Los cojones del conejito malo

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Voy a ser muy claro, casi visceral en esta ocasión. Odio a Bad Bunny, no me gusta en absoluto. No consumo su música, no me emociona lo más mínimo y me da exactamente igual su discografía y su escenografía artística. En modo alguno me siento representado por su música ni por sus letras. Es mas, si mañana desapareciera de mis playlists, lo más probable es que ni me enteraría. Así que esto no va de fandom ni de ninguna conversión espiritual. Esto va de otra cosa mucho más incómoda, porque lo que hizo Bad Bunny en la Super Bowl no fue un concierto. Fue un acto de profanación en toda regla.

Para quien no se haya dado cuenta, la Super Bowl es el santuario del orden. El escaparate más obsceno del poder occidental. Es heterosexualidad y testosterona pura con uniforme, patriotismo prefabricado, capitalismo babeante y una estética diseñada para que a nadie se le ocurra pensar demasiado. Es el sitio donde todo está perfectamente medido para no molestar a los accionistas mayoritarios, a los generales del ejército, a los políticos y a los gilipollas con nostalgia de imperio. Y ahí, justo ahí, este tipo decidió reventar la vitrina desde dentro.

No salió a gustar, salió a estorbar, salió a incomodar. Salió para recordarle al puñetero sistema que no todo el mundo está dispuesto a formar parte del decorado de un puto parque temático. Y eso, en estos tiempos de cobardía cultural para seguir ingresando tantos dólares como likes en las redes sociales, es pura dinamita.

No nos engañemos. Hoy casi todo el mundo opta por callarse. Hay artistas con millones de seguidores que prefieren hacerse los neutrales, influencers más artificiales que el moreno presidencial, que cuentan con altavoces gigantes y que eligen no posicionarse, y estrellas de Hollywood que podrían sacudir millones de conciencias pero que prefieren no arriesgar contratos para ver si pillan un Globo de Oro, un Emmy o un Oscar. Esa clase de silencio se ha convertido en una virtud y la tibieza en una vulgar moneda de cambio.

Pero entonces llega Bad Bunny y dice: “¡Mis cojones!”. Llega y se carga la narrativa cómoda, la imagen del latino dócil que intenta disimular su acento, la idea del artista despolitizado que solo busca no señalarse para poder seguir vendiendo, gobierne quien gobierne, y, de paso, se caga en la estúpida idea de que para poder triunfar en la tierra de las oportunidades hay que portarse bien. Y nada de esto es marketing comercial, sino un acto de rebeldía e insubordinación ante el poder autoritario. 

La insubordinación es real, el poder reacciona. Ya hemos visto a Trump ladrando, la derecha más reaccionaria echando espuma por la boca como si estuvieran poseídos, los opinadores que de todo hablan pero que de nada entienden indignados y cabreados como el increíble Hulk hablando de “respeto”, “valores” y “tradición”. Esas son siempre las mismas palabras cuando lo que quieren decir de verdad es “vuelve a tu sitio, basura latina”. 

Pero Bad Bunny no volvió. Se quedó. Y se cagó encima de la mesa del salón a ritmo de reggaeton, reguetón o como puñetas se escriba. Lo hizo siendo demasiado visible, demasiado libre y ambiguo, demasiado sexual, demasiado latino y, por supuesto, demasiado incómodo. Eso es justo lo que el autoritarismo no puede tolerar. ¿Por qué? Porque no sabe cómo domesticarlo, porque no pasa por el aro, porque no le da la gana, porque no le sale de los huevos obedecer sin rechistar. 

Y ahí, como decimos en mi tierra, “con toda su polla morena”, aunque me joda reconocerlo, aunque me repatee su música, aunque no me represente en lo más mínimo, ni musicalmente ni estéticamente, tengo que decirlo alto y claro: desde ese momento, Bad Bunny es un puto dios.

No, no me he vuelto loco.  No es un dios musical, sino un dios político. Un dios del “me importa una mierda lo que esperas de mí”. Un dios del “voy a usar tu escenario para decir lo que no quieres oír”. Un dios del “si te incomodo, mejor” y del “si no te gusta, te jodes”. 

Vamos a decir algo muy claro: La cultura no está para lamerle la oreja al poder. Está para señalarlo, para reírse de él, para encabronarlo y para ponerlo nervioso. Porque cuando el poder se enfada, cuando el fascismo se siente atacado, cuando los autoritarios pierden los nervios, es que alguien ha hecho exactamente lo que tenía que hacer jodidamente bien. 

Bad Bunny ha demostrado que aún se puede morder la mano que te paga. Que aún se puede escupir en el plato de oro sin que te partan la cara. Que aún se puede usar el espectáculo como arma para tocarle las narices a quienes están en la Casa Blanca y no como anestesia para tener a la población borracha de cerveza y con el estómago lleno de alitas de pollo con salsa picante. 

Así que no, no creo que vuelva a escuchar su música nunca más. No me he hecho fan, no me he rendido a las letras de sus canciones. Pero sí le reconozco algo que vale más que cualquier hit mundial con 50 semanas seguidas en el puto número 1 de Bildboard: huevos, desprecio absoluto por el silencio impuesto y dignidad, mucha dignidad. 

Y en un mundo donde el poder exige obediencia y la cultura se arrodilla demasiado a menudo, eso no solo es respetable. Es que es jodidamente necesario.

Así que, olé tus huevos, conejito. 

Sigue siendo malo.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The Balls of the Bad Bunny

I’m going to be very clear, almost visceral this time. I hate Bad Bunny. I don’t like him at all. I don’t listen to his music, it doesn’t move me one bit, and I couldn’t care less about his discography or his artistic staging. I don’t feel represented by his music or his lyrics in any way. In fact, if he disappeared from my playlists tomorrow, I’d probably never even notice. So no, this isn’t about fandom or some kind of spiritual conversion. This is about something far more uncomfortable, because what Bad Bunny did at the Super Bowl wasn’t a concert. It was a straight up act of profanation.

In case anyone hasn’t noticed, the Super Bowl is the sanctuary of order. The most obscene showcase of Western power. It’s compulsory heterosexuality and pure testosterone in uniform, prefab patriotism, drooling capitalism, and an aesthetic designed so no one even thinks about thinking. It’s the place where everything is perfectly measured so as not to piss off major shareholders, army generals, politicians, and assholes with imperial nostalgia. And right there, exactly there, this guy decided to smash the display case from the inside.

He didn’t come out to be liked. He came out to get in the way. He came out to make people uncomfortable. He came out to remind the damn system that not everyone is willing to be part of the set design of a shitty theme park. And that, in these times of cultural cowardice where people chase dollars and social media likes at the same speed, is pure dynamite.

Let’s not kid ourselves. These days almost everyone chooses to shut up. There are artists with millions of followers who prefer to play neutral, influencers faker than a spray tan on a presidential candidate with massive megaphones who choose not to take a stand, and Hollywood stars who could shake millions of consciences but would rather not risk their contracts in hopes of snagging a Golden Globe, an Emmy, or an Oscar. That kind of silence has become a virtue, and lukewarm takes a cheap currency.

And then Bad Bunny shows up and says, “My fucking balls.” He blows up the comfy narrative, the image of the docile Latino trying to hide his accent, the idea of the depoliticized artist who just wants to keep selling no matter who’s in power. And while he’s at it, he takes a massive shit on the stupid idea that to succeed in the land of opportunity you have to behave yourself. None of this is marketing. It’s an act of rebellion and insubordination against authoritarian power.

And when the insubordination is real, power reacts. We’ve already seen Trump barking, the far right foaming at the mouth like they’re possessed, pundits who talk about everything and understand nothing getting mad as hell, like the Incredible Hulk, ranting about “respect,” “values,” and “tradition.” Those are always the same words they use when what they really mean is “get back to your place, Latino trash.”

But Bad Bunny didn’t go back. He stayed. And he took a shit right on the living room table to the beat of reggaeton, reguetón, or whatever the hell it’s spelled. He did it by being too visible, too free and ambiguous, too sexual, too Latino, and of course, too uncomfortable. That’s exactly what authoritarianism can’t tolerate. Why? Because it doesn’t know how to tame him, because he won’t jump through the hoop, because he doesn’t feel like it, because he doesn’t have it in him to obey without questioning.

And right there, as we say back home, “with his whole brown dick out,” even though it pisses me off to admit it, even though his music gets on my nerves, even though he doesn’t represent me musically or aesthetically at all, I have to say it loud and clear. From that moment on, Bad Bunny is a fucking god.

No, I haven’t lost my mind. He’s not a musical god, he’s a political one. A god of “I don’t give a shit what you expect from me.” A god of “I’m going to use your stage to say what you don’t want to hear.” A god of “if I make you uncomfortable, good,” and “if you don’t like it, fuck you.”

Let’s be very clear about something. Culture is not here to lick power’s ear. It’s here to point at it, laugh at it, piss it off, and make it nervous. Because when power gets angry, when fascism feels attacked, when authoritarians lose their cool, it means someone has done exactly what needed to be done, and done it damn well.

Bad Bunny has shown that you can still bite the hand that feeds you. That you can still spit in the golden plate without getting your face smashed in. That you can still use spectacle as a weapon to mess with the people in the White House instead of using it as anesthesia to keep the population drunk on beer and stuffed with hot wings and spicy sauce.

So no, I don’t think I’ll ever listen to his music again. I haven’t become a fan, I haven’t surrendered to his lyrics. But I do give him credit for something worth more than any global hit with 50 straight weeks at fucking number one on Billboard. Balls, absolute contempt for enforced silence, and dignity. A lot of dignity. 

And in a world where power demands obedience and culture kneels way too often, that’s not just respectable.

It’s fucking necessary.

So yeah, hats off to your balls, little bunny.

Stay bad.

Lo que no ha de regresar jamás

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto)

Conocer la historia no es algo que pueda considerarse como opcional ni tampoco como un simple ejercicio de memoria. Conocer la historia es quizá nuestra gran responsabilidad común como sociedad, como comunidad internacional. ¿Y por qué? Porque conocer la historia es la única manera de poder desarrollar nuestro pensamiento crítico y de entender hasta dónde puede llegar el ser humano cuando se normaliza el odio, cuando se deshumaniza a quien tenemos ante nuestros ojos y cuando se acepta que hay personas que valen menos que otras. Y conocer esta realidad se vuelve imprescindible cuando hablamos del que es, sin duda, el episodio más oscuro de la historia reciente de la humanidad, un episodio que supuso la negación absoluta de los derechos humanos y de la dignidad humana inviolable de millones de personas.

De entre todos los días del año, sin duda el 27 de enero es uno de los más emotivos y significativos para millones de personas en todo el mundo. Para quienes creemos firmemente en la defensa a ultranza de la dignidad humana y de los derechos humanos de toda persona, este día tiene una carga emocional enorme y profunda. Hoy, Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, nos unimos, o al menos deberíamos, para recordar a las víctimas de uno de los crímenes más abominables jamás cometidos por la humanidad.

Millones de personas inocentes fueron asesinadas de forma sistemática, planificada y orquestada por la maquinaria nazi y por todos aquellos que fueron cómplices, ya fuese de manera activa o a través del más vergonzoso de los silencios. Seis millones de judíos, hombres, mujeres y niños, fueron exterminados únicamente por ser quienes eran. A ellos hay que sumar a millones de personas más hasta alcanzar la cifra aproximada de 17 millones de víctimas. Hablamos de prisioneros de guerra, personas gitanas, serbios, polacos, homosexuales, masones, personas con discapacidad, republicanos españoles, católicos, testigos de Jehová y tantas otras personas que fueron conducidas a la muerte por el mero hecho de ser, sentir, pensar, rezar o amar de forma diferente. Sus voces fueron silenciadas, su dignidad fue pisoteada y su humanidad fue abolida.

La Shoah fue un acontecimiento único no solo por su magnitud  sino también por lo abominable de su naturaleza. Fue el mayor acto de terrorismo de Estado de toda la historia de la humanidad. Un crimen ejecutado desde el poder, ungido por la maldad más absoluta y amparado en la más cruel de las sinrazones. Antes de asesinar a millones de personas, se les negó su condición humana, se les convirtió en números, en amenazas y en algo prescindible. Ese fue el primer paso hacia el exterminio.

Al recordar la liberación del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, un 27 de enero de 1945, no recordamos solo un lugar. Recordamos el símbolo más extremo de la deshumanización, recordamos aquellas imágenes de destrucción y muerte que todavía hoy nos resultan insoportables de contemplar sin que se nos llenen los ojos de lágrimas. Es verdad que la liberación de los campos puso fin a la masacre, pero nunca borrará el horror, el dolor ni la obligación de recordar aquella atrocidad. 

Durante décadas hemos querido creer que la humanidad es capaz de aprender de sus errores y que los horrores del pasado no volverán a repetirse otra vez. Sin embargo, la realidad nos demuestra que, desgraciadamente, no ha sido así. En los últimos años estamos viendo cómo el odio, la violencia y la discriminación siguen muy presentes y profundamente enraizados en nuestras sociedades. El racismo, el antisemitismo, la intolerancia religiosa y los discursos supremacistas no solo no han desaparecido, sino que resurgen cada vez con más fuerza, especialmente entre las nuevas generaciones de jóvenes. Siempre han estado ahí, esperando el momento adecuado para volver a alzarse, para cuestionar derechos conquistados y para negar o trivializar los crímenes contra la humanidad cometidos durante el Holocausto, restando toda responsabilidad a quienes los perpetraron desde la más oscura y deleznable de las crueldades.

Hoy ya no se esconden quienes promueven el odio desde el extremismo más reaccionario. Lo vemos en los ataques a centros de culto, en la persecución de quien es diferente y en la banalización del sufrimiento ajeno. No reconocer esta realidad no es solo un acto de ignorancia, es también una forma peligrosa de cinismo que nos empuja, una vez más, hacia el mismo abismo en el que caímos en el pasado. 

Durante décadas, año tras año, hemos repetido hasta la saciedad la frase “nunca más”, pero como humanidad la hemos olvidado demasiadas veces. La olvidamos en las dictaduras del Cono Sur; la olvidamos en Ruanda; la olvidamos en los Balcanes; la olvidamos en Darfur, en Sudán; la olvidamos en el Congo; la olvidamos en Myanmar con el pueblo rohingya; la olvidamos en Ucrania; y nos hemos vuelto a olvidar en Gaza. Así que, no, el genocidio no es solo un recuerdo del pasado, el genocidio es una herida abierta que sigue repitiéndose ante nuestros ojos sin que hayamos hecho nada para evitarlo o, al menos, no lo suficiente. 

Por eso, de los horrores del pasado debemos extraer la lección más importante de todas. Que no puede volver a ocurrir, que no puede repetirse jamás en ninguna parte del mundo, a manos de ningún pueblo ni por ninguna otra nación contra otros pueblos y naciones. Ese fue el compromiso asumido tras la creación de las Naciones Unidas, cuando el mundo prometió trabajar siempre en favor de la paz y evitar que el manto de muerte, dolor y destrucción volviera a extenderse sobre la humanidad. Pero hemos fallado demasiadas veces, demasiadas. 

Para que ese compromiso sea real y no solo una promesa vacía, es imprescindible que conozcamos la historia y que esta se enseñe en los centros educativos de todos los niveles. Solo siendo conscientes y conocedores de la verdad podremos reconocer las señales de alerta y actuar a tiempo antes de que todo vuelva a suceder. Desconocer la historia es negar el dolor de las víctimas y negar la historia es abrir la puerta a que el horror se repita. Como ya lo advirtió Primo Levi, “aquellos que niegan Auschwitz estarían dispuestos a volver a hacerlo”.

Desde el recuerdo hacia todas las víctimas de la barbarie, debemos mantener viva la luz que guíe siempre nuestros pasos. Una luz de memoria que nos recuerde que ningún ser humano puede ver vulnerados jamás sus derechos más básicos, inalienables e inseparables de la dignidad humana. Una dignidad de la que toda persona es titular, sin que quepa distinción alguna. Así lo recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos cuando afirma que todas las personas nacemos libres e iguales en dignidad y derechos, sin importar nuestro origen, nuestra lengua, nuestra fe, el color de nuestra piel o nuestra forma de sentir, pensar o amar.

Es cierto que las fuerzas oscuras del odio son poderosas, pero mucho más poderosa tiene que ser nuestra voluntad para vencerlas. Porque vencer al odio es la mejor manera de honrar la memoria de todas las víctimas. La verdad, la memoria y el compromiso son las herramientas que nos permitirán construir un mundo de paz, un mundo donde la justicia y el respeto de los derechos de todas las personas guíen siempre nuestro camino.

Así que no importa quién seas, no importa cómo seas y no importa de dónde vengas. Tu dignidad humana, como la de cualquier otra persona en el mundo, es, ante todo, totalmente inviolable. Porque la humanidad, en toda su diversidad y riqueza, es, sin duda, nuestro mayor y más valioso patrimonio. Por tanto, es nuestro deber protegerla frente a aquellas fuerzas que solo buscan la vuelta de la violencia, del odio y la discriminación. Una tríada que solo ha traído destrucción y muerte. 

Por favor, en nombre de quienes vieron su voz silenciada y su vida arrebatada, mantengamos siempre viva la eterna luz de la memoria.

Para que nunca olvidemos lo que no ha de regresar jamás.

Para que siempre recordemos a quienes ya no están.  

Recordemos y nunca olvidemos.

Hagámoslo.

Siempre.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
What Must Never Return

(International Day of Commemoration in Memory of the Victims of the Holocaust)

Knowing history cannot be regarded as optional, nor as a simple exercise in memory. Knowing history is perhaps our greatest shared responsibility as a society and as an international community. And why is that? Because knowing history is the only way to develop critical thinking and to understand how far human beings can go when hatred is normalised, when those before our eyes are dehumanised, and when it is accepted that some lives are worth less than others. This awareness becomes essential when we speak of what is, without doubt, the darkest episode in recent human history, an episode that represented the absolute denial of human rights and of the inviolable human dignity of millions of people.

Among all the days of the year, 27 January is undoubtedly one of the most moving and significant for millions of people around the world. For those of us who firmly believe in the uncompromising defence of human dignity and the human rights of every person, this day carries an immense and profound emotional weight. Today, the International Day of Commemoration in Memory of the Victims of the Holocaust, we come together, or at least we should, to remember the victims of one of the most abominable crimes ever committed by humanity.

Millions of innocent people were murdered in a systematic, planned and orchestrated manner by the Nazi machinery and by all those who were complicit, whether actively or through the most shameful silence. Six million Jews, men, women and children, were exterminated simply for being who they were. To them must be added millions more, reaching an estimated total of seventeen million victims. We speak of prisoners of war, Roma people, Serbs, Poles, homosexuals, Freemasons, people with disabilities, Spanish Republicans, Catholics, Jehovah’s Witnesses and so many others who were led to their deaths for the mere fact of being, feeling, thinking, praying or loving differently. Their voices were silenced, their dignity trampled upon and their humanity abolished.

The Shoah was a unique event not only because of its scale but also because of the abomination of its nature. It was the greatest act of state terrorism in the history of humanity. A crime carried out from positions of power, imbued with absolute evil and justified by the most cruel irrationality. Before millions were murdered, they were denied their human condition, turned into numbers, into threats, into something disposable. That was the first step towards extermination.

When we recall the liberation of the Auschwitz Birkenau concentration camp on 27 January 1945, we do not remember only a place. We remember the most extreme symbol of dehumanisation, those images of destruction and death that even today are unbearable to contemplate without our eyes filling with tears. It is true that the liberation of the camps brought the massacre to an end, but it will never erase the horror, the pain or the duty to remember that atrocity.

For decades we have wanted to believe that humanity is capable of learning from its mistakes and that the horrors of the past would never be repeated. However, reality shows us that sadly this has not been the case. In recent years we have seen how hatred, violence and discrimination remain deeply rooted and very present in our societies. Racism, antisemitism, religious intolerance and supremacist rhetoric have not disappeared. On the contrary, they are resurfacing with increasing force, particularly among younger generations. They have always been there, waiting for the right moment to rise again, to challenge hard won rights and to deny or trivialise the crimes against humanity committed during the Holocaust, stripping those responsible of all accountability through the darkest and most contemptible cruelty.

Those who promote hatred from the most reactionary forms of extremism no longer hide. We see it in attacks on places of worship, in the persecution of those who are different, and in the trivialisation of others’ suffering. Failing to acknowledge this reality is not only an act of ignorance, it is also a dangerous form of cynicism that once again pushes us towards the very abyss into which we fell in the past.

For decades, year after year, we have repeated the phrase “never again” to the point of exhaustion, yet as humanity we have forgotten it far too many times. We forgot it in the dictatorships of the Southern Cone; we forgot it in Rwanda; we forgot it in the Balkans; we forgot it in Darfur, in Sudan; we forgot it in the Congo; we forgot it in Myanmar with the Rohingya people; we forgot it in Ukraine; and we have once again forgotten it in Gaza. So no, genocide is not merely a memory of the past; genocide is an open wound that continues to repeat itself before our very eyes, while we have done nothing to prevent it or, at the very least, not enough.

For this reason, from the horrors of the past we must draw the most important lesson of all. That it must never happen again, that it must never be repeated anywhere in the world, by any people or by any nation against others. That was the commitment made after the creation of the United Nations, when the world promised to work always in favour of peace and to prevent the shroud of death, pain and destruction from spreading over humanity again. But we have failed too many times, far too many.

For that commitment to be real and not merely an empty promise, it is essential that we know history and that it is taught at all levels of education. Only by being aware of and understanding the truth will we be able to recognise warning signs and act in time before everything happens again. Ignoring history is to deny the suffering of the victims, and denying history is to open the door to the repetition of horror. As Primo Levi warned, those who deny Auschwitz would be willing to do it again.

From the remembrance of all the victims of barbarism, we must keep alive the light that should always guide our steps. A light of memory that reminds us that no human being may ever see their most basic rights violated, rights that are inalienable and inseparable from human dignity. A dignity that belongs to every person, without distinction of any kind. This is enshrined in the Universal Declaration of Human Rights, which affirms that all people are born free and equal in dignity and rights, regardless of origin, language, faith, skin colour or the way we feel, think or love.

It is true that the dark forces of hatred are powerful, but our will to overcome them must be far more powerful. Because overcoming hatred is the best way to honour the memory of all the victims. Truth, memory and commitment are the tools that will allow us to build a world of peace, a world in which justice and respect for the rights of all people always guide our path.

So it does not matter who you are, it does not matter how you are, and it does not matter where you come from. Your human dignity, like that of every other person in the world, is above all inviolable. Humanity, in all its diversity and richness, is without doubt our greatest and most valuable heritage. Therefore, it is our duty to protect it from those forces that seek only the return of violence, hatred and discrimination, a triad that has brought nothing but destruction and death.

Please, in the name of those whose voices were silenced and whose lives were taken, let us always keep alive the eternal light of memory.

So that we never forget what must never return.

So that we always remember those who are no longer with us.

Let us remember and never forget.

Let us do it.

Always.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Ciò che non deve tornare mai

(Giornata Internazionale della Memoria delle Vittime dell’Olocausto)

Conoscere la storia non può essere considerato qualcosa di opzionale né un semplice esercizio di memoria. Conoscere la storia è forse la nostra più grande responsabilità comune come società e come comunità internazionale. E perché? Perché conoscere la storia è l’unico modo per sviluppare il pensiero critico e comprendere fino a che punto può spingersi l’essere umano quando l’odio viene normalizzato, quando si disumanizza chi abbiamo davanti agli occhi e quando si accetta che alcune persone valgano meno di altre. Questa consapevolezza diventa imprescindibile quando parliamo di quello che è, senza dubbio, l’episodio più oscuro della storia recente dell’umanità, un episodio che ha rappresentato la negazione assoluta dei diritti umani e della dignità umana inviolabile di milioni di persone.

Tra tutti i giorni dell’anno, il 27 gennaio è senza dubbio uno dei più intensi e significativi per milioni di persone in tutto il mondo. Per chi crede fermamente nella difesa senza compromessi della dignità umana e dei diritti umani di ogni persona, questa giornata ha un peso emotivo enorme e profondo. Oggi, Giornata Internazionale della Memoria delle Vittime dell’Olocausto, ci uniamo, o almeno dovremmo farlo, per ricordare le vittime di uno dei crimini più abominevoli mai commessi dall’umanità.

Milioni di persone innocenti furono assassinate in modo sistematico, pianificato e orchestrato dalla macchina nazista e da tutti coloro che ne furono complici, sia in maniera attiva sia attraverso il più vergognoso dei silenzi. Sei milioni di ebrei, uomini, donne e bambini, furono sterminati unicamente per ciò che erano. A loro si aggiungono milioni di altre persone, fino a raggiungere la cifra approssimativa di diciassette milioni di vittime. Parliamo di prigionieri di guerra, rom, serbi, polacchi, omosessuali, massoni, persone con disabilità, repubblicani spagnoli, cattolici, testimoni di Geova e di tante altre persone che furono condotte alla morte per il solo fatto di essere, sentire, pensare, pregare o amare in modo diverso. Le loro voci furono silenziate, la loro dignità calpestata e la loro umanità abolita.

La Shoah fu un evento unico non solo per la sua portata, ma anche per l’abominio della sua natura. Fu il più grande atto di terrorismo di Stato nella storia dell’umanità. Un crimine compiuto dal potere, intriso della malvagità più assoluta e giustificato dalla più crudele delle irrazionalità. Prima di assassinare milioni di persone, venne loro negata la condizione umana, furono ridotte a numeri, a minacce, a qualcosa di sacrificabile. Questo fu il primo passo verso lo sterminio.

Nel ricordare la liberazione del campo di concentramento di Auschwitz Birkenau, il 27 gennaio 1945, non ricordiamo soltanto un luogo. Ricordiamo il simbolo più estremo della disumanizzazione, ricordiamo quelle immagini di distruzione e di morte che ancora oggi risultano insopportabili da contemplare senza che gli occhi si riempiano di lacrime. È vero che la liberazione dei campi pose fine alla strage, ma non potrà mai cancellare l’orrore, il dolore né il dovere di ricordare quella atrocità.

Per decenni abbiamo voluto credere che l’umanità fosse capace di imparare dai propri errori e che gli orrori del passato non si sarebbero ripetuti. Tuttavia, la realtà ci dimostra che purtroppo non è stato così. Negli ultimi anni stiamo vedendo come l’odio, la violenza e la discriminazione restino profondamente radicati e molto presenti nelle nostre società. Il razzismo, l’antisemitismo, l’intolleranza religiosa e i discorsi suprematisti non solo non sono scomparsi, ma riemergono con sempre maggiore forza, soprattutto tra le nuove generazioni. Sono sempre stati lì, in attesa del momento giusto per rialzarsi, per mettere in discussione i diritti conquistati e per negare o banalizzare i crimini contro l’umanità commessi durante l’Olocausto, sottraendo ogni responsabilità a chi li ha perpetrati attraverso le forme più oscure e spregevoli di crudeltà.

Oggi chi promuove l’odio dalle forme più reazionarie dell’estremismo non si nasconde più. Lo vediamo negli attacchi ai luoghi di culto, nella persecuzione di chi è diverso e nella banalizzazione della sofferenza altrui. Non riconoscere questa realtà non è solo un atto di ignoranza, ma anche una forma pericolosa di cinismo che ci spinge, ancora una volta, verso lo stesso abisso nel quale siamo già caduti in passato.

Per decenni, anno dopo anno, abbiamo ripetuto fino allo sfinimento l’espressione “mai più”, ma come umanità l’abbiamo dimenticata troppe volte. L’abbiamo dimenticata nelle dittature del Cono Sud; l’abbiamo dimenticata in Ruanda; l’abbiamo dimenticata nei Balcani; l’abbiamo dimenticata in Darfur, in Sudan; l’abbiamo dimenticata nel Congo; l’abbiamo dimenticata in Myanmar con il popolo rohingya; l’abbiamo dimenticata in Ucraina; e l’abbiamo dimenticata di nuovo a Gaza. Dunque no, il genocidio non è soltanto un ricordo del passato; il genocidio è una ferita aperta che continua a ripetersi davanti ai nostri occhi, senza che abbiamo fatto nulla per impedirlo o, quantomeno, non abbastanza.

Per questo, dagli orrori del passato dobbiamo trarre la lezione più importante di tutte. Che non può accadere di nuovo, che non deve mai ripetersi in nessuna parte del mondo, per mano di alcun popolo o di alcuna nazione contro altri popoli e nazioni. Questo fu l’impegno assunto con la creazione delle Nazioni Unite, quando il mondo promise di lavorare sempre a favore della pace e di impedire che il manto di morte, dolore e distruzione tornasse a stendersi sull’umanità. Ma abbiamo fallito troppe volte, troppe.

Affinché questo impegno sia reale e non una promessa vuota, è indispensabile conoscere la storia e insegnarla nei centri educativi di tutti i livelli. Solo essendo consapevoli e conoscendo la verità potremo riconoscere i segnali di allarme e agire in tempo prima che tutto accada di nuovo. Ignorare la storia significa negare il dolore delle vittime, e negare la storia significa aprire la porta alla ripetizione dell’orrore. Come avvertì Primo Levi, coloro che negano Auschwitz sarebbero disposti a farlo di nuovo.

Nel ricordo di tutte le vittime della barbarie, dobbiamo mantenere viva la luce che deve guidare sempre i nostri passi. Una luce della memoria che ci ricordi che nessun essere umano può vedere violati i propri diritti più fondamentali, inalienabili e inseparabili dalla dignità umana. Una dignità di cui ogni persona è titolare, senza alcuna distinzione. Così afferma la Dichiarazione Universale dei Diritti Umani quando proclama che tutte le persone nascono libere e uguali in dignità e diritti, indipendentemente dall’origine, dalla lingua, dalla fede, dal colore della pelle o dal modo di sentire, pensare o amare.

È vero che le forze oscure dell’odio sono potenti, ma molto più potente deve essere la nostra volontà di sconfiggerle. Perché vincere l’odio è il modo migliore per onorare la memoria di tutte le vittime. La verità, la memoria e l’impegno sono gli strumenti che ci permetteranno di costruire un mondo di pace, un mondo in cui la giustizia e il rispetto dei diritti di tutte le persone guidino sempre il nostro cammino.

Non importa dunque chi tu sia, non importa come tu sia e non importa da dove tu venga. La tua dignità umana, come quella di qualsiasi altra persona nel mondo, è prima di tutto inviolabile. L’umanità, in tutta la sua diversità e ricchezza, è senza dubbio il nostro patrimonio più grande e più prezioso. Per questo è nostro dovere proteggerla da quelle forze che cercano soltanto il ritorno della violenza, dell’odio e della discriminazione, una triade che ha portato solo distruzione e morte.

Per favore, in nome di coloro cui è stata tolta la voce e la vita, manteniamo sempre viva l’eterna luce della memoria.

Perché non dimentichiamo mai ciò che non deve tornare mai.

Perché ricordiamo sempre coloro che non ci sono più.

Ricordiamo e non dimentichiamo mai.

Facciamolo.

Sempre.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Ce qui ne doit jamais revenir

(Journée internationale de commémoration en mémoire des victimes de l’Holocauste)

Connaître l’histoire ne peut être considéré comme quelque chose d’optionnel ni comme un simple exercice de mémoire. Connaître l’histoire est sans doute notre plus grande responsabilité commune en tant que société et en tant que communauté internationale. Et pourquoi cela est il si important. Parce que connaître l’histoire est la seule manière de développer un esprit critique et de comprendre jusqu’où l’être humain peut aller lorsque la haine est banalisée, lorsque l’on déshumanise ceux que l’on a sous les yeux et lorsque l’on accepte que certaines personnes vaillent moins que d’autres. Cette prise de conscience devient indispensable lorsque nous parlons de ce qui est sans aucun doute l’épisode le plus sombre de l’histoire récente de l’humanité, un épisode qui a représenté la négation absolue des droits humains et de la dignité humaine inviolable de millions de personnes.

Parmi tous les jours de l’année, le 27 janvier est sans aucun doute l’un des plus émouvants et des plus significatifs pour des millions de personnes dans le monde entier. Pour celles et ceux qui croient fermement en la défense sans concession de la dignité humaine et des droits humains de toute personne, cette journée porte une charge émotionnelle immense et profonde. Aujourd’hui, Journée internationale de commémoration en mémoire des victimes de l’Holocauste, nous nous unissons, ou du moins nous le devrions, pour nous souvenir des victimes de l’un des crimes les plus abominables jamais commis par l’humanité.

Des millions de personnes innocentes ont été assassinées de manière systématique, planifiée et orchestrée par la machine nazie et par tous ceux qui en furent complices, soit de façon active, soit par le silence le plus honteux. Six millions de Juifs, hommes, femmes et enfants, ont été exterminés uniquement pour ce qu’ils étaient. À eux s’ajoutent des millions d’autres personnes, jusqu’à atteindre le chiffre approximatif de dix sept millions de victimes. Il s’agit de prisonniers de guerre, de personnes roms, de Serbes, de Polonais, d’homosexuels, de francs maçons, de personnes en situation de handicap, de républicains espagnols, de catholiques, de témoins de Jéhovah et de tant d’autres qui ont été conduits à la mort pour le seul fait d’être, de ressentir, de penser, de prier ou d’aimer différemment. Leurs voix ont été réduites au silence, leur dignité piétinée et leur humanité abolie.

La Shoah fut un événement unique non seulement par son ampleur mais aussi par le caractère abominable de sa nature. Elle constitua le plus grand acte de terrorisme d’État de toute l’histoire de l’humanité. Un crime exécuté depuis le pouvoir, imprégné de la plus absolue des méchancetés et justifié par la plus cruelle des irrationalités. Avant d’assassiner des millions de personnes, on leur a nié leur condition humaine, on les a transformées en numéros, en menaces, en êtres superflus. Ce fut la première étape vers l’extermination.

En évoquant la libération du camp de concentration d’Auschwitz Birkenau le 27 janvier 1945, nous ne nous souvenons pas seulement d’un lieu. Nous nous souvenons du symbole le plus extrême de la déshumanisation, de ces images de destruction et de mort qui aujourd’hui encore sont insoutenables à regarder sans que les larmes ne nous montent aux yeux. Il est vrai que la libération des camps a mis fin au massacre, mais elle n’effacera jamais l’horreur, la douleur ni le devoir de se souvenir de cette atrocité.

Pendant des décennies, nous avons voulu croire que l’humanité était capable d’apprendre de ses erreurs et que les horreurs du passé ne se reproduiraient plus. Pourtant, la réalité nous montre malheureusement que cela n’a pas été le cas. Ces dernières années, nous constatons que la haine, la violence et la discrimination demeurent profondément enracinées et très présentes dans nos sociétés. Le racisme, l’antisémitisme, l’intolérance religieuse et les discours suprémacistes n’ont pas disparu. Au contraire, ils réapparaissent avec une force croissante, en particulier parmi les jeunes générations. Ils ont toujours été là, attendant le moment opportun pour se relever, pour remettre en cause les droits acquis et pour nier ou banaliser les crimes contre l’humanité commis pendant l’Holocauste, en dégageant de toute responsabilité ceux qui les ont perpétrés à travers les formes les plus sombres et les plus ignobles de la cruauté.

Aujourd’hui, ceux qui propagent la haine depuis les formes les plus réactionnaires de l’extrémisme ne se cachent plus. Nous le voyons dans les attaques contre les lieux de culte, dans la persécution de celles et ceux qui sont différents et dans la banalisation de la souffrance d’autrui. Ne pas reconnaître cette réalité n’est pas seulement un acte d’ignorance, c’est aussi une forme dangereuse de cynisme qui nous pousse, une fois de plus, vers le même abîme dans lequel nous sommes déjà tombés par le passé.

Pendant des décennies, année après année, nous avons répété jusqu’à l’épuisement l’expression « plus jamais », mais en tant qu’humanité, nous l’avons oubliée bien trop souvent. Nous l’avons oubliée dans les dictatures du Cône Sud ; nous l’avons oubliée au Rwanda ; nous l’avons oubliée dans les Balkans ; nous l’avons oubliée au Darfour, au Soudan ; nous l’avons oubliée au Congo ; nous l’avons oubliée au Myanmar avec le peuple rohingya ; nous l’avons oubliée en Ukraine ; et nous l’avons de nouveau oubliée à Gaza. Ainsi, non, le génocide n’est pas seulement un souvenir du passé ; le génocide est une plaie ouverte qui continue de se répéter sous nos yeux, sans que nous ayons fait quoi que ce soit pour l’empêcher ou, du moins, pas suffisamment.

C’est pourquoi, des horreurs du passé, nous devons tirer la plus importante des leçons. Cela ne doit pas se reproduire. Cela ne doit jamais se répéter nulle part dans le monde, par aucun peuple et par aucune nation contre d’autres peuples et d’autres nations. Tel fut l’engagement pris lors de la création des Nations unies, lorsque le monde a promis de travailler toujours en faveur de la paix et d’empêcher que le manteau de la mort, de la douleur et de la destruction ne s’abatte de nouveau sur l’humanité. Mais nous avons échoué trop souvent, bien trop souvent.

Pour que cet engagement soit réel et non une promesse vide, il est indispensable de connaître l’histoire et de l’enseigner dans les établissements éducatifs à tous les niveaux. Ce n’est qu’en étant conscients et en connaissant la vérité que nous pourrons reconnaître les signes avant coureurs et agir à temps avant que tout ne recommence. Ignorer l’histoire, c’est nier la douleur des victimes. Nier l’histoire, c’est ouvrir la porte à la répétition de l’horreur. Comme l’avait averti Primo Levi, ceux qui nient Auschwitz seraient prêts à le refaire.

Dans le souvenir de toutes les victimes de la barbarie, nous devons maintenir vivante la lumière qui doit toujours guider nos pas. Une lumière de la mémoire qui nous rappelle qu’aucun être humain ne peut jamais voir ses droits les plus fondamentaux violés, droits inaliénables et indissociables de la dignité humaine. Une dignité dont chaque personne est titulaire, sans aucune distinction. C’est ce qu’affirme la Déclaration universelle des droits de l’homme lorsqu’elle proclame que tous les êtres humains naissent libres et égaux en dignité et en droits, quels que soient leur origine, leur langue, leur foi, la couleur de leur peau ou leur manière de ressentir, de penser ou d’aimer.

Il est vrai que les forces obscures de la haine sont puissantes, mais notre volonté de les vaincre doit l’être encore davantage. Car vaincre la haine est la meilleure manière d’honorer la mémoire de toutes les victimes. La vérité, la mémoire et l’engagement sont les outils qui nous permettront de construire un monde de paix, un monde où la justice et le respect des droits de toutes les personnes guideront toujours notre chemin.

Peu importe donc qui tu es, peu importe comment tu es et peu importe d’où tu viens. Ta dignité humaine, comme celle de toute autre personne dans le monde, est avant tout inviolable. L’humanité, dans toute sa diversité et sa richesse, est sans aucun doute notre patrimoine le plus grand et le plus précieux. Il est donc de notre devoir de la protéger face à ces forces qui ne cherchent que le retour de la violence, de la haine et de la discrimination, une triade qui n’a apporté que destruction et mort.

S’il vous plaît, au nom de celles et ceux dont la voix a été réduite au silence et dont la vie a été arrachée, maintenons toujours vivante l’éternelle lumière de la mémoire.

Pour que nous n’oubliions jamais ce qui ne doit jamais revenir.

Pour que nous nous souvenions toujours de celles et ceux qui ne sont plus là.

Souvenons nous et n’oublions jamais.

Faisons le.

Toujours.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
O que nunca deve regressar

(Dia Internacional em Memória das Vítimas do Holocausto)

Conhecer a história não pode ser considerado algo opcional, nem um simples exercício de memória. Conhecer a história é talvez a nossa maior responsabilidade comum enquanto sociedade e enquanto comunidade internacional. E porquê. Porque conhecer a história é a única forma de desenvolver o pensamento crítico e de compreender até onde o ser humano pode chegar quando o ódio é normalizado, quando se desumaniza quem temos diante dos olhos e quando se aceita que há pessoas que valem menos do que outras. Esta consciência torna se indispensável quando falamos daquele que é, sem dúvida, o episódio mais sombrio da história recente da humanidade, um episódio que representou a negação absoluta dos direitos humanos e da dignidade humana inviolável de milhões de pessoas.

De entre todos os dias do ano, o dia 27 de janeiro é, sem dúvida, um dos mais emotivos e significativos para milhões de pessoas em todo o mundo. Para quem acredita firmemente na defesa intransigente da dignidade humana e dos direitos humanos de todas as pessoas, este dia tem uma carga emocional imensa e profunda. Hoje, Dia Internacional em Memória das Vítimas do Holocausto, unimo nos, ou pelo menos deveríamos unir nos, para recordar as vítimas de um dos crimes mais abomináveis alguma vez cometidos pela humanidade.

Milhões de pessoas inocentes foram assassinadas de forma sistemática, planeada e orquestrada pela máquina nazi e por todos aqueles que foram cúmplices, quer de forma ativa quer através do mais vergonhoso dos silêncios. Seis milhões de judeus, homens, mulheres e crianças, foram exterminados apenas por serem quem eram. A estes somam se milhões de outras pessoas, até perfazer um número aproximado de dezassete milhões de vítimas. Falamos de prisioneiros de guerra, pessoas ciganas, sérvios, polacos, homossexuais, maçons, pessoas com deficiência, republicanos espanhóis, católicos, Testemunhas de Jeová e tantas outras pessoas que foram conduzidas à morte pelo simples facto de serem, sentirem, pensarem, rezarem ou amarem de forma diferente. As suas vozes foram silenciadas, a sua dignidade foi pisada e a sua humanidade foi abolida.

A Shoah foi um acontecimento único não apenas pela sua dimensão, mas também pelo caráter abominável da sua natureza. Foi o maior ato de terrorismo de Estado de toda a história da humanidade. Um crime executado a partir do poder, impregnado pela mais absoluta maldade e sustentado pela mais cruel das irracionalidades. Antes de assassinar milhões de pessoas, foi lhes negada a sua condição humana, foram transformadas em números, em ameaças, em algo descartável. Esse foi o primeiro passo para o extermínio.

Ao recordarmos a libertação do campo de concentração de Auschwitz Birkenau, a 27 de janeiro de 1945, não recordamos apenas um lugar. Recordamos o símbolo mais extremo da desumanização, aquelas imagens de destruição e morte que ainda hoje são insuportáveis de contemplar sem que os olhos se encham de lágrimas. É verdade que a libertação dos campos pôs fim ao massacre, mas nunca apagará o horror, a dor nem o dever de recordar aquela atrocidade.

Durante décadas quisemos acreditar que a humanidade era capaz de aprender com os seus erros e que os horrores do passado não voltariam a repetir se. No entanto, a realidade mostra nos que, infelizmente, não foi assim. Nos últimos anos temos assistido à persistência do ódio, da violência e da discriminação, profundamente enraizados nas nossas sociedades. O racismo, o antissemitismo, a intolerância religiosa e os discursos supremacistas não desapareceram. Pelo contrário, ressurgem com cada vez mais força, sobretudo entre as gerações mais jovens. Sempre estiveram lá, à espera do momento certo para se erguerem de novo, para questionarem direitos conquistados e para negarem ou banalizarem os crimes contra a humanidade cometidos durante o Holocausto, retirando toda a responsabilidade a quem os perpetraram através das formas mais sombrias e desprezíveis de crueldade.

Hoje, quem promove o ódio a partir do extremismo mais reacionário já não se esconde. Vemo lo nos ataques a locais de culto, na perseguição de quem é diferente e na banalização do sofrimento alheio. Não reconhecer esta realidade não é apenas um ato de ignorância, é também uma forma perigosa de cinismo que nos empurra, mais uma vez, para o mesmo abismo em que caímos no passado.

Durante décadas, ano após ano, repetimos até à exaustão a expressão “nunca mais”, mas enquanto humanidade esquecemo-la demasiadas vezes. Esquecemo-la nas ditaduras do Cone Sul; esquecemo-la no Ruanda; esquecemo-la nos Balcãs; esquecemo-la em Darfur, no Sudão; esquecemo-la no Congo; esquecemo-la em Myanmar com o povo rohingya; esquecemo-la na Ucrânia; e voltámos a esquecê-la em Gaza. Assim, não, o genocídio não é apenas uma recordação do passado; o genocídio é uma ferida aberta que continua a repetir-se diante dos nossos olhos, sem que tenhamos feito nada para o evitar ou, pelo menos, não o suficiente.

Por isso, dos horrores do passado devemos retirar a lição mais importante de todas. Que não pode voltar a acontecer, que não pode repetir se jamais em nenhuma parte do mundo, por nenhum povo nem por nenhuma nação contra outros povos e nações. Esse foi o compromisso assumido com a criação das Nações Unidas, quando o mundo prometeu trabalhar sempre em favor da paz e impedir que o manto da morte, da dor e da destruição voltasse a estender se sobre a humanidade. Mas falhámos demasiadas vezes, vezes demais.

Para que esse compromisso seja real e não apenas uma promessa vazia, é imprescindível que conheçamos a história e que esta seja ensinada nos centros educativos de todos os níveis. Só sendo conscientes e conhecedores da verdade poderemos reconhecer os sinais de alerta e agir a tempo antes que tudo volte a acontecer. Desconhecer a história é negar a dor das vítimas e negar a história é abrir a porta à repetição do horror. Como já advertiu Primo Levi, aqueles que negam Auschwitz estariam dispostos a fazê lo novamente.

A partir da memória de todas as vítimas da barbárie, devemos manter viva a luz que deve guiar sempre os nossos passos. Uma luz da memória que nos recorde que nenhum ser humano pode jamais ver violados os seus direitos mais básicos, inalienáveis e inseparáveis da dignidade humana. Uma dignidade da qual toda a pessoa é titular, sem qualquer distinção. Assim o afirma a Declaração Universal dos Direitos Humanos quando proclama que todas as pessoas nascem livres e iguais em dignidade e direitos, independentemente da sua origem, da sua língua, da sua fé, da cor da sua pele ou da forma como sentem, pensam ou amam.

É verdade que as forças obscuras do ódio são poderosas, mas a nossa vontade de as vencer tem de ser ainda mais poderosa. Porque vencer o ódio é a melhor forma de honrar a memória de todas as vítimas. A verdade, a memória e o compromisso são as ferramentas que nos permitirão construir um mundo de paz, um mundo em que a justiça e o respeito pelos direitos de todas as pessoas guiem sempre o nosso caminho.

Não importa quem és, não importa como és e não importa de onde vens. A tua dignidade humana, tal como a de qualquer outra pessoa no mundo, é antes de tudo inviolável. A humanidade, em toda a sua diversidade e riqueza, é sem dúvida o nosso maior e mais valioso património. Por isso, é nosso dever protegê la contra aquelas forças que apenas procuram o regresso da violência, do ódio e da discriminação, uma tríade que apenas trouxe destruição e morte.

Assim, por favor, em nome de quem viu a sua voz silenciada e a sua vida arrebatada, mantenhamos sempre viva a eterna luz da memória.

Para que nunca esqueçamos o que não deve regressar jamais.

Para que recordemos sempre quem já não está.

Recordemos e nunca esqueçamos.

Façamo lo.

Sempre.

Jesús y la homosexualidad: la gran pregunta

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

A lo largo de los años, como doctorando en Derecho y como representante de una entidad defensora de los derechos humanos, he visto muchas situaciones difíciles de imaginar a lo largo de mi vida. De todos los casos atendidos a lo largo de los años, sin duda las personas LGTBIQ+ suponen el grupo mayoritario de personas atendidas, ya sea de manera presencial o telemática.

En no pocas ocasiones, cuando he asistido a una persona que estaba siendo cuestionada en sus derechos más elementales por razón de su orientación sexual e identidad de género, me he encontrado con que el elemento religioso estaba muy presente en el núcleo familiar. Es más, en varias ocasiones las propias familias me han llegado a comentar que “el cura del pueblo ha estado aquí”, “hemos hablado con un amigo que da clases en el seminario”, “todo esto nos va a suponer un problema con la cofradía” o, de manera mucho más dura, “no queremos que acabe en el infierno”.

Muchas veces, no he sabido bien qué responder, porque, a fin de cuentas, también existe el derecho humano y fundamental a la libertad religiosa y de creencias. No es fácil ponderar derechos tan básicos como elementales, pero, a mi juicio, si hay un derecho que debe primar por encima de cualquier otro es el derecho a que ninguna persona sea desposeída de su dignidad inviolable e inherente por el mero hecho de serlo. Por tanto, más allá de cualquier consideración religiosa o moral personal, la dignidad humana debe estar por encima de todo. No en vano, la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos establece en su artículo 1 que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Pero, además, en su artículo 5, se establece que “nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles inhumanos o degradantes”. Por tanto, cuando se utilizan las creencias religiosas para negar la humanidad de otra persona, se está cometiendo un acto inhumano y degradante. Un acto que también supone un acto de tortura, ya sea física o emocional. Da igual cuáles sean nuestras creencias, porque ninguna de ellas puede servir de justificación para odiar a quien tenemos ante nuestros ojos. Así que, cuando nuestra religión nos pide odiar, tal vez lo mejor sea cambiar de religión o, directamente, no tener ninguna.

Pero, ¿qué dijo Jesús exactamente acerca de la homosexualidad? Sin duda, esta es una de esas preguntas que generan debate, ruido y muchas veces más prejuicios que conocimiento. Constantemente, se invoca la figura de Jesús para justificar rechazos, condenas morales y discursos excluyentes. Pero cuando nos acercamos a los Evangelios con calma, sin gritos ni consignas, la respuesta resulta bastante clara y, para algunas personas, incluso extremadamente incómoda. Y es que la respuesta es clara: Jesús nunca dijo nada explícito sobre la homosexualidad. Así pues, desde una perspectiva cristiana, Jesús no es un autor más dentro de la Biblia ni un simple referente moral, sino la revelación plena de Dios. Por eso, su palabra, sus gestos y también sus silencios son el criterio desde el que se interpreta el resto de la Escritura y no al revés.

Así, tal cual, debería acabar todo “debate” acerca de esto. En los cuatro Evangelios no aparece ni una sola palabra atribuida directamente a Jesús en la que hable de la homosexualidad, de las relaciones entre personas del mismo sexo o de su supuesta condena. No hay nada, solo un silencio absoluto. Y ese silencio, lejos de ser irrelevante, dice mucho más de lo que podemos llegar a pensar. Porque, en teología cristiana, el silencio de Jesús no es neutral ni vacío. Jesús habla con especial contundencia allí donde la dignidad humana es vulnerada y calla cuando otros pretenden imponer cargas morales que Él nunca puso sobre los hombros de nadie.

Es verdad, Jesús habló de muchas cosas. Hablaba del amor al prójimo y lo llevó hasta el extremo de amar a sus propios enemigos. Hablaba del perdón en aquellos casos en los que parece imposible perdonar. Hablaba de la misericordia frente a las leyes rígidas e injustas. Jesús no vino a abolir la Ley, sino a llevarla a su plenitud desde el amor, desplazando el centro desde la norma abstracta hacia la persona concreta que tiene delante. 

Jesús también hablaba de no juzgar, de no señalar, de no creerse nunca mejor que nadie. Habló de la hipocresía de quienes se creían personas justas mientras despreciaban a otras de la manera más absoluta e inhumana. Y, sobre todo, hablaba de poner a la persona en el centro, fuera quien fuera. En los Evangelios, Jesús nunca identifica el pecado con la orientación sexual ni con la identidad de nadie. El pecado aparece siempre vinculado a la hipocresía, a la falta de misericordia y al desprecio hacia la persona que tenemos ante nuestros ojos. 

Sí, es cierto, parece que hemos olvidado que, más allá de los lujosos templos, tallas artísticas, ricas vestiduras y grandes tesoros, Jesús se movió siempre con quienes se encontraban en los márgenes de la sociedad. Siempre estuvo al lado de quienes vivían en la pobreza, de quienes sufrían el azote de la enfermedad, de quienes vendían su propio cuerpo para sobrevivir, de las personas migrantes y, en definitiva, de las personas consideradas “impuras” o que, directamente, no eran consideradas como personas. Jesús nunca les preguntó a ninguna de ellas por su moral, ni cómo vivían su vida íntima, ni por si encajaban o no en el modelo social dominante. Jesús las miraba, las escuchaba, las abrazaba, las amaba y, desde ese amor, les devolvió su dignidad. Eso es lo que de verdad muestran los textos. Todo lo demás es prejuicio e hipocresía desde el púlpito durante la homilía. 

A veces se cita un pasaje en el que Jesús habla del matrimonio y menciona que el hombre se unirá a su mujer. Pero ese texto no tiene nada que ver con la homosexualidad. Jesús lo que está haciendo es responder a una pregunta concreta sobre el divorcio en el contexto judío del siglo I. No está definiendo la orientación sexual heterosexual ni tampoco estableciendo una condena a otras realidades afectivas. Por eso, sacar ese versículo de contexto para usarlo como arma arrojadiza para destruir y deshumanizar es, sencillamente, deshonesto y contrario al mensaje de amor que Jesús, si de verdad creemos en Él, siempre predicó. 

Es verdad que las condenas explícitas a las relaciones homosexuales aparecen en otros lugares de la Biblia, especialmente en el Levítico y en algunas cartas atribuidas a San Pablo. Las cartas paulinas forman parte del Nuevo Testamento, pero no tienen el mismo peso normativo que las palabras y acciones de Jesús, que constituyen el núcleo de la fe cristiana. Así que aquí conviene aclarar algo fundamental. Esas no son palabras de Jesús, son textos escritos en contextos históricos, culturales y sociales muy concretos y bajo los códigos morales propios de su tiempo. Por eso, confundir a Jesús con todo lo que dice la Biblia sin distinguir autores, épocas y géneros literarios es una simplificación que empobrece el mensaje cristiano hasta casi hacerlo desaparecer por completo. 

El núcleo del mensaje de Jesús no gira en torno a la sexualidad, y mucho menos a la orientación sexual. Pero sí gira en torno al amor, a la justicia, a la compasión y a la dignidad de cada ser humano. Jesús nunca persiguió a nadie por amar. Persiguió, eso sí, la hipocresía, el abuso de poder y la falta de humanidad, esa que, de verdad, impide entrar en el Reino de los Cielos. En los Evangelios, el criterio para participar del Reino de Dios no es la pureza sexual, sino la misericordia, la justicia y el amor al prójimo.

Por eso, cuando hoy en día se utiliza a Jesús para justificar el rechazo a las personas LGTBIQ+, conviene parar y preguntarse si eso tiene realmente respaldo en los Evangelios o si responde más bien a miedos, prejuicios o lecturas interesadas. Porque si algo queda claro al leer a Jesús con honestidad es que no vino a excluir, sino a ensanchar el círculo. Un círculo que engloba y abraza a “todos, todos, todos”, como decía el Papa Francisco. O, si lo preferimos, un círculo que nos abraza a todas, a todos y, sí, también a todes.

Desde una fe cristiana honesta, no se puede afirmar que Dios condene el amor mientras Jesús lo convierte en el mandamiento supremo. Y no se puede predicar un Evangelio que niegue la dignidad de quienes Jesús colocó en el centro.

Quizá la gran pregunta no sea qué dijo Jesús sobre la homosexualidad, sino qué es lo que estamos haciendo con su mensaje, cuando el verdadero amor hacia los demás no encaja en nuestras certezas.

Al final, si de verdad queremos seguirle, tal vez la clave esté en recordar que el verdadero amor, ese amor que libera, nunca puede ser pecado.

Porque la dignidad humana no necesita permiso para existir.

Y tampoco para amar. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Jesus and Homosexuality: The Great Question

Over the years, as a doctoral student in Law and as a representative of a human rights organisation, I have witnessed many situations that are difficult to imagine. Of all the cases I have handled throughout my life, there is no doubt that LGBTIQ+ people constitute the majority, whether attended in person or remotely.

On numerous occasions, when I have assisted someone whose most fundamental rights were being questioned because of their sexual orientation or gender identity, I have found that the religious element was very present within the family. In fact, families have often told me things such as, “the village priest has been here,” “we spoke with a friend who teaches at the seminary,” “all of this will cause us problems with the brotherhood,” or, far more harshly, “we do not want them to end up in hell.”

Many times, I have not known exactly how to respond, because, after all, there also exists the human and fundamental right to freedom of religion and belief. It is not easy to weigh such basic rights, but in my view, if there is a right that must prevail above all others, it is the right for no one to be stripped of their inherent and inviolable dignity simply for being who they are. Therefore, beyond any personal religious or moral consideration, human dignity must come first. Not in vain, the Universal Declaration of Human Rights establishes in its Article 1 that “All human beings are born free and equal in dignity and rights.” Moreover, Article 5 states that “No one shall be subjected to torture or to cruel, inhuman or degrading treatment or punishment.” Therefore, when religious beliefs are used to deny the humanity of another person, an inhuman and degrading act is being committed. An act that can also constitute torture, whether physical or emotional. It does not matter what our beliefs are, because none of them can justify hating the person in front of us. So, when our religion asks us to hate, perhaps the best thing is to change our religion or, simply, to have none.

But what did Jesus actually say about homosexuality? Undoubtedly, this is one of those questions that generates debate, noise, and often more prejudice than understanding. The figure of Jesus is constantly invoked to justify rejection, moral condemnation, and exclusionary discourse. But when we approach the Gospels calmly, without shouting or slogans, the answer becomes quite clear, and for some, even extremely uncomfortable. And the answer is clear: Jesus never said anything explicit about homosexuality. From a Christian perspective, Jesus is not just another author within the Bible, nor a mere moral reference, but the full revelation of God. That is why His words, His actions, and even His silences serve as the criterion by which the rest of Scripture is interpreted, and not the other way around.

Thus, that is how all “debate” on this subject should end. In the four Gospels, there is not a single word directly attributed to Jesus in which He speaks of homosexuality, same-sex relationships, or their supposed condemnation. There is nothing, only absolute silence. And that silence, far from being irrelevant, says far more than we might imagine. In Christian theology, Jesus’ silence is neither neutral nor empty. He speaks with particular force where human dignity is violated and remains silent when others attempt to impose moral burdens that He never placed on anyone’s shoulders.

It is true, Jesus spoke about many things. He spoke of love for one’s neighbour and took it to the extreme of loving even His own enemies. He spoke of forgiveness in cases where it seems impossible to forgive. He spoke of mercy in the face of rigid and unjust laws. Jesus did not come to abolish the Law, but to bring it to its fullness through love, shifting the focus from abstract rules to the concrete person before Him.

He also spoke of not judging, not condemning, and never thinking oneself superior to others. He denounced the hypocrisy of those who believed themselves righteous while despising others in the most absolute and inhuman way. Above all, He spoke of placing the person at the centre, whoever they might be. In the Gospels, Jesus never identifies sin with sexual orientation or anyone’s identity. Sin is always connected to hypocrisy, a lack of mercy, and contempt for the person before us.

It is true, we seem to have forgotten that, beyond the luxurious temples, artistic carvings, rich vestments, and great treasures, Jesus always moved among those on the margins of society. He was always beside those living in poverty, those suffering from disease, those selling their own bodies to survive, migrants, and, ultimately, people considered “unclean” or, in fact, not considered people at all. Jesus never asked any of them about their morality, how they lived their private lives, or whether they fitted the dominant social model. He looked at them, listened, embraced, loved them, and through that love restored their dignity. This is what the texts truly show. Everything else is prejudice and hypocrisy from the pulpit during the homily.

Sometimes a passage is cited in which Jesus speaks of marriage and mentions that a man shall be united with his wife. But that text has nothing to do with homosexuality. Jesus is simply answering a specific question about divorce in the Jewish context of the first century. He is not defining heterosexual orientation, nor is He condemning other forms of loving relationships. Therefore, taking that verse out of context to use it as a weapon to destroy and dehumanise is, quite simply, dishonest and contrary to the message of love that Jesus, if we truly believe in Him, always preached.

It is true that explicit condemnations of homosexual relationships appear elsewhere in the Bible, especially in Leviticus and in some letters attributed to Saint Paul. The Pauline letters are part of the New Testament, but they do not carry the same normative weight as the words and actions of Jesus, which constitute the core of the Christian faith. Therefore, it is important to clarify: these are not Jesus’ words. They are texts written in very specific historical, cultural, and social contexts and under the moral codes of their time. Confusing Jesus with everything the Bible says, without distinguishing authors, eras, and literary genres, is a simplification that impoverishes the Christian message almost to the point of erasing it completely.

The core of Jesus’ message is not centred on sexuality, let alone sexual orientation. It is centred on love, justice, compassion, and the dignity of every human being. Jesus never persecuted anyone for loving. He did, however, challenge hypocrisy, abuse of power, and inhumanity, the very things that truly prevent entrance into the Kingdom of Heaven. In the Gospels, the criterion for participating in God’s Kingdom is not sexual purity, but mercy, justice, and love for one’s neighbour.

Therefore, when Jesus is invoked today to justify the rejection of LGBTIQ+ people, it is worth pausing to ask whether this truly has support in the Gospels or whether it stems more from fear, prejudice, or self-interested interpretation. For if anything becomes clear when reading Jesus honestly, it is that He did not come to exclude, but to widen the circle. A circle that embraces “everyone, everyone, everyone,” as Pope Francis said. Or, if preferred, a circle that embraces all, every one, and yes, even those who identify as non-binary.

From an honest Christian faith, one cannot claim that God condemns love while Jesus makes it the supreme commandment. Nor can one preach a Gospel that denies the dignity of those Jesus placed at the centre.

Perhaps the great question is not what Jesus said about homosexuality, but what we are doing with His message when true love for others does not fit within our certainties.

In the end, if we truly wish to follow Him, perhaps the key is to remember that true love, the love that frees, can never be a sin.

Because human dignity does not need permission to exist.

And neither does love.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Gesù e l’omosessualità: la grande domanda

Negli anni, come dottorando in Giurisprudenza e come rappresentante di un’organizzazione a difesa dei diritti umani, ho visto molte situazioni difficili da immaginare. Tra tutti i casi seguiti nel corso della mia vita, senza dubbio le persone LGBTIQ+ costituiscono il gruppo maggioritario, sia che siano state assistite di persona sia a distanza.

In molte occasioni, quando ho assistito qualcuno i cui diritti fondamentali erano messi in discussione a causa del suo orientamento sessuale o della sua identità di genere, ho constatato che l’elemento religioso era molto presente all’interno del nucleo familiare. Anzi, le famiglie mi hanno spesso detto cose come: “il parroco del paese è venuto qui”, “abbiamo parlato con un amico che insegna in seminario”, “tutto questo ci creerà problemi con la confraternita”, o, in maniera molto più dura, “non vogliamo che finisca all’inferno”.

Molte volte non sapevo esattamente cosa rispondere, perché, in fondo, esiste anche il diritto umano e fondamentale alla libertà religiosa e di credo. Non è facile bilanciare diritti così essenziali, ma a mio avviso, se c’è un diritto che deve prevalere su tutti gli altri, è quello per cui nessuno possa essere privato della propria dignità inviolabile e inerente semplicemente per il fatto di essere. Pertanto, al di là di qualsiasi considerazione religiosa o morale personale, la dignità umana deve venire prima di tutto. Non a caso, la Dichiarazione Universale dei Diritti Umani stabilisce nel suo articolo 1 che “Tutti gli esseri umani nascono liberi ed eguali in dignità e diritti”. Inoltre, nell’articolo 5, si afferma che “Nessuno sarà sottoposto a tortura né a trattamenti o punizioni crudeli, inumani o degradanti”. Pertanto, quando le convinzioni religiose vengono usate per negare l’umanità di un’altra persona, si commette un atto inumano e degradante. Un atto che può anche costituire tortura, sia fisica sia emotiva. Non importa quali siano le nostre convinzioni, perché nessuna di esse può giustificare l’odio verso chi abbiamo davanti. Quindi, quando la nostra religione ci chiede di odiare, forse la cosa migliore è cambiare religione o, semplicemente, non averne alcuna.

Ma cosa ha detto esattamente Gesù riguardo l’omosessualità? Senza dubbio, questa è una di quelle domande che generano dibattito, rumore e spesso più pregiudizi che conoscenza. La figura di Gesù viene costantemente invocata per giustificare rifiuti, condanne morali e discorsi esclusivi. Ma quando ci avviciniamo ai Vangeli con calma, senza urla né slogan, la risposta diventa piuttosto chiara, e per alcuni persino estremamente scomoda. E la risposta è chiara: Gesù non ha mai detto nulla di esplicito sull’omosessualità. Da una prospettiva cristiana, Gesù non è un semplice autore all’interno della Bibbia, né un mero riferimento morale, ma la piena rivelazione di Dio. Per questo le sue parole, i suoi gesti e anche i suoi silenzi costituiscono il criterio attraverso il quale si interpreta il resto delle Scritture, e non il contrario.

Così, tutto il “dibattito” su questo tema dovrebbe finire qui. Nei quattro Vangeli non appare una sola parola attribuita direttamente a Gesù in cui parli di omosessualità, di relazioni tra persone dello stesso sesso o della loro presunta condanna. Non c’è nulla, solo silenzio assoluto. E quel silenzio, lungi dall’essere irrilevante, dice molto più di quanto possiamo immaginare. Nella teologia cristiana, il silenzio di Gesù non è neutrale né vuoto. Egli parla con particolare forza dove la dignità umana è violata e tace quando altri tentano di imporre pesi morali che Egli non ha mai posto sulle spalle di nessuno.

È vero, Gesù parlava di molte cose. Parlava dell’amore per il prossimo e lo portava all’estremo, amando persino i propri nemici. Parlava del perdono in quei casi in cui sembra impossibile perdonare. Parlava di misericordia di fronte a leggi rigide e ingiuste. Gesù non è venuto ad abolire la Legge, ma a portarla alla sua pienezza attraverso l’amore, spostando il centro dalla norma astratta alla persona concreta davanti a Lui.

Parlava anche di non giudicare, di non condannare e di non sentirsi mai superiori agli altri. Denunciava l’ipocrisia di chi si riteneva giusto mentre disprezzava gli altri nel modo più assoluto e disumano. E, soprattutto, parlava di mettere la persona al centro, chiunque fosse. Nei Vangeli, Gesù non identifica mai il peccato con l’orientamento sessuale o con l’identità di nessuno. Il peccato è sempre legato all’ipocrisia, alla mancanza di misericordia e al disprezzo verso la persona davanti a noi.

È vero, sembra che abbiamo dimenticato che, al di là dei sontuosi templi, delle sculture artistiche, dei ricchi paramenti e dei grandi tesori, Gesù si muoveva sempre tra chi era ai margini della società. Era sempre accanto a chi viveva nella povertà, a chi soffriva per malattia, a chi vendeva il proprio corpo per sopravvivere, ai migranti e, in definitiva, alle persone considerate “impure” o che, di fatto, non erano considerate persone. Gesù non chiedeva mai a nessuno di loro della loro morale, di come conducevano la propria vita privata, né se si adattassero al modello sociale dominante. Li guardava, li ascoltava, li abbracciava, li amava e, attraverso quell’amore, restituiva loro dignità. Questo è ciò che i testi mostrano davvero. Tutto il resto è pregiudizio e ipocrisia dal pulpito durante l’omelia.

A volte si cita un passo in cui Gesù parla del matrimonio e menziona che l’uomo si unirà alla sua moglie. Ma quel testo non ha nulla a che fare con l’omosessualità. Gesù sta semplicemente rispondendo a una domanda specifica sul divorzio nel contesto ebraico del primo secolo. Non sta definendo l’orientamento eterosessuale né condannando altre forme di relazioni affettive. Perciò, estrapolare quel versetto dal contesto per usarlo come arma per distruggere e disumanizzare è, semplicemente, disonesto e contrario al messaggio di amore che Gesù, se crediamo davvero in Lui, ha sempre predicato.

È vero che condanne esplicite alle relazioni omosessuali compaiono altrove nella Bibbia, specialmente nel Levitico e in alcune lettere attribuite a San Paolo. Le lettere paoline fanno parte del Nuovo Testamento, ma non hanno lo stesso peso normativo delle parole e delle azioni di Gesù, che costituiscono il nucleo della fede cristiana. Perciò è importante chiarire: queste non sono parole di Gesù. Sono testi scritti in contesti storici, culturali e sociali molto specifici e secondo codici morali del loro tempo. Confondere Gesù con tutto ciò che dice la Bibbia, senza distinguere autori, epoche e generi letterari, è una semplificazione che impoverisce il messaggio cristiano fino quasi a farlo scomparire del tutto.

Il nucleo del messaggio di Gesù non ruota intorno alla sessualità, e tanto meno all’orientamento sessuale. Ruota invece intorno all’amore, alla giustizia, alla compassione e alla dignità di ogni essere umano. Gesù non ha mai perseguitato nessuno per amore. Ha invece sfidato l’ipocrisia, l’abuso di potere e la disumanità, quelle stesse cose che davvero impediscono l’ingresso nel Regno dei Cieli. Nei Vangeli, il criterio per partecipare al Regno di Dio non è la purezza sessuale, ma la misericordia, la giustizia e l’amore per il prossimo.

Per questo, quando oggi Gesù viene invocato per giustificare il rifiuto delle persone LGBTIQ+, vale la pena fermarsi e chiedersi se ciò abbia davvero fondamento nei Vangeli o se derivi piuttosto dalla paura, dai pregiudizi o da interpretazioni interessate. Perché se qualcosa appare chiaro leggendo Gesù con onestà, è che Egli non è venuto per escludere, ma per allargare il cerchio. Un cerchio che abbraccia “tutti, tutti, tutti”, come dice Papa Francesco. Oppure, se preferiamo, un cerchio che abbraccia tutte, tutti e, sì, anche chi si identifica come non binario.

Da una fede cristiana onesta, non si può affermare che Dio condanni l’amore mentre Gesù lo fa diventare il comandamento supremo. Né si può predicare un Vangelo che neghi la dignità di chi Gesù ha posto al centro.

Forse la grande domanda non è cosa abbia detto Gesù sull’omosessualità, ma cosa stiamo facendo del suo messaggio, quando il vero amore per gli altri non rientra nelle nostre certezze.

Alla fine, se vogliamo davvero seguirlo, forse la chiave sta nel ricordare che il vero amore, l’amore che libera, non può mai essere peccato.

Perché la dignità umana non ha bisogno di permesso per esistere.

E nemmeno l’amore.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Jésus et l’homosexualité : la grande question

Au fil des années, en tant que doctorant en droit et représentant d’une organisation de défense des droits humains, j’ai été témoin de nombreuses situations difficiles à imaginer. Parmi tous les cas suivis au cours de ma vie, les personnes LGBTIQ+ constituent sans aucun doute le groupe majoritaire, qu’elles soient accompagnées en présentiel ou à distance.

À de nombreuses reprises, lorsque j’ai assisté une personne dont les droits fondamentaux étaient remis en question en raison de son orientation sexuelle ou de son identité de genre, j’ai constaté que l’élément religieux était très présent au sein du foyer familial. De fait, les familles m’ont souvent dit : « Le curé du village est venu ici », « Nous avons parlé avec un ami qui enseigne au séminaire », « Tout cela va nous causer des problèmes avec la confrérie » ou, de façon beaucoup plus dure, « Nous ne voulons pas qu’il finisse en enfer ».

Souvent, je ne savais pas exactement quoi répondre, car, après tout, il existe aussi le droit humain et fondamental à la liberté de religion et de croyance. Il n’est pas facile de concilier des droits aussi essentiels, mais à mon avis, s’il existe un droit qui doit primer sur tous les autres, c’est celui qui garantit qu’aucune personne ne soit privée de sa dignité inviolable et inhérente simplement parce qu’elle est ce qu’elle est. Ainsi, au-delà de toute considération religieuse ou morale personnelle, la dignité humaine doit passer avant tout. Il n’est pas étonnant que la Déclaration universelle des droits de l’homme stipule dans son article premier que « Tous les êtres humains naissent libres et égaux en dignité et en droits ». De plus, l’article 5 affirme que « Nul ne sera soumis à la torture ni à des peines ou traitements cruels, inhumains ou dégradants ». Par conséquent, lorsqu’on utilise les croyances religieuses pour nier l’humanité d’une autre personne, on commet un acte inhumain et dégradant. Un acte qui peut également constituer une torture, qu’elle soit physique ou émotionnelle. Peu importent nos croyances, aucune ne peut justifier la haine envers la personne qui se trouve devant nous. Ainsi, lorsque notre religion nous demande de haïr, il vaut peut-être mieux changer de religion ou, tout simplement, n’en avoir aucune.

Mais que disait exactement Jésus à propos de l’homosexualité ? Sans doute, c’est l’une de ces questions qui suscitent débat, bruit et souvent plus de préjugés que de connaissance. La figure de Jésus est constamment invoquée pour justifier des rejets, des condamnations morales et des discours exclusifs. Mais lorsque l’on aborde les Évangiles avec calme, sans cris ni slogans, la réponse devient assez claire, et pour certains, extrêmement inconfortable. Et la réponse est simple : Jésus n’a jamais rien dit d’explicite sur l’homosexualité. Ainsi, d’un point de vue chrétien, Jésus n’est pas un simple auteur parmi d’autres dans la Bible, ni un simple repère moral, mais la pleine révélation de Dieu. C’est pourquoi ses paroles, ses gestes et même ses silences constituent le critère par lequel on interprète le reste des Écritures, et non l’inverse.

Ainsi, tout « débat » sur ce sujet devrait s’achever ici. Dans les quatre Évangiles, il n’existe pas une seule parole attribuée directement à Jésus où il parle d’homosexualité, de relations entre personnes du même sexe ou de leur prétendue condamnation. Il n’y a rien, seulement un silence absolu. Et ce silence, loin d’être insignifiant, en dit beaucoup plus que ce que l’on pourrait penser. En théologie chrétienne, le silence de Jésus n’est ni neutre ni vide. Il parle avec force là où la dignité humaine est bafouée et se tait lorsque d’autres cherchent à imposer des fardeaux moraux qu’il n’a jamais placés sur les épaules de quiconque.

Il est vrai, Jésus parlait de beaucoup de choses. Il parlait de l’amour du prochain et le portait à l’extrême, jusqu’à aimer ses ennemis. Il parlait du pardon dans les cas où il semble impossible de pardonner. Il parlait de la miséricorde face à des lois rigides et injustes. Jésus n’est pas venu abolir la Loi, mais la porter à sa plénitude par l’amour, en déplaçant le centre de la norme abstraite vers la personne concrète devant lui.

Jésus parlait aussi de ne pas juger, de ne pas condamner et de ne jamais se croire supérieur à autrui. Il dénonçait l’hypocrisie de ceux qui se croyaient justes tout en méprisant les autres de la manière la plus absolue et inhumaine. Et surtout, il parlait de placer la personne au centre, quel qu’elle soit. Dans les Évangiles, Jésus n’identifie jamais le péché à l’orientation sexuelle ou à l’identité de quelqu’un. Le péché est toujours lié à l’hypocrisie, au manque de miséricorde et au mépris de la personne qui est devant nous.

Il est vrai, il semble que nous ayons oublié qu’au-delà des somptueux temples, des œuvres artistiques, des riches vêtements liturgiques et des grands trésors, Jésus se mouvait toujours parmi ceux qui étaient en marge de la société. Il était toujours aux côtés de ceux qui vivaient dans la pauvreté, de ceux frappés par la maladie, de ceux qui vendaient leur corps pour survivre, des migrants et, en définitive, de ceux considérés comme « impurs » ou qui, en fait, n’étaient pas considérés comme des personnes. Jésus ne leur demandait jamais leur morale, la manière dont ils vivaient leur vie intime, ni s’ils correspondaient au modèle social dominant. Il les regardait, les écoutait, les embrassait, les aimait et, par cet amour, leur rendait leur dignité. C’est ce que les textes montrent réellement. Tout le reste est préjugé et hypocrisie depuis la chaire lors de l’homélie.

Parfois, on cite un passage où Jésus parle du mariage et mentionne que l’homme s’attachera à sa femme. Mais ce texte n’a rien à voir avec l’homosexualité. Jésus répond simplement à une question précise sur le divorce dans le contexte juif du premier siècle. Il ne définit pas l’orientation hétérosexuelle et ne condamne pas d’autres formes de relations affectives. C’est pourquoi sortir ce verset de son contexte pour en faire une arme visant à détruire et déshumaniser est tout simplement malhonnête et contraire au message d’amour que Jésus, si nous croyons vraiment en lui, a toujours prêché.

Il est vrai que des condamnations explicites des relations homosexuelles apparaissent ailleurs dans la Bible, notamment dans le Lévitique et dans certaines lettres attribuées à Saint Paul. Les lettres pauliniennes font partie du Nouveau Testament, mais n’ont pas le même poids normatif que les paroles et actions de Jésus, qui constituent le cœur de la foi chrétienne. Il est donc important de préciser : ce ne sont pas les paroles de Jésus. Ce sont des textes rédigés dans des contextes historiques, culturels et sociaux très précis, selon les codes moraux de leur époque. Confondre Jésus avec tout ce que dit la Bible, sans distinguer auteurs, époques et genres littéraires, est une simplification qui appauvrit le message chrétien jusqu’à presque le faire disparaître complètement.

Le cœur du message de Jésus ne tourne pas autour de la sexualité, et encore moins de l’orientation sexuelle. Il tourne autour de l’amour, de la justice, de la compassion et de la dignité de chaque être humain. Jésus n’a jamais persécuté quelqu’un pour avoir aimé. Il a en revanche combattu l’hypocrisie, l’abus de pouvoir et le manque d’humanité, ces mêmes choses qui empêchent véritablement d’entrer dans le Royaume des Cieux. Dans les Évangiles, le critère pour participer au Royaume de Dieu n’est pas la pureté sexuelle, mais la miséricorde, la justice et l’amour du prochain.

C’est pourquoi, lorsque Jésus est invoqué aujourd’hui pour justifier le rejet des personnes LGBTIQ+, il convient de s’arrêter et de se demander si cela trouve réellement appui dans les Évangiles ou si cela résulte plutôt de peurs, de préjugés ou de lectures intéressées. Car ce qui apparaît clairement à la lecture honnête de Jésus, c’est qu’il n’est pas venu pour exclure, mais pour élargir le cercle. Un cercle qui englobe et embrasse « tous, tous, tous », comme le dit le Pape François. Ou, si l’on préfère, un cercle qui embrasse toutes, tous et, oui, aussi ceux qui se considèrent comme non binaires.

Dans une foi chrétienne honnête, on ne peut pas affirmer que Dieu condamne l’amour alors que Jésus en fait le commandement suprême. On ne peut pas non plus prêcher un Évangile qui nie la dignité de ceux que Jésus a placés au centre.

Peut-être que la grande question n’est pas ce que Jésus a dit sur l’homosexualité, mais ce que nous faisons de son message lorsque le véritable amour pour les autres ne s’accorde pas avec nos certitudes.

En fin de compte, si nous voulons vraiment le suivre, peut-être que la clé est de se rappeler que le véritable amour, cet amour qui libère, ne peut jamais être un péché.

Car la dignité humaine n’a pas besoin d’autorisation pour exister.

Et l’amour non plus.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Jesus e a homossexualidade: a grande questão

Ao longo dos anos, como doutorando em Direito e como representante de uma entidade de defesa dos direitos humanos, testemunhei muitas situações difíceis de imaginar. De todos os casos acompanhados ao longo da minha vida, sem dúvida as pessoas LGTBIQ+ constituem o grupo maioritário, quer tenham sido acompanhadas presencialmente, quer à distância.

Por diversas vezes, quando assisti alguém cujos direitos fundamentais estavam a ser questionados por causa da sua orientação sexual ou identidade de género, verifiquei que o elemento religioso estava muito presente no seio familiar. Mais ainda, as próprias famílias chegaram a dizer-me: “O padre da aldeia esteve aqui”, “Falámos com um amigo que dá aulas no seminário”, “Tudo isto vai-nos causar problemas com a confraria” ou, de forma muito mais dura, “Não queremos que acabe no inferno”.

Muitas vezes, não soube exatamente como responder, pois, no fim de contas, também existe o direito humano e fundamental à liberdade religiosa e de crença. Não é fácil ponderar direitos tão básicos, mas, na minha opinião, se há um direito que deve prevalecer sobre todos os outros, é o direito a que nenhuma pessoa seja privada da sua dignidade inviolável e inerente simplesmente por ser quem é. Por isso, para além de qualquer consideração religiosa ou moral pessoal, a dignidade humana deve estar acima de tudo. Não é por acaso que a Declaração Universal dos Direitos Humanos estabelece, no seu artigo 1.º, que “Todos os seres humanos nascem livres e iguais em dignidade e direitos”. Além disso, no artigo 5.º, está estipulado que “Ninguém será sujeito a tortura, nem a penas ou tratamentos cruéis, desumanos ou degradantes”. Por conseguinte, quando se utilizam crenças religiosas para negar a humanidade de outra pessoa, está-se a cometer um ato desumano e degradante. Um ato que também pode constituir tortura, física ou emocional. Independentemente das nossas crenças, nenhuma delas pode servir de justificação para odiar quem temos à nossa frente. Assim, quando a nossa religião nos pede para odiar, talvez seja melhor mudar de religião ou, simplesmente, não ter nenhuma.

Mas o que disse exactamente Jesus sobre a homossexualidade? Sem dúvida, esta é uma daquelas questões que geram debate, ruído e, muitas vezes, mais preconceito do que conhecimento. A figura de Jesus é constantemente invocada para justificar rejeições, condenações morais e discursos exclusivos. Mas quando nos aproximamos dos Evangelhos com calma, sem gritos nem slogans, a resposta torna-se bastante clara, e para algumas pessoas, extremamente incómoda. E a resposta é simples: Jesus nunca disse nada de explícito sobre a homossexualidade. Assim, numa perspetiva cristã, Jesus não é apenas mais um autor na Bíblia nem um simples referente moral, mas a plena revelação de Deus. Por isso, as suas palavras, gestos e mesmo os seus silêncios são o critério pelo qual se interpreta o restante da Escritura, e não o contrário.

Deste modo, todo o “debate” sobre este tema deveria terminar aqui. Nos quatro Evangelhos não existe uma única palavra atribuída diretamente a Jesus em que ele fale sobre homossexualidade, relações entre pessoas do mesmo sexo ou a sua suposta condenação. Não há nada, apenas um silêncio absoluto. E esse silêncio, longe de ser irrelevante, diz muito mais do que se pode imaginar. Na teologia cristã, o silêncio de Jesus não é neutro nem vazio.Ele fala com especial contundência onde a dignidade humana é violada e permanece em silêncio quando outros tentam impor encargos morais que Ele nunca colocou nos ombros de ninguém.

É verdade, Jesus falou sobre muitas coisas. Falava do amor ao próximo e levava-o ao extremo, amando até os seus próprios inimigos. Falava do perdão em situações em que parecia impossível perdoar. Falava da misericórdia perante leis rígidas e injustas. Jesus não veio abolir a Lei, mas sim levá-la à sua plenitude através do amor, deslocando o centro da norma abstrata para a pessoa concreta que tinha à sua frente.

Jesus também falava de não julgar, de não apontar o dedo e de nunca se considerar superior a ninguém. Denunciava a hipocrisia daqueles que se julgavam justos enquanto desprezavam outros de forma absoluta e desumana. E, acima de tudo, falava de colocar a pessoa no centro, independentemente de quem fosse. Nos Evangelhos, Jesus nunca identifica o pecado com a orientação sexual ou a identidade de alguém. O pecado está sempre ligado à hipocrisia, à falta de misericórdia e ao desprezo pela pessoa que temos à nossa frente.

É certo que parece que esquecemos que, para além dos templos luxuosos, das obras de arte, das ricas vestes litúrgicas e dos grandes tesouros, Jesus movimentava-se sempre junto daqueles que se encontravam à margem da sociedade. Estava sempre ao lado dos que viviam na pobreza, dos que sofriam da doença, dos que vendiam o próprio corpo para sobreviver, dos migrantes e, em definitivo, das pessoas consideradas “impuras” ou que, na realidade, não eram sequer vistas como pessoas. Jesus nunca lhes perguntou sobre a sua moral, como viviam a vida íntima ou se se enquadravam no modelo social dominante. Ele olhava para elas, escutava-as, abraçava-as, amava-as e, a partir desse amor, devolvia-lhes a dignidade. É isto que os textos mostram de facto. Todo o resto é preconceito e hipocrisia a partir do púlpito durante a homilia.

Por vezes, cita-se um episódio em que Jesus fala do casamento e menciona que o homem se unirá à sua mulher. Mas esse texto não tem nada a ver com a homossexualidade. Jesus estava apenas a responder a uma questão concreta sobre o divórcio no contexto judaico do século I. Ele não estava a definir a orientação heterossexual nem a condenar outras formas de relações afetivas. Por isso, retirar este versículo do contexto para o usar como arma para destruir e desumanizar é simplesmente desonesto e contrário à mensagem de amor que Jesus, se realmente acreditamos nele, sempre pregou.

É verdade que condenações explícitas das relações homossexuais aparecem noutros locais da Bíblia, especialmente no Levítico e em algumas cartas atribuídas a São Paulo. As cartas paulinas fazem parte do Novo Testamento, mas não têm o mesmo peso normativo que as palavras e ações de Jesus, que constituem o núcleo da fé cristã. Convém esclarecer que essas não são palavras de Jesus. São textos escritos em contextos históricos, culturais e sociais muito concretos, segundo os códigos morais da época. Confundir Jesus com tudo o que a Bíblia diz, sem distinguir autores, épocas e géneros literários, é uma simplificação que empobrece a mensagem cristã até quase fazê-la desaparecer por completo.

O núcleo da mensagem de Jesus não gira em torno da sexualidade, e muito menos da orientação sexual. Gira em torno do amor, da justiça, da compaixão e da dignidade de cada ser humano. Jesus nunca perseguiu ninguém por amar. Perseguiu, isso sim, a hipocrisia, o abuso de poder e a falta de humanidade, aquilo que, de facto, impede a entrada no Reino dos Céus. Nos Evangelhos, o critério para participar no Reino de Deus não é a pureza sexual, mas a misericórdia, a justiça e o amor ao próximo.

Por isso, quando hoje se invoca Jesus para justificar o rejeito das pessoas LGTBIQ+, convém parar e perguntar se isso tem realmente respaldo nos Evangelhos ou se resulta mais de medos, preconceitos ou leituras interessadas. Porque se algo fica claro ao ler Jesus com honestidade é que ele não veio para excluir, mas para alargar o círculo. Um círculo que engloba e abraça “todos, todos, todos”, como disse o Papa Francisco. Ou, se quisermos, um círculo que abraça todas, todos e, sim, também os que se consideram não binários.

Numa fé cristã honesta, não se pode afirmar que Deus condena o amor quando Jesus o transforma no mandamento supremo. Também não se pode pregar um Evangelho que negue a dignidade de quem Jesus colocou no centro.

Talvez a grande questão não seja o que Jesus disse sobre a homossexualidade, mas o que estamos a fazer com a sua mensagem quando o verdadeiro amor pelos outros não se encaixa nas nossas certezas.

No fim, se quisermos verdadeiramente segui-lo, talvez a chave esteja em lembrar que o verdadeiro amor, esse amor que liberta, nunca pode ser pecado.

Porque a dignidade humana não precisa de permissão para existir.

E o amor também não.