La meta y el punto de partida

Han pasado ya cincuenta años desde la muerte del dictador genocida Francisco Franco y, aun así, España sigue caminando con una mochila que pesa más de lo que a veces queremos reconocer. Puede que el tiempo haya suavizado los recuerdos de quienes vivieron la dictadura en primera persona, pero no ha borrado ni una sola de las heridas que dejó. Algunas siguen abiertas. Otras, aunque cerraron, lo hicieron a la fuerza, sin limpieza, sin palabra y sin justicia. Y eso siempre, siempre, vuelve.

Hablar de Franco y de su dictadura genocida no es remover el pasado porque sí. No es nostalgia del dolor ni ganas de pelear con fantasmas. Es, sencillamente, un acto de responsabilidad democrática. No se puede construir un país sólido sobre cimientos llenos de silencios impuestos, de desapariciones jamás resueltas y de familias que aún esperan que alguien les diga dónde están sus muertos. El tiempo no cura lo que no se reconoce, solo lo esconde. Y lo escondido, ya lo sabemos, tarde o temprano, siempre regresa.

Por eso, cincuenta años después, lo mínimo que podemos hacer es rendir homenaje a quienes sufrieron la represión, la cárcel, el exilio, la tortura, la humillación y la muerte. Personas que nunca fueron heroínas por elección, sino por obligación. Gente corriente, como cualquiera de nosotros, a quienes se les arrancó la vida, la voz o la dignidad. Mujeres que lucharon como pudieron en un país que les negó todo. Hombres que desaparecieron para siempre en fosas que aún siguen sin abrir. Hijos y nietos que heredaron un vacío que nadie ha sabido llenar. A todas las víctimas del franquismo, a las visibles y a las borradas, les debemos memoria, respeto y verdad. Les debemos, sobre todo, que la democracia no sea una palabra hueca.

Porque sí, no podemos negarlo, tenemos un problema muy serio. Los vestigios del franquismo siguen ahí, no se han ido a ninguna parte. No están escondidos en un museo ni en un libro de historia. Están en las calles que aún conservan nombres de represores, en las instituciones que todavía arrastran inercias autoritarias, en los comentarios que se deslizan como quien no quiere la cosa cuando alguien dice eso de que con Franco “no había tantos líos”. Y lo peor es que también están en la mirada perdida de muchos jóvenes que no vivieron nada de aquello, pero a quienes algunos sectores les venden una versión edulcorada de la dictadura. Una versión que nunca existió. Una mentira extremadamente peligrosa. 

Porque esa nostalgia falsa, esa especie de romanticismo torpe por los tiempos del franquismo, está creciendo entre adolescentes que no conocen la historia y que, sin saberlo, están coqueteando con ideas que atacan directamente a su propia libertad. Les atrae esa estética de fuerza, de orden y de supuesta claridad. Les seduce la simplificación de un mundo que es cada vez más complejo y contradictorio. Y ahí se cuelan los movimientos de ultraderecha, los que prometen soluciones rápidas, culpables fáciles y un pasado glorioso que jamás existió. No son nostalgias inocentes para gente incrédula. Estamos ante riesgos reales para la democracia.

La democracia no se defiende sola, no basta con votar cada cuatro años. La democracia se defiende recordando lo mucho que costó conseguirla. Se defiende escuchando a quienes todavía tiemblan al recordar las redadas, las palizas y las amenazas. Se defiende enseñando historia con rigor, sin maquillajes, sin prisas y sin medias tintas. Se defiende sacando a la luz lo que se quiso enterrar para siempre. Y se defiende mirando a los jóvenes a los ojos y diciéndoles la verdad, diciéndoles que las libertades que hoy disfrutan, y que a veces dan por sentadas, fueron un regalo ganado con sangre, con miedo y con coraje. Y que esas mismas libertades, que tanto sufrimiento costó conquistar, pueden perderse si no las cuidan.

Cincuenta años después, España sigue teniendo una tarea pendiente. No es un capricho ideológico, sino un deber democrático. La memoria no divide, lo que sí divide es la mentira. La memoria no es revancha, pero sí lo es negar a las víctimas. La memoria no es mirar atrás con rabia, sino avanzar hacia adelante con justicia, verdad, reparación y garantías de no repetición. 

Ante esta situación, toca preguntarnos qué país queremos ser. Tenemos que elegir entre un modelo de país que olvida para no incomodarse, o uno que recuerda para no repetir nunca más el horror de la guerra y de la atroz dictadura que vino después. Tenemos que aspirar a ser un país que educa desde el pensamiento crítico, la empatía y la convivencia, no un país que normaliza los discursos que justifican la violencia y el odio. No podemos permitirnos ser un país que mira para otro lado mientras la ultraderecha se apropia del dolor ajeno para convertirlo en burda propaganda. Tenemos que ser un país que se planta, que se rebela ante las sombras de un pasado atroz que reivindican quienes se beneficiaron de él y que miran frente a frente a quienes odian y les dicen “Hasta aquí”. 

Este 50º aniversario no es solo una fecha, también es una oportunidad. Una oportunidad para mirar de frente a nuestra historia, para honrar a las víctimas de la dictadura genocida de Franco, para exigir verdad y justicia, y para proteger una democracia que, aunque sea imperfecta, es el mejor camino que tenemos para vivir caminando sin miedo como sociedad diversa y plural.

Porque recordar no es quedarse atrapado en la oscuridad del pasado. 

Recordar es elegir un futuro de libertad con los ojos abiertos.

Que nunca se nos olvide, la memoria no es un peso.

La memoria es la mejor brújula.

La democracia es la meta.

Y el punto de partida.

Cuando los Derechos Humanos se hacen carne

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Hay temas que, aunque así lo parezca, no pueden resultarnos ni ajenos ni lejanos. Y tampoco son únicamente meras estadísticas ni teorías. Cuando hablamos de violencia de género, de drogodependencia, de menores o mayores en riesgo, de cooperación internacional o de desarrollo local, estamos hablando de personas que sufren y que muchas veces nadie escucha. Porque detrás de cada caso hay una historia de miedo, dolor y desesperanza, pero también la posibilidad de intervención, de protección y de justicia.

Normalmente, pensamos que todos estos problemas van por separado, pero, muchas veces, cuando miramos la vida real, descubrimos que se encuentran entrelazados. Una mujer que sufre violencia puede también estar atrapada en la pobreza, en la precariedad laboral o en un entorno donde las drogas son una salida, aunque dolorosa. Un menor que consume no lo hace por rebeldía, lo hace porque la vida que le ha tocado es dura y no ha encontrado otras maneras de sobrevivir o de evadirse de un entorno familiar dañino. Una persona mayor en una residencia puede sufrir negligencia, abandono o maltrato y nadie se da cuenta hasta que es demasiado tarde. Y un barrio que se degrada no es solo un problema urbanístico, es un problema de derechos humanos que debe tratarse a nivel local. 

En todos los países que, al menos nominalmente, son considerados democracias avanzadas existen leyes, recursos y profesionales formados, pero aún vemos enormes fallos estructurales. El primero de ellos, quizá el más importante de todos, es la invisibilidad del sufrimiento. Muchos casos no llegan a los tribunales porque la víctima tiene miedo, porque no tiene a quién acudir, porque no hay nadie que la asesore o porque la sociedad ha normalizado esa forma de violencia o discriminación. El segundo de los problemas es que las respuestas del sistema suelen ser únicamente reactivas, es decir, cuando el daño ya está hecho, en lugar de preventivas. Tercero, la fragmentación institucional hace que servicios sociales, sanidad, policía, juzgados y ONG trabajen en paralelo, sin coordinación suficiente. Y por último, existe una peligrosa normalización del sufrimiento ajeno, como si fuera algo inevitable, como si estas cosas “pasaran” y ya está.

En las últimas décadas, hemos sido testigos de situaciones dramáticas en contextos de guerra, persecución o desplazamiento. Pero si miramos de cerca, vemos patrones muy similares en nuestras ciudades y en nuestros barrios. Conocemos de cerca la existencia de desigualdades estructurales, la lucha de colectivos invisibles, la falta de un enfoque integral de atención, así como de evaluación real del impacto humano de las políticas públicas. Así que la diferencia no es el problema. Es decir, el problema real no es carácter diferente de quienes tenemos a nuestro lado, sino nuestra capacidad de dar una respuesta ante esas desigualdades que sufren aquellas personas por la simple razón de tener una característica diferenciadora.

Por eso es urgente tratar todos estos temas desde una óptica conjunta, pero sin perder de vista el hecho diferenciador que afecta a cada caso concreto. Porque un enfoque aislado nunca será suficiente si no se ponen en juego instrumentos de solución transversales pero también instrumentos específicos adaptados a las necesidades concretas. Por eso, hablar de drogodependencia sin hablar de trauma es quedarse cortos; hablar de violencia de género sin hablar de precariedad es incompleto; hablar de diversidad sin reforzar los sistemas educativos es hipócrita; hablar de negligencias en personas mayores sin hablar de estructuras sanitarias es superficial; hablar de migración irregular sin tener en cuenta los fenómenos que la producen es demagógico; y hablar de desarrollo local sin hablar de la comunidad es hablar solo de urbanismo, nunca de personas. Los derechos humanos son un “todo” indivisible, no se pueden fragmentar, porque todos ellos nacen de una misma fuente. Y esa fuente no es otra que la dignidad humana inviolable e inherente a toda persona. 

Nos urge desmontar mitos, conocer la realidad y aprender herramientas de actuación inmediata para dar una respuesta real y efectiva ante claras vulneraciones de derechos. Si conocemos la teoría, es hora de hablar de acción, de intervención, de prevención, de lo que se puede hacer hoy, aquí, para proteger, acompañar y cambiar la vida de quienes están sufriendo.

Hemos de ser capaces de actuar con sensibilidad, con mirada crítica y con herramientas reales para actuar, para hacer que la justicia deje de ser un concepto abstracto y se convierta en experiencia de vida. Porque detrás de cada ley, de cada protocolo, de cada recurso, hay personas que necesitan ser escuchadas, comprendidas y protegidas.

Prestemos atención, abramos los ojos, pero, sobre todo, abramos el corazón. Tenemos una responsabilidad compartida como sociedad. Porque los derechos humanos no son un lujo, no son un adorno. Los derechos humanos son el hilo que mantiene nuestra sociedad unida, y cada vez que fallamos, alguien sufre. Pero cada vez que actuamos, aunque sea con un gesto pequeño, alguien recupera la esperanza.

Quedémonos con esta idea: la justicia, la protección y la dignidad no pueden ser palabras vacías. Hay personas que esperan que hagamos algo porque ellas ya no pueden. Y nuestra obligación es no mirar hacia otro lado, sino actuar, acompañar y proteger. 

Cada historia importa, cada vida importa, y cada acción nuestra puede marcar la diferencia. 

Seamos la chispa que encienda el cambio, esa pequeña llama capaz de transformar el sufrimiento en esperanza.

Esa chispa que cambie todo.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
When Human Rights Become Flesh

There are issues that, as it may seem, cannot feel distant or alien to us. Nor are they merely statistics or theories. When we talk about gender-based violence, drug dependency, children or older people at risk, international cooperation, or local development, we are talking about people who suffer and who are often unheard. Behind each case, there is a story of fear, pain, and despair, but also the possibility of intervention, protection, and justice.

We usually think of these problems as separate, yet often, when we look at real life, we discover they are intertwined. A woman who suffers violence may also be trapped in poverty, precarious work, or an environment where drugs seem like an escape, however painful. A child who uses drugs does not do so out of rebellion; they do it because the life they have been given is harsh and they have found no other way to survive or escape a harmful family environment. An older person in a care home may experience neglect, abandonment, or abuse, and no one notices until it is too late. And a neighbourhood that deteriorates is not just an urban planning problem; it is a human rights issue that must be addressed locally.

In all countries that, at least nominally, are considered advanced democracies, there are laws, resources, and trained professionals, yet we still see enormous structural failures. The first, perhaps the most important, is the invisibility of suffering. Many cases never reach the courts because the victim is afraid, has no one to turn to, has no one to advise them, or because society has normalised that form of violence or discrimination. The second problem is that the system’s responses tend to be purely reactive, that is, when the harm has already occurred, rather than preventative. Third, institutional fragmentation means that social services, healthcare, the police, courts, and NGOs operate in parallel, without sufficient coordination. Finally, there is a dangerous normalisation of the suffering of others, as if it were inevitable, as if these things just “happen” and that is all.

In recent decades, we have witnessed dramatic situations in contexts of war, persecution, or displacement. Yet if we look closely, we see very similar patterns in our cities and our neighbourhoods. We are well aware of structural inequalities, the struggles of invisible groups, the lack of an integrated approach to care, as well as the absence of a real assessment of the human impact of public policies. So the difference is not the problem. The real problem is not the different character of those around us, but our capacity to respond to the inequalities suffered by people simply because they possess a distinguishing characteristic.

It is therefore urgent to address all these issues from a comprehensive perspective, without losing sight of the differentiating factor that affects each individual case. An isolated approach will never suffice unless transversal solutions are implemented, alongside specific instruments adapted to concrete needs. Speaking of drug dependency without addressing trauma falls short; speaking of gender-based violence without considering precariousness is incomplete; speaking of diversity without strengthening educational systems is hypocritical; speaking of neglect of older people without addressing healthcare structures is superficial; speaking of irregular migration without taking into account the forces that produce it is demagogic; and speaking of local development without considering the community is speaking only of urban planning, never of people. Human rights form an indivisible whole; they cannot be fragmented because they all stem from the same source. And that source is none other than the inviolable human dignity inherent to every person.

We urgently need to dismantle myths, understand reality, and acquire tools for immediate action in order to provide a real and effective response to clear violations of rights. If we know the theory, it is time to focus on action, intervention, prevention, and what can be done today, here, to protect, support, and transform the lives of those who are suffering.

We must be capable of acting with sensitivity, with a critical eye, and with practical tools for action, so that justice ceases to be an abstract concept and becomes a lived experience. Behind every law, every protocol, and every resource, there are people who need to be heard, understood, and protected.

Let us pay attention, open our eyes, but above all, open our hearts. We have a shared responsibility as a society. Human rights are not a luxury, they are not an ornament. Human rights are the thread that holds our society together, and every time we fail, someone suffers. But every time we act, even with a small gesture, someone regains hope.

Let us hold on to this idea: justice, protection, and dignity cannot be empty words. There are people waiting for us to act because they can no longer do so themselves. And it is our duty not to look away, but to act, support, and protect.

Every story matters, every life matters, and every action we take can make a difference.

Let us be the spark that ignites change, that small flame capable of transforming suffering into hope.

That spark that changes everything.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Quando i Diritti Umani Diventano Carne

Ci sono questioni che, per quanto possa sembrare, non possono apparirci distanti o estranee. E non sono nemmeno semplici statistiche o teorie. Quando parliamo di violenza di genere, dipendenza da sostanze, minori o anziani a rischio, cooperazione internazionale o sviluppo locale, parliamo di persone che soffrono e che spesso non vengono ascoltate. Dietro ogni caso c’è una storia di paura, dolore e disperazione, ma anche la possibilità di intervento, protezione e giustizia.

Di solito pensiamo che questi problemi siano separati, eppure spesso, osservando la vita reale, scopriamo che sono intrecciati. Una donna che subisce violenza può essere anche intrappolata nella povertà, nella precarietà lavorativa o in un contesto in cui la droga appare come una via di fuga, seppur dolorosa. Un minore che fa uso di sostanze non lo fa per ribellione; lo fa perché la vita che gli è toccata è dura e non ha trovato altri modi per sopravvivere o sfuggire a un ambiente familiare dannoso. Una persona anziana in una casa di riposo può subire negligenza, abbandono o maltrattamenti e nessuno se ne accorge fino a quando non è troppo tardi. E un quartiere che si degrada non è solo un problema urbanistico; è una questione di diritti umani che deve essere affrontata a livello locale.

In tutti i paesi che, almeno nominalmente, sono considerati democrazie avanzate, esistono leggi, risorse e professionisti formati, eppure assistiamo ancora a enormi fallimenti strutturali. Il primo di essi, forse il più importante, è l’invisibilità della sofferenza. Molti casi non arrivano mai in tribunale perché la vittima ha paura, non ha a chi rivolgersi, non ha nessuno che la consigli o perché la società ha normalizzato quella forma di violenza o discriminazione. Il secondo problema è che le risposte del sistema tendono a essere puramente reattive, cioè quando il danno è già avvenuto, invece che preventive. Terzo, la frammentazione istituzionale fa sì che i servizi sociali, la sanità, la polizia, i tribunali e le ONG operino in parallelo, senza coordinazione sufficiente. Infine, esiste una pericolosa normalizzazione della sofferenza altrui, come se fosse inevitabile, come se queste cose “succedessero” e basta.

Negli ultimi decenni siamo stati testimoni di situazioni drammatiche in contesti di guerra, persecuzione o spostamento forzato. Eppure, se guardiamo da vicino, vediamo schemi molto simili nelle nostre città e nei nostri quartieri. Siamo consapevoli delle disuguaglianze strutturali, delle lotte dei gruppi invisibili, della mancanza di un approccio integrato all’assistenza e della carenza di una valutazione reale dell’impatto umano delle politiche pubbliche. La differenza non è il problema. Il problema reale non è il carattere diverso di chi ci sta accanto, ma la nostra capacità di rispondere alle disuguaglianze che le persone subiscono semplicemente perché possiedono una caratteristica differenziante.

È quindi urgente affrontare tutte queste questioni con una prospettiva complessiva, senza perdere di vista il fattore distintivo che riguarda ciascun caso concreto. Un approccio isolato non sarà mai sufficiente se non si mettono in campo soluzioni trasversali, insieme a strumenti specifici adattati ai bisogni concreti. Parlare di dipendenza da sostanze senza considerare il trauma è insufficiente; parlare di violenza di genere senza considerare la precarietà è incompleto; parlare di diversità senza rafforzare i sistemi educativi è ipocrita; parlare di negligenza verso gli anziani senza affrontare le strutture sanitarie è superficiale; parlare di migrazione irregolare senza considerare i fenomeni che la producono è demagogico; e parlare di sviluppo locale senza considerare la comunità significa parlare solo di urbanistica, mai di persone. I diritti umani formano un insieme indivisibile; non possono essere frammentati perché nascono tutti dalla stessa fonte. E quella fonte non è altro che la dignità umana inviolabile e inerente a ogni persona.

È urgente smontare miti, conoscere la realtà e apprendere strumenti per un intervento immediato, in modo da offrire una risposta reale ed efficace alle evidenti violazioni dei diritti. Se conosciamo la teoria, è ora di concentrarci sull’azione, sull’intervento, sulla prevenzione e su ciò che si può fare oggi, qui, per proteggere, accompagnare e trasformare la vita di chi sta soffrendo.

Dobbiamo essere capaci di agire con sensibilità, con uno sguardo critico e con strumenti concreti per agire, affinché la giustizia cessi di essere un concetto astratto e diventi un’esperienza vissuta. Dietro ogni legge, ogni protocollo e ogni risorsa ci sono persone che devono essere ascoltate, comprese e protette.

Prestiamo attenzione, apriamo gli occhi, ma soprattutto apriamo il cuore. Abbiamo una responsabilità condivisa come società. I diritti umani non sono un lusso, non sono un ornamento. I diritti umani sono il filo che tiene unita la nostra società, e ogni volta che falliamo, qualcuno soffre. Ma ogni volta che agiamo, anche con un piccolo gesto, qualcuno ritrova la speranza.

Conserviamo questa idea: la giustizia, la protezione e la dignità non possono essere parole vuote. Ci sono persone che aspettano che facciamo qualcosa perché non possono più farlo da sole. E nostro dovere è non distogliere lo sguardo, ma agire, accompagnare e proteggere.

Ogni storia conta, ogni vita conta, e ogni nostra azione può fare la differenza.

Siamo la scintilla che accende il cambiamento, quella piccola fiamma capace di trasformare la sofferenza in speranza.

Quella scintilla che può cambiare tutto.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Quand les Droits Humains Prennent Chair

Il existe des sujets qui, malgré les apparences, ne peuvent nous sembler ni lointains ni étrangers. Et ils ne se résument pas à de simples statistiques ou théories. Lorsque nous parlons de violence faite aux femmes, de dépendance aux drogues, d’enfants ou de personnes âgées en danger, de coopération internationale ou de développement local, nous parlons de personnes qui souffrent et qui sont souvent ignorées. Derrière chaque cas se cache une histoire de peur, de douleur et de désespoir, mais aussi la possibilité d’intervention, de protection et de justice.

Nous avons tendance à penser que tous ces problèmes sont séparés, pourtant souvent, lorsque l’on observe la vie réelle, nous découvrons qu’ils sont interconnectés. Une femme victime de violence peut également être piégée dans la pauvreté, dans la précarité professionnelle ou dans un environnement où la drogue apparaît comme une issue, bien que douloureuse. Un enfant qui consomme des substances ne le fait pas par rébellion ; il le fait parce que la vie qu’il a reçue est dure et qu’il n’a trouvé aucun autre moyen de survivre ou d’échapper à un environnement familial nocif. Une personne âgée dans un établissement peut subir négligence, abandon ou maltraitance et personne ne s’en rend compte avant qu’il ne soit trop tard. Et un quartier qui se dégrade n’est pas seulement un problème d’urbanisme ; c’est une question de droits humains qui doit être traitée au niveau local.

Dans tous les pays qui, au moins nominalement, sont considérés comme des démocraties avancées, il existe des lois, des ressources et des professionnels formés, et pourtant nous constatons encore d’énormes défaillances structurelles. La première, peut-être la plus importante, est l’invisibilité de la souffrance. De nombreux cas n’atteignent jamais les tribunaux parce que la victime a peur, parce qu’elle n’a personne vers qui se tourner, parce qu’il n’y a personne pour la conseiller ou parce que la société a normalisé cette forme de violence ou de discrimination. Le deuxième problème est que les réponses du système ont tendance à être purement réactives, c’est-à-dire lorsque le mal est déjà fait, plutôt que préventives. Troisièmement, la fragmentation institutionnelle fait que les services sociaux, la santé, la police, les tribunaux et les ONG fonctionnent en parallèle, sans coordination suffisante. Enfin, il existe une dangereuse normalisation de la souffrance d’autrui, comme si elle était inévitable, comme si ces choses « arrivaient » et basta.

Au cours des dernières décennies, nous avons été témoins de situations dramatiques dans des contextes de guerre, de persécution ou de déplacement. Pourtant, si l’on regarde de près, nous constatons des schémas très similaires dans nos villes et nos quartiers. Nous connaissons de près l’existence d’inégalités structurelles, le combat des groupes invisibles, le manque d’une approche intégrée de la prise en charge, ainsi que l’absence d’évaluation réelle de l’impact humain des politiques publiques. La différence n’est donc pas le problème. Le problème réel n’est pas le caractère différent de ceux qui nous entourent, mais notre capacité à répondre aux inégalités que subissent ces personnes simplement parce qu’elles possèdent une caractéristique distinctive.

Il est donc urgent de traiter toutes ces questions avec une perspective globale, sans perdre de vue le facteur distinctif qui affecte chaque cas concret. Une approche isolée ne suffira jamais si l’on ne met pas en place des solutions transversales, ainsi que des instruments spécifiques adaptés aux besoins concrets. Parler de dépendance sans aborder le traumatisme est insuffisant ; parler de violence faite aux femmes sans évoquer la précarité est incomplet ; parler de diversité sans renforcer les systèmes éducatifs est hypocrite ; parler de négligence envers les personnes âgées sans traiter des structures de santé est superficiel ; parler de migration irrégulière sans prendre en compte les phénomènes qui la produisent est démagogique ; et parler de développement local sans considérer la communauté revient à ne parler que d’urbanisme, jamais de personnes. Les droits humains constituent un tout indivisible ; ils ne peuvent être fragmentés car ils naissent tous de la même source. Et cette source n’est autre que la dignité humaine, inviolable et inhérente à chaque personne.

Nous devons impérativement déconstruire les mythes, connaître la réalité et acquérir des outils pour agir immédiatement afin de fournir une réponse réelle et efficace face aux violations manifestes des droits. Si nous connaissons la théorie, il est temps de passer à l’action, à l’intervention, à la prévention et à ce que nous pouvons faire aujourd’hui, ici, pour protéger, accompagner et transformer la vie de ceux qui souffrent.

Nous devons être capables d’agir avec sensibilité, avec un regard critique et avec des outils concrets pour que la justice cesse d’être un concept abstrait et devienne une expérience vécue. Derrière chaque loi, chaque protocole et chaque ressource, il y a des personnes qui ont besoin d’être écoutées, comprises et protégées.

Portons attention, ouvrons les yeux, mais surtout ouvrons le cœur. Nous avons une responsabilité partagée en tant que société. Les droits humains ne sont pas un luxe, ils ne sont pas un ornement. Les droits humains sont le fil qui maintient notre société unie, et chaque fois que nous échouons, quelqu’un souffre. Mais chaque fois que nous agissons, même par un petit geste, quelqu’un retrouve l’espoir.

Retenons cette idée : la justice, la protection et la dignité ne peuvent être des mots vides. Il y a des personnes qui attendent que nous agissions car elles ne peuvent plus agir elles-mêmes. Et notre devoir n’est pas de détourner le regard, mais d’agir, d’accompagner et de protéger.

Chaque histoire compte, chaque vie compte, et chaque action de notre part peut faire la différence.

Soyons l’étincelle qui déclenche le changement, cette petite flamme capable de transformer la souffrance en espoir.

Cette étincelle qui peut tout changer.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Quando os Direitos Humanos Se Tornam Carne

Existem assuntos que, por mais que pareça, não podem nos parecer distantes ou alheios. E eles não são apenas estatísticas ou teorias. Quando falamos de violência de género, dependência de drogas, crianças ou idosos em risco, cooperação internacional ou desenvolvimento local, estamos a falar de pessoas que sofrem e que muitas vezes não são ouvidas. Por trás de cada caso, existe uma história de medo, dor e desespero, mas também a possibilidade de intervenção, de proteção e de justiça.

Normalmente pensamos que todos estes problemas são separados, mas muitas vezes, ao olharmos para a vida real, descobrimos que estão interligados. Uma mulher que sofre violência pode também estar presa na pobreza, na precariedade laboral ou num ambiente onde as drogas parecem ser uma saída, embora dolorosa. Uma criança que consome drogas não o faz por rebeldia; faz-o porque a vida que lhe tocou é dura e não encontrou outras formas de sobreviver ou de escapar de um ambiente familiar prejudicial. Uma pessoa idosa numa residência pode sofrer negligência, abandono ou maus-tratos e ninguém se apercebe até que seja tarde demais. E um bairro que se degrada não é apenas um problema urbanístico; é uma questão de direitos humanos que deve ser tratada a nível local.

Em todos os países que, pelo menos nominalmente, são considerados democracias avançadas, existem leis, recursos e profissionais formados, mas ainda observamos enormes falhas estruturais. A primeira, talvez a mais importante, é a invisibilidade do sofrimento. Muitos casos nunca chegam aos tribunais porque a vítima tem medo, porque não tem a quem recorrer, porque não há ninguém para a aconselhar ou porque a sociedade normalizou essa forma de violência ou discriminação. O segundo problema é que as respostas do sistema tendem a ser puramente reativas, ou seja, quando o dano já ocorreu, em vez de preventivas. Terceiro, a fragmentação institucional faz com que os serviços sociais, a saúde, a polícia, os tribunais e as ONG funcionem em paralelo, sem coordenação suficiente. Por último, existe uma perigosa normalização do sofrimento alheio, como se fosse algo inevitável, como se estas coisas simplesmente “acontecessem” e pronto.

Nas últimas décadas, temos sido testemunhas de situações dramáticas em contextos de guerra, perseguição ou deslocamento. No entanto, se olharmos de perto, vemos padrões muito semelhantes nas nossas cidades e bairros. Conhecemos de perto a existência de desigualdades estruturais, a luta de grupos invisíveis, a falta de uma abordagem integral do cuidado, assim como a ausência de uma avaliação real do impacto humano das políticas públicas. A diferença não é o problema. O problema real não é o carácter diferente de quem nos rodeia, mas a nossa capacidade de responder às desigualdades que essas pessoas sofrem simplesmente por possuírem uma característica diferenciadora.

É urgente, portanto, tratar todas estas questões com uma perspetiva conjunta, sem perder de vista o fator diferenciador que afeta cada caso concreto. Uma abordagem isolada nunca será suficiente se não forem implementadas soluções transversais, juntamente com instrumentos específicos adaptados às necessidades concretas. Falar de dependência de drogas sem abordar o trauma é insuficiente; falar de violência de género sem abordar a precariedade é incompleto; falar de diversidade sem reforçar os sistemas educativos é hipócrita; falar de negligência em relação aos idosos sem abordar as estruturas de saúde é superficial; falar de migração irregular sem ter em conta os fenómenos que a produzem é demagógico; e falar de desenvolvimento local sem considerar a comunidade é falar apenas de urbanismo, nunca de pessoas. Os direitos humanos formam um todo indivisível; não podem ser fragmentados porque todos eles têm a mesma origem. E essa origem não é outra senão a dignidade humana inviolável e inerente a cada pessoa.

É urgente desmontar mitos, conhecer a realidade e aprender ferramentas para uma intervenção imediata, de forma a oferecer uma resposta real e eficaz perante claras violações de direitos. Se conhecemos a teoria, é hora de passar à ação, à intervenção, à prevenção e ao que se pode fazer hoje, aqui, para proteger, acompanhar e transformar a vida de quem está a sofrer.

Devemos ser capazes de agir com sensibilidade, com olhar crítico e com ferramentas concretas, para que a justiça deixe de ser um conceito abstrato e se torne uma experiência vivida. Por detrás de cada lei, cada protocolo e cada recurso, existem pessoas que precisam de ser ouvidas, compreendidas e protegidas.

Prestemos atenção, abramos os olhos, mas, acima de tudo, abramos o coração. Temos uma responsabilidade partilhada enquanto sociedade. Os direitos humanos não são um luxo, não são um adorno. Os direitos humanos são o fio que mantém a nossa sociedade unida, e cada vez que falhamos, alguém sofre. Mas cada vez que agimos, mesmo com um gesto pequeno, alguém recupera a esperança.

Fiquemos com esta ideia: a justiça, a proteção e a dignidade não podem ser palavras vazias. Há pessoas que esperam que façamos algo porque já não podem agir por si mesmas. E o nosso dever é não desviar o olhar, mas agir, acompanhar e proteger.

Cada história importa, cada vida importa, e cada ação nossa pode fazer a diferença.

Sejamos a centelha que acende a mudança, aquela pequena chama capaz de transformar o sofrimento em esperança.

Essa centelha que pode mudar tudo.

Tu historia importa

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Hay días a lo largo de nuestra vida que siempre recordamos por ser especialmente alegres, porque celebramos un acontecimiento bonito o simplemente porque nos recuerdan algo que nos hace sonreír y ser felices. Pero luego hay otros días que son muy diferentes, días que nos hacen detenernos, mirar cara a cara al dolor y, sobre todo, recordar a quienes ya no están, a quienes han sufrido y a quienes siguen sufriendo. El pasado día 15 de noviembre, Día Internacional del Superviviente del Suicidio, es claramente uno de esos días. Obviamente, este día, que se celebra el tercer sábado de noviembre, no es un día de “fiesta”, pero tampoco es un día para ignorar. Es un día para dar voz, para tender la mano, para dar un abrazo y para que nadie sienta que está recorriendo un duro camino en soledad.

Cuando hablamos de personas que son supervivientes del suicidio, no hablamos únicamente de quienes han intentado quitarse la vida y han salido adelante. Hablamos también de todas aquellas personas que han perdido a alguien por suicidio y que, de algún modo, siguen viviendo con ese vacío, con esa herida abierta que no siempre se ve y que, muchas veces, quienes están alrededor tampoco se dan cuenta. Hablamos de madres, padres, hijos, hermanos, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, compañeros del colegio o del instituto que se despiertan cada día recordando que alguien importante, esa persona a la que conocían, a la que tenían especial cariño, ya no está. Es un dolor profundo, silencioso, muchas veces incomprendido, que lleva a la gente a esconderse, a no mostrar sus sentimientos, a sentir culpa, tristeza o incluso rabia. Y eso está bien expresarlo, porque el dolor no tiene que ser tabú. De hecho, ningún dolor debería ser tabú nunca. 

Es verdad, hablar de suicidio sigue siendo todavía muy difícil. En nuestra sociedad aún hay muchas miradas de miedo o de juicio. Son muy frecuentes preguntas como “¿Cómo no lo vio venir?” o “¿Cómo pudo hacerlo?”. Esas preguntas se repiten constantemente y lo peor es que quien las escucha puede sentirse aún más rodeado de esa sensación de soledad e incomprensión. Por eso es fundamental que recordemos que detrás de cada cifra hay una historia, una persona, sueños rotos, esperanzas inalcanzables y un círculo de supervivientes que necesitan de toda nuestra ayuda, apoyo y comprensión.

Ser superviviente del suicidio no significa que tengas que ser fuerte todo el tiempo, ni superar tu dolor en silencio. Significa estar ahí, a veces tambaleándote, enfrentándote a emociones que no tienen nombre, buscando ayuda cuando la vida se vuelve insoportable, y aprendiendo a convivir con la ausencia de esa persona sin dejar que esa misma ausencia te destruya. Y aunque cada día puede ser un reto, también puede ser una oportunidad para seguir adelante, para honrar la memoria de quienes se han ido y para reconstruir nuestro propio camino con un nuevo sentido.

Por supuesto, nunca podemos olvidar que la prevención es clave, pero también es importante ofrecer todo el apoyo necesario después de una pérdida. Ese apoyo consiste en escuchar sin juzgar, en ofrecer compañía sin presionar y en validar los sentimientos de esa persona que ha perdido a un ser querido por suicidio. Todo eso, sumado, puede marcar la diferencia. Porque, muchas veces, no se trata de dar soluciones mágicas ni de decir “todo va a estar bien”, sino de simplemente estar ahí, decir “te veo, te escucho, te entiendo y, si tú quieres, estamos juntos en esto”.

Cuando sucede algo tan dramático como es el suicidio de una persona de nuestro entorno, especialmente si es muy joven o adolescente, siempre se multiplican los gestos de solidaridad. A nuestro alrededor, muchas personas y organizaciones en todo el mundo hacen llegar mensajes de pésame y de ánimo, pero también de esperanza, de recursos de ayuda si los necesitamos y de testimonios de quienes han sobrevivido a algo tan doloroso como lo es la pérdida de un ser querido, ya sean miembros de nuestra familia o alguna de nuestras amistades. Las historias de quienes han pasado por el intento de suicidio o de quienes han perdido a alguien son valiosas porque enseñan que, incluso en los momentos más oscuros, sigue habiendo luz. Y aunque cada camino es único, compartirlo ayuda a comprender que no hay que atravesar ese dolor en silencio y en soledad.

Hemos de ser muy conscientes de lo que significa recordar pero también de lo importante que es saber cómo actuar. Actuar significa informar, significa preguntar cómo está alguien y escuchar de verdad, significa aprender a identificar señales de alerta y saber que pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino de una enorme valentía. Actuar también significa que las personas supervivientes necesitan espacios seguros para expresar su dolor, compartir su historia, recibir y sentir el acompañamiento que necesitan. La empatía es una herramienta muy poderosa y, a veces, un simple gesto de comprensión, de cariño y de afecto puede salvar una vida o aliviar un corazón roto por el dolor. 

A pesar de lo que algunas personas dicen, hablar de suicidio puede salvar vidas. Abrir conversaciones, escuchar sin juzgar, reconocer el dolor de alguien, normalizar pedir ayuda y compartir recursos de apoyo son pasos que podemos dar juntos. Porque, cuando lo hacemos, construimos una red invisible de personas que se cuidan entre sí, que se apoyan mutuamente y que recuerdan que nadie tiene que enfrentar su sufrimiento en soledad.

Así que, este día no es un día triste, es un día para ser valiente. Un día que reconoce la enorme resiliencia de quienes han sobrevivido al suicidio y de quienes conviven con una dolorosa pérdida. Es un día que sirve para recordarnos que hablar, escuchar y acompañar también salva vidas, que cada historia importa y que ninguna experiencia de dolor tiene que vivirse en silencio y soledad. Porque, aunque el camino pueda ser duro y lleno de momentos oscuros, siempre hay esperanza y siempre hay personas dispuestas a tendernos la mano y a reconfortarnos con un abrazo para darnos paz, cariño y consuelo. 

En estos tiempos tan extraños, donde el individualismo lo impregna todo, es más importante que nunca saber mirar a nuestro alrededor, hablar con quienes nos importan y ofrecer nuestra compañía y afecto sin esperar nada a cambio. Tenemos que aprender a abrazar la empatía, a romper el silencio y para recordar que el simple hecho de “estar ahí” puede cambiar la manera en la que una persona intenta gestionar todo el dolor y cúmulo de emociones cuando hay un suicidio a nuestro alrededor. Porque cada vida importa, cada historia cuenta, y cada persona superviviente merece sentirse vista, escuchada y acompañada en su viaje mientras aprende a gestionar, a sanar o a convivir con su dolor. 

Sobrevivir no es solo un acto de resistencia, también es un acto de amor propio, de valentía, esa que nace de revelar nuestra propia vulnerabilidad, y de coraje. Por eso, reconocer a quienes han vivido esta dolorosa experiencia, conocer y honrar su historia, y acompañarles en su proceso es un gesto precioso que siempre deja huella. 

Por eso, quiero que recuerdes que tu historia importa, que tu dolor es válido y que no tienes que vivir con ello en soledad. 

Nunca olvides que, incluso en los días más oscuros, siempre puede haber una luz.

Esa luz que te recuerde que merece la pena seguir hacia adelante.

Créeme, lo sé muy bien. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Your Story Matters

There are days in our lives that we always remember for being especially joyful, because we celebrate something beautiful or simply because they remind us of something that makes us smile and feel happy. But then there are other days that are very different, days that make us pause, look pain directly in the face and, above all, remember those who are no longer here, those who have suffered and those who continue to suffer. The recent fifteenth of November, the International Survivors of Suicide Loss Day, is clearly one of those days. Of course, this date, which is observed on the third Saturday of November, is not a day of celebration, but it is not a day to ignore either. It is a day to give a voice, to offer a hand, to give a hug and to ensure that no one feels they are walking a difficult path alone.

When we speak about people who are survivors of suicide, we are not only referring to those who have attempted to take their own lives and have survived. We are also speaking about all those who have lost someone to suicide and who, in some way, continue living with that emptiness, with that open wound that is not always visible and that often goes unnoticed by those around them. We are speaking about mothers, fathers, sons, daughters, siblings, friends, neighbours, colleagues and classmates who wake up every day remembering that someone important, someone they knew and cared for deeply, is no longer here. It is a profound and silent pain, often misunderstood, that leads people to hide, to suppress their feelings, to feel guilt, sadness or even anger. And it is healthy to express this, because pain should never be a taboo. In fact, no pain should ever be a taboo.

It is true that speaking about suicide is still very difficult. In our society there are still many looks of fear or judgement. Questions such as “How did no one see it coming?” or “How could they do it?” are heard constantly, and the worst part is that the person listening can end up feeling even more surrounded by loneliness and misunderstanding. That is why it is essential to remember that behind every statistic there is a story, a person, broken dreams, unreachable hopes and a circle of survivors who need our support, our understanding and our compassion.

Being a survivor of suicide does not mean you have to be strong all the time or that you should carry your pain in silence. It means being present, sometimes unsteady, facing emotions that have no name, seeking help when life becomes unbearable, and learning to live with the absence of that person without allowing that absence to destroy you. And although each day can be a challenge, it can also be an opportunity to keep moving forward, to honour the memory of those who have gone and to rebuild our own path with a renewed sense of meaning.

Of course, we must never forget that prevention is vital, yet it is equally important to offer all the necessary support after a loss. That support lies in listening without judgement, in offering company without pressure and in validating the feelings of someone who has lost a loved one to suicide. All of that together can make a real difference. Because many times it is not about offering magical solutions or saying that everything will be fine, but simply about being there, saying “I see you, I hear you, I understand you and, if you want, we will walk this together.”

When something as devastating as the suicide of someone close occurs, especially when the person is young or an adolescent, gestures of solidarity multiply around us. Many people and organisations across the world send messages of sympathy and encouragement, but also of hope, of resources should we need them and of testimonies from those who have lived through something as painful as the loss of a loved one, whether a family member or a friend. The stories of those who have survived a suicide attempt or who have lost someone are valuable because they show that even in the darkest moments there is still light. And although each path is unique, sharing it helps us understand that we do not need to endure that pain in silence or in solitude.

We must be very aware of what remembrance means but also of the importance of knowing how to act. Acting means informing, asking someone how they are and truly listening, learning to recognise warning signs and understanding that reaching out for help is not a sign of weakness but of enormous courage. Acting also means providing safe spaces where survivors can express their pain, share their story, receive support and feel accompanied. Empathy is a powerful tool, and sometimes a simple gesture of understanding, affection or warmth can save a life or ease a heart broken by grief.

Despite what some may believe, speaking about suicide can save lives. Opening conversations, listening without judgement, acknowledging someone’s pain, normalising the act of asking for help and sharing support resources are steps we can take together. When we do this, we build an invisible network of people who care for one another, who support each other and who remind us that no one should have to face their suffering alone.

So, this day is not a sad day, it is a day to be brave. A day that recognises the immense resilience of those who have survived suicide and of those who live with the pain of loss. A day that reminds us that speaking, listening and supporting also save lives, that every story matters and that no experience of pain should be endured in silence. Because although the road may be hard and full of dark moments, there is always hope and there are always people willing to reach out a hand and offer comfort, peace and kindness.

In these strange times, in which individualism seems to dominate everything, it is more important than ever to look around us, to speak with the people we care about and to offer our company and affection without expecting anything in return. We need to learn to embrace empathy, to break the silence and to remember that simply being there can transform the way someone copes with their pain when suicide has touched their life. Because every life matters, every story counts and every survivor deserves to feel seen, heard and accompanied as they learn to live with, to heal or to manage their grief.

Surviving is not only an act of resistance. It is also an act of self-love, of bravery, the kind that comes from revealing our vulnerability, and of courage. This is why recognising those who have lived through such a painful experience, learning and honouring their stories and walking with them through their process is a beautiful gesture that always leaves a mark.

So I want you to remember that your story matters, that your pain is valid and that you do not have to face it alone.

Never forget that even on the darkest days there can still be light.

A light that reminds you that it is worth continuing on.

Believe me, I know it very well.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
La Tua Storia Conta

Ci sono giorni nella nostra vita che ricordiamo sempre perché sono particolarmente gioiosi, perché celebriamo un evento bello o semplicemente perché ci riportano a qualcosa che ci fa sorridere e sentire felici. Ma ci sono anche altri giorni, molto diversi, che ci costringono a fermarci, a guardare il dolore in faccia e, soprattutto, a ricordare chi non c’è più, chi ha sofferto e chi continua a soffrire. Lo scorso 15 novembre, la Giornata internazionale dei sopravvissuti al suicidio, è chiaramente uno di quei giorni. Ovviamente questa giornata, che si osserva il terzo sabato di novembre, non è una festa, ma neppure qualcosa da ignorare. È un giorno per dare voce, per tendere la mano, per offrire un abbraccio e per fare in modo che nessuno si senta costretto a percorrere da solo un cammino così difficile.

Quando parliamo di persone sopravvissute al suicidio non ci riferiamo solo a chi ha tentato di togliersi la vita ed è riuscito ad andare avanti. Parliamo anche di tutte quelle persone che hanno perso qualcuno per suicidio e che, in un certo senso, continuano a vivere con quel vuoto, con quella ferita aperta che non sempre si vede e che spesso nemmeno chi sta intorno riesce a cogliere. Parliamo di madri, padri, figli, fratelli, amici, vicini, colleghi di lavoro, compagni di scuola o di istituto che ogni giorno si svegliano ricordando che qualcuno di importante, una persona che conoscevano e a cui volevano bene, non c’è più. È un dolore profondo, silenzioso, spesso incomprensibile, che porta molte persone a nascondersi, a non mostrare ciò che sentono, a provare sensi di colpa, tristezza o persino rabbia. E va bene esprimere tutto questo, perché il dolore non deve mai essere un tabù. Nessun dolore dovrebbe esserlo.

È vero, parlare di suicidio è ancora molto difficile. Nella nostra società ci sono ancora sguardi pieni di paura o di giudizio. Domande come “Come è possibile che non se ne siano accorti?” o “Come ha potuto farlo?” sono ancora frequentissime, e la cosa peggiore è che chi le ascolta può sentirsi ancora più solo e incompreso. Per questo è fondamentale ricordare che dietro ogni numero c’è una storia, una persona, sogni infranti, speranze irraggiungibili e un cerchio di sopravvissuti che ha bisogno del nostro aiuto, del nostro sostegno e della nostra comprensione.

Essere sopravvissuti al suicidio non significa essere forti ogni giorno né superare il proprio dolore in silenzio. Significa esserci, a volte vacillando, affrontando emozioni che non hanno un nome, chiedendo aiuto quando la vita diventa insopportabile e imparando a convivere con l’assenza di quella persona senza permettere che quella stessa assenza ti distrugga. E anche se ogni giorno può essere una sfida, può anche essere un’opportunità per andare avanti, per onorare la memoria di chi se n’è andato e per ricostruire il proprio cammino con un nuovo significato.

Ovviamente la prevenzione è fondamentale, ma è altrettanto importante offrire tutto il supporto necessario dopo una perdita. Questo supporto consiste nell’ascoltare senza giudicare, nell’offrire compagnia senza fare pressioni e nel riconoscere e legittimare i sentimenti di chi ha perso una persona cara per suicidio. Tutto questo, insieme, può fare davvero la differenza. Perché spesso non si tratta di dare soluzioni magiche né di dire che andrà tutto bene, ma semplicemente di esserci, di dire “ti vedo, ti ascolto, ti capisco e, se lo desideri, affrontiamo questo insieme”.

Quando avviene qualcosa di così drammatico come il suicidio di una persona a noi vicina, soprattutto se molto giovane o adolescente, i gesti di solidarietà si moltiplicano. Molte persone e molte realtà nel mondo inviano messaggi di cordoglio, di incoraggiamento e anche di speranza, oltre a risorse utili se ne abbiamo bisogno, e testimonianze di chi è sopravvissuto a qualcosa di così doloroso come la perdita di un familiare o di un amico. Le storie di chi ha vissuto un tentativo di suicidio o di chi ha perso qualcuno sono preziose perché dimostrano che, anche nei momenti più bui, c’è ancora luce. E se ogni percorso è unico, condividerlo aiuta a capire che non è necessario attraversare quel dolore nel silenzio e nella solitudine.

Dobbiamo essere pienamente consapevoli di quanto sia importante ricordare, ma anche di quanto sia essenziale sapere come agire. Agire significa informarsi, significa chiedere davvero a qualcuno come sta, significa imparare a riconoscere i segnali d’allarme e sapere che chiedere aiuto non è un atto di debolezza ma di grande coraggio. Agire significa anche capire che i sopravvissuti hanno bisogno di spazi sicuri per esprimere il proprio dolore, condividere la propria storia e ricevere il sostegno di cui hanno bisogno. L’empatia è uno strumento potentissimo e, a volte, un semplice gesto di comprensione, affetto o vicinanza può salvare una vita o lenire un cuore spezzato dal dolore.

Contrariamente a ciò che alcuni credono, parlare di suicidio può salvare vite. Aprire conversazioni, ascoltare senza giudicare, riconoscere il dolore di qualcuno, normalizzare la richiesta di aiuto e condividere risorse utili sono passi che possiamo fare insieme. Perché così costruiamo una rete invisibile di persone che si prendono cura l’una dell’altra, che si sostengono e che ricordano che nessuno deve affrontare la propria sofferenza da solo.

Quindi, questo giorno non è un giorno triste, è un giorno per essere coraggiosi. Un giorno che riconosce l’enorme resilienza di chi è sopravvissuto al suicidio e di chi convive con una perdita dolorosa. Un giorno che ci ricorda che parlare, ascoltare e accompagnare salva vite, che ogni storia conta e che nessuna esperienza di dolore deve essere vissuta nel silenzio e nella solitudine. Perché, anche se il cammino può essere duro e pieno di ombre, c’è sempre speranza e ci sono sempre persone pronte a tenderci una mano, a offrirci un abbraccio e a regalarci pace, affetto e conforto.

In questi tempi così strani, in cui l’individualismo sembra dominare tutto, è più importante che mai saper guardare intorno a noi, parlare con chi ci sta a cuore e offrire la nostra presenza e il nostro affetto senza chiedere nulla in cambio. Dobbiamo imparare ad accogliere l’empatia, a rompere il silenzio e a ricordare che il semplice fatto di esserci può cambiare il modo in cui una persona affronta il proprio dolore e il vortice di emozioni che la attraversa quando un suicidio colpisce la sua vita. Perché ogni vita conta, ogni storia ha valore e ogni sopravvissuto merita di sentirsi visto, ascoltato e accompagnato nel proprio cammino mentre impara a gestire, a guarire o a convivere con il proprio dolore.

Sopravvivere non è solo un atto di resistenza. È anche un atto di amore verso se stessi, di vulnerabilità rivelata, di coraggio autentico. Per questo riconoscere chi ha vissuto questa esperienza così dolorosa, conoscere e onorare la sua storia e accompagnarlo nel suo percorso è un gesto prezioso che lascia sempre un segno.

Perciò voglio che tu ricordi che la tua storia conta, che il tuo dolore è reale e che non devi affrontarlo da solo.

Non dimenticare mai che anche nei giorni più bui può sempre esserci una luce.

Quella luce che ti ricorda che vale la pena andare avanti.

Credimi, lo so molto bene.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Ton Histoire Compte

Il y a des jours dans notre vie dont nous nous souvenons toujours parce qu’ils sont particulièrement joyeux, parce que nous célébrons un bel événement ou simplement parce qu’ils nous rappellent quelque chose qui nous fait sourire et nous rend heureux. Mais il y a aussi d’autres jours, très différents, qui nous obligent à nous arrêter, à regarder la douleur en face et, surtout, à nous souvenir de ceux qui ne sont plus là, de ceux qui ont souffert et de ceux qui souffrent encore. Le 15 novembre dernier, Journée internationale des survivants du suicide, est clairement l’un de ces jours. Bien sûr, cette journée, célébrée le troisième samedi de novembre, n’est pas une fête, mais elle n’est pas non plus un jour à ignorer. C’est un moment pour donner une voix, tendre la main, offrir une étreinte et faire en sorte que personne ne se sente obligé de parcourir seul un chemin aussi difficile.

Quand nous parlons de personnes survivantes du suicide, nous ne parlons pas uniquement de celles qui ont tenté de mettre fin à leurs jours et qui sont toujours là. Nous parlons aussi de toutes celles qui ont perdu quelqu’un par suicide et qui continuent, d’une manière ou d’une autre, à vivre avec ce vide, avec cette blessure ouverte qui ne se voit pas toujours et que souvent, les autres autour d’eux ne remarquent même pas. Nous parlons de mères, de pères, d’enfants, de frères, de sœurs, d’amis, de voisins, de collègues de travail, de camarades d’école ou de lycée qui se réveillent chaque jour en se souvenant que quelqu’un d’important, quelqu’un qu’ils connaissaient et qu’ils aimaient profondément, n’est plus là. C’est une douleur profonde, silencieuse, souvent incomprise, qui pousse les gens à se cacher, à ne pas montrer ce qu’ils ressentent, à éprouver de la culpabilité, de la tristesse ou même de la colère. Et c’est normal d’exprimer tout cela, car la douleur ne devrait jamais être un tabou. En réalité, aucune douleur ne devrait jamais l’être.

Il est vrai que parler du suicide reste encore très difficile. Dans notre société, les regards se chargent encore souvent de peur ou de jugement. On entend très fréquemment des questions comme “Comment n’a-t-on rien vu venir ?” ou “Comment a-t-il pu faire cela ?”. Ces questions reviennent constamment et le pire, c’est que ceux qui les entendent peuvent se sentir encore plus seuls et incompris. C’est pourquoi il est essentiel de se rappeler que derrière chaque chiffre se trouve une histoire, une personne, des rêves brisés, des espoirs devenus inaccessibles et un cercle de survivants qui ont besoin de toute notre aide, de tout notre soutien et de toute notre compréhension.

Être survivant du suicide ne signifie pas que l’on doit être fort en permanence ni affronter sa douleur en silence. Cela signifie être là, parfois vacillant, face à des émotions impossibles à nommer, cherchant de l’aide lorsque la vie devient insupportable et apprenant à vivre avec l’absence de cette personne sans laisser cette absence nous détruire. Et même si chaque jour peut être un défi, il peut aussi être une occasion d’avancer, d’honorer la mémoire de ceux qui sont partis et de reconstruire son propre chemin avec un nouveau sens.

Bien sûr, nous ne devons jamais oublier que la prévention est essentielle, mais il est tout aussi important d’offrir tout le soutien nécessaire après une perte. Ce soutien consiste à écouter sans juger, à offrir sa présence sans imposer quoi que ce soit et à reconnaître les sentiments de la personne qui a perdu un être cher par suicide. Tout cela, mis ensemble, peut faire une réelle différence. Parce que souvent, il ne s’agit pas de donner des solutions magiques ni de dire “tout ira bien”, mais simplement d’être là, de dire “je te vois, je t’écoute, je te comprends et si tu le veux, nous traverserons cela ensemble”.

Quand un suicide survient dans notre entourage, surtout lorsque la personne est très jeune ou adolescente, les gestes de solidarité se multiplient toujours. Autour de nous, de nombreuses personnes et organisations dans le monde envoient des messages de soutien, d’espoir, des ressources d’aide si nous en avons besoin et des témoignages de ceux qui ont survécu à une épreuve aussi douloureuse que la perte d’un proche, qu’il s’agisse d’un membre de la famille ou d’un ami. Les histoires de ceux qui ont vécu une tentative de suicide ou de ceux qui ont perdu quelqu’un sont précieuses car elles montrent que même dans les moments les plus sombres, il existe encore de la lumière. Et même si chaque chemin est unique, le partager aide à comprendre que personne n’a à traverser cette douleur en silence ni en solitude.

Nous devons être très conscients de ce que signifie se souvenir mais aussi de l’importance d’agir. Agir signifie informer, demander sincèrement comment va quelqu’un et écouter vraiment la réponse, apprendre à reconnaître les signaux d’alarme et savoir que demander de l’aide n’est pas un signe de faiblesse mais un immense acte de courage. Agir signifie aussi offrir aux survivants des espaces sûrs où ils peuvent exprimer leur douleur, partager leur histoire et ressentir le soutien dont ils ont besoin. L’empathie est une force immense et parfois un simple geste de compréhension, de tendresse ou d’affection peut sauver une vie ou apaiser un cœur brisé.

Contrairement à ce que certains prétendent, parler du suicide peut sauver des vies. Ouvrir la conversation, écouter sans juger, reconnaître la souffrance de quelqu’un, normaliser le fait de demander de l’aide et partager des ressources de soutien sont des pas que nous pouvons faire ensemble. Parce qu’en les faisant, nous construisons un réseau invisible de personnes qui prennent soin les unes des autres, qui se soutiennent mutuellement et qui se rappellent que personne ne doit affronter sa souffrance seul.

Ainsi, ce jour n’est pas un jour triste, c’est un jour pour être courageux. Un jour qui reconnaît la formidable résilience de ceux qui ont survécu au suicide et de ceux qui vivent avec une perte douloureuse. C’est un jour qui nous rappelle que parler, écouter et accompagner peut aussi sauver des vies, que chaque histoire compte et qu’aucune expérience de douleur ne doit être vécue dans le silence et la solitude. Car même si le chemin peut être difficile et rempli de moments sombres, il y a toujours de l’espoir et toujours des personnes prêtes à nous tendre la main et à nous entourer d’une étreinte capable d’apporter paix, affection et réconfort.

Dans ces temps étranges où l’individualisme semble tout envahir, il est plus important que jamais de regarder autour de nous, de parler à ceux qui comptent pour nous et d’offrir notre présence et notre affection sans rien attendre en retour. Nous devons apprendre à adopter l’empathie, à briser le silence et à nous souvenir que le simple fait d’être là peut changer la façon dont quelqu’un affronte la douleur et ce tourbillon d’émotions qui accompagne un suicide dans notre entourage. Parce que chaque vie compte, chaque histoire a de la valeur et chaque personne survivante mérite d’être vue, entendue et accompagnée sur son chemin, tandis qu’elle apprend à gérer, à guérir ou à vivre avec sa douleur.

Survivre n’est pas seulement un acte de résistance, c’est aussi un acte d’amour envers soi-même, de vulnérabilité assumée et de courage. C’est pourquoi reconnaître ceux qui ont vécu cette épreuve douloureuse, connaître et honorer leur histoire et les accompagner dans leur processus est un geste magnifique qui laisse toujours une trace.

C’est pour cela que je veux que tu te rappelles que ton histoire compte, que ta douleur est légitime et que tu n’as pas à la porter seul.

N’oublie jamais que même dans les jours les plus sombres, il y a toujours une lumière.

Cette lumière qui te rappelle que cela vaut la peine d’avancer.

Crois-moi, je le sais très bien.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
A Tua História Importa

Há dias na nossa vida de que sempre nos lembramos por serem especialmente alegres, porque celebramos um acontecimento bonito ou simplesmente porque nos trazem recordações que nos fazem sorrir e sentir felizes. Mas também há outros dias, muito diferentes, que nos obrigam a parar, a olhar a dor diretamente e, sobretudo, a recordar aqueles que já não estão, aqueles que sofreram e aqueles que continuam a sofrer. No passado dia 15 de novembro, o Dia Internacional do Sobrevivente do Suicídio, celebrado no terceiro sábado de novembro, foi claramente um desses dias. Não é, obviamente, um dia de festa, mas também não é um dia para ser ignorado. É um dia para dar voz, estender a mão, oferecer um abraço e garantir que ninguém sinta que percorre sozinho um caminho tão duro.

Quando falamos de pessoas sobreviventes do suicídio, não falamos apenas de quem tentou pôr fim à própria vida e conseguiu continuar em frente. Falamos também de todas as pessoas que perderam alguém para o suicídio e que, de alguma forma, continuam a viver com esse vazio, com essa ferida aberta que nem sempre se vê e que, muitas vezes, aqueles à sua volta nem sequer percebem. Falamos de mães, pais, filhos, irmãos, amigos, vizinhos, colegas de trabalho, colegas da escola ou do liceu que acordam todos os dias lembrando que alguém importante, alguém que conheciam e de quem gostavam muito, já não está presente. É uma dor profunda, silenciosa, muitas vezes incompreendida, que leva as pessoas a esconderem-se, a não mostrarem o que sentem, a sentirem culpa, tristeza ou até raiva. E está tudo bem expressar isso, porque a dor não deve ser um tabu. Na verdade, dor nenhuma devia ser tabu.

É verdade que falar de suicídio continua a ser muito difícil. Na nossa sociedade ainda há muitos olhares de medo ou de julgamento. São frequentes perguntas como “Como é que ninguém percebeu?” ou “Como é que ele ou ela pôde fazer isso?”. Estas perguntas repetem-se constantemente e o pior é que quem as ouve pode sentir-se ainda mais rodeado por essa sensação de solidão e incompreensão. Por isso é fundamental lembrarmos que por detrás de cada número há uma história, uma pessoa, sonhos destruídos, esperanças inalcançáveis e um círculo de sobreviventes que precisam de toda a nossa ajuda, apoio e compreensão.

Ser sobrevivente do suicídio não significa que tens de ser forte o tempo todo, nem superar a tua dor em silêncio. Significa estar presente, mesmo que por vezes de forma vacilante, enfrentando emoções impossíveis de nomear, procurando ajuda quando a vida se torna insuportável e aprendendo a conviver com a ausência da pessoa que partiu sem deixar que essa ausência te destrua. E, embora cada dia possa ser um desafio, também pode ser uma oportunidade para seguir em frente, honrar a memória de quem se foi e reconstruir o próprio caminho com um novo sentido.

Claro que nunca podemos esquecer que a prevenção é essencial, mas é igualmente importante oferecer todo o apoio necessário depois de uma perda. Esse apoio consiste em ouvir sem julgar, em oferecer companhia sem pressionar e em validar os sentimentos de quem perdeu alguém por suicídio. Tudo isso, somado, pode fazer a diferença. Porque, muitas vezes, não se trata de encontrar soluções mágicas nem de dizer “vai ficar tudo bem”, mas simplesmente de estar lá, de dizer “eu vejo-te, eu ouço-te, eu entendo-te e, se quiseres, estou contigo nisto”.

Quando acontece algo tão devastador como o suicídio de alguém do nosso círculo, sobretudo quando se trata de alguém muito jovem ou adolescente, os gestos de solidariedade multiplicam-se. À nossa volta, muitas pessoas e organizações no mundo inteiro enviam mensagens de pesar, de apoio, de esperança, recursos de ajuda caso precisemos deles e testemunhos de quem sobreviveu a algo tão doloroso como perder um ente querido, seja da família ou de entre os amigos. As histórias de quem passou por uma tentativa de suicídio ou de quem perdeu alguém são valiosas porque mostram que, mesmo nos momentos mais escuros, ainda existe luz. E, embora cada caminho seja único, partilhá-lo ajuda a perceber que não é preciso atravessar esta dor em silêncio nem em solidão.

Temos de ser muito conscientes do que significa recordar, mas também da importância de saber agir. Agir significa informar, perguntar sinceramente como alguém está e ouvir de verdade, aprender a identificar sinais de alerta e saber que pedir ajuda não é um sinal de fraqueza, mas de enorme coragem. Agir também significa garantir que as pessoas sobreviventes têm espaços seguros para expressar a sua dor, partilhar a sua história, receber e sentir o apoio de que precisam. A empatia é uma ferramenta poderosa e, por vezes, um simples gesto de compreensão, carinho ou afeto pode salvar uma vida ou aliviar um coração quebrado pela dor.

Apesar do que algumas pessoas dizem, falar de suicídio pode salvar vidas. Abrir conversas, ouvir sem julgar, reconhecer a dor de alguém, normalizar o pedido de ajuda e partilhar recursos de apoio são passos que podemos dar juntos. Porque, quando os damos, construímos uma rede invisível de pessoas que cuidam umas das outras, que se apoiam mutuamente e que recordam que ninguém tem de enfrentar o seu sofrimento sozinho.

Portanto, este dia não é um dia triste, é um dia para ser corajoso. Um dia que reconhece a enorme resiliência de quem sobreviveu ao suicídio e de quem vive com uma perda tão dolorosa. É um dia que nos recorda que falar, ouvir e acompanhar também salva vidas, que cada história importa e que nenhuma experiência de dor deve ser vivida no silêncio e na solidão. Porque, mesmo que o caminho seja duro e cheio de momentos escuros, há sempre esperança e há sempre alguém disposto a estender a mão e a envolver-nos num abraço que traz paz, carinho e consolo.

Nestes tempos estranhos em que o individualismo parece dominar tudo, é mais importante do que nunca olhar à nossa volta, falar com quem nos é querido e oferecer a nossa presença e afeto sem esperar nada em troca. Precisamos de aprender a abraçar a empatia, a romper o silêncio e a lembrar que o simples gesto de estar presente pode mudar a forma como alguém tenta lidar com a dor e com o turbilhão de emoções que surge quando há um suicídio no nosso círculo. Porque cada vida importa, cada história tem valor e cada pessoa sobrevivente merece ser vista, ouvida e acompanhada no seu caminho enquanto aprende a gerir, a sarar ou a conviver com a sua dor.

Sobreviver não é apenas um ato de resistência, é também um ato de amor próprio, de vulnerabilidade reconhecida e de coragem. Por isso reconhecer quem viveu esta dolorosa experiência, conhecer e honrar a sua história e acompanhá-lo no seu processo é um gesto precioso que deixa sempre marca.

É por isso que quero que te lembres de que a tua história importa, que a tua dor é válida e que não tens de a suportar sozinho.

Nunca te esqueças de que, mesmo nos dias mais escuros, há sempre uma luz.

Uma luz que te lembra que vale a pena seguir em frente.

Acredita em mim, eu sei muito bem.