Esperanza de Libertad

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Cada año, el 23 de agosto, Día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y de su Abolición, no solo recordamos las vidas perdidas, desgarradas y sometidas bajo el yugo de la esclavitud, también celebramos la resistencia, lucha y valor inquebrantable de quienes se alzaron contra la opresión y abrieron el camino hacia la libertad, la igualdad y la justicia.

La trata de esclavos fue un crimen contra la humanidad que dejó una profunda cicatriz en la historia de la humanidad. Millones de hombres, mujeres y niños fueron arrancados de África, la tierra que les vio nacer y transportados a la fuerza, en condiciones inhumanas hacia tierras lejanas al otro lado del Atlántico, donde fueron vendidos como mera mercancía. Despojados de su identidad, de sus derechos y de su dignidad, fueron sometidos a una vida de brutalidad, explotación y sufrimiento indescriptible. Las cadenas físicas que los ataban eran solo un reflejo de las cadenas mentales y sociales que buscaban imponerles un sentido de servidumbre, negándoles toda su valía y humanidad.

Bajo estas circunstancias oscuras, cuando parecía que no hay esperanza, la chispa de la resistencia surgió como nunca antes había ocurrido hasta ese momento. En plantaciones, minas y hogares, los esclavos llevaron a cabo rebeliones, actos de fuga y de reivindicación de su cultura y tradiciones  y, sobre todo, mantuvieron viva la esperanza de libertad. 

Todo comenzó el 23 de agosto de 1791, en la isla de Santo Domingo, hoy Haití, donde estalló una de las rebeliones más significativas de la historia: la Revolución Haitiana. Los esclavos se alzaron en armas, desafiando al imperio colonial y a un sistema que los había deshumanizado durante siglos. Su lucha, que culminó en la independencia de Haití en 1804, fue un faro de esperanza y un duro golpe contra el sistema esclavista que imperaba y se extendía en todo el mundo.

La abolición de la esclavitud tras décadas de lucha y sacrificio, fue un triunfo inmenso, pero la victoria no fue completa. Los pensamientos racistas que justificaban la práctica de la esclavitud no desaparecieron con la firma de decretos o leyes que abolían la esclavitud. Al contrario, se transformaron adoptando nuevas formas de violencia, opresión, discriminación y exclusión que persisten hasta nuestros días en distintas formas. Y es que, es evidente la permanencia de un racismo sistémico donde la desigualdad económica, la violencia y la negación de derechos y oportunidades continúan afectando a las comunidades afrodescendientes en todo el mundo. Por tanto, la lucha por la igualdad, la libertad y la justicia está lejos de haber terminado. Más bien, apenas ha iniciado su camino, especialmente si tenemos en cuenta que aquellos pensamientos profundamente racistas y discriminatorios vuelven a extenderse por toda nuestra sociedad. 

He de ser capaces, no solo de mirar al pasado, sino también de cuestionar el presente para poder construir un futuro más justo. Como sociedad tenemos la obligación de reconocer la misma dignidad y humanidad compartida que pertenece a todas las personas, independientemente de su raza, etnia o origen. Por ello, al recordar a las víctimas de la esclavitud, también nos comprometemos con la erradicación de cualquier forma de explotación y discriminación que aún persisten en nuestra sociedad.

Hoy celebramos la riqueza de las culturas afrodescendientes, reconociendo su capacidad de resiliencia y sus enormes contribuciones al mundo en todos los ámbitos: en la música, el arte, la literatura, la ciencia, el deporte y mucho más. La riqueza de nuestras comunidades comunidades fue forjada en el crisol del sufrimiento y la resistencia de quienes, a pesar de todo el sufrimiento injusto, han regalado al mundo un legado cultural y espiritual de valor invaluable.

Hemos de ser capaces de enseñar a las nuevas generaciones la realidad acerca de las atrocidades del pasado, no solo para que nunca se repitan, sino también para que comprendan la enorme importancia de la solidaridad, el respeto mutuo y la defensa de los derechos humanos. Recordemos que la historia de la esclavitud no es solo una historia de dolor, sino también una historia de lucha y liberación que debe ser conocida y, sobre todo, reconocida.

Trabajemos juntos para construir un mundo en el que la dignidad humana de toda persona sea respetada y celebrada en toda su diversidad, sin olvidar las voces de quienes lucharon por su libertad.

Que su espíritu nos guíe. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

HOPE FOR FREEDOM

Each year, on the 23rd of August, International Day for the Remembrance of the Slave Trade and its Abolition, we not only remember the lives lost, torn apart, and subjugated under the yoke of slavery, but we also celebrate the resistance, struggle, and unwavering courage of those who rose against oppression and paved the way for freedom, equality, and justice.

The slave trade was a crime against humanity that left a deep scar on human history. Millions of men, women, and children were torn from Africa, the land of their birth, and forcibly transported under inhumane conditions to distant lands across the Atlantic, where they were sold as mere commodities. Stripped of their identity, their rights, and their dignity, they were subjected to a life of brutality, exploitation, and unspeakable suffering. The physical chains that bound them were only a reflection of the mental and social chains that sought to impose a sense of servitude, denying them their worth and humanity.

In these dark circumstances, when hope seemed lost, the spark of resistance arose as never before. On plantations, in mines, and within households, the enslaved carried out rebellions, acts of escape, and reclaimed their culture and traditions, above all, keeping the hope of freedom alive.

It all began on the 23rd of August, 1791, on the island of Saint-Domingue, now Haiti, where one of the most significant rebellions in history erupted: the Haitian Revolution. The enslaved took up arms, defying the colonial empire and a system that had dehumanised them for centuries. Their struggle, which culminated in Haiti’s independence in 1804, was a beacon of hope and a devastating blow to the global system of slavery.

The abolition of slavery, after decades of struggle and sacrifice, was an immense triumph, but the victory was not complete. The racist ideologies that justified the practice of slavery did not disappear with the signing of decrees or laws abolishing it. On the contrary, they evolved, adopting new forms of violence, oppression, discrimination, and exclusion that persist to this day in various forms. Indeed, systemic racism endures, where economic inequality, violence, and the denial of rights and opportunities continue to affect Afro-descendant communities around the world. Therefore, the fight for equality, freedom, and justice is far from over. Rather, it has only just begun, especially considering that deeply racist and discriminatory ideologies are once again spreading throughout our society.

We must be capable not only of looking to the past but also of questioning the present in order to build a more just future. As a society, we have an obligation to recognise the shared dignity and humanity that belongs to all people, regardless of race, ethnicity, or origin. Thus, in remembering the victims of slavery, we also commit ourselves to the eradication of any form of exploitation and discrimination that still persists in our society.

Today, we celebrate the richness of Afro-descendant cultures, acknowledging their resilience and their immense contributions to the world in all areas: music, art, literature, science, sport, and much more. The richness of our communities was forged in the crucible of suffering and resistance by those who, despite all unjust suffering, have gifted the world a cultural and spiritual legacy of inestimable value.

We must be able to teach the new generations the truth about the atrocities of the past, not only so that they are never repeated but also so that they understand the immense importance of solidarity, mutual respect, and the defence of human rights. Let us remember that the history of slavery is not just a story of pain but also a story of struggle and liberation that must be known and, above all, acknowledged.

Let us work together to build a world in which the human dignity of every person is respected and celebrated in all its diversity, never forgetting the voices of those who fought for their freedom.

May their spirit guide us.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲

SPERANZA DI LIBERTÀ

Ogni anno, il 23 agosto, Giornata Internazionale del Ricordo della Tratta degli Schiavi e della sua Abolizione, non solo ricordiamo le vite perse, distrutte e sottomesse sotto il giogo della schiavitù, ma celebriamo anche la resistenza, la lotta e il coraggio incrollabile di coloro che si sono ribellati contro l’oppressione e hanno aperto la strada alla libertà, all’uguaglianza e alla giustizia.

La tratta degli schiavi è stata un crimine contro l’umanità che ha lasciato una profonda cicatrice nella storia dell’umanità. Milioni di uomini, donne e bambini furono strappati all’Africa, la terra che li aveva visti nascere, e trasportati con la forza, in condizioni disumane, verso terre lontane dall’altra parte dell’Atlantico, dove furono venduti come semplici merci. Spogliati della loro identità, dei loro diritti e della loro dignità, furono costretti a una vita di brutalità, sfruttamento e sofferenza indicibile. Le catene fisiche che li legavano erano solo un riflesso delle catene mentali e sociali che miravano a imporre loro un senso di servitù, negando loro ogni valore e umanità.

In queste circostanze oscure, quando sembrava che non ci fosse speranza, la scintilla della resistenza emerse come mai prima di allora. Nelle piantagioni, nelle miniere e nelle case, gli schiavi misero in atto ribellioni, atti di fuga e rivendicazioni della loro cultura e delle loro tradizioni e, soprattutto, mantennero viva la speranza di libertà.

Tutto ebbe inizio il 23 agosto 1791, sull’isola di Santo Domingo, oggi Haiti, dove scoppiò una delle ribellioni più significative della storia: la Rivoluzione Haitiana. Gli schiavi presero le armi, sfidando l’impero coloniale e un sistema che li aveva disumanizzati per secoli. La loro lotta, culminata nell’indipendenza di Haiti nel 1804, fu un faro di speranza e un duro colpo contro il sistema schiavista che imperava e si estendeva in tutto il mondo.

L’abolizione della schiavitù, dopo decenni di lotte e sacrifici, fu un trionfo immenso, ma la vittoria non fu completa. I pensieri razzisti che giustificavano la pratica della schiavitù non scomparvero con la firma di decreti o leggi che abolivano la schiavitù. Al contrario, si trasformarono, adottando nuove forme di violenza, oppressione, discriminazione ed esclusione che persistono fino ai nostri giorni in varie forme. Infatti, è evidente la permanenza di un razzismo sistemico in cui l’ineguaglianza economica, la violenza e la negazione di diritti e opportunità continuano ad avere un impatto sulle comunità afrodiscendenti in tutto il mondo. Pertanto, la lotta per l’uguaglianza, la libertà e la giustizia è ben lontana dall’essere terminata. Piuttosto, è appena iniziata, soprattutto se consideriamo che quei pensieri profondamente razzisti e discriminatori stanno tornando a diffondersi nella nostra società.

Dobbiamo essere in grado non solo di guardare al passato, ma anche di mettere in discussione il presente per poter costruire un futuro più giusto. Come società abbiamo l’obbligo di riconoscere la stessa dignità e umanità condivisa che appartiene a tutte le persone, indipendentemente dalla loro razza, etnia o origine. Per questo, nel ricordare le vittime della schiavitù, ci impegniamo anche a sradicare ogni forma di sfruttamento e discriminazione che ancora persiste nella nostra società.

Oggi celebriamo la ricchezza delle culture afrodiscendenti, riconoscendo la loro capacità di resilienza e i loro enormi contributi al mondo in tutti i settori: nella musica, nell’arte, nella letteratura, nella scienza, nello sport e molto altro. La ricchezza delle nostre comunità è stata forgiata nel crogiolo della sofferenza e della resistenza di coloro che, nonostante tutta l’ingiusta sofferenza, hanno donato al mondo un’eredità culturale e spirituale di valore inestimabile.

Dobbiamo essere in grado di insegnare alle nuove generazioni la verità sulle atrocità del passato, non solo affinché non si ripetano mai più, ma anche affinché comprendano l’enorme importanza della solidarietà, del rispetto reciproco e della difesa dei diritti umani. Ricordiamo che la storia della schiavitù non è solo una storia di dolore, ma anche una storia di lotta e liberazione che deve essere conosciuta e, soprattutto, riconosciuta.

Lavoriamo insieme per costruire un mondo in cui la dignità umana di ogni persona sia rispettata e celebrata in tutta la sua diversità, senza dimenticare le voci di coloro che hanno lottato per la loro libertà.

Che il loro spirito ci guidi.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩

ESPOIR DE LIBERTÉ

Chaque année, le 23 août, Journée internationale du souvenir de la traite négrière et de son abolition, nous ne commémorons pas seulement les vies perdues, brisées et soumises sous le joug de l’esclavage, mais nous célébrons également la résistance, la lutte et le courage inébranlable de ceux qui se sont levés contre l’oppression et ont ouvert la voie à la liberté, à l’égalité et à la justice.

La traite négrière fut un crime contre l’humanité qui a laissé une cicatrice profonde dans l’histoire de l’humanité. Des millions d’hommes, de femmes et d’enfants ont été arrachés à l’Afrique, la terre qui les a vus naître, et transportés de force, dans des conditions inhumaines, vers des terres lointaines de l’autre côté de l’Atlantique, où ils furent vendus comme de simples marchandises. Dépouillés de leur identité, de leurs droits et de leur dignité, ils furent soumis à une vie de brutalité, d’exploitation et de souffrance indescriptible. Les chaînes physiques qui les attachaient n’étaient qu’un reflet des chaînes mentales et sociales qui cherchaient à leur imposer un sentiment de servitude, niant toute leur valeur et leur humanité.

Dans ces circonstances sombres, alors que l’espoir semblait perdu, l’étincelle de la résistance est apparue comme jamais auparavant. Dans les plantations, les mines et les foyers, les esclaves ont mené des rébellions, des actes de fuite et de revendication de leur culture et de leurs traditions et, surtout, ont gardé vivant l’espoir de la liberté.

Tout a commencé le 23 août 1791, sur l’île de Saint-Domingue, aujourd’hui Haïti, où a éclaté l’une des rébellions les plus significatives de l’histoire : la Révolution haïtienne. Les esclaves prirent les armes, défiant l’empire colonial et un système qui les avait déshumanisés pendant des siècles. Leur lutte, qui s’est soldée par l’indépendance d’Haïti en 1804, fut un phare d’espoir et un coup sévère porté contre le système esclavagiste qui prévalait et s’étendait dans le monde entier.

L’abolition de l’esclavage, après des décennies de lutte et de sacrifice, fut un immense triomphe, mais la victoire ne fut pas complète. Les pensées racistes qui justifiaient la pratique de l’esclavage ne disparurent pas avec la signature de décrets ou de lois l’abolissant. Au contraire, elles se transformèrent, adoptant de nouvelles formes de violence, d’oppression, de discrimination et d’exclusion qui persistent encore de nos jours sous différentes formes. En effet, le racisme systémique demeure, où l’inégalité économique, la violence et le déni des droits et des opportunités continuent d’affecter les communautés afro-descendantes à travers le monde. Par conséquent, la lutte pour l’égalité, la liberté et la justice est loin d’être terminée. Au contraire, elle ne fait que commencer, surtout si l’on considère que ces pensées profondément racistes et discriminatoires se répandent à nouveau dans notre société.

Nous devons être capables non seulement de regarder le passé, mais aussi de remettre en question le présent afin de construire un avenir plus juste. En tant que société, nous avons l’obligation de reconnaître la même dignité et humanité partagée qui appartient à toutes les personnes, quelle que soit leur race, leur ethnie ou leur origine. Ainsi, en nous souvenant des victimes de l’esclavage, nous nous engageons également à éradiquer toute forme d’exploitation et de discrimination qui persiste encore dans notre société.

Aujourd’hui, nous célébrons la richesse des cultures afro-descendantes, en reconnaissant leur capacité de résilience et leurs immenses contributions au monde dans tous les domaines : dans la musique, l’art, la littérature, la science, le sport et bien plus encore. La richesse de nos communautés a été forgée dans le creuset de la souffrance et de la résistance de ceux qui, malgré toutes les souffrances injustes, ont légué au monde un héritage culturel et spirituel d’une valeur inestimable.

Nous devons être capables d’enseigner aux nouvelles générations la vérité sur les atrocités du passé, non seulement pour qu’elles ne se répètent jamais, mais aussi pour qu’elles comprennent l’importance immense de la solidarité, du respect mutuel et de la défense des droits de l’homme. Rappelons que l’histoire de l’esclavage n’est pas seulement une histoire de douleur, mais aussi une histoire de lutte et de libération qui doit être connue et, surtout, reconnue.

Travaillons ensemble pour construire un monde où la dignité humaine de chaque personne est respectée et célébrée dans toute sa diversité, sans oublier les voix de ceux qui se sont battus pour leur liberté.

Que leur esprit nous guide.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷

ESPERANÇA DE LIBERDADE

A cada ano, em 23 de agosto, Dia Internacional da Lembrança do Tráfico de Escravos e de sua Abolição, não apenas lembramos as vidas perdidas, destruídas e subjugadas sob o jugo da escravidão, mas também celebramos a resistência, a luta e a coragem inabalável daqueles que se ergueram contra a opressão e abriram o caminho para a liberdade, a igualdade e a justiça.

O tráfico de escravos foi um crime contra a humanidade que deixou uma cicatriz profunda na história da humanidade. Milhões de homens, mulheres e crianças foram arrancados da África, a terra que os viu nascer, e transportados à força, em condições desumanas, para terras distantes do outro lado do Atlântico, onde foram vendidos como simples mercadoria. Despojados de sua identidade, de seus direitos e de sua dignidade, foram submetidos a uma vida de brutalidade, exploração e sofrimento indescritível. As correntes físicas que os prendiam eram apenas um reflexo das correntes mentais e sociais que buscavam lhes impor um sentido de servidão, negando-lhes todo o seu valor e humanidade.

Sob essas circunstâncias sombrias, quando parecia não haver esperança, a centelha da resistência surgiu como nunca antes. Em plantações, minas e lares, os escravos realizaram rebeliões, atos de fuga e de reivindicação de sua cultura e tradições e, acima de tudo, mantiveram viva a esperança de liberdade.

Tudo começou em 23 de agosto de 1791, na ilha de São Domingos, hoje Haiti, onde eclodiu uma das rebeliões mais significativas da história: a Revolução Haitiana. Os escravos se levantaram em armas, desafiando o império colonial e um sistema que os havia desumanizado durante séculos. Sua luta, que culminou na independência do Haiti em 1804, foi um farol de esperança e um duro golpe contra o sistema escravista que imperava e se estendia por todo o mundo.

A abolição da escravidão, após décadas de luta e sacrifício, foi um triunfo imenso, mas a vitória não foi completa. Os pensamentos racistas que justificavam a prática da escravidão não desapareceram com a assinatura de decretos ou leis que a aboliam. Pelo contrário, transformaram-se, adotando novas formas de violência, opressão, discriminação e exclusão que persistem até os dias de hoje em várias formas. De fato, é evidente a permanência de um racismo sistêmico, onde a desigualdade econômica, a violência e a negação de direitos e oportunidades continuam a afetar as comunidades afrodescendentes em todo o mundo. Portanto, a luta pela igualdade, liberdade e justiça está longe de ter terminado. Pelo contrário, ela mal começou, especialmente se levarmos em conta que esses pensamentos profundamente racistas e discriminatórios voltam a se espalhar por toda a nossa sociedade.

Devemos ser capazes não só de olhar para o passado, mas também de questionar o presente para construir um futuro mais justo. Como sociedade, temos a obrigação de reconhecer a mesma dignidade e humanidade compartilhada que pertence a todas as pessoas, independentemente de sua raça, etnia ou origem. Por isso, ao lembrar as vítimas da escravidão, também nos comprometemos com a erradicação de qualquer forma de exploração e discriminação que ainda persistem em nossa sociedade.

Hoje celebramos a riqueza das culturas afrodescendentes, reconhecendo sua capacidade de resiliência e suas enormes contribuições ao mundo em todas as áreas: na música, na arte, na literatura, na ciência, no esporte e muito mais. A riqueza de nossas comunidades foi forjada no cadinho do sofrimento e da resistência daqueles que, apesar de todo o sofrimento injusto, legaram ao mundo um patrimônio cultural e espiritual de valor inestimável.

Devemos ser capazes de ensinar às novas gerações a verdade sobre as atrocidades do passado, não só para que nunca se repitam, mas também para que compreendam a enorme importância da solidariedade, do respeito mútuo e da defesa dos direitos humanos. Lembremos que a história da escravidão não é apenas uma história de dor, mas também uma história de luta e libertação que deve ser conhecida e, acima de tudo, reconhecida.

Trabalhemos juntos para construir um mundo em que a dignidade humana de cada pessoa seja respeitada e celebrada em toda a sua diversidade, sem esquecer as vozes daqueles que lutaram por sua liberdade.

Que seu espírito nos guie.

Bajo una misma oración

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸 Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas de Actos de Violencia Basados en la Religión o las Creencias)

En la Declaración Universal de los Derechos Humanos, se afirma, en su artículo 18 que «toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión». Así, nos encontramos ante un derecho que permite cambiar de religión y de creencias, la libertad de manifestarlas en público o en privado, así como a través de la educación, prácticas de culto y observancia en los días especialmente señalados en cada confesión. Sin embargo, este derecho es vulnerado de manera sistemática en muchas partes del mundo y millones de personas sufren a diario la violencia, el odio, la persecución y la discriminación por razón de su fe y de sus creencias. 

Las principales víctimas de estos ataques son miembros de minorías religiosas que enfrentan de forma continua actos de violencia e intolerancia por el mero hecho de practicar su fe. En este sentido, los ataques a las diferentes comunidades religiosas, la destrucción de templos y lugares de culto, las acciones de exclusión y marginación social junto con la negación de los derechos más básicos y elementales, acarrean un inmenso dolor a las víctimas.

A lo largo de la historia, la humanidad ha sido testigo de persecuciones religiosas en todo el mundo. Así, las guerras contra los protestantes en durante los siglos XVI y XVII, la expulsión de los judíos de numerosas partes del mundo o, más recientemente, la violencia contra las minorías religiosas como cristianos, musulmanes chiitas y yazidíes en algunas zonas de Oriente Medio han alcanzado niveles extremadamente alarmantes en los últimos años, llegando, incluso, a verdaderos actos de genocidio. Todo ello, sin olvidar los millones de desplazamientos masivos provocados por aquellas posiciones extremistas que pretenden implantar su visión de la vida y de un modelo concreto de sociedad mediante el uso de la violencia y el terror. 

Uno de los casos más recientes, en el cual la comunidad internacional apenas hizo nada al respecto para prevenirlo, fue la situación que afectó a los rohingyas en Myanmar. Como consecuencia de una brutal campaña de limpieza étnica basada en el odio religioso ejecutada por el ejército y la policía del país y  se cometieron verdaderas atrocidades en contra de esta minoría musulmana que fue víctima durante meses de violaciones, desplazamientos forzados y asesinatos premeditados. Todo ello motivó que en 2019 la Asamblea General de Naciones Unidas condenara las violaciones sistemáticas hacia la población rohingya por parte del gobierno birmano en lo que, a todas luces, ha de considerarse como genocidio. 

Igualmente, en varios países de África, como la República Centroafricana, Sudán y Nigeria, la violencia por razones religiosas se ha cobrado decenas de miles de muertos y millones de personas han tenido que abandonar sus hogares. En un gran número de situaciones, los niveles de violencia se incrementan por razones étnicas, sociales y políticas, pero, indudablemente, el factor religioso también es utilizado para justificar ominosos actos de barbarie. 

Por supuesto, tampoco podemos olvidar la actual situación de guerra que se vive en la Franja de Gaza y en contra del Pueblo Palestino. Aunque la principal causa esgrimida por el Gobierno de Israel es la lucha contra la organización Hamás tras los ataques terroristas del pasado 7 de octubre de 2023, el factor religioso y de limpieza étnica han sido denunciados en múltiples ocasiones dentro de las acusaciones formales de crímenes de guerra y genocidio ante la Corte Internacional de Justicia. En la actualidad, tras 10 meses de guerra, las víctimas mortales superan los 40.000 muertos, la gran mayoría de ellos niños, y se aboga por un alto el fuego inmediato entre duras negociaciones y actos de reconocimiento de Palestina como país soberano por países como España, Irlanda y Noruega como única opción posible para el final de la guerra y del conflicto entre Israel y Palestina desde hace décadas. 

Es evidente que el respeto y el diálogo intercofesional son esenciales para poder trabajar por un futuro de paz y bajo un modelo de sociedad basado en la paz y el respeto a las creencias de toda persona. En este sentido, la educación juega un papel fundamental para que las nuevas generaciones entiendan la importancia de respetar el derecho a la libertad religiosa y de creencias como rasgo distintivo de la enorme diversidad cultural y religiosa de la población a nivel global. Una diversidad que no debe ser considerada como una amenaza sino como un elemento enriquecedor que contribuye al entendimiento y al diálogo entre religiones y culturas donde todas las personas, con independencia de su fe y creencias, deben tener garantizado el ejercicio de todos sus derechos más básicos e inherentes. 

Por supuesto, la justicia debe imperar siempre y los actos de violencia basados en los planteamientos religiosos fundamentalistas deben ser perseguidos y sus autores deben asumir la responsabilidad de sus crímenes. No puede haber espacio alguno para la impunidad que solo contribuye a que se siga perpetuando la violencia y que se extienda el mensaje de que algunas acciones, si se realizan en nombre de la fe y las creencias, pueden y deben ser aceptadas. Pero nada más lejos de la realidad. La justicia, ya sea a nivel nacional o internacional, debe garantizar que los autores de las atrocidades cometidas por motivos religiosos asuman todas las responsabilidades por sus crímenes. Todo ello, sin olvidar que ninguna religión “es terrorista”. Los terroristas solo son eso, terroristas, y no pueden vincularse a ninguna religión, porque, en tal caso, ninguna confesión religiosa estaría exenta de ser considerada como tal si miramos al pasado más o menos reciente. 

Vivimos en un mundo cada vez más polarizado donde la violencia, el odio y la discriminación parecen no tener límites. Por eso, es crucial que tomemos conciencia y defendamos con firmeza el derecho a la libertad religiosa y de creencias con vistas a un futuro próximo donde ninguna persona tenga miedo de ser perseguida por razón de su fe. La fe y las creencias no pueden ser causa del sufrimiento de millones de personas en todo el mundo. Como sociedad global, hemos de ser capaces de apostar y trabajar por la defensa de la paz, la libertad y la justicia como única alternativa posible para defender los derechos humanos y la dignidad humana inviolable de toda persona con independencia de cuál sea su fe y sus creencias. 

Debemos asumir el compromiso de defender el derecho a la libertad religiosa y de creencias de toda persona, sea quien sea. Ninguna persona debe verse señalada ni perseguida por su fe y sus creencias, por cambiarlas o por no profesar ninguna. Nuestra fe y nuestras creencias deben ayudarnos a ser mejores, no peores. De lo contrario, ninguna de ellas tiene sentido. 

Seamos mejores, aunque recemos de forma diferente.

Unámonos bajo una misma oración.

Con una única alma. 

Por la paz. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

UNDER A SINGLE PRAYER

(International Day Commemorating the Victims of Acts of Violence Based on Religion or Belief)

The Universal Declaration of Human Rights states in Article 18 that ‘everyone has the right to freedom of thought, conscience and religion’. Thus, we are faced with a right that allows for a change of religion and beliefs, the freedom to manifest them in public or in private, as well as through education, worship practices and observance of the specially designated days of each confession. However, this right is systematically violated in many parts of the world and millions of people suffer daily from violence, hatred, persecution and discrimination on the basis of their faith and beliefs. 

The main victims of these attacks are members of religious minorities who continuously face acts of violence and intolerance simply because they practise their faith. In this sense, attacks on different religious communities, the destruction of temples and places of worship, actions of social exclusion and marginalisation together with the denial of the most basic and elementary rights, bring immense pain to the victims.

Throughout history, humanity has witnessed religious persecutions all over the world. Thus, the wars against Protestants in the 16th and 17th centuries, the expulsion of Jews from many parts of the world or, more recently, violence against religious minorities such as Christians, Shiite Muslims and Yazidis in parts of the Middle East have reached extremely alarming levels in recent years, even amounting to acts of genocide. Not to mention the millions of mass displacements caused by those extremist positions that seek to implant their vision of life and a specific model of society through the use of violence and terror. 

One of the most recent cases, in which the international community did little to prevent it, was the situation affecting the Rohingyas in Myanmar. As a result of a brutal campaign of ethnic cleansing based on religious hatred carried out by the country’s army and police, real atrocities were committed against this Muslim minority, which was subjected to months of rape, forced displacement and premeditated killings. All of this prompted the United Nations General Assembly in 2019 to condemn the systematic violations against the Rohingya population by the Burmese government in what is clearly to be considered genocide. 

Similarly, in several African countries, such as the Central African Republic, Sudan and Nigeria, religiously motivated violence has claimed tens of thousands of lives and driven millions of people from their homes. In a large number of situations, levels of violence are increased for ethnic, social and political reasons, but, undoubtedly, the religious factor is also used to justify ominous acts of barbarism. 

Nor, of course, can we forget the current situation of war in the Gaza Strip and against the Palestinian people. Although the main cause put forward by the Israeli government is the fight against the Hamas organisation after the terrorist attacks of 7 October 2023, the religious factor and ethnic cleansing have been denounced on multiple occasions as part of the formal accusations of war crimes and genocide before the International Court of Justice. Today, after 10 months of war, the death toll exceeds 40,000 dead, the vast majority of them children, and calls for an immediate ceasefire amidst tough negotiations and acts of recognition of Palestine as a sovereign country by countries such as Spain, Ireland and Norway are the only possible option for an end to the war and the decades-long Israeli-Palestinian conflict. 

It is clear that respect and interfaith dialogue are essential in order to work for a peaceful future and under a model of society based on peace and respect for the beliefs of all people. In this sense, education plays a fundamental role in ensuring that new generations understand the importance of respecting the right to freedom of religion and belief as a distinctive feature of the enormous cultural and religious diversity of the global population. A diversity that should not be seen as a threat but as an enriching element that contributes to understanding and dialogue between religions and cultures where all people, regardless of their faith and beliefs, should be guaranteed the exercise of all their most basic and inherent rights. 

Of course, justice must always prevail and acts of violence based on fundamentalist religious approaches must be prosecuted and the perpetrators must be held accountable for their crimes. There can be no room for impunity, which only contributes to further perpetuating violence and spreading the message that some actions, if carried out in the name of faith and belief, can and should be accepted. But nothing could be further from the truth. Justice, whether at the national or international level, must ensure that perpetrators of religiously motivated atrocities are held fully accountable for their crimes. All this, without forgetting that no religion ‘is a terrorist’. Terrorists are just that, terrorists, and cannot be linked to any religion, because, in that case, no religious denomination would be exempt from being considered as such if we look at the more or less recent past. 

We live in an increasingly polarised world where violence, hatred and discrimination seem to know no bounds. It is therefore crucial that we become aware of and strongly defend the right to freedom of religion and belief with a view to a near future where no one fears persecution on the basis of their faith. Faith and belief cannot be the cause of suffering for millions of people around the world. As a global society, we must be able to stand up and work for the defence of peace, freedom and justice as the only possible alternative to defend human rights and the inviolable human dignity of all people regardless of their faith and beliefs. 

We must be committed to defending the right to freedom of religion and belief of everyone, whoever they may be. No one should be singled out or persecuted for their faith and beliefs, for changing them or for professing none. Our faith and beliefs should help us to be better, not worse. Otherwise, none of them make any sense. 

Let us be better, even if we pray differently.

Let us unite under a single prayer.

with a single soul. 

For peace. 

🇮🇹ITALIANO🇸🇲

SOTTO UN’UNICA PREGHIERA.

(Giornata internazionale per la commemorazione delle vittime di atti di violenza basati sulla religione o sul credo)

L’articolo 18 della Dichiarazione universale dei diritti umani afferma che “ogni individuo ha diritto alla libertà di pensiero, di coscienza e di religione”. Ci troviamo quindi di fronte a un diritto che consente di cambiare religione e credo, di manifestarli liberamente in pubblico o in privato, così come attraverso l’istruzione, le pratiche di culto e l’osservanza dei giorni appositamente designati per ogni confessione. Tuttavia, questo diritto è sistematicamente violato in molte parti del mondo e milioni di persone soffrono quotidianamente di violenza, odio, persecuzione e discriminazione sulla base della loro fede e del loro credo. 

Le principali vittime di questi attacchi sono i membri delle minoranze religiose, che subiscono continuamente atti di violenza e intolleranza per il solo fatto di praticare la propria fede. In questo senso, gli attacchi alle diverse comunità religiose, la distruzione di templi e luoghi di culto, le azioni di esclusione sociale e di emarginazione, insieme alla negazione dei diritti più basilari ed elementari, portano immenso dolore alle vittime.

Nel corso della storia, l’umanità ha assistito a persecuzioni religiose in tutto il mondo. Così, le guerre contro i protestanti nel XVI e XVII secolo, l’espulsione degli ebrei da molte parti del mondo o, più recentemente, la violenza contro le minoranze religiose come i cristiani, i musulmani sciiti e gli yazidi in alcune zone del Medio Oriente hanno raggiunto negli ultimi anni livelli estremamente allarmanti, fino ad arrivare ad atti di genocidio. Per non parlare dei milioni di sfollati di massa causati da quelle posizioni estremiste che cercano di impiantare la loro visione della vita e uno specifico modello di società attraverso l’uso della violenza e del terrore. 

Uno dei casi più recenti, in cui la comunità internazionale ha fatto ben poco per impedirlo, è la situazione dei Rohingya in Myanmar. A seguito di una brutale campagna di pulizia etnica basata sull’odio religioso portata avanti dall’esercito e dalla polizia del Paese, sono state commesse vere e proprie atrocità contro questa minoranza musulmana, sottoposta a mesi di stupri, sfollamenti forzati e uccisioni premeditate. Tutto ciò ha spinto l’Assemblea generale delle Nazioni Unite nel 2019 a condannare le sistematiche violazioni contro la popolazione Rohingya da parte del governo birmano in quello che è chiaramente da considerarsi un genocidio. 

Allo stesso modo, in diversi Paesi africani, come la Repubblica Centrafricana, il Sudan e la Nigeria, la violenza a sfondo religioso ha provocato decine di migliaia di vittime e allontanato milioni di persone dalle loro case. In un gran numero di situazioni, i livelli di violenza sono aumentati per motivi etnici, sociali e politici, ma, indubbiamente, anche il fattore religioso viene utilizzato per giustificare infausti atti di barbarie. 

Né, ovviamente, possiamo dimenticare l’attuale situazione di guerra nella Striscia di Gaza e contro il popolo palestinese. Sebbene la causa principale addotta dal governo israeliano sia la lotta contro l’organizzazione di Hamas dopo gli attacchi terroristici del 7 ottobre 2023, il fattore religioso e la pulizia etnica sono stati denunciati in più occasioni come parte delle accuse formali di crimini di guerra e genocidio davanti alla Corte internazionale di giustizia. Oggi, dopo 10 mesi di guerra, il bilancio delle vittime supera i 40.000 morti, la stragrande maggioranza dei quali bambini, e gli appelli per un cessate il fuoco immediato, tra duri negoziati e atti di riconoscimento della Palestina come Paese sovrano da parte di Paesi come Spagna, Irlanda e Norvegia, sono l’unica opzione possibile per porre fine alla guerra e al decennale conflitto israelo-palestinese. 

È chiaro che il rispetto e il dialogo interreligioso sono essenziali per lavorare a un futuro di pace e a un modello di società basato sulla pace e sul rispetto delle convinzioni di tutti. In questo senso, l’educazione gioca un ruolo fondamentale nel garantire che le nuove generazioni comprendano l’importanza di rispettare il diritto alla libertà di religione e di credo come caratteristica distintiva dell’enorme diversità culturale e religiosa della popolazione globale. Una diversità che non deve essere vista come una minaccia, ma come un elemento di arricchimento che contribuisce alla comprensione e al dialogo tra le religioni e le culture, dove a tutte le persone, indipendentemente dalla loro fede e dal loro credo, deve essere garantito l’esercizio di tutti i loro diritti più basilari e intrinseci. 

Naturalmente, la giustizia deve sempre prevalere e gli atti di violenza basati su approcci religiosi fondamentalisti devono essere perseguiti e gli autori devono rispondere dei loro crimini. Non ci può essere spazio per l’impunità, che contribuisce solo a perpetuare ulteriormente la violenza e a diffondere il messaggio che alcune azioni, se compiute in nome della fede e del credo, possono e devono essere accettate. Ma nulla potrebbe essere più lontano dalla verità. La giustizia, sia a livello nazionale che internazionale, deve garantire che gli autori di atrocità a sfondo religioso siano ritenuti pienamente responsabili dei loro crimini. Tutto questo senza dimenticare che nessuna religione “è terrorista”. I terroristi sono solo questo, terroristi, e non possono essere collegati a nessuna religione, perché, in tal caso, nessuna confessione religiosa sarebbe esente dall’essere considerata tale se guardiamo al passato più o meno recente. 

Viviamo in un mondo sempre più polarizzato, dove la violenza, l’odio e la discriminazione sembrano non conoscere limiti. È quindi fondamentale prendere coscienza e difendere con forza il diritto alla libertà di religione e di credo, in vista di un futuro prossimo in cui nessuno tema di essere perseguitato a causa della propria fede. La fede e il credo non possono essere causa di sofferenza per milioni di persone in tutto il mondo. Come società globale, dobbiamo essere in grado di alzarci e lavorare per la difesa della pace, della libertà e della giustizia come unica alternativa possibile per difendere i diritti umani e l’inviolabile dignità umana di tutte le persone, indipendentemente dalla loro fede e dal loro credo. 

Dobbiamo impegnarci a difendere il diritto alla libertà di religione e di credo di tutte le persone, chiunque esse siano. Nessuno deve essere discriminato o perseguitato per la propria fede e il proprio credo, per averli cambiati o per non averne professato alcuno. La nostra fede e le nostre convinzioni dovrebbero aiutarci a essere migliori, non peggiori. Altrimenti, non hanno alcun senso. 

Cerchiamo di essere migliori, anche se preghiamo in modo diverso.

Uniamoci sotto un’unica preghiera.

Con un’unica anima. 

Per la pace. 

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩

DANS UNE MÊME PRIÈRE.

(Journée internationale du souvenir des victimesd’actes de violence fondés sur la religion ou la conviction)

L’article 18 de la Déclaration universelle des droits de l’homme stipule que « toute personne a droit à la liberté de pensée, de conscience et de religion ». Nous sommes donc en présence d’un droit qui permet de changer de religion et de croyances, de les manifester en public ou en privé, ainsi que par l’éducation, les pratiques cultuelles et l’observation des jours spécialement désignés pour chaque confession. Cependant, ce droit est systématiquement violé dans de nombreuses régions du monde et des millions de personnes souffrent quotidiennement de la violence, de la haine, de la persécution et de la discrimination fondées sur leur foi et leurs convictions. 

Les principales victimes de ces attaques sont les membres des minorités religieuses qui sont continuellement confrontés à des actes de violence et d’intolérance simplement parce qu’ils pratiquent leur foi. En ce sens, les attaques contre différentes communautés religieuses, la destruction de temples et de lieux de culte, les actions d’exclusion sociale et de marginalisation ainsi que le déni des droits les plus fondamentaux et les plus élémentaires causent une immense douleur aux victimes.

Tout au long de l’histoire, l’humanité a été témoin de persécutions religieuses dans le monde entier. Ainsi, les guerres contre les protestants aux XVIe et XVIIe siècles, l’expulsion des Juifs de nombreuses régions du monde ou, plus récemment, la violence contre les minorités religieuses telles que les chrétiens, les musulmans chiites et les Yazidis dans certaines régions du Moyen-Orient ont atteint des niveaux extrêmement alarmants ces dernières années, allant même jusqu’à des actes de génocide. Sans parler des millions de déplacements massifs provoqués par ces positions extrémistes qui cherchent à implanter leur vision de la vie et un modèle spécifique de société par le recours à la violence et à la terreur. 

L’un des cas les plus récents, dans lequel la communauté internationale n’a pas fait grand-chose pour l’empêcher, est la situation des Rohingyas au Myanmar. À la suite d’une campagne brutale de nettoyage ethnique fondée sur la haine religieuse menée par l’armée et la police du pays, de véritables atrocités ont été commises à l’encontre de cette minorité musulmane, qui a subi des mois de viols, de déplacements forcés et de meurtres prémédités. Tout cela a poussé l’Assemblée générale des Nations unies à condamner en 2019 les violations systématiques contre la population rohingya par le gouvernement birman dans ce qui doit clairement être considéré comme un génocide. 

De même, dans plusieurs pays d’Afrique, comme la République centrafricaine, le Soudan et le Nigéria, des violences motivées par la religion ont fait des dizaines de milliers de morts et chassé des millions de personnes de leur foyer. Dans un grand nombre de situations, les niveaux de violence sont accrus pour des raisons ethniques, sociales et politiques, mais il ne fait aucun doute que le facteur religieux est également utilisé pour justifier des actes de barbarie inquiétants. 

Bien entendu, nous ne pouvons pas non plus oublier la situation actuelle de guerre dans la bande de Gaza et contre le peuple palestinien. Si la cause principale avancée par le gouvernement israélien est la lutte contre l’organisation Hamas après les attaques terroristes du 7 octobre 2023, le facteur religieux et le nettoyage ethnique ont été dénoncés à de multiples reprises dans le cadre des accusations formelles de crimes de guerre et de génocide devant la Cour internationale de justice. Aujourd’hui, après 10 mois de guerre, le bilan dépasse les 40 000 morts, dont une grande majorité d’enfants, et les appels à un cessez-le-feu immédiat dans le cadre de négociations difficiles et d’actes de reconnaissance de la Palestine en tant que pays souverain par des pays tels que l’Espagne, l’Irlande et la Norvège sont la seule option possible pour mettre fin à la guerre et au conflit israélo-palestinien qui dure depuis des décennies. 

Il est évident que le respect et le dialogue interreligieux sont essentiels pour œuvrer à un avenir pacifique et à un modèle de société fondé sur la paix et le respect des croyances de chacun. En ce sens, l’éducation joue un rôle fondamental en veillant à ce que les nouvelles générations comprennent l’importance du respect du droit à la liberté de religion et de conviction en tant que caractéristique distinctive de l’énorme diversité culturelle et religieuse de la population mondiale. Une diversité qui ne doit pas être considérée comme une menace, mais comme un élément enrichissant qui contribue à la compréhension et au dialogue entre les religions et les cultures, où toutes les personnes, indépendamment de leur foi et de leurs croyances, devraient se voir garantir l’exercice de tous leurs droits les plus fondamentaux et inhérents. 

Bien entendu, la justice doit toujours prévaloir et les actes de violence fondés sur des approches religieuses fondamentalistes doivent faire l’objet de poursuites et les auteurs doivent être tenus responsables de leurs crimes. Il ne peut y avoir de place pour l’impunité, qui ne fait que contribuer à perpétuer la violence et à diffuser le message selon lequel certains actes, s’ils sont commis au nom de la foi et de la croyance, peuvent et doivent être acceptés. Mais rien n’est plus éloigné de la vérité. La justice, que ce soit au niveau national ou international, doit veiller à ce que les auteurs d’atrocités motivées par la religion soient tenus pleinement responsables de leurs crimes. Tout cela, sans oublier qu’aucune religion « n’est terroriste ». Les terroristes ne sont que des terroristes et ne peuvent être liés à aucune religion car, dans ce cas, aucune confession religieuse ne serait exempte d’être considérée comme telle si l’on se réfère au passé plus ou moins récent. 

Nous vivons dans un monde de plus en plus polarisé où la violence, la haine et la discrimination semblent ne connaître aucune limite. Il est donc crucial que nous prenions conscience du droit à la liberté de religion et de conviction et que nous le défendions fermement, dans la perspective d’un avenir proche où personne ne craindra d’être persécuté en raison de sa foi. La foi et les convictions ne peuvent être la cause de la souffrance de millions de personnes dans le monde. En tant que société mondiale, nous devons être capables de défendre la paix, la liberté et la justice, seule alternative possible pour défendre les droits de l’homme et la dignité humaine inviolable de toutes les personnes, quelles que soient leur foi et leurs croyances. 

Nous devons nous engager à défendre le droit à la liberté de religion et de croyance de chacun, quel qu’il soit. Personne ne doit être isolé ou persécuté pour sa foi et ses convictions, pour en changer ou pour n’en professer aucune. Notre foi et nos croyances doivent nous aider à être meilleurs, et non pires. Sinon, elles n’ont aucun sens. 

Soyons meilleurs, même si nous prions différemment.

Unissons-nous dans une même prière.

Avec une seule âme. 

Pour la paix. 

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷

SOB UMA MESMA ORAÇÃO

(Dia Internacional em Memória das Vítimas de Atos de Violência baseados em Religião ou Crença)

Na Declaração Universal dos Direitos Humanos, afirma-se, em seu artigo 18, que «toda pessoa tem direito à liberdade de pensamento, de consciência e de religião». Assim, nos deparamos com um direito que permite mudar de religião e de crenças, a liberdade de manifestá-las em público ou em privado, bem como através da educação, práticas de culto e observância nos dias especialmente assinalados em cada confissão. No entanto, esse direito é sistematicamente violado em muitas partes do mundo, e milhões de pessoas sofrem diariamente violência, ódio, perseguição e discriminação por causa de sua fé e de suas crenças.

As principais vítimas desses ataques são membros de minorias religiosas que enfrentam continuamente atos de violência e intolerância pelo simples fato de praticarem sua fé. Nesse sentido, os ataques às diferentes comunidades religiosas, a destruição de templos e locais de culto, as ações de exclusão e marginalização social, juntamente com a negação dos direitos mais básicos e elementares, causam imenso sofrimento às vítimas.

Ao longo da história, a humanidade tem sido testemunha de perseguições religiosas em todo o mundo. Assim, as guerras contra os protestantes nos séculos XVI e XVII, a expulsão dos judeus de várias partes do mundo ou, mais recentemente, a violência contra minorias religiosas como cristãos, muçulmanos xiitas e yazidis em algumas regiões do Oriente Médio alcançaram níveis extremamente alarmantes nos últimos anos, chegando, inclusive, a verdadeiros atos de genocídio. Tudo isso sem esquecer os milhões de deslocamentos em massa provocados por aquelas posições extremistas que pretendem impor sua visão de vida e um modelo concreto de sociedade mediante o uso da violência e do terror.

Um dos casos mais recentes, em que a comunidade internacional pouco fez para preveni-lo, foi a situação que afetou os rohingyas em Mianmar. Como consequência de uma brutal campanha de limpeza étnica baseada no ódio religioso, executada pelo exército e pela polícia do país, foram cometidas verdadeiras atrocidades contra essa minoria muçulmana, que foi vítima, durante meses, de estupros, deslocamentos forçados e assassinatos premeditados. Tudo isso levou a que, em 2019, a Assembleia Geral das Nações Unidas condenasse as violações sistemáticas contra a população rohingya pelo governo birmanês em um ato que, a todas as luzes, deve ser considerado genocídio.

Da mesma forma, em vários países da África, como a República Centro-Africana, Sudão e Nigéria, a violência por motivos religiosos causou dezenas de milhares de mortes e milhões de pessoas tiveram que abandonar suas casas. Em um grande número de situações, os níveis de violência aumentam por razões étnicas, sociais e políticas, mas, indubitavelmente, o fator religioso também é utilizado para justificar atos ominosos de barbárie.

Claro, também não podemos esquecer a atual situação de guerra na Faixa de Gaza e contra o povo palestino. Embora a principal causa alegada pelo governo de Israel seja a luta contra a organização Hamas após os ataques terroristas de 7 de outubro de 2023, o fator religioso e a limpeza étnica foram denunciados em múltiplas ocasiões nas acusações formais de crimes de guerra e genocídio perante o Tribunal Internacional de Justiça. Atualmente, após 10 meses de guerra, as vítimas fatais superam os 40.000 mortos, a grande maioria crianças, e é urgente um cessar-fogo imediato em meio a duras negociações e ao reconhecimento de Palestina como país soberano por países como Espanha, Irlanda e Noruega, como a única opção possível para o fim da guerra e do conflito entre Israel e Palestina que dura décadas.

É evidente que o respeito e o diálogo interconfessional são essenciais para trabalharmos por um futuro de paz e por um modelo de sociedade baseado na paz e no respeito às crenças de todas as pessoas. Nesse sentido, a educação desempenha um papel fundamental para que as novas gerações entendam a importância de respeitar o direito à liberdade religiosa e de crenças como traço distintivo da enorme diversidade cultural e religiosa da população global. Uma diversidade que não deve ser considerada uma ameaça, mas um elemento enriquecedor que contribui para o entendimento e o diálogo entre religiões e culturas, onde todas as pessoas, independentemente de sua fé e crenças, devem ter garantido o exercício de todos os seus direitos mais básicos e inerentes.

Claro, a justiça deve sempre prevalecer, e os atos de violência baseados em pressupostos religiosos fundamentalistas devem ser perseguidos, e seus autores devem assumir a responsabilidade por seus crimes. Não pode haver espaço para a impunidade, que só contribui para perpetuar a violência e propagar a ideia de que algumas ações, se realizadas em nome da fé e das crenças, podem e devem ser aceitas. Mas nada mais distante da realidade. A justiça, seja em nível nacional ou internacional, deve garantir que os autores das atrocidades cometidas por motivos religiosos assumam todas as responsabilidades por seus crimes. Tudo isso, sem esquecer que nenhuma religião «é terrorista». Os terroristas são apenas isso, terroristas, e não podem ser vinculados a nenhuma religião, porque, se olharmos para o passado mais ou menos recente, nenhuma confissão religiosa estaria isenta de ser considerada como tal.

Vivemos em um mundo cada vez mais polarizado, onde a violência, o ódio e a discriminação parecem não ter limites. Por isso, é crucial que tomemos consciência e defendamos com firmeza o direito à liberdade religiosa e de crenças, com vistas a um futuro próximo onde nenhuma pessoa tenha medo de ser perseguida por sua fé. A fé e as crenças não podem ser a causa do sofrimento de milhões de pessoas em todo o mundo. Como sociedade global, devemos ser capazes de apostar e trabalhar pela defesa da paz, da liberdade e da justiça como a única alternativa possível para defender os direitos humanos e a dignidade humana inviolável de toda pessoa, independentemente de qual seja sua fé e suas crenças.

Devemos assumir o compromisso de defender o direito à liberdade religiosa e de crenças de toda pessoa, seja quem for. Nenhuma pessoa deve ser apontada ou perseguida por sua fé e suas crenças, por mudá-las ou por não professar nenhuma. Nossa fé e nossas crenças devem nos ajudar a ser melhores, não piores. Caso contrário, nenhuma delas faz sentido.

Sejamos melhores, mesmo que oremos de forma diferente.

Unamo-nos sob uma mesma oração.

Com uma única alma.

Pela paz.

Hagámoslo sin miedo

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽 – Written in 🇬🇧🇺🇸 )

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional de Conmemoración y Homenaje a las Víctimas del Terrorismo)

Sin lugar a dudas, el terrorismo es una de las acciones más atroces y devastadoras, cuya amenaza parece estar siempre latente. Es imposible no recordar a las víctimas al tiempo que intentamos dar respuesta al porqué de la sinrazón terrorista y cómo nos afectan sus consecuencias. Al mismo tiempo, es preciso insistir en un mensaje en favor de la cultura de la paz y en defensa de los derechos humanos. Por eso, contribuir a la sensibilización de la sociedad acerca de lo que supone el terrorismo y cuáles son las consecuencias para las víctimas es esencial para que, como sociedad, permanezcamos unidos y plantemos cara siempre ante quienes quieren instaurar el terror como medio para conseguir sus fines. 

Desde el año 2017, cada 21 de agosto se conmemora el Día Internacional de Conmemoración y Homenaje a las Víctimas del Terrorismo. La celebración de este día tiene como finalidad honrar la memoria y mostrar nuestro apoyo a todas las víctimas del terrorismo. Todo ello sin olvidar la promoción y defensa de los derechos inherentes de todas las personas y su dignidad humana inviolable. Y es que, las víctimas no pueden ser meros datos estadísticos ni tampoco meros destinatarios de simples minutos de silencio que se llevan a cabo por costumbre. 

Cada víctima tiene su propia historia, familia, sueños por alcanzar y vidas enteras que fueron arrebatadas de manera dramática. Así, al reconocer el sufrimiento de todas las víctimas y sus familias, les otorgamos un espacio para el recuerdo en el que, víctimas y familiares, pueden ser escuchados y recibir todo el apoyo que necesitan. Además, debe garantizarse que las víctimas reciban toda la asistencia que necesiten, no solo de tipo médico, sino también psicológica y económica. 

A lo largo de la historia, nunca ha sido fácil ni posible entender qué razones llevan a una persona, o a varias, a cometer este tipo de actos en sus distintas formas de manifestación. En todo caso, siempre hay un denominador común: el uso y la amenaza de la violencia con fines políticos, religiosos e ideológicos. Una violencia que no solo afecta a las víctimas directas, sino a todo el mundo.

Cuando hablamos de víctimas, es obvio que nos referimos, en primer lugar, a quienes han perdido la vida o han sufrido lesiones, tanto físicas como psicológicas, como consecuencia de los actos de violencia. En estos casos, especialmente cuando hay un resultado de muerte, a las víctimas les ha sido arrebatado el derecho humano y fundamental a la vida. En segundo lugar, también debemos considerar a quienes han sufrido serios daños en su integridad física y que, en no pocas ocasiones, las secuelas producto del alcance de las lesiones les acompañarán de manera permanente. Pero, por supuesto, también han de considerarse como víctimas las personas allegadas, familiares y amigos, quienes se ven profundamente afectados por la pérdida y el daño que han sufrido sus seres queridos. Por esta razón, los núcleos sociales en los que han sucedido actos de terrorismo también pueden sufrir las consecuencias de estos actos de terrorismo de forma duradera a través del trauma colectivo, la ruptura del tejido social y, sobre todo, el miedo constante a nuevos actos de violencia terrorista. 

Indudablemente, los actos de terrorismo también pueden acarrear consecuencias políticas, sociales y económicas que, aunque no superan en absoluto el drama de la pérdida de vidas inocentes, afectan a la generalidad de la sociedad e, incluso, a naciones enteras. Así, el terrorismo puede llegar a hacer tambalear gobiernos e instituciones, socavar los pilares de la sociedad a través del miedo y desencadenar una respuesta militar y policial que, con frecuencia, acentúa aún más el conflicto y la ruptura de la convivencia social. De forma paralela, desde una visión puramente económica, los actos de terrorismo pueden afectar la actividad económica de todo el país y afectar profundamente al desarrollo económico y social de las zonas afectadas ahondando, aún más, en la fractura social. 

En las últimas décadas, la comunidad internacional ha jugado un papel esencial en la lucha contra el terrorismo y en la garantía de apoyo hacia las víctimas. Desde las distintas organizaciones internacionales como Naciones Unidas se han adoptado una serie de resoluciones y acuerdos internacionales para prevenir y combatir el terrorismo, en cualquiera de sus formas, y garantizar el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales del conjunto de la población mundial. A fin de cuentas, si el terrorismo es un problema a nivel global, necesita de una respuesta también a nivel global. 

Sin embargo, uno de los grandes desafíos a la hora de poner en marcha medidas eficaces encaminadas a la lucha contra el terrorismo es saber encontrar el punto de equilibrio entre la seguridad de la población y el respeto hacia los derechos humanos. Ciertamente, las medidas antiterroristas han de ser eficaces, pero también deben respetar los textos internacionales en materia de derechos humanos y derechos fundamentales. Por esta razón, es esencial que los Estados no utilicen la lucha contra el terrorismo como forma de justificación de violaciones de derechos humanos, como las detenciones arbitrarias, en encarcelamiento preventivo, la intromisión en la vida privada de la población a través de mecanismos de vigilancia masiva y, por supuesto, mediante el uso de la tortura, la desaparición forzada o el “asesinato de Estado” planificado desde el instituciones de gobierno, servicios de inteligencia o grupos paramilitares. 

Por supuesto, la labor de la sociedad civil y las agrupaciones de víctimas han desempeñado un papel esencial trabajando de forma incansable para dar apoyo a las víctimas, proporcionándoles recursos y todo tipo de asistencia para lograr la garantía efectiva de sus derechos más elementales. Todo ello garantizando que sus voces sean escuchadas en todo momento y que sus necesidades sean cubiertas. Pero, además, desde la sociedad civil, estas organizaciones también contribuyen a trabajar en favor de la memoria de las víctimas a través de actos de conmemoración y conferencias, así como distintas actividades educativas para sensibilizar a la sociedad acerca de la importancia de prevenir los actos de terrorismo y la dura realidad que afecta a las víctimas y sus familias. Por tanto, restituyendo la dignidad de las víctimas, y humanizándolas de nuevo al transmitir sus testimonios y compartir sus historias de dolor más allá de la frialdad de las estadísticas. 

A pesar de todos los esfuerzos que se han llevado a cabo a nivel global, es innegable que el terrorismo aún es una amenaza que persiste y sigue azotando a la población en muchas zonas del mundo. Las distintas formas de terrorismo, sobre todo aquellos actos perpetrados de forma solitaria, junto con el uso de nuevas tecnologías y redes sociales utilizadas para coordinar, captar y radicalizar a quienes llevan a cabo los actos de terror, representan un enorme desafío. Así, resultan especialmente preocupantes los casos de radicalización de personas, algunas de ellas muy jóvenes e, incluso, adolescentes, que sienten una enorme atracción por las ideologías más extremistas.

Con frecuencia, esta radicalización presenta varios factores previos, como la exclusión social, la falta de oportunidades, la criminalización injusta, las agresiones sufridas por los autores como víctimas previas de conductas discriminatorias amparadas en el racismo, la xenofobia, la islamofobia y la exposición constante a discursos radicales, que dan una respuesta fácil a problemas muy complejos de carácter social, lo cual contribuye a la frustración y radicalización previa de las posturas de los autores hasta el punto de conducirles a cometer actos de terrorismo injustificados e indiscriminados. Por este motivo, la lucha preventiva contra la radicalización precisa de un enfoque que contemple varios factores y utilice diferentes herramientas, principalmente la educación dentro de un modelo de respeto y convivencia, la inclusión social y la igualdad de oportunidades, muy especialmente para jóvenes y adultos. 

De forma similar, también hay que seguir abogando por la reintegración de personas excombatientes y de aquellas personas que han sido previamente radicalizadas. No olvidemos que en muchos países resulta particularmente difícil el regreso y la reinserción de veteranos de guerra en su entorno social y familiar para garantizar que no representan ninguna amenaza para aquellas personas que les rodean. Así, todo programa de desradicalización, reeducación y reinclusión social debe ser efectivo además de respetar en todo momento los derechos humanos de las personas directamente involucradas en el programa. 

Siempre ha habido un intenso debate acerca de las numerosas y posibles raíces del terrorismo y sus formas de prevención. Sin lugar a dudas, la promoción de una cultura de paz y de respeto hacia los derechos humanos y derechos fundamentales en esencial. Para ello, la educación se erige como la mejor herramienta. En este sentido, es crucial que los centros educativos de todos los niveles incidan en los valores de la paz, la convivencia y el respeto hacia la diversidad inherente presente en la humanidad. Y es que, la educación es la única vía para neutralizar los discursos de odio y la violencia que se extienden por los diferentes estratos de la sociedad cada vez más polarizada. Una sociedad en la que las nuevas generaciones rechacen toda forma de violencia y apuesten siempre por la resolución pacífica de cualquier conflicto. Porque la sociedad en su conjunto debe ser capaz de crear un entorno y espacio seguro para que todas las personas se sientan plenamente incluidas, valoradas, validadas, respetadas y en igualdad de oportunidades. De lo contrario, la exclusión social y la marginación seguirán contribuyendo a la radicalización, principalmente de jóvenes, 

Quienes han sufrido el terrorismo en su propia piel merecen respeto y ser honradas y dignificadas por el conjunto de la sociedad. La violencia y el terrorismo no pueden tener cabida en nuestras vidas y debemos renovar nuestro compromiso con la paz, la libertad y la justicia. 

Debemos proteger la memoria de las víctimas y seguir luchando contra el terrorismo en cualquiera de sus formas. Solo así estaremos rindiendo el homenaje que merecen quienes perdieron la vida bajo la sinrazón la barbarie y trasladaremos un claro mensaje a las nuevas generaciones. 

Prevenir el terrorismo y la violencia es una tarea que nos corresponde como sociedad. 

La esperanza en un mundo mejor y más seguro es posible. 

Hagámoslo realidad. 

Sin miedo. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

LET’S DO IT WITHOUT FEAR

(International Day of Remembrance and Tribute to the Victims of Terrorism)

Undoubtedly, terrorism is one of the most heinous and devastating actions, the threat of which seems to be ever-present. It is impossible not to remember the victims while at the same time trying to answer why terrorism is so senseless and how its consequences affect us. At the same time, it is necessary to insist on a message in favour of the culture of peace and in defence of human rights. That is why it is essential to contribute to raising society’s awareness of what terrorism entails and what the consequences are for the victims so that, as a society, we remain united and always stand up to those who want to use terror as a means to achieve their ends.

Since 2017, the International Day of Remembrance and Tribute to the Victims of Terrorism has been commemorated every 21 August. The purpose of this day is to honour the memory of and show our support for all victims of terrorism. All this without forgetting the promotion and defence of the inherent rights of all people and their inviolable human dignity. Victims cannot be mere statistics, nor can they be mere recipients of mere minutes of silence that are carried out out out of habit.

Each victim has his or her own story, family, dreams to achieve and entire lives that were dramatically taken away. Thus, by acknowledging the suffering of all victims and their families, we give them a space for remembrance in which victims and their families can be heard and receive all the support they need. In addition, it must be ensured that victims receive all the assistance they need, not only medical, but also psychological and financial.

Throughout history, it has never been easy or possible to understand what reasons lead a person, or several people, to commit such acts in their various forms of manifestation. In any case, there is always a common denominator: the use and threat of violence for political, religious and ideological purposes. Violence that affects not only the direct victims, but everyone.

When we speak of victims, it is obvious that we are referring, first and foremost, to those who have lost their lives or suffered injuries, both physical and psychological, as a result of acts of violence. In these cases, especially when the result is death, the victims have been deprived of their fundamental human right to life. Secondly, we must also consider those who have suffered serious damage to their physical integrity and who, more often than not, will be permanently affected by the after-effects of the extent of their injuries. But, of course, the people close to them, their relatives and friends, who are deeply affected by the loss and damage suffered by their loved ones, must also be considered as victims. For this reason, the social nuclei in which acts of terrorism have occurred may also suffer the consequences of these acts of terrorism in a lasting way through collective trauma, the rupture of the social fabric and, above all, the constant fear of further acts of terrorist violence.

Undoubtedly, acts of terrorism can also have political, social and economic consequences which, while by no means outweighing the drama of the loss of innocent lives, affect society as a whole and even entire nations. Thus, terrorism can shake governments and institutions, undermine the pillars of society through fear and trigger a military and police response that often further accentuates conflict and the breakdown of social coexistence. At the same time, from a purely economic point of view, acts of terrorism can affect the economic activity of the entire country and profoundly affect the economic and social development of the affected areas, further deepening the social fracture.

In recent decades, the international community has played an essential role in the fight against terrorism and in guaranteeing support for the victims. Various international organisations such as the United Nations have adopted a series of resolutions and international agreements to prevent and combat terrorism, in any form, and to guarantee respect for the human rights and fundamental freedoms of the world’s population. Ultimately, if terrorism is a global problem, it needs a global response.

However, one of the major challenges in implementing effective counter-terrorism measures is to strike a balance between the security of the population and respect for human rights. Counter-terrorism measures must be effective, but they must also respect international human rights and fundamental rights texts. For this reason, it is essential that states do not use the fight against terrorism as a means of justifying human rights violations, such as arbitrary arrests, preventive detention, intrusion into the private lives of the population through mass surveillance mechanisms and, of course, through the use of torture, forced disappearance or ‘state assassination’ planned by government institutions, intelligence services or paramilitary groups.

Of course, the work of civil society and victims’ groups has played an essential role, working tirelessly to support victims, providing them with resources and all kinds of assistance to achieve the effective guarantee of their most basic rights. All of this guarantees that their voices are heard at all times and that their needs are met. But, in addition, from civil society, these organisations also contribute to work in favour of the memory of the victims through commemoration events and conferences, as well as different educational activities to raise awareness in society about the importance of preventing acts of terrorism and the harsh reality that affects the victims and their families. Thus, restoring the dignity of the victims, and re-humanising them by conveying their testimonies and sharing their stories of pain beyond the coldness of statistics.

Despite all the efforts that have been made at the global level, it is undeniable that terrorism is still a persistent threat that continues to plague people in many parts of the world. The various forms of terrorism, especially those perpetrated alone, together with the use of new technologies and social networks used to coordinate, recruit and radicalise those who carry out acts of terror, represent an enormous challenge. Of particular concern are the cases of radicalisation of individuals, some of them very young and even teenagers, who are strongly attracted to the most extremist ideologies.

Frequently, this radicalisation is preceded by several factors, such as social exclusion, lack of opportunities, unfair criminalisation, aggressions suffered by the perpetrators as previous victims of discriminatory behaviour based on racism, xenophobia, Islamophobia and constant exposure to radical discourses, which give an easy answer to very complex social problems, contributing to the previous frustration and radicalisation of the perpetrators’ positions to the point of leading them to commit unjustified and indiscriminate acts of terrorism. For this reason, the preventive fight against radicalisation requires an approach that considers several factors and uses different tools, mainly education within a model of respect and coexistence, social inclusion and equal opportunities, especially for young people and adults.

Similarly, we must also continue to advocate for the reintegration of ex-combatants and those who have been previously radicalised. Let us not forget that in many countries it is particularly difficult for war veterans to return and reintegrate into their social and family environment to ensure that they pose no threat to those around them. Thus, any de-radicalisation, re-education and social reintegration programme must be effective and respect the human rights of those directly involved in the programme at all times.

There has always been an intense debate about the many possible roots of terrorism and ways to prevent it. Undoubtedly, the promotion of a culture of peace and respect for human rights and fundamental rights is essential. To this end, education is the best tool. In this sense, it is crucial that educational centres at all levels stress the values of peace, coexistence and respect for the inherent diversity present in humanity. Education is the only way to neutralise the hate speech and violence that is spreading through the different strata of an increasingly polarised society. A society in which the new generations reject all forms of violence and are always committed to the peaceful resolution of any conflict. Because society as a whole must be able to create a safe environment and space for all people to feel fully included, valued, validated, respected and with equal opportunities. Otherwise, social exclusion and marginalisation will continue to contribute to radicalisation, especially of young people.

Those who have suffered terrorism on their own skin deserve respect and to be honoured and dignified by society as a whole. Violence and terrorism have no place in our lives and we must renew our commitment to peace, freedom and justice.

We must protect the memory of the victims and continue to fight terrorism in all its forms. Only in this way will we be paying the tribute that those who lost their lives under the unreason and barbarity deserve, and we will send a clear message to the new generations.

Preventing terrorism and violence is our task as a society.

Hope for a better and safer world is possible.

Let us make it a reality.

Without fear.