(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)
🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽
(Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina)
Cada día, mientras hablamos de avances, de igualdad y de derechos conquistados, miles de niñas siguen siendo mutiladas en distintas partes del mundo. No es un recuerdo del pasado ni tampoco un problema lejano. En 2026, la mutilación genital femenina sigue ocurriendo y sigue siendo una de las violaciones de derechos humanos más graves, más silenciadas y más normalizadas que existen en contra de mujeres y niñas.
La mutilación genital femenina es una forma de violación atroz de los derechos humanos universales. Atenta contra el derecho a la vida, contra el derecho a la salud y contra el derecho a la integridad física. No es una opinión ni una cuestión cultural debatible, sino un hecho reconocido internacionalmente. Hoy, más de 230 millones de mujeres y niñas viven con las consecuencias de esta práctica, muchas de ellas con daños físicos y psicológicos que las acompañarán durante toda su vida. Y detrás de esa cifra inmensa hay historias personales, cuerpos marcados para siempre, infancias rotas y silencios impuestos a base de dolor y miedo.
A menudo se intenta justificar esta práctica como tradición, como identidad cultural o incluso como una obligación moral. Pero la realidad es mucho más clara y mucho más dura. La mutilación genital femenina tiene sus raíces en el mismo sesgo de género que impide a las niñas ir a la escuela, que limita las oportunidades laborales de las mujeres y que las aparta de la vida pública y de los espacios de decisión. Es el mismo sistema que controla el cuerpo femenino, que decide por las niñas sin escucharlas y que coloca el honor, la obediencia o el matrimonio por encima de su bienestar y su dignidad humana inviolable.
Las consecuencias de la ablación de clítoris son devastadoras desde el primer momento. Pero más allá del dolor extremo, las hemorragias y del riesgo de infecciones graves que pueden acarrear la muerte, para las niñas que sobreviven los problemas de salud a largo plazo se traducen en problemas crónicos de salud, en complicaciones durante el embarazo y el parto, en enormes dificultades en sus relaciones sexuales y un impacto psicológico profundo que las acompaña durante el resto de sus vidas. Muchas supervivientes describen cómo se sienten desde la ansiedad, el miedo constante, la pérdida absoluta de confianza en sí mismas y en su entorno, además de sentir que la relación con su cuerpo ha quedado completamente rota. Así que, no, no se trata solo de una herida física, también es una herida emocional que nunca cicatriza.
El mundo, al menos sobre el papel, asumió un compromiso claro que, una vez más, no ha cumplido. En su momento, la comunidad internacional se propuso acabar con la mutilación genital femenina de aquí a 2030. Sin embargo, en 2026 la distancia entre el compromiso adquirido y la realidad sigue siendo enorme. La consecuencia de este incumplimiento es que alrededor de 23 millones de niñas continúan hoy en peligro, especialmente en contextos de pobreza, sangrientos conflictos armados, desplazamientos forzosos y, por supuesto, una falta de acceso a la educación. El reloj avanza y el riesgo, al igual que el tiempo, no se detiene.
Conseguir la total eliminación de la mutilación genital femenina no será posible si solo estamos dispuestos a emitir declaraciones institucionales, tan solemnes como vacías, ni tampoco con campañas puntuales que apenas suponen una centésima parte de lo que se necesita. Acabar con esta atrocidad exige un compromiso político sostenido y una inversión igualmente sostenida. De aquí a 2030 se necesitan solo unos 2.400 millones de dólares. Es decir, un solo país del primer mundo podría costearlo por sí mismo, las principales potencias del mundo no tendrían problemas en asumir los costes si así lo decidiesen y, para las 20 personas más ricas del mundo, dividir esa cantidad en ellas supondría mera calderilla. De hecho, para Elon Musk, el hombre más rico del mundo, aportar la cantidad necesaria para acabar con la MGF en todo el mundo, solo le supondría el 0,35% del total de su fortuna. La pregunta es, ¿lo harán estos países? ¿Lo harán ese grupo de personas más ricas del mundo? ¿Lo hará el propio Elon Musk? La respuesta es clara. No, no lo harán. No les importa en absoluto. Nada parece importarles, lo que, sin duda, les hace a todos ellos, a toda la comunidad internacional, responsables de las cerca de 12.000 niñas que, solo hoy, serán mutiladas.
Así que, sí, los gobiernos y grandes multinacionales tienen la responsabilidad legal, moral y social de proteger a las niñas y de garantizar todo el apoyo a las supervivientes. Pero igualmente la sociedad civil desempeña un papel esencial en la prevención, en la denuncia y en el acompañamiento de las víctimas. El personal sanitario es clave para detectar riesgos, atender a las víctimas y romper el silencio. Y los líderes tradicionales y religiosos tienen una responsabilidad enorme a la hora de cuestionar todas esas prácticas dañinas y promover cambios desde dentro de las comunidades para acabar con esta forma de violencia sobre las mujeres y niñas que solo busca su sometimiento y el control de su cuerpo.
Por todo ello, la lucha debe centrarse en seguir trabajando en la prevención, en la sensibilización y en la aplicación de políticas públicas eficaces. También hay que velar para que las supervivientes tengan acceso a atención médica y psicológica digna, y defender el empoderamiento de mujeres y niñas a través de la educación, el empleo y la igualdad de oportunidades en liderazgo y toma de decisiones, porque está demostrado que cuando una niña puede decidir sobre su vida, con el apoyo necesario, el riesgo para otra niña en otra aldea, ciudad o país también disminuye.
Pero nada de esto será suficiente si seguimos mirando hacia otro lado. Porque la mutilación genital femenina no es un problema de “otros países” ni de “otras culturas”. Es un problema global, que interpela a todos y todas, también en España, en Estados Unidos, en Brasil, en Reino Unido, en China, en Sudáfrica, en Alemania, en México, en Sudán, en Australia, en Canadá y, en definitiva, en todos los países del mundo donde se han detectado casos en contextos de migración y donde la prevención sigue siendo igualmente fundamental, ya sea en origen o en el país de acogida.
Cumplir una promesa nunca puede reducirse a un simple gesto simbólico. Una promesa es una obligación moral. Y renovar esa promesa significa proteger de verdad los derechos de las mujeres y las niñas en cualquier lugar del mundo, garantizando que puedan vivir libres de toda forma de violencia, sin miedo y actuar rápidamente para acabar con esta atrocidad de una vez por todas.
No hay excusas cuando se trata de derechos humanos y ninguna tradición puede justificar jamás el dolor.
Las lágrimas de una niña solo deben ser de felicidad.
Nunca, nunca de sangre.
🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
La blessure qui continue de saigner
(Journée internationale de la tolérance zéro à l’égard des mutilations génitales féminines)
Chaque jour, alors que nous parlons de progrès, d’égalité et de droits conquis, des milliers de filles continuent d’être mutilées dans différentes parties du monde. Ce n’est ni un souvenir du passé ni un problème lointain. En 2026, l’excision continue d’avoir lieu et demeure l’une des violations des droits humains les plus graves, les plus silencieuses et les plus normalisées qui existent contre les femmes et les filles.
La mutilation génitale féminine constitue une atteinte atroce aux droits humains universels. Elle viole le droit à la vie, le droit à la santé et le droit à l’intégrité physique. Ce n’est pas une opinion ni une question culturelle discutable, mais un fait reconnu internationalement. Aujourd’hui, plus de 230 millions de femmes et de filles vivent avec les conséquences de cette pratique, nombreuses étant marquées physiquement et psychologiquement pour le reste de leur vie. Derrière ce chiffre immense, il y a des histoires personnelles, des corps à jamais marqués, des enfances brisées et des silences imposés par la douleur et la peur.
On tente souvent de justifier cette pratique au nom de la tradition, de l’identité culturelle ou même d’une prétendue obligation morale. Mais la réalité est bien plus claire et bien plus brutale. La mutilation génitale féminine trouve ses racines dans le même biais de genre qui empêche les filles d’aller à l’école, qui limite les opportunités professionnelles des femmes et qui les exclut de la vie publique et des espaces de décision. C’est le même système qui contrôle le corps des femmes, qui décide à la place des filles sans jamais les écouter, et qui place l’honneur, l’obéissance ou le mariage au-dessus de leur bien-être et de leur dignité humaine inviolable.
Les conséquences de l’ablation sont dévastatrices dès le premier instant. Mais au-delà de la douleur extrême, des hémorragies et du risque d’infections graves pouvant entraîner la mort, pour les filles qui survivent, les problèmes de santé à long terme se traduisent par des complications chroniques, des difficultés lors de la grossesse et de l’accouchement, de grandes difficultés dans leur vie sexuelle et un impact psychologique profond qui les accompagne tout au long de leur vie. Beaucoup de survivantes décrivent l’anxiété, la peur constante, la perte totale de confiance en elles-mêmes et en leur entourage, ainsi que le sentiment que leur relation avec leur corps est complètement brisée. Ce n’est donc pas seulement une blessure physique, c’est aussi une blessure émotionnelle qui ne cicatrise jamais.
Le monde, du moins sur le papier, avait pris un engagement clair qu’il n’a, une fois de plus, pas respecté. La communauté internationale s’était engagée à mettre fin à la mutilation génitale féminine d’ici 2030. Pourtant, en 2026, l’écart entre cet engagement et la réalité demeure immense. La conséquence est claire : près de 23 millions de filles restent aujourd’hui exposées à ce risque, en particulier dans des contextes de pauvreté, de conflits armés violents, de déplacements forcés et, bien entendu, de manque d’accès à l’éducation. Le temps avance et le danger, tout comme le temps lui-même, ne s’arrête jamais.
Éradiquer totalement la mutilation génitale féminine ne sera pas possible en se contentant de déclarations institutionnelles solennelles mais vides, ni avec des campagnes ponctuelles qui représentent à peine une fraction de ce qui est nécessaire. Mettre fin à cette atrocité exige un engagement politique constant et un investissement soutenu. D’ici 2030, il faudrait environ 2,4 milliards de dollars. Un seul pays développé pourrait couvrir ce coût, les grandes puissances mondiales n’auraient aucun problème à l’assumer si elles le voulaient, et pour les 20 personnes les plus riches du monde, partager cette somme serait une goutte d’eau. En fait, pour Elon Musk, l’homme le plus riche du monde, apporter le montant nécessaire pour éradiquer l’excision dans le monde représenterait seulement 0,35 % de sa fortune totale. La question est : le feront-ils ? La réponse est claire : non. Rien ne semble les toucher, ce qui rend la communauté internationale elle-même responsable des quelque 12 000 filles qui, rien qu’aujourd’hui, seront mutilées.
Les gouvernements et les grandes multinationales ont donc une responsabilité légale, morale et sociale de protéger les filles et de soutenir les survivantes. Mais la société civile joue également un rôle essentiel : prévenir, dénoncer et accompagner les victimes. Le personnel de santé est crucial pour détecter les risques, soigner les victimes et briser le silence. Les leaders traditionnels et religieux ont une responsabilité immense pour remettre en question ces pratiques et promouvoir le changement au sein des communautés afin de mettre fin à cette violence sur les filles et les femmes, qui n’a d’autre but que de les soumettre et de contrôler leur corps.
C’est pourquoi la lutte doit se concentrer sur la prévention, la sensibilisation et la mise en œuvre de politiques publiques efficaces. Il faut aussi veiller à ce que les survivantes aient accès à des soins médicaux et psychologiques dignes et défendre l’autonomisation des filles et des femmes grâce à l’éducation, à l’emploi et à des opportunités égales dans le leadership et la prise de décision**, car il est prouvé que lorsqu’une fille peut décider de sa vie avec le soutien nécessaire, le risque pour une autre fille ailleurs diminue également.
Mais rien de tout cela ne suffira si nous continuons à détourner le regard. La mutilation génitale féminine n’est pas un problème de “d’autres pays” ni de “d’autres cultures”. C’est un problème global qui nous interpelle tous, y compris en Espagne, aux États-Unis, au Brésil, au Royaume-Uni, en Chine, en Afrique du Sud, en Allemagne, au Mexique, au Soudan, en Australie, au Canada et partout dans le monde où des cas ont été détectés dans des contextes migratoires. La prévention reste essentielle, que ce soit dans le pays d’origine ou dans le pays d’accueil.
Tenir une promesse ne peut jamais se limiter à un geste symbolique. Une promesse est une obligation morale. Renouveler cette promesse signifie protéger véritablement les droits des femmes et des filles partout dans le monde, garantir qu’elles vivent libres de toute forme de violence et agir rapidement pour mettre fin à cette atrocité une fois pour toutes.
Il n’y a aucune excuse quand il s’agit des droits humains, et aucune tradition ne peut jamais justifier la douleur.
Les larmes d’une fille doivent être des larmes de bonheur.
Jamais de sang.
🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The Wound That Still Bleeds
(International Day of Zero Tolerance for Female Genital Mutilation)
Every day, while we talk about progress, equality and hard-won rights, thousands of girls continue to be mutilated across different parts of the world. This is neither a memory of the past nor a distant problem. In 2026, female genital mutilation is still happening and remains one of the most severe, most silenced and most normalised violations of human rights against women and girls.
Female genital mutilation is an atrocious violation of universal human rights. It infringes on the right to life, the right to health and the right to physical integrity. It is not a matter of opinion or a debatable cultural issue, but an internationally recognised fact. Today, over 230 million women and girls live with the consequences of this practice, many carrying physical and psychological damage for the rest of their lives. Behind this immense number are personal stories, bodies permanently scarred, childhoods stolen and silences imposed through pain and fear.
This practice is often justified as tradition, cultural identity or even a moral obligation. But the reality is far clearer and far harsher. Female genital mutilation is rooted in the same gender bias that prevents girls from going to school, limits women’s employment opportunities and excludes them from public life and decision-making spaces. It is the same system that controls female bodies, that decides for girls without listening to them and that places honour, obedience or marriage above their wellbeing and their inviolable human dignity.
The consequences of clitoral cutting are devastating from the very first moment. But beyond the extreme pain, haemorrhaging and risk of serious infections that can be fatal, for the girls who survive, long-term health problems include chronic medical conditions, complications in pregnancy and childbirth, major difficulties in sexual relationships and profound psychological effects that last a lifetime. Many survivors describe feeling constant anxiety and fear, a complete loss of confidence in themselves and their environment, and a sense that their relationship with their own body has been entirely broken. It is not only a physical wound, it is an emotional wound that never heals.
The world, at least on paper, made a clear commitment that, once again, has not been met. The international community set out to end female genital mutilation by 2030. Yet in 2026, the gap between commitment and reality remains enormous. As a result, around 23 million girls are still at risk, especially in contexts of poverty, brutal armed conflicts, forced displacement and, of course, lack of access to education. Time is passing and the risk, like the clock, does not stop.
Eradicating female genital mutilation entirely will not be possible with empty institutional statements or with one-off campaigns that barely scratch the surface of what is needed. Ending this atrocity requires sustained political commitment and equally sustained investment. By 2030, it is estimated that only 2.4 billion dollars are needed. A single developed country could cover this cost. The world’s major powers could afford it if they chose to. For the 20 richest people in the world, dividing that amount between them would be pocket change. In fact, for Elon Musk, the richest person in the world, contributing what is necessary to end FGM globally would represent only 0.35 per cent of his total fortune. The question is: will they do it? The answer is clear: no. Nothing seems to move them, which makes the international community itself responsible for the roughly 12,000 girls who will be mutilated just today.
Governments and major corporations therefore have a legal, moral and social responsibility to protect girls and provide full support to survivors. But civil society also plays a crucial role: preventing, reporting and supporting victims. Healthcare professionals are key to identifying risks, treating survivors and breaking the silence. Traditional and religious leaders have a huge responsibility to question harmful practices and promote change from within communities in order to end this form of violence against women and girls, which exists solely to control their bodies and enforce submission.
For all these reasons, the fight must focus on prevention, awareness-raising and the implementation of effective public policies. Survivors must have access to dignified medical and psychological care, and we must defend the empowerment of women and girls through education, employment and equal opportunities in leadership and decision-making, because it has been proven that when a girl can make decisions about her own life with the right support, the risk for another girl in another village, town or country also decreases.
But none of this will be enough if we continue to look the other way. Female genital mutilation is not a problem of “other countries” or “other cultures”. It is a global problem that concerns us all, including in Spain, the United States, Brazil, the United Kingdom, China, South Africa, Germany, Mexico, Sudan, Australia, Canada and anywhere in the world where cases have been detected in migration contexts. Prevention remains essential, whether in the country of origin or the country of settlement.
Keeping a promise can never be reduced to a symbolic gesture. A promise is a moral obligation. Renewing that promise means genuinely protecting the rights of women and girls everywhere, ensuring they can live free from all forms of violence, without fear, and acting decisively to end this atrocity once and for all.
There are no excuses when it comes to human rights, and no tradition can ever justify pain.
A girl’s tears should only be tears of happiness.
Never of blood.
🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
A ferida que continua a sangrar
(Dia Internacional da Tolerância Zero à Mutilação Genital Feminina)
Todos os dias, enquanto falamos de progresso, igualdade e direitos conquistados, milhares de meninas continuam a ser mutiladas em diferentes partes do mundo. Não é uma memória do passado nem um problema distante. Em 2026, a mutilação genital feminina continua a acontecer e permanece como uma das violações de direitos humanos mais graves, mais silenciosas e mais normalizadas contra mulheres e meninas.
A mutilação genital feminina é uma violação atroz dos direitos humanos universais. Infringe o direito à vida, o direito à saúde e o direito à integridade física. Não é uma opinião nem uma questão cultural discutível, mas um facto reconhecido internacionalmente. Hoje, mais de 230 milhões de mulheres e meninas vivem com as consequências desta prática, muitas delas com danos físicos e psicológicos que as acompanham durante toda a vida. Por trás deste número imenso existem histórias pessoais, corpos marcados para sempre, infâncias roubadas e silêncios impostos através da dor e do medo.
Muitas vezes tenta-se justificar esta prática como tradição, identidade cultural ou mesmo obrigação moral. Mas a realidade é muito mais clara e muito mais dura. A mutilação genital feminina tem as suas raízes no mesmo preconceito de género que impede as meninas de ir à escola, que limita as oportunidades de trabalho das mulheres e que as exclui da vida pública e dos espaços de decisão. É o mesmo sistema que controla o corpo feminino, que decide pelas meninas sem as ouvir e que coloca a honra, a obediência ou o casamento acima do seu bem-estar e da sua dignidade humana inviolável.
As consequências da excisão são devastadoras desde o primeiro momento. Mas para além da dor extrema, das hemorragias e do risco de infeções graves que podem ser fatais, para as meninas que sobrevivem os problemas de saúde a longo prazo traduzem-se em complicações crónicas, dificuldades na gravidez e no parto, grandes dificuldades nas relações sexuais e um impacto psicológico profundo que as acompanha durante toda a vida. Muitas sobreviventes descrevem sentir ansiedade constante, medo permanente, perda total de confiança em si mesmas e nos outros, e a sensação de que a sua relação com o próprio corpo está completamente quebrada. Não é apenas uma ferida física, é também uma ferida emocional que nunca cicatriza.
O mundo, pelo menos no papel, assumiu um compromisso claro que, mais uma vez, não foi cumprido. A comunidade internacional comprometeu-se a acabar com a mutilação genital feminina até 2030. No entanto, em 2026, a distância entre esse compromisso e a realidade continua enorme. Como consequência, cerca de 23 milhões de meninas continuam hoje em perigo, sobretudo em contextos de pobreza, conflitos armados sangrentos, deslocamentos forçados e, naturalmente, falta de acesso à educação. O tempo avança e o risco, tal como o relógio, não para.
Erradicar totalmente a mutilação genital feminina não será possível com declarações institucionais vazias ou com campanhas pontuais que representam apenas uma pequena parte do que é necessário. Acabar com esta atrocidade exige compromisso político contínuo e investimento igualmente sustentado. Até 2030, estima-se que sejam necessários apenas 2,4 mil milhões de dólares. Um único país desenvolvido poderia suportar este custo. As grandes potências mundiais poderiam fazê-lo se o quisessem. Para as 20 pessoas mais ricas do mundo, dividir este montante seria insignificante. De facto, para Elon Musk, a pessoa mais rica do mundo, contribuir com o necessário para acabar com a mutilação genital feminina globalmente representaria apenas 0,35 por cento da sua fortuna total. A pergunta é: farão isso? A resposta é clara: não. Nada parece importar-lhes, o que torna a comunidade internacional responsável pelas cerca de 12.000 meninas que serão mutiladas só hoje.
Os governos e as grandes multinacionais têm, portanto, uma responsabilidade legal, moral e social de proteger as meninas e apoiar integralmente as sobreviventes. Mas a sociedade civil também desempenha um papel crucial: prevenir, denunciar e apoiar as vítimas. Os profissionais de saúde são fundamentais para identificar riscos, tratar as sobreviventes e quebrar o silêncio. Os líderes tradicionais e religiosos têm uma enorme responsabilidade em questionar estas práticas prejudiciais e promover mudanças dentro das comunidades, de forma a pôr fim a esta violência sobre mulheres e meninas, que existe apenas para controlar os seus corpos e impor submissão.
Por todas estas razões, a luta deve concentrar-se na prevenção, sensibilização e implementação de políticas públicas eficazes. As sobreviventes devem ter acesso a cuidados médicos e psicológicos dignos e é necessário defender o empoderamento de mulheres e meninas através da educação, do emprego e da igualdade de oportunidades no poder de decisão e liderança, porque está comprovado que quando uma menina pode tomar decisões sobre a sua vida com o apoio necessário, o risco para outra menina noutra aldeia, cidade ou país também diminui.
Mas nada disto será suficiente se continuarmos a virar o olhar. A mutilação genital feminina não é um problema de “outros países” ou “outras culturas”. É um problema global que nos diz respeito a todos, incluindo em Espanha, Estados Unidos, Brasil, Reino Unido, China, África do Sul, Alemanha, México, Sudão, Austrália, Canadá e em qualquer lugar do mundo onde casos tenham sido detetados em contextos de migração. A prevenção continua a ser essencial, quer no país de origem, quer no país de acolhimento.
Cumprir uma promessa nunca pode ser reduzido a um gesto simbólico. Uma promessa é uma obrigação moral. Renovar essa promessa significa proteger de facto os direitos das mulheres e meninas em todo o mundo, garantindo que possam viver livres de qualquer forma de violência, sem medo, e agir rapidamente para acabar com esta atrocidade de uma vez por todas.
Não há desculpas quando se trata de direitos humanos, e nenhuma tradição pode justificar dor.
As lágrimas de uma menina devem ser apenas de felicidade.
Nunca de sangue.
🇮🇹ITALIANO🇸🇲
La ferita che continua a sanguinare
(Giornata internazionale contro le mutilazioni genitali femminili)
Ogni giorno, mentre parliamo di progresso, uguaglianza e diritti conquistati, migliaia di ragazze continuano a essere mutilate in diverse parti del mondo. Non è un ricordo del passato né un problema lontano. Nel 2026, la mutilazione genitale femminile continua ad accadere e rimane una delle violazioni dei diritti umani più gravi, più silenziose e più normalizzate contro donne e ragazze.
La mutilazione genitale femminile è una violazione atroce dei diritti umani universali. Viola il diritto alla vita, il diritto alla salute e il diritto all’integrità fisica. Non è una questione di opinione né un tema culturale discutibile, ma un fatto riconosciuto a livello internazionale. Oggi, più di 230 milioni di donne e ragazze vivono con le conseguenze di questa pratica, molte con danni fisici e psicologici che le accompagneranno per tutta la vita. Dietro questo numero enorme ci sono storie personali, corpi segnati per sempre, infanzie rubate e silenzi imposti dalla sofferenza e dalla paura.
Spesso questa pratica viene giustificata come tradizione, identità culturale o persino obbligo morale. Ma la realtà è molto più chiara e molto più dura. La mutilazione genitale femminile affonda le sue radici negli stessi pregiudizi di genereche impediscono alle ragazze di andare a scuola, che limitano le opportunità lavorative delle donne e che le escludono dalla vita pubblica e dagli spazi decisionali. È lo stesso sistema che controlla il corpo femminile, che decide al posto delle ragazze senza ascoltarle e che mette l’onore, l’obbedienza o il matrimonio al di sopra del loro benessere e della loro dignità umana inviolabile.
Le conseguenze della mutilazione sono devastanti fin dal primo momento. Ma oltre al dolore estremo, alle emorragie e al rischio di infezioni gravi che possono portare alla morte, per le ragazze che sopravvivono i problemi di salute a lungo termine si traducono in complicazioni croniche, difficoltà in gravidanza e durante il parto, grandi difficoltà nelle relazioni sessuali e un impatto psicologico profondo che le accompagna per tutta la vita. Molte sopravvissute descrivono ansia costante, paura continua, perdita totale di fiducia in se stesse e negli altri e la sensazione che il loro rapporto con il proprio corpo sia completamente spezzato. Non è solo una ferita fisica, è anche una ferita emotiva che non guarisce mai.
Il mondo, almeno sulla carta, aveva preso un impegno chiaro che, ancora una volta, non è stato rispettato. La comunità internazionale si era impegnata a porre fine alla mutilazione genitale femminile entro il 2030. Tuttavia, nel 2026, la distanza tra questo impegno e la realtà resta enorme. Di conseguenza, circa 23 milioni di ragazze sono ancora oggi a rischio, soprattutto in contesti di povertà, conflitti armati sanguinosi, spostamenti forzati e, naturalmente, mancanza di accesso all’istruzione. Il tempo passa e il rischio, come l’orologio, non si ferma.
Porre fine completamente alla mutilazione genitale femminile non sarà possibile con dichiarazioni istituzionali vuote o campagne occasionali che rappresentano solo una piccola parte di ciò che è necessario. Porre fine a questa atrocità richiede un impegno politico costante e investimenti sostenuti. Entro il 2030, si stima siano necessari solo 2,4 miliardi di dollari. Un singolo paese sviluppato potrebbe sostenere questo costo. Le principali potenze mondiali potrebbero farlo se lo volessero. Per le 20 persone più ricche del mondo, dividere questa cifra sarebbe una minima parte. In effetti, per Elon Musk, l’uomo più ricco del mondo, contribuire con quanto necessario per porre fine alla mutilazione genitale femminile a livello globale rappresenterebbe solo lo 0,35 per cento della sua fortuna totale. La domanda è: lo faranno? La risposta è chiara: no. Nulla sembra toccarli, il che rende la comunità internazionale stessa responsabile delle circa 12.000 ragazze che solo oggi saranno mutilate.
I governi e le grandi multinazionali hanno quindi una responsabilità legale, morale e sociale nel proteggere le ragazze e fornire pieno sostegno alle sopravvissute. Ma la società civile gioca anch’essa un ruolo cruciale: prevenire, denunciare e supportare le vittime. Gli operatori sanitari sono fondamentali per individuare i rischi, curare le sopravvissute e rompere il silenzio. I leader tradizionali e religiosi hanno una grande responsabilità nel mettere in discussione queste pratiche dannose e promuovere cambiamenti all’interno delle comunità per porre fine a questa forma di violenza sulle donne e sulle ragazze, che esiste solo per controllare i loro corpi e imporre sottomissione.
Per tutti questi motivi, la lotta deve concentrarsi sulla prevenzione, sulla sensibilizzazione e sull’attuazione di politiche pubbliche efficaci. Le sopravvissute devono avere accesso a cure mediche e psicologiche dignitose e bisogna difendere l’empowerment di donne e ragazze attraverso l’istruzione, il lavoro e pari opportunità nella leadership e nella presa di decisioni, perché è dimostrato che quando una ragazza può decidere della propria vita con il supporto necessario, il rischio per un’altra ragazza in un altro villaggio, città o paese diminuisce anch’esso.
Ma nulla di tutto questo sarà sufficiente se continuiamo a distogliere lo sguardo. La mutilazione genitale femminile non è un problema di “altri paesi” o di “altre culture”. È un problema globale che riguarda tutti, anche in Spagna, Stati Uniti, Brasile, Regno Unito, Cina, Sudafrica, Germania, Messico, Sudan, Australia, Canada e ovunque nel mondo siano stati rilevati casi in contesti migratori. La prevenzione resta essenziale, sia nel paese di origine sia in quello di accoglienza.
Mantenere una promessa non può mai ridursi a un gesto simbolico. Una promessa è un obbligo morale. Rinnovare questa promessa significa proteggere davvero i diritti di donne e ragazze in ogni parte del mondo, assicurando che possano vivere libere da qualsiasi forma di violenza, senza paura, e agire rapidamente per porre fine a questa atrocità una volta per tutte.
Non ci sono scuse quando si tratta di diritti umani e nessuna tradizione può mai giustificare il dolore.
Le lacrime di una ragazza devono essere solo lacrime di felicità.
Mai di sangue.