(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)
🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽
Ya es oficial. Se ha declarado la hambruna en Gaza. Ese es el tipo de noticias que, en 2025, nunca deberían existir. ¿Por qué? Porque son un insulto a nuestra conciencia colectiva y a nuestra humanidad. La ONU ha confirmado lo que durante meses se venía temiendo: en Gaza hay hambruna oficial, la fase más extrema de la inseguridad alimentaria. ¿Y esto qué quiere decir? Simplemente que hay miles de personas que, literalmente, están muriendo de hambre mientras el mundo mira para otro lado.
No, no estoy hablando de ese tipo de hambre cuando decimos “qué hambre tengo” porque no hemos comido en seis horas. Hablo de niños con el estómago vacío durante días, de madres que no tienen nada que dar de comer a sus bebés recién nacidos, de familias que rebuscan en la basura con la esperanza de encontrar algo que llevarse a la boca. Hablo de huesos marcados bajo la piel, de cuerpos que se apagan porque les han quitado lo más básico para vivir: la comida.
¿Qué significa que la ONU declare la hambruna? No es una exageración periodística ni un adjetivo dramático. Es un concepto técnico, muy concreto, que solo se declara cuando se alcanzan unos límites terribles. Es decir, que al menos el 20% de los hogares no tenga absolutamente nada para comer, que más del 30% de la población esté gravemente desnutrida y que la gente empiece a morir a un ritmo inaceptable solo por falta de alimento. Ese es el punto en el que estamos. Gaza ha llegado ahí. Medio millón de personas, una cuarta parte de la población del enclave, viven ya bajo esas condiciones. Y lo peor: si nada cambia, a finales de septiembre podrían llegar a 640.000 personas.
¿Hablamos ahora de las víctimas invisibles? Porque las cifras son escalofriantes. En estos momentos, más de 132.000 niños sufren desnutrición aguda, de los cuales 41.000 están en riesgo extremo de morir en cuestión de semanas. También hay 55.000 mujeres embarazadas o recientes madres que necesitan ayuda urgente para sobrevivir y poder alimentar a sus bebés. Pero las fórmulas para neonatos no llegan y los bebés están muriendo.
Detrás de cada número hay una vida truncada. Una niña que nunca cumplirá los 5 años. Una madre que ve cómo su hijo se consume poco a poco sin poder hacer nada. Un anciano que se acuesta sabiendo que mañana no tendrá fuerzas para levantarse… quizá ni siquiera despierte.
¿Cómo hemos permitido llegar hasta aquí? ¿Cómo se ha permitido el uso del hambre como arma de guerra? La ONU ha señalado directamente a Israel como responsable. Se habla claramente y sin rodeos: el hambre está siendo usada como arma de guerra. El bloqueo impuesto desde hace meses, los ataques a infraestructuras básicas para la población, la imposibilidad de que entren camiones con alimentos y medicinas, etc. Todo esto ha creado la tormenta perfecta y los resultados son los que son: un paso más dentro de una masacre planificada.
Y es justo aquí donde la indignación se convierte en frustración. Porque no estamos hablando de una catástrofe natural, de una sequía inesperada o de un terremoto devastador. No, no es nada de eso. Estamos hablando de un desastre provocado por decisiones humanas, decisiones fríamente calculadas. Lo decía António Guterres, secretario general de la ONU: “Esto no es un misterio, es un desastre provocado por el hombre, una acusación moral y un fracaso de la humanidad misma”.
Pero también tenemos que asumir nuestra parte de culpa. Es muy cómodo pensar que esto pasa “allí lejos” y que poco podemos hacer. Pero no es del todo cierto. Los gobiernos que venden armas, los que bloquean resoluciones en la ONU, los que miran hacia otro lado porque tienen intereses económicos o geopolíticos… todos ellos tienen una parte enorme de responsabilidad.
Y nosotros, la sociedad civil, también cargamos con un peso en la conciencia. Porque sí, firmamos decenas de peticiones en Change.org (que de poco o nada sirven), compartimos posts en redes sociales y donamos lo que podemos cuando podemos. Pero a veces, mientras estas noticias se abren paso unos minutos (cada vez menos) en los telediarios, también estamos empezando a cambiar de canal para no pasarlo mal viendo las imágenes de cadáveres de niños y bebés cuyos huesos se ven a través de una piel casi translúcida. Y eso también es parte del problema: hemos normalizado lo inaceptable, hemos normalizado la destrucción y la muerte.
Pero no se puede normalizar que un niño muera de hambre en 2025 mientras en los supermercados de Europa se tiran toneladas de comida cada día. No se puede normalizar que se bloquee la ayuda humanitaria porque alguien decide usarla como herramienta de presión, causando más dolor y muerte a la población civil. No se puede normalizar que la comunidad internacional siga emitiendo comunicados vacíos mientras decenas de miles de personas están en riesgo de morir. Y, sobre todo, no se puede normalizar el silencio cómplice e hipócrita. Porque cada vez que callamos, cada vez que tratamos lo que está pasando en Gaza como si fuera una noticia más, estamos contribuyendo a que el sufrimiento se perpetúe. Estamos siendo cómplices de una atrocidad, de un crimen de guerra, de un crimen contra la humanidad, de un GENOCIDIO.
No quiero que este texto se lea como un sermón ni como un desahogo vacío. Lo escribo porque siento que debemos poner voz, aunque sea pequeña, a quienes ya no tienen fuerzas para gritar. Quiero que cuando alguien lea “hambruna en Gaza” no lo pase por alto, sino que se pare un instante, respire hondo y se indigne. Porque la indignación es el primer paso para exigir cambios. Tenemos que mirar a Gaza con horror por lo que está pasando, pero también con humanidad y hacer lo que esté en nuestras manos para parar la abominación que se está llevando a cabo.
Quizá no podamos resolver el conflicto, ni abrir los corredores humanitarios, ni garantizar que lleguen los alimentos. Pero sí podemos presionar, informar, donar, protestar y, sobre todo, no olvidar nunca lo que está sucediendo ahora mismo mientras lees esto. Porque lo peor que les puede pasar a las víctimas no es solo el hambre, sino también que nos olvidemos de ellas.
Quizá la gran pregunta que queda por hacernos es esta: ¿qué nos dirán las generaciones futuras cuando miren atrás y vean que en 2025 dejamos morir de hambre a miles de personas en Gaza mientras teníamos los recursos para evitarlo?
Me temo que está será la respuesta: les fallamos.
Les fallamos y no por falta de medios.
Fue por falta de humanidad.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
When Humanity Runs Out of Excuses
It’s now official. Famine has been declared in Gaza. This is the kind of news that, in 2025, should never exist. Why? Because it is an insult to our collective conscience and to our very humanity. The UN has confirmed what had been feared for months: Gaza is in official famine, the most extreme phase of food insecurity. And what does this mean? Quite simply, that thousands of people are literally dying of hunger while the world looks the other way.
No, I’m not talking about the kind of hunger we mention when we say “I’m starving” because we haven’t eaten for six hours. I’m talking about children with empty stomachs for days on end, mothers with nothing to feed their newborn babies, families rummaging through rubbish in the hope of finding something to eat. I’m talking about bones protruding under the skin, about bodies fading away because they have been stripped of the most basic necessity of all: food.
What does it mean when the UN declares a famine? This is not journalistic exaggeration nor dramatic wording. It is a technical concept, very precise, only declared when terrible thresholds are crossed. That means at least 20% of households have absolutely nothing to eat, more than 30% of the population is severely malnourished, and people begin dying at an unacceptable rate simply due to lack of food.
That is the point we are at. Gaza has reached it. Half a million people, a quarter of the enclave’s population, are already living under these conditions. And the worst of it: if nothing changes, by the end of September that figure could rise to 640,000 people.
Shall we now speak about the invisible victims? Because the figures are staggering. At present, more than 132,000 children are suffering acute malnutrition, of whom 41,000 are at extreme risk of dying within weeks. There are also 55,000 pregnant women or new mothers who urgently need assistance to survive and feed their babies. But baby formula is not arriving, and infants are dying.
Behind every number there is a shattered life. A little girl who will never turn five. A mother watching helplessly as her child wastes away. An elderly man going to bed knowing that tomorrow he will not have the strength to get up – perhaps he will not even wake at all.
How have we allowed it to come to this? How has hunger been permitted to be used as a weapon of war? The UN has pointed directly at Israel as responsible. It is being said plainly and without hesitation: hunger is being deployed as a weapon. The blockade imposed for months, attacks on essential infrastructure, the prevention of lorries carrying food and medicine from entering – all of this has created the perfect storm, and the results are what they are: another step in a planned massacre.
And it is precisely here where indignation turns into frustration. Because this is not a natural disaster, not an unexpected drought, not a devastating earthquake. No, it is none of those things. This is a catastrophe caused by human decisions, coldly calculated decisions. As António Guterres, Secretary-General of the UN, said: “This is no mystery – it is a man-made disaster, a moral indictment and a failure of humanity itself.”
But we must also shoulder our share of blame. It is very convenient to think this is happening “far away” and that there is little we can do. But that is not entirely true. The governments that sell weapons, those that block resolutions at the UN, those that look the other way because of economic or geopolitical interests… all of them bear enormous responsibility.
And we, ordinary citizens, also carry a weight on our conscience. Because yes, we sign dozens of petitions on Change.org (which achieve little if anything), we share posts on social media, and we donate what we can when we can. But sometimes, while these stories break into the news for just a few minutes (increasingly fewer), we too are starting to change the channel to avoid the pain of watching the images: the bodies of children and babies whose bones are visible beneath almost translucent skin. And that, too, is part of the problem: we have normalised the unacceptable, we have normalised destruction and death.
We cannot normalise the fact that a child dies of hunger in 2025 while supermarkets in Europe throw away tonnes of food every day. We cannot normalise the blocking of humanitarian aid because someone decides to use it as a tool of pressure, inflicting yet more suffering and death upon civilians. We cannot normalise the international community continuing to issue empty statements while tens of thousands of people remain at risk of dying. And, above all, we cannot normalise complicit, hypocritical silence. Because every time we stay quiet, every time we treat what is happening in Gaza as just another news item, we are helping to perpetuate the suffering. We are becoming complicit in an atrocity, in a war crime, in a crime against humanity – in GENOCIDE.
I do not want this text to be read as a sermon nor as a hollow outburst. I am writing it because I feel we must give voice, however small, to those who no longer have the strength to cry out. I want that when someone reads “famine in Gaza”, they do not brush it aside, but instead pause for a moment, take a breath, and feel indignant. Because indignation is the first step towards demanding change. We must look upon Gaza with horror at what is happening, but also with humanity – and do whatever is in our power to stop the abomination being carried out.
Perhaps we cannot resolve the conflict, nor open humanitarian corridors, nor guarantee that food reaches those in need. But we can put pressure, inform, donate, protest – and above all, we must never forget what is happening right now as you read these words. Because the worst thing that could happen to the victims is not only hunger, but also that we forget them.
Perhaps the great question we should be asking ourselves is this: what will future generations say when they look back and see that in 2025 we allowed thousands of people in Gaza to starve while we had the resources to prevent it?
I fear this will be the answer: we failed them.
We failed them not for lack of means.
We failed them for lack of humanity.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Quando l’umanità resta senza scuse
È ufficiale. È stata dichiarata la carestia a Gaza. Questo è il tipo di notizie che, nel 2025, non dovrebbero mai esistere. Perché? Perché sono un insulto alla nostra coscienza collettiva e alla nostra stessa umanità. L’ONU ha confermato ciò che da mesi si temeva: a Gaza c’è carestia ufficiale, la fase più estrema dell’insicurezza alimentare. E cosa significa? Significa semplicemente che migliaia di persone stanno letteralmente morendo di fame mentre il mondo distoglie lo sguardo.
No, non sto parlando di quella fame di cui diciamo “ho una fame da morire” perché non mangiamo da sei ore. Parlo di bambini con lo stomaco vuoto da giorni, di madri che non hanno nulla da dare ai loro neonati, di famiglie che rovistano nell’immondizia sperando di trovare qualcosa da mettere in bocca. Parlo di ossa che sporgono sotto la pelle, di corpi che si spengono perché è stato tolto loro il più elementare diritto: il cibo.
Cosa significa che l’ONU dichiari la carestia? Non è un’esagerazione giornalistica né un aggettivo drammatico. È un concetto tecnico, molto preciso, che viene dichiarato solo quando si superano soglie terribili. Significa che almeno il 20% delle famiglie non ha assolutamente nulla da mangiare, che oltre il 30% della popolazione è gravemente malnutrita e che la gente comincia a morire a un ritmo inaccettabile solo per mancanza di cibo.
Ecco il punto a cui siamo arrivati. Gaza è lì. Mezzo milione di persone, un quarto della popolazione dell’enclave, vive già in queste condizioni. E il peggio è che, se nulla cambia, entro la fine di settembre potrebbero diventare 640.000.
Parliamo ora delle vittime invisibili? Perché i numeri fanno paura. In questo momento, più di 132.000 bambini soffrono di malnutrizione acuta, di cui 41.000 a rischio estremo di morire entro poche settimane. Ci sono anche 55.000 donne incinte o neo-mamme che hanno bisogno urgentissimo di aiuto per sopravvivere e nutrire i propri figli. Ma il latte artificiale non arriva, e i neonati stanno morendo.
Dietro ogni numero c’è una vita spezzata. Una bambina che non compirà mai 5 anni. Una madre che guarda suo figlio consumarsi lentamente senza poter far nulla. Un anziano che va a dormire sapendo che domani non avrà le forze per alzarsi… forse nemmeno si sveglierà.
Come abbiamo permesso che si arrivasse fin qui? Come è stato possibile permettere l’uso della fame come arma di guerra? L’ONU ha indicato direttamente Israele come responsabile. Lo si dice chiaramente e senza giri di parole: la fame è usata come arma. Il blocco imposto da mesi, gli attacchi alle infrastrutture vitali per la popolazione, l’impossibilità per i camion carichi di cibo e medicine di entrare: tutto questo ha creato la tempesta perfetta, e i risultati sono quelli che sono – un passo in più in una strage pianificata.
Ed è proprio qui che l’indignazione diventa frustrazione. Perché non stiamo parlando di una catastrofe naturale, di una siccità imprevista o di un terremoto devastante. No, niente di tutto questo. Stiamo parlando di un disastro provocato da decisioni umane, decisioni calcolate a freddo. Come ha detto António Guterres, segretario generale dell’ONU: “Non è un mistero, è un disastro provocato dall’uomo, un’accusa morale e un fallimento dell’umanità stessa.”
Ma dobbiamo assumerci anche le nostre colpe. È molto comodo pensare che questo accada “lontano” e che possiamo fare poco. Ma non è del tutto vero. I governi che vendono armi, quelli che bloccano risoluzioni all’ONU, quelli che chiudono gli occhi per interessi economici o geopolitici… tutti hanno enormi responsabilità.
E noi, la società civile, portiamo anch’essa un peso sulla coscienza. Perché sì, firmiamo decine di petizioni su Change.org (che servono a poco o a nulla), condividiamo post sui social, doniamo quando possiamo. Ma a volte, mentre queste notizie compaiono per pochi minuti (sempre meno) nei telegiornali, anche noi cominciamo a cambiare canale per non soffrire davanti alle immagini di bambini e neonati scheletrici, le cui ossa si intravedono sotto una pelle quasi trasparente. Ed è anche questo il problema: abbiamo normalizzato l’inaccettabile, abbiamo normalizzato la distruzione e la morte.
Non si può normalizzare che un bambino muoia di fame nel 2025 mentre nei supermercati europei si buttano tonnellate di cibo ogni giorno. Non si può normalizzare che l’aiuto umanitario venga bloccato perché qualcuno decide di usarlo come strumento di pressione, infliggendo più dolore e morte alla popolazione civile. Non si può normalizzare che la comunità internazionale continui a emettere comunicati vuoti mentre decine di migliaia di persone rischiano di morire. E, soprattutto, non si può normalizzare il silenzio complice e ipocrita. Perché ogni volta che restiamo zitti, ogni volta che trattiamo ciò che accade a Gaza come una notizia qualsiasi, contribuiamo a perpetuare la sofferenza. Stiamo diventando complici di un’atrocità, di un crimine di guerra, di un crimine contro l’umanità – di un GENOCIDIO.
Non voglio che questo testo venga letto come un sermone né come uno sfogo vuoto. Lo scrivo perché sento che dobbiamo dare voce, anche piccola, a chi non ha più la forza di gridare. Voglio che quando qualcuno legga “carestia a Gaza”, non lo ignori, ma si fermi un istante, respiri a fondo e si indigni. Perché l’indignazione è il primo passo per esigere un cambiamento. Dobbiamo guardare Gaza con orrore per ciò che sta accadendo, ma anche con umanità, facendo tutto ciò che è in nostro potere per fermare l’abominio che si sta compiendo.
Forse non possiamo risolvere il conflitto, né aprire corridoi umanitari, né garantire che il cibo arrivi. Ma possiamo fare pressione, informare, donare, protestare e, soprattutto, non dimenticare mai ciò che sta accadendo proprio adesso mentre leggi queste parole. Perché la cosa peggiore che possa accadere alle vittime non è solo la fame, ma anche l’essere dimenticate.
Forse la grande domanda che dobbiamo porci è questa: cosa diranno le generazioni future quando guarderanno indietro e vedranno che nel 2025 abbiamo lasciato morire di fame migliaia di persone a Gaza pur avendo le risorse per evitarlo?
Temo che la risposta sarà questa: le abbiamo tradite.
Le abbiamo tradite, non per mancanza di mezzi.
Le abbiamo tradite per mancanza di umanità.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Quand l’humanité n’a plus d’excuses
C’est officiel. La famine a été déclarée à Gaza. Voilà le type de nouvelles qui, en 2025, ne devraient jamais exister. Pourquoi ? Parce qu’elles sont une insulte à notre conscience collective et à notre humanité. L’ONU a confirmé ce que l’on craignait depuis des mois : à Gaza, il y a famine, la phase la plus extrême de l’insécurité alimentaire. Et qu’est-ce que cela veut dire ? Tout simplement que des milliers de personnes meurent littéralement de faim pendant que le monde détourne le regard.
Non, je ne parle pas de cette faim que l’on exprime en disant : « J’ai trop faim » parce qu’on n’a pas mangé depuis six heures. Je parle d’enfants le ventre vide depuis des jours, de mères qui n’ont rien à donner à leurs nouveau-nés, de familles qui fouillent les ordures dans l’espoir de trouver quelque chose à manger. Je parle d’os saillants sous la peau, de corps qui s’éteignent parce qu’on leur a enlevé l’essentiel pour vivre : la nourriture.
Que signifie la déclaration de famine par l’ONU ? Ce n’est ni une exagération journalistique ni un adjectif dramatique. C’est un concept technique, très précis, qui n’est déclaré que lorsque des seuils terribles sont atteints. Cela veut dire qu’au moins 20 % des foyers n’ont absolument rien à manger, que plus de 30 % de la population est gravement sous-alimentée et que des gens commencent à mourir à un rythme inacceptable uniquement par manque de nourriture.
Voilà où nous en sommes. Gaza en est là. Un demi-million de personnes, soit un quart de la population de l’enclave, vivent déjà dans ces conditions. Et le pire : si rien ne change, elles pourraient être 640 000 d’ici la fin septembre.
Parlons des victimes invisibles. Car les chiffres donnent le vertige. En ce moment, plus de 132 000 enfants souffrent de malnutrition aiguë, dont 41 000 en danger extrême de mourir dans les prochaines semaines. On compte également 55 000 femmes enceintes ou jeunes mères qui ont besoin d’une aide urgente pour survivre et nourrir leurs bébés. Mais les laits infantiles n’arrivent pas, et des nourrissons meurent.
Derrière chaque chiffre, il y a une vie brisée. Une petite fille qui n’atteindra jamais ses 5 ans. Une mère qui voit son enfant s’éteindre lentement sans pouvoir rien faire. Un vieillard qui se couche en sachant que demain il n’aura pas la force de se relever… peut-être même qu’il ne se réveillera pas.
Comment a-t-on pu en arriver là ? Comment a-t-on pu permettre que la faim devienne une arme de guerre ? L’ONU a pointé directement la responsabilité d’Israël. Les mots sont clairs, sans détour : la faim est utilisée comme arme. Le blocus imposé depuis des mois, les attaques contre les infrastructures vitales, l’impossibilité pour les camions d’entrer avec nourriture et médicaments… Tout cela a créé la tempête parfaite, et les résultats sont ceux que l’on voit : une étape de plus dans un massacre planifié.
Et c’est précisément ici que l’indignation se transforme en frustration. Parce qu’il ne s’agit pas d’une catastrophe naturelle, d’une sécheresse imprévue ou d’un tremblement de terre dévastateur. Non. Rien de tout cela. Il s’agit d’un désastre provoqué par des décisions humaines, froidement calculées. António Guterres, secrétaire général de l’ONU, l’a dit : « Ce n’est pas un mystère, c’est un désastre provoqué par l’homme, une accusation morale et un échec de l’humanité elle-même. »
Mais il faut aussi assumer notre part de responsabilité. C’est très confortable de penser que cela se passe « là-bas » et que nous n’y pouvons pas grand-chose. Mais ce n’est pas tout à fait vrai. Les gouvernements qui vendent des armes, ceux qui bloquent des résolutions à l’ONU, ceux qui détournent les yeux pour des intérêts économiques ou géopolitiques… tous portent une responsabilité énorme.
Et nous, la société civile, avons aussi notre part de culpabilité. Oui, nous signons des pétitions sur Change.org (qui servent peu ou pas du tout), nous partageons des publications sur les réseaux sociaux, nous faisons des dons quand nous le pouvons. Mais parfois, lorsque ces nouvelles apparaissent quelques minutes (de moins en moins) aux journaux télévisés, nous commençons aussi à changer de chaîne pour ne pas souffrir devant les images d’enfants et de nourrissons squelettiques, dont les os transpercent une peau presque translucide. Et c’est aussi là le problème : nous avons normalisé l’inacceptable, nous avons normalisé la destruction et la mort.
On ne peut pas normaliser qu’un enfant meure de faim en 2025 alors que dans les supermarchés européens des tonnes de nourriture sont jetées chaque jour. On ne peut pas normaliser que l’aide humanitaire soit bloquée parce que quelqu’un décide de l’utiliser comme outil de pression, au prix de la douleur et de la mort de civils. On ne peut pas normaliser que la communauté internationale continue de publier des communiqués vides pendant que des dizaines de milliers de personnes risquent de mourir. Et surtout, on ne peut pas normaliser le silence complice et hypocrite. Car chaque fois que nous nous taisons, chaque fois que nous traitons Gaza comme une simple nouvelle parmi d’autres, nous contribuons à perpétuer la souffrance. Nous devenons complices d’une atrocité, d’un crime de guerre, d’un crime contre l’humanité – d’un GÉNOCIDE.
Je ne veux pas que ce texte soit lu comme un sermon ni comme une plainte vide. Je l’écris parce que je ressens le devoir de donner une voix, même infime, à ceux qui n’ont plus la force de crier. Je veux que lorsque quelqu’un lit « famine à Gaza », il ne l’ignore pas, mais qu’il s’arrête un instant, respire profondément et s’indigne. Parce que l’indignation est le premier pas pour exiger un changement. Nous devons regarder Gaza avec horreur pour ce qui s’y passe, mais aussi avec humanité et faire tout ce qui est en notre pouvoir pour arrêter l’abomination en cours.
Peut-être que nous ne pouvons pas résoudre le conflit, ni ouvrir des couloirs humanitaires, ni garantir l’arrivée de nourriture. Mais nous pouvons faire pression, informer, donner, protester et, surtout, ne jamais oublier ce qui se passe en ce moment même pendant que vous lisez ces lignes. Car le pire qui puisse arriver aux victimes, ce n’est pas seulement la faim, c’est aussi l’oubli.
La grande question que nous devons nous poser est peut-être celle-ci : que diront les générations futures lorsqu’elles verront qu’en 2025 nous avons laissé mourir de faim des milliers de personnes à Gaza alors que nous avions les moyens de l’éviter ?
Je crains que la réponse ne soit celle-ci : nous les avons trahis.
Nous les avons trahis, non par manque de moyens.
Nous les avons trahis par manque d’humanité.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Quando a humanidade fica sem desculpas
É oficial. Foi declarada a fome em Gaza. Esse é o tipo de notícia que, em 2025, nunca deveria existir. Porquê? Porque é um insulto à nossa consciência coletiva e à nossa humanidade. As Nações Unidas confirmaram aquilo que durante meses se temia: em Gaza há fome oficial, a fase mais extrema da insegurança alimentar. E o que significa isto? Significa, pura e simplesmente, que há milhares de pessoas que estão, literalmente, a morrer de fome enquanto o mundo olha para o lado.
Não, não estou a falar daquela fome que sentimos quando dizemos “estou cheio de fome” porque não comemos há seis horas. Falo de crianças com o estômago vazio durante dias, de mães que não têm nada para dar aos bebés recém-nascidos, de famílias que remexem no lixo na esperança de encontrar algo para comer. Falo de ossos que se marcam sob a pele, de corpos que se apagam porque lhes tiraram o mais básico para viver: a comida.
O que significa a ONU declarar a fome? Não é exagero jornalístico nem adjectivo dramático. É um conceito técnico, muito concreto, que só se declara quando se atingem limites terríveis. Quer dizer que, pelo menos, 20% dos agregados familiares não têm absolutamente nada para comer, que mais de 30% da população está gravemente desnutrida e que as pessoas começam a morrer a um ritmo inaceitável apenas por falta de alimento.
É exatamente aqui que estamos. Gaza chegou a esse ponto. Meio milhão de pessoas, um quarto da população do enclave, já vivem nessas condições. E o pior: se nada mudar, no final de setembro podem ser 640 mil.
Falemos agora das vítimas invisíveis. Porque os números são arrepiantes. Neste momento, mais de 132 mil crianças sofrem de desnutrição aguda, das quais 41 mil estão em risco extremo de morrer em poucas semanas. Existem também 55 mil mulheres grávidas ou mães recentes que precisam urgentemente de ajuda para sobreviver e alimentar os seus bebés. Mas as fórmulas infantis não chegam e os bebés estão a morrer.
Por trás de cada número há uma vida interrompida. Uma menina que nunca fará 5 anos. Uma mãe que vê o filho definhar lentamente sem poder fazer nada. Um idoso que se deita sabendo que amanhã talvez não tenha forças para se levantar… talvez nem desperte.
Como foi possível chegar a este ponto? Como se permitiu que a fome fosse usada como arma de guerra? A ONU apontou diretamente a responsabilidade a Israel. Diz-se de forma clara e sem rodeios: a fome está a ser usada como arma. O bloqueio imposto há meses, os ataques a infraestruturas essenciais, a impossibilidade de entrada de camiões com alimentos e medicamentos… Tudo isto criou a tempestade perfeita, e os resultados estão à vista: mais um passo numa chacina planeada.
E é precisamente aqui que a indignação se transforma em frustração. Porque não estamos a falar de uma catástrofe natural, de uma seca inesperada ou de um terramoto devastador. Não. Nada disso. Estamos a falar de um desastre provocado por decisões humanas, decisões friamente calculadas. António Guterres, secretário-geral da ONU, disse-o de forma clara: “Isto não é um mistério, é um desastre provocado pelo homem, uma acusação moral e um fracasso da própria humanidade.”
Mas também temos de assumir a nossa parte de culpa. É muito cómodo pensar que isto acontece “lá longe” e que pouco podemos fazer. Mas não é bem assim. Os governos que vendem armas, os que bloqueiam resoluções na ONU, os que viram a cara por interesses económicos ou geopolíticos… todos têm uma enorme responsabilidade.
E nós, sociedade civil, também carregamos um peso na consciência. Sim, assinamos petições no Change.org (que pouco ou nada resolvem), partilhamos publicações nas redes sociais e doamos quando podemos. Mas às vezes, quando estas notícias aparecem durante alguns minutos (cada vez menos) nos telejornais, também mudamos de canal para não termos de ver as imagens de crianças e bebés esqueléticos, com ossos a atravessar uma pele quase translúcida. E isso também faz parte do problema: normalizámos o inaceitável, normalizámos a destruição e a morte.
Não podemos normalizar que uma criança morra de fome em 2025 enquanto nos supermercados da Europa se deitam fora toneladas de comida todos os dias. Não podemos normalizar que a ajuda humanitária seja bloqueada porque alguém decide usá-la como arma de pressão, causando mais dor e morte à população civil. Não podemos normalizar que a comunidade internacional continue a emitir comunicados vazios enquanto dezenas de milhares de pessoas correm risco de vida. E, sobretudo, não podemos normalizar o silêncio cúmplice e hipócrita. Porque cada vez que nos calamos, cada vez que tratamos Gaza como apenas mais uma notícia, estamos a contribuir para que o sofrimento continue. Estamos a ser cúmplices de uma atrocidade, de um crime de guerra, de um crime contra a humanidade – de um GENOCÍDIO.
Não quero que este texto seja lido como um sermão ou um desabafo vazio. Escrevo-o porque sinto que devemos dar voz, ainda que pequena, a quem já não tem forças para gritar. Quero que, quando alguém ler “fome em Gaza”, não passe ao lado, mas pare um instante, respire fundo e se indigne. Porque a indignação é o primeiro passo para exigir mudanças. Temos de olhar para Gaza com horror pelo que está a acontecer, mas também com humanidade e fazer tudo o que estiver ao nosso alcance para parar a abominação em curso.
Talvez não possamos resolver o conflito, nem abrir corredores humanitários, nem garantir que os alimentos cheguem. Mas podemos pressionar, informar, doar, protestar e, sobretudo, nunca esquecer o que está a acontecer neste exato momento enquanto lê estas palavras. Porque o pior que pode acontecer às vítimas não é apenas a fome, é também o esquecimento.
Talvez a grande pergunta que fique por fazer seja esta: o que dirão as gerações futuras quando olharem para trás e virem que em 2025 deixámos morrer de fome milhares de pessoas em Gaza enquanto tínhamos os recursos para o evitar?
Temo que a resposta seja esta: falhámos-lhes.
Falhámos, e não por falta de meios.
Foi por falta de humanidade.
