Gaza sigue ahí

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino)

A veces parece que las noticias se apagan de golpe, como si alguien bajara el volumen de un día para otro. Un conflicto enorme, de casi 80 años, miles de vidas rotas, familias enteras sobreviviendo entre ruinas… y, de repente, silencio. O casi. Gaza es uno de esos lugares que desaparecen del foco mediático sin que nada importante haya mejorado realmente. Solo ha cambiado que ya no lo vemos. Y eso, aunque duela admitirlo, acaba siendo gran parte del problema.

Desde que se cumplieran dos años del inicio de la guerra en Gaza han pasado muchas cosas. Algunas buenas y otras terriblemente duras. Hubo un alto el fuego que frenó los bombardeos constantes. Hubo intercambios de prisioneros, devoluciones de restos, negociaciones políticas, reuniones de donantes, discursos solemnes en Naciones Unidas y promesas, muchas promesas. Sobre el papel se abrió una puerta a la esperanza y mucha gente quiso creer que, por fin, se entraba en una fase nueva. Pero basta con rascar un poco para descubrir que la realidad sobre el terreno es otra historia, mucho más cruda, mucho más incómoda.

Porque aunque Gaza aparezca menos en televisión, el dolor sigue ahí. Y no solo sigue, sino que se agrava. La destrucción que quedó después de la guerra es tan inmensa que reconstruirla llevará generaciones. No años, sino generaciones. Las ciudades siguen hechas polvo, los hospitales funcionan a medias o directamente no funcionan, la electricidad va y viene y los sistemas de agua y saneamiento están tan dañados que cada día es una pelea contra la enfermedad. Miles de familias viven hacinadas en campamentos improvisados que no están preparados para nada, ni para el frío, ni para la lluvia, ni para las inundaciones que ya este otoño se han llevado por delante tiendas, mantas y vidas enteras. Y aun así, el mundo habla cada vez menos de ello.

Cuando miras Gaza con atención te encuentras con historias que te encogen por dentro. Madres que han tenido que criar a sus hijos en tiendas sin luz durante meses. Niños que no saben o no recuerdan lo que era dormir en una cama de verdad. Estudiantes que lo han perdido todo, hasta las mochilas y los cuadernos que daban algo de normalidad a sus vidas. Médicos que siguen trabajando sin descanso en clínicas donde falta de todo. Ancianos que caminan entre bloques derrumbados buscando objetos que les recuerden que un día esa ciudad fue su hogar.

Las cifras son mareantes, sí, pero lo que de verdad duele es la dimensión humana. Desde octubre de 2023, los bombardeos del ejército de Israel han matado a más de 70.000 personas en Gaza, de las cuales más de 20.000 son niños, y otras casi 170.000 personas han resultado heridas, según la OMS. Se estima que 44.000 niños han quedado huérfanos. Todo ello sin olvidar los miles de cadáveres que se cree que aún pueda haber bajo los escombros de los edificios destruidos. Ya apenas hablamos de ello, pero, sin duda, el genocidio en Gaza, según se define por los textos internacionales que así lo establecen, sigue en marcha. 

Gaza aún está llena de niños, y son ellos quienes más están pagando las consecuencias. Hablar de “futuro” allí es casi un lujo. Imagina que tienes que crecer en un lugar donde no sabes si la escuela volverá a abrir, si vas a poder comer caliente, si tu familia podrá reconstruir la casa o si la lluvia de mañana inundará lo poco que tienes. Imagínate intentar ser niño en un sitio que no te deja serlo.

Después del alto el fuego la comunidad internacional anunció planes, mapas, comités, hojas de ruta y conferencias con nombres grandilocuentes. Todo eso existe, es verdad, pero en demasiados casos está desconectado de lo que realmente ocurre en el día a día. Se habla mucho de reconstrucción, pero la ayuda llega a cuentagotas. Se habla de futuro político, pero en Gaza la gente aún está intentando sobrevivir al presente. Se habla de acuerdos de seguridad, pero sobre el terreno hay todavía zonas peligrosas, tensiones, incidentes aislados y restos sin identificar bajo montones de escombros. Mientras tanto, las pantallas han pasado página. Y nosotros, sin querer, vamos detrás.

Lo más duro de esta historia es que Gaza no se ha convertido en un sitio invisible porque la situación haya mejorado, sino porque el interés global se ha movido a otra parte. La cobertura de guerra se ha transformado en cobertura de posguerra, que suele ser mucho menos impactante para captar la atención de un público que solo busca y lee titulares rápidos. Pero esa posguerra es una lucha diaria, una en la que la gente intenta rehacer su vida sin las herramientas más básicas y necesarias. Es fácil olvidar lo que no vemos, pero los habitantes de Gaza no pueden permitirse ese lujo.

Así que, mientras tú lees esto, en Gaza siguen muriendo personas. Algunas por heridas antiguas que nunca pudieron tratarse bien. Otras por enfermedades evitables que se vuelven mortales cuando ya no hay medicinas. Otras por el frío, por el hambre o por las inundaciones. Puede parecer increíble, pero es así. La lluvia, esa que en muchos lugares es símbolo de calma, allí es una amenaza más. Los campamentos se encharcan, las tiendas se hunden y las escasas pertenencias se pierden para siempre. Para muchos niños significa volver a empezar desde cero por enésima vez.

Hay fotos recientes que muestran amplias zonas de Gaza cubiertas de barro, calles irreconocibles y la mirada vacía de quienes ya no tienen fuerzas ni para llorar. Hay testimonios de padres que recorren kilómetros para conseguir un litro de agua limpia. Hay jóvenes que siguen limpiando escombros de las escuelas esperando que algún día vuelvan a llenarse de alumnos. Hay abuelas que, pese a haber perdido todo, siguen preparando lo que pueden para alimentar a otros. Hay trabajadores humanitarios que, aun agotados, siguen entrando en zonas dañadas porque saben que si ellos no van nadie irá. Y hay madres que siguen buscando entre los escombros los cuerpos de sus hijos. 

No, Gaza no está bien. Gaza no se está recuperando. Gaza no es un capítulo cerrado. Gaza está herida de muerte y necesita que el mundo no lo olvide. Pero este maldito mundo, una vez más, se olvida de todo. 

Y sí, también es verdad que en el conflicto hay responsabilidades políticas, decisiones complicadas, actores diversos y posturas difíciles de reconciliar. Pero ninguna de esas discusiones debería servir como excusa para mirar hacia otro lado mientras la población civil intenta sobrevivir entre ruinas. Ninguna. No hay matiz diplomático que justifique el silencio frente al sufrimiento de miles de niños que solo quieren vivir tranquilos, comer, estudiar y dormir sin miedo a que su casa se derrumbe con ellos dentro. 

Por eso es importante hablar de Gaza, aunque ya no salga en las portadas. Porque la indiferencia mata, mata lentamente pero mata. La reconstrucción no se hará sola. La ayuda no llegará sin presión. La justicia no se abrirá camino sin que haya ojos mirando. Porque cuando el mundo se olvida, las tragedias se repiten. Porque cuando el mundo calla, los inocentes son siempre los que pagan.

A veces nos cuesta mirar hacia lugares donde ya solo queda dolor, pero mirar al dolor es necesario. Hablar es necesario. Recordar es necesario. Gaza no necesita compasión pasajera, tampoco un tuit ni un post indignado cada dos meses. Gaza necesita constancia. Gaza necesita memoria. Gaza necesita apoyo real. Gaza necesita que la gente no se resigne y no dé por hecho que “ya pasará”. Porque no, no está pasando.

Y hasta que no pase de verdad, hasta que los niños de Gaza puedan volver a vivir sin miedo, hasta que las familias puedan reconstruir sus casas y sus vidas, hasta que la dignidad vuelva a ser una palabra posible, no podemos permitir que la indiferencia gane.

Mirar a Gaza es un deber moral, no un simple gesto. Porque mientras el mundo se olvida de todo, allí sigue latiendo el dolor de decenas de miles de personas que merece ser vistas, nombradas y acompañadas hasta que por fin puedan descansar.

Y mientras miramos o no, nunca olvidemos que cada vida importa.

No nos olvidemos de Gaza. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Gaza is still there

(International Day of Solidarity with the Palestinian People)

Sometimes it feels as if the news simply goes silent overnight as if someone turned the volume down from one day to the next. An enormous conflict nearly eighty years old thousands of lives shattered entire families surviving among ruins and suddenly silence or almost. Gaza is one of those places that disappear from the media spotlight without anything truly important improving. The only thing that has changed is that we no longer see it and that although it hurts to admit it is a large part of the problem.

Since the two year anniversary of the start of the war in Gaza many things have happened some good and others terribly harsh. There was a ceasefire that stopped the constant bombing. There were prisoner exchanges the return of remains political negotiations donor meetings solemn speeches at the United Nations and promises many promises. On paper a door to hope opened and many people wanted to believe that finally a new phase was beginning. But it only takes a closer look to discover that the reality on the ground tells a very different story much harsher much more uncomfortable.

Because although Gaza appears less on television the pain is still there and it does not only remain it worsens. The destruction left after the war is so immense that rebuilding it will take generations not years but generations. The cities remain in ruins the hospitals operate at half capacity or not at all the electricity comes and goes and the water and sanitation systems are so damaged that every day is a struggle against disease. Thousands of families live crowded into makeshift camps which are not prepared for anything neither the cold nor the rain nor the floods which this autumn have already swept away tents blankets and entire lives and yet the world speaks less and less about it.

When you look at Gaza closely you encounter stories that squeeze your heart. Mothers who have had to raise their children in tents without electricity for months. Children who do not know or remember what it was like to sleep in a proper bed. Students who have lost everything even the backpacks and notebooks that gave some normality to their lives. Doctors who keep working without rest in clinics lacking everything. Elderly people walking among collapsed buildings searching for objects that remind them that one day this city was their home.

The numbers are staggering yes but what truly hurts is the human dimension. Since October 2023 Israeli army bombings have killed more than seventy thousand people in Gaza of whom over twenty thousand are children and almost one hundred and seventy thousand people have been injured according to the WHO. It is estimated that forty four thousand children have been left orphaned. All this without forgetting the thousands of bodies still believed to lie under the rubble of destroyed buildings. We barely talk about it anymore but undoubtedly the genocide in Gaza as defined by international texts continues.

Gaza is still full of children and they are the ones paying the highest price. Talking about the future there is almost a luxury. Imagine having to grow up in a place where you do not know if school will open again if you will be able to eat hot meals if your family will be able to rebuild the house or if tomorrow’s rain will flood the little you have. Imagine trying to be a child in a place that will not let you be one.

After the ceasefire the international community announced plans maps committees roadmaps and conferences with grandiose names. All that exists it is true but in too many cases it is disconnected from what really happens day to day. There is much talk of reconstruction but aid arrives in dribs and drabs. There is talk of political futures but in Gaza people are still trying to survive the present. There is talk of security agreements but on the ground there are still dangerous zones tensions isolated incidents and unidentified remains under piles of rubble. Meanwhile the screens have moved on and we unwittingly follow.

The hardest part of this story is that Gaza has not become invisible because the situation has improved but because global interest has shifted elsewhere. War coverage has turned into post war coverage which is usually far less striking to an audience that only looks for and reads quick headlines. But that post war period is a daily struggle in which people try to rebuild their lives without the most basic and necessary tools. It is easy to forget what we do not see but the people of Gaza cannot afford that luxury.

So while you read this people are still dying in Gaza some from old injuries that could never be treated properly others from preventable diseases that become fatal when there are no medicines others from the cold from hunger or from the floods. It may seem incredible but it is true. Rain which in many places is a symbol of calm is yet another threat there. The camps become waterlogged the tents collapse and the few possessions are lost forever. For many children it means starting from scratch yet again.

Recent photos show large areas of Gaza covered in mud streets unrecognisable and the empty gaze of those who no longer have the strength even to cry. There are accounts of parents walking kilometres to get a litre of clean water. Young people still clearing rubble from schools hoping that one day they will be filled with students again. Grandmothers who despite losing everything still prepare what they can to feed others. Humanitarian workers exhausted yet still entering damaged areas because they know if they do not go no one will. And mothers still searching through the rubble for the bodies of their children.

No Gaza is not okay. Gaza is not recovering. Gaza is not a closed chapter. Gaza is mortally wounded and needs the world not to forget it. But this damn world once again forgets everything.

And yes it is also true that in the conflict there are political responsibilities difficult decisions diverse actors and hard to reconcile positions. But none of those discussions should serve as an excuse to look the other way while civilians try to survive among ruins none. There is no diplomatic nuance that justifies silence in the face of the suffering of thousands of children who only want to live peacefully eat study and sleep without fear of their house collapsing on them.

That is why it is important to speak about Gaza even if it no longer appears on the front pages because indifference kills, kills slowly but it kills. Reconstruction will not happen on its own aid will not arrive without pressure justice will not progress without eyes watching because when the world forgets tragedies repeat because when the world stays silent it is always the innocent who pay.

Sometimes it is hard to look at places where only pain remains but looking at pain is necessary speaking is necessary remembering is necessary. Gaza does not need fleeting compassion nor a tweet nor an outraged post every couple of months. Gaza needs constancy Gaza needs memory Gaza needs real support Gaza needs people not to resign themselves and not to assume that it will pass because no it is not passing.

And until it truly passes until the children of Gaza can live without fear until families can rebuild their homes and their lives until dignity becomes a possible word we cannot allow indifference to win.

Looking at Gaza is a moral duty, not a simple gesture. Because while the world forgets everything, there the pain of tens of thousands of people continues to beat, and they deserve to be seen, named and supported until they can finally rest.

And whether we look or not, let us never forget that every life matters.

Let us not forget Gaza.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Gaza è ancora lì

(Giornata Internazionale di Solidarietà con il Popolo Palestinese)

A volte sembra che le notizie si spengano all’improvviso come se qualcuno abbassasse il volume da un giorno all’altro. Un conflitto enorme di quasi ottant’anni migliaia di vite spezzate intere famiglie che sopravvivono tra le rovine e all’improvviso silenzio o quasi. Gaza è uno di quei luoghi che scompaiono dai riflettori dei media senza che nulla di veramente importante sia migliorato. L’unica cosa che è cambiata è che non lo vediamo più e questo anche se fa male ammetterlo è gran parte del problema.

Da quando sono trascorsi due anni dall’inizio della guerra a Gaza molte cose sono successe alcune buone e altre terribilmente dure. C’è stato un cessate il fuoco che ha fermato i bombardamenti continui. Ci sono stati scambi di prigionieri la restituzione di resti negoziati politici riunioni di donatori discorsi solenni alle Nazioni Unite e promesse molte promesse. Sulla carta si è aperta una porta alla speranza e molta gente ha voluto credere che finalmente stesse iniziando una nuova fase. Ma basta guardare più da vicino per scoprire che la realtà sul terreno racconta una storia molto diversa molto più cruda molto più scomoda.

Perché anche se Gaza appare meno in televisione il dolore è ancora lì e non solo rimane peggiora. La distruzione lasciata dopo la guerra è così immensa che ricostruirla richiederà generazioni non anni ma generazioni. Le città restano in rovina gli ospedali funzionano a metà o non funzionano affatto l’elettricità va e viene e i sistemi idrici e sanitari sono così danneggiati che ogni giorno è una lotta contro la malattia. Migliaia di famiglie vivono ammassate in campi improvvisati che non sono preparati a nulla né al freddo né alla pioggia né alle inondazioni che quest’autunno hanno già portato via tende coperte e intere vite eppure il mondo ne parla sempre meno.

Quando guardi Gaza da vicino incontri storie che ti stringono il cuore. Madri che hanno dovuto crescere i loro figli in tende senza elettricità per mesi. Bambini che non sanno o non ricordano cosa significasse dormire in un letto vero. Studenti che hanno perso tutto persino gli zaini e i quaderni che davano un po di normalità alle loro vite. Medici che continuano a lavorare senza sosta in cliniche prive di tutto. Anziani che camminano tra edifici crollati cercando oggetti che ricordino loro che un giorno quella città è stata la loro casa.

I numeri sono impressionanti sì ma ciò che davvero fa male è la dimensione umana. Dall’ottobre 2023 i bombardamenti dell’esercito israeliano hanno ucciso più di settantamila persone a Gaza di cui oltre ventimila sono bambini e quasi centosettantamila persone sono rimaste ferite secondo l’OMS. Si stima che quarantiquattromila bambini siano rimasti orfani. Tutto ciò senza dimenticare le migliaia di corpi che si crede giacciano ancora sotto le macerie degli edifici distrutti. Ne parliamo a malapena ormai ma senza dubbio il genocidio a Gaza come definito dai testi internazionali continua.

Gaza è ancora piena di bambini e sono loro a pagare il prezzo più alto. Parlare di futuro lì è quasi un lusso. Immagina di dover crescere in un luogo dove non sai se la scuola riaprirà se potrai mangiare cibo caldo se la tua famiglia riuscirà a ricostruire la casa o se la pioggia di domani allagherà il poco che hai. Immagina di cercare di essere bambino in un posto che non ti permette di esserlo.

Dopo il cessate il fuoco la comunità internazionale ha annunciato piani mappe comitati roadmap e conferenze con nomi grandiosi. Tutto questo esiste è vero ma in troppi casi è scollegato da ciò che succede realmente giorno per giorno. Si parla molto di ricostruzione ma gli aiuti arrivano a goccia a goccia. Si parla di futuro politico ma a Gaza la gente sta ancora cercando di sopravvivere al presente. Si parla di accordi di sicurezza ma sul terreno ci sono ancora zone pericolose tensioni incidenti isolati e resti non identificati sotto cumuli di macerie. Nel frattempo gli schermi hanno voltato pagina e noi senza volerlo li seguiamo.

La parte più dura di questa storia è che Gaza non è diventata invisibile perché la situazione sia migliorata ma perché l’interesse globale si è spostato altrove. La copertura della guerra si è trasformata in copertura del dopoguerra che di solito è molto meno impressionante per un pubblico che cerca e legge solo titoli veloci. Ma quel dopoguerra è una lotta quotidiana in cui le persone cercano di ricostruire la loro vita senza gli strumenti più basilari e necessari. È facile dimenticare ciò che non vediamo ma gli abitanti di Gaza non possono permetterselo.

Quindi mentre leggi queste righe persone continuano a morire a Gaza alcune per ferite vecchie che non hanno mai potuto essere curate altre per malattie prevenibili che diventano mortali quando mancano i farmaci altre per il freddo per la fame o per le inondazioni. Può sembrare incredibile ma è così. La pioggia che in molti luoghi è simbolo di calma lì è un’ulteriore minaccia. I campi si allagano le tende crollano e le poche cose che hanno vengono perse per sempre. Per molti bambini significa ricominciare da capo per l’ennesima volta.

Foto recenti mostrano ampie zone di Gaza coperte di fango strade irriconoscibili e lo sguardo vuoto di chi non ha più la forza nemmeno di piangere. Ci sono testimonianze di genitori che percorrono chilometri per procurarsi un litro d’acqua pulita. Giovani che continuano a ripulire le macerie delle scuole sperando che un giorno tornino a essere piene di alunni. Nonne che nonostante abbiano perso tutto continuano a preparare ciò che possono per sfamare altri. Volontari esausti ma che continuano a entrare nelle zone danneggiate perché sanno che se non ci vanno nessuno lo farà. E madri che continuano a cercare tra le macerie i corpi dei loro figli.

No Gaza non sta bene. Gaza non si sta riprendendo. Gaza non è un capitolo chiuso. Gaza è mortalmente ferita e ha bisogno che il mondo non la dimentichi. Ma questo dannato mondo ancora una volta dimentica tutto.

E sì è anche vero che nel conflitto ci sono responsabilità politiche decisioni difficili attori diversi e posizioni difficili da conciliare. Ma nessuna di queste discussioni dovrebbe servire da scusa per guardare altrove mentre i civili cercano di sopravvivere tra le rovine nessuna. Non c’è sfumatura diplomatica che giustifichi il silenzio di fronte alla sofferenza di migliaia di bambini che vogliono solo vivere in pace mangiare studiare e dormire senza paura che la loro casa crolli su di loro.

Ecco perché è importante parlare di Gaza anche se non appare più in prima pagina perché l’indifferenza uccide, uccide lentamente ma uccide. La ricostruzione non avverrà da sola gli aiuti non arriveranno senza pressione la giustizia non progredirà senza occhi che guardano perché quando il mondo dimentica le tragedie si ripetono perché quando il mondo tace sono sempre gli innocenti a pagare.

A volte è difficile guardare luoghi dove resta solo dolore ma guardare il dolore è necessario parlare è necessario ricordare è necessario. Gaza non ha bisogno di compassione passeggera né di un tweet né di un post indignato ogni due mesi. Gaza ha bisogno di costanza Gaza ha bisogno di memoria Gaza ha bisogno di vero sostegno Gaza ha bisogno che le persone non si rassegnino e non diano per scontato che passerà perché no non sta passando.

E fino a quando non passerà davvero fino a quando i bambini di Gaza potranno vivere senza paura fino a quando le famiglie potranno ricostruire le loro case e le loro vite fino a quando la dignità tornerà a essere una parola possibile non possiamo permettere che l’indifferenza vinca.

Guardare Gaza è un dovere morale, non un semplice gesto. Perché mentre il mondo dimentica tutto, lì continua a battere il dolore di decine di migliaia di persone che meritano di essere viste, nominate e accompagnate fino a quando potranno finalmente riposare.

E mentre guardiamo o no, non dimentichiamo mai che ogni vita conta.

Non dimentichiamo Gaza.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Gaza est toujours là

(Journée internationale de solidarité avec le peuple palestinien)

Parfois il semble que les nouvelles s’éteignent brusquement comme si quelqu’un baissait le volume du jour au lendemain. Un conflit énorme de presque quatre-vingts ans des milliers de vies brisées des familles entières qui survivent parmi les ruines et soudain le silence ou presque. Gaza est un de ces endroits qui disparaissent des projecteurs médiatiques sans que rien de vraiment important ne se soit amélioré. La seule chose qui a changé est que nous ne le voyons plus et cela même si cela fait mal à admettre constitue une grande partie du problème.

Depuis que deux ans se sont écoulés depuis le début de la guerre à Gaza beaucoup de choses se sont passées certaines bonnes et d’autres terriblement dures. Il y a eu un cessez-le-feu qui a arrêté les bombardements constants. Il y a eu des échanges de prisonniers la restitution de corps des négociations politiques des réunions de donateurs des discours solennels aux Nations Unies et des promesses beaucoup de promesses. Sur le papier une porte vers l’espoir s’est ouverte et beaucoup de gens ont voulu croire qu’enfin une nouvelle phase commençait. Mais il suffit de regarder de plus près pour découvrir que la réalité sur le terrain raconte une histoire bien différente bien plus crue bien plus inconfortable.

Parce que même si Gaza apparaît moins à la télévision la douleur est toujours là et non seulement elle reste mais elle s’aggrave. La destruction laissée après la guerre est si immense que la reconstruire prendra des générations pas des années mais des générations. Les villes restent en ruines les hôpitaux fonctionnent à moitié ou pas du tout l’électricité va et vient et les systèmes d’eau et d’assainissement sont tellement endommagés que chaque jour est une lutte contre la maladie. Des milliers de familles vivent entassées dans des camps improvisés qui ne sont préparés à rien ni au froid ni à la pluie ni aux inondations qui cet automne ont déjà emporté tentes couvertures et vies entières et pourtant le monde en parle de moins en moins.

Quand on regarde Gaza attentivement on rencontre des histoires qui serrent le cœur. Des mères qui ont dû élever leurs enfants dans des tentes sans électricité pendant des mois. Des enfants qui ne savent pas ou ne se souviennent plus ce que c’était de dormir dans un vrai lit. Des étudiants qui ont tout perdu même les cartables et les cahiers qui apportaient un peu de normalité dans leur vie. Des médecins qui continuent de travailler sans relâche dans des cliniques où il manque tout. Des personnes âgées qui marchent entre des immeubles effondrés cherchant des objets qui leur rappellent qu’un jour cette ville fut leur maison.

Les chiffres sont impressionnants oui mais ce qui fait vraiment mal est la dimension humaine. Depuis octobre 2023 les bombardements de l’armée israélienne ont tué plus de soixante-dix mille personnes à Gaza dont plus de vingt mille sont des enfants et presque cent soixante-dix mille personnes ont été blessées selon l’OMS. On estime que quarante-quatre mille enfants sont devenus orphelins. Tout cela sans oublier les milliers de corps que l’on pense encore sous les décombres des bâtiments détruits. On en parle à peine désormais mais sans aucun doute le génocide à Gaza tel que défini par les textes internationaux continue.

Gaza est encore pleine d’enfants et ce sont eux qui paient le prix le plus lourd. Parler de futur là-bas est presque un luxe. Imaginez devoir grandir dans un endroit où vous ne savez pas si l’école rouvrira si vous pourrez manger chaud si votre famille pourra reconstruire la maison ou si la pluie de demain inondera le peu que vous possédez. Imaginez essayer d’être enfant dans un lieu qui ne vous permet pas de l’être.

Après le cessez-le-feu la communauté internationale a annoncé des plans des cartes des comités des feuilles de route et des conférences aux noms grandioses. Tout cela existe c’est vrai mais dans trop de cas c’est déconnecté de ce qui se passe réellement jour après jour. On parle beaucoup de reconstruction mais l’aide arrive au compte-gouttes. On parle de futur politique mais à Gaza les gens essaient encore de survivre au présent. On parle d’accords de sécurité mais sur le terrain il y a encore des zones dangereuses des tensions des incidents isolés et des restes non identifiés sous des tas de décombres. Pendant ce temps les écrans ont tourné la page et nous sans le vouloir les suivons.

La partie la plus dure de cette histoire est que Gaza n’est pas devenue invisible parce que la situation s’est améliorée mais parce que l’intérêt mondial s’est déplacé ailleurs. La couverture de guerre s’est transformée en couverture de post-guerre qui est en général beaucoup moins percutante pour un public qui ne cherche et ne lit que des titres rapides. Mais ce post-guerre est un combat quotidien dans lequel les gens tentent de reconstruire leur vie sans les outils les plus basiques et nécessaires. Il est facile d’oublier ce que nous ne voyons pas mais les habitants de Gaza ne peuvent pas se permettre ce luxe.

Alors pendant que vous lisez ceci des gens continuent de mourir à Gaza certains de blessures anciennes jamais soignées d’autres de maladies évitables devenues mortelles faute de médicaments d’autres du froid de la faim ou des inondations. Cela peut sembler incroyable mais c’est ainsi. La pluie qui dans de nombreux endroits symbolise le calme est là une menace supplémentaire. Les camps sont inondés les tentes s’effondrent et les rares affaires sont perdues pour toujours. Pour beaucoup d’enfants cela signifie recommencer à zéro pour la énième fois.

Des photos récentes montrent de vastes zones de Gaza couvertes de boue des rues méconnaissables et le regard vide de ceux qui n’ont plus la force de pleurer. Il y a des témoignages de parents parcourant des kilomètres pour obtenir un litre d’eau propre. Des jeunes qui continuent de nettoyer les décombres des écoles en espérant qu’un jour elles seront de nouveau pleines d’élèves. Des grand-mères qui malgré tout ce qu’elles ont perdu continuent à préparer ce qu’elles peuvent pour nourrir les autres. Des travailleurs humanitaires épuisés mais qui continuent d’entrer dans les zones endommagées car ils savent que sinon personne n’ira. Et des mères qui continuent de chercher parmi les décombres le corps de leurs enfants.

Non Gaza n’est pas bien. Gaza ne se rétablit pas. Gaza n’est pas un chapitre clos. Gaza est mortellement blessée et a besoin que le monde ne l’oublie pas. Mais ce monde maudit oublie encore une fois tout.

Et oui il est aussi vrai que dans le conflit il y a des responsabilités politiques des décisions difficiles des acteurs divers et des positions difficiles à concilier. Mais aucune de ces discussions ne devrait servir d’excuse pour détourner le regard pendant que les civils tentent de survivre parmi les ruines aucune. Il n’y a aucune nuance diplomatique qui justifie le silence face à la souffrance de milliers d’enfants qui veulent seulement vivre en paix manger étudier et dormir sans craindre que leur maison s’effondre sur eux.

C’est pourquoi il est important de parler de Gaza même si elle n’apparaît plus en une car l’indifférence tue, tue lentement mais tue. La reconstruction ne se fera pas toute seule l’aide n’arrivera pas sans pression la justice n’avancera pas sans yeux pour observer car lorsque le monde oublie les tragédies se répètent car lorsque le monde se tait ce sont toujours les innocents qui paient.

Parfois il est difficile de regarder des lieux où il ne reste que douleur mais regarder la douleur est nécessaire parler est nécessaire se souvenir est nécessaire. Gaza n’a pas besoin de compassion passagère ni d’un tweet ni d’un post indigné tous les deux mois. Gaza a besoin de constance Gaza a besoin de mémoire Gaza a besoin d’un soutien réel Gaza a besoin que les gens ne se résignent pas et ne tiennent pas pour acquis que cela passera car non cela ne passe pas.

Et jusqu’à ce que cela passe vraiment jusqu’à ce que les enfants de Gaza puissent vivre sans peur jusqu’à ce que les familles puissent reconstruire leurs maisons et leurs vies jusqu’à ce que la dignité redevienne un mot possible nous ne pouvons pas permettre que l’indifférence gagne.

Regarder Gaza est un devoir moral, pas un simple geste. Parce que pendant que le monde oublie tout, là-bas continue de battre la douleur de dizaines de milliers de personnes qui méritent d’être vues, nommées et accompagnées jusqu’à ce qu’elles puissent enfin se reposer.

Et que nous regardions ou non, n’oublions jamais que chaque vie compte.

N’oublions pas Gaza.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Gaza ainda está lá

(Dia Internacional de Solidariedade com o Povo Palestino)

Às vezes parece que as notícias se apagam de repente como se alguém baixasse o volume de um dia para o outro. Um conflito enorme de quase oitenta anos milhares de vidas partidas famílias inteiras sobrevivendo entre ruínas e de repente silêncio ou quase. Gaza é um desses lugares que desaparecem dos holofotes mediáticos sem que nada de realmente importante tenha melhorado. A única coisa que mudou é que já não o vemos e isso mesmo que doa admitir constitui grande parte do problema.

Desde que se completaram dois anos desde o início da guerra em Gaza muitas coisas aconteceram algumas boas e outras terrivelmente duras. Houve um cessar-fogo que travou os bombardeamentos constantes. Houve trocas de prisioneiros devolução de corpos negociações políticas reuniões de doadores discursos solenes nas Nações Unidas e promessas muitas promessas. No papel abriu-se uma porta para a esperança e muita gente quis acreditar que finalmente se entrava numa nova fase. Mas basta olhar de perto para descobrir que a realidade no terreno conta outra história muito mais crua muito mais incómoda.

Porque mesmo que Gaza apareça menos na televisão a dor continua lá e não só continua como se agrava. A destruição que ficou após a guerra é tão imensa que reconstruí-la levará gerações não anos mas gerações. As cidades continuam em ruínas os hospitais funcionam a meio ou mesmo não funcionam a eletricidade vai e vem e os sistemas de água e saneamento estão tão danificados que cada dia é uma luta contra a doença. Milhares de famílias vivem amontoadas em campos improvisados que não estão preparados para nada nem para o frio nem para a chuva nem para as inundações que já neste outono arrasaram tendas mantas e vidas inteiras e ainda assim o mundo fala cada vez menos sobre isso.

Quando olhas para Gaza com atenção encontras histórias que apertam o coração. Mães que tiveram de criar os filhos em tendas sem luz durante meses. Crianças que não sabem ou não se lembram do que era dormir numa cama de verdade. Estudantes que perderam tudo até as mochilas e os cadernos que davam um pouco de normalidade às suas vidas. Médicos que continuam a trabalhar sem descanso em clínicas onde falta tudo. Idosos que caminham entre prédios destruídos procurando objetos que lhes lembrem que um dia aquela cidade foi o seu lar.

Os números são impressionantes sim mas o que realmente dói é a dimensão humana. Desde outubro de 2023 os bombardeamentos do exército israelita mataram mais de setenta mil pessoas em Gaza das quais mais de vinte mil são crianças e quase cento e setenta mil pessoas ficaram feridas segundo a OMS. Estima-se que quarenta e quatro mil crianças ficaram órfãs. Tudo isso sem esquecer os milhares de corpos que ainda se acredita estarem debaixo dos escombros dos edifícios destruídos. Hoje fala-se quase nada disso mas sem dúvida o genocídio em Gaza tal como definido pelos textos internacionais continua.

Gaza ainda está cheia de crianças e são elas que estão a pagar as maiores consequências. Falar de futuro ali é quase um luxo. Imagina ter de crescer num lugar onde não sabes se a escola vai reabrir se vais conseguir comer quente se a tua família vai poder reconstruir a casa ou se a chuva de amanhã vai inundar o pouco que tens. Imagina tentar ser criança num lugar que não te permite ser.

Depois do cessar-fogo a comunidade internacional anunciou planos mapas comités roteiros e conferências com nomes grandiosos. Tudo isso existe é verdade mas em demasiados casos está desligado do que realmente acontece dia após dia. Fala-se muito em reconstrução mas a ajuda chega a conta-gotas. Fala-se de futuro político mas em Gaza as pessoas ainda tentam sobreviver ao presente. Fala-se de acordos de segurança mas no terreno ainda existem zonas perigosas tensões incidentes isolados e restos não identificados debaixo de montes de escombros. Entretanto os ecrãs já passaram à página e nós sem querer seguimos atrás.

A parte mais dura desta história é que Gaza não se tornou invisível porque a situação tenha melhorado mas porque o interesse global se deslocou para outro lado. A cobertura de guerra transformou-se em cobertura de pós-guerra que normalmente é muito menos impactante para captar a atenção de um público que só procura e lê títulos rápidos. Mas esse pós-guerra é uma luta diária em que as pessoas tentam reconstruir as suas vidas sem as ferramentas mais básicas e necessárias. É fácil esquecer o que não vemos mas os habitantes de Gaza não podem dar-se a esse luxo.

Então enquanto lês isto pessoas continuam a morrer em Gaza algumas de ferimentos antigos que nunca puderam ser tratados outras de doenças evitáveis que se tornam mortais quando não há medicamentos outras do frio da fome ou das inundações. Pode parecer incrível mas é assim. A chuva que em muitos lugares é símbolo de calma ali é mais uma ameaça. Os campos ficam encharcados as tendas desabam e os poucos pertences são perdidos para sempre. Para muitas crianças significa recomeçar do zero pela enésima vez.

Há fotos recentes que mostram vastas áreas de Gaza cobertas de lama ruas irreconhecíveis e o olhar vazio daqueles que já não têm forças nem para chorar. Há testemunhos de pais que percorrem quilómetros para conseguir um litro de água limpa. Há jovens que continuam a limpar os escombros das escolas esperando que um dia voltem a encher-se de alunos. Há avós que apesar de terem perdido tudo continuam a preparar o que podem para alimentar outros. Há trabalhadores humanitários exaustos mas que continuam a entrar em zonas danificadas porque sabem que se eles não forem ninguém irá. E há mães que continuam à procura nos escombros do corpo dos seus filhos.

Não Gaza não está bem. Gaza não se está a recuperar. Gaza não é um capítulo fechado. Gaza está mortalmente ferida e precisa que o mundo não se esqueça. Mas este mundo maldito esquece mais uma vez tudo.

E sim também é verdade que no conflito há responsabilidades políticas decisões difíceis actores diversos e posições difíceis de conciliar. Mas nenhuma dessas discussões deveria servir de desculpa para olhar para outro lado enquanto a população civil tenta sobreviver entre as ruínas nenhuma. Não há nuance diplomática que justifique o silêncio perante o sofrimento de milhares de crianças que só querem viver em paz comer estudar e dormir sem medo que a sua casa desabe sobre elas.

É por isso que é importante falar de Gaza mesmo que já não apareça nas capas porque a indiferença mata, mata lentamente mas mata. A reconstrução não se fará sozinha a ajuda não chegará sem pressão a justiça não avançará sem olhos a observar porque quando o mundo se esquece as tragédias repetem-se porque quando o mundo cala-se são sempre os inocentes que pagam.

Às vezes é difícil olhar para lugares onde só resta dor mas olhar para a dor é necessário falar é necessário lembrar é necessário. Gaza não precisa de compaixão passageira nem de um tweet nem de um post indignado de dois em dois meses. Gaza precisa de constância Gaza precisa de memória Gaza precisa de apoio real Gaza precisa que as pessoas não se resignem e não deem por certo que isso vai passar porque não não está a passar.

E até que isso passe de verdade até que as crianças de Gaza possam viver sem medo até que as famílias possam reconstruir as suas casas e vidas até que a dignidade volte a ser uma palavra possível não podemos permitir que a indiferença vença.

Olhar para Gaza é um dever moral, não um simples gesto. Porque enquanto o mundo se esquece de tudo, ali continua a bater a dor de dezenas de milhares de pessoas que merecem ser vistas, nomeadas e acompanhadas até que possam finalmente descansar.

E enquanto olhamos ou não, nunca nos esqueçamos que cada vida importa.

Não nos esqueçamos de Gaza.

¿Lawfare o una mala práctica del sistema?

Hay ciertas cosas que, como jurista, no esperaba ver en mi país que, supuestamente, es una democracia plena. Pero lo que ha pasado con la condena al Fiscal General del Estado me recuerda a una película con giros malos. Y la verdad es que todo esto, contado con palabras de calle, huele a algo que merece que nos pongamos serios y pidamos explicaciones.

Primero, el Tribunal Supremo anunció por escrito que había dictado el fallo que condenaba a Álvaro García Ortiz por revelación de secretos y le imponía una multa y dos años de inhabilitación mientras la motivación completa de la sentencia seguía pendiente de redacción. Es decir, se publicó el fallo antes de que estuvieran las razones escritas y explicadas con calma, algo que no es habitual y que abre una puerta enorme a sospechas sobre cómo y por qué se ha procedido así. Personalmente, necesito saber cuál es la argumentación, pero, sea cual sea, ya tenemos la photo-finish que se anunció con aquello de “el Fiscal General del Estado va’palante”. 

Después, casi de inmediato, vino la dimisión del Fiscal General, presentada en un contexto de presión política y mediática. Esto complica aún más las cosas porque una figura con ese peso que dimite justo después de una decisión judicial crea una sensación de golpe en cadena que no se arregla con meros silencios. Afortunadamente, ya hay un nombre propuesto para ocupar el cargo de Fiscal General del Estado, Teresa Peramato, que aún está pendiente de nombramiento formal y que ha sido criticada por los sectores más ultraconservadores debido a su dilatada carrera y especialidad en violencia de género. De hecho, antes de ser nombrada como Fiscal de Sala de la Sección Penal de Fiscalía del Tribunal Supremo en enero de este año, fue la Fiscal de Sala Jefa de la Fiscalía contra la Violencia sobre la Mujer. 

Volviendo al fallo condenatorio, hay que señalar que, y esto es crucial, varios medios han publicado que algunos de los magistrados que participaron en la votación favorable a la condena habían tomado parte recientemente en cursos o actividades formativas vinculadas a instituciones que actuaron como acusación popular en el proceso. Participar en cursos no es un delito ni tiene por qué comprometer a nadie, pero si esas actividades fueron con actores directamente vinculados a la acusación y ocurrieron justo antes de la deliberación, la apariencia de falta de imparcialidad existe y pesa, y en derecho la apariencia muchas veces tiene efectos tan graves como la realidad.

También sabemos que hubo votos particulares, que no todos los miembros de la Sala estuvieron de acuerdo, y que la ponencia la asumió el Presidente de la Sala, datos que hay que leer con calma cuando salgan todos los escritos porque los votos particulares explican las dudas y disensos y siempre aportan luz.

A esto hay que sumarle la atmósfera política en que todo ocurrió, con grupos y partidos políticos reaccionando en un sentido u otro y calificando la decisión con palabras duras, y con la sociedad dividida y en la calle pidiendo explicaciones o defendiendo la independencia judicial según les convenía. Todo esto crea un cóctel explosivo que encaja con muchas de las señales que los expertos llaman lawfare, que no es más que el uso de herramientas jurídicas como arma política, usar los tribunales para neutralizar o desgastar a un adversario en vez de buscar justicia objetiva.

En términos prácticos y basándome en la información pública hasta esa fecha, la valoración que puedo dar es que hay indicios y señales serias que apuntan a patrones típicos de lawfare, y en una escala de cero a cien mi estimación honesta está en un rango de cincuenta y cinco a sesenta y cinco, lo que significa que la probabilidad de que existan elementos propios del lawfarees considerable pero no definitiva. Dicho de otra manera, hay motivos para preocuparse y para exigir una investigación independiente, pero no hay aún pruebas públicas que demuestren de forma fehaciente una campaña coordinada entre poderes políticos y judiciales, faltan comunicaciones internas, pruebas de instrucción o acuerdos que demuestren intención deliberada de instrumentalizar el proceso.

Por eso lo responsable es diferenciar siempre entre tres cosas distintas que a menudo se confunden. La primera es la existencia de irregularidades procedimentales, como la publicación del fallo antes de la motivación, que de por sí es una anomalía grave y exige aclaración. La segunda es la posibilidad de falta de imparcialidad de algún magistrado por razones objetivas o por apariencia de conflicto, asunto que debe investigarse con transparencia y, si procede, con recusaciones o medidas disciplinarias. La tercera es algo más duro, y es la existencia de una operación de lawfare propiamente dicha, una estrategia política planificada para debilitar a una persona o a una institución mediante el uso del Derecho. Para llegar a esa conclusión final hacen falta pruebas directas que hoy no se han publicado.

No obstante, las señales que sí tenemos son suficientes para plantear preguntas que no se pueden barrer bajo la alfombra. Qué hay que vigilar con lupa, y de inmediato, es la publicación íntegra de la sentencia motivada para contrastar si las razones de la condena están bien fundamentadas, la cronología exacta de la deliberación en el Tribunal para entender por qué se adelantó el fallo, las posibles relaciones contractuales o económicas entre magistrados y partes que pudieran dar lugar a una causa de abstención, los votos particulares completos que nos expliquen los disensos y cualquier documento interno que explique la aceleración del proceso. También conviene seguir de cerca los recursos que se presenten y si aparecen pruebas nuevas que confirmen o desmonten la hipótesis de coordinación política.

Insisto en que las apariencias importan mucho porque la justicia necesita, además de serlo, parecerlo, y la sensación de que el sistema ha sido usado como arma política erosiona la confianza democrática de manera profunda. Si al final solo aparece una mala praxis administrativa o un error procesal, hay herramientas jurídicas para corregirlo y responsables que deben rendir cuentas, pero si se demuestra una instrumentalización deliberada entonces el problema es mucho más serio porque afectaría no solo a una persona sino a la propia arquitectura de garantías y equilibrios del Estado.

Por tanto, a mi juicio, una opinión libre como la de cualquier otro ciudadano de a pie, es que estamos ante un caso que reúne varios de los patrones que la comunidad internacional identifica como lawfare, la publicación anticipada del fallo, la participación de magistrados en actividades con la acusación, la dimisión del afectado y la polarización política forman un conjunto preocupante, pero la afirmación rotunda de que esto fue una estrategia coordinada y dirigida requiere pruebas todavía no hechas públicas. 

Por eso lo más prudente y responsable es pedir transparencia total y una investigación independiente y a la vista de todos, porque solo así se podrá aclarar si estamos ante una actuación judicial legítima pero equivocada o ante algo peor y más intencionado que merece una respuesta firme y ejemplar.

En una democracia, la justicia debe capaz de mirar de frente a quien haga falta, sin miedo, sin trampas y sin olvidar jamás que su razón de ser es proteger a las personas, no los intereses de unos pocos.

La justicia no puede ser nunca un arma y si alguien ha intentado convertirla en una tenemos el deber de levantar la mirada y exigir que la verdad salga a la luz sin medias tintas ni atajos.

La justicia debe ser siempre de justa.

Y valiente, humana e imparcial.

Las vidas que no podemos olvidar

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres)

Ahora mismo, mientras lees esto, una mujer acaba de ser asesinada. No es una exageración ni una metáfora, es la cruda realidad. En 2024 murieron alrededor de cincuenta mil mujeres y niñas a manos de su pareja o de un familiar

Eso significa que cada diez minutos una vida se apaga por la violencia más cercana, la que debería proteger y cuidar. Cada cifra es un nombre que desaparece, un grito que nadie escucha y un vacío que nadie puede llenar. 

Piensa en quiénes eran todas esas mujeres. Eran hijas, madres, hermanas, amigas, sobrinas, primas, abuelas o compañeras de trabajo. Eran niñas que soñaban con crecer, con estudiar, con jugar, con vivir. Mujeres que tenían planes, que amaban y eran amadas. Todas ellas perdieron la vida por culpa de la violencia y muchas veces por quienes decían quererlas. Cada vez que una mujer es asesinada el mundo pierde un pedazo de humanidad.

La violencia no aparece de repente, se va construyendo con insultos, amenazas, control, aislamiento, humillación y miedo. En demasiadas ocasiones las víctimas no reciben la protección que necesitan y la justicia llega demasiado tarde. Muchas veces, detrás de cada muerte, hay historias de años de sufrimiento. Muchas de estas mujeres ya habían sufrido maltrato físico o psicológico, habían pedido ayuda o habían denunciado, pero el sistema falló. 

El problema también es social y cultural. El machismo es desigualdad, es la cosificación de la mujer, es pisotear su dignidad, es terrorismo emocional y miedo impuesto. Es un sistema que, cuando vamos a cumplir una cuarta parte del siglo XXI, invisibiliza aún a las víctimas, que silencia los gritos de auxilio, que no invierte en prevención ni en educación y que no recoge datos fiables. La falta de información hace que muchas víctimas no aparezcan en las estadísticas y que muchas muertes queden olvidadas. Por eso es tan importante que la sociedad exija a los gobiernos e instituciones claridad en los datos y medidas efectivas para erradicar esta maldita lacra. 

Cada vez que hay un asesinato nos invade la indignación y salimos a la calle en concentraciones o movilizaciones. Pero luchar contra la violencia machista debe ser una lucha constante, no solo una vez al año o cada vez que hay una víctima mortal más. No podemos permitir que se normalice que cada diez minutos una mujer sea asesinada y solo hagamos un minuto de silencio en la plaza o frente al ayuntamiento de nuestra localidad. 

Debemos despertar de una vez como sociedad y actuar. Necesitamos leyes que se apliquen de verdad, que protejan a las víctimas y persigan a los agresores; necesitamos refugios, apoyo psicológico, asistencia legal y acompañamiento constante; necesitamos educación desde la infancia que enseñe igualdad, respeto y rechazo absoluto al maltrato y al control; y necesitamos organizaciones que trabajen todos los días con las mujeres y niñas que sufren, con financiación real y estable.

Pero la responsabilidad no es solo de los gobiernos, también es nuestra. Toda persona puede hacer algo. Cada gesto puede salvar una vida y no mirar hacia otro lado puede marcar la diferencia. Tenemos que escuchar a las víctimas, pero también acompañarlas, denunciar si ellas no pueden, protegerlas, exigir cambios legislativos para mejorar la protección y apoyar a quienes trabajan por la igualdad. 

No podemos permitir que cada víctima se vea reducida a un número más en la “lista de la vergüenza”. Cada una de ellas tenía una historia, un nombre, una vida que importaba. Por eso, tenemos que actuar, exigir justicia y cambiar las cosas para que ninguna otra mujer tenga que pasar por lo mismo. Tenemos que ser capaces de construir un mundo más seguro, más justo y más humano. Y exigir que los mecanismos de protección funcionen, que la sociedad despierte, que la educación enseñe respeto e igualdad y que la protección llegue a tiempo, no cuando es demasiado tarde. 

Cada diez minutos hay un grito desgarrador provocado por la violencia machista, esa violencia que asesina cruelmente y que no podemos seguir permitiendo en nuestra sociedad. Porque cada vez que una mujer es asesinada, se ha mirado antes hacia otro lado. Que ninguna mujer más tenga que temer por su vida en su propia casa o en cualquier lugar del mundo y que cada nombre sea recordado, cada vida valorada y cada minuto cuente para salvar otra.

Porque lo que sucede cada diez minutos no es solo que aumente el número en una fría estadística. Lo que sucede es que sucede una muerte que podría haberse evitado. Se pierde una vida, se borra un nombre y se silencia un grito que debimos haber escuchado.

Porque escuchar significa realmente actuar.

Así que escuchemos y actuemos

Ya hay otra víctima más.

Quizá cerca de ti.

A ti, mujer…
 
Caen las estrellas,
testigos de tu dolor profundo.
En cada lágrima asustada,
se escapa un pedazo de alma
rota por el puño de hielo.
 
En el eco del llanto,
de golpes y abrazos rotos,
de fotos grises y ocres,
suenan gritos de libertad.
 
Son tus cadenas rotas,
son tus sueños de futuro,
son pasos por la igualdad
que se alejan de ese amor
tan falso como mortal.
 
¿Acaso tú me querías?

Me golpeas como saco de arena,
me echas como perro mojado,
me gritas como piedra sorda,
me tomas sin querer ser tomada.
 
Y todo arde en mi vientre,
ya seco de un “te quiero” falso.
 
La justicia es tardía,
sí, no siempre es rápida,
tampoco previene ni cura,
y para la herida del corazón,
es, a veces, cruel e impía.
 
No más lágrimas,
no más dolor,
no más nombres,
escritos por la sangre,
en la lista cruel y fría.
 
En cada amanecer,
brilla la luz de la vida.
Sal, busca, corre,
¡rompe y huye!
 
El alba siempre llega,
atrápalo y vive,
en un bello renacer
que te haga libre…
 
…a ti, mujer.

Luis F. Sánchez / 25-11-2025

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Lives We Cannot Forget

(International Day for the Elimination of Violence against Women)

Right now, as you read this, a woman has just been killed. This is not an exaggeration or a metaphor; it is the harsh reality. In 2024, around fifty thousand women and girls were killed by their partner or a family member.

This means that every ten minutes, a life is taken by the closest kind of violence, the one that should protect and care. Each statistic is a name that disappears, a cry that no one hears, and a void that no one can fill.

Think about who all these women were. They were daughters, mothers, sisters, friends, nieces, cousins, grandmothers, or colleagues. They were girls who dreamed of growing up, studying, playing, and living. Women with plans, women who loved and were loved. They all lost their lives because of violence, often at the hands of those who claimed to love them. Every time a woman is murdered, the world loses a piece of humanity.

Violence does not appear suddenly; it builds up through insults, threats, control, isolation, humiliation, and fear. Too often, victims do not receive the protection they need, and justice comes far too late. Behind every death, there are often years of suffering. Many of these women had already experienced physical or psychological abuse, had asked for help, or had reported their abuser, but the system failed them.

The problem is also social and cultural. Sexism is inequality; it is the objectification of women, trampling on their dignity, emotional terrorism, and imposed fear. Even as we approach a quarter of the twenty-first century, the system still invisibilises victims, silences cries for help, fails to invest in prevention and education, and does not collect reliable data. The lack of information means many victims do not appear in statistics and many deaths are forgotten. That is why it is so important that society demands clear data and effective measures from governments and institutions to eradicate this terrible scourge.

Every time a woman is killed, outrage sweeps through us and we take to the streets in gatherings or demonstrations. But the fight against gender-based violence must be constant, not just once a year or whenever there is another fatal victim. We cannot allow it to become normal that every ten minutes a woman is murdered and we only hold a minute of silence in the town square or outside the local council offices.

We must wake up as a society and take action. We need laws that are truly enforced, that protect victims and pursue offenders; we need shelters, psychological support, legal assistance, and ongoing accompaniment; we need education from childhood that teaches equality, respect, and an absolute rejection of abuse and control; and we need organisations that work every day with women and girls who suffer, with real and stable funding.

But responsibility does not lie only with governments; it is also ours. Every person can make a difference. Every action can save a life, and looking the other way can have consequences. We must listen to victims, but also accompany them, report abuse when they cannot, protect them, demand legislative changes to improve protection, and support those working for equality.

We cannot allow each victim to be reduced to just another number on the “list of shame.” Each of them had a story, a name, a life that mattered. That is why we must act, demand justice, and change things so that no other woman has to go through the same. We must be able to build a safer, fairer, and more humane world. And demand that protection mechanisms work, that society wakes up, that education teaches respect and equality, and that protection arrives in time, not when it is already too late.

Every ten minutes, there is a heart-wrenching cry caused by gender-based violence, that violence which kills cruelly and which we cannot continue to allow in our society. Every time a woman is murdered, someone has looked the other way before. Let no woman fear for her life in her own home or anywhere in the world, and let every name be remembered, every life valued, and every minute count to save another.

What happens every ten minutes is not just an increase in a cold statistic. What happens is a life that could have been saved is lost. A name is erased, a cry is silenced that we should have heard.

Because to listen really means to act.

So let us listen and act.

There is already another victim.

Perhaps someone near you.

To you, woman…

The stars fall,
witnesses to your deepest pain.
In every frightened tear,
a fragment of soul escapes,
shattered by that fist of ice.

In the echo of weeping,
of blows and broken embraces,
of grey and ochre photographs,
the cries of freedom resound.

They are your broken chains,
your dreams of tomorrow,
the steps towards equality
that lead you away from that love
as false as it was fatal.

Did you ever truly love me?
You strike me like a sandbag,
you cast me out like a drenched dog,
you shout at me like a deafened stone,
you take me when I do not wish to be taken.

And everything burns in my womb,
left barren by a hollow “I love you”.

Justice is late,
yes, it is not always swift;
nor does it always prevent or heal,
and for the wounds of the heart
it is, at times, harsh and unmerciful.

No more tears,
no more pain,
no more names
written in blood
on that cruel and freezing list.

With every dawn,
the light of life glimmers.
Go forth, seek, run,
break free and flee!

Dawn always comes;
grasp it and live
a beautiful rebirth
that sets you free…

…to you, woman.

Luis F. Sánchez / 25-11-2025

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Le vite che non possiamo dimenticare

(Giornata Internazionale per l’Eliminazione della Violenza contro le Donne)

In questo momento, mentre stai leggendo, una donna è appena stata uccisa. Non è un’esagerazione né una metafora, è la cruda realtà. Nel 2024 circa cinquantamila donne e bambine sono state uccise dal loro partner o da un familiare.

Questo significa che ogni dieci minuti una vita viene strappata dalla violenza più vicina, quella che dovrebbe proteggere e prendersi cura. Ogni cifra è un nome che scompare, un grido che nessuno ascolta e un vuoto che nessuno può colmare.

Pensa a chi erano tutte queste donne. Erano figlie, madri, sorelle, amiche, nipoti, cugine, nonne o colleghe di lavoro. Erano bambine che sognavano di crescere, studiare, giocare e vivere. Donne con progetti, donne che amavano ed erano amate. Tutte hanno perso la vita a causa della violenza, spesso da chi diceva di amarle. Ogni volta che una donna viene uccisa, il mondo perde un pezzo di umanità.

La violenza non appare improvvisamente; si costruisce attraverso insulti, minacce, controllo, isolamento, umiliazione e paura. Troppe volte le vittime non ricevono la protezione di cui hanno bisogno e la giustizia arriva troppo tardi. Dietro ogni morte ci sono spesso anni di sofferenza. Molte di queste donne avevano già subito maltrattamenti fisici o psicologici, avevano chiesto aiuto o denunciato, ma il sistema le ha tradite.

Il problema è anche sociale e culturale. Il sessismo è disuguaglianza, è oggettificazione della donna, è calpestare la dignità, terrorismo emotivo e paura imposta. Anche mentre ci avviciniamo a un quarto del XXI secolo, il sistema continua a invisibilizzare le vittime, a silenziare i loro appelli d’aiuto, a non investire nella prevenzione e nell’educazione e a non raccogliere dati affidabili. La mancanza di informazioni fa sì che molte vittime non compaiano nelle statistiche e che molte morti vengano dimenticate. Ecco perché è così importante che la società esiga dai governi e dalle istituzioni dati chiari e misure efficaci per sradicare questa maledetta piaga.

Ogni volta che viene uccisa una donna, ci invade l’indignazione e scendiamo in strada in manifestazioni o sit-in. Ma combattere la violenza di genere deve essere una lotta costante, non solo una volta all’anno o ogni volta che c’è un’altra vittima mortale. Non possiamo permettere che diventi normale che ogni dieci minuti una donna venga uccisa e che ci limitiamo a un minuto di silenzio nella piazza o davanti al municipio della nostra città.

Dobbiamo svegliarci come società e agire. Abbiamo bisogno di leggi che vengano realmente applicate, che proteggano le vittime e perseguano gli aggressori; abbiamo bisogno di rifugi, supporto psicologico, assistenza legale e accompagnamento costante; abbiamo bisogno di un’educazione fin dall’infanzia che insegni uguaglianza, rispetto e rifiuto assoluto della violenza e del controllo; e abbiamo bisogno di organizzazioni che lavorino ogni giorno con le donne e le bambine che soffrono, con finanziamenti reali e stabili.

Ma la responsabilità non è solo dei governi, è anche nostra. Ogni persona può fare qualcosa. Ogni gesto può salvare una vita e guardare dall’altra parte può fare la differenza. Dobbiamo ascoltare le vittime, ma anche accompagnarle, denunciare quando non possono, proteggerle, chiedere cambiamenti legislativi per migliorare la protezione e sostenere chi lavora per l’uguaglianza.

Non possiamo permettere che ogni vittima venga ridotta a un semplice numero nella “lista della vergogna”. Ognuna di loro aveva una storia, un nome, una vita che contava. Per questo dobbiamo agire, chiedere giustizia e cambiare le cose affinché nessun’altra donna debba passare per lo stesso. Dobbiamo essere in grado di costruire un mondo più sicuro, più giusto e più umano. E chiedere che i meccanismi di protezione funzionino, che la società si svegli, che l’educazione insegni rispetto e uguaglianza e che la protezione arrivi in tempo, non quando è ormai troppo tardi.

Ogni dieci minuti si ode un grido straziante causato dalla violenza di genere, quella violenza che uccide crudelmente e che non possiamo più permettere nella nostra società. Ogni volta che una donna viene uccisa, qualcuno ha guardato dall’altra parte. Che nessun’altra donna debba temere per la propria vita nella propria casa o in qualsiasi luogo del mondo, e che ogni nome venga ricordato, ogni vita valorizzata e ogni minuto conti per salvarne un’altra.

Ciò che accade ogni dieci minuti non è solo l’aumento di un numero in una fredda statistica. Ciò che accade è che una vita che poteva essere salvata viene persa. Un nome viene cancellato e un grido viene silenziato, un grido che avremmo dovuto ascoltare.

Perché ascoltare significa davvero agire.

Quindi ascoltiamo e agiamo.

C’è già un’altra vittima.

Forse vicino a te.

A te, donna…

Cadono le stelle,
testimoni del tuo dolore profondo.
In ogni lacrima impaurita
sfugge un frammento d’anima
spezzata dal pugno di ghiaccio.

Nell’eco del pianto,
di colpi e abbracci infranti,
di foto grigie e ocra,
risuonano grida di libertà.

Sono le tue catene spezzate,
i tuoi sogni di futuro,
i passi verso l’uguaglianza
che ti allontanano da quell’amore
falso quanto mortale.

Mi hai mai davvero amata?
Mi colpisci come un sacco di sabbia,
mi scacci via come un cane bagnato,
mi urli contro come una pietra sorda,
mi prendi senza che io voglia essere presa.

E tutto brucia nel mio ventre,
ormai prosciugato da un “ti amo” falso.

La giustizia arriva tardi,
sì, non sempre è rapida;
non sempre previene né cura,
e per la ferita del cuore
è talvolta crudele e spietata.

Non più lacrime,
non più dolore,
non più nomi
scritti con il sangue
in quella lista crudele e fredda.
Ad ogni alba

brilla la luce della vita.
Esci, cerca, corri,
rompi e fuggi!

L’alba arriva sempre;
afferrala e vivi
un dolce rinascere
che ti renda libera…

…a te, donna.


Luis F. Sánchez / 25-11-2025

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Les vies que nous ne pouvons pas oublier

(Journée internationale pour l’élimination de la violence à l’égard des femmes)

À cet instant, pendant que vous lisez ceci, une femme vient d’être tuée. Ce n’est ni une exagération ni une métaphore, c’est la dure réalité. En 2024, environ cinquante mille femmes et filles ont été tuées par leur partenaire ou un membre de leur famille.

Cela signifie que toutes les dix minutes, une vie est fauchée par la violence la plus proche, celle qui devrait protéger et prendre soin. Chaque chiffre représente un nom qui disparaît, un cri que personne n’entend et un vide que personne ne peut combler.

Pensez à qui étaient toutes ces femmes. Elles étaient des filles, des mères, des sœurs, des amies, des nièces, des cousines, des grands-mères ou des collègues. Elles étaient des filles qui rêvaient de grandir, d’étudier, de jouer et de vivre. Des femmes avec des projets, qui aimaient et étaient aimées. Elles ont toutes perdu la vie à cause de la violence, souvent de la part de ceux qui disaient les aimer. Chaque fois qu’une femme est assassinée, le monde perd un morceau d’humanité.

La violence n’apparaît pas soudainement ; elle se construit à travers les insultes, les menaces, le contrôle, l’isolement, l’humiliation et la peur. Trop souvent, les victimes ne reçoivent pas la protection dont elles ont besoin et la justice arrive trop tard. Derrière chaque mort, il y a souvent des années de souffrance. Beaucoup de ces femmes avaient déjà subi des violences physiques ou psychologiques, avaient demandé de l’aide ou porté plainte, mais le système les a laissées tomber.

Le problème est également social et culturel. Le sexisme est une inégalité, c’est l’objectification des femmes, le piétinement de leur dignité, le terrorisme émotionnel et la peur imposée. Même à l’aube d’un quart du XXIe siècle, le système invisibilise encore les victimes, étouffe leurs appels à l’aide, n’investit pas dans la prévention ni dans l’éducation et ne collecte pas de données fiables. Le manque d’information fait que beaucoup de victimes n’apparaissent pas dans les statistiques et que de nombreux décès sont oubliés. C’est pourquoi il est essentiel que la société exige des gouvernements et des institutions des données claires et des mesures efficaces pour éradiquer ce fléau.

Chaque fois qu’une femme est tuée, l’indignation nous envahit et nous descendons dans la rue lors de rassemblements ou de manifestations. Mais lutter contre la violence envers les femmes doit être un combat permanent, pas seulement une fois par an ou à chaque nouvelle victime mortelle. Nous ne pouvons pas permettre que cela devienne normal qu’une femme soit tuée toutes les dix minutes et que nous nous contentions d’une minute de silence sur la place du village ou devant la mairie.

Nous devons nous réveiller en tant que société et agir. Nous avons besoin de lois réellement appliquées, qui protègent les victimes et poursuivent les agresseurs ; nous avons besoin de refuges, de soutien psychologique, d’assistance juridique et d’accompagnement constant ; nous avons besoin d’une éducation dès l’enfance qui enseigne l’égalité, le respect et le rejet absolu de la violence et du contrôle ; et nous avons besoin d’organisations qui travaillent chaque jour avec les femmes et les filles en souffrance, avec un financement réel et stable.

Mais la responsabilité ne repose pas uniquement sur les gouvernements, elle est aussi la nôtre. Chaque personne peut faire quelque chose. Chaque geste peut sauver une vie et détourner le regard peut avoir des conséquences. Nous devons écouter les victimes, mais aussi les accompagner, dénoncer lorsque elles ne peuvent pas le faire, les protéger, exiger des changements législatifs pour améliorer la protection et soutenir ceux qui travaillent pour l’égalité.

Nous ne pouvons pas permettre que chaque victime soit réduite à un simple chiffre dans la « liste de la honte ». Chacune d’elles avait une histoire, un nom, une vie qui comptait. C’est pourquoi nous devons agir, réclamer justice et changer les choses afin qu’aucune autre femme n’ait à subir la même chose. Nous devons être capables de construire un monde plus sûr, plus juste et plus humain. Et exiger que les mécanismes de protection fonctionnent, que la société se réveille, que l’éducation enseigne le respect et l’égalité, et que la protection arrive à temps, pas lorsqu’il est déjà trop tard.

Toutes les dix minutes, un cri déchirant résonne à cause de la violence envers les femmes, cette violence qui tue cruellement et que nous ne pouvons plus tolérer dans notre société. Chaque fois qu’une femme est assassinée, quelqu’un a détourné le regard auparavant. Qu’aucune autre femme n’ait à craindre pour sa vie chez elle ou n’importe où dans le monde, et que chaque nom soit rappelé, chaque vie valorisée et chaque minute comptée pour en sauver une autre.

Ce qui se passe toutes les dix minutes n’est pas seulement l’augmentation d’un chiffre dans une froide statistique. Ce qui se passe, c’est qu’une vie qui aurait pu être sauvée est perdue. Un nom est effacé, un cri est étouffé, un cri que nous aurions dû entendre.

Parce qu’écouter signifie vraiment agir.

Alors écoutons et agissons.

Il y a déjà une autre victime.

Peut-être près de chez vous.

À toi, femme…

Les étoiles tombent,
témoins de ta douleur profonde.
Dans chaque larme effrayée
s’échappe un fragment d’âme
brisé par ce poing de glace.

Dans l’écho des sanglots,
des coups et des étreintes rompues,
des photos grises et ocres,
résonnent des cris de liberté.

Ce sont tes chaînes brisées,
tes rêves d’avenir,
tes pas vers l’égalité
qui t’éloignent de cet amour
aussi faux que mortel.

M’as-tu jamais vraiment aimée ?
Tu me frappes comme un sac de sable,
tu me chasses comme un chien mouillé,
tu me cries dessus comme à une pierre sourde,
tu me prends sans que je veuille être prise.

Et tout brûle dans mon ventre,
déjà desséché par un “je t’aime” mensonger.

La justice arrive tard,
oui, elle n’est pas toujours rapide ;
elle ne prévient ni ne guérit toujours,
et pour la blessure du cœur
elle est parfois cruelle et impitoyable.

Plus de larmes,
plus de douleur,
plus de noms
écrits avec le sang
sur cette liste froide et cruelle.

À chaque aube
brille la lumière de la vie.
Sors, cherche, cours,
brise et fuis !

L’aube arrive toujours ;
saisis-la et vis
une belle renaissance
qui te rende libre…

…à toi, femme.


Luis F. Sánchez / 25-11-2025

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
As vidas que não podemos esquecer

(Dia Internacional para a Eliminação da Violência contra as Mulheres)

Neste momento, enquanto lês isto, uma mulher acabou de ser assassinada. Não é uma exageração nem uma metáfora, é a dura realidade. Em 2024, cerca de cinquenta mil mulheres e raparigas foram mortas pelas suas companheiras ou familiares.

Isto significa que, a cada dez minutos, uma vida é interrompida pela violência mais próxima, aquela que deveria proteger e cuidar. Cada número representa um nome que desaparece, um grito que ninguém ouve e um vazio que ninguém consegue preencher.

Pensa em quem eram todas estas mulheres. Eram filhas, mães, irmãs, amigas, sobrinhas, primas, avós ou colegas de trabalho. Eram raparigas que sonhavam crescer, estudar, brincar e viver. Mulheres com planos, que amavam e eram amadas. Todas perderam a vida por causa da violência, muitas vezes às mãos de quem dizia amar-lhes. Cada vez que uma mulher é assassinada, o mundo perde um pedaço de humanidade.

A violência não surge de repente; constrói-se através de insultos, ameaças, controlo, isolamento, humilhação e medo. Demasiadas vezes, as vítimas não recebem a proteção de que necessitam e a justiça chega tarde demais. Por detrás de cada morte, existem muitas vezes anos de sofrimento. Muitas destas mulheres já tinham sofrido maus-tratos físicos ou psicológicos, pediram ajuda ou denunciaram, mas o sistema falhou com elas.

O problema é também social e cultural. O machismo é desigualdade, é a objetificação da mulher, é pisar a sua dignidade, terrorismo emocional e medo imposto. Mesmo a aproximarmo-nos de um quarto do século XXI, o sistema continua a invisibilizar as vítimas, a silenciar os gritos de socorro, a não investir na prevenção nem na educação e a não recolher dados fiáveis. A falta de informação faz com que muitas vítimas não apareçam nas estatísticas e que muitas mortes fiquem esquecidas. Por isso, é tão importante que a sociedade exija aos governos e às instituições dados claros e medidas eficazes para erradicar esta terrível chaga.

Cada vez que uma mulher é assassinada, sentimos indignação e saímos à rua em concentrações ou manifestações. Mas lutar contra a violência de género deve ser uma luta constante, não apenas uma vez por ano ou sempre que há mais uma vítima mortal. Não podemos permitir que se normaliza que uma mulher seja assassinada a cada dez minutos e que nos limitemos a um minuto de silêncio na praça ou à porta da câmara municipal.

Devemos acordar, enquanto sociedade, e agir. Precisamos de leis que sejam realmente aplicadas, que protejam as vítimas e persigam os agressores; precisamos de refúgios, apoio psicológico, assistência jurídica e acompanhamento constante; precisamos de uma educação desde a infância que ensine igualdade, respeito e rejeição absoluta da violência e do controlo; e precisamos de organizações que trabalhem todos os dias com mulheres e raparigas em sofrimento, com financiamento real e estável.

Mas a responsabilidade não é apenas dos governos; também é nossa. Cada pessoa pode fazer algo. Cada gesto pode salvar uma vida, e virar a cara pode fazer a diferença. Temos de ouvir as vítimas, mas também acompanhá-las, denunciar quando não podem, protegê-las, exigir alterações legislativas para melhorar a proteção e apoiar quem trabalha pela igualdade.

Não podemos permitir que cada vítima seja reduzida a mais um número na “lista da vergonha”. Cada uma delas tinha uma história, um nome, uma vida que importava. Por isso, temos de agir, exigir justiça e mudar as coisas para que nenhuma outra mulher tenha de passar pelo mesmo. Temos de ser capazes de construir um mundo mais seguro, mais justo e mais humano. E exigir que os mecanismos de proteção funcionem, que a sociedade desperte, que a educação ensine respeito e igualdade, e que a proteção chegue a tempo, e não quando já é tarde demais.

A cada dez minutos, ouve-se um grito dilacerante causado pela violência de género, aquela violência que mata cruelmente e que não podemos continuar a permitir na nossa sociedade. Porque cada vez que uma mulher é assassinada, alguém olhou para o outro lado antes. Que nenhuma outra mulher tenha de temer pela sua vida na sua própria casa ou em qualquer lugar do mundo, e que cada nome seja lembrado, cada vida valorizada e cada minuto conte para salvar outra.

O que acontece a cada dez minutos não é apenas o aumento de um número numa estatística fria. O que acontece é que uma vida que podia ter sido salva é perdida. Um nome é apagado, um grito é silenciado, um grito que deveríamos ter ouvido.

Porque ouvir significa realmente agir.

Então, ouçamos e ajamos.

Já há mais uma vítima.

Talvez perto de ti.

A ti, mulher…

Caem as estrelas,
testemunhas da tua dor profunda.
Em cada lágrima assustada
escapa um pedaço de alma
partida pelo punho de gelo.

No eco do pranto,
de golpes e abraços rompidos,
de fotos cinzentas e ocres,
ressoam gritos de liberdade.

São as tuas correntes quebradas,
os teus sonhos de futuro,
os passos rumo à igualdade
que te afastam desse amor
tão falso quanto mortal.

Alguma vez me amaste de verdade?
Bates-me como um saco de areia,
expulsas-me como um cão molhado,
gritas comigo como se eu fosse pedra surda,
tomas-me sem que eu queira ser tomada.

E tudo arde no meu ventre,
já seco de um “amo-te” falso.

A justiça chega tarde,
sim, nem sempre é rápida;
também não previne nem cura,
e para a ferida do coração
é, por vezes, cruel e impiedosa.

Chega de lágrimas,
chega de dor,
chega de nomes
escritos com sangue
naquela lista fria e cruel.

A cada amanhecer
brilha a luz da vida.
Sai, procura, corre,
parte e foge!

A alvorada chega sempre;
agarra-a e vive
um belo renascer
que te faça livre…

…a ti, mulher.

Luis F. Sánchez / 25-11-2025