(En memoria de quienes descansan en la luz)
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Quienes leéis con frecuencia este blog sabéis de sobra que no suelo escribir cosas personales, y mucho menos en público. Pero hoy, al menos esta vez, creo que no puedo seguir callando.
Soy abogado. Lo soy por vocación y no únicamente porque viva de ello. Lo soy por la satisfacción de saber que, gane o pierda un juicio, intento ayudar a la gente, intento poner orden donde solo hay caos, intento dar paz y consuelo donde solo hay dolor y llanto.
Pero no es fácil. Casi nunca lo es. Y más cuando, en los últimos 4 años, cinco personas a las que he asistido legalmente, así como desde la entidad de la que formo parte, no pudieron resistirlo más y decidieron poner fin a su vida. Sí, habéis leído bien: he tenido que despedir a cinco personas. Cinco personas con sus sueños rotos y sus esperanzas truncadas. Cinco. La última hace muy pocos días.
Cada una de ellas era muy distinta de la otra. Pero, más allá de su edad, su lugar de procedencia, su clase social o cualquier otro aspecto personal, todas tenían algo en común: todas formaban parte del colectivo LGTBIQ+. Todas vivían bajo una presión de esa parte de las sociedad que rechaza, niega y cuestiona la dignidad de quienes, a su juicio, no encajan, hasta el punto de destruir por completo lo que no quiere ver, lo que no quieren que exista. Así que, no: sus muertes no son una coincidencia.
A veces pensamos en el suicidio como algo individual, como una decisión estrictamente privada, fruto de un enorme sufrimiento interno. Pero cuando varias personas de un mismo grupo mueren así, hay algo mucho más profundo que está fallando. Algo que es de toda la sociedad. Algo que es estructural. Algo que está retrocediendo.
Ya sabéis que yo no soy psicólogo. No soy terapeuta. Solo soy abogado. Pero he sido testigo muchas veces del dolor en la mirada de las víctimas. Y lo que veo, una y otra vez, es que ninguna de ellas murió por “problemas personales”. Murieron porque esta sociedad, al menos una parte de ella que hace mucho daño, no las dejó vivir en paz. Porque existe un “cáncer” que cada vez se está extendiendo más. Un cáncer que está presente en nuestra sociedad, en nuestras ciudades, en nuestros pueblos y aldeas, en nuestros barrios y hasta en nuestros hogares, ese lugar donde más deberíamos sentirnos protegidos, pero, por desgracia, no siempre es así. Y ese cáncer se llama odio.
¿Y qué tenían en común estas cinco vidas truncadas? Mucho. Os diré qué tenían en común todas ellas. Las cinco fueron personas valientes, aunque no se sintieran así, aunque les hubiesen hecho sentir que no valían para nada. Las cinco intentaron pelear hasta el final por sus derechos, por su dignidad, por un espacio donde poder existir sin miedo al dolor que les golpeaba, día tras día. Las cinco tenían a sus espaldas una historia de rechazo, de violencia, de abuso y de invisibilidad ante una sociedad que todo veía pero que siempre callaba. Las cinco pidieron ayuda, buscaron una salida legal a sus problemas, algo de humanidad a su alrededor. Pero, al final, la vida no les dio tregua y el dolor era ya demasiado.
Como abogado -mucho más allá del aspecto profesional- acompañarlas en su camino, durante el tiempo que pude tratar con ellas, fue para mí un honor. A pesar del inmenso dolor, en sus miradas vi la belleza del amor sincero que solo nace del agradecimiento, la luz de la esperanza antes de que se apagara para siempre para ellas, y el reflejo de esa humanidad interior que es cada vez extraña, pero, al mismo tiempo, es también cada vez más necesaria. Y todo ello, todo este dolor compartido y presenciado es una herida que sigue ardiendo para mí, porque sé que todo este dolor podría haberse evitado, porque sé que, de alguna manera, toda la sociedad es responsable de lo que sucede cuando miramos hacia otro lado, cuando no queremos escuchar a quien está sufriendo, solo por ser quien es, o solo por amar.
La violencia que sufre el colectivo LGTBIQ+ no siempre es evidente. La violencia no siempre se reduce a gritos, insultos y golpes. A veces es mucho más sutil: es un susurro, es un silencio, frío como el hielo, que rasga el alma por completo; es una mirada llena de odio o indiferencia; es una palabra que se te clava para siempre en el corazón, es una omisión de ayuda cuando alguien más lo necesita.
Es un trámite interminable que no se comprende; es un nombre en un DNI que no coincide con tu identidad y que te expone sin piedad; es un funcionario que no escucha, porque no le interesa lo más mínimo tu vida; es un agente de la policía o de la guardia civil que te dice que “eso no se puede denunciar”, como si fuera juez y parte, haciendo que te vayas a casa con tu dolor multiplicado por dos y sin poder denunciar.
Es un centro educativo que no actúa contra el acoso o el ciberacoso, eludiendo su responsabilidad de proteger al alumnado dentro de las paredes del centro; es una familia que nunca te llama por tu cumpleaños, por Navidad, o cuando muere un familiar, porque eres tú quien “ha muerto” para quienes más amor deberían darte en lugar de rechazarte.
Es un refugio que no te acepta y en el que tienes que fingir ser quien no eres para hallar algo de calor, aunque sea en los últimos años de tu vida; es saber que, cuando lleguen los instantes finales de tu vida, no habrá nadie que te tome de la mano en el momento de exhalar el último aliento.
Todo esto se transforma en cansancio, en miedo, en dolor y en soledad. En sentir que, por más que luches, eres tú quien no encaja, y quien sobra en todas partes, porque el mundo no va a cambiar a tu alrededor y tú no formas parte de él porque así lo han decidido. Y cuando todo ese cansancio, ese miedo, esa soledad y ese dolor se convierten en algo crónico, algo que te pesa, día a día, cada vez más, cuando la luz de la esperanza se apaga por completo, hay personas que ya no pueden más y deciden no continuar. Y ahí es donde hemos fracasado. ¿La razón? Hemos permitido que una persona, que tenía toda una vida por delante, se rinda, sola, triste, llena de dolor y miedo.

Descansad por siempre en la luz.
Nunca podré acostumbrarme a esto. Aunque lleve 15 años dedicándome a esto, aunque esté otros 40 años más haciéndolo. Nunca puedes permanecer insensible. Porque este dolor no es solo de la víctima, de quien no ha podido más. Tampoco es solo mío. Yo solo soy un testigo que ha intentado acompañar, siempre de la mejor manera posible, a quien tenía enfrente. Este dolor también nos pertenece a todas y a todos como sociedad.
No escribo esto para generar un sentimiento de culpa, pero sí quiero, al menos, que seamos capaces de actuar con más empatía. Tenemos que aprender a ver más allá de lo que parece evidente, a no suponer que todo está bien porque la persona que tengamos delante esté sonriendo, tomándose una café tranquilamente en una cafetería, riendo con sus compañeros de trabajo o haciendo deporte los fines de semana. Tampoco pensar en que “se ve fuerte” y “ya puso la denuncia”, porque muchas veces eso tampoco significa nada ni mitiga el dolor.
La lucha por los derechos de las personas LGTBIQ+ no termina en la publicación de una ley en el Boletín Oficial del Estado. En realidad la lucha empieza ahí. Porque después hay que continuarla en los centros educativos, en cada hospital, en cada lugar de trabajo, en cada pueblo, en cada ciudad, en cada barrio y en cada hogar. Y también, dentro de esa lucha, tenemos que saber muy bien cómo acompañamos a quienes están a nuestro lado y que se encuentran al límite.
Quizá os preguntaréis, ¿qué podemos hacer? Muchas cosas. Pero, para empezar, lo más importante es escuchar, escuchar de verdad. Y hay que hacerlo sin juzgar, sin interrumpir, sin corregir nada. Hay que dejar que la persona que tenemos delante se sienta escuchada. Porque, muy probablemente, seas tú la primera persona que esté dispuesta a hacerlo en muchos años. Igualmente, la formación es necesaria en todo momento. Ya sea como profesionales o como parte de la ciudadanía, no podemos ignorar el contexto de exclusión que viven muchas personas LGTBIQ+. Es más, ahora que estamos en riesgo claro de involución, hay que estar más alerta que nunca y formarse más que nunca. Ojalá hubiese salido adelante la formación que, desde las entidades a las que pertenezco, habíamos impulsado para que profesionales de todas las ramas supieran cómo actuar ante los casos de violencia, odio y discriminación. Pero a la institución no le importó lo suficiente y ni siquiera hizo difusión alguna en sus redes sociales, incluso cuando planteamos la renuncia a nuestros honorarios para que fuera viable económicamente.
Hemos de aprender a generar redes de apoyo. Cuando sientes el aislamiento, cuando piensas que la soledad es tu única compañera, el peso de la tristeza aumenta. Y también con el tiempo ese peso puede ser mortal. Las agrupaciones, asociaciones y demás entidades están ahí para servirte de apoyo. Acércate a ellas, siéntete libre de hacerlo y de estar con personas que están dispuestas a estar a tulado en todo momento como una gran familia, esa familia elegida que, al final, es la que menos nos falla. Y, por supuesto, no olvidemos que pedir ayuda especializada es vital para salvar vidas. Afortunadamente, hay magníficos profesionales que están ahí para ayudarte y hacerte entender que no hay nada malo en ti, que no hay nada enfermo en ti, que no hay nada que sanar en ti. Que eres una persona perfectamente válida, maravillosa en todos los sentidos, con miles de cosas por hacer y sueños por alcanzar.
La verdad es que no sé muy cómo poner fin a este texto. No sé si hay o no alguna forma de cerrarlo, porque, en estos temas, no hay cierre posible. Pero sí tengo un deseo: no tener que volver a escribir textos como este. Porque eso significará que ninguna otra persona no haya podido soportar más tanto dolor porque piense que no tiene derecho a vivir libremente. Porque vivir no es un privilegio en manos de quienes se creen con derecho a exigir cómo tienes que ser, actuar o comportarte. Ser quien eres tiene que ser siempre un motivo de felicidad, nunca una condena. Porque no hay nada malo en ti. No hay nada condenable, no hay nada pecaminoso, no hay nada delictivo, no hay nada que haya que extirpar. Eres y siempre serás un ser humano maravilloso. Que nadie te quite nunca esa idea, ni siquiera tú.
Quiero recordar a las cinco personas con todo el amor posible. Nunca olvidaré sus nombres, su mirada, su forma de hablar, ni tampoco los abrazos al llegar ni los abrazos a despedirnos. Nunca olvidaré a Nieves, Gema, Salvador, Marta y Alejandro, que ha sido el último en marcharse porque no ha podido más y al que dedico particularmente este texto.
Alejandro, peleaste hasta el final, luchaste por proteger a quien más querías, pero estabas demasiado cansado y dolido. Me hubiese gustado haber hecho las cosas mejor. Perdóname si me equivoqué en algo o no llegué a tiempo para hacer todo lo posible por ti. Solo espero que, estés donde estés, encuentres la paz que tanto buscabas. Como tú decías, “nadie es indispensable, pero todos somos irremplazables”. No sé si esas palabras son tuyas o de alguien conocido. Creo que son de Viktor Frankl, pero, desde ahora, para mí serán tus palabras. Vuela alto, que el universo te acoja en toda su luz.

Ojalá el mundo y las personas que os rodeaban hubiesen estado más atentas o más a la altura de vuestro dolor. Siempre guardaré en mi corazón el último abrazo que nos dimos, la última conversación, el último mensaje de WhatsApp, la última sonrisa al decirnos “hasta pronto”. Prometo no olvidarme de vosotros nunca.
Para el resto, para ti que estás leyendo esto, solo tengo una única cosa que decirte: Ama. Ama tanto como puedas. Ama sin medida. Ama sin límites. Ama desde dentro. Ámate a ti. Que nadie te niegue el derecho más humano de todos. Porque, al final, es el amor, el amor verdadero, lo que nos salva, lo que nos sana, lo que nos cambia desde dentro y lo que de verdad mueve el mundo. Solo amor. Nunca odio.
Y a quienes estáis sufriendo, y estáis leyendo esto, quiero deciros que no tenéis que sobrellevar vuestro dolor en soledad. Aunque no soy psicólogo, sí estoy dispuesto a escucharos y acompañaros a donde sea necesario para que podáis tener toda la ayuda posible. Si hace falta, iré contigo de la mano hasta la misma puerta y esperaré fuera mientras te atiende alguien que pueda ayudarte. Ya sabes solo soy abogado, pero lo haré por ti si hace falta. Y cuando salgas, estaré ahí para darte un abrazo, para que sientas que estamos juntos en el camino, para que sientas que estoy a tu lado.
Así que, por favor, si lo necesitas, busca ayuda. No tienes que vivir ni soportar en soledad aquello que te esté destrozando por dentro. Hay líneas de atención, con excelentes profesionales, y espacios seguros donde podrás expresarte libremente, ser tú y demostrar todo lo maravilloso que hay en ti.
Y si no sabes cómo hacerlo o por dónde empezar, estoy aquí para aconsejarte
Solo escríbeme o llámame.
Te estoy esperando.

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