Una sociedad democrática no se sostiene únicamente sobre unas elecciones, unas instituciones o un conjunto de leyes. Se sostiene, sobre todo, sobre personas capaces de pensar por sí mismas, de cuestionar aquello que escuchan y de comprender que la libertad también implica una responsabilidad. La democracia necesita una ciudadanía crítica, no una ciudadanía que sea simplemente obediente.
Nunca debería de preocuparnos que una persona piense diferente. La discrepancia forma parte de cualquier sociedad libre y, de hecho, es necesaria para que podamos avanzar. Debería preocuparnos mucho más que dejemos de pensar, que aceptemos cualquier afirmación simplemente porque confirma nuestros prejuicios o que convirtamos las redes sociales en nuestra única fuente de información. Cuando dejamos de contrastar, de leer, de escuchar y de preguntarnos si aquello que nos cuentan es realmente cierto, nos volvemos mucho más fáciles de manipular.
La ignorancia, entendida de esta manera, puede convertirse en un terreno extraordinariamente fértil para el autoritarismo. No porque quien desconoce algo sea una mala persona, sino porque quien renuncia voluntariamente a conocer puede terminar aceptando como verdad cualquier relato que le ofrezcan. Y cuando ese relato necesita señalar culpables, fabricar enemigos o presentar a determinadas personas como una amenaza, el problema deja de ser individual y empieza a afectar a toda la sociedad.
Por eso no es descabezado pensar que los ignorantes de ayer y de hoy pueden llegar a ser los fascistas que nos gobiernen mañana. No porque toda persona ignorante vaya necesariamente a convertirse en fascista, sino porque una ciudadanía que renuncia al conocimiento, al pensamiento crítico y a la memoria histórica puede terminar siendo terreno abonado para quienes utilizan el miedo, el odio y la manipulación para alcanzar o conservar el poder.
Existe otro elemento que encaja demasiado bien en esta reflexión. Isaac Asimov popularizó una idea que resume con enorme contundencia una realidad que podemos observar a lo largo de la historia: “La violencia es el último recurso del incompetente”. Es es verdad. Cuando faltan argumentos, cuando fracasa el diálogo y cuando no se sabe convencer, aparece con demasiada facilidad la imposición. Y el fascismo, en sus diferentes expresiones históricas, ha recurrido precisamente a la violencia, la intimidación y la represión como instrumentos para silenciar al diferente y sustituir el debate por la fuerza.
No hace falta viajar demasiado lejos para encontrar ejemplos actuales de cómo ese lenguaje puede abrirse paso en la política. En España, en agosto de 2026, el dirigente de Vox José María Figaredo realizó varios llamamientos a «cazar» inmigrantes en relación con la llegada de personas migrantes a Ceuta, expresiones que provocaron que el Ministerio de Igualdad pidiera a la Fiscalía estudiar si podían ser constitutivas de un delito de odio. Figaredo posteriormente explicó que utilizó “cazar” como sinónimo de apresar o detener. Sin embargo, el carácter deshumanizante ya está presente, porque no se “caza” a personas, se “cazan” animales.
Y también resulta significativo observar las referencias intelectuales y culturales que rodean a determinados dirigentes políticos. Santiago Abascal apareció públicamente en 2019 con Defensa de la Hispanidad, de Ramiro de Maeztu, un autor que desde 1932 dejó constancia de su admiración por Adolf Hitler y llegó a defender un movimiento nacionalista español inspirado en el hitlerismo. Eso no significa que la lectura de una obra convierta automáticamente a quien la sostiene en fascista, pero sí demuestra por qué resulta necesario conocer quién escribió aquello que leemos, qué defendió y en qué contexto histórico lo hizo.
La historia europea debería habernos enseñado algo que nunca deberíamos olvidar. Los grandes retrocesos democráticos no aparecen necesariamente de repente. Muchas veces comienzan con pequeñas renuncias. Una broma que normaliza el desprecio; un insulto que dejamos pasar; una mentira que compartimos sin comprobar. Una minoría a la que dejamos de considerar merecedora de los mismos derechos; y un discurso de odio al que concedemos espacio porque pensamos que “solo son palabras”. Pero las palabras importan. Importan muchísimo, porque pueden construir convivencia, pero también pueden preparar el terreno para destruirla.
Por eso la educación constituye una de las mejores defensas frente al autoritarismo. Y no hablamos solamente de la educación académica, sino de aprender a convivir, de conocer nuestros derechos, de comprender la historia, de identificar la manipulación, de aceptar que podemos equivocarnos y de tener la suficiente humildad intelectual para cambiar de opinión cuando los hechos nos demuestran que estábamos equivocados.
No necesitamos una sociedad en la que todo el mundo piense igual. Necesitamos una sociedad en la que nadie tenga miedo de pensar diferente; una sociedad en la que defender los derechos humanos no dependa de quién sea la persona que los necesita; y una sociedad en la que la dignidad no se vote y en la que la igualdad no pueda convertirse en moneda de cambio.
Porque quizá el mayor peligro no sea que aparezcan personas dispuestas a gobernar desde el autoritarismo. El verdadero peligro es que, mientras aparecen, nosotros hayamos dejado de leer, de aprender, de cuestionar y de defender aquello que creíamos que nunca volveríamos a perder.
Sí, los ignorantes de ayer y de hoy pueden llegar a ser los fascistas que nos gobiernen mañana.
Y la democracia también se pierde cuando dejamos de pensar.
Así que nunca dejemos de hacerlo.
