Convivir con el dolor… y el rencor

En el fondo, todas las personas compartimos el mismo deseo: ser felices. No importa de dónde vengamos, cuál sea nuestra situación económica o qué camino hayamos tomado a lo largo de nuestra vida. Al final, solo queremos que nos quieran, vivir en paz, tener un poco de estabilidad y poder disfrutar de las cosas sencillas. Sin embargo, hay veces que ese deseo tan básico se ve roto por muchos factores que no siempre dependen de nosotros: el odio, el abuso del alcohol, la violencia dentro del hogar y los problemas de salud mental que nadie atiende a tiempo, pero que, sin duda, causan un gran dolor. 

Cuando estos elementos entran dentro de la dinámica de una familia, el daño es enorme. No solo afectan al día a día, sino que también golpean con dureza lo más profundo de la persona: su dignidad, su confianza en sí misma y sus derechos más básicos. A veces, lo que empieza siendo una situación que, muchas veces, entendemos como “normal” se convierte en una bola de nieve que crece sin control, arrastrando y arrasando con todo lo que encuentra a su paso. Y al final, quienes sufren este dolor solo piden algo muy sencillo: poder vivir con tranquilidad.

El odio es como una semilla envenenada que, cuando se planta en el corazón de una familia, crece sin que nadie lo note. Puede nacer de una discusión mal cerrada, de un resentimiento que se acumula con los años o de prejuicios y estigmas que alguien arrastra. El problema es que el odio nunca se queda quieto: se transmite con miradas, con silencios heladores, con insultos constantes, con desprecios absolutos o incluso con la más fría de las indiferencias.

Cuando en una casa reina el odio, deja de ser un hogar para siempre. Los niños que crecen en ese ambiente aprenden que el amor es frágil, que convivir es sinónimo de pelear y que el rencor es más fuerte que el perdón o que el amor de familia que, en el fondo, no existe para ellos. Y eso marca para siempre, porque un niño que ve a sus padres odiarse y pelearse, o que experimenta el odio en su propia piel a través de insultos y humillaciones constantes, muy probablemente arrastrará esa herida en su edad adulta.

Con el odio, además, se produce el robo de algo esencial para cualquier persona: la dignidad. Cuando alguien, especialmente durante sus años de infancia y adolescencia, es tratado con desprecio dentro de su propia casa, se le está diciendo, aunque sea sin palabras: “no vales nada”, “eres una mierda”, “gilipollas”, “ere tonto”, “como te meta una hostia”, “eres una calamidad”. Y no hay derecho más básico que el de sentirse digno, valioso y respetado como ser humano, como persona, en el seno de la propia familia. Mucho peor si esa violencia, ya sea física o verbal, es directa. 

A veces, también se cuelan enemigos silenciosos. Uno de ellos es el alcohol que, a diferencia del odio, suele entrar disfrazado de fiesta, de celebración, de algo que está socialmente aceptado. Así pasamos de una copa para relajarse, a una cerveza para compartir y, finalmente, a un consumo diario que destruye por completo a familias enteras. Porque el problema aparece cuando esa costumbre social se convierte en una necesidad, cuando una persona no sabe enfrentar su vida sin beber. Entonces el alcohol deja de ser compañía para transformarse en un auténtico verdugo.

El consumo abusivo del alcohol, así como de cualquier tipo de droga, provoca que una familia viva en un constante estado de inestabilidad emocional. Un día la persona está de buen humor, pero otro día pierde totalmente el control y se convierte en una bomba con una cuenta atrás que nadie puede detener. Se pierde todo el dinero, se dejan a un lado las responsabilidades, aparecen más discusiones y, en muchas ocasiones, también surge la violencia. 

Los hijos de padres alcohólicos y de hogares violentos suelen crecer con miedo. Miedo a las reacciones que pueda haber en casa, miedo a la vergüenza social por no vivir en un lugar que debería ser un lugar seguro y donde solo tendría que haber amor, y miedo a que nunca llegue la calma porque solo hay más y más violencia. Y ese miedo roba la infancia, la adolescencia, roba la alegría, el futuro, los sueños y las esperanzas. ¿Cómo puede un niño concentrarse en sus estudios o jugar tranquilo, aunque sea solo, si cada noche, o al día siguiente, teme que haya más gritos, más insultos, golpes, bofetadas, un plato contra el suelo o un portazo que lo despierte?

Una vez más, aquí se violan algunos de los derechos más básicos: el derecho a la seguridad, a crecer siempre en un ambiente estable, a no vivir bajo un constante sufrimiento y angustia. Y, por supuesto, también se ataca la dignidad de la persona. ¿Cómo? Muy sencillo: sintiéndote avergonzado de tu familia, o por tu familia, y teniendo que justificar lo que es siempre injustificable, además de llevar una carga demasiado pesada para cualquier niño o joven adolescente. 

Si el odio y el alcohol son la chispa, la violencia es el fuego que arrasa con todo. No hablamos solo de golpes o agresiones físicas, aunque esas son las más visibles. La violencia también se da en forma de insultos, humillaciones, silencios que castigan, amenazas constantes, chantajes o de un control excesivo que te impide ser quien eres y desarrollarte como persona. 

Una persona que vive en un hogar donde la violencia, tanto física como verbal, está presente aprende a caminar con miedo, como si pisara sobre cristales que pueden romperse en cualquier momento y clavarse en tus pies. Vive siempre midiendo sus palabras, sus gestos, sus movimientos, para evitar la explosión del otro. Esa tensión constante enferma el cuerpo y la mente: ansiedad, depresión, estrés, insomnio… La violencia deja marcas que no siempre se ven, pero que pesan como piedras.

La peor parte es que muchas veces esta violencia se repite de generación en generación. Un niño que crece viendo a su padre maltratar o insultar a su madre puede terminar creyendo que eso es “normal” y repetirlo en su vida adulta. De la misma forma, una niña que crece siendo víctima de violencia puede llegar a pensar que no merece algo mejor y a hacer o a permitir lo mismo a sus hermanos pequeños. O ese niño pequeño que ha sido siempre bondadoso y sensible puede tener miedo de decir cómo se siente en su interior por miedo a los insultos, a los comentarios hirientes, al rechazo familiar o a la violencia física o verbal de su familia. La violencia, junto con el miedo constante, destruye la autoestima de la persona y perpetúa la injusticia para siempre en la familia, especialmente en los más pequeños. Y, sí, en términos de derechos, la violencia atenta directamente contra otro de los derechos más básicos: el derecho a vivir sin miedo, muy especialmente en ese lugar donde solo debería haber haber amor, nunca violencia ni odio. 

Pero, como siempre, la salud mental sigue siendo la gran olvidada. Hablar de salud mental todavía es muy difícil en muchas familias. Existe esa vergüenza, el miedo a ser juzgados, las ideas equivocadas como “eso son tonterías tuyas”, “ya estás otra vez con tus gilipolleces”, “estás chalado”, “tómate la pastilla y deja de molestar”, “se te pasará con fuerza de voluntad” o “si no pones de tu parte irás a peor”. Pero la verdad es que la salud mental es tan importante como la física, a veces más, y cuando falla, toda la familia lo siente y lo padece. 

Un padre con depresión que se refugia en el alcoholismo, una hija que no logra levantarse de la cama, una madre con ansiedad que explota por cualquier detalle, un adolescente que sufre en silencio porque no encuentra sentido a la vida, porque cree que se la han robado en su propia casa … Estos son solo algunos ejemplos de situaciones reales que ocurren a diario. Y cuando no se busca ayuda profesional a tiempo, el dolor se queda atrapado en las paredes de la casa, afectando a toda la familia.

El problema es que en lugar de comprensión y amor, muchas veces las personas con problemas de salud mental reciben rechazo, críticas o burlas por parte de su familia. Esto multiplica mucho el sufrimiento, porque además de lidiar con su enfermedad, la persona siente que ha perdido el respeto de los demás, el amor de su familia y acaba odiándose a sí misma. Y aquí, de nuevo, la dignidad queda en entredicho. Porque todos tenemos derecho a que nos cuiden, nos escuchen y nos traten con humanidad cuando enfermamos, sin importar si la enfermedad es visible o invisible, si es física o si es mental. 

Ahora imaginemos qué ocurre cuando estos factores se combinan. Un padre alcohólico que insulta a su pareja delante de los hijos y que también les insulta y agrede. Una madre que, marcada por sus propios traumas, responde con desesperación, ansiedad y violencia. Una familia que nunca habla de salud mental y que deja que cada herida se pudra en silencio. Lo que se crea es un círculo vicioso en el que todos sufren y nadie encuentra salida. Porque el alcohol alimenta la violencia, la violencia despierta odio, el odio destruye la salud mental, y la salud mental cuando está debilitada lleva a más alcohol, más odio y más violencia. 

Sin duda, es una cadena que se retroalimenta continuamente y convierte cualquier hogar en un auténtico infierno. ¿Y quiénes son las principales de este círculo de dolor? Siempre son quienes no tienen culpa de nada: los niños y adolescentes, que solo querían crecer en paz. Son ellos quienes pagan el precio más alto, porque cargan con heridas que no les pertenecen, pero que, en muchas ocasiones, les acompañarán toda la vida.

Hay algo en común en todas estas situaciones: la dignidad humana, que es inviolable, queda totalmente pisoteada y destruida. La dignidad no es un lujo ni un premio, es algo que cada persona tiene y merece solo por el mero hecho de existir. Significa que toda persona, que todo ser humano, tiene que ser tratado con respeto, que esa persona merece la pena y tiene su valor como cualquier otra, que tiene derecho a vivir y a desarrollar su vida en paz. 

Pero cuando alguien vive rodeado de odio, alcohol, violencia o indiferencia hacia su salud mental, el mensaje que recibe es que su dignidad no importa, que no tiene derecho a ser feliz. Y eso es una injusticia enorme, porque lo mínimo que debería garantizar cualquier sociedad es que todos sus miembros puedan vivir con un nivel básico de dignidad, bienestar y respeto. ¿Y hay salida? Sí, siempre. Es verdad que romper el ciclo no es fácil, pero es posible. La clave está en hablar, en pedir ayuda y en no normalizar el dolor. Hay profesionales, instituciones y personas dispuestas a escuchar y acompañar.

La educación, como siempre, también juega un papel esencial: enseñar a los niños y jóvenes que la violencia no es normal, que el alcohol no resuelve problemas, que la salud mental importa y que el odio no debe tener espacio en las relaciones humanas, nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia. 

Y, sobre todo, está el poder del cariño y la solidaridad. Una palabra amable en un momento de dificultad, un gesto de apoyo o, simplemente, un “estoy contigo” puede marcar la diferencia para una persona que siente que está totalmente rota y que le han pisoteado su dignidad. Porque al final, lo contrario al odio no es solo el amor, también es la empatía.

Pero, también es cierto que, cuando una persona sufre dentro de su propia familia, ese lugar que debería ser un refugio, no solo queda la herida de ese dolor inmediato, sino también algo mucho más duradero y difícil de soltar: EL RENCOR. El rencor es esa mochila invisible que la víctima se cuelga sin querer y que va cargando durante años, a veces durante toda la vida. Se alimenta de frases hirientes y humillantes que nunca se olvidan, de golpes, insultos y bofetadas que nunca tienen justificación, y de silencios que duelen mucho más que los gritos.

El problema del rencor es que, aunque parece protegernos, en plan “nunca voy a olvidar lo que me hicieron”, la realidad es que nos ata al pasado. Es como un veneno que lentamente se cuela en nuestra vida diaria y dificulta que podamos confiar en los demás, abrirnos al amor y, en muchos casos, se convierte en un muro que impide a la persona  tener toda posibilidad de ser feliz.

No es raro escuchar a alguien que vivió violencia en su niñez decir, ya siendo adulto: “Yo no puedo perdonar a mis padres por lo que me hicieron” o “nunca olvidaré tanto dolor”. Y no, no se trata de obligar a nadie a perdonar, porque el perdón no puede forzarse y cada persona necesita su propio tiempo. Pero sí es muy importante entender que vivir atrapado en el rencor significa lo mismo que revivir lo que nos hizo daño cada día, como si fuera una herida que no deja de sangrar y nunca podrá cicatrizar.

Ese rencor, además, muchas veces se transmite a nuevas relaciones.  Así, una persona que creció en un hogar lleno de violencia, odio, alcohol o sustancias, puede entrar a formar parte de una pareja o de una nueva familia con su mochila cargada, y sin darse cuenta, descargar en los demás todo el dolor que sufrió. Porque el rencor no solo daña a quien lo siente, sino que puede prolongar el ciclo del dolor y continuar con una espiral interminable. 

Es verdad, romper con el rencor no es fácil. Se necesita mucha ayuda, requiere mucho tiempo y, sobre todo, hace falta mucha comprensión a nuestro alrededor. No significa olvidar ni mucho menos justificar todo lo que haya podido ocurrir, sino aprender a soltar para que ese pasado no gobierne nuestro presente. Porque, en el fondo, todos tenemos derecho a empezar de nuevo, a sonreír otra vez y a dejar de cargar con un peso que nunca nos perteneció ni debimos llevar a nuestras espaldas.

Sin lugar a dudas, el odio, el alcohol, la violencia, los problemas de salud mental y el rencor son elementos que, cuando se hallan en el ámbito familiar, destruyen lo más básico que tiene todo ser humano: su dignidad y su derecho a la felicidad. Lo más triste de todo esto es que quienes terminan sufriendo casi nunca lo eligieron. Muchos solo querían un hogar, vivir con tranquilidad, tener amor, estabilidad y un futuro en paz.

Reconocer lo que sucede en nuestros hogares es esencial para no quedar atrapados en el dolor y encontrar un camino de salida. Hablar, pedir ayuda, no normalizar lo que nos hace daño y aprender a soltar el rencor son pasos que siempre nos abren la puerta hacia otra vida que es posible. Porque nadie merece arrastrar un pasado de dolor, violencia u odio como si fuera su único destino posible.

Nunca olvidemos que la dignidad humana debe ser siempre el punto de partida. Quienes han sufrido merecen no solo protección, sino también oportunidades reales para poder reconstruir su vida, sanar sus heridas y volver a sonreír. 

Porque al final, lo que todos queremos, y lo que todos merecemos, es algo muy sencillo: ser felices.

Créeme, es así. 

Salvar vidas no es un crimen

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

No hay manera de comenzar este texto sin explotar de ira y frustración. Todo ello con un sentimiento de repulsa que pocas veces he sentido en toda mi vida. Es frustrante la forma en la que el odio va dando pasos y cada vez actúa con más impunidad ante la falta de unión de las fuerzas democráticas. Y hay que hacerlo cuando antes para luchar contra quienes no creen en ella pero se benefician de sus reglas. 

Las declaraciones del líder de la ultraderecha en España sobre el buque Open Arms no solo son repugnantes, sino que también son criminales y despreciables. No hay excusa posible. Afirmar que hay que “hundir el barco” y calificarlo de “barco de negreros” no es una opinión política: es una apología de la violencia, un insulto a la vida humana y un ataque directo a quienes salvan vidas. Y lo peor es que estas palabras se pronuncian en público, con repercusión mediática, y hasta en el Congreso de los Diputados, un lugar donde se espera, como mínimo, responsabilidad, decencia y respeto por la humanidad.

Vamos a poner las cosas en claro para quien no lo sepa: el Open Arms salva vidas. Lleva más de una década rescatando a migrantes del Mediterráneo y ahora de la ruta canaria, que se ha convertido en la más mortífera del mundo. 

Cada viaje del Open Arms implica un riesgo enorme, compromiso y valentía. Nadie más se atreve a ir donde ellos llegan, a poner sus propios recursos y seguridad al servicio de quienes lo han perdido todo. Y aún así, la ultraderecha española, con su habitual desprecio por la dignidad humana, lo llama “barco de negreros”. No solo es falso; es absurdo y perverso. ¿Cómo se puede comparar salvar vidas con la trata de personas? ¿Qué clase de mente retorcida ve humanidad en la explotación y, al mismo tiempo, desprecia a quienes luchan por salvarla?

Que se hable de hundir un barco lleno de personas vulnerables y de rescatadores valientes es sencillamente un acto de locura y crueldad. Es un mensaje de odio directo, que normaliza la violencia y criminaliza la solidaridad. Estamos hablando de palabras que incitan al miedo y al desprecio por quienes más lo necesitan, que podrían animar a otros a justificar actos violentos contra migrantes y activistas humanitarios. No hay excusa, no hay contexto que justifique algo así: esto no es política, es barbarie disfrazada de discurso político neofascista.

Como siempre su retórica xenófoba y alarmista se basa en la mentira y en el miedo: habla de una “invasión de Europa”, como si miles de personas huyendo de las guerras, del hambre y de la persecución, muchas veces provocadas por occidente, fueran una amenaza, y como si la ayuda humanitaria fuera un crimen. Open Arms y otras ONG arriesgan su vida para salvar la de otros, enfrentándose a tormentas, embarcaciones precarias y corrientes marinas que ponen a prueba todo su valor. 

Mientras tanto, la ultraderecha cobarde, desde la comodidad de su cargo o desde su escaño, se dedica a insultar, amenazar y sembrar odio. No hay palabras suficientes para describir lo indignante e irresponsable de esto. Bueno, sí, hay dos: la primera es asco; la segunda, delito. 

El presidente de Canarias no dudó en llamar sus palabras “absolutamente inapropiadas, fascistas y xenófobas”, y no es para menos. Esto no es cuestión de opiniones políticas; es cuestión de ética, de humanidad, de respeto por la vida. Que alguien desde el Congreso pueda hablar de hundir un barco que salva vidas demuestra un nivel de deshumanización aterrador. Es como si la ultraderecha neofascista viera a los seres humanos como piezas de un tablero de ajedrez que se pueden eliminar por conveniencia política. Es repugnante, alarmante y completamente inaceptable en una democracia.

Deberíamos sentirnos llenos de rabia, pues mientras miles de personas mueren en el mar intentando cruzar a Europa, hay quienes en lugar de defenderlos o al menos reconocer su sufrimiento, los insulta, los criminaliza y los deshumaniza. No hay nada más repulsivo que un político que utiliza el miedo y la xenofobia como arma electoral, que convierte la tragedia humana en un espectáculo de odio para ganar votos. Y no, no estamos hablando de debate político; estamos hablando de crueldad, ignorancia y peligrosidad concentradas en una persona que ocupa un cargo público.

Mientras Open Arms trabaja para evitar tragedias, la ultraderecha neofascista dedica su tiempo a difamar, inventar y amenazar. Todo esto, es un ataque directo a la humanidad y a quienes defienden la vida en situaciones extremas. Las palabras tienen consecuencias: normalizan el odio, legitiman la violencia y desincentivan la ayuda. No hay justificación moral ni política para eso. Ni siquiera la más mínima decencia, una palabra que deberían buscar en el diccionario. 

Las declaraciones no solo son inaceptables, sino peligrosas, profundamente inmorales y, por qué no decirlo, criminales. El discurso de odio puede encontrarse en lugares de poder y, por eso, si verdaderamente nos consideramos una sociedad democrática y comprometida con los derechos humanos hay que denunciarlo, confrontarlo y no permitir nunca que se naturalice. 

Open Arms y quienes luchan por salvar vidas merecen respeto, apoyo y reconocimiento, no insultos y amenazas. Y sobre todo, las personas migrantes merecen empatía, protección y justicia, no ser criminalizadas por quienes se dedican a sembrar miedo y odio.

No podemos, no debemos, normalizar ni tolerar este tipo de declaraciones. Debemos alzar la voz, mostrar nuestra indignación y exigir responsabilidad. Porque la solidaridad, la humanidad y la defensa de la vida humana están por encima de cualquier ideología y de cualquier retórica de odio. La falta de empatía, ética y sentido común nunca debería ocupar un lugar de influencia política. 

Porque el odio, cuando lleva a este tipo de conductas, debe tener una respuesta clara de la ley y de toda la sociedad. 

Salvar vidas no es un crimen.

El odio sí lo es.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Saving lives is not a crime

There is no way to begin this text without exploding with anger and frustration. All this with a feeling of revulsion that I have rarely felt in my entire life. It is frustrating to see how hatred is gaining ground and acting with increasing impunity in the face of the lack of unity among democratic forces. And we must act as soon as possible to fight against those who do not believe in democracy but benefit from its rules.

The statements made by Spain’s far-right leader about the Open Arms ship are not only repugnant, but also criminal and despicable. There is no possible excuse. Claiming that the ship should be ‘sunk’ and calling it a ‘slave ship’ is not a political opinion: it is an apology for violence, an insult to human life and a direct attack on those who save lives. And the worst thing is that these words are spoken in public, with media coverage, and even in the Congress of Deputies, a place where, at the very least, responsibility, decency and respect for humanity are expected.

Let’s set the record straight for those who don’t know: Open Arms saves lives. It has been rescuing migrants from the Mediterranean for more than a decade and now from the Canary Islands route, which has become the deadliest in the world.

Every Open Arms voyage involves enormous risk, commitment and courage. No one else dares to go where they go, to put their own resources and safety at the service of those who have lost everything. And yet, the Spanish far right, with its usual contempt for human dignity, calls it a ‘slave ship’. Not only is this false, it is absurd and perverse. How can saving lives be compared to human trafficking? What kind of twisted mind sees humanity in exploitation and, at the same time, despises those who fight to save it?

Talking about sinking a ship full of vulnerable people and brave rescuers is simply an act of madness and cruelty. It is a direct message of hate, which normalises violence and criminalises solidarity. We are talking about words that incite fear and contempt for those who need it most, which could encourage others to justify violent acts against migrants and humanitarian activists. There is no excuse, no context that justifies such a thing: this is not politics, it is barbarism disguised as neo-fascist political discourse.

As always, his xenophobic and alarmist rhetoric is based on lies and fear: he speaks of an ‘invasion of Europe’, as if thousands of people fleeing war, hunger and persecution, often caused by the West, were a threat, and as if humanitarian aid were a crime. Open Arms and other NGOs risk their lives to save others, facing storms, precarious boats and sea currents that test their courage to the limit.

Meanwhile, the cowardly far right, from the comfort of their offices or seats in parliament, devote themselves to insulting, threatening and sowing hatred. There are not enough words to describe how outrageous and irresponsible this is. Well, yes, there are two: the first is disgust; the second, crime.

The President of the Canary Islands did not hesitate to call their words ‘absolutely inappropriate, fascist and xenophobic’, and rightly so. This is not a matter of political opinion; it is a matter of ethics, of humanity, of respect for life. That someone in Parliament can talk about sinking a ship that saves lives shows a terrifying level of dehumanisation. It is as if the neo-fascist far right sees human beings as pieces on a chessboard that can be eliminated for political convenience. It is repugnant, alarming and completely unacceptable in a democracy.

We should be filled with rage, because while thousands of people are dying at sea trying to cross into Europe, there are those who, instead of defending them or at least acknowledging their suffering, insult, criminalise and dehumanise them. There is nothing more repulsive than a politician who uses fear and xenophobia as an electoral weapon, who turns human tragedy into a spectacle of hatred to win votes. And no, we are not talking about political debate; we are talking about cruelty, ignorance and danger concentrated in one person who holds public office.

While Open Arms works to prevent tragedies, the neo-fascist far right spends its time slandering, fabricating and threatening. All of this is a direct attack on humanity and on those who defend life in extreme situations. Words have consequences: they normalise hatred, legitimise violence and discourage help. There is no moral or political justification for this. Not even the slightest decency, a word they should look up in the dictionary.

These statements are not only unacceptable, but dangerous, deeply immoral and, it must be said, criminal. Hate speech can be found in places of power, and that is why, if we truly consider ourselves a democratic society committed to human rights, we must denounce it, confront it and never allow it to become normalised. 

Open Arms and those who fight to save lives deserve respect, support and recognition, not insults and threats. Above all, migrants deserve empathy, protection and justice, not to be criminalised by those who sow fear and hatred.

We cannot, and must not, normalise or tolerate such statements. We must raise our voices, show our indignation and demand accountability. Because solidarity, humanity and the defence of human life are above any ideology and any rhetoric of hatred. A lack of empathy, ethics and common sense should never occupy a position of political influence. 

Because hatred, when it leads to this type of behaviour, must be met with a clear response from the law and from society as a whole. 

Saving lives is not a crime.

Hatred is.

🇮🇹ITALIANO🇮🇹
Salvare vite umane non è un crimine

Non c’è modo di iniziare questo testo senza esplodere di rabbia e frustrazione. Il tutto accompagnato da un senso di repulsione che raramente ho provato in tutta la mia vita. È frustrante il modo in cui l’odio avanza e agisce con sempre maggiore impunità di fronte alla mancanza di unione delle forze democratiche. E bisogna farlo al più presto per combattere coloro che non credono in essa ma ne traggono vantaggio.

Le dichiarazioni del leader dell’estrema destra spagnola sulla nave Open Arms non solo sono ripugnanti, ma anche criminali e spregevoli. Non ci sono scuse possibili. Affermare che bisogna “affondare la nave” e definirla “nave negriera” non è un’opinione politica: è un’apologia della violenza, un insulto alla vita umana e un attacco diretto a chi salva vite umane. E la cosa peggiore è che queste parole vengono pronunciate in pubblico, con risonanza mediatica, e persino al Congresso dei deputati, un luogo dove ci si aspetta, come minimo, responsabilità, decenza e rispetto per l’umanità.

Chiariamo le cose per chi non lo sapesse: l’Open Arms salva vite umane. Da oltre un decennio soccorre i migranti nel Mediterraneo e ora anche nella rotta delle Canarie, che è diventata la più mortale al mondo.

Ogni viaggio dell’Open Arms comporta un rischio enorme, impegno e coraggio. Nessun altro osa andare dove loro arrivano, mettere le proprie risorse e la propria sicurezza al servizio di chi ha perso tutto. Eppure, l’estrema destra spagnola, con il suo solito disprezzo per la dignità umana, la definisce “nave negriera”. Non solo è falso, è assurdo e perverso. Come si può paragonare il salvataggio di vite umane alla tratta di esseri umani? Che tipo di mente contorta vede umanità nello sfruttamento e, allo stesso tempo, disprezza coloro che lottano per salvarla?

Parlare di affondare una nave piena di persone vulnerabili e di coraggiosi soccorritori è semplicemente un atto di follia e crudeltà. È un messaggio di odio diretto, che normalizza la violenza e criminalizza la solidarietà. Stiamo parlando di parole che incitano alla paura e al disprezzo per chi ne ha più bisogno, che potrebbero incoraggiare altri a giustificare atti violenti contro migranti e attivisti umanitari. Non ci sono scuse, non c’è contesto che giustifichi una cosa del genere: questa non è politica, è barbarie mascherata da discorso politico neofascista.

Come sempre, la sua retorica xenofoba e allarmistica si basa sulla menzogna e sulla paura: parla di una “invasione dell’Europa”, come se migliaia di persone in fuga da guerre, fame e persecuzioni, spesso provocate dall’Occidente, fossero una minaccia, e come se l’aiuto umanitario fosse un crimine. Open Arms e altre ONG rischiano la vita per salvare quella degli altri, affrontando tempeste, imbarcazioni precarie e correnti marine che mettono alla prova tutto il loro coraggio.

Nel frattempo, la codarda estrema destra, dalla comodità della sua carica o dal suo seggio, si dedica a insultare, minacciare e seminare odio. Non ci sono parole sufficienti per descrivere quanto questo sia indignante e irresponsabile. Beh, sì, ce ne sono due: la prima è disgusto; la seconda, crimine.

Il presidente delle Canarie non ha esitato a definire le sue parole “assolutamente inappropriate, fasciste e xenofobe”, e non c’è da stupirsi. Non è una questione di opinioni politiche, è una questione di etica, di umanità, di rispetto per la vita. Il fatto che qualcuno dal Congresso possa parlare di affondare una nave che salva vite umane dimostra un livello di disumanizzazione terrificante. È come se l’estrema destra neofascista vedesse gli esseri umani come pedine su una scacchiera che possono essere eliminate per convenienza politica. È ripugnante, allarmante e del tutto inaccettabile in una democrazia.

Dovremmo sentirci pieni di rabbia, perché mentre migliaia di persone muoiono in mare cercando di raggiungere l’Europa, c’è chi, invece di difenderle o almeno riconoscere la loro sofferenza, le insulta, le criminalizza e le disumanizza. Non c’è niente di più ripugnante di un politico che usa la paura e la xenofobia come arma elettorale, che trasforma la tragedia umana in uno spettacolo di odio per guadagnare voti. E no, non stiamo parlando di dibattito politico; stiamo parlando di crudeltà, ignoranza e pericolosità concentrate in una persona che ricopre una carica pubblica.

Mentre Open Arms lavora per evitare tragedie, l’estrema destra neofascista dedica il suo tempo a diffamare, inventare e minacciare. Tutto questo è un attacco diretto all’umanità e a coloro che difendono la vita in situazioni estreme. Le parole hanno conseguenze: normalizzano l’odio, legittimano la violenza e scoraggiano l’aiuto. Non c’è alcuna giustificazione morale o politica per questo. Nemmeno la minima decenza, una parola che dovrebbero cercare nel dizionario.

Le dichiarazioni non solo sono inaccettabili, ma anche pericolose, profondamente immorali e, perché non dirlo, criminali. Il discorso dell’odio può essere trovato nei luoghi di potere e, per questo motivo, se ci consideriamo veramente una società democratica e impegnata nei diritti umani, dobbiamo denunciarlo, affrontarlo e non permettere mai che diventi normale. 

Open Arms e coloro che lottano per salvare vite umane meritano rispetto, sostegno e riconoscimento, non insulti e minacce. E soprattutto, i migranti meritano empatia, protezione e giustizia, non di essere criminalizzati da coloro che si dedicano a seminare paura e odio.

Non possiamo, non dobbiamo normalizzare né tollerare questo tipo di dichiarazioni. Dobbiamo alzare la voce, mostrare la nostra indignazione ed esigere responsabilità. Perché la solidarietà, l’umanità e la difesa della vita umana sono al di sopra di qualsiasi ideologia e di qualsiasi retorica di odio. La mancanza di empatia, etica e buon senso non dovrebbe mai occupare un posto di influenza politica. 

Perché l’odio, quando porta a questo tipo di comportamenti, deve avere una risposta chiara da parte della legge e di tutta la società. 

Salvare vite umane non è un crimine.

L’odio sì.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Sauver des vies n’est pas un crime.

Il m’est impossible de commencer ce texte sans laisser éclater ma colère et ma frustration. Tout cela accompagné d’un sentiment de répulsion que j’ai rarement éprouvé dans ma vie. Il est frustrant de voir comment la haine gagne du terrain et agit de plus en plus en toute impunité face au manque d’union des forces démocratiques. Il faut agir au plus vite pour lutter contre ceux qui ne croient pas en la démocratie mais profitent de ses règles.

Les déclarations du leader d’extrême droite en Espagne sur le navire Open Arms sont non seulement répugnantes, mais aussi criminelles et méprisables. Il n’y a aucune excuse possible. Affirmer qu’il faut « couler le bateau » et le qualifier de « bateau négrier » n’est pas une opinion politique : c’est une apologie de la violence, une insulte à la vie humaine et une attaque directe contre ceux qui sauvent des vies. Et le pire, c’est que ces propos sont tenus en public, avec un retentissement médiatique, et même au Congrès des députés, un lieu où l’on attend, au minimum, responsabilité, décence et respect de l’humanité.

Soyons clairs pour ceux qui ne le savent pas : l’Open Arms sauve des vies. Depuis plus d’une décennie, il sauve des migrants en Méditerranée et maintenant sur la route des Canaries, qui est devenue la plus meurtrière au monde.

Chaque voyage de l’Open Arms implique un risque énorme, un engagement et du courage. Personne d’autre n’ose aller là où ils vont, mettre ses propres ressources et sa sécurité au service de ceux qui ont tout perdu. Et pourtant, l’extrême droite espagnole, avec son mépris habituel pour la dignité humaine, le qualifie de « bateau négrier ». Non seulement c’est faux, mais c’est absurde et pervers. Comment peut-on comparer le fait de sauver des vies à la traite des êtres humains ? Quel genre d’esprit tordu voit de l’humanité dans l’exploitation et, en même temps, méprise ceux qui se battent pour la sauver ?

Parler de couler un bateau rempli de personnes vulnérables et de sauveteurs courageux est tout simplement un acte de folie et de cruauté. C’est un message de haine direct, qui normalise la violence et criminalise la solidarité. Il s’agit de propos qui incitent à la peur et au mépris envers ceux qui en ont le plus besoin, qui pourraient encourager d’autres personnes à justifier des actes violents contre les migrants et les militants humanitaires. Il n’y a aucune excuse, aucun contexte qui puisse justifier une telle chose : ce n’est pas de la politique, c’est de la barbarie déguisée en discours politique néofasciste.

Comme toujours, sa rhétorique xénophobe et alarmiste repose sur le mensonge et la peur : il parle d’une « invasion de l’Europe », comme si des milliers de personnes fuyant les guerres, la faim et les persécutions, souvent provoquées par l’Occident, constituaient une menace, et comme si l’aide humanitaire était un crime. Open Arms et d’autres ONG risquent leur vie pour sauver celle des autres, affrontant les tempêtes, les embarcations précaires et les courants marins qui mettent leur courage à rude épreuve.

Pendant ce temps, l’extrême droite lâche, depuis le confort de son poste ou de son siège, se consacre à insulter, menacer et semer la haine. Il n’y a pas de mots suffisants pour décrire à quel point cela est scandaleux et irresponsable. Enfin, si, il y en a deux : le premier est le dégoût, le second, le crime.

Le président des Canaries n’a pas hésité à qualifier ses propos d’« absolument inappropriés, fascistes et xénophobes », et à juste titre. Ce n’est pas une question d’opinions politiques, c’est une question d’éthique, d’humanité, de respect de la vie. Le fait que quelqu’un au Congrès puisse parler de couler un bateau qui sauve des vies témoigne d’un niveau de déshumanisation terrifiant. C’est comme si l’extrême droite néofasciste considérait les êtres humains comme des pions sur un échiquier qui peuvent être éliminés pour des raisons politiques. C’est répugnant, alarmant et totalement inacceptable dans une démocratie.

Nous devrions être remplis de rage, car alors que des milliers de personnes meurent en mer en tentant de rejoindre l’Europe, certains, au lieu de les défendre ou au moins de reconnaître leur souffrance, les insultent, les criminalisent et les déshumanisent. Il n’y a rien de plus répugnant qu’un politicien qui utilise la peur et la xénophobie comme arme électorale, qui transforme une tragédie humaine en un spectacle de haine pour gagner des voix. Et non, nous ne parlons pas ici de débat politique, mais de cruauté, d’ignorance et de dangerosité concentrées dans une personne occupant une fonction publique.

Alors qu’Open Arms s’efforce d’éviter les tragédies, l’extrême droite néofasciste consacre son temps à diffamer, inventer et menacer. Tout cela constitue une attaque directe contre l’humanité et ceux qui défendent la vie dans des situations extrêmes. Les mots ont des conséquences : ils normalisent la haine, légitiment la violence et découragent l’aide. Il n’y a aucune justification morale ou politique à cela. Pas même la moindre décence, un mot qu’ils devraient chercher dans le dictionnaire.

Ces déclarations sont non seulement inacceptables, mais aussi dangereuses, profondément immorales et, pourquoi ne pas le dire, criminelles. Le discours de haine peut se trouver dans les lieux de pouvoir et, par conséquent, si nous nous considérons véritablement comme une société démocratique et engagée en faveur des droits humains, nous devons le dénoncer, le combattre et ne jamais permettre qu’il se normalise. 

Open Arms et ceux qui luttent pour sauver des vies méritent respect, soutien et reconnaissance, et non insultes et menaces. Et surtout, les migrants méritent empathie, protection et justice, et non d’être criminalisés par ceux qui s’emploient à semer la peur et la haine.

Nous ne pouvons pas, nous ne devons pas normaliser ni tolérer ce type de déclarations. Nous devons élever la voix, montrer notre indignation et exiger des comptes. Car la solidarité, l’humanité et la défense de la vie humaine sont au-dessus de toute idéologie et de toute rhétorique haineuse. Le manque d’empathie, d’éthique et de bon sens ne devrait jamais occuper une place d’influence politique. 

Car la haine, lorsqu’elle conduit à ce type de comportements, doit recevoir une réponse claire de la part de la loi et de l’ensemble de la société. 

Sauver des vies n’est pas un crime.

La haine, oui.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Salvar vidas não é um crime

Não há como começar este texto sem explodir de raiva e frustração. Tudo isso com um sentimento de repulsa que raramente senti em toda a minha vida. É frustrante a forma como o ódio avança e age cada vez mais impunemente diante da falta de união das forças democráticas. E é preciso agir o mais rápido possível para lutar contra aqueles que não acreditam nela, mas se beneficiam das suas regras.

As declarações do líder da extrema-direita em Espanha sobre o navio Open Arms não só são repugnantes, como também criminosas e desprezíveis. Não há desculpa possível. Afirmar que é preciso «afundar o barco» e classificá-lo de «barco de traficantes de escravos» não é uma opinião política: é uma apologia à violência, um insulto à vida humana e um ataque direto àqueles que salvam vidas. E o pior é que estas palavras são proferidas em público, com repercussão mediática, e até mesmo no Congresso dos Deputados, um lugar onde se espera, no mínimo, responsabilidade, decência e respeito pela humanidade.

Vamos deixar as coisas claras para quem não sabe: o Open Arms salva vidas. Há mais de uma década que resgata migrantes no Mediterrâneo e agora na rota das Canárias, que se tornou a mais mortífera do mundo.

Cada viagem do Open Arms implica um risco enorme, compromisso e coragem. Ninguém mais se atreve a ir onde eles vão, a colocar os seus próprios recursos e segurança ao serviço daqueles que perderam tudo. E, mesmo assim, a extrema-direita espanhola, com o seu habitual desprezo pela dignidade humana, chama-lhe «navio de traficantes de escravos». Não só é falso, como é absurdo e perverso. Como se pode comparar salvar vidas com o tráfico de pessoas? Que tipo de mente distorcida vê humanidade na exploração e, ao mesmo tempo, despreza aqueles que lutam para salvá-la?

Falar em afundar um barco cheio de pessoas vulneráveis e de salvadores corajosos é simplesmente um ato de loucura e crueldade. É uma mensagem de ódio direto, que normaliza a violência e criminaliza a solidariedade. Estamos a falar de palavras que incitam ao medo e ao desprezo por aqueles que mais precisam, que podem encorajar outros a justificar atos violentos contra migrantes e ativistas humanitários. Não há desculpa, não há contexto que justifique tal coisa: isto não é política, é barbárie disfarçada de discurso político neofascista.

Como sempre, a sua retórica xenófoba e alarmista baseia-se na mentira e no medo: fala de uma «invasão da Europa», como se milhares de pessoas que fogem das guerras, da fome e da perseguição, muitas vezes provocadas pelo Ocidente, fossem uma ameaça, e como se a ajuda humanitária fosse um crime. A Open Arms e outras ONG arriscam a vida para salvar a de outros, enfrentando tempestades, embarcações precárias e correntes marítimas que põem à prova toda a sua coragem.

Entretanto, a extrema-direita cobarde, a partir do conforto do seu cargo ou do seu lugar no parlamento, dedica-se a insultar, ameaçar e semear o ódio. Não há palavras suficientes para descrever o quão indignante e irresponsável isto é. Bem, sim, há duas: a primeira é repugnância; a segunda, crime.

O presidente das Canárias não hesitou em chamar as suas palavras de «absolutamente inadequadas, fascistas e xenófobas», e não é de admirar. Não se trata de uma questão de opiniões políticas; é uma questão de ética, de humanidade, de respeito pela vida. Que alguém no Congresso possa falar em afundar um barco que salva vidas demonstra um nível de desumanização assustador. É como se a extrema-direita neofascista visse os seres humanos como peças de um tabuleiro de xadrez que podem ser eliminadas por conveniência política. É repugnante, alarmante e completamente inaceitável numa democracia.

Devemos sentir-nos cheios de raiva, pois enquanto milhares de pessoas morrem no mar tentando atravessar para a Europa, há quem, em vez de defendê-las ou pelo menos reconhecer o seu sofrimento, as insulte, criminalize e desumanize. Não há nada mais repugnante do que um político que usa o medo e a xenofobia como arma eleitoral, que transforma a tragédia humana num espetáculo de ódio para ganhar votos. E não, não estamos a falar de debate político; estamos a falar de crueldade, ignorância e periculosidade concentradas numa pessoa que ocupa um cargo público.

Enquanto a Open Arms trabalha para evitar tragédias, a extrema-direita neofascista dedica o seu tempo a difamar, inventar e ameaçar. Tudo isto é um ataque direto à humanidade e àqueles que defendem a vida em situações extremas. As palavras têm consequências: normalizam o ódio, legitimam a violência e desincentivam a ajuda. Não há justificação moral ou política para isso. Nem mesmo a mais mínima decência, uma palavra que deveriam procurar no dicionário.

As declarações não só são inaceitáveis, como também perigosas, profundamente imorais e, por que não dizer, criminosas. O discurso de ódio pode ser encontrado em lugares de poder e, por isso, se realmente nos consideramos uma sociedade democrática e comprometida com os direitos humanos, devemos denunciá-lo, confrontá-lo e nunca permitir que se torne natural. 

A Open Arms e aqueles que lutam para salvar vidas merecem respeito, apoio e reconhecimento, não insultos e ameaças. E, acima de tudo, os migrantes merecem empatia, proteção e justiça, não serem criminalizados por aqueles que se dedicam a semear o medo e o ódio.

Não podemos, não devemos normalizar nem tolerar este tipo de declarações. Devemos levantar a voz, mostrar a nossa indignação e exigir responsabilidade. Porque a solidariedade, a humanidade e a defesa da vida humana estão acima de qualquer ideologia e de qualquer retórica de ódio. A falta de empatia, ética e bom senso nunca deveria ocupar um lugar de influência política. 

Porque o ódio, quando leva a este tipo de comportamentos, deve ter uma resposta clara da lei e de toda a sociedade. 

Salvar vidas não é um crime.

O ódio é.

El Misterio de la Mansión Friedrich, la trilogía de Iván Calahorro Bueno

Si te gustan los misterios que te mantienen pegado a las páginas, las historias que te hacen sentir cada emoción de los personajes y los giros que no ves venir, la trilogía de “El Misterio de la Mansión Friedrich”, de Iván Calahorro Bueno (Torredonjimeno, 1995), es justo lo que necesitas. Compuesta por Oscuro Pasado, Intangible Presente y Efímero Futuro, esta serie es un viaje que empieza con suspense puro y termina tocando el corazón.

En Oscuro Pasado: La historia de Anne Swanson, Calahorro nos mete de lleno en un thriller psicológico con sabor clásico y atmósfera inquietante. La Mansión Friedrich no es solo un escenario, es casi un personaje más: oscura, opresiva y llena de secretos. Anne Swanson, protagonista de esta primera entrega, brilla por su mezcla de vulnerabilidad y fuerza, y junto a ella descubrimos un mundo de intrigas familiares, traumas y misterios que se revelan poco a poco. El Dr. Leonard Swanson, con su carga de sombras, añade una tensión constante que refuerza la sensación de estar atrapado en un lugar que respira. Iván Calahorro Bueno consigue aquí un debut potente que engancha desde la primera página.

Anne, la única hija del prestigioso Dr. Leonard Swanson, ha terminado mudándose de la ciudad e instalándose en la tenebrosa Mansión Friedrich, en un desesperado intento de lidiar con la repentina pérdida de Penelope, matriarca de la familia. La joven –incapaz de manejar la desconcertante y cruda situación que atraviesa– pronto comienza a ser víctima de unas escalofriantes pesadillas que parecen querer advertirla sobre el lúgubre destino que aguardaba silencioso su llegada.

Con Intangible Presente: La historia de Alexander Wayman, el autor cambia el ritmo y nos regala una narración más contemporánea, fresca y emocional. Alexander Wayman es un protagonista cercano, con dudas y miedos que resultan muy reales, y su historia conecta sobre todo con lectores jóvenes que buscan reconocerse en la ficción. Calahorro no abandona el misterio, pero lo combina con una mirada más íntima y reflexiva. Además, el hecho de que el propio autor diseñe la portada y el interior del libro le da un plus creativo y personal que se nota en cada detalle. Esta segunda parte demuestra la versatilidad de Iván Calahorro Bueno: sabe crear intriga, pero también transmitir emociones y reflexiones sin perder ritmo narrativo.

Alex, herido y desesperado después de verse obligado a renunciar a lo que más quería, ha cortado cualquier lazo con los demás, adoptando el estilo de vida de un lobo solitario e incomprendido pues, tras haber realizado lo impensable, su reputación ha quedado dañada para los restos, de forma casi irreversible.

El gran cierre llega con Efímero Futuro: Historias de Luzvernia, la entrega más madura, poética e introspectiva. Aquí Calahorro arriesga y gana: la narración fluye como un río de recuerdos, pensamientos y metáforas visuales que envuelven al lector en una experiencia casi sensorial. Los símbolos son constantes (rosas rojas, mariposas azules, pasillos que parecen respirar) y la Mansión Friedrich reaparece transformada en un reflejo de los traumas y memorias de los personajes. Lo más destacable es cómo Iván Calahorro Bueno aborda temas profundos como la identidad, el amor en todas sus formas, la pérdida o la reconciliación con el pasado, siempre desde una mirada honesta y respetuosa. La naturalidad con la que incluye personajes y relaciones LGBTQ+ aporta frescura y realismo, haciendo de este libro un cierre valiente y conmovedor.

Anne y Alex -reconstituidos y destrozados tras el hallazgo del mayor misterio de la Mansión Friedrich- están a punto de combatir la desgarradora pérdida del vínculo que, hasta ahora, los había mantenido tan unidos como separados. Este ominoso hecho provocará que, junto a la revelación más inimaginable de todas, salgan a la luz las verdades más inconfesables de nuestros héroes, haciendo trizas su aparente estabilidad, henchida de secretos y mentiras.

Lo que hace especial a “El Misterio de la Mansión Friedrich” es la evolución narrativa que Iván Calahorro Bueno imprime a cada entrega. Empieza con un suspense clásico y oscuro, sigue con un relato emocional y cercano, y termina con una obra poética y madura que deja huella. La Mansión Friedrich funciona como el hilo conductor perfecto: primero escenario de secretos, después reflejo de las emociones humanas, y finalmente símbolo de memoria y reconciliación.

Esta trilogía es un viaje emocionante y profundo que mezcla misterio, emoción y reflexión. Iván Calahorro Bueno consigue atraparte no solo con lo que cuenta, sino con su manera única de contarlo, arriesgando con la estructura, jugando con los estilos y ofreciendo una obra que transmite frescura, autenticidad y madurez.

Si buscas una historia que te mantenga en vilo, que te haga sentir y pensar, y que además tenga un toque diferente y muy personal, no dudes en adentrarte en la trilogía de “El Misterio de la Mansión Friedrich”, de Iván Calahorro Bueno. 

Iván Calahorro Bueno (Torredonjimeno, 1995).
El autor firmando ejemplares durante una de sus muchas presentaciones.

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