Los cojones del conejito malo

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Voy a ser muy claro, casi visceral en esta ocasión. Odio a Bad Bunny, no me gusta en absoluto. No consumo su música, no me emociona lo más mínimo y me da exactamente igual su discografía y su escenografía artística. En modo alguno me siento representado por su música ni por sus letras. Es más, si mañana desapareciera de mis playlists, lo más probable es que ni me enteraría. Así que esto no va de fandom ni de ninguna conversión espiritual. Esto va de otra cosa mucho más incómoda, porque lo que hizo Bad Bunny en la Super Bowl no fue un concierto. Fue un acto de profanación en toda regla.

Para quien no se haya dado cuenta, la Super Bowl es el santuario del orden. El escaparate más obsceno del poder occidental. Es heterosexualidad y testosterona pura con uniforme, patriotismo prefabricado, capitalismo babeante y una estética diseñada para que a nadie se le ocurra pensar demasiado. Es el sitio donde todo está perfectamente medido para no molestar a los accionistas mayoritarios, a los generales del ejército, a los políticos y a los gilipollas con nostalgia de imperio. Y ahí, justo ahí, este tipo decidió reventar la vitrina desde dentro.

No salió a gustar, salió a estorbar, salió a incomodar. Salió para recordarle al puñetero sistema que no todo el mundo está dispuesto a formar parte del decorado de un puto parque temático. Y eso, en estos tiempos de cobardía cultural para seguir ingresando tantos dólares como likes en las redes sociales, es pura dinamita.

No nos engañemos. Hoy casi todo el mundo opta por callarse. Hay artistas con millones de seguidores que prefieren hacerse los neutrales, influencers más artificiales que el moreno presidencial, que cuentan con altavoces gigantes y que eligen no posicionarse, y estrellas de Hollywood que podrían sacudir millones de conciencias pero que prefieren no arriesgar contratos para ver si pillan un Globo de Oro, un Emmy o un Oscar. Esa clase de silencio se ha convertido en una virtud y la tibieza en una vulgar moneda de cambio.

Pero entonces llega Bad Bunny y dice: “¡Mis cojones!”. Llega y se carga la narrativa cómoda, la imagen del latino dócil que intenta disimular su acento, la idea del artista despolitizado que solo busca no señalarse para poder seguir vendiendo, gobierne quien gobierne, y, de paso, se caga en la estúpida idea de que para poder triunfar en la tierra de las oportunidades hay que portarse bien. Y nada de esto es marketing comercial, sino un acto de rebeldía e insubordinación ante el poder autoritario. 

La insubordinación es real, el poder reacciona. Ya hemos visto a Trump ladrando, la derecha más reaccionaria echando espuma por la boca como si estuvieran poseídos, los opinadores que de todo hablan, pero que de nada entienden, indignados y cabreados como el increíble Hulk hablando de “respeto”, “valores” y “tradición”. Esas son siempre las mismas palabras cuando lo que quieren decir de verdad es “vuelve a tu sitio, basura latina”. 

Pero Bad Bunny no volvió. Se quedó. Y se cagó encima de la mesa del salón a ritmo de reggaeton, reguetón o como puñetas se escriba. Lo hizo siendo demasiado visible, demasiado libre y ambiguo, demasiado sexual, demasiado latino y, por supuesto, demasiado incómodo. Eso es justo lo que el autoritarismo no puede tolerar. ¿Por qué? Porque no sabe cómo domesticarlo, porque no pasa por el aro, porque no le da la gana, porque no le sale de los huevos obedecer sin rechistar. 

Y ahí, como decimos en mi tierra, “con toda su polla morena”, aunque me joda reconocerlo, aunque me repatee su música, aunque no me represente en lo más mínimo, ni musicalmente ni estéticamente, tengo que decirlo alto y claro: desde ese momento, Bad Bunny es un puto dios.

No, no me he vuelto loco.  No es un dios musical, sino un dios político. Un dios del “me importa una mierda lo que esperas de mí”. Un dios del “voy a usar tu escenario para decir lo que no quieres oír”. Un dios del “si te incomodo, mejor” y del “si no te gusta, te jodes”. 

Vamos a decir algo muy claro: La cultura no está para lamerle la oreja al poder. Está para señalarlo, para reírse de él, para encabronarlo y para ponerlo nervioso. Porque cuando el poder se enfada, cuando el fascismo se siente atacado, cuando los autoritarios pierden los nervios, es que alguien ha hecho exactamente lo que tenía que hacer jodidamente bien. 

Bad Bunny ha demostrado que aún se puede morder la mano que te paga. Que aún se puede escupir en el plato de oro sin que te partan la cara. Que aún se puede usar el espectáculo como arma para tocarle las narices a quienes están en la Casa Blanca y no como anestesia para tener a la población borracha de cerveza y con el estómago lleno de alitas de pollo con salsa picante. 

Así que no, no creo que vuelva a escuchar su música nunca más. No me he hecho fan, no me he rendido a las letras de sus canciones. Pero sí le reconozco algo que vale más que cualquier hit mundial con 50 semanas seguidas en el puto número 1 de Bildboard: huevos, desprecio absoluto por el silencio impuesto y dignidad, mucha dignidad. 

Y en un mundo donde el poder exige obediencia y la cultura se arrodilla demasiado a menudo, eso no solo es respetable. Es que es jodidamente necesario.

A fin de cuentas, «la única cosa más poderosa que el odio es el amor«.

Así que, olé tus huevos, conejito. 

Sigue siendo malo.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The Balls of the Bad Bunny

I’m going to be very clear, almost visceral this time. I hate Bad Bunny. I don’t like him at all. I don’t listen to his music, it doesn’t move me one bit, and I couldn’t care less about his discography or his artistic staging. I don’t feel represented by his music or his lyrics in any way. In fact, if he disappeared from my playlists tomorrow, I’d probably never even notice. So no, this isn’t about fandom or some kind of spiritual conversion. This is about something far more uncomfortable, because what Bad Bunny did at the Super Bowl wasn’t a concert. It was a straight up act of profanation.

In case anyone hasn’t noticed, the Super Bowl is the sanctuary of order. The most obscene showcase of Western power. It’s compulsory heterosexuality and pure testosterone in uniform, prefab patriotism, drooling capitalism, and an aesthetic designed so no one even thinks about thinking. It’s the place where everything is perfectly measured so as not to piss off major shareholders, army generals, politicians, and assholes with imperial nostalgia. And right there, exactly there, this guy decided to smash the display case from the inside.

He didn’t come out to be liked. He came out to get in the way. He came out to make people uncomfortable. He came out to remind the damn system that not everyone is willing to be part of the set design of a shitty theme park. And that, in these times of cultural cowardice where people chase dollars and social media likes at the same speed, is pure dynamite.

Let’s not kid ourselves. These days almost everyone chooses to shut up. There are artists with millions of followers who prefer to play neutral, influencers faker than a spray tan on a presidential candidate with massive megaphones who choose not to take a stand, and Hollywood stars who could shake millions of consciences but would rather not risk their contracts in hopes of snagging a Golden Globe, an Emmy, or an Oscar. That kind of silence has become a virtue, and lukewarm takes a cheap currency.

And then Bad Bunny shows up and says, “My fucking balls.” He blows up the comfy narrative, the image of the docile Latino trying to hide his accent, the idea of the depoliticized artist who just wants to keep selling no matter who’s in power. And while he’s at it, he takes a massive shit on the stupid idea that to succeed in the land of opportunity you have to behave yourself. None of this is marketing. It’s an act of rebellion and insubordination against authoritarian power.

And when the insubordination is real, power reacts. We’ve already seen Trump barking, the far right foaming at the mouth like they’re possessed, pundits who talk about everything – and understand nothing – getting mad as hell, like the Incredible Hulk, ranting about “respect,” “values,” and “tradition.” Those are always the same words they use when what they really mean is “get back to your place, Latino trash.”

But Bad Bunny didn’t go back. He stayed. And he took a shit right on the living room table to the beat of reggaeton, reguetón, or whatever the hell it’s spelled. He did it by being too visible, too free and ambiguous, too sexual, too Latino, and of course, too uncomfortable. That’s exactly what authoritarianism can’t tolerate. Why? Because it doesn’t know how to tame him, because he won’t jump through the hoop, because he doesn’t feel like it, because he doesn’t have it in him to obey without questioning.

And right there, as we say back home, “with his whole brown dick out,” even though it pisses me off to admit it, even though his music gets on my nerves, even though he doesn’t represent me musically or aesthetically at all, I have to say it loud and clear. From that moment on, Bad Bunny is a fucking god.

No, I haven’t lost my mind. He’s not a musical god, he’s a political one. A god of “I don’t give a shit what you expect from me.” A god of “I’m going to use your stage to say what you don’t want to hear.” A god of “if I make you uncomfortable, good,” and “if you don’t like it, fuck you.”

Let’s be very clear about something. Culture is not here to lick power’s ear. It’s here to point at it, laugh at it, piss it off, and make it nervous. Because when power gets angry, when fascism feels attacked, when authoritarians lose their cool, it means someone has done exactly what needed to be done, and done it damn well.

Bad Bunny has shown that you can still bite the hand that feeds you. That you can still spit in the golden plate without getting your face smashed in. That you can still use spectacle as a weapon to mess with the people in the White House instead of using it as anesthesia to keep the population drunk on beer and stuffed with hot wings and spicy sauce.

So no, I don’t think I’ll ever listen to his music again. I haven’t become a fan, I haven’t surrendered to his lyrics. But I do give him credit for something worth more than any global hit with 50 straight weeks at fucking number one on Billboard. Balls, absolute contempt for enforced silence, and dignity. A lot of dignity. 

And in a world where power demands obedience and culture kneels way too often, that’s not just respectable. It’s fucking necessary.

At the end of the day, “the only thing more powerful than hate is love”.

So yeah, hats off to your balls, little bunny.

Stay bad.

Ser tú nunca debería doler

(Acoso y ciberacoso por LGTBIfobia en la adolescencia)

Recientemente, he tenido la oportunidad de volver a un centro educativo de secundaria para hablar del acoso y del ciberacoso desde la perspectiva de los derechos humanos. En esta ocasión, el centro pidió expresamente que la charla fuera acerca del acoso y del ciberacoso por razón de la orientación sexual, identidad y expresión de género. Es decir, querían que la charla fuera sobre la prevención contra la LGTBIfobia en la adolescencia y dentro de las aulas.

El problema no es menor. Con los datos que manejo como producto de mi propia investigación, el porcentaje más elevado de los casos de acoso y ciberacoso está directamente relacionado con la orientación sexual e identidad de género de la víctima. Además, el 60% de las personas que agreden suelen ser personas que se encuentran en el entorno personal, laboral, académico, social y familiar de la víctima. Si a eso le sumamos que más del 70% de las agresiones tienen lugar en espacios que la víctima frecuenta habitualmente, el resultado es que más del 90% de las agresiones no llegan a denunciarse.

¿Por qué hay tan pocas personas que denuncian? Hay muchos factores en juego. En primer lugar está la falta de conocimiento de las leyes que protegen a las víctimas, unida a que no siempre se tienen pruebas suficientes de las agresiones o estas nunca llegan a aportarse. Luego está el miedo a las represalias, es decir, a que todo vaya a más si le cuentas a alguien lo que ha pasado, ya sea a tu familia, al profesorado del centro, a tus amistades, a la Policía Nacional o a la Guardia Civil.

También está la falta de apoyo del entorno de la víctima. Es muy importante que el entorno social esté sensibilizado. No me refiero al alumnado, sino también al profesorado y, por supuesto, a las familias. Si la víctima no encuentra el apoyo que necesita, es muy difícil que llegue a poner en conocimiento lo que está sucediendo, especialmente si también existe el rechazo en su entorno familiar.

A todo esto tiene que sumarse el sentimiento de pudor personal de la víctima que también le impide denunciar lo que le sucede. Es decir, estamos hablando de ese sentimiento de vergüenza por verse señalada o del temor a reconocerse como parte de la comunidad LGTBIQ+ en un espacio que no es seguro. Esto aún pasa especialmente en zonas rurales donde, a pesar de lo mucho que se ha avanzado también en el mundo rural, sigue siendo muy complicado reconocerse abiertamente y, como se suele decir, «salir del armario».

Por último, también tiene que sumarse que, en la inmensa mayoría de las ocasiones, las víctimas no quieren verse inmersas dentro de un proceso que, obviamente, no es agradable. Somos muchas las voces que reivindicamos una humanización de la justicia en los casos de violencia, odio y discriminación. Nuestra sociedad, salvo los sectores de siempre, está muy concienciada con la lucha contra la violencia de género, pero siempre hay «otros debates» que nunca deberían existir y que cuestionan, trivializan e, incluso, niegan la realidad que viven las personas que sufren diariamente violencia por orientación sexual e identidad de género. Así que muchas personas, cansadas de todo, prefieren marcharse cuanto antes y salir de ese entorno. Es una solución a medias, porque, si bien la víctima deja de sufrir, el problema sigue para aquellas personas que puedan venir después y que, ojalá que no, lleguen a sufrir lo mismo. Además, eso deja otras dos cosas en el aire. La primera es que una víctima queda sin respuesta ante su agresión, la otra es que la Justicia no llega a actuar, dejando un delito impune y una sensación de inmunidad a los agresores. Todo ello contribuye a que la LGTBIfobia siga siendo una violencia muy normalizada, especialmente en menores de edad cuyos comportamientos no pasan de ser meros «problemas puntuales de convivencia» o, peor aún, se recurre a la expresión de siempre diciendo que «son solo cosas de niños».

Y he aquí el gran problema. ¿Cómo explico esto para que el alumnado de entre 12 y 17 años comprenda la gravedad de la situación? Pues, muy fácil. Lo voy a hacer como si estuviera explicándotelo a ti, que estás leyendo esto. Lo haré con franqueza, directamente y de una manera en la que sé que me vas a entender. Porque si el alumnado lo comprende, estoy seguro de que tú, que ya eres una persona adulta y que, probablemente, ya eres madre o padre, también me vas a entender muy bien. Así que… ¡allá voy!

En el centro educativo IES María Cabeza Arellano Martínez de Mengíbar (Jaén) hace unos días.

Quiero que cierres los ojos e imagines por un momento que cada día, al entrar en clase, no sabes qué va a pasar. No sabes si alguien va a reírse de ti, si va a llamarte por un mote que te duele y te ridiculiza o si va a dejarte fuera del grupo. Tampoco sabes si van a escribir algo sobre ti en los chats de grupo de clase o en las redes sociales, o si vas a sufrir, una vez más, un día marcado por los insultos, las persecuciones de vuelta a casa o, directamente, si van a pegarte con absoluta crueldad. Y ahora imagina que todo eso ocurre no por algo que has hecho, sino simplemente por ser como eres, por razón de quién te gusta, por cómo te vistes o, simplemente, por no encajar en lo que otras personas creen que debería ser “normal”. Eso es el acoso y ciberacoso por LGTBIfobia. Y, no, no es una exageración. Esa es la realidad que viven muchas personas adolescentes en institutos de todo el mundo. 

Pero que haya decidido hablar de esto no implica que lo haga para señalar ni tampoco para juzgar a nadie. Si lo hago, una vez más, es para que seamos capaces de entender el dolor que sufren las víctimas del acoso y el ciberacoso, para que sepamos cuidar mejor a quien sufre cada día una pesadilla constante y para que aprendamos a convivir mejor. La razón es muy simple: nadie debería sentir o vivir con miedo simplemente por ser quien es, por reivindicarse tal cual es ni tampoco por enamorarse, que es el sentimiento más bello y, sin duda, el derecho más hermoso y humano que existe, cuando se es, además, correspondido.

Vamos a empezar por algo muy importante, pero que, desgraciadamente, muchas veces se nos olvida: todas las personas tenemos la misma dignidad y valemos exactamente lo mismo. No importa si eres chico, chica, persona no binaria, si te gustan los chicos, las chicas, ambas o nadie. Da igual cómo te vistas, cómo hables o cómo te expreses. Tu valor como persona no depende de eso, no se gana ni se pierde. Está ahí desde que naces y por el mero hecho de ser persona. 

Cuando hablamos de acoso y ciberacoso por LGTBIfobia o por cualquier otra causa de discriminación, de lo que estamos hablando es de un ataque hacia nuestra dignidad como persona. Pero, ¿qué es eso de defender la dignidad? Defender la dignidad significa que nadie tiene derecho a humillarte, insultarte, pegarte, amenazarte o hacerte daño por ningún motivo. Ni en persona ni por redes sociales ni “en broma”. Nunca, jamás. Ese es el derecho más absoluto que toda persona tiene, el derecho a ser tratada como un ser humano digna de respeto y sin que nadie pueda hacerte daño nunca por razón de tus características personales, seas quien seas, seas como seas, vengas de donde vengas, pienses cómo pienses y ames a quien ames. Y, no, tampoco vale eso de decir, “Es que es mi opinión”, porque, cuando alguien ataca a otra persona por su orientación sexual, por su identidad de género o por su forma de expresarse, o por cualquier otra circunstancia, no está dando una opinión. Lo que está haciendo esa persona es causar un daño enorme y ese daño importa. A veces, ese mismo daño puede llegar a ser mortal. 

Explicando el art. 5 de la DUDH que protege la dignidad de la persona contra cualquier daño.

Pero, ¿qué es la LGTBIfobia? La LGTBIfobia es el rechazo, el odio o el desprecio hacia personas lesbianas, gays, bisexuales, trans, intersexuales o hacia quienes no encajan en los estereotipos de género. Es una forma de violencia que, a veces, es muy visible, como un insulto o una agresión, pero otras veces es mucho más silenciosa y se presenta en forma de burlas constantes, de comentarios que duelen, de miradas de desprecio, de rumores creados para hacer daño a propósito y del aislamiento más absoluto solo por ser, por existir o por amar. 

Muchas personas jóvenes sufren acoso y ciberacoso, no porque hayan dicho claramente quiénes son, sino porque otras personas lo suponen. A veces basta con no comportarse como se espera de un chico o de una chica para convertirse en objetivo. Eso no es justo, eso también es odio. Y basta con que la persona que ejerce ese acoso y ciberacoso crea que ese chico o esa chica es LGTBI para que el delito ya se haya comedido. Porque, sí, el acoso y el ciberacoso SON UN DELITO y, esto es muy importante, cuando las agresiones tienen como base la orientación sexual, la identidad de género, el color de la piel o el país de procedencia de la víctima, estamos ante un DELITO DE ODIO. Es un delito de odio aunque el chico o la chica no sea gay ni lesbiana, aunque haya nacido en España y sea “más español que el toro de Osborne”. Como las personas implicadas son menores de edad, las personas adultas de alrededor a veces solo piensan que son cosas de niños o, como mucho, conflictos de convivencia y, en muy pocas ocasiones, hablan directamente de acoso o de ciberacoso cuando la situación va a más. Pero, en realidad, estamos ante un delito de odio, solo que se ha cometido entre menores de edad. Los delitos son los mismos, vienen en el Código Penal, aunque luego se aplique la Ley del Menor con las medidas que se recogen y dependiendo de la gravedad de lo que se haya cometido. Pero, sí, tanto el acoso como el ciberacoso son delito y, a veces, un delito de odio. 

Es muy importante tener en cuenta que el acoso escolar no es una pelea puntual ni una discusión sin importancia “entre chavales”. Se trata de una violencia que se repite en el tiempo, donde una persona o un grupo atacan a otra que se encuentra en una situación de clara desventaja. Cuando ese acoso se basa en la LGTBIfobia, el daño suele ser todavía mayor, porque ataca directamente a la identidad, dejándola, además, totalmente anulada, indefensa y haciéndola sentir culpable de lo que le sucede. La víctima piensa que es culpa suya, que no tiene derecho a quejarse ni a pedir ayuda, incluso que se lo merece.  

Muchas veces las personas de alrededor no se dan cuenta de cómo empieza todo. El acoso puede empezar de formas que parecen pequeñas e inocentes. Un comentario, una risa escondida, un mote… Pero cuando eso se repite cada día, cuando nadie lo frena, puede llegar a convertirse en algo muy serio. Porque de ahí se pasa fácilmente a las formas más habituales de acoso como lo son los insultos, las burlas constantes, la exclusión del grupo, las humillaciones en público, las amenazas, el control sobre lo que haces o dices y, en algunos casos, las agresiones físicas o sexuales. Todo ello, sin duda, deja huella. Todo ello, sin duda, es delito. Y todo ello, sin duda, acarrea un dolor que la víctima no siempre puede soportar y que conduce a que más del 46% de jóvenes adolescentes que sufren la LGTBIfobia en sus centros educativos, y también fuera de ellos, intenten suicidarse porque no pueden soportarlo más. Y, por desgracia, cuando eso sucede, nos llevamos las manos a la cabeza, nos indignamos cuando sale en televisión y criticamos duramente al gobierno hasta la saciedad. Pero nos olvidamos de cuál es nuestra responsabilidad al mirar hacia otro lado al día siguiente o cuando, simplemente, cambiamos de canal porque empieza nuestro programa de entretenimiento favorito. 

¿Y qué pasa cuando el acoso no se queda solamente en lo “físico”? ¿Qué pasa cuando el acoso se traslada a las redes? El ciberacoso también es acoso y, por supuesto, también es delito, aunque ocurra a través de una pantalla. Y, muchas veces, duele incluso más porque no se queda en el instituto. Te sigue hasta casa, a tu teléfono móvil, a tu habitación cuando estás en soledad y a cualquier hora del día.

Cuando hablamos del ciberacoso por LGTBIfobia nos referimos a esa forma de violencia que consiste en difundir rumores acerca de la víctima, en compartir fotos privadas, en crear cuentas falsas para burlarse, enviar mensajes de odio, insultos, amenazas, contenido sexual no deseado, o suplantar la identidad de alguien para hacerle daño las 24 horas los 7 días de la semana. En internet, una burla, un insulto o un bulo puede llegar a mucha gente en muy poco tiempo, y eso genera una sensación muy fuerte de vergüenza, miedo y, sobre todo, de soledad.

Cuando el acoso ocurre en redes sociales, es normal que la víctima se sienta bloqueada y que no sepa qué hacer. El enfado, la rabia, el miedo o la vergüenza pueden hacer que quieras borrar todo y desaparecer. Pero en estos casos hay algo muy importante que debemos recordar, porque también se puede parar a tiempo. Así que, por favor, mantén la calma. Piensa que no tienes que afrontar en soledad todo esto y que hay formas de actuar y personas que te van a ayudar y que te van a proteger.

Lo primero que tienes que hacer es guardar pruebas de todo. Haz capturas de pantalla de todo lo que veas: mensajes, comentarios, publicaciones, historias, imágenes o vídeos. Guarda todo, aunque parezcan cosas pequeñas o aunque te digan que no sirven de nada. No es verdad, sí sirven y cada detalle cuenta. Así que no borres ningún mensaje, aunque te duela leerlo. Borrarlo puede hacer que se pierdan pruebas importantes para hacer que la persona que está haciendo esto salga impune o pueda seguir haciendo daño a más personas. 

También es importante que copies la URL de la página web o la red social, donde esté ocurriendo el acoso y apuntes el nombre del perfil o perfiles que están atacando. Da igual si son cuentas reales, falsas o anónimas. Una vez que la tengas, puedes certificar el contenido con herramientas como EGarante que darán fe de lo que se ha publicado en la web o en la red social. Toda esa información puede ayudar mucho después, porque gracias a ello puede buscarse la IP, que es la huella digital en internet de la persona que está detrás de todo.

Una vez tengas todas las pruebas, busca ayuda cuanto antes. Acude rápidamente a una Comisaría de Policía o a un Cuartel de la Guardia Civil más próximo para presentar una denuncia. Si eres menor de edad, debes ir siempre en compañía de un adulto, es decir, tu padre, tu madre u otro familiar directo o representante legal. También se puede denunciar a través de la Fiscalía de Menores o en el Juzgado más cercano. Piensa que denunciar no es exagerar ni meterse en más problemas. Es defender tus derechos como persona. Cuando estés allí, en el Cuartel de la Guardia Civil o en la Comisaría de Policía, nunca te pueden decir que “eso son solo cosas de críos” y que no es motivo de denuncia. No es verdad, siempre se puede denunciar. Así que, insiste, no salgas de la Comisaría de Policía o del Cuartel de la Guardia Civil sin tu denuncia. Si no te permiten denunciar, pide la Hoja de Reclamaciones, rellénala, explica lo que sucede y por qué no se te ha permitido interponer denuncia. Esa hoja deben sellártela y firmártela allí mismo. Y si no te la quieren dar, ve al juzgado de guardia más próximo de inmediato y ponlo en conocimiento. 

¿Y cómo debes actuar si es una agresión física? Si eso llega a pasar alguna vez y eres víctima de una agresión física o sexual, hay algo muy importante que debes saber. De entrada, piensa que tu seguridad y tu salud son lo primero. Por eso, debes actuar rápidamente y de forma correcta desde el principio para que puedan ayudarte mejor más adelante.

Aunque te suene raro, lo primero es no ducharte ni cambiarte de ropa. ¿Por qué? Aunque tengas muchas ganas de hacerlo, es importante que no lo hagas, porque podrías borrar pruebas biológicas (ADN) que ayudan a identificar y detener a tu agresor o agresores. Así que, sin cambiarte ni ducharte, acude con urgencia al centro de salud más cercano o a un hospital. Allí te atenderán profesionales sanitarios que están preparados para ayudarte. Si lo necesitas, puedes ir acompañado o acompañada de un familiar, una amiga o un amigo de confianza. No tienes que pasar por esto solo o sola. Por tanto, si tienes a alguien que te pueda acompañar, será mucho mejor para que sientas más apoyo en ese momento. 

El personal sanitario del centro de salud o del hospital te examinará con detalle y realizará un informe médico de las lesiones, tanto físicas como emocionales que presentes, así como un parte médico para el juzgado. Normalmente, te lo dan junto con el informe médico, pero, en todo caso, solicítalo siempre. Este documento es muy importante, así que guárdalo bien. ¡Ojo! Aunque no tengas lesiones físicas visibles, un ataque de ansiedad provocado por todo lo que estás sufriendo también puede ser objeto de un informe médico y de un parte de lesiones. Así que, insisto, hay que pedirlo siempre. 

Con tu copia del informe médico y del parte de lesiones, acude a una Comisaría de Policía, a la Guardia Civil o al Juzgado de Guardia más próximo para denunciar la agresión. La ley que regula el Estatuto de la Víctima permite que puedas ir en compañía de quien tú quieras. Puede ser alguien de tu familia o alguien de tu confianza. Eso sí, si cuentas con una abogada o un abogado que te acompañe, te podrá guiar mucho mejor en todos los pasos que tengas que seguir. Pero, de entrada, puedes ir en compañía de quien tú quieras. 

El agente de Policía Nacional o de la Guardia Civil o el funcionario del juzgado que te tome declaración te hará las preguntas necesarias para entender lo ocurrido. Algunas de las preguntas pueden resultar incómodas. Por eso, si te resulta más fácil, puedes llevar la denuncia escrita para que te sea más cómodo. Puedes escribirla con tranquilidad en casa para no olvidar ningún detalle, pero no olvides que es recomendable denunciar cuanto antes. En todo caso, cuando estés allí y vayas a interponer denuncia respira hondo, tómate tu tiempo y contesta poco a poco. La situación es desagradable, pero están ahí para ayudarte.

Empieza a hablar, hazlo poco a poco y no olvides que siempre puedes ir en compañía de alguien y llevarlo todo escrito. Si lo haces así, si la llevas por escrito, se incorporará tal cual la lleves. El agente que te atienda te hará solo algunas preguntas más para completar todo. No olvides llevar copia del parte de lesiones y del informe médico que te dieron en el hospital o en el centro de salud para aportarlo. Igualmente, si tienes cualquier imagen, audio o vídeo de la agresión que has sufrido y de las lesiones que te han provocado, puedes aportarlas también físicamente o enviarlas a un correo electrónico que te facilitarán allí mismo. El agente imprimirá las pruebas y las incorporará también a tu denuncia. 

Al terminar tu declaración, podrás leer tu denuncia para comprobar que todo está bien y tal como tú quieres. Más adelante, cuando ratifiques la denuncia ante el juzgado, si recuerdas algo más lo podrás añadir o aportar más pruebas o testigos. Después, fírmala y pide siempre tu copia, porque es muy importante que la conserves.

La rapidez a la hora de investigar todo lo que te ha pasado dependerá de la gravedad de los hechos que hayas denunciado. Si recibes una notificación de archivo provisional, no te preocupes, es normal si el delito que denuncias, al menos en principio, no tiene gravedad suficiente o no se han aportado bastante pruebas. En ese caso, tendrás unos días para completar la denuncia y volver a impulsarla de nuevo. Esto a veces pasa cuando se denuncia sin suficiente calma, porque con los nervios propios del momento se nos olvidan algunas cosas, o cuando no contamos con un asesoramiento legal adecuado en ese momento. Pero no te preocupes, se puede solucionar más adelante y hacer que todo se reconduzca. 

Tras tu denuncia debe de iniciarse una investigación policial sobre los agresores que, si prospera, tiene que acabar en un juicio. La pena o las medidas que impongan si tus agresores son menores de edad, dependerán de la gravedad de la agresión, de las lesiones que te haya causado y de las pruebas que hayas aportado. Ten en cuenta que, durante el proceso, tu abogado o abogada también puede solicitar más diligencias o cambios en el procedimiento si aparecen nuevos hechos o pruebas que puedan agravar aún más la pena que se imponga en contra tus agresores. Y, si al final, hubiese una sentencia y no estás de acuerdo con ella, siempre puedes recurrirla a través de los recursos que existen. Así que, ten calma siempre, porque, aunque la Justicia sea lenta, hay mecanismos para protegerte, incluida la orden de alejamiento de tu agresor hacia ti y que, en caso de que se incumpla, puede agravar la pena o la medida aún más. 

Como todo el mundo tiene un teléfono móvil, quiero que sepas que existe una herramienta que puedes usar. Es la aplicación AlertCops. Se trata de una app oficial del Ministerio del Interior que permite pedir ayuda y contactar directamente con las fuerzas de seguridad, es decir, con la Policía Nacional y la Guardia Civil. Desde ahí puedes mandar un SOS, comunicar situaciones de acoso u otros delitos, enviar tu ubicación y recibir orientación en caso de que te encuentres en peligro. Es una forma rápida y segura de pedir apoyo cuando lo necesitas. Es muy efectiva y, en caso de urgencia, una vez te hayas registrado, si algo te sucede y activas la alarma, la propia Guardia Civil o la Policía Nacional te llama por teléfono.

Por tanto, no quiero que pienses que estás sin protección alguna, ni tampoco quiero que pienses que pedir ayuda no te hace débil. Al contrario, te hace muy valiente. Piensa que el acoso y ciberacoso no se solucionan aguantando en silencio. Se frena cuando se actúa, cuando se aportan todas las pruebas y cuando se pide ayuda. 

Sí, sé que lo estás pensando. Muchas veces el problema de verdad está en no pedir ayuda. Está en que no somos conscientes de las consecuencias que el acoso y el ciberacoso pueden llegar a tener.  Es verdad que no siempre se ven, pero siempre están ahí. De hecho, muchas víctimas sienten ansiedad, tristeza constante, miedo a ir al instituto, dificultad para concentrarse, bajada de notas o ganas de aislarse totalmente del resto. Otras dejan de hacer cosas que les gustaban, cambian su forma de vestir o de hablar para intentar pasar totalmente desapercibidas y así intentar que nadie las siga molestando.

Sin embargo, en algunos casos aparecen problemas más graves como depresión, consumo de alcohol o sustancias, autolesiones o pensamientos de hacerse daño. Y esto no ocurre porque la persona sea débil, sino porque ha estado soportando una violencia que nadie debería aguantar. Y es que las víctimas, cuando se ven totalmente solas y desesperadas, ya no pueden soportarlo más, sobre todo cuando se les ha hecho pensar que todo es culpa suya. Pero una víctima nunca es culpable, ninguna víctima es culpable jamás del delito que sufre. Pero los agresores les hacen creer que todo es culpa suya, y si, además, las personas que hay alrededor no hacen nada, la sensación de culpabilidad, soledad y abandono es aún mucho más dura. Pero, insisto, las víctimas nunca son culpables. 

¿Y qué pasa con la persona que acosa? A veces se piensa que quien acosa es fuerte o tiene poder, pero, en realidad, no es así. La violencia nunca es una señal de fortaleza. Así que cuando una persona humilla o agrede a otra, lo que está haciendo es aprender a relacionarse desde el daño. Si no se actúa a tiempo, esa conducta puede normalizarse y trasladarse a otros ámbitos de la vida cuando esa persona sea adulta. No olvidemos que muchas conductas de acoso son delito y tienen graves consecuencias legales. Pero, más allá de eso, quien acosa pierde la oportunidad de aprender a convivir desde el respeto. Por eso es tan importante intervenir, educar y poner límites claros. De lo contrario, esas las personas adolescentes que acosan o ciberacosan, lejos de ser los más populares de la clase, lo que están haciendo es llevar una forma de vida que si no se corrige a tiempo les llevará a ser delincuentes en su vida adulta. 

¿Y qué pasa con las personas de alrededor que saben todo pero no hacen nada? Pues bien. Si hay algo que duele casi tanto como el acoso, eso, sin duda, es el silencio. Es decir, mirar hacia otro lado, reír una gracia que humilla o no decir nada por miedo a destacar o que la situación se vuelva también en su contra. Así, las personas que observan sin intervenir también forman parte de la situación porque se vuelven cómplices. Además, cuando nadie hace nada, el agresor se siente reforzado y la víctima se siente aún sola. Por eso es tan importante romper el silencio. No es cuestión de chivarse, sino de cuidarnos mutuamente y posicionarnos de lado de quien está sufriendo. Y a veces basta simplemente con apoyar, con decir “¡Basta! Para de una vez!”, con acompañar a la persona que está pasándolo mal y, por supuesto, con pedir ayuda a una persona adulta, al centro educativo, o a las autoridades para que actúen rápidamente. No olvides que la unión siempre protege, pero el silencio siempre aísla. 

¿Qué es lo que tienes que hacer si eres víctima? De entrada, ojalá nunca te pase nada de lo que te he contado hasta ahora. Pero si estás sufriendo alguna situación de acoso o de ciberacoso por tu orientación sexual por tu identidad de género, así como por cualquier otra circunstancia personal tuya, lo primero que quiero decirte y que es necesario que sepas es que NADA DE LO QUE ESTÁS SUFRIENDO ES CULPA TUYA. No importa quién te lo diga, tú no tienes culpa de nada ni tienes porqué sufrir en soledad

Lo que tienes que hacer es contarlo siempre. Así que cuéntalo en casa, díselo a tu familia o a alguien de tu confianza. También tienes que contarlo en el instituto, tienes que decírselo al profesorado, a tu tutor o tutora y a quien se encargue de la orientación del centro. ¿Por qué? Muy fácil, porque es la principal obligación del centro, más allá de que aprendas matemáticas, geografía o historia, es protegerte de que nadie te haga daño. No importa quién sea tu agresor, no importa si pasa dentro o fuera del instituto, no importa si pasa en redes sociales o si tu agresor ni siquiera es de tu mismo centro. Si te está pasando algo y el centro tiene conocimiento se puede actuar porque hay protocolos claros para protegerte. Esos protocolos se pueden poner en marcha desde el propio centro o tu familia puede solicitarlo por escrito. Si lo hace, se pondrá todo el mecanismo en marcha. Si se demuestra que hay caso de acoso o ciberacoso, se tiene que actuar de inmediato. En caso de que se determine que no es así, siempre puede pedirse de nuevo si todo va a más o no se detiene. 

Insisto, los centros educativos pueden actuar siempre y mucho mejor prevenir que curar. A fin de cuentas, si hay un caso de acoso o de ciberacoso y el centro no actúa, tienen que asumir también responsabilidades civiles o penales ante la justicia. Hay muchas sentencias en España y por todo el mundo donde se han condenados a centros de todo tipo, da igual que sean centros públicos, privados o concertados. Si el centro lo sabe, pero no hace nada por evitarlo, la justicia puede condenar al centro por falta de vigilancia, negligencia u omisión de su deber de socorro hacia ti. Así que recuérdalo siempre, tú no eres el problema, el problema es la violencia que se permite muchas veces porque nadie actúa pudiéndolo hacer. 

¿Y qué tienes que hacer si eres testigo? Si ves que alguien está siendo acosado, sea alguien que tú conoces o no, NUNCA mires hacia otro lado. Ayuda a esa persona, acompáñala y, por supuesto, no “aplaudas a quien la esté agrediendo”, ni tampoco difundas burlas ni mensajes de odio hacia ella en las redes sociales. Habla con las personas responsables que pueden hacer que todo esto pare. Es verdad que puede dar miedo intervenir, pero el acoso se frena cuando el grupo que observa lo que pasa deja de tolerarlo. Y, no, no se trata de chivarse, sino de hacer lo que es correcto. ¿Qué pasaría si fuera tu hermano pequeño o tu hermana pequeña? ¿Qué pasaría si fuera tu mejor amigo o amiga? ¿Qué pasaría si, el día de mañana, fuera tu hija o tu hijo? Imagino que, a ti que estás leyendo esto, te gustaría que sus amigos y amigas le ayudasen, que el centro hiciera su trabajo y que todo el mundo se pusiera de lado de tu hermana o hermano, de tu hija o de tu hijo. ¿No es así? Pues de eso se trata. De estar ahí y de decir “¡Basta ya!”. 

De lo contrario, ya sabemos cuáles son las consecuencias y a veces son muy duras. Porque, ¿cuánto dinero vale una sola lágrima de tu hermano pequeño? ¿Cómo se recompensa que tu hermano te diga que “no quiero seguir viviendo”? ¿Cuántos “ceros” hay que poner en un cheque en blanco para compensar a una madre que jamás volverá a abrazar a su hija y que no hace más que llorar sobre el colchón de una cama en una habitación vacía para siempre? En muchos hogares, en aquellos que chicos y chicas no han podido soportarlo más, hace mucho tiempo que no existe la Navidad, los cumpleaños, las vacaciones de verano o, simplemente, un día en familia. O, al menos, ya no existen como antes. Y todo porque hay personas que piensan que es divertido hacer daño a otras personas solo porque aman y sienten como cualquier persona tienen derecho hacerlo, incluido tú que estás leyendo esto, ya seas menor de edad o una persona adulta. 

Siempre he dicho que la finalidad principal de la educación es crear una sociedad donde todas personas puedan convivir mejor y ser felices. Donde toda persona, sea quien sea, sea como sea, venga de donde venga y ame a quien ame pueda ser feliz y vivir en libertad. Y la Diversidad no es nada raro, sino una parte de la vida. Todas las personas somos diferentes en muchas cosas, pero eso no nos separa, al contrario, nos enriquece. 

Aprender a respetar las distintas orientaciones sexuales, identidades y expresiones de género no va de etiquetas, ni de modas. Va de empatía, de ponernos en la piel de la otra persona que sufre solo por ser diferente y de entender que cada persona vive su proceso a su ritmo y merece hacerlo sin miedo a los insultos, a las agresiones o a tener que vivir siempre apartada y en soledad. Y tampoco olvidemos que, además de nuestro propio hogar, el colegio y el instituto también tienen que ser espacios seguros donde nada tenga que esconderse jamás para poder sobrevivir. 

El acoso y el ciberacoso por LGTBIfobia no son bromas ni dramas exagerados. De la misma manera en la que las lágrimas de tristeza son siempre de verdad, las bromas son solo bromas si nos divierten a todo el mundo, los chistes son solo chistes si hacen reír a todo el mundo y los juegos son solo juegos si entretienen a todo el mundo. Todo lo demás no son juegos, no son bromas y no son chistes. Son formas de violencias reales que dejan marcas muy profundas y que, a veces, tienen consecuencias que pueden ser dramáticas e irreparables si las personas que están alrededor y que pueden actuar no hacen nada para evitarlo. Porque siempre se pueden prevenir y detener cuando sabes qué hacer, cuando damos nuestro apoyo a la víctima y damos un paso hacia delante lleno de valentía. 

Sí, es verdad, a veces, ser valiente no quiere decir que no se tenga miedo. Las personas más valientes también lo tienen. Pero hay que ser muy conscientes de que los agresores se hacen fuertes a través del miedo y, sobre todo, desde la complicidad de nuestro silencio.  Por eso es tan importante no mirar hacia otro lado y romper la cadena de silencio. 

Nunca olvidemos que, a fin de cuentas, para defender la dignidad de toda persona basta con empezar con pequeños gestos. Esos pequeños gestos pasan por no reírnos ante una burla hacia alguien, en apoyar siempre a quien está  sufriendo, en preguntar simplemente con “Oye, ¿estás bien? ¿Puedo hacer algo por ti?”. 

Respetar a los demás nunca debería ser algo opcional o una “concesión” de quienes se creen que están por encima de los demás, sino la base para poder convivir en libertad. Ser diferente debería ser siempre motivo de celebración, de admiración y, sobre todo, de respeto. Y nunca, nunca, debería doler. 

Nunca debería doler ser diferente; nunca debería doler el reivindicarse libremente como una persona libre y ser quien eres; y nunca debería doler enamorarse libremente de quien queramos y ser correspondidos en ese amor. 

Porque, al final, cuando una persona puede vivir sin miedo, el mundo entero se vuelve un lugar un poco más justo y más libre, para todas, para todos y para todes.

Un mundo mejor para ser tú.

Un mundo para ser libre.

Y también para amar. 

✨🏳️‍🌈⚖️💖🫂💖⚖️🏳️‍⚧️✨

La herida que sigue sangrando

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina)

Cada día, mientras hablamos de avances, de igualdad y de derechos conquistados, miles de niñas siguen siendo mutiladas en distintas partes del mundo. No es un recuerdo del pasado ni tampoco un problema lejano. En 2026, la mutilación genital femenina sigue ocurriendo y sigue siendo una de las violaciones de derechos humanos más graves, más silenciadas y más normalizadas que existen en contra de mujeres y niñas.

La mutilación genital femenina es una forma de violación atroz de los derechos humanos universales. Atenta contra el derecho a la vida, contra el derecho a la salud y contra el derecho a la integridad física. No es una opinión ni una cuestión cultural debatible, sino un hecho reconocido internacionalmente. Hoy, más de 230 millones de mujeres y niñas viven con las consecuencias de esta práctica, muchas de ellas con daños físicos y psicológicos que las acompañarán durante toda su vida. Y detrás de esa cifra inmensa hay historias personales, cuerpos marcados para siempre, infancias rotas y silencios impuestos a base de dolor y miedo.

A menudo se intenta justificar esta práctica como tradición, como identidad cultural o incluso como una obligación moral. Pero la realidad es mucho más clara y mucho más dura. La mutilación genital femenina tiene sus raíces en el mismo sesgo de género que impide a las niñas ir a la escuela, que limita las oportunidades laborales de las mujeres y que las aparta de la vida pública y de los espacios de decisión. Es el mismo sistema que controla el cuerpo femenino, que decide por las niñas sin escucharlas y que coloca el honor, la obediencia o el matrimonio por encima de su bienestar y su dignidad humana inviolable.

Las consecuencias de la ablación de clítoris son devastadoras desde el primer momento. Pero más allá del dolor extremo, las hemorragias y del riesgo de infecciones graves que pueden acarrear la muerte, para las niñas que sobreviven los problemas de salud a largo plazo se traducen en problemas crónicos de salud, en complicaciones durante el embarazo y el parto, en enormes dificultades en sus relaciones sexuales y un impacto psicológico profundo que las acompaña durante el resto de sus vidas. Muchas supervivientes describen cómo se sienten desde la ansiedad, el miedo constante, la pérdida absoluta de confianza en sí mismas y en su entorno, además de sentir que la relación con su cuerpo ha quedado completamente rota. Así que, no, no se trata solo de una herida física, también es una herida emocional que nunca cicatriza.

El mundo, al menos sobre el papel, asumió un compromiso claro que, una vez más, no ha cumplido. En su momento, la comunidad internacional se propuso acabar con la mutilación genital femenina de aquí a 2030. Sin embargo, en 2026 la distancia entre el compromiso adquirido y la realidad sigue siendo enorme. La consecuencia de este incumplimiento es que alrededor de 23 millones de niñas continúan hoy en peligro, especialmente en contextos de pobreza, sangrientos conflictos armados, desplazamientos forzosos y, por supuesto, una falta de acceso a la educación. El reloj avanza y el riesgo, al igual que el tiempo, no se detiene.

Conseguir la total eliminación de la mutilación genital femenina no será posible si solo estamos dispuestos a emitir declaraciones institucionales, tan solemnes como vacías, ni tampoco con campañas puntuales que apenas suponen una centésima parte de lo que se necesita. Acabar con esta atrocidad exige un compromiso político sostenido y una inversión igualmente sostenida. De aquí a 2030 se necesitan solo unos 2.400 millones de dólares. Es decir, un solo país del primer mundo podría costearlo por sí mismo, las principales potencias del mundo no tendrían problemas en asumir los costes si así lo decidiesen y, para las 20 personas más ricas del mundo, dividir esa cantidad en ellas supondría mera calderilla. De hecho, para Elon Musk, el hombre más rico del mundo, aportar la cantidad necesaria para acabar con la MGF en todo el mundo, solo le supondría el 0,35% del total de su fortuna. La pregunta es, ¿lo harán estos países? ¿Lo harán ese grupo de personas más ricas del mundo? ¿Lo hará el propio Elon Musk? La respuesta es clara. No, no lo harán. No les importa en absoluto. Nada parece importarles, lo que, sin duda, les hace a todos ellos, a toda la comunidad internacional, responsables de las cerca de 12.000 niñas que, solo hoy, serán mutiladas.

Así que, sí, los gobiernos y grandes multinacionales tienen la responsabilidad legal, moral y social de proteger a las niñas y de garantizar todo el apoyo a las supervivientes. Pero igualmente la sociedad civil desempeña un papel esencial en la prevención, en la denuncia y en el acompañamiento de las víctimas. El personal sanitario es clave para detectar riesgos, atender a las víctimas y romper el silencio. Y los líderes tradicionales y religiosos tienen una responsabilidad enorme a la hora de cuestionar todas esas prácticas dañinas y promover cambios desde dentro de las comunidades para acabar con esta forma de violencia sobre las mujeres y niñas que solo busca su sometimiento y el control de su cuerpo.

Por todo ello, la lucha debe centrarse en seguir trabajando en la prevención, en la sensibilización y en la aplicación de políticas públicas eficaces. También hay que velar para que las supervivientes tengan acceso a atención médica y psicológica digna, y defender el empoderamiento de mujeres y niñas a través de la educación, el empleo y la igualdad de oportunidades en liderazgo y toma de decisiones, porque está demostrado que cuando una niña puede decidir sobre su vida, con el apoyo necesario, el riesgo para otra niña en otra aldea, ciudad o país también disminuye.

Pero nada de esto será suficiente si seguimos mirando hacia otro lado. Porque la mutilación genital femenina no es un problema de “otros países” ni de “otras culturas”. Es un problema global, que interpela a todos y todas, también en España, en Estados Unidos, en Brasil, en Reino Unido, en China, en Sudáfrica, en Alemania, en México, en Sudán, en Australia, en Canadá y, en definitiva, en todos los países del mundo donde se han detectado casos en contextos de migración y donde la prevención sigue siendo igualmente fundamental, ya sea en origen o en el país de acogida.

Cumplir una promesa nunca puede reducirse a un simple gesto simbólico. Una promesa es una obligación moral. Y renovar esa promesa significa proteger de verdad los derechos de las mujeres y las niñas en cualquier lugar del mundo, garantizando que puedan vivir libres de toda forma de violencia, sin miedo y actuar rápidamente para acabar con esta atrocidad de una vez por todas.

No hay excusas cuando se trata de derechos humanos y ninguna tradición puede justificar jamás el dolor.

Las lágrimas de una niña solo deben ser de felicidad.

Nunca, nunca de sangre.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
La blessure qui continue de saigner

(Journée internationale de la tolérance zéro à l’égard des mutilations génitales féminines)

Chaque jour, alors que nous parlons de progrès, d’égalité et de droits conquis, des milliers de filles continuent d’être mutilées dans différentes parties du monde. Ce n’est ni un souvenir du passé ni un problème lointain. En 2026, l’excision continue d’avoir lieu et demeure l’une des violations des droits humains les plus graves, les plus silencieuses et les plus normalisées qui existent contre les femmes et les filles.

La mutilation génitale féminine constitue une atteinte atroce aux droits humains universels. Elle viole le droit à la vie, le droit à la santé et le droit à l’intégrité physique. Ce n’est pas une opinion ni une question culturelle discutable, mais un fait reconnu internationalement. Aujourd’hui, plus de 230 millions de femmes et de filles vivent avec les conséquences de cette pratique, nombreuses étant marquées physiquement et psychologiquement pour le reste de leur vie. Derrière ce chiffre immense, il y a des histoires personnelles, des corps à jamais marqués, des enfances brisées et des silences imposés par la douleur et la peur.

On tente souvent de justifier cette pratique au nom de la tradition, de l’identité culturelle ou même d’une prétendue obligation morale. Mais la réalité est bien plus claire et bien plus brutale. La mutilation génitale féminine trouve ses racines dans le même biais de genre qui empêche les filles d’aller à l’école, qui limite les opportunités professionnelles des femmes et qui les exclut de la vie publique et des espaces de décision. C’est le même système qui contrôle le corps des femmes, qui décide à la place des filles sans jamais les écouter, et qui place l’honneur, l’obéissance ou le mariage au-dessus de leur bien-être et de leur dignité humaine inviolable.

Les conséquences de l’ablation sont dévastatrices dès le premier instant. Mais au-delà de la douleur extrême, des hémorragies et du risque d’infections graves pouvant entraîner la mort, pour les filles qui survivent, les problèmes de santé à long terme se traduisent par des complications chroniques, des difficultés lors de la grossesse et de l’accouchement, de grandes difficultés dans leur vie sexuelle et un impact psychologique profond qui les accompagne tout au long de leur vie. Beaucoup de survivantes décrivent l’anxiété, la peur constante, la perte totale de confiance en elles-mêmes et en leur entourage, ainsi que le sentiment que leur relation avec leur corps est complètement brisée. Ce n’est donc pas seulement une blessure physique, c’est aussi une blessure émotionnelle qui ne cicatrise jamais.

Le monde, du moins sur le papier, avait pris un engagement clair qu’il n’a, une fois de plus, pas respecté. La communauté internationale s’était engagée à mettre fin à la mutilation génitale féminine d’ici 2030. Pourtant, en 2026, l’écart entre cet engagement et la réalité demeure immense. La conséquence est claire : près de 23 millions de filles restent aujourd’hui exposées à ce risque, en particulier dans des contextes de pauvreté, de conflits armés violents, de déplacements forcés et, bien entendu, de manque d’accès à l’éducation. Le temps avance et le danger, tout comme le temps lui-même, ne s’arrête jamais.

Éradiquer totalement la mutilation génitale féminine ne sera pas possible en se contentant de déclarations institutionnelles solennelles mais vides, ni avec des campagnes ponctuelles qui représentent à peine une fraction de ce qui est nécessaire. Mettre fin à cette atrocité exige un engagement politique constant et un investissement soutenu. D’ici 2030, il faudrait environ 2,4 milliards de dollars. Un seul pays développé pourrait couvrir ce coût, les grandes puissances mondiales n’auraient aucun problème à l’assumer si elles le voulaient, et pour les 20 personnes les plus riches du monde, partager cette somme serait une goutte d’eau. En fait, pour Elon Musk, l’homme le plus riche du monde, apporter le montant nécessaire pour éradiquer l’excision dans le monde représenterait seulement 0,35 % de sa fortune totale. La question est : le feront-ils ? La réponse est claire : non. Rien ne semble les toucher, ce qui rend la communauté internationale elle-même responsable des quelque 12 000 filles qui, rien qu’aujourd’hui, seront mutilées.

Les gouvernements et les grandes multinationales ont donc une responsabilité légale, morale et sociale de protéger les filles et de soutenir les survivantes. Mais la société civile joue également un rôle essentiel : prévenir, dénoncer et accompagner les victimes. Le personnel de santé est crucial pour détecter les risques, soigner les victimes et briser le silence. Les leaders traditionnels et religieux ont une responsabilité immense pour remettre en question ces pratiques et promouvoir le changement au sein des communautés afin de mettre fin à cette violence sur les filles et les femmes, qui n’a d’autre but que de les soumettre et de contrôler leur corps.

C’est pourquoi la lutte doit se concentrer sur la prévention, la sensibilisation et la mise en œuvre de politiques publiques efficaces. Il faut aussi veiller à ce que les survivantes aient accès à des soins médicaux et psychologiques dignes et défendre l’autonomisation des filles et des femmes grâce à l’éducation, à l’emploi et à des opportunités égales dans le leadership et la prise de décision**, car il est prouvé que lorsqu’une fille peut décider de sa vie avec le soutien nécessaire, le risque pour une autre fille ailleurs diminue également.

Mais rien de tout cela ne suffira si nous continuons à détourner le regard. La mutilation génitale féminine n’est pas un problème de “d’autres pays” ni de “d’autres cultures”. C’est un problème global qui nous interpelle tous, y compris en Espagne, aux États-Unis, au Brésil, au Royaume-Uni, en Chine, en Afrique du Sud, en Allemagne, au Mexique, au Soudan, en Australie, au Canada et partout dans le monde où des cas ont été détectés dans des contextes migratoires. La prévention reste essentielle, que ce soit dans le pays d’origine ou dans le pays d’accueil.

Tenir une promesse ne peut jamais se limiter à un geste symbolique. Une promesse est une obligation morale. Renouveler cette promesse signifie protéger véritablement les droits des femmes et des filles partout dans le monde, garantir qu’elles vivent libres de toute forme de violence et agir rapidement pour mettre fin à cette atrocité une fois pour toutes.

Il n’y a aucune excuse quand il s’agit des droits humains, et aucune tradition ne peut jamais justifier la douleur.

Les larmes d’une fille doivent être des larmes de bonheur.

Jamais de sang.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The Wound That Still Bleeds

(International Day of Zero Tolerance for Female Genital Mutilation)

Every day, while we talk about progress, equality and hard-won rights, thousands of girls continue to be mutilated across different parts of the world. This is neither a memory of the past nor a distant problem. In 2026, female genital mutilation is still happening and remains one of the most severe, most silenced and most normalised violations of human rights against women and girls.

Female genital mutilation is an atrocious violation of universal human rights. It infringes on the right to life, the right to health and the right to physical integrity. It is not a matter of opinion or a debatable cultural issue, but an internationally recognised fact. Today, over 230 million women and girls live with the consequences of this practice, many carrying physical and psychological damage for the rest of their lives. Behind this immense number are personal stories, bodies permanently scarred, childhoods stolen and silences imposed through pain and fear.

This practice is often justified as tradition, cultural identity or even a moral obligation. But the reality is far clearer and far harsher. Female genital mutilation is rooted in the same gender bias that prevents girls from going to school, limits women’s employment opportunities and excludes them from public life and decision-making spaces. It is the same system that controls female bodies, that decides for girls without listening to them and that places honour, obedience or marriage above their wellbeing and their inviolable human dignity.

The consequences of clitoral cutting are devastating from the very first moment. But beyond the extreme pain, haemorrhaging and risk of serious infections that can be fatal, for the girls who survive, long-term health problems include chronic medical conditions, complications in pregnancy and childbirth, major difficulties in sexual relationships and profound psychological effects that last a lifetime. Many survivors describe feeling constant anxiety and fear, a complete loss of confidence in themselves and their environment, and a sense that their relationship with their own body has been entirely broken. It is not only a physical wound, it is an emotional wound that never heals.

The world, at least on paper, made a clear commitment that, once again, has not been met. The international community set out to end female genital mutilation by 2030. Yet in 2026, the gap between commitment and reality remains enormous. As a result, around 23 million girls are still at risk, especially in contexts of poverty, brutal armed conflicts, forced displacement and, of course, lack of access to education. Time is passing and the risk, like the clock, does not stop.

Eradicating female genital mutilation entirely will not be possible with empty institutional statements or with one-off campaigns that barely scratch the surface of what is needed. Ending this atrocity requires sustained political commitment and equally sustained investment. By 2030, it is estimated that only 2.4 billion dollars are needed. A single developed country could cover this cost. The world’s major powers could afford it if they chose to. For the 20 richest people in the world, dividing that amount between them would be pocket change. In fact, for Elon Musk, the richest person in the world, contributing what is necessary to end FGM globally would represent only 0.35 per cent of his total fortune. The question is: will they do it? The answer is clear: no. Nothing seems to move them, which makes the international community itself responsible for the roughly 12,000 girls who will be mutilated just today.

Governments and major corporations therefore have a legal, moral and social responsibility to protect girls and provide full support to survivors. But civil society also plays a crucial role: preventing, reporting and supporting victims. Healthcare professionals are key to identifying risks, treating survivors and breaking the silence. Traditional and religious leaders have a huge responsibility to question harmful practices and promote change from within communities in order to end this form of violence against women and girls, which exists solely to control their bodies and enforce submission.

For all these reasons, the fight must focus on prevention, awareness-raising and the implementation of effective public policies. Survivors must have access to dignified medical and psychological care, and we must defend the empowerment of women and girls through education, employment and equal opportunities in leadership and decision-making, because it has been proven that when a girl can make decisions about her own life with the right support, the risk for another girl in another village, town or country also decreases.

But none of this will be enough if we continue to look the other way. Female genital mutilation is not a problem of “other countries” or “other cultures”. It is a global problem that concerns us all, including in Spain, the United States, Brazil, the United Kingdom, China, South Africa, Germany, Mexico, Sudan, Australia, Canada and anywhere in the world where cases have been detected in migration contexts. Prevention remains essential, whether in the country of origin or the country of settlement.

Keeping a promise can never be reduced to a symbolic gesture. A promise is a moral obligation. Renewing that promise means genuinely protecting the rights of women and girls everywhere, ensuring they can live free from all forms of violence, without fear, and acting decisively to end this atrocity once and for all.

There are no excuses when it comes to human rights, and no tradition can ever justify pain.

A girl’s tears should only be tears of happiness.

Never of blood.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
A ferida que continua a sangrar

(Dia Internacional da Tolerância Zero à Mutilação Genital Feminina)

Todos os dias, enquanto falamos de progresso, igualdade e direitos conquistados, milhares de meninas continuam a ser mutiladas em diferentes partes do mundo. Não é uma memória do passado nem um problema distante. Em 2026, a mutilação genital feminina continua a acontecer e permanece como uma das violações de direitos humanos mais graves, mais silenciosas e mais normalizadas contra mulheres e meninas.

A mutilação genital feminina é uma violação atroz dos direitos humanos universais. Infringe o direito à vida, o direito à saúde e o direito à integridade física. Não é uma opinião nem uma questão cultural discutível, mas um facto reconhecido internacionalmente. Hoje, mais de 230 milhões de mulheres e meninas vivem com as consequências desta prática, muitas delas com danos físicos e psicológicos que as acompanham durante toda a vida. Por trás deste número imenso existem histórias pessoais, corpos marcados para sempre, infâncias roubadas e silêncios impostos através da dor e do medo.

Muitas vezes tenta-se justificar esta prática como tradição, identidade cultural ou mesmo obrigação moral. Mas a realidade é muito mais clara e muito mais dura. A mutilação genital feminina tem as suas raízes no mesmo preconceito de género que impede as meninas de ir à escola, que limita as oportunidades de trabalho das mulheres e que as exclui da vida pública e dos espaços de decisão. É o mesmo sistema que controla o corpo feminino, que decide pelas meninas sem as ouvir e que coloca a honra, a obediência ou o casamento acima do seu bem-estar e da sua dignidade humana inviolável.

As consequências da excisão são devastadoras desde o primeiro momento. Mas para além da dor extrema, das hemorragias e do risco de infeções graves que podem ser fatais, para as meninas que sobrevivem os problemas de saúde a longo prazo traduzem-se em complicações crónicas, dificuldades na gravidez e no parto, grandes dificuldades nas relações sexuais e um impacto psicológico profundo que as acompanha durante toda a vida. Muitas sobreviventes descrevem sentir ansiedade constante, medo permanente, perda total de confiança em si mesmas e nos outros, e a sensação de que a sua relação com o próprio corpo está completamente quebrada. Não é apenas uma ferida física, é também uma ferida emocional que nunca cicatriza.

O mundo, pelo menos no papel, assumiu um compromisso claro que, mais uma vez, não foi cumprido. A comunidade internacional comprometeu-se a acabar com a mutilação genital feminina até 2030. No entanto, em 2026, a distância entre esse compromisso e a realidade continua enorme. Como consequência, cerca de 23 milhões de meninas continuam hoje em perigo, sobretudo em contextos de pobreza, conflitos armados sangrentos, deslocamentos forçados e, naturalmente, falta de acesso à educação. O tempo avança e o risco, tal como o relógio, não para.

Erradicar totalmente a mutilação genital feminina não será possível com declarações institucionais vazias ou com campanhas pontuais que representam apenas uma pequena parte do que é necessário. Acabar com esta atrocidade exige compromisso político contínuo e investimento igualmente sustentado. Até 2030, estima-se que sejam necessários apenas 2,4 mil milhões de dólares. Um único país desenvolvido poderia suportar este custo. As grandes potências mundiais poderiam fazê-lo se o quisessem. Para as 20 pessoas mais ricas do mundo, dividir este montante seria insignificante. De facto, para Elon Musk, a pessoa mais rica do mundo, contribuir com o necessário para acabar com a mutilação genital feminina globalmente representaria apenas 0,35 por cento da sua fortuna total. A pergunta é: farão isso? A resposta é clara: não. Nada parece importar-lhes, o que torna a comunidade internacional responsável pelas cerca de 12.000 meninas que serão mutiladas só hoje.

Os governos e as grandes multinacionais têm, portanto, uma responsabilidade legal, moral e social de proteger as meninas e apoiar integralmente as sobreviventes. Mas a sociedade civil também desempenha um papel crucial: prevenir, denunciar e apoiar as vítimas. Os profissionais de saúde são fundamentais para identificar riscos, tratar as sobreviventes e quebrar o silêncio. Os líderes tradicionais e religiosos têm uma enorme responsabilidade em questionar estas práticas prejudiciais e promover mudanças dentro das comunidades, de forma a pôr fim a esta violência sobre mulheres e meninas, que existe apenas para controlar os seus corpos e impor submissão.

Por todas estas razões, a luta deve concentrar-se na prevenção, sensibilização e implementação de políticas públicas eficazes. As sobreviventes devem ter acesso a cuidados médicos e psicológicos dignos e é necessário defender o empoderamento de mulheres e meninas através da educação, do emprego e da igualdade de oportunidades no poder de decisão e liderança, porque está comprovado que quando uma menina pode tomar decisões sobre a sua vida com o apoio necessário, o risco para outra menina noutra aldeia, cidade ou país também diminui.

Mas nada disto será suficiente se continuarmos a virar o olhar. A mutilação genital feminina não é um problema de “outros países” ou “outras culturas”. É um problema global que nos diz respeito a todos, incluindo em Espanha, Estados Unidos, Brasil, Reino Unido, China, África do Sul, Alemanha, México, Sudão, Austrália, Canadá e em qualquer lugar do mundo onde casos tenham sido detetados em contextos de migração. A prevenção continua a ser essencial, quer no país de origem, quer no país de acolhimento.

Cumprir uma promessa nunca pode ser reduzido a um gesto simbólico. Uma promessa é uma obrigação moral. Renovar essa promessa significa proteger de facto os direitos das mulheres e meninas em todo o mundo, garantindo que possam viver livres de qualquer forma de violência, sem medo, e agir rapidamente para acabar com esta atrocidade de uma vez por todas.

Não há desculpas quando se trata de direitos humanos, e nenhuma tradição pode justificar dor.

As lágrimas de uma menina devem ser apenas de felicidade.

Nunca de sangue.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
La ferita che continua a sanguinare

(Giornata internazionale contro le mutilazioni genitali femminili)

Ogni giorno, mentre parliamo di progresso, uguaglianza e diritti conquistati, migliaia di ragazze continuano a essere mutilate in diverse parti del mondo. Non è un ricordo del passato né un problema lontano. Nel 2026, la mutilazione genitale femminile continua ad accadere e rimane una delle violazioni dei diritti umani più gravi, più silenziose e più normalizzate contro donne e ragazze.

La mutilazione genitale femminile è una violazione atroce dei diritti umani universali. Viola il diritto alla vita, il diritto alla salute e il diritto all’integrità fisica. Non è una questione di opinione né un tema culturale discutibile, ma un fatto riconosciuto a livello internazionale. Oggi, più di 230 milioni di donne e ragazze vivono con le conseguenze di questa pratica, molte con danni fisici e psicologici che le accompagneranno per tutta la vita. Dietro questo numero enorme ci sono storie personali, corpi segnati per sempre, infanzie rubate e silenzi imposti dalla sofferenza e dalla paura.

Spesso questa pratica viene giustificata come tradizione, identità culturale o persino obbligo morale. Ma la realtà è molto più chiara e molto più dura. La mutilazione genitale femminile affonda le sue radici negli stessi pregiudizi di genereche impediscono alle ragazze di andare a scuola, che limitano le opportunità lavorative delle donne e che le escludono dalla vita pubblica e dagli spazi decisionali. È lo stesso sistema che controlla il corpo femminile, che decide al posto delle ragazze senza ascoltarle e che mette l’onore, l’obbedienza o il matrimonio al di sopra del loro benessere e della loro dignità umana inviolabile.

Le conseguenze della mutilazione sono devastanti fin dal primo momento. Ma oltre al dolore estremo, alle emorragie e al rischio di infezioni gravi che possono portare alla morte, per le ragazze che sopravvivono i problemi di salute a lungo termine si traducono in complicazioni croniche, difficoltà in gravidanza e durante il parto, grandi difficoltà nelle relazioni sessuali e un impatto psicologico profondo che le accompagna per tutta la vita. Molte sopravvissute descrivono ansia costante, paura continua, perdita totale di fiducia in se stesse e negli altri e la sensazione che il loro rapporto con il proprio corpo sia completamente spezzato. Non è solo una ferita fisica, è anche una ferita emotiva che non guarisce mai.

Il mondo, almeno sulla carta, aveva preso un impegno chiaro che, ancora una volta, non è stato rispettato. La comunità internazionale si era impegnata a porre fine alla mutilazione genitale femminile entro il 2030. Tuttavia, nel 2026, la distanza tra questo impegno e la realtà resta enorme. Di conseguenza, circa 23 milioni di ragazze sono ancora oggi a rischio, soprattutto in contesti di povertà, conflitti armati sanguinosi, spostamenti forzati e, naturalmente, mancanza di accesso all’istruzione. Il tempo passa e il rischio, come l’orologio, non si ferma.

Porre fine completamente alla mutilazione genitale femminile non sarà possibile con dichiarazioni istituzionali vuote o campagne occasionali che rappresentano solo una piccola parte di ciò che è necessario. Porre fine a questa atrocità richiede un impegno politico costante e investimenti sostenuti. Entro il 2030, si stima siano necessari solo 2,4 miliardi di dollari. Un singolo paese sviluppato potrebbe sostenere questo costo. Le principali potenze mondiali potrebbero farlo se lo volessero. Per le 20 persone più ricche del mondo, dividere questa cifra sarebbe una minima parte. In effetti, per Elon Musk, l’uomo più ricco del mondo, contribuire con quanto necessario per porre fine alla mutilazione genitale femminile a livello globale rappresenterebbe solo lo 0,35 per cento della sua fortuna totale. La domanda è: lo faranno? La risposta è chiara: no. Nulla sembra toccarli, il che rende la comunità internazionale stessa responsabile delle circa 12.000 ragazze che solo oggi saranno mutilate.

I governi e le grandi multinazionali hanno quindi una responsabilità legale, morale e sociale nel proteggere le ragazze e fornire pieno sostegno alle sopravvissute. Ma la società civile gioca anch’essa un ruolo cruciale: prevenire, denunciare e supportare le vittime. Gli operatori sanitari sono fondamentali per individuare i rischi, curare le sopravvissute e rompere il silenzio. I leader tradizionali e religiosi hanno una grande responsabilità nel mettere in discussione queste pratiche dannose e promuovere cambiamenti all’interno delle comunità per porre fine a questa forma di violenza sulle donne e sulle ragazze, che esiste solo per controllare i loro corpi e imporre sottomissione.

Per tutti questi motivi, la lotta deve concentrarsi sulla prevenzione, sulla sensibilizzazione e sull’attuazione di politiche pubbliche efficaci. Le sopravvissute devono avere accesso a cure mediche e psicologiche dignitose e bisogna difendere l’empowerment di donne e ragazze attraverso l’istruzione, il lavoro e pari opportunità nella leadership e nella presa di decisioni, perché è dimostrato che quando una ragazza può decidere della propria vita con il supporto necessario, il rischio per un’altra ragazza in un altro villaggio, città o paese diminuisce anch’esso.

Ma nulla di tutto questo sarà sufficiente se continuiamo a distogliere lo sguardo. La mutilazione genitale femminile non è un problema di “altri paesi” o di “altre culture”. È un problema globale che riguarda tutti, anche in Spagna, Stati Uniti, Brasile, Regno Unito, Cina, Sudafrica, Germania, Messico, Sudan, Australia, Canada e ovunque nel mondo siano stati rilevati casi in contesti migratori. La prevenzione resta essenziale, sia nel paese di origine sia in quello di accoglienza.

Mantenere una promessa non può mai ridursi a un gesto simbolico. Una promessa è un obbligo morale. Rinnovare questa promessa significa proteggere davvero i diritti di donne e ragazze in ogni parte del mondo, assicurando che possano vivere libere da qualsiasi forma di violenza, senza paura, e agire rapidamente per porre fine a questa atrocità una volta per tutte.

Non ci sono scuse quando si tratta di diritti umani e nessuna tradizione può mai giustificare il dolore.

Le lacrime di una ragazza devono essere solo lacrime di felicità.

Mai di sangue.