Cada día, hay pequeños gestos a nuestro alrededor que pueden parecer pequeños e insignificantes, pero que tienen un significado enorme. Uno de ellos es llevar una pulsera arcoíris en la muñeca.
Personalmente, no la llevo únicamente como un símbolo de orgullo ni tampoco como un simple complemento. La llevo principalmente por amor y porque para mí representa algo que considero especialmente importante. ¿El qué? Muy fácil, quiero ser una persona segura para quien necesite encontrar un lugar en el que poder ser quien es.
Normalmente, cuando alguien ve esa pulsera, puede pensar simplemente que son los colores del arcoíris. Pero también creo que puede significar algo diferente para quien la mira desde una situación de miedo, soledad o vulnerabilidad. ¿Por qué? Porque también puede significar que, tal vez, delante de esa persona exista alguien con quien poder hablar.
Quizá sea una adolescente que todavía no se atreve a contar que es lesbiana; quizá sea un chico que se siente atraído por un compañero de su equipo de fútbol; quizá sea una persona trans que acaba de sufrir una situación de discriminación; quizá sea alguien que está siendo víctima de acoso en su instituto o que está recibiendo insultos en redes sociales o que simplemente no sabe cómo explicar lo que está sintiendo. ¿Quién sabe? Quizá esa persona vea mi muñeca y, aunque puede que nunca llegue a decirme nada, y que simplemente continúe caminando, tal vez, durante unos segundos, pueda pensar que, si algún día necesita hablar, conmigo puede hacerlo.
Eso es lo que para mí significa ser una persona segura. No significa que tenga todas las respuestas ni que pueda solucionar la vida de nadie. Tampoco que sea capaz de evitar todo el dolor que existe alrededor de las personas LGTBIQ+. Solo significa algo mucho más sencillo. Y es que quiero que quien se acerque a mí sepa que no voy a juzgarle por ser quien es.
Quiero escuchar sin cuestionar; quiero respetar la intimidad de quien deposita su confianza en mí; quiero poder escuchar la palabra “gay”, “lesbiana”, “bisexual”, “trans” o cualquier otra realidad sin convertirla en motivo de sorpresa, burla o rechazo; quiero que alguien pueda hablarme de su pareja utilizando el género que corresponde sin tener que mirar antes alrededor para comprobar si es seguro hacerlo; y también quiero saber reconocer cuándo mis conocimientos no son suficientes y cuándo lo responsable es acompañar a esa persona hacia profesionales o entidades que puedan ayudarla.
Llevar una pulsera arcoíris no convierte automáticamente a nadie en una persona segura. Lo que nos convierte en personas seguras es lo que hacemos cuando alguien decide confiar en ti. Por eso creo que esto es especialmente importante cuando hablamos de infancia y adolescencia. Porque muchas veces olvidamos que hay jóvenes que pasan una parte enorme de su vida intentando averiguar quién puede escucharles sin hacerles daño: jóvenes que quizá todavía no han encontrado esa persona adulta en la que puedan confiar: y jóvenes que pueden sentirse absolutamente solos incluso estando rodeados de compañeros, profesores o familiares.
Quizá, por esa razón, cuando voy a un centro educativo y hablo de diversidad, acoso escolar, ciberviolencia o delitos de odio, no quiero limitarme a transmitir conocimientos. También quiero transmitir un mensaje humano y quiero que quien esté sentado delante de mí pueda pensar que hay personas adultas dispuestas a escuchar y a tomarse en serio aquello que estás viviendo.
A veces creemos que la defensa de los derechos humanos tiene que ser siempre algo enorme, una denuncia, una sentencia, una manifestación, una conferencia, una campaña o un informe. Por supuesto, todo eso importa, pero los derechos humanos también empiezan en algo tan sencillo como hacer que otra persona no tenga miedo de hablar contigo.
Por eso sigo llevando mi pulsera arcoíris, por amor y porque no sé quién puede verla. No sé si será alguien que simplemente comparte mi orgullo; no sé si será alguien que necesita sentirse acompañado; no sé si será un adolescente que todavía no ha podido decir en voz alta quién es; no sé si será una persona que acaba de sufrir una discriminación y está buscando a alguien que pueda escucharla; y no sé quién está al otro lado de esa mirada y cuál es su dolor.
Pero sí sé qué es lo que quiero transmitirte. Y es que, si algún día necesitas hablar, puedes acercarte a mí. No prometo tener todas las respuestas y tampoco prometo poder solucionar todo. Pero sí puedo prometer algo mucho más sencillo. Y es que no voy a juzgarte por ser quien eres.
Quizá una pequeña pulsera de colores pueda servir para que alguien, en medio de un mundo que a veces resulta demasiado hostil y gris, pueda ver que los colores del arcoiris siguen brillando.
Porque quiero que sepas que, al menos conmigo, puedes sentirte a salvo.
Y, si me necesitas, aquí estoy.
