Las mujeres que el franquismo quiso borrar

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🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Hablar de las mujeres durante el franquismo es hablar de un silencio impuesto. De un país que, tras la Guerra Civil, decidió borrar de un plumazo las libertades que muchas mujeres habían empezado a conquistar en la Segunda República. El régimen de Franco las redujo a un papel concreto y limitado. Ese papel no era otro que el de madre, esposa y ama de casa obediente, más bien sumisa, bajo la voluntad de su marido. Todo lo que salía de ese molde se consideraba sospechoso, inmoral o, directamente, peligroso para el orden social durante la dictadura.

El franquismo construyó un ideal de mujer basado en la sumisión. Se esperaba que las mujeres fueran puras, calladas, religiosas y dedicadas por completo al cuidado de la familia y del hogar. La Sección Femenina, el brazo femenino de la Falange, se encargó de adoctrinar a las jóvenes en estos valores. Les enseñaban a cocinar, coser, cuidar del marido y a no pensar demasiado. De hecho, una de sus consignas más conocidas decía: “Las mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles”. Así de claro, así de cruel, así de mezquino. 

Pero el régimen no se limitaba a decirles cómo debían comportarse, sino que castigaba a las que no encajaban. Muchas mujeres fueron encarceladas, humilladas o sometidas a torturas por haber apoyado a la República o, simplemente, por ser consideradas “individuas de dudosa moral”. Bastaba con un chisme, una denuncia anónima o el simple hecho de no ir a misa para que una mujer acabara en el punto de mira. Ser independiente, tener ideas propias o vivir sin un hombre era motivo de sospecha y razón suficiente para perder la libertad, la poca que les quedaba, si es que les quedaba alguna. 

A las presas políticas se las castigaba doblemente. Por un lado, por ser contrarias al régimen y, por otro, por ser simplemente mujeres. En las cárceles franquistas, miles de mujeres sufrieron abusos, hambre, frío y humillaciones constantes. Algunas fueron separadas de sus hijos, otras obligadas a ver cómo fusilaban a sus compañeros o familiares. Otras eran violadas y, si quedaban embarazadas, eran despojadas de sus hijos. El objetivo era quebrarlas por completo y hacer que se arrepintieran de haber querido pensar por sí mismas.

Pero la represión también se colaba en la vida cotidiana. Durante años, las mujeres no podían abrir una cuenta bancaria, trabajar sin permiso del marido o firmar contratos. La educación estaba completamente controlada por la Iglesia y se centraba en prepararlas para servir o cuidar el hogar. Ya lo dice el Salmo 128: “Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa”. Lo que no decía es que esa era la única opción de las mujeres, llevada al extremo, salvo que nacieran en el seno de familias poderosas, de familias afines y muy próximas al régimen. Las que se salían de ese camino encaminaban sus pasos hacia el exilio o rápidamente eran etiquetadas como “rojas”, “putas” o “locas”. Se utilizaban esos insultos para desacreditar a cualquier mujer que osara desafiar las normas impuestas, para ser detenidas poco después.

Pese a todo, muchas mujeres resistieron. Algunas escondieron a perseguidos, otras escribieron en la clandestinidad o enseñaron en secreto a leer y a pensar de manera libre. Mujeres anónimas, valientes, que desafiaron al miedo y plantaron cara a una dictadura que las quiso invisibles. Gracias a ellas, poco a poco, se fueron abriendo grietas en el muro del silencio que, poco a poco, aún estamos rompiendo. 

Recordar a todas estas mujeres, a las llamadas “individuas de dudosa moral” es llevar a cabo un acto de justicia. Es rescatar del olvido a todas aquellas que fueron juzgadas por vivir con libertad, por amar a quien quisieron o por pensar diferente. Porque aunque intentaron callarlas, su eco sigue resonando, recordándonos que ningún poder es capaz de silenciar para siempre la voz de una mujer libre.

Ellas representan la parte más digna de nuestra historia reciente como país en su etapa más oscura. Representan esa parte que se negó a rendirse, incluso cuando todo estaba perdido.

Y al final, su voz ha ganado. 

Por ellas, siempre.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The Women Franco Wanted to Erase

To speak of women during Franco’s dictatorship is to speak of an imposed silence. Of a country that, after the Civil War, decided to wipe away in one stroke the freedoms that many women had begun to win during the Second Republic. Franco’s regime reduced them to a specific and limited role — that of mother, wife and obedient, submissive housewife under the will of her husband. Anything that strayed from that mould was considered suspicious, immoral or, quite simply, dangerous to the social order of the dictatorship.

Francoism constructed an ideal of womanhood based on submission. Women were expected to be pure, quiet, religious, and entirely devoted to caring for their families and homes. The Sección Femenina, the women’s branch of the Falange, was responsible for indoctrinating young girls in these values. They were taught to cook, sew, serve their husbands and not to think too much. In fact, one of their most well-known slogans declared: “Women never discover anything; they lack, of course, the creative talent reserved by God for male intelligence.” As clear, as cruel, as mean.

But the regime did not stop at telling them how to behave — it punished those who did not conform. Many women were imprisoned, humiliated or tortured for supporting the Republic or simply for being considered “women of dubious morals”. A rumour, an anonymous denunciation or even the simple act of not going to mass could be enough for a woman to fall under suspicion. Being independent, having her own ideas or living without a man was reason enough to lose her freedom — the little she still had, if any at all.

Political prisoners were punished twice over: once for opposing the regime and again for being women. In Franco’s prisons, thousands of women suffered abuse, hunger, cold and constant humiliation. Some were separated from their children, others were forced to watch their partners or relatives being executed. Some were raped and, if they became pregnant, their babies were taken from them. The goal was to break them completely and make them repent for having dared to think for themselves.

Yet repression also crept into everyday life. For years, women could not open a bank account, work without their husband’s permission or sign contracts. Education was entirely controlled by the Church and focused on preparing them to serve or care for the home. As Psalm 128 says: “Your wife shall be like a fruitful vine within your house.” What it did not say was that this would be the only life path available to women — taken to the extreme — unless they were born into powerful families close to the regime. Those who strayed from that path were driven into exile or swiftly labelled as “reds”, “whores” or “madwomen”. These insults were used to discredit any woman who dared to challenge the imposed norms, often leading to her arrest soon afterwards.

Despite everything, many women resisted. Some hid those being persecuted, others wrote clandestinely or secretly taught others to read and think freely. Anonymous, courageous women who defied fear and stood up to a dictatorship that wanted them invisible. Thanks to them, little by little, cracks began to appear in the wall of silence — cracks that we are still breaking open today.

To remember all these women, the so-called “women of dubious morals”, is an act of justice. It is to rescue from oblivion all those who were judged for living freely, for loving whom they wished or for thinking differently. Because although they tried to silence them, their echo still resonates, reminding us that no power can ever silence the voice of a free woman forever.

They represent the most dignified part of our recent history as a country, forged in its darkest hour. They represent those who refused to surrender, even when all was lost.

And in the end, their voices have prevailed.

For them, always.

Cincuenta años de la Marcha Verde

Hace ahora medio siglo, el 6 de noviembre de 1975, se puso en marcha la célebre Marcha Verde. Decenas de miles de marroquíes cruzaron hacia el territorio del Sáhara Occidental con el objetivo de reclamarlo para su país. Aquel despliegue aceleró la retirada española y marcó el inicio de una ocupación que, para los saharauis, sigue pesando con toda su fuerza hasta hoy.

Para las gentes del pueblo saharaui, aquel día no fue una fiesta, sino el inicio de una herida que aún no ha cicatrizado. Significó el comienzo de un limbo, de la pérdida de su tierra, de su derecho a decidir y del éxodo. Muchos acabaron en los campamentos de refugiados en Tinduf, en Argelia, o conviviendo con la ocupación. Hoy, tras cinco décadas, esa historia sigue viva y condiciona el presente de miles de personas.

Desde la óptica marroquí, la Marcha Verde es recordada como un acto de unidad nacional, un gesto de soberanía popular que reafirmó la reivindicación del sur del país. Pero para los saharauis, representa una ocupación camuflada, una colonización que no se solucionó con el tiempo y una traición del proceso de descolonización que debía abrir la vía a un referéndum libre.

En este 2025, el contexto internacional da un giro importante. El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó el 31 de octubre una resolución que respalda el plan de autonomía de Marruecos para el Sáhara Occidental como “la vía más viable” para resolver el conflicto. Este hecho supone un apoyo diplomático muy significativo al enfoque de Rabat y, al mismo tiempo, una alarma para quienes exigen la independencia saharaui mediante referéndum. Además, la misión de la ONU en el territorio, la MINURSO, ve renovado su mandato y se plantea una revisión de su papel en los próximos meses.

Para el pueblo saharaui, los hechos son claros. A pesar de que la diplomacia parece inclinarse hacia Marruecos, ellos siguen reclamando algo más profundo que autonomía. Reclaman poder votar, decidir y que su voz se escuche, y no que su futuro quede supeditado a un acuerdo en el que su voluntad pueda verse reducida. Por eso la conmemoración de la Marcha Verde tiene un doble matiz doble. Por un lado, un acto de memoria, recordar lo que ocurrió, y por otro, un acto de resistencia, seguir reclamando lo que aún no han tenido.

Tal y como recogen informes recientes, la situación de los derechos humanos en los territorios ocupados sigue siendo crítica. La Asociación Saharaui de Víctimas de Graves Violaciones de los Derechos Humanos Cometidas por el Estado Marroquí (ASVDH), en su informe anual de febrero de 2024, denunció que el acceso de observadores internacionales, prensa extranjera y misiones de derechos humanos al territorio está bloqueado, lo que agrava la impunidad de las autoridades marroquíes. En abril de 2025, se documentaron nuevas demoliciones de viviendas saharauis y confiscaciones de tierras en las afueras de El Aaiún, descritas como parte de una política de desplazamiento y cambio demográfico forzado.

A ello se suma la represión directa contra activistas y periodistas. En septiembre de 2025, la fundación Al-Basher, con estatus consultivo ante la ONU, denunció que las detenciones arbitrarias continúan siendo una herramienta sistemática de las autoridades marroquíes para criminalizar la disidencia saharaui, definiendo esta práctica como una “política deliberada y estructural”. En marzo de ese mismo año, la organización Front Line Defenders alertó de ataques físicos y psicológicos contra defensores de derechos humanos saharauis en El Aaiún, donde las fuerzas de seguridad marroquíes disolvieron violentamente concentraciones pacíficas.

Durante una conferencia celebrada en Ginebra en marzo de 2025, las organizaciones NOVACT y ACAPS presentaron el informe Voices of Resistance (2024), en el que se describen graves violaciones cometidas por las fuerzas de ocupación marroquíes, incluidas torturas, hostigamientos, desapariciones y agresiones sexuales contra mujeres activistas. Un mes antes, la ASVDH había advertido que el cierre forzoso de su sede en El Aaiún, impuesto desde agosto de 2024, constituye una violación grave de la libertad de asociación y una muestra del control que ejerce Marruecos sobre la sociedad civil saharaui.

También se ha denunciado el impacto de la represión sobre los niños saharauis. Hablamos de detenciones, acoso psicológico y violencia física contra menores en los territorios ocupados, especialmente en las ciudades de El Aaiún y Smara. En noviembre de 2024, organizaciones saharauis alertaron del “riesgo extremo” que afronta la infancia en el contexto de la ocupación, recordando que los menores son objetivo recurrente de hostigamiento policial y militar.

Estos testimonios, respaldados también por informes de Amnistía Internacional y Human Rights Watch, coinciden en señalar que la represión en el Sáhara Occidental se ha vuelto estructural. Las detenciones sin orden judicial, los juicios sin garantías, las torturas y la censura sistemática de medios y ONG independientes forman parte del día a día. El silencio internacional y la falta de mecanismos de rendición de cuentas han consolidado un clima de impunidad que perpetúa el sufrimiento del pueblo saharaui.

La consolidación simbólica de la Marcha Verde significó el paso de la disputa territorial a una lógica de soberanía marroquí que ha logrado avances diplomáticos y presencia internacional para Rabat. Esto cambia el marco de negociación, porque si hace décadas el Frente Polisario apostaba por un referéndum de independencia, ahora la autonomía marroquí aparece como la base más factible para la resolución del conflicto. Sin embargo, ese cambio no ha traído una solución real para los saharauis en términos de autodeterminación, retorno o normalización de sus condiciones de vida. Los campamentos siguen en el desierto de Tinduf, la ocupación continúa y los derechos humanos siguen vulnerándose.

Al cumplirse 50 años, el recuerdo de la Marcha Verde sirve como catalizador para movilizaciones internacionales, jornadas de denuncia y visibilización de la causa saharaui. Este aniversario no es solo un acto a nivel interno, sino una voz que reclama justicia a nivel mundial. Para el pueblo saharaui, supone una llamada a no bajar la guardia. Porque, a pesar de la presión diplomática a favor de Marruecos, reclaman que cualquier proceso de negociación respete su derecho a decidir libremente su destino, sin ser reducidos a un estatuto de provincia autónoma y con garantía de independencia si así lo desean.

Sin duda, 50 años después, el pueblo saharaui se encuentra ante un escenario lleno de paradojas. Para Marruecos, marca un triunfo simbólico que hoy encuentra respaldo internacional. Para el pueblo saharaui, es una fecha de memoria, resistencia y reivindicación continua. La tensión entre la lógica de autonomía bajo soberanía marroquí y la aspiración saharaui de autodeterminación plena se encuentra en una encrucijada. Mientras tanto, la vida de miles de saharauis sigue marcada por la espera, el exilio, la esperanza y la lucha diaria.

Y mientras ese nuevo capítulo se escribe, el pueblo saharaui sigue ahí, firme, recordando su tierra, esperando su momento y soñando con un futuro donde su voz cuente.

Un futuro que les pertenece.

Por derecho propio. 

Educar sin racismo

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Hablar de racismo en los colegios e institutos no es un tema menor. Aunque a veces queramos pensar que esas cosas ya no pasan o que solo ocurren en lugares lejanos, la realidad es que el racismo sigue presente en muchos centros educativos. Se manifiesta en bromas, miradas, comentarios o exclusiones que, poco a poco, van calando en quienes las sufren. Y lo más preocupante es que, muchas veces, ni siquiera se reconocen como racismo. Por eso es tan importante aprender a detectarlo, prevenirlo y denunciarlo cuando ocurre.

El centro educativo no es solo un lugar donde se aprenden matemáticas o historia. Es también el espacio donde niñas, niños y adolescentes construyen su forma de ver el mundo. Allí aprenden valores, hábitos y maneras de relacionarse. Si en ese entorno se toleran actitudes racistas o se ignoran, el mensaje que se transmite es muy claro: que discriminar no es tan grave. Y eso no puede pasar.

Prevenir el racismo empieza por la educación, pero no solo la que está en los libros. Hace falta una educación emocional y social que enseñe a ponerse en el lugar del otro, a valorar la diversidad y a entender que las diferencias nos enriquecen. Es ahí donde el profesorado juega un papel fundamental, porque son los profesores y profesoras quienes pueden detectar cambios de actitud, gestos de exclusión o burlas racistas. Por eso, es clave que cuenten con la formación necesaria y que los centros educativos ofrezcan recursos para actuar ante cualquier caso.

También es importante que el alumnado participe activamente. No basta con que el profesorado dé charlas o proyecte vídeos. Los niños y jóvenes deben ser parte del proceso. Hay que debatir, reflexionar, proponer actividades y aprender a identificar sus propios prejuicios. Cuando se involucran, cuando sienten que tienen voz, el cambio es mucho más profundo y duradero.

Las familias, por supuesto, también tienen su parte de responsabilidad. En casa se aprenden los primeros valores y actitudes. Si un niño escucha en su hogar hacer comentarios racistas, aunque sean disfrazados de bromas, lo asumirá como algo normal. La educación antirracista empieza en el lenguaje, en las conversaciones cotidianas y en la forma de tratar a las personas diferentes. Hablar con los hijos e hijas sobre el respeto, la empatía y la igualdad no es una tarea puntual, sino una labor constante.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando el racismo ya se ha producido? Cuando alguien es insultado por su color de piel, por su origen o por su acento, no hay que mirar hacia otro lado. El silencio solo refuerza la impunidad. Lo primero es apoyar a la víctima, escucharla y hacerle saber que no está sola. Después, es necesario comunicarlo. En todos los centros educativos existen protocolos de actuación frente al acoso y la discriminación. Se puede informar al profesorado, a la dirección o a la inspección educativa. En casos más graves, también se puede acudir a las autoridades competentes o presentar una denuncia formal.

Además, existen asociaciones y organizaciones que ofrecen ayuda y asesoramiento, tanto a víctimas como a familias y docentes. Desde el Consejo para la Eliminación de la Discriminación Racial hasta ONG como International Human Rights Foundation, SOS Racismo o CEAR, hay recursos que pueden orientar sobre los pasos a seguir. Lo esencial es no dejar pasar el tiempo ni minimizar lo ocurrido.

Los centros educativos tienen una obligación clara y directa de actuar ante cualquier situación de racismo o discriminación. No se trata solo de una cuestión moral, sino también legal. Las leyes españolas obligan a las instituciones educativas a proteger al alumnado frente a cualquier forma de acoso o trato degradante, incluido el racismo. Si un centro tiene conocimiento de un incidente y no activa el protocolo correspondiente, está incumpliendo su deber de vigilancia y protección. La dirección y el personal educativo deben documentar los hechos, informar a las autoridades competentes y ofrecer apoyo psicológico y social a la víctima. Su pasividad no puede justificarse ni por desconocimiento ni por miedo a “manchar” la reputación del colegio, porque lo que realmente la mancha es mirar hacia otro lado.

La responsabilidad de los centros no termina en el ámbito administrativo. Si no actúan y esa inacción provoca un daño físico o psicológico a un alumno o alumna, pueden derivarse consecuencias civiles e incluso penales. Civilmente, el centro puede verse obligado a indemnizar por los daños causados al no haber garantizado un entorno seguro. Y penalmente, dependiendo de la gravedad del caso, podría considerarse una omisión del deber de socorro o incluso cooperación por omisión en delitos de odio o discriminación. En definitiva, no hacer nada también tiene consecuencias. La ley exige actuar, y la ética también. Los centros deben ser un espacio donde se respete la dignidad de todas las personas, sin excepción.

La lucha contra el racismo no se gana en un día, pero sí puede comenzar cada mañana, en cada aula, en cada conversación. Se trata de construir espacios donde todas las personas se sientan valoradas, respetadas y seguras. Un colegio libre de racismo no es una utopía: es una meta que se consigue con compromiso, empatía y educación.

Porque educar sin prejuicios no solo cambia el presente, también transforma el futuro.

Un futuro sin prejuicios.

Y sin racismo. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Educating Without Racism

Talking about racism in schools and colleges is no minor issue. Although we may sometimes like to believe that such things no longer happen or only occur in faraway places, the reality is that racism remains present in many educational centres. It manifests through jokes, looks, comments or exclusions that, little by little, leave a mark on those who suffer them. What is most worrying is that, very often, these actions are not even recognised as racism. That is why it is so important to learn how to detect it, prevent it and report it when it occurs.

A school is not only a place where one learns mathematics or history. It is also the space where children and teenagers build their way of seeing the world. There, they learn values, habits and ways of relating to others. If racist attitudes are tolerated or ignored in that environment, the message being sent is very clear: that discrimination is not such a serious matter. And that cannot be allowed to happen.

Preventing racism begins with education, but not only the kind found in textbooks. Emotional and social education is also needed, one that teaches empathy, helps people to appreciate diversity and to understand that our differences enrich us. This is where teachers play a fundamental role, as they are the ones who can detect changes in attitude, signs of exclusion or racist teasing. It is therefore essential that they have the necessary training and that educational institutions provide the tools and resources needed to act in any given case.

It is equally important for pupils to take an active role. It is not enough for teachers to give talks or show videos. Children and young people must be part of the process. They should discuss, reflect, propose activities and learn to identify their own prejudices. When they become involved and feel that their voice matters, the change is much deeper and longer lasting.

Families, of course, also have their share of responsibility. The first values and attitudes are learned at home. If a child hears racist comments within their family environment, even disguised as jokes, they will take them as normal. Anti-racist education begins with language, with daily conversations and with the way people who are different are treated. Talking to sons and daughters about respect, empathy and equality is not a one-off task, but a constant effort.

Now then, what happens when racism has already taken place? When someone is insulted because of their skin colour, their origin or their accent, one must not look the other way. Silence only reinforces impunity. The first step is to support the victim, listen to them and make sure they know they are not alone. Afterwards, it is essential to report what has happened. All educational centres have protocols for action in cases of harassment or discrimination. One can inform a teacher, the head of the school or the educational inspectorate. In more serious cases, it is also possible to contact the relevant authorities or file a formal complaint.

There are also associations and organisations that provide help and guidance to victims, families and teachers. From the Council for the Elimination of Racial Discrimination to NGOs such as the International Human Rights Foundation, SOS Racismo or CEAR, there are many resources available to advise on what steps to take. The essential thing is not to let time pass or to downplay what has happened.

Educational institutions have a clear and direct obligation to act in any situation involving racism or discrimination. This is not only a moral issue but also a legal one. Spanish law obliges educational institutions to protect pupils from any form of harassment or degrading treatment, including racism. If a school becomes aware of an incident and fails to activate the appropriate protocol, it is failing in its duty of care and protection. The head and teaching staff must document the facts, report them to the competent authorities and offer psychological and social support to the victim. Their inaction cannot be justified by ignorance or by fear of damaging the school’s reputation, because what truly damages it is looking the other way.

The responsibility of educational centres does not end at the administrative level. If they fail to act and that inaction causes physical or psychological harm to a pupil, civil and even criminal consequences may arise. From a civil point of view, the institution may be required to compensate for damages caused by not guaranteeing a safe environment. From a criminal point of view, depending on the seriousness of the case, it could be considered a failure to assist a person in need or even complicity by omission in hate crimes or acts of discrimination. In short, doing nothing also has consequences. The law demands action, and so does ethics. Schools must be places where the dignity of every person is respected without exception.

The fight against racism cannot be won in a single day, but it can begin every morning, in every classroom and in every conversation. It is about building spaces where everyone feels valued, respected and safe. A school free from racism is not a utopia; it is a goal that can be achieved through commitment, empathy and education.

Because educating without prejudice not only changes the present, it also transforms the future.

A future without prejudice.

And without racism.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Educare senza razzismo

Parlare di razzismo nelle scuole e nei licei non è un argomento di poco conto. Anche se a volte ci piace pensare che certe cose non accadano più o che succedano solo in luoghi lontani, la realtà è che il razzismo è ancora presente in molti centri educativi. Si manifesta attraverso scherzi, sguardi, commenti o esclusioni che, poco a poco, lasciano un segno in chi li subisce. Ciò che è più preoccupante è che spesso queste situazioni non vengono nemmeno riconosciute come razzismo. Per questo è così importante imparare a riconoscerlo, prevenirlo e denunciarlo quando accade.

La scuola non è solo un luogo dove si imparano la matematica o la storia. È anche lo spazio in cui bambini, bambine e adolescenti costruiscono la loro visione del mondo. Lì imparano valori, abitudini e modi di relazionarsi. Se in quell’ambiente si tollerano o si ignorano atteggiamenti razzisti, il messaggio che si trasmette è molto chiaro: che discriminare non è poi così grave. E questo non può accadere.

Prevenire il razzismo comincia dall’educazione, ma non solo da quella che si trova nei libri di testo. Serve un’educazione emotiva e sociale che insegni a mettersi nei panni dell’altro, ad apprezzare la diversità e a capire che le differenze ci arricchiscono. È qui che il corpo docente gioca un ruolo fondamentale, perché sono gli insegnanti a poter rilevare cambiamenti di atteggiamento, segni di esclusione o prese in giro a sfondo razzista. Per questo è essenziale che abbiano la formazione adeguata e che le scuole offrano risorse e strumenti per intervenire in ogni caso.

È altrettanto importante che gli studenti partecipino attivamente. Non basta che gli insegnanti facciano lezioni o mostrino video. Bambini e ragazzi devono essere parte del processo. Bisogna discutere, riflettere, proporre attività e imparare a riconoscere i propri pregiudizi. Quando si sentono coinvolti, quando percepiscono che la loro voce conta, il cambiamento è molto più profondo e duraturo.

Le famiglie, naturalmente, hanno anch’esse la loro parte di responsabilità. I primi valori e atteggiamenti si imparano in casa. Se un bambino sente in famiglia commenti razzisti, anche mascherati da battute, li considererà normali. L’educazione antirazzista comincia dal linguaggio, dalle conversazioni quotidiane e dal modo di trattare le persone diverse da noi. Parlare con i figli e le figlie di rispetto, empatia e uguaglianza non è un compito occasionale, ma un impegno costante.

Ma cosa succede quando il razzismo si è già verificato? Quando qualcuno viene insultato per il colore della pelle, per la sua origine o per il suo accento, non bisogna voltarsi dall’altra parte. Il silenzio rafforza solo l’impunità. La prima cosa da fare è sostenere la vittima, ascoltarla e farle sapere che non è sola. Poi è necessario segnalarlo. In tutte le scuole esistono protocolli di intervento contro il bullismo e la discriminazione. Si può informare un insegnante, la direzione scolastica o l’ispettorato dell’istruzione. Nei casi più gravi, è possibile rivolgersi alle autorità competenti o presentare una denuncia formale.

Esistono inoltre associazioni e organizzazioni che offrono aiuto e consulenza a vittime, famiglie e insegnanti. Dal Consiglio per l’Eliminazione della Discriminazione Razziale alle ONG come International Human Rights Foundation, SOS Racismo o CEAR, ci sono molte risorse che possono orientare sui passi da compiere. L’importante è non lasciare che il tempo passi e non minimizzare quanto accaduto.

Le istituzioni scolastiche hanno un obbligo chiaro e diretto di intervenire in qualsiasi situazione di razzismo o discriminazione. Non si tratta solo di una questione morale, ma anche legale. La legge spagnola obbliga le scuole a proteggere gli studenti da qualsiasi forma di molestia o trattamento degradante, incluso il razzismo. Se una scuola viene a conoscenza di un episodio e non attiva il protocollo previsto, sta violando il proprio dovere di vigilanza e protezione. La direzione e il personale docente devono documentare i fatti, informare le autorità competenti e offrire sostegno psicologico e sociale alla vittima. La loro inattività non può essere giustificata né dall’ignoranza né dalla paura di “macchiare” la reputazione della scuola, perché ciò che la macchia davvero è voltarsi dall’altra parte.

La responsabilità delle scuole non si ferma all’ambito amministrativo. Se non intervengono e tale omissione provoca un danno fisico o psicologico a uno studente, possono derivarne conseguenze civili e persino penali. Dal punto di vista civile, la scuola può essere obbligata a risarcire i danni causati per non aver garantito un ambiente sicuro. Dal punto di vista penale, a seconda della gravità del caso, può configurarsi come omissione di soccorso o addirittura come complicità per omissione in reati di odio o discriminazione. In sintesi, non fare nulla ha comunque delle conseguenze. La legge impone di agire, e anche l’etica lo fa. Le scuole devono essere luoghi in cui la dignità di ogni persona venga rispettata, senza eccezioni.

La lotta contro il razzismo non si vince in un giorno, ma può cominciare ogni mattina, in ogni aula, in ogni conversazione. Si tratta di costruire spazi in cui tutti si sentano valorizzati, rispettati e al sicuro. Una scuola libera dal razzismo non è un’utopia: è un obiettivo che si può raggiungere con impegno, empatia ed educazione.

Perché educare senza pregiudizi non cambia solo il presente, ma trasforma anche il futuro.

Un futuro senza pregiudizi.

E senza razzismo.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Éduquer sans racisme

Parler du racisme dans les écoles et les lycées n’est pas un sujet anodin. Même si nous aimons parfois penser que ce genre de choses n’existe plus, ou qu’elles se produisent seulement ailleurs, la réalité est bien différente. Le racisme est encore présent dans de nombreux établissements scolaires. Il se manifeste à travers des moqueries, des regards, des remarques ou des exclusions qui, peu à peu, laissent une trace profonde chez ceux qui en sont victimes. Ce qui est le plus inquiétant, c’est que ces situations ne sont souvent même pas reconnues comme du racisme. C’est pourquoi il est essentiel d’apprendre à les identifier, à les prévenir et à les dénoncer lorsqu’elles surviennent.

L’école n’est pas seulement un lieu où l’on apprend les mathématiques ou l’histoire. C’est aussi un espace où les enfants et les adolescents construisent leur vision du monde. Ils y apprennent des valeurs, des comportements et des manières de vivre ensemble. Si, dans cet environnement, on tolère ou on ignore les comportements racistes, le message transmis est clair : discriminer n’est pas si grave. Et cela, il faut absolument l’éviter.

Prévenir le racisme commence par l’éducation, mais pas seulement celle que l’on trouve dans les manuels scolaires. Il faut une éducation émotionnelle et sociale qui enseigne l’empathie, la tolérance et la compréhension que les différences sont une richesse, pas une menace. Les enseignants jouent ici un rôle fondamental, car ce sont eux qui peuvent détecter les changements d’attitude, les signes d’exclusion ou les moqueries à caractère raciste. Il est donc essentiel qu’ils reçoivent une formation adéquate et que les établissements disposent de ressources et de protocoles d’intervention adaptés.

Les élèves eux-mêmes doivent aussi participer activement. Il ne suffit pas que les enseignants fassent des cours ou diffusent des vidéos. Les jeunes doivent pouvoir débattre, réfléchir, proposer des idées et apprendre à reconnaître leurs propres préjugés. Lorsqu’ils se sentent impliqués, lorsqu’ils comprennent que leur voix compte, les changements deviennent plus profonds et durables.

Les familles ont, elles aussi, un rôle crucial. Les premières valeurs se transmettent à la maison. Si un enfant entend des propos racistes chez lui, même déguisés en plaisanteries, il les considérera comme normaux. L’éducation antiraciste commence par le langage, par la façon dont on parle des autres, et par la manière dont on les traite. Parler avec ses enfants de respect, d’égalité et d’empathie n’est pas un acte ponctuel, mais un engagement de chaque jour.

Mais que faire lorsque le racisme s’est déjà produit ? Quand un élève est insulté à cause de sa couleur de peau, de son accent ou de ses origines, il ne faut pas détourner le regard. Le silence ne fait qu’encourager l’impunité. La première étape est d’écouter la victime, de la soutenir et de lui faire savoir qu’elle n’est pas seule. Ensuite, il faut signaler l’incident. Toutes les écoles disposent de protocoles d’intervention contre le harcèlement et la discrimination. On peut en parler à un enseignant, à la direction ou à l’inspection académique. Dans les cas les plus graves, on peut aussi s’adresser aux autorités compétentes ou déposer une plainte officielle.

De plus, il existe des associations et des organisations qui offrent aide et accompagnement, aussi bien aux victimes qu’aux familles et aux enseignants. Du Conseil pour l’élimination de la discrimination raciale aux ONG telles que la International Human Rights Foundation, SOS Racisme ou la CEAR, de nombreux organismes peuvent orienter et conseiller sur les démarches à entreprendre. L’essentiel est de ne pas laisser le temps passer et de ne jamais minimiser la gravité des faits.

Les établissements scolaires ont une responsabilité claire et directe d’intervenir dans tout cas de racisme ou de discrimination. Il ne s’agit pas seulement d’une question morale, mais aussi d’une obligation légale. La loi impose aux écoles de protéger les élèves contre tout traitement dégradant, y compris le racisme. Lorsqu’un établissement est informé d’un incident et n’active pas le protocole prévu, il manque à son devoir de vigilance et de protection. L’équipe de direction et le personnel enseignant doivent documenter les faits, informer les autorités compétentes et offrir un soutien psychologique et social à la victime. L’inaction ne peut être justifiée ni par la peur ni par le souci de préserver l’image de l’école, car ce qui la salit vraiment, c’est de fermer les yeux.

La responsabilité des établissements ne s’arrête pas là. En cas d’inaction ayant entraîné un préjudice moral ou physique à un élève, leur responsabilité civile et, dans certains cas, pénale peut être engagée. Sur le plan civil, l’école peut être contrainte d’indemniser la victime pour ne pas avoir garanti un environnement sûr. Sur le plan pénal, selon la gravité des faits, cela peut être considéré comme une non-assistance à personne en danger, voire comme une complicité par omission dans des actes de haine ou de discrimination. En d’autres termes, ne rien faire a des conséquences. La loi impose d’agir, et la conscience morale le demande aussi. L’école doit être un lieu où la dignité de chaque individu est respectée, sans exception.

La lutte contre le racisme ne se gagne pas en un jour, mais elle peut commencer chaque matin, dans chaque classe, dans chaque conversation. Il s’agit de bâtir des espaces où chacun se sent reconnu, respecté et en sécurité. Une école sans racisme n’est pas une utopie : c’est un objectif atteignable avec de la volonté, de l’empathie et de l’éducation.

Car éduquer sans préjugés ne change pas seulement le présent, mais transforme aussi l’avenir.

Un avenir sans préjugés.

Et sans racisme.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Educar sem racismo

Falar sobre racismo nas escolas e nos colégios não é um tema menor. Embora às vezes queiramos acreditar que essas coisas já não acontecem ou que só ocorrem em lugares distantes, a realidade é bem diferente. O racismo ainda está presente em muitas instituições de ensino. Ele se manifesta em piadas, olhares, comentários ou exclusões que, aos poucos, deixam marcas profundas em quem as sofre. O mais preocupante é que, muitas vezes, essas situações nem sequer são reconhecidas como racismo. Por isso é tão importante aprender a identificá-lo, preveni-lo e denunciá-lo quando acontece.

A escola não é apenas um lugar onde se aprendem matemática ou história. É também o espaço onde crianças e adolescentes constroem a sua forma de ver o mundo. Ali aprendem valores, hábitos e maneiras de se relacionar. Se nesse ambiente se toleram ou se ignoram atitudes racistas, a mensagem que se transmite é muito clara: que discriminar não é algo grave. E isso não pode acontecer.

Prevenir o racismo começa pela educação, mas não apenas pela que está nos livros. É necessária uma educação emocional e social que ensine a colocar-se no lugar do outro, a valorizar a diversidade e a compreender que as diferenças nos enriquecem. É aqui que o corpo docente desempenha um papel fundamental, pois são os professores e professoras que podem detectar mudanças de atitude, gestos de exclusão ou zombarias racistas. Por isso é essencial que tenham formação adequada e que as escolas ofereçam recursos e protocolos para agir diante de qualquer caso.

Também é importante que os alunos participem ativamente. Não basta que os professores façam palestras ou passem vídeos. As crianças e os jovens devem fazer parte do processo. É preciso debater, refletir, propor atividades e aprender a reconhecer os próprios preconceitos. Quando se envolvem, quando sentem que têm voz, a mudança é muito mais profunda e duradoura.

As famílias, é claro, também têm a sua parte de responsabilidade. Em casa aprendem-se os primeiros valores e atitudes. Se uma criança ouve comentários racistas no seu lar, mesmo disfarçados de brincadeira, vai considerá-los normais. A educação antirracista começa na linguagem, nas conversas do dia a dia e na forma de tratar as pessoas diferentes. Falar com os filhos e filhas sobre respeito, empatia e igualdade não é uma tarefa pontual, mas um compromisso constante.

Mas o que fazer quando o racismo já aconteceu? Quando alguém é insultado pela cor da pele, pela origem ou pelo sotaque, não se deve olhar para o lado. O silêncio apenas reforça a impunidade. A primeira coisa é apoiar a vítima, ouvi-la e fazê-la saber que não está sozinha. Depois, é necessário comunicar o ocorrido. Todas as escolas têm protocolos de atuação contra o assédio e a discriminação. Pode-se informar um professor, a direção ou a inspeção educativa. Nos casos mais graves, é possível recorrer às autoridades competentes ou apresentar uma denúncia formal.

Além disso, existem associações e organizações que oferecem apoio e orientação, tanto às vítimas como às famílias e aos profissionais da educação. Desde o Conselho para a Eliminação da Discriminação Racial até organizações não governamentais como a International Human Rights Foundation, a SOS Racismo ou a CEAR, há instituições que podem aconselhar e indicar os passos a seguir. O essencial é não deixar o tempo passar e jamais minimizar a gravidade do que aconteceu.

As instituições de ensino têm uma obrigação clara e direta de agir diante de qualquer situação de racismo ou discriminação. Não se trata apenas de uma questão moral, mas também legal. A legislação portuguesa obriga as escolas a proteger os alunos contra qualquer forma de assédio ou tratamento degradante, incluindo o racismo. Se uma instituição tem conhecimento de um incidente e não ativa o protocolo correspondente, está a violar o seu dever de vigilância e proteção. A direção e o corpo docente devem registar os factos, informar as autoridades competentes e oferecer apoio psicológico e social à vítima. A passividade não pode ser justificada por desconhecimento nem por medo de “manchar” a reputação da escola, porque o que realmente a mancha é ignorar o problema.

A responsabilidade das instituições não termina no âmbito administrativo. Se não agirem e essa omissão causar dano físico ou psicológico a um aluno ou aluna, podem surgir consequências civis e até penais. No âmbito civil, a escola pode ser obrigada a indemnizar pelos danos causados por não ter garantido um ambiente seguro. E no âmbito penal, dependendo da gravidade do caso, pode ser considerada omissão de auxílio ou até cumplicidade por omissão em crimes de ódio ou discriminação. Em resumo, não fazer nada também tem consequências. A lei exige agir, e a ética também. As escolas devem ser espaços onde a dignidade de todas as pessoas seja respeitada, sem exceções.

A luta contra o racismo não se vence num só dia, mas pode começar todas as manhãs, em cada sala de aula, em cada conversa. Trata-se de construir espaços onde todas as pessoas se sintam valorizadas, respeitadas e seguras. Uma escola livre de racismo não é uma utopia: é uma meta alcançável com compromisso, empatia e educação.

Porque educar sem preconceitos não muda apenas o presente, também transforma o futuro.

Um futuro sem preconceitos.

E sem racismo.