(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)
🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽
Hablar desde el dolor no es fácil. Muchas veces, nuestras lágrimas nos impiden ver con claridad y nuestro llanto no nos permite que articular palabra. Siempre es así cuando sufrimos, pero lo es mucho más cuando quienes sufren son menores de edad o cuando el desenlace ha sido el peor imaginable.
Cuando hablamos de acoso escolar y de suicidio en menores de edad, hay algo que tenemos que entender desde el primer momento. Muchos chicos y chicas adolescentes no muestran señales claras de que lo están pasando mal, de cuánto están sufriendo y desde cuándo. Y no es porque no estén sufriendo realmente, sino porque no saben cómo expresarlo. Por eso, el dolor está, aunque no siempre somos capaces de verlo.
La prevención es la clave. Pero la prevención no es esperar a que aparezcan síntomas, sino crear entornos donde ese sufrimiento no tenga nunca que esconderse. La prevención del acoso y del ciberacoso no empieza cuando ya ha ocurrido. Empieza mucho antes.
Los centros donde hay menos acoso no son los que más castigan, sino los que más cuidan el clima diario. Son los centros donde el alumnado participa, donde las normas son claras y se cumplen, y donde hablar de cómo nos sentimos es algo natural del día a día.
Pero la empatía no nace sola. La empatía se educa y se aprende. Y no con una charla al año, sino con dinámicas, proyectos, tutorías y una forma de relacionarnos que enseñe respeto real.
El acoso y el ciberacoso casi nunca dependen solo de quien agrede o acecha en las redes. También se sostienen en el silencio de quienes saben lo que pasa pero no dicen nada. Cuando enseñamos a los alumnos a no quedarse callados, a no ser cómplices con su silencio, ambos pierden fuerza.
No podemos esperar que un menor, que no tiene recursos emocionales avanzados, diga “me están acosando”. Necesita un espacio seguro donde pueda hablar sin miedo, necesita saber que lo que diga va a ser escuchado y que se le va a tomar en serio. Si no conseguimos eso, el acoso y el ciberacoso seguirán haciéndose fuertes desde el miedo y, sobre todo, desde el silencio.
En los casos más graves, algunos menores de edad, jóvenes adolescentes, no han podido soportarlo más. Pero el suicidio en menores no aparece de repente. Aunque no haya señales externas, siempre hay un proceso interno de profundo sufrimiento. Por eso la prevención debe empezar mucho antes.
Quienes recordamos nuestra adolescencia sabemos lo caótica que es. Y también sabemos que pedir ayuda no es fácil a esa edad. Nos da vergüenza, creemos que no nos van a entender o tenemos miedo de preocupar a nuestras familias. Por eso hay que enseñar cómo pedir ayuda y a quién acudir. Es una habilidad que se aprende.
Sabemos que, a ciertas edades, los referentes son esenciales. Un adolescente está y se siente mucho más protegido cuando tiene varias figuras de referencia. Está la familia, el profesorado, las amistades, los compañeros de clase, de gimnasio o los entrenadores en las actividades deportivas. Cuantas más personas significativas tenga, más posibilidades hay de que su dolor encuentre salida.
Tenemos que eliminar de una vez por todas el tabú, quitarnos el miedo a hablar de forma clara y llamar a las cosas por su nombre. No hablar de estos temas no protege de nada. Lo que realmente protege es hablar con naturalidad de cómo nos sentimos cuando no podemos más, cuando la ansiedad se adueña de nosotros y cuando la tristeza nos invade. Y es importante que hablemos de manera clara con menores y adolescentes porque, si les damos palabras, también les indicamos el camino. Por supuesto, si un menor expresa que ya no puede más, aunque sea de forma ambigua, temblorosa o titubeante, hay que pedir ayuda profesional sin esperar. Y no, no es exagerar, sino prevenir.
El mayor factor de protección, tanto contra el acoso como contra el riesgo suicida, es la conexión del menor con los adultos. Pero, no desde la autoridad, no desde la vigilancia, sino desde la conexión entre dos personas en la que una de ellas está pidiendo ayuda de la única manera en que es posible, aunque no la podemos comprender del todo. Y esa conexión pasa por escuchar sin juzgar, por estar presentes y por acompañar. Cuando un menor siente que puede acudir a alguien sin miedo, el riesgo se reduce enormemente.
Por tanto, la verdadera prevención no es detectar las señales visibles, sino ser capaces de construir entornos seguros para que niños y adolescentes no tengan que ocultar nunca su dolor, donde puedan hablar sin miedo, donde pedir ayuda sea algo natural y no algo extraordinario, y donde la empatía sea siempre la norma a seguir, nunca la excepción.
Solo así podremos prevenir el acoso y el ciberacoso. Solo así podremos prevenir el suicidio en menores adolescentes. Solo así podremos proteger las vidas de quienes nunca deberían sentirse en soledad.
Y lo más importante de todo es que serán felices.
Sin miedo, dolor ni lágrimas.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
WITHOUT FEAR, PAIN OR TEARS
Speaking from pain is not easy. Many times our tears stop us from seeing clearly and our crying makes it impossible for us to form words. It is always like this when we suffer, but it is even more so when those who suffer are minors or when the outcome has been the worst imaginable.
When we talk about bullying and suicide among minors, there is something we need to understand from the very beginning. Many teenagers do not show clear signs that they are struggling, how much they are suffering or for how long. And it is not because they are not truly suffering, but because they do not know how to express it. That is why the pain is there, even though we are not always able to see it.
Prevention is the key. But prevention does not mean waiting for symptoms to appear. It means creating environments in which suffering never has to be hidden. Preventing bullying and cyberbullying does not begin when it has already happened. It starts much earlier.
The schools where bullying rates are lower are not those that punish the most, but those that take most care of the daily atmosphere. They are the schools where students participate, where rules are clear and respected, and where talking about how we feel is a natural part of daily life.
Empathy does not arise on its own. Empathy is taught and learned. And not with a single talk a year, but with activities, projects, tutorials and a way of relating to one another that teaches real respect.
Bullying and cyberbullying almost never depend only on the person who attacks or lurks online. They are also sustained by the silence of those who know what is happening but say nothing. When we teach students not to stay silent, not to be accomplices through their silence, both lose their power.
We cannot expect a minor who does not have advanced emotional resources to say “I am being bullied”. They need a safe space where they can speak without fear, they need to know that what they say will be listened to and taken seriously. If we do not achieve this, bullying and cyberbullying will continue to grow stronger through fear and, above all, through silence.
In the most serious cases, some minors, young teenagers, have not been able to endure any more. But suicide among minors does not appear suddenly. Even if there are no external signs, there is always an internal process of profound suffering. This is why prevention must begin much earlier.
Those of us who remember our adolescence know how chaotic it is. And we also know that asking for help is not easy at that age. We feel embarrassed, we think no one will understand us or we are afraid of worrying our families. This is why we need to teach how to ask for help and whom to turn to. It is a skill that can be learned.
We know that, at certain ages, reference figures are essential. A teenager is and feels much more protected when several significant adults are present. Family, teachers, friends, classmates, gym companions or sports coaches. The more meaningful people they have, the more likely it is that their pain will find a way out.
We must finally eliminate the taboo, let go of the fear of speaking clearly and call things by their name. Not talking about these issues protects no one. What truly protects is talking naturally about how we feel when we cannot go on, when anxiety takes over and when sadness overwhelms us. And it is important to speak clearly with children and teenagers because, when we give them words, we also show them the way. Of course, if a minor expresses that they cannot go on, even in an ambiguous, shaky or hesitant way, we must seek professional help immediately. And this is not exaggeration, it is prevention.
The greatest protective factor, both against bullying and suicide risk, is the connection between the minor and adults. But not through authority or surveillance. Through the connection between two people in which one is asking for help in the only way they can, even if we cannot fully understand it. And this connection requires listening without judgement, being present and offering companionship. When a minor feels they can turn to someone without fear, the risk is greatly reduced.
Therefore, true prevention is not about detecting visible signs, but about creating safe environments where children and teenagers never have to hide their pain, where they can speak without fear, where asking for help is natural rather than extraordinary, and where empathy is always the rule, never the exception.
Only then will we be able to prevent bullying and cyberbullying. Only then will we be able to prevent suicide among teenagers. Only then will we be able to protect the lives of those who should never feel alone.
And most importantly of all, they will be happy.
Without fear, pain or tears.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
SENZA PAURA, DOLORE NÉ LACRIME
Parlare dal dolore non è facile. Molte volte le lacrime ci impediscono di vedere chiaramente e il pianto non ci permette di esprimere una parola. È sempre così quando soffriamo, ma lo è molto di più quando a soffrire sono dei minori o quando l’esito è stato il peggiore immaginabile.
Quando parliamo di bullismo e di suicidio tra i minori, c’è qualcosa che dobbiamo capire fin dal primo momento. Molti adolescenti non mostrano segnali chiari di quanto stiano male, di quanto stiano soffrendo e da quanto tempo. E non perché non stiano soffrendo davvero, ma perché non sanno come esprimerlo. Per questo il dolore c’è, anche se non sempre siamo in grado di vederlo.
La prevenzione è la chiave. Ma prevenzione non significa aspettare che compaiano i sintomi. Significa creare ambienti in cui quella sofferenza non debba mai essere nascosta. La prevenzione del bullismo e del cyberbullismo non inizia quando tutto è già accaduto. Inizia molto prima.
Le scuole dove il bullismo è meno frequente non sono quelle che puniscono di più, ma quelle che curano maggiormente il clima quotidiano. Sono le scuole in cui gli studenti partecipano, dove le regole sono chiare e rispettate e dove parlare di come ci sentiamo è qualcosa di naturale nella vita di ogni giorno.
L’empatia non nasce da sola. L’empatia si educa e si impara. E non con una conferenza all’anno, ma con attività, progetti, tutorati e un modo di relazionarsi che insegni il rispetto autentico.
Il bullismo e il cyberbullismo quasi mai dipendono solo da chi aggredisce o minaccia online. Sono sostenuti anche dal silenzio di chi sa cosa sta succedendo ma non dice nulla. Quando insegniamo agli studenti a non restare in silenzio, a non essere complici con il loro silenzio, entrambi perdono forza.
Non possiamo aspettarci che un minore, che non ha risorse emotive avanzate, dica “mi stanno bullizzando”. Ha bisogno di uno spazio sicuro in cui poter parlare senza paura, ha bisogno di sapere che ciò che dirà sarà ascoltato e preso sul serio. Se non otteniamo questo, il bullismo e il cyberbullismo continueranno a rafforzarsi attraverso la paura e soprattutto attraverso il silenzio.
Nei casi più gravi alcuni minori, giovani adolescenti, non sono riusciti a sopportare oltre. Ma il suicidio nei minori non appare all’improvviso. Anche se non ci sono segnali esterni, esiste sempre un processo interno di sofferenza profonda. Ecco perché la prevenzione deve iniziare molto prima.
Chi ricorda la propria adolescenza sa quanto sia caotica. E sa anche che chiedere aiuto non è facile a quell’età. Ci vergogniamo, crediamo di non essere compresi oppure abbiamo paura di preoccupare le nostre famiglie. Per questo bisogna insegnare come chiedere aiuto e a chi rivolgersi. È un’abilità che si può imparare.
Sappiamo che a certe età le figure di riferimento sono essenziali. Un adolescente è e si sente molto più protetto quando ha diverse persone significative intorno. Famiglia, insegnanti, amici, compagni di classe, compagni di palestra o allenatori sportivi. Più figure significative ci sono, più possibilità avrà il suo dolore di trovare una via d’uscita.
Dobbiamo eliminare una volta per tutte il tabù, liberarci dalla paura di parlare chiaramente e chiamare le cose con il loro nome. Non parlare di questi temi non protegge nessuno. Ciò che protegge davvero è parlare con naturalezza di come ci sentiamo quando non ce la facciamo più, quando l’ansia prende il sopravvento e quando la tristezza ci travolge. Ed è importante parlare in modo chiaro con bambini e adolescenti perché quando diamo loro parole indichiamo anche la strada. Naturalmente, se un minore esprime che non ce la fa più, anche in modo ambiguo, tremante o esitante, bisogna chiedere aiuto professionale immediatamente. E non si tratta di esagerare, ma di prevenire.
Il maggiore fattore di protezione, sia contro il bullismo che contro il rischio suicidario, è la connessione del minore con gli adulti. Ma non attraverso l’autorità o la vigilanza. Attraverso la connessione tra due persone in cui una sta chiedendo aiuto nell’unico modo possibile, anche quando non riusciamo a comprenderlo del tutto. E questa connessione passa dall’ascoltare senza giudicare, dall’essere presenti e dall’accompagnare. Quando un minore sente di poter contare su qualcuno senza paura, il rischio diminuisce enormemente.
La vera prevenzione non consiste nel rilevare i segnali visibili, ma nel costruire ambienti sicuri in cui bambini e adolescenti non debbano mai nascondere il proprio dolore, dove possano parlare senza paura, dove chiedere aiuto sia qualcosa di naturale e non un’eccezione, e dove l’empatia sia sempre la regola e mai l’eccezione.
Solo così potremo prevenire il bullismo e il cyberbullismo. Solo così potremo prevenire il suicidio tra gli adolescenti. Solo così potremo proteggere la vita di chi non dovrebbe mai sentirsi solo.
E la cosa più importante di tutte è che saranno felici.
Senza paura, dolore né lacrime.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
SANS PEUR, DOULEUR NI LARMES
Parler à partir de la douleur n’est pas facile. Beaucoup de fois nos larmes nous empêchent de voir clairement et nos sanglots ne nous permettent pas d’articuler un mot. C’est toujours ainsi lorsque nous souffrons, mais c’est encore plus vrai lorsque ceux qui souffrent sont des mineurs ou lorsque l’issue a été la pire que l’on puisse imaginer.
Quand nous parlons de harcèlement scolaire et de suicide chez les mineurs, il y a quelque chose que nous devons comprendre dès le début. Beaucoup d’adolescentes et d’adolescents ne montrent pas de signes clairs indiquant qu’ils vont mal, combien ils souffrent et depuis combien de temps. Et ce n’est pas parce qu’ils ne souffrent pas réellement, mais parce qu’ils ne savent pas comment l’exprimer. C’est pourquoi la douleur est là, même si nous ne sommes pas toujours capables de la voir.
La prévention est la clé. Mais la prévention ne consiste pas à attendre l’apparition de symptômes. Il s’agit de créer des environnements où cette souffrance n’aura jamais besoin d’être cachée. La prévention du harcèlement et du cyberharcèlement ne commence pas quand ils ont déjà eu lieu. Elle commence bien avant.
Les établissements où il y a le moins de harcèlement ne sont pas ceux qui punissent le plus, mais ceux qui prennent le plus soin du climat quotidien. Ce sont des établissements où les élèves participent, où les règles sont claires et respectées, et où parler de nos émotions est une pratique naturelle du quotidien.
L’empathie ne naît pas d’elle-même. L’empathie s’enseigne et s’apprend. Et pas avec une conférence par an, mais avec des activités, des projets, des tutorats et une manière de se relier qui enseigne le respect véritable.
Le harcèlement et le cyberharcèlement ne dépendent presque jamais uniquement de la personne qui attaque ou espionne en ligne. Ils se nourrissent aussi du silence de ceux qui savent ce qui se passe mais ne disent rien. Quand nous apprenons aux élèves à ne pas rester silencieux, à ne pas être complices par leur silence, les deux perdent de leur force.
Nous ne pouvons pas attendre d’un mineur qui ne dispose pas de ressources émotionnelles avancées qu’il dise “on me harcèle”. Il a besoin d’un espace sûr où il peut parler sans peur, il a besoin de savoir que ce qu’il dira sera écouté et pris au sérieux. Si nous n’obtenons pas cela, le harcèlement et le cyberharcèlement continueront à s’amplifier grâce à la peur et surtout grâce au silence.
Dans les cas les plus graves certains mineurs, jeunes adolescents, n’ont pas pu supporter davantage. Mais le suicide chez les mineurs n’apparaît pas soudainement. Même s’il n’y a pas de signes extérieurs, il existe toujours un processus interne de souffrance profonde. C’est pourquoi la prévention doit commencer beaucoup plus tôt.
Celles et ceux d’entre nous qui se souviennent de leur adolescence savent combien cette période est chaotique. Et nous savons aussi que demander de l’aide n’est pas facile à cet âge. Nous avons honte, nous pensons ne pas être compris ou nous avons peur d’inquiéter nos familles. Il est donc essentiel d’enseigner comment demander de l’aide et à qui s’adresser. C’est une compétence qui s’apprend.
Nous savons qu’à certains âges les figures de référence sont essentielles. Un adolescent est et se sent beaucoup plus protégé lorsqu’il a plusieurs personnes significatives autour de lui. La famille, les enseignants, les amis, les camarades de classe, les partenaires de sport ou les entraîneurs. Plus il a de personnes importantes dans son entourage, plus il y a de chances que sa douleur trouve une issue.
Nous devons éliminer une bonne fois pour toutes le tabou, perdre la peur de parler clairement et appeler les choses par leur nom. Ne pas parler de ces sujets ne protège personne. Ce qui protège vraiment c’est de parler naturellement de ce que nous ressentons lorsque nous n’en pouvons plus, lorsque l’anxiété nous envahit et lorsque la tristesse nous submerge. Et il est important de parler clairement aux mineurs et aux adolescents parce que lorsque nous leur donnons des mots nous leur indiquons aussi le chemin. Bien sûr, si un mineur exprime qu’il n’en peut plus, même de façon ambiguë, hésitante ou tremblante, il faut demander une aide professionnelle immédiatement. Ce n’est pas exagérer, c’est prévenir.
Le principal facteur de protection contre le harcèlement et contre le risque suicidaire est la connexion entre le mineur et les adultes. Mais pas à partir de l’autorité ni de la surveillance. À partir de la connexion entre deux personnes dont l’une demande de l’aide de la seule manière dont elle le peut, même si nous ne la comprenons pas totalement. Et cette connexion passe par l’écoute sans jugement, la présence et l’accompagnement. Lorsqu’un mineur sent qu’il peut se tourner vers quelqu’un sans peur, le risque diminue énormément.
La véritable prévention n’est donc pas de détecter les signes visibles, mais de construire des environnements sûrs où les enfants et les adolescents n’auront jamais à cacher leur douleur, où ils pourront parler sans peur, où demander de l’aide sera naturel et non exceptionnel, et où l’empathie sera toujours la règle et jamais l’exception.
Ce n’est que de cette manière que nous pourrons prévenir le harcèlement et le cyberharcèlement. Ce n’est que de cette manière que nous pourrons prévenir le suicide chez les adolescents. Ce n’est que de cette manière que nous pourrons protéger la vie de ceux qui ne devraient jamais se sentir seuls.
Et le plus important de tout est qu’ils seront heureux.
Sans peur, douleur ni larmes.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
SEM MEDO, DOR NEM LÁGRIMAS
Falar a partir da dor não é fácil. Muitas vezes as lágrimas impedem-nos de ver com clareza e o choro não nos deixa pronunciar uma palavra. É sempre assim quando sofremos, mas é ainda mais quando quem sofre são menores ou quando o desfecho foi o pior imaginável.
Quando falamos de bullying e de suicídio entre menores, há algo que precisamos compreender desde o primeiro momento. Muitos adolescentes não mostram sinais claros de que estão a passar por um momento difícil, de quanto estão a sofrer ou há quanto tempo. E não é porque não estejam realmente a sofrer, mas porque não sabem como o expressar. Por isso a dor existe, mesmo que nem sempre sejamos capazes de a ver.
A prevenção é a chave. Mas prevenir não significa esperar que surjam sintomas. Significa criar ambientes onde esse sofrimento nunca precise de ser escondido. A prevenção do bullying e do cyberbullying não começa quando tudo já aconteceu. Começa muito antes.
As escolas onde há menos casos de bullying não são as que mais castigam, mas as que mais cuidam do clima diário. São escolas onde os alunos participam, onde as regras são claras e cumpridas, e onde falar sobre como nos sentimos é algo natural do dia a dia.
A empatia não nasce sozinha. A empatia ensina-se e aprende-se. E não com uma palestra por ano, mas com dinâmicas, projectos, tutorias e uma forma de nos relacionarmos que ensine o respeito verdadeiro.
O bullying e o cyberbullying quase nunca dependem apenas de quem agride ou vigia nas redes. Sustentam-se também pelo silêncio de quem sabe o que se passa mas não diz nada. Quando ensinamos os alunos a não ficar calados, a não ser cúmplices com o seu silêncio, ambos perdem força.
Não podemos esperar que um menor sem recursos emocionais avançados diga “estão a fazer bullying comigo”. Ele precisa de um espaço seguro onde possa falar sem medo, precisa de saber que o que disser será ouvido e levado a sério. Se não conseguirmos isso, o bullying e o cyberbullying continuarão a fortalecer-se através do medo e sobretudo do silêncio.
Nos casos mais graves alguns menores, jovens adolescentes, não conseguiram aguentar mais. Mas o suicídio entre menores não surge de repente. Mesmo que não haja sinais externos, existe sempre um processo interno de sofrimento profundo. Por isso a prevenção deve começar muito antes.
Quem se lembra da própria adolescência sabe o quão caótica ela é. E sabemos também que pedir ajuda não é fácil nessa idade. Temos vergonha, acreditamos que não seremos compreendidos ou temos medo de preocupar as nossas famílias. Por isso é necessário ensinar como pedir ajuda e a quem recorrer. É uma habilidade que se aprende.
Sabemos que, em certas idades, as figuras de referência são essenciais. Um adolescente está e sente-se muito mais protegido quando tem várias pessoas significativas à sua volta. A família, os professores, os amigos, os colegas de turma, os colegas do ginásio ou os treinadores nas atividades desportivas. Quanto mais pessoas significativas tiver, maiores serão as possibilidades de que a sua dor encontre uma saída.
Temos de eliminar de uma vez por todas o tabu, perder o medo de falar de forma clara e chamar as coisas pelo nome. Não falar destes temas não protege ninguém. O que realmente protege é falar com naturalidade sobre como nos sentimos quando não conseguimos mais, quando a ansiedade nos domina e quando a tristeza nos invade. E é importante falarmos de forma clara com menores e adolescentes porque, quando lhes damos palavras, também lhes mostramos o caminho. Claro que, se um menor expressa que já não consegue continuar, mesmo que de forma ambígua, trémula ou hesitante, é preciso pedir ajuda profissional imediatamente. E não, isto não é exagero, é prevenção.
O maior fator de proteção, tanto contra o bullying como contra o risco de suicídio, é a ligação do menor com os adultos. Mas não a partir da autoridade nem da vigilância. A partir da ligação entre duas pessoas, em que uma está a pedir ajuda da única forma possível, mesmo que não a possamos compreender totalmente. E essa ligação implica ouvir sem julgar, estar presente e acompanhar. Quando um menor sente que pode recorrer a alguém sem medo, o risco diminui enormemente.
A verdadeira prevenção não consiste em detetar sinais visíveis, mas em construir ambientes seguros onde crianças e adolescentes nunca tenham de esconder a sua dor, onde possam falar sem medo, onde pedir ajuda seja algo natural e não extraordinário, e onde a empatia seja sempre a regra a seguir, nunca a exceção.
Só assim poderemos prevenir o bullying e o cyberbullying. Só assim poderemos prevenir o suicídio entre adolescentes. Só assim poderemos proteger a vida daqueles que nunca deveriam sentir-se sozinhos.
E o mais importante de tudo é que serão felizes.
Sem medo, dor nem lágrimas.


