Ganarle la partida al cáncer

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Mundial contra el Cáncer)

Hay algunas palabras que nadie quiere escuchar y, sin duda, “cáncer” es una de ellas. Cuando aparece, lo hace sin pedir permiso y cambiándolo todo. Cambia los planes, el ritmo de vida, los proyectos, la manera de mirar el futuro y hasta la forma de respirar. De pronto, el calendario se llena de pruebas médicas, de salas de espera y de silencios cargados de mucho miedo. Por eso, cuando hablamos de cáncer no hablamos únicamente de una enfermedad. También hablamos de personas, de familias enteras y de vidas que se ponen a prueba.

Cada año, millones de personas reciben un diagnóstico de algún tipo de cáncer. Detrás de cada cifra hay un nombre, una historia, una vida que lucha y una mente que intenta no rendirse. El cáncer no entiende de ideologías, ni de cuentas bancarias ni de códigos postales. Puede tocarle a cualquier persona y en cualquier lugar. Y cuando llega, deja claro algo que a veces olvidamos demasiado: la salud no es un privilegio, es un derecho humano. 

Prevenir sigue siendo una de nuestras mejores armas. Y no porque todo dependa de lo que hagamos, sino porque cuidarnos importa. Es verdad que comer mejor, movernos más, evitar el tabaco y el alcohol en exceso no garantiza nada, pero ayuda mucho a prevenirlo. Igual pasa con acudir a revisiones médicas, escuchar a nuestro cuerpo y no mirar hacia otro lado cuando algo no va bien. Así podemos detectar a tiempo lo que sucede en nuestro cuerpo y, justamente, eso puede marcar la diferencia entre vivir o no hacerlo.

Pero no basta con responsabilizarnos de nuestro propio cuidado. Hay algo más que también es verdaderamente importante y no son otra cosa sino los sistemas públicos de salud, la investigación y las políticas públicas sanitarias que ponen la vida en el centro. Porque de poco sirve la prevención si luego no hay medios; de poco sirve el diagnóstico si el tratamiento llega tarde o no llega; y de poco sirve la esperanza si depende del dinero que tengas o del lugar donde hayas nacido.

Es verdad, la investigación ha avanzado y sigue avanzando. Hoy existen tratamientos más eficaces y menos agresivos que hace años. Hay historias de personas que han vencido al cáncer y que hoy viven, sueñan y disfrutan de una vida plena gracias a la ciencia y al esfuerzo de toda la sociedad. Eso demuestra que invertir en investigación salva vidas. Así que no, no es un gasto, sino una obligación moral que tenemos con nuestra sociedad. 

Pero todavía queda mucho camino. Demasiadas personas siguen encontrando barreras para acceder a una atención sanitaria digna y de calidad; demasiadas familias se rompen por el peso económico y emocional de la enfermedad cuando no hay respuesta en la sanidad pública, cada vez más cercenada y necesitada de medios; y demasiadas veces el acompañamiento psicológico brilla por su ausencia, cuando es tan necesario como la quimioterapia o la cirugía. Quienes hemos visto sufrir, o hemos tenido que despedir a algún ser querido como consecuencia del cáncer, sabemos muy bien qué se siente, cómo sufre nuestro ser querido, cómo nos sentimos nosotros, cuánto duele y cuánto sufrimos.

Por supuesto, luchar contra el cáncer también es cuidar a quien cuida. Es apoyar a las madres, padres, hijas, hijos, parejas y amistades que te sostienen cuando ya no te quedan fuerzas. Es saber escuchar sin prisas, estar presentes y no soltar la mano aunque el miedo se adueñe de ti.

Hoy no se trata solo de recordar a quienes ya no están, porque nunca les olvidaremos. Se trata, sobre todo, de exigir. De exigir más recursos, más investigación, más igualdad y más humanidad. De defender que nadie debería enfrentarse al cáncer en soledad ni con menos oportunidades que otra persona, solo porque haya nacido en otro lugar o su capacidad económica sea menor. 

Ganarle la partida al cáncer no es solo cuestión de medicina. Es también una cuestión de justicia, de derechos humanos y de compromiso social.

Porque mientras haya lucha, habrá cuidados.

Mientras haya esperanza, habrá futuro.

Y vida, mucha vida.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

Beating Cancer

(World Cancer Day)

There are some words that nobody wants to hear, and without a doubt, ‘cancer’ is one of them. When it appears, it comes without warning and changes everything. It changes plans, the rhythm of life, projects, the way we look at the future, and even the way we breathe. Suddenly, the calendar fills with medical tests, waiting rooms, and silences heavy with fear. That is why, when we talk about cancer, we are not only talking about a disease. We are talking about people, entire families, and lives that are put to the test.

Every year, millions of people receive a cancer diagnosis. Behind every statistic is a name, a story, a life that fights, and a mind that tries not to give up. Cancer does not understand ideologies, bank accounts, or postcodes. It can affect anyone, anywhere. And when it arrives, it makes one thing clear that we sometimes forget too easily: health is not a privilege, it is a human right.

Prevention remains one of our best weapons. Not because everything depends on what we do, but because taking care of ourselves matters. It is true that eating better, moving more, avoiding tobacco, and drinking alcohol in excess does not guarantee anything, but it helps a great deal. The same goes for attending medical check-ups, listening to our bodies, and not turning a blind eye when something feels wrong. Detecting issues early can make the difference between living and not.

But taking responsibility for our own care is not enough. There is something else that is equally important: public health systems, research, and health policies that place life at the centre. Because prevention is of little use if the resources are not there; diagnosis is of little use if treatment comes late or not at all; and hope is of little use if it depends on the money you have or the place you were born.

It is true, research has advanced and continues to do so. Today, there are treatments that are more effective and less aggressive than years ago. There are stories of people who have beaten cancer and who today live, dream, and enjoy a full life thanks to science and the collective effort of society. This shows that investing in research saves lives. So no, it is not an expense, it is a moral obligation we have towards our society.

Yet there is still a long way to go. Too many people continue to face barriers to accessing decent and quality healthcare; too many families are broken by the economic and emotional burden of the disease when public health services, increasingly restricted, cannot respond; and too often psychological support is absent when it is as necessary as chemotherapy or surgery. Those of us who have seen suffering, or who have had to say goodbye to a loved one as a result of cancer, know very well what it feels like, how our loved one suffers, how we ourselves feel, how deep the pain is, and how much we suffer.

Of course, fighting cancer also means caring for those who care. It means supporting mothers, fathers, daughters, sons, partners, and friends who hold you up when you have no strength left. It means listening without hurry, being present, and not letting go even when fear takes hold.

Today, it is not just about remembering those who are no longer with us, because we will never forget them. Above all, it is about demanding. Demanding more resources, more research, more equality, and more humanity. Defending the right for nobody to face cancer alone or with fewer opportunities than someone else simply because they were born somewhere else or have less money.

Beating cancer is not only a matter of medicine. It is also a matter of justice, human rights, and social responsibility.

Because while there is fight, there will be care.

While there is hope, there will be a future.

And life, so much life.

La toga de la dignidad

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional de la Abogacía)

Soy abogado, me costó mucho serlo al provenir de una familia muy humilde. Me eduqué siempre en la escuela pública, en el instituto de secundaria público y, por supuesto, en la universidad pública, concretamente en la Universidad de Jaén (Andalucía – España). Así que se puede decir que soy un orgulloso “hijo de la educación pública”. Por eso, hoy, Día Internacional de la Abogacía, no me apetece escribir desde la solemnidad hueca ni tampoco desde discursos grandilocuentes. La verdad es que nunca lo he hecho así. Siempre prefiero escribir y hablar de manera clara, desde dentro, desde la experiencia personal y desde la convicción más absoluta de que ser abogado no es solo una profesión, también es una forma de ver, de entender y de estar en el mundo.

Yo no me hice abogado para acumular libros de jurisprudencia, para rodearme de códigos ni para repetir fórmulas en latín. Me hice abogado porque creo en los derechos humanos. Siempre, desde muy pequeño, me ha resultado mucho más fácil ponerme del lado de quien es más vulnerable. ¿Por qué? Porque yo también he estado ahí. Y por esa misma razón, creo que toda persona, sea quien sea, y sin excepción, merece ser tratada con absoluta dignidad y respeto. Porque, al menos así es como lo entiendo, el Derecho no sirve de nada si no es para proteger a quienes más lo necesitan, a quienes ven su voz silenciada y a quienes el sistema siempre ha dejado, deja y sigue dejando al margen de la sociedad.  

Para mí ser abogado es estar muchas veces en un lugar donde nadie más quiere estar. Es estar asistiendo a un detenido que ha pasado la noche en un calabozo; es intentar mantener la calma en un juzgado saturado por la falta de personal; es intentar mantener un pequeño despacho donde alguien te cuenta su vida, a veces con rabia, y otras veces con el alma rota, con vergüenza, con miedo y con una mirada llena de tristeza; es escuchar lo que más duele cuando nadie más quiere hacerlo; es sostener miradas cansadas que soportan un peso enorme sobre sus hombros; y es decirle a esa persona que tienes frente a ti que no está sola aunque todo el mundo a su alrededor le diga lo contrario.

Una de mis grandes pasiones es la defensa a ultranza de los derechos humanos, un ámbito en el que la abogacía no es neutral. No puede serlo nunca. Porque cada vez que defendemos a un menor víctima del acoso, el ciberacoso o ante un castigo cruel; cada vez que denunciamos una situación de violencia y discriminación sobre las mujeres; cada vez que combatimos un delito de odio sobre una persona por razón de su color de piel, país de procedencia, orientación sexual, identidad de género o por cualquier otra razón; y cada vez que invocamos la igualdad, el derecho a la presunción de inocencia, el derecho a un juicio justo e imparcial o el interés superior del menor, sin duda, estamos tomando partido. Lo hacemos siempre, lo hacemos conscientemente. Estamos tomando partido eligiendo estar del lado de la dignidad humana. Una dignidad que es inherente a toda persona e igualmente inviolable en todo momento.

Pero ejercer la abogacía es también un acto de resistencia constante. A diario, resistimos ante la deshumanización del sistema, ante la prisa, ante la dictadura de los plazos y ante la fría burocracia que convierte a las personas en simples números de expediente. Resistimos frente a los discursos que señalan, que excluyen, que deshumanizan y que desprecian. Resistimos cuando defender derechos humanos es una tarea incómoda y molesta para quien está en la cima del poder y, por supuesto, resistimos a pesar de que, a veces, el coste profesional, personal y emocional es demasiado alto.

No, no siempre ganamos. Y, sí, tengo que decirlo sin rodeos. A veces, hay sentencias injustas y decisiones de la administración que duelen profundamente. También hay días en los que te vas a casa con la sensación de no haber sido capaz, de no haber llegado a tiempo y no haber podido ayudar a quien lo necesitaba. Pero incluso entonces, incluso en las derrotas más amargas y en los momentos más duros de la profesión, el ejercicio de la abogacía tiene sentido. Porque acompañar a quien lo necesita también es defender y porque “estar ahí” también es un acto de justicia, aunque luego la resolución judicial no sea favorable.

Desgraciadamente, no es nuevo para nadie que vivimos un momento histórico en el que los derechos humanos se relativizan constantemente, se banalizan a veces con sorna y desprecio e, incluso, se atacan abiertamente y de manera despiadada. Pero es justamente en esos momentos cuando la figura del abogado comprometido es más necesaria que nunca. No como héroe ni como salvador, sino como un profesional plenamente consciente de cuál es su responsabilidad en una sociedad democrática. Porque el Estado de Derecho no se sostiene únicamente con leyes escritas, también se sostiene gracias a los abogados y abogadas que las hacen valer cada día en juzgados y tribunales, en las comisarías de la policía y ante las oficinas de la administración pública. 

Hoy, como siempre, y desde la convicción más absoluta, quiero reivindicar el ejercicio de una abogacía que sea, ante todo, humana y valiente. Una abogacía que jamás mire hacia otro lado, que nunca se acomode, que entienda que la igualdad no es únicamente un eslogan y que la no discriminación no es una concesión, sino un derecho inalienable. Hasta el fin de mis días, defenderé una abogacía que sea siempre consciente de que los derechos humanos no son un privilegio de las élites, no son un lujo ni tampoco una moda, sino el suelo mínimo común sobre el que se construye una sociedad decente, una sociedad verdaderamente democrática. 

Ser abogado es, en el fondo, creer que el Derecho puede ser una herramienta de transformación capaz de marcar la diferencia para cambiar las cosas a nuestro alrededor. ¿Es una herramienta imperfecta? Sí, lo es. ¿Es una herramienta limitada? Eso también es verdad. Pero, a pesar de sus imperfecciones y limitaciones, sigue siendo una herramienta imprescindible en nuestra sociedad y desde el punto de vista humano y humanístico. 

Hoy no solo me felicito a mí ni a mis colegas, mis compañeras y compañeros de profesión. También me reafirmo en mis ideales que me llevaron a ser quien soy y a elegir mi camino a seguir.

Mientras me quede aliento, siempre defenderé la dignidad frente al abuso, la arbitrariedad, la violencia y el odio.

Porque solo así la justicia en la que creo seguirá teniendo sentido.

Con la dignidad por bandera. 

Y el orgullo de mi toga.

Si quieres contactar conmigo y comentarme tu caso, escríbeme a esta dirección de correo electrónico:
LFSANCHEZ@ICAJAEN.ES

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The Robe of Dignity

(International Lawyers Day)

I am a lawyer and becoming one was not easy. I come from a very humble family. I was educated in state primary school, state secondary school and of course at a public university, specifically at the University of Jaén (Andalusia – Spain). So yes, I can proudly say that I am a “child of public education”.That is precisely why today, on the International Lawyers Day, I do not feel like writing from empty solemnity or from grandiose speeches. The truth is that I have never written that way. I have always preferred to speak and write clearly, from the inside, from personal experience and from the firm conviction that being a lawyer is not only a profession but also a way of seeing, understanding and being in the world.

I did not become a lawyer to accumulate case law books, to surround myself with codes or to repeat Latin formulas. I became a lawyer because I believe in human rights. Ever since I was very young, I have found it easier to stand on the side of those who are more vulnerable. Why Because I have been there myself. And for that very reason, I believe that every person, whoever they are and without exception, deserves to be treated with absolute dignity and respect. Because at least this is how I understand it, the law is useless if it does not serve to protect those who need it most, those whose voices are silenced and those whom the system has always left, still leaves and continues to leave on the margins of society.

For me, being a lawyer often means being where no one else wants to be. It means assisting a detainee who has spent the night in a police cell. It means trying to stay calm in an overcrowded court with a chronic lack of staff. It means keeping a small office running where someone sits in front of you and tells you their life story, sometimes with anger, other times with a broken soul, with shame, with fear and with eyes full of sadness. It means listening to what hurts the most when no one else wants to listen. It means holding the gaze of exhausted people who carry an enormous weight on their shoulders. And it means telling the person in front of you that they are not alone even when the whole world around them insists on saying otherwise.

One of my greatest passions is the uncompromising defence of human rights, a field in which the legal profession is not neutral. It can never be. Every time we defend a child who is a victim of bullying or cyberbullying or who is facing a cruel punishment. Every time we report violence and discrimination against women. Every time we fight a hate crime against a person because of their skin colour, their country of origin, their sexual orientation, their gender identity or any other reason. And every time we invoke equality, the presumption of innocence, the right to a fair and impartial trial or the best interests of the child, we are without any doubt taking sides. We do it knowingly. We are choosing to stand on the side of human dignity. A dignity that is inherent to every person and equally inviolable at all times.

But practising law is also a constant act of resistance. Every day we resist the dehumanisation of the system, the pressure of urgency, the tyranny of deadlines and the cold bureaucracy that turns people into mere case numbers. We resist narratives that point fingers, that exclude, that dehumanise and that despise. We resist when defending human rights becomes uncomfortable and inconvenient for those at the top of power. And we resist even when the professional, personal and emotional cost is sometimes unbearably high.

No, we do not always win. And yes, it must be said plainly. There are unjust judgments and administrative decisions that hurt deeply. There are also days when you go home with the feeling that you were not enough, that you did not arrive in time and that you could not help someone who needed you. But even then, even in the bitterest defeats and in the hardest moments of this profession, the practice of law still makes sense. Because accompanying someone who needs it is also a form of defence. And because being there is itself an act of justice, even when the final decision is not favourable.

Sadly, it is no secret that we live in a time when human rights are constantly relativised, sometimes trivialised with mockery and contempt and even openly and brutally attacked. Yet it is precisely in such moments that the figure of the committed lawyer becomes more necessary than ever. Not as a hero. Not as a saviour. But as a professional fully aware of their responsibility within a democratic society. The rule of law does not stand on written laws alone. It also stands because lawyers make those laws effective every single day in courts, in police stations and before public administration offices.

Today, as always and with absolute conviction, I want to reclaim a legal profession that is above all human and brave. A profession that never looks the other way, that never settles for comfort, that understands that equality is not a slogan and that non discrimination is not a concession but an inalienable right. For the rest of my life, I will defend a legal profession that knows that human rights are not a privilege for elites, not a luxury and not a trend, but the minimum common ground on which a decent and truly democratic society is built.

Being a lawyer is, in the end, believing that the law can be a tool for transformation capable of making a real difference in the world around us. Is it imperfect Yes. Is it limited That is also true. But despite its imperfections and limits, it remains an essential tool in our society from both a human and a humanistic perspective.

Today I do not only congratulate myself or my colleagues, my fellow professionals. I also reaffirm the ideals that led me to become who I am and to choose the path I walk.

As long as I have breath, I will always defend dignity against abuse, arbitrariness, violence and hate.

Because only in this way will the justice I believe in continue to make sense.

With dignity as my banner.

And pride in my robe.

If you want to contact me and tell me about your case, write to me at this email address: 
LFSANCHEZ@ICAJAEN.ES

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
La toga della dignità

(Giornata Internazionale dell’Avvocati)

Sono un avvocato e diventarlo non è stato facile. Provengo da una famiglia molto umile. Ho studiato sempre nella scuola pubblica, nella scuola secondaria pubblica e naturalmente all’università pubblica, concretamente presso l’Università di Jaén (Andalusia – Spagna). Per questo posso dire con orgoglio di essere un «figlio dell’istruzione pubblica». Ed è proprio per questo che oggi, nella Giornata Internazionale dell’Avvocati, non ho voglia di scrivere con una solennità vuota né con discorsi altisonanti. In realtà non l’ho mai fatto. Ho sempre preferito parlare e scrivere in modo chiaro, dall’interno, dall’esperienza personale e dalla convinzione profonda che essere avvocato non sia solo una professione, ma anche un modo di vedere, di comprendere e di stare nel mondo.

Non sono diventato avvocato per accumulare volumi di giurisprudenza, per circondarmi di codici o per ripetere formule latine. Sono diventato avvocato perché credo nei diritti umani. Fin da quando ero molto giovane, mi è sempre stato più naturale stare dalla parte di chi è più vulnerabile. Perché Perché anch’io sono stato lì. Ed è proprio per questo che credo che ogni persona, chiunque sia e senza eccezioni, meriti di essere trattata con assoluta dignità e rispetto. Perché, almeno per come la vedo io, il diritto non serve a nulla se non serve a proteggere chi ne ha più bisogno, chi vede la propria voce silenziata e chi il sistema ha sempre lasciato, lascia ancora e continua a lasciare ai margini della società.

Per me essere avvocato significa spesso essere dove nessun altro vuole stare. Significa assistere una persona fermata che ha passato la notte in una cella di sicurezza. Significa cercare di mantenere la calma in un tribunale sovraffollato e con una cronica carenza di personale. Significa mandare avanti un piccolo studio dove qualcuno si siede davanti a te e ti racconta la propria vita, a volte con rabbia, altre volte con l’anima spezzata, con vergogna, con paura e con uno sguardo colmo di tristezza. Significa ascoltare ciò che fa più male quando nessun altro vuole ascoltare. Significa sostenere lo sguardo di persone stanche che portano un peso enorme sulle spalle. E significa dire alla persona che hai di fronte che non è sola, anche quando tutto il mondo intorno a lei insiste nel dire il contrario.

Una delle mie più grandi passioni è la difesa senza compromessi dei diritti umani, un ambito in cui l’avvocatura non è neutrale. Non può esserlo mai. Ogni volta che difendiamo un minore vittima di bullismo o cyberbullismo o sottoposto a una punizione crudele. Ogni volta che denunciamo violenze e discriminazioni contro le donne. Ogni volta che combattiamo un reato d’odio contro una persona per il colore della pelle, il paese di origine, l’orientamento sessuale, l’identità di genere o per qualsiasi altro motivo. E ogni volta che invochiamo l’uguaglianza, la presunzione di innocenza, il diritto a un processo equo e imparziale o il superiore interesse del minore, senza alcun dubbio stiamo prendendo posizione. Lo facciamo consapevolmente. Scegliamo di stare dalla parte della dignità umana. Una dignità che è intrinseca a ogni persona ed è ugualmente inviolabile in ogni momento.

Ma l’esercizio dell’avvocatura è anche un atto costante di resistenza. Ogni giorno resistiamo alla disumanizzazione del sistema, alla fretta, alla tirannia delle scadenze e alla fredda burocrazia che trasforma le persone in semplici numeri di fascicolo. Resistiamo ai discorsi che puntano il dito, che escludono, che disumanizzano e che disprezzano. Resistiamo quando difendere i diritti umani diventa scomodo e fastidioso per chi si trova ai vertici del potere. E resistiamo anche quando il costo professionale, personale ed emotivo è a volte insostenibilmente alto.

No, non vinciamo sempre. E sì, va detto senza giri di parole. Esistono sentenze ingiuste e decisioni amministrative che feriscono profondamente. Ci sono anche giorni in cui si torna a casa con la sensazione di non essere stati sufficienti, di non essere arrivati in tempo e di non essere riusciti ad aiutare chi ne aveva bisogno. Ma anche allora, anche nelle sconfitte più amare e nei momenti più duri di questa professione, l’esercizio dell’avvocatura ha senso. Perché accompagnare chi ne ha bisogno è anche una forma di difesa. E perché esserci è di per sé un atto di giustizia, anche quando la decisione finale non è favorevole.

Purtroppo non è un segreto che viviamo in un’epoca in cui i diritti umani vengono continuamente relativizzati, a volte banalizzati con scherno e disprezzo e perfino attaccati apertamente e con brutalità. Ed è proprio in momenti come questi che la figura dell’avvocato impegnato diventa più necessaria che mai. Non come eroe né come salvatore, ma come professionista pienamente consapevole della propria responsabilità all’interno di una società democratica. Lo Stato di diritto non si regge solo sulle leggi scritte. Si regge anche sugli avvocati e sulle avvocate che ogni giorno le rendono effettive nei tribunali, nelle stazioni di polizia e davanti agli uffici della pubblica amministrazione.

Oggi, come sempre e con assoluta convinzione, voglio rivendicare un’avvocatura che sia prima di tutto umana e coraggiosa. Un’avvocatura che non guardi mai dall’altra parte, che non si adagi mai, che comprenda che l’uguaglianza non è uno slogan e che la non discriminazione non è una concessione, ma un diritto inalienabile. Per tutta la mia vita difenderò un’avvocatura consapevole che i diritti umani non sono un privilegio delle élite, non sono un lusso e non sono una moda, ma il terreno minimo comune su cui si costruisce una società dignitosa e veramente democratica.

Essere avvocato significa, in fondo, credere che il diritto possa essere uno strumento di trasformazione capace di fare davvero la differenza nella realtà che ci circonda. È uno strumento imperfetto Sì. È uno strumento limitato Anche questo è vero. Ma nonostante le sue imperfezioni e i suoi limiti, resta uno strumento imprescindibile nella nostra società, dal punto di vista umano e umanistico.

Oggi non mi congratulo solo con me stesso o con le mie colleghe e i miei colleghi di professione. Mi riaffermo anche negli ideali che mi hanno portato a essere ciò che sono e a scegliere il cammino che percorro.

Finché avrò fiato, difenderò sempre la dignità contro l’abuso, l’arbitrarietà, la violenza e l’odio.

Perché solo così la giustizia in cui credo continuerà ad avere senso.

Con la dignità come bandiera.

E l’orgoglio della mia toga.

Se vuoi contattarmi e parlarmi del tuo caso, scrivimi a questo indirizzo email: 
LFSANCHEZ@ICAJAEN.ES

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
La robe de la dignité
(Journée internationale des avocats)

Je suis avocat et le devenir n’a pas été facile. Je viens d’une famille très modeste. J’ai toujours été scolarisé dans l’enseignement public, à l’école primaire, au collège, au lycée et bien sûr à l’université publique, concrètement à l’Université de Jaén (Andalousie – Espagne). Je peux donc dire avec fierté que je suis un « enfant de l’école publique ». C’est précisément pour cela qu’aujourd’hui, à l’occasion de la Journée internationale des avocats, je n’ai pas envie d’écrire dans une solennité vide ni de recourir à des discours grandiloquents. En vérité, je ne l’ai jamais fait. J’ai toujours préféré parler et écrire avec clarté, de l’intérieur, à partir de l’expérience personnelle et de la conviction profonde qu’être avocat n’est pas seulement une profession, mais aussi une manière de voir, de comprendre et d’être au monde.

Je ne suis pas devenu avocat pour accumuler des recueils de jurisprudence, pour m’entourer de codes ou pour réciter des formules latines. Je suis devenu avocat parce que je crois aux droits humains. Depuis mon plus jeune âge, il m’a toujours été plus naturel de me tenir aux côtés de celles et ceux qui sont les plus vulnérables. Pourquoi Parce que moi aussi, j’y ai été. Et pour cette raison même, je crois que toute personne, quelle qu’elle soit et sans aucune exception, mérite d’être traitée avec une dignité et un respect absolus. Car, du moins ainsi que je le comprends, le droit ne sert à rien s’il ne sert pas à protéger celles et ceux qui en ont le plus besoin, celles et ceux dont la voix est réduite au silence et celles et ceux que le système a toujours laissés, laisse encore et continue de laisser aux marges de la société.

Pour moi, être avocat signifie bien souvent être là où personne d’autre ne veut être. Cela signifie assister une personne placée en garde à vue après avoir passé la nuit dans une cellule. Cela signifie tenter de garder son calme dans un tribunal surchargé et en sous effectif chronique. Cela signifie faire vivre un petit cabinet où quelqu’un s’assoit en face de vous et vous raconte sa vie, parfois avec colère, parfois avec l’âme brisée, avec honte, avec peur et avec un regard rempli de tristesse. Cela signifie écouter ce qui fait le plus mal lorsque plus personne ne veut écouter. Cela signifie soutenir le regard de personnes épuisées qui portent un poids immense sur leurs épaules. Et cela signifie dire à la personne qui se tient devant vous qu’elle n’est pas seule, même lorsque tout le monde autour d’elle prétend le contraire.

L’une de mes plus grandes passions est la défense sans concession des droits humains, un domaine dans lequel la profession d’avocat n’est pas neutre. Elle ne peut jamais l’être. Chaque fois que nous défendons un mineur victime de harcèlement ou de cyberharcèlement ou confronté à une sanction cruelle. Chaque fois que nous dénonçons des situations de violence et de discrimination à l’encontre des femmes. Chaque fois que nous combattons un crime de haine visant une personne en raison de la couleur de sa peau, de son pays d’origine, de son orientation sexuelle, de son identité de genre ou pour toute autre raison. Et chaque fois que nous invoquons l’égalité, la présomption d’innocence, le droit à un procès équitable et impartial ou l’intérêt supérieur de l’enfant, nous prenons sans aucun doute position. Nous le faisons en toute conscience. Nous choisissons de nous tenir du côté de la dignité humaine. Une dignité inhérente à toute personne et également inviolable en tout temps.

Mais exercer la profession d’avocat est aussi un acte permanent de résistance. Chaque jour, nous résistons à la déshumanisation du système, à l’urgence permanente, à la tyrannie des délais et à la froide bureaucratie qui transforme les personnes en simples numéros de dossier. Nous résistons aux discours qui désignent, qui excluent, qui déshumanisent et qui méprisent. Nous résistons lorsque défendre les droits humains devient inconfortable et dérangeant pour celles et ceux qui sont au sommet du pouvoir. Et nous résistons encore lorsque le coût professionnel, personnel et émotionnel est parfois beaucoup trop élevé.

Non, nous ne gagnons pas toujours. Et oui, il faut le dire clairement. Il existe des décisions injustes et des jugements qui font profondément mal. Il y a aussi des jours où l’on rentre chez soi avec le sentiment de ne pas avoir été à la hauteur, de ne pas être arrivé à temps et de ne pas avoir pu aider quelqu’un qui en avait besoin. Mais même alors, même dans les défaites les plus amères et dans les moments les plus durs de cette profession, l’exercice de l’avocature a du sens. Parce qu’accompagner celles et ceux qui en ont besoin est aussi une forme de défense. Et parce qu’être là est en soi un acte de justice, même lorsque la décision finale n’est pas favorable.

Malheureusement, ce n’est un secret pour personne que nous vivons une époque où les droits humains sont constamment relativisés, parfois banalisés avec ironie et mépris et même attaqués ouvertement et avec brutalité. Et c’est précisément dans ces moments là que la figure de l’avocat engagé devient plus nécessaire que jamais. Non pas comme un héros ni comme un sauveur, mais comme un professionnel pleinement conscient de sa responsabilité au sein d’une société démocratique. L’État de droit ne repose pas uniquement sur des lois écrites. Il repose aussi sur les avocats et les avocates qui, chaque jour, les font vivre dans les tribunaux, dans les commissariats de police et devant les administrations publiques.

Aujourd’hui, comme toujours et avec une conviction absolue, je veux revendiquer une avocature avant tout humaine et courageuse. Une avocature qui ne détourne jamais le regard, qui ne s’installe jamais dans le confort, qui comprend que l’égalité n’est pas un slogan et que la non discrimination n’est pas une concession, mais un droit inaliénable. Jusqu’à la fin de mes jours, je défendrai une avocature consciente que les droits humains ne sont pas un privilège réservé aux élites, ne sont ni un luxe ni une mode, mais le socle minimal commun sur lequel se construit une société digne et véritablement démocratique.

Être avocat, au fond, c’est croire que le droit peut être un outil de transformation capable de faire une réelle différence dans le monde qui nous entoure. Est il imparfait Oui. Est il limité Cela aussi est vrai. Mais malgré ses imperfections et ses limites, il demeure un outil indispensable dans notre société, d’un point de vue humain et humaniste.

Aujourd’hui, je ne me félicite pas seulement moi même ni mes collègues, mes consœurs et mes confrères. Je réaffirme aussi les idéaux qui m’ont conduit à devenir ce que je suis et à choisir le chemin que je poursuis.

Tant qu’il me restera du souffle, je défendrai toujours la dignité face à l’abus, à l’arbitraire, à la violence et à la haine.

Car c’est seulement ainsi que la justice en laquelle je crois continuera d’avoir un sens.

Avec la dignité pour bannière.

Et la fierté de ma robe.

Si vous souhaitez me contacter et me parler de votre situation, écrivez-moi à cette adresse e-mail : 
LFSANCHEZ@ICAJAEN.ES

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
A toga da dignidade

(Dia Internacional da Advogados)

Sou advogado e tornar me advogado não foi fácil. Venho de uma família muito humilde. Estudei sempre na escola pública, no ensino básico público, no ensino secundário público e, naturalmente, na universidade pública, concretamente na Universidade de Jaén (Andaluzia – Espanha). Por isso posso dizer com orgulho que sou um «filho da educação pública». É precisamente por isso que hoje, no Dia Internacional da Advogados, não me apetece escrever a partir de uma solenidade vazia nem de discursos grandiosos. Na verdade, nunca o fiz. Sempre preferi falar e escrever de forma clara, a partir de dentro, da experiência pessoal e da convicção profunda de que ser advogado não é apenas uma profissão, é também uma forma de ver, de compreender e de estar no mundo.

Não me tornei advogado para acumular livros de jurisprudência, para me rodear de códigos ou para repetir fórmulas em latim. Tornei me advogado porque acredito nos direitos humanos. Desde muito cedo, sempre me foi mais fácil colocar me ao lado de quem é mais vulnerável. Porquê Porque eu próprio estive aí. E por essa mesma razão acredito que toda a pessoa, seja quem for e sem exceção, merece ser tratada com absoluta dignidade e respeito. Porque, pelo menos assim o entendo, o direito não serve para nada se não servir para proteger quem mais precisa, quem vê a sua voz silenciada e quem o sistema sempre deixou, ainda deixa e continua a deixar à margem da sociedade.

Para mim, ser advogado é muitas vezes estar onde mais ninguém quer estar. É assistir uma pessoa detida que passou a noite numa cela. É tentar manter a calma num tribunal sobrecarregado e com uma falta crónica de meios humanos. É manter um pequeno escritório onde alguém se senta à minha frente e me conta a sua vida, por vezes com raiva, outras vezes com a alma partida, com vergonha, com medo e com um olhar cheio de tristeza. É ouvir aquilo que mais dói quando mais ninguém quer ouvir. É sustentar o olhar de pessoas cansadas que carregam um peso enorme sobre os ombros. E é dizer à pessoa que tenho à minha frente que não está sozinha, mesmo quando todo o mundo à sua volta insiste em dizer o contrário.

Uma das minhas grandes paixões é a defesa intransigente dos direitos humanos, um domínio em que a advocacia não é neutra. Nunca o pode ser. Cada vez que defendemos um menor vítima de bullying ou de ciberbullying ou sujeito a um castigo cruel. Cada vez que denunciamos situações de violência e discriminação contra as mulheres. Cada vez que combatemos um crime de ódio contra uma pessoa por causa da cor da pele, do país de origem, da orientação sexual, da identidade de género ou por qualquer outro motivo. E cada vez que invocamos a igualdade, a presunção de inocência, o direito a um julgamento justo e imparcial ou o superior interesse da criança, estamos sem dúvida a tomar posição. Fazemo lo de forma consciente. Escolhemos estar do lado da dignidade humana. Uma dignidade que é inerente a todas as pessoas e igualmente inviolável em todos os momentos.

Mas exercer a advocacia é também um ato constante de resistência. Todos os dias resistimos à desumanização do sistema, à pressa, à tirania dos prazos e à burocracia fria que transforma as pessoas em simples números de processo. Resistimos aos discursos que apontam o dedo, que excluem, que desumanizam e que desprezam. Resistimos quando defender os direitos humanos se torna incómodo e perturbador para quem está no topo do poder. E resistimos mesmo quando o custo profissional, pessoal e emocional é por vezes demasiado elevado.

Não, não ganhamos sempre. E sim, é preciso dizê lo sem rodeios. Existem decisões injustas e sentenças que magoam profundamente. Há também dias em que se chega a casa com a sensação de não ter sido suficiente, de não ter chegado a tempo e de não ter conseguido ajudar quem precisava. Mas mesmo assim, mesmo nas derrotas mais amargas e nos momentos mais duros da profissão, o exercício da advocacia faz sentido. Porque acompanhar quem precisa também é uma forma de defender. E porque estar presente é, por si só, um ato de justiça, mesmo quando a decisão final não é favorável.

Infelizmente, não é segredo para ninguém que vivemos um momento histórico em que os direitos humanos são constantemente relativizados, por vezes banalizados com escárnio e desprezo e até atacados de forma aberta e brutal. Mas é precisamente nestes momentos que a figura do advogado comprometido se torna mais necessária do que nunca. Não como herói nem como salvador, mas como um profissional plenamente consciente da sua responsabilidade numa sociedade democrática. O Estado de direito não se sustenta apenas em leis escritas. Sustenta se também nos advogados e nas advogadas que, todos os dias, as fazem valer nos tribunais, nas esquadras de polícia e junto das administrações públicas.

Hoje, como sempre e com absoluta convicção, quero reivindicar uma advocacia que seja, antes de tudo, humana e corajosa. Uma advocacia que nunca vire o rosto, que nunca se acomode, que compreenda que a igualdade não é um slogan e que a não discriminação não é uma concessão, mas um direito inalienável. Até ao fim dos meus dias, defenderei uma advocacia consciente de que os direitos humanos não são um privilégio das elites, não são um luxo nem uma moda, mas o chão mínimo comum sobre o qual se constrói uma sociedade digna e verdadeiramente democrática.

Ser advogado é, no fundo, acreditar que o direito pode ser uma ferramenta de transformação capaz de fazer a diferença no mundo que nos rodeia. É uma ferramenta imperfeita Sim. É uma ferramenta limitada Isso também é verdade. Mas apesar das suas imperfeições e limitações, continua a ser uma ferramenta indispensável na nossa sociedade, do ponto de vista humano e humanista.

Hoje não me felicito apenas a mim próprio nem aos meus colegas, às minhas colegas e aos meus colegas de profissão. Reafirmo também os ideais que me levaram a ser quem sou e a escolher o caminho que sigo.

Enquanto me restar fôlego, defenderei sempre a dignidade contra o abuso, a arbitrariedade, a violência e o ódio.

Porque só assim a justiça em que acredito continuará a fazer sentido.

Com a dignidade por bandeira.

E o orgulho da minha toga.

Se queres contactar-me e falar-me do teu caso, escreve-me para este endereço de email:
LFSANCHEZ@ICAJAEN.ES

Papeles no para existir, sino para ejercer derechos

En los últimos días se está hablando mucho de una cifra que impresiona. Más de 500.000 personas migrantes podrían regularizar su situación en España. Medio millón de vidas que hasta ahora han vivido en la sombra, trabajando, cuidando, limpiando, recogiendo fruta, levantando edificios o sosteniendo hogares ajenos mientras el suyo propio se sostenía con miedo e incertidumbre. Y alrededor de esta decisión se han generado multitud de rumores, bulos, discursos alarmistas y también esperanzas muy profundas entre quienes hace años que sobreviven con angustia. Por eso merece la pena parar, respirar, reflexionar y contar qué está pasando de verdad, con palabras sencillas y desde una perspectiva humana y humanística.

No estamos hablando de una puerta abierta de par en par ni de aviones llenos de gente llegando sin control. No, ese es el argumento fácil de siempre que viene por parte de aquellas personas que no quieren perder sus privilegios, incluido el privilegio de explotar a quienes son más débiles y vulnerables. Estamos hablando de personas que ya están aquí, de personas que llevan meses o años viviendo en nuestros barrios, subiendo a los mismos autobuses, esperando en los mismos ambulatorios, llevando a sus hijos a los mismos colegios o soñando con poder hacerlo algún día. Son personas cuya existencia ha sido ignorada deliberadamente por las instituciones durante demasiado tiempo.

Aunque haya quien pueda pensarlo, desde el punto de vista humano, humanista y humanitario, la regularización extraordinaria que plantea el Gobierno no es un capricho ni una ocurrencia improvisada. Llega después de años de bloqueo administrativo, de leyes que no se adaptan a la realidad y de una enorme presión social impulsada por organizaciones, colectivos y ciudadanos que han dicho “¡basta!”. Basta de mirar hacia otro lado, basta de beneficiarse del trabajo de personas sin derechos y basta de sostener una economía sumergida basada en el miedo.

Porque nos encontramos ante una de esas verdades incómodas que pocas veces se dicen alto y claro. España funciona, en parte, gracias a las personas sin papeles que son explotadas por gente sin escrúpulos. Sucede en el campo, en la hostelería, en los cuidados hacia las personas mayores y en la limpieza de nuestros hogares. Hablamos de personas que trabajan jornadas interminables por sueldos indignos porque no tienen otra alternativa. Personas que no denuncian abusos porque temen que cualquier conflicto pueda acabar en una orden de expulsión. Personas que tienen miedo de enfermar y dudan mil veces antes de ir al médico por temor a ser señaladas y miradas con desprecio. Todo esto no es un problema migratorio, sino una clara injusticia de carácter estructural.

Pero las personas migrantes no son una excepción al concepto de humanidad ni a la titularidad de derechos. Y por el mero hecho de ser personas tienen derechos. Y esos derechos se llaman derechos humanos. Todo lo demás no se negocia. Pero en el fondo, lo que molesta a algunas personas no es que vengan, sino que reclamen sus derechos. Hay a quienes les molesta que las personas migrantes tengan derechos cuando vienen. Porque, en tal caso, ya no pueden exprimirlas como mano de obra barata ni tampoco someterlas en condiciones de esclavitud. Tampoco se pueden permitir el lujo de pagarles una miseria, han de pagarles, como poco, el salario mínimo, ni obligarles a trabajar 12, 14 o hasta 16 horas al día. No pueden dejar de pagarles las horas extra, ni pueden impedir que coticen a la seguridad social. Todo eso les molesta y mucho a quienes se benefician del miedo, de la precariedad y de la presión constante que sufren las personas migrantes. Por tanto, no les molesta que vengan. Les molesta que existan como parte de la ciudadanía con pleno derecho, que tengan los mismos derechos y que sean personas cuya dignidad inviolable sea respetada. Porque ya no pueden tratarlas a su antojo, ya no pueden menospreciarlas, ya no pueden mirarlas por encima del hombro, sino que han de tratarlas de “tú a tú” o, mejor dicho, de “usted a usted”. 

La medida que se ha aprobado no es algo que dé derechos de manera automática ni genere vuelos especiales llenos de personas ni suponga la apertura indiscriminada de fronteras. Esta medida está pensada para quienes ya viven en España. Es decir, esta medida tiene como finalidad dar cobertura a quienes ya llevan tiempo aquí, cumpliendo todos los requisitos legales: haber residido al menos cinco meses antes del 31 de diciembre de 2025, no tener antecedentes penales graves y, en el caso de los de menor gravedad, y estar acompañados por la familia. Todo este procedimiento podrá realizarse incluso por vía telemática entre abril y finales de junio de 2026. Por tanto, las reglas son claras, porque están pensadas para dar un paso ordenado hacia la integración y evitar las mismas injusticias que llevan años cometiéndose. Así que, no, no es solo un papel que da permiso para trabajar. Regularizar significa poder ejercer derechos básicos como cotizar, pagar impuestos, alquilar una vivienda sin miedo, empadronar a los hijos, tener acceso a la sanidad y a los servicios sociales. Significa también poder vivir con cierta seguridad y dignidad. Es un reconocimiento tardío de una realidad que ya existía y que manda un mensaje claro: “tú también importas, porque eres parte de esta sociedad”. Esa es la verdad de todo esto. No es un regalo, ni una artimaña del gobierno. No puede considerarse un regalo algo que nunca debería haberse negado. Esto no se trata más que de justicia.

Pero también hay que mirar hacia Europa. Es digno de reconocer que España haya dado este paso y que se regularice a medio millón de personas que, dicho sea de paso, también sería deseable que pudieran tener derecho a voto. Pero no podemos olvidar que Europa nunca ha sido un ejemplo a seguir en materia migratoria. Cuando pensamos en Europa, hay que hablar de Frontex, de los CIEs, de las devoluciones en caliente, de los centros de internamiento forzoso en otros países fuera de la UE o del pacto de asilo y migración que cede el control de fronteras a terceros países y que convierte las llegadas de personas en conflictos diplomáticos antes que en cuestiones de derechos humanos básicos. Así que por mucho que regularice ahora, España también forma parte de ese sistema. ¿Por qué? Porque los CIEs siguen abiertos, porque la ley de extranjería sigue siendo “racista” o, como poco, excluyente, y porque las redadas o controles “aleatorios”, pero siempre hacia un mismo perfil racial, todavía siguen muy presentes en muchas ciudades.

Sí, está muy bien haber regularizado a medio millón de migrantes. Sin duda, se trata de un paso gigantesco y necesario para los cientos de miles de personas migrantes que viven en España. Pero la lucha no termina aquí, no es suficiente solo con eso. Regularizar es solo un primer paso de muchos que aún quedan por dar. La ultraderecha y quienes reproducen sus relatos siempre intentarán poner a las personas migrantes en la diana, para sembrar el miedo y justificar sistemáticamente recortes de derechos. ¿Y cómo se les pone freno? Muy sencillo. A la ultraderecha se la combate con firmeza y con el reconocimiento de más derechos, con más dignidad, con más justicia y con políticas públicas que no solo regularicen sino que transformen el sistema desde dentro. Por eso, hay que derogar la ley de extranjería tal y como existe, porque mantiene estructuras racistas y discriminatorias. Igualmente, hay que cerrar los CIEs y acabar con las redadas por perfil racial que son cualquier cosa menos “aleatorias”. Hay que garantizar que las personas migrantes puedan organizarse, vivir sin miedo, acceder a un empleo digno y formar parte de la sociedad en la viven bajo igualdad de condiciones. Ahora, España puede y debe seguir dando ejemplo de justicia y humanidad, no solo la regularización del medio millón de personas que se ha anunciado, sino con todas aquellas que viven aquí y aún esperan ser reconocidas como integrantes de la sociedad y con todos los derechos inherentes que eso conlleva. 

Por supuesto, siempre habrá quien diga que esto pone en peligro el funcionamiento de los servicios públicos o que altera la política migratoria europea. Pero la realidad es que regularizar no genera ningún caos, sino que genera estabilidad. Una estabilidad para las personas, para las familias, para la economía y para la mejora de la convivencia social. Sacar de la clandestinidad a cientos de miles de personas que malviven en la economía sumergida y darles toda la cobertura legal también fortalece el sistema de la seguridad social, la buena marcha de la economía y permite que todos contribuyamos con nuestros impuestos de manera justa.

Aun con todo, regularizar a medio millón de personas no es suficiente. Hay que seguir avanzando y luchar en todos los espacios para exigir justicia, derechos y, sobre todo, humanidad. Por las personas migrantes y por toda la sociedad. La razón es simple: porque todos somos seres humanos nacidos libres e iguales en dignidad y derechos. Porque mirar de frente y reconocer a quien tenemos delante como nuestro igual no es únicamente un acto de justicia, sino también un acto de enorme valentía. Y es que no hay mayor revolución que aquella que devuelve la condición de persona a quien nunca se debió privar de tal condición. 

Al final, cuando los papeles llegan, no llega solo un permiso, también llega la posibilidad de poder vivir, por fin, sin tener miedo y pudiendo decir “yo existo y mis derechos importan”. Así que, cuando los papeles llegan, se reconoce, por fin, el ejercicio de todos los derechos sociales inherentes.

Porque toda persona debe tener la oportunidad de ser parte plena de la sociedad en la que ya vive y trabaja. 

Eso, en cualquier idioma, se llama dignidad.

Una dignidad que es inviolable.

Totalmente inviolable.