Papeles no para existir, sino para ejercer derechos

En los últimos días se está hablando mucho de una cifra que impresiona. Más de 500.000 personas migrantes podrían regularizar su situación en España. Medio millón de vidas que hasta ahora han vivido en la sombra, trabajando, cuidando, limpiando, recogiendo fruta, levantando edificios o sosteniendo hogares ajenos mientras el suyo propio se sostenía con miedo e incertidumbre. Y alrededor de esta decisión se han generado multitud de rumores, bulos, discursos alarmistas y también esperanzas muy profundas entre quienes hace años que sobreviven con angustia. Por eso merece la pena parar, respirar, reflexionar y contar qué está pasando de verdad, con palabras sencillas y desde una perspectiva humana y humanística.

No estamos hablando de una puerta abierta de par en par ni de aviones llenos de gente llegando sin control. No, ese es el argumento fácil de siempre que viene por parte de aquellas personas que no quieren perder sus privilegios, incluido el privilegio de explotar a quienes son más débiles y vulnerables. Estamos hablando de personas que ya están aquí, de personas que llevan meses o años viviendo en nuestros barrios, subiendo a los mismos autobuses, esperando en los mismos ambulatorios, llevando a sus hijos a los mismos colegios o soñando con poder hacerlo algún día. Son personas cuya existencia ha sido ignorada deliberadamente por las instituciones durante demasiado tiempo.

Aunque haya quien pueda pensarlo, desde el punto de vista humano, humanista y humanitario, la regularización extraordinaria que plantea el Gobierno no es un capricho ni una ocurrencia improvisada. Llega después de años de bloqueo administrativo, de leyes que no se adaptan a la realidad y de una enorme presión social impulsada por organizaciones, colectivos y ciudadanos que han dicho “¡basta!”. Basta de mirar hacia otro lado, basta de beneficiarse del trabajo de personas sin derechos y basta de sostener una economía sumergida basada en el miedo.

Porque nos encontramos ante una de esas verdades incómodas que pocas veces se dicen alto y claro. España funciona, en parte, gracias a las personas sin papeles que son explotadas por gente sin escrúpulos. Sucede en el campo, en la hostelería, en los cuidados hacia las personas mayores y en la limpieza de nuestros hogares. Hablamos de personas que trabajan jornadas interminables por sueldos indignos porque no tienen otra alternativa. Personas que no denuncian abusos porque temen que cualquier conflicto pueda acabar en una orden de expulsión. Personas que tienen miedo de enfermar y dudan mil veces antes de ir al médico por temor a ser señaladas y miradas con desprecio. Todo esto no es un problema migratorio, sino una clara injusticia de carácter estructural.

Pero las personas migrantes no son una excepción al concepto de humanidad ni a la titularidad de derechos. Y por el mero hecho de ser personas tienen derechos. Y esos derechos se llaman derechos humanos. Todo lo demás no se negocia. Pero en el fondo, lo que molesta a algunas personas no es que vengan, sino que reclamen sus derechos. Hay a quienes les molesta que las personas migrantes tengan derechos cuando vienen. Porque, en tal caso, ya no pueden exprimirlas como mano de obra barata ni tampoco someterlas en condiciones de esclavitud. Tampoco se pueden permitir el lujo de pagarles una miseria, han de pagarles, como poco, el salario mínimo, ni obligarles a trabajar 12, 14 o hasta 16 horas al día. No pueden dejar de pagarles las horas extra, ni pueden impedir que coticen a la seguridad social. Todo eso les molesta y mucho a quienes se benefician del miedo, de la precariedad y de la presión constante que sufren las personas migrantes. Por tanto, no les molesta que vengan. Les molesta que existan como parte de la ciudadanía con pleno derecho, que tengan los mismos derechos y que sean personas cuya dignidad inviolable sea respetada. Porque ya no pueden tratarlas a su antojo, ya no pueden menospreciarlas, ya no pueden mirarlas por encima del hombro, sino que han de tratarlas de “tú a tú” o, mejor dicho, de “usted a usted”. 

La medida que se ha aprobado no es algo que dé derechos de manera automática ni genere vuelos especiales llenos de personas ni suponga la apertura indiscriminada de fronteras. Esta medida está pensada para quienes ya viven en España. Es decir, esta medida tiene como finalidad dar cobertura a quienes ya llevan tiempo aquí, cumpliendo todos los requisitos legales: haber residido al menos cinco meses antes del 31 de diciembre de 2025, no tener antecedentes penales graves y, en el caso de los de menor gravedad, y estar acompañados por la familia. Todo este procedimiento podrá realizarse incluso por vía telemática entre abril y finales de junio de 2026. Por tanto, las reglas son claras, porque están pensadas para dar un paso ordenado hacia la integración y evitar las mismas injusticias que llevan años cometiéndose. Así que, no, no es solo un papel que da permiso para trabajar. Regularizar significa poder ejercer derechos básicos como cotizar, pagar impuestos, alquilar una vivienda sin miedo, empadronar a los hijos, tener acceso a la sanidad y a los servicios sociales. Significa también poder vivir con cierta seguridad y dignidad. Es un reconocimiento tardío de una realidad que ya existía y que manda un mensaje claro: “tú también importas, porque eres parte de esta sociedad”. Esa es la verdad de todo esto. No es un regalo, ni una artimaña del gobierno. No puede considerarse un regalo algo que nunca debería haberse negado. Esto no se trata más que de justicia.

Pero también hay que mirar hacia Europa. Es digno de reconocer que España haya dado este paso y que se regularice a medio millón de personas que, dicho sea de paso, también sería deseable que pudieran tener derecho a voto. Pero no podemos olvidar que Europa nunca ha sido un ejemplo a seguir en materia migratoria. Cuando pensamos en Europa, hay que hablar de Frontex, de los CIEs, de las devoluciones en caliente, de los centros de internamiento forzoso en otros países fuera de la UE o del pacto de asilo y migración que cede el control de fronteras a terceros países y que convierte las llegadas de personas en conflictos diplomáticos antes que en cuestiones de derechos humanos básicos. Así que por mucho que regularice ahora, España también forma parte de ese sistema. ¿Por qué? Porque los CIEs siguen abiertos, porque la ley de extranjería sigue siendo “racista” o, como poco, excluyente, y porque las redadas o controles “aleatorios”, pero siempre hacia un mismo perfil racial, todavía siguen muy presentes en muchas ciudades.

Sí, está muy bien haber regularizado a medio millón de migrantes. Sin duda, se trata de un paso gigantesco y necesario para los cientos de miles de personas migrantes que viven en España. Pero la lucha no termina aquí, no es suficiente solo con eso. Regularizar es solo un primer paso de muchos que aún quedan por dar. La ultraderecha y quienes reproducen sus relatos siempre intentarán poner a las personas migrantes en la diana, para sembrar el miedo y justificar sistemáticamente recortes de derechos. ¿Y cómo se les pone freno? Muy sencillo. A la ultraderecha se la combate con firmeza y con el reconocimiento de más derechos, con más dignidad, con más justicia y con políticas públicas que no solo regularicen sino que transformen el sistema desde dentro. Por eso, hay que derogar la ley de extranjería tal y como existe, porque mantiene estructuras racistas y discriminatorias. Igualmente, hay que cerrar los CIEs y acabar con las redadas por perfil racial que son cualquier cosa menos “aleatorias”. Hay que garantizar que las personas migrantes puedan organizarse, vivir sin miedo, acceder a un empleo digno y formar parte de la sociedad en la viven bajo igualdad de condiciones. Ahora, España puede y debe seguir dando ejemplo de justicia y humanidad, no solo la regularización del medio millón de personas que se ha anunciado, sino con todas aquellas que viven aquí y aún esperan ser reconocidas como integrantes de la sociedad y con todos los derechos inherentes que eso conlleva. 

Por supuesto, siempre habrá quien diga que esto pone en peligro el funcionamiento de los servicios públicos o que altera la política migratoria europea. Pero la realidad es que regularizar no genera ningún caos, sino que genera estabilidad. Una estabilidad para las personas, para las familias, para la economía y para la mejora de la convivencia social. Sacar de la clandestinidad a cientos de miles de personas que malviven en la economía sumergida y darles toda la cobertura legal también fortalece el sistema de la seguridad social, la buena marcha de la economía y permite que todos contribuyamos con nuestros impuestos de manera justa.

Aun con todo, regularizar a medio millón de personas no es suficiente. Hay que seguir avanzando y luchar en todos los espacios para exigir justicia, derechos y, sobre todo, humanidad. Por las personas migrantes y por toda la sociedad. La razón es simple: porque todos somos seres humanos nacidos libres e iguales en dignidad y derechos. Porque mirar de frente y reconocer a quien tenemos delante como nuestro igual no es únicamente un acto de justicia, sino también un acto de enorme valentía. Y es que no hay mayor revolución que aquella que devuelve la condición de persona a quien nunca se debió privar de tal condición. 

Al final, cuando los papeles llegan, no llega solo un permiso, también llega la posibilidad de poder vivir, por fin, sin tener miedo y pudiendo decir “yo existo y mis derechos importan”. Así que, cuando los papeles llegan, se reconoce, por fin, el ejercicio de todos los derechos sociales inherentes.

Porque toda persona debe tener la oportunidad de ser parte plena de la sociedad en la que ya vive y trabaja. 

Eso, en cualquier idioma, se llama dignidad.

Una dignidad que es inviolable.

Totalmente inviolable.

Lo que no ha de regresar jamás

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto)

Conocer la historia no es algo que pueda considerarse como opcional ni tampoco como un simple ejercicio de memoria. Conocer la historia es quizá nuestra gran responsabilidad común como sociedad, como comunidad internacional. ¿Y por qué? Porque conocer la historia es la única manera de poder desarrollar nuestro pensamiento crítico y de entender hasta dónde puede llegar el ser humano cuando se normaliza el odio, cuando se deshumaniza a quien tenemos ante nuestros ojos y cuando se acepta que hay personas que valen menos que otras. Y conocer esta realidad se vuelve imprescindible cuando hablamos del que es, sin duda, el episodio más oscuro de la historia reciente de la humanidad, un episodio que supuso la negación absoluta de los derechos humanos y de la dignidad humana inviolable de millones de personas.

De entre todos los días del año, sin duda el 27 de enero es uno de los más emotivos y significativos para millones de personas en todo el mundo. Para quienes creemos firmemente en la defensa a ultranza de la dignidad humana y de los derechos humanos de toda persona, este día tiene una carga emocional enorme y profunda. Hoy, Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, nos unimos, o al menos deberíamos, para recordar a las víctimas de uno de los crímenes más abominables jamás cometidos por la humanidad.

Millones de personas inocentes fueron asesinadas de forma sistemática, planificada y orquestada por la maquinaria nazi y por todos aquellos que fueron cómplices, ya fuese de manera activa o a través del más vergonzoso de los silencios. Seis millones de judíos, hombres, mujeres y niños, fueron exterminados únicamente por ser quienes eran. A ellos hay que sumar a millones de personas más hasta alcanzar la cifra aproximada de 17 millones de víctimas. Hablamos de prisioneros de guerra, personas gitanas, serbios, polacos, homosexuales, masones, personas con discapacidad, republicanos españoles, católicos, testigos de Jehová y tantas otras personas que fueron conducidas a la muerte por el mero hecho de ser, sentir, pensar, rezar o amar de forma diferente. Sus voces fueron silenciadas, su dignidad fue pisoteada y su humanidad fue abolida.

La Shoah fue un acontecimiento único no solo por su magnitud  sino también por lo abominable de su naturaleza. Fue el mayor acto de terrorismo de Estado de toda la historia de la humanidad. Un crimen ejecutado desde el poder, ungido por la maldad más absoluta y amparado en la más cruel de las sinrazones. Antes de asesinar a millones de personas, se les negó su condición humana, se les convirtió en números, en amenazas y en algo prescindible. Ese fue el primer paso hacia el exterminio.

Al recordar la liberación del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, un 27 de enero de 1945, no recordamos solo un lugar. Recordamos el símbolo más extremo de la deshumanización, recordamos aquellas imágenes de destrucción y muerte que todavía hoy nos resultan insoportables de contemplar sin que se nos llenen los ojos de lágrimas. Es verdad que la liberación de los campos puso fin a la masacre, pero nunca borrará el horror, el dolor ni la obligación de recordar aquella atrocidad. 

Durante décadas hemos querido creer que la humanidad es capaz de aprender de sus errores y que los horrores del pasado no volverán a repetirse otra vez. Sin embargo, la realidad nos demuestra que, desgraciadamente, no ha sido así. En los últimos años estamos viendo cómo el odio, la violencia y la discriminación siguen muy presentes y profundamente enraizados en nuestras sociedades. El racismo, el antisemitismo, la intolerancia religiosa y los discursos supremacistas no solo no han desaparecido, sino que resurgen cada vez con más fuerza, especialmente entre las nuevas generaciones de jóvenes. Siempre han estado ahí, esperando el momento adecuado para volver a alzarse, para cuestionar derechos conquistados y para negar o trivializar los crímenes contra la humanidad cometidos durante el Holocausto, restando toda responsabilidad a quienes los perpetraron desde la más oscura y deleznable de las crueldades.

Hoy ya no se esconden quienes promueven el odio desde el extremismo más reaccionario. Lo vemos en los ataques a centros de culto, en la persecución de quien es diferente y en la banalización del sufrimiento ajeno. No reconocer esta realidad no es solo un acto de ignorancia, es también una forma peligrosa de cinismo que nos empuja, una vez más, hacia el mismo abismo en el que caímos en el pasado. 

Durante décadas, año tras año, hemos repetido hasta la saciedad la frase “nunca más”, pero como humanidad la hemos olvidado demasiadas veces. La olvidamos en las dictaduras del Cono Sur; la olvidamos en Ruanda; la olvidamos en los Balcanes; la olvidamos en Darfur, en Sudán; la olvidamos en el Congo; la olvidamos en Myanmar con el pueblo rohingya; la olvidamos en Ucrania; y nos hemos vuelto a olvidar en Gaza. Así que, no, el genocidio no es solo un recuerdo del pasado, el genocidio es una herida abierta que sigue repitiéndose ante nuestros ojos sin que hayamos hecho nada para evitarlo o, al menos, no lo suficiente. 

Por eso, de los horrores del pasado debemos extraer la lección más importante de todas. Que no puede volver a ocurrir, que no puede repetirse jamás en ninguna parte del mundo, a manos de ningún pueblo ni por ninguna otra nación contra otros pueblos y naciones. Ese fue el compromiso asumido tras la creación de las Naciones Unidas, cuando el mundo prometió trabajar siempre en favor de la paz y evitar que el manto de muerte, dolor y destrucción volviera a extenderse sobre la humanidad. Pero hemos fallado demasiadas veces, demasiadas. 

Para que ese compromiso sea real y no solo una promesa vacía, es imprescindible que conozcamos la historia y que esta se enseñe en los centros educativos de todos los niveles. Solo siendo conscientes y conocedores de la verdad podremos reconocer las señales de alerta y actuar a tiempo antes de que todo vuelva a suceder. Desconocer la historia es negar el dolor de las víctimas y negar la historia es abrir la puerta a que el horror se repita. Como ya lo advirtió Primo Levi, “aquellos que niegan Auschwitz estarían dispuestos a volver a hacerlo”.

Desde el recuerdo hacia todas las víctimas de la barbarie, debemos mantener viva la luz que guíe siempre nuestros pasos. Una luz de memoria que nos recuerde que ningún ser humano puede ver vulnerados jamás sus derechos más básicos, inalienables e inseparables de la dignidad humana. Una dignidad de la que toda persona es titular, sin que quepa distinción alguna. Así lo recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos cuando afirma que todas las personas nacemos libres e iguales en dignidad y derechos, sin importar nuestro origen, nuestra lengua, nuestra fe, el color de nuestra piel o nuestra forma de sentir, pensar o amar.

Es cierto que las fuerzas oscuras del odio son poderosas, pero mucho más poderosa tiene que ser nuestra voluntad para vencerlas. Porque vencer al odio es la mejor manera de honrar la memoria de todas las víctimas. La verdad, la memoria y el compromiso son las herramientas que nos permitirán construir un mundo de paz, un mundo donde la justicia y el respeto de los derechos de todas las personas guíen siempre nuestro camino.

Así que no importa quién seas, no importa cómo seas y no importa de dónde vengas. Tu dignidad humana, como la de cualquier otra persona en el mundo, es, ante todo, totalmente inviolable. Porque la humanidad, en toda su diversidad y riqueza, es, sin duda, nuestro mayor y más valioso patrimonio. Por tanto, es nuestro deber protegerla frente a aquellas fuerzas que solo buscan la vuelta de la violencia, del odio y la discriminación. Una tríada que solo ha traído destrucción y muerte. 

Por favor, en nombre de quienes vieron su voz silenciada y su vida arrebatada, mantengamos siempre viva la eterna luz de la memoria.

Para que nunca olvidemos lo que no ha de regresar jamás.

Para que siempre recordemos a quienes ya no están.  

Recordemos y nunca olvidemos.

Hagámoslo.

Siempre.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
What Must Never Return

(International Day of Commemoration in Memory of the Victims of the Holocaust)

Knowing history cannot be regarded as optional, nor as a simple exercise in memory. Knowing history is perhaps our greatest shared responsibility as a society and as an international community. And why is that? Because knowing history is the only way to develop critical thinking and to understand how far human beings can go when hatred is normalised, when those before our eyes are dehumanised, and when it is accepted that some lives are worth less than others. This awareness becomes essential when we speak of what is, without doubt, the darkest episode in recent human history, an episode that represented the absolute denial of human rights and of the inviolable human dignity of millions of people.

Among all the days of the year, 27 January is undoubtedly one of the most moving and significant for millions of people around the world. For those of us who firmly believe in the uncompromising defence of human dignity and the human rights of every person, this day carries an immense and profound emotional weight. Today, the International Day of Commemoration in Memory of the Victims of the Holocaust, we come together, or at least we should, to remember the victims of one of the most abominable crimes ever committed by humanity.

Millions of innocent people were murdered in a systematic, planned and orchestrated manner by the Nazi machinery and by all those who were complicit, whether actively or through the most shameful silence. Six million Jews, men, women and children, were exterminated simply for being who they were. To them must be added millions more, reaching an estimated total of seventeen million victims. We speak of prisoners of war, Roma people, Serbs, Poles, homosexuals, Freemasons, people with disabilities, Spanish Republicans, Catholics, Jehovah’s Witnesses and so many others who were led to their deaths for the mere fact of being, feeling, thinking, praying or loving differently. Their voices were silenced, their dignity trampled upon and their humanity abolished.

The Shoah was a unique event not only because of its scale but also because of the abomination of its nature. It was the greatest act of state terrorism in the history of humanity. A crime carried out from positions of power, imbued with absolute evil and justified by the most cruel irrationality. Before millions were murdered, they were denied their human condition, turned into numbers, into threats, into something disposable. That was the first step towards extermination.

When we recall the liberation of the Auschwitz Birkenau concentration camp on 27 January 1945, we do not remember only a place. We remember the most extreme symbol of dehumanisation, those images of destruction and death that even today are unbearable to contemplate without our eyes filling with tears. It is true that the liberation of the camps brought the massacre to an end, but it will never erase the horror, the pain or the duty to remember that atrocity.

For decades we have wanted to believe that humanity is capable of learning from its mistakes and that the horrors of the past would never be repeated. However, reality shows us that sadly this has not been the case. In recent years we have seen how hatred, violence and discrimination remain deeply rooted and very present in our societies. Racism, antisemitism, religious intolerance and supremacist rhetoric have not disappeared. On the contrary, they are resurfacing with increasing force, particularly among younger generations. They have always been there, waiting for the right moment to rise again, to challenge hard won rights and to deny or trivialise the crimes against humanity committed during the Holocaust, stripping those responsible of all accountability through the darkest and most contemptible cruelty.

Those who promote hatred from the most reactionary forms of extremism no longer hide. We see it in attacks on places of worship, in the persecution of those who are different, and in the trivialisation of others’ suffering. Failing to acknowledge this reality is not only an act of ignorance, it is also a dangerous form of cynicism that once again pushes us towards the very abyss into which we fell in the past.

For decades, year after year, we have repeated the phrase “never again” to the point of exhaustion, yet as humanity we have forgotten it far too many times. We forgot it in the dictatorships of the Southern Cone; we forgot it in Rwanda; we forgot it in the Balkans; we forgot it in Darfur, in Sudan; we forgot it in the Congo; we forgot it in Myanmar with the Rohingya people; we forgot it in Ukraine; and we have once again forgotten it in Gaza. So no, genocide is not merely a memory of the past; genocide is an open wound that continues to repeat itself before our very eyes, while we have done nothing to prevent it or, at the very least, not enough.

For this reason, from the horrors of the past we must draw the most important lesson of all. That it must never happen again, that it must never be repeated anywhere in the world, by any people or by any nation against others. That was the commitment made after the creation of the United Nations, when the world promised to work always in favour of peace and to prevent the shroud of death, pain and destruction from spreading over humanity again. But we have failed too many times, far too many.

For that commitment to be real and not merely an empty promise, it is essential that we know history and that it is taught at all levels of education. Only by being aware of and understanding the truth will we be able to recognise warning signs and act in time before everything happens again. Ignoring history is to deny the suffering of the victims, and denying history is to open the door to the repetition of horror. As Primo Levi warned, those who deny Auschwitz would be willing to do it again.

From the remembrance of all the victims of barbarism, we must keep alive the light that should always guide our steps. A light of memory that reminds us that no human being may ever see their most basic rights violated, rights that are inalienable and inseparable from human dignity. A dignity that belongs to every person, without distinction of any kind. This is enshrined in the Universal Declaration of Human Rights, which affirms that all people are born free and equal in dignity and rights, regardless of origin, language, faith, skin colour or the way we feel, think or love.

It is true that the dark forces of hatred are powerful, but our will to overcome them must be far more powerful. Because overcoming hatred is the best way to honour the memory of all the victims. Truth, memory and commitment are the tools that will allow us to build a world of peace, a world in which justice and respect for the rights of all people always guide our path.

So it does not matter who you are, it does not matter how you are, and it does not matter where you come from. Your human dignity, like that of every other person in the world, is above all inviolable. Humanity, in all its diversity and richness, is without doubt our greatest and most valuable heritage. Therefore, it is our duty to protect it from those forces that seek only the return of violence, hatred and discrimination, a triad that has brought nothing but destruction and death.

Please, in the name of those whose voices were silenced and whose lives were taken, let us always keep alive the eternal light of memory.

So that we never forget what must never return.

So that we always remember those who are no longer with us.

Let us remember and never forget.

Let us do it.

Always.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Ciò che non deve tornare mai

(Giornata Internazionale della Memoria delle Vittime dell’Olocausto)

Conoscere la storia non può essere considerato qualcosa di opzionale né un semplice esercizio di memoria. Conoscere la storia è forse la nostra più grande responsabilità comune come società e come comunità internazionale. E perché? Perché conoscere la storia è l’unico modo per sviluppare il pensiero critico e comprendere fino a che punto può spingersi l’essere umano quando l’odio viene normalizzato, quando si disumanizza chi abbiamo davanti agli occhi e quando si accetta che alcune persone valgano meno di altre. Questa consapevolezza diventa imprescindibile quando parliamo di quello che è, senza dubbio, l’episodio più oscuro della storia recente dell’umanità, un episodio che ha rappresentato la negazione assoluta dei diritti umani e della dignità umana inviolabile di milioni di persone.

Tra tutti i giorni dell’anno, il 27 gennaio è senza dubbio uno dei più intensi e significativi per milioni di persone in tutto il mondo. Per chi crede fermamente nella difesa senza compromessi della dignità umana e dei diritti umani di ogni persona, questa giornata ha un peso emotivo enorme e profondo. Oggi, Giornata Internazionale della Memoria delle Vittime dell’Olocausto, ci uniamo, o almeno dovremmo farlo, per ricordare le vittime di uno dei crimini più abominevoli mai commessi dall’umanità.

Milioni di persone innocenti furono assassinate in modo sistematico, pianificato e orchestrato dalla macchina nazista e da tutti coloro che ne furono complici, sia in maniera attiva sia attraverso il più vergognoso dei silenzi. Sei milioni di ebrei, uomini, donne e bambini, furono sterminati unicamente per ciò che erano. A loro si aggiungono milioni di altre persone, fino a raggiungere la cifra approssimativa di diciassette milioni di vittime. Parliamo di prigionieri di guerra, rom, serbi, polacchi, omosessuali, massoni, persone con disabilità, repubblicani spagnoli, cattolici, testimoni di Geova e di tante altre persone che furono condotte alla morte per il solo fatto di essere, sentire, pensare, pregare o amare in modo diverso. Le loro voci furono silenziate, la loro dignità calpestata e la loro umanità abolita.

La Shoah fu un evento unico non solo per la sua portata, ma anche per l’abominio della sua natura. Fu il più grande atto di terrorismo di Stato nella storia dell’umanità. Un crimine compiuto dal potere, intriso della malvagità più assoluta e giustificato dalla più crudele delle irrazionalità. Prima di assassinare milioni di persone, venne loro negata la condizione umana, furono ridotte a numeri, a minacce, a qualcosa di sacrificabile. Questo fu il primo passo verso lo sterminio.

Nel ricordare la liberazione del campo di concentramento di Auschwitz Birkenau, il 27 gennaio 1945, non ricordiamo soltanto un luogo. Ricordiamo il simbolo più estremo della disumanizzazione, ricordiamo quelle immagini di distruzione e di morte che ancora oggi risultano insopportabili da contemplare senza che gli occhi si riempiano di lacrime. È vero che la liberazione dei campi pose fine alla strage, ma non potrà mai cancellare l’orrore, il dolore né il dovere di ricordare quella atrocità.

Per decenni abbiamo voluto credere che l’umanità fosse capace di imparare dai propri errori e che gli orrori del passato non si sarebbero ripetuti. Tuttavia, la realtà ci dimostra che purtroppo non è stato così. Negli ultimi anni stiamo vedendo come l’odio, la violenza e la discriminazione restino profondamente radicati e molto presenti nelle nostre società. Il razzismo, l’antisemitismo, l’intolleranza religiosa e i discorsi suprematisti non solo non sono scomparsi, ma riemergono con sempre maggiore forza, soprattutto tra le nuove generazioni. Sono sempre stati lì, in attesa del momento giusto per rialzarsi, per mettere in discussione i diritti conquistati e per negare o banalizzare i crimini contro l’umanità commessi durante l’Olocausto, sottraendo ogni responsabilità a chi li ha perpetrati attraverso le forme più oscure e spregevoli di crudeltà.

Oggi chi promuove l’odio dalle forme più reazionarie dell’estremismo non si nasconde più. Lo vediamo negli attacchi ai luoghi di culto, nella persecuzione di chi è diverso e nella banalizzazione della sofferenza altrui. Non riconoscere questa realtà non è solo un atto di ignoranza, ma anche una forma pericolosa di cinismo che ci spinge, ancora una volta, verso lo stesso abisso nel quale siamo già caduti in passato.

Per decenni, anno dopo anno, abbiamo ripetuto fino allo sfinimento l’espressione “mai più”, ma come umanità l’abbiamo dimenticata troppe volte. L’abbiamo dimenticata nelle dittature del Cono Sud; l’abbiamo dimenticata in Ruanda; l’abbiamo dimenticata nei Balcani; l’abbiamo dimenticata in Darfur, in Sudan; l’abbiamo dimenticata nel Congo; l’abbiamo dimenticata in Myanmar con il popolo rohingya; l’abbiamo dimenticata in Ucraina; e l’abbiamo dimenticata di nuovo a Gaza. Dunque no, il genocidio non è soltanto un ricordo del passato; il genocidio è una ferita aperta che continua a ripetersi davanti ai nostri occhi, senza che abbiamo fatto nulla per impedirlo o, quantomeno, non abbastanza.

Per questo, dagli orrori del passato dobbiamo trarre la lezione più importante di tutte. Che non può accadere di nuovo, che non deve mai ripetersi in nessuna parte del mondo, per mano di alcun popolo o di alcuna nazione contro altri popoli e nazioni. Questo fu l’impegno assunto con la creazione delle Nazioni Unite, quando il mondo promise di lavorare sempre a favore della pace e di impedire che il manto di morte, dolore e distruzione tornasse a stendersi sull’umanità. Ma abbiamo fallito troppe volte, troppe.

Affinché questo impegno sia reale e non una promessa vuota, è indispensabile conoscere la storia e insegnarla nei centri educativi di tutti i livelli. Solo essendo consapevoli e conoscendo la verità potremo riconoscere i segnali di allarme e agire in tempo prima che tutto accada di nuovo. Ignorare la storia significa negare il dolore delle vittime, e negare la storia significa aprire la porta alla ripetizione dell’orrore. Come avvertì Primo Levi, coloro che negano Auschwitz sarebbero disposti a farlo di nuovo.

Nel ricordo di tutte le vittime della barbarie, dobbiamo mantenere viva la luce che deve guidare sempre i nostri passi. Una luce della memoria che ci ricordi che nessun essere umano può vedere violati i propri diritti più fondamentali, inalienabili e inseparabili dalla dignità umana. Una dignità di cui ogni persona è titolare, senza alcuna distinzione. Così afferma la Dichiarazione Universale dei Diritti Umani quando proclama che tutte le persone nascono libere e uguali in dignità e diritti, indipendentemente dall’origine, dalla lingua, dalla fede, dal colore della pelle o dal modo di sentire, pensare o amare.

È vero che le forze oscure dell’odio sono potenti, ma molto più potente deve essere la nostra volontà di sconfiggerle. Perché vincere l’odio è il modo migliore per onorare la memoria di tutte le vittime. La verità, la memoria e l’impegno sono gli strumenti che ci permetteranno di costruire un mondo di pace, un mondo in cui la giustizia e il rispetto dei diritti di tutte le persone guidino sempre il nostro cammino.

Non importa dunque chi tu sia, non importa come tu sia e non importa da dove tu venga. La tua dignità umana, come quella di qualsiasi altra persona nel mondo, è prima di tutto inviolabile. L’umanità, in tutta la sua diversità e ricchezza, è senza dubbio il nostro patrimonio più grande e più prezioso. Per questo è nostro dovere proteggerla da quelle forze che cercano soltanto il ritorno della violenza, dell’odio e della discriminazione, una triade che ha portato solo distruzione e morte.

Per favore, in nome di coloro cui è stata tolta la voce e la vita, manteniamo sempre viva l’eterna luce della memoria.

Perché non dimentichiamo mai ciò che non deve tornare mai.

Perché ricordiamo sempre coloro che non ci sono più.

Ricordiamo e non dimentichiamo mai.

Facciamolo.

Sempre.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Ce qui ne doit jamais revenir

(Journée internationale de commémoration en mémoire des victimes de l’Holocauste)

Connaître l’histoire ne peut être considéré comme quelque chose d’optionnel ni comme un simple exercice de mémoire. Connaître l’histoire est sans doute notre plus grande responsabilité commune en tant que société et en tant que communauté internationale. Et pourquoi cela est il si important. Parce que connaître l’histoire est la seule manière de développer un esprit critique et de comprendre jusqu’où l’être humain peut aller lorsque la haine est banalisée, lorsque l’on déshumanise ceux que l’on a sous les yeux et lorsque l’on accepte que certaines personnes vaillent moins que d’autres. Cette prise de conscience devient indispensable lorsque nous parlons de ce qui est sans aucun doute l’épisode le plus sombre de l’histoire récente de l’humanité, un épisode qui a représenté la négation absolue des droits humains et de la dignité humaine inviolable de millions de personnes.

Parmi tous les jours de l’année, le 27 janvier est sans aucun doute l’un des plus émouvants et des plus significatifs pour des millions de personnes dans le monde entier. Pour celles et ceux qui croient fermement en la défense sans concession de la dignité humaine et des droits humains de toute personne, cette journée porte une charge émotionnelle immense et profonde. Aujourd’hui, Journée internationale de commémoration en mémoire des victimes de l’Holocauste, nous nous unissons, ou du moins nous le devrions, pour nous souvenir des victimes de l’un des crimes les plus abominables jamais commis par l’humanité.

Des millions de personnes innocentes ont été assassinées de manière systématique, planifiée et orchestrée par la machine nazie et par tous ceux qui en furent complices, soit de façon active, soit par le silence le plus honteux. Six millions de Juifs, hommes, femmes et enfants, ont été exterminés uniquement pour ce qu’ils étaient. À eux s’ajoutent des millions d’autres personnes, jusqu’à atteindre le chiffre approximatif de dix sept millions de victimes. Il s’agit de prisonniers de guerre, de personnes roms, de Serbes, de Polonais, d’homosexuels, de francs maçons, de personnes en situation de handicap, de républicains espagnols, de catholiques, de témoins de Jéhovah et de tant d’autres qui ont été conduits à la mort pour le seul fait d’être, de ressentir, de penser, de prier ou d’aimer différemment. Leurs voix ont été réduites au silence, leur dignité piétinée et leur humanité abolie.

La Shoah fut un événement unique non seulement par son ampleur mais aussi par le caractère abominable de sa nature. Elle constitua le plus grand acte de terrorisme d’État de toute l’histoire de l’humanité. Un crime exécuté depuis le pouvoir, imprégné de la plus absolue des méchancetés et justifié par la plus cruelle des irrationalités. Avant d’assassiner des millions de personnes, on leur a nié leur condition humaine, on les a transformées en numéros, en menaces, en êtres superflus. Ce fut la première étape vers l’extermination.

En évoquant la libération du camp de concentration d’Auschwitz Birkenau le 27 janvier 1945, nous ne nous souvenons pas seulement d’un lieu. Nous nous souvenons du symbole le plus extrême de la déshumanisation, de ces images de destruction et de mort qui aujourd’hui encore sont insoutenables à regarder sans que les larmes ne nous montent aux yeux. Il est vrai que la libération des camps a mis fin au massacre, mais elle n’effacera jamais l’horreur, la douleur ni le devoir de se souvenir de cette atrocité.

Pendant des décennies, nous avons voulu croire que l’humanité était capable d’apprendre de ses erreurs et que les horreurs du passé ne se reproduiraient plus. Pourtant, la réalité nous montre malheureusement que cela n’a pas été le cas. Ces dernières années, nous constatons que la haine, la violence et la discrimination demeurent profondément enracinées et très présentes dans nos sociétés. Le racisme, l’antisémitisme, l’intolérance religieuse et les discours suprémacistes n’ont pas disparu. Au contraire, ils réapparaissent avec une force croissante, en particulier parmi les jeunes générations. Ils ont toujours été là, attendant le moment opportun pour se relever, pour remettre en cause les droits acquis et pour nier ou banaliser les crimes contre l’humanité commis pendant l’Holocauste, en dégageant de toute responsabilité ceux qui les ont perpétrés à travers les formes les plus sombres et les plus ignobles de la cruauté.

Aujourd’hui, ceux qui propagent la haine depuis les formes les plus réactionnaires de l’extrémisme ne se cachent plus. Nous le voyons dans les attaques contre les lieux de culte, dans la persécution de celles et ceux qui sont différents et dans la banalisation de la souffrance d’autrui. Ne pas reconnaître cette réalité n’est pas seulement un acte d’ignorance, c’est aussi une forme dangereuse de cynisme qui nous pousse, une fois de plus, vers le même abîme dans lequel nous sommes déjà tombés par le passé.

Pendant des décennies, année après année, nous avons répété jusqu’à l’épuisement l’expression « plus jamais », mais en tant qu’humanité, nous l’avons oubliée bien trop souvent. Nous l’avons oubliée dans les dictatures du Cône Sud ; nous l’avons oubliée au Rwanda ; nous l’avons oubliée dans les Balkans ; nous l’avons oubliée au Darfour, au Soudan ; nous l’avons oubliée au Congo ; nous l’avons oubliée au Myanmar avec le peuple rohingya ; nous l’avons oubliée en Ukraine ; et nous l’avons de nouveau oubliée à Gaza. Ainsi, non, le génocide n’est pas seulement un souvenir du passé ; le génocide est une plaie ouverte qui continue de se répéter sous nos yeux, sans que nous ayons fait quoi que ce soit pour l’empêcher ou, du moins, pas suffisamment.

C’est pourquoi, des horreurs du passé, nous devons tirer la plus importante des leçons. Cela ne doit pas se reproduire. Cela ne doit jamais se répéter nulle part dans le monde, par aucun peuple et par aucune nation contre d’autres peuples et d’autres nations. Tel fut l’engagement pris lors de la création des Nations unies, lorsque le monde a promis de travailler toujours en faveur de la paix et d’empêcher que le manteau de la mort, de la douleur et de la destruction ne s’abatte de nouveau sur l’humanité. Mais nous avons échoué trop souvent, bien trop souvent.

Pour que cet engagement soit réel et non une promesse vide, il est indispensable de connaître l’histoire et de l’enseigner dans les établissements éducatifs à tous les niveaux. Ce n’est qu’en étant conscients et en connaissant la vérité que nous pourrons reconnaître les signes avant coureurs et agir à temps avant que tout ne recommence. Ignorer l’histoire, c’est nier la douleur des victimes. Nier l’histoire, c’est ouvrir la porte à la répétition de l’horreur. Comme l’avait averti Primo Levi, ceux qui nient Auschwitz seraient prêts à le refaire.

Dans le souvenir de toutes les victimes de la barbarie, nous devons maintenir vivante la lumière qui doit toujours guider nos pas. Une lumière de la mémoire qui nous rappelle qu’aucun être humain ne peut jamais voir ses droits les plus fondamentaux violés, droits inaliénables et indissociables de la dignité humaine. Une dignité dont chaque personne est titulaire, sans aucune distinction. C’est ce qu’affirme la Déclaration universelle des droits de l’homme lorsqu’elle proclame que tous les êtres humains naissent libres et égaux en dignité et en droits, quels que soient leur origine, leur langue, leur foi, la couleur de leur peau ou leur manière de ressentir, de penser ou d’aimer.

Il est vrai que les forces obscures de la haine sont puissantes, mais notre volonté de les vaincre doit l’être encore davantage. Car vaincre la haine est la meilleure manière d’honorer la mémoire de toutes les victimes. La vérité, la mémoire et l’engagement sont les outils qui nous permettront de construire un monde de paix, un monde où la justice et le respect des droits de toutes les personnes guideront toujours notre chemin.

Peu importe donc qui tu es, peu importe comment tu es et peu importe d’où tu viens. Ta dignité humaine, comme celle de toute autre personne dans le monde, est avant tout inviolable. L’humanité, dans toute sa diversité et sa richesse, est sans aucun doute notre patrimoine le plus grand et le plus précieux. Il est donc de notre devoir de la protéger face à ces forces qui ne cherchent que le retour de la violence, de la haine et de la discrimination, une triade qui n’a apporté que destruction et mort.

S’il vous plaît, au nom de celles et ceux dont la voix a été réduite au silence et dont la vie a été arrachée, maintenons toujours vivante l’éternelle lumière de la mémoire.

Pour que nous n’oubliions jamais ce qui ne doit jamais revenir.

Pour que nous nous souvenions toujours de celles et ceux qui ne sont plus là.

Souvenons nous et n’oublions jamais.

Faisons le.

Toujours.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
O que nunca deve regressar

(Dia Internacional em Memória das Vítimas do Holocausto)

Conhecer a história não pode ser considerado algo opcional, nem um simples exercício de memória. Conhecer a história é talvez a nossa maior responsabilidade comum enquanto sociedade e enquanto comunidade internacional. E porquê. Porque conhecer a história é a única forma de desenvolver o pensamento crítico e de compreender até onde o ser humano pode chegar quando o ódio é normalizado, quando se desumaniza quem temos diante dos olhos e quando se aceita que há pessoas que valem menos do que outras. Esta consciência torna se indispensável quando falamos daquele que é, sem dúvida, o episódio mais sombrio da história recente da humanidade, um episódio que representou a negação absoluta dos direitos humanos e da dignidade humana inviolável de milhões de pessoas.

De entre todos os dias do ano, o dia 27 de janeiro é, sem dúvida, um dos mais emotivos e significativos para milhões de pessoas em todo o mundo. Para quem acredita firmemente na defesa intransigente da dignidade humana e dos direitos humanos de todas as pessoas, este dia tem uma carga emocional imensa e profunda. Hoje, Dia Internacional em Memória das Vítimas do Holocausto, unimo nos, ou pelo menos deveríamos unir nos, para recordar as vítimas de um dos crimes mais abomináveis alguma vez cometidos pela humanidade.

Milhões de pessoas inocentes foram assassinadas de forma sistemática, planeada e orquestrada pela máquina nazi e por todos aqueles que foram cúmplices, quer de forma ativa quer através do mais vergonhoso dos silêncios. Seis milhões de judeus, homens, mulheres e crianças, foram exterminados apenas por serem quem eram. A estes somam se milhões de outras pessoas, até perfazer um número aproximado de dezassete milhões de vítimas. Falamos de prisioneiros de guerra, pessoas ciganas, sérvios, polacos, homossexuais, maçons, pessoas com deficiência, republicanos espanhóis, católicos, Testemunhas de Jeová e tantas outras pessoas que foram conduzidas à morte pelo simples facto de serem, sentirem, pensarem, rezarem ou amarem de forma diferente. As suas vozes foram silenciadas, a sua dignidade foi pisada e a sua humanidade foi abolida.

A Shoah foi um acontecimento único não apenas pela sua dimensão, mas também pelo caráter abominável da sua natureza. Foi o maior ato de terrorismo de Estado de toda a história da humanidade. Um crime executado a partir do poder, impregnado pela mais absoluta maldade e sustentado pela mais cruel das irracionalidades. Antes de assassinar milhões de pessoas, foi lhes negada a sua condição humana, foram transformadas em números, em ameaças, em algo descartável. Esse foi o primeiro passo para o extermínio.

Ao recordarmos a libertação do campo de concentração de Auschwitz Birkenau, a 27 de janeiro de 1945, não recordamos apenas um lugar. Recordamos o símbolo mais extremo da desumanização, aquelas imagens de destruição e morte que ainda hoje são insuportáveis de contemplar sem que os olhos se encham de lágrimas. É verdade que a libertação dos campos pôs fim ao massacre, mas nunca apagará o horror, a dor nem o dever de recordar aquela atrocidade.

Durante décadas quisemos acreditar que a humanidade era capaz de aprender com os seus erros e que os horrores do passado não voltariam a repetir se. No entanto, a realidade mostra nos que, infelizmente, não foi assim. Nos últimos anos temos assistido à persistência do ódio, da violência e da discriminação, profundamente enraizados nas nossas sociedades. O racismo, o antissemitismo, a intolerância religiosa e os discursos supremacistas não desapareceram. Pelo contrário, ressurgem com cada vez mais força, sobretudo entre as gerações mais jovens. Sempre estiveram lá, à espera do momento certo para se erguerem de novo, para questionarem direitos conquistados e para negarem ou banalizarem os crimes contra a humanidade cometidos durante o Holocausto, retirando toda a responsabilidade a quem os perpetraram através das formas mais sombrias e desprezíveis de crueldade.

Hoje, quem promove o ódio a partir do extremismo mais reacionário já não se esconde. Vemo lo nos ataques a locais de culto, na perseguição de quem é diferente e na banalização do sofrimento alheio. Não reconhecer esta realidade não é apenas um ato de ignorância, é também uma forma perigosa de cinismo que nos empurra, mais uma vez, para o mesmo abismo em que caímos no passado.

Durante décadas, ano após ano, repetimos até à exaustão a expressão “nunca mais”, mas enquanto humanidade esquecemo-la demasiadas vezes. Esquecemo-la nas ditaduras do Cone Sul; esquecemo-la no Ruanda; esquecemo-la nos Balcãs; esquecemo-la em Darfur, no Sudão; esquecemo-la no Congo; esquecemo-la em Myanmar com o povo rohingya; esquecemo-la na Ucrânia; e voltámos a esquecê-la em Gaza. Assim, não, o genocídio não é apenas uma recordação do passado; o genocídio é uma ferida aberta que continua a repetir-se diante dos nossos olhos, sem que tenhamos feito nada para o evitar ou, pelo menos, não o suficiente.

Por isso, dos horrores do passado devemos retirar a lição mais importante de todas. Que não pode voltar a acontecer, que não pode repetir se jamais em nenhuma parte do mundo, por nenhum povo nem por nenhuma nação contra outros povos e nações. Esse foi o compromisso assumido com a criação das Nações Unidas, quando o mundo prometeu trabalhar sempre em favor da paz e impedir que o manto da morte, da dor e da destruição voltasse a estender se sobre a humanidade. Mas falhámos demasiadas vezes, vezes demais.

Para que esse compromisso seja real e não apenas uma promessa vazia, é imprescindível que conheçamos a história e que esta seja ensinada nos centros educativos de todos os níveis. Só sendo conscientes e conhecedores da verdade poderemos reconhecer os sinais de alerta e agir a tempo antes que tudo volte a acontecer. Desconhecer a história é negar a dor das vítimas e negar a história é abrir a porta à repetição do horror. Como já advertiu Primo Levi, aqueles que negam Auschwitz estariam dispostos a fazê lo novamente.

A partir da memória de todas as vítimas da barbárie, devemos manter viva a luz que deve guiar sempre os nossos passos. Uma luz da memória que nos recorde que nenhum ser humano pode jamais ver violados os seus direitos mais básicos, inalienáveis e inseparáveis da dignidade humana. Uma dignidade da qual toda a pessoa é titular, sem qualquer distinção. Assim o afirma a Declaração Universal dos Direitos Humanos quando proclama que todas as pessoas nascem livres e iguais em dignidade e direitos, independentemente da sua origem, da sua língua, da sua fé, da cor da sua pele ou da forma como sentem, pensam ou amam.

É verdade que as forças obscuras do ódio são poderosas, mas a nossa vontade de as vencer tem de ser ainda mais poderosa. Porque vencer o ódio é a melhor forma de honrar a memória de todas as vítimas. A verdade, a memória e o compromisso são as ferramentas que nos permitirão construir um mundo de paz, um mundo em que a justiça e o respeito pelos direitos de todas as pessoas guiem sempre o nosso caminho.

Não importa quem és, não importa como és e não importa de onde vens. A tua dignidade humana, tal como a de qualquer outra pessoa no mundo, é antes de tudo inviolável. A humanidade, em toda a sua diversidade e riqueza, é sem dúvida o nosso maior e mais valioso património. Por isso, é nosso dever protegê la contra aquelas forças que apenas procuram o regresso da violência, do ódio e da discriminação, uma tríade que apenas trouxe destruição e morte.

Assim, por favor, em nome de quem viu a sua voz silenciada e a sua vida arrebatada, mantenhamos sempre viva a eterna luz da memória.

Para que nunca esqueçamos o que não deve regressar jamais.

Para que recordemos sempre quem já não está.

Recordemos e nunca esqueçamos.

Façamo lo.

Sempre.

¡Digan su nombre, Alex Pretti!

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

No quiero que lo olvides. No quiero que pases de largo. No quiero que conviertas este texto en uno más de los que se pierden en el ruido informativo. Quiero que digas su nombre con calma, con conciencia y con respeto. Porque detrás de ese nombre hay una vida entera, una historia real, una persona que no iba armada y que no debería haber muerto así. Di su nombre, se llamaba Alex Pretti. 

Tenía 37 años, era enfermero de cuidados intensivos. Se ganaba la vida haciendo justo lo contrario de lo que le hicieron a él. Alex cuidaba, acompañaba y sostenía a personas en situaciones límite. Trabajaba con pacientes graves, muchos de ellos veteranos de guerra, y quienes lo conocían hablan de él como alguien empático, tranquilo y comprometido. Alex era un hombre normal, de los que creen que hay que estar justo ahí cuando las cosas se tuercen.

El sábado fue asesinado en Minneapolis por agentes federales de la Patrulla Fronteriza, ICE, cada vez más parecida a una Gestapo del siglo XXI, en el contexto del despliegue policial impulsado por el Gobierno Federal para reprimir las protestas contra su política migratoria. Alex murió en una ciudad diversa y movilizada, una ciudad convertida de repente en un escenario de miedo, tensión, denuncia social contra las políticas migratorias y una alta militarización de las calles.

La versión oficial intentó justificar lo ocurrido diciendo que Alex representaba una amenaza y que iba armado. Pero las imágenes grabadas por testigos desmienten esa versión. En los vídeos se ve con claridad que Alex no portaba ningún arma. Lo que llevaba en la mano era un teléfono móvil, con el que estaba grabando todo el despropósito que ocurría a su alrededor y que ha acabado con su vida. 

En las imágenes se ve cómo Alex se acerca cuando un agente empuja a otra persona. Se le ve intentando ayudar, se le ve siendo rociado con gas, para luego ser reducido y tirado al suelo. Y se le ve recibir los disparos que acabaron con su vida cuando ya estaba todo controlado. En algunas grabaciones incluso se aprecia cómo un agente separa un arma del cuerpo de Alex antes de los tiros, lo que refuerza la idea de que no existía una amenaza real ni inmediata.

No, Alex no estaba atacando a nadie. No estaba armado, no estaba poniendo en peligro a los agentes. Estaba ejerciendo un derecho básico como ciudadano libre. Estaba observando y documentando una acción injusta mientras que otros miran hacia otro lado. Precisamente por eso su muerte resulta tan devastadora, porque una persona que no suponía peligro alguno fue cruelmente asesinada.

Lo peor es que no se trata de un caso aislado. En pocas semanas, Minneapolis ha vivido la muerte de Renée Good y ahora la de Alex Pretti a manos de agentes federales en el marco de este mismo operativo. Sin duda, es una deriva represiva que no solo afecta a personas migrantes, de cuya muerte bajo custodia de ICE casi nadie pregunta o se indigna, sino que también afecta a quienes protestan, intentan ayudar o simplemente están allí clamando contra lo que es claramente discriminatorio e injusto. 

Por ahora, la familia de Alex ha sido muy clara. Ha denunciado las mentiras del relato oficial y ha recordado que Alex era un hombre bueno, un profesional sanitario, alguien que creía en la justicia social y en el deber de cuidar a los demás. Su padre contó que incluso le pidió que tuviera cuidado en las protestas, pero Alex sentía que no podía quedarse en casa de brazos cruzados mientras veía lo que estaba ocurriendo.

Tras su asesinato, a pesar del frío extremo de Minneapolis, cientos de personas se reunieron en una vigilia para rendirle homenaje. Hubo velas, abrazos, lágrimas y un grito al unísono que resonó con fuerza: “¡Di su nombre, Alex Pretti!”. 

Pero ese grito es mucho más que un simple homenaje. Es una denuncia social, una forma de decir que no puede aceptarse jamás que se mate a personas desarmadas y luego se intente justificar lo que es a todas luces injustificable. Porque ningún gobierno puede hacer tragar por la fuerza a la ciudadanía “versiones oficiales” que luego se caen cuando se contrastan mínimamente con los hechos.

Hay que seguir reivindicando, porque mientras se siga diciendo, el mundo recordará que Alex estaba desarmado, que no era una amenaza y que su vida importaba.  A fin de cuentas, la memoria, cuando es honesta y colectiva, también es una forma de hacer justicia.

Alex no portaba ningún arma. Llevaba un móvil, llevaba conciencia, llevaba humanidad. 

Y por eso su nombre no puede olvidarse.

Se llamaba Alex Pretti.

¡Digan su nombre!

Alex Jeffrey Pretti (1989-2026)

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Say his name, Alex Pretti!

I do not want you to forget him. I do not want you to scroll past. I do not want this text to become just another piece lost in the noise of the news cycle. I want you to say his name calmly, consciously, and with respect. Because behind that name there is a whole life, a real story, a person who was not armed and who should never have died this way. Say his name. His name was Alex Pretti.

He was 37 years old. He was an intensive care nurse. He made his living doing exactly the opposite of what was done to him. Alex cared for people, stood by them, and supported them in moments of extreme vulnerability. He worked with critically ill patients, many of them war veterans, and those who knew him describe him as empathetic, calm, and deeply committed. Alex was an ordinary man, the kind of person who believes you have to show up when things start to go wrong.

On Saturday, he was killed in Minneapolis by federal agents from Border Patrol and ICE, forces that are increasingly resembling a twenty first century Gestapo, during a federal deployment aimed at suppressing protests against the government’s immigration policies. Alex died in a diverse and mobilized city, a city suddenly transformed into a space of fear, tension, social outrage against migration policies, and heavy militarization of the streets.

The official version tried to justify what happened by claiming that Alex posed a threat and was armed. But videos recorded by witnesses contradict that story. The footage clearly shows that Alex was not carrying any weapon. What he had in his hand was a cell phone, which he was using to record the chaos unfolding around him and which ultimately cost him his life.

In the images, Alex can be seen approaching as an agent pushes another person. He can be seen trying to help. He can be seen being sprayed with chemical agents, then restrained and thrown to the ground. And he can be seen being shot while everything was already under control. In some recordings, an agent can even be seen moving a weapon away from Alex’s body before the shots were fired, reinforcing the fact that there was no real or immediate threat.

No, Alex was not attacking anyone. He was not armed. He was not putting the agents in danger. He was exercising a basic right as a free citizen. He was observing and documenting an unjust action while others looked the other way. That is precisely why his death is so devastating, because a person who posed no danger whatsoever was brutally killed.

And the worst part is that this is not an isolated case. In just a few weeks, Minneapolis has witnessed the death of Renée Good and now that of Alex Pretti at the hands of federal agents during the same operation. This is clearly a repressive turn that not only affects migrants, whose deaths in ICE custody rarely provoke outrage or even questions, but also those who protest, try to help, or simply stand there demanding an end to what is plainly discriminatory and unjust.

So far, Alex’s family has been very clear. They have denounced the lies in the official narrative and reminded the public that Alex was a good man, a health care professional, someone who believed in social justice and in the duty to care for others. His father said he even asked him to be careful during the protests, but Alex felt he could not stay home with his arms crossed while watching what was happening.

After his killing, despite the extreme cold in Minneapolis, hundreds of people gathered for a vigil to honor him. There were candles, embraces, tears, and a single chant that echoed powerfully through the night: “Say his name, Alex Pretti!”

But that chant is far more than a tribute. It is a social indictment, a way of saying that it can never be acceptable to kill unarmed people and then attempt to justify what is clearly unjustifiable. Because no government has the right to force the public to swallow official versions that collapse the moment they are confronted with the facts.

We must keep speaking out, because as long as his name continues to be spoken, the world will remember that Alex was unarmed, that he was not a threat, and that his life mattered. In the end, memory, when it is honest and collective, is also a way of doing justice.

Alex was not carrying a weapon. He carried a phone. He carried conscience. He carried humanity.

And that is why his name must not be forgotten.

His name was Alex Pretti.

Say his name!

Alex Jeffrey Pretti (1989-2026)

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Dite il suo nome, Alex Pretti!

Non voglio che lo dimentichiate. Non voglio che passiate oltre. Non voglio che questo testo diventi uno dei tanti che si perdono nel rumore dell’informazione. Voglio che diciate il suo nome con calma, con consapevolezza e con rispetto. Perché dietro quel nome c’è una vita intera, una storia reale, una persona che non era armata e che non avrebbe mai dovuto morire così. Dite il suo nome. Si chiamava Alex Pretti.

Aveva 37 anni. Era un infermiere di terapia intensiva. Si guadagnava da vivere facendo esattamente l’opposto di ciò che è stato fatto a lui. Alex si prendeva cura delle persone, le accompagnava, le sosteneva nei momenti più difficili. Lavorava con pazienti gravemente malati, molti dei quali veterani di guerra, e chi lo conosceva lo descrive come una persona empatica, tranquilla e profondamente impegnata. Alex era un uomo normale, uno di quelli che credono che bisogna esserci proprio quando le cose iniziano ad andare male.

Il sabato è stato ucciso a Minneapolis da agenti federali della Border Patrol e dell’ICE, forze che somigliano sempre di più a una Gestapo del ventunesimo secolo, nel contesto di un dispiegamento federale volto a reprimere le proteste contro la politica migratoria del governo. Alex è morto in una città diversa e mobilitata, una città improvvisamente trasformata in uno spazio di paura, tensione, denuncia sociale contro le politiche migratorie e forte militarizzazione delle strade.

La versione ufficiale ha cercato di giustificare l’accaduto sostenendo che Alex rappresentasse una minaccia e che fosse armato. Ma i video registrati dai testimoni smentiscono questa versione. Le immagini mostrano chiaramente che Alex non portava alcuna arma. Quello che aveva in mano era un telefono cellulare, con cui stava registrando il caos che si stava svolgendo intorno a lui e che alla fine gli è costato la vita.

Nelle immagini si vede Alex avvicinarsi mentre un agente spinge un’altra persona. Lo si vede tentare di aiutare. Lo si vede essere colpito da spray chimici, poi immobilizzato e gettato a terra. E lo si vede colpito dai proiettili quando ormai la situazione era sotto controllo. In alcune registrazioni si vede persino un agente allontanare un’arma dal corpo di Alex prima che partano i colpi, rafforzando l’idea che non esistesse alcuna minaccia reale o immediata.

No, Alex non stava attaccando nessuno. Non era armato. Non stava mettendo in pericolo gli agenti. Stava esercitando un diritto fondamentale come cittadino libero. Stava osservando e documentando un’azione ingiusta mentre altri voltavano lo sguardo. Ed è proprio per questo che la sua morte è così devastante, perché una persona che non rappresentava alcun pericolo è stata brutalmente uccisa.

E la cosa peggiore è che non si tratta di un caso isolato. In poche settimane, Minneapolis ha assistito alla morte di Renée Good e ora a quella di Alex Pretti per mano di agenti federali nell’ambito dello stesso operativo. È chiaramente una deriva repressiva che non colpisce solo le persone migranti, delle cui morti sotto la custodia dell’ICE quasi nessuno chiede conto o si indigna, ma anche chi protesta, chi cerca di aiutare o chi semplicemente è lì a denunciare ciò che è evidentemente discriminatorio e ingiusto.

Finora, la famiglia di Alex è stata molto chiara. Ha denunciato le menzogne della versione ufficiale e ha ricordato che Alex era un uomo buono, un professionista sanitario, una persona che credeva nella giustizia sociale e nel dovere di prendersi cura degli altri. Suo padre ha raccontato che gli aveva persino chiesto di stare attento durante le proteste, ma Alex sentiva di non poter restare a casa con le braccia conserte mentre vedeva ciò che stava accadendo.

Dopo la sua uccisione, nonostante il freddo estremo di Minneapolis, centinaia di persone si sono riunite in una veglia per rendergli omaggio. C’erano candele, abbracci, lacrime e un unico grido che ha risuonato con forza: “¡Dite il suo nome, Alex Pretti!”.

Ma quel grido è molto più di un semplice omaggio. È una denuncia sociale, un modo per dire che non può mai essere accettabile uccidere persone disarmate e poi cercare di giustificare ciò che è palesemente ingiustificabile. Perché nessun governo ha il diritto di costringere la cittadinanza a ingoiare versioni ufficiali che crollano non appena vengono confrontate con i fatti.

Bisogna continuare a parlare, perché finché il suo nome verrà pronunciato, il mondo ricorderà che Alex era disarmato, che non era una minaccia e che la sua vita contava. In fondo, la memoria, quando è onesta e collettiva, è anche una forma di giustizia.

Alex non portava alcuna arma. Portava un telefono. Portava coscienza. Portava umanità.

Ed è per questo che il suo nome non deve essere dimenticato.

Si chiamava Alex Pretti.

Dite il suo nome!

Alex Jeffrey Pretti (1989-2026)

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Dites son nom, Alex Pretti!

Je ne veux pas que vous l’oubliiez. Je ne veux pas que vous passiez votre chemin. Je ne veux pas que ce texte devienne un de plus, perdu dans le bruit constant de l’actualité. Je veux que vous disiez son nom calmement, consciemment et avec respect. Parce que derrière ce nom, il y a toute une vie, une histoire vraie, une personne qui n’était pas armée et qui n’aurait jamais dû mourir de cette façon. Dites son nom. Il s’appelait Alex Pretti.

Il avait 37 ans. Il était infirmier aux soins intensifs. Il gagnait sa vie en faisant exactement l’inverse de ce qui lui a été fait. Alex prenait soin des gens, les accompagnait, les soutenait dans des moments de grande vulnérabilité. Il travaillait avec des patients gravement malades, dont plusieurs étaient des vétérans de guerre, et ceux qui le connaissaient parlent de lui comme d’une personne empathique, calme et profondément engagée. Alex était un homme ordinaire, de ceux qui croient qu’il faut être présent quand les choses commencent à mal tourner.

Samedi, il a été tué à Minneapolis par des agents fédéraux de la Border Patrol et de l’ICE, des forces qui ressemblent de plus en plus à une Gestapo du vingt et unième siècle, dans le cadre d’un déploiement fédéral visant à réprimer les manifestations contre la politique migratoire du gouvernement. Alex est mort dans une ville diverse et mobilisée, une ville soudainement transformée en espace de peur, de tension, de contestation sociale contre les politiques migratoires et de forte militarisation des rues.

La version officielle a tenté de justifier ce qui s’est passé en affirmant qu’Alex représentait une menace et qu’il était armé. Mais les vidéos enregistrées par des témoins contredisent ce récit. Les images montrent clairement qu’Alex ne portait aucune arme. Ce qu’il avait dans la main, c’était un téléphone cellulaire, avec lequel il filmait le chaos qui se déroulait autour de lui et qui lui a finalement coûté la vie.

Sur les images, on voit Alex s’approcher lorsqu’un agent pousse une autre personne. On le voit tenter d’aider. On le voit être aspergé de gaz, puis maîtrisé et jeté au sol. Et on le voit recevoir les tirs alors que la situation était déjà sous contrôle. Dans certains enregistrements, on voit même un agent éloigner une arme du corps d’Alex avant que les coups de feu ne soient tirés, ce qui renforce l’idée qu’il n’y avait aucune menace réelle ou immédiate.

Non, Alex n’attaquait personne. Il n’était pas armé. Il ne mettait pas les agents en danger. Il exerçait un droit fondamental en tant que citoyen libre. Il observait et documentait une action injuste pendant que d’autres détournaient le regard. C’est précisément pour cela que sa mort est si bouleversante, parce qu’une personne qui ne représentait aucun danger a été brutalement tuée.

Et le pire, c’est qu’il ne s’agit pas d’un cas isolé. En quelques semaines, Minneapolis a été le théâtre de la mort de Renée Good, puis maintenant de celle d’Alex Pretti, aux mains d’agents fédéraux dans le cadre de la même opération. Il s’agit clairement d’un virage répressif qui n’affecte pas seulement les personnes migrantes, dont les décès sous la garde de l’ICE suscitent rarement des questions ou de l’indignation, mais aussi celles et ceux qui manifestent, qui tentent d’aider ou qui sont simplement présents pour dénoncer ce qui est manifestement discriminatoire et injuste.

Jusqu’à présent, la famille d’Alex a été très claire. Elle a dénoncé les mensonges du récit officiel et a rappelé qu’Alex était un homme bon, un professionnel de la santé, quelqu’un qui croyait en la justice sociale et au devoir de prendre soin des autres. Son père a raconté qu’il lui avait même demandé d’être prudent lors des manifestations, mais Alex estimait qu’il ne pouvait pas rester à la maison, les bras croisés, en voyant ce qui se passait.

Après sa mort, malgré le froid extrême à Minneapolis, des centaines de personnes se sont rassemblées lors d’une veillée pour lui rendre hommage. Il y avait des chandelles, des étreintes, des larmes et un seul cri qui a résonné avec force: « ¡Dites son nom, Alex Pretti! ».

Mais ce cri est bien plus qu’un simple hommage. C’est une dénonciation sociale, une façon de dire qu’il n’est jamais acceptable de tuer des personnes désarmées et ensuite de tenter de justifier ce qui est clairement injustifiable. Aucun gouvernement n’a le droit de forcer la population à avaler des versions officielles qui s’effondrent dès qu’on les confronte aux faits.

Il faut continuer à parler, parce que tant que son nom sera prononcé, le monde se souviendra qu’Alex était désarmé, qu’il ne représentait aucune menace et que sa vie comptait. En fin de compte, la mémoire, lorsqu’elle est honnête et collective, est aussi une forme de justice.

Alex ne portait aucune arme. Il portait un téléphone. Il portait une conscience. Il portait de l’humanité.

Et c’est pour cela que son nom ne doit pas être oublié.

Il s’appelait Alex Pretti.

Dites son nom!

Alex Jeffrey Pretti (1989-2026)

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Digam seu nome, Alex Pretti!

Não quero que o esqueçam. Não quero que passem direto. Não quero que este texto se torne apenas mais um perdido no barulho constante das notícias. Quero que digam seu nome com calma, com consciência e com respeito. Porque por trás desse nome existe uma vida inteira, uma história real, uma pessoa que não estava armada e que nunca deveria ter morrido dessa forma. Digam seu nome. Ele se chamava Alex Pretti.

Ele tinha 37 anos. Era enfermeiro de terapia intensiva. Ganhava a vida fazendo exatamente o oposto do que foi feito com ele. Alex cuidava das pessoas, acompanhava, sustentava nos momentos de maior vulnerabilidade. Trabalhava com pacientes em estado grave, muitos deles veteranos de guerra, e quem o conhecia o descrevia como alguém empático, tranquilo e profundamente comprometido. Alex era um homem comum, daqueles que acreditam que é preciso estar presente quando as coisas começam a dar errado.

No sábado, foi morto em Minneapolis por agentes federais da Border Patrol e do ICE, forças que se assemelham cada vez mais a uma Gestapo do século vinte e um, no contexto de uma operação federal destinada a reprimir protestos contra a política migratória do governo. Alex morreu em uma cidade diversa e mobilizada, uma cidade subitamente transformada em um espaço de medo, tensão, denúncia social contra as políticas migratórias e intensa militarização das ruas.

A versão oficial tentou justificar o ocorrido afirmando que Alex representava uma ameaça e que estava armado. Mas os vídeos gravados por testemunhas contradizem essa versão. As imagens mostram com clareza que Alex não portava nenhuma arma. O que ele tinha na mão era um telefone celular, com o qual registrava o caos que acontecia ao seu redor e que acabou lhe custando a vida.

Nas imagens, vê se Alex se aproximar quando um agente empurra outra pessoa. Vê se Alex tentar ajudar. Vê se Alex ser atingido por spray químico, depois imobilizado e jogado no chão. E vê se Alex ser atingido por disparos quando a situação já estava sob controle. Em algumas gravações, é possível ver um agente afastando uma arma do corpo de Alex antes dos tiros, o que reforça a ideia de que não havia nenhuma ameaça real ou imediata.

Não, Alex não estava atacando ninguém. Não estava armado. Não colocava os agentes em perigo. Estava exercendo um direito básico como cidadão livre. Estava observando e documentando uma ação injusta enquanto outros viravam o rosto. É exatamente por isso que sua morte é tão devastadora, porque uma pessoa que não representava perigo algum foi brutalmente assassinada.

E o pior é que este não é um caso isolado. Em poucas semanas, Minneapolis presenciou a morte de Renée Good e agora a de Alex Pretti pelas mãos de agentes federais no âmbito da mesma operação. Trata se claramente de uma escalada repressiva que não afeta apenas pessoas migrantes, cujas mortes sob custódia do ICE quase ninguém questiona ou lamenta, mas também aqueles que protestam, tentam ajudar ou simplesmente estão ali denunciando o que é claramente discriminatório e injusto.

Até agora, a família de Alex tem sido muito clara. Denunciou as mentiras da narrativa oficial e lembrou que Alex era um homem bom, um profissional da saúde, alguém que acreditava na justiça social e no dever de cuidar dos outros. Seu pai contou que chegou a pedir que ele tivesse cuidado durante os protestos, mas Alex sentia que não podia ficar em casa de braços cruzados enquanto via o que estava acontecendo.

Após sua morte, apesar do frio extremo em Minneapolis, centenas de pessoas se reuniram em uma vigília para homenageá lo. Houve velas, abraços, lágrimas e um único grito que ecoou com força: Digam seu nome, Alex Pretti.

Mas esse grito é muito mais do que uma simples homenagem. É uma denúncia social, uma forma de dizer que jamais pode ser aceitável matar pessoas desarmadas e depois tentar justificar o que é claramente injustificável. Nenhum governo tem o direito de obrigar a população a engolir versões oficiais que desmoronam assim que são confrontadas com os fatos.

É preciso continuar falando, porque enquanto seu nome continuar sendo dito, o mundo se lembrará de que Alex estava desarmado, que não era uma ameaça e que sua vida importava. No fim das contas, a memória, quando é honesta e coletiva, também é uma forma de fazer justiça.

Alex não portava nenhuma arma. Ele carregava um telefone. Carregava consciência. Carregava humanidade.

E é por isso que seu nome não pode ser esquecido.

Ele se chamava Alex Pretti.

Digam seu nome!

Alex Jeffrey Pretti (1989- 2026)