Prime time: cuando el odio se normaliza

Los tiempos han cambiado. Lo han hecho para todo, también para el fascismo, que se ha adaptado a los nuevos tiempos. Se ha mimetizado hasta parecer casi inofensivo, residual e inocente. Pero, no, eso lo hace más peligroso aún por la forma en la que ha entrado nuevamente en nuestras vidas.

El fascismo ya no entra dando un portazo. Ya no necesita botas ni tampoco uniformes. Hoy se cuela sin hacer ruido, se acomoda en el sofá y te habla desde la pantalla. A veces lo hace disfrazado de entretenimiento. A veces de programas de debate y otras veces de misterio. Casi siempre lo hace bajo la apariencia de algo inofensivo, porque cuando el fascismo entra en tu casa, casi nunca parece fascismo. Entra con una cara amable que hace que le dejes pasar sin preguntarte qué consecuencias puede acarrear eso.

A ver, no se trata de señalar un programa concreto como si fuera el origen de todos los males. Se trata de entender el clima, el ecosistema y el tono que se repite noche tras noche. Todo eso crea un poso que es extremadamente nocivo, porque está hecho a base de mensajes cargados de violencia, odio, discriminación y desinformación.

En muchos reality shows, por ejemplo, se premia el conflicto permanente, la humillación convertida en espectáculo y la competición feroz como el único modelo de éxito posible. No son programas políticos, claro que no. Pero sí forman parte de una cultura donde la empatía se ridiculiza continuamente y donde la agresividad vende y da puntos de audiencia. Y cuando eso se normaliza, cuando el desprecio se convierte en entretenimiento, algo se va erosionando por dentro. Ese algo es nuestra propia humanidad.

Luego está el prime time aparentemente amable. Programas como “El Hormiguero”, que formalmente son de entretenimiento, han sido objeto de críticas públicas por el tratamiento de ciertos temas políticos y por la falta de pluralidad en algunas conversaciones de actualidad. Digo algunas por no decir todas o su gran mayoría. No es que el programa se declare ideológico, es que determinadas ideas se repiten, determinados invitados se aplauden y determinados discursos apenas encuentran contrapunto y no se cuestionan. Todo envuelto en humor, en bromas, en ciencia ligera y en unos muñecos de hormigas simpáticas. Y así el mensaje entra sin que casi lo notes. Lo hace entre chiste y chiste, entre anuncio y anuncio.

En el terreno del misterio, “Cuarto Milenio” lleva años construyendo relatos donde la sospecha es la única constante. El programa ha sido criticado por su tratamiento de teorías conspirativas o enfoques considerados pseudocientíficos por parte de especialistas. Por supuesto que dudar no es ilegal. No se trata de eso. La duda es sana, pero el problema es cuando la desconfianza permanente hacia instituciones, la ciencia o los medios se convierte en una atmósfera contaminada estable. Porque en ese clima de sospecha continua, los discursos autoritarios que prometen orden frente al caos encuentran un terreno fértil que hace que el mensaje cale.

Por su parte, “Horizonte”, nacido en el contexto de la pandemia, ha sido también señalado por analistas y observadores por su giro hacia tertulias con un marcado sesgo ideológico en determinados temas sociales y políticos. Temas como la migración, el feminismo, las leyes de igualdad o los derechos LGTBI han sido abordados desde perspectivas muy críticas que han generado polémica y acusaciones de falta de equilibrio. No es una cuestión de prohibir opiniones, sino de cómo se construye el marco, de qué voces predominan y qué tono se impone o se pretende imponer.

Y más allá de estos nombres concretos, el fenómeno es mucho más amplio. En muchas cadenas proliferan tertulias donde los mismos perfiles opinan de todo con una seguridad absoluta, donde se simplifican problemas muy complejos, donde siempre hay un “claro enemigo”, donde el matiz desaparece y el volumen sube. Y eso no es debate, no si se convierte en un ring permanente y, por supuesto, tampoco es pluralismo cuando el sesgo es constante.

A estas alturas, el fascismo ya no necesita que alguien diga abiertamente que quiere una dictadura. Le basta con que se normalice el desprecio, con que se cuestione la igualdad como si fuera un exceso, con que se presente a colectivos enteros como amenazas y con que la desinformación se repita lo suficiente como para, al final, parecer verdad.

Y lo más inquietante es que todo esto ocurre mientras cenamos, mientras comentamos en redes, mientras nos reímos de una broma que, en el fondo, señala siempre a las mismas personas, casi siempre las más vulnerables o las que siempre han sido objeto del chiste fácil. Ya no hace falta que nadie grite consignas, basta con que el miedo, la sospecha y la deshumanización se conviertan en rutina audiovisual para normalizarlos.

A ver, nada de esto significa que ver estos programas te convierta en nada. Solo significa que los medios construyen clima, que influyen en cómo miramos al vecino y que moldean lo que consideramos como “normal”. Y cuando lo normal consiste en sospechar de quien es diferente, en ridiculizar a quien es más vulnerable o en simplificar los derechos como privilegios, entonces el terreno ya está preparado.

Por eso no basta con decir que es solo televisión. La televisión no es solo televisión, también es cultura, también es relato y es marco mental. Y cuando determinados mensajes, enfoques o sesgos se repiten sin apenas contrastarse, el espectador acaba interiorizando que ese es el sentido común. Acaba por asumir como verdad algo que solo es manipulación.

Cuando el fascismo entra en tu casa, no siempre trae un manifiesto. A veces trae una tertulia, una entrevista amable, una teoría de la conspiración sugerente o un reality donde la crueldad se aplaude y se premia con cheques al portador.

La pregunta no es qué programa ves, sino qué discursos estás dejando pasar sin cuestionarlos. Porque la democracia no se debilita solo en el Parlamento. También se desgasta en el salón de tu casa, entre anuncio y anuncio, cuando el desprecio hacia la dignidad de la persona se normaliza y el pensamiento crítico se apaga.

Y el mando a distancia, aunque parezca pequeño, también es una forma de responsabilidad.

De enorme responsabilidad.

No hay ciencia ni futuro sin ellas

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

(Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia)

Hace once años empezamos a celebrar el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Y lo hicimos porque hacía falta. Porque durante demasiado tiempo la historia de la ciencia se contó en masculino. Porque durante siglos hubo mujeres investigando, descubriendo, innovando, pero casi nunca aparecían en los libros. Hoy, en 2026, seguimos celebrándolo. Y eso, aunque parezca una buena noticia, también significa que todavía no hemos llegado a donde deberíamos. Y cuando hablamos de igualdad, como siempre, ya vamos tarde. 

Hemos avanzado mucho, claro que sí. Hay más chicas estudiando carreras científicas y tecnológicas que hace una década. Hay más mujeres en laboratorios, en hospitales, en centros de investigación, en empresas tecnológicas. Hay más referentes visibles, pero no nos engañemos. La igualdad real todavía no ha llegado. Y los datos, cuando se miran de frente, no admiten maquillaje.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos dice en su artículo 26 que toda persona tiene derecho a una educación que le permita desarrollar todo su potencial y que sus logros sean reconocidos por su esfuerzo y su mérito. Habla de toda persona. Es decir, sin apellidos, sin condiciones y sin letra pequeña. Sin embargo, cuando miramos cómo funciona el reconocimiento en la ciencia, vemos que no partimos del mismo punto.

Un ejemplo muy claro son los Premios Nobel en Física, Química y Fisiología o Medicina. Desde 1901 hasta 2025, más de 640 personas han sido premiadas en estas tres categorías científicas. De ellas, aproximadamente 618 han sido hombres y solo alrededor de 26 han sido mujeres. Sí, lo has leído bien. Más de seis centenares de hombres frente a poco más de dos decenas de mujeres. Apenas entre un 3% y un 4% del total.

¿De verdad alguien puede creer que durante más de cien años casi no ha habido mujeres con talento suficiente para merecer ese reconocimiento? No es una cuestión de capacidad. Es una cuestión de oportunidades, de redes de poder, de visibilidad, de quién firma los artículos, de quién lidera los equipos, de quién tiene acceso a financiación, de quién puede dedicar su vida entera a investigar sin que el peso de los cuidados recaiga casi siempre sobre sus hombros.

La historia de la ciencia está llena de mujeres brillantes a las que no se les reconoció lo que merecían. Nombres que quedaron en segundo plano, descubrimientos que fueron atribuidos a otros hombres y trayectorias injustamente truncadas. Y, sí, aunque hoy las cosas han mejorado, la brecha sigue ahí.

Actualmente, las mujeres representan aproximadamente un tercio de la comunidad científica mundial. Has leído bien, solo un tercio. Y si miramos los puestos de mayor responsabilidad, el porcentaje baja todavía más. Aún es mucho mejor el número de mujeres que dirigen grandes proyectos internacionales, que ocupan cátedras universitarias y que están en los órganos que deciden qué investigaciones se financian y cuáles no. Queramos verlo o no, el número de mujeres que están en los espacios donde se toman las decisiones importantes sigue siendo mucho menor.

La pandemia fue un ejemplo muy claro de todo esto. Fue un golpe durísimo para todo el mundo. Hubo miedo, incertidumbre y pérdidas irreparables. Pero también fue la demostración de que la ciencia salva vidas. En tiempo récord se desarrollaron vacunas que evitaron millones de muertes. Y en ese proceso miles de mujeres científicas fueron absolutamente decisivas. Investigadoras que trabajaron día y noche en laboratorios, que lideraron ensayos clínicos, que analizaron datos y  que coordinaron equipos internacionales.

Sin embargo, mientras la ciencia avanzaba, muchas carreras científicas femeninas sufrían. Las investigadoras que estaban empezando vieron cómo se paralizaban proyectos, cómo se reducían oportunidades, cómo aumentaba la carga de cuidados en casa. La desigualdad que ya existía no desapareció en la crisis. En muchos casos se hizo mucho más evidente.

Y ahora, en 2026, los desafíos no son menores. Tenemos la crisis climática, la transición energética, la regulación de la inteligencia artificial, la salud global y la seguridad alimentaria. El mundo necesita a la ciencia para todo eso. Necesitamos talento, todo el talento, no solo la mitad.

En el ámbito tecnológico la situación es especialmente preocupante. La inteligencia artificial está moldeando el presente y el futuro. Los algoritmos deciden qué vemos en redes sociales, qué ofertas de empleo nos aparecen, incluso qué perfiles pasan a la siguiente fase en un proceso de selección. Si quienes diseñan esas herramientas no representan la diversidad de la sociedad, los sesgos se cuelan en el código algorítmico. Y ya lo estamos viendo con sistemas que penalizan a mujeres, con plataformas que amplifican discursos machistas con más facilidad que los mensajes igualitarios. Se supone que la tecnología debería ser neutral, pero no lo es. La tecnología refleja la mirada de quien la crea. Y si el sesgo es machista, racista u homófobo, la tecnología y los algoritmos también lo son. 

Por eso no es solo una cuestión de justicia, que ya sería suficiente motivo para ello. Es también una cuestión de inteligencia colectiva. Si excluimos a la mitad de la población mundial del progreso científico y tecnológico, estamos limitando nuestro propio futuro. Estamos renunciando a ideas, a enfoques, a soluciones que podrían marcar la diferencia para el futuro de la humanidad. 

¿Qué necesitamos entonces? Necesitamos políticas públicas valientes y sostenidas en el tiempo. Más becas y apoyos para niñas y mujeres jóvenes que quieran estudiar carreras científicas. Más mentorías, más referentes visibles durante todo el año, no solo el 11 de febrero. También se necesitan sistemas de evaluación académica que no penalicen la maternidad ni las interrupciones por cuidados. Necesitamos entornos de trabajo seguros y libres de discriminación. Y, por supuesto, necesitamos más mujeres en los espacios donde se toman las decisiones.

Todo ello forma parte de un cambio cultural profundo necesario. Un cambio que supone dejar de sorprendernos cuando una mujer lidera un proyecto científico puntero, de dejar cuestionar la capacidad de una niña para las matemáticas y de transmitir, aunque sea de forma sutil, que la ciencia es solo cosa de hombres. Porque no lo es. La ciencia es de quien tiene curiosidad, de quien pregunta, de quien investiga y de quien no se conforma con un “las cosas son así porque así han sido toda la vida”. La ciencia no entiende de género, no puede hacerlo. De lo contrario, cercenamos de manera inconsciente nuestro propio futuro como sociedad y como humanidad.

Hoy, en el undécimo aniversario del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, no basta con aplaudir puntualmente. Hay que incomodar, hay que señalar lo que no funciona y hay que exigir que el derecho a desarrollar todo el potencial propio no dependa de haber nacido hombre o mujer.

Las cifras del Nobel no son solo números, sino el reflejo de una historia desigual que todavía estamos a tiempo de corregir.

Cada niña que duda si la ciencia es para ella es una oportunidad que perdemos como sociedad.

Cada mujer que abandona la investigación por falta de apoyo es talento desperdiciado.

Sin ellas no hay ciencia verdaderamente completa.

Sin ciencia completa no hay progreso justo.

Y sin progreso justo, no hay futuro digno.

Por todo ello, sin ellas no hay ciencia.

Sin ellas no hay progreso real.

Y sin ellas no hay futuro.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
No science, no future without them

(International Day of Women and Girls in Science)

Eleven years ago we began celebrating the International Day of Women and Girls in Science. And we did it because it was necessary. Because for far too long the history of science was told in the masculine. Because for centuries women were researching, discovering, innovating, yet they almost never appeared in the books. Today, in 2026, we continue to celebrate it. And that, although it seems good news, also means that we still have not reached where we should be. And when we talk about equality, as always, we are already late.

We have made great progress, of course. More girls are studying scientific and technological degrees than a decade ago. There are more women in laboratories, hospitals, research centres, and technology companies. There are more visible role models, but let us not fool ourselves. True equality has not yet arrived. And the data, when looked at directly, does not allow for sugarcoating.

The Universal Declaration of Human Rights states in Article 26 that every person has the right to an education that allows them to develop their full potential and ensures that their achievements are recognised based on effort and merit. It speaks of every person. That is to say, no matter their name, no matter the conditions, no fine print. However, when we look at how recognition works in science, we see that we do not start from the same point.

A very clear example is the Nobel Prizes in Physics, Chemistry and Physiology or Medicine. From 1901 to 2025, more than 640 people have been awarded in these three scientific categories. Of these, approximately 618 have been men and only around 26 have been women. Yes, you read that correctly. More than six hundred men compared to just over two dozen women. Barely three to four per cent of the total.

Can anyone seriously believe that over more than a hundred years there have been almost no women talented enough to deserve that recognition? It is not a question of ability. It is a question of opportunities, power networks, visibility, who signs the papers, who leads the teams, who has access to funding, who can dedicate their entire life to research without the burden of care responsibilities almost always falling on their shoulders.

The history of science is full of brilliant women whose contributions were not recognised. Names that remained in the background, discoveries attributed to men, and careers unfairly cut short. And yes, even though things have improved today, the gap is still there.

Currently, women make up approximately a third of the global scientific community. You read that correctly, only a third. And if we look at the most senior positions, the percentage falls even further. The number of women leading major international projects, holding university chairs, and sitting on bodies that decide which research gets funded and which does not is still far too low. Whether we want to see it or not, the number of women in spaces where important decisions are made remains much smaller.

The pandemic provided a very clear example of all this. It was a devastating blow for everyone. There was fear, uncertainty, and irreparable loss. But it also demonstrated that science saves lives. Vaccines were developed in record time that prevented millions of deaths. And in that process, thousands of women scientists were absolutely decisive. Researchers who worked day and night in laboratories, who led clinical trials, who analysed data, and who coordinated international teams.

However, while science advanced, many female scientific careers suffered. Early-career female researchers saw projects halted, opportunities reduced, and the burden of care at home increase. The inequality that already existed did not disappear during the crisis. In many cases, it became even more evident.

And now, in 2026, the challenges are no smaller. We face the climate crisis, the energy transition, the regulation of artificial intelligence, global health, and food security. The world needs science for all of this. We need talent, all the talent, not just half.

In the technological field, the situation is particularly concerning. Artificial intelligence is shaping the present and the future. Algorithms decide what we see on social media, which job offers reach us, even which candidates move to the next stage of selection processes. If those designing these tools do not reflect the diversity of society, biases seep into the code. And we are already seeing systems that penalise women, platforms that amplify sexist messages more easily than egalitarian ones. Technology is supposed to be neutral, but it is not. It reflects the perspective of its creators. And if the bias is sexist, racist, or homophobic, the technology and algorithms are too.

That is why this is not just a question of justice, although that alone would be reason enough. It is also a matter of collective intelligence. If we exclude half of the world’s population from scientific and technological progress, we are limiting our own future. We are giving up ideas, approaches, and solutions that could make all the difference for the future of humanity.

So what do we need? Bold public policies that are sustained over time. More scholarships and support for girls and young women who want to study scientific degrees. More mentoring, more visible role models throughout the year, not just on the 11th of February. We also need academic evaluation systems that do not penalise maternity or career breaks due to care responsibilities. We need safe, discrimination-free workplaces. And, of course, we need more women in the spaces where decisions are made.

All of this is part of a necessary deep cultural change. A change that means we stop being surprised when a woman leads a cutting-edge scientific project, that we stop questioning a girl’s ability in mathematics, and that we stop, even subtly, implying that science is only for men. Because it is not. Science belongs to those who are curious, to those who ask questions, to those who investigate, and to those who refuse to accept “things are the way they are because they always have been.” Science does not understand gender. It cannot. Otherwise, we unconsciously cut off our own future as a society and as humanity.

Today, on the eleventh anniversary of the International Day of Women and Girls in Science, it is not enough to applaud occasionally. We must challenge, point out what does not work, and demand that the right to develop one’s full potential does not depend on being born male or female.

The Nobel Prize figures are not just numbers; they reflect a history of inequality that we still have time to correct.

Every girl who doubts whether science is for her is an opportunity that society loses.

Every woman who leaves research due to lack of support is wasted talent.

Without them, there is no truly complete science.

Without complete science, there is no fair progress.

And without fair progress, there is no dignified future.

For all these reasons, without women, there is no science.

Without women, there is no real progress.

And without women, there is no future.

Los cojones del conejito malo

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Voy a ser muy claro, casi visceral en esta ocasión. Odio a Bad Bunny, no me gusta en absoluto. No consumo su música, no me emociona lo más mínimo y me da exactamente igual su discografía y su escenografía artística. En modo alguno me siento representado por su música ni por sus letras. Es más, si mañana desapareciera de mis playlists, lo más probable es que ni me enteraría. Así que esto no va de fandom ni de ninguna conversión espiritual. Esto va de otra cosa mucho más incómoda, porque lo que hizo Bad Bunny en la Super Bowl no fue un concierto. Fue un acto de profanación en toda regla.

Para quien no se haya dado cuenta, la Super Bowl es el santuario del orden. El escaparate más obsceno del poder occidental. Es heterosexualidad y testosterona pura con uniforme, patriotismo prefabricado, capitalismo babeante y una estética diseñada para que a nadie se le ocurra pensar demasiado. Es el sitio donde todo está perfectamente medido para no molestar a los accionistas mayoritarios, a los generales del ejército, a los políticos y a los gilipollas con nostalgia de imperio. Y ahí, justo ahí, este tipo decidió reventar la vitrina desde dentro.

No salió a gustar, salió a estorbar, salió a incomodar. Salió para recordarle al puñetero sistema que no todo el mundo está dispuesto a formar parte del decorado de un puto parque temático. Y eso, en estos tiempos de cobardía cultural para seguir ingresando tantos dólares como likes en las redes sociales, es pura dinamita.

No nos engañemos. Hoy casi todo el mundo opta por callarse. Hay artistas con millones de seguidores que prefieren hacerse los neutrales, influencers más artificiales que el moreno presidencial, que cuentan con altavoces gigantes y que eligen no posicionarse, y estrellas de Hollywood que podrían sacudir millones de conciencias pero que prefieren no arriesgar contratos para ver si pillan un Globo de Oro, un Emmy o un Oscar. Esa clase de silencio se ha convertido en una virtud y la tibieza en una vulgar moneda de cambio.

Pero entonces llega Bad Bunny y dice: “¡Mis cojones!”. Llega y se carga la narrativa cómoda, la imagen del latino dócil que intenta disimular su acento, la idea del artista despolitizado que solo busca no señalarse para poder seguir vendiendo, gobierne quien gobierne, y, de paso, se caga en la estúpida idea de que para poder triunfar en la tierra de las oportunidades hay que portarse bien. Y nada de esto es marketing comercial, sino un acto de rebeldía e insubordinación ante el poder autoritario. 

La insubordinación es real, el poder reacciona. Ya hemos visto a Trump ladrando, la derecha más reaccionaria echando espuma por la boca como si estuvieran poseídos, los opinadores que de todo hablan, pero que de nada entienden, indignados y cabreados como el increíble Hulk hablando de “respeto”, “valores” y “tradición”. Esas son siempre las mismas palabras cuando lo que quieren decir de verdad es “vuelve a tu sitio, basura latina”. 

Pero Bad Bunny no volvió. Se quedó. Y se cagó encima de la mesa del salón a ritmo de reggaeton, reguetón o como puñetas se escriba. Lo hizo siendo demasiado visible, demasiado libre y ambiguo, demasiado sexual, demasiado latino y, por supuesto, demasiado incómodo. Eso es justo lo que el autoritarismo no puede tolerar. ¿Por qué? Porque no sabe cómo domesticarlo, porque no pasa por el aro, porque no le da la gana, porque no le sale de los huevos obedecer sin rechistar. 

Y ahí, como decimos en mi tierra, “con toda su polla morena”, aunque me joda reconocerlo, aunque me repatee su música, aunque no me represente en lo más mínimo, ni musicalmente ni estéticamente, tengo que decirlo alto y claro: desde ese momento, Bad Bunny es un puto dios.

No, no me he vuelto loco.  No es un dios musical, sino un dios político. Un dios del “me importa una mierda lo que esperas de mí”. Un dios del “voy a usar tu escenario para decir lo que no quieres oír”. Un dios del “si te incomodo, mejor” y del “si no te gusta, te jodes”. 

Vamos a decir algo muy claro: La cultura no está para lamerle la oreja al poder. Está para señalarlo, para reírse de él, para encabronarlo y para ponerlo nervioso. Porque cuando el poder se enfada, cuando el fascismo se siente atacado, cuando los autoritarios pierden los nervios, es que alguien ha hecho exactamente lo que tenía que hacer jodidamente bien. 

Bad Bunny ha demostrado que aún se puede morder la mano que te paga. Que aún se puede escupir en el plato de oro sin que te partan la cara. Que aún se puede usar el espectáculo como arma para tocarle las narices a quienes están en la Casa Blanca y no como anestesia para tener a la población borracha de cerveza y con el estómago lleno de alitas de pollo con salsa picante. 

Así que no, no creo que vuelva a escuchar su música nunca más. No me he hecho fan, no me he rendido a las letras de sus canciones. Pero sí le reconozco algo que vale más que cualquier hit mundial con 50 semanas seguidas en el puto número 1 de Bildboard: huevos, desprecio absoluto por el silencio impuesto y dignidad, mucha dignidad. 

Y en un mundo donde el poder exige obediencia y la cultura se arrodilla demasiado a menudo, eso no solo es respetable. Es que es jodidamente necesario.

A fin de cuentas, «la única cosa más poderosa que el odio es el amor«.

Así que, olé tus huevos, conejito. 

Sigue siendo malo.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The Balls of the Bad Bunny

I’m going to be very clear, almost visceral this time. I hate Bad Bunny. I don’t like him at all. I don’t listen to his music, it doesn’t move me one bit, and I couldn’t care less about his discography or his artistic staging. I don’t feel represented by his music or his lyrics in any way. In fact, if he disappeared from my playlists tomorrow, I’d probably never even notice. So no, this isn’t about fandom or some kind of spiritual conversion. This is about something far more uncomfortable, because what Bad Bunny did at the Super Bowl wasn’t a concert. It was a straight up act of profanation.

In case anyone hasn’t noticed, the Super Bowl is the sanctuary of order. The most obscene showcase of Western power. It’s compulsory heterosexuality and pure testosterone in uniform, prefab patriotism, drooling capitalism, and an aesthetic designed so no one even thinks about thinking. It’s the place where everything is perfectly measured so as not to piss off major shareholders, army generals, politicians, and assholes with imperial nostalgia. And right there, exactly there, this guy decided to smash the display case from the inside.

He didn’t come out to be liked. He came out to get in the way. He came out to make people uncomfortable. He came out to remind the damn system that not everyone is willing to be part of the set design of a shitty theme park. And that, in these times of cultural cowardice where people chase dollars and social media likes at the same speed, is pure dynamite.

Let’s not kid ourselves. These days almost everyone chooses to shut up. There are artists with millions of followers who prefer to play neutral, influencers faker than a spray tan on a presidential candidate with massive megaphones who choose not to take a stand, and Hollywood stars who could shake millions of consciences but would rather not risk their contracts in hopes of snagging a Golden Globe, an Emmy, or an Oscar. That kind of silence has become a virtue, and lukewarm takes a cheap currency.

And then Bad Bunny shows up and says, “My fucking balls.” He blows up the comfy narrative, the image of the docile Latino trying to hide his accent, the idea of the depoliticized artist who just wants to keep selling no matter who’s in power. And while he’s at it, he takes a massive shit on the stupid idea that to succeed in the land of opportunity you have to behave yourself. None of this is marketing. It’s an act of rebellion and insubordination against authoritarian power.

And when the insubordination is real, power reacts. We’ve already seen Trump barking, the far right foaming at the mouth like they’re possessed, pundits who talk about everything – and understand nothing – getting mad as hell, like the Incredible Hulk, ranting about “respect,” “values,” and “tradition.” Those are always the same words they use when what they really mean is “get back to your place, Latino trash.”

But Bad Bunny didn’t go back. He stayed. And he took a shit right on the living room table to the beat of reggaeton, reguetón, or whatever the hell it’s spelled. He did it by being too visible, too free and ambiguous, too sexual, too Latino, and of course, too uncomfortable. That’s exactly what authoritarianism can’t tolerate. Why? Because it doesn’t know how to tame him, because he won’t jump through the hoop, because he doesn’t feel like it, because he doesn’t have it in him to obey without questioning.

And right there, as we say back home, “with his whole brown dick out,” even though it pisses me off to admit it, even though his music gets on my nerves, even though he doesn’t represent me musically or aesthetically at all, I have to say it loud and clear. From that moment on, Bad Bunny is a fucking god.

No, I haven’t lost my mind. He’s not a musical god, he’s a political one. A god of “I don’t give a shit what you expect from me.” A god of “I’m going to use your stage to say what you don’t want to hear.” A god of “if I make you uncomfortable, good,” and “if you don’t like it, fuck you.”

Let’s be very clear about something. Culture is not here to lick power’s ear. It’s here to point at it, laugh at it, piss it off, and make it nervous. Because when power gets angry, when fascism feels attacked, when authoritarians lose their cool, it means someone has done exactly what needed to be done, and done it damn well.

Bad Bunny has shown that you can still bite the hand that feeds you. That you can still spit in the golden plate without getting your face smashed in. That you can still use spectacle as a weapon to mess with the people in the White House instead of using it as anesthesia to keep the population drunk on beer and stuffed with hot wings and spicy sauce.

So no, I don’t think I’ll ever listen to his music again. I haven’t become a fan, I haven’t surrendered to his lyrics. But I do give him credit for something worth more than any global hit with 50 straight weeks at fucking number one on Billboard. Balls, absolute contempt for enforced silence, and dignity. A lot of dignity. 

And in a world where power demands obedience and culture kneels way too often, that’s not just respectable. It’s fucking necessary.

At the end of the day, “the only thing more powerful than hate is love”.

So yeah, hats off to your balls, little bunny.

Stay bad.