La memoria frente al odio

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Hoy se cumplen 18 años del asesinato de Carlos Palomino, un joven de 16 años que fue apuñalado en el metro de Madrid por un militar neonazi, Josué Estébanez de la Hija. Aunque se quiso hacer ver lo contrario, Carlos no era ningún criminal, ni un violento, ni tampoco alguien que buscara problemas. Era un estudiante, un chico corriente de 16 años con toda una vida por delante. Aquella mañana iba con sus amigos a una manifestación antirracista en el barrio de Usera, convocada para rechazar el racismo y el fascismo. Iban con sus pancartas, con su ilusión y con la idea de defender la igualdad y el respeto para todas las personas. Pero el fascismo le arrebató la vida.

El autor de su muerte, un militar con ideología neonazi, llevaba una camiseta con símbolos de odio y un cuchillo escondido. Cuando vio a Carlos y a otros jóvenes con pegatinas y símbolos antifascistas, sacó el arma y lo apuñaló directamente en el corazón. Lo hizo sin más, sin provocación alguna, como así quedó grabado por las cámaras del metro. El crimen fue brutal, sin sentido y motivado únicamente por el odio ideológico. En 2009 fue condenado a 26 años de prisión por asesinato con agravante ideológica y tentativa de homicidio, una de las primeras sentencias en España que reconoció el odio político como agravante. Sin embargo, en todos estos años no ha indemnizado a la familia, a pesar de estar obligado a hacerlo por la justicia. 

Carlos se convirtió, sin quererlo, en un símbolo de la lucha contra el fascismo. Su nombre representa a todos los que han sufrido las consecuencias del odio y la intolerancia. El antifascismo no es una moda ni una etiqueta, es una postura humana y ética ante la vida. Es rechazar el racismo, la homofobia, el machismo y cualquier forma de discriminación. Es decirle no al odio y sí a la convivencia desde la diversidad. 

Su madre, Mamen Domínguez, ha sido desde entonces una voz incansable en la defensa de la memoria de su hijo y de todas las víctimas del fascismo. Con una fuerza admirable, ha convertido su dolor en un compromiso férreo. Ha participado en charlas, actos, concentraciones y homenajes, repitiendo siempre un mismo mensaje. Y ese mensaje no es otro que la memoria no es venganza, sino justicia y conciencia. Gracias a ella, el nombre de Carlos sigue vivo y su historia no se ha borrado del recuerdo colectivo.

Cada 11 de noviembre, cientos de personas salen a las calles de distintas ciudades para recordarle. No solo como homenaje, sino como un acto de compromiso para seguir luchando contra lo que le arrebató la vida. Por eso, recordar a Carlos es recordar que el fascismo no se combate solo en los libros de historia, sino también en el presente, cuando alguien sufre discriminación o es señalado únicamente por ser diferente. ¿Y por qué no podemos permanecer impasibles ante el fascismo? Pues porque debemos ser muy conscientes de que la indiferencia es el terreno donde crece el odio, y nuestro silencio nos hace cómplices. 

Aunque el tiempo avance, la herida sigue abierta. Pero también sigue viva la memoria, la solidaridad y la dignidad de quienes no se resignan. Es verdad que Carlos ya no está, pero su nombre aún se ve en murales, resuena en canciones, sigue escribiéndose en pancartas y está grabado en los corazones de quienes nunca lo olvidarán y siguen luchando contra el fascismo. Nunca olvidemos que el silencio y la pasividad son cómplices del odio, que van unidos de la mano, y que solo con empatía, determinación, justicia y memoria se puede construir un futuro diferente.

No solo hay que pensar en el joven de 16 años que perdió la vida por creer en un mundo más justo. También hay que pensar en todo lo que nos queda por hacer para que nadie más muera por sus ideas o por su color de piel. 

Por eso, 18 años después, hay que seguir gritando con la misma fuerza y la misma convicción.

¡Carlos Palomino, presente!

¡Ahora y siempre!

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Memory Against Hatred

Today marks eighteen years since the murder of Carlos Palomino, a sixteen-year-old boy who was stabbed to death on the Madrid underground by a neo-Nazi soldier, Josué Estébanez de la Hija. Although some tried to make it seem otherwise, Carlos was not a criminal, nor a violent person, nor someone looking for trouble. He was a student, an ordinary sixteen-year-old with his whole life ahead of him. That morning, he was on his way with friends to an anti-racist demonstration in the Usera district, organised to denounce racism and fascism. They went with their banners, their enthusiasm, and their belief in equality and respect for all people. But fascism took his life away.

The man responsible for his death, a soldier with neo-Nazi ideology, was wearing a T-shirt with hate symbols and carrying a concealed knife. When he saw Carlos and other young people with anti-fascist badges and stickers, he drew the weapon and stabbed him directly in the heart. He did so without hesitation, without any provocation, as was later confirmed by the underground’s security cameras. The crime was brutal, senseless, and driven purely by ideological hatred. In 2009, he was sentenced to twenty-six years in prison for murder with ideological aggravation and attempted homicide, one of the first court rulings in Spain to recognise political hatred as an aggravating factor. However, in all these years, he has never compensated the family, despite being legally obliged to do so.

Carlos became, unintentionally, a symbol of the struggle against fascism. His name represents all those who have suffered the consequences of hatred and intolerance. Anti-fascism is not a fashion or a label; it is a human and ethical stance towards life. It means rejecting racism, homophobia, sexism, and every form of discrimination. It means saying no to hatred and yes to coexistence in diversity.

His mother, Mamen Domínguez, has since been a tireless voice in defending the memory of her son and all victims of fascism. With admirable strength, she has turned her pain into an unwavering commitment. She has participated in talks, events, rallies and tributes, always repeating the same message. And that message is none other than that memory is not revenge, but justice and conscience. Thanks to her, Carlos’ name lives on and his story has not been erased from the collective memory.

Every 11th of November, hundreds of people take to the streets in different cities to remember him. Not only as a tribute, but also as a pledge to continue fighting against what took his life. Remembering Carlos means remembering that fascism is not fought only in history books, but also in the present, whenever someone suffers discrimination or is singled out simply for being different. And why can we not remain indifferent to fascism? Because we must be fully aware that indifference is the ground on which hatred grows, and our silence makes us complicit.

As time goes by, the wound remains open. Yet memory, solidarity, and dignity also remain alive among those who refuse to give in. It is true that Carlos is no longer here, but his name can still be seen on murals, heard in songs, written on banners, and felt in the hearts of those who will never forget him and who continue to fight against fascism. We must never forget that silence and passivity are accomplices of hatred, that they go hand in hand, and that only through empathy, determination, justice, and memory can a different future be built.

We must not only think of the sixteen-year-old who lost his life for believing in a fairer world, but also of all that remains to be done so that no one else dies for their ideas or the colour of their skin.

That is why, eighteen years later, we must continue to shout with the same strength and conviction.

Carlos Palomino, present!

Now and always!

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
La memoria contro l’odio

Oggi ricorrono diciotto anni dall’omicidio di Carlos Palomino, un ragazzo di sedici anni accoltellato nella metropolitana di Madrid da un militare neonazista, Josué Estébanez de la Hija. Sebbene alcuni abbiano cercato di far sembrare il contrario, Carlos non era un criminale, né una persona violenta, né qualcuno in cerca di problemi. Era uno studente, un ragazzo comune di sedici anni con tutta la vita davanti a sé. Quella mattina si stava recando con gli amici a una manifestazione antirazzista nel quartiere di Usera, organizzata per denunciare il razzismo e il fascismo. Andavano con i loro striscioni, il loro entusiasmo e la convinzione di difendere l’uguaglianza e il rispetto per tutte le persone. Ma il fascismo gli tolse la vita.

L’autore della sua morte, un militare con ideologia neonazista, indossava una maglietta con simboli d’odio e portava nascosto un coltello. Quando vide Carlos e altri giovani con spille e adesivi antifascisti, estrasse l’arma e lo colpì direttamente al cuore. Lo fece senza esitazione, senza alcuna provocazione, come confermato dalle telecamere della metropolitana. Il crimine fu brutale, senza senso e motivato esclusivamente dall’odio ideologico. Nel 2009 fu condannato a ventisei anni di carcere per omicidio con aggravante ideologica e tentato omicidio, una delle prime sentenze in Spagna a riconoscere l’odio politico come circostanza aggravante. Tuttavia, in tutti questi anni, non ha mai risarcito la famiglia, nonostante fosse obbligato dalla legge.

Carlos divenne, suo malgrado, un simbolo della lotta contro il fascismo. Il suo nome rappresenta tutti coloro che hanno subito le conseguenze dell’odio e dell’intolleranza. L’antifascismo non è una moda né un’etichetta, è una posizione umana ed etica di fronte alla vita. Significa rifiutare il razzismo, l’omofobia, il sessismo e qualsiasi forma di discriminazione. Significa dire no all’odio e sì alla convivenza nella diversità.

Sua madre, Mamen Domínguez, è stata da allora una voce instancabile nella difesa della memoria di suo figlio e di tutte le vittime del fascismo. Con una forza ammirevole, ha trasformato il suo dolore in un impegno incrollabile. Ha partecipato a conferenze, eventi, manifestazioni e commemorazioni, ripetendo sempre lo stesso messaggio. E quel messaggio non è altro che la memoria non è vendetta, ma giustizia e coscienza. Grazie a lei, il nome di Carlos continua a vivere e la sua storia non è stata cancellata dalla memoria collettiva.

Ogni 11 novembre, centinaia di persone scendono in strada in diverse città per ricordarlo. Non solo come tributo, ma anche come impegno a continuare a combattere contro ciò che gli ha tolto la vita. Ricordare Carlos significa ricordare che il fascismo non si combatte solo nei libri di storia, ma anche nel presente, ogni volta che qualcuno subisce discriminazioni o viene preso di mira semplicemente per essere diverso. E perché non possiamo rimanere indifferenti di fronte al fascismo? Perché dobbiamo essere pienamente consapevoli che l’indifferenza è il terreno dove cresce l’odio e il nostro silenzio ci rende complici.

Col passare del tempo, la ferita resta aperta. Eppure la memoria, la solidarietà e la dignità rimangono vive in chi non si arrende. È vero che Carlos non c’è più, ma il suo nome si vede ancora sui murales, risuona nelle canzoni, continua a essere scritto sugli striscioni ed è inciso nei cuori di chi non lo dimenticherà mai e continua a combattere contro il fascismo. Non dobbiamo mai dimenticare che il silenzio e la passività sono complici dell’odio, che vanno di pari passo e che solo con empatia, determinazione, giustizia e memoria si può costruire un futuro diverso.

Non bisogna pensare solo al ragazzo di sedici anni che ha perso la vita per credere in un mondo più giusto. Bisogna pensare anche a tutto ciò che resta da fare affinché nessuno muoia più per le proprie idee o per il colore della pelle.

Per questo, diciotto anni dopo, dobbiamo continuare a gridare con la stessa forza e la stessa convinzione.

Carlos Palomino, presente!

Ora e sempre!

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Mémoire contre la haine

Aujourd’hui marque les dix-huit ans depuis le meurtre de Carlos Palomino, un jeune de seize ans poignardé dans le métro de Madrid par un militaire néonazi Josué Estébanez de la Hija. Bien que certains aient voulu faire croire le contraire, Carlos n’était pas un criminel, ni une personne violente, ni quelqu’un cherchant les ennuis. C’était un étudiant, un garçon ordinaire de seize ans avec toute la vie devant lui. Ce matin-là, il se rendait avec ses amis à une manifestation antiracistedans le quartier de Usera organisée pour dénoncer le racisme et le fascisme. Ils étaient porteurs de leurs pancartes, pleins d’enthousiasme et animés par la volonté de défendre l’égalité et le respect de toutes les personnes. Mais le fascisme lui a arraché la vie.

L’auteur de sa mort, un militaire avec une idéologie néonazie, portait un T-shirt avec des symboles de haine et cachait un couteau. Lorsqu’il a vu Carlos et d’autres jeunes avec des badges et des autocollants antifascistes, il a sorti l’arme et l’a poignardé directement au cœur. Il l’a fait sans hésitation, sans aucune provocation, comme l’ont confirmé les caméras de sécurité du métro. Le crime a été brutal, insensé et motivé uniquement par la haine idéologique. En 2009, il a été condamné à vingt-six ans de prison pour meurtre avec circonstance aggravante idéologique et tentative d’homicide, l’une des premières décisions en Espagne à reconnaître la haine politique comme circonstance aggravante. Cependant, pendant toutes ces années, il n’a jamais indemnisé la famille malgré l’obligation légale de le faire.

Carlos est devenu malgré lui un symbole de la lutte contre le fascisme. Son nom représente tous ceux qui ont souffert des conséquences de la haine et de l’intolérance. L’antifascisme n’est pas une mode ni une étiquette, c’est une position humaine et éthique face à la vie. Cela signifie rejeter le racisme, l’homophobie, le sexisme et toute forme de discrimination. Cela signifie dire non à la haine et oui à la coexistence dans la diversité.

Sa mère, Mamen Domínguez, n’a cessé depuis lors de défendre la mémoire de son fils et de toutes les victimes du fascisme. Avec une force admirable, elle a transformé sa douleur en un engagement sans faille. Elle a participé à des conférences, des manifestations, des rassemblements et des hommages, répétant toujours le même message. Et ce message n’est autre que la mémoire n’est pas vengeance, mais justice et conscience. Grâce à elle, le nom de Carlos reste vivant et son histoire n’a pas été effacée de la mémoire collective.

Chaque 11 novembre, des centaines de personnes descendent dans les rues de différentes villes pour se souvenir de lui. Non seulement comme un hommage mais aussi comme un engagement à continuer à lutter contre ce qui lui a ôté la vie. Se souvenir de Carlos signifie se rappeler que le fascisme ne se combat pas seulement dans les livres d’histoire mais aussi dans le présent lorsque quelqu’un subit des discriminations ou est ciblé simplement pour être différent. Et pourquoi ne pouvons-nous pas rester indifférents face au fascisme ? Parce que nous devons être pleinement conscients que l’indifférence est le terrain où la haine grandit et que notre silence nous rend complices.

Avec le temps, la blessure reste ouverte. Mais la mémoire, la solidarité et la dignité demeurent vivantes chez ceux qui refusent de céder. Il est vrai que Carlos n’est plus là, mais son nom se voit encore sur les murs, résonne dans les chansons, continue à être écrit sur les pancartes et est gravé dans le cœur de ceux qui ne l’oublieront jamais et qui continuent à lutter contre le fascisme. N’oublions jamais que le silence et la passivité sont complices de la haine, qu’ils vont de pair et que seul l’empathie, la détermination, la justice et la mémoire peuvent construire un avenir différent.

Il ne faut pas seulement penser au jeune de seize ans qui a perdu la vie pour croire en un monde plus juste. Il faut aussi penser à tout ce qu’il reste à faire pour que personne d’autre ne meure pour ses idées ou la couleur de sa peau.

C’est pourquoi dix-huit ans plus tard nous devons continuer à crier avec la même force et la même conviction.

Carlos Palomino, présent!

Maintenant et toujours!

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Memória contra o ódio

Hoje completam-se dezoito anos desde o assassinato de Carlos Palomino, um jovem de dezasseis anos esfaqueado no metro de Madrid por um militar neonazi Josué Estébanez de la Hija. Embora alguns tenham tentado fazer parecer o contrário, Carlos não era um criminoso, nem uma pessoa violenta, nem alguém à procura de problemas. Era um estudante, um rapaz comum de dezasseis anos com toda a vida pela frente. Naquela manhã, dirigia-se com os amigos a uma manifestação antirracista no bairro de Usera, organizada para denunciar o racismo e o fascismo. Iam com os seus cartazes, com entusiasmo e com a convicção de defender a igualdade e o respeito por todas as pessoas. Mas o fascismo tirou-lhe a vida.

O autor da sua morte, um militar com ideologia neonazi, vestia uma camisola com símbolos de ódio e levava uma faca escondida. Quando viu Carlos e outros jovens com emblemas e autocolantes antifascistas, sacou a arma e esfaqueou-o diretamente no coração. Fez-o sem hesitação, sem qualquer provocação, como foi confirmado pelas câmaras de segurança do metro. O crime foi brutal, sem sentido e motivado exclusivamente pelo ódio ideológico. Em 2009, foi condenado a vinte e seis anos de prisão por homicídio com agravante ideológica e tentativa de homicídio, uma das primeiras sentenças em Espanha a reconhecer o ódio político como agravante. No entanto, durante todos estes anos, nunca indemnizou a família, apesar de estar legalmente obrigado a fazê-lo.

Carlos tornou-se, seu malgrado, um símbolo da luta contra o fascismo. O seu nome representa todos aqueles que sofreram as consequências do ódio e da intolerância. O antifascismo não é uma moda nem uma etiqueta, é uma posição humana e ética perante a vida. Significa rejeitar o racismo, a homofobia, o sexismo e qualquer forma de discriminação. Significa dizer não ao ódio e sim à convivência na diversidade.

A sua mãe, Mamen Domínguez, tem sido desde então uma voz incansável na defesa da memória do seu filho e de todas as vítimas do fascismo. Com uma força admirável, transformou a sua dor num compromisso inabalável. Participou em palestras, eventos, concentrações e homenagens, repetindo sempre a mesma mensagem. E essa mensagem não é outra senão que a memória não é vingança, mas justiça e consciência. Graças a ela, o nome de Carlos continua vivo e a sua história não foi apagada da memória coletiva.

Todos os 11 de novembro, centenas de pessoas saem às ruas em diferentes cidades para se lembrarem dele. Não apenas como homenagem, mas também como um compromisso de continuar a lutar contra aquilo que lhe tirou a vida. Lembrar Carlos significa recordar que o fascismo não se combate apenas nos livros de história mas também no presente, sempre que alguém sofre discriminação ou é alvo apenas por ser diferente. E porque não podemos permanecer indiferentes perante o fascismo? Porque devemos estar plenamente conscientes de que a indiferença é o terreno onde o ódio cresce e o nosso silêncio torna-nos cúmplices.

Com o passar do tempo, a ferida continua aberta. Mas a memória, a solidariedade e a dignidade permanecem vivas em quem não se rende. É verdade que Carlos já não está aqui, mas o seu nome continua visível nos murais, ressoa nas canções, continua a ser escrito nos cartazes e está gravado nos corações de quem nunca o esquecerá e continua a lutar contra o fascismo. Não devemos esquecer que o silêncio e a passividade são cúmplices do ódio, que andam de mãos dadas e que apenas com empatia, determinação, justiça e memória se pode construir um futuro diferente.

Não devemos pensar apenas no jovem de dezasseis anos que perdeu a vida por acreditar num mundo mais justo. Devemos também pensar em tudo o que ainda falta fazer para que ninguém mais morra pelas suas ideias ou pela cor da sua pele.

É por isso que, dezoito anos depois, devemos continuar a gritar com a mesma força e a mesma convicção.

¡Carlos Palomino, presente!

¡Agora e sempre!

Alma, dignidad y libertad

Hace seiscientos años que el pueblo gitano llegó a España. Su presencia está más que documentada desde 1425, cuando el conde Juan de Egipto Menor obtuvo salvoconductos de los reyes de Aragón y Castilla. Desde entonces, su historia se ha entrelazado con la nuestra. Su lengua, su arte, su música y su manera de entender la vida se mezclaron con las de esta tierra hasta formar algo nuevo, mestizo y profundamente humano. Este año, cuando celebramos seis siglos de presencia gitana, no basta con recordar su llegada, también hay que reconocer su legado cultural inmaterial, su lucha y, sobre todo, su dignidad.

El pueblo calé ha sido, y sigue siendo, una de las raíces más vivas de nuestra cultura. Está en los patios donde suena una guitarra, en el ritmo del flamenco, en la alegría de las fiestas y, sobre todo, en las palabras que usamos cada día sin pensar de dónde vienen. El caló, esa variedad del romaní que los gitanos adaptaron al castellano, ha dejado una huella indeleble en nuestro idioma. Decimos chaval cuando hablamos de un muchacho, parné cuando nos referimos al dinero, currar cuando trabajamos, camelar cuando alguien nos gusta, molar cuando algo nos encanta o pirarse cuando nos vamos. Usamos jaleo, chachi, pinreles, gachó, gachí, churumbel o chungo, y con cada una de ellas pronunciamos un pedacito de historia gitana que se hizo nuestra.

Esa riqueza lingüística es mucho más que una curiosidad, es la prueba de una convivencia real, de una fusión cultural que ha dado forma al alma española. Pero la lengua no puede sobrevivir si el pueblo que la habla sigue siendo discriminado. Y, por desgracia, seis siglos después, la discriminación contra los gitanos y gitanas sigue presente.

A lo largo de la historia, se promulgaron numerosas Pragmáticas Reales que buscaban borrar su identidad. Desde el siglo XV se les obligó a abandonar su modo de vida, a renunciar a su lengua y a dispersarse. La más brutal de esas medidas fue la llamada Gran Redada de 1749, cuando miles de hombres, mujeres y niños gitanos fueron encarcelados y separados de sus familias. A pesar de todo, el pueblo gitano resistió. No perdió su orgullo ni su duende. Transformó el dolor en arte, la pena en cante, la marginación en fuerza colectiva.

Aunque se han dado pasos hacia la igualdad, el pueblo gitano sigue siendo uno de los grupos más discriminados en Europa. Lo confirman la Fundación Secretariado Gitano, el Consejo de Europa y Amnistía Internacional cuando afirman que todavía existen profundas desigualdades en acceso a la vivienda, la educación y el empleo, y siguen vigentes estereotipos negativos altamente discriminatorios en los medios y en la sociedad. El antigitanismo, reconocido por la Unión Europea como una forma específica de racismo, continúa siendo una herida abierta. 

Por eso hablar de los derechos humanos del pueblo gitano es hablar de justicia y de reparación. Es reconocer siglos de persecución y, al mismo tiempo, siglos de resistencia y de aportaciones. Es entender que la historia de España no se puede contar sin el arte gitano, sin su compás, su flamenco, su creatividad y su manera libre de vivir.

El caló, como su pueblo, ha sobrevivido a todo. Ha sobrevivido al desprecio, al olvido y a todos los intentos de borrarlo. En cada palabra que decimos sin saberlo vive una historia de resistencia. Cada camelo es una muestra de cariño, cada jaleo una forma de estar en el mundo, cada churumbel una promesa de un futuro lleno de esperanza. 

Celebrar los seiscientos años de la llegada del pueblo gitano a España es celebrar también la diversidad que nos construye como sociedad rica y diversa. Es mirar a nuestros hermanos y hermanas gitanas con respeto, no con condescendencia ni parternalismos. Es reconocer que su historia es también la nuestra, que su lengua nos habita y que su arte nos define como sociedad.

La libertad, la dignidad y el duende gitano no se aprenden, se sienten. Y siguen vivos en cada rincón donde alguien camela la vida, donde se canta una pena que se vuelve fuerza, o donde un chaval sueña con un futuro sin prejuicios.

Porque mientras haya quien diga chachi, quien tenga parné de ilusiones y quien viva con duende.

El alma gitana seguirá latiendo en el corí de España.

Con la libertad de todo su duende.

¡Salud y Libertad!

¡Opre roma!

✨💙🫂❤️🫂💚✨

Educar también es proteger

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

El pasado 6 de noviembre se celebró el Día Internacional contra el Acoso Escolar y el Ciberacoso, una fecha que debería servir para mucho más que para mandar mensajes bonitos en redes. En verdad, todos los días deberían dedicarse a conocer de verdad lo que está pasando en las aulas. ¿Por qué? Porque muchos centros educativos, aunque no todos, siguen ignorando o minimizando el problema. Lo maquillan, lo esconden o lo disfrazan de “conflicto entre alumnos”, cuando en realidad hay chicos y chicas que cada día sufren humillaciones, insultos, burlas o exclusión. Lo sufren a diario hasta que ya no pueden más y nos despertamos con una triste noticia en los periódicos y en los telediarios. 

Seamos claros, el acoso escolar y el ciberacoso no son simples peleas ni bromas pesadas. El acoso y el ciberacoso son formas de violencia que pueden ser mortales. Y lo peor es que demasiadas veces se ve, se escucha y se sabe, pero muy pocas veces se actúa. No se actúa por miedo, por comodidad o por falta de formación. Miedo a que la situación se haga pública, a enfrentarse a padres y madres que prefieren no hablar de diversidad o a titulares incómodos en los medios de comunicación. Comodidad, porque es más fácil mirar hacia otro lado que enfrentarse al conflicto. Y falta de formación, porque todavía hay docentes que no saben cómo intervenir, cómo detectar las señales o cómo acompañar a una víctima. ¿Cómo se empieza a solucionar esto? Muchas veces, el mejor comienzo es leer lo que dicen los protocolos y aplicarlos. Algo tan simple salva vidas, pero muy pocas veces se cumple. 

Últimamente, sobre todo cuando hay una víctima reciente, se habla mucho de empatía y de respeto, pero esas palabras pierden todo su sentido si solo se usan un par de veces al año o cuando hay una víctima mortal más. De nada sirve hacer campañas si en el día a día se toleran los insultos, las agresiones y si no se trabaja la convivencia desde la prevención o si las víctimas sienten que nadie las escucha. La escuela debería ser un espacio seguro, el primer lugar donde un niño o una niña aprenda que nadie tiene derecho a humillar a otro, que la diferencia no es una amenaza, sino una riqueza. Pero para eso hace falta compromiso, no solo discursos. Así, los centros educativos se olvidan de cuál es su principal función. Y no, no es la enseñarles matemáticas, historia, Lengua o Geografía. La verdadera función, la más importante de todas, es la de protegerles de todo ataque contra derechos más básicos y fundamentales, de toda forma de agresión y defenderles ante cualquier situación que atente en contra de su integridad física y moral. Porque, no olvidemos que, tanto el acoso y el ciberacoso, son una forma de humillación y tortura que destruye y niega la dignidad de la víctima. Sin embargo, a los centros educativos esto se les olvida siempre con demasiadas frecuencia y también a buena parte de la sociedad. 

Muchas veces se piensa que es solo un acto que se realiza “cuerpo a cuerpo”, pero el ciberacoso es una extensión del mismo problema y, muchas veces, de una forma mucho más cruel. Las burlas y los insultos ya no se quedan en el patio del colegio, también se arrastran a los móviles, a los grupos de WhatsApp y a las redes sociales. Se multiplican, se viralizan y los centros educativos, con frecuencia, se lavan las manos diciendo que “eso ocurre fuera del horario escolar”. Pero el daño no entiende de horarios ni de muros. Lo que pasa en internet afecta a la autoestima, a la salud mental y a las ganas de seguir adelante de muchos adolescentes. Y no, no pueden lavarse las manos. Si se conoce y no se actúa se puede incurrir en responsabilidad penal, por omisión del deber de socorro, o civil de manera subsidiaria. Además, toda persona, cuando es conocedora de un delito, debe denunciarlo siempre. Pero casi nadie alza la voz, hasta que le toca a su hijo o a su hija. 

El problema de fondo es que seguimos sin tomarnos el acoso escolar con la seriedad que merece. Se confunde con una etapa, con un juego, con una especie de “entrenamiento para la vida”. Y eso es un error enorme. Ningún niño o niña aprende nada bueno del dolor, de la exclusión o del miedo. El silencio institucional, ese “no pasa nada”, “no tenemos constancia”, “ya lo solucionarán entre ellos”, duele tanto como los insultos. Porque transmite la idea de que el sufrimiento de las víctimas no importa lo suficiente, que les da igual. 

Cuando llegan las fechas señaladas o hay una víctima reciente, muchos colegios e institutos colocan carteles o comparten mensajes contra el acoso. Pero luego sigue habiendo chicos y chicas que siguen siendo insultados, que lloran al llegar a casa, que apagan el móvil para no leer los mensajes recibidos y que pueden llegar a morir porque no pueden con más dolor. Es muy fácil hablar de empatía en una fecha señalada, pero lo difícil es aplicarla de verdad, día a día, cuando nadie mira y cuando el silencio parece la opción más cómoda. Hasta que vuelve a pasar otra vez…

Sí, es cierto, también hay que reconocer que existen docentes valientes, de esos que no se callan, que intervienen, que acompañan y que crean espacios de confianza y respeto. Docentes que entienden que la educación emocional es tan importante como las matemáticas o quizá mucho más. Pero siguen siendo una minoría y mientras no haya un compromiso firme por parte de toda la comunidad educativa (dirección, profesorado, familias y administraciones) el acoso seguirá siendo un problema estructural, no un caso aislado. Mientras no exista ese compromiso, más niñas y niños pueden morir pensando que todo es culpa suya, pero ninguna víctima es culpable jamás del delito que sufre. 

Las causas que favorecen el acoso y el ciberacoso están siempre directamente relacionadas con la víctima, con aquello que la hace diferente. Y, sí, muchas veces los agresores eligen a alguien que perciben como diferente por su apariencia física, su manera de vestir, su timidez, su forma de hablar, su orientación sexual, su identidad de género, su cultura, su religión, su enfermedad o discapacidad o, incluso, por su rendimiento académico. Esta “diferencia” se convierte en excusa para humillar, aislar o ridiculizar, aunque, en realidad, no hay justificación alguna para la violencia y el maltrato.

Otra causa vinculada a la víctima es la falta de redes de apoyo visibles. Cuando un alumno o alumna no cuenta con amistades cercanas, no se siente el respaldo de la familia o percibe que el centro educativo no interviene, se convierte en un blanco fácil. Los agresores suelen atacar a quienes consideran más vulnerables y la soledad de la víctima aumenta su exposición y el impacto psicológico del acoso.

Al final, la víctima muchas veces asume los estereotipos y prejuicios presentes en la sociedad y en el propio centro educativo. Aquellos alumnos y alumnas que no encajan en los patrones de género tradicionales, que tienen una orientación sexual diversa o que simplemente muestran una personalidad distinta, suelen ser objeto de burlas constantes. Llegan a pensar que es culpa suya por “ser diferente”. Y esa percepción errónea, que no se corrige, es la que sigue alimentando la violencia y validando la aptitud de los agresores junto con la pasividad de los centros educativos y de la sociedad que, aunque poco a poco se va dando cuenta, todavía no es plenamente consciente de la magnitud de un problema que va a más. Y es que, mientras no trabajemos en la normalización y respeto hacia la diferencia, mientras no seamos conscientes de que solo una educación inclusiva puede prevenir todo esto, seguirá habiendo víctimas. 

El acoso escolar y el ciberacoso no son inevitables, quien lo diga miente descaradamente. Claro que son evitables, pero solo si se quiere. Y para ello, hace falta dejar de mirar hacia otro lado, dejar de justificar lo injustificable y trabajar en la prevención dentro y fuera de los centros educativos. También hay que formar al profesorado, escuchar al alumnado, dar recursos reales a los centros que puedan aplicar de verdad, implicar a las familias y, sobre todo, crear una cultura de respeto donde el insulto y la agresión nunca sean algo normal o “cosas de niños”. 

Basta ya fingir que estamos comprometidos con llevar un lazo o portar una pancarta con un eslogan y empecemos a actuar de verdad. 

Porque las heridas que dejan el acoso y el ciberacoso no siempre se ven, pero marcan vidas enteras para siempre. 

Mirar hacia otro lado nunca ha sido la solución.

Educar también es proteger. 

En Memoria de Nieves, Alejandro, Sandra, Kira y Laura.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Education also means protection

On 6 November, the International Day Against School Bullying and Cyberbullying was observed, a date that should serve for much more than posting nice messages on social media. In truth, every day should be dedicated to truly understanding what is happening in classrooms. Why? Because many educational institutions, though not all, continue to ignore or downplay the problem. They disguise it, hide it, or label it as a “conflict between students,” when in reality there are boys and girls who suffer humiliation, insults, mockery, or exclusion every single day. They endure it until they can no longer cope, and we wake up to hear a sad story in the newspapers or on the news.

Let us be clear, school bullying and cyberbullying are not simple fights or harmless pranks. Bullying and cyberbullying are forms of violence that can be fatal. And the worst part is that, too often, it is seen, heard, and known, yet very little is done. Inaction happens because of fear, convenience, or lack of training. Fear that the situation will become public, of confronting parents who prefer not to discuss diversity, or of uncomfortable headlines in the media. Convenience, because it is easier to look the other way than face the conflict. And lack of training, because there are still teachers who do not know how to intervene, how to detect the signs, or how to support a victim. How do we start solving this? Often, the best first step is to read what the protocols say and put them into practice. Something so simple can save lives, yet it is rarely implemented.

Recently, especially when there is a recent victim, there is a lot of talk about empathy and respect, but these words lose all meaning if they are only used once or twice a year or when there is another fatal case. Campaigns are pointless if insults and aggression are tolerated day to day, if coexistence is not promoted through prevention, or if victims feel that nobody listens to them. Schools should be safe spaces, the first place where a child learns that no one has the right to humiliate another, that difference is not a threat, but a richness. But this requires commitment, not just speeches. In this way, schools forget what their main function is. And no, it is not teaching them mathematics, history, English, or geography. The true function, the most important of all, is to protect them from any attack on their most basic and fundamental rights, from all forms of aggression, and to defend them against any situation that threatens their physical or moral integrity. Let us not forget that both bullying and cyberbullying are forms of humiliation and torture that destroy and deny the dignity of the victim. However, educational institutions frequently forget this, as does a large part of society.

Many people think it is only an act carried out “face to face,” but cyberbullying is an extension of the same problem and often in a much crueler form. The mockery and insults no longer remain in the schoolyard; they spread to mobile phones, WhatsApp groups, and social media. They multiply, they go viral, and educational institutions frequently wash their hands, claiming “that happens outside school hours.” But harm does not recognise schedules or walls. What happens online affects self-esteem, mental health, and the motivation of many adolescents to carry on. And no, they cannot wash their hands. If it is known and no action is taken, there may be criminal liability for omission of duty to assist, or civil liability in a subsidiary way. Furthermore, anyone who is aware of a crime must report it. Yet almost nobody speaks up, until it affects their own son or daughter.

The fundamental problem is that we still do not take school bullying seriously enough. It is confused with a phase, a game, or some sort of “training for life.” And that is a huge mistake. No child learns anything good from pain, exclusion, or fear. Institutional silence, that “nothing is happening,” “we have no record,” “they will sort it out themselves,” hurts as much as the insults. It sends the message that the suffering of victims is not important enough, that it does not matter to anyone.

When marked dates arrive or there is a recent victim, many schools put up posters or share messages against bullying. Yet there are still boys and girls being insulted, crying when they get home, turning off their phones to avoid reading messages, and who may even contemplate dying because they cannot cope with the pain. It is easy to talk about empathy on a designated day, but the difficult part is applying it every day, when nobody is watching and when silence seems the easiest option. Until it happens again…

Yes, it is true, we must also recognise that there are courageous teachers, those who do not stay silent, who intervene, who support, and who create spaces of trust and respect. Teachers who understand that emotional education is as important as mathematics, or perhaps even more so. But they remain a minority, and while there is no firm commitment from the whole educational community—management, teachers, families, and authorities—bullying will continue to be a structural problem, not an isolated case. Until that commitment exists, more children may die thinking it is their fault, but no victim is ever responsible for the crime they suffer.

The causes that contribute to bullying and cyberbullying are always directly related to the victim, to what makes them different. And yes, aggressors often target someone they perceive as different because of their physical appearance, the way they dress, their shyness, their manner of speaking, their sexual orientation, their gender identity, their culture, their religion, their illness or disability, or even their academic performance. This “difference” becomes an excuse to humiliate, isolate, or ridicule, although in reality, there is no justification for violence or abuse.

Another cause linked to the victim is the lack of visible support networks. When a pupil has no close friends, does not feel family support, or perceives that the school does not intervene, they become an easy target. Aggressors tend to attack those they see as vulnerable, and the victim’s loneliness increases their exposure and the psychological impact of bullying.

Ultimately, victims often internalise the stereotypes and prejudices present in society and within the school. Those pupils who do not fit traditional gender norms, who have a diverse sexual orientation, or who simply show a different personality, are often subjected to constant ridicule. They may begin to think it is their fault for “being different.” And this mistaken perception, if not corrected, continues to fuel violence and validate the aggressors’ behaviour alongside the passivity of schools and society, which, although gradually becoming aware, is still not fully conscious of the scale of a problem that is growing. While we do not work towards normalisation and respect for difference, while we are not aware that only inclusive education can prevent this, victims will continue to exist.

School bullying and cyberbullying are not inevitable; anyone who says so is lying. Of course, they can be prevented, but only if there is genuine will. For that, we must stop looking the other way, stop justifying the unjustifiable, and work on prevention both inside and outside schools. Teachers must be trained, pupils must be listened to, schools must be given resources that they can actually use, families must be involved, and above all, a culture of respect must be created where insults and aggression are never considered normal or “just kids’ stuff.”

Enough of pretending we are committed by wearing a ribbon or holding a banner with a slogan. Let us start acting for real.

Because the wounds left by bullying and cyberbullying are not always visible, but they shape entire lives forever.

Looking the other way has never been the solution.

Education also means protection.

In Memory of Nieves, Alejandro, Sandra, Kira, and Laura.