El punto de partida

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día de los Derechos Humanos)

A veces nos pasamos la vida buscando grandes ideas que expliquen por qué unas sociedades conviven en paz y otras no, por qué hay leyes que funcionan y otras que solo parecen tinta en un papel, por qué unos grupos humanos son capaces de tenderse la mano y otros se empeñan en empujar al de al lado. Y sin embargo, la respuesta más importante suele ser la más sencilla. Está en esa verdad que damos por supuesta pero que rara vez nos paramos a mirar con calma. La dignidad humana es el punto de partida de toda convivencia justa. Dicho así suena profundo, casi solemne, pero si lo bajamos a tierra, si lo traemos a nuestra vida cotidiana, veremos que esta frase explica la mayoría de los conflictos y también la mayoría de los avances reales que hemos tenido como humanidad.

La dignidad es ese valor básico que tienes tú por ser tú, que tengo yo y que tiene cualquier persona del mundo sin importar su origen, su situación, su color de piel, su credo, su orientación sexual e identidad de género, su acento o su historia personal. No depende del dinero que tengas, ni del trabajo que te hayan dado, ni del apellido que aparezca en tu DNI. Es algo que nadie te concede y que nadie te puede quitar. Y sin embargo, cada día, en miles de gestos pequeños y grandes, hay quien intenta rebajar la dignidad de otro. A veces sin querer, a veces con toda la mala intención del mundo.

Una convivencia justa empieza cuando reconocemos esa dignidad como el suelo firme sobre el que pisamos todos. Cuando dejamos atrás esa manía de medir el valor de las personas en función de lo que producen, de lo que tienen, de lo que aportan al mercado o de lo útiles que resultan para intereses ajenos. No somos máquinas ni piezas intercambiables, somos personas que sienten, que sufren, que sueñan y que buscan algo tan simple y tan complicado a la vez como vivir sin miedo y en libertad. Porque reconocer la dignidad humana es mirar a cualquier persona a los ojos y reconocer que tiene la misma importancia que tú. No más, pero tampoco menos.

Si lo pensamos, casi todos los problemas sociales empiezan cuando alguien se olvida de esto. La discriminación nace del olvido de la dignidad de la persona que tenemos ante nuestros ojos. El racismo ignora que quien tienes enfrente es igual que tú en lo esencial. La pobreza extrema no es una maldición inevitable sino el resultado de estructuras que no han puesto a la dignidad de las personas como prioridad real. La violencia, en cualquiera de sus formas, es siempre la negación más evidente de esa dignidad compartida.

Pero no todo son aspectos negativos. También conviene recordar que lo mejor que hemos construido juntos como sociedades ha nacido de este reconocimiento. Los derechos humanos no aparecieron de repente porque alguien quiso redactar un texto bonito. Surgieron porque después de demasiadas guerras y demasiados horrores entendimos que si la dignidad humana no es el primer ladrillo, el edificio entero se cae. Las grandes luchas por la igualdad, desde el voto femenino hasta la defensa de las personas LGTBIQ+, han tenido siempre el mismo grito de fondo. Queremos ser tratados como personas, con la misma dignidad que cualquier otra persona en el mundo y sin excepciones de ningún tipo.

A veces pensamos que la dignidad es un concepto abstracto, casi filosófico, pero no. En realidad es una idea que se concreta en cosas muy reales. Está en que un trabajador pueda volver a casa sin el miedo a que le despidan sin motivo o le exploten. Está en que una persona migrante no sea tratada mano de obra barata o como un problema “con patas” y “sin papeles”, sino como alguien con historia, con familia, con ilusiones por un futuro mejor y con una vida que merece respeto. Está en que una mujer pueda caminar por la calle sin sentir que su existencia depende de la prudencia o del miedo. Está incluso en cómo hablamos, en las bromas que hacemos, en cómo respondemos a quien piensa distinto, en la educación que damos a niñas y niños para enseñarles que nadie vale más que nadie.

La dignidad también implica reconocer que la fragilidad forma parte de la vida. Y que cuando alguien está en su peor momento no necesita reproches sino apoyo. A veces somos rápidos juzgando a quien se equivoca, a quien cae, a quien parece no estar a la altura de lo que exige el mundo. Pero la dignidad no entiende de éxitos o fracasos. No es un premio que te dan cuando haces las cosas bien ni un castigo que pierdes cuando algo te sale mal. Tu dignidad sigue ahí, incluso cuando no sabes cómo levantar la cabeza.

Vivimos tiempos en los que la prisa y la presión social hacen que mucha gente se sienta menos de lo que es. Nos rodea un ruido constante que nos empuja a compararnos sin parar. Parecemos obsesionados con demostrar nuestro valor, como si tuviéramos que justificar nuestra existencia. Y sin embargo, si de verdad creyéramos en la dignidad humana como punto de partida, entenderíamos que no necesitamos estar compitiendo todo el día. Que no tenemos que demostrar nada para que se nos trate con respeto.

Una convivencia justa se construye también con gobiernos e instituciones que entienden esta verdad. Las leyes son más justas cuando reconocen a todas las personas como titulares de la misma dignidad. Los servicios públicos funcionan mejor cuando recuerdan que detrás de cada expediente hay una persona, una vida concreta. Las ciudades son más humanas cuando piensan en quienes las habitan, no solo en quienes pueden pagarlas. Y un país es más decente cuando nadie queda fuera de la mesa únicamente porque a alguien le conviene que sobran sillas.

La dignidad humana no se defiende solo en los grandes discursos. También se defiende cuando cedemos el asiento a alguien que lo necesita más. Cuando evitamos lanzar un comentario que duele. Cuando escuchamos a quien está pasando un mal momento sin restarle importancia. Cuando somos capaces de reconocer que nuestra libertad no es excusa para pisar a nadie. Cuando pedimos perdón porque entendemos que el daño, aunque sea pequeño, cuenta y, por supuesto, duele. 

Gracias a esta idea sencilla se rompen las barreras. Donde hay dignidad reconocida hay espacio para el diálogo, para el entendimiento y para una convivencia real. No en el sentido de que todo el mundo tiene que pensar igual, sino en el de poder convivir respetando que cada cual tiene su forma de vivir, de creer, de amar y de mirar el mundo que le rodea.

Respetar la dignidad ajena también implica cuidarla sin permitir que alguien humille a otra persona. No mirar hacia otro lado cuando vemos una injusticia. No guardar silencio cuando el miedo de otros se convierte en burla o en abuso. Es fácil defender la dignidad cuando no está en juego nada importante, pero la verdadera prueba está en esos momentos incómodos, esos en los que duelen hasta los huesos, en los que te dejan sin lágrimas y sin aliento. Son esos en los que cuesta posicionarse. Y aun así, ahí es donde más sentido tiene hacerlo.

Pocas ideas transforman más nuestra vida que entender que la dignidad humana es la brújula que debe guiarnos en nuestro día a día. Es una guía que nos indica hacia dónde caminar cuando todo parece confuso. Sirve para nuestras relaciones personales, para la política, para la convivencia en los barrios y para las pequeñas decisiones de cada día. En un mundo lleno de diferencias, la dignidad es lo único que tenemos todos en común desde el principio. Lo demás puede cambiar, pero esto no.

Tal vez no podamos arreglar todos los problemas del mundo. Tal vez haya injusticias demasiado grandes que no dependen de nosotros. Pero sí podemos contribuir a que nuestro trocito de realidad sea un lugar mejor. Y ese cambio empieza por algo tan básico como mirar a la persona que tenemos al lado con respeto y tratarla como lo que es, como una persona con la misma dignidad que tú y que yo.

Ojalá nunca olvidemos que la justicia no nace de la fuerza ni del miedo ni de la imposición. La justicia nace de ese reconocimiento mutuo entre personas que, aunque diferentes en la superficie, en el fondo son iguales. Nace cuando entendemos que nadie vale más que nadie. Nace cuando cuidamos la dignidad como si fuera el tesoro más valioso que debemos conservar a toda costa.

Si alguna vez nos perdemos entre tantas voces, tantas exigencias y tantos problemas, siempre podremos volver a esta idea sencilla para encontrar el camino. 

Al final, cuando recordamos que la dignidad humana es el punto de partida, cambia absolutamente todo.

Porque todo empieza ahí.

En la dignidad.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
THE STARTING POINT

(Human Rights Day)

Sometimes we spend our lives searching for grand ideas to explain why some societies live together in peace and others do not, why some laws work while others seem like nothing more than ink on paper, why some human groups are able to reach out a hand while others insist on pushing the person next to them. And yet, the most important answer is often the simplest. It lies in that truth we take for granted but rarely pause to consider calmly. Human dignity is the starting point of any fair coexistence. Said like that, it sounds profound, almost solemn, but if we bring it down to earth, if we bring it into our everyday lives, we will see that this phrase explains most conflicts as well as most of the real progress we have made as humanity.

Dignity is that basic value you have simply for being you, that I have, and that anyone in the world has regardless of their origin, their circumstances, their skin colour, their creed, their sexual orientation or gender identity, their accent, or their personal history. It does not depend on the money you have, the job you are given, or the surname on your ID card. It is something that no one grants you and that no one can take away. And yet, every day, in thousands of small and large gestures, there are those who try to diminish the dignity of others. Sometimes unintentionally, sometimes with all the ill intent in the world.

Fair coexistence begins when we recognise that dignity as the solid ground we all stand on. When we leave behind the habit of measuring people’s worth by what they produce, what they own, what they contribute to the market, or how useful they are for other people’s interests. We are not machines or interchangeable pieces; we are people who feel, who suffer, who dream, and who seek something as simple and yet as complicated as living without fear and in freedom. Recognising human dignity means looking any person in the eye and acknowledging that they have the same importance as you. No more, but certainly no less.

If we think about it, almost all social problems begin when someone forgets this. Discrimination stems from forgetting the dignity of the person right in front of us. Racism ignores that the person you face is essentially equal to you. Extreme poverty is not an inevitable curse but the result of structures that have not placed people’s dignity as a real priority. Violence, in any form, is always the clearest denial of that shared dignity.

But not everything is negative. It is also worth remembering that the best things we have built together as societies have emerged from this recognition. Human rights did not suddenly appear because someone wanted to draft a beautiful text. They arose because, after too many wars and horrors, we understood that if human dignity is not the first brick, the whole building will collapse. The great struggles for equality, from women’s suffrage to the defence of LGTBIQ+ rights, have always carried the same underlying cry. We want to be treated as human beings, with the same dignity as any other person in the world, without exception.

Sometimes we think of dignity as an abstract, almost philosophical concept, but it is not. In reality, it is an idea that manifests in very real ways. It is in a worker being able to return home without the fear of being dismissed unfairly or exploited. It is in a migrant not being treated as cheap labour or as a “problem on legs” without papers, but as someone with a story, a family, hopes for a better future, and a life that deserves respect. It is in a woman walking down the street without feeling that her existence depends on caution or fear. It is even in how we speak, in the jokes we make, in how we respond to those who think differently, and in the education we give to girls and boys to teach them that no one is worth more than anyone else.

Dignity also involves recognising that fragility is part of life. And that when someone is at their lowest, they do not need reproach but support. We are often quick to judge those who make mistakes, who fall, or who seem unable to meet the world’s demands. But dignity does not care about success or failure. It is not a prize awarded when you do well, nor a punishment lost when something goes wrong. Your dignity remains, even when you do not know how to lift your head.

We live in times when rush and social pressure make many people feel less than they are. We are surrounded by constant noise that pushes us to compare ourselves ceaselessly. We seem obsessed with proving our worth, as if we had to justify our very existence. Yet, if we truly believed in human dignity as the starting point, we would understand that we do not need to compete all the time. That we do not have to prove anything to be treated with respect.

Fair coexistence is also built with governments and institutions that understand this truth. Laws are fairer when they recognise all people as holders of the same dignity. Public services work better when they remember that behind every case there is a person, a real life. Cities are more humane when they consider those who live in them, not just those who can pay. And a country is more decent when no one is left out at the table simply because someone benefits from there being empty seats.

Human dignity is not defended only in grand speeches. It is defended when we give up our seat for someone who needs it more. When we avoid making a hurtful comment. When we listen to someone going through a difficult time without belittling them. When we recognise that our freedom is no excuse to trample on anyone. When we apologise because we understand that harm, even if small, matters and, of course, hurts.

Thanks to this simple idea, barriers are broken. Where dignity is recognised, there is space for dialogue, understanding, and genuine coexistence. Not in the sense that everyone must think the same, but in the sense of being able to live together while respecting that each person has their own way of living, believing, loving, and viewing the world around them.

Respecting the dignity of others also means protecting it, refusing to allow anyone to humiliate another person. Not looking away when we see injustice. Not remaining silent when others’ fear turns into mockery or abuse. It is easy to defend dignity when nothing important is at stake, but the true test comes in those uncomfortable moments, those that hurt to the bone, that leave you without tears or breath. These are the moments when it is hardest to take a stand. And yet, that is precisely when it matters most.

Few ideas transform our lives more than understanding that human dignity is the compass that should guide us day by day. It is a guide showing us which way to go when everything seems confusing. It serves our personal relationships, politics, community life, and the small decisions we make every day. In a world full of differences, dignity is the only thing we all share from the beginning. Everything else can change, but this does not.

We may not be able to fix all the world’s problems. There may be injustices too great for us to influence. But we can contribute to making our little corner of reality a better place. And that change begins with something as simple as looking at the person beside us with respect and treating them as what they are, as a human being with the same dignity as you and I.

May we never forget that justice does not arise from force, fear, or imposition. Justice arises from mutual recognition between people who, though different on the surface, are fundamentally equal. It arises when we understand that no one is worth more than anyone else. It arises when we care for dignity as if it were the most valuable treasure we must preserve at all costs.

If ever we get lost among so many voices, so many demands, and so many problems, we can always return to this simple idea to find the way.

In the end, when we remember that human dignity is the starting point, everything changes.

Because everything begins there.

In dignity.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
IL PUNTO DI PARTENZA

(Giornata dei Diritti Umani)

A volte trascorriamo la vita cercando grandi idee che spieghino perché alcune società convivono in pace e altre no, perché alcune leggi funzionano mentre altre sembrano solo inchiostro su carta, perché alcuni gruppi umani sono capaci di tendere la mano mentre altri insistono a spingere chi sta accanto a loro. Eppure, la risposta più importante è spesso la più semplice. Risiede in quella verità che diamo per scontata ma che raramente ci fermiamo a considerare con calma. La dignità umana è il punto di partenza di ogni convivenza giusta. Detto così, suona profondo, quasi solenne, ma se lo riportiamo alla vita quotidiana, vedremo che questa frase spiega la maggior parte dei conflitti così come gran parte dei reali progressi che l’umanità ha compiuto.

La dignità è quel valore fondamentale che possiedi semplicemente per essere te stesso, che possiedo io e che possiede chiunque nel mondo, indipendentemente dalla sua origine, dalla sua condizione, dal colore della pelle, dal credo, dall’orientamento sessuale o dall’identità di genere, dall’accento o dalla storia personale. Non dipende dai soldi che hai, dal lavoro che ti è stato assegnato o dal cognome sul tuo documento d’identità. È qualcosa che nessuno ti concede e che nessuno può toglierti. Eppure, ogni giorno, in migliaia di piccoli e grandi gesti, ci sono persone che cercano di sminuire la dignità altrui. A volte involontariamente, altre con tutta la cattiva intenzione possibile.

Una convivenza giusta comincia quando riconosciamo questa dignità come il terreno solido su cui tutti poggiamo. Quando lasciamo da parte l’abitudine di misurare il valore delle persone in base a ciò che producono, a ciò che possiedono, a ciò che apportano al mercato o a quanto siano utili per interessi altrui. Non siamo macchine né pezzi intercambiabili; siamo persone che sentono, che soffrono, che sognano e che cercano qualcosa di semplice e al contempo complesso come vivere senza paura e nella libertà. Riconoscere la dignità umana significa guardare chiunque negli occhi e riconoscere che ha la stessa importanza che hai tu. Non di più, ma certamente neanche di meno.

Se ci pensiamo, quasi tutti i problemi sociali iniziano quando qualcuno dimentica questo. La discriminazione nasce dall’oblio della dignità della persona che abbiamo di fronte. Il razzismo ignora che chi hai davanti è, nella sostanza, uguale a te. La povertà estrema non è una maledizione inevitabile, ma il risultato di strutture che non hanno messo la dignità delle persone come priorità reale. La violenza, in qualsiasi forma, è sempre la più chiara negazione di questa dignità condivisa.

Ma non tutto è negativo. È anche importante ricordare che le cose migliori che abbiamo costruito insieme come società sono nate da questo riconoscimento. I diritti umani non sono apparsi all’improvviso perché qualcuno ha voluto redigere un testo bello. Sono nati perché, dopo troppe guerre e troppi orrori, abbiamo capito che se la dignità umana non è il primo mattone, l’intero edificio crolla. Le grandi lotte per l’uguaglianza, dal voto alle donne fino alla difesa dei diritti delle persone LGBTIQ+, hanno sempre avuto lo stesso grido di fondo. Vogliamo essere trattati come esseri umani, con la stessa dignità di qualsiasi altra persona nel mondo, senza eccezioni.

A volte pensiamo che la dignità sia un concetto astratto, quasi filosofico, ma non è così. In realtà, è un’idea che si concretizza in modi molto reali. È nel fatto che un lavoratore possa tornare a casa senza la paura di essere licenziato ingiustamente o sfruttato. È nel fatto che una persona migrante non venga trattata come manodopera a basso costo o come un “problema ambulante” senza documenti, ma come qualcuno con una storia, una famiglia, speranze per un futuro migliore e una vita che merita rispetto. È nel fatto che una donna possa camminare per strada senza sentire che la sua esistenza dipenda dalla prudenza o dalla paura. È persino nel modo in cui parliamo, nelle battute che facciamo, nel modo in cui rispondiamo a chi pensa diversamente e nell’educazione che diamo a bambine e bambini per insegnare loro che nessuno vale più di qualcun altro.

La dignità implica anche riconoscere che la fragilità fa parte della vita. E che quando qualcuno è nel suo momento peggiore non ha bisogno di rimproveri ma di sostegno. Spesso giudichiamo in fretta chi sbaglia, chi cade o chi sembra non essere all’altezza delle richieste del mondo. Ma la dignità non conosce successi o fallimenti. Non è un premio che ti viene assegnato quando fai bene, né una punizione che perdi quando qualcosa va storto. La tua dignità resta, anche quando non sai come rialzare la testa.

Viviamo in tempi in cui la fretta e la pressione sociale fanno sentire molte persone meno di quanto siano realmente. Siamo circondati da un rumore costante che ci spinge a confrontarci senza sosta. Sembra che siamo ossessionati dal dimostrare il nostro valore, come se dovessimo giustificare la nostra stessa esistenza. Eppure, se credessimo davvero nella dignità umana come punto di partenza, capiremo che non abbiamo bisogno di competere tutto il giorno. Che non dobbiamo dimostrare nulla per essere trattati con rispetto.

Una convivenza giusta si costruisce anche con governi e istituzioni che comprendono questa verità. Le leggi sono più giuste quando riconoscono tutte le persone come titolari della stessa dignità. I servizi pubblici funzionano meglio quando ricordano che dietro ogni pratica c’è una persona, una vita concreta. Le città sono più umane quando pensano a chi le abita, non solo a chi può pagarle. E un paese è più decente quando nessuno resta escluso dal tavolo semplicemente perché a qualcuno conviene che ci siano posti vuoti.

La dignità umana non si difende solo nei grandi discorsi. Si difende anche quando cediamo il posto a chi ne ha più bisogno. Quando evitiamo di fare un commento che fa male. Quando ascoltiamo chi sta attraversando un momento difficile senza sminuirlo. Quando riconosciamo che la nostra libertà non è una scusa per calpestare nessuno. Quando chiediamo scusa perché comprendiamo che il danno, anche se piccolo, conta e, naturalmente, fa male.

Grazie a questa idea semplice si rompono le barriere. Dove la dignità è riconosciuta, c’è spazio per il dialogo, per la comprensione e per una convivenza reale. Non nel senso che tutti debbano pensare allo stesso modo, ma nel senso di poter convivere rispettando il fatto che ciascuno ha il proprio modo di vivere, credere, amare e guardare il mondo che lo circonda.

Rispettare la dignità altrui significa anche proteggerla, non permettendo a nessuno di umiliare un’altra persona. Non voltare lo sguardo quando vediamo ingiustizia. Non restare in silenzio quando la paura degli altri si trasforma in scherno o abuso. È facile difendere la dignità quando nulla di importante è in gioco, ma la vera prova arriva in quei momenti scomodi, quelli che fanno male fino alle ossa, che ti lasciano senza lacrime e senza fiato. Sono quei momenti in cui è più difficile prendere posizione. Eppure, è proprio allora che ha più senso farlo.

Poche idee trasformano la nostra vita più di capire che la dignità umana è la bussola che dovrebbe guidarci giorno dopo giorno. È una guida che ci indica la direzione quando tutto sembra confuso. Serve per le nostre relazioni personali, per la politica, per la vita di comunità e per le piccole decisioni quotidiane. In un mondo pieno di differenze, la dignità è l’unica cosa che tutti condividiamo fin dall’inizio. Tutto il resto può cambiare, ma questa no.

Potremmo non riuscire a risolvere tutti i problemi del mondo. Potrebbero esserci ingiustizie troppo grandi perché dipendano da noi. Ma possiamo contribuire a rendere il nostro piccolo angolo di realtà un posto migliore. E quel cambiamento inizia con qualcosa di semplice come guardare la persona accanto a noi con rispetto e trattarla per quello che è, come un essere umano con la stessa dignità che tu e io possediamo.

Possa mai dimentichiamo che la giustizia non nasce dalla forza, dalla paura o dall’imposizione. La giustizia nasce dal riconoscimento reciproco tra persone che, pur essendo diverse in superficie, sono uguali nel profondo. Nasce quando comprendiamo che nessuno vale più di qualcun altro. Nasce quando custodiamo la dignità come se fosse il tesoro più prezioso, da conservare a ogni costo.

Se mai ci perderemo tra tante voci, tante richieste e tanti problemi, potremo sempre tornare a questa semplice idea per trovare la via.

Alla fine, quando ricordiamo che la dignità umana è il punto di partenza, tutto cambia.

Perché tutto comincia lì.

Nella dignità.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
LE POINT DE DÉPART

(Journée des Droits de l’Homme)

Parfois, nous passons notre vie à chercher de grandes idées pour expliquer pourquoi certaines sociétés vivent en paix tandis que d’autres ne le font pas, pourquoi certaines lois fonctionnent et d’autres ne semblent être que de l’encre sur du papier, pourquoi certains groupes humains sont capables de tendre la main alors que d’autres s’acharnent à pousser leur voisin. Et pourtant, la réponse la plus importante est souvent la plus simple. Elle réside dans cette vérité que nous tenons pour acquise mais à laquelle nous prenons rarement le temps de réfléchir calmement. La dignité humaine est le point de départ de toute coexistence juste. Dit ainsi, cela semble profond, presque solennel, mais si nous le ramenons sur terre, si nous l’intégrons dans notre vie quotidienne, nous verrons que cette phrase explique la plupart des conflits ainsi que la majorité des véritables progrès réalisés par l’humanité.

La dignité est cette valeur fondamentale que tu possèdes simplement parce que tu es toi, que je possède moi-même et que possède toute personne dans le monde, peu importe son origine, sa situation, la couleur de sa peau, sa croyance, son orientation sexuelle ou son identité de genre, son accent ou son histoire personnelle. Elle ne dépend ni de l’argent que tu possèdes, ni de l’emploi que l’on t’a donné, ni du nom figurant sur ta carte d’identité. C’est quelque chose que personne ne peut t’accorder et que personne ne peut t’enlever. Et pourtant, chaque jour, dans des milliers de gestes petits et grands, certains cherchent à diminuer la dignité des autres. Parfois involontairement, parfois avec toute la mauvaise intention possible.

Une coexistence juste commence lorsque nous reconnaissons cette dignité comme le sol solide sur lequel nous marchons tous. Lorsque nous abandonnons l’habitude de mesurer la valeur des individus en fonction de ce qu’ils produisent, de ce qu’ils possèdent, de ce qu’ils apportent au marché ou de leur utilité pour des intérêts étrangers. Nous ne sommes pas des machines ni des pièces interchangeables ; nous sommes des êtres humains qui ressentent, qui souffrent, qui rêvent et qui cherchent quelque chose à la fois simple et complexe : vivre sans peur et dans la liberté. Reconnaître la dignité humaine signifie regarder n’importe quelle personne dans les yeux et reconnaître qu’elle a la même importance que toi. Pas plus, mais certainement pas moins.

Si nous y réfléchissons, presque tous les problèmes sociaux commencent lorsque quelqu’un oublie cela. La discrimination naît de l’oubli de la dignité de la personne que nous avons en face de nous. Le racisme ignore que la personne que tu as en face est, dans l’essentiel, égale à toi. L’extrême pauvreté n’est pas une malédiction inévitable mais le résultat de structures qui n’ont pas fait de la dignité des personnes une priorité réelle. La violence, sous toutes ses formes, est toujours la négation la plus évidente de cette dignité partagée.

Mais tout n’est pas négatif. Il est également important de rappeler que le meilleur de ce que nous avons construit ensemble en tant que sociétés est né de cette reconnaissance. Les droits humains n’ont pas soudainement émergé parce que quelqu’un voulait rédiger un joli texte. Ils sont apparus parce qu’après trop de guerres et trop d’horreurs, nous avons compris que si la dignité humaine n’est pas la première brique, tout l’édifice s’écroule. Les grandes luttes pour l’égalité, du droit de vote des femmes à la défense des personnes LGBTIQ+, ont toujours porté le même cri de fond. Nous voulons être traités comme des êtres humains, avec la même dignité que toute autre personne dans le monde, sans exception.

Parfois, nous pensons que la dignité est un concept abstrait, presque philosophique, mais ce n’est pas le cas. En réalité, c’est une idée qui se concrétise dans des situations très réelles. Elle est présente lorsqu’un travailleur peut rentrer chez lui sans craindre d’être licencié sans raison ou exploité. Elle est présente lorsqu’une personne migrante n’est pas traitée comme une main-d’œuvre bon marché ou comme un “problème ambulant” sans papiers, mais comme quelqu’un ayant une histoire, une famille, des espoirs pour un avenir meilleur et une vie qui mérite le respect. Elle est présente lorsqu’une femme peut marcher dans la rue sans ressentir que son existence dépend de la prudence ou de la peur. Elle est même présente dans notre manière de parler, dans nos plaisanteries, dans notre façon de répondre à ceux qui pensent différemment et dans l’éducation que nous donnons aux filles et aux garçons pour leur apprendre que personne ne vaut plus que quelqu’un d’autre.

La dignité implique également de reconnaître que la fragilité fait partie de la vie. Et que lorsqu’une personne traverse son pire moment, elle n’a pas besoin de reproches mais de soutien. Nous sommes souvent prompts à juger ceux qui se trompent, qui tombent ou qui semblent incapables de répondre aux exigences du monde. Mais la dignité ne connaît ni succès ni échec. Ce n’est pas un prix que l’on te donne lorsque tu fais bien, ni une punition que tu perds lorsque quelque chose tourne mal. Ta dignité reste, même lorsque tu ne sais pas comment relever la tête.

Nous vivons à une époque où la précipitation et la pression sociale font que beaucoup de personnes se sentent moins que ce qu’elles sont. Nous sommes entourés d’un bruit constant qui nous pousse à nous comparer sans cesse. Nous semblons obsédés par la démonstration de notre valeur, comme si nous devions justifier notre existence. Et pourtant, si nous croyions vraiment que la dignité humaine est le point de départ, nous comprendrions que nous n’avons pas besoin de compétition permanente. Que nous n’avons rien à prouver pour être traités avec respect.

Une coexistence juste se construit également avec des gouvernements et des institutions qui comprennent cette vérité. Les lois sont plus justes lorsqu’elles reconnaissent toutes les personnes comme titulaires de la même dignité. Les services publics fonctionnent mieux lorsqu’ils se souviennent que derrière chaque dossier se trouve une personne, une vie concrète. Les villes sont plus humaines lorsqu’elles tiennent compte de ceux qui les habitent, et pas seulement de ceux qui peuvent se les payer. Et un pays est plus décent lorsqu’aucun individu n’est exclu de la table simplement parce que cela arrange quelqu’un qu’il reste des places libres.

La dignité humaine ne se défend pas seulement dans les grands discours. Elle se défend également lorsque nous cédons notre place à quelqu’un qui en a plus besoin. Lorsque nous évitons un commentaire blessant. Lorsque nous écoutons quelqu’un traversant un moment difficile sans le minimiser. Lorsque nous reconnaissons que notre liberté n’est pas une excuse pour piétiner autrui. Lorsque nous demandons pardon parce que nous comprenons que le tort, même petit, compte et, bien sûr, fait mal.

Grâce à cette idée simple, les barrières tombent. Là où la dignité est reconnue, il y a de la place pour le dialogue, pour la compréhension et pour une coexistence réelle. Pas dans le sens où tout le monde doit penser de la même manière, mais dans celui où chacun peut vivre en respectant que chaque personne a sa propre manière de vivre, de croire, d’aimer et de regarder le monde qui l’entoure.

Respecter la dignité des autres signifie également la protéger, en refusant de laisser quelqu’un humilier autrui. Ne pas détourner le regard lorsque nous voyons une injustice. Ne pas rester silencieux lorsque la peur des autres se transforme en moquerie ou en abus. Il est facile de défendre la dignité quand rien d’important n’est en jeu, mais le véritable test se situe dans ces moments inconfortables, ceux qui font mal jusqu’aux os, qui vous laissent sans larmes et sans souffle. Ce sont ces moments où il est difficile de prendre position. Et pourtant, c’est précisément là que cela a le plus de sens.

Peu d’idées transforment autant notre vie que de comprendre que la dignité humaine est la boussole qui devrait nous guider au quotidien. C’est un guide qui nous indique la direction à suivre lorsque tout semble confus. Elle sert dans nos relations personnelles, en politique, dans la vie de quartier et dans les petites décisions du quotidien. Dans un monde rempli de différences, la dignité est la seule chose que nous partageons tous depuis le départ. Tout le reste peut changer, mais pas cela.

Nous ne pourrons peut-être pas résoudre tous les problèmes du monde. Il y aura peut-être des injustices trop grandes qui ne dépendent pas de nous. Mais nous pouvons contribuer à faire de notre petit bout de réalité un endroit meilleur. Et ce changement commence par quelque chose d’aussi simple que de regarder la personne à côté de nous avec respect et de la traiter pour ce qu’elle est, comme un être humain ayant la même dignité que toi et moi.

Puissions-nous ne jamais oublier que la justice ne naît ni de la force, ni de la peur, ni de l’imposition. La justice naît de cette reconnaissance mutuelle entre des personnes qui, bien que différentes en surface, sont égales au fond. Elle naît lorsque nous comprenons que personne ne vaut plus qu’un autre. Elle naît lorsque nous prenons soin de la dignité comme si c’était le trésor le plus précieux, à préserver coûte que coûte.

Si jamais nous nous perdons parmi tant de voix, tant d’exigences et tant de problèmes, nous pourrons toujours revenir à cette idée simple pour retrouver le chemin.

En fin de compte, lorsque nous nous rappelons que la dignité humaine est le point de départ, tout change.

Parce que tout commence là.

Dans la dignité.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
O Ponto de Partida

(Dia dos Direitos Humanos)

Às vezes, passamos a vida à procura de grandes ideias que expliquem por que algumas sociedades convivem em paz e outras não, por que algumas leis funcionam enquanto outras parecem apenas tinta no papel, por que certos grupos humanos conseguem estender a mão enquanto outros insistem em empurrar quem está ao lado. E, no entanto, a resposta mais importante é frequentemente a mais simples. Ela está naquela verdade que damos como certa, mas que raramente paramos para observar com calma. A dignidade humana é o ponto de partida de toda convivência justa. Dito assim, soa profundo, quase solene, mas se a trazermos para o nosso dia a dia, veremos que esta frase explica a maioria dos conflitos, assim como a maior parte dos avanços reais que a humanidade alcançou.

A dignidade é aquele valor fundamental que você possui simplesmente por ser você, que eu possuo e que qualquer pessoa no mundo possui, independentemente de sua origem, sua situação, a cor de sua pele, sua fé, sua orientação sexual ou identidade de gênero, seu sotaque ou sua história pessoal. Não depende do dinheiro que você tem, do trabalho que lhe foi dado ou do sobrenome no seu documento de identidade. É algo que ninguém lhe concede e que ninguém pode tirar de você. E, ainda assim, todos os dias, em milhares de gestos pequenos e grandes, há quem tente diminuir a dignidade do outro. Às vezes sem querer, às vezes com toda a má intenção do mundo.

Uma convivência justa começa quando reconhecemos essa dignidade como o chão firme sobre o qual todos pisamos. Quando deixamos para trás o hábito de medir o valor das pessoas pelo que produzem, pelo que possuem, pelo que contribuem para o mercado ou pela utilidade que têm para interesses alheios. Não somos máquinas nem peças intercambiáveis; somos pessoas que sentem, que sofrem, que sonham e que buscam algo ao mesmo tempo simples e complicado: viver sem medo e em liberdade. Reconhecer a dignidade humana é olhar qualquer pessoa nos olhos e reconhecer que ela tem a mesma importância que você. Nem mais, nem menos.

Se pensarmos bem, quase todos os problemas sociais começam quando alguém esquece disso. A discriminação nasce do esquecimento da dignidade da pessoa que temos diante de nós. O racismo ignora que quem está à nossa frente é igual a nós no essencial. A pobreza extrema não é uma maldição inevitável, mas o resultado de estruturas que não colocaram a dignidade das pessoas como prioridade real. A violência, em qualquer forma, é sempre a negação mais evidente dessa dignidade compartilhada.

Mas nem tudo são aspectos negativos. Também vale lembrar que o melhor que construímos juntos como sociedades nasceu desse reconhecimento. Os direitos humanos não surgiram de repente porque alguém quis redigir um texto bonito. Surgiram porque, após guerras e horrores demais, entendemos que se a dignidade humana não for o primeiro tijolo, todo o edifício desmorona. As grandes lutas pela igualdade, do voto feminino à defesa dos direitos LGBTIQ+, sempre tiveram o mesmo grito de fundo. Queremos ser tratados como pessoas, com a mesma dignidade que qualquer outra pessoa no mundo, sem exceções.

Às vezes pensamos que a dignidade é um conceito abstrato, quase filosófico, mas não é. Na realidade, é uma ideia que se concretiza em coisas muito reais. Está no fato de um trabalhador poder voltar para casa sem medo de ser despedido sem motivo ou explorado. Está no fato de uma pessoa migrante não ser tratada como mão de obra barata ou como um “problema ambulante” sem documentos, mas como alguém com história, família, sonhos de um futuro melhor e uma vida que merece respeito. Está no fato de uma mulher poder caminhar na rua sem sentir que sua existência depende da prudência ou do medo. Está até na forma como falamos, nas piadas que fazemos, na maneira como respondemos a quem pensa diferente e na educação que damos às meninas e meninos para ensinar que ninguém vale mais do que ninguém.

A dignidade também implica reconhecer que a fragilidade faz parte da vida. E que, quando alguém está no seu pior momento, não precisa de repreensões, mas de apoio. Muitas vezes julgamos rapidamente quem erra, quem cai ou quem parece não estar à altura do que o mundo exige. Mas a dignidade não entende de sucessos ou fracassos. Não é um prêmio que você recebe quando faz as coisas bem, nem um castigo que perde quando algo dá errado. Sua dignidade permanece, mesmo quando você não sabe como levantar a cabeça.

Vivemos tempos em que a pressa e a pressão social fazem com que muitas pessoas se sintam menores do que são. Estamos cercados por um ruído constante que nos empurra a nos comparar sem parar. Parecemos obcecados em demonstrar nosso valor, como se tivéssemos que justificar nossa própria existência. E, no entanto, se realmente acreditássemos que a dignidade humana é o ponto de partida, compreenderíamos que não precisamos competir o tempo todo. Que não precisamos provar nada para sermos tratados com respeito.

Uma convivência justa também se constrói com governos e instituições que entendem essa verdade. As leis são mais justas quando reconhecem todas as pessoas como detentoras da mesma dignidade. Os serviços públicos funcionam melhor quando lembram que, por trás de cada processo, há uma pessoa, uma vida concreta. As cidades são mais humanas quando pensam em quem nelas vive, e não apenas em quem pode pagá-las. E um país é mais decente quando ninguém fica de fora da mesa apenas porque convém a alguém que sobre uma cadeira.

A dignidade humana não se defende apenas nos grandes discursos. Ela se defende quando cedemos o lugar para alguém que precisa mais. Quando evitamos fazer um comentário que machuca. Quando ouvimos quem está passando por um momento difícil sem minimizar sua dor. Quando reconhecemos que nossa liberdade não é desculpa para pisar em ninguém. Quando pedimos desculpas porque entendemos que o dano, mesmo que pequeno, conta e, claro, dói.

Graças a essa ideia simples, barreiras são quebradas. Onde a dignidade é reconhecida, há espaço para diálogo, entendimento e convivência real. Não no sentido de que todos devem pensar igual, mas no sentido de poder conviver respeitando que cada um tem sua forma de viver, acreditar, amar e enxergar o mundo ao seu redor.

Respeitar a dignidade alheia também significa protegê-la, não permitindo que alguém humilhe outra pessoa. Não desviar o olhar quando vemos uma injustiça. Não permanecer em silêncio quando o medo dos outros se transforma em zombaria ou abuso. É fácil defender a dignidade quando nada de importante está em jogo, mas o verdadeiro teste está nesses momentos desconfortáveis, que doem até os ossos, que nos deixam sem lágrimas e sem fôlego. São esses momentos em que é mais difícil se posicionar. E ainda assim, é justamente aí que faz mais sentido agir.

Poucas ideias transformam tanto a nossa vida quanto entender que a dignidade humana é a bússola que deve nos guiar dia após dia. É um guia que indica a direção quando tudo parece confuso. Serve para nossos relacionamentos pessoais, para a política, para a convivência nos bairros e para as pequenas decisões do dia a dia. Em um mundo cheio de diferenças, a dignidade é a única coisa que todos temos em comum desde o início. O resto pode mudar, mas isso não.

Talvez não possamos resolver todos os problemas do mundo. Talvez haja injustiças grandes demais que não dependam de nós. Mas podemos contribuir para que o nosso pedacinho de realidade seja um lugar melhor. E essa mudança começa com algo tão básico quanto olhar a pessoa ao lado com respeito e tratá-la pelo que ela é, como um ser humano com a mesma dignidade que você e eu.

Que jamais esqueçamos que a justiça não nasce da força, do medo ou da imposição. A justiça nasce do reconhecimento mútuo entre pessoas que, embora diferentes na superfície, são iguais no fundo. Nasce quando entendemos que ninguém vale mais do que ninguém. Nasce quando cuidamos da dignidade como se fosse o tesouro mais valioso que devemos preservar a todo custo.

Se algum dia nos perdermos entre tantas vozes, tantas exigências e tantos problemas, sempre poderemos voltar a essa ideia simples para encontrar o caminho.

No fim, quando lembramos que a dignidade humana é o ponto de partida, tudo muda.

Porque tudo começa ali.

Na dignidade.

Nunca apartemos la mirada

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional para la Conmemoración y Dignificación de las Víctimas del Crimen de Genocidio y para la Prevención de ese Crimen)

Hay crímenes atroces que nos encogen el corazón. A lo largo de la historia, la humanidad ha sido testigo de auténticas abominaciones contra de sí misma. Pensar en los horrores del pasado no sirve de nada si no nos remueve por dentro y hacemos todo lo que sea posible para impedir que vuelvan a repetirse. Pero recordar no es únicamente llorar por lo que pasó, es preguntarnos si estamos haciendo algo para evitar que vuelva a ocurrir. Porque no se trata solo de mirar hacia atrás, sino de abrir los ojos ante lo que sigue pasando ahí fuera, ahora mismo, mientras lees esto. 

Apenas un día separa el aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos del de la Convención que definió el delito de genocidio. Dos documentos aprobados en 1948 que pretendían poner un poco de luz en un mundo que acababa de atravesar las tinieblas más profundas. Dos textos que representan un compromiso que aún hoy sigue siendo insuficiente, porque ahí fuera hay demasiada gente a la que siguen arrancando la dignidad.

Detrás de la palabra genocidio hay un nombre que deberíamos recordar más: Raphael Lemkin. Un jurista polaco judío que vivió en primera persona el odio, la guerra y la sensación de que el mundo miraba hacia otro lado. Desde joven vio cómo se destruían pueblos enteros y quedó marcado por el Genocidio Armenio. No entendía cómo semejante barbarie podía quedar sin castigo, cómo era posible que no hubiera una sola ley internacional que protegiera a poblaciones enteras del exterminio.

Fue él quien en 1944 inventó la palabra genocidio combinando genos, del griego y -cide del latín. No lo hizo para adornar un libro, lo hizo para sacudir al mundo. Para que dejara de meter la cabeza bajo tierra y creara herramientas legales capaces de frenar la destrucción de comunidades enteras. Para Lemkin, no se trataba solo de matar, sino de borrar una cultura, una lengua, una identidad.

Gracias a su empeño, el 9 de diciembre de 1948 nació la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. Por primera vez se reconocía este crimen como algo que concernía a toda la humanidad. Por primera vez se dijo en voz alta que todos los Estados tenían la obligación de actuar, no de mirar.

Y sin embargo, cuántas veces se ha incumplido ese compromiso. Cuántas veces los intereses políticos o económicos han pesado más que las vidas humanas. Cuántas veces la burocracia ha sido más rápida que la solidaridad. Y cuántas veces, al final, quien ha pagado el precio han sido personas inocentes.

El genocidio no es una palabra del pasado. Ojalá lo fuera. Durante el siglo XX vimos el Genocidio Armenio, el Holocausto nazi que acabó con millones de vidas, las Masacres de Nankín, la brutalidad de los Jemeres Rojos en Camboya. Lo vimos en Ruanda, donde en apenas cien días asesinaron a más de ochocientas mil personas. Lo vimos en Bosnia con la masacre de Srebrenica. Y lo seguimos viendo ya entrado el siglo XXI en Darfur, en Myanmar con los rohinyás, en lugares donde se sigue intentando borrar pueblos enteros.

Y también hoy sigue ocurriendo, aunque apenas hablemos ya de ello. En Ucrania y en Gaza hemos vuelto a ver cómo la violencia masiva arrasa vidas sin mirar a quién se lleva por delante. Vemos cómo se señalan responsabilidades, cómo intervienen tribunales internacionales, cómo se negocia con la vida de la gente a cambio de prebendas económicas y explotación de recursos naturales, y cómo, pese a todo, miles de víctimas siguen esperando una protección que llega tarde o no llega.

Si de verdad queremos que esto cambie, necesitamos actuar en todos los frentes. Para ello, la educación es clave. Educar en empatía, en respeto, en diversidad, en derechos humanos. Educar para que el odio no prenda tan rápido. También necesitamos instituciones internacionales fuertes, con recursos y con capacidad real para intervenir antes de que sea demasiado tarde. Y necesitamos una sociedad civil despierta, activa, que no tolere ni normalice los discursos de odio.

No podemos permitirnos vivir pensando que estas cosas les pasan a otros, en otros lugares, en otras épocas. Todos, desde los gobiernos hasta cada persona a nivel individual, tenemos un papel. Porque prevenir un genocidio no es solo cuestión de grandes decisiones políticas. También empieza en cómo nos relacionamos, en cómo hablamos, en qué discursos damos por válidos, en qué injusticias decidimos no pasar por alto.

Honrar a las víctimas no es encender una vela ni poner un mensaje bonito en redes. Es construir un mundo donde su sufrimiento no se repita jamás. Un mundo donde la dignidad y la igualdad sean un derecho real y no un privilegio para unos pocos. Un mundo donde el odio no tenga espacio para crecer.

Porque prevenir el genocidio no es solo un deber de los Estados. Es una responsabilidad compartida por toda la humanidad.

Y solo si la asumimos de verdad podremos decir que estamos honrando la memoria de quienes ya no están.

Mientras no lo hagamos, seguirá pasando. 

Justo ahora. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
LET US NEVER LOOK AWAY

(International Day of Commemoration and Dignity of the Victims of the Crime of Genocide and of the Prevention of this Crime)

There are atrocious crimes that make our hearts shrink. Throughout history, humanity has witnessed true abominations committed against itself. Thinking about past horrors is useless unless they stir something within us and drive us to do everything in our power to prevent them from happening again. But remembering is not only about mourning what happened, it is about asking ourselves whether we are doing anything to stop it from happening once more. Because it is not just about looking back, but about opening our eyes to what is still happening out there, right now, as you read this.

Barely a day separates the anniversary of the Universal Declaration of Human Rights from that of the Convention that defined the crime of genocide. Two documents adopted in 1948 that sought to bring a little light to a world emerging from its darkest moment. Two texts that embody a commitment which even today remains insufficient, because out there far too many people are still being stripped of their dignity.

Behind the word genocide lies a name we should remember far more often: Raphael Lemkin. A Polish-Jewish jurist who experienced hatred, war and the feeling that the world was looking the other way. From a young age he saw entire communities destroyed and was deeply marked by the Armenian Genocide. He could not understand how such barbarity could go unpunished, how it was possible that no international law existed to protect entire populations from extermination.

He was the one who, in 1944, coined the word genocide by combining *genos*, from Greek, and *-cide*, from Latin. He did not do it to embellish a book; he did it to shake the world. To force it to stop burying its head in the sand and to create legal tools capable of halting the destruction of whole communities. For Lemkin, it was not only about killing, but about erasing a culture, a language, an identity.

Thanks to his determination, on 9 December 1948 the Convention on the Prevention and Punishment of the Crime of Genocide came into being. For the first time this crime was recognised as something that concerned all humanity. For the first time it was said aloud that all States had an obligation to act, not to look away.

And yet, how many times has this commitment been broken. How many times have political or economic interests outweighed human lives. How many times has bureaucracy moved faster than solidarity. And how many times, in the end, have innocent people paid the price.

Genocide is not a word of the past. If only it were. During the twentieth century we saw the Armenian Genocide, the Nazi Holocaust that took millions of lives, the Nanjing Massacres, the brutality of the Khmer Rouge in Cambodia. We saw it in Rwanda, where more than eight hundred thousand people were murdered in barely one hundred days. We saw it in Bosnia with the Srebrenica massacre. And we continue to see it in the twenty-first century in Darfur, in Myanmar against the Rohingya, in places where attempts to erase entire peoples persist.

And it is still happening today, even if we hardly speak about it anymore. In Ukraine and in Gaza we have once again witnessed how massive violence destroys lives without regard for who it sweeps away. We see responsibilities being pointed out, international courts intervening, deals struck over human lives in exchange for economic favours and the exploitation of natural resources, and we see thousands of victims still waiting for protection that arrives too late or never arrives at all.

If we truly want things to change, we need to act on every front. Education is key. Educating in empathy, in respect, in diversity, in human rights. Educating so that hatred does not take hold so easily. We also need strong international institutions, with resources and real capacity to intervene before it is too late. And we need an alert, active civil society that neither tolerates nor normalises hate speech.

We cannot allow ourselves to think that these things happen to others, in other places, in other eras. All of us, from governments to each individual, have a role to play. Because preventing genocide is not only a matter of major political decisions. It also begins in how we relate to one another, how we speak, which discourses we accept, and which injustices we refuse to overlook.

Honouring the victims is not about lighting a candle or posting a heartfelt message online. It is about building a world where their suffering is never repeated. A world where dignity and equality are genuine rights and not privileges for a few. A world where hatred has no room to grow.

Because preventing genocide is not just a duty of States. It is a responsibility shared by all humanity.

And only if we truly embrace it will we be able to say that we are honouring the memory of those who are no longer with us.

Until we do, it will continue.

Right now.

La España que debemos construir

Hoy, 6 de diciembre de 2025, se cumplen 47 años desde la aprobación en referéndum de la Constitución Española, el corazón de nuestra democracia. Durante todo este tiempo, nuestra Norma Fundamental ha sido un faro que nos ha guiado hacia una sociedad más justa, plural y democrática, asentando las bases de nuestras instituciones y permitiéndonos vivir en paz tras una dictadura. Su verdadera fuerza ha estado radicada siempre en ser un marco que se ha adaptado a los cambios sociales y que sigue siendo relevante en la España de hoy.

Pero celebrar este día no significa tener que conformarse. Hoy, más que nunca, es imprescindible pensar en cómo mejorarla y adaptarla a los retos del siglo XXI, ahora que ya casi hemos cumplido una cuarta parte. La ultraderecha neofascista avanza, cuestionando derechos fundamentales y poniendo en riesgo los logros de décadas. La derecha tradicional, demasiado a menudo, calla para recuperar el poder, asumiendo parte de sus planteamientos y dejando que la Constitución sea manoseada a su antojo por quienes usan las instituciones, incluido el Poder Judicial, como herramienta de su estrategia política. Frente a esto, necesitamos reformas que hagan efectivos todos los derechos que promete la Constitución, en sintonía con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y que aseguren que los gobiernos cumplan su deber de protegerlos, sin excepción.

Uno de los principales problemas sigue siendo la materialización del derecho de acceso a una vivienda digna, que es, sin duda, un problema urgente y que sigue sin resolverse. A pesar de los tímidos avances,  demasiadas personas no tienen acceso a un hogar seguro y adecuado. La Constitución debe garantizar que la vivienda no sea un lujo ni un negocio sujeto a especulación, sino un derecho básico. La sanidad pública también debe ser un derecho fundamental, accesible para todos, porque sin salud nada más tiene sentido y los intereses económicos nunca pueden estar por encima del bienestar de la población. Y, en tal caso, la salud mental debe ser tratada con la misma prioridad que la salud física, garantizando atención integral, prevención y acceso a tratamientos de calidad para todas las personas. Por tanto, ninguno de estos dos derechos puede ser objeto de negocio, porque no se trata solo de derechos, sino de la vida de decenas de miles de personas. Y cuando los derechos son objetos de negocio, se manda un mensaje que no es otro que “salvo que puedas pagarlo, tu vida, tu seguridad y tu salud no nos importan”. 

Por otro lado, la igualdad entre mujeres y hombres necesita reforzarse y blindarse aún más. A pesar de los avances, la discriminación y la violencia de género siguen presentes. Ninguna mujer debería sufrir violencia, en cualquiera de sus formas, por ser mujer, y la Constitución debe protegerla y garantizar su igualdad en todos los ámbitos de la vida. De hecho, hemos de trabajar por una sociedad en la que nadie sea víctima de violencia nunca. NADIE. 

Por desgracia, el odio sigue afectando a quienes reivindican el derecho a ser y a amar. El colectivo LGTBIQ+ ha logrado grandes avances, pero sigue enfrentando duras amenazas, negación de sus derechos y un alto riesgo de retroceso. Sus derechos, como los de cualquier otra persona, deben estar protegidos y blindados para que vivan en una sociedad de respeto y libre, sin miedo a perder lo conquistado, a veces a un precio demasiado alto si pensamos en quienes perdieron la vida por defender el derecho a la libertad y el derecho a amar. 

Las personas con discapacidad también deben ocupar un lugar central en nuestra atención y compromiso como sociedad. Sus derechos no solo deben ser reconocidos, sino garantizados de manera efectiva, para que puedan participar plenamente en todos los ámbitos de la vida: la educación, el empleo, la cultura, el ocio y los servicios públicos, siempre sin barreras físicas, tecnológicas ni sociales, y sin paternalismos que limiten su autonomía. Reconocer y valorar lo que cada persona puede aportar enriquece a toda la sociedad, y asegurar su inclusión plena no es solo un deber legal, sino una obligación ética y un reflejo de la fuerza y la madurez de nuestra democracia. La accesibilidad universal, la eliminación de obstáculos y la promoción de la igualdad de oportunidades deben estar presentes en todas las políticas públicas, porque solo así podremos construir una España donde cada persona, con sus talentos y capacidades, pueda desarrollarse, contribuir y vivir con dignidad, libertad y plenitud.

Cuando hablamos de menores de edad, no podemos olvidar la necesidad de proteger su integridad física y su salud mental, así como de fomentar su bienestar emocional y desarrollo integral. Debemos seguir luchando frente al acoso escolar y al ciberacoso, asegurando que los centros educativos sean espacios seguros, libres de violencia, estrés y ansiedad. Todo ello, por supuesto, sin olvidar que el resto de espacios en los que se desenvuelve la infancia también deben ser seguros y promover su bienestar. Para lograrlo, toda la sociedad debe comprometerse y nunca mirar hacia otro lado. NUNCA.

Vivimos tiempos en los que hemos visto el resurgir del racismo y la xenofobia. Negar esta realidad es un acto de ceguera selectiva que solo nace del cinismo. Sean del lugar que sea, las personas migrantes y refugiadas deben ser tratadas con dignidad y respeto, y la Constitución debe garantizar mecanismos claros contra la trata de personas y los riesgos que siempre están aparejados a la exclusión social. Mientras exista una sola persona en situación de vulnerabilidad o exclusión social, especialmente cuando termina de la manera más dramática, incluyendo la afectación de su salud mental por la precariedad, muchas veces tan injusta como sobrevenida, toda nuestra sociedad será responsable de un fracaso social que siempre puede ser evitado.

Cuidar nuestro hogar común también es una prioridad. Por eso, la protección del medio ambiente es otro pilar esencial que debería estar blindado en nuestra Constitución. La crisis climática es real y urgente. Las voces que niegan la evidencia científica no pueden marcar la senda que permita que, poco a poco, acabemos con único hogar común que nunca podremos reemplazar. Por eso, nuestra Constitución debe asumir la obligación de proteger la naturaleza y garantizar un planeta habitable para las generaciones futuras. 

Las tensiones territoriales nunca han dejado de estar presentes. Por ello, es también fundamental garantizar un modelo territorial justo que respete la diversidad cultural y regional, distribuya los recursos de forma equitativa y permita que todas las comunidades participen activamente en las decisiones que les afectan. Solo así se fortalecerá la cohesión social y la convivencia pacífica entre todas las regiones de España. Nuestras diferencias, aquello que nos hace únicos como pueblos, nunca deben ser causa de división, sino de enriquecimiento mutuo. 

Les nostres diferències han de ser sempre una font de riquesa, mai de confrontació ni de divisió entre aquells que lluiten per un mateix futur i per una vida millor. Tot això és possible dins d’un projecte comú de convivència que reconegui les singularitats i construeixi sempre ponts d’entesa.

Les nostres diferències han de ser sempre una font de riquesa, mai de confrontació ni de divisió entre aquells que lluiten per un mateix futur i per una vida millor. Tot això és possible dins d’un projecte comú de convivència que reconega les singularitats i construïsca sempre ponts d’entesa.

Gure desberdintasunek beti izan behar dute aberastasun-iturri, inoiz ez konfrontazio edo zatiketarena, etorkizun bera eta bizi hobea lortzeko borrokatzen dutenen artean. Hori guztia posible da berezitasunak aitortzen dituen eta ulermen-zubiak eraikitzen dituen elkarbizitza-proiektu komun baten barruan.

As nosas diferenzas deben ser sempre unha fonte de riqueza, nunca de confrontación nin de división entre quen loita por un mesmo futuro e por unha vida mellor. Todo iso é posible dentro dun proxecto común de convivencia que recoñeza as singularidades e constrúa sempre pontes de entendemento. 

Muchas veces hablamos de los Padres de la Constitución. Sabemos sus nombres y lo que plasmaron en el texto constitucional que celebramos. Pero, igualmente, hoy es también el momento para recordar a las 27 mujeres diputadas que participaron en la legislatura constituyente, y que deben ser reconocidas también como auténticas Madres de la Constitución: Juana Arce Molina, Soledad Becerril, Gloria Begué Cantón, Pilar Brabo, Carlota Bustelo, Dolors Calvet Puig, Virtudes Castro García, Asunción Cruañes Molina, María Victoria Fernández-España, Carmen García Bloise, Dolores Ibárruri, María Izquierdo Rojo, Rosina Lajo Pérez, Belén Landáburu, Marta Mata, Amalia Miranzo Martínez, Mercedes Moll de Miguel, Dolores Blanca Morenas Aydillo, Elena María Moreno González, María Dolores Pelayo Duque, Palmira Pla Pechoavierto, María Teresa Revilla, María Rubiés Garrofé, Ana María Ruiz Tagle, Inmaculada Sabater Llorens, Esther Tellado Alfonso y Nona Inés Vilariño Salgado. Sin su labor, nuestra Constitución habría sido muy diferente, y quizá ni siquiera habría llegado a existir.

No quiero olvidar que, en este 2025, cuando se cumplen 600 años de la llegada del pueblo gitano a la península ibérica, debe destacarse el papel de Juan de Dios Ramírez Heredia, el primer diputado gitano de España y miembro de las Cortes Constituyentes de 1977. Él, como constituyente y firmante de la Constitución de 1978 abrió por primera vez la puerta a que la comunidad gitana tuviera voz propia en la construcción del marco legal democrático. Gracias a su valentía y a su firme defensa de la identidad gitana, se impulsó la lucha contra el racismo institucional y social desde el propio Parlamento, algo que él mismo ha reivindicado recientemente en sus mensajes públicos sobre memoria y dignidad, pues, por desgracia, a pesar de los avances en la lucha contra el antigitanismo, el pueblo gitano aún sufre el rechazo, el prejuicio, la estigmatización y la discriminación en nuestro país. Por ello, el legado de Juan de Dios Ramírez Heredia, y de todo el pueblo gitano, está más vivo nunca. Porque la democracia solo es verdaderamente completa cuando incluye a todas las personas, pues la Constitución debe seguir siendo un espacio donde el pueblo gitano pueda defender sus derechos, su cultura y su libertad sin discriminación de ningún tipo. Por ello, nunca me cansaré de decir “¡OPRE ROMA!”. 

En un día como hoy también es indispensable defender con firmeza la memoria histórica y democrática de nuestro país. No podemos construir un futuro sólido si seguimos levantando muros de silencio sobre las heridas del pasado. Las víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura franquista, así como sus familias, merecen verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Durante décadas se impuso un silencio obligado y doloroso, y aún hoy algunas administraciones y determinados servidores públicos mantienen resistencias injustificables a cumplir con los principios básicos de dignidad y reconocimiento. Recordar no es reabrir heridas, es impedir que vuelvan a abrirse. Proteger la memoria histórica y democrática es una obligación moral del Estado y un pilar esencial para que nuestra Constitución, presente y futura, siga siendo un espacio de libertad real para todas las personas.

En unos días, también celebraremos el 77º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, lo que nos debe hacer recordar que los derechos humanos fundamentales no admiten retrocesos y que la futura reforma constitucional debe reflejar ese compromiso. Cualquier reforma o actualización debe ser siempre inclusiva, participativa y guiada por la justicia, la igualdad y el respeto a la dignidad humana inviolable de toda persona. De lo contrario, cualquier reforma constitucional o proceso constituyente, carecerá siempre de los principios y valores que son la verdadera fuente de inspiración de todo texto constitucional.

Es verdad, nuestra Constitución, con sus aciertos y carencias, ha sido clave para construir nuestra democracia, pero no podemos quedarnos estancados. Debe evolucionar con nuestra sociedad, adaptarse a los nuevos retos y blindar todos los derechos que han costado décadas conseguir gracias al trabajo, a la determinación y, también, al dolor y al sufrimiento de quienes nos precedieron y dieron su vida por la libertad. Por ello, debemos recuperar la fuerza de las instituciones y garantizar que ninguna ideología, ninguna presión política ni ningún interés económico ponga en riesgo la libertad, la igualdad y la justicia que nos legaron quienes hicieron posible este texto.

El futuro empieza ahora y debemos trabajar en él desde hoy, defendiendo lo conquistado y construyendo una España más justa, libre, plural, inclusiva, diversa, democrática  y avanzada para todas las personas.

Si nuestra sociedad está viva, nuestra Constitución también debe estarlo. 

Feliz Día de la Constitución.