Todo lo que queda por ganar

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Cuando hablamos de las metas que aún tiene por delante el colectivo LGTBIQ+ no estamos hablando de teorías raras ni tampoco de opiniones o de debates lejanos. Hablamos de la vida diaria, de poder ir de la mano por la calle sin mirar alrededor, de decir quién eres en el trabajo sin miedo y de que nadie tenga que dar explicaciones por amar a quien ama. Es verdad que hemos avanzado mucho, eso es evidente, pero todavía hay mucho que hacer porque aún existen regiones donde la igualdad no ha llegado o llega a medias, y por eso no podemos bajar la guardia.

La primera cosa que tenemos que tener clara es que los derechos no son eternos. Si no se defienden, si no se trabajan cada día, se pierden. Basta con escuchar ciertos discursos que proliferan por todas partes y que se disfrazan de un falso sentido común para darse cuenta de que el odio sigue ahí, esperando su momento, porque nunca se ha ido, ha permanecido en la sombra. No siempre grita, a veces se ríe y a veces se cuela en una conversación cualquiera. Frente a eso hace falta estar muy atentos, señalarlo sin miedo y explicar con tranquilidad que no hablamos de ideas, hablamos de personas de carne y hueso, hablamos de derechos humanos y de dignidad humana inviolable.

Por supuesto, la clave fundamental está en la educación. Ningún niño o niña debería crecer jamás pensando que hay algo mal en él o en ella. Cuando en el colegio o en el instituto, incluso también en la universidad, se habla con naturalidad de distintos modelos, de familias, de identidades diversas y de amores diferentes, pero con un mismo sentimiento, se está sembrando la semilla del respeto para el futuro.

Pero esto no hay que hacerlo solo en las aulas. También hay que hacerlo en la calle, en la serie de televisión que vemos, en las canciones que cantamos cuando las escuchamos por la radio y en las grandes historias de amor en el cine y en la literatura, porque con todo ello también se educa. Al final, todas las personas necesitamos vernos reflejadas como personas normales, con nuestras alegrías y nuestros problemas, como cualquier otra persona, y no siempre como un drama ni como un chiste o un estereotipo.

Tampoco podemos olvidar la salud, incluida la salud mental, porque es un tema que no puede quedarse atrás. Todavía hay demasiadas personas que se sienten solas, incomprendidas o mal atendidas. Especialmente las personas trans, que a menudo se topan con muros en la sanidad, y muchas personas del colectivo que cargan con ansiedad, miedo o tristeza desde hace años. La salud no es solo ir al médico, es sentir que te están escuchando, que te están respetando, que te están validando y que te están acompañando. Todo eso también salva vidas.

Debemos entender que caminar junto a otros movimientos sociales es igual de importante. ¿Por qué? Porque el machismo, el racismo y la precariedad no van por separado y suelen cebarse con los mismos de siempre. Si queremos avanzar de verdad, tenemos que ir de la mano del feminismo, de las personas migrantes y de quienes luchan por trabajos y vidas dignas. Y dentro del propio colectivo también toca mirarnos con respeto. Las entidades deben dejar a un lado sus diferencias y entender que hacer las cosas de manera diferente no puede suponer un problema. Los métodos serán distintos, pero tenemos un mismo fin. Y ese fin no es otro que proteger la igualdad, la libertad, los derechos y la dignidad inviolable de toda persona. Así que debemos escucharnos y respetarnos, porque de nuestra diversidad también nace nuestra fuerza para seguir avanzando en el camino hacia la plena equiparación y ejercicio de todos los derechos inherentes que corresponden a toda persona.

Hay mucho por hacer aún. A modo de ejemplo, el trabajo sigue siendo un campo de batalla silencioso para muchas personas. A día de hoy aún hay gente que oculta quién es para no tener problemas en su lugar de trabajo y eso no debería ocurrir nunca. Por eso, de aquí a 2050 tendría que ser impensable tener que mentir para conservar un empleo. Las empresas y las instituciones tienen una responsabilidad enorme en crear espacios seguros donde cada persona pueda ser ella misma sin miedo.

Tampoco podemos olvidar la importancia de estar presentes donde se toman decisiones. En la política, en los barrios y en las asociaciones. Cuando no estamos, otros hablan por nosotros. La visibilidad no es un simple postureo en fechas concretas, sino una herramienta para cambiar la ley, para transformar la mentalidad de toda una sociedad y para proteger vidas reales de cualquier forma de violencia, odio y discriminación.

Por último, queda algo tan sencillo pero, al mismo tiempo, tan potente como lo es el hecho de celebrar todo lo que se ha conseguido. Hay que celebrar lo que somos y todo lo que hemos resistido sin perder de vista lo que queda por conquistar. Porque el Orgullo no es solo una fiesta, sino algo que nos recuerda de dónde venimos, todo lo que hemos luchado y avanzado, las razones por las que seguimos aquí y por qué merecemos vivir en paz, libertad e igualdad, como cualquier otra persona.

Ojalá llegue 2050 y que todas las personas puedan mirarse en los ojos y decir sin miedo que nadie más tuvo que esconderse, que nadie más tuvo que pedir perdón por amar y que, por fin, vivir es tan sencillo como ser libremente quien eres y deseas ser.

Tenemos 25 años por delante para conseguirlo.

Pero ojalá sea antes.

Mucho antes.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Everything That Remains to Be Won

When we talk about the goals that the LGBTIQ+ community still has ahead of it, we are not talking about strange theories, nor about opinions or distant debates. We are talking about everyday life about being able to walk hand in hand down the street without looking over your shoulder, about being able to say who you are at work without fear, and about no one having to explain themselves for loving whom they love. It is true that we have made a great deal of progress, that is evident, but there is still much to be done because there are still regions where equality has not arrived or has only arrived halfway, and that is why we cannot lower our guard.

The first thing we must be clear about is that rights are not eternal. If they are not defended, if they are not worked on every single day, they are lost. It is enough to listen to certain discourses that are spreading everywhere and that disguise themselves as a false common sense to realise that hatred is still there, waiting for its moment, because it never truly went away it has remained in the shadows. It does not always shout, sometimes it laughs, and sometimes it slips into an ordinary conversation. In the face of this, we need to be very alert, to call it out without fear, and to explain calmly that we are not talking about ideas we are talking about people of flesh and blood, we are talking about human rights and about inviolable human dignity.

Of course, the fundamental key lies in education. No child should ever grow up thinking that there is something wrong with them. When, at school or at secondary school, and even at university, different models, families, diverse identities and different forms of love are spoken about naturally, but with the same shared feeling, the seed of respect for the future is being sown.

But this work does not belong only in classrooms. It must also take place in the street, in the television series we watch, in the songs we sing along to on the radio, and in the great love stories of cinema and literature, because all of this also educates. In the end, everyone needs to see themselves reflected as ordinary people, with our joys and our problems, like anyone else, and not always portrayed as a drama or as a joke or a stereotype.

Nor can we forget health, including mental health, because it is an issue that cannot be left behind. There are still far too many people who feel alone, misunderstood or poorly cared for. Especially trans people, who often come up against walls within the healthcare system, and many people within the community who have carried anxiety, fear or sadness for years. Health is not only about going to the doctor it is about feeling listened to, respected, validated and accompanied. All of that saves lives too.

We must understand that walking alongside other social movements is just as important. Why Because sexism, racism and precarity do not operate separately and they usually fall hardest on the same people as ever. If we truly want to move forward, we must walk hand in hand with feminism, with migrants, and with those who fight for decent jobs and dignified lives. And within the community itself, we also need to look at one another with respect. Organisations must set aside their differences and understand that doing things in different ways cannot be a problem. The methods may differ, but we share the same goal. And that goal is none other than to protect equality, freedom, rights and the inviolable dignity of every person. That is why we must listen to one another and respect one another, because from our diversity also comes our strength to keep moving forward on the path towards full equality and the effective exercise of all the inherent rights that belong to every person.

There is still much to be done. By way of example, work remains a silent battleground for many people. Even today, there are still people who hide who they are in order to avoid problems in their workplace, and that should never happen. That is why, by 2050, it should be unthinkable to have to lie in order to keep a job. Companies and institutions have an enormous responsibility to create safe spaces where every person can be themselves without fear.

Nor can we forget the importance of being present where decisions are made. In politics, in neighbourhoods, in associations. When we are not there, others speak for us. Visibility is not mere posturing on specific dates, but a tool to change the law, to transform the mindset of an entire society, and to protect real lives from every form of violence, hatred and discrimination.

Finally, there is something as simple and yet as powerful as celebrating everything that has been achieved. We must celebrate who we are and everything we have endured, without losing sight of what remains to be conquered. Because Pride is not just a party, but something that reminds us where we come from, everything we have fought for and achieved, the reasons why we are still here, and why we deserve to live in peace, freedom and equality, like anyone else.

Hopefully, 2050 will arrive and all people will be able to look one another in the eye and say without fear that no one else ever had to hide, that no one else ever had to apologise for loving, and that, at last, living is as simple as being freely who you are and who you wish to be.

We have 25 years ahead of us to achieve it.

But hopefully it will be sooner.

Much sooner.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Tutto ciò che resta da conquistare

Quando parliamo degli obiettivi che la comunità LGBTIQ+ ha ancora davanti a sé, non stiamo parlando di teorie strane né di opinioni o dibattiti lontani. Parliamo della vita quotidiana, della possibilità di camminare mano nella mano per strada senza guardarsi intorno, di poter dire chi si è sul posto di lavoro senza paura e di non dover dare spiegazioni per amare chi si ama. È vero che abbiamo fatto molti progressi, questo è evidente, ma c’è ancora molto da fare perché esistono ancora regioni in cui l’uguaglianza non è arrivata o è arrivata solo a metà, ed è per questo che non possiamo abbassare la guardia.

La prima cosa che dobbiamo tenere ben chiara è che i diritti non sono eterni. Se non vengono difesi, se non vengono coltivati ogni giorno, si perdono. Basta ascoltare certi discorsi che si diffondono ovunque e che si travestono da falso buon senso per rendersi conto che l’odio è ancora lì, in attesa del suo momento, perché in realtà non se n’è mai andato, è rimasto nell’ombra. Non sempre urla, a volte ride e a volte si insinua in una conversazione qualsiasi. Di fronte a tutto questo è necessario restare molto vigili, denunciarlo senza paura e spiegare con calma che non stiamo parlando di idee, ma di persone in carne e ossa, di diritti umani e di una dignità umana inviolabile.

Naturalmente, la chiave fondamentale è l’educazione. Nessun bambino o bambina dovrebbe mai crescere pensando che ci sia qualcosa di sbagliato in lui o in lei. Quando a scuola, alle scuole superiori o anche all’università si parla con naturalezza di modelli diversi, di famiglie, di identità plurali e di amori differenti, ma uniti dallo stesso sentimento, si semina il rispetto per il futuro.

Ma questo lavoro non deve essere fatto solo nelle aule. Deve essere fatto anche per strada, nelle serie televisive che guardiamo, nelle canzoni che cantiamo ascoltandole alla radio e nelle grandi storie d’amore del cinema e della letteratura, perché anche tutto questo educa. In fondo, tutte le persone hanno bisogno di vedersi rappresentate come persone normali, con le proprie gioie e i propri problemi, come chiunque altro, e non sempre come un dramma, una battuta o uno stereotipo.

Non possiamo nemmeno dimenticare la salute, compresa la salute mentale, perché è un tema che non può essere lasciato indietro. Ci sono ancora troppe persone che si sentono sole, incompresse o mal seguite. In particolare le persone trans, che spesso si scontrano con muri nel sistema sanitario, e molte persone della comunità che portano con sé ansia, paura o tristezza da anni. La salute non è solo andare dal medico, è sentirsi ascoltati, rispettati, riconosciuti e accompagnati. Tutto questo salva anche delle vite.

Dobbiamo capire che camminare insieme ad altri movimenti sociali è altrettanto importante. Perché il sessismo, il razzismo e la precarietà non agiscono separatamente e colpiscono quasi sempre le stesse persone di sempre. Se vogliamo davvero andare avanti, dobbiamo camminare mano nella mano con il femminismo, con le persone migranti e con chi lotta per lavori dignitosi e per una vita dignitosa. E anche all’interno della stessa comunità è necessario guardarci con rispetto. Le associazioni devono mettere da parte le loro differenze e comprendere che fare le cose in modo diverso non può essere un problema. I metodi possono essere diversi, ma l’obiettivo è lo stesso. E questo obiettivo non è altro che difendere l’uguaglianza, la libertà, i diritti e la dignità inviolabile di ogni persona. Per questo dobbiamo ascoltarci e rispettarci, perché anche dalla nostra diversità nasce la forza per continuare ad avanzare verso la piena uguaglianza e l’effettivo esercizio di tutti i diritti inerenti che spettano a ogni essere umano.

C’è ancora molto da fare. A titolo di esempio, il lavoro continua a essere un campo di battaglia silenzioso per molte persone. Ancora oggi ci sono persone che nascondono chi sono per evitare problemi sul posto di lavoro, e questo non dovrebbe mai accadere. Per questo, entro il 2050, dovrebbe essere impensabile dover mentire per mantenere un impiego. Le aziende e le istituzioni hanno una responsabilità enorme nel creare spazi sicuri in cui ogni persona possa essere se stessa senza paura.

Non possiamo nemmeno dimenticare l’importanza di essere presenti nei luoghi in cui si prendono le decisioni. Nella politica, nei quartieri, nelle associazioni. Quando non ci siamo, altri parlano al posto nostro. La visibilità non è semplice esibizionismo in date specifiche, ma uno strumento per cambiare le leggi, trasformare la mentalità di un’intera società e proteggere vite reali da ogni forma di violenza, odio e discriminazione.

Infine, resta qualcosa di tanto semplice quanto potente, ovvero celebrare tutto ciò che è stato conquistato. Bisogna celebrare ciò che siamo e tutto ciò che abbiamo resistito, senza perdere di vista ciò che resta da ottenere. Perché l’Orgoglio non è solo una festa, ma qualcosa che ci ricorda da dove veniamo, tutto ciò per cui abbiamo lottato e che abbiamo conquistato, le ragioni per cui siamo ancora qui e perché meritiamo di vivere in pace, libertà e uguaglianza, come chiunque altro.

Che il 2050 arrivi e che tutte le persone possano guardarsi negli occhi e dire senza paura che nessun altro ha più dovuto nascondersi, che nessun altro ha più dovuto chiedere perdono per amare e che, finalmente, vivere è semplice come essere liberamente chi si è e chi si desidera essere.

Abbiamo 25 anni davanti a noi per riuscirci.

Ma speriamo che sia prima.

Molto prima.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Tout ce qu’il reste à conquérir

Lorsque nous parlons des objectifs que la communauté LGBTIQ+ a encore devant elle, nous ne parlons pas de théories étranges, ni d’opinions ou de débats lointains. Nous parlons de la vie quotidienne, de la possibilité de marcher main dans la main dans la rue sans regarder autour de soi, de pouvoir dire qui l’on est au travail sans peur et de ne pas avoir à se justifier d’aimer qui l’on aime. Il est vrai que nous avons beaucoup avancé, c’est évident, mais il reste encore beaucoup à faire, car il existe toujours des régions où l’égalité n’est pas encore arrivée ou n’est arrivée qu’à moitié, et c’est pourquoi nous ne pouvons pas baisser la garde.

La première chose que nous devons avoir bien à l’esprit, c’est que les droits ne sont pas éternels. S’ils ne sont pas défendus, s’ils ne sont pas cultivés chaque jour, ils se perdent. Il suffit d’écouter certains discours qui se répandent partout et qui se déguisent en un faux bon sens pour se rendre compte que la haine est toujours là, en attente de son moment, parce qu’en réalité elle n’est jamais partie, elle est restée dans l’ombre. Elle ne crie pas toujours, parfois elle rit, et parfois elle s’infiltre dans une conversation ordinaire. Face à cela, il faut être très vigilants, la dénoncer sans peur et expliquer calmement que nous ne parlons pas d’idées, mais de personnes en chair et en os, de droits humains et d’une dignité humaine inviolable.

Bien sûr, la clé fondamentale réside dans l’éducation. Aucun enfant ne devrait jamais grandir en pensant qu’il y a quelque chose qui ne va pas chez lui ou chez elle. Lorsque, à l’école, au collège, au lycée ou même à l’université, on parle naturellement de modèles différents, de familles, d’identités diverses et d’amours différents, mais unis par un même sentiment, on sème le respect pour l’avenir.

Mais ce travail ne doit pas se faire uniquement dans les salles de classe. Il doit aussi se faire dans la rue, dans les séries télévisées que nous regardons, dans les chansons que nous chantons en les écoutant à la radio et dans les grandes histoires d’amour du cinéma et de la littérature, car tout cela aussi éduque. Au fond, chacun et chacune a besoin de se voir représenté comme une personne ordinaire, avec ses joies et ses difficultés, comme n’importe qui d’autre, et non pas toujours comme un drame, une plaisanterie ou un stéréotype.

Nous ne pouvons pas non plus oublier la santé, y compris la santé mentale, car c’est une question qui ne peut pas être laissée de côté. Il y a encore trop de personnes qui se sentent seules, incomprises ou mal prises en charge. En particulier les personnes trans, qui se heurtent souvent à des obstacles dans le système de santé, et de nombreuses personnes de la communauté qui portent depuis des années de l’anxiété, de la peur ou de la tristesse. La santé ne se résume pas à aller chez le médecin, c’est le fait de se sentir écouté, respecté, reconnu et accompagné. Tout cela sauve aussi des vies.

Nous devons comprendre que marcher aux côtés d’autres mouvements sociaux est tout aussi important. Car le sexisme, le racisme et la précarité n’agissent pas séparément et s’acharnent le plus souvent sur les mêmes personnes. Si nous voulons réellement avancer, nous devons marcher main dans la main avec le féminisme, avec les personnes migrantes et avec celles et ceux qui luttent pour des emplois et des vies dignes. Et au sein même de la communauté, il nous faut aussi nous regarder avec respect. Les organisations doivent mettre de côté leurs différences et comprendre que faire les choses autrement ne peut pas être un problème. Les méthodes peuvent différer, mais l’objectif est le même. Et cet objectif n’est autre que de protéger l’égalité, la liberté, les droits et la dignité inviolable de chaque personne. C’est pourquoi nous devons nous écouter et nous respecter, car de notre diversité naît aussi la force de continuer à avancer sur le chemin de l’égalité pleine et entière et de l’exercice effectif de tous les droits inhérents à chaque être humain.

Il reste encore beaucoup à faire. À titre d’exemple, le travail demeure un champ de bataille silencieux pour de nombreuses personnes. Aujourd’hui encore, il y a des personnes qui cachent qui elles sont pour éviter des problèmes sur leur lieu de travail, et cela ne devrait jamais arriver. C’est pourquoi, d’ici 2050, il devrait être impensable de devoir mentir pour conserver un emploi. Les entreprises et les institutions ont une responsabilité immense dans la création d’espaces sûrs où chaque personne peut être elle-même sans peur.

Nous ne pouvons pas non plus oublier l’importance d’être présents là où les décisions sont prises. En politique, dans les quartiers, dans les associations. Lorsque nous ne sommes pas là, d’autres parlent à notre place. La visibilité n’est pas une simple posture à des dates précises, mais un outil pour changer la loi, transformer la mentalité de toute une société et protéger des vies bien réelles de toute forme de violence, de haine et de discrimination.

Enfin, il reste quelque chose d’aussi simple que puissant, à savoir célébrer tout ce qui a été accompli. Il faut célébrer ce que nous sommes et tout ce que nous avons enduré, sans perdre de vue ce qu’il reste à conquérir. Car la Fierté n’est pas seulement une fête, mais aussi ce qui nous rappelle d’où nous venons, tout ce pour quoi nous avons lutté et avancé, les raisons pour lesquelles nous sommes encore là et pourquoi nous méritons de vivre en paix, en liberté et dans l’égalité, comme n’importe qui d’autre.

Puissions nous arriver à 2050 et que toutes les personnes puissent se regarder dans les yeux et dire sans peur que plus personne n’a jamais eu à se cacher, que plus personne n’a jamais eu à demander pardon pour aimer et que, enfin, vivre est aussi simple qu’être librement qui l’on est et qui l’on souhaite être.

Il nous reste 25 ans devant nous pour y parvenir.

Mais espérons que ce sera avant.

Bien avant.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Tudo o que ainda falta conquistar

Quando falamos dos objetivos que a comunidade LGBTIQ+ ainda tem pela frente, não estamos a falar de teorias estranhas, nem de opiniões ou de debates distantes. Falamos da vida quotidiana, da possibilidade de andar de mão dada na rua sem olhar em redor, de poder dizer quem se é no trabalho sem medo e de ninguém ter de dar explicações por amar quem ama. É verdade que avançámos muito, isso é evidente, mas ainda há muito a fazer, porque continuam a existir regiões onde a igualdade ainda não chegou ou chegou apenas a meio, e por isso não podemos baixar a guarda.

A primeira coisa que temos de ter bem clara é que os direitos não são eternos. Se não forem defendidos, se não forem trabalhados todos os dias, perdem se. Basta ouvir certos discursos que se multiplicam por todo o lado e que se disfarçam de um falso senso comum para perceber que o ódio continua lá, à espera do seu momento, porque na verdade nunca foi embora, permaneceu na sombra. Nem sempre grita, por vezes ri se e por vezes infiltra se numa conversa qualquer. Perante isto, é preciso estar muito atento, denunciá lo sem medo e explicar com serenidade que não estamos a falar de ideias, estamos a falar de pessoas de carne e osso, estamos a falar de direitos humanos e de uma dignidade humana inviolável.

Naturalmente, a chave fundamental está na educação. Nenhuma criança deveria jamais crescer a pensar que há algo de errado consigo. Quando na escola, no ensino secundário ou até na universidade se fala com naturalidade de modelos diferentes, de famílias, de identidades diversas e de amores distintos, mas com um mesmo sentimento, está se a semear o respeito para o futuro.

Mas este trabalho não deve ser feito apenas nas salas de aula. Deve também acontecer na rua, nas séries de televisão que vemos, nas canções que cantamos quando as ouvimos na rádio e nas grandes histórias de amor do cinema e da literatura, porque tudo isso também educa. No fundo, todas as pessoas precisam de se ver refletidas como pessoas normais, com as suas alegrias e os seus problemas, como qualquer outra pessoa, e não sempre como um drama, uma piada ou um estereótipo.

Também não podemos esquecer a saúde, incluindo a saúde mental, porque é um tema que não pode ficar para trás. Ainda há demasiadas pessoas que se sentem sozinhas, incompreendidas ou mal acompanhadas. Em especial as pessoas trans, que muitas vezes encontram barreiras no sistema de saúde, e muitas pessoas da comunidade que carregam ansiedade, medo ou tristeza há anos. A saúde não é apenas ir ao médico, é sentir que se é ouvido, respeitado, validado e acompanhado. Tudo isso também salva vidas.

Devemos compreender que caminhar ao lado de outros movimentos sociais é igualmente importante. Porquê Porque o sexismo, o racismo e a precariedade não atuam separadamente e tendem a atingir sempre as mesmas pessoas. Se queremos realmente avançar, temos de caminhar de mãos dadas com o feminismo, com as pessoas migrantes e com quem luta por trabalhos dignos e por vidas dignas. E dentro da própria comunidade também é necessário olharmo nos com respeito. As organizações devem deixar de lado as suas diferenças e compreender que fazer as coisas de forma diferente não pode ser um problema. Os métodos podem ser distintos, mas o objetivo é o mesmo. E esse objetivo não é outro senão proteger a igualdade, a liberdade, os direitos e a dignidade inviolável de cada pessoa. Por isso, devemos ouvir nos e respeitar nos, porque da nossa diversidade nasce também a força para continuar a avançar no caminho para a plena igualdade e para o exercício efetivo de todos os direitos inerentes que pertencem a cada ser humano.

Ainda há muito por fazer. A título de exemplo, o trabalho continua a ser um campo de batalha silencioso para muitas pessoas. Ainda hoje há quem esconda quem é para evitar problemas no local de trabalho, e isso nunca deveria acontecer. Por isso, até 2050 deveria ser impensável ter de mentir para manter um emprego. As empresas e as instituições têm uma enorme responsabilidade na criação de espaços seguros onde cada pessoa possa ser quem é sem medo.

Também não podemos esquecer a importância de estar presentes onde as decisões são tomadas. Na política, nos bairros, nas associações. Quando não estamos lá, outros falam por nós. A visibilidade não é um simples exibicionismo em datas concretas, mas uma ferramenta para mudar a lei, transformar a mentalidade de toda uma sociedade e proteger vidas reais de todas as formas de violência, ódio e discriminação.

Por fim, resta algo tão simples quanto poderoso, celebrar tudo o que foi conquistado. É preciso celebrar quem somos e tudo o que resistimos, sem perder de vista o que ainda falta conquistar. Porque o Orgulho não é apenas uma festa, mas algo que nos recorda de onde vimos, tudo aquilo por que lutámos e avançámos, as razões pelas quais ainda aqui estamos e porque merecemos viver em paz, liberdade e igualdade, como qualquer outra pessoa.

Oxalá chegue 2050 e todas as pessoas possam olhar se nos olhos e dizer sem medo que mais ninguém teve de se esconder, que mais ninguém teve de pedir desculpa por amar e que, finalmente, viver é tão simples como ser livremente quem se é e quem se deseja ser.

Temos 25 anos pela frente para o conseguir.

Mas oxalá seja antes.

Muito antes.

La nueva cara del fascismo

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

El fascismo siempre es fascismo. Sin embargo, el fascismo de ahora no se parece del todo al que aparece en los libros de historia. Cuando hablamos de fascismo mucha gente imagina camisas oscuras, brazos en alto y discursos gritados desde un balcón o una tribuna, pero la realidad es bastante más sencilla y también más peligrosa.

La verdadera cara del fascismo actual se esconde en lo cotidiano del día a día, en conversaciones de bar, en mensajes del móvil, en las redes sociales y en frases que parecen normales, pero cuyo mensaje es enormemente peligroso. El fascismo no llega diciendo que quiere acabar con la democracia, llega afirmando que quiere protegerla. Y lo hace con un discurso que está calando rápidamente.

Hoy el fascismo habla como un vecino cualquiera. Utiliza palabras amables, se presenta como algo moderno y dice defender a la gente corriente frente a un sistema que, según ellos, está podrido y corrupto. Pero el truco del fascismo está en que siempre necesita dividir para ganar. Necesita que pensemos que existe un grupo bueno y otro malo. El grupo bueno seríamos “nosotros”, “los de toda la vida”, los que supuestamente trabajamos desde el amanecer, respetamos y cumplimos normas y tradiciones. Por el contrario, el grupo malo cambia según el día. Pueden ser los migrantes, las mujeres que piden igualdad, el colectivo LGTBIQ+ cuando exigen el respeto hacia sus derechos, periodistas que hacen preguntas incómodas o jóvenes que piensan diferente.

El fascismo funciona sobre todo gracias al miedo. Cuando una persona tiene problemas para pagar el alquiler o ve que su barrio cambia, es fácil que alguien venga y le diga que la culpa la tienen los de fuera o los que protestan. El fascismo contemporáneo se alimenta de esa sensación de enfado y de abandono por parte de las instituciones. Te repite que todo era mejor antes, cuando el poder se ejercía con mano de hierro y que hace falta mano dura para que vuelvan los “buenos tiempos”. Y mucha gente, cansada de escuchar discusiones complicadas, termina creyendo que ese mensaje simple tiene algo de verdad. Pero, no, no la tiene. 

El fascismo de hoy está obsesionado con la identidad, con la idea de una nación perfecta, casi sagrada, donde todos deberíamos ser parecidos, pensar parecido y vivir parecido. Porque al fascismo le molesta lo que es diferente. Les molesta que haya varias culturas, varias formas de amar o varias maneras de entender la vida. Dicen respetar la libertad, pero solo la libertad de quienes encajan en su molde y siempre que no afecte a los privilegios que creen tener por derecho cuasidivino. Si te sales de ahí, empiezan los insultos, las amenazas, la exclusión y las campañas para que te calles.

Resulta bastante curioso cómo este fascismo nuevo tiene una relación muy rara con la verdad. Antes los regímenes autoritarios controlaban los periódicos, pero ahora basta con inundar las redes de bulos. Se repiten mentiras una y otra vez hasta que parecen hechos y verdades incuestionables. Se ataca a los científicos, se ridiculiza a los profesores y se desprecia cualquier dato que no guste o que no encaje en sus esquemas. La conversación pública se convierte en un circo donde gritar vale más que cualquier argumento. Y en medio de todo ese ruido, el fascismo se presenta como el único que se atreve a decir lo que nadie dice, aunque todo lo que diga sea falso o esté deliberadamente manipulado. 

El fascismo sabe muy bien cómo jugar con las emociones y crear un vínculo emocional muy fuerte. Exalta una idea de fuerza casi infantil, como si ser buena persona fuera ser débil. Se celebra la crueldad con el adversario, se aplaude el chiste que humilla y se convierte la política en una pelea de patio de colegio. Ese ambiente prepara el terreno para aceptar luego leyes igualmente duras que promueven recortes de derechos, persecución de colectivos y desprecio hacia quienes más lo necesitan. 

Por supuesto, está la cuestión del dinero. El fascismo actual presume de defender al trabajador, pero suele caminar de la mano de grandes fortunas y grandes empresas o multinacionales. Ataca al pobre que viene en una patera, pero no al rico que esconde millones en paraísos fiscales. Se viste de protesta popular mientras protege privilegios muy antiguos, casi medievales. Por eso confunde tanto a la gente. Porque parece rebelde, pero en el fondo es profundamente conservador y negacionista de todo avance social. 

No nos engañemos, la cara auténtica del fascismo de hoy es la misma de siempre. Se trata de un proyecto que necesita personas obedientes, personas que no piensen, buscando crear sociedades homogéneas y ejercer un poder sin límites. Así que lo único que ha cambiado es el maquillaje, la indumentaria y el escenario. Pero para reconocerlo solo se necesita un poco de calma, escuchar a quien piensa distinto y fijarse en las consecuencias reales de lo que pretenden para la dignidad humana. 

Cuando un movimiento necesita que odies para sentirte parte de algo, cuando te pide que desconfíes de todos menos del líder y cuando promete soluciones mágicas a problemas complejos, entonces estamos viendo esa verdadera cara, aunque llegue sin desfiles y sin balcones.

Ahí está el verdadero peligro del fascismo y el odio que porta consigo para todo aquello que se sitúa fuera de sus esquemas y de su concepción de qué es propio de la identidad nacional. Ahí está el riesgo real para nuestra democracia cuando usan las reglas democráticas para destruirla desde dentro. Ahí está el verdadero fascismo, ese que avanza con cara amable, entre TikTok, X e Instagram.

Ahí esta la nueva cara del fascismo.

El fascismo de siempre.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
The new face of fascism

Fascism is always fascism. Nevertheless, the fascism of today does not entirely resemble the one described in history books. When we speak about fascism, many people picture dark shirts, raised arms, and speeches shouted from a balcony or a platform, yet the reality is far simpler and also more dangerous.

The true face of contemporary fascism hides within everyday life, in conversations at the pub, in messages on our phones, on social networks, and in phrases that sound ordinary but carry an enormously harmful meaning. Fascism does not arrive announcing that it wants to destroy democracy, it arrives claiming that it wishes to protect it, and it does so with a discourse that is rapidly taking hold.

Nowadays fascism speaks like any neighbour. It uses friendly words, presents itself as something modern, and says that it defends ordinary people against a system that, according to its supporters, is rotten and corrupt. The trick of fascism lies in the fact that it always needs to divide in order to win. It needs us to believe that there is a good group and a bad one. The good group would supposedly be us, the people of always, those who are said to work from dawn, who respect rules and traditions, and who comply with established norms. Meanwhile, the bad group changes depending on the day: migrants, women demanding equality, the LGTBIQ+ community insisting on respect for their rights, journalists asking uncomfortable questions, or young people who think differently.

Fascism operates above all through fear. When someone struggles to pay the rent or notices changes in the neighbourhood, it becomes easy for a voice to appear and say that the blame rests with outsiders or with those who protest. Contemporary fascism feeds on this feeling of anger and abandonment by institutions. It repeats that everything was better in the past, when power was exercised with an iron hand, and that tough measures are required for the return of the so-called good times. Many people, tired of complicated arguments, end up believing that this simple message contains some truth, but it does not.

The fascism of today is obsessed with identity, with the idea of a perfect and almost sacred nation where everyone should be alike, think alike, and live alike. Fascism is disturbed by difference. Its followers dislike the existence of various cultures, different ways of loving, or diverse understandings of life. They say that they respect freedom, yet only the freedom of those who fit their model and only when that freedom does not affect the privileges they believe they possess by a supposedly divine right. If you step outside that boundary, insults begin, together with threats, exclusion, and campaigns designed to silence you.

It is striking how this new fascism maintains a strange relationship with truth. Authoritarian regimes once controlled newspapers, but today it is enough to flood the internet with false stories. Lies are repeated over and over until they resemble unquestionable facts. Scientists are attacked, teachers are mocked, and any information that does not please or fit preconceived schemes is dismissed. Public conversation turns into a spectacle where shouting matters more than reasoning, and amid all that noise, fascism portrays itself as the only force brave enough to say what others will not, even if what it says is false or deliberately manipulated.

Fascism understands perfectly how to play with emotions and build a very strong emotional bond. It promotes an almost childish notion of strength, as though being a decent person meant being weak. Cruelty toward opponents is celebrated, humiliating jokes are applauded, and politics becomes a quarrel like the ones seen in a school playground. This environment prepares the ground for the later acceptance of equally harsh laws that encourage the reduction of rights, the persecution of communities, and contempt for those who most need support.

And of course there is the matter of money. Present-day fascism boasts about defending workers, yet it usually walks hand in hand with great fortunes and large companies or multinational corporations. It attacks the poor arriving in a small boat, but not the wealthy who hide millions in tax havens. It dresses itself as a popular rebellion while safeguarding privileges that are extremely old and almost medieval. That is why it confuses so many people: it looks rebellious, yet deep down it is profoundly reactionary and hostile to social progress.

Let us not deceive ourselves. The authentic face of fascism today is the same as ever. It is a project that requires obedient people who do not think, seeking to create homogeneous societies and to exercise unlimited power. The only things that have changed are the makeup, the clothing, and the stage. To recognise it, one merely needs a little calm, the willingness to listen to those who think differently, and attention to the real consequences that its plans would have for human dignity.

When a movement requires you to hate in order to feel part of something, when it asks you to distrust everyone except the leader, and when it promises magical solutions to complex problems, then we are seeing its true face, even if it comes without parades or balconies.

There lies the true danger of fascism and the hatred it carries toward everything situated outside its schemes and outside its conception of what belongs to national identity. There lies the real risk for our democracy when its rules are used to destroy it from within. There lies genuine fascism, advancing with an amiable expression, across TikTok, X, and Instagram.

The new face of fascism.

The fascism of always.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
La nuova faccia del fascismo

Il fascismo è sempre fascismo. Tuttavia, il fascismo di oggi non assomiglia del tutto a quello che compare nei libri di storia. Quando si parla di fascismo, molta gente pensa a camicie scure, braccia alzate e discorsi urlati da un balcone o da una tribuna, ma la realtà è molto più semplice e anche più pericolosa.

La vera faccia del fascismo attuale si nasconde nella quotidianità della vita di tutti i giorni, nelle conversazioni al bar, nei messaggi sul cellulare, nelle reti sociali e in frasi che sembrano normali, ma che portano con sé un significato enormemente dannoso. Il fascismo non arriva dicendo di voler distruggere la democrazia, arriva affermando di volerla proteggere e lo fa con un discorso che sta penetrando rapidamente.

Oggi il fascismo parla come un vicino qualunque. Usa parole gentili, si presenta come qualcosa di moderno e dice di difendere le persone comuni contro un sistema che, secondo i suoi sostenitori, è marcio e corrotto. Il trucco del fascismo sta nel fatto che ha sempre bisogno di dividere per vincere. Deve farci credere che esista un gruppo buono e uno cattivo. Il gruppo buono saremmo noi, la gente di sempre, quelli che si dice lavorino fin dall’alba, che rispettano regole e tradizioni e che seguono le norme stabilite. Intanto il gruppo cattivo cambia a seconda del momento: i migranti, le donne che chiedono uguaglianza, la comunità LGTBIQ+ quando pretende rispetto per i propri diritti, i giornalisti che fanno domande scomode o i giovani che pensano in modo diverso.

Il fascismo funziona soprattutto attraverso la paura. Quando qualcuno fatica a pagare l’affitto o nota trasformazioni nel quartiere, diventa facile che compaia una voce a dire che la colpa è degli estranei o di chi protesta. Il fascismo contemporaneo si nutre di questa sensazione di rabbia e di abbandono da parte delle istituzioni. Ripete che tutto era migliore nel passato, quando il potere si esercitava con mano di ferro, e che servono misure dure per far tornare i cosiddetti bei tempi. Molte persone, stanche di argomenti complicati, finiscono per credere che questo messaggio semplice contenga un po’ di verità, ma non è così.

Il fascismo di oggi è ossessionato dall’identità, dall’idea di una nazione perfetta e quasi sacra in cui tutti dovremmo essere uguali, pensare uguale e vivere uguale. Al fascismo dà fastidio la differenza. I suoi seguaci non sopportano l’esistenza di culture diverse, modi differenti di amare o visioni plurali della vita. Dicono di rispettare la libertà, ma solo la libertà di chi rientra nel loro modello e solo finché non tocca i privilegi che credono di possedere per un presunto diritto quasi divino. Se esci da quel confine cominciano gli insulti, le minacce, l’esclusione e le campagne pensate per farti tacere.

È impressionante come questo fascismo nuovo abbia un rapporto strano con la verità. Una volta i regimi autoritari controllavano i giornali, adesso basta riempire internet di storie false. Le bugie vengono ripetute in continuazione finché sembrano fatti indiscutibili. Si attaccano gli scienziati, si deridono gli insegnanti e si disprezza qualsiasi informazione che non piaccia o che non entri nei loro schemi. La conversazione pubblica diventa uno spettacolo in cui urlare conta più che ragionare e, in mezzo a tutto quel rumore, il fascismo si descrive come l’unica forza capace di dire ciò che gli altri non osano dire, anche se quello che racconta è falso o manipolato.

Il fascismo sa perfettamente come giocare con le emozioni e creare un legame emotivo molto forte. Esalta un’idea di forza quasi infantile, come se essere una persona perbene significasse essere deboli. La crudeltà verso gli avversari è celebrata, le battute umilianti vengono applaudite e la politica si trasforma in una lite da cortile scolastico. Questo ambiente prepara il terreno per accettare successivamente leggi altrettanto dure che promuovono la riduzione dei diritti, la persecuzione di comunità e il disprezzo per chi ha più bisogno.

E naturalmente c’è la questione del denaro. Il fascismo attuale si vanta di difendere i lavoratori, ma cammina spesso mano nella mano con grandi fortune e grandi aziende o multinazionali. Attacca i poveri che arrivano in piccole imbarcazioni, ma non i ricchi che nascondono milioni in paradisi fiscali. Si veste da ribellione popolare mentre tutela privilegi molto antichi e quasi medievali. Ecco perché confonde così tante persone: sembra ribelle, ma in realtà è profondamente reazionario e ostile a ogni progresso sociale.

Non illudiamoci. La faccia autentica del fascismo oggi è la stessa di sempre. Si tratta di un progetto che richiede persone obbedienti, che non pensano, con l’obiettivo di creare società omogenee e esercitare un potere illimitato. Le uniche cose che sono cambiate sono il trucco, l’abbigliamento e il palcoscenico. Per riconoscerlo basta un po’ di calma, la volontà di ascoltare chi pensa diversamente e attenzione alle reali conseguenze che i suoi piani avrebbero sulla dignità umana.

Quando un movimento richiede che tu odi per sentirti parte di qualcosa, quando ti chiede di diffidare di tutti tranne del leader, e quando promette soluzioni magiche a problemi complessi, allora stiamo vedendo la sua vera faccia, anche se arriva senza parate o balconi.

Lì sta il vero pericolo del fascismo e l’odio che trasporta contro tutto ciò che si colloca fuori dai suoi schemi. Lì sta il rischio reale per la nostra democrazia quando le sue regole vengono usate per distruggerla dall’interno. Lì sta il fascismo autentico che avanza con un’espressione apparentemente amichevole attraverso TikTok, X e Instagram.

La nuova faccia del fascismo.

Il fascismo di sempre.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
La nouvelle face du fascisme

Le fascisme est toujours le fascisme. Pourtant, le fascisme d’aujourd’hui ne ressemble pas complètement à celui qui apparaît dans les livres d’histoire. Quand on parle de fascisme, beaucoup de gens pensent à des chemises sombres, à des bras levés et à des discours hurlés depuis un balcon ou une tribune, mais la réalité est bien plus simple et aussi plus dangereuse.

La véritable face du fascisme actuel se cache dans la vie quotidienne, dans les conversations au bar, dans les messages sur le téléphone portable, sur les réseaux sociaux et dans des phrases qui paraissent normales mais qui portent un sens extrêmement nocif. Le fascisme n’arrive pas en disant qu’il veut détruire la démocratie, il arrive en affirmant qu’il veut la protéger et il le fait avec un discours qui pénètre rapidement les esprits.

Aujourd’hui le fascisme parle comme un voisin ordinaire. Il utilise des mots aimables, se présente comme quelque chose de moderne et prétend défendre les personnes simples contre un système que ses partisans décrivent comme pourri et corrompu. Le mécanisme du fascisme repose sur la division. Il a besoin de nous faire croire qu’il existe un groupe bon et un groupe mauvais. Le groupe bon serait supposément nous, les gens de toujours, ceux dont on dit qu’ils travaillent depuis l’aube, qu’ils respectent les règles et les traditions et qu’ils suivent les normes établies. En face le groupe mauvais change selon le moment : les migrants, les femmes qui réclament l’égalité, la communauté LGTBIQ+ quand elle exige le respect de ses droits, les journalistes qui posent des questions dérangeantes ou les jeunes qui pensent autrement.

Le fascisme fonctionne surtout grâce à la peur. Quand une personne a du mal à payer le loyer ou remarque que son quartier se transforme, il devient facile qu’une voix surgisse pour dire que la faute appartient aux étrangers ou à ceux qui protestent. Le fascisme contemporain se nourrit de ce sentiment de colère et d’abandon de la part des institutions. Il répète que tout était meilleur dans le passé, quand le pouvoir s’exerçait avec une main de fer, et qu’il faut des mesures dures pour faire revenir les prétendus beaux jours. Beaucoup de gens, fatigués d’entendre des arguments compliqués, finissent par croire que ce message simple contient un peu de vérité, mais ce n’est pas le cas.

Le fascisme de notre époque est obsédé par l’identité, par l’idée d’une nation parfaite et presque sacrée où chacun devrait être semblable, penser de la même façon et vivre de la même façon. Le fascisme est dérangé par la différence. Ses partisans n’aiment pas l’existence de cultures diverses, de manières différentes d’aimer ou de visions multiples de la vie. Ils disent respecter la liberté mais seulement la liberté de ceux qui entrent dans leur modèle et uniquement tant que cette liberté ne touche pas les privilèges qu’ils croient posséder par un supposé droit quasi divin. Si l’on sort de cette frontière commencent les insultes, les menaces, l’exclusion et les campagnes destinées à faire taire.

Il est frappant de voir comment ce nouveau fascisme entretient un rapport étrange avec la vérité. Autrefois les régimes autoritaires contrôlaient les journaux, désormais il suffit d’inonder internet d’histoires mensongères. Les mensonges se répètent sans cesse jusqu’à prendre l’apparence de faits indiscutables. Les scientifiques sont attaqués, les professeurs sont tournés en ridicule et toute information qui ne plaît pas est méprisée. La conversation publique devient un spectacle où crier compte davantage que raisonner et au milieu de ce vacarme le fascisme se décrit comme la seule force capable de dire ce que les autres n’osent pas dire même si ce qu’il raconte est faux ou manipulé.

Le fascisme sait parfaitement comment jouer avec les émotions et créer un lien émotionnel très fort. Il exalte une idée de force presque infantile, comme si être une personne correcte signifiait être faible. La cruauté envers les adversaires est célébrée, les blagues humiliantes applaudies et la politique devient une querelle de cour d’école. Cet environnement prépare le terrain pour accepter ensuite des lois tout aussi dures qui favorisent la réduction des droits, la persécution des communautés et le mépris pour ceux qui en ont le plus besoin.

Et bien sûr, il y a la question de l’argent. Le fascisme actuel se vante de défendre les travailleurs, mais il marche souvent main dans la main avec de grandes fortunes et de grandes entreprises ou des multinationales. Il attaque les pauvres qui arrivent dans de petites embarcations, mais pas les riches qui cachent des millions dans des paradis fiscaux. Il se présente comme une révolte populaire tout en protégeant des privilèges très anciens et presque médiévaux. C’est pourquoi il trompe tant de gens : il semble rebelle, mais au fond, il est profondément réactionnaire et hostile à tout progrès social.

Ne nous leurrons pas. Le visage authentique du fascisme aujourd’hui est le même que toujours. Il s’agit d’un projet qui a besoin de personnes obéissantes, qui ne pensent pas, cherchant à créer des sociétés homogènes et à exercer un pouvoir illimité. Les seules choses qui ont changé sont le maquillage, les vêtements et la scène. Pour le reconnaître, il suffit d’un peu de calme, de la volonté d’écouter ceux qui pensent différemment et d’attention aux conséquences réelles que ses projets auraient sur la dignité humaine.

Quand un mouvement exige que vous haïssiez pour vous sentir partie de quelque chose, quand il vous demande de vous méfier de tous sauf du leader, et quand il promet des solutions magiques à des problèmes complexes, alors nous voyons sa véritable face, même si elle arrive sans défilés ni balcons.

Là se trouve le véritable danger du fascisme et la haine qu’il transporte contre tout ce qui se situe en dehors de ses schémas. Là se trouve le risque réel pour notre démocratie quand ses règles sont utilisées pour la détruire de l’intérieur. Là se voit le fascisme authentique qui avance avec une expression apparemment amicale à travers TikTok, X et Instagram.

La nouvelle face du fascisme.

Le fascisme de toujours.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
A nova face do fascismo

O fascismo é sempre fascismo. No entanto, o fascismo de hoje não se parece totalmente com aquele que aparece nos livros de história. Quando se fala de fascismo, muitas pessoas imaginam camisas escuras, braços levantados e discursos gritados a partir de uma varanda ou de uma tribuna, mas a realidade é muito mais simples e também mais perigosa.

A verdadeira face do fascismo atual esconde-se na vida quotidiana, nas conversas de café, nas mensagens no telemóvel, nas redes sociais e em frases que parecem normais mas que transportam um sentido enormemente nocivo. O fascismo não chega a dizer que quer destruir a democracia, chega a afirmar que a quer proteger e fá-lo com um discurso que penetra rapidamente nas pessoas.

Hoje o fascismo fala como um vizinho qualquer. Usa palavras gentis, apresenta-se como algo moderno e diz defender as pessoas comuns contra um sistema que os seus partidários descrevem como corrupto e apodrecido. O mecanismo do fascismo assenta na divisão. Precisa de nos fazer acreditar que existe um grupo bom e um grupo mau. O grupo bom seria supostamente nós, a gente de sempre, aqueles de quem se diz que trabalham desde a alvorada, que respeitam regras e tradições e que seguem as normas estabelecidas. Do outro lado, o grupo mau muda conforme o momento: os migrantes, as mulheres que reclamam igualdade, a comunidade LGTBIQ+ quando exige respeito pelos seus direitos, jornalistas que colocam perguntas incómodas ou jovens que pensam de outra maneira.

O fascismo funciona sobretudo através do medo. Quando alguém tem dificuldades para pagar a renda ou nota que o bairro se transforma, torna-se fácil que apareça uma voz a dizer que a culpa é dos estrangeiros ou dos que protestam. O fascismo contemporâneo alimenta-se desse sentimento de zanga e de abandono por parte das instituições. Repete que tudo era melhor no passado, quando o poder se exercia com mão de ferro, e que são necessárias medidas duras para que regressem os supostos bons tempos. Muitas pessoas, cansadas de ouvir argumentos complicados, acabam por acreditar que essa mensagem simples contém alguma verdade, mas isso não acontece.

O fascismo da nossa época está obcecado com a identidade, com a ideia de uma nação perfeita e quase sagrada onde todos deveriam ser semelhantes, pensar de forma semelhante e viver de forma semelhante. O fascismo incomoda-se com a diferença. Os seus partidários não gostam da existência de culturas diversas, de maneiras diferentes de amar ou de visões múltiplas da vida. Dizem respeitar a liberdade, mas apenas a liberdade dos que se encaixam no seu modelo e somente enquanto essa liberdade não toca nos privilégios que acreditam possuir por um pretenso direito quase divino. Se alguém sai dessa fronteira, começam os insultos, as ameaças, a exclusão e campanhas pensadas para impor silêncio.

É impressionante ver como este fascismo novo mantém uma relação estranha com a verdade. Antigamente os regimes autoritários controlavam os jornais, agora basta inundar a internet com histórias falsas. As mentiras repetem-se continuamente até parecerem factos indiscutíveis. Atacam-se cientistas, ridicularizam-se professores e despreza-se qualquer informação que não agrada. A conversa pública transforma-se num espetáculo onde gritar vale mais do que refletir e, no meio desse ruído, o fascismo apresenta-se como a única força capaz de dizer o que os outros não ousam dizer, mesmo que o que conta seja falso ou manipulado.

O fascismo sabe perfeitamente como jogar com as emoções e criar um vínculo emocional muito forte. Exalta uma ideia de força quase infantil, como se ser uma pessoa decente significasse ser fraco. Celebra-se a crueldade contra os adversários, aplaudem-se piadas humilhantes e a política transforma-se numa disputa de pátio escolar. Este ambiente prepara o terreno para aceitar mais tarde leis igualmente duras que promovem a redução de direitos, a perseguição de comunidades e o desprezo por aqueles que mais precisam.

E, claro, há a questão do dinheiro. O fascismo atual gaba-se de defender os trabalhadores, mas caminha muitas vezes de mãos dadas com grandes fortunas e grandes empresas ou multinacionais. Ataca os pobres que chegam em pequenas embarcações, mas não os ricos que escondem milhões em paraísos fiscais. Veste-se de revolta popular enquanto protege privilégios muito antigos e quase medievais. É por isso que engana tanta gente: parece rebelde, mas no fundo é profundamente reacionário e hostil a todo o progresso social.

Não nos enganemos. A face autêntica do fascismo hoje é a mesma de sempre. Trata-se de um projecto que precisa de pessoas obedientes, que não pensam, procurando criar sociedades homogéneas e exercer um poder ilimitado. As únicas coisas que mudaram são a maquilhagem, a roupa e o palco. Para o reconhecer basta um pouco de calma, vontade de ouvir quem pensa diferente e atenção às consequências reais que os seus planos teriam sobre a dignidade humana.

Quando um movimento exige que odeies para te sentires parte de algo, quando te pede para desconfiar de todos excepto do líder, e quando promete soluções mágicas para problemas complexos, então estamos a ver a sua verdadeira face, mesmo que chegue sem desfiles ou varandas.

Aí está o verdadeiro perigo do fascismo e o ódio que ele transporta contra tudo o que se situa fora dos seus esquemas. Aí está o risco real para a nossa democracia quando as suas próprias regras são usadas para a destruir por dentro. Aí se vê o fascismo autêntico que avança com uma expressão aparentemente simpática através do TikTok, do X e do Instagram.

A nova face do fascismo.

O fascismo de sempre.

Una casa no es un hogar

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Una casa está hecha de paredes, un techo, puertas, ventanas, a veces con jardín, a veces con piscina, a veces en un bloque de pisos y con una dirección postal. Es un lugar al que se llega, se entra, se cierra la puerta y se enciende la luz. Sin embargo, un hogar es algo que no se puede medir en metros cuadrados ni tampoco se puede comprar con una hipoteca. Un hogar es algo que se siente.

Hay casas impecables por fuera, con materiales de primera calidad y llenas de lujo, pero vacías por dentro. Hay casas donde el silencio pesa más que cualquier ruido, con salones con cómodos sofás donde reina el frío de la soledad y con habitaciones enormes donde nadie se siente a salvo para ser quien es. Hay casas donde se duerme, pero no se descansa, y donde se vive, pero donde sientes que ahí no perteneces. Porque el verdadero hogar no nace del ladrillo, nace del vínculo del corazón.

Un verdadero hogar es ese lugar donde no tienes que explicar quién eres, donde puedes llegar cansado y no disimularlo, donde tus miedos no se ridiculizan, donde tus logros no se infravaloran y donde tus alegrías no molestan a nadie. Un hogar es ese espacio, físico o no, en el que sabes que tu presencia importa, donde sabes que no eres una carga, sino parte de un todo que te abraza.

Desgraciadamente, a veces el hogar no coincide con el sitio donde creciste y asumir eso duele. Porque nos han enseñado que la familia y la casa en la que crecimos deberían ser nuestro refugio. Pero no siempre lo es y no pasa nada por admitirlo. Afortunadamente, hay hogares que se construyen más tarde, con personas elegidas, con afectos que no comparten sangre, pero sí respeto, cuidado, verdad y amor.

Es cierto que también hay hogares que se rompen. Lugares que un día lo fueron todo y, por desgaste, silencio o daño, dejan de serlo para siempre. La casa sigue ahí, pero el hogar se ha ido. Y lo más valiente no es quedarse por costumbre, sino marcharse cuando se tiene oportunidad para volver a encontrarse.

Un hogar puede ser una persona o varias. Puede ser una mesa compartida, una conversación sincera, un abrazo que se da sin condiciones. Puede incluso ser uno mismo, cuando aprendes a tratarte con la misma ternura y amor que buscas fuera de esas paredes que son una casa, pero que no son tu hogar.

Porque al final, un hogar no es donde vives, sino el lugar donde puedes ser tú. Y cuando encuentras ese lugar, aunque sea pequeño o imperfecto, sabes que has llegado.

Sabes que estás en casa.

En tu hogar.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
A House Is Not a Home

A house is made of walls, a roof, doors, windows, sometimes with a garden, sometimes with a swimming pool, sometimes in a block of flats, and with a postal address. It is a place you arrive at, go inside, close the door and turn on the light. A home, however, is something that cannot be measured in square metres, nor can it be bought with a mortgage. A home is something you feel.

There are houses that look impeccable from the outside, built with top quality materials and full of luxury, yet empty on the inside. There are houses where silence weighs more than any noise, with living rooms furnished with comfortable sofas where the cold of loneliness reigns, and with enormous bedrooms where no one feels safe enough to be who they are. There are houses where you sleep but do not truly rest, and where you live but feel that you do not belong. Because a true home is not born of bricks, it is born of the bond of the heart.

A true home is the place where you do not have to explain who you are, where you can arrive tired and not hide it, where your fears are not mocked, where your achievements are not belittled, and where your joys do not bother anyone. A home is that space, physical or not, where you know that your presence matters, where you know you are not a burden, but part of a whole that embraces you.

Sadly, sometimes a home does not coincide with the place where you grew up, and accepting that hurts. We have been taught that family and the house we grew up in should be our refuge. But that is not always the case, and there is nothing wrong with admitting it. Fortunately, there are homes that are built later in life, with chosen people, with bonds that do not share blood but do share respect, care, truth and love.

It is also true that some homes break. Places that were once everything and, through wear, silence or harm, cease to be so forever. The house is still there, but the home has gone. And the bravest thing is not to stay out of habit, but to leave when the opportunity arises in order to find yourself again.

A home can be one person or several. It can be a shared table, an honest conversation, a hug given without conditions. It can even be yourself, when you learn to treat yourself with the same tenderness and love you seek outside those walls that are a house, but not your home.

Because in the end, a home is not where you live, but the place where you can be yourself. And when you find that place, even if it is small or imperfect, you know you have arrived.

You know you are at home.

In your home.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Una casa non è un focolare

Una casa è fatta di muri, di un tetto, di porte, di finestre, a volte con un giardino, a volte con una piscina, a volte in un palazzo di appartamenti e con un indirizzo postale. È un luogo al quale si arriva, si entra, si chiude la porta e si accende la luce. Un focolare, invece, è qualcosa che non può essere misurato in metri quadrati e non può neppure essere comprato con un mutuo. Un focolare è qualcosa che si sente.

Esistono case impeccabili dall’esterno, costruite con materiali di altissima qualità e piene di lusso, ma vuote all’interno. Ci sono case dove il silenzio pesa più di qualunque rumore, con salotti arredati con comodi divani nei quali regna il freddo della solitudine e con camere enormi dove nessuno si sente davvero al sicuro per essere ciò che è. Ci sono case nelle quali si dorme, ma non si riposa, e nelle quali si vive, ma si avverte di non appartenere a quel posto. Perché il vero focolare non nasce dal mattone, nasce dal legame del cuore.

Un vero focolare è quel luogo dove non devi spiegare chi sei, dove puoi arrivare stanco senza nasconderlo, dove le tue paure non vengono derise, dove i tuoi successi non vengono sminuiti e dove le tue gioie non danno fastidio a nessuno. Un focolare è quello spazio, fisico oppure no, nel quale sai che la tua presenza conta e nel quale comprendi di non essere un peso, ma parte di un tutto che ti accoglie.

Purtroppo, a volte il focolare non coincide con il posto dove si è cresciuti e accettare questa verità fa male. Ci hanno insegnato che la famiglia e la casa della nostra infanzia dovrebbero essere il rifugio naturale. Ma non sempre lo sono e non c’è nulla di sbagliato nell’ammetterlo. Per fortuna esistono focolari che si costruiscono più tardi, con persone scelte, con affetti che non condividono il sangue, ma condividono rispetto, cura, sincerità e amore.

È vero che esistono anche focolari che si spezzano. Luoghi che un giorno rappresentavano tutto e che, per logoramento, silenzio o ferite, cessano di esserlo per sempre. La casa rimane, ma il focolare è svanito. E l’atto più coraggioso non è restare per abitudine, ma andarsene quando si presenta l’occasione per ritrovare se stessi.

Un focolare può essere una persona oppure più persone. Può essere un tavolo condiviso, una conversazione onesta, un abbraccio donato senza condizioni. Può perfino essere se stessi, quando si impara a trattarsi con la stessa tenerezza e con lo stesso amore che si cercano fuori da quelle pareti che sono una casa, ma non sono il proprio focolare.

Perché, alla fine, un focolare non è il punto dove si abita, ma il luogo dove si può essere davvero sé. E quando incontri quel luogo, anche se piccolo o imperfetto, sai di essere arrivato.

Sai di essere nella tua casa.

Nel tuo focolare.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Une maison n’est pas un foyer

Une maison est faite de murs, d’un toit, de portes, de fenêtres, parfois avec un jardin, parfois avec une piscine, parfois située dans un immeuble d’appartements et dotée d’une adresse postale. C’est un lieu où l’on arrive, où l’on entre, où l’on ferme la porte et où l’on allume la lumière. Un foyer, au contraire, est quelque chose qui ne peut se mesurer en mètres carrés et qui ne s’achète pas non plus avec un prêt hypothécaire. Un foyer est quelque chose qui se ressent.

Il existe des maisons impeccables de l’extérieur, construites avec des matériaux de toute première qualité et remplies de luxe, mais vides à l’intérieur. Il existe des maisons où le silence pèse plus que n’importe quel bruit, avec des salons meublés de canapés confortables où règne le froid de la solitude et avec de vastes chambres où personne ne se sent assez en sécurité pour être ce qu’il est vraiment. Il existe des maisons où l’on dort sans se reposer, où l’on vit sans avoir le sentiment d’appartenir à cet endroit. Car le véritable foyer ne naît pas de la brique, il naît du lien du cœur.

Un vrai foyer est ce lieu où tu n’as pas à expliquer qui tu es, où tu peux arriver fatigué sans le cacher, où tes peurs ne sont pas tournées en ridicule, où tes réussites ne sont pas rabaissées et où tes joies ne dérangent personne. Un foyer est cet espace, physique ou non, dans lequel tu sais que ta présence compte et où tu comprends que tu n’es pas un poids, mais une partie d’un tout qui t’accueille.

Malheureusement, parfois le foyer ne coïncide pas avec le lieu où l’on a grandi et accepter cette réalité fait mal. On nous a appris que la famille et la maison de l’enfance devraient être un refuge naturel. Pourtant ce n’est pas toujours le cas et il n’y a rien de mauvais à le reconnaître. Heureusement, il existe des foyers que l’on construit plus tard, avec des personnes choisies, avec des affections qui ne partagent pas le sang, mais qui partagent le respect, l’attention, la vérité et l’amour.

Il est également vrai que certains foyers se brisent. Des lieux qui furent un jour tout et qui, par usure, silence ou blessures, cessent de l’être pour toujours. La maison demeure, mais le foyer s’est éloigné. Le geste le plus courageux n’est alors pas de rester par habitude, mais de partir quand l’occasion se présente afin de se retrouver soi-même.

Un foyer peut être une personne ou plusieurs. Il peut être une table partagée, une conversation sincère, une étreinte offerte sans conditions. Il peut même être toi-même lorsque tu apprends à te traiter avec la même tendresse et le même amour que tu cherches au-delà de ces parois qui constituent une maison, mais ne constituent pas ton foyer.

Parce qu’au bout du compte, un foyer n’est pas l’endroit où l’on habite, mais celui où l’on peut être pleinement soi. Et lorsque tu rencontres ce lieu, même petit ou imparfait, tu sais que tu es arrivé.

Tu sais que tu es chez toi.

Dans ton foyer.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Uma casa não é um lar

Uma casa é feita de paredes, um telhado, portas, janelas, às vezes com jardim, às vezes com piscina, às vezes num bloco de apartamentos e com um endereço postal. É um lugar onde se chega, se entra, se fecha a porta e se acende a luz. No entanto, um lar é algo que não se pode medir em metros quadrados nem se pode comprar com uma hipoteca. Um lar é algo que se sente.

Há casas impecáveis por fora, com materiais de primeira qualidade e cheias de luxo, mas vazias por dentro. Há casas onde o silêncio pesa mais do que qualquer ruído, com salas com sofás confortáveis onde reina o frio da solidão e com quartos enormes onde ninguém se sente seguro para ser quem é. Há casas onde se dorme, mas não se descansa, e onde se vive, mas onde se sente que não se pertence. Porque o verdadeiro lar não nasce do tijolo, nasce do vínculo do coração.

Um verdadeiro lar é aquele lugar onde não tem de explicar quem é, onde pode chegar cansado e não disfarçar, onde os seus medos não são ridicularizados, onde as suas conquistas não são subestimadas e onde as suas alegrias não incomodam ninguém. Um lar é aquele espaço, físico ou não, onde sabe que a sua presença importa, onde sabe que não é um fardo, mas parte de um todo que o abraça.

Infelizmente, às vezes o lar não coincide com o lugar onde crescemos e aceitar isso dói. Porque nos ensinaram que a família e a casa em que crescemos deveriam ser o nosso refúgio. Mas nem sempre é assim e não há problema em admitir isso. Felizmente, há lares que se constroem mais tarde, com pessoas escolhidas, com afetos que não compartilham sangue, mas sim respeito, cuidado, verdade e amor.

É verdade que também há lares que se desfazem. Lugares que um dia foram tudo e, por desgaste, silêncio ou danos, deixam de ser para sempre. A casa continua lá, mas o lar desapareceu. E o mais corajoso não é ficar por costume, mas partir quando se tem a oportunidade de se reencontrar.

Um lar pode ser uma pessoa ou várias. Pode ser uma mesa partilhada, uma conversa sincera, um abraço dado sem condições. Pode até ser você mesmo, quando aprende a tratar-se com a mesma ternura e amor que procura fora dessas paredes que são uma casa, mas que não são o seu lar.

Porque, no final, um lar não é onde você mora, mas o lugar onde você pode ser você mesmo. E quando você encontra esse lugar, mesmo que seja pequeno ou imperfeito, você sabe que chegou.

Você sabe que está em casa.

No teu lar.