Aunque hayan pasado noventa años, hay nombres que pertenecen a la Historia y hay nombres que, de alguna manera, nos terminan perteneciendo a todos. Federico es uno de ellos. Hay noches que no deberían existir, noches que se quedan atrapadas para siempre en la memoria de todo un país. Una de aquellas noches fue la del 18 de agosto de 1936 en la que quisieron apagar una voz, arrancar de la tierra a un poeta y convertir su nombre en silencio. Pero se equivocaron. Nunca lo lograron. Porque a Federico García Lorca pudieron quitarle la vida, pero no pudieron matarlo.
No pudieron matar sus versos. No pudieron matar a Yerma, ni a Bernarda, ni a la Novia de Bodas de sangre. No pudieron matar la Luna que tantas veces caminó por sus poemas, ni el caballo, ni el agua, ni el olivar, ni los balcones llenos de azahar. No pudieron matar el duende que se escapaba entre sus palabras. Y, sobre todo, no pudieron matar aquello que probablemente más miedo les daba: SU LIBERTAD.
Porque Federico era poeta, sí, pero también era mucho más que eso. Era sensibilidad frente a la brutalidad, belleza frente a la violencia, deseo frente a la represión, vida frente a quienes habían decidido que algunas vidas valían menos que otras. Por eso quizá quisieron hacerlo desaparecer, porque hay personas que incomodan simplemente por existir. Y Federico existía demasiado. Existía con su poesía, con su manera de mirar el mundo, con su sensibilidad, con su forma de convertir en belleza aquello que otros preferían esconder. Existía defendiendo, desde la palabra, a quienes estaban atrapados en sus propias casas, en sus propios cuerpos, en sus propias vidas.
Y entonces llegó la violencia. La violencia siempre cree que tiene la última palabra. ¡Qué ingenua! La violencia puede disparar, puede encarcelar, puede torturar, puede silenciar una voz durante un instante. Pero no sabe qué hacer con la memoria. No sabe qué hacer con los libros ni tampoco sabe qué hacer cuando alguien, décadas después, pronuncia el nombre de aquel a quien quisieron borrar: Federico. Y ahí es cuando él vuelve a vivir desde su inmensa eternidad.
Vuelve a la vida cuando alguien abre Romancero gitano; cuando alguien representa La casa de Bernarda Alba; cuando alguien lee Poeta en Nueva York; cuando alguien descubre por primera vez que detrás de aquellas palabras hubo un hombre que soñó, amó, sufrió y quiso vivir libremente. Vuelve cada vez que alguien lee, cada vez que alguien recuerda y cada vez que alguien se niega a olvidar. Porque quizá esa sea la verdadera victoria de Federico, no que lo recordemos como una víctima, sino que sigamos leyendo al poeta. Nunca permitamos que su muerte sea más importante que su vida. No dejemos que aquellos que lo asesinaron sean quienes definan quién fue Federico.
Federico no fue su muerte, Federico fue su vida; fue su Granada; fue Andalucía; fue España; fueron sus obras de teatro; fue su poesía; fue música; fue pasión; fue deseo; fue contradicción; fue libertad; y fue una manera extraordinaria de mirar aquello que otros ni siquiera querían ver. Y por eso, cuando pensamos en él, no deberíamos hacerlo únicamente desde la tristeza. Sí, es verdad, hay una herida. Una herida que todavía permanece abierta. Pero también hay algo más: HAY LUZ.
Porque aquella bala que pretendía terminar con Federico García Lorca terminó convirtiendo su nombre en algo que sus asesinos jamás pudieron controlar. Un símbolo. Y los símbolos no mueren fácilmente. Quizá por eso, tantos años después, seguimos hablándole. Seguimos diciendo «¡Ay, Federico!». Como quien habla con alguien que se marchó demasiado pronto; como quien todavía espera que responda desde algún rincón de Granada; y como quien sabe que hay ausencias que nunca dejan de doler. Pero también como quien ha comprendido algo fundamental, que no todo lo que muere desaparece y Federico está cada día más presente.
Hay personas que permanecen. Permanecen en los libros, en los escenarios, en las canciones, en las aulas, en los versos que alguien vuelve a leer en mitad de la noche. Y permanecen, sobre todo, en quienes aprendimos que recordar no es vivir anclados en el pasado. Recordar es impedir que la injusticia tenga la última palabra.
Por eso hoy, Federico, no quiero hablarte solamente de tu muerte. Quiero hablarte de tu vida, de todo aquello que construiste antes de que quisieran destruirte. Quiero hablarte de todo lo que dejaste aquí, de esa palabra tuya que atravesó el tiempo como una flecha,de esos versos que siguen cruzando ríos y desiertos, y de esa voz que quisieron convertir en silencio y que, sin embargo, continúa susurrándonos al oído como si fuera una canción de cuna.
Y quizá ahí esté la paradoja más hermosa de todas. Te hicieron inmortal, pero tu poesía ya era eterna. Te enterraron en algún lugar que todavía buscamos, pero tu nombre lo sembraron en millones de personas. Intentaron cerrar tus labios y conseguiste que generaciones enteras hablaran por ti. Intentaron arrancarte de la Historia y terminaste formando parte de ella. Intentaron matarte, pero te hicieron universal.
Y, sin embargo, estás aquí. Noventa años después sigues vivo, en tus versos, en tus personajes, en tu Granada, en nuestra memoria y en cada balcón que permanece abierto. Sigues vivo en cada persona que reclama el derecho a ser quien es; en cada voz que se levanta contra el odio; y en cada ser humano que todavía cree que la libertad merece ser defendida.
Porque quizá esa sea la verdadera inmortalidad. No vivir para siempre, sino conseguir que, después de morir, algo de ti siga viviendo y haciendo vivir a los demás. Y tú, Federico, dejaste muchísimo. Dejaste palabras, dejaste belleza, dejaste preguntas, dejaste heridas y dejaste libertad. Dejaste algo que aquellos que apretaron el gatillo jamás pudieron comprender: que la poesía no se fusila, que la memoria no se fusila, que la libertad no se fusila y que el amor no se fusila. Y a ti, Federico García Lorca, tampoco pudieron fusilarte porque escapaste del lado oscuro de la historia con alas de mariposa.
Porque podrán desaparecer los cuerpos, pero mientras exista alguien dispuesto a pronunciar tu nombre, Federico, seguirás aquí. Y mientras haya un verso tuyo viajando de unos labios a otros, aquella madrugada de agosto no será el final de tu historia, será solamente el principio de tu eternidad.
¡Ay, Federico! ¡Qué poco entendieron aquellos hombres de poesía! ¡Qué poco entendieron de memoria! ¡Qué poco entendieron de eternidad!
Y qué hermoso resulta comprobar, tantos años después, que ganaste tú.
Porque ellos quizá pasaron.
Pero tú te quedaste.
Eterno e inmortal.
A Federico Inmortal
-I-
En la noche de agosto, se quebró el silencio, y un triste eco de versos quedó enterrado en el viento.
-II-
Tus manos, ¡ay, Federico!, tus manos tejieron palabras de fuego. Y la tierra muerta, esa que te arrancó el alma, no quiso escuchar tu ruego.
-III-
Yerma, Bernarda, Bodas de sangre y la Luna con su poema, susurran ahora tus secretos bajo la misma canción de cuna.
-IV-
Duele la historia, esa que viste, con tus letras, el alma del pueblo que en tu poesía se reta.
-V-
No hay olvido, solo una herida abierta. Esa dictadura, oscura y maldita, hizo que tu voz, siempre cierta, quedara fría por siempre.
-VI-
Inmortal en la memoria, en los libros y en el canto. Tú, romancero de plata, siembras libertad donde hubo llanto.
-VII-
¡Que los balcones, con aires de azahar, permanezcan abiertos! ¡Que tus versos, de plata y clavel, crucen ríos y desiertos!
-VIII-
¡Ay, Federico! En cada palabra que toca, dulce, el corazón, vive tu espíritu, resistiendo el olvido y el peso de la opresión.
-IX-
¡Ay, Federico! ¡Que ya eras eterno cuando inmortal, en tu dulce verso, a ti te hicieron!
Gaza ya no es solamente un territorio devastado por una guerra, es el escenario de una de las mayores catástrofes humanitarias de nuestro tiempo. Después de casi tres años de destrucción, desplazamientos, hambre y muerte, la Franja continúa atrapada entre un alto el fuego que no ha conseguido traer una paz verdadera y una violencia que, aunque haya disminuido respecto de los momentos más devastadores de la guerra, continúa llevándose vidas. Las calles que antes estaban llenas de vida siguen cubiertas de escombros; las viviendas han desaparecido; las escuelas han sido destruidas o convertidas en refugios; las infraestructuras básicas permanecen gravemente dañadas; y buena parte de la población continúa desplazada. Naciones Unidas estima que se han generado decenas de millones de toneladas de escombros y que su retirada y gestión constituye todavía uno de los enormes desafíos para la reconstrucción de Gaza.
Y detrás de cada cifra hay una persona; un niño que ya no tiene colegio; una niña que ha aprendido demasiado pronto lo que significa esconderse; una madre que intenta alimentar a sus hijos en medio de la escasez; un padre que busca un lugar seguro para dormir; una persona mayor que ha perdido su casa, sus recuerdos y, quizá, a buena parte de su familia. Gaza no ha dejado de sufrir porque exista un alto el fuego. Desde el acuerdo alcanzado en octubre de 2025, las grandes operaciones militares disminuyeron, pero la violencia no desapareció y Naciones Unidas ha continuado documentando ataques, nuevas muertes, desplazamientos y restricciones de acceso. El silencio de las grandes bombas no significa necesariamente el regreso de la paz. Para quien ha perdido su hogar, para quien sigue desplazado, para quien no sabe de dónde llegará la próxima comida o para quien continúa viviendo bajo la amenaza de nuevos ataques, la guerra no termina simplemente porque deje de ocupar durante unas horas los titulares de los periódicos.
Y tampoco ha terminado el hambre. Es cierto que la entrada de ayuda durante el alto el fuego permitió mejorar significativamente las condiciones alimentarias respecto de los peores momentos de 2025, pero mejorar no significa estar bien. Millones de personas continúan dependiendo de la asistencia humanitaria para poder comer y las previsiones para los próximos meses siguen siendo extremadamente preocupantes. Una parte enorme de la población permanece en situación de crisis alimentaria o peor y las condiciones necesarias para garantizar una alimentación estable, suficiente y digna están lejos de haberse recuperado. Eso también es Gaza, una población que intenta reconstruir su vida mientras continúa sin disponer de las condiciones mínimas para hacerlo, personas que no solo necesitan alimentos para sobrevivir hoy, sino también agua potable, vivienda, electricidad, atención sanitaria, educación y seguridad para poder imaginar un mañana.
La sanidad tampoco se ha recuperado. El sistema sanitario gazatí continúa gravemente deteriorado y miles de personas necesitan rehabilitación por heridas que les han cambiado para siempre la vida, mientras la prestación de servicios esenciales, desde la atención materna y neonatal hasta el tratamiento de enfermedades crónicas, continúa severamente comprometida. Hay hospitales que han dejado de funcionar, profesionales sanitarios que han muerto, instalaciones que necesitan ser reconstruidas y pacientes que no pueden recibir la atención que necesitan; detrás de cada hospital destruido no hay solamente cemento y maquinaria, sino personas que pierden la posibilidad de ser atendidas cuando enferman, cuando tienen un accidente, cuando dan a luz o cuando una enfermedad que podría tratarse se convierte en una sentencia de muerte. La destrucción de la infraestructura sanitaria no es únicamente la destrucción de edificios, también es la destrucción de una parte esencial de las posibilidades de supervivencia de una sociedad.
Y mientras tanto, el mundo sigue mirando; seguimos celebrando reuniones, redactando comunicados, expresando preocupación, reclamando moderación y hablando de procesos de paz como si las palabras, por sí mismas, pudieran detener el sufrimiento. Pero hay momentos en los que las palabras dejan de ser suficientes; cuando una población lleva años viviendo entre ruinas, hambre, desplazamiento, miedo y destrucción, la pregunta ya no puede ser únicamente qué pensamos, sino qué estamos dispuestos a hacer. ¿Qué más tiene que ocurrir para que comprendamos que no estamos ante una noticia pasajera, sino ante seres humanos cuya dignidad y cuyos derechos están siendo sometidos a una situación insoportable? ¿Cuántas imágenes de niños heridos, hospitales destruidos, familias desplazadas y personas haciendo cola para conseguir alimentos necesitamos contemplar antes de entender que la indiferencia también tiene consecuencias?
El sentir mayoritario de la opinión pública es que en Gaza se está cometiendo un auténtico genocidio cada vez más silenciado por los medios de comunicación. Es verdad que la palabra GENOCIDIO tampoco puede utilizarse a la ligera. Es un concepto jurídico definido por la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio y su determinación corresponde, en última instancia, a los órganos judiciales competentes. Aunque la Corte Internacional de Justicia todavía no ha dictado una sentencia definitiva sobre el fondo del procedimiento iniciado por Sudáfrica contra Israel y, por tanto, no pueda afirmarse jurídicamente que exista ya una sentencia internacional que haya declarado que Israel ha cometido genocidio en Gaza, lo cierto es que las imágenes, cada vez más escasas, que se reciben desde Gaza, recuerdan a aquellas de hace más de 80 años en los campos de concentración de Europa; a aquellas abominaciones de la década de los 90 en los Balcanes y en Ruanda; y a las atrocidades en Darfur; o a las persecuciones contra los rohinyás en Myanmar. Así que, si jurídicamente no estamos ante un genocidio, cada vez más silenciado, POCO LE FALTA, PORQUE EN TODO SE PARECE.
Pero, al mismo tiempo, la propia Corte sí ha considerado necesario imponer medidas provisionales vinculantes destinadas, entre otras cosas, a prevenir actos comprendidos en la Convención y a garantizar la llegada de ayuda humanitaria y servicios básicos a la población palestina de Gaza. Mientras la justicia internacional continúa su curso, organizaciones de derechos humanos han documentado posibles crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y graves violaciones del derecho internacional. Por eso, hablar de genocidio no debería convertirse ni en un eslogan vacío ni en una palabra que se utilice para cerrar el debate, sino en una cuestión jurídica, política y moral que debe ser investigada con rigor y ante la que la comunidad internacional no puede permanecer indiferente. Pero, aún así, sin en todo se parece a un genocidio, será porque lo es.
Porque la justicia puede tardar años, pero la vida no. Cada niño que muere importa; cada madre que pierde a un hijo importa; cada persona que permanece atrapada entre las ruinas importa; y cada familia obligada a abandonar una vez más el lugar donde intentaba reconstruir su vida importa. También importa aquello que hacemos quienes estamos lejos, porque la neutralidad ante el sufrimiento no siempre es neutralidad, a veces es simplemente comodidad, otras veces es miedo a incomodar y, en demasiadas ocasiones, termina convirtiéndose en una forma de mirar hacia otro lado. No podemos acostumbrarnos a las imágenes de Gaza, ni convertir las cifras de muertos en una estadística más, ni aceptar que una generación entera de niños crezca con la guerra como paisaje, el hambre como amenaza y las ruinas como hogar. Tampoco podemos permitir que el sufrimiento de millones de personas termine siendo una noticia más que aparece en nuestras pantallas, provoca durante unos minutos nuestra indignación y después desaparece para dejar espacio a cualquier otra cosa o al cambiar de canal.
Palestina no necesita nuestra compasión pasajera; necesita derechos, protección y justicia. Necesita que se respete el derecho internacional, que se garantice la entrada suficiente, segura y sostenida de ayuda humanitaria, que los hospitales puedan funcionar, que las escuelas puedan abrir, que las viviendas puedan reconstruirse, que el agua pueda beberse y que los alimentos puedan llegar a quienes los necesitan; necesita que quienes hayan cometido crímenes respondan ante la justicia, independientemente de quiénes sean, de qué nacionalidad tengan, de qué uniforme vistan o de qué poder político posean; y necesita, sobre todo, que dejemos de considerar normal lo que nunca debería haberlo sido, que comprendamos que la protección de los derechos humanos no puede depender de la identidad de la víctima, de su religión, de su nacionalidad, de su lugar de nacimiento o de las alianzas políticas que existan entre los Estados.
Porque Gaza no es una cifra y no es una noticia más. Gaza no es un lugar lejano que pueda desaparecer de nuestra conciencia cuando dejamos de verlo en televisión. Gaza es la humanidad representada en todo su dolor, son seres humanos, personas con nombre, con rostro, con sueños, con familias, con historias y con derecho a vivir; son niños que deberían estar jugando, jóvenes que deberían estar estudiando, madres y padres que deberían estar preocupándose por cosas tan sencillas como preparar la cena o llevar a sus hijos al colegio, personas mayores que deberían poder contemplar el mar sin preguntarse si mañana seguirán teniendo una casa a la que regresar. Y quizá lo más terrible de todo sea que, después de tanto tiempo, todavía tengamos que recordarlo.
Por eso seguiremos hablando; por quienes ya no pueden hacerlo, por quienes siguen esperando, por quienes continúan enterrando a sus muertos, por quienes viven entre ruinas y por los niños que deberían estar jugando y no aprendiendo a sobrevivir. Seguiremos hablando por las madres que deberían estar contando cuentos para dormir y no buscando a sus hijos entre los escombros, por las familias que solo quieren algo que nunca debería haber sido necesario exigir y que, sin embargo, continúa siendo una reivindicación básica: VIVIR. Exigimos el respeto del derecho internacional, exigimos protección efectiva para la población civil, exigimos acceso humanitario suficiente, seguro y sin obstáculos, exigimos justicia y exigimos responsabilidades; no porque unas vidas valgan más que otras, sino precisamente porque todas las vidas tienen el mismo valor.
Porque los derechos humanos no pueden depender de dónde hayas nacido. La dignidad no tiene nacionalidad, la infancia no tiene fronteras y el derecho a vivir no debería necesitar ninguna explicación. Ningún niño debería tener que aprender a distinguir entre el sonido de un dron y el de una bomba, ninguna madre debería tener que reconocer a su hijo entre los restos de una casa bombardeada y ninguna familia debería tener que elegir entre el hambre, el desplazamiento y el miedo. Frente a las ruinas, frente al hambre, frente al silencio y frente a la indiferencia, todavía tenemos una obligación que no admite excusas: NO PODEMOS MIRAR HACIA OTRO LADO.
Porque Palestina es también el reflejo de aquello que somos capaces de hacer como humanidad. Es el espejo en el que algún día tendremos que contemplarnos y preguntarnos qué hicimos cuando supimos lo que estaba ocurriendo, cuántas veces miramos hacia otro lado, cuántas veces dijimos que no era nuestro problema y cuántas veces preferimos la comodidad de la distancia frente a la incomodidad de defender unos derechos que deberían ser universales.
La historia nos preguntará qué hicimos cuando tuvimos la posibilidad de alzar la voz; nos preguntará si fuimos capaces de entender que la dignidad humana no puede ser selectiva; y, sobre todo, nos preguntará si estuvimos a la altura de una palabra que tantas veces pronunciamos pero que tan pocas veces somos capaces de defender cuando hacerlo tiene un precio: humanidad.
Gaza aún nos está esperando.
Y hay que actuar.
Ahora.
🇬🇧ENGLISH🇺🇸 Gaza is waiting for us
Gaza is no longer merely a territory devastated by a war, it is the scene of one of the greatest humanitarian catastrophes of our time. After almost three years of destruction, displacement, hunger and death, the Strip remains trapped between a ceasefire that has failed to bring genuine peace and a violence which, although it has diminished compared with the most devastating periods of the war, continues to claim lives. The streets that were once full of life remain covered in rubble; homes have disappeared; schools have been destroyed or turned into shelters; basic infrastructure remains severely damaged; and much of the population remains displaced. The United Nations estimates that tens of millions of tonnes of rubble have been generated and that its removal and management still constitute one of the enormous challenges facing the reconstruction of Gaza.
And behind every statistic there is a person; a child who no longer has a school; a girl who has learnt far too soon what it means to hide; a mother trying to feed her children amid scarcity; a father looking for somewhere safe to sleep; an elderly person who has lost their home, their memories and, perhaps, much of their family. Gaza has not stopped suffering simply because there is a ceasefire. Since the agreement reached in October 2025, large scale military operations have diminished, but the violence has not disappeared and the United Nations has continued to document attacks, new deaths, displacement and restrictions on access. The silence of the bombs does not necessarily mean the return of peace. For those who have lost their homes, for those who remain displaced, for those who do not know where their next meal will come from or for those who continue to live under the threat of further attacks, the war does not simply end because it stops occupying the headlines for a few hours.
And neither has hunger ended. It is true that the arrival of aid during the ceasefire significantly improved food conditions compared with the worst moments of 2025, but improvement does not mean that people are well. Millions of people continue to depend on humanitarian assistance in order to eat and the outlook for the coming months remains extremely concerning. A huge proportion of the population remains in food crisis or worse, and the conditions necessary to guarantee a stable, sufficient and dignified food supply are still far from being restored. That too is Gaza, a population trying to rebuild its life while still lacking the basic conditions needed to do so, people who need not only food to survive today, but also clean water, housing, electricity, healthcare, education and security in order to imagine a tomorrow.
Healthcare has not recovered either. Gaza’s healthcare system remains severely damaged and thousands of people require rehabilitation for injuries that have changed their lives forever, while the provision of essential services, from maternal and neonatal care to the treatment of chronic diseases, remains severely compromised. There are hospitals that have ceased to function, healthcare professionals who have been killed, facilities that need to be rebuilt and patients who cannot receive the care they need; behind every destroyed hospital there is not merely concrete and machinery, but people who lose the possibility of receiving treatment when they fall ill, when they have an accident, when they give birth or when an illness that could have been treated becomes a death sentence. The destruction of healthcare infrastructure is not merely the destruction of buildings, it is also the destruction of an essential part of a society’s chances of survival.
And meanwhile, the world continues to watch; we continue to hold meetings, issue statements, express concern, call for restraint and talk about peace processes as though words alone could bring suffering to an end. But there are moments when words are no longer enough; when a population has spent years living among rubble, hunger, displacement, fear and destruction, the question can no longer simply be what we think, but what we are prepared to do. How much more must happen before we understand that this is not a passing news story, but human beings whose dignity and rights are being subjected to an intolerable situation? How many images of wounded children, destroyed hospitals, displaced families and people queuing for food do we need to witness before we understand that indifference also has consequences?
The majority view among the public is that genocide is being committed in Gaza, increasingly silenced by the media. It is true that the word GENOCIDE must not be used lightly. It is a legal concept defined by the Convention on the Prevention and Punishment of the Crime of Genocide and its determination ultimately falls to the competent judicial bodies. Although the International Court of Justice has not yet delivered a final judgment on the merits of the proceedings brought by South Africa against Israel and, therefore, it cannot legally be stated that there is already an international judgment declaring that Israel has committed genocide in Gaza, the truth is that the images, increasingly scarce, coming from Gaza are reminiscent of those from more than 80 years ago; of those from the 1990s in the Balkans; of the atrocities committed in Rwanda; and of the horrors of Darfur; or of the persecution of the Rohingya in Myanmar. So, if this is not genocide, increasingly silenced, THEN IT COMES VERY CLOSE, BECAUSE IT RESEMBLES IT IN EVERY RESPECT.
But at the same time, the Court itself has considered it necessary to impose binding provisional measures intended, among other things, to prevent acts covered by the Convention and to ensure the delivery of humanitarian aid and basic services to the Palestinian population of Gaza. While international justice continues to take its course, human rights organisations have documented possible war crimes, crimes against humanity and serious violations of international law. For that reason, speaking of genocide should be neither an empty slogan nor a word used to close the debate, but rather a legal, political and moral issue that must be investigated rigorously and in the face of which the international community cannot remain indifferent. But even so, if it resembles genocide in every respect, then it must be because that is what it is
Because justice may take years, but life does not. Every child who dies matters; every mother who loses a child matters; every person trapped among the ruins matters; and every family forced to leave once again the place where they were trying to rebuild their lives matters. What those of us who are far away do also matters, because neutrality in the face of suffering is not always neutrality, sometimes it is simply comfort, at other times it is a fear of causing offence and, far too often, it ultimately becomes a way of looking the other way. We cannot become accustomed to the images of Gaza, nor turn the death toll into just another statistic, nor accept that an entire generation of children should grow up with war as their landscape, hunger as their threat and ruins as their home. Nor can we allow the suffering of millions of people to become just another news story that appears on our screens, provokes our indignation for a few minutes and then disappears to make room for something else or as we change channels.
Palestine does not need our passing compassion; it needs rights, protection and justice. It needs international law to be respected, sufficient, safe and sustained humanitarian aid to be allowed in, hospitals to be able to function, schools to be able to open, homes to be rebuilt, water to be drinkable and food to reach those who need it; it needs those who have committed crimes to be held accountable before the law, regardless of who they are, what nationality they hold, what uniform they wear or what political power they possess; and, above all, it needs us to stop considering normal what should never have been normal, to understand that the protection of human rights cannot depend on the identity of the victim, their religion, their nationality, their place of birth or the political alliances that exist between States.
Because Gaza is not a statistic and it is not just another news story. Gaza is not some distant place that can disappear from our consciousness when we stop seeing it on television. Gaza is human beings, people with names, faces, dreams, families, stories and the right to live; children who should be playing, young people who should be studying, mothers and fathers who should be worrying about such ordinary things as preparing dinner or taking their children to school, older people who should be able to look out at the sea without wondering whether they will still have a home to return to tomorrow. And perhaps the most terrible thing of all is that, after so much time, we still have to remind ourselves of this.
That is why we will continue to speak; for those who can no longer speak for themselves, for those who are still waiting, for those who continue to bury their dead, for those living among the ruins and for the children who should be playing rather than learning how to survive. We will continue to speak for the mothers who should be telling bedtime stories rather than searching for their children among the rubble, for the families who want only something that should never have had to be demanded and which nevertheless remains a basic demand: TO LIVE. We demand respect for international law, we demand effective protection for civilians, we demand sufficient, safe and unhindered humanitarian access, we demand justice and we demand accountability; not because some lives are worth more than others, but precisely because every life has equal value.
Because human rights cannot depend on where you were born. Dignity has no nationality, childhood has no borders and the right to live should require no explanation. No child should ever have to learn to distinguish between the sound of a drone and that of a bomb, no mother should ever have to identify her child among the remains of a bombed house and no family should ever have to choose between hunger, displacement and fear. In the face of the ruins, in the face of hunger, in the face of silence and in the face of indifference, we still have an obligation that admits of no excuses: WE CANNOT LOOK THE OTHER WAY.
Because Palestine is also a reflection of what we are capable of doing as human beings. It is the mirror in which, one day, we will have to look at ourselves and ask what we did when we knew what was happening, how many times we looked the other way, how many times we said that it was not our problem and how many times we chose the comfort of distance over the discomfort of defending rights that should be universal.
History will ask us what we did when we had the opportunity to raise our voices; it will ask whether we were capable of understanding that human dignity cannot be selective; and, above all, it will ask us whether we lived up to a word that we so often utter but are so rarely capable of defending when doing so comes at a price: humanity.
No quiero destripar (hacer spoiler) de la película “Heartstopper Forever”, pero, sinceramente, creo que, después de verla, es necesario dejar claro, de una vez por todas, la situación de miedo que viven las personas trans solo por ser, por existir, por querer ser libres y felices.
Hay una escena en “Heartstopper Forever” que resulta difícil de escuchar sin sentir un nudo en la garganta. En esa escena, Elle habla con Charlie sobre el Orgullo, sobre el miedo que siente y sobre un mundo que, de repente, parece haberse vuelto mucho más hostil. En medio de esa conversación pronuncia unas palabras que deberían obligarnos a detenernos y escucharla de verdad: «La gente no quiere que use un baño público ni que exista».
Elle no está pronunciando un discurso político ni intentando convencer a nadie de nada. Es una joven hablando desde el miedo. Una persona diciendo, sencillamente, que está aterrada porque siente que el mundo que la rodea está cuestionando algo tan básico como su derecho a ser quien es.
Quizá deberíamos empezar precisamente ahí. Antes de las leyes, antes de las elecciones, antes de las discusiones en televisión, antes de las redes sociales y antes de todas esas interminables guerras culturales en las que parece que todo el mundo tiene algo que decir sobre las personas trans, deberíamos detenernos a escuchar a la persona. Porque detrás de cada debate hay alguien que tiene que seguir viviendo cuando nosotros apagamos la televisión o cerramos el teléfono. Alguien que al día siguiente tendrá que levantarse, vestirse, salir de casa, ir a trabajar, estudiar, coger un autobús, entrar en una tienda, encontrarse con sus vecinos y volver a casa. Alguien que quizá tenga una familia que la quiere, o quizá no. Alguien que puede estar enamorada, sentirse sola, tener sueños, cometer errores, reírse hasta que le duela la barriga o llorar cuando las cosas van mal. Alguien exactamente igual de humano que cualquiera de nosotros, que tú y que yo.
Sin embargo, una parte de nuestra sociedad, profundamente reaccionaria y negacionista de los derechos humanos y fundamentales, ha conseguido que la vida de las personas trans se convierta permanentemente en un debate. Su cuerpo se debate, su nombre se debate, sus documentos se debaten, su acceso a la atención sanitaria se debate, su infancia y su adolescencia se debaten, sus espacios se debaten, su presencia en el deporte se debate e incluso el derecho a utilizar un baño puede convertirse en una discusión pública. Y mientras nosotros discutimos sobre ellas, ellas tienen que vivir y, sobre todo, sufrir aquello sobre lo que estamos discutiendo. Esa diferencia es fundamental. Para nosotros puede ser una opinión, una publicación, una tertulia o una conversación de unos minutos. Para una persona trans puede ser su vida entera. Lo que para unos es una discusión política, para otros puede significar miedo, angustia, soledad o la sensación de que el mundo está intentando decidir si tienen derecho a ocupar un lugar en él. Pero los derechos humanos y fundamentales, que son el pilar de toda democracia, nunca pueden ser objeto de debate. Simplemente tienen que ser respetados. Los derechos no se debaten, se pelean, se conquistan, se protegen y se respetan.
Por eso resulta tan doloroso cuando escuchamos hablar de «los trans» como si fueran una masa uniforme, como si detrás de esa expresión no existieran millones de historias diferentes. Porque en el momento en que dejamos de ver a las personas concretas y comenzamos a ver únicamente una categoría, algo empieza a romperse. Ya no vemos a aquella chica que conocemos desde hace años, al compañero de trabajo, al adolescente que está intentando comprenderse y encontrar su lugar o a la persona que tenemos delante. Solo vemos una etiqueta, y cuando una persona se convierte en una etiqueta resulta mucho más fácil olvidar que siente, que puede sufrir, que puede tener miedo y que, exactamente igual que nosotros, necesita sentirse querida, respetada, segura y libre.
Pero en eso consiste la deshumanización. No necesariamente consiste en decir que alguien no es humano. A veces es algo mucho más sutil y, precisamente por eso, mucho más peligroso. Es hablar de un grupo sin pensar en las personas que lo forman; es convertir sus vidas en argumentos; es discutir sobre sus cuerpos sin recordar que esos cuerpos pertenecen a alguien; es hablar de sus derechos sin recordar que esos derechos afectan a personas concretas; y es convertir su existencia en una cuestión política hasta conseguir que olvidemos que, antes que cualquier otra cosa, son seres humanos que quieren vivir tranquilos. Personas que no están intentando conquistar el mundo, destruir ninguna familia ni imponerle a nadie una forma determinada de vivir. Personas que, en la inmensa mayoría de los casos, están intentando algo tan sencillo como vivir su propia vida con la misma tranquilidad con la que la vivimos quienes nunca hemos tenido que justificar quiénes somos.
Y entonces, justo ahí, entendemos mejor las palabras de Elle cuando dice que el Gobierno le está quitando derechos y todo por lo que han luchado. Porque detrás de esas palabras hay algo que a veces olvidamos cuando hablamos de derechos. Los derechos no son conceptos abstractos para quien puede perderlos. Son la posibilidad de vivir con un poco menos de miedo. Son poder ir al médico sin sentir que tendrás que justificar quién eres, poder enseñar un documento sin preguntarte qué ocurrirá cuando vean tu nombre, poder entrar en un baño sin miedo a ser insultada, poder caminar por la calle sin preguntarte si alguien te está mirando demasiado, poder enamorarte sin sentir que tienes que esconderte y poder decir «esta soy yo» esperando que al otro lado haya, como mínimo, respeto. Para quien nunca ha tenido que preocuparse por nada de eso, puede resultar difícil comprender la dimensión de lo que significa perder un derecho. Para quien sí lo ha vivido, puede significar volver a sentir que el mundo no es un lugar seguro.
Por eso me parece especialmente dolorosa otra frase de Elle: «Solo quiero ser yo misma. Ser libre. Ser feliz». No está pidiendo privilegios ni está pidiendo estar por encima de nadie. Tampoco está pidiendo que todo el mundo piense exactamente como ella ni está pidiendo que nadie cambie su vida. Lo único que está pidiendo es algo extraordinariamente sencillo y, al mismo tiempo, profundamente humano. Solo quiere ser ella misma; solo quiere ser libre; solo quiere ser feliz.¿De verdad hemos llegado a un punto en el que una persona tiene que defender públicamente su derecho a pedir algo tan básico?
Quizá deberíamos tener un poco más de sensibilidad cuando hablamos de estas cosas, porque nunca sabemos quién puede estar leyendo nuestras palabras; quizá sea una persona trans que todavía no se ha atrevido a contárselo a su familia; quizá sea un adolescente que está intentando entender por qué se siente diferente; quizá sea alguien que lleva años luchando contra sí mismo porque le han enseñado que aquello que siente está mal; quizá sea alguien que hoy ha tenido que soportar un insulto en la calle y que esta noche está intentando convencerse de que mañana será mejor; quizá sea alguien que simplemente está cansado de tener que explicar una y otra vez quién es para que otras personas decidan si merece ser tratado con dignidad; y quizá, antes de escribir el siguiente comentario cruel, antes de compartir el siguiente mensaje lleno de odio o antes de convertir otra vez su existencia en un arma política, deberíamos pensar durante un segundo en esa persona concreta.
Porque cuando hablamos de personas trans estamos hablando también de hijos e hijas, de hermanos y hermanas, de padres y madres, de amigos, de compañeros de trabajo, de estudiantes, de profesores, de médicos, de abogados, de camareros, de artistas, de personas que cuidan y de personas que necesitan ser cuidadas. Estamos hablando de personas que forman parte de nuestras comunidades aunque muchas veces no sepamos que lo son. No son «los otros», no viven en un planeta diferente y no tienen una sensibilidad distinta a la nuestra ni una capacidad diferente para sentir alegría o dolor. Son nosotros y nosotras, con nuestras mismas contradicciones, nuestras mismas esperanzas y nuestras mismas ganas de encontrar un poco de felicidad en una vida que ya resulta suficientemente complicada como para emponzoñarla aún más.
Por supuesto que podemos debatir leyes, políticas públicas, tratamientos, protocolos o modelos educativos. Podemos discrepar y podemos mantener conversaciones difíciles. Una sociedad libre necesita poder hacerlo. Pero existe una frontera que deberíamos negarnos a cruzar, aquella en la que la discrepancia termina convirtiendo a una persona en un objetivo, en una amenaza o en alguien cuya dignidad parece negociable, cuando jamás debería serlo. Una cosa es decir «no estoy de acuerdo con esta política» y otra muy distinta decirle a una persona que su identidad es una amenaza para los demás. Una cosa es debatir una ley y otra convertir en sospechosas a las personas a las que esa ley afecta. Una cosa es discrepar y otra hacer que alguien tenga miedo de salir de casa.
Cuando Elle dice«estoy aterrada todo el tiempo», quizá deberíamos dejar de buscar inmediatamente argumentos para responderle y hacer algo mucho más sencillo, algo tan simple como escucharla. Escuchar a una joven que tiene miedo, escuchar a quienes tienen miedo e intentar comprender qué significa vivir permanentemente bajo la sensación de que tu propia existencia está siendo cuestionada. Quizá nunca podamos experimentar exactamente lo que siente una persona trans, porque cada historia es diferente y nadie puede entrar completamente en la vida de otra persona. Pero sí podemos hacer algo mucho más importante, como es creer en su humanidad, respetarla, acompañarla y, sobre todo, negarnos a añadir más dolor al que ya existe.
Las personas trans no deberían tener que demostrar que son buenas personas para merecer derechos; no deberían tener que ser perfectas para merecer respeto; no deberían tener que convencer a nadie de que su vida es suficientemente aceptable; y no deberían tener que explicar una y otra vez quiénes son para que los demás decidan si merecen reconocerlas. Son personas, son seres humanos, como tú y como yo, y eso debería bastar. Su dignidad no debería depender de que una mayoría las comprenda; su derecho a vivir no debería depender de que alguien considere agradable su existencia; y su identidad no debería convertirse jamás en una herramienta para conseguir votos, generar miedo o construir enemigos.
Quizá, por tanto, la verdadera pregunta no sea qué pensamos de las personas trans. Quizá sea qué clase de sociedad queremos ser. ¿Queremos ser una sociedad en la que una persona pueda decir «solo quiero ser yo misma, ser libre y ser feliz» y encuentre comprensión, respeto y compañía, o una sociedad en la que esa misma frase tenga que ser pronunciada entre lágrimas porque quien la dice siente que el mundo está intentando convencerla de que no tiene derecho a existir?Yo sé de qué lado quiero estar. Quiero estar del lado de quien tiene miedo, del lado de quien necesita una mano, del lado de quien quiere caminar sin esconderse y del lado de quien solamente pide poder vivir.
Porque para algunos todo esto puede parecer una guerra cultural, para otros puede ser simplemente una discusión política y para otras personas, para quienes hablan desde la comodidad de no tener que cuestionarse jamás si la sociedad les reconoce como son, quizá todo esto sea solo un mero entretenimiento que puede cambiar con el mando a distancia de la televisión. Pero para una persona trans no es una guerra cultural, es su vida. Y detrás de cada vida hay una persona que siente, que sueña, que ama, que tiene miedo y que merece exactamente la misma oportunidad que cualquiera de nosotros de levantarse cada mañana sin preguntarse si el mundo la va a aceptar.
Por eso quizá deberíamos recordar las palabras de Elle no como una consigna política, sino como lo que realmente son, el grito de una persona que tiene miedo y que solo está pidiendo algo profundamente sencillo. SER ELLA MISMA. SER LIBRE. SER FELIZ. No debería necesitar pedir nada más; no debería tener que pedir permiso; no debería tener que justificar su existencia; y no debería tener que luchar cada día para demostrar que merece estar aquí.
Porque nadie debería vivir aterrorizado por ser quien es.
Ni pedirle permiso al mundo para existir.
🇬🇧ENGLISH🇺🇸 I am terrified all the time
I do not want to spoil Heartstopper Forever, but, honestly, I believe that after watching it, it is necessary to make something clear once and for all, the fear that trans people live with simply because they are who they are, because they exist, because they want to be free and happy.
There is a scene in Heartstopper Forever that is difficult to watch without feeling a lump in your throat. In that scene, Elle talks to Charlie about Pride, about the fear she feels and about a world that suddenly seems to have become much more hostile. In the middle of that conversation, she says something that should make us stop and truly listen to her. “People do not want me to use a public toilet or even to exist.”
Elle is not making a political speech or trying to convince anyone of anything. She is a young woman speaking from a place of fear. A person simply saying that she is terrified because she feels that the world around her is questioning something as basic as her right to be who she is.
Perhaps we should start precisely there. Before the laws, before elections, before television debates, before social media and before all those endless culture wars in which everyone seems to have something to say about trans people, we should stop and listen to the person. Because behind every debate there is someone who has to carry on living when we switch off the television or put down our phones. Someone who will have to get up the next morning, get dressed, leave the house, go to work, study, catch a bus, walk into a shop, meet their neighbours and come home. Someone who may have a family who loves them, or perhaps not. Someone who may fall in love, feel lonely, have dreams, make mistakes, laugh until their stomach hurts or cry when things go wrong. Someone every bit as human as any of us, as you and I.
Yet a deeply reactionary part of our society, one that denies human rights and fundamental rights, has managed to turn the lives of trans people into a permanent subject of debate. Their bodies are debated, their names are debated, their documents are debated, their access to healthcare is debated, their childhoods and adolescence are debated, their spaces are debated, their participation in sport is debated, and even their right to use a toilet can become a matter for public discussion. And while we debate them, they have to live and, above all, suffer through the very things we are debating. That distinction is fundamental. For us, it may be an opinion, a post, a television discussion or a conversation lasting a few minutes. For a trans person, it may be their entire life. What is a political discussion for some can mean fear, distress, loneliness or the feeling that the world is trying to decide whether they have the right to occupy a place in it. But human rights and fundamental rights, which are the cornerstone of every democracy, can never be a matter for debate. They simply have to be respected. Rights are not debated. They are fought for, won, protected and respected.
That is why it is so painful to hear people talk about “trans people” as though they were a single, uniform mass, as though behind that expression there were not millions of different stories. Because the moment we stop seeing individual people and start seeing only a category, something begins to break. We no longer see that girl we have known for years, the colleague from work, the teenager trying to understand themselves and find their place, or the person standing in front of us. We see only a label, and when a person becomes a label, it becomes much easier to forget that they feel, that they can suffer, that they can be afraid and that, just like the rest of us, they need to feel loved, respected, safe and free.
But that is what dehumanisation is. It does not necessarily mean saying that someone is not human. Sometimes it is something far more subtle and, precisely because of that, far more dangerous. It means talking about a group without thinking about the people who make it up. It means turning their lives into arguments, discussing their bodies without remembering that those bodies belong to someone, talking about their rights without remembering that those rights affect real people, and turning their existence into a political issue until we forget that, before anything else, they are human beings who simply want to live in peace. People who, in the overwhelming majority of cases, are not trying to conquer the world, destroy anyone’s family or impose a particular way of life on anyone else. People who are simply trying to do something as basic as live their own lives with the same peace and freedom enjoyed by those of us who have never had to justify who we are.
And it is precisely here that we can better understand Elle’s words when she says that the Government is taking away her rights and everything they have fought for. Because behind those words lies something we sometimes forget when we talk about rights. Rights are not abstract concepts to someone who may lose them. They are the possibility of living with a little less fear. They mean being able to go to the doctor without feeling that you will have to justify who you are, being able to show an identity document without wondering what will happen when they see your name, being able to enter a toilet without fearing that you will be insulted, being able to walk down the street without wondering whether someone is staring at you, being able to fall in love without feeling that you have to hide and being able to say “this is who I am” while hoping that, on the other side, there will be at least some respect. For someone who has never had to worry about any of these things, it may be difficult to understand the significance of losing a right. For someone who has lived through it, it can mean once again feeling that the world is not a safe place.
That is why another of Elle’s lines is particularly painful to me. “I just want to be myself. To be free. To be happy.” She is not asking for privileges or asking to be placed above anyone else. Nor is she asking everyone to think exactly as she does, or asking anyone to change their life. She is asking for something extraordinarily simple and, at the same time, profoundly human. She simply wants to be herself. She simply wants to be free. She simply wants to be happy. Have we really reached a point where a person has to publicly defend their right to ask for something so basic?
Perhaps we should show a little more sensitivity when we talk about these things, because we never know who may be reading our words. Perhaps it is a trans person who has not yet found the courage to tell their family. Perhaps it is a teenager trying to understand why they feel different. Perhaps it is someone who has spent years struggling with themselves because they have been taught that what they feel is wrong. Perhaps it is someone who has had to endure an insult in the street today and is tonight trying to convince themselves that tomorrow will be better. Perhaps it is someone who is simply tired of having to explain, again and again, who they are so that other people can decide whether they deserve to be treated with dignity. And perhaps, before writing the next cruel comment, before sharing the next hateful message or before once again turning their existence into a political weapon, we should spend a moment thinking about that particular person.
Because when we talk about trans people, we are also talking about sons and daughters, brothers and sisters, fathers and mothers, friends, colleagues, students, teachers, doctors, lawyers, waiters, artists, people who care for others and people who themselves need to be cared for. We are talking about people who are part of our communities even though we may often not know that they are. They are not “the others”. They do not live on another planet, nor do they have a different capacity from ours to feel joy or pain. They are us, with the same contradictions, the same hopes and the same desire to find a little happiness in a life that is already complicated enough without making it even more poisonous.
Of course, we can debate laws, public policy, treatments, protocols or educational models. We can disagree and we can have difficult conversations. A free society needs to be able to do that. But there is a line that we should refuse to cross, the point at which disagreement turns a person into a target, a threat or someone whose dignity appears negotiable, when it should never be negotiable. There is a difference between saying “I disagree with this policy” and telling someone that their identity is a threat to others. There is a difference between debating a law and turning the people affected by that law into objects of suspicion. There is a difference between disagreeing and making someone afraid to leave the house.
When Elle says “I am terrified all the time”, perhaps we should stop immediately looking for arguments with which to answer her and do something much simpler, something as simple as listening to her. Listen to a young woman who is afraid, listen to those who are afraid and try to understand what it means to live permanently with the feeling that your very existence is being questioned. Perhaps we can never experience exactly what a trans person feels, because every story is different and no one can ever fully enter another person’s life. But we can do something far more important. We can believe in their humanity, respect them, stand beside them and, above all, refuse to add to the pain that already exists.
Trans people should not have to prove that they are good people in order to deserve rights. They should not have to be perfect to deserve respect. They should not have to convince anyone that their lives are acceptable enough. And they should not have to explain, time and time again, who they are so that others can decide whether they deserve to be recognised. They are people. They are human beings, just like you and me, and that should be enough. Their dignity should not depend on whether a majority understands them. Their right to live should not depend on whether someone finds their existence acceptable. And their identity should never become a tool for winning votes, generating fear or creating enemies.
Perhaps, then, the real question is not what we think about trans people. Perhaps it is what kind of society we want to be. Do we want to be a society in which a person can say “I just want to be myself, to be free and to be happy” and find understanding, respect and companionship, or a society in which those same words have to be spoken through tears because the person saying them feels that the world is trying to convince them that they have no right to exist? I know which side I want to be on. I want to stand with those who are afraid, with those who need a helping hand, with those who want to walk through the world without hiding and with those who are simply asking to be allowed to live.
Because for some people, all of this may look like a culture war. For others, it may simply be a political debate. And for others still, for those who speak from the comfort of never having had to question whether society recognises them for who they are, perhaps it is nothing more than entertainment that can be switched off with the television remote. But for a trans person, it is not a culture war. It is their life. And behind every life there is a person who feels, who dreams, who loves, who is afraid and who deserves exactly the same opportunity as any of us to get up every morning without wondering whether the world will accept them.
Perhaps that is why we should remember Elle’s words not as a political slogan, but for what they really are, the cry of a person who is afraid and who is asking for something profoundly simple. TO BE HERSELF. TO BE FREE. TO BE HAPPY. She should not have to ask for anything more. She should not have to ask for permission. She should not have to justify her existence. And she should not have to fight every day to prove that she deserves to be here.
Because no one should have to live in terror simply for being who they are.
Nor should anyone have to ask the world for permission to exist.