Juntas frente al odio

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El pasado de 12 de febrero de 2026 el Parlamento Europeo aprobó una resolución en la que reconoce expresamente que las mujeres trans son mujeres y que deben estar incluidas en todas las políticas de igualdad de género de la Unión Europea. La votación fue clara: 340 votos a favor, 141 en contra y 68 abstenciones. No es un rumor, no es un tuit exagerado y tampoco se trata de propaganda. Es un posicionamiento político real necesario para visibilizar a las mujeres trans en la Unión Europea. 

Ahora bien, también hay que explicar las cosas claras y con honestidad. Esa resolución no cambia automáticamente las leyes de los Estados miembros. Tampoco obliga de forma directa a modificar códigos penales ni reglamentos administrativos. No se trata de una ley vinculante, pero la resolución no deja de ser relevante. ¿Por qué? Porque es un claro mensaje institucional muy potente que marca una dirección clara. Y es que el Parlamento ha dicho alto y claro que la igualdad no puede construirse dejando fuera a las mujeres trans. Y eso, en el momento político que vivimos, importa mucho.

No nos engañemos, hay una ofensiva muy clara en distintos países europeos para intentar expulsar a las personas trans del marco de derechos. Se intenta presentar la inclusión como si fuera una amenaza basada en bulos que señalan y criminalizan a las mujeres trans. Se repite una y otra vez que reconocer a las mujeres trans supone borrar a las mujeres cis. Y cuando algo se repite las suficientes veces, aunque sea falso, empieza a calar. Es lo de siempre: di una mentira mil veces y, poco a poco, todo el mundo pensará que es verdad. Pero una mentira, por mucho que se vista de verdad, sigue siendo una mentira.

Así que, vamos a hablar claro. ¿En qué momento ampliar derechos ha borrado a alguien? ¿En qué momento reconocer la dignidad de más personas ha hecho que otras pierdan la suya? La respuesta es tan breve como clara. NUNCA. 

Las mujeres cis no desaparecen ni se borran porque las mujeres trans sean reconocidas. Las mujeres cis no pierden la protección que otorga la ley frente a la violencia y la discriminación porque el paraguas legal se abra para cubrir a más mujeres. Lo que sí pasa es que cuando se divide, cuando se enfrenta a unas contra otras, quien gana es el machismo de siempre. Un machismo que, además, se entremezcla con un neofascismo cada vez más presente en las instituciones, en el discurso político y en las calles. 

El problema real no es que existan mujeres trans, porque, por supuesto, la existencia de un ser humano nunca puede suponer problema alguno. El problema real que existe y se resiste a desaparecer es el machismo. Y ese machismo no hace diferencia alguna entre mujeres cis y mujeres trans cuando ejerce la violencia o la discriminación. ¿Por qué? Porque el machismo siempre castiga todo lo que percibe como femenino o como una amenaza al orden tradicional que solo quienes lo promueven pueden imponer. 

Una mujer cis sabe lo que es que la interrumpan en una reunión. Sabe muy bien lo que es que su currículum valga menos que el de un hombre y lo que es sentir miedo al volver sola a casa. Sabe muy bien lo que es que le pregunten si piensa tener hijos antes de contratarla y que pongan en duda su palabra cuando denuncia una agresión.

Una mujer trans también sabe muy bien lo que es todo eso. Pero, además, sabe lo que es que cuestionen su identidad. Sabe lo que es que la miren con desprecio en una entrevista de trabajo o que le nieguen atención sanitaria adecuada. Y lo peor, sabe lo que es sufrir una violencia de manera mucho más frecuente, mucho más brutal y profundamente deshumanizante.

Las estadísticas son claras al respecto. A nivel internacional, los datos disponibles muestran que las personas trans, y especialmente las mujeres trans, están entre los colectivos que más sufren violencia. Hablamos de agresiones físicas, asesinatos, exclusión laboral, acoso en entornos educativos y sanitarios, e incluso expulsión de su propio hogar a edades muy tempranas. En muchos países y contextos, las mujeres trans sufren violencia de manera más frecuente, más intensa y más deshumanizante que las mujeres cis. No obstante, esto no significa que las mujeres cis estén exentas de violencia o discriminación; ambas viven bajo el mismo sistema machista, aunque algunas mujeres trans deban enfrentar capas adicionales de riesgo por su identidad de género. Todo esto es real y está documentado. Lo he visto en todas aquellas personas trans, particularmente mujeres, a las que he conocido y atendido como activista y abogado. Reconocer esta diferencia no busca competir en sufrimiento, sino visibilizar realidades que requieren atención específica. Nada es capaz de eliminar ese dolor, un dolor que las persigue, a veces, tanto como la violencia que se ceba con ellas.

Pero que las mujeres trans sufran una violencia más intensa no significa que las mujeres cis la sufran menos. Esto no es ninguna competición de dolor. No se trata de una liga para ver quién lo pasa peor. Estamos ante el mismo sistema que ataca de manera cruel desde distintos frentes. ¿Por qué? Porque la raíz es exactamente la misma. 

No olvidemos que vivimos en un modelo social que coloca lo masculino como norma y que vigila, controla o castiga todo lo que se salga de ahí. Cuando una mujer cis es agredida porque rechaza el control de su pareja o ex-pareja, el mensaje es que no puede decidir sobre su propia vida. Y cuando una mujer trans es agredida por existir tal y como es, el mensaje es muy parecido: “No tienes derecho a ser quien eres, eso lo decido yo”. 

No podemos dejar de hablar de la enorme inseguridad jurídica que aún existe. Habrá, como siempre, quien niegue esa inseguridad. Pero, guste o no, la mujeres siguen encontrando enormes dificultades cuando denuncian actos de violencia. Vivimos en un sistema con procedimientos extremadamente lentos, con dudas constantes sobre su credibilidad del testimonio de la mujer y con sentencias que no siempre están a la altura. Es más, en no pocas veces nos llevamos las manos a la cabeza cuando vemos en las noticias una noticia de un asesinato hacia una mujer y se indica que, en su momento, “el juzgado no apreció indicadores de riesgo”. Todo eso sucede mientras celebramos minutos de silencio. Todo eso afecta a las mujeres cis y también a las mujeres trans que viven situaciones de violencia en el ámbito de la pareja. 

La inseguridad jurídica afecta a todas las mujeres, pero las mujeres trans enfrentan capas adicionales de discriminación legal. Trámites que cuestionan su identidad, interpretaciones restrictivas de normas por parte de jueces o funcionarios, y la falta de sensibilidad institucional hacen que el acceso a la justicia sea aún más difícil. Además, en muchos casos los funcionarios omiten aplicar la ley por desconocimiento o, peor aún, de forma deliberada, lo que añade otra capa de vulnerabilidad para las mujeres trans. Esto no disminuye las dificultades que enfrentan las mujeres cis, sino que muestra cómo la misma estructura machista puede castigar de formas distintas, acumulando barreras adicionales para quienes desafían las normas de género tradicionales. Así, la inseguridad jurídica no es algo que afecte de manera exclusiva, sino que refleja un sistema que históricamente ha fallado en proteger a todas las mujeres, sean cis o trans.

Es verdad, la resolución del Parlamento Europeo no lo resuelve todo, pero sí rompe un relato. Rompe con la idea de que el feminismo tiene que ser excluyente, cuando no lo es. Y también rompe el intento de expulsar a las mujeres trans del sistema de protección pública. Porque la igualdad no puede construirse dejando fuera a nadie. 

Ahora bien, la aprobación de esta resolución también deja en evidencia otra cosa. Los 141 votos en contra muestran que hay una corriente reaccionaria fuerte. ¿Esto qué quiere decir? Que hay partidos y sectores que quieren cercenar derechos para volver a una visión rígida y excluyente del género. No es un debate teórico, sino una batalla política real. Porque los derechos humanos y fundamentales nunca ponerse en cuestión cuando lo que está en juego es la dignidad de las personas. Pero sí hay que luchar continuamente para evitar cualquier retroceso en derechos y libertades. Por eso es tan importante insistir en que nunca se puede caer en la trampa de la confrontación. Porque mientras discutimos si una mujer trans es suficientemente mujer, damos carta de naturaleza a un debate que no debería existir. Y, además, ya hablemos de mujeres trans o de mujeres cis, la brecha salarial sigue ahí, las agresiones machistas siguen ahí, los ataques a la libertad sexual siguen ahí y los asesinatos machistas siguen ahí. Por tanto, la precariedad sigue teniendo rostro de mujer sin importar si es una mujer cis o una mujer trans. 

Hay que decirlo alto y claro. Reconocer a las mujeres trans no borra a las mujeres cis, porque incluirlas en las políticas de igualdad fortalece el feminismo y amplía la lucha por la igualdad real. También amplía el concepto de mujer para hacerlo más justo, más real y más acorde a la diversidad humana. La categoría mujer nunca ha sido uniforme; en ella conviven historias atravesadas por la clase social, el origen, la discapacidad o la orientación sexual. Nunca a lo largo de la historia la diversidad ha debilitado la lucha feminista. De hecho, la ha convertido en una lucha más consciente y mucho más fuerte. Este principio se refleja en medidas concretas, como la resolución del Parlamento Europeo que reconoce explícitamente a las mujeres trans como mujeres y que reclama su inclusión en todas las políticas feministas. La igualdad no se construye dejando a nadie fuera sino que se amplía y se hace más sólida cuando se reconoce la diversidad de experiencias de todas las mujeres.

Lo que de verdad debilita la igualdad y el feminismo es el miedo, el discurso que señala a otra mujer como una amenaza en vez de mirar al sistema que produce la existencia de esa desigualdad. Los derechos no pueden negociarse en función de quién grita más fuerte. Es más, de hecho, ningún derecho puede negociarse, porque los derechos existen en tanto en cuanto están unidos de manera indivisible a la dignidad humana, que es la fuente de todos y cada uno de los derechos. Lo que sí hay que hacer es luchar sin descanso para eliminar todas las barreras que imposibilitan el libre ejercicio de todos esos derechos, tanto humanos como fundamentales, que nacen de esa dignidad inherente en toda persona. Una dignidad no entiende de exclusiones arbitrarias y negar esa misma dignidad es, por tanto, negar la humanidad y los derechos que corresponden a toda persona. 

No se borra a nadie cuando avanzamos de forma decidida y con determinación. Se borra a las personas cuando se cae en la trampa del enfrentamiento y nos debilitan como sociedad democrática y plural cuando aceptamos que la igualdad sea únicamente para unas mujeres y no para todas las mujeres. 

Al final, la verdad de todo esto es mucho más sencilla de lo que algunos quieren hacer creer. Las mujeres trans son mujeres. Las mujeres cis son mujeres. Y, desgraciadamente, todas las mujeres, tanto cis como trans, viven bajo la misma estructura machista, aunque algunas sufran sus golpes con mayor crudeza.

Si algo demuestra este paso del Parlamento Europeo es que la igualdad no retrocede cuando se amplía. Todo lo contrario, se fortalece cada vez más. 

Cuando una mujer consigue más derechos, no ocupa el lugar de otra. Lo que hace es ensanchar el camino para todas.

Porque la igualdad de verdad solo existe cuando nadie se queda fuera.

Es de todas las mujeres y para todas las mujeres.

Para todas, sin excepciones. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Together Against Hate

On 12 February 2026, the European Parliament adopted a resolution explicitly recognising that trans women are women and that they must be included in all gender equality policies across the European Union. The vote was decisive: 340 in favour, 141 against, and 68 abstentions. This is not a rumour, not an exaggerated tweet, and not propaganda. It is a real political stance, necessary to make trans women visible within the European Union.

That said, it is also important to be clear and honest. This resolution does not automatically change the laws of member states. It does not directly compel amendments to criminal codes or administrative regulations. It is not a binding law, but the resolution remains significant. Why? Because it sends a powerful institutional message and sets a clear direction. The Parliament has stated loud and clear that equality cannot be built by leaving trans women out. And in the political climate we live in, that matters a great deal.

Let us not be fooled. There is a very clear offensive in several European countries aimed at attempting to exclude trans people from the rights framework. Inclusion is being presented as a threat, based on falsehoods that target and criminalise trans women. It is repeated over and over that recognising trans women erases cis women. And when something is repeated enough times, even if it is false, it begins to take hold. It is the same old story: tell a lie a thousand times and, little by little, everyone will believe it. But a lie, no matter how much it is dressed up as truth, remains a lie.

So let us speak plainly. When has expanding rights ever erased someone? When has recognising the dignity of more people caused others to lose theirs? The answer is brief and clear: never.

Cis women do not disappear or lose their place because trans women are recognised. Cis women do not lose legal protection against violence and discrimination when the legal umbrella is extended to cover more women. What does happen is that when we are divided, when women are set against each other, it is the same old patriarchy that wins. A patriarchy that increasingly intertwines with a neo-fascism present in institutions, political discourse, and public spaces.

The real problem is not the existence of trans women, because, of course, the existence of a human being is never a problem. The real problem that persists is patriarchy. And this patriarchy makes no distinction between cis women and trans women when it exercises violence or discrimination. Why? Because patriarchy always punishes anything it perceives as feminine or as a threat to the traditional order that only its promoters can enforce.

A cis woman knows what it is to be interrupted in a meeting. She knows very well what it is for her CV to count less than a man’s and what it is to feel fear when returning home alone. She knows what it is to be asked if she plans to have children before being hired and to have her word questioned when reporting an assault.

A trans woman knows all of this too. But she also knows what it is to have her identity questioned. She knows what it is to be treated with contempt in a job interview or to be denied proper healthcare. And worst of all, she knows what it is to suffer violence far more frequently, far more brutally, and in ways that are deeply dehumanising.

The statistics are clear. Internationally, available data shows that trans people, and particularly trans women, are among the groups most subjected to violence. We are talking about physical assaults, murders, workplace exclusion, harassment in educational and healthcare settings, and even being expelled from their own homes at very young ages. In many countries and contexts, trans women experience violence more frequently, more intensely, and more dehumanising than cis women. This does not mean that cis women are free from violence or discrimination; both live under the same patriarchal system, although some trans women face additional layers of risk due to their gender identity. All of this is real and documented. I have witnessed it in every trans person, particularly women, I have known and assisted as an activist and lawyer. Recognising this difference does not compete in suffering, but highlights realities that require specific attention. Nothing can erase that pain, a pain that sometimes follows them as relentlessly as the violence itself.

However, the fact that trans women experience more intense violence does not mean cis women experience it less. This is not a competition of pain. It is not a league to see who suffers most. We are facing the same system that attacks cruelly from different fronts. Why? Because the root is exactly the same.

Let us not forget that we live in a social model that places masculinity as the norm and monitors, controls, or punishes anything that deviates from it. When a cis woman is attacked for rejecting the control of a partner or former partner, the message is that she cannot decide over her own life. And when a trans woman is attacked for existing as she is, the message is very similar: “You do not have the right to be who you are, I decide that.”

We cannot ignore the enormous legal insecurity that still exists. There will always be those who deny it. But, like it or not, women continue to face enormous difficulties when reporting acts of violence. We live in a system with extremely slow procedures, with constant doubts about the credibility of women’s testimonies, and with judgments that do not always meet the mark. More than once, we have been shocked to see news reports of a woman’s murder stating that at the time “the court did not perceive risk indicators.” All of this happens while we observe moments of silence. All of this affects cis women as well as trans women living violence in intimate relationships.

Legal insecurity affects all women, but trans women face additional layers of legal discrimination. Administrative procedures that question their identity, restrictive interpretations of laws by judges or officials, and lack of institutional sensitivity make access to justice even more difficult. In many cases, officials fail to apply the law either out of ignorance or, worse, deliberately, adding another layer of vulnerability for trans women. This does not diminish the difficulties faced by cis women, but it shows how the same patriarchal structure can punish in different ways, accumulating additional barriers for those who challenge traditional gender norms. Legal insecurity therefore is not exclusive but reflects a system that has historically failed to protect all women, whether cis or trans.

It is true, the European Parliament’s resolution does not solve everything, but it does break a narrative. It breaks the idea that feminism must be exclusionary when it is not. It also interrupts attempts to exclude trans women from public protection systems. Because equality cannot be built by leaving anyone out.

Yet the adoption of this resolution also exposes something else. The 141 votes against show that there is a strong reactionary current. What does this mean? That there are parties and sectors that want to curtail rights to return to a rigid and exclusionary vision of gender. This is not a theoretical debate, but a real political battle. Human and fundamental rights can never be questioned when human dignity is at stake. But it is necessary to fight continuously to prevent any regression in rights and freedoms. That is why it is so important to insist that we must never fall into the trap of confrontation. While debating whether a trans woman is sufficiently a woman, we legitimise a debate that should not exist. Meanwhile, whether we speak of trans women or cis women, the gender pay gap remains, sexist assaults persist, attacks on sexual freedom continue, and femicides still occur. Precarity continues to have a woman’s face, regardless of whether she is cis or trans.

It must be stated loudly and clearly. Recognising trans women does not erase cis women, because including them in equality policies strengthens feminism and expands the struggle for real equality. It also broadens the concept of woman to make it fairer, more real, and more in line with human diversity. The category woman has never been uniform; it encompasses stories shaped by social class, origin, disability, or sexual orientation. Diversity has never weakened the feminist struggle. On the contrary, it has made it more conscious and far stronger. This principle is reflected in concrete measures, such as the European Parliament resolution explicitly recognising trans women as women and calling for their inclusion in all feminist policies. Equality is built not by leaving anyone out, but by expanding and solidifying it through recognition of the diverse experiences of all women.

What truly weakens equality and feminism is fear, the discourse that singles out another woman as a threat instead of addressing the system that produces inequality. Rights cannot be negotiated based on who shouts loudest. In fact, no right can be negotiated, because rights exist as long as they are indivisibly linked to human dignity, which is the source of every right. What must be done is to fight tirelessly to remove all barriers that prevent the free exercise of these rights, both human and fundamental, which arise from the inherent dignity in every person. Dignity does not allow for arbitrary exclusions, and denying it is, therefore, denying humanity and the rights owed to all.

No one is erased when we move forward decisively. People are erased when we fall into the trap of confrontation and are weakened as a democratic and plural society when we accept that equality is only for some women, not all women.

In the end, the truth is far simpler than some would have you believe. Trans women are women. Cis women are women. And, unfortunately, all women, cis and trans, live under the same patriarchal structure, although some experience its blows more harshly.

If this step by the European Parliament demonstrates anything, it is that equality does not retreat when expanded. On the contrary, it grows ever stronger.

When one woman gains more rights, she does not take the place of another. What she does is widen the path for everyone.

True equality exists only when no one is left behind.

It belongs to all women and is for all women.

For all women, without exception.

Francisco Tomás y Valiente

In Memoriam

Hace exactamente 30 años, un 14 de febrero de 1996, España vivió uno de esos momentos que quedan grabados para siempre en la memoria colectiva. Ese día, Francisco Tomás y Valiente, un jurista, historiador, profesor y ex presidente del Tribunal Constitucional, fue asesinado en su despacho de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid por la banda terrorista ETA. Le dispararon a bocajarro mientras hablaba por teléfono con un colega y aquel suceso conmocionó al país entero.

Tenía 63 años, una trayectoria académica y cívica brillante y un compromiso profundo con los valores democráticos, el diálogo, el derecho y la convivencia. Fue presidente del Tribunal Constitucional entre 1986 y 1992 y profesor en la UAM, donde formó a generaciones de estudiantes, entre ellos a quien hoy es Rey de España, Felipe VI, que ha recordado con emoción y respeto la figura de su maestro. 

La mañana de aquel día, la violencia terrorista acabó con la vida de un hombre que representaba lo opuesto a la barbarie. Representaba la razón, la palabra y el respeto a la ley. Fueron tres disparos en su despacho, un lugar que ahora, treinta años después, se reproduce en una exposición homenaje para recordar no solo la tragedia, sino también la enorme huella humana e intelectual que dejó. 

Lo que siguió fue una reacción sin precedentes. El dolor y la indignación se transformaron en una respuesta masiva de rechazo al terrorismo. No fue solo la sociedad civil, fueron miles de voces en toda España que dijeron “¡Basta ya!” a la violencia y al miedo, simbolizado en el movimiento de las manos blancas, donde estudiantes y ciudadanos alzaron sus manos pintadas de blanco como un gesto de esperanza y dignidad colectiva. 

Este 30 aniversario no es una excusa para revivir el dolor, sino para rendir homenaje a la vida de alguien que fue mucho más que una víctima del terrorismo. Fue un maestro, un intelectual riguroso y una persona entregada a la convivencia y al sentido profundo del Estado de Derecho. Hoy, su legado sigue vivo en los tribunales, en las aulas, en las conversaciones que tenemos sobre justicia, democracia y derechos humanos. 

Las instituciones también se han sumado a este recuerdo. El Tribunal Constitucional ha dedicado actos a su memoria, destacando su contribución al fortalecimiento de la institución y su compromiso con la igualdad, la libertad y los derechos fundamentales que reconoce nuestra Constitución.

Y en estos actos conmemorativos, cuando escuchamos discursos como el del Rey Felipe VI recordando que “la memoria no es revancha, sino un deber cívico”, se nos recuerda que no deberíamos dar por supuesta la convivencia democrática. Vivir en libertad exige recordar, reflexionar y comprometerse con los valores que personas como Francisco Tomás y Valiente defendieron con pasión y generosidad. 

Hoy, 30 años después, su figura sigue siendo un faro que ilumina el camino hacia una sociedad más justa, abierta y respetuosa. Más allá de las fechas, más allá de las estadísticas, su figura recuerda que cada vida arrebatada por la violencia deja un vacío que, como sociedad, tenemos la responsabilidad de llenar con sentido y con compromiso.

Porque no se trata solo de recordar lo que pasó, sino de construir juntos lo que no debe volver a suceder jamás.

Nunca jamás.

Francisco Tomás y Valiente (1932 – 1996)

Prime time: cuando el odio se normaliza

Los tiempos han cambiado. Lo han hecho para todo, también para el fascismo, que se ha adaptado a los nuevos tiempos. Se ha mimetizado hasta parecer casi inofensivo, residual e inocente. Pero, no, eso lo hace más peligroso aún por la forma en la que ha entrado nuevamente en nuestras vidas.

El fascismo ya no entra dando un portazo. Ya no necesita botas ni tampoco uniformes. Hoy se cuela sin hacer ruido, se acomoda en el sofá y te habla desde la pantalla. A veces lo hace disfrazado de entretenimiento. A veces de programas de debate y otras veces de misterio. Casi siempre lo hace bajo la apariencia de algo inofensivo, porque cuando el fascismo entra en tu casa, casi nunca parece fascismo. Entra con una cara amable que hace que le dejes pasar sin preguntarte qué consecuencias puede acarrear eso.

A ver, no se trata de señalar un programa concreto como si fuera el origen de todos los males. Se trata de entender el clima, el ecosistema y el tono que se repite noche tras noche. Todo eso crea un poso que es extremadamente nocivo, porque está hecho a base de mensajes cargados de violencia, odio, discriminación y desinformación.

En muchos reality shows, por ejemplo, se premia el conflicto permanente, la humillación convertida en espectáculo y la competición feroz como el único modelo de éxito posible. No son programas políticos, claro que no. Pero sí forman parte de una cultura donde la empatía se ridiculiza continuamente y donde la agresividad vende y da puntos de audiencia. Y cuando eso se normaliza, cuando el desprecio se convierte en entretenimiento, algo se va erosionando por dentro. Ese algo es nuestra propia humanidad.

Luego está el prime time aparentemente amable. Programas como “El Hormiguero”, que formalmente son de entretenimiento, han sido objeto de críticas públicas por el tratamiento de ciertos temas políticos y por la falta de pluralidad en algunas conversaciones de actualidad. Digo algunas por no decir todas o su gran mayoría. No es que el programa se declare ideológico, es que determinadas ideas se repiten, determinados invitados se aplauden y determinados discursos apenas encuentran contrapunto y no se cuestionan. Todo envuelto en humor, en bromas, en ciencia ligera y en unos muñecos de hormigas simpáticas. Y así el mensaje entra sin que casi lo notes. Lo hace entre chiste y chiste, entre anuncio y anuncio.

En el terreno del misterio, “Cuarto Milenio” lleva años construyendo relatos donde la sospecha es la única constante. El programa ha sido criticado por su tratamiento de teorías conspirativas o enfoques considerados pseudocientíficos por parte de especialistas. Por supuesto que dudar no es ilegal. No se trata de eso. La duda es sana, pero el problema es cuando la desconfianza permanente hacia instituciones, la ciencia o los medios se convierte en una atmósfera contaminada estable. Porque en ese clima de sospecha continua, los discursos autoritarios que prometen orden frente al caos encuentran un terreno fértil que hace que el mensaje cale.

Por su parte, “Horizonte”, nacido en el contexto de la pandemia, ha sido también señalado por analistas y observadores por su giro hacia tertulias con un marcado sesgo ideológico en determinados temas sociales y políticos. Temas como la migración, el feminismo, las leyes de igualdad o los derechos LGTBI han sido abordados desde perspectivas muy críticas que han generado polémica y acusaciones de falta de equilibrio. No es una cuestión de prohibir opiniones, sino de cómo se construye el marco, de qué voces predominan y qué tono se impone o se pretende imponer.

Y más allá de estos nombres concretos, el fenómeno es mucho más amplio. En muchas cadenas proliferan tertulias donde los mismos perfiles opinan de todo con una seguridad absoluta, donde se simplifican problemas muy complejos, donde siempre hay un “claro enemigo”, donde el matiz desaparece y el volumen sube. Y eso no es debate, no si se convierte en un ring permanente y, por supuesto, tampoco es pluralismo cuando el sesgo es constante.

A estas alturas, el fascismo ya no necesita que alguien diga abiertamente que quiere una dictadura. Le basta con que se normalice el desprecio, con que se cuestione la igualdad como si fuera un exceso, con que se presente a colectivos enteros como amenazas y con que la desinformación se repita lo suficiente como para, al final, parecer verdad.

Y lo más inquietante es que todo esto ocurre mientras cenamos, mientras comentamos en redes, mientras nos reímos de una broma que, en el fondo, señala siempre a las mismas personas, casi siempre las más vulnerables o las que siempre han sido objeto del chiste fácil. Ya no hace falta que nadie grite consignas, basta con que el miedo, la sospecha y la deshumanización se conviertan en rutina audiovisual para normalizarlos.

A ver, nada de esto significa que ver estos programas te convierta en nada. Solo significa que los medios construyen clima, que influyen en cómo miramos al vecino y que moldean lo que consideramos como “normal”. Y cuando lo normal consiste en sospechar de quien es diferente, en ridiculizar a quien es más vulnerable o en simplificar los derechos como privilegios, entonces el terreno ya está preparado.

Por eso no basta con decir que es solo televisión. La televisión no es solo televisión, también es cultura, también es relato y es marco mental. Y cuando determinados mensajes, enfoques o sesgos se repiten sin apenas contrastarse, el espectador acaba interiorizando que ese es el sentido común. Acaba por asumir como verdad algo que solo es manipulación.

Cuando el fascismo entra en tu casa, no siempre trae un manifiesto. A veces trae una tertulia, una entrevista amable, una teoría de la conspiración sugerente o un reality donde la crueldad se aplaude y se premia con cheques al portador.

La pregunta no es qué programa ves, sino qué discursos estás dejando pasar sin cuestionarlos. Porque la democracia no se debilita solo en el Parlamento. También se desgasta en el salón de tu casa, entre anuncio y anuncio, cuando el desprecio hacia la dignidad de la persona se normaliza y el pensamiento crítico se apaga.

Y el mando a distancia, aunque parezca pequeño, también es una forma de responsabilidad.

De enorme responsabilidad.