Una voz que sigue viva

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Muchas veces no damos valor suficiente a la lengua que hablamos. Sobre todo si se trata de una lengua que lleva siglos acompañando al pueblo gitano y que sigue muy viva hoy en día. Hablo de la lengua romaní.

El romaní no es solo una forma de hablar, también es una parte esencial de la historia, la cultura y la identidad de millones de personas en todo el mundo. Una lengua que, más allá de la dispersión, sigue uniendo a todo un pueblo esté donde esté.

A lo largo del tiempo, el romaní ha viajado igual que su gente. Nació en la India y, con los siglos, fue cruzando países y fronteras hasta llegar a Europa, África y América. En ese camino, se mezcló con muchas lenguas, recogiendo palabras y sonidos de cada sitio. Por eso, cada variante del romaní tiene su propio acento y su propio color. Pero también es cierto que, durante mucho tiempo, fue una lengua despreciada, escondida o prohibida, como parte del racismo que ha sufrido, y sigue sufriendo, el pueblo gitano.

Hablar romaní es también una forma de resistencia y de orgullo. Mantener viva la lengua, enseñarla a los niños y usarla en el día a día significa no dejar que se pierda una parte de la memoria colectiva del pueblo gitano. Cada palabra romaní guarda historias, canciones, consejos y formas de entender el mundo que no deberían desaparecer jamás, que han de ser protegidas como parte de esta riqueza incalculable y tesoro inmaterial que es toda lengua.

Reivindicar la lengua romaní no es un acto de compasión, sino de respeto. Es reconocer que el romaní forma parte de la riqueza cultural de toda la humanidad y que merece el mismo lugar que cualquier otra lengua.

Nunca olvidemos que la diversidad es lo que nos hace más libres y más humanos.

Porque, como dice un dicho romaní:
“Nuestra lengua es nuestra fuerza”.

«Amaro lav si amaro zor».

Nota: La información contenida en este texto está en consonancia con los datos y principios reconocidos por el Consejo de Europa, la UNESCO y la International Romani Union, que reconocen la lengua romaní como un elemento esencial del patrimonio cultural inmaterial y promueven su protección y enseñanza en todo el mundo.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
A Voice That Remains Alive

We often fail to truly appreciate the language we speak, especially when it is one that has accompanied the Romani people for centuries and remains very much alive today. I’m speaking of the Romani language.

Romani is not just a way of speaking; it is an essential part of the history, culture, and identity of millions of people around the world. A language that, despite dispersion, continues to unite an entire people, wherever they may be.

Over time, Romani has travelled just as its people have. It was born in India and, over the centuries, crossed countries and borders until it reached Europe, Africa, and the Americas. Along the way, it blended with many other languages, absorbing words and sounds from each place. That is why every variety of Romani has its own accent and its own color. Yet it is also true that, for a long time, it was a language despised, hidden, or even banned, part of the racism that the Romani people have endured, and continue to face, to this day.

Speaking Romani is also an act of resistance and pride. Keeping the language alive, teaching it to children and using it in everyday life, means refusing to let a part of the collective memory of the Romani people be lost. Every Romani word holds stories, songs, wisdom, and ways of understanding the world that should never disappear. They must be protected as part of the immeasurable richness and intangible treasure that every language represents.

Defending the Romani language is not an act of compassion, but of respect. It is recognizing that Romani is part of the cultural wealth of all humanity and deserves the same place as any other language.

Let us never forget that diversity is what makes us freer and more human.

Because, as a Romani saying goes, 
“Our language is our strength.”

«Amaro lav si amaro zor».

Note: The information contained in this text is consistent with the data and principles recognized by the Council of EuropeUNESCO, and the International Romani Union, which acknowledge the Romani language as an essential element of intangible cultural heritage and promote its protection and teaching throughout the world.

La deshumanización digital de la comunidad LGTBIQ+

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Por todo el mundo, la igualdad legal de las personas LGTBIQ+ ha avanzado mucho en las últimas décadas. Afortunadamente, después de décadas de lucha, las leyes reconocen derechos antes impensables como el matrimonio igualitario, el derecho de adopción, el reconocimiento de la autodeterminación de la identidad de género y otras muchas medidas contra la discriminación. Pero la igualdad sobre el papel no siempre se traduce en respeto real. En el día a día, y especialmente en el espacio digital, persisten formas más sutiles, pero igualmente dañinas, de violencia simbólica. Las redes sociales y los medios de comunicación, que deberían servir para educar, visibilizar y normalizar, siguen siendo, con demasiada frecuencia, escenarios de deshumanización y patologización de las personas LGTBIQ+.

Cuando hablamos de deshumanización estamos hablando de un proceso en el que se niega la condición de persona y, por tanto, el reconocimiento de su personalidad jurídica. Esto supone la reducción de la persona a un estereotipo, a una burla o a un objeto de debate. En redes sociales, esto ocurre cada día. Cualquier publicación que mencione derechos LGTBIQ+ se llena de comentarios que insultan, caricaturizan o cuestionan la existencia misma de las personas diversas. Frases como “hacen lo que quieren pero que no lo impongan” o “están enfermos” se repiten miles de veces, disfrazadas de opinión legítima o libertad de expresión. Pero lo que en realidad hay detrás es una violencia constante que se materializa en recordar constantemente que una persona, por el mero hecho de reivindicarse a sí misma, ve cómo su forma de amar, que es la misma para toda persona, o de ser, tan legítima como la de cualquiera, se convierte, a ojos de muchos, en motivo de sospecha o discriminación. 

Esta deshumanización tiene mucho que ver con la patologización, con esa vieja costumbre de considerar las identidades o las orientaciones no normativas como una enfermedad, un trastorno o una desviación. Aunque la ciencia y la medicina hace tiempo que abandonaron esa idea, dado que la homosexualidad dejó de ser considerada enfermedad mental en 1990 y la transexualidad en 2018, los discursos mediáticos y digitales no siempre han seguido el mismo ritmo. Todavía hoy, ciertos programas de televisión, tertulias o titulares sensacionalistas utilizan un lenguaje que sugiere que las personas trans, por ejemplo, son “confusas”, “problemáticas” o “enfermas”. No lo dicen abiertamente, pero el mensaje que transmite es claro y está calando. Y ese mensaje transmite que lo diferente sigue siendo visto como anormal.

En redes sociales, esta patologización adopta nuevas formas. Los algoritmos, que premian la polémica y el enfrentamiento, dan visibilidad a los discursos más extremos. Cuanto más escandalosa es una afirmación, más se comparte. Así, creadores de contenido o figuras públicas que niegan la existencia de las identidades trans o ridiculizan el orgullo LGTBIQ+ logran miles de visualizaciones. El resultado es un círculo vicioso en el que la ofensa se convierte en espectáculo y la humillación en entretenimiento. Lo que debería ser un espacio de convivencia se convierte en un campo de batalla emocional.

A esto se suma la responsabilidad de los medios de comunicación tradicionales que siguen marcando la agenda social. Muchas veces, la representación de la diversidad sexual y de género se aborda desde la excepcionalidad o el morbo. Se presentan historias personales de forma sensacionalista, se invita a “debatir” derechos humanos como si fueran una cuestión de opinión, o se da voz a supuestos “expertos” que niegan evidencias científicas y alimentan prejuicios. Esa falsa equidistancia, dar el mismo valor a quien defiende la igualdad que a quien la niega, genera confusión y legitima el discurso de odio. Además, no es admisible en una sociedad democrática debatir acerca del ejercicio y del respeto hacia los derechos humanos. 

Por ejemplo, cuando una persona trans participa en un programa para explicar su realidad, no es raro que el formato se plantee como una “controversia”, enfrentándola a alguien que cuestiona su identidad. Es como si un medio organizara un debate sobre si las personas negras o las personas con discapacidad merecen respeto o si las mujeres deben trabajar o tener derecho al voto. En una sociedad democráticamente sana, plantear cuestiones como esta es totalmente inimaginable. Sin embargo, con las personas LGTBIQ+ aún se permite. Y esa naturalización del cuestionamiento constante es, en sí misma, una forma de violencia mediática. Por ello, no puede existir tal debate.

Sin embargo, vemos continuamente cómo se debate en televisión y en redes sociales. Debatir es cuestionar y dentro del cuestionamiento también se da espacio a la negación de derechos que en una democracia han de ser siempre incuestionables. La razón es sencilla, todos los derechos, tanto humanos como fundamentales, tienen una misma fuente. Y esa fuente no es otra sino la dignidad humana que es inviolable e inherente a toda persona. Negar cualquier aspecto o derecho, tanto humano como fundamental, es negar la fuente de la que nace, es negar la dignidad de la persona. 

Las consecuencias de todo esto son profundas. La deshumanización y patologización generan miedo, ansiedad y sentimiento de inferioridad en quienes pertenecen al colectivo. Muchas personas jóvenes, especialmente las trans, sufren acoso en línea y terminan retirándose de las redes o silenciando su identidad. El espacio digital, que podría ser un lugar de expresión y apoyo, se convierte en un entorno hostil. A la vez, estos discursos refuerzan prejuicios en la población general y alimentan la idea de que los derechos LGTBIQ+ son algo “ideológico” o “excesivo”, cuando en realidad son derechos humanos básicos. Todo esto sucede en la red constantemente y lo más preocupante de todo es que se está trasladando al espacio físico con insultos y agresiones constantes en la calle, en centros educativos, en zonas de ocio y demás espacios públicos o de servicios de la administración pública. 

Pero en todo esto, también hay una dimensión política. La retórica deshumanizadora en redes y medios sirve de caldo de cultivo para movimientos que buscan revertir los enormes avances sociales logrados. En los últimos años, se ha normalizado escuchar en parlamentos y platós discursos que apelan al “sentido común” para cuestionar leyes de igualdad o educación inclusiva. Se utiliza un lenguaje aparentemente técnico o protector, “hay que proteger a los niños”, “hay que respetar la libertad de los padres”, para justificar políticas de exclusión. Por su parte, los medios que reproducen esas ideas sin cuestionarlas contribuyen, aunque no lo pretendan, a perpetuar la violencia simbólica que, al final, se materializa en un aumento de las agresiones. 

Pero frente a esta realidad también hay un enorme ejercicio de resistencia. Las redes han permitido que muchas personas LGTBIQ+ encuentren su lugar en la comunidad, una voz y apoyo mutuo. Activistas, periodistas y creadores de contenido trabajan cada día para contrarrestar el odio con información, empatía y visibilidad. Los medios más responsables están aprendiendo a revisar su lenguaje, a evitar titulares estigmatizantes y a tratar las identidades diversas con el respeto que merecen. Es verdad que se trata de un camino muy lento porque, por cada minuto de desinformación malintencionada, hay que invertir mucho más tiempo aún. Pero es un esfuerzo que es necesario realizar para salvaguardar los derechos inherentes de las personas LGTBIQ+, que son exactamente los mismos que cualquier otra persona, porque nacen de la misma dignidad humana inviolable. 

La clave de todo esto está en entender que no se trata de censurar, que no se trata solo de corregir palabras o titulares, sino de cambiar miradas. Dejar de ver a las personas LGTBIQ+ como “temas” o “colectivos” y empezar a verlas como lo que son: personas, como seres humanos nacidos con los mismos derechos que cualquier otra persona en el mundo, con vidas, sus deseos, sus miedos y sus sueños. Y por supuesto, con derecho el mismo derecho a existir que cualquier otra persona sin que su identidad sea objeto de debate, cuestionamiento o burla.

En el fondo, la deshumanización y la patologización son dos caras de la misma moneda. Una moneda que no es otra sino la del miedo a la diferencia. Y ese miedo solo se vence con conocimiento, educación y empatía. Los medios y las redes, si se usan con responsabilidad, pueden ser herramientas poderosas para ello. 

El mundo ha avanzado mucho, sí, pero mientras haya jóvenes que teman decir a quién aman o quiénes son por miedo a los comentarios que leerán después, la lucha por la igualdad y contra toda forma de discriminación hacia las personas LGTBIQ+ seguirá siendo necesaria.

Porque no hay mayor acto de humanidad que mirar a la persona que tenemos ante nuestros ojos y reconocerla, sin etiquetas, como igual.

Reconociéndola como lo que es. 

Un ser humano.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The Digital Dehumanisation of the LGTBIQ+ Community

Across the world, the legal equality of LGTBIQ+ people has advanced greatly over recent decades. Fortunately, after years of struggle, the law now recognises rights that were once unthinkable — such as equal marriage, adoption rights, the recognition of gender self-determination, and many other measures against discrimination. Yet equality on paper does not always translate into real respect. In everyday life, and especially in the digital sphere, more subtle but equally harmful forms of symbolic violence persist. Social networks and the media, which should serve to educate, raise awareness and normalise, too often remain spaces of dehumanisation and pathologisation of LGTBIQ+ people.

When we talk about dehumanisation, we are referring to a process in which a person’s very humanity is denied and, consequently, their legal and moral recognition. This entails reducing an individual to a stereotype, a mockery, or an object of debate. On social media, this happens every day. Any post that mentions LGTBIQ+ rights quickly fills with comments that insult, caricature or question the very existence of diverse people. Phrases such as “they can do what they want but shouldn’t impose it” or “they’re sick” are repeated thousands of times, disguised as legitimate opinion or freedom of expression. Yet behind this lies a constant form of violence — a persistent reminder that a person, merely by asserting their identity, sees their way of loving, which is the same as anyone else’s, or their way of being, as legitimate as any other, turned into a reason for suspicion or discrimination in the eyes of many.

This dehumanisation is closely linked to pathologisation — that old habit of viewing non-normative identities or orientations as illnesses, disorders, or deviations. Although science and medicine abandoned that idea long ago — homosexuality ceased to be classified as a mental illness in 1990, and transsexuality in 2018 — media and digital discourse have not always kept pace. Even today, certain television programmes, talk shows, or sensationalist headlines use language that suggests trans people, for example, are “confused”, “troubled”, or “ill”. They may not say it outright, but the message is clear — and it seeps through: difference continues to be perceived as abnormal.

On social media, this pathologisation takes on new forms. Algorithms, which reward controversy and confrontation, amplify the most extreme voices. The more scandalous a statement, the more it is shared. Thus, content creators or public figures who deny the existence of trans identities or ridicule LGTBIQ+ pride accumulate thousands of views. The result is a vicious circle in which offence becomes spectacle and humiliation becomes entertainment. What should be a space of coexistence becomes an emotional battlefield.

Added to this is the responsibility of traditional media, which continue to shape the public agenda. Far too often, the representation of sexual and gender diversity is approached through sensationalism or exceptionalism. Personal stories are presented in a voyeuristic tone; human rights are treated as if they were matters of opinion; and supposed “experts” who deny scientific evidence are given airtime, thus feeding prejudice. This false sense of balance — giving equal weight to those who defend equality and those who deny it — creates confusion and legitimises hate speech. Moreover, in a democratic society, it is unacceptable to debate whether human rights should be respected or not.

For example, when a trans person appears on a television programme to share their experience, it is not unusual for the format to be presented as a “controversy”, pitting them against someone who questions their very identity. It is as if a broadcaster were to host a debate on whether Black people or people with disabilities deserve respect, or whether women should be allowed to work or have the right to vote. In a healthy democratic society, raising such questions would be utterly unthinkable. Yet when it comes to LGTBIQ+ people, it is still permitted. And this normalisation of constant questioning is, in itself, a form of media violence.

Nevertheless, we continue to see such “debates” on television and across social networks. To debate is to question, and within that questioning lies space for the denial of rights that, in a democracy, must remain beyond dispute. The reason is simple: all rights, whether human or fundamental, stem from the same source — human dignity, which is inviolable and inherent to every person. To deny any aspect of these rights, human or fundamental, is to deny the very source from which they arise; it is to deny a person’s dignity.

The consequences of all this run deep. Dehumanisation and pathologisation generate fear, anxiety, and a sense of inferiority among those within the community. Many young people, especially trans youth, experience online harassment and end up withdrawing from social networks or silencing their identities. The digital space, which could be a place of expression and support, becomes a hostile environment. At the same time, these narratives reinforce prejudice within the broader population and feed the idea that LGTBIQ+ rights are somehow “ideological” or “excessive”, when in fact they are basic human rights. This dynamic plays out online every day, and, most worryingly, it is now spilling into the physical world — with insults and attacks on the streets, in schools, leisure spaces, and even in public institutions.

There is also a political dimension to all this. Dehumanising rhetoric in the media and on social platforms provides fertile ground for movements that seek to reverse the immense social progress achieved. In recent years, it has become normalised to hear speeches in parliaments and talk shows invoking “common sense” to question equality or inclusive education laws. An apparently protective or technical language — “we must protect the children”, “we must respect parental freedom” — is used to justify exclusionary policies. Media outlets that reproduce these ideas without challenging them, even unintentionally, help to perpetuate symbolic violence, which ultimately manifests in an increase in physical aggression.

Yet in the face of this reality, there is also great resistance. Social networks have allowed many LGTBIQ+ individuals to find a sense of belonging, a voice, and mutual support. Activists, journalists, and content creators work every day to counter hatred with information, empathy, and visibility. The most responsible media outlets are learning to review their language, avoid stigmatising headlines, and treat diverse identities with the respect they deserve. It is true that progress is slow — for every minute of malicious misinformation, much more time must be invested in setting the record straight. But it is an essential effort to safeguard the inherent rights of LGTBIQ+ people, which are exactly the same as those of anyone else, because they spring from the same inviolable human dignity.

The key lies in understanding that this is not about censorship — not merely about correcting words or headlines — but about changing perspectives. It is about ceasing to view LGTBIQ+ people as “topics” or “collectives” and beginning to see them for what they are: human beings, born with the same rights as anyone else in the world, with lives, desires, fears, and dreams of their own. And, of course, with the same right to exist as anyone else, without their identity being the subject of debate, questioning, or ridicule.

Ultimately, dehumanisation and pathologisation are two sides of the same coin — one that represents fear of difference. And that fear can only be overcome through knowledge, education, and empathy. The media and digital platforms, if used responsibly, can be powerful tools for achieving this.

The world has indeed come a long way, but as long as there are young people who are afraid to say who they love or who they are for fear of the comments they might read afterwards, the fight for equality and against all forms of discrimination towards LGTBIQ+ people will remain necessary.

For there is no greater act of humanity than to look at the person before us and recognise them, without labels, as our equal.

Recognising them for what they are.

A human being.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
La disumanizzazione digitale della comunità LGTBIQ+

In tutto il mondo, l’uguaglianza giuridica delle persone LGTBIQ+ ha compiuto grandi progressi negli ultimi decenni. Fortunatamente, dopo anni di lotte, le leggi riconoscono diritti un tempo impensabili, come il matrimonio egualitario, il diritto all’adozione, il riconoscimento dell’autodeterminazione dell’identità di genere e molte altre misure contro la discriminazione. Tuttavia, l’uguaglianza sulla carta non sempre si traduce in rispetto reale. Nella vita quotidiana, e soprattutto nello spazio digitale, persistono forme più sottili, ma altrettanto dannose, di violenza simbolica. I social network e i mezzi di comunicazione, che dovrebbero servire a educare, rendere visibile e normalizzare, sono ancora troppo spesso scenari di disumanizzazione e patologizzazione delle persone LGTBIQ+.

Quando parliamo di disumanizzazione, ci riferiamo a un processo che nega la condizione di persona e, quindi, il riconoscimento della personalità giuridica. Ciò comporta la riduzione dell’individuo a uno stereotipo, a una derisione o a un oggetto di dibattito. Sui social network, questo accade ogni giorno. Qualsiasi pubblicazione che menzioni i diritti LGTBIQ+ si riempie di commenti che insultano, ridicolizzano o mettono in discussione l’esistenza stessa delle persone diverse. Frasi come “facciano ciò che vogliono, ma non lo impongano” o “sono malati” si ripetono migliaia di volte, mascherate da opinioni legittime o libertà di espressione. Ma in realtà, dietro tutto questo si cela una violenza costante, che si concretizza nel ricordare continuamente che una persona, per il solo fatto di affermare sé stessa, vede come il suo modo di amare — uguale a quello di chiunque altro — o di essere — altrettanto legittimo — diventi, agli occhi di molti, motivo di sospetto o discriminazione.

Questa disumanizzazione è strettamente legata alla patologizzazione, a quell’antica abitudine di considerare le identità o le orientazioni non normative come una malattia, un disturbo o una deviazione. Sebbene la scienza e la medicina abbiano da tempo abbandonato tale idea — l’omosessualità è stata rimossa dall’elenco delle malattie mentali nel 1990 e la transessualità nel 2018 — i discorsi mediatici e digitali non sempre hanno seguito lo stesso ritmo. Ancora oggi, alcuni programmi televisivi, talk show o titoli sensazionalistici utilizzano un linguaggio che suggerisce che le persone trans, ad esempio, siano “confuse”, “problematiche” o “malate”. Non lo affermano apertamente, ma il messaggio è chiaro e penetra in profondità: la diversità continua a essere percepita come anormalità.

Sui social, questa patologizzazione assume nuove forme. Gli algoritmi, che premiano la polemica e lo scontro, danno visibilità ai discorsi più estremi. Più scandalosa è un’affermazione, più viene condivisa. Così, creatori di contenuti o figure pubbliche che negano l’esistenza delle identità trans o ridicolizzano l’orgoglio LGTBIQ+ ottengono migliaia di visualizzazioni. Il risultato è un circolo vizioso in cui l’offesa diventa spettacolo e l’umiliazione intrattenimento. Ciò che dovrebbe essere uno spazio di convivenza si trasforma in un campo di battaglia emotivo.

A questo si aggiunge la responsabilità dei mezzi di comunicazione tradizionali, che continuano a dettare l’agenda sociale. Spesso la rappresentazione della diversità sessuale e di genere viene affrontata attraverso l’eccezionalità o il sensazionalismo. Si presentano storie personali in modo morboso, si invita a “dibattere” sui diritti umani come se fossero opinioni, o si dà voce a presunti “esperti” che negano le evidenze scientifiche e alimentano i pregiudizi. Questa falsa equidistanza — dare lo stesso valore a chi difende l’uguaglianza e a chi la nega — genera confusione e legittima il discorso d’odio. Inoltre, in una società democratica, non è ammissibile mettere in discussione l’esercizio e il rispetto dei diritti umani.

Ad esempio, quando una persona trans partecipa a un programma televisivo per raccontare la propria realtà, non è raro che il formato venga impostato come una “controversia”, contrapponendola a qualcuno che ne mette in dubbio l’identità. È come se un mezzo organizzasse un dibattito su se le persone nere o con disabilità meritino rispetto, o se le donne debbano lavorare o avere diritto di voto. In una società democraticamente sana, porre simili questioni sarebbe impensabile. Eppure, con le persone LGTBIQ+ questo continua a essere permesso. E questa normalizzazione del continuo mettere in discussione è, di per sé, una forma di violenza mediatica. Per questo, un simile dibattito non può esistere.

Tuttavia, assistiamo continuamente a tali dibattiti in televisione e sui social. Dibattere significa mettere in discussione, e nel farlo si lascia spazio alla negazione di diritti che, in una democrazia, dovrebbero essere sempre indiscutibili. La ragione è semplice: tutti i diritti, umani e fondamentali, condividono la stessa fonte, che non è altra se non la dignità umana, inviolabile e inerente a ogni persona. Negare un qualsiasi diritto, umano o fondamentale, significa negare la fonte da cui nasce: la dignità della persona.

Le conseguenze di tutto ciò sono profonde. La disumanizzazione e la patologizzazione generano paura, ansia e senso di inferiorità in chi appartiene al collettivo. Molte persone giovani, soprattutto trans, subiscono molestie online e finiscono per abbandonare i social o nascondere la propria identità. Lo spazio digitale, che potrebbe essere un luogo di espressione e sostegno, diventa un ambiente ostile. Al tempo stesso, questi discorsi rafforzano i pregiudizi nella popolazione generale e alimentano l’idea che i diritti LGTBIQ+ siano qualcosa di “ideologico” o “eccessivo”, quando in realtà sono diritti umani fondamentali. Tutto ciò accade costantemente online e, cosa ancora più preoccupante, si sta trasferendo nello spazio fisico, con insulti e aggressioni sempre più frequenti per strada, nelle scuole, nei luoghi di svago e in altri spazi pubblici o istituzionali.

Ma in tutto questo c’è anche una dimensione politica. La retorica disumanizzante sui media e sui social funge da terreno fertile per movimenti che mirano a invertire i grandi progressi sociali raggiunti. Negli ultimi anni è diventato normale ascoltare, nei parlamenti e nei talk show, discorsi che richiamano al “buon senso” per mettere in dubbio le leggi sull’uguaglianza o sull’educazione inclusiva. Si utilizza un linguaggio apparentemente tecnico o protettivo — “bisogna proteggere i bambini”, “bisogna rispettare la libertà dei genitori” — per giustificare politiche di esclusione. I media che riproducono queste idee senza metterle in discussione contribuiscono, anche involontariamente, a perpetuare una violenza simbolica che, alla fine, si traduce in un aumento delle aggressioni.

Di fronte a questa realtà, però, esiste anche un grande esercizio di resistenza. I social hanno permesso a molte persone LGTBIQ+ di trovare il proprio posto nella comunità, una voce e un sostegno reciproco. Attivisti, giornalisti e creatori di contenuti lavorano ogni giorno per contrastare l’odio con informazione, empatia e visibilità. I media più responsabili stanno imparando a rivedere il proprio linguaggio, a evitare titoli stigmatizzanti e a trattare le identità diverse con il rispetto che meritano. È vero che si tratta di un cammino lento, perché per ogni minuto di disinformazione intenzionale occorre investire molto più tempo. Ma è uno sforzo necessario per salvaguardare i diritti delle persone LGTBIQ+, che sono esattamente gli stessi di chiunque altro, perché nascono dalla stessa dignità umana inviolabile.

La chiave di tutto questo sta nel comprendere che non si tratta di censurare, né solo di correggere parole o titoli, ma di cambiare lo sguardo. Smettere di vedere le persone LGTBIQ+ come “temi” o “categorie” e iniziare a vederle per ciò che sono: persone, esseri umani nati con gli stessi diritti di chiunque altro nel mondo, con le proprie vite, desideri, paure e sogni. E, naturalmente, con lo stesso diritto di esistere senza che la loro identità diventi oggetto di dibattito, messa in discussione o derisione.

In fondo, la disumanizzazione e la patologizzazione sono due facce della stessa medaglia: la paura della differenza. E questa paura si vince solo con conoscenza, educazione ed empatia. I media e le reti sociali, se usati con responsabilità, possono essere strumenti potenti in questa direzione.

Il mondo ha fatto molti progressi, sì, ma finché ci saranno giovani che temono di dire chi amano o chi sono per paura dei commenti che leggeranno dopo, la lotta per l’uguaglianza e contro ogni forma di discriminazione verso le persone LGTBIQ+ continuerà a essere necessaria.

Perché non c’è atto più umano che guardare la persona che abbiamo davanti agli occhi e riconoscerla, senza etichette, come uguale.

Riconoscendola per ciò che è.

Un essere umano.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
La déshumanisation numérique de la communauté LGTBIQ+

Dans le monde entier, l’égalité juridique des personnes LGTBIQ+ a considérablement progressé au cours des dernières décennies. Heureusement, après des années de lutte, les lois reconnaissent des droits autrefois inimaginables, tels que le mariage égalitaire, le droit à l’adoption, la reconnaissance de l’autodétermination de l’identité de genre et de nombreuses autres mesures contre la discrimination. Cependant, l’égalité sur le papier ne se traduit pas toujours par un respect réel. Dans la vie quotidienne, et tout particulièrement dans l’espace numérique, persistent des formes plus subtiles, mais tout aussi nuisibles, de violence symbolique. Les réseaux sociaux et les médias, qui devraient servir à éduquer, à rendre visible et à normaliser, restent trop souvent des espaces de déshumanisation et de pathologisation des personnes LGTBIQ+.

Lorsque nous parlons de déshumanisation, nous faisons référence à un processus par lequel la condition de personne est niée et, par conséquent, la reconnaissance de sa personnalité juridique. Cela implique de réduire l’individu à un stéréotype, à une moquerie ou à un objet de débat. Sur les réseaux sociaux, cela se produit chaque jour. Toute publication mentionnant les droits LGTBIQ+ se remplit de commentaires insultants, caricaturaux ou remettant en question l’existence même des personnes diverses. Des phrases comme « ils font ce qu’ils veulent mais ne l’imposent pas » ou « ils sont malades » se répètent des milliers de fois, déguisées en opinion légitime ou en liberté d’expression. Mais ce qui se cache réellement derrière tout cela est une violence constante, qui se manifeste par le rappel permanent qu’une personne, du simple fait de revendiquer son identité, voit sa façon d’aimer — identique à celle de toute personne — ou sa manière d’être — aussi légitime que celle de quiconque — devenir, aux yeux de beaucoup, motif de suspicion ou de discrimination.

Cette déshumanisation est étroitement liée à la pathologisation, cette vieille habitude consistant à considérer les identités ou orientations non normatives comme une maladie, un trouble ou une déviation. Bien que la science et la médecine aient depuis longtemps abandonné cette idée — l’homosexualité a cessé d’être classée comme maladie mentale en 1990 et la transsexualité en 2018 — les discours médiatiques et numériques n’ont pas toujours suivi le même rythme. Encore aujourd’hui, certains programmes télévisés, talk-shows ou titres sensationnalistes utilisent un langage suggérant que les personnes trans, par exemple, sont « confuses », « problématiques » ou « malades ». Ils ne le disent pas ouvertement, mais le message est clair et s’imprègne dans la société : ce qui est différent continue d’être perçu comme anormal.

Sur les réseaux sociaux, cette pathologisation prend de nouvelles formes. Les algorithmes, qui favorisent la polémique et la confrontation, donnent de la visibilité aux discours les plus extrêmes. Plus une affirmation est scandaleuse, plus elle est partagée. Ainsi, des créateurs de contenu ou des personnalités publiques qui nient l’existence des identités trans ou ridiculisent la fierté LGTBIQ+ obtiennent des milliers de vues. Le résultat est un cercle vicieux où l’offense devient spectacle et l’humiliation divertissement. Ce qui devrait être un espace de coexistence se transforme en champ de bataille émotionnel.

À cela s’ajoute la responsabilité des médias traditionnels, qui continuent de fixer l’agenda social. Trop souvent, la représentation de la diversité sexuelle et de genre est abordée sous l’angle de l’exception ou du sensationnalisme. Les histoires personnelles sont présentées de manière voyeuriste, les droits humains sont traités comme des sujets d’opinion et des “experts” supposés, niant les preuves scientifiques, sont invités, alimentant ainsi les préjugés. Cette fausse équidistance — accorder le même poids à ceux qui défendent l’égalité et à ceux qui la contestent — crée de la confusion et légitime le discours de haine. De plus, dans une société démocratique, il n’est pas acceptable de débattre de l’exercice et du respect des droits humains.

Par exemple, lorsqu’une personne trans participe à une émission pour raconter sa réalité, il n’est pas rare que le format soit présenté comme une « controverse », la confrontant à quelqu’un qui remet en question son identité. C’est comme si un média organisait un débat pour savoir si les personnes noires ou les personnes handicapées méritent le respect, ou si les femmes doivent travailler ou avoir le droit de vote. Dans une société démocratique saine, poser de telles questions serait totalement inimaginable. Pourtant, concernant les personnes LGTBIQ+, cela reste permis. Et cette normalisation de la remise en question constante constitue en elle-même une forme de violence médiatique. Ainsi, un tel débat ne devrait pas exister.

Cependant, nous voyons continuellement de tels débats à la télévision et sur les réseaux sociaux. Débattre signifie remettre en question, et dans ce questionnement s’ouvre aussi un espace pour la négation des droits qui, dans une démocratie, doivent rester incontestables. La raison est simple : tous les droits, humains et fondamentaux, ont la même source, qui n’est autre que la dignité humaine, inviolable et inhérente à chaque personne. Nier un droit, humain ou fondamental, revient à nier la source de ce droit : la dignité de la personne.

Les conséquences de tout cela sont profondes. La déshumanisation et la pathologisation génèrent peur, anxiété et sentiment d’infériorité chez les membres de la communauté. De nombreux jeunes, en particulier les personnes trans, subissent du harcèlement en ligne et finissent par se retirer des réseaux sociaux ou par taire leur identité. L’espace numérique, qui pourrait être un lieu d’expression et de soutien, devient un environnement hostile. Parallèlement, ces discours renforcent les préjugés au sein de la population générale et alimentent l’idée que les droits LGTBIQ+ sont quelque chose de “idéologique” ou “excessif”, alors qu’ils sont en réalité des droits humains fondamentaux. Tout cela se produit constamment en ligne, et le plus inquiétant est que cela se propage dans l’espace physique, avec insultes et agressions fréquentes dans la rue, dans les établissements scolaires, les lieux de loisirs et autres espaces publics ou administratifs.

Il y a également une dimension politique dans tout cela. La rhétorique déshumanisante sur les réseaux et dans les médias sert de terreau pour des mouvements cherchant à inverser les grands progrès sociaux réalisés. Ces dernières années, il est devenu normal d’entendre dans les parlements et les plateaux télé des discours invoquant le “bon sens” pour remettre en cause les lois sur l’égalité ou l’éducation inclusive. Un langage apparemment technique ou protecteur — “il faut protéger les enfants”, “il faut respecter la liberté des parents” — est utilisé pour justifier des politiques d’exclusion. Les médias qui reproduisent ces idées sans les remettre en question contribuent, même involontairement, à perpétuer une violence symbolique qui se traduit finalement par une augmentation des agressions.

Face à cette réalité, il existe toutefois un immense effort de résistance. Les réseaux sociaux ont permis à de nombreuses personnes LGTBIQ+ de trouver leur place au sein de la communauté, une voix et un soutien mutuel. Activistes, journalistes et créateurs de contenu travaillent chaque jour à contrer la haine avec de l’information, de l’empathie et de la visibilité. Les médias les plus responsables apprennent à revoir leur langage, à éviter des titres stigmatisants et à traiter les identités diverses avec le respect qu’elles méritent. Il est vrai que le chemin est long, car pour chaque minute de désinformation malveillante, beaucoup plus de temps doit être investi pour rétablir la vérité. Mais cet effort est nécessaire pour protéger les droits des personnes LGTBIQ+, qui sont exactement les mêmes que ceux de toute autre personne, car ils proviennent de la même dignité humaine inviolable.

La clé de tout cela est de comprendre qu’il ne s’agit pas de censurer, ni seulement de corriger des mots ou des titres, mais de changer les regards. Cesser de voir les personnes LGTBIQ+ comme des “sujets” ou des “groupes” et commencer à les voir pour ce qu’elles sont : des êtres humains, nés avec les mêmes droits que tout autre être humain dans le monde, avec leur vie, leurs désirs, leurs peurs et leurs rêves. Et bien sûr, avec le même droit d’exister que toute autre personne, sans que leur identité ne soit un objet de débat, de questionnement ou de moquerie.

Au fond, la déshumanisation et la pathologisation sont les deux faces d’une même pièce : la peur de la différence. Et cette peur ne peut être surmontée que par la connaissance, l’éducation et l’empathie. Les médias et les réseaux, s’ils sont utilisés de manière responsable, peuvent être des outils puissants à cet égard.

Le monde a certes beaucoup progressé, mais tant qu’il y aura des jeunes qui craignent de dire qui ils aiment ou qui ils sont par peur des commentaires qu’ils pourraient lire ensuite, la lutte pour l’égalité et contre toutes formes de discrimination envers les personnes LGTBIQ+ restera nécessaire.

Car il n’y a pas de geste plus humain que de regarder la personne devant nous et de la reconnaître, sans étiquettes, comme notre égale.

La reconnaître pour ce qu’elle est.

Un être humain.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
A desumanização digital da comunidade LGTBIQ+

Em todo o mundo, a igualdade legal das pessoas LGTBIQ+ avançou muito nas últimas décadas. Felizmente, depois de anos de luta, as leis reconhecem direitos antes impensáveis, como o casamento igualitário, o direito à adoção, o reconhecimento da autodeterminação da identidade de género e muitas outras medidas contra a discriminação. Contudo, a igualdade no papel nem sempre se traduz em respeito real. No dia a dia, e especialmente no espaço digital, persistem formas mais subtis, mas igualmente prejudiciais, de violência simbólica. As redes sociais e os meios de comunicação, que deveriam servir para educar, visibilizar e normalizar, continuam, com demasiada frequência, a ser espaços de desumanização e patologização das pessoas LGTBIQ+.

Quando falamos de desumanização, referimo-nos a um processo em que se nega a condição de pessoa e, portanto, o reconhecimento da sua personalidade jurídica. Isto implica reduzir o indivíduo a um estereótipo, a uma chacota ou a um objeto de debate. Nas redes sociais, isto acontece todos os dias. Qualquer publicação que mencione direitos LGTBIQ+ enche-se de comentários insultuosos, caricaturais ou que colocam em causa a própria existência das pessoas diversas. Frases como “fazem o que querem, mas não o imponham” ou “estão doentes” repetem-se milhares de vezes, disfarçadas de opinião legítima ou de liberdade de expressão. Mas o que realmente se esconde por detrás disto é uma violência constante, que se materializa no lembrar permanentemente que uma pessoa, pelo simples facto de reivindicar a sua identidade, vê a sua forma de amar — igual à de qualquer outra pessoa — ou de ser — tão legítima como a de qualquer um — tornar-se, aos olhos de muitos, motivo de suspeita ou discriminação.

Esta desumanização está intimamente ligada à patologização, ao velho hábito de considerar identidades ou orientações não normativas como doença, transtorno ou desvio. Embora a ciência e a medicina tenham abandonado há muito essa ideia — a homossexualidade deixou de ser considerada doença mental em 1990 e a transexualidade em 2018 —, os discursos mediáticos e digitais nem sempre acompanharam o mesmo ritmo. Ainda hoje, certos programas de televisão, debates ou manchetes sensacionalistas utilizam uma linguagem que sugere que as pessoas trans, por exemplo, são “confusas”, “problemáticas” ou “doentes”. Não o afirmam abertamente, mas a mensagem transmitida é clara e penetra na sociedade: o diferente continua a ser visto como anormal.

Nas redes sociais, esta patologização assume novas formas. Os algoritmos, que premiam a polémica e o confronto, dão visibilidade aos discursos mais extremos. Quanto mais escandalosa for uma afirmação, mais se partilha. Assim, criadores de conteúdo ou figuras públicas que negam a existência das identidades trans ou ridicularizam o orgulho LGTBIQ+ alcançam milhares de visualizações. O resultado é um ciclo vicioso em que a ofensa se torna espetáculo e a humilhação entretenimento. O que deveria ser um espaço de convivência transforma-se num campo de batalha emocional.

A isto soma-se a responsabilidade dos meios de comunicação tradicionais, que continuam a definir a agenda social. Muitas vezes, a representação da diversidade sexual e de género é abordada sob a perspetiva da exceção ou do sensacionalismo. Apresentam-se histórias pessoais de forma sensacionalista, convida-se a “debater” direitos humanos como se fossem uma questão de opinião, ou dá-se voz a supostos “especialistas” que negam evidências científicas e alimentam preconceitos. Esta falsa equidistância — dar o mesmo peso a quem defende a igualdade e a quem a nega — cria confusão e legitima o discurso de ódio. Além disso, numa sociedade democrática, não é aceitável debater o exercício e o respeito pelos direitos humanos.

Por exemplo, quando uma pessoa trans participa num programa para explicar a sua realidade, não é raro que o formato seja apresentado como uma “controvérsia”, confrontando-a com alguém que questiona a sua identidade. É como se um meio organizasse um debate sobre se as pessoas negras ou as pessoas com deficiência merecem respeito, ou se as mulheres devem trabalhar ou ter direito de voto. Numa sociedade democraticamente saudável, colocar estas questões seria totalmente inimaginável. No entanto, em relação às pessoas LGTBIQ+, ainda é permitido. E esta normalização do questionamento constante constitui, por si só, uma forma de violência mediática. Por isso, tal debate não deveria existir.

No entanto, vemos continuamente estes debates na televisão e nas redes sociais. Debater é questionar, e dentro deste questionamento abre-se também espaço para a negação de direitos que, numa democracia, devem ser sempre incontestáveis. A razão é simples: todos os direitos, humanos e fundamentais, têm a mesma fonte, que não é outra senão a dignidade humana, inviolável e inerente a cada pessoa. Negar qualquer direito, humano ou fundamental, é negar a fonte de onde nasce, é negar a dignidade da pessoa.

As consequências disto são profundas. A desumanização e a patologização geram medo, ansiedade e sentimento de inferioridade nas pessoas do coletivo. Muitos jovens, especialmente trans, sofrem assédio online e acabam por se afastar das redes sociais ou silenciar a sua identidade. O espaço digital, que poderia ser um lugar de expressão e apoio, transforma-se num ambiente hostil. Ao mesmo tempo, estes discursos reforçam preconceitos na população em geral e alimentam a ideia de que os direitos LGTBIQ+ são algo “ideológico” ou “excessivo”, quando na realidade são direitos humanos básicos. Tudo isto acontece constantemente na rede, e o mais preocupante é que se está a transferir para o espaço físico, com insultos e agressões constantes na rua, em escolas, em zonas de lazer e outros espaços públicos ou serviços da administração pública.

Mas, em tudo isto, há também uma dimensão política. A retórica desumanizadora nas redes e meios de comunicação serve de terreno fértil para movimentos que procuram reverter os enormes avanços sociais alcançados. Nos últimos anos, tornou-se normal ouvir nos parlamentos e nos estúdios discursos que apelam ao “bom senso” para questionar leis de igualdade ou educação inclusiva. Utiliza-se uma linguagem aparentemente técnica ou protetora — “é preciso proteger as crianças”, “é preciso respeitar a liberdade dos pais” — para justificar políticas de exclusão. Por sua vez, os meios que reproduzem estas ideias sem as questionar contribuem, mesmo sem intenção, para perpetuar a violência simbólica que, no final, se traduz num aumento das agressões.

No entanto, face a esta realidade, há também um enorme exercício de resistência. As redes sociais permitiram que muitas pessoas LGTBIQ+ encontrassem o seu lugar na comunidade, uma voz e apoio mútuo. Activistas, jornalistas e criadores de conteúdo trabalham todos os dias para contrariar o ódio com informação, empatia e visibilidade. Os meios mais responsáveis estão a aprender a rever a sua linguagem, a evitar títulos estigmatizantes e a tratar as identidades diversas com o respeito que merecem. É verdade que é um caminho muito lento, porque por cada minuto de desinformação maliciosa é necessário investir muito mais tempo para restabelecer a verdade. Mas é um esforço necessário para salvaguardar os direitos inerentes das pessoas LGTBIQ+, que são exatamente os mesmos de qualquer outra pessoa, pois nascem da mesma dignidade humana inviolável.

A chave de tudo isto é perceber que não se trata de censura, nem apenas de corrigir palavras ou títulos, mas de mudar olhares. Deixar de ver as pessoas LGTBIQ+ como “temas” ou “coletivos” e começar a vê-las como o que são: pessoas, seres humanos nascidos com os mesmos direitos que qualquer outra pessoa no mundo, com vidas, desejos, medos e sonhos. E, naturalmente, com o mesmo direito de existir que qualquer outra pessoa, sem que a sua identidade seja objeto de debate, questionamento ou troça.

No fundo, a desumanização e a patologização são duas faces da mesma moeda: o medo da diferença. E esse medo só se vence com conhecimento, educação e empatia. Os meios de comunicação e as redes sociais, se usados de forma responsável, podem ser ferramentas poderosas para isso.

O mundo avançou muito, sim, mas enquanto houver jovens que temam dizer quem amam ou quem são por medo dos comentários que poderão ler depois, a luta pela igualdade e contra todas as formas de discriminação das pessoas LGTBIQ+ continuará a ser necessária.

Porque não há acto mais humano do que olhar para a pessoa diante de nós e reconhecê-la, sem etiquetas, como igual.

Reconhecê-la pelo que é.

Um ser humano.

Sudán: cuando la humanidad se extingue

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Desgraciadamente, nos hemos acostumbrado a las guerras. Suceden lejos, aunque a veces no tanto, y solo nos preocupan si amenazan a nuestra propia comodidad. Pero lo que está ocurriendo ahora mismo en Sudán no es una guerra más. Es una herida abierta que sangra a la vista del mundo entero, una tragedia humana que se agrava cada día mientras las voces de quienes aún resisten piden auxilio entre los escombros. La caída de El Fasher, la capital de Darfur del Norte, ha marcado un antes y un después en un conflicto que ya era insoportable. Desde que las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) tomaron la ciudad el pasado 23 de octubre, la población civil ha quedado atrapada en una pesadilla.

Miles de personas han huido a pie, con lo puesto, sin rumbo claro. Familias enteras han abandonado sus hogares en busca de un lugar donde no les alcance la muerte por las bombas y las armas. Los testimonios de quienes lograron escapar hacia Tawila, recogidos por la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos (ACNUDH), describen un auténtico infierno desatado en la tierra. Hablan de ejecuciones sumarias, asesinatos masivos, violaciones, ataques a hospitales, saqueos, secuestros y desplazamientos forzados. Hablan del miedo más absoluto. Pero el mundo parece no saber o no querer saber nada al respecto. Quizá sea, como muestra más del racismo cultural, que trata este tipo de noticias de manera superficial y permite que la población pienso que esta guerra es “cosa de los negros africanos”, una frase que tantas veces se escucha. Pero ninguna guerra es cosa de un solo pueblo. Cuando hablamos de una guerra, hablamos de violaciones sistemáticas de derechos humanos y estas violaciones de derechos no afectan únicamente al grupo de población que la sufre. ¿Por qué? Sencillamente porque las violaciones de derechos humanos no afectan solo a una parte de la población ni tampoco son problemas importados, sino que afectan a toda la humanidad en su conjunto. 

El portavoz del ACNUDH, Seif Magango, lo resumió desde Nairobi con una claridad estremecedora: “Las imágenes y videos que hemos recibido muestran violaciones flagrantes del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos. Se estima que los civiles muertos o heridos podrían contarse por cientos”. Detrás de esas palabras hay decenas de miles de vidas destrozadas, comunidades enteras borradas del mapa y cuerpos sin nombre que nadie ha podido enterrar.

Entre los testimonios más horribles, hay algunos que hielan la sangre. A modo de ejemplo, están los testimonios que afirman que pacientes enfermos y heridos fueron ejecutados en sus propias camas. Ocurrió en el Hospital de Maternidad Al-Saudi y en otros centros médicos improvisados de los barrios Daraja Oula y Al-Matar. Personas que buscaban refugio y atención fueron asesinadas por el simple hecho de encontrarse allí. “Los hospitales deben ser lugares de protección, no de muerte”, recordó Magango con una indignación contenida que resume la magnitud del horror que ha pasado casi desapercibido para el mundo. 

El sistema sanitario sudanés, ya de por sí al borde del colapso, ha sido convertido en un objetivo militar. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha denunciado ataques sistemáticos contra hospitales, ambulancias y trabajadores médicos. Según la responsable de operaciones humanitarias, Teresa Zakaria, más de 460 pacientes y familiares fueron asesinados el 28 de octubre en El Fasher, y seis trabajadores sanitarios fueron secuestrados. El Hospital de Maternidad fue atacado cinco veces solo en octubre. En este contexto, es evidente que la palabra “inhumano” o “atrocidad” se quedan muy cortas.

A día de hoy, menos de la mitad de los centros médicos del país siguen funcionando con normalidad. Un 40% ha cerrado por completo. La gente muere por infecciones tratables, por partos complicados y por falta de medicamentos tan básicos como los antibióticos o la insulina. No hay electricidad, ni agua, ni tampoco seguridad. El acceso humanitario está bloqueado y las organizaciones que antes intentaban operar en la zona han tenido que retirarse a toda prisa. 

Como en tantas guerras, el cuerpo de las mujeres y niñas se ha convertido en otro frente. La ONU ha documentado al menos 25 casos de violaciones en grupo cometidas por miembros de las RSF en un albergue de desplazados cerca de la Universidad de El Fasher. Testigos aseguran que los atacantes seleccionaban a mujeres y niñas, las apuntaban con armas y las violaban delante de sus propias familias. Decenas de familias tuvieron que huir bajo las amenazas, la intimidación y el fuego de las armas. Pero estos crímenes no son incidentes aislados, sino auténticos ataques sistemáticos, planeados para humillar, destruir y sembrar el terror en la población. 

Las consecuencias de esta violencia son devastadoras. No solo destrozan cuerpos, también rompen comunidades. Muchas víctimas no pueden acceder a atención médica ni psicológica. Otras muchas callan por miedo o por vergüenza. El daño, invisible para muchos, marcará para siempre a generaciones enteras si el mundo sigue mirando hacia otro lado. Algo a lo que nos tiene acostumbrados, por mucho que organizaciones internacionales y miles de personas a título personal alcen a voz. 

No son solo los civiles los que sufren, también quienes intentan ayudarles padecen el azote de la guerra. Se han documentado decenas de asesinatos de trabajadores humanitarios y de voluntarios locales que trataban de asistir a comunidades vulnerables. Convoyes con alimentos y medicinas son interceptados o saqueados y la ayuda internacional se ve bloqueada o manipulada por los combatientes, que utilizan el hambre como arma contra su propio pueblo, al que llaman “el enemigo”. 

La ONU ha pedido una y otra vez que se permita el acceso humanitario, pero las RSF y las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF) siguen imponiendo sus propias reglas en una guerra que ha traspasado todas las líneas rojas. El Consejo de Seguridad ha exigido a las RSF que levanten el asedio sobre El Fasher y detengan los combates, pero, sobre el terreno, los disparos continúan. 

Sudán, con más de 48 millones de habitantes, se encuentra hoy al borde del colapso total. Más de nueve millones de personas han tenido que abandonar sus hogares desde 2023, en la que ya se considera una de las mayores crisis de desplazamiento del mundo. Millones viven en campamentos improvisados o cruzan las fronteras hacia Chad, Sudán del Sur o Egipto. El hambre avanza a un ritmo alarmante y más de la mitad de la población necesita ayuda alimentaria urgente. Pero nadie habla de esta catástrofe humanitaria. 

Más allá de los números hay una tragedia moral que se traduce en una amarga sensación de abandono. La comunidad internacional, absorbida por otras guerras que centran todo el interés mediático, parece haber relegado Sudán a un tercer plano. Las palabras de la OMS sonaron como un grito desesperado: “No abandonen a Sudán en esta hora oscura”. Pero así ha ocurrido. Una vez más, Sudán ha sido abandonado a su suerte. 

Volker Türk, el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, ha pedido a los países con influencia sobre las partes en conflicto que actúen ya, que detengan el flujo de armas, que presionen por un alto el fuego y que garanticen la protección de la población civil. Pero las negociaciones se diluyen entre intereses políticos y silencios cómplices. Más de lo mismo, intereses y silencio. El resultado de la suma de estas dos palabras se traduce en dolor y muerte. 

Defender los derechos humanos en Sudán no es una cuestión diplomática, sino una cuestión de humanidad. Significa exigir un alto el fuego inmediato, acceso humanitario sin restricciones, justicia para las víctimas y castigo para los responsables de todas estas atrocidades. Significa recordar que cada hospital bombardeado, cada niña violada y cada niño que muere de hambre, representa un fracaso colectivo de toda la comunidad internacional que, una vez más, no ha hecho nada para evitar una masacre. 

Nunca olvidemos que si permitimos que un país entero se desangre sin actuar, los derechos humanos dejan de tener sentido. La paz no se construye sobre el olvido, ni sobre los discursos vacíos. La paz se construye reconociendo el dolor, reparando a las víctimas y garantizando que los culpables no vuelvan a levantar las armas jamás.. 

Sudán necesita algo más que compasión. Necesita compromiso, justicia y, sobre todo, voz. Necesita que el mundo deje de tratar su tragedia como una nota al pie en un libro que casi nadie lee. Que los gobiernos, los medios y las organizaciones internacionales no se resignen. Que cada ciudadano entienda que callar también es una forma de complicidad con la violencia.

Hoy, en El Fasher, en Darfur, en Jartum, hay decenas de miles de personas que todavía creen que vivir en paz es posible. Esa fe, aunque parezca pequeña, también es una forma de resistencia. Es la semilla de la paz que aún no ha muerto del todo. Pero lo hará si no se actúa rápido.

Y por eso, mientras el humo sigue cubriendo el cielo sudanés y las cifras se vuelven insoportables, hay una verdad que no debemos olvidar. Y esa verdad no es otra que la humanidad no se mide por la fuerza, sino por la capacidad de cuidar. 

Porque cada vez que una vida se apaga en silencio, algo de nuestra propia humanidad también se extingue.

No abandonemos a Sudán. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
SUDAN: WHEN HUMANITY FADES AWAY

Sadly, we have grown used to wars. They happen far away, though sometimes not that far, and we only seem to care when they threaten our own comfort. But what is happening right now in Sudan is not just another war. It is an open wound that bleeds before the eyes of the entire world, a human tragedy that deepens each day as the voices of those still resisting cry out for help among the rubble. The fall of El Fasher, the capital of North Darfur, has marked a turning point in a conflict that was already unbearable. Since the Rapid Support Forces (RSF) seized the city on 23 October, civilians have been trapped in a nightmare.

Thousands of people have fled on foot, with only the clothes on their backs, without knowing where to go. Entire families have abandoned their homes in search of a place where death from bombs or bullets cannot reach them. The testimonies of those who managed to escape to Tawila, collected by the Office of the United Nations High Commissioner for Human Rights (OHCHR), describe a living hell on earth. They speak of summary executions, mass killings, rapes, attacks on hospitals, looting, kidnappings and forced displacement. They speak of absolute terror. Yet the world seems not to know, or not to want to know. Perhaps it is another sign of that cultural racism which treats this kind of news superficially and allows people to think that this war is “an African problem”, a phrase we have heard too often. But no war belongs to just one people. When we speak of war, we speak of systematic violations of human rights, and these violations do not affect only the population that suffers them. Why? Because every violation of human rights affects not just a group, but all of humanity.

The OHCHR spokesperson, Seif Magango, summed it up from Nairobi with chilling clarity: “The images and videos we have received show blatant violations of international humanitarian law and human rights. The number of civilians killed or injured may be in the hundreds.” Behind those words lie tens of thousands of shattered lives, entire communities erased from the map, and countless bodies no one has been able to bury.

Among the most horrifying accounts are those that chill the blood. Some witnesses reported that sick and wounded patients were executed in their hospital beds. It happened in the Al-Saudi Maternity Hospital and in other makeshift medical centres in the Daraja Oula and Al-Matar neighbourhoods. People who sought shelter and care were killed simply for being there. “Hospitals should be places of protection, not of death,” Magango reminded us, with a contained anger that reflects the magnitude of the horror that has gone almost unnoticed by the world.

Sudan’s healthcare system, already on the verge of collapse, has become a military target. The World Health Organization (WHO) has condemned systematic attacks on hospitals, ambulances and medical workers. According to the organisation’s head of humanitarian operations, Teresa Zakaria, more than 460 patients and family members were killed on 28 October in El Fasher, and six health workers were kidnapped. The Maternity Hospital was attacked five times in October alone. In this context, the words “inhuman” and “atrocity” fall painfully short.

Today, less than half of the country’s medical centres remain operational. Forty percent have shut down completely. People are dying from treatable infections, complicated births and the lack of basic medicines such as antibiotics and insulin. There is no electricity, no water and no security. Humanitarian access is blocked, and organisations that once tried to operate in the area have been forced to withdraw in haste.

As in so many wars, the bodies of women and girls have become another battlefield. The United Nations has documented at least twenty-five cases of gang rape committed by RSF members in a shelter for displaced people near El Fasher University. Witnesses say the attackers selected women and girls, pointed guns at them and raped them in front of their families. Dozens of families were forced to flee under threats, intimidation and gunfire. These crimes are not isolated incidents, but systematic assaults designed to humiliate, destroy and spread terror among the population.

The consequences of such violence are devastating. It does not only destroy bodies but also tears apart communities. Many victims have no access to medical or psychological care. Many others remain silent out of fear or shame. The damage, invisible to most, will mark entire generations if the world continues to look the other way — something it has done far too often, despite the calls of international organisations and thousands of individuals who have raised their voices.

It is not only civilians who suffer. Those who try to help them also endure the cruelty of war. Dozens of humanitarian workers and local volunteers who were assisting vulnerable communities have been murdered. Convoys carrying food and medicine are intercepted or looted, and international aid is blocked or manipulated by fighters who use hunger as a weapon against their own people, whom they call “the enemy”.

The UN has repeatedly called for humanitarian access, yet the RSF and the Sudanese Armed Forces (SAF) continue to impose their own rules in a war that has crossed every red line. The Security Council has demanded that the RSF lift the siege of El Fasher and stop the fighting, but on the ground, the gunfire continues.

Sudan, a country of more than forty-eight million people, now stands on the brink of total collapse. More than nine million have been forced to flee their homes since 2023, in what is already one of the largest displacement crises in the world. Millions live in makeshift camps or cross borders into Chad, South Sudan or Egypt. Hunger is spreading at an alarming rate, and more than half of the population needs urgent food assistance. Yet almost no one speaks of this humanitarian catastrophe.

Beyond the numbers lies a moral tragedy that translates into a bitter sense of abandonment. The international community, absorbed by other wars that dominate media attention, seems to have pushed Sudan into the background. The words of the WHO sounded like a desperate cry: “Do not abandon Sudan in this dark hour.” But that is exactly what has happened. Once again, Sudan has been left to its fate.

Volker Türk, the United Nations High Commissioner for Human Rights, has urged countries with influence over the warring parties to act now — to stop the flow of weapons, to press for a ceasefire and to ensure the protection of civilians. But negotiations fade amid political interests and complicit silences. The result of these two words — interests and silence — is always the same: pain and death.

Defending human rights in Sudan is not a diplomatic issue; it is a matter of humanity. It means demanding an immediate ceasefire, unrestricted humanitarian access, justice for the victims and punishment for those responsible for these atrocities. It means remembering that every bombed hospital, every raped girl and every child who dies of hunger represents a collective failure of the entire international community, which once again has done nothing to prevent a massacre.

We must never forget that if we allow an entire nation to bleed without acting, human rights cease to have meaning. Peace cannot be built on oblivion or empty speeches. Peace is built by acknowledging pain, repairing the victims and ensuring that those responsible never take up arms again.

Sudan needs more than compassion. It needs commitment, justice and, above all, a voice. It needs the world to stop treating its tragedy as a footnote in a book that almost no one reads. Governments, media and international organisations must not resign themselves to silence. Every citizen must understand that staying silent is also a form of complicity in the violence.

Today, in El Fasher, in Darfur, in Khartoum, there are tens of thousands of people who still believe that living in peace is possible. That faith, however small it may seem, is also a form of resistance. It is the seed of peace that has not yet completely died. But it will, unless we act quickly.

And so, while the smoke continues to cover the Sudanese sky and the numbers become unbearable, there is one truth we must not forget. That truth is that humanity is not measured by strength, but by the ability to care.

Because every time a life fades away in silence, a part of our own humanity fades with it.

Do not abandon Sudan.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
SUDAN: QUANDO L’UMANITÀ SI SPEGNE

Purtroppo ci siamo abituati alla guerra. Succede lontano, anche se a volte non così tanto, e ci preoccupiamo solo quando minaccia il nostro benessere. Ma ciò che sta accadendo oggi in Sudan non è una guerra come le altre. È una ferita aperta che sanguina davanti agli occhi del mondo intero, una tragedia umana che si aggrava ogni giorno mentre le voci di chi ancora resiste chiedono aiuto tra le macerie. La caduta di El Fasher, capitale del Darfur Settentrionale, ha segnato un prima e un dopo in un conflitto che era già insopportabile. Da quando le Forze di Supporto Rapido (RSF) hanno preso la città il 23 ottobre, la popolazione civile è intrappolata in un incubo.

Migliaia di persone sono fuggite a piedi, con addosso solo i propri vestiti, senza una meta precisa. Intere famiglie hanno abbandonato le loro case in cerca di un luogo dove la morte non potesse raggiungerle con bombe e proiettili. Le testimonianze di chi è riuscito a scappare verso Tawila, raccolte dall’Ufficio dell’Alto Commissario delle Nazioni Unite per i Diritti Umani (OHCHR), descrivono un inferno sulla terra. Parlano di esecuzioni sommarie, massacri, stupri, attacchi agli ospedali, saccheggi, rapimenti e sfollamenti forzati. Parlano della paura più assoluta. Eppure, il mondo sembra non sapere o non voler sapere nulla. Forse è ancora una volta quel razzismo culturale che tratta notizie come queste in modo superficiale e permette che la gente pensi che “sia una guerra africana”, una frase che purtroppo si sente spesso. Ma nessuna guerra appartiene a un solo popolo. Quando parliamo di guerra, parliamo di violazioni sistematiche dei diritti umani, e queste violazioni non colpiscono solo chi le subisce direttamente. Perché? Perché ogni violazione dei diritti umani non riguarda soltanto un gruppo, ma l’intera umanità.

Il portavoce dell’OHCHR, Seif Magango, lo ha riassunto da Nairobi con parole agghiaccianti: “Le immagini e i video che abbiamo ricevuto mostrano violazioni flagranti del diritto internazionale umanitario e dei diritti umani. Si stima che i civili uccisi o feriti possano contarsi a centinaia”. Dietro quelle parole ci sono decine di migliaia di vite distrutte, intere comunità cancellate dalle mappe e corpi senza nome che nessuno ha potuto seppellire.

Tra le testimonianze più terribili, alcune fanno davvero gelare il sangue. Alcuni testimoni affermano che pazienti malati e feriti sono stati giustiziati nei loro letti d’ospedale. È successo nell’Ospedale di maternità Al-Saudi e in altri centri medici improvvisati nei quartieri di Daraja Oula e Al-Matar. Persone che cercavano rifugio e cure sono state uccise semplicemente per essere lì. “Gli ospedali devono essere luoghi di protezione, non di morte”, ha ricordato Magango, con un’indignazione trattenuta che riassume l’orrore quasi ignorato dal mondo.

Il sistema sanitario sudanese, già vicino al collasso, è diventato un obiettivo militare. L’Organizzazione Mondiale della Sanità (OMS) ha denunciato attacchi sistematici contro ospedali, ambulanze e operatori sanitari. Secondo la responsabile delle operazioni umanitarie, Teresa Zakaria, più di 460 pazienti e familiari sono stati uccisi il 28 ottobre a El Fasher, e sei operatori sanitari sono stati rapiti. L’ospedale di maternità è stato attaccato cinque volte solo nel mese di ottobre. In questo contesto, le parole “inumano” e “atrocità” sembrano quasi troppo deboli.

Oggi meno della metà dei centri medici del paese funziona regolarmente. Il 40% ha chiuso del tutto. La gente muore per infezioni curabili, per parti complicati e per la mancanza di farmaci basilari come antibiotici e insulina. Non c’è elettricità, né acqua, né sicurezza. L’accesso umanitario è bloccato e le organizzazioni che prima cercavano di operare nella zona sono state costrette a ritirarsi in fretta.

Come in tante guerre, il corpo delle donne e delle ragazze è diventato un altro campo di battaglia. Le Nazioni Unite hanno documentato almeno venticinque casi di stupri di gruppo commessi da membri delle RSF in un rifugio per sfollati vicino all’Università di El Fasher. I testimoni raccontano che gli aggressori sceglievano donne e ragazze, le minacciavano con le armi e le violentavano davanti alle loro famiglie. Decine di famiglie sono state costrette a fuggire sotto minacce, intimidazioni e colpi d’arma da fuoco. Questi crimini non sono episodi isolati, ma veri e propri attacchi sistematici, pianificati per umiliare, distruggere e diffondere il terrore nella popolazione.

Le conseguenze di questa violenza sono devastanti. Non distruggono solo i corpi, ma spezzano anche le comunità. Molte vittime non hanno accesso a cure mediche o psicologiche. Molte altre tacciono per paura o per vergogna. Il danno, invisibile a molti, segnerà per sempre intere generazioni se il mondo continuerà a voltarsi dall’altra parte. È qualcosa a cui ormai siamo abituati, nonostante le richieste d’aiuto delle organizzazioni internazionali e di migliaia di persone comuni che alzano la voce.

Non soffrono solo i civili, ma anche chi cerca di aiutarli. Sono stati documentati decine di omicidi di operatori umanitari e volontari locali che cercavano di assistere le comunità più vulnerabili. I convogli con cibo e medicine vengono intercettati o saccheggiati, e gli aiuti internazionali vengono bloccati o manipolati dai combattenti che usano la fame come arma contro il proprio popolo, definito “il nemico”.

Le Nazioni Unite hanno chiesto più volte che venga garantito l’accesso umanitario, ma le RSF e le Forze Armate Sudanesi (SAF) continuano a imporre le loro regole in una guerra che ha superato ogni limite. Il Consiglio di Sicurezza ha richiesto alle RSF di revocare l’assedio di El Fasher e di fermare i combattimenti, ma sul terreno gli spari continuano.

Il Sudan, con oltre quarantotto milioni di abitanti, oggi si trova sull’orlo del collasso totale. Più di nove milioni di persone hanno dovuto lasciare le proprie case dal 2023, in quella che è già considerata una delle più grandi crisi di sfollamento al mondo. Milioni vivono in campi improvvisati o attraversano i confini verso Ciad, Sud Sudan o Egitto. La fame avanza a un ritmo spaventoso e più della metà della popolazione ha urgente bisogno di aiuti alimentari. Eppure, quasi nessuno parla di questa catastrofe umanitaria.

Oltre ai numeri, c’è una tragedia morale che si traduce in un’amara sensazione di abbandono. La comunità internazionale, assorbita da altre guerre che monopolizzano l’attenzione dei media, sembra aver relegato il Sudan in secondo piano. Le parole dell’OMS sono suonate come un grido disperato: “Non abbandonate il Sudan in quest’ora oscura”. Ma è proprio ciò che è accaduto. Ancora una volta, il Sudan è stato lasciato al proprio destino.

Volker Türk, l’Alto Commissario delle Nazioni Unite per i Diritti Umani, ha chiesto ai paesi con influenza sulle parti in conflitto di agire subito, di fermare il flusso di armi, di fare pressione per un cessate il fuoco e di garantire la protezione dei civili. Ma le trattative si dissolvono tra interessi politici e silenzi complici. Il risultato di queste due parole, interessi e silenzio, è sempre lo stesso: dolore e morte.

Difendere i diritti umani in Sudan non è una questione diplomatica, è una questione di umanità. Significa chiedere un cessate il fuoco immediato, un accesso umanitario senza restrizioni, giustizia per le vittime e punizione per i responsabili di queste atrocità. Significa ricordare che ogni ospedale bombardato, ogni bambina violentata e ogni bambino morto di fame rappresenta un fallimento collettivo dell’intera comunità internazionale, che ancora una volta non ha fatto nulla per evitare una strage.

Non dimentichiamo mai che se permettiamo che un intero paese sanguini senza intervenire, i diritti umani perdono il loro significato. La pace non si costruisce sull’oblio né su discorsi vuoti. La pace si costruisce riconoscendo il dolore, riparando le vittime e garantendo che i colpevoli non impugnino mai più le armi.

Il Sudan ha bisogno di qualcosa di più della compassione. Ha bisogno di impegno, giustizia e, soprattutto, di voce. Ha bisogno che il mondo smetta di trattare la sua tragedia come una nota a piè di pagina in un libro che quasi nessuno legge. Che i governi, i media e le organizzazioni internazionali non si arrendano. Che ogni cittadino capisca che tacere è anche una forma di complicità con la violenza.

Oggi, a El Fasher, in Darfur, a Khartoum, ci sono decine di migliaia di persone che credono ancora che vivere in pace sia possibile. Quella fede, per quanto piccola possa sembrare, è anch’essa una forma di resistenza. È il seme della pace che non è ancora morto del tutto. Ma morirà se non si agirà in fretta.

E così, mentre il fumo continua a coprire il cielo sudanese e i numeri diventano insopportabili, c’è una verità che non dobbiamo dimenticare. E quella verità è che l’umanità non si misura con la forza, ma con la capacità di prendersi cura.

Perché ogni volta che una vita si spegne nel silenzio, si spegne anche una parte della nostra umanità.

Non abbandoniamo il Sudan.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
SOUDAN : QUAND L’HUMANITÉ S’ÉTEINT

Malheureusement, nous nous sommes habitués à la guerre. Elle semble toujours lointaine, tant qu’elle ne menace pas directement notre confort. Mais ce qui se passe aujourd’hui au Soudan n’est pas une guerre comme les autres. C’est une blessure à ciel ouvert qui saigne sous les yeux du monde entier, une tragédie humaine qui s’aggrave jour après jour, tandis que les cris des survivants résonnent dans l’indifférence générale. La chute d’El Fasher, capitale du Darfour du Nord, a marqué un tournant dramatique dans un conflit déjà insupportable. Depuis que les Forces de Soutien Rapide (FSR) ont pris le contrôle de la ville le 23 octobre, la population civile vit un véritable cauchemar.

Des milliers de personnes ont fui à pied, ne transportant rien d’autre que la peur et le désespoir. Des familles entières ont abandonné leurs maisons pour chercher un refuge là où la mort ne les atteindrait pas. Les témoignages des survivants arrivés à Tawila, recueillis par le Haut-Commissariat des Nations Unies aux droits de l’homme (HCDH), décrivent un enfer sur terre. Exécutions sommaires, massacres, viols, attaques contre les hôpitaux, pillages, enlèvements et déplacements forcés : tout y est. Et malgré tout cela, le monde détourne encore le regard. Peut-être est-ce encore ce racisme silencieux qui banalise la souffrance africaine, comme si la douleur de ce continent était un bruit de fond. Mais aucune guerre n’appartient à un seul peuple. Lorsqu’il y a violation des droits humains, c’est l’humanité entière qui saigne.

Depuis Nairobi, le porte-parole du HCDH, Seif Magango, a résumé la situation d’une phrase glaçante : « Les images et vidéos que nous avons reçues montrent des violations flagrantes du droit international humanitaire et des droits de l’homme. Le nombre de civils tués ou blessés pourrait se compter par centaines. » Derrière ces chiffres anonymes, il y a des vies, des visages, des enfants sans nom et des villages rayés de la carte.

Les récits de survivants sont insoutenables. Des patients malades et blessés ont été exécutés dans leurs lits d’hôpital. Cela s’est produit à l’Hôpital de maternité Al-Saudi et dans plusieurs centres médicaux improvisés des quartiers de Daraja Oula et d’Al-Matar. Des hommes armés sont entrés dans des salles pleines de malades et ont tiré sur eux à bout portant. « Les hôpitaux doivent être des lieux de protection, pas de mort », a rappelé Magango avec une colère contenue.

Le système de santé soudanais, déjà au bord de l’effondrement, est devenu une cible. L’Organisation mondiale de la santé (OMS) a dénoncé des attaques systématiques contre les hôpitaux, les ambulances et les soignants. Selon Teresa Zakaria, responsable des opérations humanitaires de l’OMS, plus de 460 patients et proches ont été tués le 28 octobre à El Fasher, et six travailleurs de la santé ont été enlevés. L’hôpital de maternité a été attaqué à cinq reprises au cours du seul mois d’octobre. Ces actes ne sont pas de simples “dérives”, mais de véritables crimes de guerre.

Aujourd’hui, moins de la moitié des établissements médicaux du pays fonctionnent. Quarante pour cent ont cessé toute activité. Les gens meurent de maladies bénignes, de complications à l’accouchement ou de manque de médicaments essentiels comme les antibiotiques et l’insuline. L’électricité est coupée, les routes sont impraticables et les convois humanitaires sont bloqués.

Les femmes et les filles sont, une fois de plus, utilisées comme armes de guerre. Les Nations Unies ont documenté au moins vingt-cinq viols collectifs commis par des membres des FSR dans un refuge près de l’Université d’El Fasher. Les témoins racontent que les agresseurs ont choisi leurs victimes sous la menace d’armes à feu, les ont violées publiquement et ont forcé des dizaines de familles à fuir sous les tirs. Ces violences ne sont pas des accidents, mais une stratégie délibérée pour humilier et briser les communautés.

Les conséquences de cette terreur vont bien au-delà des blessures physiques. Elles détruisent le tissu social et la dignité même des survivants. Beaucoup de victimes n’ont pas accès à des soins médicaux ou psychologiques. D’autres se taisent par peur ou par honte. Et pendant ce temps, le monde regarde ailleurs, comme s’il s’agissait d’un conflit de plus sur une carte déjà saturée.

Les humanitaires aussi paient un lourd tribut. Des dizaines d’entre eux ont été tués ou enlevés alors qu’ils tentaient de secourir les populations. Leurs véhicules sont attaqués, leurs dépôts pillés, et la faim devient une arme de guerre. Les convois du Programme alimentaire mondial sont bloqués, les aides médicales détournées. La guerre dévore tout.

Et c’est là que se trouve le cœur du problème : ce conflit n’est pas seulement une lutte pour le pouvoir, c’est une guerre contre la dignité humaine. Chaque balle tirée, chaque hôpital détruit et chaque femme violée traduit l’échec collectif de notre monde à défendre les principes mêmes qu’il prétend incarner. La souffrance du Soudan n’est pas une question régionale, c’est un miroir cruel tendu à toute la communauté internationale, un rappel que l’indifférence tue autant que les armes.

L’ONU a demandé à plusieurs reprises que l’accès humanitaire soit autorisé, mais les Forces de soutien rapide (RSF) et les Forces armées soudanaises (SAF) continuent d’imposer leurs propres règles dans une guerre qui a franchi toutes les lignes rouges. Le Conseil de sécurité a exigé des RSF qu’elles lèvent le siège d’El Fasher et mettent fin aux combats, mais sur le terrain, les tirs continuent.

Le Soudan, avec plus de quarante-huit millions d’habitants, se trouve aujourd’hui au bord du gouffre. Depuis 2023, plus de neuf millions de personnes ont été déplacées, faisant de cette crise l’une des plus graves au monde. Des familles entières survivent dans des camps de fortune ou fuient vers le Tchad, le Soudan du Sud et l’Égypte. La faim touche plus de la moitié de la population. Et pourtant, cette tragédie n’occupe presque pas nos écrans ni nos conversations.

Au-delà des chiffres, il y a une faillite morale. La communauté internationale, absorbée par d’autres conflits, a relégué le Soudan à la marge. Depuis Genève, les voix de l’OMS et de l’ONU se sont élevées : « Ne laissez pas le Soudan seul dans cette heure sombre. » Mais c’est précisément ce qui est en train de se produire.

Volker Türk, Haut-Commissaire des Nations Unies aux droits de l’homme, a appelé les États ayant une influence sur les parties au conflit à agir immédiatement, à interrompre le flux d’armes et à protéger les civils. Mais les négociations s’enlisent, et le silence des puissances devient complice de la barbarie.

Défendre les droits humains au Soudan, ce n’est pas une question diplomatique, c’est une question d’humanité. Cela signifie exiger un cessez-le-feu immédiat, un accès humanitaire sans entrave, la justice pour les victimes et la responsabilité des coupables. Cela signifie comprendre qu’à chaque fois qu’un hôpital est bombardé, qu’une femme est violée, qu’un enfant meurt de faim, c’est toute la conscience humaine qui s’effondre un peu plus.

Ne pas réagir, c’est accepter. Et accepter, c’est participer à ce silence qui tue. La paix ne se construit pas sur l’oubli ni sur la peur, mais sur la vérité, la justice et la solidarité.

Le Soudan n’a pas besoin seulement de compassion. Il a besoin d’engagement, de justice et de voix. Il a besoin que le monde le regarde enfin, que les médias cessent de l’ignorer, que chacun comprenne que se taire, c’est déjà choisir le camp des bourreaux.

Aujourd’hui, à El Fasher, au Darfour et à Khartoum, des dizaines de milliers de personnes croient encore qu’il est possible de vivre en paix. Cette foi, aussi fragile qu’elle puisse paraître, est une forme de résistance. C’est la graine de la paix qui n’est pas encore morte, mais qui mourra si rien n’est fait rapidement.

Et c’est pourquoi, alors que la fumée continue de couvrir le ciel soudanais et que les chiffres deviennent insupportables, il existe une vérité que nous ne devons jamais oublier. Cette vérité est que l’humanité ne se mesure pas à la force, mais à la capacité de prendre soin.

Car chaque fois qu’une vie s’éteint dans le silence, c’est une part de notre propre humanité qui disparaît avec elle.

N’abandonnons pas le Soudan.

🇵🇹PORTUGUÉS🇧🇷
SUDÃO: QUANDO A HUMANIDADE SE APAGA

Infelizmente, acostumámo-nos à guerra. Acontece longe, embora às vezes nem tanto, e só nos preocupa quando ameaça o nosso próprio conforto. Mas o que está a acontecer neste momento no Sudão não é apenas mais uma guerra. É uma ferida aberta que sangra diante dos olhos do mundo inteiro, uma tragédia humana que se agrava a cada dia, enquanto as vozes daqueles que ainda resistem pedem ajuda entre os escombros. A queda de El Fasher, capital do Darfur do Norte, marcou um antes e um depois num conflito que já era insuportável. Desde que as Forças de Apoio Rápido (RSF) tomaram a cidade, em 23 de outubro, a população civil ficou presa num pesadelo.

Milhares de pessoas fugiram a pé, apenas com a roupa do corpo, sem destino certo. Famílias inteiras abandonaram as suas casas em busca de um lugar onde a morte não as alcançasse com bombas e armas. Os testemunhos daqueles que conseguiram escapar para Tawila, recolhidos pelo Alto Comissariado das Nações Unidas para os Direitos Humanos (ACNUDH), descrevem um autêntico inferno na terra. Falam de execuções sumárias, assassinatos em massa, violações, ataques a hospitais, saques, sequestros e deslocamentos forçados. Falam do medo mais absoluto. Mas o mundo parece não saber ou não querer saber. Talvez seja mais uma prova do racismo cultural que trata este tipo de notícias de forma superficial e permite que muitos pensem que esta guerra é “coisa de africanos”. Mas nenhuma guerra é “coisa de um só povo”. Quando falamos de guerra, falamos de violações sistemáticas dos direitos humanos. E essas violações não dizem respeito apenas a quem as sofre diretamente, mas a toda a humanidade.

O porta-voz do ACNUDH, Seif Magango, resumiu de Nairobi com clareza assustadora: “As imagens e os vídeos que recebemos mostram violações flagrantes do direito internacional humanitário e dos direitos humanos. Estima-se que os civis mortos ou feridos contem-se aos centenas.” Por trás dessas palavras há dezenas de milhares de vidas destruídas, comunidades inteiras apagadas do mapa e corpos sem nome que ninguém conseguiu enterrar.

Entre os testemunhos mais terríveis há relatos que gelam o sangue. Pacientes doentes e feridos foram executados nas suas próprias camas. Isso aconteceu no Hospital de Maternidade Al-Saudi e noutros centros médicos improvisados nos bairros de Daraja Oula e Al-Matar. Pessoas que procuravam abrigo e tratamento foram assassinadas simplesmente por estarem ali. “Os hospitais devem ser lugares de proteção, não de morte”, lembrou Magango com indignação contida, resumindo a dimensão do horror que passou quase despercebido ao mundo.

O sistema de saúde sudanês, já à beira do colapso, transformou-se em alvo militar. A Organização Mundial da Saúde (OMS) denunciou ataques sistemáticos contra hospitais, ambulâncias e profissionais de saúde. De acordo com a responsável pelas operações humanitárias, Teresa Zakaria, mais de 460 pacientes e familiares foram mortos em 28 de outubro em El Fasher, e seis profissionais de saúde foram sequestrados. O Hospital de Maternidade foi atacado cinco vezes só em outubro. Num cenário assim, palavras como “desumano” ou “atrocidade” soam pequenas demais.

Hoje, menos da metade dos centros médicos do país continua a funcionar. Quarenta por cento fecharam completamente. As pessoas morrem por infeções tratáveis, partos complicados e pela falta de medicamentos básicos como antibióticos ou insulina. Não há eletricidade, nem água, nem segurança. O acesso humanitário está bloqueado e as organizações que antes tentavam atuar na região tiveram de se retirar às pressas.

Como em tantas guerras, o corpo das mulheres e meninas transformou-se em outro campo de batalha. A ONU documentou pelo menos vinte e cinco casos de violações coletivas cometidas por membros das RSF num abrigo de deslocados perto da Universidade de El Fasher. Testemunhas afirmam que os atacantes escolhiam mulheres e meninas, apontavam-lhes armas e as violavam diante das suas próprias famílias. Dezenas de famílias fugiram sob fogo e ameaças. Mas esses crimes não são incidentes isolados. São ataques sistemáticos, planejados para humilhar, destruir e espalhar o terror.

As consequências dessa violência são devastadoras. Não destroem apenas corpos, mas também comunidades inteiras. Muitas vítimas não têm acesso a cuidados médicos nem psicológicos. Outras permanecem em silêncio por medo ou vergonha. O dano, invisível para muitos, marcará gerações inteiras se o mundo continuar a olhar para o outro lado. Algo a que, infelizmente, já nos habituámos, por mais que organizações internacionais e pessoas solidárias ergam a voz.

Não são apenas os civis que sofrem. Aqueles que tentam ajudá-los também enfrentam o horror da guerra. Foram documentados assassinatos de trabalhadores humanitários e voluntários locais que prestavam ajuda a comunidades vulneráveis. Comboios com alimentos e remédios são interceptados ou saqueados, e a ajuda internacional é bloqueada ou manipulada pelos combatentes, que usam a fome como arma contra o próprio povo, o mesmo povo que chamam de inimigo.

A ONU pediu repetidamente acesso humanitário, mas as RSF e as Forças Armadas do Sudão (SAF) continuam a impor as suas próprias regras numa guerra que ultrapassou todas as linhas vermelhas. O Conselho de Segurança exigiu que as RSF levantassem o cerco a El Fasher e cessassem os combates, mas, no terreno, os tiros continuam.

O Sudão, com mais de quarenta e oito milhões de habitantes, está à beira do colapso total. Desde 2023, mais de nove milhões de pessoas foram obrigadas a abandonar as suas casas, numa das maiores crises de deslocamento do mundo. Milhões vivem em acampamentos improvisados ou cruzam as fronteiras rumo ao Chade, Sudão do Sul ou Egito. A fome avança rapidamente, e mais da metade da população precisa de ajuda alimentar urgente. Mas quase ninguém fala sobre essa catástrofe humanitária.

Por trás dos números há uma tragédia moral e um sentimento profundo de abandono. A comunidade internacional, absorvida por outras guerras que dominam o noticiário, parece ter relegado o Sudão para o esquecimento. As palavras da OMS soaram como um grito desesperado: “Não abandonem o Sudão nesta hora sombria.” Mas foi exatamente isso que aconteceu. Mais uma vez, o Sudão foi deixado à própria sorte.

Volker Türk, Alto Comissário das Nações Unidas para os Direitos Humanos, pediu aos países com influência sobre as partes em conflito que ajam imediatamente, que interrompam o fluxo de armas, que pressionem por um cessar-fogo e que garantam a proteção dos civis. Mas as negociações perdem força entre interesses políticos e silêncios cúmplices. O resultado é sempre o mesmo: dor e morte.

Defender os direitos humanos no Sudão não é uma questão diplomática, é uma questão de humanidade. Significa exigir cessar-fogo imediato, acesso humanitário sem restrições, justiça para as vítimas e punição para os responsáveis por essas atrocidades. Significa lembrar que cada hospital bombardeado, cada menina violada e cada criança que morre de fome representa um fracasso coletivo de toda a comunidade internacional que, mais uma vez, nada fez para impedir um massacre.

Nunca devemos esquecer que, se permitirmos que um país inteiro se desangre sem agir, os direitos humanos deixam de ter sentido. A paz não se constrói com esquecimento nem com discursos vazios. Constrói-se reconhecendo a dor, reparando as vítimas e garantindo que os culpados nunca mais levantem as armas.

O Sudão precisa de mais do que compaixão. Precisa de compromisso, justiça e, acima de tudo, voz. Precisa que o mundo deixe de tratar a sua tragédia como uma nota de rodapé num livro que quase ninguém lê. Que os governos, a imprensa e as organizações internacionais não se resignem. Que cada cidadão entenda que o silêncio também é uma forma de cumplicidade com a violência.

Hoje, em El Fasher, no Darfur e em Cartum, há dezenas de milhares de pessoas que ainda acreditam que viver em paz é possível. Essa fé, por mais pequena que pareça, é também uma forma de resistência. É a semente da paz que ainda não morreu totalmente. Mas morrerá se nada for feito rapidamente.

E é por isso que, enquanto a fumaça continua a cobrir o céu sudanês e os números se tornam insuportáveis, há uma verdade que não podemos esquecer. A humanidade não se mede pela força, mas pela capacidade de cuidar.

Porque cada vez que uma vida se apaga em silêncio, algo da nossa própria humanidade também se extingue.

Não abandonemos o Sudão.