ni tampoco difundas burlas ni mensajes de odio hacia ella en las redes sociales. Habla con las personas responsables que pueden hacer que todo esto pare. Es verdad que puede dar miedo intervenir, pero el acoso se frena cuando el grupo que observa lo que pasa deja de tolerarlo. Y, no, no se trata de chivarse, sino de hacer lo que es correcto. ¿Qué pasaría si fuera tu hermano pequeño o tu hermana pequeña? ¿Qué pasaría si fuera tu mejor amigo o amiga? ¿Qué pasaría si, el día de mañana, fuera tu hija o tu hijo? Imagino que, a ti que estás leyendo esto, te gustaría que sus amigos y amigas le ayudasen, que el centro hiciera su trabajo y que todo el mundo se pusiera de lado de tu hermana o hermano, de tu hija o de tu hijo. ¿No es así? Pues de eso se trata. De estar ahí y de decir “¡Basta ya!”.
De lo contrario, ya sabemos cuáles son las consecuencias y a veces son muy duras. Porque, ¿cuánto dinero vale una sola lágrima de tu hermano pequeño? ¿Cómo se recompensa que tu hermano te diga que “no quiero seguir viviendo”? ¿Cuántos “ceros” hay que poner en un cheque en blanco para compensar a una madre que jamás volverá a abrazar a su hija y que no hace más que llorar sobre el colchón de una cama en una habitación vacía para siempre? En muchos hogares, en aquellos que chicos y chicas no han podido soportarlo más, hace mucho tiempo que no existe la Navidad, los cumpleaños, las vacaciones de verano o, simplemente, un día en familia. O, al menos, ya no existen como antes. Y todo porque hay personas que piensan que es divertido hacer daño a otras personas solo porque aman y sienten como cualquier persona tienen derecho hacerlo, incluido tú que estás leyendo esto, ya seas menor de edad o una persona adulta.
Siempre he dicho que la finalidad principal de la educación es crear una sociedad donde todas personas puedan convivir mejor y ser felices. Donde toda persona, sea quien sea, sea como sea, venga de donde venga y ame a quien ame pueda ser feliz y vivir en libertad. Y la Diversidad no es nada raro, sino una parte de la vida. Todas las personas somos diferentes en muchas cosas, pero eso no nos separa, al contrario, nos enriquece.

Aprender a respetar las distintas orientaciones sexuales, identidades y expresiones de género no va de etiquetas, ni de modas. Va de empatía, de ponernos en la piel de la otra persona que sufre solo por ser diferente y de entender que cada persona vive su proceso a su ritmo y merece hacerlo sin miedo a los insultos, a las agresiones o a tener que vivir siempre apartada y en soledad. Y tampoco olvidemos que, además de nuestro propio hogar, el colegio y el instituto también tienen que ser espacios seguros donde nada tenga que esconderse jamás para poder sobrevivir.
El acoso y el ciberacoso por LGTBIfobia no son bromas ni dramas exagerados. De la misma manera en la que las lágrimas de tristeza son siempre de verdad, las bromas son solo bromas si nos divierten a todo el mundo, los chistes son solo chistes si hacen reír a todo el mundo y los juegos son solo juegos si entretienen a todo el mundo. Todo lo demás no son juegos, no son bromas y no son chistes. Son formas de violencias reales que dejan marcas muy profundas y que, a veces, tienen consecuencias que pueden ser dramáticas e irreparables si las personas que están alrededor y que pueden actuar no hacen nada para evitarlo. Porque siempre se pueden prevenir y detener cuando sabes qué hacer, cuando damos nuestro apoyo a la víctima y damos un paso hacia delante lleno de valentía.
Sí, es verdad, a veces, ser valiente no quiere decir que no se tenga miedo. Las personas más valientes también lo tienen. Pero hay que ser muy conscientes de que los agresores se hacen fuertes a través del miedo y, sobre todo, desde la complicidad de nuestro silencio. Por eso es tan importante no mirar hacia otro lado y romper la cadena de silencio.
Nunca olvidemos que, a fin de cuentas, para defender la dignidad de toda persona basta con empezar con pequeños gestos. Esos pequeños gestos pasan por no reírnos ante una burla hacia alguien, en apoyar siempre a quien está sufriendo, en preguntar simplemente con “Oye, ¿estás bien? ¿Puedo hacer algo por ti?”.
Respetar a los demás nunca debería ser algo opcional o una “concesión” de quienes se creen que están por encima de los demás, sino la base para poder convivir en libertad. Ser diferente debería ser siempre motivo de celebración, de admiración y, sobre todo, de respeto. Y nunca, nunca, debería doler.
Nunca debería doler ser diferente; nunca debería doler el reivindicarse libremente como una persona libre y ser quien eres; y nunca debería doler enamorarse libremente de quien queramos y ser correspondidos en ese amor.
Porque, al final, cuando una persona puede vivir sin miedo, el mundo entero se vuelve un lugar un poco más justo y más libre, para todas, para todos y para todes.
Un mundo mejor para ser tú.
Un mundo para ser libre.
Y también para amar.
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