(Inspirado en una historia real)
Me llamo Amin. Soy de Burkina Faso. Hoy tengo 19 años, pero llegué a España con 16. Llegué solo, sin familia y sin nadie que me acompañara, porque no tengo a nadie más en el mundo. Te voy a contar mi historia porque quiero que alguien entienda lo que significa ser “mena”, esa palabra que en este país me convirtió en sospechoso, en una amenaza, en un enemigo.
Yo no soy un número ni una estadística. No soy un problema de seguridad. Y tampoco soy “ilegal”. Solo soy un chico que escapó del hambre y de la violencia de su país. Soy un joven que sigue soñando, aunque cada día le digan que no tiene derecho a soñar, a vivir ni tampoco a amar.
En mi aldea, en Burkina Faso, de donde vengo, había mucha hambre. Desde que era niño trabajé en el campo, pero la tierra se secaba cada año más. Año tras año llueve cada vez menos. La cosecha no alcanzaba ni para sobrevivir. Veía a mis hermanos menores llorar porque no había casi nada que comer, a mi padre buscar trabajo de albañil o pastoreando algunas cabras y a mi madre desmayarse varias veces de cansancio en los días de más calor.
Pero no solo fue el hambre que me trajo hasta España. Fue también mi orientación sexual. En mi familia, cuando sospecharon que me gustaban los chicos, todo se volvió más violento. Mi padre me gritó que yo era una vergüenza. Mi tío me pegó delante de la familia mientras mis padres miraban. Mi madre, llorando, me dijo que prefería que me muriera antes de que me vieran “convertirme en eso”. En Burkina Faso, ser como yo significa vivir con miedo a ser golpeado, encarcelado o incluso asesinado. Antes no era así, pero hace poco tiempo el gobierno dijo que iba a cambiar la ley. Así que pasaría a ser un delincuente y quizá algún día acabaría en la cárcel por ser como soy. Por eso me fui. Porque quedarse era morir de hambre o morir de odio.
El viaje fue muy duro. ¿Cómo no lo va a ser con apenas 16 años? Atravesé Malí, Argelia y Marruecos. El viaje fue un infierno. Dormí en el suelo, aguanté hambre y los golpes de militares. Al cruzar la frontera con Argelia nos robaron todo. Vi morir a dos chicos de sed en el desierto. Y, a veces, tuve que dejar que me tocaran por la noche para que me dieran comida. Desde entonces me siento sucio. Quiero olvidar eso. Pero no puedo.
En Marruecos viví meses en los montes de Nador, esperando para saltar la valla. Pero al final crucé en patera. Pagué lo poco que tenía y apenas comí durante semanas para pagar lo que me pedían. Es verdad que hay mafias, pero yo soy víctima de ellas, no un criminal. En esa barca éramos más de 40. Una ola enorme nos golpeó y se tragó a Moussa, un chico de 15 años. Era un chico de Senegal. Nadie se movió para ayudarle. Le vi ahogarse. Le vi morir.
Quien dirigía la barca nos dijo que saltáramos. Aún quedaban doscientos metros para llegar a la costa. Algunos no quisieron pero nos amenazó con un hacha. Así que saltamos. La poca ropa que llevábamos pesaba mucho en el agua y la corriente era muy fuerte. A algunos les arrastró hasta el fondo. Nunca supe si recuperaron sus cuerpos.
Cuando llegamos a la playa de Tarifa mi cuerpo estaba temblando. Estaba empapado, temblando de frio y muerto de miedo. Pero ya no me quedaban lágrimas para llorar. La gente nos miraba. Un chico se me acercó y me dio agua. Otra señora me puso una toalla por encima para secarme. El resto solo miraba. A los pocos minutos llegó la Guardia Civil y después la Cruz Roja. Otro chico, Ahmed, que tenía 17 años, se había desplomado sobre la arena pocos minutos antes de que llegaran. Su corazón no aguantó más.

Como tenía 16 años, según la Ley del Menor, automáticamente pasé a estar bajo tutela de la Comunidad Autónoma. Me llevaron a un centro de menores. Antes me hicieron pruebas médicas y radiografías para ver si era adulto o no. Al parecer eso se ve en los huesos de la mano, de la clavícula y los dientes. Lo hacían porque no tenía el pasaporte. Al saltar de la barca, mi pasaporte se lo quedó el hombre que la manejaba. Me dijeron que, durante el trayecto, se lo quedaban como garantía de viaje. Luego he sabido que algunos los venden si la persona muere ahogada.
En el centro de acogida tenía comida y cama, sí, pero éramos muchos. Para los trabajadores, éramos un número, un expediente. Algunos educadores nos trataban muy bien, pero otros nos repetían que éramos un problema. No recuerdo haber oído muchas veces mi nombre. Para ellos yo era “el de Burkina”, “el mena nuevo”, más adelante, cuando conté por qué salí de mi país, pasé a ser para algunos “el negrito gay”. Sí, así me llamaban algunos de los trabajadores. Pero les llamaron la atención y me pidieron perdón.
Yo solo quería tener una vida mejor. Iba a clases de refuerzo, al instituto y aprendí castellano. Algunas veces me cuesta mucho y me cuesta entender el acento, pero cada día lo hablo mejor. Pero fuera del centro de acogida la palabra “mena” ya me perseguía como insulto. En la calle nos gritaban “ladrones”, “violadores” y “basura”. Aprendí a caminar rápido, con la cabeza baja, como si pidiera perdón por existir. Me acordaba de cuando mi familia me perseguía para pegarme cuando supieron que me gustaban los chicos. Lloraba sin parar por las noches. Pero no contaba nada a los otros chicos del centro. No quería más burlas.
Mientras era menor, en el centro estaba protegido. Tenía derecho a escolarización y a sanidad. Según la Ley de Extranjería, debía recibir autorización de residencia por estar bajo tutela. Pero los trámites iban muy lentos. Me dieron un permiso temporal, pero nunca supe si iba a llegar a renovarse.
A los pocos meses de llegar al centro cumplí los 17 años. Los educadores en el centro nos decían: “Si queréis quedaros en España cuando cumpláis 18, tenéis que conseguir papeles en regla y trabajo”. Pero ¿cómo consigue un chaval de 17 años un contrato de trabajo? No tengo familia que me ayude, no tengo experiencia y apenas hablaba español. Era una carrera imposible para mí.
Y entonces llegó el día que cumplí 18 años. El día que sentí que saltaba al vacío. En el centro me dijeron: “Amin, ya eres mayor. El centro no puede seguir tutelándote”. La tutela se acababa. Podía entrar en un programa de emancipación, pero no había plaza para mí. Hay muy pocos pisos. La trabajadora social me dio 20 euros, una bolsa con mi ropa y un “mucha suerte”. Salí del centro. Antes de coger el autobús uno de los educadores sociales me dio 50 euros más de su bolsillo y el número de teléfono de un albergue que, cuando llamé, no tenía plazas. Antes de irse, el trabajador social me dio un abrazo y me dijo: “Cuídate mucho”.
Cogí el autobús y me fui al centro de la ciudad. Mi autorización de residencia caducaba en pocas semanas. Según la ley, yo podía renovarla y transformarla en un permiso de trabajo. Pero para eso necesitaba demostrar ingresos o tener un contrato de al menos un año. ¿Quién contrata a un chaval como yo? Nadie. Intenté pedir ayuda a asociaciones para buscar soluciones, pero la administración pedía papeles que yo no tenía y contratos que nadie me ofrecía. De un día para otro, pasé de estar protegido a ser irregular. La palabra lo dice todo: de persona protegida a persona que está fuera de la ley. Y estaba en la calle.
La primera noche dormí en un portal. Al amanecer, una señora me echó agua para que me fuera. Sentí vergüenza, como si yo fuera una cucaracha. Hacía pocos días que era un menor tutelado y ahora era como si fuera un insecto, como si fuera un perro callejero al que hay que echar porque molesta.
El hambre volvió. Volví a rebuscar en la basura como cuando estaba en mi país y solo había comida para mis hermanos pequeños. A veces pedía pan en los supermercados, algunas veces robaba algo de fruta. Me sentía sucio como si fuera un criminal. Aunque en algunas tiendas me daban algo, en otras me echaban a gritos. Solo tenía hambre y no sabía dónde ir.
La policía me paraba con frecuencia: “¿Documentación?”. Les enseñaba el resguardo de mi expediente de extranjería, pero ya estaba caducado. “Esto ya no vale, ahora eres mayor, ahora estás ilegal”, me dijeron un día. Ilegal. Como si existir fuera un delito. ¿Era un delincuente solo por existir? Me lo dijeron muchas veces. Muchas. Y yo lloraba por las noches durmiendo en la calle.
He vivido la violencia de la calle. Ser negro, pobre y sin papeles en la calle es tener una diana dibujada en la frente. Una noche, pocos días después de salir del centro, unos chicos me siguieron gritando: “¡Negro de mierda! ¡Puto mena! ¡Vuelve a tu país! ”. Me alcanzaron, me tiraron al suelo y me patearon la cara. Nadie intervino. Nadie llamó a la policía. Nadie se acercó cuando me arrastré sangrando hasta un banco. No quise ir al centro de salud. Tenía miedo. Me lavé la cara en una fuente que había cerca del banco y cuando dejé de llorar me marché.
Los primeros días intenté buscar trabajo de manera desesperada. Una vez, fui a una entrevista en una obra. El encargado me preguntó si tenía papeles. Le conté la verdad: que había estado tutelado, que estaba intentando renovar. Se rió en mi cara: “Aquí no contratamos menas, aquí solo hay españoles que quieren trabajar”. Me echó de allí como a un perro. Busqué trabajo en más sitios, pero siempre tuve un “no” por respuesta. A veces, hasta me echaron de allí a empujones. Seguía en la calle, sin trabajo, sin apenas dinero, aunque estiré lo poco que me dieron al salir del centro, y con mucha hambre. He dormido en estaciones de tren, en casas okupadas y en parques. A veces lo hacía con miedo de que me robaran, otras con miedo de no despertar por si venía alguien y me daba una paliza mientras dormía.
La ley que me protegía se volvió un muro. Cuando era menor, la ley me amparaba. Me daba un techo, comida y posibilidad de ir a la escuela. Pero en cuanto cumplí 18, la Ley de Extranjería se convirtió en un muro. Para renovar mi residencia, me pedían un contrato que no podía conseguir. Para trabajar legalmente, necesitaba los papeles que no tenía. Es un círculo perfecto para mantenernos en la marginalidad. Las asociaciones me ayudaban con abogados, pero las oficinas de extranjería ponían pegas, retrasaban todo. Pasaban meses y yo seguía en la calle, comiendo lo que podía y trabajando en lo poco que me salía. Casi siempre iba con la misma ropa. A veces podía ir a un centro de día para ducharme, tener algo de ropa limpia y comida. Pero hay mucha gente como yo. Algunos de mi mismo país. Hubo un chico que también era de mi país, de Burkina. Cuando le dije por qué salí del país me dijo: “No quiero que me vean contigo”. Y dejó de hablarme. Nunca más volví a ese centro de día.
Conseguí algo de dinero pidiendo en la calle y gracias a una trabajadora social que me ayudaba hasta que casi la despiden por mi culpa. Hice cosas que pensé que jamás volvería a hacer. Esas cosas que tuve que hacer cuando atravesé el desierto para sobrevivir. Sentía asco de mí mismo. Pero era eso o robar para comer. Y si lo hacía, ya sí sería un delincuente para siempre, aunque lo hiciera por hambre.
Pude ahorrar un poco para comprar un billete de autobús y marcharme de allí. Estuve en varios sitios. En Huelva cogiendo fresas, en Jaén recogiendo aceitunas, en Almería en invernaderos a 50º grados. También en la obra, porque algo aprendí de mi padre, y como mozo de almacén. Siempre sin contrato. He llegado a trabajar 16 horas por apenas 20 euros y durmiendo en el suelo de una cochera con 10 personas más. Nunca llegué a quejarme. Tenía miedo de lo que nos decían: “Quien diga algo se va a su país de una patada”.
Cada día se vive con miedo. Tengo miedo a la policía, a ser detenido y a que me abran un expediente de expulsión. Aunque es difícil que me expulsen de verdad, porque no hay acuerdo claro con Burkina Faso y porque yo entré siendo menor. Pero el miedo me destruye. No sé si mañana me van a detener, no sé si voy a perder lo poco que tengo. También tengo miedo a la gente. Escucho a políticos decir que somos delincuentes, que deberían expulsarnos a todos o echarnos al mar antes de llegar. Voy por la calle y siento las miradas de la gente como cuchillos. A veces pienso en volver. Pero volver significa volver al hambre, al rechazo de mi familia, a una sociedad que me mataría por amar a quien amo. Para mí volver es morir. Y yo solo quiero vivir.
Solo sueño con una vida tranquila. No quiero lujos. No quiero coches caros ni casas grandes. No me hace falta nada de eso. Quiero lo básico: un trabajo legal, un techo seguro, poder estudiar algo y enamorarme sin miedo a que me maten. Quiero que alguien me vea como persona y no como amenaza, porque no lo soy. Sueño con que alguien diga mi nombre: Amin. No “el mena”. No “el negro ilegal”. No “el negrito gay”. Mi nombre es Amin. Hasta eso me han negado, mi propio nombre.
Si algo me pasara, quiero que alguien recuerde mi historia. Si un día muero en una calle de Madrid, de Barcelona o de Málaga, quiero que recuerden que no fui un delincuente. Que no fui un “mena”. Que fui un niño de 16 años que huyó del hambre y del odio. Que fui un joven que intentó sobrevivir en un país que me empujó a la oscuridad.
Quiero que recuerden mi nombre: Amin, de Burkina Faso. Que sepan que estuve aquí, que sufrí y que soñé con ser feliz, aunque el mundo se empeñara en aplastarme.
Yo no soy el único. Hay muchos como yo. Pero somos invisibles. Nadie nos ve.
Seguimos aquí, sobreviviendo.
Y también muriendo.
