¿Lawfare o una mala práctica del sistema?

Hay ciertas cosas que, como jurista, no esperaba ver en mi país que, supuestamente, es una democracia plena. Pero lo que ha pasado con la condena al Fiscal General del Estado me recuerda a una película con giros malos. Y la verdad es que todo esto, contado con palabras de calle, huele a algo que merece que nos pongamos serios y pidamos explicaciones.

Primero, el Tribunal Supremo anunció por escrito que había dictado el fallo que condenaba a Álvaro García Ortiz por revelación de secretos y le imponía una multa y dos años de inhabilitación mientras la motivación completa de la sentencia seguía pendiente de redacción. Es decir, se publicó el fallo antes de que estuvieran las razones escritas y explicadas con calma, algo que no es habitual y que abre una puerta enorme a sospechas sobre cómo y por qué se ha procedido así. Personalmente, necesito saber cuál es la argumentación, pero, sea cual sea, ya tenemos la photo-finish que se anunció con aquello de “el Fiscal General del Estado va’palante”. 

Después, casi de inmediato, vino la dimisión del Fiscal General, presentada en un contexto de presión política y mediática. Esto complica aún más las cosas porque una figura con ese peso que dimite justo después de una decisión judicial crea una sensación de golpe en cadena que no se arregla con meros silencios. Afortunadamente, ya hay un nombre propuesto para ocupar el cargo de Fiscal General del Estado, Teresa Peramato, que aún está pendiente de nombramiento formal y que ha sido criticada por los sectores más ultraconservadores debido a su dilatada carrera y especialidad en violencia de género. De hecho, antes de ser nombrada como Fiscal de Sala de la Sección Penal de Fiscalía del Tribunal Supremo en enero de este año, fue la Fiscal de Sala Jefa de la Fiscalía contra la Violencia sobre la Mujer. 

Volviendo al fallo condenatorio, hay que señalar que, y esto es crucial, varios medios han publicado que algunos de los magistrados que participaron en la votación favorable a la condena habían tomado parte recientemente en cursos o actividades formativas vinculadas a instituciones que actuaron como acusación popular en el proceso. Participar en cursos no es un delito ni tiene por qué comprometer a nadie, pero si esas actividades fueron con actores directamente vinculados a la acusación y ocurrieron justo antes de la deliberación, la apariencia de falta de imparcialidad existe y pesa, y en derecho la apariencia muchas veces tiene efectos tan graves como la realidad.

También sabemos que hubo votos particulares, que no todos los miembros de la Sala estuvieron de acuerdo, y que la ponencia la asumió el Presidente de la Sala, datos que hay que leer con calma cuando salgan todos los escritos porque los votos particulares explican las dudas y disensos y siempre aportan luz.

A esto hay que sumarle la atmósfera política en que todo ocurrió, con grupos y partidos políticos reaccionando en un sentido u otro y calificando la decisión con palabras duras, y con la sociedad dividida y en la calle pidiendo explicaciones o defendiendo la independencia judicial según les convenía. Todo esto crea un cóctel explosivo que encaja con muchas de las señales que los expertos llaman lawfare, que no es más que el uso de herramientas jurídicas como arma política, usar los tribunales para neutralizar o desgastar a un adversario en vez de buscar justicia objetiva.

En términos prácticos y basándome en la información pública hasta esa fecha, la valoración que puedo dar es que hay indicios y señales serias que apuntan a patrones típicos de lawfare, y en una escala de cero a cien mi estimación honesta está en un rango de cincuenta y cinco a sesenta y cinco, lo que significa que la probabilidad de que existan elementos propios del lawfarees considerable pero no definitiva. Dicho de otra manera, hay motivos para preocuparse y para exigir una investigación independiente, pero no hay aún pruebas públicas que demuestren de forma fehaciente una campaña coordinada entre poderes políticos y judiciales, faltan comunicaciones internas, pruebas de instrucción o acuerdos que demuestren intención deliberada de instrumentalizar el proceso.

Por eso lo responsable es diferenciar siempre entre tres cosas distintas que a menudo se confunden. La primera es la existencia de irregularidades procedimentales, como la publicación del fallo antes de la motivación, que de por sí es una anomalía grave y exige aclaración. La segunda es la posibilidad de falta de imparcialidad de algún magistrado por razones objetivas o por apariencia de conflicto, asunto que debe investigarse con transparencia y, si procede, con recusaciones o medidas disciplinarias. La tercera es algo más duro, y es la existencia de una operación de lawfare propiamente dicha, una estrategia política planificada para debilitar a una persona o a una institución mediante el uso del Derecho. Para llegar a esa conclusión final hacen falta pruebas directas que hoy no se han publicado.

No obstante, las señales que sí tenemos son suficientes para plantear preguntas que no se pueden barrer bajo la alfombra. Qué hay que vigilar con lupa, y de inmediato, es la publicación íntegra de la sentencia motivada para contrastar si las razones de la condena están bien fundamentadas, la cronología exacta de la deliberación en el Tribunal para entender por qué se adelantó el fallo, las posibles relaciones contractuales o económicas entre magistrados y partes que pudieran dar lugar a una causa de abstención, los votos particulares completos que nos expliquen los disensos y cualquier documento interno que explique la aceleración del proceso. También conviene seguir de cerca los recursos que se presenten y si aparecen pruebas nuevas que confirmen o desmonten la hipótesis de coordinación política.

Insisto en que las apariencias importan mucho porque la justicia necesita, además de serlo, parecerlo, y la sensación de que el sistema ha sido usado como arma política erosiona la confianza democrática de manera profunda. Si al final solo aparece una mala praxis administrativa o un error procesal, hay herramientas jurídicas para corregirlo y responsables que deben rendir cuentas, pero si se demuestra una instrumentalización deliberada entonces el problema es mucho más serio porque afectaría no solo a una persona sino a la propia arquitectura de garantías y equilibrios del Estado.

Por tanto, a mi juicio, una opinión libre como la de cualquier otro ciudadano de a pie, es que estamos ante un caso que reúne varios de los patrones que la comunidad internacional identifica como lawfare, la publicación anticipada del fallo, la participación de magistrados en actividades con la acusación, la dimisión del afectado y la polarización política forman un conjunto preocupante, pero la afirmación rotunda de que esto fue una estrategia coordinada y dirigida requiere pruebas todavía no hechas públicas. 

Por eso lo más prudente y responsable es pedir transparencia total y una investigación independiente y a la vista de todos, porque solo así se podrá aclarar si estamos ante una actuación judicial legítima pero equivocada o ante algo peor y más intencionado que merece una respuesta firme y ejemplar.

En una democracia, la justicia debe capaz de mirar de frente a quien haga falta, sin miedo, sin trampas y sin olvidar jamás que su razón de ser es proteger a las personas, no los intereses de unos pocos.

La justicia no puede ser nunca un arma y si alguien ha intentado convertirla en una tenemos el deber de levantar la mirada y exigir que la verdad salga a la luz sin medias tintas ni atajos.

La justicia debe ser siempre de justa.

Y valiente, humana e imparcial.

Las vidas que no podemos olvidar

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres)

Ahora mismo, mientras lees esto, una mujer acaba de ser asesinada. No es una exageración ni una metáfora, es la cruda realidad. En 2024 murieron alrededor de cincuenta mil mujeres y niñas a manos de su pareja o de un familiar

Eso significa que cada diez minutos una vida se apaga por la violencia más cercana, la que debería proteger y cuidar. Cada cifra es un nombre que desaparece, un grito que nadie escucha y un vacío que nadie puede llenar. 

Piensa en quiénes eran todas esas mujeres. Eran hijas, madres, hermanas, amigas, sobrinas, primas, abuelas o compañeras de trabajo. Eran niñas que soñaban con crecer, con estudiar, con jugar, con vivir. Mujeres que tenían planes, que amaban y eran amadas. Todas ellas perdieron la vida por culpa de la violencia y muchas veces por quienes decían quererlas. Cada vez que una mujer es asesinada el mundo pierde un pedazo de humanidad.

La violencia no aparece de repente, se va construyendo con insultos, amenazas, control, aislamiento, humillación y miedo. En demasiadas ocasiones las víctimas no reciben la protección que necesitan y la justicia llega demasiado tarde. Muchas veces, detrás de cada muerte, hay historias de años de sufrimiento. Muchas de estas mujeres ya habían sufrido maltrato físico o psicológico, habían pedido ayuda o habían denunciado, pero el sistema falló. 

El problema también es social y cultural. El machismo es desigualdad, es la cosificación de la mujer, es pisotear su dignidad, es terrorismo emocional y miedo impuesto. Es un sistema que, cuando vamos a cumplir una cuarta parte del siglo XXI, invisibiliza aún a las víctimas, que silencia los gritos de auxilio, que no invierte en prevención ni en educación y que no recoge datos fiables. La falta de información hace que muchas víctimas no aparezcan en las estadísticas y que muchas muertes queden olvidadas. Por eso es tan importante que la sociedad exija a los gobiernos e instituciones claridad en los datos y medidas efectivas para erradicar esta maldita lacra. 

Cada vez que hay un asesinato nos invade la indignación y salimos a la calle en concentraciones o movilizaciones. Pero luchar contra la violencia machista debe ser una lucha constante, no solo una vez al año o cada vez que hay una víctima mortal más. No podemos permitir que se normalice que cada diez minutos una mujer sea asesinada y solo hagamos un minuto de silencio en la plaza o frente al ayuntamiento de nuestra localidad. 

Debemos despertar de una vez como sociedad y actuar. Necesitamos leyes que se apliquen de verdad, que protejan a las víctimas y persigan a los agresores; necesitamos refugios, apoyo psicológico, asistencia legal y acompañamiento constante; necesitamos educación desde la infancia que enseñe igualdad, respeto y rechazo absoluto al maltrato y al control; y necesitamos organizaciones que trabajen todos los días con las mujeres y niñas que sufren, con financiación real y estable.

Pero la responsabilidad no es solo de los gobiernos, también es nuestra. Toda persona puede hacer algo. Cada gesto puede salvar una vida y no mirar hacia otro lado puede marcar la diferencia. Tenemos que escuchar a las víctimas, pero también acompañarlas, denunciar si ellas no pueden, protegerlas, exigir cambios legislativos para mejorar la protección y apoyar a quienes trabajan por la igualdad. 

No podemos permitir que cada víctima se vea reducida a un número más en la “lista de la vergüenza”. Cada una de ellas tenía una historia, un nombre, una vida que importaba. Por eso, tenemos que actuar, exigir justicia y cambiar las cosas para que ninguna otra mujer tenga que pasar por lo mismo. Tenemos que ser capaces de construir un mundo más seguro, más justo y más humano. Y exigir que los mecanismos de protección funcionen, que la sociedad despierte, que la educación enseñe respeto e igualdad y que la protección llegue a tiempo, no cuando es demasiado tarde. 

Cada diez minutos hay un grito desgarrador provocado por la violencia machista, esa violencia que asesina cruelmente y que no podemos seguir permitiendo en nuestra sociedad. Porque cada vez que una mujer es asesinada, se ha mirado antes hacia otro lado. Que ninguna mujer más tenga que temer por su vida en su propia casa o en cualquier lugar del mundo y que cada nombre sea recordado, cada vida valorada y cada minuto cuente para salvar otra.

Porque lo que sucede cada diez minutos no es solo que aumente el número en una fría estadística. Lo que sucede es que sucede una muerte que podría haberse evitado. Se pierde una vida, se borra un nombre y se silencia un grito que debimos haber escuchado.

Porque escuchar significa realmente actuar.

Así que escuchemos y actuemos

Ya hay otra víctima más.

Quizá cerca de ti.

A ti, mujer…
 
Caen las estrellas,
testigos de tu dolor profundo.
En cada lágrima asustada,
se escapa un pedazo de alma
rota por el puño de hielo.
 
En el eco del llanto,
de golpes y abrazos rotos,
de fotos grises y ocres,
suenan gritos de libertad.
 
Son tus cadenas rotas,
son tus sueños de futuro,
son pasos por la igualdad
que se alejan de ese amor
tan falso como mortal.
 
¿Acaso tú me querías?

Me golpeas como saco de arena,
me echas como perro mojado,
me gritas como piedra sorda,
me tomas sin querer ser tomada.
 
Y todo arde en mi vientre,
ya seco de un “te quiero” falso.
 
La justicia es tardía,
sí, no siempre es rápida,
tampoco previene ni cura,
y para la herida del corazón,
es, a veces, cruel e impía.
 
No más lágrimas,
no más dolor,
no más nombres,
escritos por la sangre,
en la lista cruel y fría.
 
En cada amanecer,
brilla la luz de la vida.
Sal, busca, corre,
¡rompe y huye!
 
El alba siempre llega,
atrápalo y vive,
en un bello renacer
que te haga libre…
 
…a ti, mujer.

Luis F. Sánchez / 25-11-2025

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Lives We Cannot Forget

(International Day for the Elimination of Violence against Women)

Right now, as you read this, a woman has just been killed. This is not an exaggeration or a metaphor; it is the harsh reality. In 2024, around fifty thousand women and girls were killed by their partner or a family member.

This means that every ten minutes, a life is taken by the closest kind of violence, the one that should protect and care. Each statistic is a name that disappears, a cry that no one hears, and a void that no one can fill.

Think about who all these women were. They were daughters, mothers, sisters, friends, nieces, cousins, grandmothers, or colleagues. They were girls who dreamed of growing up, studying, playing, and living. Women with plans, women who loved and were loved. They all lost their lives because of violence, often at the hands of those who claimed to love them. Every time a woman is murdered, the world loses a piece of humanity.

Violence does not appear suddenly; it builds up through insults, threats, control, isolation, humiliation, and fear. Too often, victims do not receive the protection they need, and justice comes far too late. Behind every death, there are often years of suffering. Many of these women had already experienced physical or psychological abuse, had asked for help, or had reported their abuser, but the system failed them.

The problem is also social and cultural. Sexism is inequality; it is the objectification of women, trampling on their dignity, emotional terrorism, and imposed fear. Even as we approach a quarter of the twenty-first century, the system still invisibilises victims, silences cries for help, fails to invest in prevention and education, and does not collect reliable data. The lack of information means many victims do not appear in statistics and many deaths are forgotten. That is why it is so important that society demands clear data and effective measures from governments and institutions to eradicate this terrible scourge.

Every time a woman is killed, outrage sweeps through us and we take to the streets in gatherings or demonstrations. But the fight against gender-based violence must be constant, not just once a year or whenever there is another fatal victim. We cannot allow it to become normal that every ten minutes a woman is murdered and we only hold a minute of silence in the town square or outside the local council offices.

We must wake up as a society and take action. We need laws that are truly enforced, that protect victims and pursue offenders; we need shelters, psychological support, legal assistance, and ongoing accompaniment; we need education from childhood that teaches equality, respect, and an absolute rejection of abuse and control; and we need organisations that work every day with women and girls who suffer, with real and stable funding.

But responsibility does not lie only with governments; it is also ours. Every person can make a difference. Every action can save a life, and looking the other way can have consequences. We must listen to victims, but also accompany them, report abuse when they cannot, protect them, demand legislative changes to improve protection, and support those working for equality.

We cannot allow each victim to be reduced to just another number on the “list of shame.” Each of them had a story, a name, a life that mattered. That is why we must act, demand justice, and change things so that no other woman has to go through the same. We must be able to build a safer, fairer, and more humane world. And demand that protection mechanisms work, that society wakes up, that education teaches respect and equality, and that protection arrives in time, not when it is already too late.

Every ten minutes, there is a heart-wrenching cry caused by gender-based violence, that violence which kills cruelly and which we cannot continue to allow in our society. Every time a woman is murdered, someone has looked the other way before. Let no woman fear for her life in her own home or anywhere in the world, and let every name be remembered, every life valued, and every minute count to save another.

What happens every ten minutes is not just an increase in a cold statistic. What happens is a life that could have been saved is lost. A name is erased, a cry is silenced that we should have heard.

Because to listen really means to act.

So let us listen and act.

There is already another victim.

Perhaps someone near you.

To you, woman…

The stars fall,
witnesses to your deepest pain.
In every frightened tear,
a fragment of soul escapes,
shattered by that fist of ice.

In the echo of weeping,
of blows and broken embraces,
of grey and ochre photographs,
the cries of freedom resound.

They are your broken chains,
your dreams of tomorrow,
the steps towards equality
that lead you away from that love
as false as it was fatal.

Did you ever truly love me?
You strike me like a sandbag,
you cast me out like a drenched dog,
you shout at me like a deafened stone,
you take me when I do not wish to be taken.

And everything burns in my womb,
left barren by a hollow “I love you”.

Justice is late,
yes, it is not always swift;
nor does it always prevent or heal,
and for the wounds of the heart
it is, at times, harsh and unmerciful.

No more tears,
no more pain,
no more names
written in blood
on that cruel and freezing list.

With every dawn,
the light of life glimmers.
Go forth, seek, run,
break free and flee!

Dawn always comes;
grasp it and live
a beautiful rebirth
that sets you free…

…to you, woman.

Luis F. Sánchez / 25-11-2025

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Le vite che non possiamo dimenticare

(Giornata Internazionale per l’Eliminazione della Violenza contro le Donne)

In questo momento, mentre stai leggendo, una donna è appena stata uccisa. Non è un’esagerazione né una metafora, è la cruda realtà. Nel 2024 circa cinquantamila donne e bambine sono state uccise dal loro partner o da un familiare.

Questo significa che ogni dieci minuti una vita viene strappata dalla violenza più vicina, quella che dovrebbe proteggere e prendersi cura. Ogni cifra è un nome che scompare, un grido che nessuno ascolta e un vuoto che nessuno può colmare.

Pensa a chi erano tutte queste donne. Erano figlie, madri, sorelle, amiche, nipoti, cugine, nonne o colleghe di lavoro. Erano bambine che sognavano di crescere, studiare, giocare e vivere. Donne con progetti, donne che amavano ed erano amate. Tutte hanno perso la vita a causa della violenza, spesso da chi diceva di amarle. Ogni volta che una donna viene uccisa, il mondo perde un pezzo di umanità.

La violenza non appare improvvisamente; si costruisce attraverso insulti, minacce, controllo, isolamento, umiliazione e paura. Troppe volte le vittime non ricevono la protezione di cui hanno bisogno e la giustizia arriva troppo tardi. Dietro ogni morte ci sono spesso anni di sofferenza. Molte di queste donne avevano già subito maltrattamenti fisici o psicologici, avevano chiesto aiuto o denunciato, ma il sistema le ha tradite.

Il problema è anche sociale e culturale. Il sessismo è disuguaglianza, è oggettificazione della donna, è calpestare la dignità, terrorismo emotivo e paura imposta. Anche mentre ci avviciniamo a un quarto del XXI secolo, il sistema continua a invisibilizzare le vittime, a silenziare i loro appelli d’aiuto, a non investire nella prevenzione e nell’educazione e a non raccogliere dati affidabili. La mancanza di informazioni fa sì che molte vittime non compaiano nelle statistiche e che molte morti vengano dimenticate. Ecco perché è così importante che la società esiga dai governi e dalle istituzioni dati chiari e misure efficaci per sradicare questa maledetta piaga.

Ogni volta che viene uccisa una donna, ci invade l’indignazione e scendiamo in strada in manifestazioni o sit-in. Ma combattere la violenza di genere deve essere una lotta costante, non solo una volta all’anno o ogni volta che c’è un’altra vittima mortale. Non possiamo permettere che diventi normale che ogni dieci minuti una donna venga uccisa e che ci limitiamo a un minuto di silenzio nella piazza o davanti al municipio della nostra città.

Dobbiamo svegliarci come società e agire. Abbiamo bisogno di leggi che vengano realmente applicate, che proteggano le vittime e perseguano gli aggressori; abbiamo bisogno di rifugi, supporto psicologico, assistenza legale e accompagnamento costante; abbiamo bisogno di un’educazione fin dall’infanzia che insegni uguaglianza, rispetto e rifiuto assoluto della violenza e del controllo; e abbiamo bisogno di organizzazioni che lavorino ogni giorno con le donne e le bambine che soffrono, con finanziamenti reali e stabili.

Ma la responsabilità non è solo dei governi, è anche nostra. Ogni persona può fare qualcosa. Ogni gesto può salvare una vita e guardare dall’altra parte può fare la differenza. Dobbiamo ascoltare le vittime, ma anche accompagnarle, denunciare quando non possono, proteggerle, chiedere cambiamenti legislativi per migliorare la protezione e sostenere chi lavora per l’uguaglianza.

Non possiamo permettere che ogni vittima venga ridotta a un semplice numero nella “lista della vergogna”. Ognuna di loro aveva una storia, un nome, una vita che contava. Per questo dobbiamo agire, chiedere giustizia e cambiare le cose affinché nessun’altra donna debba passare per lo stesso. Dobbiamo essere in grado di costruire un mondo più sicuro, più giusto e più umano. E chiedere che i meccanismi di protezione funzionino, che la società si svegli, che l’educazione insegni rispetto e uguaglianza e che la protezione arrivi in tempo, non quando è ormai troppo tardi.

Ogni dieci minuti si ode un grido straziante causato dalla violenza di genere, quella violenza che uccide crudelmente e che non possiamo più permettere nella nostra società. Ogni volta che una donna viene uccisa, qualcuno ha guardato dall’altra parte. Che nessun’altra donna debba temere per la propria vita nella propria casa o in qualsiasi luogo del mondo, e che ogni nome venga ricordato, ogni vita valorizzata e ogni minuto conti per salvarne un’altra.

Ciò che accade ogni dieci minuti non è solo l’aumento di un numero in una fredda statistica. Ciò che accade è che una vita che poteva essere salvata viene persa. Un nome viene cancellato e un grido viene silenziato, un grido che avremmo dovuto ascoltare.

Perché ascoltare significa davvero agire.

Quindi ascoltiamo e agiamo.

C’è già un’altra vittima.

Forse vicino a te.

A te, donna…

Cadono le stelle,
testimoni del tuo dolore profondo.
In ogni lacrima impaurita
sfugge un frammento d’anima
spezzata dal pugno di ghiaccio.

Nell’eco del pianto,
di colpi e abbracci infranti,
di foto grigie e ocra,
risuonano grida di libertà.

Sono le tue catene spezzate,
i tuoi sogni di futuro,
i passi verso l’uguaglianza
che ti allontanano da quell’amore
falso quanto mortale.

Mi hai mai davvero amata?
Mi colpisci come un sacco di sabbia,
mi scacci via come un cane bagnato,
mi urli contro come una pietra sorda,
mi prendi senza che io voglia essere presa.

E tutto brucia nel mio ventre,
ormai prosciugato da un “ti amo” falso.

La giustizia arriva tardi,
sì, non sempre è rapida;
non sempre previene né cura,
e per la ferita del cuore
è talvolta crudele e spietata.

Non più lacrime,
non più dolore,
non più nomi
scritti con il sangue
in quella lista crudele e fredda.
Ad ogni alba

brilla la luce della vita.
Esci, cerca, corri,
rompi e fuggi!

L’alba arriva sempre;
afferrala e vivi
un dolce rinascere
che ti renda libera…

…a te, donna.


Luis F. Sánchez / 25-11-2025

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Les vies que nous ne pouvons pas oublier

(Journée internationale pour l’élimination de la violence à l’égard des femmes)

À cet instant, pendant que vous lisez ceci, une femme vient d’être tuée. Ce n’est ni une exagération ni une métaphore, c’est la dure réalité. En 2024, environ cinquante mille femmes et filles ont été tuées par leur partenaire ou un membre de leur famille.

Cela signifie que toutes les dix minutes, une vie est fauchée par la violence la plus proche, celle qui devrait protéger et prendre soin. Chaque chiffre représente un nom qui disparaît, un cri que personne n’entend et un vide que personne ne peut combler.

Pensez à qui étaient toutes ces femmes. Elles étaient des filles, des mères, des sœurs, des amies, des nièces, des cousines, des grands-mères ou des collègues. Elles étaient des filles qui rêvaient de grandir, d’étudier, de jouer et de vivre. Des femmes avec des projets, qui aimaient et étaient aimées. Elles ont toutes perdu la vie à cause de la violence, souvent de la part de ceux qui disaient les aimer. Chaque fois qu’une femme est assassinée, le monde perd un morceau d’humanité.

La violence n’apparaît pas soudainement ; elle se construit à travers les insultes, les menaces, le contrôle, l’isolement, l’humiliation et la peur. Trop souvent, les victimes ne reçoivent pas la protection dont elles ont besoin et la justice arrive trop tard. Derrière chaque mort, il y a souvent des années de souffrance. Beaucoup de ces femmes avaient déjà subi des violences physiques ou psychologiques, avaient demandé de l’aide ou porté plainte, mais le système les a laissées tomber.

Le problème est également social et culturel. Le sexisme est une inégalité, c’est l’objectification des femmes, le piétinement de leur dignité, le terrorisme émotionnel et la peur imposée. Même à l’aube d’un quart du XXIe siècle, le système invisibilise encore les victimes, étouffe leurs appels à l’aide, n’investit pas dans la prévention ni dans l’éducation et ne collecte pas de données fiables. Le manque d’information fait que beaucoup de victimes n’apparaissent pas dans les statistiques et que de nombreux décès sont oubliés. C’est pourquoi il est essentiel que la société exige des gouvernements et des institutions des données claires et des mesures efficaces pour éradiquer ce fléau.

Chaque fois qu’une femme est tuée, l’indignation nous envahit et nous descendons dans la rue lors de rassemblements ou de manifestations. Mais lutter contre la violence envers les femmes doit être un combat permanent, pas seulement une fois par an ou à chaque nouvelle victime mortelle. Nous ne pouvons pas permettre que cela devienne normal qu’une femme soit tuée toutes les dix minutes et que nous nous contentions d’une minute de silence sur la place du village ou devant la mairie.

Nous devons nous réveiller en tant que société et agir. Nous avons besoin de lois réellement appliquées, qui protègent les victimes et poursuivent les agresseurs ; nous avons besoin de refuges, de soutien psychologique, d’assistance juridique et d’accompagnement constant ; nous avons besoin d’une éducation dès l’enfance qui enseigne l’égalité, le respect et le rejet absolu de la violence et du contrôle ; et nous avons besoin d’organisations qui travaillent chaque jour avec les femmes et les filles en souffrance, avec un financement réel et stable.

Mais la responsabilité ne repose pas uniquement sur les gouvernements, elle est aussi la nôtre. Chaque personne peut faire quelque chose. Chaque geste peut sauver une vie et détourner le regard peut avoir des conséquences. Nous devons écouter les victimes, mais aussi les accompagner, dénoncer lorsque elles ne peuvent pas le faire, les protéger, exiger des changements législatifs pour améliorer la protection et soutenir ceux qui travaillent pour l’égalité.

Nous ne pouvons pas permettre que chaque victime soit réduite à un simple chiffre dans la « liste de la honte ». Chacune d’elles avait une histoire, un nom, une vie qui comptait. C’est pourquoi nous devons agir, réclamer justice et changer les choses afin qu’aucune autre femme n’ait à subir la même chose. Nous devons être capables de construire un monde plus sûr, plus juste et plus humain. Et exiger que les mécanismes de protection fonctionnent, que la société se réveille, que l’éducation enseigne le respect et l’égalité, et que la protection arrive à temps, pas lorsqu’il est déjà trop tard.

Toutes les dix minutes, un cri déchirant résonne à cause de la violence envers les femmes, cette violence qui tue cruellement et que nous ne pouvons plus tolérer dans notre société. Chaque fois qu’une femme est assassinée, quelqu’un a détourné le regard auparavant. Qu’aucune autre femme n’ait à craindre pour sa vie chez elle ou n’importe où dans le monde, et que chaque nom soit rappelé, chaque vie valorisée et chaque minute comptée pour en sauver une autre.

Ce qui se passe toutes les dix minutes n’est pas seulement l’augmentation d’un chiffre dans une froide statistique. Ce qui se passe, c’est qu’une vie qui aurait pu être sauvée est perdue. Un nom est effacé, un cri est étouffé, un cri que nous aurions dû entendre.

Parce qu’écouter signifie vraiment agir.

Alors écoutons et agissons.

Il y a déjà une autre victime.

Peut-être près de chez vous.

À toi, femme…

Les étoiles tombent,
témoins de ta douleur profonde.
Dans chaque larme effrayée
s’échappe un fragment d’âme
brisé par ce poing de glace.

Dans l’écho des sanglots,
des coups et des étreintes rompues,
des photos grises et ocres,
résonnent des cris de liberté.

Ce sont tes chaînes brisées,
tes rêves d’avenir,
tes pas vers l’égalité
qui t’éloignent de cet amour
aussi faux que mortel.

M’as-tu jamais vraiment aimée ?
Tu me frappes comme un sac de sable,
tu me chasses comme un chien mouillé,
tu me cries dessus comme à une pierre sourde,
tu me prends sans que je veuille être prise.

Et tout brûle dans mon ventre,
déjà desséché par un “je t’aime” mensonger.

La justice arrive tard,
oui, elle n’est pas toujours rapide ;
elle ne prévient ni ne guérit toujours,
et pour la blessure du cœur
elle est parfois cruelle et impitoyable.

Plus de larmes,
plus de douleur,
plus de noms
écrits avec le sang
sur cette liste froide et cruelle.

À chaque aube
brille la lumière de la vie.
Sors, cherche, cours,
brise et fuis !

L’aube arrive toujours ;
saisis-la et vis
une belle renaissance
qui te rende libre…

…à toi, femme.


Luis F. Sánchez / 25-11-2025

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
As vidas que não podemos esquecer

(Dia Internacional para a Eliminação da Violência contra as Mulheres)

Neste momento, enquanto lês isto, uma mulher acabou de ser assassinada. Não é uma exageração nem uma metáfora, é a dura realidade. Em 2024, cerca de cinquenta mil mulheres e raparigas foram mortas pelas suas companheiras ou familiares.

Isto significa que, a cada dez minutos, uma vida é interrompida pela violência mais próxima, aquela que deveria proteger e cuidar. Cada número representa um nome que desaparece, um grito que ninguém ouve e um vazio que ninguém consegue preencher.

Pensa em quem eram todas estas mulheres. Eram filhas, mães, irmãs, amigas, sobrinhas, primas, avós ou colegas de trabalho. Eram raparigas que sonhavam crescer, estudar, brincar e viver. Mulheres com planos, que amavam e eram amadas. Todas perderam a vida por causa da violência, muitas vezes às mãos de quem dizia amar-lhes. Cada vez que uma mulher é assassinada, o mundo perde um pedaço de humanidade.

A violência não surge de repente; constrói-se através de insultos, ameaças, controlo, isolamento, humilhação e medo. Demasiadas vezes, as vítimas não recebem a proteção de que necessitam e a justiça chega tarde demais. Por detrás de cada morte, existem muitas vezes anos de sofrimento. Muitas destas mulheres já tinham sofrido maus-tratos físicos ou psicológicos, pediram ajuda ou denunciaram, mas o sistema falhou com elas.

O problema é também social e cultural. O machismo é desigualdade, é a objetificação da mulher, é pisar a sua dignidade, terrorismo emocional e medo imposto. Mesmo a aproximarmo-nos de um quarto do século XXI, o sistema continua a invisibilizar as vítimas, a silenciar os gritos de socorro, a não investir na prevenção nem na educação e a não recolher dados fiáveis. A falta de informação faz com que muitas vítimas não apareçam nas estatísticas e que muitas mortes fiquem esquecidas. Por isso, é tão importante que a sociedade exija aos governos e às instituições dados claros e medidas eficazes para erradicar esta terrível chaga.

Cada vez que uma mulher é assassinada, sentimos indignação e saímos à rua em concentrações ou manifestações. Mas lutar contra a violência de género deve ser uma luta constante, não apenas uma vez por ano ou sempre que há mais uma vítima mortal. Não podemos permitir que se normaliza que uma mulher seja assassinada a cada dez minutos e que nos limitemos a um minuto de silêncio na praça ou à porta da câmara municipal.

Devemos acordar, enquanto sociedade, e agir. Precisamos de leis que sejam realmente aplicadas, que protejam as vítimas e persigam os agressores; precisamos de refúgios, apoio psicológico, assistência jurídica e acompanhamento constante; precisamos de uma educação desde a infância que ensine igualdade, respeito e rejeição absoluta da violência e do controlo; e precisamos de organizações que trabalhem todos os dias com mulheres e raparigas em sofrimento, com financiamento real e estável.

Mas a responsabilidade não é apenas dos governos; também é nossa. Cada pessoa pode fazer algo. Cada gesto pode salvar uma vida, e virar a cara pode fazer a diferença. Temos de ouvir as vítimas, mas também acompanhá-las, denunciar quando não podem, protegê-las, exigir alterações legislativas para melhorar a proteção e apoiar quem trabalha pela igualdade.

Não podemos permitir que cada vítima seja reduzida a mais um número na “lista da vergonha”. Cada uma delas tinha uma história, um nome, uma vida que importava. Por isso, temos de agir, exigir justiça e mudar as coisas para que nenhuma outra mulher tenha de passar pelo mesmo. Temos de ser capazes de construir um mundo mais seguro, mais justo e mais humano. E exigir que os mecanismos de proteção funcionem, que a sociedade desperte, que a educação ensine respeito e igualdade, e que a proteção chegue a tempo, e não quando já é tarde demais.

A cada dez minutos, ouve-se um grito dilacerante causado pela violência de género, aquela violência que mata cruelmente e que não podemos continuar a permitir na nossa sociedade. Porque cada vez que uma mulher é assassinada, alguém olhou para o outro lado antes. Que nenhuma outra mulher tenha de temer pela sua vida na sua própria casa ou em qualquer lugar do mundo, e que cada nome seja lembrado, cada vida valorizada e cada minuto conte para salvar outra.

O que acontece a cada dez minutos não é apenas o aumento de um número numa estatística fria. O que acontece é que uma vida que podia ter sido salva é perdida. Um nome é apagado, um grito é silenciado, um grito que deveríamos ter ouvido.

Porque ouvir significa realmente agir.

Então, ouçamos e ajamos.

Já há mais uma vítima.

Talvez perto de ti.

A ti, mulher…

Caem as estrelas,
testemunhas da tua dor profunda.
Em cada lágrima assustada
escapa um pedaço de alma
partida pelo punho de gelo.

No eco do pranto,
de golpes e abraços rompidos,
de fotos cinzentas e ocres,
ressoam gritos de liberdade.

São as tuas correntes quebradas,
os teus sonhos de futuro,
os passos rumo à igualdade
que te afastam desse amor
tão falso quanto mortal.

Alguma vez me amaste de verdade?
Bates-me como um saco de areia,
expulsas-me como um cão molhado,
gritas comigo como se eu fosse pedra surda,
tomas-me sem que eu queira ser tomada.

E tudo arde no meu ventre,
já seco de um “amo-te” falso.

A justiça chega tarde,
sim, nem sempre é rápida;
também não previne nem cura,
e para a ferida do coração
é, por vezes, cruel e impiedosa.

Chega de lágrimas,
chega de dor,
chega de nomes
escritos com sangue
naquela lista fria e cruel.

A cada amanhecer
brilha a luz da vida.
Sai, procura, corre,
parte e foge!

A alvorada chega sempre;
agarra-a e vive
um belo renascer
que te faça livre…

…a ti, mulher.

Luis F. Sánchez / 25-11-2025

Etiopía: Entre el dolor, la resistencia y la esperanza

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸–  ተጻፏል በ🇪🇹🇪🇷)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Etiopía vive momentos decisivos, un cruce muy duro en el que muchos sienten que la vida les pesa cada día más, pero también en el que la fuerza para resistir no se ha apagado. No es solo un tema de guerra o crisis humanitaria, sino una mezcla compleja de violencia, desplazamiento, pobreza, cicatrices antiguas y nuevas, y el esfuerzo constante de muchas personas por reconstruir algo, aunque sea con lo mínimo.

En el norte del país, las tensiones no han desaparecido. En regiones como Amhara o Tigray, el conflicto armado ha dejado huellas muy profundas. Las milicias locales, los choques entre comunidades y los enfrentamientos con las fuerzas estatales son parte de la dura realidad. Para muchas familias, eso significa abandonar sus pueblos, sus tierras o sus hogares casi de la noche a la mañana. Gente que vivía de la agricultura se ve en campamentos improvisados, sin garantías, sin saber cuándo podrá volver. De hecho, UNICEF estima que, ahora mismo, hay alrededor de 3,3 millones de desplazados internos solo en 2025.  

Ese desplazamiento no es algo temporal ni pequeño. Muchas personas están atrapadas en lo que debería haber sido un alto el fuego, pero que de hecho ha dejado heridas muy profundas. Los sistemas de apoyo no siempre funcionan, los servicios básicos fallan y la atención médica brilla por su ausencia en zonas muy vulnerables. Las enfermedades como la malaria han azotado con fuerza y, solo en la primera mitad de 2025, se han registrado más de 2,4 millones de casos según UNICEF.   Además, el cólera ha reaparecido en varias zonas, entre ellas Amhara.  

Pero no es solo la salud, también la inseguridad alimentaria también es brutal. Hay gente que se tambalea entre la desnutrición, la falta de recursos y la ayuda internacional que no siempre es suficiente o no llega a todos como debería. Cientos de miles de personas dependen de ONGs y organismos de Naciones Unidas para sobrevivir, pero la magnitud de la crisis es tan grande que es difícil cubrir todas las necesidades.

Las consecuencias de la violencia también golpean con brutalidad a nivel personal y han dejado cicatrices sociales difíciles de sanar. Uno de los aspectos más atroces y dolorosos ha sido la violencia sexual sistemática en el conflicto. Informes recientes de organizaciones como Physicians for Human Rights o la Organización para la Justicia y la Responsabilidad en el Cuerno de África revelan que las agresiones no fueron incidentales, sino parte de una estrategia más amplia. Se han documentado violaciones en grupo, torturas sexuales, inserción de objetos (como tornillos, clavos, basura plástica) en los cuerpos de las mujeres con la intención de mutilar, humillar y destruir la posibilidad de volver a ser madres.  

Unos de los testimonios que más ha conmovido es el de Tseneat, que después de una violación múltiple por varios soldados se despertó con tornillos alojados en su útero. Esta violencia no es solo física, también es psicológica, social y generacional, porque el daño que deja va más allá de lo inmediato. La impunidad es una sombra muy alargada y, por eso,

Muchas supervivientes no han visto, ni verán jamás, justicia ni reparación real.

Pero no se trata solo de mujeres, también hombres y niños han sido víctimas. El informe de la ONU sobre violencia sexual en conflictos habla de agresiones contra hombres y menores, lo que demuestra que este tipo de violencia ha sido usada como arma para desestabilizar comunidades enteras.  

Ante toda esta situación, la reconstrucción institucional y social en Etiopía se ha vuelto urgente, pero no va a ser sencilla. Las estructuras del Estado son débiles en muchos lugares y la confianza entre comunidades para con el gobierno es escasa. La corrupción, la fragmentación política y la desconfianza mutua dificultan que las soluciones lleguen a quienes más lo necesitan. Además, muchas zonas siguen aisladas tras la destrucción de infraestructuras como carreteras, hospitales y escuelas, lo que complica el acceso a ayuda, al comercio o a la vida normal. Todo ello sin olvidar los fenómenos climáticos que lo empeoran todo, porque las sequías o inundaciones destruyen lo poco que se ha reconstruido.

La crisis en Etiopía no es solo una cuestión interna. Las tensiones existentes también tienen un alcance regional. Las fronteras con Eritrea o Sudán se sienten más frágiles que nunca y los desplazamientos masivos hacia países vecinos agravan las presiones humanitarias más allá de Etiopía. Además, la llegada de refugiados internos y la salida de emigrantes por rutas peligrosas muestran bien que muchas personas no ven futuro en su propio país aunque lo quieran.

Dentro de todo ese caos, hay historias de enorme valentía, de solidaridad y de sentimiento de comunidad. En algunos campamentos, la gente se organiza para repartir alimentos, para proteger a las más vulnerables o para mantener algo parecido a la normalidad. Así, se intenta que los niños puedan seguir aprendiendo en escuelas improvisadas y que las personas puedan organizarse para cuidar de sus enfermos mientras los hombres arreglan las pequeñas redes de cultivo o restablecen pequeñas redes de comercio local. Son gestos simples, pero significan muchísimo, porque son los cimientos de una paz real y no solo un acuerdo político firmado tantas veces incumplido. 

La cooperación internacional es clave, no por una visión paternalista de dar limosna, sino como un trabajo conjunto para que Etiopía no esté sola en este momento. Ayuda, sí, pero que impulse también la autonomía y la fuerza local. No bastan los envíos de comida y medicinas, también hace falta construir capacidad, reforzar instituciones y garantizar que la salud, la educación y los servicios básicos lleguen a todos. Es vital atender la violencia de género con programas de apoyo psicológico, médico y legal que no solo curen heridas sino que den herramientas para reconstruir vidas.

Un punto especialmente delicado es la justicia. Para sanar las heridas tan profundas que ha dejado la guerra, no basta con silencio o con simples promesas. Las víctimas necesitan reconocimiento y reparación, y eso debe venir acompañado de mecanismos de rendición de cuentas reales. Sin justicia, las raíces del conflicto seguirán vivas, listas para brotar de nuevo.

Es fundamental adaptar las políticas a la realidad territorial. Etiopía no es un país homogéneo, sus regiones tienen historias, lenguas, tradiciones y problemas muy diferentes. Por eso la forma de reconstruir debe tener en cuenta la diversidad, respetar las identidades y dar poder a las comunidades para decidir su propio destino. El federalismo, con todos sus retos, puede ser una vía, pero necesita reforzarse con transparencia, participación ciudadana y redistribución justa de recursos.

Todo esto sucede en medio de otro gran desafío, que es, sin duda, el cambio climático. Las sequías recurrentes y las inundaciones no son solo un problema ambiental, sino una bomba para la crisis humanitaria. Si no se invierte en infraestructuras resilientes, en sistemas de alerta temprana, en agricultura adaptada y en planes de contingencia, cada desastre se convierte en una catástrofe. La sostenibilidad debe ser parte del plan de reconstrucción, para que la ayuda no solo salve vidas hoy, sino que cree condiciones para vivir mañana.

Por supuesto, también hay una dimensión de empoderamiento social. Las mujeres, que han sido de las más golpeadas, tienen que tener un papel central no solo como víctimas, sino como líderes, como constructoras de comunidad y como protagonistas de la paz. Su voz tiene que contar en los espacios de decisión y su sufrimiento tiene que convertirse en una fuerza arrolladora para transformar esas estructuras rotas, dentro de una tarea que debe ser compartida y sin excluirlas. Y no pueden estar solas en esa tarea, los hombres, las familias y las instituciones deben acompañarlas siempre con respeto, apoyo y responsabilidad.

Mirando hacia el futuro, la clave no será reconstruir solo lo que se ha perdido, sino imaginar un país distinto, más justo, más solidario y más fuerte desde sus raíces. Un lugar en el que las heridas no se disimulen, sino que se traten, y en el que la reconciliación no sea solo una palabra bonita, sino una práctica diaria. Eso no es algo que venga solo desde fuera, el impulso tiene que venir desde dentro, de la sociedad etíope, de sus comunidades y de toda su gente.

En medio de la oscuridad que ha marcado los últimos años, también se vislumbran luces. Hay personas que sueñan con volver a sus casas, con cultivar sus tierras, con que sus hijos puedan ir al colegio sin que el miedo los amenace. Hay líderes locales, voluntarias y voluntarios que trabajan para que la ayuda llegue y para que se escuchen las voces de quienes han sido silenciados. Hay organizaciones que documentan los crímenes, que luchan por la memoria y por que no se repitan.

Así que no todo está perdido. Etiopía es también un país de resistencia y de esperanza. La historia que se escribe ahora puede ser la de una transformación profunda, pero solo si el mundo se une sin imponer, si las personas tienen el poder de reconstruir sus vidas sin que nadie les robe su dignidad.

Porque al final, más que cifras o noticias, lo que realmente importa son las vidas que están ahí. Lo que importa son personas que han sufrido, las que sueñan y las que luchan. Etiopía no es solo un país en crisis, también es un lugar con historias, con futuro y con gente valiente que merece una oportunidad para renacer con sus propias manos.

Y quizás, cuando miremos atrás dentro de unos años, podamos decir que no solo lograron sobrevivir, sino que volvieron a crear un hogar desde el dolor, pero con solidaridad, con justicia y con esperanza.

El hogar que merecen. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Ethiopia: Between Pain, Resilience and Hope

Ethiopia is living through decisive moments, a harsh crossroads where many feel that life weighs heavier on them each day, yet where the strength to endure has not disappeared. It is not only a matter of war or humanitarian crisis, but a complex mix of violence, displacement, poverty, old and new wounds, and the constant effort of so many people to rebuild something even with the bare minimum.

In the north of the country, tensions have not subsided. In regions such as Amhara and Tigray, the armed conflict has left very deep marks. Local militias, clashes between communities and confrontations with state forces form part of a stark reality. For many families this means abandoning their villages, their land or their homes almost overnight. People who once lived from agriculture now find themselves in improvised camps, with no guarantees and no idea when they might return. UNICEF estimates that at this moment there are roughly three point three million internally displaced people in 2025 alone.

This displacement is neither temporary nor small. Many people are trapped in what should have been a ceasefire but which in practice has left deeply rooted wounds. Support systems do not always work, basic services fail and medical care is almost non-existent in highly vulnerable areas. Diseases such as malaria have struck hard and more than two point four million cases were recorded in the first half of 2025 according to UNICEF. Cholera has also returned in several regions including Amhara.

It is not only health that is under threat. Food insecurity is also severe. Many people live on the edge between malnutrition, lack of resources and international aid that is not always sufficient or does not reach everyone as it should. Hundreds of thousands depend on NGOs and United Nations agencies to survive, but the scale of the crisis is so vast that it is extremely difficult to meet all needs.

The consequences of violence also strike with personal brutality and have left social scars that are hard to heal. One of the most horrific aspects has been the systematic sexual violence during the conflict. Recent reports from organisations such as Physicians for Human Rights and the Organisation for Justice and Accountability in the Horn of Africa reveal that these attacks were not isolated incidents but part of a broader strategy. They document gang rapes, sexual torture and the insertion of objects such as screws, nails and plastic waste into women’s bodies with the intention of mutilating, humiliating and destroying their ability to become mothers again.

One of the most harrowing testimonies is that of Tseneat, who woke up after a gang rape by several soldiers with screws lodged inside her uterus. This violence is not only physical but psychological, social and generational, because the wounds go far beyond the immediate. Impunity casts a long shadow and many survivors have never seen and will never see real justice or any form of meaningful reparation.

The victims are not only women. Men and boys have also suffered. The United Nations report on sexual violence in conflict mentions assaults against men and minors, showing that this form of violence has been used as a weapon to destabilise entire communities.

Given all this, the institutional and social reconstruction of Ethiopia has become urgent, though it will not be easy. State structures are weak in many areas and trust between communities and the government is extremely limited. Corruption, political fragmentation and mutual mistrust prevent solutions from reaching those who need them most. Many regions remain isolated after the destruction of roads, hospitals and schools, which limits access to aid, trade and anything resembling normal life. On top of this, climate phenomena worsen everything, because droughts and floods destroy the little that has been rebuilt.

The crisis in Ethiopia is not only an internal matter. Existing tensions have a regional impact. The borders with Eritrea and Sudan feel more fragile than ever and the mass movement of people towards neighbouring countries increases humanitarian pressure beyond Ethiopia’s own territory. The arrival of internally displaced people and the departure of migrants along dangerous routes reflect the fact that many no longer see a future in their country even if they wish to stay.

Amid all this chaos, there are stories of enormous bravery, solidarity and a strong sense of community. In some camps people organise themselves to distribute food, protect the most vulnerable or maintain something close to normality. Efforts are made to ensure that children continue learning in makeshift schools and that people can take turns caring for the sick while men repair small cultivation systems or re-establish small local trade networks. These are simple actions, yet they mean a great deal because they form the foundations of real peace rather than another political agreement destined to be broken.

International cooperation is essential, not out of a paternalistic mindset or a notion of charity, but as a collective effort to ensure that Ethiopia is not alone at this moment. Aid is necessary, but so is strengthening local autonomy and capacity. It is not enough to send food and medicine. There must also be investment in skills, stronger institutions and guaranteed access to health, education and basic services. Addressing gender-based violence is vital and requires psychological, medical and legal support programmes that do not simply heal wounds but offer tools to rebuild lives.

Justice is a particularly sensitive issue. To heal the profound wounds left by war, silence and vague promises are not enough. Victims need recognition and reparation supported by real accountability mechanisms. Without justice, the roots of the conflict will remain alive, ready to rise again.

Policies must also adapt to territorial realities. Ethiopia is not a homogeneous country. Its regions have different histories, languages, traditions and problems. Reconstruction must therefore respect diversity, protect identities and empower communities to decide their own future. Federalism, with all its challenges, may offer a path forward, but it requires transparency, citizen participation and fair distribution of resources.

All of this unfolds alongside another enormous challenge, climate change. Recurring droughts and floods are not simply environmental issues but a direct threat to humanitarian stability. Without investment in resilient infrastructure, early warning systems, adapted agriculture and solid contingency plans, each natural disaster becomes a humanitarian catastrophe. Sustainability must be part of any reconstruction plan so that aid does not only save lives today but builds conditions for life tomorrow.

There is also a necessary social empowerment dimension. Women, who have been among the most severely affected, must play a central role not only as victims but as leaders, community builders and key figures in peace processes. Their voices must be heard in decision making spaces and their suffering must become a powerful force to transform broken structures. This work must be shared and must never exclude them. Men, families and institutions must accompany them with respect, support and responsibility.

Looking ahead, the goal is not simply to rebuild what was lost but to imagine a different country one that is fairer, more united and stronger from its roots. A country where wounds are not hidden but treated and where reconciliation is not an empty concept but a daily practice. This cannot come solely from outside. The main drive must come from Ethiopian society itself, from its communities and from its people.

Despite the darkness of recent years, there are glimmers of light. There are people dreaming of returning home, cultivating their land and sending their children to school without fear. There are local leaders and volunteers working to ensure that aid reaches those who are silenced. There are organisations documenting crimes and fighting for memory and for non-repetition.

So not everything is lost. Ethiopia is also a country of resistance and hope. The story being written today may become one of deep transformation, but only if the world stands together without imposing and if people are empowered to rebuild their lives without losing their dignity.

In the end, beyond statistics or headlines, what truly matters are the lives that persist behind them. The people who have suffered, those who dream and those who fight. Ethiopia is not only a country in crisis. It is also a place with stories, with a future and with brave people who deserve the chance to rise again with their own hands.

And perhaps, when we look back in a few years, we might be able to say that they not only survived but found a way to build a home again through pain, solidarity, justice and hope.

The home they deserve.

🇪🇹አማርኛ🇪🇷
ኢትዮጵያ፡በህመምበትዕግስትእናበተስፋመካከል

ኢትዮጵያ በግምት የሚያሳዝኑና የሚያነሳ ጊዜያትን ታሪካዊ ትግል ታስበዋል። ብዙዎች ሕይወታቸው ቀን በቀን ከባድ እንደሆነ ይሰማቸዋል፣ ነገር ግን የመከበር ኃይል አልጠፋም። ይህ ለጦርነት ወይም ለሰብአዊ ጉዳት ብቻ አይደለም፣ ይሁንና ከባድ የወገኖች ግጭት፣ ስፖር እና የአዲስና የድሮ ጉዳት እና የሚሰሩ ሰዎች እርምጃ የሚያስፈልጋቸውን አንድ አዳዲስ ነገር ለመፍጠር ነው።

በአገሪቱ ሰሜን ክፍል ትኩረት አልቀረም። በአማራና ትግራይ ክልሎች የተደረገው ጦርነት ጥላቻ ያለው ስሜት ተሰማ። ከባድ የሆኑ እና የመንግስት ኃይሎች ጋር የሚከሰቱ ተግባራት የእውነት አካል ናቸው። ለብዙ ቤተሰቦች ይህ ማለት አካባቢዎቻቸውን፣ መሬታዎቻቸውን ወይም ቤቶቻቸውን በሌሊት ማቆም ነው። በአርሶ አደር የኖሩ ሰዎች አሁን በተሰማራ መሰረት በመኖር ላይ ናቸው፣ በማንኛውም ጊዜ መመለስ እንደሚችሉ አይወቁም። እንደ UNICEF በ2025 ብቻ ከ3.3 ሚሊዮን የተዋሰኑ የውስጥ ተዘዋዋሪዎች አሉ።

ይህ መንቀሳቀስ ጊዜያዊ አይደለም፣ ትንሽም አይደለም። ብዙ ሰዎች በይቅርታ እንደሚኖረው ሲመሰሉ ተገድተዋል። የድጋፍ ስርዓቶች ሁልጊዜ አይሰሩም፣ መሠረታዊ አገልግሎቶች ይታወሳሉና ሕክምና አገልግሎት በአስገራሚ ቦታዎች እጅግ ጥቂት ነው። የማላሪያ እንደሚታወቀው በከባድ ነበር፣ በ2025 ዓመት በመጀመሪያው ግምገማ 2.4 ሚሊዮን በላይ ጉዳቶች ተመዝግበዋል። እንዲሁም ኮሌራ በብዙ ክልሎች ይመለሳል፣ ከነሱም አንዱ አማራ ነው።

ሕክምና ብቻ አይጠበቅም፤ የምግብ ጥቃት እጅግ ከባድ ነው። ብዙ ሰዎች በእርግጥ ከእንቁላል እና ከሀብት እጥረት መካከል ተጠግተዋል እና የአለም ሰብአዊ እርዳታ ሁልጊዜ በቂ አይደለም፣ ሁሉም ሰዎች ያደርሳቸዋል እንደሚገባ። መቶ ሺህ ሰዎች ለመኖር በNGO እና በዓለም ሰብአዊ ድርጅቶች ይመከራሉ፣ ግን የጉዳቱ መጠን ሁሉንም ያስቀምጣል እና እርግጠኛ ማስተካከል ከባድ ነው።

የግጭት ተግባር በግል ላይ ግድግዳ ተገድቷል እና አስቸጋሪ ማህበራዊ ጉዳት ተቀምጦአል። በግጭቱ ውስጥ የሴቶች ላይ የተደረገው ስርዓተ ፅኑ የጾታ ጥፋት ከግድግዳ አንዱ ነው። የሰው መብት የሚከተሉ ድርጅቶች ሪፖርቶች የተገለጸው እነዚህ ጥቃቶች ተወላጅ አይደሉም፣ ነገር ግን የትስስር ዘዴ ነበር። በቡድን መስከረም መገኛ፣ የጾታ ጥፋት እና በሴቶች ሰውነት ውስጥ እንደ ተለያዩ የማዕከላዊ እቃዎች ጨምሮ በተደረገ ጥፋት ታስቦአል፣ ለማጥፋት፣ ለመጥፋት እና ለእናት መሆን እንደገና ለማድረግ ነው።

ከጥቂት ሰራዊት በተደረገ በቡድን መገኛ በኋላ በእርግጥ በኩራት ውስጥ ተገብቷ የነበረች የግል ማስረጃ ከፍተኛ ነው። ይህ ግድግዳ ብቻ አይደለም፣ ነገር ግን አስተዋጽኦ፣ ማህበራዊ እና ትውልድ ነው፣ ምክንያቱም ጉዳቱ ከቅድሚያ ከፍ ያለ ነው። ነጻነት ረጅም ጥላ ያቀርባል፣ ብዙ ተድላዎች እውነተኛ ፍትሕ ወይም ማንኛውንም የሚጠቅም መከላከያ አላዩም እና አይሉም።

ነገር ግን ሴቶች ብቻ አይደሉም። ወንዶችና ልጆች እንዲሁ ተጎዱ። በግጭት ውስጥ የተደረገው የጾታ ጥፋት የአውሮፓ ሪፖርት ላይ ላይ የሚገኙ ጥቃቶች ወንዶችንና ታናሽ ልጆችን እንደሚያገለግሉ ይገልጻል፣ ይህም የጾታ ጥፋት ሙሉ ማህበረሰቦችን ለማጥፋት እንደ መሣሪያ ተጠቃሚ ነበር ያሳያል።

በዚህ ሁኔታ ውስጥ በኢትዮጵያ የመንግስት እና ማህበራዊ ድጋፍ እንዲደርስ ወደ ፍጥነት ተገብቷል፣ ነገር ግን ቀላል አይሆንም። የመንግስት አዋቂ መዋቅሮች በብዙ ቦታዎች ደካማ ናቸው እና በማህበረሰቦችና መንግስት መካከል እምነት እጅግ ጥቂት ነው። ከሽርሽር፣ ከፖለቲካ ፍጥነት እና ከመስማማት እጅግ የተነሳ ተግባራት የተደርጓቸው ሰዎች ያስፈልጋቸውን እንዲደርስ በማይፈልግ ነው። ብዙ ክልሎች ከመንገዶች፣ ሆስፒታሎች እና ትምህርት ቤቶች ከተፈርሙ በኋላ ተለይተው አሉ፣ ይህም ወደ እገዛ፣ ንግድ እና በስርአት ሕይወት መዳረሻን ይገነኛል። በተጨማሪም እንደ የውሃ ጉድጓድ እና ዝናብ መጠን ተግባራዊ ጉዳትን ያፈጥራል።

በኢትዮጵያውስጥየሚገኙትግጭቶችብቻየውስጥጉዳትአይደሉም።እነዚህግጭቶችከአካባቢያዊተፅዕኖእንዲኖሩያደርጋል።ከኤርትራእናከሱዳንግንዛቤዎችበጣምየተወሰኑመሆንተሰምቷልእናወደአገርጎርፍሰዎችበብዛትመንገድመንገድየሰዎችንእገዛግፊትይጨምራል።የተዋሰኑተድላዎችመግባትእናበአደጋመንገዶችየተሄዱመንግሥትያሳያልብዙሰዎችእንኳንቢፈልጉምበአገራቸውየፊትማዕከላዊአይደሉም።

በዚህ ሁሉ ችግር ውስጥ ታላቅ በሆነ ድፍንት፣ ማህበራዊ እና ማህበረሰብ ስሜት ያላቸው ታሪኮች አሉ። በአንዳንድ መኖሪያ ግንባር ሰዎች ምግብ ለመስጠት፣ ከባለሞያ ሰዎች ለመጠበቅ እና ለመደምደም ያለ ትክክለኛነት ራሳቸውን ያሰቃይ ይቀጥላሉ። ሕፃናት በቅርጸ ትምህርት ቤቶች ትምህርትን ቀጥለው እንዲማሩ ይሞክራሉ እና ሰዎች ለታላቅ ሰዎች እንዲያስተናግዱ ይደርሳሉ፣ ወንዶች የአንድ ስር አውት መስመር ያስተካክላሉ ወይም አንዳንድ ትንሽ አካባቢ የንግድ መስመሮችን ያስመልከታሉ። እነዚህ ቀላል ድርጊቶች ሆነው ግን ብዙ ነው ምክንያቱም እነሱ የእውነተኛ ሰላም መሠረት ናቸው እንጂ አንድ የፖለቲካ ስምምነት የተፈተነ አይደሉም።

የአለም አቀፍ መርሀ ግብር አስፈላጊ ነው፣ እንጂ በገዳይነት አሳይ ወይም በለገስነት ምክንያት አይደለም፣ ነገር ግን ኢትዮጵያ ብቻ እንዳይኖር የተጋራ ጥረት ነው። እገዛ አስፈላጊ ነው፣ ነገር ግን የአካባቢ ነጻነት እና አቅም ማሻሻል እንዲሁም አስፈላጊ ነው። ምግብንና መድሀኒትን ማስተላለፊያ ብቻ አይበቃም። በክህሎት ውስጥ መገኛ፣ ድርጅቶችን መጠንቀቅ እና ወደ ሁሉም የጤና፣ ትምህርት እና መሠረታዊ አገልግሎት መድረስ አስፈላጊ ነው። በፆታ ተያያዥ ግድግዳ ማስተካከያ አስፈላጊ ነው እና ጉዳትን ብቻ ሳይከልክል የሕይወት ማሻሻያ መሣሪያዎችን መሰጥ ይፈልጋል።

አንድ በጣም የተለየ ነገር የፍትሕ ጉዳት ነው። የጦርነት ታላቅ ጉዳት ለማስተካከል ዝም ብለው ወይም ቀላል ማስረጃዎች ብቻ አይበቃም። ተጎዳኞች መታወቂያና መተከል ያስፈልጋቸዋል፣ እና ይህ ከእውነተኛ የኃላፊነት መንገዶች ጋር መመሳሰል አለበት። ያለ ፍትሕ የግጭቱ ሥር ሁሉ ቀጥ ተኖሮ እንዲነሣ ይችላል።

እንደገና ፖሊሲዎችን እንደ የአካባቢ እውነት መስራት አስፈላጊ ነው። ኢትዮጵያ አንድ አገር አይደለም፤ ክልሎቹ ታሪኮች፣ ቋንቋዎች፣ ባህሎች እና ችግሮች በጣም የተለያዩ ናቸው። እንዴት መገንባት እንደሚቻል እንደዚህ ያለውን ልዩነት መተያየት፣ መታወቅን መከበር እና ማህበረሰቦችን ለራሳቸው ዕድል መስጠት አስፈላጊ ነው። ፌዴራሊዝም በሁሉም ችግሮቹ ጋር መንገድ ሊያቀርብ ይችላል፣ ነገር ግን በግልጽነት፣ በዜጎች ተሳትፎና በእውነተኛ የሀብት ስርጭት መበረታታት ያስፈላጊ ነው።

ይህ ሁሉ በሌላ ታላቅ ችግር ሁሉ ውስጥ እየተከናወነ ነው፣ የአየር ሁኔታ ለውጥ። የተደጋጋሚ የጉድጓድ እና ዝናብ ጉዳት ብቻ አይደሉም፣ ነገር ግን ለሰብአዊ ጸጋ አደጋ ቀጥ እንደሚያስከትል ነው። በደካማ የተገነባ አዋቂ መዋቅሮች፣ የቀደም ማስጠንቀቂያ ስርዓቶች፣ በሚስተካከል ግብርና እና በትክክለኛ እቅድ ባለማድረግ ሁሉንም ችግር አደጋ ይሆናል። ተገቢነት ከእንዲህ ዓይነት እቅድ አካል መሆን አለበት፣ እንዲሁም እገዛ ዛሬ ሕይወትን ብቻ እንዳይድን ነገር ግን ነገ ሕይወትን ለማቋቋም የሚያስችል አቅም እንዲሰጥ አለበት።

እንዲሁም የማህበረሰብ ኃይል ማስፋፋት ስፋት አለ። በጣም የተጎዳኑ ሴቶች እንደ ተጎዳኝነት ብቻ ሳይኖሩ እንደ መሪዎች፣ የማህበረሰብ አዋቂዎች እና በሰላም ሂደቶች ተሳትፎ መሆን አለባቸው። ድምፃቸው በውሳኔ ስፍራዎች የሚሰማ መሆን አለበት እና ታላቅ ጭንቀት ወደ ተሰበሰበ ኃይል መለወጥ አለበት። ወንዶች፣ ቤተሰቦች እና ድርጅቶች በክብር፣ ድጋፍና ተጠቃሚነት ማስተካከል አለባቸው።

ወደ ፊት ተመልከት ሲሉ፣ ቁልፍ የተጣለውን መገንባት ብቻ አይደለም፤ የተለየ አገርን ማስተካከል፣ ከሁሉም መሠረት ጋር የተጠናቀቀ፣ የተገናኘ፣ የተጸናቀ እና የተጠናቀቀ አገር መሆን ነው። እድታቸው አይደሉም፣ ጉዳቶች ይህ ያልተከለ እንጂ በዕለታዊ ሥራ መሆን አለበት። ይህ ከውጭ ብቻ ሊመጣ አይችልም፤ ኃይሉ ከውስጥ መጣል አለበት፣ ከኢትዮጵያ ማህበረሰብ፣ ከክልሎቹ እና ከሕዝቡ አንዳንድ አካላት።

ባለፉት ዓመታት የጨለማ ሁኔታ ቢኖረውም፣ ብርሃን የሚያሳይ ነገር አለ። ሰዎች ቤታቸው መመለስ፣ መሬታቸውን መከበር እና ልጆቻቸውን በፍርሃት ባለማይሄዱ ትምህርት ማስተማር ይምናሉ። አካባቢ መሪዎች እና ተባባሪ አገልግሎቶች እገዛ እንዲደርስ እና ድምፆቻቸው እንዲሰማ ይሠሩ። ድርጅቶች የወንጀሎችን ማስታወሻ ይደርሳሉ እና እንዳይደጋገም ይተጋለሉ።

ስለዚህ ሁሉ የተጣለ አይደለም። ኢትዮጵያ እንደ መከላከያ እና እንደ ተስፋ ሀገር ነው። አሁን የሚጻፈው ታሪክ የጥልቅ ለውጥ ሊሆን ይችላል፣ ነገር ግን ከዓለም እስካልተዋህዱ እና ሰዎች ሕይወታቸውን በክብር ሳይጠፉ እንዲመለሱ ኃይል ከእነርሱ ጋር ብቻ ነው።

በመጨረሻውስጥ፣በቁጥሮችወይምበዜናውስጥከሆነም፣እንደእውነትየሚገኙሕይወቶችናቸው።እንደእነዚህየተጎዳኑሰዎች፣የሚምኑእናየሚተጋሉሰዎችናቸው።ኢትዮጵያብቻየተጋጠመችአገርአይደለም፤የታሪክ፣የወደፊትእናበራሳቸውእጆችሊዳኑየሚገቡብርቱሰዎችያለባትቦታናት።

ምናልባትበጥቂትዓመታትበመመልከትድረስ፣እነርሱብቻሳይኖሩእንደሆነእንጂ፣ከህይወትበመጣላቸውበተከታታይቤትእንደገናመገንባትየቻሉእንደሚታወቀውማለትእንችላለን፤ነገርግንከአንድነት፣ከፍትሕእናከተስፋጋር።

የሚገባቸውቤት።