(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)
🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽
Hablar del VIH hoy, cuando estamos a punto de acabar 2025, debería ser algo claro y sencillo, sin miedos y sin discursos exagerados. A pesar de la inexplicable falta de información a pie de calle que aún existe en la actualidad, la realidad médica es conocida desde hace años. Una persona con VIH que sigue su tratamiento y alcanza la carga viral indetectable no transmite el virus. Por tanto, si la carga es indetectable, el virus es intransmisible. Este dato debería bastar para cambiar muchas conversaciones en torno al VIH, pero lo cierto es que el virus se ha controlado antes que los prejuicios que aún existen en nuestra sociedad.
El VIH ya no es lo que fue en el pasado, ya no es una sentencia a muerte. Gracias a los tratamientos actuales, quienes conviven con él pueden llevar una vida larga, activa y plena. El problema no está en el cuerpo, sino en el entorno que rodea a la persona. Porque aunque la salud física esté bien, el contexto social sigue marcando diferencias profundamente discriminatorias. Y esas diferencias tienen un impacto directo en la salud mental.
Muchas personas con VIH viven sabiendo que no representan un riesgo para nadie, pero aun así se enfrentan a miradas cargadas de desinformación, prejuicios y odio. No siempre pueden hablar con libertad sobre su situación, no porque lo vivan con vergüenza, sino porque conocen las reacciones que todavía existen. Para todas esas personas, elegir el silencio, en muchos casos, no es una decisión cómoda, sino una forma de protección frente al rechazo o la incomprensión, una forma de sobrevivir en un entorno aún demasiado hostil y dominado por el prejuicio y el estigma.
Ese silencio sostenido con el tiempo pasa factura. No por el virus, sino por todo lo que lo rodea. La ansiedad, la sensación de estar siempre midiendo el terreno, las palabras y el cansancio emocional de explicar lo obvio una y otra vez. Indudablemente, ante esta situación, la salud mental se ve afectada cuando una persona siente que debe justificar constantemente su normalidad.
El diagnóstico de VIH sigue siendo un momento importante en la vida de quien lo recibe. No tanto por la enfermedad en sí, que hoy es tratable y controlable, como cualquier enfermedad crónica, sino por el peso simbólico que todavía arrastra a nivel social. Aún hay ideas equivocadas que circulan, miedos que no se corresponden con la realidad médica y una falta de información que sigue alimentando el estigma social, la exclusión y la discriminación. Todo eso se convierte en una carga que no debería existir. Sin embargo, aún no se ha hecho lo suficiente.
A lo largo de las últimas décadas, la ciencia ha hecho su trabajo. Los tratamientos no solo funcionan, también mejoran con los avances en investigación y las evidencias están ahí. Pero, lo que aún queda pendiente es el cambio social. Buena parte de la sociedad aún tiene que entender que el VIH no define a nadie, que no marca una forma de vivir ni de relacionarse y, que, por supuesto, no convierte a nadie en un problema. Así que, cuando esa comprensión no llega, el impacto no es solo físico, también es profundamente emocional.
Pero hablar de VIH implica también hablar de salud mental, de bienestar y de calidad de vida. Implica reconocer que no basta con controlar el virus si el entorno sigue generando discriminación y está influenciado por el miedo o la desconfianza. Porque la normalización no pasa únicamente por discursos grandilocuentes, sino por tratar el tema con la misma naturalidad que cualquier otra condición de salud de la persona.
Tenemos que ser capaces de romper el tabú. Porque no se trata de una obligación individual, sino de una responsabilidad colectiva. Hay que saber informarse, revisar ideas obsoletas que solo han causado dolor y dejar de señalar a las personas con VIH. Todo esto es esencial para que el VIH deje de ser un tema cargado de tensión y, sobre todo, de discriminación. Porque cuando el prejuicio desaparece, lo que queda es algo muy simple. Lo que quedan son personas, como tú y como yo, intentando vivir su vida, sin necesidad de esconder nada a nadie.
Quizá lo que más necesitamos ahora es empatía, escucha y, sobre todo, respeto. Los discursos tienen que ir mucho más allá de los actos solemnes, los hallazgos tienen que ir mucho más más allá de los simposios sobre los nuevos avances en investigación y los titulares de prensa tienen que ir mucho más allá del tuit, de los 50 segundos de telediario y de las páginas de publicaciones especializadas. Si todo eso no se traslada a la sociedad, si todo eso no se materializa en apoyo, normalización y acompañamiento hacia quienes conviven con el VIH, de manera real y sin condiciones, entonces seguiremos permitiendo que el estigma siga presente junto con la discriminación que lleva aparejada.
Por eso, quiero que las últimas palabras de este texto sean para ti. Si sientes que he tocado algo en ti al hablar de este tema, si sientes que algo se ha removido en tu corazón, solo quiero que sepas que estoy aquí para abrazarte.
Sin ataduras, sin tabúes y sin estigmas.
Siempre.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
When stigma is still present
Talking about HIV today, as we approach the end of 2025, should be something clear and straightforward, without fear and without exaggerated narratives. Despite the inexplicable lack of information that still exists at street level, the medical reality has been known for years. A person living with HIV who follows their treatment and reaches an undetectable viral load does not transmit the virus. Therefore, if the viral load is undetectable, the virus is untransmittable. This fact alone should be enough to change many conversations around HIV, but the truth is that the virus has been brought under control faster than the prejudices that still persist in our society.
HIV is no longer what it once was. It is no longer a death sentence. Thanks to current treatments, people living with HIV can lead long, active and fulfilling lives. The problem is not in the body, but in the environment that surrounds the person. Because even when physical health is stable, the social context continues to impose deeply discriminatory differences. And those differences have a direct impact on mental health.
Many people living with HIV know that they pose no risk to anyone, yet they still face looks filled with misinformation, prejudice and hatred. They cannot always speak freely about their situation, not because they feel ashamed, but because they are aware of the reactions that still exist. For many, choosing silence is not a comfortable decision, but a form of protection against rejection or misunderstanding, a way of surviving in an environment that remains too hostile and dominated by prejudice and stigma.
That prolonged silence takes its toll. Not because of the virus, but because of everything that surrounds it. Anxiety, the constant need to assess the ground and measure words, and the emotional exhaustion of explaining the obvious over and over again. Undoubtedly, in such circumstances, mental health is affected when a person feels they must constantly justify their normality.
An HIV diagnosis is still a significant moment in the life of the person who receives it. Not so much because of the illness itself, which today is treatable and controllable like any other chronic condition, but because of the symbolic weight it still carries socially. Misconceptions continue to circulate, fears that do not match medical reality, and a lack of information that keeps feeding stigma, exclusion and discrimination. All of this becomes a burden that should not exist. Yet not enough has been done.
Over the past decades, science has done its job. Treatments not only work, they continue to improve as research advances and the evidence is there. What remains pending is social change. A large part of society still needs to understand that HIV does not define anyone, that it does not dictate how someone lives or relates to others, and that it certainly does not turn anyone into a problem. When that understanding does not arrive, the impact is not only physical, but deeply emotional.
Talking about HIV also means talking about mental health, wellbeing and quality of life. It means recognising that controlling the virus is not enough if the environment continues to generate discrimination and is driven by fear or distrust. Normalisation does not come from grand speeches, but from treating HIV with the same naturalness as any other health condition.
We need to be able to break the taboo. Because this is not an individual obligation, but a collective responsibility. We need to inform ourselves, revisit outdated ideas that have caused nothing but pain, and stop pointing fingers at people living with HIV. This is essential if HIV is to stop being a topic loaded with tension and, above all, discrimination. Because when prejudice disappears, what remains is something very simple. What remains are people, like you and me, trying to live their lives without having to hide anything from anyone.
Perhaps what we need most right now is empathy, listening and, above all, respect. Discourses must go far beyond solemn acts, discoveries must go far beyond academic symposiums on new research advances, and headlines must go far beyond a tweet, fifty seconds on the evening news or the pages of specialised publications. If none of this reaches society, if it does not translate into real, unconditional support, normalisation and care for those living with HIV, then we will continue to allow stigma to exist alongside the discrimination that comes with it.
That is why I want the final words of this text to be for you. If you feel that something in you has been touched while reading this, if something has stirred in your heart, I just want you to know that I am here to hold you.
Without constraints, without taboos and without stigma.
Always.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Quando lo stigma è ancora presente
Parlare di HIV oggi, mentre ci avviciniamo alla fine del 2025, dovrebbe essere qualcosa di chiaro e semplice, senza paure e senza discorsi esagerati. Nonostante l’inspiegabile mancanza di informazione che ancora esiste nella vita quotidiana, la realtà medica è nota da anni. Una persona che vive con l’HIV, segue la terapia e raggiunge una carica virale non rilevabile non trasmette il virus. Pertanto, se la carica virale è non rilevabile, il virus è intrasmissibile. Questo dato dovrebbe essere sufficiente per cambiare molte conversazioni sull’HIV, ma la verità è che il virus è stato controllato prima dei pregiudizi che ancora persistono nella nostra società.
L’HIV non è più quello che era in passato, non è più una condanna a morte. Grazie alle terapie attuali, le persone che convivono con il virus possono condurre una vita lunga, attiva e piena. Il problema non è nel corpo, ma nell’ambiente che circonda la persona. Perché anche quando la salute fisica è stabile, il contesto sociale continua a creare differenze profondamente discriminatorie. E queste differenze hanno un impatto diretto sulla salute mentale.
Molte persone con HIV sanno di non rappresentare un rischio per nessuno, eppure si trovano ad affrontare sguardi carichi di disinformazione, pregiudizi e odio. Non sempre possono parlare liberamente della propria condizione, non per vergogna, ma perché conoscono le reazioni che ancora esistono. Per molte di loro, scegliere il silenzio non è una decisione comoda, ma una forma di protezione contro il rifiuto o l’incomprensione, un modo per sopravvivere in un ambiente ancora troppo ostile e dominato dallo stigma.
Questo silenzio protratto nel tempo ha un prezzo. Non per il virus, ma per tutto ciò che lo circonda. L’ansia, la sensazione costante di dover misurare il terreno e le parole, e la stanchezza emotiva di spiegare l’ovvio ancora e ancora. Inevitabilmente, in queste condizioni, la salute mentale ne risente quando una persona sente di dover giustificare continuamente la propria normalità.
La diagnosi di HIV resta un momento significativo nella vita di chi la riceve. Non tanto per la malattia in sé, oggi trattabile e controllabile come qualsiasi patologia cronica, quanto per il peso simbolico che ancora porta con sé a livello sociale. Continuano a circolare idee sbagliate, paure che non corrispondono alla realtà medica e una mancanza di informazione che alimenta lo stigma, l’esclusione e la discriminazione. Tutto questo diventa un peso che non dovrebbe esistere. Eppure non si è ancora fatto abbastanza.
Negli ultimi decenni, la scienza ha fatto il suo lavoro. Le terapie non solo funzionano, ma migliorano con i progressi della ricerca e le prove sono evidenti. Ciò che resta da fare è il cambiamento sociale. Gran parte della società deve ancora comprendere che l’HIV non definisce una persona, non determina il modo di vivere o di relazionarsi e, soprattutto, non rende nessuno un problema. Quando questa comprensione non arriva, l’impatto non è solo fisico, ma profondamente emotivo.
Parlare di HIV significa anche parlare di salute mentale, benessere e qualità della vita. Significa riconoscere che non basta controllare il virus se l’ambiente continua a generare discriminazione ed è influenzato dalla paura o dalla diffidenza. La normalizzazione non passa solo attraverso grandi discorsi, ma attraverso un approccio naturale, come per qualsiasi altra condizione di salute.
Dobbiamo essere capaci di rompere il tabù. Perché non si tratta di un obbligo individuale, ma di una responsabilità collettiva. È necessario informarsi, rivedere idee obsolete che hanno causato solo dolore e smettere di puntare il dito contro le persone che vivono con l’HIV. Tutto questo è essenziale affinché l’HIV smetta di essere un tema carico di tensione e, soprattutto, di discriminazione. Perché quando il pregiudizio scompare, resta qualcosa di molto semplice. Restano persone, come te e come me, che cercano di vivere la propria vita senza dover nascondere nulla a nessuno.
Forse ciò di cui abbiamo più bisogno oggi è empatia, ascolto e, soprattutto, rispetto. I discorsi devono andare ben oltre gli atti solenni, le scoperte devono andare ben oltre i simposi sugli ultimi progressi della ricerca e i titoli di giornale devono andare oltre un tweet, cinquanta secondi al telegiornale o le pagine delle riviste specializzate. Se tutto questo non arriva alla società, se non si traduce in sostegno reale, normalizzazione e accompagnamento per chi convive con l’HIV, allora continueremo a permettere che lo stigma e la discriminazione restino presenti.
Per questo voglio che le ultime parole di questo testo siano per te. Se senti che qualcosa dentro di te si è mosso leggendo queste righe, voglio solo che tu sappia che sono qui per abbracciarti.
Senza vincoli, senza tabù e senza stigma.
Sempre.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Quand le stigmate est encore présent
Parler du VIH aujourd’hui, alors que nous approchons de la fin de l’année 2025, devrait être quelque chose de clair et de simple, sans peurs ni discours excessifs. Malgré le manque d’information inexplicable qui existe encore dans la vie quotidienne, la réalité médicale est connue depuis des années. Une personne vivant avec le VIH, qui suit son traitement et atteint une charge virale indétectable, ne transmet pas le virus. Ainsi, si la charge virale est indétectable, le virus est intransmissible. Cette information devrait suffire à transformer de nombreuses conversations autour du VIH, mais la vérité est que le virus a été maîtrisé avant les préjugés qui persistent encore dans notre société.
Le VIH n’est plus ce qu’il était autrefois, ce n’est plus une condamnation à mort. Grâce aux traitements actuels, les personnes qui vivent avec le VIH peuvent mener une vie longue, active et épanouie. Le problème n’est pas dans le corps, mais dans l’environnement qui entoure la personne. Car même lorsque la santé physique est stable, le contexte social continue de produire des différences profondément discriminatoires. Et ces différences ont un impact direct sur la santé mentale.
De nombreuses personnes vivant avec le VIH savent qu’elles ne représentent aucun danger pour qui que ce soit, mais elles doivent malgré tout faire face à des regards chargés de désinformation, de préjugés et de haine. Elles ne peuvent pas toujours parler librement de leur situation, non par honte, mais parce qu’elles connaissent les réactions qui existent encore. Pour beaucoup, le silence n’est pas un choix confortable, mais une forme de protection face au rejet ou à l’incompréhension, une manière de survivre dans un environnement encore trop hostile et dominé par le stigmate.
Ce silence prolongé finit par avoir un coût. Non pas à cause du virus, mais à cause de tout ce qui l’entoure. L’anxiété, le sentiment permanent de devoir mesurer le terrain et les mots, et l’épuisement émotionnel d’expliquer l’évidence encore et encore. Inévitablement, dans ces conditions, la santé mentale est affectée lorsqu’une personne a le sentiment de devoir constamment justifier sa normalité.
Le diagnostic du VIH reste un moment important dans la vie de la personne qui le reçoit. Non pas tant à cause de la maladie elle-même, aujourd’hui traitable et contrôlable comme toute maladie chronique, mais en raison du poids symbolique qu’elle continue de porter sur le plan social. Des idées fausses circulent encore, des peurs qui ne correspondent pas à la réalité médicale et un manque d’information qui continue d’alimenter le stigmate, l’exclusion et la discrimination. Tout cela devient un fardeau qui ne devrait pas exister. Pourtant, on n’en a pas encore fait assez.
Au cours des dernières décennies, la science a fait son travail. Les traitements fonctionnent et continuent de s’améliorer grâce aux avancées de la recherche, et les preuves sont là. Ce qui reste à accomplir, c’est le changement social. Une grande partie de la société doit encore comprendre que le VIH ne définit personne, qu’il ne détermine pas une manière de vivre ou de se relier aux autres et qu’il ne transforme certainement personne en problème. Lorsque cette compréhension n’arrive pas, l’impact n’est pas seulement physique, il est profondément émotionnel.
Parler du VIH, c’est aussi parler de santé mentale, de bien-être et de qualité de vie. C’est reconnaître qu’il ne suffit pas de contrôler le virus si l’environnement continue de générer de la discrimination et reste influencé par la peur ou la méfiance. La normalisation ne passe pas par de grands discours, mais par un traitement du sujet avec la même naturalité que toute autre condition de santé.
Nous devons être capables de briser le tabou. Car il ne s’agit pas d’une obligation individuelle, mais d’une responsabilité collective. Il faut s’informer, remettre en question des idées obsolètes qui n’ont causé que de la souffrance et cesser de stigmatiser les personnes vivant avec le VIH. Tout cela est essentiel pour que le VIH cesse d’être un sujet chargé de tension et, surtout, de discrimination. Car lorsque le préjugé disparaît, il reste quelque chose de très simple. Il reste des personnes, comme toi et comme moi, qui essaient de vivre leur vie sans avoir à cacher quoi que ce soit à qui que ce soit.
Peut-être que ce dont nous avons le plus besoin aujourd’hui, c’est d’empathie, d’écoute et, surtout, de respect. Les discours doivent aller bien au-delà des actes solennels, les découvertes doivent aller bien au-delà des colloques sur les nouvelles avancées de la recherche, et les titres de presse doivent aller bien au-delà d’un tweet, de cinquante secondes au journal télévisé ou des pages de publications spécialisées. Si tout cela n’atteint pas la société, si cela ne se traduit pas par un soutien réel, une normalisation et un accompagnement sans conditions pour les personnes vivant avec le VIH, alors nous continuerons à permettre au stigmate et à la discrimination qui l’accompagne de perdurer.
C’est pourquoi je veux que les derniers mots de ce texte soient pour toi. Si tu sens que quelque chose a été touché en toi en lisant ces lignes, je veux simplement que tu saches que je suis là pour t’enlacer.
Sans contraintes, sans tabous et sans stigmates.
Toujours.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Quando o estigma ainda está presente
Falar sobre o VIH hoje, quando estamos prestes a terminar 2025, deveria ser algo claro e simples, sem medos nem discursos exagerados. Apesar da inexplicável falta de informação que ainda existe no dia a dia, a realidade médica é conhecida há muitos anos. Uma pessoa que vive com VIH, segue o tratamento e atinge uma carga viral indetetável não transmite o vírus. Assim, se a carga viral é indetetável, o vírus é intransmissível. Este facto deveria ser suficiente para mudar muitas conversas em torno do VIH, mas a verdade é que o vírus foi controlado antes dos preconceitos que ainda persistem na nossa sociedade.
O VIH já não é o que foi no passado, já não é uma sentença de morte. Graças aos tratamentos atuais, as pessoas que convivem com o vírus podem ter uma vida longa, ativa e plena. O problema não está no corpo, mas no ambiente que rodeia a pessoa. Porque, mesmo quando a saúde física está estável, o contexto social continua a criar diferenças profundamente discriminatórias. E essas diferenças têm um impacto direto na saúde mental.
Muitas pessoas que vivem com VIH sabem que não representam um risco para ninguém, mas ainda assim enfrentam olhares carregados de desinformação, preconceito e ódio. Nem sempre podem falar livremente sobre a sua situação, não por vergonha, mas porque conhecem as reações que ainda existem. Para muitas delas, escolher o silêncio não é uma decisão confortável, mas uma forma de proteção contra a rejeição ou a incompreensão, uma maneira de sobreviver num ambiente ainda demasiado hostil e dominado pelo estigma.
Esse silêncio prolongado cobra o seu preço. Não por causa do vírus, mas por tudo o que o rodeia. A ansiedade, a sensação constante de estar a medir o terreno e as palavras, e o cansaço emocional de explicar o óbvio vezes sem conta. Inevitavelmente, nestas circunstâncias, a saúde mental é afetada quando uma pessoa sente que tem de justificar constantemente a sua normalidade.
O diagnóstico de VIH continua a ser um momento marcante na vida de quem o recebe. Não tanto pela doença em si, que hoje é tratável e controlável como qualquer doença crónica, mas pelo peso simbólico que ainda carrega a nível social. Continuam a circular ideias erradas, medos que não correspondem à realidade médica e uma falta de informação que continua a alimentar o estigma, a exclusão e a discriminação. Tudo isso se transforma num fardo que não deveria existir. No entanto, ainda não se fez o suficiente.
Ao longo das últimas décadas, a ciência fez o seu trabalho. Os tratamentos não só funcionam como continuam a melhorar com os avanços da investigação, e as evidências estão aí. O que ainda falta é a mudança social. Uma grande parte da sociedade ainda precisa de compreender que o VIH não define ninguém, que não determina uma forma de viver ou de se relacionar e que, certamente, não transforma ninguém num problema. Quando essa compreensão não chega, o impacto não é apenas físico, é também profundamente emocional.
Falar de VIH implica também falar de saúde mental, de bem-estar e de qualidade de vida. Implica reconhecer que não basta controlar o vírus se o ambiente continua a gerar discriminação e é influenciado pelo medo ou pela desconfiança. A normalização não passa apenas por discursos grandiosos, mas por tratar o tema com a mesma naturalidade que qualquer outra condição de saúde.
Temos de ser capazes de quebrar o tabu. Porque não se trata de uma obrigação individual, mas de uma responsabilidade coletiva. É preciso informar-se, rever ideias obsoletas que apenas causaram dor e deixar de apontar o dedo às pessoas que vivem com VIH. Tudo isto é essencial para que o VIH deixe de ser um tema carregado de tensão e, sobretudo, de discriminação. Porque quando o preconceito desaparece, o que fica é algo muito simples. Ficam pessoas, como tu e como eu, a tentar viver a sua vida sem necessidade de esconder nada de ninguém.
Talvez o que mais precisemos agora seja empatia, escuta e, acima de tudo, respeito. Os discursos têm de ir muito além dos atos solenes, as descobertas têm de ir muito além dos simpósios sobre os novos avanços da investigação e as manchetes têm de ir muito além de um tweet, de cinquenta segundos no telejornal ou das páginas de publicações especializadas. Se tudo isso não chega à sociedade, se não se traduz em apoio real, normalização e acompanhamento para quem vive com VIH, de forma verdadeira e sem condições, então continuaremos a permitir que o estigma permaneça juntamente com a discriminação que o acompanha.
Por isso, quero que as últimas palavras deste texto sejam para ti. Se sentes que algo em ti foi tocado ao ler estas palavras, quero apenas que saibas que estou aqui para te abraçar.
Sem amarras, sem tabus e sem estigmas.
Sempre.








