Hay silencios que pesan demasiado. Silencios que esconden miedo, amenazas, humillaciones y golpes que no siempre dejan moratones en la piel, pero sí heridas profundas en el alma. Hay mujeres que viven con el corazón encogido, pendientes de cada palabra, de cada mirada y de cada reacción de quien un día dijo quererlas. Hay niños y niñas que crecen creyendo que el miedo forma parte de la vida, cuando en realidad nunca debería formar parte de ninguna infancia.
Por eso hoy quiero escribir estas líneas. Porque detrás de cada cifra hay una persona. Hay una vida. Hay una familia destrozada. Y porque ninguna sociedad puede acostumbrarse a leer estadísticas como si fueran simples números.
A fecha de 21 de julio de 2026, España ha confirmado el asesinato de 29 mujeres víctimas de violencia de género. Tres de ellas han sido asesinadas en menos de 24 horas. Junto a ellas, tres menores han sido asesinados en casos de violencia vicaria. En total, treinta y dos vidas arrebatadas por una misma realidad, la violencia machista que destruye familias enteras y que sigue siendo una de las mayores vulneraciones de los derechos humanos de nuestro tiempo.
Treinta y dos personas que ya no podrán volver a abrazar a quienes querían. Treinta y dos historias que jamás deberían haber terminado así. Cada una de ellas tenía un nombre, una sonrisa, unos sueños y un futuro que alguien decidió destruir.
Pero la violencia de género no empieza con un asesinato. Empieza mucho antes. Empieza cuando alguien pretende controlar el teléfono móvil de su pareja. Cuando exige saber con quién habla o dónde está en cada momento; cuando revisa las redes sociales; cuando decide cómo debe vestir; cuando critica constantemente a sus amistades para que termine alejándose de ellas; cuando convierte los celos en una supuesta demostración de amor: y cuando hace sentir culpable a la otra persona por querer tener su propio espacio. Pero nada de eso es amor, nada de eso es proteger, nada de eso es cuidar y, sí, eso también es violencia.
Muchas veces estos comportamientos aparecen de forma tan progresiva que resulta difícil identificarlos. La víctima acaba pensando que quizá exagera, que son cosas normales o que todo cambiará con el tiempo. Sin embargo, el control nunca es una muestra de cariño. El aislamiento nunca es una prueba de amor y el miedo nunca puede formar parte de una relación sana.
Las vacaciones de verano, los puentes o los periodos en los que aumenta la convivencia pueden convertirse en momentos especialmente difíciles para muchas víctimas. No porque las vacaciones provoquen violencia, sino porque determinadas circunstancias pueden incrementar el control, el aislamiento y la tensión dentro del hogar. Precisamente por eso es tan importante permanecer atentos y no mirar hacia otro lado.
Si eres una mujer que está viviendo una situación así quiero decirte algo muy claro. No estás sol. Aunque ahora sientas que no hay salida, aunque te hayan convencido de que nadie te creerá, aunque tengas miedo por ti o por tus hijos e hijas y aunque pienses que todo es culpa tuya. Porque, no, no lo es. La única persona responsable de la violencia es quien la ejerce.
Sé que denunciar puede dar miedo y es normal sentir es incertidumbre. Pero también puede ser el primer paso para recuperar tu libertad y tu vida. Hay profesionales preparados para ayudarte, escucharte y protegerte. Existen recursos especializados que trabajan cada día para acompañar a las víctimas durante todo el proceso.
Recuerda que el teléfono 016 ofrece atención gratuita, confidencial y especializada durante las veinticuatro horas del día. También puedes acudir a la Policía Nacional llamando al 091, a la Guardia Civil a través del 062 o, si resides en Andalucía, utilizar el teléfono 900 22 22 92. Y si existe un peligro inmediato, llama al 112 o busca ayuda cuanto antes. Pedir ayuda nunca es un signo de debilidad, es un acto de enorme valentía.
Pero esta lucha no puede recaer únicamente sobre las víctimas. También es responsabilidad de quienes estamos a su alrededor. Si sospechas que una amiga, una compañera de trabajo, una vecina o un familiar puede estar sufriendo violencia de género, no minimices lo que ocurre. No pienses que es un problema privado. No esperes a que aparezcan lesiones visibles para actuar. Hazlo ya, escucha sin juzgar, cree a la víctima, respeta sus tiempos, acompáñala, ayúdala a conocer los recursos disponibles y, sobre todo, hazle saber que no está sola.
Muchas mujeres consiguen salir de la violencia porque alguien estuvo a su lado en el momento adecuado. Porque alguien decidió escuchar en lugar de ignorar. Porque alguien tendió una mano cuando todo parecía perdido. Sé tú ese alguien. No se trata de ser héroes o heroínas, sino de hacer lo que es correcto cuando alguien lo necesita.
Y no podemos olvidar a los hijos e hijas. La violencia vicaria representa la expresión más cruel del machismo. Es la utilización de los menores para causar el máximo dolor posible a la madre. Los niños y las niñas no son instrumentos de venganza. Son víctimas directas que necesitan protección, apoyo y una sociedad que nunca deje de defender su derecho a crecer libres de violencia. Las tres víctimas menores de edad asesinadas este año dejan claro que la violencia machista no termina en la pareja. Sus consecuencias alcanzan a toda la familia y dejan cicatrices que pueden durar toda una vida.
Por eso, frente a quienes intentan justificar, minimizar o relativizar esta realidad, la respuesta debe ser firme. No existe ninguna excusa para la violencia, n existe ninguna provocación que la justifique y no existe ningún conflicto de pareja que legitime el maltrato.
Los derechos humanos comienzan en el hogar. Comienzan cuando una mujer puede vivir sin miedo, cuando puede decidir libremente sobre su vida y cuando puede salir con sus amistades, vestir como quiera, utilizar su teléfono sin ser vigilada y expresar sus opiniones sin temor a sufrir represalias. Y eso no es un privilegio, es un derecho humano y fundamental.
Erradicar la violencia de género y la violencia vicaria exige el compromiso de toda la sociedad. De las instituciones, de los profesionales, de los medios de comunicación, de los centros educativos, de las familias y también de cada uno de nosotros. No olvidemos que cada conversación que rompe el silencio ayuda, que cada denuncia puede salvar una vida y cada gesto de apoyo puede marcar la diferencia.
Así que no esperemos a lamentar una nueva víctima para reaccionar. Porque ninguna mujer debería vivir con miedo; porque ningún niño o ninguna niña debería crecer entre amenazas; y porque el amor nunca golpea, nunca humilla, nunca controla y nunca mata.
Si hoy estás leyendo estas palabras y te reconoces en alguna de estas situaciones, por favor, da el paso. Habla con alguien de confianza. Busca ayuda. Llama. DENUNCIA. Tu vida vale mucho más que el miedo que hoy intentan imponerte.
Y si eres parte de su entorno, no permanezcas indiferente. A veces una simple pregunta pronunciada con cariño, un acompañamiento al denunciar o una mano tendida pueden convertirse en el principio de una nueva vida.
Porque mientras exista una sola mujer viviendo aterrorizada y un solo menor creciendo bajo la sombra de la violencia, nuestra obligación seguirá siendo levantar la voz.
Que la valentía, la justicia y la esperanza sean siempre el principio de una nueva vida.
Que el miedo nunca vuelva a escribir el final de ninguna historia.
Denunciar salva vidas.
El silencio no.
Renace.
Vive.
