Condenada antes de ser juzgada

Cuando hablamos de la historia de Dolores Vázquez, no hablamos solo de la historia de un error judicial. Hablamos de una de esas historias que te dejan incómodo, porque obligan a mirar de frente algo que preferiríamos negar.  Y que, por desgracia, a veces la justicia falla y, cuando lo hace, puede destrozar una vida entera. Más aún si ese “error” tiene más de prejuicio real que de mala aplicación de la ley. 

Todo empezó a finales de los noventa, en octubre de 1999, cuando desapareció una joven llamada Rocío Wanninkhof en la Costa del Sol. El caso generó una alarma enorme en todo país y particularmente en la zona. Había mucho miedo, una enorme presión mediática y una necesidad casi urgente de encontrar un culpable. Y en medio de todo ese clima, Dolores Vázquez apareció como la persona perfecta para encajar en el relato como la perfecta culpable, solo que, en realidad, Dolores Vázquez era totalmente inocente. 

Dolores era la expareja de la madre de Rocío, Alicia Hornos. Tenía un carácter reservado que no encajaba en el estereotipo de persona cercana o expresiva que muchos esperaban. Y además, era lesbiana en una época en la que eso todavía arrastraba prejuicios fuertes en gran parte de la sociedad. Así que, poco a poco, sin una sola prueba sólida, se fue construyendo una sospecha que acabó convirtiéndose en falsa certeza para mucha gente.

Los medios de comunicación jugaron un papel clave. En decenas de programas de televisión, tertulias y titulares empezaron a dibujar una imagen de Dolores como alguien fría, distante, casi sin emociones y sin escrúpulos. Se analizaban sus gestos, su lenguaje corporal, su forma de hablar y su actitud ante las cámaras. Todo servía y era utilizado para reforzar la idea de que algo no “cuadraba en ella”. Pero lo que no cuadraba no eran pruebas, sino las percepciones, producto de los prejuicios, de los estereotipos y, en definitiva, de la homofobia de aquellos años. 

Cuando la opinión pública se posiciona así, cuando entra en acción sin preguntar nada, y sin respetar la presunción de inocencia, es muy difícil parar la maquinaria. Al cabo de unas semanas, Dolores fue detenida, juzgada y finalmente condenada en 2001. Fue condenada sin pruebas concluyentes, sin un móvil claro, sin una base sólida más allá de indicios muy débiles, pero con una narrativa que ya estaba instalada en la sociedad. Al ser lesbiana, tenía que ser culpable. 

Imagina tan solo por un instante lo que significa que te declaren culpable por ser quien eres, que te acusen de algo que no has hecho, que todo el mundo esté convencido de que eres culpable, que te miren como un monstruo perverso y que, además, te encierren por ello tras un juicio plagado de suposiciones e irregularidades. Dolores pasó casi un año y medio en prisión. En total, fueron más de 17 meses, 519 días, privada de libertad por un delito que no había cometido. Un tiempo que para cualquier persona sería duro, pero que en su caso tenía un componente añadido brutal. Ella sabía que era inocente y, aun así, estaba allí solo por ser quien era, sin pruebas y condenada por los prejuicios de la época. 

La cárcel no es solo un lugar físico, es también una experiencia que te atraviesa por dentro. La incertidumbre, la rabia, la impotencia y la sensación de que da igual lo que digas porque nadie te cree, te destruye por dentro. Y fuera, mientras tanto, la imagen de Dolores seguía siendo la de una asesina. Su vida, tal y como la había conocido, ya estaba completamente rota para siempre. 

Pero entonces ocurrió algo que lo cambió todo. En otro caso distinto apareció una pista que llevó hasta Tony Alexander King. Un hombre con antecedentes por agresiones sexuales en Reino Unido. Su ADN coincidía con pruebas del caso de Rocío. De repente, lo que durante tantos años se había dado por hecho se vino abajo por completo. 

Dolores fue exonerada. Tras repetirse el juicio, se reconoció oficialmente que era inocente y salió de prisión. En teoría, todo volvía a su sitio. Pero en la práctica, no era así. Nunca nada volvió a ser igual. ¿Por qué? Porque hay daños que no se reparan con una sentencia. ¿Cómo se recupera el tiempo perdido? ¿Cómo se reconstruye una vida después de que todo un país haya pensado que eras una asesina? ¿Cómo se vuelve a confiar en una sociedad que te señaló, te juzgó y te condenó sin pruebas? No, ese dolor no acaba cuando se sale de la cárcel habiendo entrado sabiendo que eres inocente. El infierno de Dolores no terminó cuando salió de la cárcel. De hecho, en muchos aspectos, ahí empezó otra etapa igual de difícil o quizá más. Ahora tocaba vivir con lo ocurrido y cargar con una historia que siempre va a estar ahí el resto de tu vida. Todo ello sabiendo que, aunque se haya demostrado tu inocencia, hay gente que nunca cambiará del todo su percepción acerca de ti. Daba igual que la policía se hubiera equivocado o que la Justicia hubiese sido ciega, inhumana e injusta con ella. Aunque se hubiese reconocido el daño, nada podrá reparar tanto dolor.

Durante mucho tiempo también tuvo miedo. Miedo a la exposición, a los medios, a volver a ser señalada. De hecho, evitó durante años cualquier contacto con la prensa. No era solo una cuestión de discreción, era una forma de protegerse. Porque cuando te han destrozado públicamente, volver a exponerte no es fácil. Es casi volver al mismo lugar del que tanto costó salir.

Han pasado más de dos décadas desde entonces y, aun así, las heridas siguen ahí. Con el paso del tiempo, Dolores ha aprendido a convivir con lo ocurrido, pero no a olvidarlo. Ella misma lo ha dicho recientemente. Sigue arrastrando secuelas que no se ven, pero que pesan cada día. Hay noches en las que todavía no puede dormir por el sonido de los cerrojos de la cárcel. Hay recuerdos que siguen siendo demasiado intensos como para desaparecer. Porque hay experiencias que no se van nunca del todo, solo se aprenden a sobrellevar.

Pero su caso también dejó al descubierto algo muy incómodo acerca de nuestra sociedad, y no solo sobre la Justicia o las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. También sobre cómo consumimos información, sobre cómo juzgamos a los demás y sobre cómo nos dejamos llevar por relatos que encajan con nuestros prejuicios. Porque lo que le pasó a Dolores no fue solo un fallo de la Justicia. Fue también la suma de las prisas, de los sesgos, de la necesidad de cerrar un caso cuanto antes. Y de una sociedad que, en lugar de exigir pruebas, se conformó con una historia que parecía creíble, una historia en la que la “perversa amante lesbiana” mató a Rocío para poder quedarse a solas con su madre destrozada. 

Y es aquí donde encontramos una de las partes más duras y menos conocidas de su historia. Después de todo aquello, después de la cárcel, después de la absolución, Dolores intentó que el Estado reconociera el daño también en términos de indemnización. No como un premio, sino como una forma mínima de reparación para algo ya irreparable. Reclamó alrededor de cuatro millones de euros por todo lo que había sufrido. No solo por el tiempo en prisión, sino por el daño global a su vida. Durante un tiempo, incluso se llegó a hablar de una posible indemnización mucho menor, en torno a los 120.000 euros. Pero aquellas cantidades nunca se materializaron. Los tribunales, incluida la Audiencia Nacional y posteriormente el Tribunal Supremo, acabaron rechazando su reclamación. El motivo, como siempre, fue técnico, pero profundamente polémico. Consideraron que no se cumplían los requisitos legales estrictos para reconocer un error judicial indemnizable según la interpretación de la ley en aquel momento. Dicho de forma clara, para la ley, su caso no encajaba del todo en las categorías que permitían compensar económicamente a alguien que había estado en prisión siendo inocente. 

Entonces, ¿ya está? El resultado fue demoledor para ella. Después de 519 días en prisión, después de haber sido señalada por todo un país, después de haber visto su vida completamente destrozada, después de haber sido deshumanizada y vilipendiada por su orientación sexual, Dolores Vázquez no recibió ninguna indemnización económica del Estado. Ni cuatro millones. Ni ciento veinte mil. Nada. Absolutamente nada. 

Y ese daño no fue solo emocional o reputacional. También fue material. Dolores perdió su trabajo, su estabilidad y su futuro. Durante años no pudo ni siquiera rehacer su vida con normalidad. Llegó a no poder salir a la calle con tranquilidad. Tuvo que marcharse a Reino Unido para intentar empezar de cero lejos del ruido. Incluso hoy, las consecuencias siguen presentes. No tiene pensión suficiente porque le faltaron años de cotización que nunca pudo recuperar. Vive con ayudas. Es decir, el error no solo le quitó el pasado, también le condicionó el futuro.

Y lo más llamativo es que ni siquiera hoy esa situación ha cambiado. La propia Dolores lo ha vuelto a decir públicamente. Considera que merece una indemnización, pero sabe que no depende de ella. A día de hoy, sigue sin haber recibido compensación económica alguna por todo lo que sufrió. Y eso hace que la sensación de injusticia no termine nunca de cerrarse del todo.

Todo ello añade aún más crudeza a su historia. Dolores no solo fue víctima de un error judicial y de un linchamiento mediático. Es que además el sistema nunca terminó de reparar el daño ni siquiera cuando se demostró su inocencia. Por eso, su caso, con el tiempo, ha servido para abrir debates y cambiar parcialmente criterios legales. Ha puesto sobre la mesa lo difícil que es en España obtener una indemnización por prisión preventiva injusta. Y ha obligado a replantear hasta qué punto el sistema protege realmente a quien sufre este tipo de errores.  Pero para ella, todo eso llegó tarde. A fin de cuentas, detrás de cada cambio legal, por desgracia, siempre hay alguien que ya pagó el precio injustamente. 

Sin embargo, en medio de todo ese dolor, también han llegado algunos gestos de reconocimiento. Más de veinticinco años después, el Gobierno le ha rendido un homenaje público en el marco del Día de la Visibilidad Lésbica. Un acto simbólico, pero cargado de significado. Se le ha entregado una medalla en reconocimiento a los valores de igualdad y como forma de reparación institucional.

Allí, emocionada, Dolores habló de lo vivido como un auténtico calvario. Pero también dijo algo que impacta aún más. Que ha perdonado. No porque lo ocurrido tenga justificación, sino porque entendió que vivir atrapada en el dolor la estaba destruyendo. Ha aprendido a seguir adelante, a reconstruirse poco a poco, a vivir con lo ocurrido sin que lo ocurrido la consuma por completo. También dejó claro algo importante. Que espera que, al menos ahora, la gente entienda de una vez por todas que era y es inocente.

Dolores Vázquez sobrevivió a todo eso. Pero sobrevivir no es lo mismo que salir indemne. Por eso nunca hay que olvidar su historia, porque es una forma de recordar siempre lo frágil e injusta que puede ser la justicia cuando se contamina con ruido, prisas, prejuicios, odio y juicios paralelos.

Porque cuando una sociedad decide quién es culpable antes que la justicia, ya no importa la verdad. Solo importa encajar todas las piezas en esa falsa historia inventada que algunos quieren hacer creer. Y cuando eso pasa, cualquier persona puede convertirse en el próximo error.

Al final, la justicia que llega tarde no borra el daño, solo lo certifica.

Nadie debería pagar por lo que no ha hecho.

Y Dolores era inocente.

Siempre lo fue. 

La Transición: Entre el consenso y la discordia

Durante décadas, la Transición española fue presentada como un ejemplo casi perfecto de entendimiento político. Un relato construido alrededor de la idea del consenso, del acuerdo entre adversarios irreconciliables que, tras la dictadura, decidieron anteponer la estabilidad al conflicto. Aquella narrativa, repetida en discursos institucionales, manuales escolares y conmemoraciones públicas, consolidó la imagen de un proceso modélico, casi irrepetible. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa visión ha comenzado a resquebrajarse, dando paso a una revisión crítica que cuestiona no tanto lo que se logró, sino cómo y a qué precio se consiguió.

El consenso, convertido en mito fundacional, también fue una herramienta de silencios impuestos. La urgencia por consolidar la democracia llevó a aceptar renuncias profundas: responsabilidades políticas que nunca se depuraron, estructuras de poder que apenas cambiaron y una memoria histórica relegada durante décadas al ámbito privado. Así, la amnistía fue presentada como reconciliación necesaria para avanzar, pero para muchos significó también una impunidad institucionalizada. Se cerraron heridas sin haberlas limpiado, confiando en que el tiempo sustituyera a la justicia y en que el olvido, muchas veces forzado, actuara como un falso pegamento social.

A ello se sumó un diseño político orientado más a garantizar la estabilidad que a fomentar una participación democrática plena. La Transición consolidó un modelo basado en grandes consensos entre élites políticas, dejando con demasiada frecuencia a la ciudadanía en un papel más cercano al de espectador que al de protagonista. La Constitución se convirtió en símbolo de convivencia, pero también en un marco difícil de reformar, lo que con los años ha generado tensiones territoriales, sociales y generacionales que el sistema parece incapaz de canalizar con agilidad.

Las nuevas generaciones, muy alejadas del miedo y la incertidumbre que marcaron aquellos años, observan la Transición con una mirada distinta. Para ellas ya no representa únicamente un logro histórico, sino también un acuerdo condicionado por límites evidentes. La discordia actual no nace solo de la polarización política, sino de la disputa por el significado mismo de aquel momento. Lo que antes fue un relato común hoy aparece fragmentado en memorias enfrentadas, tantas como víctimas que siguen en fosas y cunetas a la espera de ser identificadas y dignificadas.

Quizá el reto democrático del presente consista en aceptar que la Transición no fue un punto de llegada, sino un inicio, aunque imperfecto. Revisarla críticamente no implica negarla, sino comprender sus luces y sombras para construir una democracia más madura, capaz de sostenerse no solo sobre el recuerdo del consenso, sino sobre la voluntad real y constante de renovarlo. Una democracia asentada en cuatro pilares esenciales: justicia, verdad, reparación y garantías de no repetición.

Sin estos pilares, ninguna transición puede considerarse plenamente como tal.

En memoria de quienes lucharon por la libertad y la democracia.

Que la discordia nunca venza al consenso.

Que la concordia sea, de verdad, posible.

Y que todas las víctimas sean dignificadas.

TODAS.

S.O.S. LGTBIFOBIA: Me han agredido, ¿ahora qué hago?

Si estuviésemos frente a frente lo primero que te diría es “Ven, deja que te abrace. No te preocupes. Nada ha sido culpa tuya”. Pero como estás leyendo esto quiero que prestes atención a lo que voy a decirte. 

Sí, sé que ahora mismo estás en shock, que tienes miedo, rabia y con una sensación rara de angustia porque no sabes qué ha pasado y qué es lo que tienes que hacer a partir de ahora. Es normal, créeme. Sé cómo te sientes. Porque cuando alguien te agrede, y más aún cuando lo hace por ser quien eres, todos esos sentimientos se mezclan dentro de ti. El cuerpo se acelera, la cabeza por momentos te da mil vueltas y por momentos va más lenta porque sientes una parálisis difícil de comprender y gestionar. Es ahí donde aparece una pregunta que golpea fuerte por dentro. “¿Y ahora qué hago?”.

Lo primero que quiero decirte es algo muy sencillo y muy importante. Lo que te ha pasado no es ninguna tontería. No lo minimices ni tampoco permitas que nadie a tu alrededor lo haga. No tienes que restarle importancia para que duela menos, tienes que validarte a ti mismo y cómo te sientes. Te han hecho daño y es totalmente injusto. Has sido víctima de una agresión que puede constituir un delito y, por eso, mereces toda la atención, el acompañamiento, la empatía y, por supuesto, mereces justicia. 

Ahora mismo lo más importante eres tú y tu seguridad. Si acaba de pasar, y todavía estás cerca del lugar donde ha ocurrido la agresión, aléjate de ahí cuanto antes. Busca un sitio donde te sientas a salvo. Puede ser un bar, una tienda, un portal con gente, cualquier lugar donde haya gente alrededor y sientas seguridad. Si aún así sientes que sigues en peligro, o crees que pueden volver, llama al 112 sin pensarlo. También puedes usar la aplicación ALERTCOPS y mandar un aviso de alerta que rápidamente permitirá alertar a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, es decir, a la  Guardia Civil o la Policía Nacional para que se pongan en contacto contigo lo antes posible y  saber qué ha pasado. Y, no, en ese momento no estarás exagerando, solo estarás cuidándote, estarás protegiéndote.

Volvamos al principio otra vez. Quiero que respires como puedas y con toda la calma posible. No hace falta que te calmes del todo para poder seguir. Solo quiero que comprendas que necesitamos ir paso a paso. Es difícil, lo sé. Yo también he pasado por esto. Por eso, quiero que sepas que, aunque ahora me estés leyendo, estoy aquí para ti si me necesitas.

Has sufrido una agresión. Y puede ser delito tanto si ha sido física como si ha sido verbal, especialmente si hay amenazas o insultos por tu orientación o identidad de género. Si te han golpeado, empujado o tocado con violencia, aunque creas que no es grave, ve a un centro médico cuanto antes. Siempre hay que ir aunque solo tengas dolor o pequeños rasguños o marcas. Esto no es solo por un tema legal, que también, sino porque tu cuerpo necesita revisión de las heridas que te hayan causado. A veces la adrenalina tapa lesiones que aparecen horas después o incluso a los 2 o 3 días. Por eso, cuando llegues explica claramente que has sufrido una agresión. 

En el centro de salud, el personal sanitario te examinará con detenimiento y te hará un parte de lesiones. Explica lo que ha sucedido e indica al personal sanitario que la agresión fue por motivos LGTBIfóbicos para que refleje, si procede, en el formulario y se recoja expresamente, ya sea en su propio apartado o en “Otros”, que la causa de la agresión es por HOMOFOBIA o LGTBIFOBIA. Ese documento, es decir, ese parte de lesiones, tienes que guardarlo bien porque será muy importante más adelante, pero ahora lo esencial es que te cuiden y que te sientas mejor. Recuerda que si, al cabo de las horas o al día siguiente, descubres que tienes más dolor en otras parte de tu cuerpo o aparecen más marcas de hematomas, puedes volver a ir al centro de salud para que las valoren y hagan otro parte de lesiones e informe médico. 

Mientras tanto, si puedes, guarda todo lo relacionado con lo que te ha ocurrido. No laves la ropa todavía si está rota o manchada. Haz fotos de cualquier lesión que tengas. Si alguien grabó algo, intenta conseguirlo porque pueden servir como prueba para la investigación y para el juicio. Si recuerdas frases o insultos que te dijeron, apúntalas tal cual. Sé que duele escribirlas, pero es importante que las apuntes para que todo siga el cauce correcto. Las palabras importan porque ayudan a demostrar que no fue una pelea cualquiera, sino una agresión motivada por odio. 

Lo sé, puede que ahora mismo dudes sobre denunciar. Mucha gente duda a la hora de hacerlo porque aparecen pensamientos como “no quiero más problemas”, “igual no sirve para nada” o “quizá lo mejor sea olvidarlo”. Créeme, te entiendo. Yo soy abogado y me dedico a estas cosas atendiendo a personas de todo el país, tanto de manera presencial como de manera virtual o telefónica. Denunciar siempre da miedo porque implica revivir lo que te ha ocurrido y eso no es nada agradable. Pero también es la única forma de poner un límite, no solo ya por ti, sino para que esa persona no vuelva a hacerle daño a alguien más.

Cuando tengas las fuerzas suficientes, preferiblemente lo antes posible o, como mucho, a los pocos días, puedes denunciar ante una comisaría de Policía Nacional, en la Guardia Civil o en un juzgado de guardia. Si hay Policía Nacional en tu ciudad, lo más recomendable es ir allí. Si no hubiese comisaría de policía, puedes hacerlo ante la Guardia Civil. También puedes hacerlo ante el Juzgado de Guardia o ante la Fiscalía. Por tanto, puedes acudir a la Policía Nacional, a la Guardia Civil o a cualquier autoridad competente. Si vas a la Policía o a la Guardia Civil puedes ir acompañado por alguien de confianza. De hecho, es buena idea no hacerlo solo si no te sientes con fuerzas o te sientes muy vulnerable. No hace falta que la persona que vaya contigo sea abogado, puede ser cualquier persona. Un abogado siempre es recomendable, pero, en el momento de interponer la denuncia, puede ser cualquier persona de tu confianza. 

Nada de lo que has sufrido es culpa tuya.
Ninguna víctima es culpable JAMÁS del delito que ha sufrido.

Cuando estés dentro, tienes derecho a que te traten con respeto y a que te escuchen sin juzgarte. Es decir, no pueden negarse a recoger la denuncia ni tratarte de forma irrespetuosa o disuasoria. Si en algún momento sientes incomodidad puedes pedir que sea otro agente quien te tome declaración. Incluso, puedes pedir la hoja de reclamaciones si sientes que te cuestionan tu denuncia o lo que has vivido. Eso no lo pueden hacer, porque eso hace mucho daño a las víctimas. Así que, si te hacen sentir así, pide la hoja de reclamaciones, tienen obligación de tenerla a disposición de la ciudadanía. Rellénala y no olvides que tienen que darte tu copia firmada y sellada. 

Si nada de esto sucede, cuando estés contando lo que te ha pasado, hazlo con tranquilidad. No minimices absolutamente nada de lo que ha pasado. Si hubo insultos relacionados con tu orientación sexual o identidad de género, repítelos exactamente como fueron. Sé que eso puede remover por dentro cuando tienes que decirlos en voz alta, pero son importantes para que el caso se investigue como una agresión LGTBIfóbica. Es decir, como un delito de odio. Recuerda que puedes llevar tu denuncia escrita para que todo pueda ser más llevadero y más sencillo para ti. En esa denuncia escrita explica todo lo que sucedió a tu manera, pero que sea de forma clara. En la denuncia también puedes solicitar que el juzgado emita una orden de alejamiento en contra de la persona que te ha agredido. No siempre se conceden, eso es verdad, pero siempre es recomendable solicitarla en el acto de denuncia. 

Cuando estés acabando, entrega las pruebas que tengas. Puedes hacerlo en mano o, en su caso, el agente te indicará un correo electrónico para que se las mandes en ese preciso momento. Desde ahí mismo las imprimirán para incorporarla a la denuncia. Manda los documentos y las imágenes que tengas. Si lo que tienes son videos o audios, también los puedes mandar o indicar en la denuncia que tienes esas pruebas y que las puedes entregar más adelante. En todo caso, entrégalas ahí también sin perjuicio de que lo puedes hacer luego otra vez. Pero, eso sí, nunca las borres de tu teléfono y guarda una copia en un pen-drive de todo. 

Una vez que hayas terminado, el agente te dará una copia de tu denuncia para que la revises. Si quieres incluir algo más puedes hacerlo y el agente lo hará sin problema. Si todo está en orden y estás de acuerdo con todo, el agente te dará una copia. Debes firmar todas las páginas y el agente también firmará y sellará tu denuncia. Es muy importante que la denuncia esté debidamente firmada y sellada. Por eso, asegúrate de que es así. Es decir, asegúrate de recibir una copia oficial de tu denuncia. Sé que en ese momento no estarás para fijarte en esos detalles, pero la persona que te acompañe puede darse cuenta de ello. Por eso, insisto, la denuncia debe ir firmada y sellada. El agente te dará una copia que también irá sellada y firmada tanto por ti como por el agente. Desde el momento en que la denuncia queda formalmente interpuesta, tanto tú como todo lo que te rodea estará dentro del sistema. Es decir, el procedimiento pasará a ser investigado por policía y juzgado. Por tanto, ya no tendrás que afrontarlo en soledad. 

Nunca olvides que tienes derechos. Todas las personas los tienen y  de entre todos esos derechos está el de derecho a recibir información clara acerca de todo lo que tiene que ver con tu caso. También tienes derecho a la asistencia jurídica y al apoyo psicológico gratuitos. Por todo el país existen Oficinas de Asistencia a Víctimas del Delito donde pueden acompañarte durante todo el proceso y hasta que haya una sentencia judicial firme. Por supuesto, también puedes llamar al teléfono 028, donde hay profesionales preparados para escuchar y orientar sin juzgarte. Entre esos profesionales, también estoy yo si me necesitas.

Después de interponer la denuncia empieza una fase que a veces puede parecer lenta. La policía investigará lo que ha sucedido y puede que te llamen en alguna ocasión para aclarar detalles. No significa que duden de ti, significa que están construyendo el caso con cuidado para saber qué ha pasado y localizar a tus agresores. 

Cuando el asunto llegue al juzgado, puede que tengas que declarar ante un juez o jueza, normalmente para ratificar tu denuncia y, si recuerdas algo más, poder añadirlo en ese momento. Sé que eso impone mucho, pero debes mantener la calma. Recuerda que a ti no se te está acusando de nada, tú eres la persona que ha sufrido la agresión. Lo único que tienes que hacer es contar la verdad de lo que te ha pasado. En ocasiones, puedes llegar a recibir una resolución en la que se acuerde el archivo de la causa. Mantén la calma, eso sucede con cierta frecuencia cuando el juzgado considera que no hay indicios suficientes de delito para continuar con el procedimiento. Pero, mantén la calma, esa resolución de archivo (auto de sobreseimiento) se puede recurrir.

Siempre hay un plazo para recurrir que empieza a contar al día siguiente desde que recibes la carta. Existen plazos breves para recurrir, normalmente de pocos días, por lo que es importante actuar rápido y con asesoramiento jurídico. Uno de los recursos es el de reforma, que se interpone ante el propio juzgado que lo resuelve, y tienes 3 días para hacerlo. Hay otro recurso, que se llama de apelación, que te da 5 días para interponerlo ante el juzgado, que lo remite y lo resuelve la Audiencia Provincial.

Estos recursos pueden presentarse juntos o por separado, y la forma de hacerlo dependerá de cada caso concreto, pero siempre se puede recurrir si no se está de acuerdo. Eso sí, ten en cuenta que dentro de los días que te den de plazo no se cuentan los fines de semana ni los festivos. Así que, en realidad, tienes algo más de margen porque no son días naturales, sino días hábiles, es decir, días en los que se trabaja. Pero, y esto es importante, mi recomendación es que lo hagas cuanto antes, no dejes que pase el tiempo.

No obstante, si como víctima no te has personado en el procedimiento, la ley te permite recurrir un auto de sobreseimiento en un plazo más amplio, de hasta 20 días, sin necesidad de haberte personado previamente como parte en la causa. Por eso, incluso en esos casos, es muy importante informarse bien y actuar cuanto antes. Es decir, como víctima, si recibes un auto de sobreseimiento, podrás recurrir dentro de ese plazo más amplio aunque no te hayas personado previamente, incluso sin abogado ni procurador.

Si se continua con el procedimiento, cuando llegue este momento y se acerque el juicio, ya sí es recomendable tener abogado o abogada. Si no puedes pagar uno, puedes solicitar justicia gratuita. El abogado o abogada que se te asigne siempre te ayudará a entender cada paso, a pedir pruebas y a reclamar una indemnización por el daño sufrido. Por cierto, no desconfíes de tu abogado si se te asigna de oficio. La inmensa mayoría de abogados y abogadas están en el turno de oficio también. Así que, por favor, no infravalores a quien se te asigne solo porque sea de del turno de oficio. Todos los compañeros y compañeras tienen años de ejercicio profesional a sus espaldas, son excelentes profesionales. Eso no lo dudes nunca. 

Volviendo al procedimiento, si existe riesgo, el juez puede dictar medidas de protección como una orden de alejamiento. Por eso es importante que lo indiques desde el momento de la denuncia. Cuando pides protección piensa que no estás exagerando ni dramatizando nada. Simplemente estás manifestando que tienes miedo de lo que te ha ocurrido y no quieres que te vuelva a ocurrir porque la persona a la que has denunciado tome represalias en tu contra e intente agredirte otra vez. La orden de alejamiento es una herramienta legal para que, cuando se concede, aunque no siempre se hace porque depende del caso en concreto, te ayude a recuperar la tranquilidad cuando ha tenido lugar la agresión. Puede solicitarse desde el momento de la denuncia y el juez podrá acordarla antes de que se celebre el juicio y mantenerla el tiempo necesario o en lo que se determine luego en la sentencia.

Con respecto al juicio, puede pasar tiempo hasta que llegue. A veces pasan muchos meses por la sobrecarga de trabajo de los juzgados y, durante todo ese tiempo, es normal que tengas días buenos y días difíciles. A veces aparece la rabia, el cansancio e, incluso, tienes dudas sobre si hiciste bien denunciando. Todo eso entra dentro de los sentimientos humanos y no significa que estés retrocediendo. Pero, sí, te entiendo perfectamente. A veces la justicia es lenta… tanto que, de alguna manera, la espera hace que todo duela mucho más. De hecho, a veces la espera duele más que la propia agresión porque sientes que lo que te ha pasado no le importa a nadie. PERO NO ES CIERTO, A MÍ SI ME IMPORTAS. 

Nadie tiene derecho a hacerte sentir menos por ser quien eres

Aún así, ya sea tarde o temprano, cuando llegue el juicio, solo tendrás que contar lo ocurrido. No necesitas hablar perfecto, ni con palabras técnicas ni tampoco parecer fuerte. Solo tienes que hablar con sinceridad y desde tu verdad. Los nervios son normales y más en casos como este en los que tienes los nervios a flor de piel y por tu cabeza vas a estar reviviéndolo todo. Pero, como te digo, mantén la calma, el juez o tribunal escuchará a todas las partes, muy especialmente a ti como víctima de un presunto delito, y valorará pruebas, testimonios y el contexto de la agresión. Si se demuestra que te atacaron por quien eres, es decir, por tu orientación sexual o tu identidad de género, la ley lo considera más grave porque no solo te atacaron a ti, sino a la convivencia y a la libertad de toda la sociedad.

Al cabo de los días, o de unas pocas semanas como mucho, te llegará la sentencia. Eso sí, si el juzgado está muy saturado, a veces pueden tardar más tiempo, desde semanas hasta meses. Pero, no te preocupes, tarde o temprano la sentencia se te comunicará. Siempre se te tiene que comunicar formalmente. 

En la sentencia se puede incluir, además de la condena penal, la indemnización correspondiente por tus lesiones y otras medidas adicionales como la orden de alejamiento y prohibición de comunicación contigo. Como te dije antes, a veces hay recursos y todo puede alargarse hasta que exista una sentencia firme. Entiendo que puede parecer largo, pero cada paso tiene un sentido, porque, al final, lo que se busca es reconocer oficialmente lo que te ha ocurrido.

Ahora llega algo que siempre le explico a las personas a las que atiendo. Es algo muy importante que casi nadie explica. El proceso judicial no mide tu valor como ser humano ni tampoco tu capacidad de recuperación. Hay personas que sanan antes de que termine el juicio y otras que necesitan mucho más tiempo, incluso después de que todo haya terminado. Ambas situaciones son perfectamente normales. Por eso, lo que importa es que te permitas pedir ayuda si la necesitas. Eso quiere decir que, si necesitas hablar con profesionales o con personas de confianza, hazlo sin dudarlo, porque puede marcar una gran diferencia en tu recuperación. Lo que te haya pasado no puede condicionar tu vida en el futuro. Siempre serás una persona merecedora de respeto, consideración y, por supuesto, también de amor. 

Así que, no, no tienes culpa de lo que pasó. Nada de lo que has sufrido es culpa tuya. Ninguna víctima es culpable JAMÁS del delito que ha sufrido. Así que, fuera lo que fuese aquello que sufriste, no fue por cómo vestías, ni por tu forma de hablar, ni por ir de la mano con tu pareja, ni por existir sin esconderte. La responsabilidad de todo lo que ha sucedido siempre pertenece a quien decide agredirte. Tú no tienes culpa de nada, quien te hizo daño sí la tiene. 

Ahora mismo quizá sientas que algo se ha roto dentro de ti. Muchas víctimas describen cómo se sienten como una pérdida momentánea de confianza y de seguridad, como si el mundo que hay a su alrededor se hubiera vuelto menos seguro de repente. Pero también quiero que sepas algo que veo una y otra vez. Y es que las personas agredidas no son solo víctimas. Son personas que, poco a poco, recuperan su espacio, su voz y su fuerza. Lo que te haya pasado no puede condicionar tu vida ni tampoco victimizarte para siempre. Puedes salir adelante, puedes hacer grandes cosas, puedes brillar otra vez como nunca has brillado antes y, si tú quieres, marcar la diferencia con otras personas que pasen por lo mismo que tú una vez que hayas sanado tus heridas, tanto físicas como emocionales. Yo lo hice en su momento. Es verdad que cuesta mucho, pero, si estás leyendo esto, quiero que sepas que te estoy abrazando desde la primera palabra de este texto. 

Así que, por favor, no olvides esto: denunciar, pedir ayuda, hablar, y cuidarte no te hace una persona débil. Todo lo contrario, te hace ser una persona muy valiente de una manera tranquila, sosegada, cotidiana y real. Hoy solo necesitas avanzar un paso. No tienes que hacerlo todo a la vez. Lo primero es cuidarte y luego apoyarte en aquellas personas dispuestas a ayudarte. Después solo tú decidirás cómo quieres seguir. Tú marcas el ritmo, tú marcas el paso, tú decides.

Tampoco quiero que olvides una cosa mientras atraviesas todo esto. Lo que intentaron quitarte no se pierde tan fácilmente. Tu identidad, tu dignidad y tu derecho a vivir libre sin miedo siguen siendo tuyos, te pertenecen solo a ti. 

Nadie tiene derecho a hacerte sentir menos por ser quien eres. Porque tú ocupas un lugar en este mundo que te pertenece a ti por derecho propio y a nadie más. El odio jamás tendrá más fuerza ni será más importante que tu dignidad como persona, como ser humano.

Jamás permitas que nadie te robe ni pisotee tu dignidad.

Si alguien intenta hacerte invisible, yo estaré allí.

Para decirte que yo sí te veo.

Con los ojos del corazón. 

Jamás permitas que nadie te robe ni pisotee tu dignidad.

P.S.: Aunque este texto está especialmente dirigido a las víctimas de LGTBIfobia, el procedimiento está pensado para cualquier persona que sufra un delito de base discriminatoria motivado por odio. Es decir, el modo de actuación es prácticamente el mismo, salvo algunas diferencias, tanto si hablamos de LGTBIfobia como si hablamos de racismo, xenofobia, antisemitismo, islamofobia, antigitanismo, aporofobia, transfobia, capacitismo u otras conductas discriminatorias. En cualquier caso, si me necesitas, ahí estaré.

Estas son algunas de las entidades en las que colaboro:
International Human Rights Foundation – regiafidhjaen@gmail.com.
Asociación Visibles LGTBIQ+ Jaén – visiblesjaen@gmail.com.
Agrupación de Psicólogos y Profesionales para la Acción – asociacion.appa.malaga@gmail.com.