Sin miedo, dolor ni lágrimas

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Hablar desde el dolor no es fácil. Muchas veces, nuestras lágrimas nos impiden ver con claridad y nuestro llanto no nos permite que articular palabra. Siempre es así cuando sufrimos, pero lo es mucho más cuando quienes sufren son menores de edad o cuando el desenlace ha sido el peor imaginable. 

Cuando hablamos de acoso escolar y de suicidio en menores de edad, hay algo que tenemos que entender desde el primer momento. Muchos chicos y chicas adolescentes no muestran señales claras de que lo están pasando mal, de cuánto están sufriendo y desde cuándo. Y no es porque no estén sufriendo realmente, sino porque no saben cómo expresarlo. Por eso, el dolor está, aunque no siempre somos capaces de verlo.

La prevención es la clave. Pero la prevención no es esperar a que aparezcan síntomas, sino crear entornos donde ese sufrimiento no tenga nunca que esconderse. La prevención del acoso y del ciberacoso no empieza cuando ya ha ocurrido. Empieza mucho antes.

Los centros donde hay menos acoso no son los que más castigan, sino los que más cuidan el clima diario. Son los centros donde el alumnado participa, donde las normas son claras y se cumplen, y donde hablar de cómo nos sentimos es algo natural del día a día.

Pero la empatía no nace sola. La empatía se educa y se aprende. Y no con una charla al año, sino con dinámicas, proyectos, tutorías y una forma de relacionarnos que enseñe respeto real.

El acoso y el ciberacoso casi nunca dependen solo de quien agrede o acecha en las redes. También se sostienen en el silencio de quienes saben lo que pasa pero no dicen nada. Cuando enseñamos a los alumnos a no quedarse callados, a no ser cómplices con su silencio, ambos pierden fuerza.

No podemos esperar que un menor, que no tiene recursos emocionales avanzados, diga “me están acosando”. Necesita un espacio seguro donde pueda hablar sin miedo, necesita saber que lo que diga va a ser escuchado y que se le va a tomar en serio. Si no conseguimos eso, el acoso y el ciberacoso seguirán haciéndose fuertes desde el miedo y, sobre todo, desde el silencio. 

En los casos más graves, algunos menores de edad, jóvenes adolescentes, no han podido soportarlo más. Pero el suicidio en menores no aparece de repente. Aunque no haya señales externas, siempre hay un proceso interno de profundo sufrimiento. Por eso la prevención debe empezar mucho antes.

Quienes recordamos nuestra adolescencia sabemos lo caótica que es. Y también sabemos que pedir ayuda no es fácil a esa edad. Nos da vergüenza, creemos que no nos van a entender o tenemos miedo de preocupar a nuestras familias. Por eso hay que enseñar cómo pedir ayuda y a quién acudir. Es una habilidad que se aprende.

Sabemos que, a ciertas edades, los referentes son esenciales. Un adolescente está y se siente mucho más protegido cuando tiene varias figuras de referencia. Está la familia, el profesorado, las amistades, los compañeros de clase, de gimnasio o los entrenadores en las actividades deportivas. Cuantas más personas significativas tenga, más posibilidades hay de que su dolor encuentre salida.

Tenemos que eliminar de una vez por todas el tabú, quitarnos el miedo a hablar de forma clara y llamar a las cosas por su nombre. No hablar de estos temas no protege de nada. Lo que realmente protege es hablar con naturalidad de cómo nos sentimos cuando no podemos más, cuando la ansiedad se adueña de nosotros y cuando la tristeza nos invade. Y es importante que hablemos de manera clara con menores y adolescentes porque, si les damos palabras, también les indicamos el camino. Por supuesto, si un menor expresa que ya no puede más, aunque sea de forma ambigua, temblorosa o titubeante, hay que pedir ayuda profesional sin esperar. Y no, no es exagerar, sino prevenir.

El mayor factor de protección, tanto contra el acoso como contra el riesgo suicida, es la conexión del menor con los adultos. Pero, no desde la autoridad, no desde la vigilancia, sino desde la conexión entre dos personas en la que una de ellas está pidiendo ayuda de la única manera en que es posible, aunque no la podemos comprender del todo. Y esa conexión pasa por escuchar sin juzgar, por estar presentes y por acompañar. Cuando un menor siente que puede acudir a alguien sin miedo, el riesgo se reduce enormemente. 

Por tanto, la verdadera prevención no es detectar las señales visibles, sino ser capaces de construir entornos seguros para que niños y adolescentes no tengan que ocultar nunca su dolor, donde puedan hablar sin miedo, donde pedir ayuda sea algo natural y no algo extraordinario, y donde la empatía sea siempre la norma a seguir, nunca la excepción. 

Solo así podremos prevenir el acoso y el ciberacoso. Solo así podremos prevenir el suicidio en menores adolescentes. Solo así podremos proteger las vidas de quienes nunca deberían sentirse en soledad. 

Y lo más importante de todo es que serán felices. 

Sin miedo, dolor ni lágrimas. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
WITHOUT FEAR, PAIN OR TEARS

Speaking from pain is not easy. Many times our tears stop us from seeing clearly and our crying makes it impossible for us to form words. It is always like this when we suffer, but it is even more so when those who suffer are minors or when the outcome has been the worst imaginable.

When we talk about bullying and suicide among minors, there is something we need to understand from the very beginning. Many teenagers do not show clear signs that they are struggling, how much they are suffering or for how long. And it is not because they are not truly suffering, but because they do not know how to express it. That is why the pain is there, even though we are not always able to see it.

Prevention is the key. But prevention does not mean waiting for symptoms to appear. It means creating environments in which suffering never has to be hidden. Preventing bullying and cyberbullying does not begin when it has already happened. It starts much earlier.

The schools where bullying rates are lower are not those that punish the most, but those that take most care of the daily atmosphere. They are the schools where students participate, where rules are clear and respected, and where talking about how we feel is a natural part of daily life.

Empathy does not arise on its own. Empathy is taught and learned. And not with a single talk a year, but with activities, projects, tutorials and a way of relating to one another that teaches real respect.

Bullying and cyberbullying almost never depend only on the person who attacks or lurks online. They are also sustained by the silence of those who know what is happening but say nothing. When we teach students not to stay silent, not to be accomplices through their silence, both lose their power.

We cannot expect a minor who does not have advanced emotional resources to say “I am being bullied”. They need a safe space where they can speak without fear, they need to know that what they say will be listened to and taken seriously. If we do not achieve this, bullying and cyberbullying will continue to grow stronger through fear and, above all, through silence.

In the most serious cases, some minors, young teenagers, have not been able to endure any more. But suicide among minors does not appear suddenly. Even if there are no external signs, there is always an internal process of profound suffering. This is why prevention must begin much earlier.

Those of us who remember our adolescence know how chaotic it is. And we also know that asking for help is not easy at that age. We feel embarrassed, we think no one will understand us or we are afraid of worrying our families. This is why we need to teach how to ask for help and whom to turn to. It is a skill that can be learned.

We know that, at certain ages, reference figures are essential. A teenager is and feels much more protected when several significant adults are present. Family, teachers, friends, classmates, gym companions or sports coaches. The more meaningful people they have, the more likely it is that their pain will find a way out.

We must finally eliminate the taboo, let go of the fear of speaking clearly and call things by their name. Not talking about these issues protects no one. What truly protects is talking naturally about how we feel when we cannot go on, when anxiety takes over and when sadness overwhelms us. And it is important to speak clearly with children and teenagers because, when we give them words, we also show them the way. Of course, if a minor expresses that they cannot go on, even in an ambiguous, shaky or hesitant way, we must seek professional help immediately. And this is not exaggeration, it is prevention.

The greatest protective factor, both against bullying and suicide risk, is the connection between the minor and adults. But not through authority or surveillance. Through the connection between two people in which one is asking for help in the only way they can, even if we cannot fully understand it. And this connection requires listening without judgement, being present and offering companionship. When a minor feels they can turn to someone without fear, the risk is greatly reduced.

Therefore, true prevention is not about detecting visible signs, but about creating safe environments where children and teenagers never have to hide their pain, where they can speak without fear, where asking for help is natural rather than extraordinary, and where empathy is always the rule, never the exception.

Only then will we be able to prevent bullying and cyberbullying. Only then will we be able to prevent suicide among teenagers. Only then will we be able to protect the lives of those who should never feel alone.

And most importantly of all, they will be happy.

Without fear, pain or tears.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
SENZA PAURA, DOLORE NÉ LACRIME

Parlare dal dolore non è facile. Molte volte le lacrime ci impediscono di vedere chiaramente e il pianto non ci permette di esprimere una parola. È sempre così quando soffriamo, ma lo è molto di più quando a soffrire sono dei minori o quando l’esito è stato il peggiore immaginabile.

Quando parliamo di bullismo e di suicidio tra i minori, c’è qualcosa che dobbiamo capire fin dal primo momento. Molti adolescenti non mostrano segnali chiari di quanto stiano male, di quanto stiano soffrendo e da quanto tempo. E non perché non stiano soffrendo davvero, ma perché non sanno come esprimerlo. Per questo il dolore c’è, anche se non sempre siamo in grado di vederlo.

La prevenzione è la chiave. Ma prevenzione non significa aspettare che compaiano i sintomi. Significa creare ambienti in cui quella sofferenza non debba mai essere nascosta. La prevenzione del bullismo e del cyberbullismo non inizia quando tutto è già accaduto. Inizia molto prima.

Le scuole dove il bullismo è meno frequente non sono quelle che puniscono di più, ma quelle che curano maggiormente il clima quotidiano. Sono le scuole in cui gli studenti partecipano, dove le regole sono chiare e rispettate e dove parlare di come ci sentiamo è qualcosa di naturale nella vita di ogni giorno.

L’empatia non nasce da sola. L’empatia si educa e si impara. E non con una conferenza all’anno, ma con attività, progetti, tutorati e un modo di relazionarsi che insegni il rispetto autentico.

Il bullismo e il cyberbullismo quasi mai dipendono solo da chi aggredisce o minaccia online. Sono sostenuti anche dal silenzio di chi sa cosa sta succedendo ma non dice nulla. Quando insegniamo agli studenti a non restare in silenzio, a non essere complici con il loro silenzio, entrambi perdono forza.

Non possiamo aspettarci che un minore, che non ha risorse emotive avanzate, dica “mi stanno bullizzando”. Ha bisogno di uno spazio sicuro in cui poter parlare senza paura, ha bisogno di sapere che ciò che dirà sarà ascoltato e preso sul serio. Se non otteniamo questo, il bullismo e il cyberbullismo continueranno a rafforzarsi attraverso la paura e soprattutto attraverso il silenzio.

Nei casi più gravi alcuni minori, giovani adolescenti, non sono riusciti a sopportare oltre. Ma il suicidio nei minori non appare all’improvviso. Anche se non ci sono segnali esterni, esiste sempre un processo interno di sofferenza profonda. Ecco perché la prevenzione deve iniziare molto prima.

Chi ricorda la propria adolescenza sa quanto sia caotica. E sa anche che chiedere aiuto non è facile a quell’età. Ci vergogniamo, crediamo di non essere compresi oppure abbiamo paura di preoccupare le nostre famiglie. Per questo bisogna insegnare come chiedere aiuto e a chi rivolgersi. È un’abilità che si può imparare.

Sappiamo che a certe età le figure di riferimento sono essenziali. Un adolescente è e si sente molto più protetto quando ha diverse persone significative intorno. Famiglia, insegnanti, amici, compagni di classe, compagni di palestra o allenatori sportivi. Più figure significative ci sono, più possibilità avrà il suo dolore di trovare una via d’uscita.

Dobbiamo eliminare una volta per tutte il tabù, liberarci dalla paura di parlare chiaramente e chiamare le cose con il loro nome. Non parlare di questi temi non protegge nessuno. Ciò che protegge davvero è parlare con naturalezza di come ci sentiamo quando non ce la facciamo più, quando l’ansia prende il sopravvento e quando la tristezza ci travolge. Ed è importante parlare in modo chiaro con bambini e adolescenti perché quando diamo loro parole indichiamo anche la strada. Naturalmente, se un minore esprime che non ce la fa più, anche in modo ambiguo, tremante o esitante, bisogna chiedere aiuto professionale immediatamente. E non si tratta di esagerare, ma di prevenire.

Il maggiore fattore di protezione, sia contro il bullismo che contro il rischio suicidario, è la connessione del minore con gli adulti. Ma non attraverso l’autorità o la vigilanza. Attraverso la connessione tra due persone in cui una sta chiedendo aiuto nell’unico modo possibile, anche quando non riusciamo a comprenderlo del tutto. E questa connessione passa dall’ascoltare senza giudicare, dall’essere presenti e dall’accompagnare. Quando un minore sente di poter contare su qualcuno senza paura, il rischio diminuisce enormemente.

La vera prevenzione non consiste nel rilevare i segnali visibili, ma nel costruire ambienti sicuri in cui bambini e adolescenti non debbano mai nascondere il proprio dolore, dove possano parlare senza paura, dove chiedere aiuto sia qualcosa di naturale e non un’eccezione, e dove l’empatia sia sempre la regola e mai l’eccezione.

Solo così potremo prevenire il bullismo e il cyberbullismo. Solo così potremo prevenire il suicidio tra gli adolescenti. Solo così potremo proteggere la vita di chi non dovrebbe mai sentirsi solo.

E la cosa più importante di tutte è che saranno felici.

Senza paura, dolore né lacrime.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
SANS PEUR, DOULEUR NI LARMES

Parler à partir de la douleur n’est pas facile. Beaucoup de fois nos larmes nous empêchent de voir clairement et nos sanglots ne nous permettent pas d’articuler un mot. C’est toujours ainsi lorsque nous souffrons, mais c’est encore plus vrai lorsque ceux qui souffrent sont des mineurs ou lorsque l’issue a été la pire que l’on puisse imaginer.

Quand nous parlons de harcèlement scolaire et de suicide chez les mineurs, il y a quelque chose que nous devons comprendre dès le début. Beaucoup d’adolescentes et d’adolescents ne montrent pas de signes clairs indiquant qu’ils vont mal, combien ils souffrent et depuis combien de temps. Et ce n’est pas parce qu’ils ne souffrent pas réellement, mais parce qu’ils ne savent pas comment l’exprimer. C’est pourquoi la douleur est là, même si nous ne sommes pas toujours capables de la voir.

La prévention est la clé. Mais la prévention ne consiste pas à attendre l’apparition de symptômes. Il s’agit de créer des environnements où cette souffrance n’aura jamais besoin d’être cachée. La prévention du harcèlement et du cyberharcèlement ne commence pas quand ils ont déjà eu lieu. Elle commence bien avant.

Les établissements où il y a le moins de harcèlement ne sont pas ceux qui punissent le plus, mais ceux qui prennent le plus soin du climat quotidien. Ce sont des établissements où les élèves participent, où les règles sont claires et respectées, et où parler de nos émotions est une pratique naturelle du quotidien.

L’empathie ne naît pas d’elle-même. L’empathie s’enseigne et s’apprend. Et pas avec une conférence par an, mais avec des activités, des projets, des tutorats et une manière de se relier qui enseigne le respect véritable.

Le harcèlement et le cyberharcèlement ne dépendent presque jamais uniquement de la personne qui attaque ou espionne en ligne. Ils se nourrissent aussi du silence de ceux qui savent ce qui se passe mais ne disent rien. Quand nous apprenons aux élèves à ne pas rester silencieux, à ne pas être complices par leur silence, les deux perdent de leur force.

Nous ne pouvons pas attendre d’un mineur qui ne dispose pas de ressources émotionnelles avancées qu’il dise “on me harcèle”. Il a besoin d’un espace sûr où il peut parler sans peur, il a besoin de savoir que ce qu’il dira sera écouté et pris au sérieux. Si nous n’obtenons pas cela, le harcèlement et le cyberharcèlement continueront à s’amplifier grâce à la peur et surtout grâce au silence.

Dans les cas les plus graves certains mineurs, jeunes adolescents, n’ont pas pu supporter davantage. Mais le suicide chez les mineurs n’apparaît pas soudainement. Même s’il n’y a pas de signes extérieurs, il existe toujours un processus interne de souffrance profonde. C’est pourquoi la prévention doit commencer beaucoup plus tôt.

Celles et ceux d’entre nous qui se souviennent de leur adolescence savent combien cette période est chaotique. Et nous savons aussi que demander de l’aide n’est pas facile à cet âge. Nous avons honte, nous pensons ne pas être compris ou nous avons peur d’inquiéter nos familles. Il est donc essentiel d’enseigner comment demander de l’aide et à qui s’adresser. C’est une compétence qui s’apprend.

Nous savons qu’à certains âges les figures de référence sont essentielles. Un adolescent est et se sent beaucoup plus protégé lorsqu’il a plusieurs personnes significatives autour de lui. La famille, les enseignants, les amis, les camarades de classe, les partenaires de sport ou les entraîneurs. Plus il a de personnes importantes dans son entourage, plus il y a de chances que sa douleur trouve une issue.

Nous devons éliminer une bonne fois pour toutes le tabou, perdre la peur de parler clairement et appeler les choses par leur nom. Ne pas parler de ces sujets ne protège personne. Ce qui protège vraiment c’est de parler naturellement de ce que nous ressentons lorsque nous n’en pouvons plus, lorsque l’anxiété nous envahit et lorsque la tristesse nous submerge. Et il est important de parler clairement aux mineurs et aux adolescents parce que lorsque nous leur donnons des mots nous leur indiquons aussi le chemin. Bien sûr, si un mineur exprime qu’il n’en peut plus, même de façon ambiguë, hésitante ou tremblante, il faut demander une aide professionnelle immédiatement. Ce n’est pas exagérer, c’est prévenir.

Le principal facteur de protection contre le harcèlement et contre le risque suicidaire est la connexion entre le mineur et les adultes. Mais pas à partir de l’autorité ni de la surveillance. À partir de la connexion entre deux personnes dont l’une demande de l’aide de la seule manière dont elle le peut, même si nous ne la comprenons pas totalement. Et cette connexion passe par l’écoute sans jugement, la présence et l’accompagnement. Lorsqu’un mineur sent qu’il peut se tourner vers quelqu’un sans peur, le risque diminue énormément.

La véritable prévention n’est donc pas de détecter les signes visibles, mais de construire des environnements sûrs où les enfants et les adolescents n’auront jamais à cacher leur douleur, où ils pourront parler sans peur, où demander de l’aide sera naturel et non exceptionnel, et où l’empathie sera toujours la règle et jamais l’exception.

Ce n’est que de cette manière que nous pourrons prévenir le harcèlement et le cyberharcèlement. Ce n’est que de cette manière que nous pourrons prévenir le suicide chez les adolescents. Ce n’est que de cette manière que nous pourrons protéger la vie de ceux qui ne devraient jamais se sentir seuls.

Et le plus important de tout est qu’ils seront heureux.

Sans peur, douleur ni larmes.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
SEM MEDO, DOR NEM LÁGRIMAS

Falar a partir da dor não é fácil. Muitas vezes as lágrimas impedem-nos de ver com clareza e o choro não nos deixa pronunciar uma palavra. É sempre assim quando sofremos, mas é ainda mais quando quem sofre são menores ou quando o desfecho foi o pior imaginável.

Quando falamos de bullying e de suicídio entre menores, há algo que precisamos compreender desde o primeiro momento. Muitos adolescentes não mostram sinais claros de que estão a passar por um momento difícil, de quanto estão a sofrer ou há quanto tempo. E não é porque não estejam realmente a sofrer, mas porque não sabem como o expressar. Por isso a dor existe, mesmo que nem sempre sejamos capazes de a ver.

A prevenção é a chave. Mas prevenir não significa esperar que surjam sintomas. Significa criar ambientes onde esse sofrimento nunca precise de ser escondido. A prevenção do bullying e do cyberbullying não começa quando tudo já aconteceu. Começa muito antes.

As escolas onde há menos casos de bullying não são as que mais castigam, mas as que mais cuidam do clima diário. São escolas onde os alunos participam, onde as regras são claras e cumpridas, e onde falar sobre como nos sentimos é algo natural do dia a dia.

A empatia não nasce sozinha. A empatia ensina-se e aprende-se. E não com uma palestra por ano, mas com dinâmicas, projectos, tutorias e uma forma de nos relacionarmos que ensine o respeito verdadeiro.

O bullying e o cyberbullying quase nunca dependem apenas de quem agride ou vigia nas redes. Sustentam-se também pelo silêncio de quem sabe o que se passa mas não diz nada. Quando ensinamos os alunos a não ficar calados, a não ser cúmplices com o seu silêncio, ambos perdem força.

Não podemos esperar que um menor sem recursos emocionais avançados diga “estão a fazer bullying comigo”. Ele precisa de um espaço seguro onde possa falar sem medo, precisa de saber que o que disser será ouvido e levado a sério. Se não conseguirmos isso, o bullying e o cyberbullying continuarão a fortalecer-se através do medo e sobretudo do silêncio.

Nos casos mais graves alguns menores, jovens adolescentes, não conseguiram aguentar mais. Mas o suicídio entre menores não surge de repente. Mesmo que não haja sinais externos, existe sempre um processo interno de sofrimento profundo. Por isso a prevenção deve começar muito antes.

Quem se lembra da própria adolescência sabe o quão caótica ela é. E sabemos também que pedir ajuda não é fácil nessa idade. Temos vergonha, acreditamos que não seremos compreendidos ou temos medo de preocupar as nossas famílias. Por isso é necessário ensinar como pedir ajuda e a quem recorrer. É uma habilidade que se aprende.

Sabemos que, em certas idades, as figuras de referência são essenciais. Um adolescente está e sente-se muito mais protegido quando tem várias pessoas significativas à sua volta. A família, os professores, os amigos, os colegas de turma, os colegas do ginásio ou os treinadores nas atividades desportivas. Quanto mais pessoas significativas tiver, maiores serão as possibilidades de que a sua dor encontre uma saída.

Temos de eliminar de uma vez por todas o tabu, perder o medo de falar de forma clara e chamar as coisas pelo nome. Não falar destes temas não protege ninguém. O que realmente protege é falar com naturalidade sobre como nos sentimos quando não conseguimos mais, quando a ansiedade nos domina e quando a tristeza nos invade. E é importante falarmos de forma clara com menores e adolescentes porque, quando lhes damos palavras, também lhes mostramos o caminho. Claro que, se um menor expressa que já não consegue continuar, mesmo que de forma ambígua, trémula ou hesitante, é preciso pedir ajuda profissional imediatamente. E não, isto não é exagero, é prevenção.

O maior fator de proteção, tanto contra o bullying como contra o risco de suicídio, é a ligação do menor com os adultos. Mas não a partir da autoridade nem da vigilância. A partir da ligação entre duas pessoas, em que uma está a pedir ajuda da única forma possível, mesmo que não a possamos compreender totalmente. E essa ligação implica ouvir sem julgar, estar presente e acompanhar. Quando um menor sente que pode recorrer a alguém sem medo, o risco diminui enormemente.

A verdadeira prevenção não consiste em detetar sinais visíveis, mas em construir ambientes seguros onde crianças e adolescentes nunca tenham de esconder a sua dor, onde possam falar sem medo, onde pedir ajuda seja algo natural e não extraordinário, e onde a empatia seja sempre a regra a seguir, nunca a exceção.

Só assim poderemos prevenir o bullying e o cyberbullying. Só assim poderemos prevenir o suicídio entre adolescentes. Só assim poderemos proteger a vida daqueles que nunca deveriam sentir-se sozinhos.

E o mais importante de tudo é que serão felizes.

Sem medo, dor nem lágrimas.

Siempre será ahora

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Mundial del Sida)

Cada 1 de diciembre el mundo recuerda que el VIH/SIDA no es un capítulo cerrado de la historia, sino una realidad que sigue marcando la vida de millones de personas. A pesar de los enormes avances científicos y sociales, la epidemia continúa. Hoy, en 2025, más de 40 millones de personas viven con VIH, y solo en 2024 se registraron 1,3 millones de nuevas infecciones. Más de 630.000 vidas se perdieron por causas relacionadas con el SIDA. Y, a pesar del progreso, más de 9 millones de personas siguen sin recibir el tratamiento que podría mantenerlas sanas, activas y con dignidad.

Estas cifras no son simples estadísticas. Son historias humanas que hablan de desigualdad, de sufrimiento evitable y de promesas incumplidas. Son padres, madres, adolescentes, migrantes, personas mayores, personas LGTBIQ+, trabajadores y trabajadoras sexuales, personas que usan drogas o que viven en la calle. Son vidas que todavía hoy se enfrentan a puertas cerradas, a prejuicios, a trámites imposibles, a leyes que castigan en lugar de proteger, a miradas que no ven y a silencios que matan.

Porque la realidad es clara: no es la biología la que más hiere, sino la discriminación y el abandono. Hoy, en cientos de ciudades, barrios y comunidades del mundo, quienes viven con VIH siguen soportando comentarios deshumanizantes, miedo social y rechazo. Sufren la exclusión en el empleo, en la familia, en la escuela y, en ocasiones, incluso en los propios sistemas de salud que deberían cuidarlos. Todavía hay personas que ocultan su diagnóstico por temor a perderlo todo. Todavía hay quienes mueren porque alguien decidió que no eran lo suficientemente “importantes” como para recibir tratamiento, escucha o acompañamiento.

Y es precisamente por eso que el enfoque de derechos humanos sigue siendo imprescindible. No es un lujo retórico, es una necesidad cotidiana. Garantizar el acceso universal a la prevención, al diagnóstico y al tratamiento no es un gesto de generosidad: es un deber moral y legal. Ninguna política pública será eficaz si no erradica las barreras que enfrentan quienes más riesgo tienen de quedar atrás. Ningún progreso será real si no se reconoce la dignidad plena de cada persona. Ningún discurso será honesto si no confronta el estigma que, aún hoy, actúa como un virus social que multiplica el daño.

La buena noticia es que los avances existen y son la prueba viviente de que el cambio es posible. Más del 75 % de las personas que viven con VIH tienen acceso al tratamiento, y más del 70 % ha logrado la supresión viral, lo que no solo protege su salud, sino que reduce de manera drástica la transmisión. La ciencia ha demostrado que vivir con VIH y tener carga viral indetectable significa vivir sin transmitir el virus. Es decir, INDETECTABLE = INTRANSMISIBLE. Esta verdad salva vidas y derriba mitos.

Pero estos logros, si no se defienden, pueden perderse. La reducción de fondos internacionales, la inestabilidad política en algunos países, el auge de discursos de odio y el retroceso en derechos civiles amenazan con desandar lo avanzado. No podemos permitirlo. No podemos quedarnos esperando a que otros actúen. No podemos delegar la responsabilidad de proteger la vida y la dignidad.

Ha llegado el momento de actuar, una vez más. Y el momento sigue siendo ahora. Ahora para exigir que ninguna persona viva con miedo a su diagnóstico. Ahora para apoyar a quienes cuidan, acompañan y luchan en primera línea. Ahora para crear espacios seguros, accesibles y respetuosos en nuestros sistemas de salud. Ahora para que las leyes dejen de criminalizar a quienes ya cargan demasiado peso. Ahora para que cada ser humano, sin excepción, pueda acceder al tratamiento que necesita. Ahora para alzar la voz frente a todo gesto de abandono, indiferencia o discriminación.

La lucha contra el VIH/SIDA no es solo una cuestión médica, también es una cuestión de humanidad. Y cada paso que damos hacia la igualdad, hacia la inclusión y hacia la justicia, es un paso que salva vidas. Todos somos responsables. Todos somos necesarios. Todos podemos marcar la diferencia.

Sigamos avanzando. Sigamos acompañando. Sigamos luchando por quienes aún no han sido escuchados, por quienes siguen siendo marginados, por quienes viven bajo el peso del estigma. Que nadie pierda su vida por la indiferencia de otros. Que nadie sea abandonado. Que nadie quede atrás. 

El futuro sin SIDA no llegará por sí solo. Lo construiremos juntos, con compromiso, con solidaridad y con la certeza de que cada vida importa. 

Y si queremos que ese futuro sea real, el momento es, y seguirá siendo, ahora.

Siempre será ahora. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
It Will Always Be Now

(World AIDS Day)

Every year on the first of December the world is reminded that HIV and AIDS are not a closed chapter in history but an ongoing reality that continues to shape the lives of millions. Despite major scientific and social progress, the epidemic persists. Today, in 2025, more than forty million people are living with HIV, and in 2024 alone there were 1.3 million new infections. Over six hundred and thirty thousand lives were lost to AIDS-related causes. And despite the progress made, more than nine million people still do not receive the treatment that could keep them healthy, active and living with dignity.

These figures are not mere statistics. They are human stories that speak of inequality, avoidable suffering and broken promises. They are parents, children, adolescents, migrants, older people, LGTBIQ+ people, sex workers, people who use drugs and those who live on the streets. They are lives that even today confront closed doors, prejudice, impossible procedures, laws that punish rather than protect, unseeing eyes and silences that kill.

The truth is clear, for it is not biology that wounds the most but discrimination and abandonment. Across hundreds of cities, neighbourhoods and communities around the world, people living with HIV continue to endure dehumanising comments, social fear and rejection. They face exclusion at work, within their families, in schools and at times even within the very health systems that should protect them. Some still hide their diagnosis for fear of losing everything. Others still die because someone decided they were not sufficiently important to deserve treatment, attention or support.

For this very reason, the human rights approach remains essential. It is not a rhetorical luxury but an everyday necessity. Ensuring universal access to prevention, diagnosis and treatment is not an act of generosity but a moral and legal obligation. No public policy can be effective unless it dismantles the barriers faced by those most at risk of being left behind. No progress is genuine unless the full dignity of every person is recognised. No discourse is honest unless it confronts the stigma that continues to act as a social virus, multiplying the harm.

The good news is that progress does exist, and it proves that change is possible. More than seventy-five per cent of people living with HIV now have access to treatment, and over seventy per cent have achieved viral suppression, which not only protects their health but drastically reduces transmission. Science has demonstrated that living with HIV and having an undetectable viral load means living without transmitting the virus. In other words, undetectable equals untransmittable. This truth saves lives and dismantles myths.

Yet these achievements can be lost if they are not defended. Cuts in international funding, political instability in some countries, the rise of hateful rhetoric and setbacks in civil rights threaten to undo what has been achieved. We cannot allow this to happen. We cannot wait for others to act. We cannot hand over the responsibility to safeguard life and dignity.

The time has come to act once more. And the time remains now. Now to ensure no one lives in fear of their diagnosis. Now to support those who care, accompany and fight on the front line. Now to create safe, accessible and respectful spaces within our health systems. Now to ensure that laws stop criminalising those who already bear too heavy a burden. Now so that every human being, without exception, can access the treatment they need. Now to raise our voices against every act of abandonment, indifference or discrimination.

The struggle against HIV and AIDS is not only a medical issue, it is a matter of humanity. Every step we take towards equality, inclusion and justice is a step that saves lives. We are all responsible. We are all needed. We can all make a difference.

Let us keep moving forward. Let us keep standing by one another. Let us continue fighting for those who have not yet been heard, for those who remain marginalised, for those who live beneath the weight of stigma. Let no one lose their life to another’s indifference. Let no one be abandoned. Let no one be left behind.

A future without AIDS will not appear on its own. We will build it together with commitment, solidarity and the certainty that every life matters.

And if we want that future to become real, the time is, and will always be, now.

It will always be now.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Sarà sempre adesso

(Giornata Mondiale contro l’AIDS)

Ogni primo dicembre il mondo ricorda che l’HIV e l’AIDS non sono un capitolo chiuso della storia, ma una realtà che continua a segnare la vita di milioni di persone. Nonostante i grandi progressi scientifici e sociali, l’epidemia prosegue. Oggi, nel 2025, più di quaranta milioni di persone vivono con l’HIV e solo nel 2024 sono state registrate un milione e trecentomila nuove infezioni. Più di seicentotrentamila vite sono state perdute a causa di malattie correlate all’AIDS. E nonostante i progressi, più di nove milioni di persone non ricevono ancora il trattamento che potrebbe mantenerle sane, attive e pienamente dignitose.

Questi numeri non sono semplici statistiche. Sono storie umane che parlano di disuguaglianza, di sofferenza evitabile e di promesse non mantenute. Sono padri, madri, adolescenti, migranti, persone anziane, persone LGTBIQ+, lavoratrici e lavoratori del sesso, persone che fanno uso di droghe o che vivono in strada. Sono vite che ancora oggi si scontrano con porte chiuse, pregiudizi, burocrazie impossibili, leggi che puniscono invece di proteggere, sguardi che non vedono e silenzi che feriscono.

La verità è evidente. Non è la biologia ciò che ferisce di più, ma la discriminazione e l’abbandono. Oggi, in centinaia di città, quartieri e comunità del mondo, chi vive con l’HIV continua a subire commenti disumanizzanti, paura sociale e rifiuto. Subisce esclusione sul lavoro, in famiglia, a scuola e talvolta persino nei sistemi sanitari che dovrebbero prendersene cura. Ci sono ancora persone che nascondono la propria diagnosi per timore di perdere tutto. Ci sono ancora persone che muoiono perché qualcuno ha deciso che non erano abbastanza importanti per ricevere cure, ascolto o accompagnamento.

Per questo l’approccio basato sui diritti umani rimane imprescindibile. Non è un lusso retorico, è una necessità quotidiana. Garantire l’accesso universale alla prevenzione, alla diagnosi e al trattamento non è un atto di generosità, è un dovere morale e giuridico. Nessuna politica pubblica potrà essere efficace senza eliminare le barriere che colpiscono chi rischia di essere lasciato indietro. Nessun progresso sarà autentico senza il riconoscimento della piena dignità di ogni persona. Nessun discorso sarà sincero se non affronterà lo stigma che ancora oggi agisce come un virus sociale che moltiplica il danno.

La buona notizia è che i progressi ci sono e dimostrano che il cambiamento è possibile. Più del settantacinque per cento delle persone che vivono con l’HIV ha accesso al trattamento e più del settanta per cento ha raggiunto la soppressione virale, che protegge la loro salute e riduce in modo drastico la trasmissione. La scienza ha dimostrato che vivere con l’HIV con carica virale non rilevabile significa vivere senza trasmettere il virus. Questa verità salva vite e distrugge miti.

Ma questi risultati, se non vengono difesi, possono andare perduti. La riduzione dei fondi internazionali, l’instabilità politica in diversi paesi, la crescita dei discorsi d’odio e l’arretramento nei diritti civili minacciano di cancellare quanto è stato raggiunto. Non possiamo permetterlo. Non possiamo restare in attesa che siano altri ad agire. Non possiamo delegare la responsabilità di proteggere la vita e la dignità.

È arrivato il momento di agire ancora una volta. E il momento continua a essere adesso. Adesso per esigere che nessuno viva con paura della propria diagnosi. Adesso per sostenere chi cura, accompagna e lotta in prima linea. Adesso per creare spazi sicuri, accessibili e rispettosi nei nostri sistemi sanitari. Adesso perché le leggi smettano di criminalizzare chi già porta un peso enorme. Adesso perché ogni essere umano, senza eccezioni, possa accedere al trattamento di cui ha bisogno. Adesso per alzare la voce contro ogni gesto di abbandono, indifferenza o discriminazione.

La lotta contro l’HIV e l’AIDS non è solo una questione medica, è anche una questione di umanità. Ogni passo verso l’uguaglianza, l’inclusione e la giustizia è un passo che salva vite. Siamo tutti responsabili. Siamo tutti necessari. Possiamo tutti fare la differenza.

Continuiamo ad avanzare. Continuiamo ad accompagnare. Continuiamo a lottare per chi non è ancora stato ascoltato, per chi continua a essere emarginato, per chi vive sotto il peso dello stigma. Che nessuno perda la vita per l’indifferenza degli altri. Che nessuno sia abbandonato. Che nessuno resti indietro.

Il futuro senza AIDS non arriverà da solo. Lo costruiremo insieme con impegno, solidarietà e la certezza che ogni vita ha valore.

E se vogliamo che quel futuro diventi reale, il momento è e continuerà a essere adesso.

Sarà sempre adesso.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Ce sera toujours maintenant

(Journée mondiale du sida)

Chaque premier décembre le monde se rappelle que le VIH et le sida ne sont pas un chapitre clos de l’histoire, mais une réalité qui continue de marquer la vie de millions de personnes. Malgré les grands progrès scientifiques et sociaux, l’épidémie se poursuit. Aujourd’hui, en 2025, plus de quarante millions de personnes vivent avec le VIH et rien qu’en 2024 un million trois cent mille nouvelles infections ont été enregistrées. Plus de six cent trente mille vies ont été perdues à cause de maladies liées au sida. Et malgré les avancées, plus de neuf millions de personnes n’ont toujours pas accès au traitement qui pourrait les maintenir en bonne santé, actives et dignes.

Ces chiffres ne sont pas de simples statistiques. Ce sont des histoires humaines qui parlent d’inégalités, de souffrances évitables et de promesses non tenues. Ce sont des pères, des mères, des adolescents, des migrants, des personnes âgées, des personnes LGTBIQ+, des travailleuses et travailleurs du sexe, des personnes qui consomment des drogues ou qui vivent dans la rue. Ce sont des vies qui, encore aujourd’hui, se heurtent à des portes closes, à des préjugés, à des démarches impossibles, à des lois qui punissent au lieu de protéger, à des regards qui ne voient pas et à des silences qui blessent.

La vérité est évidente. Ce n’est pas la biologie qui blesse le plus, mais la discrimination et l’abandon. Aujourd’hui, dans des centaines de villes, de quartiers et de communautés à travers le monde, celles et ceux qui vivent avec le VIH subissent encore des propos déshumanisants, la peur sociale et le rejet. Elles et ils affrontent l’exclusion au travail, dans la famille, à l’école et parfois même dans les systèmes de santé qui devraient les protéger. Il existe encore des personnes qui cachent leur diagnostic par crainte de tout perdre. Il existe encore des personnes qui meurent parce que quelqu’un a décidé qu’elles n’étaient pas assez importantes pour recevoir un traitement, une écoute ou un accompagnement.

C’est pourquoi l’approche fondée sur les droits humains demeure indispensable. Ce n’est pas un luxe oratoire, c’est une nécessité quotidienne. Garantir l’accès universel à la prévention, au dépistage et au traitement n’est pas un acte de générosité, c’est un devoir moral et juridique. Aucune politique publique ne sera efficace si elle n’élimine pas les obstacles auxquels se heurtent celles et ceux qui risquent le plus d’être laissés pour compte. Aucun progrès ne sera véritable s’il ne reconnaît pas la dignité pleine et entière de chaque personne. Aucun discours ne sera honnête s’il ne s’attaque pas au stigmate qui, aujourd’hui encore, agit comme un virus social amplifiant les blessures.

La bonne nouvelle est que des progrès existent et démontrent que le changement est possible. Plus de soixante-quinze pour cent des personnes vivant avec le VIH ont accès au traitement et plus de soixante-dix pour cent ont atteint la suppression virale, ce qui protège leur santé et réduit de manière drastique la transmission. La science a démontré que vivre avec le VIH avec une charge virale indétectable signifie vivre sans transmettre le virus. Cette vérité sauve des vies et fait tomber des mythes.

Mais ces progrès, s’ils ne sont pas défendus, peuvent être perdus. La diminution des financements internationaux, l’instabilité politique dans plusieurs pays, la montée des discours de haine et le recul des droits civils menacent d’effacer les avancées obtenues. Nous ne pouvons pas l’accepter. Nous ne pouvons pas attendre que d’autres agissent. Nous ne pouvons pas déléguer la responsabilité de protéger la vie et la dignité.

Le moment d’agir est revenu, une fois encore. Et le moment reste maintenant. Maintenant pour exiger que personne ne vive dans la peur de son diagnostic. Maintenant pour soutenir celles et ceux qui soignent, accompagnent et luttent en première ligne. Maintenant pour créer des espaces sûrs, accessibles et respectueux dans nos systèmes de santé. Maintenant pour que les lois cessent de criminaliser celles et ceux qui portent déjà un poids immense. Maintenant pour que chaque être humain, sans exception, puisse accéder au traitement dont il a besoin. Maintenant pour élever la voix face à tout geste d’abandon, d’indifférence ou de discrimination.

La lutte contre le VIH et le sida n’est pas seulement une question médicale, c’est aussi une question d’humanité. Chaque pas vers l’égalité, l’inclusion et la justice est un pas qui sauve des vies. Nous sommes tous responsables. Nous sommes tous nécessaires. Nous pouvons tous faire la différence.

Continuons d’avancer. Continuons de soutenir. Continuons de lutter pour celles et ceux qui ne sont pas encore entendus, pour celles et ceux qui restent marginalisés, pour celles et ceux qui vivent sous le poids du stigmate. Que personne ne perde la vie à cause de l’indifférence d’autrui. Que personne ne soit abandonné. Que personne ne reste derrière.

L’avenir sans sida ne viendra pas de lui-même. Nous le construirons ensemble avec engagement, solidarité et la certitude que chaque vie compte.

Et si nous voulons que cet avenir devienne réel, le moment est et restera maintenant.

Ce sera toujours maintenant.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Será sempre agora

(Dia Mundial da Sida)

Em cada primeiro de dezembro o mundo recorda que o VIH e a SIDA não são um capítulo encerrado da história, mas uma realidade que continua a marcar a vida de milhões de pessoas. Apesar dos grandes progressos científicos e sociais, a epidemia prossegue. Hoje, em 2025, mais de quarenta milhões de pessoas vivem com o VIH e só em 2024 foram registadas um milhão e trezentas mil novas infeções. Mais de seiscentas e trinta mil vidas perderam-se devido a doenças relacionadas com a SIDA. E apesar dos avanços, mais de nove milhões de pessoas ainda não recebem o tratamento que poderia mantê-las saudáveis, ativas e plenamente dignas.

Estes números não são simples estatísticas. São histórias humanas que falam de desigualdade, de sofrimento evitável e de promessas não cumpridas. São pais, mães, adolescentes, migrantes, pessoas idosas, pessoas LGTBIQ+, trabalhadoras e trabalhadores do sexo, pessoas que usam drogas ou que vivem na rua. São vidas que ainda hoje se deparam com portas fechadas, preconceitos, burocracias impossíveis, leis que punem em vez de proteger, olhares que não veem e silêncios que ferem.

A verdade é evidente. Não é a biologia que mais magoa, mas sim a discriminação e o abandono. Hoje, em centenas de cidades, bairros e comunidades ao redor do mundo, quem vive com o VIH continua a sofrer comentários desumanizantes, medo social e rejeição. Sofre exclusão no trabalho, na família, na escola e por vezes até nos próprios sistemas de saúde que deveriam cuidar delas. Ainda há pessoas que escondem o seu diagnóstico por medo de perder tudo. Ainda há pessoas que morrem porque alguém decidiu que não eram suficientemente importantes para receber cuidados, escuta ou acompanhamento.

É por isso que a abordagem baseada nos direitos humanos continua a ser indispensável. Não é um luxo retórico, é uma necessidade diária. Garantir o acesso universal à prevenção, ao diagnóstico e ao tratamento não é um ato de generosidade, é um dever moral e jurídico. Nenhuma política pública será eficaz sem eliminar as barreiras que atingem quem corre maior risco de ser deixado para trás. Nenhum progresso será verdadeiro sem o reconhecimento da plena dignidade de cada pessoa. Nenhum discurso será honesto se não enfrentar o estigma que ainda hoje atua como um vírus social que multiplica o dano.

A boa notícia é que existem avanços e eles demonstram que a mudança é possível. Mais de setenta e cinco por cento das pessoas que vivem com o VIH têm acesso ao tratamento e mais de setenta por cento alcançaram a supressão viral, que protege a sua saúde e reduz drasticamente a transmissão. A ciência demonstrou que viver com o VIH com carga viral indetetável significa viver sem transmitir o vírus. Esta verdade salva vidas e destrói mitos.

Mas estes resultados, se não forem defendidos, podem perder-se. A redução dos fundos internacionais, a instabilidade política em vários países, o crescimento dos discursos de ódio e o retrocesso nos direitos civis ameaçam apagar o que foi conquistado. Não podemos permitir isso. Não podemos ficar à espera que outros ajam. Não podemos delegar a responsabilidade de proteger a vida e a dignidade.

Chegou o momento de agir mais uma vez. E o momento continua a ser agora. Agora para exigir que ninguém viva com medo do seu diagnóstico. Agora para apoiar quem cuida, acompanha e luta na linha da frente. Agora para criar espaços seguros, acessíveis e respeitosos nos nossos sistemas de saúde. Agora para que as leis deixem de criminalizar quem já carrega um fardo imenso. Agora para que cada ser humano, sem exceções, possa aceder ao tratamento de que necessita. Agora para erguer a voz contra qualquer gesto de abandono, indiferença ou discriminação.

A luta contra o VIH e a SIDA não é apenas uma questão médica, é também uma questão de humanidade. Cada passo em direção à igualdade, à inclusão e à justiça é um passo que salva vidas. Somos todos responsáveis. Somos todos necessários. Todos podemos fazer a diferença.

Continuemos a avançar. Continuemos a acompanhar. Continuemos a lutar por quem ainda não foi ouvido, por quem continua a ser marginalizado, por quem vive sob o peso do estigma. Que ninguém perca a vida pela indiferença dos outros. Que ninguém seja abandonado. Que ninguém fique para trás.

O futuro sem SIDA não chegará sozinho. Construí-lo-emos juntos com empenho, solidariedade e a certeza de que cada vida tem valor.

E se queremos que esse futuro se torne real, o momento é e continuará a ser agora.

Será sempre agora.

Gaza sigue ahí

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino)

A veces parece que las noticias se apagan de golpe, como si alguien bajara el volumen de un día para otro. Un conflicto enorme, de casi 80 años, miles de vidas rotas, familias enteras sobreviviendo entre ruinas… y, de repente, silencio. O casi. Gaza es uno de esos lugares que desaparecen del foco mediático sin que nada importante haya mejorado realmente. Solo ha cambiado que ya no lo vemos. Y eso, aunque duela admitirlo, acaba siendo gran parte del problema.

Desde que se cumplieran dos años del inicio de la guerra en Gaza han pasado muchas cosas. Algunas buenas y otras terriblemente duras. Hubo un alto el fuego que frenó los bombardeos constantes. Hubo intercambios de prisioneros, devoluciones de restos, negociaciones políticas, reuniones de donantes, discursos solemnes en Naciones Unidas y promesas, muchas promesas. Sobre el papel se abrió una puerta a la esperanza y mucha gente quiso creer que, por fin, se entraba en una fase nueva. Pero basta con rascar un poco para descubrir que la realidad sobre el terreno es otra historia, mucho más cruda, mucho más incómoda.

Porque aunque Gaza aparezca menos en televisión, el dolor sigue ahí. Y no solo sigue, sino que se agrava. La destrucción que quedó después de la guerra es tan inmensa que reconstruirla llevará generaciones. No años, sino generaciones. Las ciudades siguen hechas polvo, los hospitales funcionan a medias o directamente no funcionan, la electricidad va y viene y los sistemas de agua y saneamiento están tan dañados que cada día es una pelea contra la enfermedad. Miles de familias viven hacinadas en campamentos improvisados que no están preparados para nada, ni para el frío, ni para la lluvia, ni para las inundaciones que ya este otoño se han llevado por delante tiendas, mantas y vidas enteras. Y aun así, el mundo habla cada vez menos de ello.

Cuando miras Gaza con atención te encuentras con historias que te encogen por dentro. Madres que han tenido que criar a sus hijos en tiendas sin luz durante meses. Niños que no saben o no recuerdan lo que era dormir en una cama de verdad. Estudiantes que lo han perdido todo, hasta las mochilas y los cuadernos que daban algo de normalidad a sus vidas. Médicos que siguen trabajando sin descanso en clínicas donde falta de todo. Ancianos que caminan entre bloques derrumbados buscando objetos que les recuerden que un día esa ciudad fue su hogar.

Las cifras son mareantes, sí, pero lo que de verdad duele es la dimensión humana. Desde octubre de 2023, los bombardeos del ejército de Israel han matado a más de 70.000 personas en Gaza, de las cuales más de 20.000 son niños, y otras casi 170.000 personas han resultado heridas, según la OMS. Se estima que 44.000 niños han quedado huérfanos. Todo ello sin olvidar los miles de cadáveres que se cree que aún pueda haber bajo los escombros de los edificios destruidos. Ya apenas hablamos de ello, pero, sin duda, el genocidio en Gaza, según se define por los textos internacionales que así lo establecen, sigue en marcha. 

Gaza aún está llena de niños, y son ellos quienes más están pagando las consecuencias. Hablar de “futuro” allí es casi un lujo. Imagina que tienes que crecer en un lugar donde no sabes si la escuela volverá a abrir, si vas a poder comer caliente, si tu familia podrá reconstruir la casa o si la lluvia de mañana inundará lo poco que tienes. Imagínate intentar ser niño en un sitio que no te deja serlo.

Después del alto el fuego la comunidad internacional anunció planes, mapas, comités, hojas de ruta y conferencias con nombres grandilocuentes. Todo eso existe, es verdad, pero en demasiados casos está desconectado de lo que realmente ocurre en el día a día. Se habla mucho de reconstrucción, pero la ayuda llega a cuentagotas. Se habla de futuro político, pero en Gaza la gente aún está intentando sobrevivir al presente. Se habla de acuerdos de seguridad, pero sobre el terreno hay todavía zonas peligrosas, tensiones, incidentes aislados y restos sin identificar bajo montones de escombros. Mientras tanto, las pantallas han pasado página. Y nosotros, sin querer, vamos detrás.

Lo más duro de esta historia es que Gaza no se ha convertido en un sitio invisible porque la situación haya mejorado, sino porque el interés global se ha movido a otra parte. La cobertura de guerra se ha transformado en cobertura de posguerra, que suele ser mucho menos impactante para captar la atención de un público que solo busca y lee titulares rápidos. Pero esa posguerra es una lucha diaria, una en la que la gente intenta rehacer su vida sin las herramientas más básicas y necesarias. Es fácil olvidar lo que no vemos, pero los habitantes de Gaza no pueden permitirse ese lujo.

Así que, mientras tú lees esto, en Gaza siguen muriendo personas. Algunas por heridas antiguas que nunca pudieron tratarse bien. Otras por enfermedades evitables que se vuelven mortales cuando ya no hay medicinas. Otras por el frío, por el hambre o por las inundaciones. Puede parecer increíble, pero es así. La lluvia, esa que en muchos lugares es símbolo de calma, allí es una amenaza más. Los campamentos se encharcan, las tiendas se hunden y las escasas pertenencias se pierden para siempre. Para muchos niños significa volver a empezar desde cero por enésima vez.

Hay fotos recientes que muestran amplias zonas de Gaza cubiertas de barro, calles irreconocibles y la mirada vacía de quienes ya no tienen fuerzas ni para llorar. Hay testimonios de padres que recorren kilómetros para conseguir un litro de agua limpia. Hay jóvenes que siguen limpiando escombros de las escuelas esperando que algún día vuelvan a llenarse de alumnos. Hay abuelas que, pese a haber perdido todo, siguen preparando lo que pueden para alimentar a otros. Hay trabajadores humanitarios que, aun agotados, siguen entrando en zonas dañadas porque saben que si ellos no van nadie irá. Y hay madres que siguen buscando entre los escombros los cuerpos de sus hijos. 

No, Gaza no está bien. Gaza no se está recuperando. Gaza no es un capítulo cerrado. Gaza está herida de muerte y necesita que el mundo no lo olvide. Pero este maldito mundo, una vez más, se olvida de todo. 

Y sí, también es verdad que en el conflicto hay responsabilidades políticas, decisiones complicadas, actores diversos y posturas difíciles de reconciliar. Pero ninguna de esas discusiones debería servir como excusa para mirar hacia otro lado mientras la población civil intenta sobrevivir entre ruinas. Ninguna. No hay matiz diplomático que justifique el silencio frente al sufrimiento de miles de niños que solo quieren vivir tranquilos, comer, estudiar y dormir sin miedo a que su casa se derrumbe con ellos dentro. 

Por eso es importante hablar de Gaza, aunque ya no salga en las portadas. Porque la indiferencia mata, mata lentamente pero mata. La reconstrucción no se hará sola. La ayuda no llegará sin presión. La justicia no se abrirá camino sin que haya ojos mirando. Porque cuando el mundo se olvida, las tragedias se repiten. Porque cuando el mundo calla, los inocentes son siempre los que pagan.

A veces nos cuesta mirar hacia lugares donde ya solo queda dolor, pero mirar al dolor es necesario. Hablar es necesario. Recordar es necesario. Gaza no necesita compasión pasajera, tampoco un tuit ni un post indignado cada dos meses. Gaza necesita constancia. Gaza necesita memoria. Gaza necesita apoyo real. Gaza necesita que la gente no se resigne y no dé por hecho que “ya pasará”. Porque no, no está pasando.

Y hasta que no pase de verdad, hasta que los niños de Gaza puedan volver a vivir sin miedo, hasta que las familias puedan reconstruir sus casas y sus vidas, hasta que la dignidad vuelva a ser una palabra posible, no podemos permitir que la indiferencia gane.

Mirar a Gaza es un deber moral, no un simple gesto. Porque mientras el mundo se olvida de todo, allí sigue latiendo el dolor de decenas de miles de personas que merece ser vistas, nombradas y acompañadas hasta que por fin puedan descansar.

Y mientras miramos o no, nunca olvidemos que cada vida importa.

No nos olvidemos de Gaza. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Gaza is still there

(International Day of Solidarity with the Palestinian People)

Sometimes it feels as if the news simply goes silent overnight as if someone turned the volume down from one day to the next. An enormous conflict nearly eighty years old thousands of lives shattered entire families surviving among ruins and suddenly silence or almost. Gaza is one of those places that disappear from the media spotlight without anything truly important improving. The only thing that has changed is that we no longer see it and that although it hurts to admit it is a large part of the problem.

Since the two year anniversary of the start of the war in Gaza many things have happened some good and others terribly harsh. There was a ceasefire that stopped the constant bombing. There were prisoner exchanges the return of remains political negotiations donor meetings solemn speeches at the United Nations and promises many promises. On paper a door to hope opened and many people wanted to believe that finally a new phase was beginning. But it only takes a closer look to discover that the reality on the ground tells a very different story much harsher much more uncomfortable.

Because although Gaza appears less on television the pain is still there and it does not only remain it worsens. The destruction left after the war is so immense that rebuilding it will take generations not years but generations. The cities remain in ruins the hospitals operate at half capacity or not at all the electricity comes and goes and the water and sanitation systems are so damaged that every day is a struggle against disease. Thousands of families live crowded into makeshift camps which are not prepared for anything neither the cold nor the rain nor the floods which this autumn have already swept away tents blankets and entire lives and yet the world speaks less and less about it.

When you look at Gaza closely you encounter stories that squeeze your heart. Mothers who have had to raise their children in tents without electricity for months. Children who do not know or remember what it was like to sleep in a proper bed. Students who have lost everything even the backpacks and notebooks that gave some normality to their lives. Doctors who keep working without rest in clinics lacking everything. Elderly people walking among collapsed buildings searching for objects that remind them that one day this city was their home.

The numbers are staggering yes but what truly hurts is the human dimension. Since October 2023 Israeli army bombings have killed more than seventy thousand people in Gaza of whom over twenty thousand are children and almost one hundred and seventy thousand people have been injured according to the WHO. It is estimated that forty four thousand children have been left orphaned. All this without forgetting the thousands of bodies still believed to lie under the rubble of destroyed buildings. We barely talk about it anymore but undoubtedly the genocide in Gaza as defined by international texts continues.

Gaza is still full of children and they are the ones paying the highest price. Talking about the future there is almost a luxury. Imagine having to grow up in a place where you do not know if school will open again if you will be able to eat hot meals if your family will be able to rebuild the house or if tomorrow’s rain will flood the little you have. Imagine trying to be a child in a place that will not let you be one.

After the ceasefire the international community announced plans maps committees roadmaps and conferences with grandiose names. All that exists it is true but in too many cases it is disconnected from what really happens day to day. There is much talk of reconstruction but aid arrives in dribs and drabs. There is talk of political futures but in Gaza people are still trying to survive the present. There is talk of security agreements but on the ground there are still dangerous zones tensions isolated incidents and unidentified remains under piles of rubble. Meanwhile the screens have moved on and we unwittingly follow.

The hardest part of this story is that Gaza has not become invisible because the situation has improved but because global interest has shifted elsewhere. War coverage has turned into post war coverage which is usually far less striking to an audience that only looks for and reads quick headlines. But that post war period is a daily struggle in which people try to rebuild their lives without the most basic and necessary tools. It is easy to forget what we do not see but the people of Gaza cannot afford that luxury.

So while you read this people are still dying in Gaza some from old injuries that could never be treated properly others from preventable diseases that become fatal when there are no medicines others from the cold from hunger or from the floods. It may seem incredible but it is true. Rain which in many places is a symbol of calm is yet another threat there. The camps become waterlogged the tents collapse and the few possessions are lost forever. For many children it means starting from scratch yet again.

Recent photos show large areas of Gaza covered in mud streets unrecognisable and the empty gaze of those who no longer have the strength even to cry. There are accounts of parents walking kilometres to get a litre of clean water. Young people still clearing rubble from schools hoping that one day they will be filled with students again. Grandmothers who despite losing everything still prepare what they can to feed others. Humanitarian workers exhausted yet still entering damaged areas because they know if they do not go no one will. And mothers still searching through the rubble for the bodies of their children.

No Gaza is not okay. Gaza is not recovering. Gaza is not a closed chapter. Gaza is mortally wounded and needs the world not to forget it. But this damn world once again forgets everything.

And yes it is also true that in the conflict there are political responsibilities difficult decisions diverse actors and hard to reconcile positions. But none of those discussions should serve as an excuse to look the other way while civilians try to survive among ruins none. There is no diplomatic nuance that justifies silence in the face of the suffering of thousands of children who only want to live peacefully eat study and sleep without fear of their house collapsing on them.

That is why it is important to speak about Gaza even if it no longer appears on the front pages because indifference kills, kills slowly but it kills. Reconstruction will not happen on its own aid will not arrive without pressure justice will not progress without eyes watching because when the world forgets tragedies repeat because when the world stays silent it is always the innocent who pay.

Sometimes it is hard to look at places where only pain remains but looking at pain is necessary speaking is necessary remembering is necessary. Gaza does not need fleeting compassion nor a tweet nor an outraged post every couple of months. Gaza needs constancy Gaza needs memory Gaza needs real support Gaza needs people not to resign themselves and not to assume that it will pass because no it is not passing.

And until it truly passes until the children of Gaza can live without fear until families can rebuild their homes and their lives until dignity becomes a possible word we cannot allow indifference to win.

Looking at Gaza is a moral duty, not a simple gesture. Because while the world forgets everything, there the pain of tens of thousands of people continues to beat, and they deserve to be seen, named and supported until they can finally rest.

And whether we look or not, let us never forget that every life matters.

Let us not forget Gaza.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Gaza è ancora lì

(Giornata Internazionale di Solidarietà con il Popolo Palestinese)

A volte sembra che le notizie si spengano all’improvviso come se qualcuno abbassasse il volume da un giorno all’altro. Un conflitto enorme di quasi ottant’anni migliaia di vite spezzate intere famiglie che sopravvivono tra le rovine e all’improvviso silenzio o quasi. Gaza è uno di quei luoghi che scompaiono dai riflettori dei media senza che nulla di veramente importante sia migliorato. L’unica cosa che è cambiata è che non lo vediamo più e questo anche se fa male ammetterlo è gran parte del problema.

Da quando sono trascorsi due anni dall’inizio della guerra a Gaza molte cose sono successe alcune buone e altre terribilmente dure. C’è stato un cessate il fuoco che ha fermato i bombardamenti continui. Ci sono stati scambi di prigionieri la restituzione di resti negoziati politici riunioni di donatori discorsi solenni alle Nazioni Unite e promesse molte promesse. Sulla carta si è aperta una porta alla speranza e molta gente ha voluto credere che finalmente stesse iniziando una nuova fase. Ma basta guardare più da vicino per scoprire che la realtà sul terreno racconta una storia molto diversa molto più cruda molto più scomoda.

Perché anche se Gaza appare meno in televisione il dolore è ancora lì e non solo rimane peggiora. La distruzione lasciata dopo la guerra è così immensa che ricostruirla richiederà generazioni non anni ma generazioni. Le città restano in rovina gli ospedali funzionano a metà o non funzionano affatto l’elettricità va e viene e i sistemi idrici e sanitari sono così danneggiati che ogni giorno è una lotta contro la malattia. Migliaia di famiglie vivono ammassate in campi improvvisati che non sono preparati a nulla né al freddo né alla pioggia né alle inondazioni che quest’autunno hanno già portato via tende coperte e intere vite eppure il mondo ne parla sempre meno.

Quando guardi Gaza da vicino incontri storie che ti stringono il cuore. Madri che hanno dovuto crescere i loro figli in tende senza elettricità per mesi. Bambini che non sanno o non ricordano cosa significasse dormire in un letto vero. Studenti che hanno perso tutto persino gli zaini e i quaderni che davano un po di normalità alle loro vite. Medici che continuano a lavorare senza sosta in cliniche prive di tutto. Anziani che camminano tra edifici crollati cercando oggetti che ricordino loro che un giorno quella città è stata la loro casa.

I numeri sono impressionanti sì ma ciò che davvero fa male è la dimensione umana. Dall’ottobre 2023 i bombardamenti dell’esercito israeliano hanno ucciso più di settantamila persone a Gaza di cui oltre ventimila sono bambini e quasi centosettantamila persone sono rimaste ferite secondo l’OMS. Si stima che quarantiquattromila bambini siano rimasti orfani. Tutto ciò senza dimenticare le migliaia di corpi che si crede giacciano ancora sotto le macerie degli edifici distrutti. Ne parliamo a malapena ormai ma senza dubbio il genocidio a Gaza come definito dai testi internazionali continua.

Gaza è ancora piena di bambini e sono loro a pagare il prezzo più alto. Parlare di futuro lì è quasi un lusso. Immagina di dover crescere in un luogo dove non sai se la scuola riaprirà se potrai mangiare cibo caldo se la tua famiglia riuscirà a ricostruire la casa o se la pioggia di domani allagherà il poco che hai. Immagina di cercare di essere bambino in un posto che non ti permette di esserlo.

Dopo il cessate il fuoco la comunità internazionale ha annunciato piani mappe comitati roadmap e conferenze con nomi grandiosi. Tutto questo esiste è vero ma in troppi casi è scollegato da ciò che succede realmente giorno per giorno. Si parla molto di ricostruzione ma gli aiuti arrivano a goccia a goccia. Si parla di futuro politico ma a Gaza la gente sta ancora cercando di sopravvivere al presente. Si parla di accordi di sicurezza ma sul terreno ci sono ancora zone pericolose tensioni incidenti isolati e resti non identificati sotto cumuli di macerie. Nel frattempo gli schermi hanno voltato pagina e noi senza volerlo li seguiamo.

La parte più dura di questa storia è che Gaza non è diventata invisibile perché la situazione sia migliorata ma perché l’interesse globale si è spostato altrove. La copertura della guerra si è trasformata in copertura del dopoguerra che di solito è molto meno impressionante per un pubblico che cerca e legge solo titoli veloci. Ma quel dopoguerra è una lotta quotidiana in cui le persone cercano di ricostruire la loro vita senza gli strumenti più basilari e necessari. È facile dimenticare ciò che non vediamo ma gli abitanti di Gaza non possono permetterselo.

Quindi mentre leggi queste righe persone continuano a morire a Gaza alcune per ferite vecchie che non hanno mai potuto essere curate altre per malattie prevenibili che diventano mortali quando mancano i farmaci altre per il freddo per la fame o per le inondazioni. Può sembrare incredibile ma è così. La pioggia che in molti luoghi è simbolo di calma lì è un’ulteriore minaccia. I campi si allagano le tende crollano e le poche cose che hanno vengono perse per sempre. Per molti bambini significa ricominciare da capo per l’ennesima volta.

Foto recenti mostrano ampie zone di Gaza coperte di fango strade irriconoscibili e lo sguardo vuoto di chi non ha più la forza nemmeno di piangere. Ci sono testimonianze di genitori che percorrono chilometri per procurarsi un litro d’acqua pulita. Giovani che continuano a ripulire le macerie delle scuole sperando che un giorno tornino a essere piene di alunni. Nonne che nonostante abbiano perso tutto continuano a preparare ciò che possono per sfamare altri. Volontari esausti ma che continuano a entrare nelle zone danneggiate perché sanno che se non ci vanno nessuno lo farà. E madri che continuano a cercare tra le macerie i corpi dei loro figli.

No Gaza non sta bene. Gaza non si sta riprendendo. Gaza non è un capitolo chiuso. Gaza è mortalmente ferita e ha bisogno che il mondo non la dimentichi. Ma questo dannato mondo ancora una volta dimentica tutto.

E sì è anche vero che nel conflitto ci sono responsabilità politiche decisioni difficili attori diversi e posizioni difficili da conciliare. Ma nessuna di queste discussioni dovrebbe servire da scusa per guardare altrove mentre i civili cercano di sopravvivere tra le rovine nessuna. Non c’è sfumatura diplomatica che giustifichi il silenzio di fronte alla sofferenza di migliaia di bambini che vogliono solo vivere in pace mangiare studiare e dormire senza paura che la loro casa crolli su di loro.

Ecco perché è importante parlare di Gaza anche se non appare più in prima pagina perché l’indifferenza uccide, uccide lentamente ma uccide. La ricostruzione non avverrà da sola gli aiuti non arriveranno senza pressione la giustizia non progredirà senza occhi che guardano perché quando il mondo dimentica le tragedie si ripetono perché quando il mondo tace sono sempre gli innocenti a pagare.

A volte è difficile guardare luoghi dove resta solo dolore ma guardare il dolore è necessario parlare è necessario ricordare è necessario. Gaza non ha bisogno di compassione passeggera né di un tweet né di un post indignato ogni due mesi. Gaza ha bisogno di costanza Gaza ha bisogno di memoria Gaza ha bisogno di vero sostegno Gaza ha bisogno che le persone non si rassegnino e non diano per scontato che passerà perché no non sta passando.

E fino a quando non passerà davvero fino a quando i bambini di Gaza potranno vivere senza paura fino a quando le famiglie potranno ricostruire le loro case e le loro vite fino a quando la dignità tornerà a essere una parola possibile non possiamo permettere che l’indifferenza vinca.

Guardare Gaza è un dovere morale, non un semplice gesto. Perché mentre il mondo dimentica tutto, lì continua a battere il dolore di decine di migliaia di persone che meritano di essere viste, nominate e accompagnate fino a quando potranno finalmente riposare.

E mentre guardiamo o no, non dimentichiamo mai che ogni vita conta.

Non dimentichiamo Gaza.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Gaza est toujours là

(Journée internationale de solidarité avec le peuple palestinien)

Parfois il semble que les nouvelles s’éteignent brusquement comme si quelqu’un baissait le volume du jour au lendemain. Un conflit énorme de presque quatre-vingts ans des milliers de vies brisées des familles entières qui survivent parmi les ruines et soudain le silence ou presque. Gaza est un de ces endroits qui disparaissent des projecteurs médiatiques sans que rien de vraiment important ne se soit amélioré. La seule chose qui a changé est que nous ne le voyons plus et cela même si cela fait mal à admettre constitue une grande partie du problème.

Depuis que deux ans se sont écoulés depuis le début de la guerre à Gaza beaucoup de choses se sont passées certaines bonnes et d’autres terriblement dures. Il y a eu un cessez-le-feu qui a arrêté les bombardements constants. Il y a eu des échanges de prisonniers la restitution de corps des négociations politiques des réunions de donateurs des discours solennels aux Nations Unies et des promesses beaucoup de promesses. Sur le papier une porte vers l’espoir s’est ouverte et beaucoup de gens ont voulu croire qu’enfin une nouvelle phase commençait. Mais il suffit de regarder de plus près pour découvrir que la réalité sur le terrain raconte une histoire bien différente bien plus crue bien plus inconfortable.

Parce que même si Gaza apparaît moins à la télévision la douleur est toujours là et non seulement elle reste mais elle s’aggrave. La destruction laissée après la guerre est si immense que la reconstruire prendra des générations pas des années mais des générations. Les villes restent en ruines les hôpitaux fonctionnent à moitié ou pas du tout l’électricité va et vient et les systèmes d’eau et d’assainissement sont tellement endommagés que chaque jour est une lutte contre la maladie. Des milliers de familles vivent entassées dans des camps improvisés qui ne sont préparés à rien ni au froid ni à la pluie ni aux inondations qui cet automne ont déjà emporté tentes couvertures et vies entières et pourtant le monde en parle de moins en moins.

Quand on regarde Gaza attentivement on rencontre des histoires qui serrent le cœur. Des mères qui ont dû élever leurs enfants dans des tentes sans électricité pendant des mois. Des enfants qui ne savent pas ou ne se souviennent plus ce que c’était de dormir dans un vrai lit. Des étudiants qui ont tout perdu même les cartables et les cahiers qui apportaient un peu de normalité dans leur vie. Des médecins qui continuent de travailler sans relâche dans des cliniques où il manque tout. Des personnes âgées qui marchent entre des immeubles effondrés cherchant des objets qui leur rappellent qu’un jour cette ville fut leur maison.

Les chiffres sont impressionnants oui mais ce qui fait vraiment mal est la dimension humaine. Depuis octobre 2023 les bombardements de l’armée israélienne ont tué plus de soixante-dix mille personnes à Gaza dont plus de vingt mille sont des enfants et presque cent soixante-dix mille personnes ont été blessées selon l’OMS. On estime que quarante-quatre mille enfants sont devenus orphelins. Tout cela sans oublier les milliers de corps que l’on pense encore sous les décombres des bâtiments détruits. On en parle à peine désormais mais sans aucun doute le génocide à Gaza tel que défini par les textes internationaux continue.

Gaza est encore pleine d’enfants et ce sont eux qui paient le prix le plus lourd. Parler de futur là-bas est presque un luxe. Imaginez devoir grandir dans un endroit où vous ne savez pas si l’école rouvrira si vous pourrez manger chaud si votre famille pourra reconstruire la maison ou si la pluie de demain inondera le peu que vous possédez. Imaginez essayer d’être enfant dans un lieu qui ne vous permet pas de l’être.

Après le cessez-le-feu la communauté internationale a annoncé des plans des cartes des comités des feuilles de route et des conférences aux noms grandioses. Tout cela existe c’est vrai mais dans trop de cas c’est déconnecté de ce qui se passe réellement jour après jour. On parle beaucoup de reconstruction mais l’aide arrive au compte-gouttes. On parle de futur politique mais à Gaza les gens essaient encore de survivre au présent. On parle d’accords de sécurité mais sur le terrain il y a encore des zones dangereuses des tensions des incidents isolés et des restes non identifiés sous des tas de décombres. Pendant ce temps les écrans ont tourné la page et nous sans le vouloir les suivons.

La partie la plus dure de cette histoire est que Gaza n’est pas devenue invisible parce que la situation s’est améliorée mais parce que l’intérêt mondial s’est déplacé ailleurs. La couverture de guerre s’est transformée en couverture de post-guerre qui est en général beaucoup moins percutante pour un public qui ne cherche et ne lit que des titres rapides. Mais ce post-guerre est un combat quotidien dans lequel les gens tentent de reconstruire leur vie sans les outils les plus basiques et nécessaires. Il est facile d’oublier ce que nous ne voyons pas mais les habitants de Gaza ne peuvent pas se permettre ce luxe.

Alors pendant que vous lisez ceci des gens continuent de mourir à Gaza certains de blessures anciennes jamais soignées d’autres de maladies évitables devenues mortelles faute de médicaments d’autres du froid de la faim ou des inondations. Cela peut sembler incroyable mais c’est ainsi. La pluie qui dans de nombreux endroits symbolise le calme est là une menace supplémentaire. Les camps sont inondés les tentes s’effondrent et les rares affaires sont perdues pour toujours. Pour beaucoup d’enfants cela signifie recommencer à zéro pour la énième fois.

Des photos récentes montrent de vastes zones de Gaza couvertes de boue des rues méconnaissables et le regard vide de ceux qui n’ont plus la force de pleurer. Il y a des témoignages de parents parcourant des kilomètres pour obtenir un litre d’eau propre. Des jeunes qui continuent de nettoyer les décombres des écoles en espérant qu’un jour elles seront de nouveau pleines d’élèves. Des grand-mères qui malgré tout ce qu’elles ont perdu continuent à préparer ce qu’elles peuvent pour nourrir les autres. Des travailleurs humanitaires épuisés mais qui continuent d’entrer dans les zones endommagées car ils savent que sinon personne n’ira. Et des mères qui continuent de chercher parmi les décombres le corps de leurs enfants.

Non Gaza n’est pas bien. Gaza ne se rétablit pas. Gaza n’est pas un chapitre clos. Gaza est mortellement blessée et a besoin que le monde ne l’oublie pas. Mais ce monde maudit oublie encore une fois tout.

Et oui il est aussi vrai que dans le conflit il y a des responsabilités politiques des décisions difficiles des acteurs divers et des positions difficiles à concilier. Mais aucune de ces discussions ne devrait servir d’excuse pour détourner le regard pendant que les civils tentent de survivre parmi les ruines aucune. Il n’y a aucune nuance diplomatique qui justifie le silence face à la souffrance de milliers d’enfants qui veulent seulement vivre en paix manger étudier et dormir sans craindre que leur maison s’effondre sur eux.

C’est pourquoi il est important de parler de Gaza même si elle n’apparaît plus en une car l’indifférence tue, tue lentement mais tue. La reconstruction ne se fera pas toute seule l’aide n’arrivera pas sans pression la justice n’avancera pas sans yeux pour observer car lorsque le monde oublie les tragédies se répètent car lorsque le monde se tait ce sont toujours les innocents qui paient.

Parfois il est difficile de regarder des lieux où il ne reste que douleur mais regarder la douleur est nécessaire parler est nécessaire se souvenir est nécessaire. Gaza n’a pas besoin de compassion passagère ni d’un tweet ni d’un post indigné tous les deux mois. Gaza a besoin de constance Gaza a besoin de mémoire Gaza a besoin d’un soutien réel Gaza a besoin que les gens ne se résignent pas et ne tiennent pas pour acquis que cela passera car non cela ne passe pas.

Et jusqu’à ce que cela passe vraiment jusqu’à ce que les enfants de Gaza puissent vivre sans peur jusqu’à ce que les familles puissent reconstruire leurs maisons et leurs vies jusqu’à ce que la dignité redevienne un mot possible nous ne pouvons pas permettre que l’indifférence gagne.

Regarder Gaza est un devoir moral, pas un simple geste. Parce que pendant que le monde oublie tout, là-bas continue de battre la douleur de dizaines de milliers de personnes qui méritent d’être vues, nommées et accompagnées jusqu’à ce qu’elles puissent enfin se reposer.

Et que nous regardions ou non, n’oublions jamais que chaque vie compte.

N’oublions pas Gaza.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Gaza ainda está lá

(Dia Internacional de Solidariedade com o Povo Palestino)

Às vezes parece que as notícias se apagam de repente como se alguém baixasse o volume de um dia para o outro. Um conflito enorme de quase oitenta anos milhares de vidas partidas famílias inteiras sobrevivendo entre ruínas e de repente silêncio ou quase. Gaza é um desses lugares que desaparecem dos holofotes mediáticos sem que nada de realmente importante tenha melhorado. A única coisa que mudou é que já não o vemos e isso mesmo que doa admitir constitui grande parte do problema.

Desde que se completaram dois anos desde o início da guerra em Gaza muitas coisas aconteceram algumas boas e outras terrivelmente duras. Houve um cessar-fogo que travou os bombardeamentos constantes. Houve trocas de prisioneiros devolução de corpos negociações políticas reuniões de doadores discursos solenes nas Nações Unidas e promessas muitas promessas. No papel abriu-se uma porta para a esperança e muita gente quis acreditar que finalmente se entrava numa nova fase. Mas basta olhar de perto para descobrir que a realidade no terreno conta outra história muito mais crua muito mais incómoda.

Porque mesmo que Gaza apareça menos na televisão a dor continua lá e não só continua como se agrava. A destruição que ficou após a guerra é tão imensa que reconstruí-la levará gerações não anos mas gerações. As cidades continuam em ruínas os hospitais funcionam a meio ou mesmo não funcionam a eletricidade vai e vem e os sistemas de água e saneamento estão tão danificados que cada dia é uma luta contra a doença. Milhares de famílias vivem amontoadas em campos improvisados que não estão preparados para nada nem para o frio nem para a chuva nem para as inundações que já neste outono arrasaram tendas mantas e vidas inteiras e ainda assim o mundo fala cada vez menos sobre isso.

Quando olhas para Gaza com atenção encontras histórias que apertam o coração. Mães que tiveram de criar os filhos em tendas sem luz durante meses. Crianças que não sabem ou não se lembram do que era dormir numa cama de verdade. Estudantes que perderam tudo até as mochilas e os cadernos que davam um pouco de normalidade às suas vidas. Médicos que continuam a trabalhar sem descanso em clínicas onde falta tudo. Idosos que caminham entre prédios destruídos procurando objetos que lhes lembrem que um dia aquela cidade foi o seu lar.

Os números são impressionantes sim mas o que realmente dói é a dimensão humana. Desde outubro de 2023 os bombardeamentos do exército israelita mataram mais de setenta mil pessoas em Gaza das quais mais de vinte mil são crianças e quase cento e setenta mil pessoas ficaram feridas segundo a OMS. Estima-se que quarenta e quatro mil crianças ficaram órfãs. Tudo isso sem esquecer os milhares de corpos que ainda se acredita estarem debaixo dos escombros dos edifícios destruídos. Hoje fala-se quase nada disso mas sem dúvida o genocídio em Gaza tal como definido pelos textos internacionais continua.

Gaza ainda está cheia de crianças e são elas que estão a pagar as maiores consequências. Falar de futuro ali é quase um luxo. Imagina ter de crescer num lugar onde não sabes se a escola vai reabrir se vais conseguir comer quente se a tua família vai poder reconstruir a casa ou se a chuva de amanhã vai inundar o pouco que tens. Imagina tentar ser criança num lugar que não te permite ser.

Depois do cessar-fogo a comunidade internacional anunciou planos mapas comités roteiros e conferências com nomes grandiosos. Tudo isso existe é verdade mas em demasiados casos está desligado do que realmente acontece dia após dia. Fala-se muito em reconstrução mas a ajuda chega a conta-gotas. Fala-se de futuro político mas em Gaza as pessoas ainda tentam sobreviver ao presente. Fala-se de acordos de segurança mas no terreno ainda existem zonas perigosas tensões incidentes isolados e restos não identificados debaixo de montes de escombros. Entretanto os ecrãs já passaram à página e nós sem querer seguimos atrás.

A parte mais dura desta história é que Gaza não se tornou invisível porque a situação tenha melhorado mas porque o interesse global se deslocou para outro lado. A cobertura de guerra transformou-se em cobertura de pós-guerra que normalmente é muito menos impactante para captar a atenção de um público que só procura e lê títulos rápidos. Mas esse pós-guerra é uma luta diária em que as pessoas tentam reconstruir as suas vidas sem as ferramentas mais básicas e necessárias. É fácil esquecer o que não vemos mas os habitantes de Gaza não podem dar-se a esse luxo.

Então enquanto lês isto pessoas continuam a morrer em Gaza algumas de ferimentos antigos que nunca puderam ser tratados outras de doenças evitáveis que se tornam mortais quando não há medicamentos outras do frio da fome ou das inundações. Pode parecer incrível mas é assim. A chuva que em muitos lugares é símbolo de calma ali é mais uma ameaça. Os campos ficam encharcados as tendas desabam e os poucos pertences são perdidos para sempre. Para muitas crianças significa recomeçar do zero pela enésima vez.

Há fotos recentes que mostram vastas áreas de Gaza cobertas de lama ruas irreconhecíveis e o olhar vazio daqueles que já não têm forças nem para chorar. Há testemunhos de pais que percorrem quilómetros para conseguir um litro de água limpa. Há jovens que continuam a limpar os escombros das escolas esperando que um dia voltem a encher-se de alunos. Há avós que apesar de terem perdido tudo continuam a preparar o que podem para alimentar outros. Há trabalhadores humanitários exaustos mas que continuam a entrar em zonas danificadas porque sabem que se eles não forem ninguém irá. E há mães que continuam à procura nos escombros do corpo dos seus filhos.

Não Gaza não está bem. Gaza não se está a recuperar. Gaza não é um capítulo fechado. Gaza está mortalmente ferida e precisa que o mundo não se esqueça. Mas este mundo maldito esquece mais uma vez tudo.

E sim também é verdade que no conflito há responsabilidades políticas decisões difíceis actores diversos e posições difíceis de conciliar. Mas nenhuma dessas discussões deveria servir de desculpa para olhar para outro lado enquanto a população civil tenta sobreviver entre as ruínas nenhuma. Não há nuance diplomática que justifique o silêncio perante o sofrimento de milhares de crianças que só querem viver em paz comer estudar e dormir sem medo que a sua casa desabe sobre elas.

É por isso que é importante falar de Gaza mesmo que já não apareça nas capas porque a indiferença mata, mata lentamente mas mata. A reconstrução não se fará sozinha a ajuda não chegará sem pressão a justiça não avançará sem olhos a observar porque quando o mundo se esquece as tragédias repetem-se porque quando o mundo cala-se são sempre os inocentes que pagam.

Às vezes é difícil olhar para lugares onde só resta dor mas olhar para a dor é necessário falar é necessário lembrar é necessário. Gaza não precisa de compaixão passageira nem de um tweet nem de um post indignado de dois em dois meses. Gaza precisa de constância Gaza precisa de memória Gaza precisa de apoio real Gaza precisa que as pessoas não se resignem e não deem por certo que isso vai passar porque não não está a passar.

E até que isso passe de verdade até que as crianças de Gaza possam viver sem medo até que as famílias possam reconstruir as suas casas e vidas até que a dignidade volte a ser uma palavra possível não podemos permitir que a indiferença vença.

Olhar para Gaza é um dever moral, não um simples gesto. Porque enquanto o mundo se esquece de tudo, ali continua a bater a dor de dezenas de milhares de pessoas que merecem ser vistas, nomeadas e acompanhadas até que possam finalmente descansar.

E enquanto olhamos ou não, nunca nos esqueçamos que cada vida importa.

Não nos esqueçamos de Gaza.