(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)
🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽
Hay historias que cuesta leer sin sentir un nudo en el estómago. No porque sean complejas, sino porque son demasiado sencillas. La historia de Renée Nicole Good es la historia de una mujer corriente, una madre como tantas, una vecina más de Minneapolis, que una mañana salió a hacer su vida y no volvió a casa. No fue a causa de una enfermedad, tampoco por un accidente inevitable, sino porque se cruzó con un operativo policial que acabó de la peor manera posible.
Renée tenía 37 años. Era ciudadana estadounidense, vivía en Minneapolis, en el estado de Minnesota, junto a su esposa y sus tres hijos. Quienes la conocían hablan de ella como una mujer cercana, creativa, cariñosa, muy implicada en su familia. No tenía antecedentes penales ni estaba siendo investigada. Tampoco era objetivo de ninguna operación policial. Era, sencillamente, una madre llevando a cabo su rutina diaria.
El 7 de enero de 2026 comenzó como cualquier otro día. Renée acababa de dejar a su hijo pequeño en el colegio. Iba en su SUV Honda Pilot por Portland Avenue, una calle de su barrio. Nada hacía presagiar que, pocos minutos después, su vida se apagaría y su nombre recorrería los informativos de medio mundo.
Ese día, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, conocido como ICE, estaba llevando a cabo un amplio operativo federal en Minneapolis como parte de una ofensiva migratoria a gran escala. Renée no tenía nada que ver con esa operación. Simplemente se encontró con varios vehículos y agentes en su camino.
Los vídeos grabados por vecinos y personas que estaban allí muestran una escena confusa. Varios agentes se acercan a su coche. Se oyen gritos y órdenes entremezcladas. En uno de los vídeos se escucha claramente a un agente gritarle que salga del coche. Renée parece nerviosa, desorientada, como lo estaría cualquier persona al verse rodeada de hombres armados sin entender nada de lo que está ocurriendo.
Según los testigos, Renée intenta marcharse del lugar. Gira el volante buscando una salida, tratando de incorporarse al tráfico. No se aprecia una actitud violenta ni intención alguna de hacer daño. En ese momento, uno de los agentes, identificado posteriormente como Jonathan Ross, se coloca delante del vehículo. Y entonces todo ocurre en cuestión de segundos.
Ross saca su arma y dispara tres veces. Uno de los disparos se produce cuando está frente al coche. Los otros dos cuando el vehículo ya está en movimiento. Las balas alcanzan a Renée dentro del coche. Muere allí mismo, sin que nadie pueda hacer nada por salvarla. En pocos segundos, Renée ha resultado muerta, ha sido criminal e irracionalmente asesinada.
Las imágenes son difíciles de asumir. En ellas no se aprecia que el coche embista al agente ni que exista un peligro real e inmediato que justifique el uso de la fuerza letal. De hecho, en los vídeos se observa que el agente dispara mientras aún sostiene un teléfono móvil en la mano, lo que ha generado todavía más preguntas sobre cómo se desarrolló realmente la situación que acabó con la vida de Renée.
Tras el tiroteo, la escena se vuelve aún más dolorosa. Testigos aseguran que la atención médica no fue inmediata y que se impidió a otras personas acercarse para ayudar. Ningún agente murió y tampoco ningún agente resultó gravemente herido. La única persona que perdió la vida fue Renée, dejando a su familia destrozada para siempre.
La reacción oficial no tardó en llegar. El Departamento de Seguridad Nacional y su secretaria, Kristi Noem, defendieron desde el primer momento que el agente había actuado en “defensa propia”. Incluso, desde la desvergüenza más absoluta, llegaron a calificar lo ocurrido como un acto de “terrorismo doméstico”, una afirmación que causó estupor e indignación entre quienes habían visto los vídeos y escuchado a los testigos presenciales de aquel acto criminal. También se sugirió que agentes habían resultado heridos, algo que no aparece reflejado en las grabaciones. Todo fueron mentiras para tapar el asesinato de una mujer, madre de tres hijos, a manos de unos desalmados con autorización presidencial.
Estas declaraciones no hicieron sino aumentar aún más la tensión social. El alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, fue claro tras ver las imágenes. Dijo públicamente que lo que mostraban los vídeos no parecía justificar el uso de la fuerza letal y exigió explicaciones. El gobernador de Minnesota, Tim Walz, también expresó su preocupación y criticó el desarrollo del operativo y las políticas que permiten que situaciones así terminen con una persona muerta o, mejor dicho, asesinada.
La muerte de Renée ha provocado protestas masivas en Minneapolis y en muchas otras ciudades de Estados Unidos. Miles de personas han salido y continúan saliendo a la calle para pedir justicia. Hay vigilias, concentraciones en muestra de repulsa y decenas de miles de mensajes de apoyo a la familia. Mucha gente repite la misma idea una y otra vez. Podría haber sido cualquier otra persona. Pero fue Renée, una madre, una vecina, una persona normal, buena, querida y decente, que se cruzó con el poder armado y enloquecido del Estado que acabó con su vida.
La familia de Renée ha tenido que enfrentarse, además del dolor, a rumores y comentarios injustos en redes sociales. Se han visto obligados a aclarar públicamente que Renée no tenía antecedentes criminales y que no había hecho absolutamente nada para merecer ese final. Como si alguna vez hiciera falta justificar que una persona, una madre de tres hijos, merece seguir viviendo.
Lo más duro de esta historia es precisamente eso. Renée, una ciudadana corriente, que no encajaba en ningún “estereotipo de peligro”, ha muerto. Y su muerte no se debió a una persecución ni a un delito violento, sino a una cadena de decisiones mal tomadas, a una escalada innecesaria y a una cultura en la que el gatillo parece estar demasiado cerca del miedo y por encima de la ley.
Renée jamás podrá contar qué pensó en esos segundos ni explicar si tuvo miedo, si intentó huir o si creyó que todo se resolvería hablando. Solo quedan los vídeos, los testimonios y una familia rota para siempre. Todo a manos de una locura criminal de “caza de personas”.
Pero ahora, Renée se ha convertido en símbolo de algo más grande. Se ha convertido en el centro del debate sobre el uso de la fuerza policial, de la falta de rendición de cuentas y de la manera en que ciertas instituciones reaccionan primero protegiéndose a sí mismas y después, si acaso, buscando la verdad. Y la verdad es que Renée ha sido cruelmente asesinada. No hay más verdad que esa.
Ahora recordar a Renée es mucho más que un simple acto político, también es un acto de humanidad. Es negarse a aceptar que estas muertes se conviertan en simples estadísticas. Es mirar de frente una realidad incómoda y preguntarse qué tipo de sociedad permite que una madre muera así y que las autoridades que han acabado con su vida pretendan continuar hacia adelante y que todo siga como si nada hubiese pasado. Porque cuando una vida se apaga de esta manera, el problema no está solo en quién apretó el gatillo. El problema de verdad está en todo lo que hizo posible que esos tres disparos que acabaron con la vida de Renée parecieran la única opción válida.
Nada podrá hacer que el nombre de Renée se pierda en el recuerdo. Todo esto tiene que obligarnos a pensar y a darnos cuenta de que no podemos mirar hacia otro lado.
Porque si pasamos página demasiado rápido, la historia volverá a repetirse y más vidas se perderán sin que aprendamos nada.
Ya no quedan más páginas que pasar.
Solo queda el dolor.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The Murder of Renée Good
There are stories that are hard to read without feeling a knot in your stomach. Not because they are complex, but because they are painfully simple. The story of Renée Nicole Good is the story of an ordinary woman, a mother like so many others, a neighbor in Minneapolis, who one morning went about her daily life and never came home. She did not die from illness, nor from an unavoidable accident, but because she crossed paths with a police operation that ended in the worst possible way.
Renée was 37 years old. She was a U.S. citizen and lived in Minneapolis, in the state of Minnesota, with her wife and their three children. Those who knew her describe her as warm, creative, loving, and deeply devoted to her family. She had no criminal record and was not under investigation. She was not the target of any police operation. She was simply a mother going about her everyday routine.
January 7, 2026, began like any other day. Renée had just dropped her youngest child off at school. She was driving her Honda Pilot SUV along Portland Avenue, a street in her neighborhood. Nothing suggested that, just minutes later, her life would be extinguished and her name would spread across news outlets around the world.
That day, U.S. Immigration and Customs Enforcement, known as ICE, was carrying out a large-scale federal operation in Minneapolis as part of a broader nationwide immigration crackdown. Renée had absolutely nothing to do with that operation. She simply found herself confronted by several vehicles and agents in her path.
Videos recorded by neighbors and bystanders show a chaotic and confusing scene. Several agents approach her vehicle. Shouts and commands overlap. In one of the videos, an agent can be clearly heard ordering her to get out of the car. Renée appears nervous and disoriented, as anyone would be when suddenly surrounded by armed men without understanding what is happening.
According to witnesses, Renée tries to leave the area. She turns the steering wheel, looking for a way out, attempting to merge back into traffic. There is no sign of violent behavior or any intention to harm anyone. At that moment, one of the agents, later identified as Jonathan Ross, positions himself in front of the vehicle. And then everything happens in a matter of seconds.
Ross draws his weapon and fires three shots. One shot is fired while he is standing in front of the car. The other two are fired as the vehicle is already moving. The bullets strike Renée inside the car. She dies at the scene, with no chance for anyone to save her. In a matter of seconds, Renée is dead, criminally and irrationally killed.
The images are difficult to process. They do not show the car striking the agent, nor do they show a real and immediate threat that would justify the use of lethal force. In fact, the videos appear to show the agent firing while still holding a cellphone in his hand, raising even more questions about how the situation truly unfolded and how it ended with Renée’s life being taken.
After the shooting, the scene becomes even more painful. Witnesses report that medical assistance was not immediate and that others were prevented from approaching to help. No agent was killed, and no agent suffered serious injuries. The only person who lost her life was Renée, leaving her family permanently shattered.
The official response came quickly. The Department of Homeland Security and its secretary, Kristi Noem, defended from the outset that the agent had acted in “self-defense.” In an act of sheer shamelessness, they even went so far as to describe what happened as an act of “domestic terrorism,” a claim that caused shock and outrage among those who had seen the videos and heard the firsthand accounts of this criminal act. It was also suggested that agents had been injured, something not supported by the recordings. These statements amounted to lies aimed at covering up the killing of a woman, a mother of three, at the hands of ruthless agents operating with presidential authorization.
These declarations only served to further inflame social tensions. The mayor of Minneapolis, Jacob Frey, was clear after viewing the footage. He publicly stated that what the videos showed did not appear to justify the use of lethal force and demanded explanations. Minnesota Governor Tim Walz also expressed his concern and criticized both the operation itself and the policies that allow situations like this to end with a person dead, or rather, killed.
Renée’s death has sparked massive protests in Minneapolis and across many other U.S. cities. Thousands of people have taken to the streets and continue to do so, demanding justice. Vigils, rallies, and demonstrations of outrage have been held, along with tens of thousands of messages of support for the family. Many people repeat the same idea again and again. It could have been anyone else. But it was Renée, a mother, a neighbor, an ordinary person, good, loved, and decent, who crossed paths with the armed and unhinged power of the state that ended her life.
Renée’s family has had to endure not only their grief but also rumors and unjust comments on social media. They have been forced to publicly clarify that Renée had no criminal history and that she did absolutely nothing to deserve such an end. As if anyone should ever have to justify that a person, a mother of three children, deserves to keep living.
The most devastating part of this story is precisely that. Renée, an ordinary citizen who did not fit any so-called “dangerous stereotype,” is dead. And her death was not the result of a chase or a violent crime, but of a chain of bad decisions, an unnecessary escalation, and a culture in which the trigger seems far closer to fear than to the rule of law.
Renée will never be able to tell us what she thought in those seconds, whether she was afraid, whether she tried to escape, or whether she believed everything could be resolved by talking. All that remain are the videos, the testimonies, and a family broken forever. All of it at the hands of a criminal madness of “people hunting.”
But now, Renée has become a symbol of something larger. She has become central to the debate over police use of force, the lack of accountability, and the way certain institutions respond by first protecting themselves and only afterward, if at all, seeking the truth. And the truth is that Renée was brutally killed. There is no other truth.
Remembering Renée now is more than a political act; it is an act of humanity. It is a refusal to accept that these deaths become mere statistics. It is about facing an uncomfortable reality and asking what kind of society allows a mother to die this way while the authorities responsible attempt to move on as if nothing happened. Because when a life is extinguished like this, the problem is not only who pulled the trigger. The real problem lies in everything that made those three shots seem like the only acceptable option.
Nothing will allow Renée’s name to fade into obscurity. All of this must force us to think and to realize that we cannot look the other way.
Because if we turn the page too quickly, history will repeat itself, and more lives will be lost without us learning anything.
There are no more pages left to turn.
Only pain remains.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
L’assassinio di Renée Good
Ci sono storie che è difficile leggere senza sentire un nodo allo stomaco. Non perché siano complesse, ma perché sono fin troppo semplici. La storia di Renée Nicole Good è la storia di una donna qualunque, una madre come tante, una vicina di Minneapolis che una mattina è uscita per vivere la sua giornata e non è mai tornata a casa. Non è morta a causa di una malattia, né per un incidente inevitabile, ma perché si è trovata nel mezzo di un’operazione di polizia finita nel peggiore dei modi.
Renée aveva 37 anni. Era cittadina statunitense e viveva a Minneapolis, nello Stato del Minnesota, insieme a sua moglie e ai loro tre figli. Chi la conosceva la descrive come una donna affettuosa, creativa, vicina agli altri e profondamente coinvolta nella sua famiglia. Non aveva precedenti penali né era sotto indagine. Non era l’obiettivo di alcuna operazione di polizia. Era semplicemente una madre che stava portando avanti la sua routine quotidiana.
Il 7 gennaio 2026 è iniziato come un giorno qualsiasi. Renée aveva appena accompagnato il figlio più piccolo a scuola. Guidava il suo SUV Honda Pilot lungo Portland Avenue, una strada del suo quartiere. Nulla lasciava presagire che, pochi minuti dopo, la sua vita si sarebbe spenta e il suo nome avrebbe fatto il giro dei notiziari di mezzo mondo.
Quel giorno il Servizio di Immigrazione e Controllo delle Dogane degli Stati Uniti, noto come ICE, stava conducendo una vasta operazione federale a Minneapolis nell’ambito di un’offensiva migratoria su larga scala. Renée non aveva nulla a che fare con quell’operazione. Si è semplicemente imbattuta in diversi veicoli e agenti lungo il suo percorso.
I video registrati dai residenti e dalle persone presenti mostrano una scena confusa. Diversi agenti si avvicinano alla sua auto. Si sentono urla e ordini sovrapposti. In uno dei video si sente chiaramente un agente che le ordina di scendere dal veicolo. Renée appare nervosa, disorientata, come lo sarebbe chiunque circondato da uomini armati senza capire cosa stia succedendo.
Secondo i testimoni, Renée cerca di allontanarsi dal luogo. Gira il volante cercando una via d’uscita, tentando di rientrare nel traffico. Non si percepisce un atteggiamento violento né alcuna intenzione di fare del male. In quel momento uno degli agenti, successivamente identificato come Jonathan Ross, si posiziona davanti al veicolo. E allora tutto accade nel giro di pochi secondi.
Ross estrae l’arma e spara tre volte. Uno dei colpi viene esploso mentre si trova davanti all’auto. Gli altri due quando il veicolo è già in movimento. I proiettili colpiscono Renée all’interno dell’auto. Muore sul posto, senza che nessuno possa fare nulla per salvarla. In pochi secondi Renée viene uccisa, assassinata in modo criminale e irrazionale.
Le immagini sono difficili da accettare. In esse non si vede l’auto travolgere l’agente né appare un pericolo reale e immediato tale da giustificare l’uso della forza letale. Anzi, nei video si osserva che l’agente spara mentre tiene ancora un telefono cellulare in mano, fatto che ha sollevato ulteriori interrogativi su come si sia realmente svolta la situazione che ha portato alla morte di Renée.
Dopo la sparatoria, la scena diventa ancora più dolorosa. I testimoni affermano che l’assistenza medica non è stata immediata e che ad altre persone è stato impedito di avvicinarsi per prestare aiuto. Nessun agente è morto né ha riportato ferite gravi. L’unica persona a perdere la vita è stata Renée, lasciando la sua famiglia distrutta per sempre.
La reazione ufficiale non si è fatta attendere. Il Dipartimento per la Sicurezza Nazionale e la sua segretaria, Kristi Noem, hanno difeso fin da subito l’operato dell’agente, sostenendo che avesse agito per legittima difesa. Addirittura, con una sfrontatezza assoluta, hanno definito quanto accaduto un atto di “terrorismo domestico”, un’affermazione che ha provocato sgomento e indignazione tra coloro che avevano visto i video e ascoltato i testimoni diretti di quell’atto criminale. È stato anche suggerito che alcuni agenti fossero rimasti feriti, cosa che non risulta dalle registrazioni. Tutte menzogne per coprire l’assassinio di una donna, madre di tre figli, per mano di individui senza scrupoli con autorizzazione presidenziale.
Queste dichiarazioni non hanno fatto altro che aumentare ulteriormente la tensione sociale. Il sindaco di Minneapolis, Jacob Frey, è stato chiaro dopo aver visto le immagini. Ha dichiarato pubblicamente che quanto mostrato dai video non sembrava giustificare l’uso della forza letale e ha chiesto spiegazioni. Anche il governatore del Minnesota, Tim Walz, ha espresso la sua preoccupazione e ha criticato lo svolgimento dell’operazione e le politiche che permettono che situazioni simili finiscano con una persona morta, o meglio, assassinata.
La morte di Renée ha provocato proteste di massa a Minneapolis e in molte altre città degli Stati Uniti. Migliaia di persone sono scese e continuano a scendere in strada per chiedere giustizia. Ci sono veglie, manifestazioni di condanna e decine di migliaia di messaggi di sostegno alla famiglia. Molte persone ripetono la stessa idea più e più volte. Sarebbe potuto accadere a chiunque. Ma è successo a Renée, una madre, una vicina, una persona normale, buona, amata e rispettata, che si è scontrata con il potere armato e fuori controllo dello Stato che le ha tolto la vita.
La famiglia di Renée ha dovuto affrontare, oltre al dolore, voci e commenti ingiusti sui social network. È stata costretta a chiarire pubblicamente che Renée non aveva precedenti penali e che non aveva fatto assolutamente nulla per meritare quella fine. Come se fosse mai necessario giustificare il diritto di una persona, di una madre di tre figli, a continuare a vivere.
La cosa più dura di questa storia è proprio questa. Renée, una cittadina qualunque, che non rientrava in alcuno “stereotipo di pericolosità”, è morta. E la sua morte non è avvenuta a seguito di un inseguimento o di un reato violento, ma a causa di una catena di decisioni sbagliate, di un’escalation inutile e di una cultura in cui il dito sul grilletto sembra essere troppo vicino alla paura e al di sopra della legge.
Renée non potrà mai raccontare cosa ha pensato in quei secondi, né spiegare se abbia avuto paura, se abbia cercato di fuggire o se abbia creduto che tutto si sarebbe risolto parlando. Restano solo i video, le testimonianze e una famiglia spezzata per sempre. Tutto per mano di una follia criminale di “caccia alle persone”.
Ma ora Renée è diventata il simbolo di qualcosa di più grande. È diventata il centro del dibattito sull’uso della forza da parte della polizia, sulla mancanza di responsabilità e sul modo in cui alcune istituzioni reagiscono prima proteggendo se stesse e solo dopo, se mai, cercando la verità. E la verità è che Renée è stata brutalmente assassinata. Non c’è altra verità possibile.
Ricordare Renée oggi è molto più di un semplice atto politico, è anche un atto di umanità. Significa rifiutare che queste morti diventino semplici statistiche. Significa guardare in faccia una realtà scomoda e chiedersi che tipo di società permetta che una madre muoia in questo modo e che le autorità responsabili della sua morte pretendano di andare avanti come se nulla fosse accaduto. Perché quando una vita si spegne così, il problema non è solo chi ha premuto il grilletto. Il vero problema è tutto ciò che ha reso possibile che quei tre colpi, che hanno posto fine alla vita di Renée, sembrassero l’unica opzione valida.
Nulla potrà far sì che il nome di Renée venga dimenticato. Tutto questo deve costringerci a riflettere e a renderci conto che non possiamo guardare dall’altra parte.
Perché se giriamo pagina troppo in fretta, la storia si ripeterà e altre vite andranno perdute senza che impariamo nulla.
Non restano più pagine da girare.
Resta solo il dolore.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
L’assassinat de Renée Good
Il y a des histoires qu’il est difficile de lire sans ressentir un nœud à l’estomac. Non pas parce qu’elles sont complexes, mais parce qu’elles sont terriblement simples. L’histoire de Renée Nicole Good est celle d’une femme ordinaire, d’une mère comme tant d’autres, d’une voisine de Minneapolis qui, un matin, est sortie pour vivre sa journée et n’est jamais rentrée chez elle. Elle n’est pas morte d’une maladie, ni à la suite d’un accident inévitable, mais parce qu’elle s’est retrouvée au milieu d’une opération policière qui a tourné de la pire des manières.
Renée avait 37 ans. Elle était citoyenne américaine et vivait à Minneapolis, dans l’État du Minnesota, avec son épouse et leurs trois enfants. Ceux qui la connaissaient parlent d’elle comme d’une femme chaleureuse, créative, attentionnée et très investie dans sa famille. Elle n’avait aucun antécédent judiciaire et ne faisait l’objet d’aucune enquête. Elle n’était la cible d’aucune opération de police. Elle était simplement une mère poursuivant sa routine quotidienne.
Le 7 janvier 2026 avait commencé comme n’importe quel autre jour. Renée venait de déposer son plus jeune enfant à l’école. Elle conduisait son SUV Honda Pilot sur Portland Avenue, une rue de son quartier. Rien ne laissait présager que, quelques minutes plus tard, sa vie s’éteindrait et que son nom ferait le tour des journaux télévisés du monde entier.
Ce jour-là, le Service de l’immigration et des douanes des États-Unis, connu sous le nom d’ICE, menait une vaste opération fédérale à Minneapolis dans le cadre d’une offensive migratoire de grande ampleur. Renée n’avait absolument rien à voir avec cette opération. Elle s’est simplement retrouvée face à plusieurs véhicules et agents sur son trajet.
Les vidéos enregistrées par des habitants et des personnes présentes sur place montrent une scène confuse. Plusieurs agents s’approchent de sa voiture. On entend des cris et des ordres qui se chevauchent. Dans l’une des vidéos, on entend clairement un agent lui ordonner de sortir du véhicule. Renée paraît nerveuse, désorientée, comme le serait n’importe qui entouré d’hommes armés sans comprendre ce qui est en train de se passer.
Selon les témoins, Renée tente de quitter les lieux. Elle tourne le volant à la recherche d’une issue, essayant de se réinsérer dans la circulation. On ne perçoit aucune attitude violente ni aucune intention de faire du mal. À ce moment-là, l’un des agents, identifié par la suite comme Jonathan Ross, se place devant le véhicule. Et alors tout se déroule en quelques secondes.
Ross sort son arme et tire à trois reprises. L’un des coups est tiré alors qu’il se trouve devant la voiture. Les deux autres lorsque le véhicule est déjà en mouvement. Les balles atteignent Renée à l’intérieur de la voiture. Elle meurt sur place, sans que personne ne puisse faire quoi que ce soit pour la sauver. En quelques secondes, Renée est tuée, assassinée de manière criminelle et irrationnelle.
Les images sont difficiles à supporter. On n’y voit pas la voiture foncer sur l’agent ni un danger réel et immédiat qui justifierait l’usage de la force létale. Au contraire, on observe sur les vidéos que l’agent tire alors qu’il tient encore un téléphone portable dans la main, ce qui a soulevé encore davantage de questions sur la manière dont la situation ayant conduit à la mort de Renée s’est réellement déroulée.
Après la fusillade, la scène devient encore plus douloureuse. Des témoins affirment que les secours médicaux n’ont pas été apportés immédiatement et que d’autres personnes ont été empêchées de s’approcher pour aider. Aucun agent n’est mort et aucun n’a été grièvement blessé. La seule personne à avoir perdu la vie est Renée, laissant sa famille brisée à jamais.
La réaction officielle ne s’est pas fait attendre. Le Département de la Sécurité intérieure et sa secrétaire, Kristi Noem, ont immédiatement défendu l’action de l’agent, affirmant qu’il avait agi en légitime défense. Pire encore, avec une désinvolture choquante, ils ont qualifié les faits d’acte de « terrorisme intérieur », une déclaration qui a suscité stupeur et indignation chez ceux qui avaient vu les vidéos et entendu les témoignages directs de cet acte criminel. Il a également été suggéré que des agents avaient été blessés, ce qui n’apparaît pas dans les enregistrements. Autant de mensonges destinés à couvrir l’assassinat d’une femme, mère de trois enfants, par des individus sans scrupules bénéficiant d’une autorisation présidentielle.
Ces déclarations n’ont fait qu’accroître encore davantage la tension sociale. Le maire de Minneapolis, Jacob Frey, a été clair après avoir vu les images. Il a déclaré publiquement que ce que montraient les vidéos ne semblait pas justifier l’usage de la force létale et a exigé des explications. Le gouverneur du Minnesota, Tim Walz, a lui aussi exprimé son inquiétude et critiqué le déroulement de l’opération ainsi que les politiques qui permettent que de telles situations se terminent par la mort, ou plutôt l’assassinat, d’une personne.
La mort de Renée a provoqué des manifestations massives à Minneapolis et dans de nombreuses autres villes des États-Unis. Des milliers de personnes sont descendues et continuent de descendre dans la rue pour réclamer justice. Des veillées, des rassemblements de protestation et des dizaines de milliers de messages de soutien à la famille ont eu lieu. Beaucoup répètent la même idée encore et encore. Cela aurait pu arriver à n’importe qui. Mais c’est arrivé à Renée, une mère, une voisine, une personne ordinaire, bonne, aimée et respectée, qui s’est retrouvée face au pouvoir armé et hors de contrôle de l’État qui a mis fin à sa vie.
La famille de Renée a dû affronter, en plus de la douleur, des rumeurs et des commentaires injustes sur les réseaux sociaux. Elle a été contrainte de préciser publiquement que Renée n’avait aucun antécédent criminel et qu’elle n’avait absolument rien fait pour mériter une telle fin. Comme s’il fallait un jour justifier le droit d’une personne, d’une mère de trois enfants, à continuer de vivre.
Le plus dur dans cette histoire, c’est précisément cela. Renée, une citoyenne ordinaire, qui ne correspondait à aucun « stéréotype de dangerosité », est morte. Et sa mort n’est pas due à une poursuite ni à un crime violent, mais à une chaîne de mauvaises décisions, à une escalade inutile et à une culture dans laquelle le doigt sur la gâchette semble trop proche de la peur et au-dessus de la loi.
Renée ne pourra jamais raconter ce qu’elle a pensé durant ces secondes, ni expliquer si elle a eu peur, si elle a tenté de fuir ou si elle a cru que tout se réglerait par la parole. Il ne reste que les vidéos, les témoignages et une famille brisée à jamais. Le tout entre les mains d’une folie criminelle de « chasse aux personnes ».
Mais désormais, Renée est devenue le symbole de quelque chose de plus grand. Elle est devenue le cœur du débat sur l’usage de la force policière, sur l’absence de responsabilité et sur la manière dont certaines institutions réagissent d’abord en se protégeant elles-mêmes et ensuite, si jamais, en cherchant la vérité. Et la vérité est que Renée a été cruellement assassinée. Il n’y a pas d’autre vérité que celle-là.
Se souvenir de Renée aujourd’hui est bien plus qu’un simple acte politique, c’est aussi un acte d’humanité. C’est refuser que ces morts deviennent de simples statistiques. C’est regarder en face une réalité dérangeante et se demander quel type de société permet qu’une mère meure ainsi et que les autorités responsables de sa mort prétendent continuer comme si de rien n’était. Car lorsqu’une vie s’éteint de cette manière, le problème ne réside pas seulement dans la personne qui a appuyé sur la gâchette. Le véritable problème est tout ce qui a rendu possible que ces trois tirs, qui ont mis fin à la vie de Renée, aient pu sembler être la seule option valable.
Rien ne pourra faire en sorte que le nom de Renée soit oublié. Tout cela doit nous obliger à réfléchir et à prendre conscience que nous ne pouvons pas détourner le regard.
Car si nous tournons la page trop vite, l’histoire se répétera et d’autres vies seront perdues sans que nous ayons rien appris.
Il n’y a plus de pages à tourner.
Il ne reste que la douleur.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
O Assassinato de Renée Good
Existem histórias que é difícil ler sem sentir um nó no estômago. Não porque sejam complexas, mas porque são dolorosamente simples. A história de Renée Nicole Good é a história de uma mulher comum, uma mãe como tantas outras, uma vizinha de Minneapolis que, numa manhã, saiu para viver o seu dia e nunca mais voltou para casa. Ela não morreu de doença, nem devido a um acidente inevitável, mas porque se cruzou com uma operação policial que terminou da pior maneira possível.
Renée tinha 37 anos. Era cidadã americana e vivia em Minneapolis, no estado de Minnesota, com sua esposa e seus três filhos. Quem a conhecia falava dela como uma pessoa próxima, criativa, carinhosa e muito dedicada à família. Não tinha antecedentes criminais e não estava sendo investigada. Também não era alvo de nenhuma operação policial. Era simplesmente uma mãe cumprindo sua rotina diária.
O dia 7 de janeiro de 2026 começou como qualquer outro. Renée tinha acabado de deixar seu filho mais novo na escola. Conduzia seu SUV Honda Pilot pela Portland Avenue, uma rua do seu bairro. Nada indicava que, poucos minutos depois, sua vida se apagaria e seu nome chegaria aos noticiários de todo o mundo.
Naquele dia, o Serviço de Imigração e Alfândega dos Estados Unidos, conhecido como ICE, estava realizando uma ampla operação federal em Minneapolis como parte de uma ofensiva migratória em grande escala. Renée não tinha qualquer relação com essa operação. Simplesmente se deparou com vários veículos e agentes em seu caminho.
Os vídeos gravados por vizinhos e pessoas presentes mostram uma cena confusa. Vários agentes se aproximam de seu carro. Ouve-se gritos e ordens misturadas. Em um dos vídeos, é possível ouvir claramente um agente gritar para que ela saísse do veículo. Renée parecia nervosa e desorientada, como qualquer pessoa ficaria ao se ver cercada por homens armados sem entender o que estava acontecendo.
Segundo os testemunhos, Renée tentou sair do local. Girou o volante procurando uma saída, tentando entrar no trânsito. Não se percebeu qualquer atitude violenta ou intenção de machucar alguém. Nesse momento, um dos agentes, identificado posteriormente como Jonathan Ross, posicionou-se na frente do veículo. E então tudo aconteceu em questão de segundos.
Ross sacou sua arma e disparou três vezes. Um dos tiros ocorreu quando ele estava em frente ao carro. Os outros dois quando o veículo já estava em movimento. As balas atingiram Renée dentro do carro. Ela morreu no local, sem que ninguém pudesse fazer nada para salvá-la. Em poucos segundos, Renée foi morta; foi assassinada de forma criminosa e irracional.
As imagens são difíceis de aceitar. Não se vê o carro bater no agente nem qualquer perigo real e imediato que justificasse o uso de força letal. De fato, nos vídeos é possível ver o agente atirando enquanto ainda segurava um celular na mão, o que levantou ainda mais perguntas sobre como a situação que levou à morte de Renée realmente aconteceu.
Após o tiroteio, a cena se tornou ainda mais dolorosa. Testemunhas afirmam que o atendimento médico não chegou imediatamente e que outras pessoas foram impedidas de se aproximar para ajudar. Nenhum agente morreu ou se feriu gravemente. A única pessoa que perdeu a vida foi Renée, deixando sua família destruída para sempre.
A reação oficial não demorou a chegar. O Departamento de Segurança Interna e sua secretária, Kristi Noem, defenderam desde o início que o agente havia agido em “legítima defesa”. Pior ainda, com uma audácia chocante, chegaram a classificar o ocorrido como um ato de “terrorismo doméstico”, uma afirmação que causou espanto e indignação entre aqueles que viram os vídeos e ouviram os testemunhos presenciais desse ato criminoso. Também foi sugerido que agentes teriam se ferido, algo que não aparece nos vídeos. Mentiras para encobrir o assassinato de uma mulher, mãe de três filhos, por indivíduos sem escrúpulos com autorização presidencial.
Essas declarações não fizeram senão aumentar ainda mais a tensão social. O prefeito de Minneapolis, Jacob Frey, foi claro após ver as imagens. Declarou publicamente que o que os vídeos mostravam não parecia justificar o uso de força letal e exigiu explicações. O governador de Minnesota, Tim Walz, também expressou preocupação e criticou a condução da operação e as políticas que permitem que situações assim terminem com a morte, ou melhor, o assassinato de uma pessoa.
A morte de Renée provocou protestos massivos em Minneapolis e em muitas outras cidades dos Estados Unidos. Milhares de pessoas saíram e continuam saindo às ruas para pedir justiça. Há vigílias, concentrações de repúdio e dezenas de milhares de mensagens de apoio à família. Muitas pessoas repetem a mesma ideia inúmeras vezes. Poderia ter sido qualquer outra pessoa. Mas foi Renée, uma mãe, uma vizinha, uma pessoa normal, boa, querida e decente, que se cruzou com o poder armado e descontrolado do Estado que tirou sua vida.
A família de Renée teve que enfrentar, além da dor, rumores e comentários injustos nas redes sociais. Foram obrigados a esclarecer publicamente que Renée não tinha antecedentes criminais e que não havia feito absolutamente nada para merecer aquele fim. Como se algum dia fosse necessário justificar que uma pessoa, uma mãe de três filhos, merece continuar vivendo.
O mais duro desta história é justamente isso. Renée, uma cidadã comum, que não se encaixava em nenhum “estereótipo de perigo”, morreu. E sua morte não se deve a perseguição ou a um crime violento, mas a uma cadeia de decisões mal tomadas, a uma escalada desnecessária e a uma cultura em que o gatilho parece estar muito próximo do medo e acima da lei.
Renée jamais poderá contar o que pensou nesses segundos, nem explicar se teve medo, se tentou fugir ou se acreditou que tudo se resolveria falando. Restam apenas os vídeos, os testemunhos e uma família destruída para sempre. Tudo nas mãos de uma loucura criminosa de “caça às pessoas”.
Mas agora, Renée se tornou símbolo de algo maior. Tornou-se o centro do debate sobre o uso da força policial, a falta de responsabilização e a forma como certas instituições reagem primeiro para se proteger e depois, se for o caso, buscam a verdade. E a verdade é que Renée foi cruelmente assassinada. Não há outra verdade.
Recordar Renée agora é muito mais do que um simples ato político, é também um ato de humanidade. É recusar aceitar que essas mortes se transformem em meras estatísticas. É olhar de frente uma realidade desconfortável e perguntar que tipo de sociedade permite que uma mãe morra assim e que as autoridades responsáveis por sua morte continuem como se nada tivesse acontecido. Porque quando uma vida se apaga dessa maneira, o problema não está apenas em quem puxou o gatilho. O verdadeiro problema está em tudo que tornou possível que aqueles três disparos que tiraram a vida de Renée parecessem a única opção válida.
Nada poderá fazer com que o nome de Renée se perca na memória. Tudo isso deve nos obrigar a pensar e perceber que não podemos desviar o olhar.
Se virarmos a página rápido demais, a história se repetirá e mais vidas serão perdidas sem que aprendamos nada.
Não há mais páginas para virar.
Só resta a dor.




