Bajo una misma oración

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸 Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas de Actos de Violencia Basados en la Religión o las Creencias)

En la Declaración Universal de los Derechos Humanos, se afirma, en su artículo 18 que «toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión». Así, nos encontramos ante un derecho que permite cambiar de religión y de creencias, la libertad de manifestarlas en público o en privado, así como a través de la educación, prácticas de culto y observancia en los días especialmente señalados en cada confesión. Sin embargo, este derecho es vulnerado de manera sistemática en muchas partes del mundo y millones de personas sufren a diario la violencia, el odio, la persecución y la discriminación por razón de su fe y de sus creencias. 

Las principales víctimas de estos ataques son miembros de minorías religiosas que enfrentan de forma continua actos de violencia e intolerancia por el mero hecho de practicar su fe. En este sentido, los ataques a las diferentes comunidades religiosas, la destrucción de templos y lugares de culto, las acciones de exclusión y marginación social junto con la negación de los derechos más básicos y elementales, acarrean un inmenso dolor a las víctimas.

A lo largo de la historia, la humanidad ha sido testigo de persecuciones religiosas en todo el mundo. Así, las guerras contra los protestantes en durante los siglos XVI y XVII, la expulsión de los judíos de numerosas partes del mundo o, más recientemente, la violencia contra las minorías religiosas como cristianos, musulmanes chiitas y yazidíes en algunas zonas de Oriente Medio han alcanzado niveles extremadamente alarmantes en los últimos años, llegando, incluso, a verdaderos actos de genocidio. Todo ello, sin olvidar los millones de desplazamientos masivos provocados por aquellas posiciones extremistas que pretenden implantar su visión de la vida y de un modelo concreto de sociedad mediante el uso de la violencia y el terror. 

Uno de los casos más recientes, en el cual la comunidad internacional apenas hizo nada al respecto para prevenirlo, fue la situación que afectó a los rohingyas en Myanmar. Como consecuencia de una brutal campaña de limpieza étnica basada en el odio religioso ejecutada por el ejército y la policía del país y  se cometieron verdaderas atrocidades en contra de esta minoría musulmana que fue víctima durante meses de violaciones, desplazamientos forzados y asesinatos premeditados. Todo ello motivó que en 2019 la Asamblea General de Naciones Unidas condenara las violaciones sistemáticas hacia la población rohingya por parte del gobierno birmano en lo que, a todas luces, ha de considerarse como genocidio. 

Igualmente, en varios países de África, como la República Centroafricana, Sudán y Nigeria, la violencia por razones religiosas se ha cobrado decenas de miles de muertos y millones de personas han tenido que abandonar sus hogares. En un gran número de situaciones, los niveles de violencia se incrementan por razones étnicas, sociales y políticas, pero, indudablemente, el factor religioso también es utilizado para justificar ominosos actos de barbarie. 

Por supuesto, tampoco podemos olvidar la actual situación de guerra que se vive en la Franja de Gaza y en contra del Pueblo Palestino. Aunque la principal causa esgrimida por el Gobierno de Israel es la lucha contra la organización Hamás tras los ataques terroristas del pasado 7 de octubre de 2023, el factor religioso y de limpieza étnica han sido denunciados en múltiples ocasiones dentro de las acusaciones formales de crímenes de guerra y genocidio ante la Corte Internacional de Justicia. En la actualidad, tras 10 meses de guerra, las víctimas mortales superan los 40.000 muertos, la gran mayoría de ellos niños, y se aboga por un alto el fuego inmediato entre duras negociaciones y actos de reconocimiento de Palestina como país soberano por países como España, Irlanda y Noruega como única opción posible para el final de la guerra y del conflicto entre Israel y Palestina desde hace décadas. 

Es evidente que el respeto y el diálogo intercofesional son esenciales para poder trabajar por un futuro de paz y bajo un modelo de sociedad basado en la paz y el respeto a las creencias de toda persona. En este sentido, la educación juega un papel fundamental para que las nuevas generaciones entiendan la importancia de respetar el derecho a la libertad religiosa y de creencias como rasgo distintivo de la enorme diversidad cultural y religiosa de la población a nivel global. Una diversidad que no debe ser considerada como una amenaza sino como un elemento enriquecedor que contribuye al entendimiento y al diálogo entre religiones y culturas donde todas las personas, con independencia de su fe y creencias, deben tener garantizado el ejercicio de todos sus derechos más básicos e inherentes. 

Por supuesto, la justicia debe imperar siempre y los actos de violencia basados en los planteamientos religiosos fundamentalistas deben ser perseguidos y sus autores deben asumir la responsabilidad de sus crímenes. No puede haber espacio alguno para la impunidad que solo contribuye a que se siga perpetuando la violencia y que se extienda el mensaje de que algunas acciones, si se realizan en nombre de la fe y las creencias, pueden y deben ser aceptadas. Pero nada más lejos de la realidad. La justicia, ya sea a nivel nacional o internacional, debe garantizar que los autores de las atrocidades cometidas por motivos religiosos asuman todas las responsabilidades por sus crímenes. Todo ello, sin olvidar que ninguna religión “es terrorista”. Los terroristas solo son eso, terroristas, y no pueden vincularse a ninguna religión, porque, en tal caso, ninguna confesión religiosa estaría exenta de ser considerada como tal si miramos al pasado más o menos reciente. 

Vivimos en un mundo cada vez más polarizado donde la violencia, el odio y la discriminación parecen no tener límites. Por eso, es crucial que tomemos conciencia y defendamos con firmeza el derecho a la libertad religiosa y de creencias con vistas a un futuro próximo donde ninguna persona tenga miedo de ser perseguida por razón de su fe. La fe y las creencias no pueden ser causa del sufrimiento de millones de personas en todo el mundo. Como sociedad global, hemos de ser capaces de apostar y trabajar por la defensa de la paz, la libertad y la justicia como única alternativa posible para defender los derechos humanos y la dignidad humana inviolable de toda persona con independencia de cuál sea su fe y sus creencias. 

Debemos asumir el compromiso de defender el derecho a la libertad religiosa y de creencias de toda persona, sea quien sea. Ninguna persona debe verse señalada ni perseguida por su fe y sus creencias, por cambiarlas o por no profesar ninguna. Nuestra fe y nuestras creencias deben ayudarnos a ser mejores, no peores. De lo contrario, ninguna de ellas tiene sentido. 

Seamos mejores, aunque recemos de forma diferente.

Unámonos bajo una misma oración.

Con una única alma. 

Por la paz. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸

UNDER A SINGLE PRAYER

(International Day Commemorating the Victims of Acts of Violence Based on Religion or Belief)

The Universal Declaration of Human Rights states in Article 18 that ‘everyone has the right to freedom of thought, conscience and religion’. Thus, we are faced with a right that allows for a change of religion and beliefs, the freedom to manifest them in public or in private, as well as through education, worship practices and observance of the specially designated days of each confession. However, this right is systematically violated in many parts of the world and millions of people suffer daily from violence, hatred, persecution and discrimination on the basis of their faith and beliefs. 

The main victims of these attacks are members of religious minorities who continuously face acts of violence and intolerance simply because they practise their faith. In this sense, attacks on different religious communities, the destruction of temples and places of worship, actions of social exclusion and marginalisation together with the denial of the most basic and elementary rights, bring immense pain to the victims.

Throughout history, humanity has witnessed religious persecutions all over the world. Thus, the wars against Protestants in the 16th and 17th centuries, the expulsion of Jews from many parts of the world or, more recently, violence against religious minorities such as Christians, Shiite Muslims and Yazidis in parts of the Middle East have reached extremely alarming levels in recent years, even amounting to acts of genocide. Not to mention the millions of mass displacements caused by those extremist positions that seek to implant their vision of life and a specific model of society through the use of violence and terror. 

One of the most recent cases, in which the international community did little to prevent it, was the situation affecting the Rohingyas in Myanmar. As a result of a brutal campaign of ethnic cleansing based on religious hatred carried out by the country’s army and police, real atrocities were committed against this Muslim minority, which was subjected to months of rape, forced displacement and premeditated killings. All of this prompted the United Nations General Assembly in 2019 to condemn the systematic violations against the Rohingya population by the Burmese government in what is clearly to be considered genocide. 

Similarly, in several African countries, such as the Central African Republic, Sudan and Nigeria, religiously motivated violence has claimed tens of thousands of lives and driven millions of people from their homes. In a large number of situations, levels of violence are increased for ethnic, social and political reasons, but, undoubtedly, the religious factor is also used to justify ominous acts of barbarism. 

Nor, of course, can we forget the current situation of war in the Gaza Strip and against the Palestinian people. Although the main cause put forward by the Israeli government is the fight against the Hamas organisation after the terrorist attacks of 7 October 2023, the religious factor and ethnic cleansing have been denounced on multiple occasions as part of the formal accusations of war crimes and genocide before the International Court of Justice. Today, after 10 months of war, the death toll exceeds 40,000 dead, the vast majority of them children, and calls for an immediate ceasefire amidst tough negotiations and acts of recognition of Palestine as a sovereign country by countries such as Spain, Ireland and Norway are the only possible option for an end to the war and the decades-long Israeli-Palestinian conflict. 

It is clear that respect and interfaith dialogue are essential in order to work for a peaceful future and under a model of society based on peace and respect for the beliefs of all people. In this sense, education plays a fundamental role in ensuring that new generations understand the importance of respecting the right to freedom of religion and belief as a distinctive feature of the enormous cultural and religious diversity of the global population. A diversity that should not be seen as a threat but as an enriching element that contributes to understanding and dialogue between religions and cultures where all people, regardless of their faith and beliefs, should be guaranteed the exercise of all their most basic and inherent rights. 

Of course, justice must always prevail and acts of violence based on fundamentalist religious approaches must be prosecuted and the perpetrators must be held accountable for their crimes. There can be no room for impunity, which only contributes to further perpetuating violence and spreading the message that some actions, if carried out in the name of faith and belief, can and should be accepted. But nothing could be further from the truth. Justice, whether at the national or international level, must ensure that perpetrators of religiously motivated atrocities are held fully accountable for their crimes. All this, without forgetting that no religion ‘is a terrorist’. Terrorists are just that, terrorists, and cannot be linked to any religion, because, in that case, no religious denomination would be exempt from being considered as such if we look at the more or less recent past. 

We live in an increasingly polarised world where violence, hatred and discrimination seem to know no bounds. It is therefore crucial that we become aware of and strongly defend the right to freedom of religion and belief with a view to a near future where no one fears persecution on the basis of their faith. Faith and belief cannot be the cause of suffering for millions of people around the world. As a global society, we must be able to stand up and work for the defence of peace, freedom and justice as the only possible alternative to defend human rights and the inviolable human dignity of all people regardless of their faith and beliefs. 

We must be committed to defending the right to freedom of religion and belief of everyone, whoever they may be. No one should be singled out or persecuted for their faith and beliefs, for changing them or for professing none. Our faith and beliefs should help us to be better, not worse. Otherwise, none of them make any sense. 

Let us be better, even if we pray differently.

Let us unite under a single prayer.

with a single soul. 

For peace. 

🇮🇹ITALIANO🇸🇲

SOTTO UN’UNICA PREGHIERA.

(Giornata internazionale per la commemorazione delle vittime di atti di violenza basati sulla religione o sul credo)

L’articolo 18 della Dichiarazione universale dei diritti umani afferma che “ogni individuo ha diritto alla libertà di pensiero, di coscienza e di religione”. Ci troviamo quindi di fronte a un diritto che consente di cambiare religione e credo, di manifestarli liberamente in pubblico o in privato, così come attraverso l’istruzione, le pratiche di culto e l’osservanza dei giorni appositamente designati per ogni confessione. Tuttavia, questo diritto è sistematicamente violato in molte parti del mondo e milioni di persone soffrono quotidianamente di violenza, odio, persecuzione e discriminazione sulla base della loro fede e del loro credo. 

Le principali vittime di questi attacchi sono i membri delle minoranze religiose, che subiscono continuamente atti di violenza e intolleranza per il solo fatto di praticare la propria fede. In questo senso, gli attacchi alle diverse comunità religiose, la distruzione di templi e luoghi di culto, le azioni di esclusione sociale e di emarginazione, insieme alla negazione dei diritti più basilari ed elementari, portano immenso dolore alle vittime.

Nel corso della storia, l’umanità ha assistito a persecuzioni religiose in tutto il mondo. Così, le guerre contro i protestanti nel XVI e XVII secolo, l’espulsione degli ebrei da molte parti del mondo o, più recentemente, la violenza contro le minoranze religiose come i cristiani, i musulmani sciiti e gli yazidi in alcune zone del Medio Oriente hanno raggiunto negli ultimi anni livelli estremamente allarmanti, fino ad arrivare ad atti di genocidio. Per non parlare dei milioni di sfollati di massa causati da quelle posizioni estremiste che cercano di impiantare la loro visione della vita e uno specifico modello di società attraverso l’uso della violenza e del terrore. 

Uno dei casi più recenti, in cui la comunità internazionale ha fatto ben poco per impedirlo, è la situazione dei Rohingya in Myanmar. A seguito di una brutale campagna di pulizia etnica basata sull’odio religioso portata avanti dall’esercito e dalla polizia del Paese, sono state commesse vere e proprie atrocità contro questa minoranza musulmana, sottoposta a mesi di stupri, sfollamenti forzati e uccisioni premeditate. Tutto ciò ha spinto l’Assemblea generale delle Nazioni Unite nel 2019 a condannare le sistematiche violazioni contro la popolazione Rohingya da parte del governo birmano in quello che è chiaramente da considerarsi un genocidio. 

Allo stesso modo, in diversi Paesi africani, come la Repubblica Centrafricana, il Sudan e la Nigeria, la violenza a sfondo religioso ha provocato decine di migliaia di vittime e allontanato milioni di persone dalle loro case. In un gran numero di situazioni, i livelli di violenza sono aumentati per motivi etnici, sociali e politici, ma, indubbiamente, anche il fattore religioso viene utilizzato per giustificare infausti atti di barbarie. 

Né, ovviamente, possiamo dimenticare l’attuale situazione di guerra nella Striscia di Gaza e contro il popolo palestinese. Sebbene la causa principale addotta dal governo israeliano sia la lotta contro l’organizzazione di Hamas dopo gli attacchi terroristici del 7 ottobre 2023, il fattore religioso e la pulizia etnica sono stati denunciati in più occasioni come parte delle accuse formali di crimini di guerra e genocidio davanti alla Corte internazionale di giustizia. Oggi, dopo 10 mesi di guerra, il bilancio delle vittime supera i 40.000 morti, la stragrande maggioranza dei quali bambini, e gli appelli per un cessate il fuoco immediato, tra duri negoziati e atti di riconoscimento della Palestina come Paese sovrano da parte di Paesi come Spagna, Irlanda e Norvegia, sono l’unica opzione possibile per porre fine alla guerra e al decennale conflitto israelo-palestinese. 

È chiaro che il rispetto e il dialogo interreligioso sono essenziali per lavorare a un futuro di pace e a un modello di società basato sulla pace e sul rispetto delle convinzioni di tutti. In questo senso, l’educazione gioca un ruolo fondamentale nel garantire che le nuove generazioni comprendano l’importanza di rispettare il diritto alla libertà di religione e di credo come caratteristica distintiva dell’enorme diversità culturale e religiosa della popolazione globale. Una diversità che non deve essere vista come una minaccia, ma come un elemento di arricchimento che contribuisce alla comprensione e al dialogo tra le religioni e le culture, dove a tutte le persone, indipendentemente dalla loro fede e dal loro credo, deve essere garantito l’esercizio di tutti i loro diritti più basilari e intrinseci. 

Naturalmente, la giustizia deve sempre prevalere e gli atti di violenza basati su approcci religiosi fondamentalisti devono essere perseguiti e gli autori devono rispondere dei loro crimini. Non ci può essere spazio per l’impunità, che contribuisce solo a perpetuare ulteriormente la violenza e a diffondere il messaggio che alcune azioni, se compiute in nome della fede e del credo, possono e devono essere accettate. Ma nulla potrebbe essere più lontano dalla verità. La giustizia, sia a livello nazionale che internazionale, deve garantire che gli autori di atrocità a sfondo religioso siano ritenuti pienamente responsabili dei loro crimini. Tutto questo senza dimenticare che nessuna religione “è terrorista”. I terroristi sono solo questo, terroristi, e non possono essere collegati a nessuna religione, perché, in tal caso, nessuna confessione religiosa sarebbe esente dall’essere considerata tale se guardiamo al passato più o meno recente. 

Viviamo in un mondo sempre più polarizzato, dove la violenza, l’odio e la discriminazione sembrano non conoscere limiti. È quindi fondamentale prendere coscienza e difendere con forza il diritto alla libertà di religione e di credo, in vista di un futuro prossimo in cui nessuno tema di essere perseguitato a causa della propria fede. La fede e il credo non possono essere causa di sofferenza per milioni di persone in tutto il mondo. Come società globale, dobbiamo essere in grado di alzarci e lavorare per la difesa della pace, della libertà e della giustizia come unica alternativa possibile per difendere i diritti umani e l’inviolabile dignità umana di tutte le persone, indipendentemente dalla loro fede e dal loro credo. 

Dobbiamo impegnarci a difendere il diritto alla libertà di religione e di credo di tutte le persone, chiunque esse siano. Nessuno deve essere discriminato o perseguitato per la propria fede e il proprio credo, per averli cambiati o per non averne professato alcuno. La nostra fede e le nostre convinzioni dovrebbero aiutarci a essere migliori, non peggiori. Altrimenti, non hanno alcun senso. 

Cerchiamo di essere migliori, anche se preghiamo in modo diverso.

Uniamoci sotto un’unica preghiera.

Con un’unica anima. 

Per la pace. 

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩

DANS UNE MÊME PRIÈRE.

(Journée internationale du souvenir des victimesd’actes de violence fondés sur la religion ou la conviction)

L’article 18 de la Déclaration universelle des droits de l’homme stipule que « toute personne a droit à la liberté de pensée, de conscience et de religion ». Nous sommes donc en présence d’un droit qui permet de changer de religion et de croyances, de les manifester en public ou en privé, ainsi que par l’éducation, les pratiques cultuelles et l’observation des jours spécialement désignés pour chaque confession. Cependant, ce droit est systématiquement violé dans de nombreuses régions du monde et des millions de personnes souffrent quotidiennement de la violence, de la haine, de la persécution et de la discrimination fondées sur leur foi et leurs convictions. 

Les principales victimes de ces attaques sont les membres des minorités religieuses qui sont continuellement confrontés à des actes de violence et d’intolérance simplement parce qu’ils pratiquent leur foi. En ce sens, les attaques contre différentes communautés religieuses, la destruction de temples et de lieux de culte, les actions d’exclusion sociale et de marginalisation ainsi que le déni des droits les plus fondamentaux et les plus élémentaires causent une immense douleur aux victimes.

Tout au long de l’histoire, l’humanité a été témoin de persécutions religieuses dans le monde entier. Ainsi, les guerres contre les protestants aux XVIe et XVIIe siècles, l’expulsion des Juifs de nombreuses régions du monde ou, plus récemment, la violence contre les minorités religieuses telles que les chrétiens, les musulmans chiites et les Yazidis dans certaines régions du Moyen-Orient ont atteint des niveaux extrêmement alarmants ces dernières années, allant même jusqu’à des actes de génocide. Sans parler des millions de déplacements massifs provoqués par ces positions extrémistes qui cherchent à implanter leur vision de la vie et un modèle spécifique de société par le recours à la violence et à la terreur. 

L’un des cas les plus récents, dans lequel la communauté internationale n’a pas fait grand-chose pour l’empêcher, est la situation des Rohingyas au Myanmar. À la suite d’une campagne brutale de nettoyage ethnique fondée sur la haine religieuse menée par l’armée et la police du pays, de véritables atrocités ont été commises à l’encontre de cette minorité musulmane, qui a subi des mois de viols, de déplacements forcés et de meurtres prémédités. Tout cela a poussé l’Assemblée générale des Nations unies à condamner en 2019 les violations systématiques contre la population rohingya par le gouvernement birman dans ce qui doit clairement être considéré comme un génocide. 

De même, dans plusieurs pays d’Afrique, comme la République centrafricaine, le Soudan et le Nigéria, des violences motivées par la religion ont fait des dizaines de milliers de morts et chassé des millions de personnes de leur foyer. Dans un grand nombre de situations, les niveaux de violence sont accrus pour des raisons ethniques, sociales et politiques, mais il ne fait aucun doute que le facteur religieux est également utilisé pour justifier des actes de barbarie inquiétants. 

Bien entendu, nous ne pouvons pas non plus oublier la situation actuelle de guerre dans la bande de Gaza et contre le peuple palestinien. Si la cause principale avancée par le gouvernement israélien est la lutte contre l’organisation Hamas après les attaques terroristes du 7 octobre 2023, le facteur religieux et le nettoyage ethnique ont été dénoncés à de multiples reprises dans le cadre des accusations formelles de crimes de guerre et de génocide devant la Cour internationale de justice. Aujourd’hui, après 10 mois de guerre, le bilan dépasse les 40 000 morts, dont une grande majorité d’enfants, et les appels à un cessez-le-feu immédiat dans le cadre de négociations difficiles et d’actes de reconnaissance de la Palestine en tant que pays souverain par des pays tels que l’Espagne, l’Irlande et la Norvège sont la seule option possible pour mettre fin à la guerre et au conflit israélo-palestinien qui dure depuis des décennies. 

Il est évident que le respect et le dialogue interreligieux sont essentiels pour œuvrer à un avenir pacifique et à un modèle de société fondé sur la paix et le respect des croyances de chacun. En ce sens, l’éducation joue un rôle fondamental en veillant à ce que les nouvelles générations comprennent l’importance du respect du droit à la liberté de religion et de conviction en tant que caractéristique distinctive de l’énorme diversité culturelle et religieuse de la population mondiale. Une diversité qui ne doit pas être considérée comme une menace, mais comme un élément enrichissant qui contribue à la compréhension et au dialogue entre les religions et les cultures, où toutes les personnes, indépendamment de leur foi et de leurs croyances, devraient se voir garantir l’exercice de tous leurs droits les plus fondamentaux et inhérents. 

Bien entendu, la justice doit toujours prévaloir et les actes de violence fondés sur des approches religieuses fondamentalistes doivent faire l’objet de poursuites et les auteurs doivent être tenus responsables de leurs crimes. Il ne peut y avoir de place pour l’impunité, qui ne fait que contribuer à perpétuer la violence et à diffuser le message selon lequel certains actes, s’ils sont commis au nom de la foi et de la croyance, peuvent et doivent être acceptés. Mais rien n’est plus éloigné de la vérité. La justice, que ce soit au niveau national ou international, doit veiller à ce que les auteurs d’atrocités motivées par la religion soient tenus pleinement responsables de leurs crimes. Tout cela, sans oublier qu’aucune religion « n’est terroriste ». Les terroristes ne sont que des terroristes et ne peuvent être liés à aucune religion car, dans ce cas, aucune confession religieuse ne serait exempte d’être considérée comme telle si l’on se réfère au passé plus ou moins récent. 

Nous vivons dans un monde de plus en plus polarisé où la violence, la haine et la discrimination semblent ne connaître aucune limite. Il est donc crucial que nous prenions conscience du droit à la liberté de religion et de conviction et que nous le défendions fermement, dans la perspective d’un avenir proche où personne ne craindra d’être persécuté en raison de sa foi. La foi et les convictions ne peuvent être la cause de la souffrance de millions de personnes dans le monde. En tant que société mondiale, nous devons être capables de défendre la paix, la liberté et la justice, seule alternative possible pour défendre les droits de l’homme et la dignité humaine inviolable de toutes les personnes, quelles que soient leur foi et leurs croyances. 

Nous devons nous engager à défendre le droit à la liberté de religion et de croyance de chacun, quel qu’il soit. Personne ne doit être isolé ou persécuté pour sa foi et ses convictions, pour en changer ou pour n’en professer aucune. Notre foi et nos croyances doivent nous aider à être meilleurs, et non pires. Sinon, elles n’ont aucun sens. 

Soyons meilleurs, même si nous prions différemment.

Unissons-nous dans une même prière.

Avec une seule âme. 

Pour la paix. 

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷

SOB UMA MESMA ORAÇÃO

(Dia Internacional em Memória das Vítimas de Atos de Violência baseados em Religião ou Crença)

Na Declaração Universal dos Direitos Humanos, afirma-se, em seu artigo 18, que «toda pessoa tem direito à liberdade de pensamento, de consciência e de religião». Assim, nos deparamos com um direito que permite mudar de religião e de crenças, a liberdade de manifestá-las em público ou em privado, bem como através da educação, práticas de culto e observância nos dias especialmente assinalados em cada confissão. No entanto, esse direito é sistematicamente violado em muitas partes do mundo, e milhões de pessoas sofrem diariamente violência, ódio, perseguição e discriminação por causa de sua fé e de suas crenças.

As principais vítimas desses ataques são membros de minorias religiosas que enfrentam continuamente atos de violência e intolerância pelo simples fato de praticarem sua fé. Nesse sentido, os ataques às diferentes comunidades religiosas, a destruição de templos e locais de culto, as ações de exclusão e marginalização social, juntamente com a negação dos direitos mais básicos e elementares, causam imenso sofrimento às vítimas.

Ao longo da história, a humanidade tem sido testemunha de perseguições religiosas em todo o mundo. Assim, as guerras contra os protestantes nos séculos XVI e XVII, a expulsão dos judeus de várias partes do mundo ou, mais recentemente, a violência contra minorias religiosas como cristãos, muçulmanos xiitas e yazidis em algumas regiões do Oriente Médio alcançaram níveis extremamente alarmantes nos últimos anos, chegando, inclusive, a verdadeiros atos de genocídio. Tudo isso sem esquecer os milhões de deslocamentos em massa provocados por aquelas posições extremistas que pretendem impor sua visão de vida e um modelo concreto de sociedade mediante o uso da violência e do terror.

Um dos casos mais recentes, em que a comunidade internacional pouco fez para preveni-lo, foi a situação que afetou os rohingyas em Mianmar. Como consequência de uma brutal campanha de limpeza étnica baseada no ódio religioso, executada pelo exército e pela polícia do país, foram cometidas verdadeiras atrocidades contra essa minoria muçulmana, que foi vítima, durante meses, de estupros, deslocamentos forçados e assassinatos premeditados. Tudo isso levou a que, em 2019, a Assembleia Geral das Nações Unidas condenasse as violações sistemáticas contra a população rohingya pelo governo birmanês em um ato que, a todas as luzes, deve ser considerado genocídio.

Da mesma forma, em vários países da África, como a República Centro-Africana, Sudão e Nigéria, a violência por motivos religiosos causou dezenas de milhares de mortes e milhões de pessoas tiveram que abandonar suas casas. Em um grande número de situações, os níveis de violência aumentam por razões étnicas, sociais e políticas, mas, indubitavelmente, o fator religioso também é utilizado para justificar atos ominosos de barbárie.

Claro, também não podemos esquecer a atual situação de guerra na Faixa de Gaza e contra o povo palestino. Embora a principal causa alegada pelo governo de Israel seja a luta contra a organização Hamas após os ataques terroristas de 7 de outubro de 2023, o fator religioso e a limpeza étnica foram denunciados em múltiplas ocasiões nas acusações formais de crimes de guerra e genocídio perante o Tribunal Internacional de Justiça. Atualmente, após 10 meses de guerra, as vítimas fatais superam os 40.000 mortos, a grande maioria crianças, e é urgente um cessar-fogo imediato em meio a duras negociações e ao reconhecimento de Palestina como país soberano por países como Espanha, Irlanda e Noruega, como a única opção possível para o fim da guerra e do conflito entre Israel e Palestina que dura décadas.

É evidente que o respeito e o diálogo interconfessional são essenciais para trabalharmos por um futuro de paz e por um modelo de sociedade baseado na paz e no respeito às crenças de todas as pessoas. Nesse sentido, a educação desempenha um papel fundamental para que as novas gerações entendam a importância de respeitar o direito à liberdade religiosa e de crenças como traço distintivo da enorme diversidade cultural e religiosa da população global. Uma diversidade que não deve ser considerada uma ameaça, mas um elemento enriquecedor que contribui para o entendimento e o diálogo entre religiões e culturas, onde todas as pessoas, independentemente de sua fé e crenças, devem ter garantido o exercício de todos os seus direitos mais básicos e inerentes.

Claro, a justiça deve sempre prevalecer, e os atos de violência baseados em pressupostos religiosos fundamentalistas devem ser perseguidos, e seus autores devem assumir a responsabilidade por seus crimes. Não pode haver espaço para a impunidade, que só contribui para perpetuar a violência e propagar a ideia de que algumas ações, se realizadas em nome da fé e das crenças, podem e devem ser aceitas. Mas nada mais distante da realidade. A justiça, seja em nível nacional ou internacional, deve garantir que os autores das atrocidades cometidas por motivos religiosos assumam todas as responsabilidades por seus crimes. Tudo isso, sem esquecer que nenhuma religião «é terrorista». Os terroristas são apenas isso, terroristas, e não podem ser vinculados a nenhuma religião, porque, se olharmos para o passado mais ou menos recente, nenhuma confissão religiosa estaria isenta de ser considerada como tal.

Vivemos em um mundo cada vez mais polarizado, onde a violência, o ódio e a discriminação parecem não ter limites. Por isso, é crucial que tomemos consciência e defendamos com firmeza o direito à liberdade religiosa e de crenças, com vistas a um futuro próximo onde nenhuma pessoa tenha medo de ser perseguida por sua fé. A fé e as crenças não podem ser a causa do sofrimento de milhões de pessoas em todo o mundo. Como sociedade global, devemos ser capazes de apostar e trabalhar pela defesa da paz, da liberdade e da justiça como a única alternativa possível para defender os direitos humanos e a dignidade humana inviolável de toda pessoa, independentemente de qual seja sua fé e suas crenças.

Devemos assumir o compromisso de defender o direito à liberdade religiosa e de crenças de toda pessoa, seja quem for. Nenhuma pessoa deve ser apontada ou perseguida por sua fé e suas crenças, por mudá-las ou por não professar nenhuma. Nossa fé e nossas crenças devem nos ajudar a ser melhores, não piores. Caso contrário, nenhuma delas faz sentido.

Sejamos melhores, mesmo que oremos de forma diferente.

Unamo-nos sob uma mesma oração.

Com uma única alma.

Pela paz.