Cuando el estigma sigue presente

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Hablar del VIH hoy, cuando estamos a punto de acabar 2025, debería ser algo claro y sencillo, sin miedos y sin discursos exagerados. A pesar de la inexplicable falta de información a pie de calle que aún existe en la actualidad, la realidad médica es conocida desde hace años. Una persona con VIH que sigue su tratamiento y alcanza la carga viral indetectable no transmite el virus. Por tanto, si la carga es indetectable, el virus es intransmisible. Este dato debería bastar para cambiar muchas conversaciones en torno al VIH, pero lo cierto es que el virus se ha controlado antes que los prejuicios que aún existen en nuestra sociedad. 

El VIH ya no es lo que fue en el pasado, ya no es una sentencia a muerte. Gracias a los tratamientos actuales, quienes conviven con él pueden llevar una vida larga, activa y plena. El problema no está en el cuerpo, sino en el entorno que rodea a la persona. Porque aunque la salud física esté bien, el contexto social sigue marcando diferencias profundamente discriminatorias. Y esas diferencias tienen un impacto directo en la salud mental. 

Muchas personas con VIH viven sabiendo que no representan un riesgo para nadie, pero aun así se enfrentan a miradas cargadas de desinformación, prejuicios y odio. No siempre pueden hablar con libertad sobre su situación, no porque lo vivan con vergüenza, sino porque conocen las reacciones que todavía existen. Para todas esas personas, elegir el silencio, en muchos casos, no es una decisión cómoda, sino una forma de protección frente al rechazo o la incomprensión, una forma de sobrevivir en un entorno aún demasiado hostil y dominado por el prejuicio y el estigma. 

Ese silencio sostenido con el tiempo pasa factura. No por el virus, sino por todo lo que lo rodea. La ansiedad, la sensación de estar siempre midiendo el terreno, las palabras y el cansancio emocional de explicar lo obvio una y otra vez. Indudablemente, ante esta situación, la salud mental se ve afectada cuando una persona siente que debe justificar constantemente su normalidad.

El diagnóstico de VIH sigue siendo un momento importante en la vida de quien lo recibe. No tanto por la enfermedad en sí, que hoy es tratable y controlable, como cualquier enfermedad crónica, sino por el peso simbólico que todavía arrastra a nivel social. Aún hay ideas equivocadas que circulan, miedos que no se corresponden con la realidad médica y una falta de información que sigue alimentando el estigma social, la exclusión y la discriminación. Todo eso se convierte en una carga que no debería existir. Sin embargo, aún no se ha hecho lo suficiente. 

A lo largo de las últimas décadas, la ciencia ha hecho su trabajo. Los tratamientos no solo funcionan, también mejoran con los avances en investigación y las evidencias están ahí. Pero, lo que aún queda pendiente es el cambio social. Buena parte de la sociedad aún tiene que entender que el VIH no define a nadie, que no marca una forma de vivir ni de relacionarse y, que, por supuesto, no convierte a nadie en un problema. Así que, cuando esa comprensión no llega, el impacto no es solo físico, también es profundamente emocional.

Pero hablar de VIH implica también hablar de salud mental, de bienestar y de calidad de vida. Implica reconocer que no basta con controlar el virus si el entorno sigue generando discriminación y está influenciado por el miedo o la desconfianza. Porque la normalización no pasa únicamente por discursos grandilocuentes, sino por tratar el tema con la misma naturalidad que cualquier otra condición de salud de la persona. 

Tenemos que ser capaces de romper el tabú. Porque no se trata de una obligación individual, sino de una responsabilidad colectiva. Hay que saber informarse, revisar ideas obsoletas que solo han causado dolor y dejar de señalar a las personas con VIH. Todo esto es esencial para que el VIH deje de ser un tema cargado de tensión y, sobre todo, de discriminación. Porque cuando el prejuicio desaparece, lo que queda es algo muy simple. Lo que quedan son personas, como tú y como yo, intentando vivir su vida, sin necesidad de esconder nada a nadie.

Quizá lo que más necesitamos ahora es empatía, escucha y, sobre todo, respeto. Los discursos tienen que ir mucho más allá de los actos solemnes, los hallazgos tienen que ir mucho más más allá de los simposios sobre los nuevos avances en investigación y los titulares de prensa tienen que ir mucho más allá del tuit, de los 50 segundos de telediario y de las páginas de publicaciones especializadas. Si todo eso no se traslada a la sociedad, si todo eso no se materializa en apoyo, normalización y acompañamiento hacia quienes conviven con el VIH, de manera real y sin condiciones, entonces seguiremos permitiendo que el estigma siga presente junto con la discriminación que lleva aparejada. 

Por eso, quiero que las últimas palabras de este texto sean para ti. Si sientes que he tocado algo en ti al hablar de este tema, si sientes que algo se ha removido en tu corazón, solo quiero que sepas que estoy aquí para abrazarte. 

Sin ataduras, sin tabúes y sin estigmas.

Siempre. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
When stigma is still present

Talking about HIV today, as we approach the end of 2025, should be something clear and straightforward, without fear and without exaggerated narratives. Despite the inexplicable lack of information that still exists at street level, the medical reality has been known for years. A person living with HIV who follows their treatment and reaches an undetectable viral load does not transmit the virus. Therefore, if the viral load is undetectable, the virus is untransmittable. This fact alone should be enough to change many conversations around HIV, but the truth is that the virus has been brought under control faster than the prejudices that still persist in our society.

HIV is no longer what it once was. It is no longer a death sentence. Thanks to current treatments, people living with HIV can lead long, active and fulfilling lives. The problem is not in the body, but in the environment that surrounds the person. Because even when physical health is stable, the social context continues to impose deeply discriminatory differences. And those differences have a direct impact on mental health.

Many people living with HIV know that they pose no risk to anyone, yet they still face looks filled with misinformation, prejudice and hatred. They cannot always speak freely about their situation, not because they feel ashamed, but because they are aware of the reactions that still exist. For many, choosing silence is not a comfortable decision, but a form of protection against rejection or misunderstanding, a way of surviving in an environment that remains too hostile and dominated by prejudice and stigma.

That prolonged silence takes its toll. Not because of the virus, but because of everything that surrounds it. Anxiety, the constant need to assess the ground and measure words, and the emotional exhaustion of explaining the obvious over and over again. Undoubtedly, in such circumstances, mental health is affected when a person feels they must constantly justify their normality.

An HIV diagnosis is still a significant moment in the life of the person who receives it. Not so much because of the illness itself, which today is treatable and controllable like any other chronic condition, but because of the symbolic weight it still carries socially. Misconceptions continue to circulate, fears that do not match medical reality, and a lack of information that keeps feeding stigma, exclusion and discrimination. All of this becomes a burden that should not exist. Yet not enough has been done.

Over the past decades, science has done its job. Treatments not only work, they continue to improve as research advances and the evidence is there. What remains pending is social change. A large part of society still needs to understand that HIV does not define anyone, that it does not dictate how someone lives or relates to others, and that it certainly does not turn anyone into a problem. When that understanding does not arrive, the impact is not only physical, but deeply emotional.

Talking about HIV also means talking about mental health, wellbeing and quality of life. It means recognising that controlling the virus is not enough if the environment continues to generate discrimination and is driven by fear or distrust. Normalisation does not come from grand speeches, but from treating HIV with the same naturalness as any other health condition.

We need to be able to break the taboo. Because this is not an individual obligation, but a collective responsibility. We need to inform ourselves, revisit outdated ideas that have caused nothing but pain, and stop pointing fingers at people living with HIV. This is essential if HIV is to stop being a topic loaded with tension and, above all, discrimination. Because when prejudice disappears, what remains is something very simple. What remains are people, like you and me, trying to live their lives without having to hide anything from anyone.

Perhaps what we need most right now is empathy, listening and, above all, respect. Discourses must go far beyond solemn acts, discoveries must go far beyond academic symposiums on new research advances, and headlines must go far beyond a tweet, fifty seconds on the evening news or the pages of specialised publications. If none of this reaches society, if it does not translate into real, unconditional support, normalisation and care for those living with HIV, then we will continue to allow stigma to exist alongside the discrimination that comes with it.

That is why I want the final words of this text to be for you. If you feel that something in you has been touched while reading this, if something has stirred in your heart, I just want you to know that I am here to hold you.

Without constraints, without taboos and without stigma.

Always.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Quando lo stigma è ancora presente

Parlare di HIV oggi, mentre ci avviciniamo alla fine del 2025, dovrebbe essere qualcosa di chiaro e semplice, senza paure e senza discorsi esagerati. Nonostante l’inspiegabile mancanza di informazione che ancora esiste nella vita quotidiana, la realtà medica è nota da anni. Una persona che vive con l’HIV, segue la terapia e raggiunge una carica virale non rilevabile non trasmette il virus. Pertanto, se la carica virale è non rilevabile, il virus è intrasmissibile. Questo dato dovrebbe essere sufficiente per cambiare molte conversazioni sull’HIV, ma la verità è che il virus è stato controllato prima dei pregiudizi che ancora persistono nella nostra società.

L’HIV non è più quello che era in passato, non è più una condanna a morte. Grazie alle terapie attuali, le persone che convivono con il virus possono condurre una vita lunga, attiva e piena. Il problema non è nel corpo, ma nell’ambiente che circonda la persona. Perché anche quando la salute fisica è stabile, il contesto sociale continua a creare differenze profondamente discriminatorie. E queste differenze hanno un impatto diretto sulla salute mentale.

Molte persone con HIV sanno di non rappresentare un rischio per nessuno, eppure si trovano ad affrontare sguardi carichi di disinformazione, pregiudizi e odio. Non sempre possono parlare liberamente della propria condizione, non per vergogna, ma perché conoscono le reazioni che ancora esistono. Per molte di loro, scegliere il silenzio non è una decisione comoda, ma una forma di protezione contro il rifiuto o l’incomprensione, un modo per sopravvivere in un ambiente ancora troppo ostile e dominato dallo stigma.

Questo silenzio protratto nel tempo ha un prezzo. Non per il virus, ma per tutto ciò che lo circonda. L’ansia, la sensazione costante di dover misurare il terreno e le parole, e la stanchezza emotiva di spiegare l’ovvio ancora e ancora. Inevitabilmente, in queste condizioni, la salute mentale ne risente quando una persona sente di dover giustificare continuamente la propria normalità.

La diagnosi di HIV resta un momento significativo nella vita di chi la riceve. Non tanto per la malattia in sé, oggi trattabile e controllabile come qualsiasi patologia cronica, quanto per il peso simbolico che ancora porta con sé a livello sociale. Continuano a circolare idee sbagliate, paure che non corrispondono alla realtà medica e una mancanza di informazione che alimenta lo stigma, l’esclusione e la discriminazione. Tutto questo diventa un peso che non dovrebbe esistere. Eppure non si è ancora fatto abbastanza.

Negli ultimi decenni, la scienza ha fatto il suo lavoro. Le terapie non solo funzionano, ma migliorano con i progressi della ricerca e le prove sono evidenti. Ciò che resta da fare è il cambiamento sociale. Gran parte della società deve ancora comprendere che l’HIV non definisce una persona, non determina il modo di vivere o di relazionarsi e, soprattutto, non rende nessuno un problema. Quando questa comprensione non arriva, l’impatto non è solo fisico, ma profondamente emotivo.

Parlare di HIV significa anche parlare di salute mentale, benessere e qualità della vita. Significa riconoscere che non basta controllare il virus se l’ambiente continua a generare discriminazione ed è influenzato dalla paura o dalla diffidenza. La normalizzazione non passa solo attraverso grandi discorsi, ma attraverso un approccio naturale, come per qualsiasi altra condizione di salute.

Dobbiamo essere capaci di rompere il tabù. Perché non si tratta di un obbligo individuale, ma di una responsabilità collettiva. È necessario informarsi, rivedere idee obsolete che hanno causato solo dolore e smettere di puntare il dito contro le persone che vivono con l’HIV. Tutto questo è essenziale affinché l’HIV smetta di essere un tema carico di tensione e, soprattutto, di discriminazione. Perché quando il pregiudizio scompare, resta qualcosa di molto semplice. Restano persone, come te e come me, che cercano di vivere la propria vita senza dover nascondere nulla a nessuno.

Forse ciò di cui abbiamo più bisogno oggi è empatia, ascolto e, soprattutto, rispetto. I discorsi devono andare ben oltre gli atti solenni, le scoperte devono andare ben oltre i simposi sugli ultimi progressi della ricerca e i titoli di giornale devono andare oltre un tweet, cinquanta secondi al telegiornale o le pagine delle riviste specializzate. Se tutto questo non arriva alla società, se non si traduce in sostegno reale, normalizzazione e accompagnamento per chi convive con l’HIV, allora continueremo a permettere che lo stigma e la discriminazione restino presenti.

Per questo voglio che le ultime parole di questo testo siano per te. Se senti che qualcosa dentro di te si è mosso leggendo queste righe, voglio solo che tu sappia che sono qui per abbracciarti.

Senza vincoli, senza tabù e senza stigma.

Sempre.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Quand le stigmate est encore présent

Parler du VIH aujourd’hui, alors que nous approchons de la fin de l’année 2025, devrait être quelque chose de clair et de simple, sans peurs ni discours excessifs. Malgré le manque d’information inexplicable qui existe encore dans la vie quotidienne, la réalité médicale est connue depuis des années. Une personne vivant avec le VIH, qui suit son traitement et atteint une charge virale indétectable, ne transmet pas le virus. Ainsi, si la charge virale est indétectable, le virus est intransmissible. Cette information devrait suffire à transformer de nombreuses conversations autour du VIH, mais la vérité est que le virus a été maîtrisé avant les préjugés qui persistent encore dans notre société.

Le VIH n’est plus ce qu’il était autrefois, ce n’est plus une condamnation à mort. Grâce aux traitements actuels, les personnes qui vivent avec le VIH peuvent mener une vie longue, active et épanouie. Le problème n’est pas dans le corps, mais dans l’environnement qui entoure la personne. Car même lorsque la santé physique est stable, le contexte social continue de produire des différences profondément discriminatoires. Et ces différences ont un impact direct sur la santé mentale.

De nombreuses personnes vivant avec le VIH savent qu’elles ne représentent aucun danger pour qui que ce soit, mais elles doivent malgré tout faire face à des regards chargés de désinformation, de préjugés et de haine. Elles ne peuvent pas toujours parler librement de leur situation, non par honte, mais parce qu’elles connaissent les réactions qui existent encore. Pour beaucoup, le silence n’est pas un choix confortable, mais une forme de protection face au rejet ou à l’incompréhension, une manière de survivre dans un environnement encore trop hostile et dominé par le stigmate.

Ce silence prolongé finit par avoir un coût. Non pas à cause du virus, mais à cause de tout ce qui l’entoure. L’anxiété, le sentiment permanent de devoir mesurer le terrain et les mots, et l’épuisement émotionnel d’expliquer l’évidence encore et encore. Inévitablement, dans ces conditions, la santé mentale est affectée lorsqu’une personne a le sentiment de devoir constamment justifier sa normalité.

Le diagnostic du VIH reste un moment important dans la vie de la personne qui le reçoit. Non pas tant à cause de la maladie elle-même, aujourd’hui traitable et contrôlable comme toute maladie chronique, mais en raison du poids symbolique qu’elle continue de porter sur le plan social. Des idées fausses circulent encore, des peurs qui ne correspondent pas à la réalité médicale et un manque d’information qui continue d’alimenter le stigmate, l’exclusion et la discrimination. Tout cela devient un fardeau qui ne devrait pas exister. Pourtant, on n’en a pas encore fait assez.

Au cours des dernières décennies, la science a fait son travail. Les traitements fonctionnent et continuent de s’améliorer grâce aux avancées de la recherche, et les preuves sont là. Ce qui reste à accomplir, c’est le changement social. Une grande partie de la société doit encore comprendre que le VIH ne définit personne, qu’il ne détermine pas une manière de vivre ou de se relier aux autres et qu’il ne transforme certainement personne en problème. Lorsque cette compréhension n’arrive pas, l’impact n’est pas seulement physique, il est profondément émotionnel.

Parler du VIH, c’est aussi parler de santé mentale, de bien-être et de qualité de vie. C’est reconnaître qu’il ne suffit pas de contrôler le virus si l’environnement continue de générer de la discrimination et reste influencé par la peur ou la méfiance. La normalisation ne passe pas par de grands discours, mais par un traitement du sujet avec la même naturalité que toute autre condition de santé.

Nous devons être capables de briser le tabou. Car il ne s’agit pas d’une obligation individuelle, mais d’une responsabilité collective. Il faut s’informer, remettre en question des idées obsolètes qui n’ont causé que de la souffrance et cesser de stigmatiser les personnes vivant avec le VIH. Tout cela est essentiel pour que le VIH cesse d’être un sujet chargé de tension et, surtout, de discrimination. Car lorsque le préjugé disparaît, il reste quelque chose de très simple. Il reste des personnes, comme toi et comme moi, qui essaient de vivre leur vie sans avoir à cacher quoi que ce soit à qui que ce soit.

Peut-être que ce dont nous avons le plus besoin aujourd’hui, c’est d’empathie, d’écoute et, surtout, de respect. Les discours doivent aller bien au-delà des actes solennels, les découvertes doivent aller bien au-delà des colloques sur les nouvelles avancées de la recherche, et les titres de presse doivent aller bien au-delà d’un tweet, de cinquante secondes au journal télévisé ou des pages de publications spécialisées. Si tout cela n’atteint pas la société, si cela ne se traduit pas par un soutien réel, une normalisation et un accompagnement sans conditions pour les personnes vivant avec le VIH, alors nous continuerons à permettre au stigmate et à la discrimination qui l’accompagne de perdurer.

C’est pourquoi je veux que les derniers mots de ce texte soient pour toi. Si tu sens que quelque chose a été touché en toi en lisant ces lignes, je veux simplement que tu saches que je suis là pour t’enlacer.

Sans contraintes, sans tabous et sans stigmates.

Toujours.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Quando o estigma ainda está presente

Falar sobre o VIH hoje, quando estamos prestes a terminar 2025, deveria ser algo claro e simples, sem medos nem discursos exagerados. Apesar da inexplicável falta de informação que ainda existe no dia a dia, a realidade médica é conhecida há muitos anos. Uma pessoa que vive com VIH, segue o tratamento e atinge uma carga viral indetetável não transmite o vírus. Assim, se a carga viral é indetetável, o vírus é intransmissível. Este facto deveria ser suficiente para mudar muitas conversas em torno do VIH, mas a verdade é que o vírus foi controlado antes dos preconceitos que ainda persistem na nossa sociedade.

O VIH já não é o que foi no passado, já não é uma sentença de morte. Graças aos tratamentos atuais, as pessoas que convivem com o vírus podem ter uma vida longa, ativa e plena. O problema não está no corpo, mas no ambiente que rodeia a pessoa. Porque, mesmo quando a saúde física está estável, o contexto social continua a criar diferenças profundamente discriminatórias. E essas diferenças têm um impacto direto na saúde mental.

Muitas pessoas que vivem com VIH sabem que não representam um risco para ninguém, mas ainda assim enfrentam olhares carregados de desinformação, preconceito e ódio. Nem sempre podem falar livremente sobre a sua situação, não por vergonha, mas porque conhecem as reações que ainda existem. Para muitas delas, escolher o silêncio não é uma decisão confortável, mas uma forma de proteção contra a rejeição ou a incompreensão, uma maneira de sobreviver num ambiente ainda demasiado hostil e dominado pelo estigma.

Esse silêncio prolongado cobra o seu preço. Não por causa do vírus, mas por tudo o que o rodeia. A ansiedade, a sensação constante de estar a medir o terreno e as palavras, e o cansaço emocional de explicar o óbvio vezes sem conta. Inevitavelmente, nestas circunstâncias, a saúde mental é afetada quando uma pessoa sente que tem de justificar constantemente a sua normalidade.

O diagnóstico de VIH continua a ser um momento marcante na vida de quem o recebe. Não tanto pela doença em si, que hoje é tratável e controlável como qualquer doença crónica, mas pelo peso simbólico que ainda carrega a nível social. Continuam a circular ideias erradas, medos que não correspondem à realidade médica e uma falta de informação que continua a alimentar o estigma, a exclusão e a discriminação. Tudo isso se transforma num fardo que não deveria existir. No entanto, ainda não se fez o suficiente.

Ao longo das últimas décadas, a ciência fez o seu trabalho. Os tratamentos não só funcionam como continuam a melhorar com os avanços da investigação, e as evidências estão aí. O que ainda falta é a mudança social. Uma grande parte da sociedade ainda precisa de compreender que o VIH não define ninguém, que não determina uma forma de viver ou de se relacionar e que, certamente, não transforma ninguém num problema. Quando essa compreensão não chega, o impacto não é apenas físico, é também profundamente emocional.

Falar de VIH implica também falar de saúde mental, de bem-estar e de qualidade de vida. Implica reconhecer que não basta controlar o vírus se o ambiente continua a gerar discriminação e é influenciado pelo medo ou pela desconfiança. A normalização não passa apenas por discursos grandiosos, mas por tratar o tema com a mesma naturalidade que qualquer outra condição de saúde.

Temos de ser capazes de quebrar o tabu. Porque não se trata de uma obrigação individual, mas de uma responsabilidade coletiva. É preciso informar-se, rever ideias obsoletas que apenas causaram dor e deixar de apontar o dedo às pessoas que vivem com VIH. Tudo isto é essencial para que o VIH deixe de ser um tema carregado de tensão e, sobretudo, de discriminação. Porque quando o preconceito desaparece, o que fica é algo muito simples. Ficam pessoas, como tu e como eu, a tentar viver a sua vida sem necessidade de esconder nada de ninguém.

Talvez o que mais precisemos agora seja empatia, escuta e, acima de tudo, respeito. Os discursos têm de ir muito além dos atos solenes, as descobertas têm de ir muito além dos simpósios sobre os novos avanços da investigação e as manchetes têm de ir muito além de um tweet, de cinquenta segundos no telejornal ou das páginas de publicações especializadas. Se tudo isso não chega à sociedade, se não se traduz em apoio real, normalização e acompanhamento para quem vive com VIH, de forma verdadeira e sem condições, então continuaremos a permitir que o estigma permaneça juntamente com a discriminação que o acompanha.

Por isso, quero que as últimas palavras deste texto sejam para ti. Se sentes que algo em ti foi tocado ao ler estas palavras, quero apenas que saibas que estou aqui para te abraçar.

Sem amarras, sem tabus e sem estigmas.

Sempre.

Qué hacer cuando los centros educativos miran hacia otro lado

Hay situaciones que ninguna familia debería vivir y, sin embargo, esas situaciones pasan con mucha más frecuencia de lo que nos gustaría admitir. Imagina que tu hijo o tu hija empieza a cambiar. Ya no duerme igual, tiene miedo de ir al colegio, se encierra, llora sin saber explicar por qué y, cuando por fin te cuenta lo que ocurre, descubres que está sufriendo acoso o ciberacoso. 

Sientes en todo tu cuerpo un escalofrío que te recorre de arriba a abajo y, tras el miedo inicial, sabiendo que tienes que hacer algo, decides dar el paso y hablar con el centro educativo. Sin embargo, en lugar de respuestas claras y conseguir protección inmediata, te encuentras con silencios, con actitudes que minimizan todo o directamente con la inacción del centro. 

Si esto que te cuento te está pasando, quiero decirte que este texto está pensado para ti. Para que sepas, con calma y con claridad, qué hacer cuando un centro educativo no cumple con su obligación de proteger a un menor ante un situación de acoso y ciberacoso. 

De entrada, hay que decir que en España ningún centro educativo puede mirar hacia otro lado ante una situación de acoso o de ciberacoso. Esto no es una cuestión de voluntad ni de interpretación, sino una obligación legal. La ley educativa establece que todos los centros educativos deben contar con protocolos contra el acoso escolar y el ciberacoso y, lo que es más importante, deben activarlos en cuanto existan indicios. Por tanto, aquí va la primera idea clara, no hace falta que el acoso esté probado al cien por cien. Basta con la sospecha razonable de que un menor puede estar siendo víctima para que el centro tenga que actuar de inmediato.

Cuando un centro no activa el protocolo o lo hace de forma superficial, tarde o incorrecta, no solo está fallando a nivel humano, también está incumpliendo su deber de cuidado. Y ese incumplimiento tiene consecuencias administrativas, civiles y, en algunos casos, penales.

Lo primero y más importante es entender que la prioridad absoluta del centro es la protección del menor en todos sus derechos humanos y fundamentales. Esa es su principal obligación y está por encima de la actividad docente. Por tanto, lo prioritario no es la imagen del centro ni la comodidad del profesorado, ni tampoco el miedo al conflicto. Lo que debe primar siempre es la seguridad física y emocional del niño o la niña que está por encima de todo. 

Partiendo de esta base, hay que actuar con serenidad, pero también con firmeza. Pero ahora, lo más importante. ¿Qué hacemos?  El primer paso siempre es documentarlo todo. Así, hay que documentar todas las pruebas que tengamos. Desde el primer comentario ofensivo hasta el último mensaje recibido en redes sociales. También es fundamental anotarfechas, horas, lugares, personas implicadas y testigos, tanto directos como indirectos, que sepan o haya visto u oído algo. Guardar capturas de pantalla de mensajes, audios, vídeos, publicaciones o comentarios. Conservar los enlaces y, si es posible, los datos que acrediten cuándo y desde dónde se publicaron. Si hay síntomas físicos o psicológicos, hay que acudir a un profesional sanitario y pedir informes. Estos documentos no solo ayudan a entender la gravedad de lo que está pasando, sino que más adelante pueden ser determinantes para que las autoridades actúen.

Con esa base, hay que comunicar los hechos al centro educativo POR ESCRITO. No basta con una conversación de pasillo ni con una llamada telefónica. Es imprescindible presentar un escrito formal en la secretaría del centro, describiendo lo ocurrido de forma clara y solicitando expresamente la activación inmediata del protocolo contra el acoso y la adopción de medidas de protección para el menor. Ese escrito debe quedar registrado y hay que conservar una copia sellada. Si el centro no responde o responde de manera evasiva, conviene insistir por un medio que deje constancia, como un burofax o una comunicación certificada.

Si aun así el centro no actúa o lo hace de manera claramente insuficiente, la siguiente puerta es la Inspección Educativa de la comunidad autónoma. La Inspección tiene la función de supervisar que los centros cumplan la ley y los protocolos. Presentar una reclamación ante Inspección no es un gesto agresivo ni exagerado. Es un derecho de las familias y una herramienta fundamental para obligar al centro a reaccionar. En esa reclamación se debe adjuntar toda la documentación disponible y explicar que el centro ha sido informado y no ha cumplido con su obligación de proteger al menor.

Ahora bien, hay situaciones en las que no se puede ni se debe esperar a que la vía educativa funcione. Cuando el acoso incluye amenazas graves, agresiones físicas, coacciones, humillaciones constantes, difusión de imágenes íntimas, extorsión o cualquier conducta que pueda ser delito, es necesario acudir directamente a la Policía Nacional, a la Guardia Civil, a la Fiscalía de Menores al Juzgado de Guardia. Denunciar no es exagerar, sino proteger. En la denuncia se deben aportar todas las pruebas y explicar con claridad que la víctima es un menor de edad.A partir de ahí se activan los mecanismos penales y la Fiscalía puede intervenir.

La Fiscalía, especialmente la Fiscalía de Menores, tiene un papel clave en estos casos. Puede actuar cuando hay indicios de delito, cuando existe una situación de riesgo para el menor o cuando las instituciones no están respondiendo adecuadamente. Remitir la información a la Fiscalía o solicitar su intervención es una opción legítima y, en muchos casos, necesaria.

Además de la vía penal, existe la vía civil. Cuando un centro educativo, por acción u omisión, ha causado un daño al menor, ya sea psicológico o físico, puede exigirse responsabilidad. Existen sentencias en España que han condenado a centros a indemnizar a familias por no haber actuado a tiempo ante situaciones de acoso. Esto no se hace por venganza, sino por justicia y por prevención, para que no vuelva a ocurrir.

Paralelamente a todo esto, nunca hay que descuidar el acompañamiento emocional del menor. Buscar apoyo psicológico no es un signo de debilidad, sino que es una forma de cuidado. También se puede pedir ayuda a los servicios sociales y a entidades especializadas en infancia y acoso escolar, que ofrecen orientación, apoyo y, en algunos casos, acompañamiento durante todo el proceso.

Conviene recordar que el acoso no es cosa de niños ni conflictos normales del crecimiento. Es una forma de violencia, ES UN DELITO. Y cuando se da en la infancia o la adolescencia, sus consecuencias pueden ser devastadoras si no se actúa con rapidez y determinación.

Por eso hay que insistir en una serie de pasos que siempre deben seguirse cuando un menor sufre acoso o ciberacoso. 

  • Documentar todo desde el primer momento. 
  • Guardar pruebas sin borrar nada. 
  • Comunicar por escrito al centro y exigir la activación del protocolo. 
  • Pedir explicaciones y medidas concretas. 
  • Acudir a Inspección Educativa si el centro falla. 
  • Denunciar ante la policía o el juzgado cuando hay delitos o riesgo grave. 
  • Informar a la Fiscalía si es necesario. 
  • Garantizar atención psicológica y social al menor. 
  • Solicitar medidas de protección cuando la situación lo requiera. 
  • Y buscar asesoramiento legal y apoyo especializado para no caminar solos.

Nada de esto convierte a una familia en conflictiva. La convierte en responsable. Defender a un hijo o a una hija frente al acoso no es un exceso, es un deber. Y aunque el camino sea duro, cada paso dado con claridad y firmeza envía un mensaje poderoso al menor. No estás solo. Te creemos. Te protegemos.

Porque cuando un niño sufre acoso y los adultos no reaccionan, el daño se multiplica. Pero cuando una familia actúa, cuando exige, cuando no se rinde, se abre la posibilidad de sanar y de cambiar las cosas.

Proteger a un menor hoy es sembrar un futuro donde nadie tenga que pedir permiso para vivir sin miedo.

No lo olvides nunca.

DECÁLOGO IMPRESCINSIBLE ANTE EL ACOSO

1. ESCUCHA Y CREE AL MENOR DESDE EL PRIMER MOMENTO

Cuando un niño o una niña se atreve a contar que está sufriendo acoso, lo más importante es creerle. No minimizar, no relativizar y no buscar excusas. Escuchar con calma, sin interrogar ni culpabilizar, es el primer acto de protección. Sentirse creído puede marcar la diferencia entre pedir ayuda o encerrarse en el silencio.

2. GARANTIZA SU SEGURIDAD INMEDIATA

Antes de cualquier trámite, asegúrate de que el menor está a salvo. Si hay miedo, ansiedad intensa, amenazas graves o riesgo físico, hay que actuar de inmediato. La protección del menor está por encima de cualquier procedimiento administrativo o educativo.

3. DOCUMENTA ABSOLUTAMENTE TODO DESDE EL INICIO

Anota fechas, lugares, personas implicadas, testigos y hechos concretos. Guarda mensajes, audios, vídeos, capturas de pantalla y enlaces. No borres nada. Haz copias de seguridad. La documentación es la base para que el acoso sea reconocido y se pueda actuar con eficacia.

4. COMUNICA LOS HECHOS AL CENTRO EDUCATIVO POR ESCRITO

Presenta un escrito formal en el centro solicitando la activación inmediata del protocolo contra el acoso y medidas de protección. Evita que todo quede en conversaciones verbales. Conserva siempre una copia registrada de lo entregado.

5. EXIGE MEDIDAS CLARAS Y SEGUIMIENTO REAL

No basta con buenas palabras. El centro debe adoptar medidas concretas para proteger al menor y debe informar por escrito de qué acciones se están tomando. Si las medidas no existen o no funcionan, hay que decirlo y dejar constancia.

6. ACUDE A LA INSPECCIÓN EDUCATIVA SI EL CENTRO NO ACTÚA

Si el colegio o instituto no activa el protocolo, lo hace tarde o de forma insuficiente, presenta una reclamación ante la Inspección Educativa de tu comunidad autónoma. Es un derecho de las familias y una herramienta clave para exigir responsabilidades.

7. DENUNCIA ANTE LA POLICÍA O EL JUZGADO CUANDO HAYA GRAVEDAD

Si existen amenazas, agresiones, coacciones, humillaciones graves, difusión de imágenes íntimas o cualquier posible delito, presenta denuncia ante la Policía Nacional, la Guardia Civil o el Juzgado de Guardia. No esperes a que el centro reaccione.

8. SOLICITA LA INTERVENCIÓN DE LA FISCALÍA SI ES NECESARIO

Cuando el acoso es grave, afecta a menores o las instituciones no están respondiendo, la Fiscalía, especialmente la de Menores, puede intervenir para proteger al menor y coordinar actuaciones.

9. ASEGURA APOYO PSICOLÓGICO Y SOCIAL AL MENOR

Busca atención psicológica especializada y, si es necesario, apoyo de servicios sociales o entidades especializadas. El daño emocional del acoso existe aunque no siempre se vea, y debe ser atendido desde el primer momento.

10. BUSCA ASESORAMIENTO Y NO CAMINES SOLO

Apóyate en profesionales del derecho, asociaciones y organizaciones especializadas en acoso escolar. Contar con orientación experta ayuda a tomar decisiones correctas, evita errores y protege mejor al menor y a la familia.

CONCLUSIÓN FINAL

Cuando un menor sufre acoso, cada paso que das con firmeza y amor no solo le protege hoy, también le enseña que su dignidad siempre merece ser defendida.

CASO PRÁCTICO

Caso práctico de Acoso físico y ciberacoso a un menor con inacción del centro educativo

Imaginemos el caso de Daniel, un menor de 13 años que cursa 2º de ESO en un instituto público. Desde hace varios meses, Daniel sufre una situación continuada de acoso por parte de varios compañeros de su mismo curso. El acoso no es puntual ni aislado, sino reiterado y sostenido en el tiempo.

Dentro del centro educativo, Daniel es empujado en los pasillos, insultado en clase, ridiculizado delante del profesorado y agredido físicamente en los recreos. En varias ocasiones le han escondido el material escolar, le han tirado la mochila al suelo y le han propinado golpes en zonas del cuerpo que no dejan marcas visibles. Fuera del centro, los mismos compañeros lo esperan a la salida para intimidarlo, le lanzan objetos y lo siguen por el barrio con amenazas. A través de redes sociales y grupos de mensajería, Daniel recibe mensajes constantes llamándolo inútil, ridiculizando su aspecto físico y animándolo a que no vuelva al instituto. También circulan vídeos grabados sin su consentimiento en los que se le ve llorando tras una agresión.

La situación empieza a afectar gravemente a Daniel. Tiene miedo, presenta ansiedad, insomnio, dolores de estómago y se niega a asistir al centro. Sus padres observan un cambio radical en su comportamiento y, tras varias semanas, después de un ingreso hospitalario por un intento de suicidio, Daniel se atreve a contar lo que está ocurriendo.

Primera actuación de la familia

Lo primero que hacen los padres es escucharle sin cuestionar su relato y asegurarle que no está solo. A continuación, comienzan a documentar todo lo sucedido. Anotan fechas, horas, lugares, nombres de los agresores y posibles testigos. Guardan capturas de pantalla de los mensajes y vídeos difundidos en redes sociales, conservando la fecha y el origen. Acuden al centro de salud, donde un profesional emite un informe psicológico que recoge síntomas compatibles con acoso escolar y ansiedad grave.

Con toda esta información, los padres presentan un escrito formal en la secretaría del instituto solicitando la activación inmediata del protocolo contra el acoso escolar y la adopción de medidas urgentes de protección para su hijo. El escrito queda registrado.

Inacción del centro educativo

El instituto convoca una reunión informal con los padres y les comunica que se trata de conflictos normales entre adolescentes. No se activa formalmente el protocolo ni se adoptan medidas reales de protección. Las agresiones continúan y, en algunos casos, se intensifican.

Ante esta situación, los padres envían un segundo escrito al centro, esta vez por burofax, dejando constancia de que el acoso persiste y de que el centro está incumpliendo su obligación legal de proteger al menor.

Reclamación ante la Inspección Educativa

Al no recibir una respuesta adecuada, los padres presentan una reclamación ante la Inspección Educativa de su provincia o comunidad autónoma. Aportan toda la documentación, incluidas las pruebas del acoso, los informes médicos y las comunicaciones previas con el centro. Solicitan expresamente que se investigue la actuación del instituto y que se ordene la activación del protocolo y la adopción de medidas inmediatas. La Inspección inicia actuaciones y requiere al centro explicaciones por escrito.

Actuaciones a nivel penal

Dado que Daniel ha sufrido agresiones físicas, amenazas y humillaciones graves, y que se han difundido vídeos sin su consentimiento, los padres presentan denuncia ante la Policía Nacional. En la denuncia describen detalladamente los hechos, aportan las pruebas digitales y el informe psicológico, y dejan constancia de que la víctima es un menor de edad.

La policía inicia diligencias, identifica a los presuntos agresores y remite el atestado al juzgado y a la Fiscalía de Menores. La Fiscalía valora la adopción de medidas de protección y la posible responsabilidad penal de los menores agresores, así como la intervención de sus familias.

Intervención de la Fiscalía

La Fiscalía de Menores abre diligencias y solicita información al centro educativo, a la Inspección y a los servicios sociales. Valora la existencia de una situación de riesgo para Daniel y puede instar medidas como la prohibición de contacto entre agresores y víctima o la adopción de medidas educativas correctoras.

Medidas de protección para el menor

Paralelamente, los padres solicitan medidas urgentes para proteger a Daniel. Se acuerda que no coincida con los agresores en horarios y espacios, se refuerza la vigilancia en el centro y se adoptan medidas provisionales para evitar el contacto fuera del ámbito escolar. Daniel comienza un tratamiento psicológico continuado.

Responsabilidad del centro educativo

Una vez acreditado que el centro tuvo conocimiento del acoso y no actuó de forma diligente, los padres, asesorados por un abogado especializado, valoran interponer una reclamación de responsabilidad contra la administración educativa o el centro, según su naturaleza. En esta reclamación se solicita una indemnización por los daños psicológicos sufridos por Daniel como consecuencia de la inacción del centro, aportando informes periciales y toda la documentación recopilada.

Otras actuaciones posibles

Además de las vías descritas, los padres denuncian los contenidos ofensivos en las redes sociales para su retirada inmediata. También informan a los servicios sociales municipales para que valoren la situación de riesgo del menor y activen recursos de apoyo.

Conclusión del caso

Gracias a la actuación firme y documentada de la familia, la intervención de la Inspección, la policía y la Fiscalía, se logra frenar el acoso y proteger a Daniel. El caso sirve también para exigir responsabilidades al centro educativo y para evitar que otros menores pasen por situaciones similares.

REFLEXIÓN FINAL

Cuando un menor es acosado dentro y fuera del centro y también en redes sociales, no basta con confiar en la buena voluntad del colegio. Actuar, documentar y acudir a todas las vías legales disponibles no es exagerar, es cumplir con el deber más importante que existe, que es proteger a un niño y defender su derecho a vivir sin miedo.

GUIA BREVE RESUMIDA

Si un centro educativo omite su responsabilidad de cuidado ante una situación de acoso, la familia no solo puede actuar, sino que debe hacerlo. La ley en España es clara el centro tiene una obligación activa de protección del menor y su incumplimiento no es un fallo menor, es una vulneración grave de derechos. A continuación tienes una guía clara, directa y urgente de qué hacer, paso a paso, cuando el colegio o instituto no cumple con su deber.

Primero: proteger al menor sin esperar al centro

Si el niño o la niña tiene miedo, presenta ansiedad intensa, ha sufrido agresiones físicas, amenazas o muestra signos de autolesión o bloqueo emocional, la prioridad es sacarlo de la situación de riesgo. Esto puede implicar que no acuda temporalmente al centro, que cambie de horario o que reciba atención médica o psicológica inmediata. Proteger no es exagerar, es actuar con responsabilidad.

Segundo: Documentar la omisión del centro

No basta con demostrar el acoso, también hay que dejar constancia de que el centro sabe lo que ocurre y no actúa. Todo debe hacerse por escrito. Escritos registrados en secretaría, correos electrónicos, burofax o comunicaciones certificadas donde conste la solicitud de activación del protocolo y la falta de respuesta o una respuesta claramente insuficiente. Esta documentación será clave para cualquier acción posterior.

Tercer: Exigir por escrito la activación del protocolo

Hay que presentar un escrito formal solicitando la activación inmediata del protocolo contra el acoso y medidas de protección concretas. No es una petición, es una exigencia basada en la ley. El centro está obligado a responder y a actuar. Si no lo hace, queda acreditado su incumplimiento.

Cuarto: Acudir de inmediato a la Inspección Educativa

Cuando el centro omite su responsabilidad, la Inspección Educativa es la vía administrativa urgente. Se debe presentar una reclamación detallada con todas las pruebas y copias de los escritos dirigidos al centro. La Inspección puede requerir al colegio, abrir expediente y obligar a la adopción de medidas. No es un paso opcional, es esencial.

Quinto: Denunciar ante Policía Nacional o Guardia Civil

Si hay agresiones, amenazas, coacciones, humillaciones graves, difusión de imágenes o cualquier conducta que pueda ser delito, hay que presentar denuncia penal. No se necesita el permiso del centro ni esperar a que actúe. La denuncia activa la intervención judicial y pone el foco en la protección del menor.

Sexto: Solicitar la intervención de la Fiscalía

Cuando la víctima es un menor y existe una situación de riesgo o una inacción institucional, la Fiscalía, especialmente la de Menores, puede intervenir. Se puede remitir un escrito o hacerlo a través de la denuncia policial. La Fiscalía puede exigir información al centro, coordinar actuaciones y promover medidas de protección.

Séptimo: Pedir medidas urgentes de protección

A nivel judicial se pueden solicitar medidas cautelares para evitar el contacto entre agresores y víctima. Prohibición de acercamiento, medidas de no comunicación, cambios de aula o de grupo, vigilancia reforzada o cualquier medida necesaria para garantizar la seguridad del menor. Estas medidas pueden solicitarse incluso antes de que el procedimiento termine.

Octavo: Responsabilidad legal del centro

Si se acredita que el centro conocía la situación y no actuó con diligencia, puede exigirse responsabilidad. En centros públicos y concertados, mediante reclamación de responsabilidad patrimonial frente a la administración educativa. En centros privados, mediante demanda civil. Existen precedentes judiciales con indemnizaciones por daños psicológicos causados por la inacción.

Noveno: Activar servicios sociales y sanitarios

La omisión del centro puede constituir una situación de desprotección del menor. Informar a servicios sociales permite activar recursos de apoyo y dejar constancia oficial del riesgo. La atención psicológica continuada es esencial tanto para la recuperación del menor como para acreditar el daño sufrido.

Décimo: Buscar asesoramiento legal especializado

Cuando un centro falla, la familia no debe caminar sola. Un abogado especializado en acoso escolar y protección de menores puede coordinar todas las vías, evitar errores y acelerar las medidas de protección. También es recomendable contactar con asociaciones especializadas que acompañan a las familias en estos procesos.

MENSAJE CLAVE

Cuando un centro educativo no protege ante el acoso y el ciberacoso, la ley no ampara su silencio. Hay que actuar con rapidez, dejar constancia escrita y acudir a las autoridades. Esto no es crear un conflicto, sino la única forma de garantizar la seguridad y la dignidad del menor.

REFLEXIÓN FINAL

LA RESPONSABILIDAD DE PROTEGER A LOS MENORES DE EDAD FRENTE A TODA FORMA DE VIOLENCIA, ASÍ COMO FRENTE A LOS CASOS DE ACOSO Y DE CIBERACOSO, NO SE DELEGA NI SE APLAZA CUANDO FALLA EL SISTEMA.

LA DEFENSA DEL MENOR ES UNA OBLIGACIÓN IRRENUNCIABLE DE TODA LA SOCIEDAD.

SI NECESITAS AYUDA ADICIONAL
ACCEDE AL FORMULARIO DE CONTACTO

Rompiendo las cadenas que no se ven

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional contra el Colonialismo en Todas sus Formas y Manifestaciones)

Muchas veces nos cuesta pararnos un momento y mirar hacia una realidad que a menudo creemos superada, pero que sigue presente de maneras más sutiles, más silenciosas y, por eso mismo, más peligrosas. Cuando hablamos de colonialismo no hablamos solo de barcos, conquistas y mapas pintados con banderas colocadas estratégicamente. Hablamos de desigualdad, de abuso de poder y de una herida histórica que todavía no ha terminado de cerrarse.

Durante siglos, el colonialismo se impuso con la fuerza, la violencia y la imposición cultural. Pueblos enteros fueron despojados de sus tierras, de sus recursos, de su cultura, de su lengua y de su forma de entender el mundo. Nada de aquello fue casual ni inevitable. Fue una decisión consciente basada en la idea de que unas personas valían más que otras. Esa mentalidad, aunque hoy se disfrace con palabras modernas, sigue influyendo en cómo, a día de hoy, unos pocos países siguen repartiéndose la riqueza, el poder y las oportunidades en el mundo.

Los tiempos han cambiado y el colonialismo no siempre lleva uniforme ni bandera. A veces se presenta como dependencia económica, como explotación de recursos naturales, como imposición de modelos culturales únicos o silenciando las voces que resultan incómodas para el poder y los grandes intereses. Pero también se manifiesta cuando se niega la historia, cuando se minimiza el sufrimiento de los pueblos colonizados o cuando se les exige que olviden su pasado para poder avanzar. No se puede construir un futuro justo sobre el olvido impuesto.

Tenemos que aprender a escuchar, a cuestionarnos aquello que hasta ahora nadie ponía en duda. A preguntarnos de dónde vienen muchas de las comodidades que damos por hechas y quién ha pagado un alto precio por ellas. Pero también es un momento para reconocer la resistencia y la dignidad de los pueblos que, pese a todo, han sabido conservar su identidad, su memoria y su derecho a decidir sobre su propio destino.

Para quienes vivimos en ese lugar, a veces tan hipócrita, llamado “Occidente”, conocer nuestra historia colonial no es un ejercicio de culpa, sino de responsabilidad. Solo desde el reconocimiento honesto se puede avanzar hacia relaciones más justas, basadas en el respeto mutuo y la igualdad real. No se trata de reescribir el pasado, sino de comprenderlo para no repetirlo.

No olvidemos que la libertad de los pueblos no se concede, se respeta; que la dignidad no se negocia, se defiende sin fisuras; y que ningún pueblo está por encima de otro. Por eso, mientras exista explotación, racismo estructural o desigualdad heredada, el colonialismo seguirá vivo, aunque cambie de nombre o esté maquillado por grandes marcas y respaldado por influencers de todo el mundo.

Hay muchas razones, tantas como todos los millones de personas que se ven afectadas por el neocolonialismo actual, para que este día no sea solo una fecha de conmemoración, sino un punto de partida para construir un mundo mejor. Y para ello, tenemos que asumir el compromiso de desmontar las viejas jerarquías, abrir espacios de justicia y construir un mundo donde ninguna persona tenga que luchar por ser reconocida como igual y con la misma dignidad.

Porque cuando caen las últimas cadenas, visibles o invisibles, gana toda la humanidad.

Y tenemos que ganar.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
BREAKING THE CHAINS THAT CANNOT BE SEEN

(International Day against Colonialism in All Its Forms and Manifestations)

So often we find it hard to stop for a moment and look at a reality that we frequently believe to be overcome, yet which is still present in subtler, quieter and therefore more dangerous ways. When we speak about colonialism, we are not speaking only about ships, conquests and maps painted with strategically placed flags. We are speaking about inequality, abuse of power and a historical wound that has not yet fully healed.

For centuries, colonialism imposed itself through force, violence and cultural imposition. Entire peoples were stripped of their lands, their resources, their culture, their languages and their ways of understanding the world. None of this was accidental or inevitable. It was a conscious decision based on the idea that some people were worth more than others. That mindset, even when disguised today in modern language, still influences how a few countries continue to divide up wealth, power and opportunities across the world.

Times have changed, and colonialism does not always wear a uniform or a flag. Sometimes it appears as economic dependence, as the exploitation of natural resources, as the imposition of single cultural models or through the silencing of voices that are uncomfortable for power and major interests. It also shows itself when history is denied, when the suffering of colonised peoples is downplayed or when they are told they must forget their past in order to move forward. A just future cannot be built on imposed forgetting.

We must learn to listen and to question what until now no one dared to challenge. To ask ourselves where many of the comforts we take for granted come from and who has paid a high price for them. It is also a moment to recognise the resistance and dignity of peoples who, despite everything, have managed to preserve their identity, their memory and their right to decide their own destiny.

For those of us who live in that sometimes hypocritical place called the West, knowing our colonial history is not an exercise in guilt, but one of responsibility. Only through honest recognition can we move towards fairer relationships, based on mutual respect and genuine equality. This is not about rewriting the past, but about understanding it so as not to repeat it.

Let us not forget that the freedom of peoples is not granted, it is respected that dignity is not negotiated, it is defended without compromise and that no people stand above another. As long as exploitation, structural racism or inherited inequality exist, colonialism will remain alive, even if it changes its name or is polished by major brands and supported by influencers around the world.

There are many reasons, as many as the millions of people affected by contemporary neocolonialism, for this day to be more than a date of commemoration and instead a starting point for building a better world. 

To achieve this, we must commit to dismantling old hierarchies, opening spaces for justice and building a world where no one has to fight to be recognised as equal and with the same dignity.

Because when the last chains fall, visible or invisible, all of humanity wins.

And we must win.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
SPEZZARE LE CATENE CHE NON SI VEDONO

(Giornata internazionale contro il colonialismo in tutte le sue forme e manifestazioni)

Spesso facciamo fatica a fermarci un momento e a guardare una realtà che crediamo superata, ma che continua a essere presente in forme più sottili, più silenziose e proprio per questo più pericolose. Quando parliamo di colonialismo non parliamo solo di navi, conquiste e mappe dipinte con bandiere collocate strategicamente. Parliamo di disuguaglianza, di abuso di potere e di una ferita storica che non si è ancora del tutto rimarginata.

Per secoli il colonialismo si è imposto con la forza, la violenza e l’imposizione culturale. Popoli interi sono stati privati delle loro terre, delle loro risorse, della loro cultura, della loro lingua e del loro modo di vedere il mondo. Nulla di tutto ciò è stato casuale o inevitabile. È stata una decisione consapevole fondata sull’idea che alcune persone valessero più di altre. Questa mentalità, anche se oggi si traveste di parole moderne, continua a influenzare il modo in cui pochi paesi si spartiscono ricchezza, potere e opportunità nel mondo.

I tempi sono cambiati e il colonialismo non indossa sempre un’uniforme o una bandiera. A volte si presenta come dipendenza economica, come sfruttamento delle risorse naturali, come imposizione di modelli culturali unici o come silenziamento delle voci scomode per il potere e i grandi interessi. Si manifesta anche quando la storia viene negata, quando la sofferenza dei popoli colonizzati viene minimizzata o quando viene chiesto loro di dimenticare il passato per poter andare avanti. Non si può costruire un futuro giusto sull’oblio imposto.

Dobbiamo imparare ad ascoltare e a mettere in discussione ciò che fino ad ora nessuno osava dubitare. Chiederci da dove provengono molte delle comodità che diamo per scontate e chi ha pagato un prezzo elevato per esse. È anche il momento di riconoscere la resistenza e la dignità dei popoli che, nonostante tutto, hanno saputo conservare la propria identità, la propria memoria e il diritto di decidere il proprio destino.

Per chi vive in quel luogo a volte così ipocrita chiamato Occidente, conoscere la nostra storia coloniale non è un esercizio di colpa, ma di responsabilità. Solo attraverso un riconoscimento onesto è possibile avanzare verso relazioni più giuste, basate sul rispetto reciproco e su una reale uguaglianza. Non si tratta di riscrivere il passato, ma di comprenderlo per non ripeterlo.

Non dimentichiamo che la libertà dei popoli non si concede, si rispetta che la dignità non si negozia, si difende senza compromessi e che nessun popolo è superiore a un altro. Finché esisteranno sfruttamento, razzismo strutturale o disuguaglianze ereditarie, il colonialismo continuerà a vivere, anche se cambierà nome o sarà mascherato da grandi marchi e sostenuto da influencer di tutto il mondo.

Ci sono molte ragioni, tante quante sono i milioni di persone colpite dal neocolonialismo attuale, affinché questa giornata non sia solo una commemorazione, ma un punto di partenza per costruire un mondo migliore. Per farlo dobbiamo assumerci l’impegno di smantellare le vecchie gerarchie, aprire spazi di giustizia e costruire un mondo in cui nessuno debba lottare per essere riconosciuto come uguale e con la stessa dignità.

Perché quando cadono le ultime catene, visibili o invisibili, vince tutta l’umanità.

E dobbiamo vincere.

🇫🇷FRANÇAIS🇫🇷
BRISER LES CHAÎNES QUE L’ON NE VOIT PAS

(Journée internationale contre le colonialisme sous toutes ses formes et manifestations)

Il nous est souvent difficile de nous arrêter un instant et de regarder une réalité que nous croyons dépassée, mais qui reste présente de manière plus subtile, plus silencieuse et pour cette raison même plus dangereuse. Lorsque nous parlons de colonialisme, nous ne parlons pas seulement de navires, de conquêtes et de cartes couvertes de drapeaux placés stratégiquement. Nous parlons d’inégalités, d’abus de pouvoir et d’une blessure historique qui n’est pas encore refermée.

Pendant des siècles, le colonialisme s’est imposé par la force, la violence et l’imposition culturelle. Des peuples entiers ont été dépouillés de leurs terres, de leurs ressources, de leur culture, de leur langue et de leur manière de comprendre le monde. Rien de tout cela n’était accidentel ni inévitable. C’était une décision consciente fondée sur l’idée que certaines personnes valaient plus que d’autres. Cette mentalité, même lorsqu’elle se dissimule aujourd’hui derrière un vocabulaire moderne, continue d’influencer la façon dont quelques pays se partagent la richesse, le pouvoir et les opportunités dans le monde.

Les temps ont changé et le colonialisme ne porte pas toujours un uniforme ou un drapeau. Il se manifeste parfois sous la forme d’une dépendance économique, de l’exploitation des ressources naturelles, de l’imposition de modèles culturels uniques ou par le silence imposé aux voix qui dérangent le pouvoir et les grands intérêts. Il apparaît aussi lorsque l’histoire est niée, lorsque la souffrance des peuples colonisés est minimisée ou lorsqu’on leur demande d’oublier leur passé pour pouvoir avancer. On ne peut pas construire un avenir juste sur l’oubli imposé.

Nous devons apprendre à écouter et à remettre en question ce qui jusqu’à présent n’était jamais interrogé. À nous demander d’où viennent de nombreuses commodités que nous tenons pour acquises et qui en a payé le prix fort. C’est aussi le moment de reconnaître la résistance et la dignité des peuples qui, malgré tout, ont su préserver leur identité, leur mémoire et leur droit à décider de leur propre destin.

Pour celles et ceux d’entre nous qui vivent dans ce lieu parfois si hypocrite appelé l’Occident, connaître notre histoire coloniale n’est pas un exercice de culpabilité, mais de responsabilité. Ce n’est qu’à travers une reconnaissance honnête que l’on peut avancer vers des relations plus justes, fondées sur le respect mutuel et une véritable égalité. Il ne s’agit pas de réécrire le passé, mais de le comprendre pour ne pas le répéter.

N’oublions pas que la liberté des peuples ne se concède pas, elle se respecte que la dignité ne se négocie pas, elle se défend sans concession et qu’aucun peuple n’est au dessus d’un autre. Tant qu’il existera de l’exploitation, du racisme structurel ou des inégalités héritées, le colonialisme restera vivant, même s’il change de nom ou se pare des grandes marques et du soutien d’influenceurs du monde entier.

Il existe de nombreuses raisons, autant que les millions de personnes touchées par le néocolonialisme actuel, pour que cette journée ne soit pas seulement commémorative, mais un point de départ pour construire un monde meilleur. Pour cela, nous devons prendre l’engagement de démanteler les anciennes hiérarchies, d’ouvrir des espaces de justice et de bâtir un monde où personne n’aura à se battre pour être reconnu comme égal et avec la même dignité.

Car lorsque tombent les dernières chaînes, visibles ou invisibles, c’est toute l’humanité qui gagne.

Et nous devons gagner.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
QUEBRAR AS CORRENTES QUE NÃO SE VEEM

(Dia Internacional contra o Colonialismo em Todas as suas Formas e Manifestações)

Muitas vezes custa nos parar por um momento e olhar para uma realidade que acreditamos estar ultrapassada, mas que continua presente de formas mais subtis, mais silenciosas e, por isso mesmo, mais perigosas. Quando falamos de colonialismo não falamos apenas de navios, conquistas e mapas pintados com bandeiras colocadas de forma estratégica. Falamos de desigualdade, de abuso de poder e de uma ferida histórica que ainda não se fechou por completo.

Durante séculos, o colonialismo impôs se através da força, da violência e da imposição cultural. Povos inteiros foram privados das suas terras, dos seus recursos, da sua cultura, da sua língua e da sua forma de entender o mundo. Nada disso foi casual ou inevitável. Foi uma decisão consciente baseada na ideia de que algumas pessoas valiam mais do que outras. Essa mentalidade, ainda que hoje se disfarce com palavras modernas, continua a influenciar a forma como, nos dias de hoje, poucos países repartem a riqueza, o poder e as oportunidades no mundo.

Os tempos mudaram e o colonialismo nem sempre veste uniforme ou ostenta uma bandeira. Por vezes surge como dependência económica, como exploração de recursos naturais, como imposição de modelos culturais únicos ou através do silenciamento de vozes incómodas para o poder e os grandes interesses. Manifesta se também quando a história é negada, quando o sofrimento dos povos colonizados é minimizado ou quando lhes é exigido que esqueçam o passado para poderem avançar. Não é possível construir um futuro justo sobre o esquecimento imposto.

Temos de aprender a ouvir e a questionar aquilo que até agora ninguém punha em causa. Perguntar de onde vêm muitas das comodidades que damos como garantidas e quem pagou um preço elevado por elas. É também o momento de reconhecer a resistência e a dignidade dos povos que, apesar de tudo, souberam preservar a sua identidade, a sua memória e o seu direito a decidir o próprio destino.

Para quem vive nesse lugar, por vezes tão hipócrita, chamado Ocidente, conhecer a nossa história colonial não é um exercício de culpa, mas de responsabilidade. Só através de um reconhecimento honesto é possível avançar para relações mais justas, baseadas no respeito mútuo e na igualdade real. Não se trata de reescrever o passado, mas de o compreender para não o repetir.

Não nos esqueçamos de que a liberdade dos povos não se concede, respeita se que a dignidade não se negocia, defende se sem fissuras e que nenhum povo está acima de outro. Enquanto existirem exploração, racismo estrutural ou desigualdades herdadas, o colonialismo continuará vivo, mesmo que mude de nome ou seja maquilhado por grandes marcas e apoiado por influencers de todo o mundo.

Há muitas razões, tantas quantas os milhões de pessoas afetadas pelo neocolonialismo atual, para que este dia não seja apenas uma data de comemoração, mas um ponto de partida para construir um mundo melhor. Para isso, temos de assumir o compromisso de desmontar as velhas hierarquias, abrir espaços de justiça e construir um mundo onde ninguém tenha de lutar para ser reconhecido como igual e com a mesma dignidade.

Porque quando caem as últimas correntes, visíveis ou invisíveis, ganha toda a humanidade.

E temos de ganhar.