Tu historia importa

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Hay días a lo largo de nuestra vida que siempre recordamos por ser especialmente alegres, porque celebramos un acontecimiento bonito o simplemente porque nos recuerdan algo que nos hace sonreír y ser felices. Pero luego hay otros días que son muy diferentes, días que nos hacen detenernos, mirar cara a cara al dolor y, sobre todo, recordar a quienes ya no están, a quienes han sufrido y a quienes siguen sufriendo. El pasado día 15 de noviembre, Día Internacional del Superviviente del Suicidio, es claramente uno de esos días. Obviamente, este día, que se celebra el tercer sábado de noviembre, no es un día de “fiesta”, pero tampoco es un día para ignorar. Es un día para dar voz, para tender la mano, para dar un abrazo y para que nadie sienta que está recorriendo un duro camino en soledad.

Cuando hablamos de personas que son supervivientes del suicidio, no hablamos únicamente de quienes han intentado quitarse la vida y han salido adelante. Hablamos también de todas aquellas personas que han perdido a alguien por suicidio y que, de algún modo, siguen viviendo con ese vacío, con esa herida abierta que no siempre se ve y que, muchas veces, quienes están alrededor tampoco se dan cuenta. Hablamos de madres, padres, hijos, hermanos, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, compañeros del colegio o del instituto que se despiertan cada día recordando que alguien importante, esa persona a la que conocían, a la que tenían especial cariño, ya no está. Es un dolor profundo, silencioso, muchas veces incomprendido, que lleva a la gente a esconderse, a no mostrar sus sentimientos, a sentir culpa, tristeza o incluso rabia. Y eso está bien expresarlo, porque el dolor no tiene que ser tabú. De hecho, ningún dolor debería ser tabú nunca. 

Es verdad, hablar de suicidio sigue siendo todavía muy difícil. En nuestra sociedad aún hay muchas miradas de miedo o de juicio. Son muy frecuentes preguntas como “¿Cómo no lo vio venir?” o “¿Cómo pudo hacerlo?”. Esas preguntas se repiten constantemente y lo peor es que quien las escucha puede sentirse aún más rodeado de esa sensación de soledad e incomprensión. Por eso es fundamental que recordemos que detrás de cada cifra hay una historia, una persona, sueños rotos, esperanzas inalcanzables y un círculo de supervivientes que necesitan de toda nuestra ayuda, apoyo y comprensión.

Ser superviviente del suicidio no significa que tengas que ser fuerte todo el tiempo, ni superar tu dolor en silencio. Significa estar ahí, a veces tambaleándote, enfrentándote a emociones que no tienen nombre, buscando ayuda cuando la vida se vuelve insoportable, y aprendiendo a convivir con la ausencia de esa persona sin dejar que esa misma ausencia te destruya. Y aunque cada día puede ser un reto, también puede ser una oportunidad para seguir adelante, para honrar la memoria de quienes se han ido y para reconstruir nuestro propio camino con un nuevo sentido.

Por supuesto, nunca podemos olvidar que la prevención es clave, pero también es importante ofrecer todo el apoyo necesario después de una pérdida. Ese apoyo consiste en escuchar sin juzgar, en ofrecer compañía sin presionar y en validar los sentimientos de esa persona que ha perdido a un ser querido por suicidio. Todo eso, sumado, puede marcar la diferencia. Porque, muchas veces, no se trata de dar soluciones mágicas ni de decir “todo va a estar bien”, sino de simplemente estar ahí, decir “te veo, te escucho, te entiendo y, si tú quieres, estamos juntos en esto”.

Cuando sucede algo tan dramático como es el suicidio de una persona de nuestro entorno, especialmente si es muy joven o adolescente, siempre se multiplican los gestos de solidaridad. A nuestro alrededor, muchas personas y organizaciones en todo el mundo hacen llegar mensajes de pésame y de ánimo, pero también de esperanza, de recursos de ayuda si los necesitamos y de testimonios de quienes han sobrevivido a algo tan doloroso como lo es la pérdida de un ser querido, ya sean miembros de nuestra familia o alguna de nuestras amistades. Las historias de quienes han pasado por el intento de suicidio o de quienes han perdido a alguien son valiosas porque enseñan que, incluso en los momentos más oscuros, sigue habiendo luz. Y aunque cada camino es único, compartirlo ayuda a comprender que no hay que atravesar ese dolor en silencio y en soledad.

Hemos de ser muy conscientes de lo que significa recordar pero también de lo importante que es saber cómo actuar. Actuar significa informar, significa preguntar cómo está alguien y escuchar de verdad, significa aprender a identificar señales de alerta y saber que pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino de una enorme valentía. Actuar también significa que las personas supervivientes necesitan espacios seguros para expresar su dolor, compartir su historia, recibir y sentir el acompañamiento que necesitan. La empatía es una herramienta muy poderosa y, a veces, un simple gesto de comprensión, de cariño y de afecto puede salvar una vida o aliviar un corazón roto por el dolor. 

A pesar de lo que algunas personas dicen, hablar de suicidio puede salvar vidas. Abrir conversaciones, escuchar sin juzgar, reconocer el dolor de alguien, normalizar pedir ayuda y compartir recursos de apoyo son pasos que podemos dar juntos. Porque, cuando lo hacemos, construimos una red invisible de personas que se cuidan entre sí, que se apoyan mutuamente y que recuerdan que nadie tiene que enfrentar su sufrimiento en soledad.

Así que, este día no es un día triste, es un día para ser valiente. Un día que reconoce la enorme resiliencia de quienes han sobrevivido al suicidio y de quienes conviven con una dolorosa pérdida. Es un día que sirve para recordarnos que hablar, escuchar y acompañar también salva vidas, que cada historia importa y que ninguna experiencia de dolor tiene que vivirse en silencio y soledad. Porque, aunque el camino pueda ser duro y lleno de momentos oscuros, siempre hay esperanza y siempre hay personas dispuestas a tendernos la mano y a reconfortarnos con un abrazo para darnos paz, cariño y consuelo. 

En estos tiempos tan extraños, donde el individualismo lo impregna todo, es más importante que nunca saber mirar a nuestro alrededor, hablar con quienes nos importan y ofrecer nuestra compañía y afecto sin esperar nada a cambio. Tenemos que aprender a abrazar la empatía, a romper el silencio y para recordar que el simple hecho de “estar ahí” puede cambiar la manera en la que una persona intenta gestionar todo el dolor y cúmulo de emociones cuando hay un suicidio a nuestro alrededor. Porque cada vida importa, cada historia cuenta, y cada persona superviviente merece sentirse vista, escuchada y acompañada en su viaje mientras aprende a gestionar, a sanar o a convivir con su dolor. 

Sobrevivir no es solo un acto de resistencia, también es un acto de amor propio, de valentía, esa que nace de revelar nuestra propia vulnerabilidad, y de coraje. Por eso, reconocer a quienes han vivido esta dolorosa experiencia, conocer y honrar su historia, y acompañarles en su proceso es un gesto precioso que siempre deja huella. 

Por eso, quiero que recuerdes que tu historia importa, que tu dolor es válido y que no tienes que vivir con ello en soledad. 

Nunca olvides que, incluso en los días más oscuros, siempre puede haber una luz.

Esa luz que te recuerde que merece la pena seguir hacia adelante.

Créeme, lo sé muy bien. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Your Story Matters

There are days in our lives that we always remember for being especially joyful, because we celebrate something beautiful or simply because they remind us of something that makes us smile and feel happy. But then there are other days that are very different, days that make us pause, look pain directly in the face and, above all, remember those who are no longer here, those who have suffered and those who continue to suffer. The recent fifteenth of November, the International Survivors of Suicide Loss Day, is clearly one of those days. Of course, this date, which is observed on the third Saturday of November, is not a day of celebration, but it is not a day to ignore either. It is a day to give a voice, to offer a hand, to give a hug and to ensure that no one feels they are walking a difficult path alone.

When we speak about people who are survivors of suicide, we are not only referring to those who have attempted to take their own lives and have survived. We are also speaking about all those who have lost someone to suicide and who, in some way, continue living with that emptiness, with that open wound that is not always visible and that often goes unnoticed by those around them. We are speaking about mothers, fathers, sons, daughters, siblings, friends, neighbours, colleagues and classmates who wake up every day remembering that someone important, someone they knew and cared for deeply, is no longer here. It is a profound and silent pain, often misunderstood, that leads people to hide, to suppress their feelings, to feel guilt, sadness or even anger. And it is healthy to express this, because pain should never be a taboo. In fact, no pain should ever be a taboo.

It is true that speaking about suicide is still very difficult. In our society there are still many looks of fear or judgement. Questions such as “How did no one see it coming?” or “How could they do it?” are heard constantly, and the worst part is that the person listening can end up feeling even more surrounded by loneliness and misunderstanding. That is why it is essential to remember that behind every statistic there is a story, a person, broken dreams, unreachable hopes and a circle of survivors who need our support, our understanding and our compassion.

Being a survivor of suicide does not mean you have to be strong all the time or that you should carry your pain in silence. It means being present, sometimes unsteady, facing emotions that have no name, seeking help when life becomes unbearable, and learning to live with the absence of that person without allowing that absence to destroy you. And although each day can be a challenge, it can also be an opportunity to keep moving forward, to honour the memory of those who have gone and to rebuild our own path with a renewed sense of meaning.

Of course, we must never forget that prevention is vital, yet it is equally important to offer all the necessary support after a loss. That support lies in listening without judgement, in offering company without pressure and in validating the feelings of someone who has lost a loved one to suicide. All of that together can make a real difference. Because many times it is not about offering magical solutions or saying that everything will be fine, but simply about being there, saying “I see you, I hear you, I understand you and, if you want, we will walk this together.”

When something as devastating as the suicide of someone close occurs, especially when the person is young or an adolescent, gestures of solidarity multiply around us. Many people and organisations across the world send messages of sympathy and encouragement, but also of hope, of resources should we need them and of testimonies from those who have lived through something as painful as the loss of a loved one, whether a family member or a friend. The stories of those who have survived a suicide attempt or who have lost someone are valuable because they show that even in the darkest moments there is still light. And although each path is unique, sharing it helps us understand that we do not need to endure that pain in silence or in solitude.

We must be very aware of what remembrance means but also of the importance of knowing how to act. Acting means informing, asking someone how they are and truly listening, learning to recognise warning signs and understanding that reaching out for help is not a sign of weakness but of enormous courage. Acting also means providing safe spaces where survivors can express their pain, share their story, receive support and feel accompanied. Empathy is a powerful tool, and sometimes a simple gesture of understanding, affection or warmth can save a life or ease a heart broken by grief.

Despite what some may believe, speaking about suicide can save lives. Opening conversations, listening without judgement, acknowledging someone’s pain, normalising the act of asking for help and sharing support resources are steps we can take together. When we do this, we build an invisible network of people who care for one another, who support each other and who remind us that no one should have to face their suffering alone.

So, this day is not a sad day, it is a day to be brave. A day that recognises the immense resilience of those who have survived suicide and of those who live with the pain of loss. A day that reminds us that speaking, listening and supporting also save lives, that every story matters and that no experience of pain should be endured in silence. Because although the road may be hard and full of dark moments, there is always hope and there are always people willing to reach out a hand and offer comfort, peace and kindness.

In these strange times, in which individualism seems to dominate everything, it is more important than ever to look around us, to speak with the people we care about and to offer our company and affection without expecting anything in return. We need to learn to embrace empathy, to break the silence and to remember that simply being there can transform the way someone copes with their pain when suicide has touched their life. Because every life matters, every story counts and every survivor deserves to feel seen, heard and accompanied as they learn to live with, to heal or to manage their grief.

Surviving is not only an act of resistance. It is also an act of self-love, of bravery, the kind that comes from revealing our vulnerability, and of courage. This is why recognising those who have lived through such a painful experience, learning and honouring their stories and walking with them through their process is a beautiful gesture that always leaves a mark.

So I want you to remember that your story matters, that your pain is valid and that you do not have to face it alone.

Never forget that even on the darkest days there can still be light.

A light that reminds you that it is worth continuing on.

Believe me, I know it very well.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
La Tua Storia Conta

Ci sono giorni nella nostra vita che ricordiamo sempre perché sono particolarmente gioiosi, perché celebriamo un evento bello o semplicemente perché ci riportano a qualcosa che ci fa sorridere e sentire felici. Ma ci sono anche altri giorni, molto diversi, che ci costringono a fermarci, a guardare il dolore in faccia e, soprattutto, a ricordare chi non c’è più, chi ha sofferto e chi continua a soffrire. Lo scorso 15 novembre, la Giornata internazionale dei sopravvissuti al suicidio, è chiaramente uno di quei giorni. Ovviamente questa giornata, che si osserva il terzo sabato di novembre, non è una festa, ma neppure qualcosa da ignorare. È un giorno per dare voce, per tendere la mano, per offrire un abbraccio e per fare in modo che nessuno si senta costretto a percorrere da solo un cammino così difficile.

Quando parliamo di persone sopravvissute al suicidio non ci riferiamo solo a chi ha tentato di togliersi la vita ed è riuscito ad andare avanti. Parliamo anche di tutte quelle persone che hanno perso qualcuno per suicidio e che, in un certo senso, continuano a vivere con quel vuoto, con quella ferita aperta che non sempre si vede e che spesso nemmeno chi sta intorno riesce a cogliere. Parliamo di madri, padri, figli, fratelli, amici, vicini, colleghi di lavoro, compagni di scuola o di istituto che ogni giorno si svegliano ricordando che qualcuno di importante, una persona che conoscevano e a cui volevano bene, non c’è più. È un dolore profondo, silenzioso, spesso incomprensibile, che porta molte persone a nascondersi, a non mostrare ciò che sentono, a provare sensi di colpa, tristezza o persino rabbia. E va bene esprimere tutto questo, perché il dolore non deve mai essere un tabù. Nessun dolore dovrebbe esserlo.

È vero, parlare di suicidio è ancora molto difficile. Nella nostra società ci sono ancora sguardi pieni di paura o di giudizio. Domande come “Come è possibile che non se ne siano accorti?” o “Come ha potuto farlo?” sono ancora frequentissime, e la cosa peggiore è che chi le ascolta può sentirsi ancora più solo e incompreso. Per questo è fondamentale ricordare che dietro ogni numero c’è una storia, una persona, sogni infranti, speranze irraggiungibili e un cerchio di sopravvissuti che ha bisogno del nostro aiuto, del nostro sostegno e della nostra comprensione.

Essere sopravvissuti al suicidio non significa essere forti ogni giorno né superare il proprio dolore in silenzio. Significa esserci, a volte vacillando, affrontando emozioni che non hanno un nome, chiedendo aiuto quando la vita diventa insopportabile e imparando a convivere con l’assenza di quella persona senza permettere che quella stessa assenza ti distrugga. E anche se ogni giorno può essere una sfida, può anche essere un’opportunità per andare avanti, per onorare la memoria di chi se n’è andato e per ricostruire il proprio cammino con un nuovo significato.

Ovviamente la prevenzione è fondamentale, ma è altrettanto importante offrire tutto il supporto necessario dopo una perdita. Questo supporto consiste nell’ascoltare senza giudicare, nell’offrire compagnia senza fare pressioni e nel riconoscere e legittimare i sentimenti di chi ha perso una persona cara per suicidio. Tutto questo, insieme, può fare davvero la differenza. Perché spesso non si tratta di dare soluzioni magiche né di dire che andrà tutto bene, ma semplicemente di esserci, di dire “ti vedo, ti ascolto, ti capisco e, se lo desideri, affrontiamo questo insieme”.

Quando avviene qualcosa di così drammatico come il suicidio di una persona a noi vicina, soprattutto se molto giovane o adolescente, i gesti di solidarietà si moltiplicano. Molte persone e molte realtà nel mondo inviano messaggi di cordoglio, di incoraggiamento e anche di speranza, oltre a risorse utili se ne abbiamo bisogno, e testimonianze di chi è sopravvissuto a qualcosa di così doloroso come la perdita di un familiare o di un amico. Le storie di chi ha vissuto un tentativo di suicidio o di chi ha perso qualcuno sono preziose perché dimostrano che, anche nei momenti più bui, c’è ancora luce. E se ogni percorso è unico, condividerlo aiuta a capire che non è necessario attraversare quel dolore nel silenzio e nella solitudine.

Dobbiamo essere pienamente consapevoli di quanto sia importante ricordare, ma anche di quanto sia essenziale sapere come agire. Agire significa informarsi, significa chiedere davvero a qualcuno come sta, significa imparare a riconoscere i segnali d’allarme e sapere che chiedere aiuto non è un atto di debolezza ma di grande coraggio. Agire significa anche capire che i sopravvissuti hanno bisogno di spazi sicuri per esprimere il proprio dolore, condividere la propria storia e ricevere il sostegno di cui hanno bisogno. L’empatia è uno strumento potentissimo e, a volte, un semplice gesto di comprensione, affetto o vicinanza può salvare una vita o lenire un cuore spezzato dal dolore.

Contrariamente a ciò che alcuni credono, parlare di suicidio può salvare vite. Aprire conversazioni, ascoltare senza giudicare, riconoscere il dolore di qualcuno, normalizzare la richiesta di aiuto e condividere risorse utili sono passi che possiamo fare insieme. Perché così costruiamo una rete invisibile di persone che si prendono cura l’una dell’altra, che si sostengono e che ricordano che nessuno deve affrontare la propria sofferenza da solo.

Quindi, questo giorno non è un giorno triste, è un giorno per essere coraggiosi. Un giorno che riconosce l’enorme resilienza di chi è sopravvissuto al suicidio e di chi convive con una perdita dolorosa. Un giorno che ci ricorda che parlare, ascoltare e accompagnare salva vite, che ogni storia conta e che nessuna esperienza di dolore deve essere vissuta nel silenzio e nella solitudine. Perché, anche se il cammino può essere duro e pieno di ombre, c’è sempre speranza e ci sono sempre persone pronte a tenderci una mano, a offrirci un abbraccio e a regalarci pace, affetto e conforto.

In questi tempi così strani, in cui l’individualismo sembra dominare tutto, è più importante che mai saper guardare intorno a noi, parlare con chi ci sta a cuore e offrire la nostra presenza e il nostro affetto senza chiedere nulla in cambio. Dobbiamo imparare ad accogliere l’empatia, a rompere il silenzio e a ricordare che il semplice fatto di esserci può cambiare il modo in cui una persona affronta il proprio dolore e il vortice di emozioni che la attraversa quando un suicidio colpisce la sua vita. Perché ogni vita conta, ogni storia ha valore e ogni sopravvissuto merita di sentirsi visto, ascoltato e accompagnato nel proprio cammino mentre impara a gestire, a guarire o a convivere con il proprio dolore.

Sopravvivere non è solo un atto di resistenza. È anche un atto di amore verso se stessi, di vulnerabilità rivelata, di coraggio autentico. Per questo riconoscere chi ha vissuto questa esperienza così dolorosa, conoscere e onorare la sua storia e accompagnarlo nel suo percorso è un gesto prezioso che lascia sempre un segno.

Perciò voglio che tu ricordi che la tua storia conta, che il tuo dolore è reale e che non devi affrontarlo da solo.

Non dimenticare mai che anche nei giorni più bui può sempre esserci una luce.

Quella luce che ti ricorda che vale la pena andare avanti.

Credimi, lo so molto bene.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Ton Histoire Compte

Il y a des jours dans notre vie dont nous nous souvenons toujours parce qu’ils sont particulièrement joyeux, parce que nous célébrons un bel événement ou simplement parce qu’ils nous rappellent quelque chose qui nous fait sourire et nous rend heureux. Mais il y a aussi d’autres jours, très différents, qui nous obligent à nous arrêter, à regarder la douleur en face et, surtout, à nous souvenir de ceux qui ne sont plus là, de ceux qui ont souffert et de ceux qui souffrent encore. Le 15 novembre dernier, Journée internationale des survivants du suicide, est clairement l’un de ces jours. Bien sûr, cette journée, célébrée le troisième samedi de novembre, n’est pas une fête, mais elle n’est pas non plus un jour à ignorer. C’est un moment pour donner une voix, tendre la main, offrir une étreinte et faire en sorte que personne ne se sente obligé de parcourir seul un chemin aussi difficile.

Quand nous parlons de personnes survivantes du suicide, nous ne parlons pas uniquement de celles qui ont tenté de mettre fin à leurs jours et qui sont toujours là. Nous parlons aussi de toutes celles qui ont perdu quelqu’un par suicide et qui continuent, d’une manière ou d’une autre, à vivre avec ce vide, avec cette blessure ouverte qui ne se voit pas toujours et que souvent, les autres autour d’eux ne remarquent même pas. Nous parlons de mères, de pères, d’enfants, de frères, de sœurs, d’amis, de voisins, de collègues de travail, de camarades d’école ou de lycée qui se réveillent chaque jour en se souvenant que quelqu’un d’important, quelqu’un qu’ils connaissaient et qu’ils aimaient profondément, n’est plus là. C’est une douleur profonde, silencieuse, souvent incomprise, qui pousse les gens à se cacher, à ne pas montrer ce qu’ils ressentent, à éprouver de la culpabilité, de la tristesse ou même de la colère. Et c’est normal d’exprimer tout cela, car la douleur ne devrait jamais être un tabou. En réalité, aucune douleur ne devrait jamais l’être.

Il est vrai que parler du suicide reste encore très difficile. Dans notre société, les regards se chargent encore souvent de peur ou de jugement. On entend très fréquemment des questions comme “Comment n’a-t-on rien vu venir ?” ou “Comment a-t-il pu faire cela ?”. Ces questions reviennent constamment et le pire, c’est que ceux qui les entendent peuvent se sentir encore plus seuls et incompris. C’est pourquoi il est essentiel de se rappeler que derrière chaque chiffre se trouve une histoire, une personne, des rêves brisés, des espoirs devenus inaccessibles et un cercle de survivants qui ont besoin de toute notre aide, de tout notre soutien et de toute notre compréhension.

Être survivant du suicide ne signifie pas que l’on doit être fort en permanence ni affronter sa douleur en silence. Cela signifie être là, parfois vacillant, face à des émotions impossibles à nommer, cherchant de l’aide lorsque la vie devient insupportable et apprenant à vivre avec l’absence de cette personne sans laisser cette absence nous détruire. Et même si chaque jour peut être un défi, il peut aussi être une occasion d’avancer, d’honorer la mémoire de ceux qui sont partis et de reconstruire son propre chemin avec un nouveau sens.

Bien sûr, nous ne devons jamais oublier que la prévention est essentielle, mais il est tout aussi important d’offrir tout le soutien nécessaire après une perte. Ce soutien consiste à écouter sans juger, à offrir sa présence sans imposer quoi que ce soit et à reconnaître les sentiments de la personne qui a perdu un être cher par suicide. Tout cela, mis ensemble, peut faire une réelle différence. Parce que souvent, il ne s’agit pas de donner des solutions magiques ni de dire “tout ira bien”, mais simplement d’être là, de dire “je te vois, je t’écoute, je te comprends et si tu le veux, nous traverserons cela ensemble”.

Quand un suicide survient dans notre entourage, surtout lorsque la personne est très jeune ou adolescente, les gestes de solidarité se multiplient toujours. Autour de nous, de nombreuses personnes et organisations dans le monde envoient des messages de soutien, d’espoir, des ressources d’aide si nous en avons besoin et des témoignages de ceux qui ont survécu à une épreuve aussi douloureuse que la perte d’un proche, qu’il s’agisse d’un membre de la famille ou d’un ami. Les histoires de ceux qui ont vécu une tentative de suicide ou de ceux qui ont perdu quelqu’un sont précieuses car elles montrent que même dans les moments les plus sombres, il existe encore de la lumière. Et même si chaque chemin est unique, le partager aide à comprendre que personne n’a à traverser cette douleur en silence ni en solitude.

Nous devons être très conscients de ce que signifie se souvenir mais aussi de l’importance d’agir. Agir signifie informer, demander sincèrement comment va quelqu’un et écouter vraiment la réponse, apprendre à reconnaître les signaux d’alarme et savoir que demander de l’aide n’est pas un signe de faiblesse mais un immense acte de courage. Agir signifie aussi offrir aux survivants des espaces sûrs où ils peuvent exprimer leur douleur, partager leur histoire et ressentir le soutien dont ils ont besoin. L’empathie est une force immense et parfois un simple geste de compréhension, de tendresse ou d’affection peut sauver une vie ou apaiser un cœur brisé.

Contrairement à ce que certains prétendent, parler du suicide peut sauver des vies. Ouvrir la conversation, écouter sans juger, reconnaître la souffrance de quelqu’un, normaliser le fait de demander de l’aide et partager des ressources de soutien sont des pas que nous pouvons faire ensemble. Parce qu’en les faisant, nous construisons un réseau invisible de personnes qui prennent soin les unes des autres, qui se soutiennent mutuellement et qui se rappellent que personne ne doit affronter sa souffrance seul.

Ainsi, ce jour n’est pas un jour triste, c’est un jour pour être courageux. Un jour qui reconnaît la formidable résilience de ceux qui ont survécu au suicide et de ceux qui vivent avec une perte douloureuse. C’est un jour qui nous rappelle que parler, écouter et accompagner peut aussi sauver des vies, que chaque histoire compte et qu’aucune expérience de douleur ne doit être vécue dans le silence et la solitude. Car même si le chemin peut être difficile et rempli de moments sombres, il y a toujours de l’espoir et toujours des personnes prêtes à nous tendre la main et à nous entourer d’une étreinte capable d’apporter paix, affection et réconfort.

Dans ces temps étranges où l’individualisme semble tout envahir, il est plus important que jamais de regarder autour de nous, de parler à ceux qui comptent pour nous et d’offrir notre présence et notre affection sans rien attendre en retour. Nous devons apprendre à adopter l’empathie, à briser le silence et à nous souvenir que le simple fait d’être là peut changer la façon dont quelqu’un affronte la douleur et ce tourbillon d’émotions qui accompagne un suicide dans notre entourage. Parce que chaque vie compte, chaque histoire a de la valeur et chaque personne survivante mérite d’être vue, entendue et accompagnée sur son chemin, tandis qu’elle apprend à gérer, à guérir ou à vivre avec sa douleur.

Survivre n’est pas seulement un acte de résistance, c’est aussi un acte d’amour envers soi-même, de vulnérabilité assumée et de courage. C’est pourquoi reconnaître ceux qui ont vécu cette épreuve douloureuse, connaître et honorer leur histoire et les accompagner dans leur processus est un geste magnifique qui laisse toujours une trace.

C’est pour cela que je veux que tu te rappelles que ton histoire compte, que ta douleur est légitime et que tu n’as pas à la porter seul.

N’oublie jamais que même dans les jours les plus sombres, il y a toujours une lumière.

Cette lumière qui te rappelle que cela vaut la peine d’avancer.

Crois-moi, je le sais très bien.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
A Tua História Importa

Há dias na nossa vida de que sempre nos lembramos por serem especialmente alegres, porque celebramos um acontecimento bonito ou simplesmente porque nos trazem recordações que nos fazem sorrir e sentir felizes. Mas também há outros dias, muito diferentes, que nos obrigam a parar, a olhar a dor diretamente e, sobretudo, a recordar aqueles que já não estão, aqueles que sofreram e aqueles que continuam a sofrer. No passado dia 15 de novembro, o Dia Internacional do Sobrevivente do Suicídio, celebrado no terceiro sábado de novembro, foi claramente um desses dias. Não é, obviamente, um dia de festa, mas também não é um dia para ser ignorado. É um dia para dar voz, estender a mão, oferecer um abraço e garantir que ninguém sinta que percorre sozinho um caminho tão duro.

Quando falamos de pessoas sobreviventes do suicídio, não falamos apenas de quem tentou pôr fim à própria vida e conseguiu continuar em frente. Falamos também de todas as pessoas que perderam alguém para o suicídio e que, de alguma forma, continuam a viver com esse vazio, com essa ferida aberta que nem sempre se vê e que, muitas vezes, aqueles à sua volta nem sequer percebem. Falamos de mães, pais, filhos, irmãos, amigos, vizinhos, colegas de trabalho, colegas da escola ou do liceu que acordam todos os dias lembrando que alguém importante, alguém que conheciam e de quem gostavam muito, já não está presente. É uma dor profunda, silenciosa, muitas vezes incompreendida, que leva as pessoas a esconderem-se, a não mostrarem o que sentem, a sentirem culpa, tristeza ou até raiva. E está tudo bem expressar isso, porque a dor não deve ser um tabu. Na verdade, dor nenhuma devia ser tabu.

É verdade que falar de suicídio continua a ser muito difícil. Na nossa sociedade ainda há muitos olhares de medo ou de julgamento. São frequentes perguntas como “Como é que ninguém percebeu?” ou “Como é que ele ou ela pôde fazer isso?”. Estas perguntas repetem-se constantemente e o pior é que quem as ouve pode sentir-se ainda mais rodeado por essa sensação de solidão e incompreensão. Por isso é fundamental lembrarmos que por detrás de cada número há uma história, uma pessoa, sonhos destruídos, esperanças inalcançáveis e um círculo de sobreviventes que precisam de toda a nossa ajuda, apoio e compreensão.

Ser sobrevivente do suicídio não significa que tens de ser forte o tempo todo, nem superar a tua dor em silêncio. Significa estar presente, mesmo que por vezes de forma vacilante, enfrentando emoções impossíveis de nomear, procurando ajuda quando a vida se torna insuportável e aprendendo a conviver com a ausência da pessoa que partiu sem deixar que essa ausência te destrua. E, embora cada dia possa ser um desafio, também pode ser uma oportunidade para seguir em frente, honrar a memória de quem se foi e reconstruir o próprio caminho com um novo sentido.

Claro que nunca podemos esquecer que a prevenção é essencial, mas é igualmente importante oferecer todo o apoio necessário depois de uma perda. Esse apoio consiste em ouvir sem julgar, em oferecer companhia sem pressionar e em validar os sentimentos de quem perdeu alguém por suicídio. Tudo isso, somado, pode fazer a diferença. Porque, muitas vezes, não se trata de encontrar soluções mágicas nem de dizer “vai ficar tudo bem”, mas simplesmente de estar lá, de dizer “eu vejo-te, eu ouço-te, eu entendo-te e, se quiseres, estou contigo nisto”.

Quando acontece algo tão devastador como o suicídio de alguém do nosso círculo, sobretudo quando se trata de alguém muito jovem ou adolescente, os gestos de solidariedade multiplicam-se. À nossa volta, muitas pessoas e organizações no mundo inteiro enviam mensagens de pesar, de apoio, de esperança, recursos de ajuda caso precisemos deles e testemunhos de quem sobreviveu a algo tão doloroso como perder um ente querido, seja da família ou de entre os amigos. As histórias de quem passou por uma tentativa de suicídio ou de quem perdeu alguém são valiosas porque mostram que, mesmo nos momentos mais escuros, ainda existe luz. E, embora cada caminho seja único, partilhá-lo ajuda a perceber que não é preciso atravessar esta dor em silêncio nem em solidão.

Temos de ser muito conscientes do que significa recordar, mas também da importância de saber agir. Agir significa informar, perguntar sinceramente como alguém está e ouvir de verdade, aprender a identificar sinais de alerta e saber que pedir ajuda não é um sinal de fraqueza, mas de enorme coragem. Agir também significa garantir que as pessoas sobreviventes têm espaços seguros para expressar a sua dor, partilhar a sua história, receber e sentir o apoio de que precisam. A empatia é uma ferramenta poderosa e, por vezes, um simples gesto de compreensão, carinho ou afeto pode salvar uma vida ou aliviar um coração quebrado pela dor.

Apesar do que algumas pessoas dizem, falar de suicídio pode salvar vidas. Abrir conversas, ouvir sem julgar, reconhecer a dor de alguém, normalizar o pedido de ajuda e partilhar recursos de apoio são passos que podemos dar juntos. Porque, quando os damos, construímos uma rede invisível de pessoas que cuidam umas das outras, que se apoiam mutuamente e que recordam que ninguém tem de enfrentar o seu sofrimento sozinho.

Portanto, este dia não é um dia triste, é um dia para ser corajoso. Um dia que reconhece a enorme resiliência de quem sobreviveu ao suicídio e de quem vive com uma perda tão dolorosa. É um dia que nos recorda que falar, ouvir e acompanhar também salva vidas, que cada história importa e que nenhuma experiência de dor deve ser vivida no silêncio e na solidão. Porque, mesmo que o caminho seja duro e cheio de momentos escuros, há sempre esperança e há sempre alguém disposto a estender a mão e a envolver-nos num abraço que traz paz, carinho e consolo.

Nestes tempos estranhos em que o individualismo parece dominar tudo, é mais importante do que nunca olhar à nossa volta, falar com quem nos é querido e oferecer a nossa presença e afeto sem esperar nada em troca. Precisamos de aprender a abraçar a empatia, a romper o silêncio e a lembrar que o simples gesto de estar presente pode mudar a forma como alguém tenta lidar com a dor e com o turbilhão de emoções que surge quando há um suicídio no nosso círculo. Porque cada vida importa, cada história tem valor e cada pessoa sobrevivente merece ser vista, ouvida e acompanhada no seu caminho enquanto aprende a gerir, a sarar ou a conviver com a sua dor.

Sobreviver não é apenas um ato de resistência, é também um ato de amor próprio, de vulnerabilidade reconhecida e de coragem. Por isso reconhecer quem viveu esta dolorosa experiência, conhecer e honrar a sua história e acompanhá-lo no seu processo é um gesto precioso que deixa sempre marca.

É por isso que quero que te lembres de que a tua história importa, que a tua dor é válida e que não tens de a suportar sozinho.

Nunca te esqueças de que, mesmo nos dias mais escuros, há sempre uma luz.

Uma luz que te lembra que vale a pena seguir em frente.

Acredita em mim, eu sei muito bem.

La luz de Lucrecia sigue viva 

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

A veces un solo disparo no solo acaba con una vida, también sacude la conciencia de todo un país. Es en ese momento cuando entendemos que algo va muy mal y que tenemos que hacer todo lo posible por curar esa lacra infernal llamada RACISMO.

La noche del 13 de noviembre de 1992, en un viejo local abandonado de Aravaca, en Madrid, la vida de Lucrecia Pérez, una mujer dominicana que había venido a España buscando un futuro mejor, fue arrancada de la forma más cruel. No fue un crimen cualquiera. Fue el primer asesinato racista reconocido oficialmente en nuestro país y marcó un antes y un después en cómo España miraba el racismo que aún está presente en nuestra sociedad. 

Lucrecia tenía 33 años, una hija que la esperaba en República Dominicana y un sueño muy sencillo. Trabajar, ahorrar y poder volver a abrazar a su hija lo antes posible. Llevaba poco tiempo en España, como tantos que por entonces llegaban con la esperanza de encontrar una vida digna. Compartía piso con otras personas inmigrantes, buscaba trabajos temporales y se las arreglaba como podía. Aquella noche estaba en un antiguo local llamado la discoteca Four Roses, donde solían reunirse para charlar, escuchar música y pasar un rato tranquilo entre amigos.

Mientras tanto, a pocos kilómetros, un grupo de jóvenes encabezados por un guardia civil de 25 años llamado Luis Merino había estado bebiendo y alardeando de «cazar inmigrantes». Iba con tres menores. Entre bromas crueles y odio mal disimulado decidieron coger una pistola y subirse al coche. Su idea era ir hasta aquel local para asustar a los extranjeros que dormían allí. Pero no era una broma ni una locura de una noche. Era odio. El odio más cobarde y más vacío que puede caber en una persona.

Cuando llegaron, dispararon. Una de las balas alcanzó a Lucrecia. Murió en el acto. Otros resultaron heridos, entre ellos Augusto César Vargas, que consiguió sobrevivir y más tarde se convirtió en testigo del caso. A la mañana siguiente España amaneció con la noticia. Nadie podía entenderlo ni justificarlo. Habían matado a una mujer por ser negra, por ser inmigrante, solo por ser diferente.

A partir de ahí el país entero empezó a mirarse al espejo. Durante mucho tiempo se había repetido eso de que en España no hay racismo, que somos gente acogedora. Pero la muerte de Lucrecia desmontó esa idea. El racismo existía, estaba aquí, y ya nadie podía negarlo. Las calles se llenaron de gente pidiendo justicia. Asociaciones, vecinos, estudiantes, todo tipo de personas que salieron a decir basta. Fue el momento en que muchas personas entendieron que el racismo no es un problema de «otros», sino de «todos». Un problema que sigue estando y que va en aumento.  

La celebración del juicio tuvo lugar en 1994. Luis Merino fue condenado a 54 años de cárcel, 24 años por intento de asesinato de Augusto César Vargas y los tres menores también recibieron castigo de 15 años por el asesinato de Lucrecia y 9 por el intento de asesinato. Un pena total de 126 años que fue confirmada por el Tribunal Supremo en 1996. Por primera vez la justicia española reconoció que se trataba de un crimen por odio racial. Aquello fue más que una sentencia, era una forma de decir que no todo vale, que la vida de una persona no puede valer menos por su color de piel.

Con el paso del tiempo el nombre de Lucrecia Pérez se convirtió en un símbolo. Hay colegios, plazas y calles que hoy llevan su nombre. Su historia se enseña en las aulas y se recuerda cada año como lo que fue, un acto de barbarie que no podemos olvidar para no volverlo a repetir. Detrás de todo había una mujer trabajadora, valiente, que solo quería ganarse la vida y volver a abrazar a su hija cuanto antes. 

Han pasado más de treinta años, pero su historia sigue siendo dolorosamente actual. El racismo existe todavía y parece que va en aumento. No desaparecerá solo con leyes más duras, también hay que combatirlo desde educación, la empatía y la memoria hacia las víctimas. Porque cada vez que alguien sufre una agresión por su color de piel, por su acento o por su forma de vestir, el eco de aquel disparo en Aravaca vuelve a escucharse. Porque la convivencia puede ser muy frágil si no la cuidamos y permitimos que el odio siga extendiéndose. 

Lucrecia Pérez no murió solo por una bala. Murió por el prejuicio, por la ignorancia y por el odio. Pero también, de alguna manera, su muerte encendió una luz. 

Una luz que nos obliga a mirar de frente un problema que sigue entre nosotros. 

Esa luz, la de su memoria, sigue viva.

Por Lucrecia. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The Light of Lucrecia Still Shines

Sometimes a single gunshot does not just take a life, it shakes the conscience of an entire country. It is in that moment that we realise something is very wrong and that we must do everything we can to fight the terrible scourge called racism.

On the night of 13 November 1992, in an old abandoned building in Aravaca, Madrid, the life of Lucrecia Pérez, a Dominican woman who had come to Spain looking for a better future, was taken in the cruellest way. This was no ordinary crime. It was the first officially recognised racist murder in Spain and it marked a turning point in how the country viewed racism, which is still present in our society today.

Lucrecia was 33 years old, with a daughter waiting for her in the Dominican Republic, and she had a very simple dream. She wanted to work, save money, and be able to hug her daughter again as soon as possible. She had only been in Spain a short time, like so many others who arrived back then hoping to build a dignified life. She shared a flat with other immigrants, took temporary jobs, and did what she could to get by. That night she was at an old venue called the Four Roses nightclub, where people would gather to chat, listen to music, and spend a quiet evening with friends.

Meanwhile, a few kilometres away, a group of young people led by a 25-year-old civil guard called Luis Merino had been drinking and boasting about «hunting immigrants». He was accompanied by three minors. Between cruel jokes and barely hidden hatred, they decided to take a gun and get in the car. Their plan was to go to that venue to scare the foreigners who were sleeping there. But this was no joke or a one-night madness. It was hatred. The most cowardly and empty kind of hatred imaginable.

When they arrived, they fired. One of the bullets struck Lucrecia. She died instantly. Others were injured, including Augusto César Vargas, who survived and later became a key witness in the case. The next morning Spain woke to the news. Nobody could understand it or justify it. A woman had been killed simply for being black, for being an immigrant, for being different.

From that moment on, the whole country began to look in the mirror. For a long time people had said that racism did not exist in Spain, that we were a welcoming nation. But Lucrecia’s death shattered that illusion. Racism existed, it was here, and nobody could deny it anymore. The streets filled with people demanding justice. Associations, neighbours, students, people from all walks of life came out to say enough. It was the moment many understood that racism is not a problem for “others” but for “everyone.” It is a problem that still exists and seems to be growing.

The trial took place in 1994. Luis Merino was sentenced to 54 years in prison, 24 years for the attempted murder of Augusto César Vargas, and the three minors also received sentences of 15 years for the murder of Lucrecia and 9 years for the attempted murder. The total sentence of 126 years was confirmed by the Supreme Court in 1996. For the first time the Spanish justice system officially recognised it as a crime motivated by racial hatred. It was more than a sentence. It was a way of saying that not everything is acceptable and that one person’s life cannot be worth less because of the colour of their skin.

Over time the name of Lucrecia Pérez became a symbol. Schools, squares, and streets now bear her name. Her story is taught in classrooms and remembered every year for what it was, a horrific act that we must never forget so it is never repeated. Behind it all was a hardworking, brave woman who only wanted to make a living and hold her daughter in her arms again as soon as possible.

More than thirty years have passed, yet her story remains painfully relevant. Racism still exists and appears to be on the rise. It will not disappear through harsher laws alone. It must also be fought through education, empathy, and memory for the victims. Every time someone suffers an attack for their skin colour, their accent, or the way they dress, the echo of that gunshot in Aravaca is heard again. It reminds us that coexistence is fragile if we do not care for it and if we allow hatred to continue spreading.

Lucrecia Pérez did not die just from a bullet. She died because of prejudice, ignorance, and hatred. But in some way, her death also lit a light.

A light that forces us to confront a problem that is still among us.

That light, the light of her memory, still shines.

For Lucrecia.

Cuando los ricos jugaron a ser dioses

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Hay noticias que parecen salidas de una auténtica pesadilla, historias que cualquier persona decente desearía que fueran mentira. Pero, a veces, la realidad es tan cruel que ni la ficción surgida de la mente del mejor novelista distópico se atrevería a inventarla. Durante el asedio de Sarajevo, en plena guerra de Bosnia en los años noventa, mientras miles de personas luchaban por sobrevivir al hambre, a las bombas y a los francotiradores, algunos hombres ricos, muy ricos, pagaban para hacer exactamente eso, por disparar a seres humanos a modo de francotiradores. 

Cazar humanos. No hay otra forma de describirlo. Una práctica que nos devuelve al peor rostro de nuestra especie, donde la vida de los pobres, de los desplazados y de los inocentes no vale nada frente al capricho de los poderosos. Es el mismo desprecio que vemos en otras guerras, donde las víctimas son números y los culpables se esconden detrás de sus trajes caros y sus discursos de falsa moral.

Sí, así es. Pagaban por matar. Por apuntar con un rifle desde las colinas que rodeaban la ciudad y ver caer a una mujer que iba a buscar agua, a un niño que jugaba entre las ruinas de lo que antes era su hogar o a un anciano que intentaba cruzar la calle para conseguir algo de pan. Lo que hoy se conoce como “safaris humanos” o “turismo de francotirador” no es una simple metáfora. Es una acusación documentada en testimonios, películas y ahora investigaciones judiciales que están removiendo la conciencia de Europa.

El documental Sarajevo Safari fue el primero en poner nombre a esta barbarie. Dirigido por Miran Zupanič, recoge el testimonio de un antiguo miembro de los servicios de inteligencia que asegura que ciudadanos extranjeros adinerados pagaban miles de dólares por la experiencia de “probar suerte” disparando a civiles inocentes en Sarajevo. Según estas fuentes, había incluso una especie de “tarifa” según el tipo de víctima. Era un negocio macabro, cruel, criminal y organizado con la complicidad de las fuerzas serbobosnias que mantenían sitiada la ciudad durante la guerra.

Ahora, casi treinta años después, la Fiscalía de Milán ha abierto una investigación para esclarecer si ciudadanos italianos participaron en estos viajes a la muerte. Las acusaciones hablan de sumas cercanas a los cien mil euros para pasar un fin de semana de “diversión” en plena guerra. Es difícil siquiera imaginarlo, pero todo se reducía a algo tan simple como mezquino: pagar para asesinar por diversión. Mientras el mundo miraba impotente las imágenes de los niños muertos en los mercados de Sarajevo, mientras los cascos azules trataban de mantener una mínima línea humanitaria, había quienes veían en aquel infierno una oportunidad para el “ocio extremo”.

Lo más espantoso no es solo que esto pudiera ocurrir, sino que haya pasado prácticamente desapercibido durante casi treinta años. Occidente, que es tan rápido en condenar los crímenes de otros, miró una vez más hacia otro lado cuando se trataba de los suyos. ¿Cuántos de esos “turistas asesinos” eran empresarios, políticos o millonarios conocidos? ¿Cuántos siguieron después sus vidas, limpios, intachables o condecorados incluso por sus gobiernos con motivo de su “ejemplaridad” ? Si se confirma esta historia, estaríamos ante una de las expresiones más nauseabundas del poder, la impunidad y la inmundicia humanas.

Europa, que presume de memoria, debería exigir justicia. No basta con abrir investigaciones. Hay que sacar a la luz nombres, documentos, rutas de viaje e ntermediarios. Hay que señalar con el dedo a los responsables y decirles al mundo entero que sus crímenes no quedarán impunes. No se trata solo de Bosnia. Se trata de toda la sociedad y de nuestra capacidad de mirar a los ojos del horror sin fingir que no lo vemos.

Deberíamos reflexionar acerca de hasta qué punto hemos permitido que el dinero compre incluso el derecho a matar. Porque eso fue lo que ocurrió en Sarajevo. Alguien pagaba para apretar el gatillo o para que otra persona lo hiciera. Y detrás de cada disparo no había una “pieza de caza”. Detrás de cada disparo, había una persona, un ser humano, con una historia, con unos sueños de paz y esperanza truncados, y una familia que nunca volvió a ser la misma.

Los hechos tienen que esclarecerse y sus responsables deben ser conducidos ante la justicia para que asuman todo el peso de la ley. Porque si permitimos que algo así quede en el olvido, estaremos aceptando que hay vidas que valen más que otras, que el dinero puede comprar cualquier cosa, incluidas las vidas y la muerte de otras personas, y que todo se puede hacer o justificar si se paga el precio. Y eso, sencillamente, es el principio del fin de la humanidad.

Quizás Sarajevo nunca deje de ser una herida abierta, pero todavía podemos evitar que la cicatriz sea la del silencio. Porque cuando los ricos jugaron a ser dioses, el mundo calló. Y ese silencio, más que las balas, fue lo que realmente mató a Sarajevo.

Nunca olvidemos que la historia no se repite sola, la repetimos cuando miramos hacia otro lado.

Y eso fue lo que hicimos en Sarajevo. 

Mientras los ricos mataban.

Jugando a ser dioses.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
When The Rich Played At Being Gods

Some news stories seem like something out of a nightmare, stories that any decent person would wish were untrue. But sometimes reality is so cruel that not even the most dystopian novelist would dare to invent it. During the siege of Sarajevo, in the midst of the Bosnian war in the 1990s, while thousands of people were struggling to survive hunger, bombs and snipers, some rich men, very rich men, paid to do exactly that, to shoot human beings as snipers. 

Hunting humans. There is no other way to describe it. A practice that brings us back to the worst face of our species, where the lives of the poor, the displaced and the innocent are worthless in the face of the whims of the powerful. It is the same contempt we see in other wars, where the victims are numbers and the guilty hide behind their expensive suits and their speeches of false morality.

Yes, that’s right. They paid to kill. To aim a rifle from the hills surrounding the city and watch a woman who had gone to fetch water fall, a child playing among the ruins of what was once his home, or an elderly man trying to cross the street to get some bread. What is now known as ‘human safaris’ or ‘sniper tourism’ is not a simple metaphor. It is an accusation documented in testimonies, films and now judicial investigations that are stirring the conscience of Europe.

The documentary ‘Sarajevo Safari’ was the first to name this barbarity. Directed by Miran Zupanič, it collects the testimony of a former member of the intelligence services who claims that wealthy foreign citizens paid thousands of dollars for the experience of ‘trying their luck’ by shooting innocent civilians in Sarajevo. According to these sources, there was even a kind of ‘tariff’ depending on the type of victim. It was a macabre, cruel, criminal business organised with the complicity of the Bosnian Serb forces that besieged the city during the war.

Now, almost thirty years later, the Milan Public Prosecutor’s Office has opened an investigation to clarify whether Italian citizens participated in these trips to death. The accusations speak of sums close to one hundred thousand euros to spend a weekend of ‘fun’ in the midst of war. It is hard even to imagine, yet it all came down to something as simple as it was vile paying to kill for pleasure. While the world looked on helplessly at the images of dead children in the markets of Sarajevo, while the blue helmets tried to maintain a minimum humanitarian line, there were those who saw in that hell an opportunity for ‘extreme leisure’.

The most appalling thing is not only that this could happen, but that it has gone virtually unnoticed for almost thirty years. The West, which is so quick to condemn the crimes of others, once again looked the other way when it came to its own. How many of these ‘killer tourists’ were well-known businessmen, politicians or millionaires? How many went on to live their lives, clean, unblemished or even decorated by their governments for their ‘exemplary behaviour’? If this story is confirmed, we would be faced with one of the most nauseating expressions of human power, impunity and filth.

Europe, which prides itself on its memory, should demand justice. It is not enough to open investigations. Names, documents, travel routes and intermediaries must be brought to light. Those responsible must be singled out and told to the whole world that their crimes will not go unpunished. This is not just about Bosnia. It is about society as a whole and our ability to look horror in the eye without pretending we do not see it.

We should reflect on the extent to which we have allowed money to buy even the right to kill. Because that is what happened in Sarajevo. Someone paid to pull the trigger or for someone else to do so. And behind every shot there was not a “piece of game”. Behind every shot, there was a person, a human being, with a story, with dreams of peace and hope cut short, and a family that was never the same again.

The facts must be clarified and those responsible must be brought to justice to face the full weight of the law. Because if we allow something like this to be forgotten, we will be accepting that some lives are worth more than others, that money can buy anything, including the lives and deaths of other people, and that anything can be done or justified if the price is paid. And that, quite simply, is the beginning of the end of humanity.

Perhaps Sarajevo will never cease to be an open wound, but we can still prevent the scar from being one of silence. Because when the rich played at being gods, the world remained silent. And that silence, more than the bullets, was what really killed Sarajevo.

Let us never forget that history does not repeat itself on its own; we repeat it when we look the other way.

And that is what we did in Sarajevo. 

While the rich killed.

Playing at being gods.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Quando I Ricchi Giocavano A Fare Gli Dei

Ci sono notizie che sembrano uscite da un autentico incubo, storie che qualsiasi persona decente vorrebbe fossero false. Eppure, a volte, la realtà è così crudele che nemmeno l’immaginazione del miglior romanziere distopico oserebbe inventarla. Durante l’assedio di Sarajevo, nel pieno della guerra in Bosnia negli anni Novanta, mentre migliaia di persone lottavano per sopravvivere alla fame, alle bombe e ai cecchini, alcuni uomini, uomini molto ricchi, pagavano per fare esattamente questo, per sparare a esseri umani come cecchini.

Cacciare esseri umani. Non c’è altro modo per descriverlo. Una pratica che ci mostra il volto più oscuro della nostra specie, dove la vita dei poveri, degli sfollati e degli innocenti non vale nulla davanti ai capricci dei potenti. È lo stesso disprezzo che vediamo in altre guerre, dove le vittime sono semplici numeri e i colpevoli si nascondono dietro i loro costosi abiti e discorsi morali falsi.

Sì, è così. Pagavano per uccidere. Per puntare un fucile dalle colline che circondavano la città e guardare una donna che andava a prendere acqua cadere, un bambino che giocava tra le rovine di quella che un tempo era la sua casa o un anziano che cercava di attraversare la strada per ottenere un pezzo di pane.Ciò che oggi è conosciuto come safari umani o turismo da cecchino non è una semplice metafora. È un’accusa documentata in testimonianze, film e ora indagini giudiziarie che stanno scuotendo la coscienza dell’Europa.

Il documentario ‘Sarajevo Safari’ è stato il primo a dare un nome a questa barbarie. Diretto da Miran Zupanič, raccoglie la testimonianza di un ex membro dei servizi segreti che afferma che cittadini stranieri benestanti pagavano migliaia di dollari per l’esperienza di “tentare la fortuna” sparando a civili innocenti a Sarajevo. Secondo queste fonti, esisteva persino una sorta di tariffa a seconda del tipo di vittima. Era un’impresa macabra, crudele, criminale e organizzata con la complicità delle forze serbe che mantenevano assediata la città durante la guerra.

Ora, quasi trent’anni dopo, la Procura di Milano ha aperto un’inchiesta per chiarire se cittadini italiani abbiano partecipato a questi viaggi verso la morte. Le accuse parlano di cifre vicine ai centomila euro per un fine settimana di cosiddetto divertimento in piena guerra. È difficile anche solo immaginarlo, ma tutto si riduceva a qualcosa di tanto semplice quanto meschino pagare per uccidere per divertimento. Mentre il mondo osservava impotente le immagini dei bambini morti nei mercati di Sarajevo, mentre i caschi blu cercavano di mantenere una minima linea umanitaria, alcuni vedevano in quell’inferno un’opportunità per il cosiddetto svago estremo.

La cosa più agghiacciante non è solo che tutto questo potesse accadere, ma che sia passato praticamente inosservato per quasi trent’anni. L’Occidente, così veloce a condannare i crimini degli altri, ha voltato ancora una volta lo sguardo dall’altra parte quando si trattava dei propri. Quanti di questi “turisti assassini” erano noti imprenditori, politici o milionari? Quanti hanno continuato le loro vite, puliti, intoccabili, o addirittura decorati dai loro governi per la loro cosiddetta esemplarità? Se questa storia fosse confermata, ci troveremmo di fronte a una delle espressioni più nauseanti del potere, dell’impunità e della sporcizia umana.

L’Europa, che si vanta della memoria, dovrebbe chiedere giustizia. Aprire indagini non basta. Bisogna portare alla luce nomi, documenti, rotte di viaggio e intermediari. Bisogna indicare i responsabili e dire al mondo intero che i loro crimini non resteranno impuniti. Non si tratta solo della Bosnia. Si tratta dell’intera società e della nostra capacità di guardare l’orrore negli occhi senza fingere di non vederlo.

Dovremmo riflettere fino a che punto abbiamo permesso che il denaro comprasse persino il diritto di uccidere. Perché è quello che è successo a Sarajevo. Qualcuno pagava per premere il grilletto o per farlo fare a qualcun altro. E dietro ogni colpo non c’era una “preda da caccia”. Dietro ogni colpo c’era una persona, un essere umano, con una storia, con sogni di pace e speranza infranti e una famiglia che non sarebbe mai più stata la stessa.

I fatti devono essere chiariti e i responsabili portati davanti alla giustizia per affrontare tutto il peso della legge. Perché se permettiamo che qualcosa del genere venga dimenticato, stiamo accettando che alcune vite valgano più di altre, che il denaro possa comprare qualsiasi cosa, comprese le vite e la morte degli altri, e che tutto possa essere fatto o giustificato se si paga il prezzo. E questo, semplicemente, è l’inizio della fine dell’umanità.

Forse Sarajevo non smetterà mai di essere una ferita aperta, ma possiamo ancora evitare che la cicatrice sia quella del silenzio. Perché quando i ricchi giocavano a fare gli dei, il mondo taceva. E quel silenzio, più dei proiettili, è ciò che ha realmente ucciso Sarajevo.

Non dimentichiamo mai che la storia non si ripete da sola. La ripetiamo quando guardiamo dall’altra parte.

Ed è quello che abbiamo fatto a Sarajevo.

Mentre i ricchi uccidevano.

Giocando a fare gli dei.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Quand Les Riches Jouaient À Être Des Dieux

Il existe des nouvelles qui semblent sorties d’un véritable cauchemar, des histoires que toute personne décente souhaiterait être fausses. Et pourtant, parfois, la réalité est si cruelle que même l’imagination du meilleur romancier dystopique n’oserait l’inventer. Pendant le siège de Sarajevo, au cœur de la guerre de Bosnie dans les années quatre-vingt-dix, alors que des milliers de personnes luttaient pour survivre à la faim, aux bombes et aux snipers, certains hommes, des hommes très riches, payaient pour faire exactement cela, pour tirer sur des êtres humains en tant que snipers.

Chasser des êtres humains. Il n’y a pas d’autre mot pour le dire. Une pratique qui révèle le visage le plus sombre de notre espèce, où la vie des pauvres, des déplacés et des innocents ne vaut rien face aux caprices des puissants. C’est le même mépris que l’on voit dans d’autres guerres, où les victimes ne sont que des chiffres et où les coupables se cachent derrière leurs costumes coûteux et leurs discours moraux fallacieux.

Oui, c’est bien cela. Ils payaient pour tuer. Pour viser avec un fusil depuis les collines entourant la ville et voir tomber une femme qui allait chercher de l’eau, un enfant jouant parmi les ruines de ce qui avait été son foyer, ou un vieil homme essayant de traverser la rue pour obtenir un morceau de pain. Ce que l’on appelle aujourd’hui les safaris humains ou le tourisme de sniper n’est pas une simple métaphore. C’est une accusation documentée dans des témoignages, des films et désormais des enquêtes judiciaires qui bouleversent la conscience de l’Europe.

Le documentaire Sarajevo Safari a été le premier à nommer cette barbarie. Réalisé par Miran Zupanič, il recueille le témoignage d’un ancien membre des services de renseignement qui affirme que des citoyens étrangers aisés payaient des milliers de dollars pour l’expérience de “tester leur chance” en tirant sur des civils innocents à Sarajevo. Selon ces sources, il existait même une sorte de tarif selon le type de victime. C’était une entreprise macabre, cruelle, criminelle, organisée avec la complicité des forces serbes qui assiégeaient la ville pendant la guerre.

Aujourd’hui, presque trente ans plus tard, le parquet de Milan a ouvert une enquête pour déterminer si des citoyens italiens ont participé à ces voyages vers la mort. Les accusations parlent de sommes proches de cent mille euros pour passer un week-end de soi-disant “divertissement” en pleine guerre. Il est difficile même d’imaginer une telle chose, mais tout se résumait à quelque chose d’aussi simple que sordide payer pour tuer par plaisir. Pendant que le monde regardait impuissant les images des enfants morts dans les marchés de Sarajevo, alors que les Casques bleus tentaient de maintenir une ligne humanitaire minimale, certains voyaient dans cet enfer une occasion de divertissement extrême.

Le plus effroyable n’est pas seulement que cela ait pu se produire, mais que cela soit passé pratiquement inaperçu pendant presque trente ans. L’Occident, si prompt à condamner les crimes des autres, a détourné le regard une fois de plus quand il s’agissait des siens. Combien de ces “touristes assassins” étaient des entrepreneurs, des politiciens ou des millionnaires connus ? Combien ont continué leur vie, propres, intouchables, ou même décorés par leur gouvernement pour leur soi-disant exemplarité ? Si cette histoire est confirmée, nous serions confrontés à l’une des expressions les plus nauséabondes du pouvoir, de l’impunité et de l’indignité humaine.

L’Europe, qui se vante de sa mémoire, devrait exiger justice. Ouvrir des enquêtes ne suffit pas. Il faut mettre au jour des noms, des documents, des itinéraires et des intermédiaires. Il faut désigner les responsables et dire au monde entier que leurs crimes ne resteront pas impunis. Il ne s’agit pas seulement de la Bosnie. Il s’agit de la société tout entière et de notre capacité à regarder l’horreur en face sans faire semblant de ne pas la voir.

Nous devrions réfléchir à quel point nous avons permis à l’argent d’acheter même le droit de tuer. Car c’est ce qui s’est passé à Sarajevo. Quelqu’un payait pour appuyer sur la gâchette ou pour que quelqu’un d’autre le fasse. Et derrière chaque tir, il n’y avait pas une “proie de chasse”. Derrière chaque tir, il y avait une personne, un être humain, avec une histoire, des rêves de paix et d’espoir brisés, et une famille qui ne serait jamais plus la même.

Les faits doivent être clarifiés et les responsables traduits en justice pour qu’ils subissent tout le poids de la loi. Car si nous permettons qu’une telle chose tombe dans l’oubli, nous acceptons que certaines vies valent plus que d’autres, que l’argent peut acheter n’importe quoi, y compris la vie et la mort d’autrui, et que tout peut être fait ou justifié si le prix est payé. Et cela, tout simplement, est le début de la fin de l’humanité.

Peut-être que Sarajevo ne cessera jamais d’être une plaie ouverte, mais nous pouvons encore empêcher que la cicatrice soit celle du silence. Car lorsque les riches jouaient à être des dieux, le monde est resté silencieux. Et ce silence, plus que les balles, est ce qui a réellement tué Sarajevo.

N’oublions jamais que l’histoire ne se répète pas d’elle-même. Nous la répétons lorsque nous détournons le regard.

Et c’est ce que nous avons fait à Sarajevo.

Pendant que les riches tuaient.

Jouant à être des dieux.


🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Quando Os Ricos Jogaram A Ser Deuses

Há notícias que parecem saídas de um verdadeiro pesadelo, histórias que qualquer pessoa decente desejaria que fossem mentira. No entanto, por vezes, a realidade é tão cruel que nem a imaginação do melhor romancista distópico ousaria inventá-la. Durante o cerco de Sarajevo, no auge da guerra da Bósnia nos anos noventa, enquanto milhares de pessoas lutavam para sobreviver à fome, às bombas e aos franco-atiradores, alguns homens, homens muito ricos, pagavam para fazer exatamente isso, para disparar sobre seres humanos como franco-atiradores.

Caçar seres humanos. Não há outra forma de o descrever. Uma prática que revela o rosto mais sombrio da nossa espécie, onde a vida dos pobres, dos deslocados e dos inocentes não vale nada perante os caprichos dos poderosos. É o mesmo desprezo que vemos noutras guerras, onde as vítimas são apenas números e os culpados se escondem atrás dos seus fatos caros e dos seus discursos de moralidade falsa.

Sim, era assim. Pagavam para matar. Para apontar uma arma desde as colinas que rodeavam a cidade e ver cair uma mulher que ia buscar água, uma criança a brincar entre os escombros do que outrora fora o seu lar ou um idoso a tentar atravessar a rua para obter um pedaço de pão. O que hoje se conhece como safaris humanos ou turismo de franco-atirador não é uma mera metáfora. É uma acusação documentada em testemunhos, filmes e agora em investigações judiciais que estão a abalar a consciência da Europa.

O documentário Sarajevo Safari foi o primeiro a dar nome a esta barbárie. Realizado por Miran Zupanič, recolhe o testemunho de um antigo membro dos serviços de informação que afirma que cidadãos estrangeiros abastados pagavam milhares de dólares pela experiência de “testar a sorte” ao disparar sobre civis inocentes em Sarajevo. Segundo estas fontes, existia até uma espécie de tarifa consoante o tipo de vítima. Era um negócio macabro, cruel, criminoso e organizado com a cumplicidade das forças sérvias que mantinham a cidade sitiada durante a guerra.

Agora, quase trinta anos depois, o Ministério Público de Milão abriu uma investigação para esclarecer se cidadãos italianos participaram nestas viagens para a morte. As acusações referem somas próximas de cem mil euros para passar um fim de semana de “diversão” em plena guerra. É difícil até imaginar, mas tudo se resumia a algo tão simples quanto mesquinho pagar para matar por diversão. Enquanto o mundo assistia impotente às imagens de crianças mortas nos mercados de Sarajevo, enquanto os capacetes azuis tentavam manter uma mínima linha humanitária, alguns viam naquele inferno uma oportunidade de lazer extremo.

O mais horrível não é apenas que isto pudesse acontecer, mas que tenha passado praticamente despercebido durante quase trinta anos. O Ocidente, tão rápido a condenar os crimes dos outros, voltou a olhar para o lado quando se tratava dos seus próprios. Quantos desses “turistas assassinos” eram empresários, políticos ou milionários conhecidos? Quantos continuaram as suas vidas, limpos, intocáveis ou mesmo condecorados pelos seus governos pela sua suposta exemplaridade? Se esta história se confirmar, estaríamos perante uma das expressões mais nauseantes do poder, da impunidade e da imundícia humana.

A Europa, que se orgulha da memória, deveria exigir justiça. Abrir investigações não basta. É necessário pôr a descoberto nomes, documentos, rotas de viagem e intermediários. É preciso apontar os responsáveis e dizer ao mundo inteiro que os seus crimes não ficarão impunes. Não se trata apenas da Bósnia. Trata-se de toda a sociedade e da nossa capacidade de olhar o horror nos olhos sem fingir que não o vemos.

Devemos refletir até que ponto permitimos que o dinheiro comprasse até mesmo o direito de matar. Porque foi isso que aconteceu em Sarajevo. Alguém pagava para apertar o gatilho ou para que outra pessoa o fizesse. E por trás de cada disparo não havia uma “presa de caça”. Por trás de cada disparo, havia uma pessoa, um ser humano, com uma história, com sonhos de paz e esperança destruídos, e uma família que nunca mais seria a mesma.

Os factos têm de ser esclarecidos e os responsáveis devem ser levados à justiça para assumirem todo o peso da lei. Porque se permitirmos que algo assim caia no esquecimento, estaremos a aceitar que algumas vidas valem mais do que outras, que o dinheiro pode comprar qualquer coisa, incluindo a vida e a morte de outras pessoas, e que tudo pode ser feito ou justificado se se pagar o preço. E isso, simplesmente, é o princípio do fim da humanidade.

Talvez Sarajevo nunca deixe de ser uma ferida aberta, mas ainda podemos impedir que a cicatriz seja a do silêncio. Porque quando os ricos jogaram a ser deuses, o mundo ficou em silêncio. E esse silêncio, mais do que as balas, foi o que realmente matou Sarajevo.

Nunca nos esqueçamos que a história não se repete sozinha. Nós repetimo-la quando olhamos para o lado.

E foi isso que fizemos em Sarajevo.

Enquanto os ricos matavam.

Jogando a ser deuses.