La princesa que eligió ser libre

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽- Written in 🇬🇧🇺🇸- Γραμμένο στα 🇬🇷🇨🇾)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Hay personas que nacen con un título y pasan la vida intentando quitárselo de encima. La princesa Irene de Grecia fue una de ellas. Era una princesa por cuna, sí, pero sobre todo mujer por decisión. Una mujer que vivió al margen de los focos, de los protocolos rígidos y de las expectativas que otros habían escrito para ella incluso mucho antes de que aprendiera a caminar.

Irene nació en el exilio, lejos de una Grecia convulsa, y esa circunstancia marcó su manera de estar en el mundo. Tal vez por eso nunca se sintió del todo cómoda con las jaulas, ni siquiera con las doradas. Mientras muchas figuras reales se esforzaban por encajar en un papel, ella parecía empeñada en ensancharlo, en hacerlo respirable o, directamente, en salirse de él.

Fue la hermana pequeña de la reina Sofía, pero también fue su compañera de vida. Vivieron juntas durante décadas, compartiendo silencios, rutinas, preocupaciones y una complicidad que no necesitaba explicaciones. Irene no buscó protagonismo, pero siempre estuvo ahí, discreta, constante, presente. En un mundo donde lo extraordinario suele ser noticia, ella convirtió la lealtad cotidiana en su mayor gesto de amor.

Nunca se casó, nunca tuvo hijos, y eso, durante mucho tiempo, fue leído como una rareza. Hoy, en cambio, suena más bien a una declaración de independencia. Irene eligió otra forma de maternidad: la de estar ahí siempre, la de la ayuda silenciosa, la de la entrega a causas que no daban titulares de prensa, pero sí dignidad. Fundó una ONG, “Mundo en Armonía”, trabajó por la alimentación y el desarrollo en países empobrecidos, defendió a los animales y habló de armonía cuando esa palabra aún no estaba de moda.

Tenía intereses que descolocaban a quienes esperaban de ella una princesa convencional. Amaba la música, el piano, la arqueología, la filosofía, la espiritualidad oriental. Le interesaba lo invisible, lo que no se puede tocar pero sí sentir. Algunos la llamaron excéntrica; otros, simplemente, una mujer libre antes que princesa. Quizá fue ambas cosas, porque la libertad, cuando no se ajusta a lo previsto, suele confundirse con excentricidad. 

Dentro de la familia la apodaban con cariño “Tía Pecu”, un sobrenombre que dice mucho más de lo que parece. Habla de su cercanía, de su ternura y de alguien que no imponía distancia ni solemnidad. Para sus sobrinos no fue un personaje institucional, sino una presencia cálida, una figura afectuosa, alguien que escuchaba más de lo que hablaba y que estaba cuando hacía falta, sin hacer ruido.

Sus últimos años fueron discretos, marcados por su frágil salud y por una retirada casi total de la vida pública. Pero incluso entonces, incluso en el silencio, Irene siguió siendo coherente consigo misma. No hubo grandes declaraciones ni despedidas teatrales. Su forma de irse fue la misma que su forma de vivir. Lo hizo sin estridencias, de manera tierna, sin imponerse y dejando un inmenso cariño que hablará por ella.

Quizá su recuerdo no sea tanto el de una princesa, sino el de una mujer profundamente humana. Una mujer que pudo elegir el poder y prefirió la conciencia, que pudo reclamar atención, pero optó por el servicio, y que pudo vivir de apariencias, pero decidió vivir con sentido.

Irene de Grecia no cambió el mundo a golpe de titulares, pero lo hizo un poco más habitable para quienes se cruzaron en su camino. Y eso, al final, también es una forma muy alta de reinar.

Porque hay personas que no necesitan corona para dejar huella.

Les basta con haber vivido fieles a sí mismas.

Y haber amado sin hacer ruido.

Como ella lo hizo. 

En memoria de Su Alteza Real, la Princesa Irene de Grecia y Dinamarca (1942-2026)

 🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The Princess Who Chose to Be Free

There are people who are born with a title and spend their entire lives trying to shed it. Princess Irene of Greece was one of them. She was a princess by birth, yes, but above all a woman by choice. A woman who lived on the margins of the spotlight, of rigid protocol and of the expectations others had written for her long before she had even learnt to walk.

Irene was born in exile, far from a turbulent Greece, and that circumstance shaped her way of being in the world. Perhaps that is why she never felt entirely comfortable in cages, not even gilded ones. While many royal figures strove to fit into a prescribed role, she seemed determined to widen it, to make it breathable or, quite simply, to step outside it altogether.

She was the younger sister of Queen Sofía, but she was also her companion in life. They lived together for decades, sharing silences, routines, worries and a bond that needed no explanation. Irene never sought the limelight, but she was always there: discreet, constant, present. In a world where the extraordinary so often makes the news, she turned everyday loyalty into her greatest act of love.

She never married, never had children, and for a long time this was seen as something unusual. Today, by contrast, it sounds more like a declaration of independence. Irene chose another form of motherhood: always being there, offering quiet help, committing herself to causes that did not generate headlines but did uphold dignity. She founded an NGO, World in Harmony, worked for food security and development in impoverished countries, defended animals and spoke of harmony at a time when the word was not yet fashionable.

She had interests that unsettled those who expected a conventional princess. She loved music, the piano, archaeology, philosophy and Eastern spirituality. She was drawn to the invisible, to what cannot be touched but can be felt. Some called her eccentric; others simply saw a woman who chose freedom before royalty. Perhaps she was both, because freedom, when it does not conform to expectations, is often mistaken for eccentricity.

Within the family she was affectionately known as “Aunt Pecu”, a nickname that says far more than it seems. It speaks of her closeness, her tenderness and of someone who imposed neither distance nor solemnity. To her nieces and nephews she was not an institutional figure, but a warm presence, an affectionate soul, someone who listened more than she spoke and who was there when she was needed, without making a fuss.

Her final years were discreet, marked by fragile health and an almost complete withdrawal from public life. Yet even then, even in silence, Irene remained true to herself. There were no grand statements or theatrical farewells. The way she left was the same as the way she lived: without fanfare, gently, without imposing herself, leaving behind an immense affection that will speak for her.

Perhaps her legacy is not so much that of a princess as that of a profoundly human woman. A woman who could have chosen power and preferred conscience, who could have demanded attention but opted for service, and who could have lived by appearances but chose instead to live with meaning.

Irene of Greece did not change the world through headlines, but she made it a little more liveable for those who crossed her path. And that, in the end, is also a very noble way of reigning.

Because there are people who do not need a crown to leave their mark.

It is enough that they have lived true to themselves.

And that they have loved without making a sound.

Just as she did.

In memory of Her Royal Highness, Princess Irene of Greece and Denmark (1942–2026)

🇬🇷ΕΛΛΗΝΙΚΑ🇨🇾
Η Πριγκίπισσα που Επέλεξε να Είναι Ελεύθερη

Υπάρχουν άνθρωποι που γεννιούνται με έναν τίτλο και περνούν ολόκληρη τη ζωή τους προσπαθώντας να τον αποτινάξουν. Η πριγκίπισσα Ειρήνη της Ελλάδας ήταν μία από αυτούς. Ήταν πριγκίπισσα εκ γενετής, ναι, αλλά πάνω απ’ όλα γυναίκα από επιλογή. Μια γυναίκα που έζησε στο περιθώριο των προβολέων, των άκαμπτων πρωτοκόλλων και των προσδοκιών που άλλοι είχαν γράψει γι’ αυτήν πολύ πριν ακόμη μάθει να περπατά.

Η Ειρήνη γεννήθηκε στην εξορία, μακριά από μια ταραγμένη Ελλάδα, και αυτή η συνθήκη διαμόρφωσε τον τρόπο με τον οποίο στάθηκε στον κόσμο. Ίσως γι’ αυτό να μην ένιωσε ποτέ πραγματικά άνετα μέσα σε κλουβιά, ούτε καν σε χρυσά. Ενώ πολλές βασιλικές μορφές προσπαθούσαν να χωρέσουν σε έναν προκαθορισμένο ρόλο, εκείνη έμοιαζε αποφασισμένη να τον διευρύνει, να τον κάνει αναπνεύσιμο ή, απλώς, να βγει εντελώς έξω από αυτόν.

Ήταν η μικρότερη αδελφή της βασίλισσας Σοφίας, αλλά ήταν και συνοδοιπόρος της στη ζωή. Έζησαν μαζί επί δεκαετίες, μοιραζόμενες σιωπές, ρουτίνες, ανησυχίες και έναν δεσμό που δεν χρειαζόταν εξηγήσεις. Η Ειρήνη δεν επιδίωξε ποτέ τα φώτα της δημοσιότητας, αλλά ήταν πάντοτε εκεί: διακριτική, σταθερή, παρούσα. Σε έναν κόσμο όπου το έκτακτο γίνεται συχνά είδηση, μετέτρεψε την καθημερινή αφοσίωση στη μεγαλύτερη πράξη αγάπης της.

Δεν παντρεύτηκε ποτέ, δεν απέκτησε παιδιά και για πολύ καιρό αυτό θεωρήθηκε κάτι ασυνήθιστο. Σήμερα, αντίθετα, μοιάζει περισσότερο με δήλωση ανεξαρτησίας. Η Ειρήνη επέλεξε μια άλλη μορφή μητρότητας: το να είναι πάντα παρούσα, να προσφέρει σιωπηλή βοήθεια, να αφιερώνεται σε σκοπούς που δεν έκαναν πρωτοσέλιδα αλλά διαφύλασσαν την ανθρώπινη αξιοπρέπεια. Ίδρυσε μια ΜΚΟ, το «Κόσμος σε Aρμονία», εργάστηκε για την επισιτιστική ασφάλεια και την ανάπτυξη σε φτωχές χώρες, υπερασπίστηκε τα ζώα και μίλησε για την αρμονία σε μια εποχή που η λέξη δεν ήταν ακόμη στη μόδα.

Είχε ενδιαφέροντα που αποσυντόνιζαν όσους περίμεναν από εκείνη μια συμβατική πριγκίπισσα. Αγαπούσε τη μουσική, το πιάνο, την αρχαιολογία, τη φιλοσοφία και την ανατολική πνευματικότητα. Την έλκυε το αόρατο, αυτό που δεν αγγίζεται αλλά αισθάνεται. Κάποιοι τη χαρακτήρισαν εκκεντρική· άλλοι είδαν απλώς μια γυναίκα που επέλεξε την ελευθερία πριν από τη βασιλεία. Ίσως να ήταν και τα δύο, γιατί η ελευθερία, όταν δεν συμμορφώνεται με τις προσδοκίες, συχνά συγχέεται με την εκκεντρικότητα.

Μέσα στην οικογένεια τη φώναζαν τρυφερά «Θεία Πέκου», ένα παρατσούκλι που λέει πολύ περισσότερα απ’ όσα φαίνονται. Μιλά για την οικειότητά της, την τρυφερότητά της και για έναν άνθρωπο που δεν επέβαλλε ούτε απόσταση ούτε επισημότητα. Για τα ανίψια της δεν ήταν μια θεσμική φιγούρα, αλλά μια ζεστή παρουσία, μια στοργική ψυχή, κάποια που άκουγε περισσότερο απ’ όσο μιλούσε και που ήταν εκεί όταν τη χρειάζονταν, χωρίς θόρυβο.

Τα τελευταία της χρόνια ήταν διακριτικά, σημαδεμένα από εύθραυστη υγεία και από μια σχεδόν πλήρη αποχώρηση από τη δημόσια ζωή. Κι όμως, ακόμη και τότε, ακόμη και μέσα στη σιωπή, η Ειρήνη παρέμεινε πιστή στον εαυτό της. Δεν υπήρξαν μεγάλες δηλώσεις ούτε θεατρικοί αποχαιρετισμοί. Ο τρόπος που έφυγε ήταν ο ίδιος με τον τρόπο που έζησε: χωρίς επιδείξεις, απαλά, χωρίς να επιβάλλεται, αφήνοντας πίσω της μια απέραντη αγάπη που θα μιλά για εκείνη.

Ίσως η κληρονομιά της να μην είναι τόσο αυτή μιας πριγκίπισσας, όσο εκείνη μιας βαθιά ανθρώπινης γυναίκας. Μιας γυναίκας που θα μπορούσε να επιλέξει την εξουσία και προτίμησε τη συνείδηση, που θα μπορούσε να απαιτήσει προσοχή αλλά επέλεξε την προσφορά, και που θα μπορούσε να ζήσει μέσα από τις εμφανίσεις αλλά διάλεξε να ζήσει με νόημα.

Η Ειρήνη της Ελλάδας δεν άλλαξε τον κόσμο με πρωτοσέλιδα, αλλά τον έκανε λίγο πιο κατοικήσιμο για όσους διασταυρώθηκαν στον δρόμο της. Και αυτό, στο τέλος, είναι κι αυτός ένας πολύ υψηλός τρόπος να βασιλεύεις.

Γιατί υπάρχουν άνθρωποι που δεν χρειάζονται στέμμα για να αφήσουν το αποτύπωμά τους.

Αρκεί να έχουν ζήσει πιστοί στον εαυτό τους.

Και να έχουν αγαπήσει χωρίς θόρυβο.

Όπως ακριβώς έκανε εκείνη.

Στη μνήμη της Αυτού Μεγαλειότητας, της Πριγκίπισσας Ειρήνης της Ελλάδας και της Δανίας (1942-2026)

Cuando el ánimo pesa

(Día Mundial de la Lucha contra la Depresión)

Acaban las fiestas, se apagan los excesos, vuelve la rutina y con ella aparecen silencios que durante unas semanas habían quedado tapados por el ruido. Para quien convive con la depresión, este tiempo puede sentirse como una cuesta empinada que se hace muy difícil de subir, incluso aunque desde fuera todo parezca normal.

La depresión no siempre se manifiesta como una tristeza evidente. A veces es cansancio constante, falta de ilusión por cosas que antes sí importaban, dificultad para concentrarse o una sensación de vacío que no se sabe explicar. Muchas personas siguen yendo a trabajar, cuidando de los suyos y cumpliendo con lo que se espera de ellas, mientras por dentro sienten que todo les cuesta el doble. Por eso resulta tan injusto cuando se minimiza con frases hechas o consejos rápidos que no ayudan y que, en ocasiones, hacen sentir todavía más incomprendido a quien sufre.

Hablar de luchar contra la depresión es hablar de humanidad, de fragilidad y de la necesidad de mirarnos con más comprensión. La depresión no es falta de carácter ni de ganas, es una enfermedad que puede afectar a cualquiera en cualquier momento de la vida. Reconocerlo no debilita, al contrario, abre la puerta a empezar a cuidarse de verdad. Pedir ayuda, acudir a un profesional o simplemente decir en voz alta que no se está bien son pasos enormes que merecen todo respeto y apoyo.

Gracias a todas aquellas personas que, por amor o por amistad, escuchan sin juzgar, para quienes están aunque no tengan soluciones, para quienes entienden que a veces lo más importante no es animar, sino sostener y estar ahí. Porque un simple mensaje, una llamada o una presencia tranquila pueden marcar una diferencia real.

Al final, la salud mental importa todos los días y no solo cuando el dolor se hace evidente. Nadie debería sentirse culpable por no poder con todo. Porque incluso en los momentos más oscuros, cuando parece que no hay salida, siempre existe la posibilidad de volver a sentir, poco a poco, que la vida, aunque dura, también puede ser dulce y amable. 

Y llena de esperanza. 

Todo lo que queda por ganar

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Cuando hablamos de las metas que aún tiene por delante el colectivo LGTBIQ+ no estamos hablando de teorías raras ni tampoco de opiniones o de debates lejanos. Hablamos de la vida diaria, de poder ir de la mano por la calle sin mirar alrededor, de decir quién eres en el trabajo sin miedo y de que nadie tenga que dar explicaciones por amar a quien ama. Es verdad que hemos avanzado mucho, eso es evidente, pero todavía hay mucho que hacer porque aún existen regiones donde la igualdad no ha llegado o llega a medias, y por eso no podemos bajar la guardia.

La primera cosa que tenemos que tener clara es que los derechos no son eternos. Si no se defienden, si no se trabajan cada día, se pierden. Basta con escuchar ciertos discursos que proliferan por todas partes y que se disfrazan de un falso sentido común para darse cuenta de que el odio sigue ahí, esperando su momento, porque nunca se ha ido, ha permanecido en la sombra. No siempre grita, a veces se ríe y a veces se cuela en una conversación cualquiera. Frente a eso hace falta estar muy atentos, señalarlo sin miedo y explicar con tranquilidad que no hablamos de ideas, hablamos de personas de carne y hueso, hablamos de derechos humanos y de dignidad humana inviolable.

Por supuesto, la clave fundamental está en la educación. Ningún niño o niña debería crecer jamás pensando que hay algo mal en él o en ella. Cuando en el colegio o en el instituto, incluso también en la universidad, se habla con naturalidad de distintos modelos, de familias, de identidades diversas y de amores diferentes, pero con un mismo sentimiento, se está sembrando la semilla del respeto para el futuro.

Pero esto no hay que hacerlo solo en las aulas. También hay que hacerlo en la calle, en la serie de televisión que vemos, en las canciones que cantamos cuando las escuchamos por la radio y en las grandes historias de amor en el cine y en la literatura, porque con todo ello también se educa. Al final, todas las personas necesitamos vernos reflejadas como personas normales, con nuestras alegrías y nuestros problemas, como cualquier otra persona, y no siempre como un drama ni como un chiste o un estereotipo.

Tampoco podemos olvidar la salud, incluida la salud mental, porque es un tema que no puede quedarse atrás. Todavía hay demasiadas personas que se sienten solas, incomprendidas o mal atendidas. Especialmente las personas trans, que a menudo se topan con muros en la sanidad, y muchas personas del colectivo que cargan con ansiedad, miedo o tristeza desde hace años. La salud no es solo ir al médico, es sentir que te están escuchando, que te están respetando, que te están validando y que te están acompañando. Todo eso también salva vidas.

Debemos entender que caminar junto a otros movimientos sociales es igual de importante. ¿Por qué? Porque el machismo, el racismo y la precariedad no van por separado y suelen cebarse con los mismos de siempre. Si queremos avanzar de verdad, tenemos que ir de la mano del feminismo, de las personas migrantes y de quienes luchan por trabajos y vidas dignas. Y dentro del propio colectivo también toca mirarnos con respeto. Las entidades deben dejar a un lado sus diferencias y entender que hacer las cosas de manera diferente no puede suponer un problema. Los métodos serán distintos, pero tenemos un mismo fin. Y ese fin no es otro que proteger la igualdad, la libertad, los derechos y la dignidad inviolable de toda persona. Así que debemos escucharnos y respetarnos, porque de nuestra diversidad también nace nuestra fuerza para seguir avanzando en el camino hacia la plena equiparación y ejercicio de todos los derechos inherentes que corresponden a toda persona.

Hay mucho por hacer aún. A modo de ejemplo, el trabajo sigue siendo un campo de batalla silencioso para muchas personas. A día de hoy aún hay gente que oculta quién es para no tener problemas en su lugar de trabajo y eso no debería ocurrir nunca. Por eso, de aquí a 2050 tendría que ser impensable tener que mentir para conservar un empleo. Las empresas y las instituciones tienen una responsabilidad enorme en crear espacios seguros donde cada persona pueda ser ella misma sin miedo.

Tampoco podemos olvidar la importancia de estar presentes donde se toman decisiones. En la política, en los barrios y en las asociaciones. Cuando no estamos, otros hablan por nosotros. La visibilidad no es un simple postureo en fechas concretas, sino una herramienta para cambiar la ley, para transformar la mentalidad de toda una sociedad y para proteger vidas reales de cualquier forma de violencia, odio y discriminación.

Por último, queda algo tan sencillo pero, al mismo tiempo, tan potente como lo es el hecho de celebrar todo lo que se ha conseguido. Hay que celebrar lo que somos y todo lo que hemos resistido sin perder de vista lo que queda por conquistar. Porque el Orgullo no es solo una fiesta, sino algo que nos recuerda de dónde venimos, todo lo que hemos luchado y avanzado, las razones por las que seguimos aquí y por qué merecemos vivir en paz, libertad e igualdad, como cualquier otra persona.

Ojalá llegue 2050 y que todas las personas puedan mirarse en los ojos y decir sin miedo que nadie más tuvo que esconderse, que nadie más tuvo que pedir perdón por amar y que, por fin, vivir es tan sencillo como ser libremente quien eres y deseas ser.

Tenemos 25 años por delante para conseguirlo.

Pero ojalá sea antes.

Mucho antes.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Everything That Remains to Be Won

When we talk about the goals that the LGBTIQ+ community still has ahead of it, we are not talking about strange theories, nor about opinions or distant debates. We are talking about everyday life about being able to walk hand in hand down the street without looking over your shoulder, about being able to say who you are at work without fear, and about no one having to explain themselves for loving whom they love. It is true that we have made a great deal of progress, that is evident, but there is still much to be done because there are still regions where equality has not arrived or has only arrived halfway, and that is why we cannot lower our guard.

The first thing we must be clear about is that rights are not eternal. If they are not defended, if they are not worked on every single day, they are lost. It is enough to listen to certain discourses that are spreading everywhere and that disguise themselves as a false common sense to realise that hatred is still there, waiting for its moment, because it never truly went away it has remained in the shadows. It does not always shout, sometimes it laughs, and sometimes it slips into an ordinary conversation. In the face of this, we need to be very alert, to call it out without fear, and to explain calmly that we are not talking about ideas we are talking about people of flesh and blood, we are talking about human rights and about inviolable human dignity.

Of course, the fundamental key lies in education. No child should ever grow up thinking that there is something wrong with them. When, at school or at secondary school, and even at university, different models, families, diverse identities and different forms of love are spoken about naturally, but with the same shared feeling, the seed of respect for the future is being sown.

But this work does not belong only in classrooms. It must also take place in the street, in the television series we watch, in the songs we sing along to on the radio, and in the great love stories of cinema and literature, because all of this also educates. In the end, everyone needs to see themselves reflected as ordinary people, with our joys and our problems, like anyone else, and not always portrayed as a drama or as a joke or a stereotype.

Nor can we forget health, including mental health, because it is an issue that cannot be left behind. There are still far too many people who feel alone, misunderstood or poorly cared for. Especially trans people, who often come up against walls within the healthcare system, and many people within the community who have carried anxiety, fear or sadness for years. Health is not only about going to the doctor it is about feeling listened to, respected, validated and accompanied. All of that saves lives too.

We must understand that walking alongside other social movements is just as important. Why Because sexism, racism and precarity do not operate separately and they usually fall hardest on the same people as ever. If we truly want to move forward, we must walk hand in hand with feminism, with migrants, and with those who fight for decent jobs and dignified lives. And within the community itself, we also need to look at one another with respect. Organisations must set aside their differences and understand that doing things in different ways cannot be a problem. The methods may differ, but we share the same goal. And that goal is none other than to protect equality, freedom, rights and the inviolable dignity of every person. That is why we must listen to one another and respect one another, because from our diversity also comes our strength to keep moving forward on the path towards full equality and the effective exercise of all the inherent rights that belong to every person.

There is still much to be done. By way of example, work remains a silent battleground for many people. Even today, there are still people who hide who they are in order to avoid problems in their workplace, and that should never happen. That is why, by 2050, it should be unthinkable to have to lie in order to keep a job. Companies and institutions have an enormous responsibility to create safe spaces where every person can be themselves without fear.

Nor can we forget the importance of being present where decisions are made. In politics, in neighbourhoods, in associations. When we are not there, others speak for us. Visibility is not mere posturing on specific dates, but a tool to change the law, to transform the mindset of an entire society, and to protect real lives from every form of violence, hatred and discrimination.

Finally, there is something as simple and yet as powerful as celebrating everything that has been achieved. We must celebrate who we are and everything we have endured, without losing sight of what remains to be conquered. Because Pride is not just a party, but something that reminds us where we come from, everything we have fought for and achieved, the reasons why we are still here, and why we deserve to live in peace, freedom and equality, like anyone else.

Hopefully, 2050 will arrive and all people will be able to look one another in the eye and say without fear that no one else ever had to hide, that no one else ever had to apologise for loving, and that, at last, living is as simple as being freely who you are and who you wish to be.

We have 25 years ahead of us to achieve it.

But hopefully it will be sooner.

Much sooner.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Tutto ciò che resta da conquistare

Quando parliamo degli obiettivi che la comunità LGBTIQ+ ha ancora davanti a sé, non stiamo parlando di teorie strane né di opinioni o dibattiti lontani. Parliamo della vita quotidiana, della possibilità di camminare mano nella mano per strada senza guardarsi intorno, di poter dire chi si è sul posto di lavoro senza paura e di non dover dare spiegazioni per amare chi si ama. È vero che abbiamo fatto molti progressi, questo è evidente, ma c’è ancora molto da fare perché esistono ancora regioni in cui l’uguaglianza non è arrivata o è arrivata solo a metà, ed è per questo che non possiamo abbassare la guardia.

La prima cosa che dobbiamo tenere ben chiara è che i diritti non sono eterni. Se non vengono difesi, se non vengono coltivati ogni giorno, si perdono. Basta ascoltare certi discorsi che si diffondono ovunque e che si travestono da falso buon senso per rendersi conto che l’odio è ancora lì, in attesa del suo momento, perché in realtà non se n’è mai andato, è rimasto nell’ombra. Non sempre urla, a volte ride e a volte si insinua in una conversazione qualsiasi. Di fronte a tutto questo è necessario restare molto vigili, denunciarlo senza paura e spiegare con calma che non stiamo parlando di idee, ma di persone in carne e ossa, di diritti umani e di una dignità umana inviolabile.

Naturalmente, la chiave fondamentale è l’educazione. Nessun bambino o bambina dovrebbe mai crescere pensando che ci sia qualcosa di sbagliato in lui o in lei. Quando a scuola, alle scuole superiori o anche all’università si parla con naturalezza di modelli diversi, di famiglie, di identità plurali e di amori differenti, ma uniti dallo stesso sentimento, si semina il rispetto per il futuro.

Ma questo lavoro non deve essere fatto solo nelle aule. Deve essere fatto anche per strada, nelle serie televisive che guardiamo, nelle canzoni che cantiamo ascoltandole alla radio e nelle grandi storie d’amore del cinema e della letteratura, perché anche tutto questo educa. In fondo, tutte le persone hanno bisogno di vedersi rappresentate come persone normali, con le proprie gioie e i propri problemi, come chiunque altro, e non sempre come un dramma, una battuta o uno stereotipo.

Non possiamo nemmeno dimenticare la salute, compresa la salute mentale, perché è un tema che non può essere lasciato indietro. Ci sono ancora troppe persone che si sentono sole, incompresse o mal seguite. In particolare le persone trans, che spesso si scontrano con muri nel sistema sanitario, e molte persone della comunità che portano con sé ansia, paura o tristezza da anni. La salute non è solo andare dal medico, è sentirsi ascoltati, rispettati, riconosciuti e accompagnati. Tutto questo salva anche delle vite.

Dobbiamo capire che camminare insieme ad altri movimenti sociali è altrettanto importante. Perché il sessismo, il razzismo e la precarietà non agiscono separatamente e colpiscono quasi sempre le stesse persone di sempre. Se vogliamo davvero andare avanti, dobbiamo camminare mano nella mano con il femminismo, con le persone migranti e con chi lotta per lavori dignitosi e per una vita dignitosa. E anche all’interno della stessa comunità è necessario guardarci con rispetto. Le associazioni devono mettere da parte le loro differenze e comprendere che fare le cose in modo diverso non può essere un problema. I metodi possono essere diversi, ma l’obiettivo è lo stesso. E questo obiettivo non è altro che difendere l’uguaglianza, la libertà, i diritti e la dignità inviolabile di ogni persona. Per questo dobbiamo ascoltarci e rispettarci, perché anche dalla nostra diversità nasce la forza per continuare ad avanzare verso la piena uguaglianza e l’effettivo esercizio di tutti i diritti inerenti che spettano a ogni essere umano.

C’è ancora molto da fare. A titolo di esempio, il lavoro continua a essere un campo di battaglia silenzioso per molte persone. Ancora oggi ci sono persone che nascondono chi sono per evitare problemi sul posto di lavoro, e questo non dovrebbe mai accadere. Per questo, entro il 2050, dovrebbe essere impensabile dover mentire per mantenere un impiego. Le aziende e le istituzioni hanno una responsabilità enorme nel creare spazi sicuri in cui ogni persona possa essere se stessa senza paura.

Non possiamo nemmeno dimenticare l’importanza di essere presenti nei luoghi in cui si prendono le decisioni. Nella politica, nei quartieri, nelle associazioni. Quando non ci siamo, altri parlano al posto nostro. La visibilità non è semplice esibizionismo in date specifiche, ma uno strumento per cambiare le leggi, trasformare la mentalità di un’intera società e proteggere vite reali da ogni forma di violenza, odio e discriminazione.

Infine, resta qualcosa di tanto semplice quanto potente, ovvero celebrare tutto ciò che è stato conquistato. Bisogna celebrare ciò che siamo e tutto ciò che abbiamo resistito, senza perdere di vista ciò che resta da ottenere. Perché l’Orgoglio non è solo una festa, ma qualcosa che ci ricorda da dove veniamo, tutto ciò per cui abbiamo lottato e che abbiamo conquistato, le ragioni per cui siamo ancora qui e perché meritiamo di vivere in pace, libertà e uguaglianza, come chiunque altro.

Che il 2050 arrivi e che tutte le persone possano guardarsi negli occhi e dire senza paura che nessun altro ha più dovuto nascondersi, che nessun altro ha più dovuto chiedere perdono per amare e che, finalmente, vivere è semplice come essere liberamente chi si è e chi si desidera essere.

Abbiamo 25 anni davanti a noi per riuscirci.

Ma speriamo che sia prima.

Molto prima.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Tout ce qu’il reste à conquérir

Lorsque nous parlons des objectifs que la communauté LGBTIQ+ a encore devant elle, nous ne parlons pas de théories étranges, ni d’opinions ou de débats lointains. Nous parlons de la vie quotidienne, de la possibilité de marcher main dans la main dans la rue sans regarder autour de soi, de pouvoir dire qui l’on est au travail sans peur et de ne pas avoir à se justifier d’aimer qui l’on aime. Il est vrai que nous avons beaucoup avancé, c’est évident, mais il reste encore beaucoup à faire, car il existe toujours des régions où l’égalité n’est pas encore arrivée ou n’est arrivée qu’à moitié, et c’est pourquoi nous ne pouvons pas baisser la garde.

La première chose que nous devons avoir bien à l’esprit, c’est que les droits ne sont pas éternels. S’ils ne sont pas défendus, s’ils ne sont pas cultivés chaque jour, ils se perdent. Il suffit d’écouter certains discours qui se répandent partout et qui se déguisent en un faux bon sens pour se rendre compte que la haine est toujours là, en attente de son moment, parce qu’en réalité elle n’est jamais partie, elle est restée dans l’ombre. Elle ne crie pas toujours, parfois elle rit, et parfois elle s’infiltre dans une conversation ordinaire. Face à cela, il faut être très vigilants, la dénoncer sans peur et expliquer calmement que nous ne parlons pas d’idées, mais de personnes en chair et en os, de droits humains et d’une dignité humaine inviolable.

Bien sûr, la clé fondamentale réside dans l’éducation. Aucun enfant ne devrait jamais grandir en pensant qu’il y a quelque chose qui ne va pas chez lui ou chez elle. Lorsque, à l’école, au collège, au lycée ou même à l’université, on parle naturellement de modèles différents, de familles, d’identités diverses et d’amours différents, mais unis par un même sentiment, on sème le respect pour l’avenir.

Mais ce travail ne doit pas se faire uniquement dans les salles de classe. Il doit aussi se faire dans la rue, dans les séries télévisées que nous regardons, dans les chansons que nous chantons en les écoutant à la radio et dans les grandes histoires d’amour du cinéma et de la littérature, car tout cela aussi éduque. Au fond, chacun et chacune a besoin de se voir représenté comme une personne ordinaire, avec ses joies et ses difficultés, comme n’importe qui d’autre, et non pas toujours comme un drame, une plaisanterie ou un stéréotype.

Nous ne pouvons pas non plus oublier la santé, y compris la santé mentale, car c’est une question qui ne peut pas être laissée de côté. Il y a encore trop de personnes qui se sentent seules, incomprises ou mal prises en charge. En particulier les personnes trans, qui se heurtent souvent à des obstacles dans le système de santé, et de nombreuses personnes de la communauté qui portent depuis des années de l’anxiété, de la peur ou de la tristesse. La santé ne se résume pas à aller chez le médecin, c’est le fait de se sentir écouté, respecté, reconnu et accompagné. Tout cela sauve aussi des vies.

Nous devons comprendre que marcher aux côtés d’autres mouvements sociaux est tout aussi important. Car le sexisme, le racisme et la précarité n’agissent pas séparément et s’acharnent le plus souvent sur les mêmes personnes. Si nous voulons réellement avancer, nous devons marcher main dans la main avec le féminisme, avec les personnes migrantes et avec celles et ceux qui luttent pour des emplois et des vies dignes. Et au sein même de la communauté, il nous faut aussi nous regarder avec respect. Les organisations doivent mettre de côté leurs différences et comprendre que faire les choses autrement ne peut pas être un problème. Les méthodes peuvent différer, mais l’objectif est le même. Et cet objectif n’est autre que de protéger l’égalité, la liberté, les droits et la dignité inviolable de chaque personne. C’est pourquoi nous devons nous écouter et nous respecter, car de notre diversité naît aussi la force de continuer à avancer sur le chemin de l’égalité pleine et entière et de l’exercice effectif de tous les droits inhérents à chaque être humain.

Il reste encore beaucoup à faire. À titre d’exemple, le travail demeure un champ de bataille silencieux pour de nombreuses personnes. Aujourd’hui encore, il y a des personnes qui cachent qui elles sont pour éviter des problèmes sur leur lieu de travail, et cela ne devrait jamais arriver. C’est pourquoi, d’ici 2050, il devrait être impensable de devoir mentir pour conserver un emploi. Les entreprises et les institutions ont une responsabilité immense dans la création d’espaces sûrs où chaque personne peut être elle-même sans peur.

Nous ne pouvons pas non plus oublier l’importance d’être présents là où les décisions sont prises. En politique, dans les quartiers, dans les associations. Lorsque nous ne sommes pas là, d’autres parlent à notre place. La visibilité n’est pas une simple posture à des dates précises, mais un outil pour changer la loi, transformer la mentalité de toute une société et protéger des vies bien réelles de toute forme de violence, de haine et de discrimination.

Enfin, il reste quelque chose d’aussi simple que puissant, à savoir célébrer tout ce qui a été accompli. Il faut célébrer ce que nous sommes et tout ce que nous avons enduré, sans perdre de vue ce qu’il reste à conquérir. Car la Fierté n’est pas seulement une fête, mais aussi ce qui nous rappelle d’où nous venons, tout ce pour quoi nous avons lutté et avancé, les raisons pour lesquelles nous sommes encore là et pourquoi nous méritons de vivre en paix, en liberté et dans l’égalité, comme n’importe qui d’autre.

Puissions nous arriver à 2050 et que toutes les personnes puissent se regarder dans les yeux et dire sans peur que plus personne n’a jamais eu à se cacher, que plus personne n’a jamais eu à demander pardon pour aimer et que, enfin, vivre est aussi simple qu’être librement qui l’on est et qui l’on souhaite être.

Il nous reste 25 ans devant nous pour y parvenir.

Mais espérons que ce sera avant.

Bien avant.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Tudo o que ainda falta conquistar

Quando falamos dos objetivos que a comunidade LGBTIQ+ ainda tem pela frente, não estamos a falar de teorias estranhas, nem de opiniões ou de debates distantes. Falamos da vida quotidiana, da possibilidade de andar de mão dada na rua sem olhar em redor, de poder dizer quem se é no trabalho sem medo e de ninguém ter de dar explicações por amar quem ama. É verdade que avançámos muito, isso é evidente, mas ainda há muito a fazer, porque continuam a existir regiões onde a igualdade ainda não chegou ou chegou apenas a meio, e por isso não podemos baixar a guarda.

A primeira coisa que temos de ter bem clara é que os direitos não são eternos. Se não forem defendidos, se não forem trabalhados todos os dias, perdem se. Basta ouvir certos discursos que se multiplicam por todo o lado e que se disfarçam de um falso senso comum para perceber que o ódio continua lá, à espera do seu momento, porque na verdade nunca foi embora, permaneceu na sombra. Nem sempre grita, por vezes ri se e por vezes infiltra se numa conversa qualquer. Perante isto, é preciso estar muito atento, denunciá lo sem medo e explicar com serenidade que não estamos a falar de ideias, estamos a falar de pessoas de carne e osso, estamos a falar de direitos humanos e de uma dignidade humana inviolável.

Naturalmente, a chave fundamental está na educação. Nenhuma criança deveria jamais crescer a pensar que há algo de errado consigo. Quando na escola, no ensino secundário ou até na universidade se fala com naturalidade de modelos diferentes, de famílias, de identidades diversas e de amores distintos, mas com um mesmo sentimento, está se a semear o respeito para o futuro.

Mas este trabalho não deve ser feito apenas nas salas de aula. Deve também acontecer na rua, nas séries de televisão que vemos, nas canções que cantamos quando as ouvimos na rádio e nas grandes histórias de amor do cinema e da literatura, porque tudo isso também educa. No fundo, todas as pessoas precisam de se ver refletidas como pessoas normais, com as suas alegrias e os seus problemas, como qualquer outra pessoa, e não sempre como um drama, uma piada ou um estereótipo.

Também não podemos esquecer a saúde, incluindo a saúde mental, porque é um tema que não pode ficar para trás. Ainda há demasiadas pessoas que se sentem sozinhas, incompreendidas ou mal acompanhadas. Em especial as pessoas trans, que muitas vezes encontram barreiras no sistema de saúde, e muitas pessoas da comunidade que carregam ansiedade, medo ou tristeza há anos. A saúde não é apenas ir ao médico, é sentir que se é ouvido, respeitado, validado e acompanhado. Tudo isso também salva vidas.

Devemos compreender que caminhar ao lado de outros movimentos sociais é igualmente importante. Porquê Porque o sexismo, o racismo e a precariedade não atuam separadamente e tendem a atingir sempre as mesmas pessoas. Se queremos realmente avançar, temos de caminhar de mãos dadas com o feminismo, com as pessoas migrantes e com quem luta por trabalhos dignos e por vidas dignas. E dentro da própria comunidade também é necessário olharmo nos com respeito. As organizações devem deixar de lado as suas diferenças e compreender que fazer as coisas de forma diferente não pode ser um problema. Os métodos podem ser distintos, mas o objetivo é o mesmo. E esse objetivo não é outro senão proteger a igualdade, a liberdade, os direitos e a dignidade inviolável de cada pessoa. Por isso, devemos ouvir nos e respeitar nos, porque da nossa diversidade nasce também a força para continuar a avançar no caminho para a plena igualdade e para o exercício efetivo de todos os direitos inerentes que pertencem a cada ser humano.

Ainda há muito por fazer. A título de exemplo, o trabalho continua a ser um campo de batalha silencioso para muitas pessoas. Ainda hoje há quem esconda quem é para evitar problemas no local de trabalho, e isso nunca deveria acontecer. Por isso, até 2050 deveria ser impensável ter de mentir para manter um emprego. As empresas e as instituições têm uma enorme responsabilidade na criação de espaços seguros onde cada pessoa possa ser quem é sem medo.

Também não podemos esquecer a importância de estar presentes onde as decisões são tomadas. Na política, nos bairros, nas associações. Quando não estamos lá, outros falam por nós. A visibilidade não é um simples exibicionismo em datas concretas, mas uma ferramenta para mudar a lei, transformar a mentalidade de toda uma sociedade e proteger vidas reais de todas as formas de violência, ódio e discriminação.

Por fim, resta algo tão simples quanto poderoso, celebrar tudo o que foi conquistado. É preciso celebrar quem somos e tudo o que resistimos, sem perder de vista o que ainda falta conquistar. Porque o Orgulho não é apenas uma festa, mas algo que nos recorda de onde vimos, tudo aquilo por que lutámos e avançámos, as razões pelas quais ainda aqui estamos e porque merecemos viver em paz, liberdade e igualdade, como qualquer outra pessoa.

Oxalá chegue 2050 e todas as pessoas possam olhar se nos olhos e dizer sem medo que mais ninguém teve de se esconder, que mais ninguém teve de pedir desculpa por amar e que, finalmente, viver é tão simples como ser livremente quem se é e quem se deseja ser.

Temos 25 anos pela frente para o conseguir.

Mas oxalá seja antes.

Muito antes.