Irán: ¿Al borde de un nuevo amanecer?

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🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

La mañana del 28 de febrero quedó marcada por un horror que ningún conflicto debería permitir. Un ataque aéreo conjunto de Estados Unidos e Israel alcanzó la escuela primaria Shajareh Tayyebeh en Minab, al sur de Irán, mientras decenas de niñas estaban en clase. Sus risas y juegos se vieron reemplazados por escombros, gritos y caos. Muchas perdieron la vida, otras resultaron heridas, y las imágenes de mochilas y cuadernos ensangrentados recorrieron el mundo, despertando dolor, indignación y un profundo sentido de injusticia por la muerte de niñas inocentes atrapadas en una guerra que no les pertenece.

Irán es un país que lleva décadas viviendo en una tensión constante entre la fe, el poder y la libertad. Un lugar donde la religión se convirtió en Estado, donde la política adoptó un lenguaje sagrado y donde millones de personas han aprendido a convivir con normas que moldean desde la vida pública hasta los gestos más íntimos de lo cotidiano. 

A lo largo de casi medio siglo, generaciones enteras han crecido entre promesas revolucionarias, sanciones internacionales, periodos de esperanza y etapas de dura represión, construyendo una sociedad compleja que no puede explicarse solo desde fuera. Entender lo que sucede hoy en Irán exige mirar ese largo pulso entre tradición y cambio, entre autoridad y ciudadanía, entre un sistema que busca perpetuarse y un pueblo que, una y otra vez, ha demostrado su deseo de decidir su propio futuro.

Irán, en estos momentos, está viviendo uno de los puntos de inflexión más importantes de su historia reciente. Acaba de confirmarse la muerte del ayatolá Alí Jameneí, líder supremo de la República Islámica desde 1989, tras un ataque militar conjunto de Estados Unidos e Israel que ha alterado por completo la situación política y social del país. Esto pone fin a casi cuatro décadas de control férreo sobre la vida política iraní y abre una etapa incierta para la nación, pero también llena de tensiones internas, expectativas externas y grandes riesgos tanto para su propio pueblo como para todo Oriente Próximo.

Más allá del acontecimiento inmediato, lo verdaderamente relevante no es solo lo ocurrido, sino las tensiones históricas que ese momento ha puesto al descubierto. Las protestas sociales, las divisiones entre distintas élites políticas y las crecientes demandas de derechos humanos revelan un país cuya transformación no depende únicamente de un hecho aislado, sino de procesos internos que llevan décadas gestándose. Comprender estos movimientos internos es esencial para anticipar cómo se desarrollará el futuro político y social, y para recordar que cualquier cambio significativo debe surgir desde dentro de la sociedad iraní, no como imposición externa.

La operación militar llevada a cabo por Estados Unidos e Israel que resultó en la muerte del ayatolá Jameneí constituye una flagrante violación del derecho internacional y un precedente peligroso para la estabilidad regional. Intervenciones de este tipo, realizadas sin el consentimiento de la nación soberana, socavan los principios de la diplomacia y del diálogo multilateral. Además, aumentan el riesgo de conflictos, provocan represalias y causan un daño directo a la población civil, que sufre las consecuencias de decisiones tomadas lejos de su propia comunidad.

Las consecuencias de acciones de este tipo se extienden mucho más allá de las fronteras de Irán. Desestabilizan la región, agravan las tensiones y ponen en riesgo la vida de millones de personas. La responsabilidad de estas decisiones recae directamente sobre las potencias que actúan unilateralmente, ignorando tanto la vida humana como las normas internacionales. Condenar la opresión dentro de Irán es esencial, pero nunca puede usarse para justificar la violencia externa, que a menudo genera más sufrimiento del que pretende aliviar.

La intervención militar de Estados Unidos e Israel no solo afecta a Irán, sino que pone en grave riesgo la estabilidad de toda la región y amenaza la paz mundial. Actuar sin el consentimiento de un Estado soberano constituye una clara vulneración del derecho internacional y socava los mecanismos de resolución pacífica de conflictos. Este tipo de agresiones no solo incrementa las tensiones, sino que multiplica la posibilidad de enfrentamientos en cadena, con consecuencias devastadoras para millones de civiles inocentes y para la seguridad global.

Cualquier análisis honesto de la situación iraní debe comenzar por una premisa fundamental: la defensa de los derechos humanos no puede construirse sobre la legitimación de la violencia internacional ni sobre acciones militares unilaterales que vulneren el derecho internacional. Las intervenciones armadas externas, independientemente de quién las ejecute o de los objetivos declarados, rara vez han traído estabilidad democrática duradera en Oriente Medio y con frecuencia han profundizado el sufrimiento de las poblaciones civiles. Reconocer las limitaciones y contradicciones del poder iraní no implica, en ningún caso, justificar operaciones militares extranjeras ni aceptar que el cambio político pueda imponerse desde fuera.

Jameneí, con 86 años, fue el segundo “líder supremo” de Irán desde la revolución de 1979. Asumió el poder tras la muerte de Ruhollah Jomeiní, el artífice de la revolución islámica que derrocó al Sha y transformó al país en una teocracia. Desde entonces, Jameneí se mantuvo como la figura central del régimen, controlando el poder político, militar y judicial, y supervisando un sistema que ha priorizado la doctrina religiosa por encima de las demandas de una sociedad cada vez más joven y diversa.

Para entender lo que está ocurriendo hoy en Irán, hay que mirar hacia atrás casi cinco décadas. En 1979, tras una intensa primavera de protestas, huelgas y levantamientos, salió expulsado el Sha de Persia, Mohammad Reza Pahlevi, un monarca apoyado por Estados Unidos que, con un gobierno secular y modernizador, había concentrado gran parte del poder político en su persona. Su caída fue recibida con entusiasmo por buena parte de la población, que veía al fin el final de décadas de corrupción, desigualdades y represión.

Pero ese cambio dio paso a la Revolución Islámica, liderada por figuras religiosas como Jomeiní, que apostaron por un régimen basado en la interpretación conservadora del islam chiita. La idea era sencilla: un Estado donde la religión fuese el eje de la vida pública, la moral y la ley. Sobre el papel, se trataba de devolver al pueblo iraní la soberanía que había perdido bajo un monarca autoritario. En la práctica, sin embargo, se consolidó una estructura donde el poder real residía en un clero muy cerrado y jerarquizado, con el líder supremo en la cúspide. 

Desde entonces, Irán ha experimentado tensiones internas profundas. Por un lado, sectores conservadores y religiosos han defendido un retorno a valores tradicionales y a una interpretación estricta de la ley islámica. Por otro, generaciones enteras han vivido con frustración el estancamiento político, la falta de libertades y un sistema en el que muchas decisiones clave no dependen del voto popular, sino de instituciones controladas por la Guardia Revolucionaria y el propio clero.

Bajo Jameneí, Irán se consolidó como una teocracia con un fuerte aparato militar y un sistema judicial y policial diseñado para mantener el control. La Guardia Revolucionaria Islámica, un cuerpo armado con enormes recursos, se convirtió en el guardián del régimen, capaz de sofocar protestas y reprimir cualquier disidencia con rapidez y violencia.

Esto se dejó ver en las masivas protestas que han ocurrido en las últimas décadas, especialmente las de 2009, conocidas como el “Movimiento Verde”, y las de 2022, después de la muerte de Mahsa Amini, una joven kurda que falleció bajo custodia policial por no llevar el hiyab “correctamente”. Su muerte desató manifestaciones masivas bajo el lema «Mujer, Vida, Libertad«, que cruzaron todas las clases sociales y regiones del país, exigiendo derechos básicos, justicia y igualdad para las mujeres y para toda la población. 

La respuesta del régimen fue brutal. Las fuerzas de seguridad respondieron con disparos, arrestos masivos, torturas y ejecuciones. El número de víctimas mortales ha sido objeto de controversia. Las cifras oficiales reducidas contrastan con estimaciones de observadores independientes que hablan de miles de muertos y decenas de miles de detenidos. 

Human Rights Watch y otras organizaciones han documentado cómo en 2025 y principios de 2026 el uso de la violencia por parte del Estado se intensificó. Hubo ejecuciones masivas, juicios sin garantías, torturas sistemáticas, negación de atención médica a los presos y un uso escalado de la pena de muerte incluso contra minorías y activistas.

Uno de los temas más delicados y desesperantes dentro de Irán es la situación de las mujeres. Desde la revolución, el régimen impuso leyes que controlan la vestimenta, la conducta y los derechos legales de las mujeres. El uso obligatorio del hijab, por ejemplo, no es solo una norma social, también es ley. Las mujeres sufren discriminación en asuntos tan básicos como el matrimonio, el divorcio, la custodia de los hijos o el acceso a ciertos trabajos.

Las protestas de 2022 fueron, en buena medida, una reacción directa a esa opresión. Mujeres de todas las edades comenzaron a quitarse el hijab en público, a cortar su pelo y a manifestarse abiertamente contra un sistema que las criminaliza por decidir sobre su propio cuerpo. Ese movimiento no solo sacudió a Irán sino que encendió una discusión global sobre los derechos de la mujer y la brutalidad estatal. 

Además, las minorías étnicas y religiosas, como los kurdos, los balochis, los árabes o los bahaís, viven en una situación de doble marginación. No solo enfrentan discriminación institucionalizada, sino que a menudo son víctimas de violencia policial, encarcelamientos arbitrarios y castigos más severos dentro del sistema judicial iraní. 

Otro de los colectivos que ha vivido bajo una presión constante en Irán es el de las personas homosexuales y, en general, la comunidad LGTBIQ+. La legislación iraní, basada en una interpretación estricta de la ley islámica, criminaliza las relaciones entre personas del mismo sexo, que pueden ser castigadas con penas de prisión, castigos corporales e incluso la pena de muerte en determinados supuestos. Más allá de la ley, la persecución social y el miedo cotidiano forman parte de la realidad de muchas personas que se ven obligadas a ocultar su identidad para evitar represalias familiares, laborales o judiciales. Aunque existen espacios clandestinos de resistencia y redes informales de apoyo, la invisibilidad sigue siendo para muchos una cuestión de supervivencia, lo que convierte la orientación sexual en un riesgo permanente dentro de la vida cotidiana iraní.

Jameneí encarnaba ese sistema, una autoridad casi absoluta con control sobre la política exterior, las fuerzas armadas, la judicatura y un vasto aparato propagandístico. Su muerte ahora marca un momento crucial. El gobierno iraní ha iniciado la formación de un consejo interino de transición, que según la Constitución deberá estar compuesto por el presidente, el jefe del poder judicial y un representante del Consejo de Guardianes. Este consejo deberá gestionar el país hasta que la Asamblea de Expertos elija un nuevo líder supremo. 

Por ahora, Irán no tiene todavía un nuevo líder supremo definitivo. Tras la muerte de Jameneí, el sistema ha activado un consejo provisional encargado de garantizar la continuidad del Estado mientras la Asamblea de Expertos, el órgano religioso encargado de elegir al máximo dirigente, inicia un proceso de sucesión que se desarrolla en gran medida a puerta cerrada. Varios nombres circulan dentro del establishment clerical y político, desde figuras ultraconservadoras cercanas a la Guardia Revolucionaria hasta posibles candidatos con perfiles más pragmáticos, pero ninguna decisión ha sido anunciada oficialmente. Esta ausencia de un heredero claro refleja tanto la complejidad interna del régimen como el temor a que cualquier elección precipitada pueda desestabilizar aún más un país que atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente.

Pero más allá de los mecanismos legales, la muerte de Jameneí deja un vacío de poder enorme. ¿Quién puede llenar ese vacío? ¿Un sucesor dentro del mismo establishment clerical? ¿Alguien con una visión ligeramente más reformista? ¿O estallará una crisis interna que podría fracturar aún más a la sociedad iraní? Por ahora, nadie puede decirlo con certeza.

¿Qué puede pasar ahora? El momento actual es extremadamente delicado y nadie puede predecir con seguridad el futuro, pero podemos hablar de algunas posibilidades que están sobre la mesa. La historia rara vez avanza en líneas rectas, y menos aún en regiones atravesadas por décadas de tensiones acumuladas.

Si existe una oportunidad histórica, no nace de la violencia en sí misma ni de la acción militar de actores externos, sino de las tensiones sociales, políticas y culturales acumuladas durante décadas dentro de la propia sociedad iraní. Ningún cambio auténtico puede imponerse desde fuera sin perder legitimidad, y cualquier transformación duradera solo podrá surgir de la voluntad y la experiencia histórica de su propio pueblo.

La historia reciente demuestra que los procesos de transformación política impulsados desde el exterior suelen generar dinámicas de dependencia, fragmentación social y deslegitimación interna. Ninguna sociedad puede construir libertad auténtica bajo la sombra de bombarderos o estrategias geopolíticas ajenas a su propia voluntad colectiva. El futuro de Irán, si ha de cambiar, solo podrá hacerlo a través de sus ciudadanos, sus debates internos y sus propias tensiones sociales, nunca como resultado de la presión militar de potencias extranjeras, ya provenga esta de Estados Unidos, Israel o cualquier otro actor internacional.

Por un lado, puede darse la continuidad del régimen teocrático, posiblemente más duro. Un nuevo líder podría emerger de las filas conservadoras y decidir reforzar aún más el aparato de control estatal, repitiendo las mismas políticas que han provocado décadas de descontento.

Por otro lado, podría abrirse la puerta a reformas internas moderadas desde arriba. Si el nuevo liderazgo reconoce que el sistema actual no puede sostenerse sin cambios, podría permitir ciertas reformas sociales o políticas. Esto, sin embargo, es incierto dado el historial del régimen.

También podríamos estar ante el inicio de protestas generalizadas y posible crisis interna. La falta de un liderazgo claro y el descontento acumulado podrían desencadenar aún más protestas, no solo de grupos de mujeres y estudiantes, sino también de sectores oprimidos que llevan años sin ser escuchados.

Finalmente, tampoco se descarta una intervención extranjera o intensificación de un conflicto regional. La intervención directa que ha llevado a la muerte de Jameneí puede tener repercusiones muy amplias. Irán ha prometido venganza y ya ha lanzado ataques contra fuerzas estadounidenses y aliadas en la región. Esto podría escalar rápidamente hacia un conflicto más amplio con graves consecuencias para Oriente Próximo.

La muerte del ayatolá Jameneí no es solo una noticia de política internacional: es un momento histórico que refleja décadas de tensiones entre autoridad y libertad, entre un Estado religioso rígido y una sociedad que quiere respirar con más justicia y dignidad. Para millones de iraníes, especialmente mujeres y minorías, estos años han sido una lucha constante por derechos fundamentales que en muchos lugares del mundo se consideran básicos. Ahora, con el telón de esa era cayendo, Irán se enfrenta a un futuro incierto, donde la esperanza y el miedo conviven a partes iguales. El futuro sigue abierto. Nada está decidido.

Ahora, con el telón de esa era cayendo, Irán se enfrenta a un futuro incierto, donde la esperanza y el miedo conviven a partes iguales. Y, sin embargo, en medio de la incertidumbre, hay algo que permanece claro. El grito por libertad y dignidad no ha sido silenciado, solo ha encontrado un nuevo desafío al que enfrentarse mañana.

Defender los derechos humanos exige una coherencia ética que rechace tanto la represión interna como el intervencionismo armado externo. La libertad pierde su significado cuando se convierte en argumento estratégico y la dignidad humana se vacía cuando se instrumentaliza en disputas de poder global. El verdadero apoyo internacional a cualquier pueblo no consiste en dirigir su destino mediante la fuerza, sino en respetar su autodeterminación, favorecer los canales diplomáticos y acompañar, sin imponer, los procesos sociales que nacen desde dentro.

Ningún régimen es eterno y ningún pueblo olvida. A fin de cuentas, la libertad siempre encuentra su camino tras una larga noche que termina con las primeras luces del alba.

Entre las ruinas también nacen las primaveras.

El mundo observa, contenido.

Irán tiene que decidir.

Solo Irán.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Is Iran on the Edge of a New Dawn

The morning of February 28 was marked by a horror no conflict should ever allow. A joint airstrike by the United States and Israel struck the Shajareh Tayyebeh primary school in Minab, southern Iran, while dozens of girls were in class. Their laughter and play were replaced by rubble, screams, and chaos. Many lost their lives, others were injured, and images of bloodied backpacks and notebooks spread across the world, sparking grief, outrage, and a profound sense of injustice over the deaths of innocent girls caught in a war that is not theirs.

Iran is a country that has spent decades living in a constant tension between faith, power and freedom. A place where religion became the State, where politics adopted a sacred language and where millions of people have learned to live with rules that shape everything from public life to the most intimate gestures of everyday existence.

Over nearly half a century, entire generations have grown up amid revolutionary promises, international sanctions, periods of hope and stages of harsh repression, building a complex society that cannot be understood from the outside alone. Understanding what is happening in Iran today requires looking at that long struggle between tradition and change, between authority and citizenship, between a system seeking to perpetuate itself and a people who, time and again, have shown their desire to decide their own future.

Iran is currently experiencing one of the most important turning points in its recent history. The death of Ayatollah Ali Khamenei, Supreme Leader of the Islamic Republic since 1989, has just been confirmed following a joint military attack by the United States and Israel that has completely altered the political and social situation in the country. This brings to an end nearly four decades of tight control over Iranian political life and opens an uncertain chapter for the nation, but one also filled with internal tensions, external expectations and major risks both for its own people and for the whole of the Middle East.

Beyond the immediate event, what truly matters is not only what happened, but the historical tensions that this moment has brought to light. Social protests, divisions among different political elites, and the growing demands for human rights reveal a country whose transformation depends not merely on an isolated event but on internal processes that have been unfolding for decades. Understanding these internal movements is essential to anticipate how the political and social future will develop, and to remind us that any significant change must emerge from within Iranian society, not as an external imposition.

The military operation carried out by the United States and Israel that resulted in the death of Ayatollah Jameneí constitutes a blatant violation of international law and a dangerous precedent for regional stability. Such interventions, carried out without the consent of the sovereign nation, undermine the principles of diplomacy and multilateral dialogue. They also risk exacerbating conflicts, provoking retaliation, and inflicting harm on ordinary citizens who bear the brunt of decisions taken far from their own communities.

The consequences of such actions extend far beyond Iran’s borders. They destabilise the region, inflame tensions, and put the lives of millions at risk. Accountability for these decisions lies squarely with the powers that choose to act unilaterally, disregarding both human life and international norms. Condemning oppression within Iran is essential, but it must never be used to justify external violence, which often produces more suffering than it alleviates.

The military intervention carried out by the United States and Israel affects not only Iran but also places the stability of the entire region at serious risk and threatens global peace. Acting without the consent of a sovereign state constitutes a clear violation of international law and undermines mechanisms for the peaceful resolution of conflicts. Such aggressions do not merely increase tensions; they multiply the likelihood of chain reactions, with devastating consequences for millions of innocent civilians and for global security.

Any honest analysis of the situation in Iran must begin with a fundamental premise: the defence of human rights cannot be built on the legitimisation of international violence or on unilateral military actions that violate international law. External armed interventions, regardless of who carries them out or the objectives declared, have rarely brought lasting democratic stability to the Middle East and have often exacerbated the suffering of civilian populations. Recognising the limitations and contradictions of Iranian power does not in any way justify foreign military operations nor imply that political change can be imposed from the outside.

Khamenei, aged eighty-six, was the second Supreme Leader of Iran since the 1979 revolution. He assumed power after the death of Ruhollah Khomeini, the architect of the Islamic revolution that overthrew the Shah and transformed the country into a theocracy. Since then, Khamenei remained the central figure of the regime, controlling political, military and judicial power, and overseeing a system that prioritised religious doctrine over the demands of a society that was increasingly young and diverse.

To understand what is happening in Iran today, it is necessary to look back almost five decades. In 1979, after an intense spring of protests, strikes and uprisings, the Shah of Persia, Mohammad Reza Pahlavi, a monarch supported by the United States who, with a secular and modernising government, had concentrated much of the political power in his own hands, was expelled. His fall was greeted with enthusiasm by a large part of the population, who finally saw the end of decades of corruption, inequality and repression.

But that change gave way to the Islamic Revolution, led by religious figures such as Khomeini, who championed a regime based on a conservative interpretation of Shia Islam. The idea was simple, a State where religion was the axis of public life, morality and law. On paper, it was meant to return to the Iranian people the sovereignty they had lost under an authoritarian monarch. In practice, however, it consolidated a structure in which real power resided in a very closed and hierarchical clergy, with the Supreme Leader at the apex.

Since then, Iran has experienced deep internal tensions. On one hand, conservative and religious sectors have defended a return to traditional values and a strict interpretation of Islamic law. On the other, entire generations have lived in frustration with political stagnation, lack of freedoms, and a system in which many key decisions do not depend on popular vote but on institutions controlled by the Revolutionary Guard and the clergy itself.

Under Khamenei, Iran consolidated as a theocracy with a strong military apparatus and a judicial and police system designed to maintain control. The Islamic Revolutionary Guard, a heavily armed force with enormous resources, became the guardian of the regime, capable of suppressing protests and repressing any dissent with speed and violence.

This was evident in the massive protests that have taken place in recent decades, especially those of 2009, known as the Green Movement, and those of 2022, following the death of Mahsa Amini, a young Kurdish woman who died in police custody for not wearing the hijab correctly. Her death sparked mass demonstrations under the slogan «Woman, Life, Freedom», which cut across all social classes and regions of the country, demanding basic rights, justice and equality for women and for the whole population.

The regime’s response was brutal. Security forces fired on protesters, carried out mass arrests, torture and executions. The number of fatalities has been controversial. Officially reported figures contrast with estimates from independent observers who speak of thousands of deaths and tens of thousands of detainees.

Human Rights Watch and other organisations documented how, in 2025 and early 2026, the use of state violence intensified. There were mass executions, trials without guarantees, systematic torture, denial of medical care to prisoners and an escalated use of the death penalty, even against minorities and activists.

One of the most delicate and distressing issues in Iran is the situation of women. Since the revolution, the regime has imposed laws that control women’s dress, conduct and legal rights. The compulsory wearing of the hijab, for example, is not merely a social norm, it is the law. Women suffer discrimination in such basic matters as marriage, divorce, child custody and access to certain jobs.

The protests of 2022 were largely a direct reaction to that oppression. Women of all ages began to remove the hijab in public, cut their hair and demonstrate openly against a system that criminalises them for deciding over their own bodies. That movement not only shook Iran but sparked a global discussion on women’s rights and state brutality.

In addition, ethnic and religious minorities such as Kurds, Balochis, Arabs and Bahais live in a situation of double marginalisation. They not only face institutionalised discrimination but are often victims of police violence, arbitrary imprisonment and harsher punishments within the Iranian judicial system.

Another group under constant pressure in Iran is homosexual people and, more generally, the LGBTIQ community. Iranian law, based on a strict interpretation of Islamic law, criminalises same-sex relations, which can be punished by imprisonment, corporal punishment and even death in certain cases. Beyond the law, social persecution and everyday fear are part of the reality for many people who are forced to conceal their identity to avoid family, workplace or judicial reprisals. Although there are clandestine spaces of resistance and informal support networks, invisibility remains, for many, a matter of survival, making sexual orientation a constant risk in everyday life in Iran.

Khamenei embodied that system, a near absolute authority with control over foreign policy, the armed forces, the judiciary and a vast propaganda apparatus. His death now marks a crucial moment. The Iranian government has initiated the formation of an interim transitional council which, according to the Constitution, should be composed of the president, the head of the judiciary and a representative of the Guardian Council. This council will have to manage the country until the Assembly of Experts chooses a new Supreme Leader.

At present, Iran still does not have a definitive Supreme Leader. Following Khamenei’s death, the system has activated a provisional council responsible for guaranteeing the continuity of the State while the Assembly of Experts, the religious body responsible for selecting the top leader, begins a succession process conducted largely behind closed doors. Several names circulate within the clerical and political establishment, from ultraconservative figures close to the Revolutionary Guard to possible candidates with more pragmatic profiles, but no decision has been announced officially. This absence of a clear heir reflects both the internal complexity of the regime and the fear that any rushed election could further destabilise a country going through one of the most delicate moments in its recent history.

Beyond legal mechanisms, Khamenei’s death leaves a huge power vacuum. Who can fill that void? A successor within the same clerical establishment? Someone with a slightly more reformist vision? Or will an internal crisis erupt that could fracture Iranian society even further? For now, no one can say with certainty.

What can happen now? The current moment is extremely delicate, and no one can predict the future with certainty, but we can discuss some possibilities on the table. History rarely moves in straight lines, and even less so in regions shaped by decades of accumulated tensions.

If there is a historic opportunity, it does not arise from violence itself nor from the military actions of external actors, but from the social, political, and cultural tensions accumulated over decades within Iranian society. No genuine change can be imposed from outside without losing legitimacy, and any lasting transformation can only emerge from the will and historical experience of its own people.

Recent history shows that political transformation driven from outside a country usually generates dependence, social fragmentation, and internal delegitimisation. No society can construct genuine freedom under the shadow of bombers or geopolitical strategies that disregard its own collective will. Iran’s future, if it is to change, can only be determined by its citizens, their internal debates, and their own social tensions, never as a result of military pressure from foreign powers, whether that be the United States, Israel, or any other international actor.

On one hand, the continuity of the theocratic regime, possibly in a harsher form, may occur. A new leader could emerge from conservative ranks and decide to strengthen the state control apparatus even further, repeating the same policies that have provoked decades of discontent.

On the other hand, the door could open to moderate internal reforms from above. If the new leadership recognises that the current system cannot be sustained without change, it might allow certain social or political reforms. This, however, is uncertain given the regime’s history.

We could also be witnessing the beginning of widespread protests and a possible internal crisis. The absence of clear leadership and accumulated discontent could trigger even more protests, not only from groups of women and students but also from oppressed sectors who have long been unheard.

Finally, foreign intervention or the intensification of a regional conflict cannot be ruled out. The direct intervention that led to Khamenei’s death may have far-reaching consequences. Iran has promised revenge and has already launched attacks against US and allied forces in the region. This could quickly escalate into a broader conflict with serious consequences for the Middle East.

The death of Ayatollah Khamenei is not just international political news. It is a historic moment that reflects decades of tension between authority and freedom, between a rigid religious State and a society that wants to breathe with greater justice and dignity. For millions of Iranians, especially women and minorities, these years have been a constant struggle for fundamental rights that are considered basic in many parts of the world. Now, with the curtain of that era falling, Iran faces an uncertain future, where hope and fear coexist in equal measure. The future remains open. Nothing is decided.

Now, with the curtain of that era falling, Iran faces an uncertain future, where hope and fear coexist in equal measure. And yet, amid the uncertainty, one thing remains clear. The cry for freedom and dignity has not been silenced, it has only found a new challenge to face tomorrow.

Defending human rights requires ethical consistency that rejects both internal repression and external military intervention. Freedom loses its meaning when it is used as a strategic argument, and human dignity is hollowed out when it is instrumentalised in global power disputes. True international support for any people does not consist of directing their destiny by force, but in respecting their self-determination, promoting diplomatic channels, and accompanying processes of social change that arise from within, without imposing them.

No regime is eternal and no people forget. After all, freedom always finds its way after a long night that ends with the first light of dawn.

From the ruins, springs are born.

The world watches, holding its breath.

Iran must decide.

Only Iran.

S.O.S. Bullying: Ayúdame, por favor

(Esto es lo que tienes que hacer, paso a paso, si tu hijo o hija está sufriendo acoso o ciberacoso)

-Breve resumen-

Cuando un niño o una niña empieza a cambiar, deja de querer ir al colegio, tiene dolores de barriga constantes, llora sin saber explicar muy bien por qué o se encierra en su habitación con el móvil en la mano y miedo en los ojos, algo no va bien. Y cuando sospechas que puede haber acoso escolar, no estás exagerando. Lo que estás haciendo en detectar una señal. El bullying no es “cosa de críos”, no es una broma pesada ni algo que se arregle solo. Es una forma de violencia. Y ante la violencia, hay que actuar siempre. 

Lo primero que tienes que hacer es comunicarlo formalmente al centro educativo. Sí, has leído bien, debes hacerlo formalmente. Hablar con el tutor está bien, pedir una reunión también, pero no te quedes solo en la conversación de pasillo. Presenta un escrito firmado solicitando expresamente que se active el protocolo de acoso escolar. Entrégalo en el colegio y quédate con una copia sellada. Ese sello es tu prueba de que el centro ha sido informado. En el escrito explica lo que está pasando con fechas aproximadas, qué ha contado tu hijo o hija, si hay nombres y si hay testigos. No hace falta que lo tengas todo demostrado. Los protocolos se activan ante la sospecha, no solo cuando la situación de acoso está ya todo probado.

Después, reúne todo lo que puedas. No, guardar pruebas no es exagerar, lo que estás haciendo es proteger. Capturas de pantalla de mensajes, insultos por redes sociales, audios, fotos, correos electrónicos, partes médicos si los hay, informes psicológicos si la situación ha afectado a su salud emocional. Incluso puedes llevar un pequeño diario donde anotes cada episodio: qué pasó, cuándo, cómo reaccionó tu hijo o hija. Todo eso suma a la hora de probar lo que está sucediendo, muy especialmente en casos de ciberacoso, donde muchas veces el daño ocurre fuera del horario escolar pero tiene consecuencias dentro del aula. Y ahí, aunque suceda fuera del centro, también se puede actuar. 

Una vez que el colegio está notificado, tiene la obligación de tomar medidas inmediatas para proteger a la víctima. No pueden esperar a “investigar tranquilamente” mientras tu hijo o hija sigue bajo exposición a la violencia. Pueden vigilar más los recreos, separar a los implicados en clase, cambiar a los agresores de grupo si es necesario (sí, a los agresores, no a la víctima) y activar al equipo de orientación. Lo importante es que la seguridad física y emocional esté garantizada plenamente desde el minuto uno. Ningún menor debería sentir miedo en el lugar donde pasa tantas horas al día.

Luego viene la investigación. El centro debe entrevistar a la víctima, a los presuntos agresores y a posibles testigos. Debe recoger la información, analizarla y elaborar un informe formal. No basta con decir “ya hemos hablado con ellos”. Tiene que haber un acta, unas conclusiones y unas medidas. Y las familias deben ser plenamente informadas de todo y en todo momento. Si se confirma el acoso, tienen que aplicarse medidas disciplinarias y, además, un seguimiento para evitar que todo vuelva a empezar unas semanas después.

Ahora bien, ¿qué pasa si el centro no actúa o lo minimiza? Porque, sí, eso ocurre. En ese caso, tienes que insistir por escrito. Presenta una reclamación formal a la dirección pidiendo respuesta concreta. Si aun así no se activa el protocolo o la actuación es claramente insuficiente, puedes acudir directamente a la Inspección Educativa o a la Consejería de Educación de tu comunidad autónoma. Tienen la obligación de supervisar que el centro cumpla la normativa. Y si estamos ante agresiones graves, amenazas, lesiones o un acoso continuado que puede ser delito, puedes denunciar directamente ante la Fiscalía de Menores o en comisaría. La vía escolar y la penal son independientes, no tienes que esperar la una a la otra. 

Ten en cuenta esto, no vas a vivir esta situación en soledad. Existen entidades como la Fundación Internacional de Derechos Humanos, la Agrupación de Psicólogos y Profesionales para la Acción y la Asociación Visibles Jaén LGTBIQ+. Yo pertenezco a ellas y estamos siempre dispuestos a orientar a cualquier familia que lo necesite en la defensa de la infancia frente a toda forma de maltrato y el acoso. Y, no, pedir ayuda externa no es un fracaso, es buscar apoyo cuando más lo necesitas.

Y hay algo más que quiero que tengas muy claro. No necesitas demostrar el acoso para pedir que se active el protocolo. Basta con la sospecha razonable. La prioridad es proteger a tu hija o a tu hijo. Esperar a tener pruebas irrefutables mientras el daño continúa no es recomendable. Es más, puede ser peligroso y se pierde un tiempo precioso. 

Si tu hijo o hija te dice que lo está pasando mal en el colegio, créelo. Si ves algunas señales, actúa. No temas parecer insistente y no te dejes llevar por el “seguro que no es para tanto”. Para quien lo sufre, siempre es para tanto. El bullying no solo deja moretones, deja heridas invisibles que duran años que son las que más duelen. 

Tu papel como madre y como padre es acompañar, escuchar, sostener y exigir responsabilidad a quienes tienen la obligación de proteger tu hija y a tu hijo. El colegio tiene la obligación de proteger. Y tú tienes el derecho y el deber de reclamar esa protección. Ningún niño ni ninguna niña debería aprender que pedir ayuda no sirve para nada.

Recuerda siempre esto: cuando un menor se atreve a contar, tal vez después de mucho tiempo, que está sufriendo, no está buscando hacer drama de nada.

Lo que está haciendo es buscar refugio. 

No le falles.

Si me necesitas, escríbeme.

Francisco Tomás y Valiente

In Memoriam

Hace exactamente 30 años, un 14 de febrero de 1996, España vivió uno de esos momentos que quedan grabados para siempre en la memoria colectiva. Ese día, Francisco Tomás y Valiente, un jurista, historiador, profesor y ex presidente del Tribunal Constitucional, fue asesinado en su despacho de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid por la banda terrorista ETA. Le dispararon a bocajarro mientras hablaba por teléfono con un colega y aquel suceso conmocionó al país entero.

Tenía 63 años, una trayectoria académica y cívica brillante y un compromiso profundo con los valores democráticos, el diálogo, el derecho y la convivencia. Fue presidente del Tribunal Constitucional entre 1986 y 1992 y profesor en la UAM, donde formó a generaciones de estudiantes, entre ellos a quien hoy es Rey de España, Felipe VI, que ha recordado con emoción y respeto la figura de su maestro. 

La mañana de aquel día, la violencia terrorista acabó con la vida de un hombre que representaba lo opuesto a la barbarie. Representaba la razón, la palabra y el respeto a la ley. Fueron tres disparos en su despacho, un lugar que ahora, treinta años después, se reproduce en una exposición homenaje para recordar no solo la tragedia, sino también la enorme huella humana e intelectual que dejó. 

Lo que siguió fue una reacción sin precedentes. El dolor y la indignación se transformaron en una respuesta masiva de rechazo al terrorismo. No fue solo la sociedad civil, fueron miles de voces en toda España que dijeron “¡Basta ya!” a la violencia y al miedo, simbolizado en el movimiento de las manos blancas, donde estudiantes y ciudadanos alzaron sus manos pintadas de blanco como un gesto de esperanza y dignidad colectiva. 

Este 30 aniversario no es una excusa para revivir el dolor, sino para rendir homenaje a la vida de alguien que fue mucho más que una víctima del terrorismo. Fue un maestro, un intelectual riguroso y una persona entregada a la convivencia y al sentido profundo del Estado de Derecho. Hoy, su legado sigue vivo en los tribunales, en las aulas, en las conversaciones que tenemos sobre justicia, democracia y derechos humanos. 

Las instituciones también se han sumado a este recuerdo. El Tribunal Constitucional ha dedicado actos a su memoria, destacando su contribución al fortalecimiento de la institución y su compromiso con la igualdad, la libertad y los derechos fundamentales que reconoce nuestra Constitución.

Y en estos actos conmemorativos, cuando escuchamos discursos como el del Rey Felipe VI recordando que “la memoria no es revancha, sino un deber cívico”, se nos recuerda que no deberíamos dar por supuesta la convivencia democrática. Vivir en libertad exige recordar, reflexionar y comprometerse con los valores que personas como Francisco Tomás y Valiente defendieron con pasión y generosidad. 

Hoy, 30 años después, su figura sigue siendo un faro que ilumina el camino hacia una sociedad más justa, abierta y respetuosa. Más allá de las fechas, más allá de las estadísticas, su figura recuerda que cada vida arrebatada por la violencia deja un vacío que, como sociedad, tenemos la responsabilidad de llenar con sentido y con compromiso.

Porque no se trata solo de recordar lo que pasó, sino de construir juntos lo que no debe volver a suceder jamás.

Nunca jamás.

Francisco Tomás y Valiente (1932 – 1996)