(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)
🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽
(Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer)
Cada 25 de noviembre tomamos las calles para alzar nuestra voz contra la repugnante lacra que es la violencia hacia las mujeres. Hace 25 años, la Asamblea General de Naciones Unidas reconoció este día como el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, uno de los más importantes del calendario para quienes creemos firmemente en la igualdad y el respeto hacia la dignidad humana inviolable y los derechos de toda persona.
Cada día, miles de mujeres en todo el mundo son víctimas de la vulneración de sus derechos más elementales, muchas veces frente a sus hijas e hijos, mientras el entorno social y familiar se mantiene en un silencio tan cómplice como vergonzoso. Por eso, es hora de que, como sociedad, gritemos bien fuerte: ¡YA BASTA!
Pero, ¿qué entendemos por violencia hacia las mujeres? La respuesta es clara: es una flagrante violación de derechos humanos, un acto de odio irracional, un terrorismo inadmisible, una tortura cruel y, sobre todo, un crimen contra la humanidad que la historia ha tolerado y normalizado. Pero desde el conjunto de la sociedad, desde la más absoluta convicción y desde la más firme de las condenas, hemos de plantar cara para erradicarlo de raíz.
¿Por qué es una violación de derechos humanos? Porque atenta contra la dignidad y los derechos fundamentales de mujeres y niñas, simplemente por el hecho de serlo. Esta violencia se manifiesta de múltiples formas: agresiones físicas, sexuales, psicológicas, económicas, o mediante amenazas, chantajes y la exclusión deliberada de la vida social, pública y privada. Es decir, es una forma de violencia que utiliza el poder y el control como armas para someter a las mujeres, y no podemos seguir tolerándolo.
¿Y por qué consideramos que es un delito de odio? Porque, al igual que las agresiones que sufren personas migrantes, refugiadas, con discapacidades, sin hogar o pertenecientes al colectivo LGTBIQ+, la violencia machista representa una vulneración total de derechos humanos hacia las mujeres por el mero hecho de haber nacido mujeres. Como sociedad, no podemos aceptar ni normalizar que esta aberración criminal siga sucediendo.
Llegados a este punto, es fundamental visibilizar la violencia que sufren las mujeres trans, quienes son doblemente víctimas: por ser mujeres y por su identidad de género. Más del 95% de los asesinatos en la Comunidad Trans recaen sobre mujeres trans. La transfobia y la LGTBIfobia son manifestaciones de violencia machista que buscan suprimir los derechos de las personas por su orientación sexual o identidad de género. Todo ello sin olvidar tampoco a las mujeres con discapacidad o a las mujeres migrantes, refugiadas y racializadas que sufren de manera sistemática la vulneración de sus derechos más elementales en un entorno social que les es hostil y profundamente discriminatorio. En suma, no podemos permitir retrocesos en derechos conquistados ni ser cómplices del odio, la violencia y la discriminación. Porque, en una democracia que se precie a sí misma como tal, los derechos humanos deben avanzar siempre, jamás retroceder.
Es cierto, hay que alzar la voz contra la violencia machista, contra la violación sistemática y estructural de los derechos humanos que afecta a millones de mujeres y niñas en todo el mundo. Solo en España, 2024 nos deja un balance devastador: más de 40 mujeres asesinadas por violencia machista, casi 100.000 casos activos de violencia de género y un promedio de 14 violaciones denunciadas al día. Ante esta cruda realidad, es urgente garantizar asistencia jurídica gratuita y especializada para todas las víctimas, así como una ley integral que combata la trata y la explotación de seres humanos. Todo ello debe ir unido a una respuesta interinstitucional que priorice la prevención y la atención a las víctimas. Porque las víctimas no pueden esperar más y nuestra sociedad tampoco.
De acuerdo con Naciones Unidas, cada 10 minutos, en algún lugar del mundo, una mujer es asesinada por su pareja o por un miembro de su familia. Este dato nos recuerda hasta dónde llega la magnitud de la violencia machista. Es un problema global que no distingue fronteras, culturas ni niveles socioeconómicos, y que nos exige un compromiso colectivo y urgente para ponerle fin. No podemos permitir que las mujeres sigan siendo asesinadas en el lugar donde deberían sentirse más seguras: su propio hogar, en el seno de su propia familia.
La violencia hacia las mujeres se manifiesta de muchas maneras: desde el maltrato físico y psicológico, hasta el acoso, las agresiones sexuales y matrimonios forzados e infantiles. Los datos son devastadores: un tercio de las mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual de parte de su pareja; millones han sido obligadas a casarse siendo menores de edad, muchas veces con hombres mucho mayores; cerca de 200 millones han sido sometidas a mutilación genital; y más del 70% de las víctimas de trata son mujeres y niñas explotadas sexualmente. Este horror no es una excepción, es una regla sostenida por la desigualdad y el machismo estructural. Y lo peor es que, desgraciadamente, en muchas partes del mundo, los pasos hacia la involución son cada vez más frecuentes. Porque el machismo es una conducta social normalizada durante siglos que si no se combate con las herramientas necesarias, con la educación como la más importante de todas ellas, acaba por imponerse eliminando los derechos más elementales de millones de mujeres y niñas en todo el mundo.
¿Y por qué hablamos de tortura? Muy sencillo: porque si hay un derecho humano absoluto, es el derecho a no recibir jamás torturas ni humillaciones. La violencia machista es, por su propia definición, una forma de tortura que destruye la dignidad humana de las mujeres y también afecta a sus hijas e hijos, quienes cargan con las cicatrices de vivir en un entorno de miedo y abuso constante.
¿Y qué hace que consideremos esta violencia como una forma de terrorismo? Porque busca dominar y someter a través del miedo. Los maltratadores no solo emplean la violencia física, sino también la violencia psicológica para infundir terror, obligando a las mujeres a vivir bajo su control, bajo el yugo del miedo a las represalias hacia ella y hacia sus hijas e hijos. Por esta razón, sin duda, la violencia de género debe considerarse como una forma de terrorismo social y doméstico que ha sido normalizado.
Pero la violencia contra las mujeres no es solo terrorismo, es también un crimen contra la humanidad en sí misma. Desde Naciones Unidas se estima que cada día 140 mujeres son asesinadas por violencia machista, lo que equivale a más de 1.500.000 mujeres en los últimos 30 años. Este dato escalofriante nos enfrenta a una verdad innegable: estamos ante un genocidio sistemático que ha sido ignorado durante siglos. Las atrocidades contra las mujeres —desde la mutilación, la violencia sexual, hasta el infanticidio por ser niñas— son una herida abierta en nuestra historia que tenemos que cerrar de una vez por todas. Negar esta realidad nos convierte en cómplices de un sistema que ha sostenido estas atrocidades durante generaciones. No podemos calcular cuántas mujeres han sido asesinadas a lo largo de la historia solo por el mero hecho de ser mujeres, pero sí podemos afirmar que es el genocidio más extenso y silenciado de la humanidad. No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras sigue ocurriendo. No hacer nada al respecto no puede ser una opción válida en una democracia avanzada.
Por todas estas razones, no retrocederemos ni nos quedaremos en silencio. En este momento, millones de mujeres enfrentan violencia en todas sus formas: crímenes de odio, trata, terrorismo machista y hasta un genocidio encubierto. Todo ello ha sido normalizado a lo largo de la historia. Pero hemos de acabar con el silencio y gritar “¡BASTA YA!ª
Hoy alzamos la voz por ellas, por las que no pudieron escapar, por las millones de mujeres que siguen luchando cada día y por las generaciones de mujeres del mañana. Debemos construir un futuro donde las mujeres puedan vivir libres y sin miedo.
Trabajemos por un mundo sin violencia, donde las listas de víctimas sean solo un recuerdo del pasado.
Hoy gritamos por todas: por las que ya no están, por las que sobrevivieron y por las que vendrán.
¡Ni una menos, ni una más!
¡No hay excusas!
¡Ya basta!
¡Se acabó!
🇬🇧ENGLISH🇺🇸
EVERY 10 MINUTES
(International Day for the Elimination of Violence against Women)
Every 25 November we take to the streets to raise our voices against the repugnant scourge of violence against women. Twenty-five years ago, the United Nations General Assembly recognised this day as the International Day for the Elimination of Violence against Women, one of the most important days in the calendar for those of us who firmly believe in equality and respect for the inviolable human dignity and rights of all people.
Every day, thousands of women around the world are victims of the violation of their most basic rights, often in front of their children, while the social and family environment remains silent, as complicit as it is shameful. That is why it is time for us, as a society, to shout out loud: ENOUGH!
But what do we mean by violence against women? The answer is clear: it is a flagrant violation of human rights, an act of irrational hatred, inadmissible terrorism, cruel torture and, above all, a crime against humanity that history has tolerated and normalised. But from the whole of society, from the most absolute conviction and from the strongest of condemnations, we must stand up to eradicate it at its roots.
Why is it a violation of human rights? Because it violates the dignity and fundamental rights of women and girls, simply because they are women and girls. This violence manifests itself in multiple forms: physical, sexual, psychological and economic aggression, or through threats, blackmail and deliberate exclusion from social, public and private life. In other words, it is a form of violence that uses power and control as weapons to subjugate women, and we can no longer tolerate it.
And why do we consider it to be a hate crime? Because, just like the aggressions suffered by migrants, refugees, disabled, homeless or LGTBIQ+ people, macho violence represents a total violation of human rights towards women for the mere fact of being born women. As a society, we cannot accept or normalise that this criminal aberration continues to happen.
At this point, it is essential to make visible the violence suffered by trans women, who are doubly victims: because they are women and because of their gender identity. More than 95% of murders in the trans community are committed against trans women. Transphobia and LGTBIphobia are manifestations of macho violence that seek to suppress the rights of people because of their sexual orientation or gender identity. We must not forget women with disabilities or migrant, refugee and racialized women who suffer systematic violations of their most basic rights in a social environment that is hostile and deeply discriminatory. In short, we cannot allow any regression in the rights we have won, nor can we be accomplices to hatred, violence and discrimination. Because, in a self-respecting democracy, human rights must always advance, never regress.
It is true, we must raise our voices against male violence, against the systematic and structural violation of human rights that affects millions of women and girls around the world. In Spain alone, 2024 leaves us with a devastating balance sheet: more than 40 women murdered by male violence, almost 100,000 active cases of gender violence and an average of 14 rapes reported per day. Faced with this harsh reality, it is urgent to guarantee free and specialised legal assistance for all victims, as well as a comprehensive law to combat human trafficking and exploitation. All of this must go hand in hand with an inter-institutional response that prioritises prevention and care for victims. Because victims cannot wait any longer and neither can our society.
According to the United Nations, every 10 minutes, somewhere in the world, a woman is murdered by her partner or a member of her family. This figure reminds us of the magnitude of male violence. It is a global problem that does not distinguish between borders, cultures or socio-economic levels, and which demands a collective and urgent commitment from us to put an end to it. We cannot allow women to continue to be murdered in the place where they should feel the safest: their own home, in the heart of their own family.
Violence against women takes many forms: from physical and psychological abuse, to harassment, sexual assault and forced and child marriages. The data are devastating: one third of women in the world have suffered physical or sexual violence at the hands of a partner; millions have been forced into underage marriages, often with much older men; nearly 200 million have been subjected to genital mutilation; and more than 70% of trafficking victims are sexually exploited women and girls. This horror is not an exception, it is a rule sustained by inequality and structural machismo. And the worst thing is that, unfortunately, in many parts of the world, steps towards involution are becoming more and more frequent. Because machismo is a social behaviour that has been normalised for centuries, and if it is not fought with the necessary tools, with education as the most important of them all, it ends up imposing itself by eliminating the most elementary rights of millions of women and girls all over the world.
And why do we talk about torture? Quite simply: because if there is an absolute human right, it is the right to be free from torture and humiliation. Male violence is, by its very definition, a form of torture that destroys the human dignity of women and also affects their children, who bear the scars of living in an environment of fear and constant abuse.
And what makes us consider this violence a form of terrorism? Because it seeks to dominate and subdue through fear. Batterers use not only physical violence, but also psychological violence to instil terror, forcing women to live under their control, under the yoke of fear of reprisals against her and her children. For this reason, without a doubt, gender-based violence must be seen as a form of social and domestic terrorism that has been normalised.
But violence against women is not only terrorism, it is also a crime against humanity in itself. The United Nations estimates that every day 140 women are murdered as a result of gender violence, which is equivalent to more than 1,500,000 women in the last 30 years. This chilling statistic brings us face to face with an undeniable truth: we are facing a systematic genocide that has been ignored for centuries. Atrocities against women – from mutilation, to sexual violence, to infanticide because they are girls – are an open wound in our history that we must close once and for all. Denying this reality makes us complicit in a system that has sustained these atrocities for generations. We cannot calculate how many women have been murdered throughout history just because they are women, but we can affirm that it is the most extensive and silenced genocide of humanity. We cannot stand idly by while it continues to happen. Doing nothing about it cannot be a valid option in an advanced democracy.
For all these reasons, we will not retreat or remain silent. Right now, millions of women face violence in all its forms: hate crimes, trafficking, sexist terrorism and even covert genocide. All of this has been normalised throughout history. But we must end the silence and shout ‘ENOUGH NOW!
Today we raise our voices for them, for those who could not escape, for the millions of women who continue to fight every day and for the generations of women of tomorrow. We must build a future where women can live free and without fear.
Let us work for a world without violence, where the lists of victims are only a memory of the past.
Today we cry out for all of them: for those who are no longer here, for those who survived and for those who will come.
Not one less, not one more!
There are no excuses!
Enough is enough!
It’s over!
🇮🇹ITALIANO🇸🇲
OGNI 10 MINUTI
(Giornata internazionale per l’eliminazione della violenza contro le donne)
Ogni 25 novembre scendiamo in piazza per alzare la voce contro il ripugnante flagello della violenza contro le donne. Venticinque anni fa, l’Assemblea generale delle Nazioni Unite ha riconosciuto questo giorno come la Giornata internazionale per l’eliminazione della violenza contro le donne, uno dei giorni più importanti del calendario per chi, come noi, crede fermamente nell’uguaglianza e nel rispetto della dignità umana e dei diritti inviolabili di ogni persona.
Ogni giorno, migliaia di donne in tutto il mondo sono vittime della violazione dei loro diritti più elementari, spesso davanti ai loro figli, mentre l’ambiente sociale e familiare rimane in silenzio, complice quanto vergognoso. Ecco perché è giunto il momento per noi, come società, di gridare ad alta voce: BASTA!
Ma cosa intendiamo per violenza contro le donne? La risposta è chiara: è una flagrante violazione dei diritti umani, un atto di odio irrazionale, un terrorismo inammissibile, una tortura crudele e, soprattutto, un crimine contro l’umanità che la storia ha tollerato e normalizzato. Ma da tutta la società, dalla convinzione più assoluta e dalla condanna più forte, dobbiamo alzarci per sradicarlo alla radice.
Perché è una violazione dei diritti umani? Perché viola la dignità e i diritti fondamentali delle donne e delle ragazze, semplicemente perché sono donne e ragazze. Questa violenza si manifesta in molteplici forme: aggressioni fisiche, sessuali, psicologiche ed economiche, oppure attraverso minacce, ricatti ed esclusione deliberata dalla vita sociale, pubblica e privata. In altre parole, è una forma di violenza che usa il potere e il controllo come armi per sottomettere le donne, e non possiamo più tollerarla.
E perché lo consideriamo un crimine d’odio? Perché, proprio come le aggressioni subite da migranti, rifugiati, disabili, senzatetto o persone LGTBIQ+, la violenza maschilista rappresenta una totale violazione dei diritti umani nei confronti delle donne per il solo fatto di essere nate donne. Come società, non possiamo accettare o normalizzare che questa aberrazione criminale continui a verificarsi.
A questo punto, è fondamentale rendere visibile la violenza subita dalle donne trans, che sono doppiamente vittime: perché sono donne e per la loro identità di genere. Più del 95% degli omicidi nella comunità trans sono commessi contro donne trans. La transfobia e la LGTBIfobia sono manifestazioni di violenza maschilista che cercano di sopprimere i diritti delle persone a causa del loro orientamento sessuale o della loro identità di genere. Non dobbiamo dimenticare le donne con disabilità o le donne migranti, rifugiate e razzializzate che subiscono violazioni sistematiche dei loro diritti più elementari in un ambiente sociale ostile e profondamente discriminatorio. In breve, non possiamo permettere alcun regresso nei diritti che abbiamo conquistato, né possiamo essere complici dell’odio, della violenza e della discriminazione. Perché, in una democrazia che si rispetti, i diritti umani devono sempre avanzare, mai regredire.
È vero, dobbiamo alzare la voce contro la violenza maschile, contro la violazione sistematica e strutturale dei diritti umani che colpisce milioni di donne e ragazze in tutto il mondo. Solo in Spagna, il 2024 ci consegna un bilancio devastante: più di 40 donne uccise dalla violenza maschile, quasi 100.000 casi attivi di violenza di genere e una media di 14 stupri denunciati al giorno. Di fronte a questa dura realtà, è urgente garantire un’assistenza legale gratuita e specializzata per tutte le vittime, nonché una legge completa per combattere il traffico e lo sfruttamento di esseri umani. Tutto questo deve andare di pari passo con una risposta interistituzionale che dia priorità alla prevenzione e all’assistenza alle vittime. Perché le vittime non possono più aspettare e nemmeno la nostra società.
Secondo le Nazioni Unite, ogni 10 minuti, da qualche parte nel mondo, una donna viene uccisa dal suo partner o da un membro della sua famiglia. Questo dato ci ricorda l’entità della violenza maschile. È un problema globale che non fa distinzione tra confini, culture o livelli socio-economici e che richiede un impegno collettivo e urgente da parte nostra per porvi fine. Non possiamo permettere che le donne continuino a essere uccise nel luogo in cui dovrebbero sentirsi più sicure: la loro casa, nel cuore della loro famiglia.
La violenza contro le donne assume molte forme: dagli abusi fisici e psicologici, alle molestie, alle aggressioni sessuali, ai matrimoni forzati e infantili. I dati sono devastanti: un terzo delle donne nel mondo ha subito violenza fisica o sessuale per mano di un partner; milioni di donne sono state costrette a sposarsi con minorenni, spesso con uomini molto più anziani; quasi 200 milioni sono state sottoposte a mutilazioni genitali; e più del 70% delle vittime della tratta sono donne e ragazze sfruttate sessualmente. Questo orrore non è un’eccezione, è una regola sostenuta dalla disuguaglianza e dal maschilismo strutturale. E la cosa peggiore è che, purtroppo, in molte parti del mondo i passi verso l’involuzione sono sempre più frequenti. Perché il machismo è un comportamento sociale normalizzato da secoli e, se non viene combattuto con gli strumenti necessari, primo fra tutti l’educazione, finisce per imporsi eliminando i diritti più elementari di milioni di donne e ragazze in tutto il mondo.
E perché parliamo di tortura? Semplicemente perché se esiste un diritto umano assoluto è quello di essere liberi dalla tortura e dall’umiliazione. La violenza maschile è, per sua stessa definizione, una forma di tortura che distrugge la dignità umana delle donne e colpisce anche i loro figli, che portano le cicatrici di vivere in un ambiente di paura e di continui abusi.
E cosa ci spinge a considerare questa violenza una forma di terrorismo? Perché cerca di dominare e sottomettere attraverso la paura. I maltrattanti non usano solo la violenza fisica, ma anche quella psicologica per incutere terrore, costringendo le donne a vivere sotto il loro controllo, sotto il giogo della paura di rappresaglie contro di lei e i suoi figli. Per questo motivo, senza dubbio, la violenza di genere deve essere vista come una forma di terrorismo sociale e domestico che è stato normalizzato.
Ma la violenza contro le donne non è solo terrorismo, è anche un crimine contro l’umanità in sé. Le Nazioni Unite stimano che ogni giorno 140 donne vengono uccise a causa della violenza di genere, il che equivale a più di 1.500.000 donne negli ultimi 30 anni. Questa agghiacciante statistica ci mette di fronte a una verità innegabile: siamo di fronte a un genocidio sistematico che è stato ignorato per secoli. Le atrocità contro le donne – dalle mutilazioni, alla violenza sessuale, all’infanticidio perché sono bambine – sono una ferita aperta nella nostra storia che dobbiamo chiudere una volta per tutte. Negare questa realtà ci rende complici di un sistema che ha sostenuto queste atrocità per generazioni. Non possiamo calcolare quante donne siano state uccise nel corso della storia solo perché sono donne, ma possiamo affermare che si tratta del genocidio più esteso e taciuto dell’umanità. Non possiamo restare inerti mentre continua ad accadere. L’inazione non può essere un’opzione valida in una democrazia avanzata.
Per tutte queste ragioni, non ci ritireremo né resteremo in silenzio. In questo momento, milioni di donne affrontano la violenza in tutte le sue forme: crimini d’odio, traffico di esseri umani, terrorismo sessista e persino genocidio occulto. Tutto questo è stato normalizzato nel corso della storia. Ma dobbiamo porre fine al silenzio e gridare “ ORA BASTA!
Oggi alziamo la voce per loro, per chi non è riuscito a fuggire, per i milioni di donne che continuano a lottare ogni giorno e per le generazioni di donne di domani. Dobbiamo costruire un futuro in cui le donne possano vivere libere e senza paura.
Lavoriamo per un mondo senza violenza, dove le liste delle vittime siano solo un ricordo del passato.
Oggi gridiamo per tutte loro: per quelle che non ci sono più, per quelle che sono sopravvissute e per quelle che verranno.
Nessuna di meno, nessuna di più!
Non ci sono scuse!
Basta così!
Basta!
🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
TOUTES LES 10 MINUTES
(Journée internationale pour l’élimination de la violence à l’égard des femmes)
Chaque 25 novembre, nous descendons dans la rue pour élever la voix contre le fléau répugnant de la violence à l’égard des femmes. Il y a 25 ans, l’Assemblée générale des Nations unies a reconnu cette journée comme la Journée internationale pour l’élimination de la violence à l’égard des femmes, l’une des plus importantes du calendrier pour ceux d’entre nous qui croient fermement à l’égalité et au respect de la dignité humaine inviolable et des droits de chaque personne.
Chaque jour, des milliers de femmes dans le monde sont victimes de la violation de leurs droits les plus fondamentaux, souvent devant leurs enfants, alors que l’environnement social et familial reste aussi complice que honteux. C’est pourquoi il est temps pour nous, en tant que société, de crier haut et fort : ASSEZ !
Mais qu’entendons-nous par violence à l’égard des femmes ? La réponse est claire : il s’agit d’une violation flagrante des droits de l’homme, d’un acte de haine irrationnelle, d’un terrorisme inadmissible, d’une torture cruelle et, surtout, d’un crime contre l’humanité que l’histoire a toléré et normalisé. Mais c’est de toute la société, de la conviction la plus absolue et de la condamnation la plus ferme que nous devons nous lever pour l’éradiquer à la racine.
Pourquoi s’agit-il d’une violation des droits de l’homme ? Parce qu’elle porte atteinte à la dignité et aux droits fondamentaux des femmes et des filles, simplement parce qu’elles sont des femmes et des filles. Cette violence se manifeste sous de multiples formes : agressions physiques, sexuelles, psychologiques et économiques, menaces, chantage et exclusion délibérée de la vie sociale, publique et privée. En d’autres termes, il s’agit d’une forme de violence qui utilise le pouvoir et le contrôle comme armes pour soumettre les femmes, et nous ne pouvons plus la tolérer.
Et pourquoi considérons-nous qu’il s’agit d’un crime de haine ? Parce que, tout comme les agressions subies par les migrants, les réfugiés, les handicapés, les sans-abri ou les personnes LGTBIQ+, la violence machiste représente une violation totale des droits de l’homme à l’égard des femmes pour le simple fait d’être nées femmes. En tant que société, nous ne pouvons accepter ni normaliser la persistance de cette aberration criminelle.
À ce stade, il est essentiel de rendre visible la violence subie par les femmes transgenres, qui sont doublement victimes : parce qu’elles sont des femmes et en raison de leur identité de genre. Plus de 95% des meurtres dans la communauté trans sont commis contre des femmes trans. La transphobie et la LGTBIphobie sont des manifestations de violence machiste qui visent à supprimer les droits des personnes en raison de leur orientation sexuelle ou de leur identité de genre. Nous ne devons pas oublier les femmes handicapées ou les femmes migrantes, réfugiées et racialisées qui subissent des violations systématiques de leurs droits les plus fondamentaux dans un environnement social hostile et profondément discriminatoire. En bref, nous ne pouvons admettre aucune régression des droits acquis, ni nous rendre complices de la haine, de la violence et de la discrimination. Car, dans une démocratie qui se respecte, les droits de l’homme doivent toujours progresser, jamais régresser.
Il est vrai que nous devons élever la voix contre la violence masculine, contre la violation systématique et structurelle des droits de l’homme qui affecte des millions de femmes et de jeunes filles dans le monde. Rien qu’en Espagne, 2024 nous laisse un bilan dévastateur : plus de 40 femmes assassinées par la violence masculine, près de 100 000 cas actifs de violence de genre et une moyenne de 14 viols signalés par jour. Face à cette dure réalité, il est urgent de garantir une assistance juridique gratuite et spécialisée à toutes les victimes, ainsi qu’une loi complète pour lutter contre la traite et l’exploitation des êtres humains. Tout cela doit aller de pair avec une réponse interinstitutionnelle qui privilégie la prévention et la prise en charge des victimes. Car les victimes ne peuvent plus attendre et notre société non plus.
Selon les Nations Unies, toutes les 10 minutes, quelque part dans le monde, une femme est assassinée par son compagnon ou un membre de sa famille. Ce chiffre nous rappelle l’ampleur de la violence masculine. Il s’agit d’un problème mondial qui ne connaît pas de frontières, de cultures ou de niveaux socio-économiques et qui exige un engagement collectif et urgent de notre part pour y mettre un terme. Nous ne pouvons pas permettre que des femmes continuent d’être assassinées dans l’endroit où elles devraient se sentir le plus en sécurité : leur propre maison, au cœur de leur famille.
La violence à l’égard des femmes revêt de nombreuses formes : des abus physiques et psychologiques au harcèlement, en passant par les agressions sexuelles, les mariages forcés et les mariages d’enfants. Les données sont dévastatrices : un tiers des femmes dans le monde ont subi des violences physiques ou sexuelles de la part d’un partenaire ; des millions ont été mariées de force à des mineurs, souvent avec des hommes beaucoup plus âgés ; près de 200 millions ont subi des mutilations génitales ; et plus de 70 % des victimes de la traite des êtres humains sont des femmes et des jeunes filles exploitées sexuellement. Cette horreur n’est pas une exception, c’est une règle entretenue par l’inégalité et le machisme structurel. Et le pire, c’est que, malheureusement, dans de nombreuses régions du monde, les étapes vers l’involution sont de plus en plus fréquentes. Parce que le machisme est un comportement social normalisé depuis des siècles, et s’il n’est pas combattu avec les outils nécessaires, l’éducation étant le plus important d’entre eux, il finit par s’imposer en éliminant les droits les plus élémentaires de millions de femmes et de jeunes filles dans le monde entier.
Et pourquoi parler de torture ? Tout simplement parce que s’il existe un droit humain absolu, c’est bien celui d’être à l’abri de la torture et de l’humiliation. La violence masculine est, par définition, une forme de torture qui détruit la dignité humaine des femmes et affecte également leurs enfants, qui portent les cicatrices d’une vie dans un environnement de peur et d’abus constants.
Et pourquoi considérer cette violence comme une forme de terrorisme ? Parce qu’elle cherche à dominer et à soumettre par la peur. Les agresseurs utilisent non seulement la violence physique, mais aussi la violence psychologique pour instaurer la terreur, forçant les femmes à vivre sous leur contrôle, sous le joug de la peur des représailles contre elles et leurs enfants. C’est pourquoi, sans aucun doute, la violence fondée sur le genre doit être considérée comme une forme de terrorisme social et domestique normalisé.
Mais la violence à l’égard des femmes n’est pas seulement du terrorisme, c’est aussi un crime contre l’humanité en soi. Les Nations unies estiment que chaque jour, 140 femmes sont assassinées en raison de la violence sexiste, ce qui équivaut à plus de 1 500 000 femmes au cours des 30 dernières années. Cette statistique effrayante nous met face à une vérité indéniable : nous sommes confrontés à un génocide systématique qui a été ignoré pendant des siècles. Les atrocités commises à l’encontre des femmes, qu’il s’agisse de mutilations, de violences sexuelles ou d’infanticides parce qu’elles sont des filles, sont une plaie ouverte de notre histoire que nous devons refermer une fois pour toutes. Nier cette réalité, c’est se rendre complice d’un système qui entretient ces atrocités depuis des générations. Nous ne pouvons pas calculer le nombre de femmes assassinées au cours de l’histoire pour la seule raison qu’elles sont des femmes, mais nous pouvons affirmer qu’il s’agit du génocide le plus étendu et le plus silencieux de l’humanité. Nous ne pouvons pas rester les bras croisés pendant que cela continue à se produire. Ne rien faire ne peut être une option valable dans une démocratie avancée.
Pour toutes ces raisons, nous ne reculerons pas et nous ne resterons pas silencieux. À l’heure actuelle, des millions de femmes sont confrontées à la violence sous toutes ses formes : crimes haineux, traite des êtres humains, terrorisme sexiste et même génocide déguisé. Tout cela a été normalisé au cours de l’histoire. Mais nous devons mettre fin au silence et crier «ASSEZ MAINTENANT !«
Aujourd’hui, nous élevons la voix pour elles, pour celles qui n’ont pas pu s’échapper, pour les millions de femmes qui continuent à se battre chaque jour et pour les générations de femmes de demain. Nous devons construire un avenir où les femmes pourront vivre libres et sans peur.
Œuvrons pour un monde sans violence, où les listes de victimes ne sont plus qu’un souvenir du passé.
Aujourd’hui, nous crions pour elles toutes : pour celles qui ne sont plus là, pour celles qui ont survécu et pour celles qui viendront.
Pas une de moins, pas une de plus !
Il n’y a pas d’excuses !
Trop c’est trop !
Il n’y en a pas d’autre !
🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
A CADA 10 MINUTOS
(Dia Internacional para a Eliminação da Violência contra as Mulheres)
Todos os anos, a 25 de novembro, saímos à rua para erguer a nossa voz contra o repugnante flagelo da violência contra as mulheres. Há vinte e cinco anos, a Assembleia Geral das Nações Unidas reconheceu este dia como o Dia Internacional para a Eliminação da Violência contra as Mulheres, um dos dias mais importantes do calendário para aqueles de nós que acreditam firmemente na igualdade e no respeito pela dignidade humana inviolável e pelos direitos de cada pessoa.
Todos os dias, milhares de mulheres em todo o mundo são vítimas da violação dos seus direitos mais elementares, muitas vezes em frente dos seus filhos, enquanto o ambiente social e familiar permanece em silêncio, tão cúmplice quanto vergonhoso. É por isso que é tempo de nós, enquanto sociedade, gritarmos bem alto: basta!
Mas o que é que queremos dizer com violência contra as mulheres? A resposta é clara: é uma violação flagrante dos direitos humanos, um ato de ódio irracional, um terrorismo inadmissível, uma tortura cruel e, acima de tudo, um crime contra a humanidade que a história tolerou e normalizou. Mas de toda a sociedade, da mais absoluta convicção e da mais forte das condenações, temos de nos erguer para o erradicar pela raiz.
Porque é que é uma violação dos direitos humanos? Porque viola a dignidade e os direitos fundamentais das mulheres e das raparigas, pelo simples facto de serem mulheres e raparigas. Esta violência manifesta-se de múltiplas formas: agressão física, sexual, psicológica e económica, ou através de ameaças, chantagem e exclusão deliberada da vida social, pública e privada. Por outras palavras, é uma forma de violência que usa o poder e o controlo como armas para subjugar as mulheres, e não podemos continuar a tolerá-la.
E porque é que o consideramos um crime de ódio? Porque, tal como as agressões sofridas por migrantes, refugiados, deficientes, sem-abrigo ou pessoas LGTBIQ+, a violência machista representa uma total violação dos direitos humanos das mulheres pelo simples facto de nascerem mulheres. Como sociedade, não podemos aceitar ou normalizar que esta aberração criminosa continue a acontecer.
Neste ponto, é fundamental dar visibilidade à violência sofrida pelas mulheres trans, que são duplamente vítimas: por serem mulheres e pela sua identidade de género. Mais de 95% dos assassinatos na comunidade trans são cometidos contra mulheres trans. A transfobia e a LGTBIfobia são manifestações de violência machista que procuram suprimir os direitos das pessoas devido à sua orientação sexual ou identidade de género. Não podemos esquecer as mulheres com deficiência ou as mulheres migrantes, refugiadas e racializadas que sofrem sistematicamente a violação dos seus direitos mais elementares num ambiente social hostil e profundamente discriminatório. Em suma, não podemos permitir qualquer retrocesso nos direitos que conquistámos, nem podemos ser cúmplices do ódio, da violência e da discriminação. Porque, numa democracia que se preze, os direitos humanos devem avançar sempre, nunca regredir.
É verdade, temos de levantar a voz contra a violência masculina, contra a violação sistemática e estrutural dos direitos humanos que afecta milhões de mulheres e raparigas em todo o mundo. Só em Espanha, o ano de 2024 deixa-nos um balanço devastador: mais de 40 mulheres assassinadas por violência masculina, quase 100.000 casos activos de violência de género e uma média de 14 violações denunciadas por dia. Perante esta dura realidade, é urgente garantir assistência jurídica gratuita e especializada a todas as vítimas, bem como uma lei abrangente para combater o tráfico e a exploração de seres humanos. Tudo isso deve ser acompanhado de uma resposta interinstitucional que dê prioridade à prevenção e ao atendimento das vítimas. Porque as vítimas não podem esperar mais e a nossa sociedade também não.
Segundo as Nações Unidas, a cada 10 minutos, algures no mundo, uma mulher é assassinada pelo seu parceiro ou por um membro da sua família. Este número recorda-nos a magnitude da violência masculina. Trata-se de um problema global que não distingue fronteiras, culturas ou níveis socioeconómicos, e que exige de nós um compromisso coletivo e urgente para lhe pôr termo. Não podemos permitir que as mulheres continuem a ser assassinadas no local onde se deveriam sentir mais seguras: a sua própria casa, no seio da sua própria família.
A violência contra as mulheres se manifesta de muitas formas: desde o abuso físico e psicológico, até o assédio, as agressões sexuais e os casamentos forçados e infantis. Os dados são devastadores: um terço das mulheres no mundo já sofreu violência física ou sexual por parte de seu parceiro; milhões foram obrigadas a se casar ainda menores de idade, muitas vezes com homens muito mais velhos; cerca de 200 milhões foram submetidas à mutilação genital; e mais de 70% das vítimas de tráfico humano são mulheres e meninas exploradas sexualmente. Este horror não é uma exceção, é uma regra sustentada pela desigualdade e pelo machismo estrutural. E o pior é que, infelizmente, em muitas partes do mundo, os retrocessos têm se tornado cada vez mais frequentes. Porque o machismo é um comportamento social normalizado durante séculos e, se não for combatido com as ferramentas necessárias — sendo a educação a mais importante de todas —, acaba se impondo, eliminando os direitos mais elementares de milhões de mulheres e meninas em todo o mundo.
E por que falamos de tortura? Muito simples: porque, se existe um direito humano absoluto, é o direito de jamais sofrer torturas nem humilhações. A violência machista é, por definição, uma forma de tortura que destrói a dignidade humana das mulheres e também afeta suas filhas e filhos, que carregam as cicatrizes de viver em um ambiente de medo e abuso constante.
E o que nos faz considerar essa violência como uma forma de terrorismo? Porque busca dominar e submeter através do medo. Os agressores não usam apenas a violência física, mas também a violência psicológica para infundir terror, obrigando as mulheres a viver sob seu controle, sob o jugo do medo de represálias contra elas e seus filhos e filhas. Por isso, sem dúvida, a violência de gênero deve ser considerada como uma forma de terrorismo social e doméstico que foi normalizado.
Mas a violência contra as mulheres não é apenas terrorismo, é também um crime contra a humanidade em si. Segundo as Nações Unidas, estima-se que todos os dias 140 mulheres são assassinadas por violência machista, o que equivale a mais de 1.500.000 mulheres nos últimos 30 anos. Este dado assustador nos confronta com uma verdade inegável: estamos diante de um genocídio sistemático que foi ignorado por séculos. As atrocidades contra as mulheres — desde a mutilação, a violência sexual, até o infanticídio por serem meninas — são uma ferida aberta na nossa história que precisamos fechar de uma vez por todas. Negar essa realidade nos torna cúmplices de um sistema que sustentou essas atrocidades por gerações. Não podemos calcular quantas mulheres foram assassinadas ao longo da história apenas por serem mulheres, mas podemos afirmar que é o genocídio mais extenso e silenciado da humanidade. Não podemos ficar de braços cruzados enquanto isso continua acontecendo. Não fazer nada a respeito não pode ser uma opção válida em uma democracia avançada.
Por todas essas razões, não recuaremos nem ficaremos em silêncio. Neste momento, milhões de mulheres enfrentam violência em todas as suas formas: crimes de ódio, tráfico humano, terrorismo machista e até mesmo um genocídio encoberto. Tudo isso foi normalizado ao longo da história. Mas precisamos romper o silêncio e gritar “BASTA!”
Hoje levantamos a voz por elas, por aquelas que não conseguiram escapar, pelas milhões de mulheres que continuam lutando todos os dias e pelas gerações de mulheres de amanhã. Devemos construir um futuro onde as mulheres possam viver livres e sem medo.
Trabalhemos por um mundo sem violência, onde as listas de vítimas sejam apenas uma lembrança do passado.
Hoje gritamos por todas: pelas que já não estão, pelas que sobreviveram e pelas que ainda virão.
Nem uma a menos, nem uma a mais!
Sem desculpas!
Já basta!
Acabou!