Cuando hablamos de memoria histórica en España casi siempre pensamos en las fosas comunes, en “paseos” al amanecer, en exilios forzados a Francia o Argentina y en familias que todavía hoy buscan a sus seres queridos. Pensamos en la Guerra Civil, en la dictadura del genocida Franco, en el silencio impuesto durante décadas, incluso después de la muerte del dictador, y en la necesidad de reparar tanto dolor acumulado durante décadas. Y, sí, todo eso es verdad, todo eso es imprescindible. Pero también hay una parte de esa historia que durante mucho tiempo, durante décadas, ni siquiera apareció en los márgenes del relato oficial. Se trata de una parte incómoda, siempre invisibilizada y apartada incluso de los propios movimientos de memoria histórica y democrática. Por eso, desde el máximo respeto, quiero dedicar este texto a la memoria, casi siempre denostada deliberadamente, de las personas trans.
Durante años, mientras se construía el discurso de la memoria histórica en España, el foco siempre estuvo puesto en la represión política clásica. Se hablaba de militantes de izquierdas, de sindicalistas, de republicanos, de maestros depurados y de personas fusiladas o encarceladas por sus ideas. Era lógico empezar por ahí, porque la magnitud del horror durante la guerra y con la represión franquista era enorme. Pero ese enfoque dejó fuera de las reivindicaciones otras formas de persecución que también fueron sistemáticas, que también fueron crueles, inhumanas y que destrozaron vidas. Entre esas formas de persecución está la que sufrieron las personas trans.
No, no estamos hablando de casos aislados ni tampoco de anécdotas. Estamos hablando de personas que fueron detenidas, encarceladas, humilladas, golpeadas y medicalizadas a la fuerza por el simple hecho de existir. Bajo leyes como la de Vagos y Maleantes, reformada en 1954 para incluir a los homosexuales, y más tarde la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970, el régimen dictatorial franquista convirtió la identidad y la expresión de género en un motivo de persecución. Muchas mujeres trans fueron encerradas en cárceles de hombres. Muchas fueron enviadas a centros como el de Tefía, en Fuerteventura, donde la represión tenía un componente ejemplarizante y brutal. Se las consideraba peligrosas, desviadas, enfermas. Se las castigaba con formas de tortura inhumana para que sirvieran de advertencia. El mensaje era claro: “no tienes derecho a existir”.
Y, sin embargo, cuando décadas después comenzamos a hablar de memoria histórica, sus nombres tampoco estaban. No aparecían en los libros de texto, no estaban en los actos institucionales y no formaban parte del imaginario colectivo de las víctimas de la dictadura franquista. Era como si hubieran sufrido en una dimensión paralela que no merecía ser recordada. Ese es el olvido sistemático del que hablamos. No se trata de un despiste ni tampoco de una casualidad. Se trata de un olvido que tiene que ver con la incomodidad social hacia las identidades trans, con la marginación histórica del colectivo y con una “transición” democrática, si es que, con el paso de los años, aún se la puede llamar así, que priorizó la estabilidad sobre la revisión profunda de todas las heridas. De todas.
Durante la Transición se habló mucho del llamado “pacto del olvido”. Se asumió que para construir la democracia había que mirar hacia adelante y no remover demasiado el pasado. Pero aquella decisión política tuvo consecuencias. Muchas injusticias quedaron sin investigar, muchas víctimas no fueron reconocidas y, dentro de ese silencio general impuesto o autoimpuesto, hubo silencios todavía más profundos. Las personas trans ni siquiera tenían un espacio propio desde el que reclamar. Su lucha apenas estaba empezando, su visibilidad era mínima y el estigma seguía pesando demasiado en la sociedad, tanto como la losa que cubría la tumba del dictador y de otras altas autoridades del régimen.
Pero todas esas historias existen, aunque no se cuenten. Algunas de esas historias han ido saliendo a la luz gracias al empeño de las propias protagonistas, que han alzado la voz, y de quienes han querido escucharlas. Ahí está el caso de Tania Navarro Amo. Nacida en 1956 en Barcelona, vivió su infancia y adolescencia en plena dictadura. Fue internada, sufrió abusos y represión por su identidad de género. Su autobiografía, La infancia de una transexual en la dictadura, no es solo un testimonio personal, sino también un documento histórico de primer orden. En sus páginas se describe el miedo constante, la violencia institucional imperante y el aislamiento. Tania estuvo también en la primera manifestación del Orgullo en Barcelona en 1977, poniendo el cuerpo cuando todavía era extremadamente peligroso hacerlo. Su vida desmonta esa idea de que las personas trans aparecieron de repente en democracia. Es falso, siempre estuvieron ahí, resistiendo y pagando un precio altísimo solo por existir y reivindicar su existencia.

Otro ejemplo es el de Marcela Rodríguez Acosta, nacida en 1955 en La Palma. Fue detenida en varias ocasiones bajo la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. No por cometer delitos reales, sino por ser quien era. Marcela sufrió la persecución tanto en la dictadura como en los primeros años de la Transición. Participó en movilizaciones por la libertad sexual cuando la sociedad española todavía estaba aprendiendo a respirar sin miedo los aires de la democracia. Con el tiempo, su ciudad, Santa Cruz de Tenerife, le dedicó un espacio municipal como homenaje. Ese gesto simbólico es muy importante, pero también nos obliga a preguntarnos cuántas «Marcelas» ha habido y sigue habiendo que nunca recibieron ni recibirán reconocimiento alguno por la comunidad que les rodea.

Silvia Reyes, nacida en 1949 y fallecida en 2024, fue otra de esas pioneras. También participó en la histórica manifestación del Orgullo en Barcelona en 1977. Fue detenida bajo la dictadura y luchó durante décadas por los derechos del colectivo. En 2024 se anunció que recibiría la Medalla de Honor de Barcelona de manera póstuma. Que una ciudad reconozca oficialmente a una mujer trans represaliada es un paso enorme. Eso nadie lo duda, pero también evidencia que, muchas veces, el reconocimiento llega tarde, cuando las protagonistas ya no están para verlo, cuando ya no pueden disfrutarlo, cuando ya no podemos mirarles a los ojos y decirles: “GRACIAS”.

Y no podemos olvidar a Trinidad Falcés, conocida como La Trini, nacida en 1942 y fallecida en 2022. Fue encarcelada en varias ocasiones durante el franquismo. Vivió la represión en primera persona y, tras la muerte de Franco, se implicó en el movimiento de liberación LGTBI. Con los años fue reconocida como víctima del franquismo y recibió premios por toda su trayectoria. Su vida conecta dos épocas diferentes. Por un lado, la del terror institucionalizado y, de otro, la de la lucha por la dignidad en democracia. Se trata, sin duda, de un puente entre el silencio impuesto y la dignidad recuperada.

No podemos hablar de memoria democrática y de dignidad trans sin mencionar a Mar Cambrollé. Activista histórica andaluza, mujer trans que vivió en primera persona la represión durante los últimos años del franquismo y la Transición, Mar fue detenida y perseguida bajo la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Pero lejos de rendirse, convirtió el miedo en lucha. Fue una de las fundadoras del Movimiento Homosexual de Acción Revolucionaria y ha dedicado su vida a exigir verdad, justicia y reparación para las personas trans represaliadas. Su activismo ha sido clave para que hoy exista un reconocimiento institucional más claro hacia las víctimas LGTBI de la dictadura. Mar no solo sobrevivió al silencio, lo rompió. Y lo hizo cuando todavía dolía demasiado hacerlo.

Junto a todos estos nombres es imprescindible recordar a Kim Pérez, una de las grandes pioneras del activismo trans en España. Profesora de Filosofía, mujer valiente y lúcida, Kim comenzó su transición en los años noventa cuando todavía el estigma era feroz y la incomprensión social prácticamente absoluta. Fue fundadora de la Asociación de Identidad de Género de Andalucía y se convirtió en una referencia ética e intelectual dentro del movimiento trans. No solo luchó por el reconocimiento legal, también defendió con firmeza la necesidad de un cambio cultural profundo, educativo y social. Kim representó la dignidad serena frente al insulto, la argumentación frente al prejuicio, la pedagogía frente al odio. Su figura demuestra que la memoria democrática no se construye solo con resistencia al pasado, sino también con pensamiento crítico y compromiso constante en el presente. Gracias a mujeres como ella, muchas personas trans pudieron encontrar referentes cuando casi no existían.

Y también es imprescindible nombrar a Manuela Saborido Muñoz, conocida públicamente como Manolita Chen, una de las figuras más valientes y combativas del activismo trans en España. Fue una de las primeras mujeres trans en conseguir la rectificación registral de su nombre y sexo en el DNI en los años ochenta, cuando hacerlo suponía enfrentarse a un sistema todavía profundamente hostil. Su historia es la de alguien que vivió la marginalidad, el rechazo y la exclusión en una España que apenas empezaba a sacudirse el miedo, pero que decidió no quedarse en la supervivencia individual. En 2021 se creó la Fundación Manuela Saborido “Manolita Chen”, destinada a preservar su legado y, sobre todo, a apoyar a personas LGTBI en situación de vulnerabilidad. Desde esa fundación se han impulsado iniciativas de acogida y colaboración institucional para ofrecer techo, acompañamiento y dignidad a quienes han sufrido expulsión familiar o precariedad extrema. Porque la memoria no es solo recordar lo que pasó, también es garantizar que quienes resistieron no vuelvan a quedarse solas. Y en eso, Manolita convirtió su propia historia en una herramienta de justicia social.

Y si hablamos de abrir camino en democracia, el nombre de Carla Antonelli es imprescindible. Actriz, activista y hoy senadora, Carla fue la primera mujer trans diputada en una asamblea legislativa en España, y con el tiempo ha seguido ampliando ese espacio hasta ocupar un escaño en el Senado. Su trayectoria no se entiende sin décadas de lucha previa, de exposición pública, de debates constantes y de un desgaste personal enorme en un país que durante mucho tiempo cuestionó incluso la legitimidad de su identidad. Fue una de las impulsoras fundamentales de las leyes de identidad de género y ha estado en primera línea defendiendo que los derechos trans no son privilegios ni concesiones, sino derechos humanos básicos. Su presencia en las instituciones no es solo un logro individual, es la materialización de una conquista colectiva. Es la demostración de que aquellas personas que fueron perseguidas por existir ahora participan en la construcción de las leyes que garantizan la libertad de las generaciones futuras. Carla representa el tránsito del miedo al altavoz, del margen al centro, del silencio impuesto a la palabra con voz propia en el corazón mismo del Estado democrático.

Pero, incluso en democracia, la violencia siguió golpeando. El asesinato de Sonia Rescalvo Zafra en 1991 en el parque de la Ciutadella de Barcelona, a manos de un grupo neonazi, fue un acto brutal de esa transfobia que no desapareció con la Constitución. Sonia vivía en la calle y fue atacada por ese odio criminal que le arrebató la vida. Su muerte conmocionó a buena parte de la sociedad y, con el tiempo, recibió su homenaje con una glorieta del parque que lleva su nombre. Es verdad que los homenajes son importantes, pero también tenemos que recordar la fragilidad de las vidas trans, de cómo la exclusión social, la pobreza, la violencia y el odio se entrelazan.

Todos estos nombres están de sobra documentados. Sus historias han sido recogidas en libros, en medios de comunicación y en reconocimientos institucionales. No son invenciones ni tampoco exageraciones, porque son parte de nuestra historia reciente. Y, sin embargo, durante mucho tiempo no formaron parte del relato central de la memoria histórica y democrática de este país.
En 2022, con la aprobación de la Ley de Memoria Democrática, se dio un paso significativo al incorporar explícitamente a las personas LGTBI como víctimas de la represión durante la dictadura franquista. Se reconoció de manera clara la persecución por orientación sexual e identidad de género, se abrió la puerta a reparaciones y a un reconocimiento institucional más amplio y se impulsaron actos, exposiciones y jornadas para la recuperación de la memoria trans, como iniciativas universitarias y municipales, que daban luz a todas estas experiencias sacándolas de la oscuridad de un pasado que les fue borrado. Todo eso no es solo positivo, también es necesario y, lo más importante, es justo. ¿Por qué? Porque supone devolver la dignidad a quienes vieron cómo les fue arrancada y pisoteada durante décadas.
Así que la pregunta más incómoda sigue ahí. ¿Por qué hemos tardado tanto? ¿Por qué durante décadas la memoria de las personas trans no ha sido considerada prioritaria? Parte de la respuesta tiene que ver aún con el estigma. Las personas trans han estado históricamente en los márgenes de la sociedad, asociadas a la prostitución, a la marginalidad y a la noche. Muchas fueron expulsadas de sus familias, del sistema educativo y del mercado laboral. Sin redes de apoyo, sin capital social y sin altavoces. Cuando se empezó a hablar de memoria histórica, quienes tenían más capacidad para organizarse y presionar ocuparon todo el espacio. Y, en ese aspecto, tal vez pueda ser comprensible, porque cuando no se tiene voz o está silenciada, no se tiene posibilidad de alzarla y ocupar el espacio que corresponde por derecho propio. Pero eso en absoluto elimina la deuda que la sociedad tiene con la memoria de las personas trans.
También hay que decir algo muy claro. La memoria no es una competición de víctimas. No se trata de restar importancia a unas para dársela a otras. No, no se trata de eso. Se trata de entender que la represión durante la dictadura franquista fue múltiple, que tuvo muchas caras y que afectó de maneras distintas a diferentes colectivos. Por eso, si queremos una memoria democrática de verdad, tiene que ser necesariamente inclusiva. Tiene que reconocer todas las formas de violencia institucional que se ejercieron. Y la persecución por identidad de género hacia las personas trans fue, sin duda, una de ellas.
Hablar de todo esto en un lenguaje cercano no significa simplificar el dolor. Significa asumir que la historia no es solo cosa de estudios académicos, informes de investigación y archivos bibliográficos. Todo esto nos atraviesa aún y nos marca como sociedad. ¿Por qué? Porque cuando una mujer trans era detenida por la policía por llevar ropa femenina, cuando era sistemáticamente insultada, golpeada o encerrada en una celda por ser considerada peligrosa, el Estado estaba enviando un mensaje muy claro: “no tienes derecho a existir, porque tu existencia es un delito”. Y ese mensaje deja cicatrices muy profundas. No solo en quienes lo sufrieron directamente, sino en las generaciones posteriores que crecieron con ese mismo miedo heredado en un contexto de violencia, odio y discriminación hacia las personas trans que, desgraciadamente, no ha desaparecido.
Recuperar todas estas historias de las personas trans que sufrieron la persecución y la represión franquista no es un capricho ideológico. Quien diga eso lo único que hace es hablar desde el cinismo más despreciable. Todo esto es un acto de justicia, verdad y reparación. Se trata de decirles a Tania, a Marcela, a Silvia, a La Trini, a Sonia, a Mar, a Carla y a tantas otras que todo su sufrimiento no fue invisible, que su lucha no ha sido en vano y que forman parte de nuestra sociedad. Decir todo esto, reconociendo la historia y a sus protagonistas, es también una forma de proteger el presente. Porque cuando una sociedad olvida a quienes fueron perseguidas por ser diferentes, corre el riesgo de repetir los patrones de la exclusión, de la violencia, del odio y de la discriminación.
La memoria histórica y democrática nunca pueden ser selectivas. No pueden limitarse a lo que resulta más cómodo o más fácil de integrar y explicar en el relato oficial del Estado. Tiene que ser valiente y atreverse a mirar donde más duele. Durante mucho tiempo mirar hacia las personas trans ha dolido a una sociedad que prefería no cuestionar ciertos prejuicios. Pero hoy tenemos más instrumentos de reconocimiento, más conciencia democrática y más responsabilidad como ciudadanía.
Como sociedad, nos corresponde escuchar, leer esas autobiografías y conocer esos nombres. Tenemos que entender que la libertad que hoy damos por sentada fue conquistada también por las personas trans que se jugaron la vida en manifestaciones cuando todavía podían acabar en comisaría o tener un fin mucho peor. Por eso, nos corresponde exigir que las políticas públicas de memoria incluyan de manera clara y efectiva todas estas historias, que se investiguen en los archivos policiales para que se sepa la verdad, que se lleven a cabo todos los actos de reparación que sean necesarios y que se incorpore toda esta realidad, toda esta verdad histórica, en la educación. Solo así las próximas generaciones podrán ser conscientes de que la lucha por las libertades que ahora disfrutan, y que nunca hay que darla por ganada, también lleva sus nombres.
La memoria histórica y democrática no son solo temas del pasado. También son el presente y el futuro, porque son la base sobre la que construimos nuestra idea de justicia, de igualdad, de libertad y de dignidad. Y porque una democracia que deja fuera a quienes fueron perseguidas por su identidad está incompleta y, por tanto, no puede denominarse como una verdadera democracia.
La memoria histórica y la memoria democrática serán trans o no serán verdaderamente ni históricas ni tampoco democráticas. Solo cuando todas las vidas que fueron humilladas, encarceladas y asesinadas por ser quienes eran ocupen el lugar que les corresponde en nuestra historia común, podremos decir, con la frente muy alta, que hemos aprendido de nuestro pasado y que vivimos en una sociedad claramente democrática.
Necesitamos una sociedad en la que todas las víctimas de la dictadura franquista sean reconocidas, validadas, recordadas y dignificadas.
Porque ya no hay más excusas para el silencio.
Hoy podemos contar sus historias.
Ya sabemos sus nombres.





