Cuando la fuerza se impone al derecho

(Escrito en 🇪🇸🇻🇪- Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇻🇪

Hay días en los que la política internacional deja de parecer un tablero de ajedrez para convertirse en un campo lleno de minas. Días en los que una declaración, una operación militar o una consigna lanzada desde el poder pueden tener consecuencias irreversibles para millones de personas en cualquier lugar del mundo. La reciente escalada protagonizada por Estados Unidos contra Venezuela, justificada bajo el discurso de la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo y envuelta en anuncios grandilocuentes sobre detenciones y operaciones quirúrgicas, nos tiene que hacer pensar acerca de la gravedad que este tipo de acciones suponen. No desde la ideología ni desde la simpatía o el rechazo a un gobierno concreto, sino desde algo mucho más básico como es la legalidad internacional y la protección de la vida humana. Porque cuando se cruza la línea del uso unilateral de la fuerza, lo que está en juego no es solo el destino de un país concreto. Lo que de verdad está en juego es el frágil equilibrio que sostiene la convivencia entre Estados y que evita que el mundo se rija exclusivamente por la ley del más fuerte.

Uno de los aspectos más alarmantes de esta situación es el riesgo directo para la población civil en Venezuela. Cada bomba, cada incursión militar en zonas habitadas, cada operación ejecutada sin un mandato internacional claro, convierte a hombres, mujeres y niños en daños colaterales de decisiones tomadas a miles de kilómetros. El derecho a la vida no es una abstracción jurídica, es la base de todos los demás derechos. Cuando se despliega fuerza militar en áreas pobladas, se crea deliberadamente una crisis humanitaria de consecuencias impredecibles. Y esa responsabilidad recae de forma directa sobre quien decide atacar de manera unilateral.

Esto no se trata de una cuestión de propaganda ni de bandos. El uso de la fuerza armada en territorio extranjero, sin autorización internacional y sin una situación de legítima defensa clara, supone una vulneración grave del Derecho Internacional. Es así de simple, pero también así de incómodo. La soberanía nacional y el principio de no intervención no son caprichos de la diplomacia, sino pilares que evitan que el planeta entero se convierta en un escenario de constantes agresiones de unos Estados sobre otros.

La Carta de las Naciones Unidas es clara en este sentido. Lo deja claro cuando afirma que el uso de la fuerza solo está permitido en dos supuestos. El primero de ellos es la legítima defensa frente a un ataque armado real o inminente. El segundo una autorización expresa del Consejo de Seguridad. Nada más. No existe una tercera vía basada en etiquetas políticas, acusaciones unilaterales o declaraciones institucionales. Declarar a un gobierno como colaborador del narcotráfico o del terrorismo no otorga automáticamente licencia para bombardear, invadir Estados soberanos o capturar a sus dirigentes.

Aquí conviene detenerse en una idea que se repite con demasiada ligereza. Y es que llamar terrorista a un Estado o a su gobierno no puede cambiar las reglas del juego. En el Derecho Internacional no existe una categoría jurídica llamada Estado terrorista o Estado narcotraficante que permita saltarse la legalidad vigente. Las listas de terrorismo elaboradas por algunos países forman parte de su derecho interno. Solo sirven para imponer sanciones, congelar activos financieros o abrir procedimientos judiciales en sus tribunales internos. Pero no sustituyen a la ONU, a los Tribunales Internacionales ni anulan la soberanía de otros países. Si aceptamos lo contrario, estaríamos abriendo una puerta peligrosa, porque bastaría con que una potencia declarase como terrorista o narcotraficante a un gobierno incómodo para justificar cualquier clase agresión. Así que, si hoy es Venezuela, mañana podría ser cualquier otro país, incluso un país aliado. Y ese precedente no fortalece la seguridad global, sino que la dinamita por completo.

Por otra parte, existe una dimensión profundamente preocupante en el intento de deslegitimar instituciones democráticas desde el exterior. La soberanía de una nación reside en su pueblo y en las instituciones que este elige, con todas sus imperfecciones, contradicciones y conflictos internos. Ninguna potencia extranjera tiene legitimidad alguna para sustituir por la fuerza la voluntad de un electorado. La historia reciente nos enseña que las imposiciones externas, nunca traen estabilidad o democracia, más bien suelen dejar sociedades fracturadas que tardan décadas en cicatrizar sus heridas y ser claros ejemplos de estados fallidos. No se trata de idealizar gobiernos ni de cerrar los ojos ante los abusos, la corrupción o las flagrantes violaciones de derechos humanos. Denunciar esos abusos es necesario y combatirlos es del todo imprescindible. Pero siempre debe hacerse desde el respeto al marco jurídico internacional, porque es la única forma de que la justicia no se convierta en venganza ni la defensa de los derechos humanos en una coartada para el uso de la violencia desmedida en un territorio soberano, afectando a la población civil y de manera unilateral. 

Pero hay otro elemento que no puede ignorarse, y es el uso del terror como herramienta. Cuando un Estado emplea su aparato militar para sembrar el miedo entre una población civil, para desestabilizar un país y para decapitar por la fuerza a un gobierno, entra en un terreno moral y jurídico profundamente peligroso. El terror no depende de quién lo ejerza, sino de sus efectos que causa. Así, los bombardeos, las amenazas constantes y las operaciones que ponen en peligro a la población civil encajan en la definición más básica de terrorismo, independientemente de la bandera que ondee sobre los aviones o enarbolen sus barcos de guerra. 

Desde esta perspectiva, resulta cada vez más difícil sostener alianzas militares y acuerdos estratégicos con un actor que demuestra una disposición volátil a usar la fuerza sin respetar las reglas comunes del Derecho Internacional. La estabilidad internacional se basa en la previsibilidad y en el respeto a las normas. Pero cuando un país actúa de forma errática y muestra un desprecio absoluto por la legalidad internacional, todo ello se convierte en un factor de riesgo incluso para sus propios aliados. 

Tampoco es casual que, fruto de esa situación de acción unilateral constante, crezca el debate sobre la necesidad de repensar las estructuras de gobernanza global, pensadas para la defensa y el mantenimiento de la paz mundial. Si el territorio de un Estado deja de ser un espacio neutral y seguro para la diplomacia internacional, se hace legítimo plantear alternativas y el traslado de las instalaciones a otro Estado que ofrezca garantías de neutralidad e imparcialidad. La credibilidad de las instituciones multilaterales depende de su independencia tanto real como percibida. Pero cuando esa independencia se ve seriamente comprometida por la política de hechos consumados, todo el sistema se resiente y es difícilmente reparable.

En el fondo, todo esto nos devuelve a una pregunta que tiene que considerarse como esencial. Y esa pregunta es, ¿queremos un mundo regido por normas o un mundo regido por los impulsos de quien tenga mayor poder militar? Es verdad que el Derecho Internacional no es perfecto. Es lento, a veces muy frustrante y a menudo totalmente insuficiente. Pero es lo único que impide que la fuerza militar sustituya definitivamente al derecho que debe amparar a todos los Estados. Abandonar el Derecho Internacional porque resulta incómodo para el más fuerte supone renunciar a cualquier pretensión de justicia global. Y si el resto de los Estados no alzan la voz, nada impedirá que, en teoría, cualquier Estado corra el riesgo de ser el siguiente si el Estado más poderoso así lo considera unilateralmente. Por eso es tan importante exigir el cumplimiento estricto de la Carta de las Naciones Unidas. No como un gesto simbólico, sino como una obligación real de todos los Estados. Defender la soberanía de Venezuela hoy no significa apoyar a un gobierno concreto, no supone defender a quien ejerce el poder, sino proteger un principio básico que mañana puede proteger a cualquier otro país. La legalidad internacional no se defiende a conveniencia, se defiende siempre, o deja de existir para siempre. 

En todo caso, la solidaridad con el pueblo venezolano debe situarse en el centro de cualquier análisis. Es la población civil quien, como siempre, paga el precio de las aventuras militares, de las sanciones indiscriminadas y de los juegos de poder. Por eso, defender su derecho a vivir sin miedo, sin bombas y sin imposiciones externas es una responsabilidad de toda la comunidad internacional. 

Tal vez la lección más incómoda que haya que sacar de todo esto es que no hay causa justa que se sostenga cuando se traicionan las reglas que nos protegen a todos los Estados. 

Porque cuando el ruido de las armas sustituye al lenguaje del derecho, el mundo entero pierde un poco más de su humanidad.

Solo recordando que la ley está para frenar a la fuerza podremos evitar que la fuerza termine por devorar todo.

Porque siempre ha sido así.

La fuerza solo devora.

La ley protege.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
When Force Overrides Law

There are days when international politics ceases to resemble a chessboard and becomes a minefield. Days when a statement, a military operation, or a slogan issued from positions of power can have irreversible consequences for millions of people anywhere in the world. The recent escalation led by the United States against Venezuela, justified under the discourse of fighting drug trafficking and terrorism and accompanied by grandiose announcements about arrests and surgical operations, compels us to reflect on the gravity of such actions. Not from an ideological perspective, nor from sympathy or opposition towards any particular government, but from something much more fundamental: international law and the protection of human life. Because when the line of unilateral use of force is crossed, what is at stake is not only the fate of a single country. What is truly at stake is the fragile balance that sustains coexistence among states and prevents the world from being governed solely by the law of the strongest.

One of the most alarming aspects of this situation is the direct risk to the civilian population in Venezuela. Every bomb, every military incursion into populated areas, every operation carried out without a clear international mandate turns men, women, and children into collateral damage of decisions made thousands of kilometres away. The right to life is not a legal abstraction; it is the foundation of all other rights. When military force is deployed in populated areas, it deliberately creates a humanitarian crisis with unpredictable consequences. And that responsibility rests squarely on those who decide to attack unilaterally.

This is not a matter of propaganda or of sides. The use of armed force in foreign territory, without international authorisation and without a clear situation of self-defence, constitutes a serious violation of international law. It is that simple, yet also that uncomfortable. National sovereignty and the principle of non-intervention are not diplomatic whims; they are pillars that prevent the entire planet from becoming a stage for constant aggression by some states against others.

The United Nations Charter is clear on this point. It explicitly states that the use of force is only permitted in two cases. The first is legitimate self-defence against a real or imminent armed attack. The second is an explicit authorisation by the Security Council. Nothing more. There is no third path based on political labels, unilateral accusations, or institutional declarations. Declaring a government to be complicit in drug trafficking or terrorism does not automatically grant permission to bomb, invade sovereign states, or capture their leaders.

It is worth pausing over an idea that is repeated all too lightly. Calling a state or its government a terrorist cannot change the rules of the game. In international law, there is no legal category called a “terrorist state” or “drug-trafficking state” that allows a country to bypass existing legal norms. Terrorist lists issued by some countries are part of their domestic law. They only serve to impose sanctions, freeze financial assets, or initiate judicial proceedings in their own courts. They do not replace the UN, international tribunals, or annul the sovereignty of other nations. To accept otherwise would be to open a dangerous door, because it would be enough for a powerful state to declare a government inconvenient to it as terrorist or involved in drug trafficking to justify any form of aggression. If today it is Venezuela, tomorrow it could be any other country, even an ally. And such a precedent does not strengthen global security; it undermines it entirely.

Furthermore, there is a deeply troubling dimension in the attempt to delegitimise democratic institutions from abroad. The sovereignty of a nation resides with its people and the institutions they elect, with all their imperfections, contradictions, and internal conflicts. No foreign power has any legitimacy to forcibly override the will of an electorate. Recent history teaches us that external impositions rarely bring stability or democracy; rather, they tend to leave fractured societies that take decades to heal and serve as clear examples of failed states. This is not about idealising governments nor turning a blind eye to abuses, corruption, or flagrant violations of human rights. Denouncing such abuses is necessary, and combating them is absolutely essential. But it must always be done within the framework of international law, because it is the only way to ensure that justice does not become vengeance and that the defence of human rights does not become a pretext for disproportionate violence on sovereign territory, affecting the civilian population unilaterally.

Another element that cannot be ignored is the use of terror as a tool. When a state employs its military apparatus to instil fear in a civilian population, to destabilise a country, and to forcibly decapitate a government, it enters deeply dangerous moral and legal territory. Terror does not depend on who wields it but on its effects. Bombings, constant threats, and operations that endanger civilians fit the most basic definition of terrorism, regardless of the flag flying over the aircraft or displayed on their warships.

From this perspective, it becomes increasingly difficult to maintain military alliances and strategic agreements with an actor who demonstrates a volatile disposition to use force without respecting common rules of international law. International stability relies on predictability and adherence to norms. But when a country acts erratically and shows absolute disregard for international legality, it becomes a risk factor even for its own allies.

It is also no coincidence that, as a result of this constant unilateral action, debate grows about the need to rethink global governance structures designed to defend and maintain world peace. If the territory of a state ceases to be a neutral and safe space for international diplomacy, it becomes legitimate to consider alternatives and the relocation of facilities to another state that can offer guarantees of neutrality and impartiality. The credibility of multilateral institutions depends on their independence, both real and perceived. But when that independence is seriously compromised by a policy of fait accompli, the entire system suffers and is difficult to repair.

Ultimately, all of this brings us back to a question that must be regarded as fundamental. Do we want a world governed by rules, or a world governed by the impulses of whoever possesses the greatest military power? It is true that international law is not perfect. It is slow, sometimes very frustrating, and often wholly insufficient. But it is the only thing preventing military force from completely replacing the law that must protect all states. Abandoning international law because it is inconvenient for the strongest amounts to renouncing any claim to global justice. And if the other states do not raise their voices, nothing will prevent, in theory, any state from being next if the most powerful state so decides unilaterally. That is why it is so important to demand strict compliance with the United Nations Charter. Not as a symbolic gesture, but as a real obligation for all states. Defending Venezuela’s sovereignty today does not mean supporting a particular government, nor defending those in power, but protecting a fundamental principle that could safeguard any other country tomorrow. International legality is not defended selectively; it must be defended always, or it ceases to exist entirely.

In any case, solidarity with the Venezuelan people must be at the centre of any analysis. It is the civilian population that, as always, pays the price for military adventures, indiscriminate sanctions, and power games. That is why defending their right to live without fear, without bombs, and without external impositions is a responsibility of the entire international community.

Perhaps the most uncomfortable lesson to draw from all of this is that no cause can truly endure when the rules that protect all states are betrayed.

Because when the noise of arms replaces the language of law, the entire world loses a little more of its humanity.

Only by remembering that law exists to restrain force can we prevent force from consuming everything.

Because it has always been this way.

Force only devours.

Law protects.

Cuando incomodar tiene un precio

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

En los últimos días de 2025, el filósofo y antropólogo, Simón Cano Le Tiec ha sido objeto de una oleada de insultos, ataques personales y amenazas de muerte tras hacerse pública su participación en una ponencia desarrollada en Villanueva del Trabuco el pasado mes de octubre de 2025. En esa ponencia abordó una crítica al capitalismo LGTBIQ+ y su lejanía del auténtico sentido de la lucha por los derechos en materia de diversidad afectivo-sexual. Sin embargo, lejos de centrarse en el contenido de sus argumentos, muchas de las reacciones se han dirigido contra su indumentaria, su expresión de género y su mera presencia pública, evidenciando hasta qué punto la diversidad y la disidencia siguen siendo castigadas en democracias aparentemente plenas y avanzadas e incluso dentro de espacios que se autodefinen como inclusivos o progresistas.

Simón Cano Le Tiec, una persona referente a la que merece la pena escuchar y aprender de ella.

Estos ataques no son un hecho aislado ni anecdótico, sino un síntoma preocupante del clima que rodea a determinados debates dentro y fuera del propio movimiento. Que una crítica al uso mercantil de las identidades LGTBIQ+ provoque respuestas tan violentas revela la incomodidad que genera cuestionar un modelo cada vez más normalizado que prioriza la aceptación institucional y económica por encima del conflicto político que supone la lucha contra toda forma de violencia, odio y discriminación, incluida aquella que proviene del ámbito institucional y asociativo. Así, la desagradable experiencia de Simón Cano Le Tiec pone de manifiesto que, cuando se desafían aquellos consensos cómodos, la supuesta tolerancia muestra rápidamente hasta dónde llegan sus verdaderos límites.

En los últimos años, el movimiento LGTBIQ+ ha alcanzado una enorme visibilidad sin precedentes en el espacio público, mediático e institucional. Sin embargo, este avance también ha venido acompañado de un fenómeno cada vez más cuestionado desde dentro del propio colectivo y denominado como “capitalismo LGTBIQ+”. Bajo una apariencia de inclusión, diversidad y progreso, muchas dinámicas actuales han desplazado el centro de la lucha desde las reivindicaciones históricas hacia una lógica predominantemente económica, simbólica y funcional al sistema institucional y asociativo. 

Desde esta premisa o “falsa apariencia”, el capitalismo LGTBIQ+ se manifiesta cuando la diversidad sexual y de género se convierte en un producto más de consumo. Cuando llegan las fechas propias de conmemoración de las conquistas en materia de derechos, vemos cómo las banderas arcoíris en campañas publicitarias, los logotipos corporativos adaptados durante el mes del Orgullo y los discursos empresariales e institucionales grandilocuentes sobre inclusión conviven, sin la más mínima contradicción aparente, con prácticas laborales extremadamente precarias, con una discriminación estructural aún existente y con la ausencia de compromisos reales con los derechos humanos. Así, la identidad deja de ser un espacio de resistencia para transformarse en una simple marca de la que hay que sacar toda la rentabilidad posible y que se ve despojada de su contenido político real y primigenio.

Todo este proceso de mercantilización no es neutro. Cuando se priorizan la integración simbólica en el mercado y en las instituciones, se dejan de lado las realidades que viven las personas más vulnerables del colectivo. Así, la gran mayoría de personas trans siguen sin acceso a un empleo digno, las personas migrantes LGTBIQ+ en situación irregular sufren aberrantes tasas de discriminación, miles de jóvenes son expulsados o huyen de sus hogares al sufrir el rechazo de sus familias, las personas racializadas siguen siendo invisibles para el aparato institucional y asociativo, las personas con discapacidad siguen enclaustradas en un férreo paternalismo que les impide vivir libremente su realidad personal y afectiva, y las personas mayores continúan sufriendo el silencio y el abandono no deseado y autoimpuesto cuando llegan a cierta edad o cuando se hallan bajo cuidado en residencias que no contemplan la diversidad. Sin embargo, todas estas realidades quedan opacadas por ese otro relato dominante que celebra el éxito individual, el consumo y la normalización heteronormativa, mientras oculta las desigualdades que siguen afectado al colectivo LGTBIQ+ de manera profunda.

Por otro lado, la institucionalización acrítica del movimiento contribuye también a esta deriva mercantilista del movimiento. Cuando la agenda LGTBIQ+ se adapta a los límites del poder político y económico, las demandas se suavizan o se vuelven inofensivas y la radicalidad humanista que cuestionaba las normas de género, la heterosexualidad obligatoria o la violencia estructural, se diluye rápidamente en políticas de diversidad que no alteran el orden existente creador de esas mismas desigualdades estructurales. En definitiva, vemos cómo la inclusión se ofrece siempre que no incomode, siempre que no cuestione los privilegios, las libertades individuales y el radicalismo libertario de las élites sociales, políticas y económicas. 

Además, todo este modelo tiende a homogeneizar las experiencias del colectivo, privilegiando únicamente aquellas identidades que son más aceptables para el sistema. Es decir, se reconoce una especie de “homonacionalismo” blanco, urbano, principalmente masculino, cisnormativo, cosmopolita, de clase media-alta y, por tanto, con alta capacidad de consumo. De tal manera que se construye una narrativa de supuesta celebración e inclusión que no representa realmente a todas las personas LGTBIQ+, pero que funciona eficazmente como un escaparate de modernidad para empresas, instituciones y movimientos asociativos afines al poder político y económico. 

Por todo esto, criticar el capitalismo LGTBIQ+ no es negar los avances logrados, sino recordar que el origen del movimiento es profundamente político, humanista y colectivo. Y recuperar ese espíritu implica volver a poner en el centro las vidas concretas invisibles para la sociedad, las condiciones materiales en las que intentan sobrevivir y las voces legítimamente disidentes que incomodan. 

Porque sin esa mirada crítica el riesgo de que el orgullo se convierta en un mero espectáculo con ticket de entrada, y con consumición incluida, se materializa a costa de la dignidad de quienes aún viven en la exclusión socio-estructural.

A fin de cuentas, la diversidad no puede ser tratada como mera mercancía, ni tampoco la lucha por el reconocimiento pleno de todos los derechos inherentes debe reducirse a un simple eslogan.

Porque los derechos humanos no son objeto de consumo.

Se ejercen, se defienden y se respetan. 

Sin más debate. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
When Causing Discomfort Comes at a Price

In the final days of 2025, the philosopher and anthropologist Simón Cano Le Tiec became the target of a wave of insults, personal attacks and death threats after his participation in a lecture delivered in Villanueva del Trabuco in October 2025 became public. In that lecture, he put forward a critique of LGBT+ capitalism and its distance from the true meaning of the struggle for rights in the field of affective and sexual diversity. However, rather than engaging with the substance of his arguments, many reactions focused on his clothing, his gender expression and his mere public presence, revealing the extent to which diversity and dissent continue to be punished in democracies that present themselves as full and advanced, and even within spaces that define themselves as inclusive or progressive.

Simón Cano Le Tiec, a person who is worth listening to and learning from.

These attacks are neither isolated nor anecdotal, but rather a troubling symptom of the climate surrounding certain debates both within and beyond the movement itself. That a critique of the commodification of LGBT+ identities should provoke such violent responses exposes the discomfort generated by questioning a model that has become increasingly normalised and that prioritises institutional and economic acceptance over the political conflict inherent in the fight against all forms of violence, hatred and discrimination, including those that originate within institutional and associative spheres. The distressing experience of Simón Cano Le Tiec thus makes clear that when comfortable consensuses are challenged, supposed tolerance quickly reveals the true extent of its limits.

In recent years, the LGBT+ movement has achieved unprecedented visibility in public, media and institutional spaces. Yet this progress has also been accompanied by a phenomenon increasingly questioned from within the collective itself, commonly referred to as LGBT+ capitalism. Beneath an appearance of inclusion, diversity and progress, many contemporary dynamics have shifted the focus of the struggle away from historical demands towards a logic that is predominantly economic, symbolic and functional to the institutional and associative system.

From this premise, or false appearance, LGBT+ capitalism becomes evident when sexual and gender diversity is transformed into yet another consumer product. When the dates commemorating hard won rights arrive, we see rainbow flags in advertising campaigns, corporate logos adapted during Pride month and grandiose corporate and institutional speeches on inclusion coexisting, without the slightest apparent contradiction, alongside extremely precarious labour practices, the persistence of structural discrimination and the absence of genuine commitments to human rights. In this way, identity ceases to be a space of resistance and becomes a simple brand from which maximum profit is to be extracted, stripped of its original and genuinely political content.

This entire process of commodification is not neutral. When symbolic integration into the market and institutions is prioritised, the lived realities of the most vulnerable people within the collective are pushed aside. The vast majority of trans people still lack access to decent employment. LGBT+ migrants with irregular status endure appalling levels of discrimination. Thousands of young people are expelled from or flee their homes as a result of family rejection. Racialised people continue to be rendered invisible by institutional and associative structures. People with disabilities remain confined within a rigid paternalism that prevents them from freely living their personal and affective realities. Older people continue to suffer silence and unwanted and self imposed abandonment as they reach a certain age or when they find themselves in residential care settings that fail to recognise diversity. Yet all these realities are overshadowed by a dominant narrative that celebrates individual success, consumption and heteronormative normalisation, while concealing the deep inequalities that continue to affect the LGBT+ collective.

At the same time, the uncritical institutionalisation of the movement further contributes to this mercantile drift. When the LGBT+ agenda adapts to the limits imposed by political and economic power, demands are softened or rendered harmless, and the humanist radicalism that once challenged gender norms, compulsory heterosexuality and structural violence is rapidly diluted into diversity policies that leave intact the existing order that produces those very structural inequalities. Ultimately, inclusion is offered only insofar as it does not cause discomfort and does not question the privileges, individual freedoms and libertarian radicalism of social, political and economic elites.

Moreover, this model tends to homogenise the experiences of the collective, privileging only those identities that are most acceptable to the system. What emerges is a form of homonationalism that is white, urban, predominantly male, cisnormative, cosmopolitan and middle to upper class, and therefore endowed with significant purchasing power. In this way, a narrative of supposed celebration and inclusion is constructed that does not truly represent all LGBT+ people, but that functions effectively as a showcase of modernity for companies, institutions and associative movements aligned with political and economic power.

For all these reasons, criticising LGBT+ capitalism does not mean denying the progress that has been achieved, but rather recalling that the origins of the movement are deeply political, humanist and collective. Recovering that spirit means placing back at the centre the concrete lives rendered invisible by society, the material conditions in which they attempt to survive, and the legitimately dissenting voices that cause discomfort.

Without this critical perspective, the risk that pride becomes nothing more than a spectacle with an entry ticket and a drink included is realised at the expense of the dignity of those who continue to live in social and structural exclusion.

Ultimately, diversity cannot be treated as a mere commodity, nor can the struggle for the full recognition of all inherent rights be reduced to a simple slogan.

Human rights are not objects of consumption.

They are exercised, defended and respected.

There is no further debate.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Quando disturbare ha un prezzo

Negli ultimi giorni del 2025, il filosofo e antropologo Simón Cano Le Tiec è stato oggetto di una ondata di insulti, attacchi personali e minacce di morte dopo che è diventata pubblica la sua partecipazione a una conferenza tenutasi a Villanueva del Trabuco nel mese di ottobre 2025. In quell’intervento ha sviluppato una critica al capitalismo LGBTIQ+ e al suo allontanamento dal vero significato della lotta per i diritti in materia di diversità affettiva e sessuale. Tuttavia, invece di confrontarsi con il contenuto delle sue argomentazioni, molte reazioni si sono concentrate sul suo abbigliamento, sulla sua espressione di genere e sulla sua semplice presenza pubblica, mettendo in evidenza fino a che punto la diversità e la dissidenza continuino a essere punite in democrazie apparentemente piene e avanzate, persino all’interno di spazi che si definiscono inclusivi o progressisti.

Simón Cano Le Tiec, una persona di riferimento da cui vale la pena ascoltare e imparare.

Questi attacchi non sono un episodio isolato né marginale, ma un sintomo preoccupante del clima che circonda determinati dibattiti, sia all’interno sia all’esterno del movimento stesso. Il fatto che una critica all’uso mercantile delle identità LGBTIQ+ susciti reazioni così violente rivela il disagio che provoca la messa in discussione di un modello sempre più normalizzato, che privilegia l’accettazione istituzionale ed economica rispetto al conflitto politico insito nella lotta contro ogni forma di violenza, odio e discriminazione, compresa quella che proviene dall’ambito istituzionale e associativo. La spiacevole esperienza di Simón Cano Le Tiec dimostra così che, quando si mettono in discussione i consensi comodi, la presunta tolleranza rivela rapidamente fino a dove arrivano i suoi reali limiti.

Negli ultimi anni, il movimento LGBTIQ+ ha raggiunto una visibilità enorme e senza precedenti nello spazio pubblico, mediatico e istituzionale. Tuttavia, questo progresso è stato accompagnato anche da un fenomeno sempre più messo in discussione dall’interno del collettivo stesso, comunemente definito capitalismo LGBTIQ+. Sotto un’apparenza di inclusione, diversità e progresso, molte dinamiche attuali hanno spostato il centro della lotta dalle rivendicazioni storiche verso una logica prevalentemente economica, simbolica e funzionale al sistema istituzionale e associativo.

Partendo da questa premessa o falsa apparenza, il capitalismo LGBTIQ+ si manifesta quando la diversità sessuale e di genere si trasforma in un ulteriore prodotto di consumo. Quando arrivano le date dedicate alla commemorazione delle conquiste in materia di diritti, assistiamo alla presenza di bandiere arcobaleno nelle campagne pubblicitarie, di loghi aziendali adattati durante il mese del Pride e di discorsi altisonanti di imprese e istituzioni sull’inclusione che convivono, senza alcuna apparente contraddizione, con pratiche lavorative estremamente precarie, con una discriminazione strutturale ancora presente e con l’assenza di un reale impegno nei confronti dei diritti umani. In questo modo, l’identità smette di essere uno spazio di resistenza per diventare un semplice marchio da cui estrarre la massima redditività possibile, svuotato del suo contenuto politico originario e autentico.

Tutto questo processo di mercificazione non è neutrale. Quando si privilegia l’integrazione simbolica nel mercato e nelle istituzioni, vengono messe da parte le realtà vissute dalle persone più vulnerabili del collettivo. La stragrande maggioranza delle persone trans continua a non avere accesso a un lavoro dignitoso. Le persone migranti LGBTIQ+ in situazione irregolare subiscono tassi aberranti di discriminazione. Migliaia di giovani vengono cacciati o fuggono dalle proprie case a causa del rifiuto delle famiglie. Le persone razzializzate continuano a essere rese invisibili dall’apparato istituzionale e associativo. Le persone con disabilità restano intrappolate in un paternalismo rigido che impedisce loro di vivere liberamente la propria realtà personale e affettiva. Le persone anziane continuano a subire il silenzio e un abbandono non desiderato e autoimposto quando raggiungono una certa età o quando si trovano in strutture residenziali che non contemplano la diversità. Tuttavia, tutte queste realtà vengono oscurate da una narrazione dominante che celebra il successo individuale, il consumo e la normalizzazione eteronormativa, nascondendo le disuguaglianze profonde che continuano a colpire il collettivo LGBTIQ+.

Dall’altro lato, l’istituzionalizzazione acritica del movimento contribuisce anch’essa a questa deriva mercantile. Quando l’agenda LGBTIQ+ si adatta ai limiti del potere politico ed economico, le rivendicazioni si attenuano o diventano innocue, e il radicalismo umanista che metteva in discussione le norme di genere, l’eterosessualità obbligatoria o la violenza strutturale si dissolve rapidamente in politiche di diversità che non modificano l’ordine esistente, creatore delle stesse disuguaglianze strutturali. In definitiva, l’inclusione viene offerta solo a condizione che non disturbi e che non metta in discussione i privilegi, le libertà individuali e il radicalismo libertario delle élite sociali, politiche ed economiche.

Inoltre, questo modello tende a omogeneizzare le esperienze del collettivo, privilegiando esclusivamente quelle identità più accettabili per il sistema. Si afferma così una forma di omonazionalismo bianco, urbano, prevalentemente maschile, cisnormativo, cosmopolita e di classe medio alta, dotato quindi di un’elevata capacità di consumo. In tal modo si costruisce una narrazione di presunta celebrazione e inclusione che non rappresenta realmente tutte le persone LGBTIQ+, ma che funziona efficacemente come vetrina di modernità per imprese, istituzioni e movimenti associativi affini al potere politico ed economico.

Per tutte queste ragioni, criticare il capitalismo LGBTIQ+ non significa negare i progressi ottenuti, ma ricordare che le origini del movimento sono profondamente politiche, umaniste e collettive. Recuperare quello spirito significa rimettere al centro le vite concrete rese invisibili dalla società, le condizioni materiali in cui cercano di sopravvivere e le voci legittimamente dissidenti che disturbano.

Senza questo sguardo critico, il rischio che l’orgoglio si trasformi in un semplice spettacolo con biglietto d’ingresso e consumazione inclusa si realizza a spese della dignità di chi continua a vivere nell’esclusione sociale e strutturale.

In definitiva, la diversità non può essere trattata come una semplice merce, né la lotta per il pieno riconoscimento di tutti i diritti intrinseci può essere ridotta a un semplice slogan.

I diritti umani non sono oggetti di consumo.

Si esercitano, si difendono e si rispettano.

Senza ulteriori discussioni.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Quand déranger a un prix

À la fin de l’année 2025, le philosophe et anthropologue Simón Cano Le Tiec a été la cible d’une vague d’insultes, d’attaques personnelles et de menaces de mort après que sa participation à une conférence tenue à Villanueva del Trabuco en octobre 2025 est devenue publique. Lors de cette intervention, il a formulé une critique du capitalisme LGBTIQ+ et de son éloignement du sens véritable de la lutte pour les droits en matière de diversité affective et sexuelle. Pourtant, au lieu de s’attacher au fond de ses arguments, de nombreuses réactions se sont concentrées sur sa tenue, son expression de genre et sa simple présence publique, révélant à quel point la diversité et la dissidence continuent d’être sanctionnées dans des démocraties qui se présentent comme pleines et avancées, y compris au sein d’espaces qui se revendiquent inclusifs ou progressistes.

Simón Cano Le Tiec, une personne de référence qui mérite d’être écoutée et dont il faut tirer des enseignements.

Ces attaques ne constituent ni un fait isolé ni un épisode anecdotique, mais le symptôme préoccupant du climat qui entoure certains débats, tant à l’intérieur qu’à l’extérieur du mouvement lui-même. Qu’une critique de la marchandisation des identités LGBTIQ+ provoque des réactions aussi violentes révèle le malaise que suscite la remise en question d’un modèle de plus en plus normalisé, qui privilégie l’acceptation institutionnelle et économique au détriment du conflit politique inhérent à la lutte contre toutes les formes de violence, de haine et de discrimination, y compris celles issues des sphères institutionnelles et associatives. L’expérience éprouvante vécue par Simón Cano Le Tiec montre ainsi que, lorsque les consensus confortables sont remis en cause, la tolérance supposée révèle rapidement l’étendue réelle de ses limites.

Ces dernières années, le mouvement LGBTIQ+ a acquis une visibilité considérable et sans précédent dans l’espace public, médiatique et institutionnel. Toutefois, cette avancée s’est également accompagnée d’un phénomène de plus en plus contesté au sein même du collectif, communément désigné sous le nom de capitalisme LGBTIQ+. Sous une apparence d’inclusion, de diversité et de progrès, de nombreuses dynamiques actuelles ont déplacé le centre de la lutte des revendications historiques vers une logique principalement économique, symbolique et fonctionnelle au système institutionnel et associatif.

À partir de cette prémisse ou de cette fausse apparence, le capitalisme LGBTIQ+ se manifeste lorsque la diversité sexuelle et de genre se transforme en un produit de consommation supplémentaire. Lorsque arrivent les dates de commémoration des conquêtes en matière de droits, on observe des drapeaux arc en ciel dans les campagnes publicitaires, des logos d’entreprises adaptés durant le mois des fiertés et des discours institutionnels et corporatifs grandiloquents sur l’inclusion coexister, sans la moindre contradiction apparente, avec des pratiques de travail extrêmement précaires, une discrimination structurelle toujours présente et l’absence d’engagements réels en faveur des droits humains. L’identité cesse alors d’être un espace de résistance pour devenir une simple marque dont il faut extraire la rentabilité maximale, dépouillée de son contenu politique originel et authentique.

L’ensemble de ce processus de marchandisation n’est pas neutre. Lorsque l’intégration symbolique dans le marché et dans les institutions est privilégiée, les réalités vécues par les personnes les plus vulnérables du collectif sont reléguées au second plan. La grande majorité des personnes trans n’a toujours pas accès à un emploi digne. Les personnes migrantes LGBTIQ+ en situation irrégulière subissent des taux de discrimination aberrants. Des milliers de jeunes sont expulsés de leur foyer ou le quittent en raison du rejet familial. Les personnes racisées continuent d’être rendues invisibles par les dispositifs institutionnels et associatifs. Les personnes en situation de handicap demeurent enfermées dans un paternalisme rigide qui les empêche de vivre librement leur réalité personnelle et affective. Les personnes âgées continuent de subir le silence et un abandon non désiré et intériorisé lorsqu’elles atteignent un certain âge ou lorsqu’elles se trouvent dans des structures d’hébergement qui ne prennent pas en compte la diversité. Pourtant, toutes ces réalités sont éclipsées par un récit dominant qui célèbre la réussite individuelle, la consommation et la normalisation hétéro normative, tout en dissimulant les profondes inégalités qui continuent de toucher le collectif LGBTIQ+.

Par ailleurs, l’institutionnalisation acritique du mouvement contribue elle aussi à cette dérive marchande. Lorsque l’agenda LGBTIQ+ s’adapte aux limites du pouvoir politique et économique, les revendications s’édulcorent ou deviennent inoffensives, et le radicalisme humaniste qui remettait en cause les normes de genre, l’hétérosexualité obligatoire ou la violence structurelle se dissout rapidement dans des politiques de diversité qui ne modifient pas l’ordre existant, producteur de ces mêmes inégalités structurelles. En définitive, l’inclusion est proposée à condition qu’elle ne dérange pas et qu’elle ne remette pas en cause les privilèges, les libertés individuelles et le radicalisme libertaire des élites sociales, politiques et économiques.

De plus, ce modèle tend à homogénéiser les expériences du collectif, en privilégiant exclusivement les identités les plus acceptables pour le système. Il en résulte une forme d’homonationalisme blanc, urbain, principalement masculin, cisnormatif, cosmopolite et de classe moyenne à supérieure, disposant donc d’un fort pouvoir d’achat. Ainsi se construit un récit de célébration et d’inclusion supposées qui ne représente pas réellement l’ensemble des personnes LGBTIQ+, mais qui fonctionne efficacement comme vitrine de modernité pour les entreprises, les institutions et les mouvements associatifs proches du pouvoir politique et économique.

Pour toutes ces raisons, critiquer le capitalisme LGBTIQ+ ne revient pas à nier les avancées obtenues, mais à rappeler que les origines du mouvement sont profondément politiques, humanistes et collectives. Retrouver cet esprit implique de replacer au centre les vies concrètes rendues invisibles par la société, les conditions matérielles dans lesquelles elles tentent de survivre et les voix légitimement dissidentes qui dérangent.

Sans ce regard critique, le risque que la fierté se transforme en un simple spectacle avec billet d’entrée et consommation incluse se concrétise au détriment de la dignité de celles et ceux qui continuent de vivre dans l’exclusion sociale et structurelle.

En définitive, la diversité ne peut être traitée comme une simple marchandise, pas plus que la lutte pour la pleine reconnaissance de tous les droits inhérents ne peut être réduite à un simple slogan.

Les droits humains ne sont pas des objets de consommation.

Ils s’exercent, se défendent et se respectent.

Sans autre débat.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Quando incomodar tem um preço

Nos últimos dias de 2025, o filósofo e antropólogo Simón Cano Le Tiec foi alvo de uma vaga de insultos, ataques pessoais e ameaças de morte após se tornar pública a sua participação numa conferência realizada em Villanueva del Trabuco, em outubro de 2025. Nessa intervenção, apresentou uma crítica ao capitalismo LGBTIQ+ e ao seu afastamento do verdadeiro sentido da luta pelos direitos no âmbito da diversidade afetiva e sexual. No entanto, em vez de se centrarem no conteúdo dos seus argumentos, muitas reações dirigiram-se à sua indumentária, à sua expressão de género e à sua mera presença pública, evidenciando até que ponto a diversidade e a dissidência continuam a ser punidas em democracias aparentemente plenas e avançadas, inclusive dentro de espaços que se autodefinem como inclusivos ou progressistas.

Simón Cano Le Tiec, uma pessoa de referência da qual vale a pena ouvir e aprender.

Estes ataques não constituem um episódio isolado nem anedótico, mas sim um sintoma preocupante do clima que envolve determinados debates, tanto dentro como fora do próprio movimento. O facto de uma crítica à mercantilização das identidades LGBTIQ+ provocar respostas tão violentas revela o incómodo que gera questionar um modelo cada vez mais normalizado, que privilegia a aceitação institucional e económica em detrimento do conflito político inerente à luta contra todas as formas de violência, ódio e discriminação, incluindo aquelas que têm origem no âmbito institucional e associativo. A experiência profundamente desagradável de Simón Cano Le Tiec demonstra, assim, que quando se desafiam consensos confortáveis, a suposta tolerância revela rapidamente até onde chegam os seus verdadeiros limites.

Nos últimos anos, o movimento LGBTIQ+ alcançou uma visibilidade enorme e sem precedentes nos espaços público, mediático e institucional. Contudo, este progresso foi também acompanhado por um fenómeno cada vez mais questionado a partir do interior do próprio coletivo, habitualmente designado como capitalismo LGBTIQ+. Sob uma aparência de inclusão, diversidade e progresso, muitas dinâmicas atuais deslocaram o centro da luta das reivindicações históricas para uma lógica predominantemente económica, simbólica e funcional ao sistema institucional e associativo.

A partir desta premissa ou falsa aparência, o capitalismo LGBTIQ+ manifesta-se quando a diversidade sexual e de género se transforma num simples produto de consumo. Quando chegam as datas de comemoração das conquistas em matéria de direitos, observam-se bandeiras arco íris em campanhas publicitárias, logótipos corporativos adaptados durante o mês do Orgulho e discursos empresariais e institucionais grandiloquentes sobre inclusão a coexistirem, sem a menor contradição aparente, com práticas laborais extremamente precárias, com a persistência da discriminação estrutural e com a ausência de compromissos reais com os direitos humanos. Desta forma, a identidade deixa de ser um espaço de resistência para se tornar uma simples marca da qual se procura extrair a máxima rentabilidade possível, esvaziada do seu conteúdo político originário e autêntico.

Todo este processo de mercantilização não é neutro. Quando se privilegia a integração simbólica no mercado e nas instituições, são relegadas para segundo plano as realidades vividas pelas pessoas mais vulneráveis do coletivo. A grande maioria das pessoas trans continua sem acesso a um emprego digno. As pessoas migrantes LGBTIQ+ em situação irregular enfrentam taxas aberrantes de discriminação. Milhares de jovens são expulsos ou fogem das suas casas devido à rejeição das suas famílias. As pessoas racializadas continuam a ser tornadas invisíveis pelo aparelho institucional e associativo. As pessoas com deficiência permanecem confinadas a um paternalismo rígido que lhes impede viver livremente a sua realidade pessoal e afetiva. As pessoas idosas continuam a sofrer o silêncio e um abandono não desejado e autoimposto quando atingem uma certa idade ou quando se encontram em estruturas residenciais que não contemplam a diversidade. No entanto, todas estas realidades são ofuscadas por uma narrativa dominante que celebra o sucesso individual, o consumo e a normalização heteronormativa, ocultando as profundas desigualdades que continuam a afetar o coletivo LGBTIQ+.

Por outro lado, a institucionalização acrítica do movimento contribui igualmente para esta deriva mercantilista. Quando a agenda LGBTIQ+ se adapta aos limites do poder político e económico, as reivindicações são suavizadas ou tornadas inofensivas, e o radicalismo humanista que questionava as normas de género, a heterossexualidade obrigatória ou a violência estrutural dissolve-se rapidamente em políticas de diversidade que não alteram a ordem existente, responsável por essas mesmas desigualdades estruturais. Em suma, a inclusão é oferecida apenas na medida em que não incomoda e não põe em causa os privilégios, as liberdades individuais e o radicalismo libertário das elites sociais, políticas e económicas.

Além disso, este modelo tende a homogeneizar as experiências do coletivo, privilegiando exclusivamente as identidades mais aceitáveis para o sistema. Afirma-se assim uma forma de homonacionalismo branco, urbano, predominantemente masculino, cisnormativo, cosmopolita e de classe média alta, dotado portanto de elevada capacidade de consumo. Desta forma, constrói-se uma narrativa de suposta celebração e inclusão que não representa verdadeiramente todas as pessoas LGBTIQ+, mas que funciona eficazmente como uma montra de modernidade para empresas, instituições e movimentos associativos alinhados com o poder político e económico.

Por todas estas razões, criticar o capitalismo LGBTIQ+ não significa negar os progressos alcançados, mas recordar que as origens do movimento são profundamente políticas, humanistas e coletivas. Recuperar esse espírito implica voltar a colocar no centro as vidas concretas tornadas invisíveis pela sociedade, as condições materiais em que tentam sobreviver e as vozes legitimamente dissidentes que incomodam.

Sem este olhar crítico, o risco de o orgulho se transformar num mero espetáculo com bilhete de entrada e consumação incluída concretiza-se à custa da dignidade de quem continua a viver na exclusão social e estrutural.

Em última análise, a diversidade não pode ser tratada como uma simples mercadoria, nem a luta pelo reconhecimento pleno de todos os direitos inerentes pode ser reduzida a um simples slogan.

Os direitos humanos não são objetos de consumo.

Exercem-se, defendem-se e respeitam-se.

Sem mais debate.

Feliz Año Nuevo 2026

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Que el nuevo año nos encuentre con la dignidad intacta y la conciencia despierta. Que nunca olvidemos que los derechos humanos no se conceden, se respetan; que la libertad se defiende cada día; que la igualdad no admite matices; y que la justicia solo es real cuando alcanza a todas las personas, sin excepción.

Que sepamos cuidar aquello que pertenece a todo el mundo sin ser de nadie, que protejamos a quienes más lo necesitan y que nunca normalicemos la injusticia, la exclusión, el miedo y el odio.

Pero por encima de todo, que este año que comienza nos traiga felicidad, paz, amor y suerte.

Un abrazo y mucha luz.

✨🫂💫

(Nebulosa NGC 6164/6165) 

🇬🇧 ENGLISH 🇺🇸
Happy New Year 2026

May the new year find us with our dignity intact and our conscience awake. May we never forget that human rights are not granted but respected; that freedom must be defended every day; that equality allows no qualifications; and that justice is only real when it reaches everyone, without exception.

May we know how to care for what belongs to everyone without belonging to anyone, may we protect those who need it most, and may we never normalise injustice, exclusion, fear or hatred.

Above all, may this new year bring us happiness, peace, love and good fortune.

A warm embrace and much light.

✨🫂💫

(Nebula NGC 6164/6165) 

🇮🇹 ITALIANO 🇸🇲
Felice Anno Nuovo 2026

Che il nuovo anno ci trovi con la dignità intatta e la coscienza vigile. Che non dimentichiamo mai che i diritti umani non si concedono, si rispettano; che la libertà si difende ogni giorno; che l’uguaglianza non ammette sfumature; e che la giustizia è reale solo quando raggiunge tutte le persone, senza eccezioni.

Che sappiamo prenderci cura di ciò che appartiene a tutti senza appartenere a nessuno, che proteggiamo chi ne ha più bisogno e che non normalizziamo mai l’ingiustizia, l’esclusione, la paura e l’odio.

Soprattutto, che questo nuovo anno ci porti felicità, pace, amore e fortuna.

Un abbraccio e tanta luce.

✨🫂💫

(Nebulosa NGC 6164/6165) 

🇫🇷 FRANÇAIS 🇨🇩
Bon Année 2026

Que la nouvelle année nous trouve avec notre dignité intacte et la conscience éveillée. N’oublions jamais que les droits humains ne se concèdent pas, ils se respectent ; que la liberté se défend chaque jour ; que l’égalité ne souffre aucun compromis ; et que la justice n’est réelle que lorsqu’elle atteint toutes les personnes, sans exception.

Sachons prendre soin de ce qui appartient à tout le monde sans appartenir à personne, protégeons celles et ceux qui en ont le plus besoin, et ne banalisons jamais l’injustice, l’exclusion, la peur et la haine.

Par-dessus tout, que cette nouvelle année nous apporte bonheur, paix, amour et chance.

Une chaleureuse étreinte et beaucoup de lumière.

✨🫂💫

(Nébeleuse NGC 6164/6165) 

🇵🇹 PORTUGUÊS 🇧🇷
Feliz Ano Novo 2026

Que o novo ano nos encontre com a dignidade intacta e a consciência desperta. Que nunca nos esqueçamos de que os direitos humanos não se concedem, respeitam-se; que a liberdade se defende todos os dias; que a igualdade não admite nuances; e que a justiça só é real quando chega a todas as pessoas, sem exceção.

Que saibamos cuidar daquilo que pertence a todos sem ser de ninguém, que protejamos quem mais precisa e que nunca normalizemos a injustiça, a exclusão, o medo e o ódio.

Acima de tudo, que este novo ano nos traga felicidade, paz, amor e sorte.

Um abraço e muita luz.

✨🫂💫

(Nebulosa NGC 6164/6165)