El Refugio de la Esperanza

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Mundial de las Personas Refugiadas)

Basta con abrir cualquier periódico, encender la televisión o consultar las noticias en el móvil para comprobar que millones de personas siguen viendo cómo su vida cambia de un día para otro. Las guerras, la persecución, la violencia, las crisis humanitarias y los efectos cada vez más visibles del cambio climático continúan obligando a familias enteras a abandonar sus hogares. Gaza, Ucrania, Sudán, Myanmar, la República Democrática del Congo y muchos otros lugares del planeta son hoy el reflejo de una realidad que no deja de crecer.

En junio de 2026, el mundo supera ya los 120 millones de personas desplazadas por la fuerza. Detrás de esa cifra inmensa hay hombres, mujeres, niños y niñas que han tenido que dejar atrás su casa, sus recuerdos, su trabajo, sus amistades y, en demasiadas ocasiones, a parte de su familia. No son números. Son personas. Personas que un día tuvieron una vida normal y que ahora buscan algo tan sencillo y tan valioso como vivir en paz y con seguridad.

Nadie abandona su hogar por capricho. Nadie se lanza a un viaje incierto, peligroso y lleno de obstáculos si tiene otra alternativa. Por eso, cuando hablamos de personas refugiadas, no solo debemos hablar de sufrimiento. También debemos hablar de valentía, de dignidad y de una capacidad extraordinaria para seguir adelante incluso cuando todo parece perdido.

Cada historia de refugio es una historia de pérdida, pero también de resistencia. Es la historia de quien se negó a rendirse, de quien decidió seguir caminando para proteger a sus hijos y de quien, pese al miedo y la incertidumbre, sigue creyendo en la posibilidad de construir un futuro mejor.

Las personas refugiadas necesitan protección, apoyo y oportunidades. Merecen poder reconstruir sus vidas en condiciones de dignidad, merecen acceder a una vivienda, a la sanidad, al empleo, a la educación y a todos aquellos recursos que permitan recuperar la estabilidad que les fue arrebatada. Porque la integración no consiste únicamente en ofrecer refugio. Consiste en garantizar que cada persona tenga la oportunidad real de empezar de nuevo.

Y cuando esa oportunidad existe, los resultados son evidentes. Las personas refugiadas aportan talento, experiencia, conocimientos, cultura y nuevas perspectivas. Emprenden, trabajan, crean empleo, enriquecen las comunidades que las reciben y contribuyen al desarrollo económico y social de los países de acogida. La historia demuestra una y otra vez que la inclusión beneficia a toda la sociedad.

Especial atención merecen los menores y jóvenes refugiados. Para ellos, la educación representa mucho más que aprender materias o adquirir conocimientos. La educación es una herramienta para recuperar la esperanza, sanar heridas y volver a imaginar un futuro. Es el puente que conecta el dolor del pasado con las oportunidades del mañana.

Sin embargo, todavía existen demasiadas barreras. Las dificultades económicas, los trámites burocráticos, los problemas de homologación de estudios, las diferencias lingüísticas o la falta de recursos siguen impidiendo que muchas personas refugiadas puedan desarrollar todo su potencial. Derribar esos obstáculos no es un acto de caridad. Es una cuestión de justicia.

También debemos recordar que la mayor parte de las personas refugiadas son acogidas por países vecinos que, en muchos casos, cuentan con recursos limitados. La responsabilidad de proteger a quienes huyen de la guerra y la persecución no puede recaer únicamente sobre unos pocos Estados. Es una responsabilidad compartida que debe asumir toda la comunidad internacional.

Por eso es fundamental reforzar la cooperación internacional, aumentar la ayuda humanitaria y apoyar a los países que se encuentran en primera línea de acogida. Pero también es necesario promover políticas que favorezcan la integración y la convivencia, garantizando siempre el respeto a los derechos humanos y al derecho de asilo.

Frente a ello, preocupa el crecimiento de los discursos de odio, la desinformación y los mensajes xenófobos que intentan convertir a las personas refugiadas en chivos expiatorios de problemas que nada tienen que ver con ellas. Los prejuicios nunca han solucionado ningún problema. La empatía, la solidaridad y el conocimiento sí.

Defender a las personas refugiadas significa defender valores fundamentales como la dignidad humana, la igualdad, la libertad y la justicia. Significa recordar que ninguna persona debería ser perseguida por su origen, su religión, sus ideas o el lugar donde nació. Significa entender que los derechos humanos no tienen fronteras.

Al mismo tiempo, la comunidad internacional no puede renunciar a abordar las causas profundas que provocan los desplazamientos forzosos. La paz, la diplomacia, la prevención de conflictos, la lucha contra la pobreza, la reducción de las desigualdades y la defensa de la justicia social son herramientas imprescindibles para evitar que millones de personas se vean obligadas a huir.

Las soluciones duraderas pasan por garantizar retornos seguros y voluntarios cuando sea posible, por facilitar la integración en los países de acogida y por impulsar programas de reasentamiento para quienes no pueden regresar a sus hogares. Cada situación requiere respuestas diferentes, pero todas deben tener algo en común: el respeto absoluto a la dignidad de las personas.

Porque detrás de cada persona refugiada hay una historia que merece ser escuchada. Hay sueños interrumpidos, proyectos de vida que quedaron en suspenso y esperanzas que siguen vivas a pesar de todo. Hay madres, padres, hijos e hijas que no buscan privilegios. Buscan protección. Buscan seguridad. Buscan una oportunidad.

Debemos recordar que la solidaridad no es solo una palabra. Es una decisión. Una decisión que corresponde a gobiernos, instituciones, organizaciones, empresas y también a cada uno de nosotros. Todos podemos contribuir a construir comunidades más acogedoras, más humanas y más justas.

La verdadera medida de nuestra humanidad no está en cómo tratamos a quienes tienen más poder, sino en cómo respondemos ante quienes más nos necesitan.

Mientras exista una sola persona obligada a huir de su hogar, nuestra responsabilidad será mantener viva la esperanza, abrir caminos de dignidad y demostrar que la solidaridad sigue siendo la fuerza más poderosa que tenemos para cambiar el mundo.

Nadie debería perderlo todo para encontrar un lugar donde vivir en paz.

Porque vivir en paz es un derecho humano.

Aunque se nos olvide.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The Refuge of Hope

(World Refugee Day)

All it takes is opening a newspaper, turning on the television, or checking the news on a mobile phone to see that millions of people continue to watch their lives change overnight. Wars, persecution, violence, humanitarian crises, and the increasingly visible effects of climate change continue to force entire families to leave their homes behind. Gaza, Ukraine, Sudan, Myanmar, the Democratic Republic of the Congo, and many other places around the world are today a reflection of a reality that continues to grow.

As of June 2026, the number of people forcibly displaced worldwide has surpassed 120 million. Behind that immense figure are men, women, boys, and girls who have had to leave behind their homes, their memories, their jobs, their friendships, and, far too often, part of their families. They are not numbers. They are people. People who once lived ordinary lives and who are now seeking something as simple and as precious as peace and safety.

No one leaves their home on a whim. No one embarks on an uncertain, dangerous journey filled with obstacles if there is another choice available. That is why, when we speak about refugees, we should not only speak about suffering. We should also speak about courage, dignity, and an extraordinary ability to keep moving forward even when everything seems lost.

Every refugee story is a story of loss, but it is also a story of resilience. It is the story of someone who refused to give up, someone who chose to keep walking to protect their children, and someone who, despite fear and uncertainty, continues to believe in the possibility of building a better future.

Refugees need protection, support, and opportunities. They deserve the chance to rebuild their lives with dignity. They deserve access to housing, healthcare, employment, education, and all the resources necessary to regain the stability that was taken from them. Integration is not simply about offering shelter. It is about ensuring that every person has a genuine opportunity to start again.

And when that opportunity exists, the results are clear. Refugees bring talent, experience, knowledge, culture, and new perspectives. They start businesses, work hard, create jobs, enrich the communities that welcome them, and contribute to the economic and social development of their host countries. History has shown time and again that inclusion benefits society as a whole.

Particular attention must be given to refugee children and young people. For them, education means far more than learning subjects or acquiring knowledge. Education is a tool for restoring hope, healing wounds, and imagining a future once again. It is the bridge that connects the pain of the past with the opportunities of tomorrow.

Yet too many barriers still exist. Economic hardship, bureaucratic procedures, difficulties in the recognition of qualifications, language barriers, and a lack of resources continue to prevent many refugees from reaching their full potential. Removing these obstacles is not an act of charity. It is a matter of justice.

We must also remember that most refugees are hosted by neighbouring countries that, in many cases, have limited resources. The responsibility for protecting those who flee war and persecution cannot rest solely on a handful of states. It is a shared responsibility that the entire international community must embrace.

That is why it is essential to strengthen international cooperation, increase humanitarian assistance, and support countries on the front lines of refugee reception. At the same time, it is equally important to promote policies that encourage integration and social cohesion while always safeguarding human rights and the right to seek asylum.

Equally concerning is the rise of hate speech, misinformation, and xenophobic narratives that attempt to turn refugees into scapegoats for problems unrelated to them. Prejudice has never solved any problem. Empathy, solidarity, and understanding have.

Defending refugees means defending fundamental values such as human dignity, equality, freedom, and justice. It means remembering that no one should be persecuted because of their origin, religion, beliefs, or place of birth. It means understanding that human rights do not stop at borders.

At the same time, the international community cannot abandon efforts to address the root causes of forced displacement. Peace, diplomacy, conflict prevention, the fight against poverty, reducing inequality, and promoting social justice are essential tools to prevent millions of people from being forced to flee.

Long term solutions require ensuring safe and voluntary returns whenever possible, supporting integration in host countries, and expanding resettlement programmes for those who cannot return home. Every situation requires different responses, but all of them must share one common principle, absolute respect for human dignity.

Because behind every refugee is a story that deserves to be heard. There are interrupted dreams, life plans left unfinished, and hopes that remain alive despite everything. There are mothers, fathers, sons, and daughters who are not asking for privileges. They are seeking protection. They are seeking safety. They are seeking an opportunity.

We must remember that solidarity is not merely a word. It is a choice. A choice that belongs to governments, institutions, organisations, businesses, and each and every one of us. We can all contribute to building communities that are more welcoming, more humane, and more just.

The true measure of our humanity is not found in how we treat those with power, but in how we respond to those who need us most.

As long as even one person is forced to flee their home, our responsibility is to keep hope alive, open pathways to dignity, and demonstrate that solidarity remains the most powerful force we possess to change the world.

No one should have to lose everything just to find a place where they can live in peace.

Because living in peace is a human right.

Even when we forget it.

En el silencio de la guerra

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional para la Eliminación de la Violencia Sexual en los Conflictos)

Hay cosas que pasan en el mundo que no deberían pasar nunca, pero siguen ahí, casi en silencio, como si no existieran. Una de ellas es la violencia sexual en las guerras.

En los conflictos armados, hay personas que no solo pierden su casa o su vida normal. También pierden su seguridad, su intimidad y, muchas veces, su voz. Mujeres, niñas, niños y también hombres sufren agresiones que casi nunca se cuentan, porque hablar de ello es difícil, peligroso o directamente imposible. Además, Naciones Unidas ha afirmado que estos actos deleznables incluyen violaciones, esclavitud sexual, embarazos forzados, prostitución obligada y otras formas de violencia sexual que aparecen en medio de la guerra o como parte de ella.

El problema no es solo lo que ocurre, sino lo que pasa después. Muchas víctimas no pueden denunciar, otras no se atreven y muchas ni siquiera tienen cerca un sitio seguro al que acudir. A veces es por miedo, otras por vergüenza y otras porque simplemente no hay nadie que les escuche.

Y en medio de todo esto, los servicios de ayuda muchas veces no llegan. No porque no quieran, sino porque en zonas de conflicto todo se rompe a la vez. Fallan los hospitales, la justicia, los sistemas de protección y las redes de apoyo. Y cuando todo eso falla, las víctimas quedan aún más solas.

En estos contextos de guerra, muchas personas viven completamente controladas por sus agresores, sin posibilidad real de salir, pedir ayuda o contar lo que les pasa. Y eso hace que el problema sea todavía más invisible.

Por eso no podemos mirar hacia otro lado ni normalizarlo como si fuera algo inevitable de la guerra, porque no lo es. Es una violación brutal de los derechos humanos que necesita respuesta, protección y justicia real, no solo palabras.

Porque al final, lo más duro no es solo lo que ocurre en la guerra, sino sentir que nadie te cree, nadie te ve y nadie te protege.

Si el mundo calla, la violencia gana.

Rompamos el silencio.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
In the Silence of War

(International Day for the Elimination of Sexual Violence in Conflict)

There are things that happen in the world that should never happen, yet they continue to exist almost in silence, as if they didn’t exist at all. One of them is sexual violence in wars.

In armed conflicts, people do not only lose their homes or their normal lives. They also lose their safety, their privacy, and, many times, their voice. Women, girls, boys, and also men suffer abuses that are almost never reported, because speaking about them is difficult, dangerous, or outright impossible. Moreover, the United Nations has stated that these heinous acts include rape, sexual slavery, forced pregnancies, forced prostitution, and other forms of sexual violence that emerge in the midst of war or as part of it.

The problem is not only what happens, but what comes after. Many victims are unable to report it, others do not dare to, and many do not even have a safe place nearby to turn to. Sometimes it is due to fear, other times due to shame, and in many cases simply because there is no one to listen to them.

And in the midst of all this, support services often do not arrive. Not because they do not want to, but because in conflict zones everything breaks down at once. Hospitals, justice systems, protection mechanisms, and support networks all fail. And when all of that fails, victims are left even more alone.

In these war contexts, many people live completely under the control of their aggressors, with no real possibility of escaping, asking for help, or telling what is happening to them. And this makes the problem even more invisible.

That is why we cannot look the other way or normalize it as if it were an inevitable part of war, because it is not. It is a brutal violation of human rights that requires response, protection, and real justice, not just words.

Because in the end, the hardest thing is not only what happens in war, but the feeling that nobody believes you, nobody sees you, and nobody protects you.

If the world stays silent, violence wins.

Let’s break the silence.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Nel silenzio della guerra

(Giornata internazionale per l’eliminazione della violenza sessuale nei conflitti)

Ci sono cose che accadono nel mondo che non dovrebbero mai accadere, eppure continuano a esistere quasi nel silenzio, come se non esistessero affatto. Una di queste è la violenza sessuale nelle guerre.

Nei conflitti armati, le persone non perdono solo la casa o la loro vita quotidiana. Perdono anche la sicurezza, l’intimità e, molte volte, la propria voce. Donne, ragazze, bambini e anche uomini subiscono aggressioni che quasi mai vengono raccontate, perché parlarne è difficile, pericoloso o addirittura impossibile. Inoltre, le Nazioni Unite hanno affermato che questi atti disumani includono stupri, schiavitù sessuale, gravidanze forzate, prostituzione forzata e altre forme di violenza sessuale che emergono nel mezzo della guerra o come parte di essa.

Il problema non è solo ciò che accade, ma ciò che succede dopo. Molte vittime non possono denunciare, altre non osano farlo e molte non hanno nemmeno un luogo sicuro a cui rivolgersi. A volte è per paura, altre per vergogna e spesso semplicemente perché non c’è nessuno disposto ad ascoltarle.

E in mezzo a tutto questo, i servizi di assistenza spesso non arrivano. Non perché non lo vogliano, ma perché nelle zone di conflitto tutto si rompe contemporaneamente. Ospedali, sistemi giudiziari, meccanismi di protezione e reti di supporto falliscono. E quando tutto questo crolla, le vittime restano ancora più sole.

In questi contesti di guerra, molte persone vivono completamente sotto il controllo dei loro aggressori, senza alcuna reale possibilità di fuggire, chiedere aiuto o raccontare ciò che sta accadendo. E questo rende il problema ancora più invisibile.

Per questo non possiamo voltare lo sguardo né normalizzarlo come se fosse una parte inevitabile della guerra, perché non lo è. È una brutale violazione dei diritti umani che richiede risposta, protezione e vera giustizia, non solo parole.

Perché alla fine, la cosa più difficile non è solo ciò che accade in guerra, ma la sensazione che nessuno ti creda, nessuno ti veda e nessuno ti protegga.

Se il mondo tace, la violenza vince.

Rompiamo il silenzio.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Dans le silence de la guerre

(Journée internationale pour l’élimination de la violence sexuelle en temps de conflit)

Il y a des choses qui se passent dans le monde et qui ne devraient jamais arriver, et pourtant elles continuent d’exister presque dans le silence, comme si elles n’existaient pas. L’une d’elles est la violence sexuelle dans les guerres.

Dans les conflits armés, les personnes ne perdent pas seulement leur maison ou leur vie quotidienne. Elles perdent aussi leur sécurité, leur intimité et, bien souvent, leur voix. Des femmes, des filles, des garçons et aussi des hommes subissent des agressions qui ne sont presque jamais racontées, parce qu’en parler est difficile, dangereux, voire impossible. De plus, les Nations Unies ont affirmé que ces actes ignobles incluent les viols, l’esclavage sexuel, les grossesses forcées, la prostitution forcée et d’autres formes de violence sexuelle qui apparaissent au cœur de la guerre ou comme une partie de celle-ci.

Le problème n’est pas seulement ce qui se passe, mais aussi ce qui arrive après. De nombreuses victimes ne peuvent pas porter plainte, d’autres n’osent pas le faire, et beaucoup n’ont même pas d’endroit sûr vers lequel se tourner. Parfois c’est par peur, parfois par honte, et souvent simplement parce qu’il n’y a personne pour les écouter.

Et au milieu de tout cela, les services d’aide n’arrivent souvent pas. Non pas parce qu’ils ne le veulent pas, mais parce que dans les zones de conflit tout s’effondre en même temps. Les hôpitaux, les systèmes judiciaires, les mécanismes de protection et les réseaux de soutien échouent. Et lorsque tout cela s’effondre, les victimes se retrouvent encore plus seules.

Dans ces contextes de guerre, de nombreuses personnes vivent totalement sous le contrôle de leurs agresseurs, sans réelle possibilité de fuir, de demander de l’aide ou de raconter ce qui leur arrive. Et cela rend le problème encore plus invisible.

C’est pourquoi nous ne pouvons pas détourner le regard ni le normaliser comme s’il s’agissait d’une conséquence inévitable de la guerre, car ce n’en est pas une. C’est une violation brutale des droits humains qui exige une réponse, une protection et une véritable justice, pas seulement des mots.

Car au final, le plus difficile n’est pas seulement ce qui se passe pendant la guerre, mais le sentiment que personne ne vous croit, personne ne vous voit et personne ne vous protège.

Si le monde se tait, la violence gagne.

Brisons le silence.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
No silêncio da guerra

(Dia Internacional para a Eliminação da Violência Sexual em Conflitos)

Há coisas que acontecem no mundo que nunca deveriam acontecer, mas continuam a existir quase em silêncio, como se não existissem. Uma delas é a violência sexual nas guerras.

Nos conflitos armados, as pessoas não perdem apenas a sua casa ou a sua vida normal. Também perdem a sua segurança, a sua intimidade e, muitas vezes, a sua voz. Mulheres, meninas, meninos e também homens sofrem agressões que quase nunca são relatadas, porque falar sobre isso é difícil, perigoso ou simplesmente impossível. Além disso, as Nações Unidas afirmam que estes atos abomináveis incluem violações, escravidão sexual, gravidezes forçadas, prostituição forçada e outras formas de violência sexual que surgem no meio da guerra ou como parte dela.

O problema não é apenas o que acontece, mas o que vem depois. Muitas vítimas não conseguem denunciar, outras não têm coragem e muitas nem sequer têm um local seguro a que possam recorrer. Às vezes é por medo, outras por vergonha e, muitas vezes, simplesmente porque não há ninguém para as ouvir.

E, no meio de tudo isto, os serviços de apoio muitas vezes não chegam. Não porque não queiram, mas porque nas zonas de conflito tudo entra em colapso ao mesmo tempo. Os hospitais, os sistemas de justiça, os mecanismos de proteção e as redes de apoio falham. E quando tudo isso falha, as vítimas ficam ainda mais sozinhas.

Nestes contextos de guerra, muitas pessoas vivem completamente sob o controlo dos seus agressores, sem qualquer possibilidade real de fugir, pedir ajuda ou contar o que lhes está a acontecer. E isso torna o problema ainda mais invisível.

Por isso, não podemos virar o rosto nem normalizar isto como se fosse uma consequência inevitável da guerra, porque não é. É uma violação brutal dos direitos humanos que exige resposta, proteção e justiça real, não apenas palavras.

Porque, no fim, o mais difícil não é apenas o que acontece na guerra, mas a sensação de que ninguém acredita em ti, ninguém te vê e ninguém te protege.

Se o mundo se cala, a violência vence.

Vamos quebrar o silêncio.

Terapias de conversión: la falsa cura

Durante demasiado tiempo, las llamadas terapias de conversión han intentado esconderse detrás de palabras amables. Muchas veces, se han escuchado las palabras “acompañamiento”, “orientación”, «reencuentro personal” o “ayuda espiritual”. Sin embargo, cuando se rasca un poco la superficie de esos términos aparentemente inocentes, lo que aparece es una realidad mucho más dura. Hablo de personas sometidas a presión psicológica, culpabilización, humillaciones constantes, aislamiento emocional y, todo ello, junto con un mensaje constante y devastador: “Hay algo que está mal en ti y debe corregirse o curarse”. 

Las denominadas “terapias de conversión” son prácticas destinadas a modificar, reprimir o negar la orientación sexual, la identidad de género o la expresión de género de una persona. No importa si se realizan en una consulta, en una asociación, en un entorno religioso o en el ámbito familiar. El objetivo es siempre el mismo. Es decir, convencer a alguien de que deje de ser quien es para convertirse en aquello que otros consideran aceptable.

La comunidad científica lleva décadas siendo clara. La homosexualidad no es una enfermedad como tampoco lo son la bisexualidad, la transexualidad o cualquier otra realidad afectiva y sexual que forme parte de la diversidad humana. No existe ninguna evidencia científica que demuestre que estas prácticas funcionen. Lo que sí existe es una enorme cantidad de testimonios que hablan de ansiedad, depresión, sentimientos de culpa, autodesprecio, rupturas familiares e incluso intentos de suicidio.

En España se han dado pasos importantes para prohibir estas prácticas. La legislación vigente reconoce que intentar modificar la orientación sexual o la identidad de género de una persona constituye una vulneración grave de sus derechos más básicos y elementales. Obviamente, se trata de un avance necesario y largamente esperado tras años de vacío legal precedido de décadas de criminalización y represión por parte de la dictadura franquista. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos como sociedad es si basta con considerarlas una infracción administrativa o si, en determinados casos, estamos ante algo mucho más grave. Respuesta corta: Sí, lo es. Es algo mucho más grave. Es un delito contra la dignidad de la persona y sus derechos humanos y fundamentales. Respuesta algo más larga: Puede constituir un delito contra la integridad moral, la libertad o la integridad física y psicológica de la persona cuando concurran los elementos exigidos por el Código Penal.

El Código Penal español ya dispone de herramientas para perseguir muchas de las conductas asociadas a las terapias de conversión. Dependiendo de las circunstancias concretas, pueden resultar aplicables los delitos de lesiones regulados en los artículos 147 y siguientes, cuando se produzcan daños físicos o psicológicos acreditados; los delitos de detención ilegal de los artículos 163 y siguientes, en aquellos casos en los que la víctima sea privada de libertad o retenida contra su voluntad; o el delito de coacciones previsto en el artículo 172, cuando una persona sea obligada a participar en estas prácticas mediante presión, amenazas o cualquier otra forma de imposición.

Especial relevancia tiene el artículo 173.1 del Código Penal, que castiga a quien inflija a otra persona un trato degradante que menoscabe gravemente su integridad moral. Muchas de las terapias de conversión documentadas responden precisamente a esta lógica. La humillación sistemática, la culpabilización de la orientación sexual o de la identidad de género, la destrucción de la autoestima y la presión psicológica continuada constituyen ataques directos contra la dignidad humana que podrían encontrar encaje en este precepto.

Sin embargo, el delito de tortura regulado en los artículos 174 y siguientes mantiene una limitación importante. La legislación española lo reserva esencialmente a conductas cometidas por autoridades o funcionarios públicos en el ejercicio abusivo de sus funciones. Esto significa que, aunque determinadas terapias de conversión puedan generar sufrimientos físicos o psicológicos de enorme gravedad, normalmente no podrán ser calificadas técnicamente como tortura cuando sean ejecutadas por particulares. Precisamente por ello resulta necesario abrir un debate sobre la conveniencia de incorporar una modalidad específica de tortura entre particulares para aquellos supuestos en los que se inflijan deliberadamente sufrimientos graves con la finalidad de anular, modificar o reprimir aspectos esenciales de la identidad de una persona.

Además, dependiendo de cómo se desarrollen los hechos, también podrían resultar aplicables otros delitos previstos en el Código Penal. Si existen daños psicológicos o físicos que puedan acreditarse podrían concurrir delitos de lesiones previstos en los artículos 147 a 156 ter. Si la persona es obligada a participar contra su voluntad podrían apreciarse coacciones en la actuación de aquellas personas que realicen estas acciones en el artículo 172.1 y también podrían concurrir delitos de amenazas de los artículos 169 a 171. 

Por otra parte, en situaciones extremas de encierro o restricción de movimientos incluso podrían plantearse delitos de detención ilegal reflejado en los artículos 163 a 168. Por tanto, el ordenamiento jurídico español, a través de su Código Penal, ya dispone de mecanismos para sancionar muchas de las conductas asociadas a las “terapias de conversión”, aunque no exista todavía un delito específico referido a ellas y que debería de existir ya. Tampoco hay que perder de vista aquellos casos aberrantes en los se llevan a cabo actos sexuales no consentidos con la finalidad de “convertir” a la persona en heterosexual y que estarían enmarcados en un delito contra la libertad sexual en los artículos 178 y siguientes del Código Penal. Todo ello, sin perjuicio de la posible aplicación de la agravante discriminatoria que aparece en el artículo 22.4ª del Código Penal que puede aplicarse a buena parte de los delitos recogidos en el Código Penal cuyos rasgos sean reconocibles dentro de estas “terapias”, o los casos en los que la víctima acaba siendo inducida al suicidio como consecuencia de la presión psicológica sufrida, lo que podría situarnos ante alguna de las conductas previstas en el artículo 143 del Código Penal. Además, en determinados supuestos podría resultar aplicable el artículo 143 bis cuando se difundan contenidos destinados a promover, fomentar o incitar al suicidio de menores de edad o personas con discapacidad necesitadas de especial protección, cuando, de acuerdo con esta abominable práctica, la muerte es la única alternativa para la “salvación del alma”, o directamente aquellos casos en los que se acaba directamente con la vida de la persona y que nos situaría en un delito de homicidio o asesinato de los artículos 138 y siguientes del Código Penal.

No olvidemos que cuando una persona es sometida durante meses o años a un proceso sistemático destinado a destruir su autoestima, a convencerla de que es defectuosa, enferma, pecadora o indigna, el daño no es solamente emocional. Se trata de un ataque directo a su dignidad. Es una agresión contra la integridad moral de la víctima. Y cuando ese sufrimiento alcanza niveles extremos, resulta legítimo preguntarse si el término adecuado sigue siendo simplemente “trato degradante”. Otra respuesta corta: No, no lo es. No es suficiente. 

Los organismos internacionales de derechos humanos llevan años alertando de ello. Voces expertas han señalado que determinadas terapias de conversión pueden constituir formas de trato cruel, inhumano o degradante. En los casos más graves, especialmente cuando existe coacción, violencia física, privación de libertad o sufrimiento psicológico intenso y prolongado, algunos informes han llegado a calificarlas como auténticas formas de tortura. Porque, indudablemente, aunque no exista autoridad o funcionario público que la ejerza, nos encontramos ante un acto de tortura.

Pero la realidad social actual obliga a abrir un debate más amplio. El sufrimiento extremo no pierde gravedad porque quien lo inflige no lleve un uniforme militar o sea una autoridad pública o ejerza un cargo público. Una persona puede ser sometida a una experiencia equiparable a la tortura por parte de particulares. Por supuesto, también puede sufrir un daño devastador a manos de familiares, líderes religiosos, asociaciones o supuestos terapeutas que ejercen sobre ella una posición de poder, dependencia o influencia.

Por eso cada vez son más las voces que reclaman una evolución o, al menos, una adaptación del marco legal. No se trata de vaciar de contenido el concepto de tortura, sino de reconocer que determinadas conductas extremadamente graves pueden producir los mismos efectos destructivos independientemente de quién sea el autor. Cuando alguien es sometido deliberadamente a un proceso destinado a quebrar su identidad, destruir su autoestima y provocar un sufrimiento psicológico severo con el fin de modificar quién es, nos encontramos ante una realidad que merece una respuesta jurídica contundente.

En este sentido, resulta razonable defender la creación de una tipificación específica que permita perseguir como tortura determinadas conductas cometidas también entre particulares cuando concurran elementos como la intencionalidad, la gravedad del sufrimiento causado, la situación de vulnerabilidad de la víctima y la finalidad de anular o modificar aspectos fundamentales de su personalidad. Las terapias de conversión constituyen uno de los ejemplos más evidentes de por qué este debate ya no puede seguir posponiéndose. La razón es muy simple: La defensa de la dignidad humana inviolable de toda persona no admite esperas. Y, además, en no pocas ocasiones, estas prácticas, que en numerosos casos pueden constituir delitos, quizá porque directamente lo son, acaban costando la vida de las personas que las sufren. 

Es verdad que la magnitud exacta resulta difícil de cuantificar, pero la existencia de víctimas es razón suficiente para justificar un debate legislativo serio sobre la necesidad de reforzar la protección penal. Es decir, aunque no haya datos estadísticos, un solo caso es suficiente para promover una reforma legislativa amplia que penalice este tipo de conductas calificándolas como lo que son, actos de tortura que niegan la identidad y, por tanto, la dignidad de la persona. Ese es el derecho más absoluto de todos los derechos básicos y elementales, el derecho a no recibir ninguna clase de humillación ni de tortura, ya sea física o emocional. Por ello, resulta legítimo sostener que determinadas terapias de conversión constituyen formas de trato cruel, inhumano o degradante y que, en sus manifestaciones más graves, pueden alcanzar niveles de sufrimiento equiparables a la tortura. Y es que, quizá, hablar de terapias de conversión es lo mismo que hablar de actos de tortura. Porque, al menos a mi juicio, son exactamente eso. No olvidemos que muchos organismos internacionales han llegado a calificarlas como formas de tortura cuando generan sufrimientos físicos o psicológicos severos.

No, hablar de estas prácticas no es una cuestión ideológica, sino una cuestión de derechos humanos cuya defensa es esencial en cualquier democracia que se precie como tal. Porque nadie debería verse obligado a justificar su orientación sexual. Nadie debería crecer escuchando insultos, sufriendo humillaciones, agresiones o escuchando una y otra vez que su identidad necesita ser “corregida”. Nadie debería soportar sesiones de presión psicológica diseñadas para arrancarle una parte esencial de la persona que es. 

No olvidemos que la verdadera ayuda no consiste en cambiar a las personas para que encajen en las expectativas de otros. La verdadera ayuda consiste en acompañarlas para que vivan con dignidad, libertad y seguridad. Y esas “terapias de conversión” hacen exactamente lo contrario. Sustituyen la aceptación por la culpa, el respeto por la imposición y la libertad por el miedo.

Por eso es importante seguir denunciándolas. Porque detrás de cada estadística hay vidas reales. Hay jóvenes que han crecido pensando que estaban rotos. Hay familias que han sido convencidas de que el amor podía expresarse mediante la corrección y el castigo. Hay víctimas que todavía cargan con cicatrices invisibles muchos años después. Y hay víctimas que no pudieron soportarlo más y decidieron poner fin a sus vidas al encontrar odio y rechazo cuando deberían de haber recibido aceptación y amor en sus propios hogares. 

Una sociedad verdaderamente democrática no puede limitarse a prohibir estas prácticas. Debe reconocer plenamente la magnitud del daño que causan, garantizar la reparación de las víctimas y reforzar los mecanismos de prevención. Y también debe estar dispuesta a debatir si algunas de estas conductas, por su crueldad, por su finalidad y por el sufrimiento que generan, merecen una respuesta penal específica que permita calificarlas como lo que son, actos de tortura incluso cuando sean cometidas por particulares. 

Porque la dignidad humana inviolable de toda persona merece la máxima protección jurídica con independencia de quién sea el agresor.

La defensa de la dignidad humana es incompatible con cualquier intento de corregir aquello que nunca ha estado enfermo.

No hay nada que curar cuando nunca ha existido una enfermedad.

Por eso, no estamos hablando de terapias.

Sino de delitos.