(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)
🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽
(Homenaje al Papa Francisco)
Ahora que han acabado las celebraciones de Semana Santa, del Ramadán y de la Pascua Judía, siempre es bueno que dediquemos unos minutos a pensar si muchas veces actuamos de manera adecuada para con quienes comparten nuestro mismo espacio en nuestro día a día.
Vivimos en un mundo donde, muchas veces, se valora más lo que alguien dice creer que lo que realmente hace. Pero, ¿de qué sirve decir que sigues una religión si tus acciones demuestran todo lo contrario? Seguramente, esta reflexión puede incomodar a algunas personas, pero creo vale la pena meditarla con calma: ¿es mejor ser un buen ateo que un mal creyente?
La libertad de creencias también lleva aparejada a la libertad de no creer. El artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos lo dice de manera clarísima: toda persona tiene derecho a creer en lo que quiera, o a no creer en nada. Es decir, nadie puede ser forzado a seguir una religión, y tampoco ser juzgado por elegir no seguir ninguna. Este derecho protege tanto a quienes va a misa los domingos, a la sinagoga los sábados o la mezquita los viernes, como a quienes nunca han pisado su lugar del culto. Y eso está bien.
Sin duda, la diferencia está en lo que hacemos, no en lo que decimos o creemos. Mucha gente cree que ser una persona religiosa ya es sinónimo de ser buena persona. Pero la verdad es que hay quienes, en nombre de su religión, actúan con odio, con violencia, discriminando, juzgando y haciendo un daño, muchas veces irreparable, tanto físico como emocional. Se llaman a sí mismos creyentes, pero olvidan sistemáticamente los valores básicos de amor, respeto y compasión que casi todas las religiones predican.
Hoy, además, nos hemos levantado con la triste noticia del fallecimiento del Papa Francisco que, indudablemente, deja un profundo vacío, no solo en la Iglesia Católica, sino también en el ámbito del pensamiento ético y social contemporáneo. Su papado, muy lejos del dogmatismo tradicional, estuvo marcado por un profundo sentido de compasión, humildad y justicia social. En múltiples ocasiones, insistió en que la verdadera fe no se mide por la cantidad de oraciones ni por los rituales públicos, sino por la capacidad de amar, servir y cuidar a quienes son más vulnerables, sin importar quiénes sean, cómo sean o cuál sea su lugar de procedencia, su color de piel, la fe que profesen o su forma de amar.
El legado del Papa Francisco nos recuerda que, en realidad, no se trata de ser creyente o no creyente, sino de ser coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos. Fue un ejemplo de alguien que vivió su fe con autenticidad, cuestionando privilegios injustos, denunciando la enorme hipocresía social, también dentro de la propia Iglesia Católica, y acercándose a quienes la sociedad muchas veces margina, excluye y discrimina. Su vida fue una muestra clara de que la verdadera espiritualidad es inseparable del respeto hacia la dignidad humana de toda persona, porque, si todos somos hijos de Dios, merecemos, por tanto, el mismo amor, la misma compasión y el mismo respeto.

Papa Francisco (1936-2025)
Requiem aeternam dona ei, Domine,
et lux perpetua luceat ei.
Pastor bonus vocatus est ad domum Patris.
Illuminavit gregem in valle umbrae mortis,
et lucerna factus est in tenebris Ecclesiae.
Sit memoria eius in benedictione.
Concédele, Señor, el descanso eterno,
y brille para él la luz perpetua.
El buen pastor fue llamado a la casa del Padre.
Él iluminó al rebaño en el valle de sombra de muerte,
y se convirtió en una lámpara en la oscuridad de la Iglesia.
Que su memoria sea bendita.
Mientras tanto, hay personas ateas que no creen en ningún dios, pero viven con principios y valores, respetando a los demás, ayudando a quienes lo necesitan, y haciendo el bien simplemente porque creen en la humanidad. No necesitan un premio en el cielo ni tienen miedo al infierno. Solo hacen lo que creen que es correcto, humano y ético porque sí.
No, no se trata de etiquetas. Ser creyente no te convierte automáticamente en alguien bueno ni tampoco ser ateo te hace mala persona. Lo que realmente importa es cómo nos comportamos con los demás. Si la fe (o la ausencia de ella) nos lleva a ser más compasivos, más justos y más humanos, entonces iremos por buen camino. Pero si usamos nuestras creencias para excluir, dañar o sentirnos superiores, entonces tal vez sea el momento de pensar si realmente practicamos lo que predicamos.
La clave está en el respeto. En vivir y en dejar vivir. Desde la libertad y la igualdad. Un buen ateo respeta a quien es creyente de la misma manera en la que un buen creyente respeta a quien es ateo. Todas las personas tenemos el mismo derecho a pensar diferente, mientras no nos hagamos daño con ello. Esa es la esencia del artículo 18 de la Declaración Universal que, sinceramente, también debería ser una regla básica de convivencia en cualquier sociedad.
No importa si creemos en Dios, en la energía del universo, en la ciencia o simplemente en ti. Lo que realmente importa es que vivamos con empatía, coherencia y respeto. Es decir, no importa en qué creamos, sino cómo vivamos y cómo nos comportemos con quienes se encuentran a nuestro alrededor.
Porque, al final, más allá de cualquier etiqueta, ser buena persona siempre será lo más importante.
Lo único importante.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Good Atheist Vs. Bad Believer
(Homage to Pope Francis)
Now that the celebrations of Easter, Ramadan and Passover are over, it is always good to take a few minutes to think about whether we often act appropriately towards those who share the same space in our daily lives.
We live in a world where what someone says they believe is often valued more than what they actually do. But what is the point of saying that you follow a religion if your actions prove the opposite? Surely, this reflection may make some people uncomfortable, but I think it is worth pondering calmly: is it better to be a good atheist than a bad believer?
Freedom of belief also goes hand in hand with the freedom not to believe. Article 18 of the Universal Declaration of Human Rights states it very clearly: everyone has the right to believe in whatever he or she wants, or not to believe in anything. In other words, no one can be forced to follow a religion, nor be judged for choosing not to follow one. This right protects both those who go to mass on Sundays, to synagogue on Saturdays or to the mosque on Fridays, and those who have never set foot in their place of worship. And that is fine.
Surely the difference is in what we do, not in what we say or believe. Many people believe that being a religious person is already synonymous with being a good person. But the truth is that there are those who, in the name of their religion, act with hatred, with violence, discriminating, judging and doing damage, often irreparable, both physical and emotional. They call themselves believers, but systematically forget the basic values of love, respect and compassion that almost all religions preach.
Today, moreover, we have woken up to the sad news of the death of Pope Francis, who undoubtedly leaves a deep void, not only in the Catholic Church, but also in the field of contemporary ethical and social thought. His papacy, far removed from traditional dogmatism, was marked by a deep sense of compassion, humility and social justice. On multiple occasions, Francis insisted that true faith is not measured by the number of prayers or public rituals, but by the capacity to love, serve and care for those who are most vulnerable, no matter who they are, what they are like, where they come from, the colour of their skin, the faith they profess or the way they love.
Pope Francis’ legacy reminds us that it is not really about being a believer or a non-believer, but about being consistent in what we say and what we do. He was an example of someone who lived his faith authentically, questioning unjust privileges, denouncing the enormous social hypocrisy, including within the Catholic Church itself, and reaching out to those whom society often marginalises, excludes and discriminates against. His life was a clear demonstration that true spirituality is inseparable from respect for the human dignity of every person, because, if we are all children of God, we therefore deserve the same love, the same compassion and the same respect.

Pope Francis (1936-2025)
Requiem aeternam dona ei, Domine,
et lux perpetua luceat ei.
Pastor bonus vocatus est ad domum Patris.
Illuminavit gregem in valle umbrae mortis,
et lucerna factus est in tenebris Ecclesiae.
Sit memoria eius in benedictione.
Grant him eternal rest, O Lord,
and let perpetual light shine upon him.
The good Shepherd has been called to the house of the Father.
He illumined the flock in the valley of the shadow of death,
and became a lamp in the darkness of the Church.
May his memory be for a blessing.
Meanwhile, there are atheists who do not believe in any god, but live with principles and values, respecting others, helping those in need, and doing good simply because they believe in humanity. They don’t need a prize in heaven or fear hell. They just do what they believe is right, humane and ethical because they do.
No, it’s not about labels. Being a believer does not automatically make you a good person, nor does being an atheist make you a bad person. What really matters is how we behave towards others. If faith (or the lack of it) leads us to be more compassionate, more just and more humane, then we are on the right track. But if we use our beliefs to exclude, harm or feel superior, then perhaps it is time to think about whether we really practice what we preach. The key is respect. Living and letting live. In freedom and equality. A good atheist respects a believer in the same way that a good believer respects an atheist. We all have the same right to think differently, as long as we do not harm ourselves. That is the essence of article 18 of the Universal Declaration which, frankly, should also be a basic rule of coexistence in any society.
It doesn’t matter whether we believe in God, in the energy of the universe, in science or simply in you. What really matters is that we live with empathy, coherence and respect. In other words, it does not matter what we believe in, but how we live and how we behave towards those around us.
Because, in the end, beyond any label, being a good person will always be the most important thing.
The only important thing.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Buon Ateo Vs. Cattivo Credente
(Omaggio a Papa Francesco)
Ora che le celebrazioni di Pasqua, Ramadan e Pasqua ebraica sono terminate, è sempre bene prendersi qualche minuto per riflettere se spesso ci comportiamo in modo appropriato nei confronti di coloro che condividono lo stesso spazio nella nostra vita quotidiana.
Viviamo in un mondo in cui ciò che qualcuno dice di credere è spesso valutato più di ciò che effettivamente fa. Ma che senso ha dire di seguire una religione se poi le proprie azioni dimostrano il contrario? Sicuramente questa riflessione può mettere a disagio alcuni, ma credo che valga la pena di riflettere con calma: è meglio essere un buon ateo che un cattivo credente?
La libertà di credere va anche di pari passo con la libertà di non credere. L’articolo 18 della Dichiarazione universale dei diritti dell’uomo lo afferma molto chiaramente: ognuno ha il diritto di credere in ciò che vuole, o di non credere in nulla. In altre parole, nessuno può essere costretto a seguire una religione, né essere giudicato per aver scelto di non seguirla. Questo diritto protegge sia chi va a messa la domenica, in sinagoga il sabato o in moschea il venerdì, sia chi non ha mai messo piede nel proprio luogo di culto. E questo va bene.
Sicuramente la differenza sta in quello che facciamo, non in quello che diciamo o crediamo. Molti credono che essere una persona religiosa sia già sinonimo di essere una brava persona. Ma la verità è che c’è chi, in nome della propria religione, agisce con odio, con violenza, discriminando, giudicando e facendo danni, spesso irreparabili, sia fisici che emotivi. Si definiscono credenti, ma dimenticano sistematicamente i valori fondamentali di amore, rispetto e compassione che quasi tutte le religioni predicano.
Oggi, inoltre, ci siamo svegliati con la triste notizia della morte di Papa Francesco, che indubbiamente lascia un vuoto profondo, non solo nella Chiesa cattolica, ma anche nel campo del pensiero etico e sociale contemporaneo. Il suo papato, lontano dal dogmatismo tradizionale, è stato caratterizzato da un profondo senso di compassione, umiltà e giustizia sociale. In più occasioni, Francesco ha insistito sul fatto che la vera fede non si misura dal numero di preghiere o di rituali pubblici, ma dalla capacità di amare, servire e prendersi cura di coloro che sono più vulnerabili, indipendentemente da chi sono, da come sono, da dove vengono, dal colore della loro pelle, dalla fede che professano o dal modo in cui amano.
L’eredità di Papa Francesco ci ricorda che non si tratta di essere credenti o non credenti, ma di essere coerenti in ciò che diciamo e facciamo. Lui è stato un esempio di persona che ha vissuto la sua fede in modo autentico, mettendo in discussione privilegi ingiusti, denunciando l’enorme ipocrisia sociale, anche all’interno della stessa Chiesa cattolica, e raggiungendo coloro che la società spesso emargina, esclude e discrimina. La sua vita è stata una chiara dimostrazione che la vera spiritualità è inseparabile dal rispetto della dignità umana di ogni persona, perché, se siamo tutti figli di Dio, meritiamo lo stesso amore, la stessa compassione e lo stesso rispetto.

Papa Francesco (1936-2025)
Requiem aeternam dona ei, Domine,
et lux perpetua luceat ei.
Pastor bonus vocatus est ad domum Patris.
Illuminavit gregem in valle umbrae mortis,
et lucerna factus est in tenebris Ecclesiae.
Sit memoria eius in benedictione.
Concedi a lui il riposo eterno, Signore,
e che splenda su di lui la luce perpetua.
Il buon Pastore è stato chiamato alla casa del Padre.
Ha illuminato il gregge nella valle dell’ombra della morte,
e si è fatto lampada nelle tenebre della Chiesa.
Sia la sua memoria in benedizione.
Nel frattempo, ci sono atei che non credono in alcun dio, ma vivono con principi e valori, rispettando gli altri, aiutando chi ha bisogno e facendo del bene semplicemente perché credono nell’umanità. Non hanno bisogno di un premio in paradiso, né temono l’inferno. Fanno semplicemente ciò che ritengono giusto, umano ed etico, perché è così.
No, non si tratta di etichette. Essere credenti non fa automaticamente di voi una brava persona, né essere atei fa di voi una persona cattiva. Ciò che conta davvero è il modo in cui ci comportiamo nei confronti degli altri. Se la fede (o la sua mancanza) ci porta a essere più compassionevoli, più giusti e più umani, allora siamo sulla strada giusta. Ma se usiamo le nostre convinzioni per escludere, danneggiare o sentirci superiori, allora forse è il momento di pensare se pratichiamo davvero ciò che predichiamo.
La chiave è il rispetto. Vivere e lasciar vivere. Nella libertà e nell’uguaglianza. Un buon ateo rispetta un credente nello stesso modo in cui un buon credente rispetta un ateo. Abbiamo tutti lo stesso diritto di pensare in modo diverso, purché non ci danneggiamo. Questa è l’essenza dell’articolo 18 della Dichiarazione universale che, francamente, dovrebbe essere anche una regola di base della coesistenza in qualsiasi società.
Non importa se crediamo in Dio, nell’energia dell’universo, nella scienza o semplicemente in voi. Ciò che conta è vivere con empatia, coerenza e rispetto. In altre parole, non importa in cosa crediamo, ma come viviamo e come ci comportiamo nei confronti di chi ci circonda.
Perché, alla fine, al di là di ogni etichetta, essere una brava persona sarà sempre la cosa più importante.
L’unica cosa importante.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Bon Athée Vs. Mauvais Croyant
(Hommage au Pape François)
Maintenant que les célébrations de Pâques, du Ramadan et de la Pâque sont terminées, il est toujours bon de prendre quelques minutes pour réfléchir à la question de savoir si nous agissons souvent de manière appropriée envers ceux qui partagent le même espace dans notre vie quotidienne.
Nous vivons dans un monde où ce que quelqu’un dit croire est souvent plus valorisé que ce qu’il fait réellement. Mais quel est l’intérêt de dire que l’on suit une religion si ses actes prouvent le contraire ? Certes, cette réflexion peut mettre certaines personnes mal à l’aise, mais je pense qu’elle mérite qu’on y réfléchisse calmement : vaut-il mieux être un bon athée qu’un mauvais croyant ?
La liberté de croyance va également de pair avec la liberté de ne pas croire. L’article 18 de la Déclaration universelle des droits de l’homme le dit très clairement : chacun a le droit de croire en ce qu’il veut, ou de ne croire en rien. En d’autres termes, nul ne peut être contraint de suivre une religion, ni être jugé pour avoir choisi de ne pas en suivre une. Ce droit protège aussi bien ceux qui vont à la messe le dimanche, à la synagogue le samedi ou à la mosquée le vendredi, que ceux qui n’ont jamais mis les pieds dans leur lieu de culte. Et c’est très bien ainsi.
La différence réside certainement dans ce que nous faisons, et non dans ce que nous disons ou croyons. Nombreux sont ceux qui pensent qu’être religieux est déjà synonyme d’être une bonne personne. Mais la vérité est qu’il y a des personnes qui, au nom de leur religion, agissent avec haine, avec violence, en discriminant, en jugeant et en causant des dommages, souvent irréparables, tant physiques qu’émotionnels. Ils se disent croyants, mais oublient systématiquement les valeurs fondamentales d’amour, de respect et de compassion que prêchent presque toutes les religions.
Aujourd’hui, en outre, nous nous sommes réveillés avec la triste nouvelle de la mort du pape François, qui laisse sans aucun doute un vide profond, non seulement dans l’Église catholique, mais aussi dans le domaine de la pensée éthique et sociale contemporaine. Son pontificat, éloigné du dogmatisme traditionnel, a été marqué par un sens profond de la compassion, de l’humilité et de la justice sociale. À de multiples reprises, François a insisté sur le fait que la véritable foi ne se mesure pas au nombre de prières ou de rituels publics, mais à la capacité d’aimer, de servir et de prendre soin des personnes les plus vulnérables, quels que soient leur identité, leurs traits, leur origine, la couleur de leur peau, la foi qu’elles professent ou leur façon d’aimer.
L’héritage du pape François nous rappelle qu’il ne s’agit pas vraiment d’être croyant ou non-croyant, mais d’être cohérent dans ce que nous disons et ce que nous faisons. Il était un exemple de quelqu’un qui a vécu sa foi de manière authentique, en remettant en question les privilèges injustes, en dénonçant l’énorme hypocrisie sociale, y compris au sein de l’Église catholique elle-même, et en tendant la main à ceux que la société marginalise, exclut et discrimine souvent. Sa vie a clairement démontré que la véritable spiritualité est inséparable du respect de la dignité humaine de chaque personne, car si nous sommes tous des enfants de Dieu, nous méritons donc le même amour, la même compassion et le même respect.

Pape François (1936-2025)
Requiem aeternam dona ei, Domine,
et lux perpetua luceat ei.
Pastor bonus vocatus est ad domum Patris.
Illuminavit gregem in valle umbrae mortis,
et lucerna factus est in tenebris Ecclesiae.
Sit memoria eius in benedictione.
Accorde-lui le repos éternel, Seigneur,
et que la lumière perpétuelle luise sur lui.
Le bon Pasteur a été appelé à la maison du Père.
Il a illuminé le troupeau dans la vallée de l’ombre de la mort,
et est devenu lampe dans les ténèbres de l’Église.
Que sa mémoire soit bénédiction.
Par ailleurs, il existe des athées qui ne croient en aucun dieu, mais qui vivent avec des principes et des valeurs, en respectant les autres, en aidant ceux qui sont dans le besoin et en faisant le bien simplement parce qu’ils croient en l’humanité. Ils n’ont pas besoin d’un prix au paradis et ne craignent pas l’enfer. Ils font simplement ce qu’ils croient être juste, humain et éthique parce qu’ils le croient.
Non, il ne s’agit pas d’étiquettes. Le fait d’être croyant ne fait pas automatiquement de vous une bonne personne, pas plus que le fait d’être athée ne fait de vous une mauvaise personne. Ce qui compte vraiment, c’est la manière dont nous nous comportons avec les autres. Si la foi (ou l’absence de foi) nous amène à être plus compatissants, plus justes et plus humains, alors nous sommes sur la bonne voie. Mais si nous utilisons nos croyances pour exclure, blesser ou nous sentir supérieurs, il est peut-être temps de se demander si nous pratiquons vraiment ce que nous prêchons.
La clé est le respect. Vivre et laisser vivre. Dans la liberté et l’égalité. Un bon athée respecte un croyant de la même manière qu’un bon croyant respecte un athée. Nous avons tous le même droit de penser différemment, tant que nous ne nous nuisons pas à nous-mêmes. C’est l’essence de l’article 18 de la Déclaration universelle qui, franchement, devrait aussi être une règle de base de la coexistence dans toute société.
Peu importe que nous croyions en Dieu, en l’énergie de l’univers, en la science ou simplement en vous. Ce qui compte vraiment, c’est que nous vivions dans l’empathie, la cohérence et le respect. En d’autres termes, ce qui compte, ce n’est pas ce en quoi nous croyons, mais comment nous vivons et comment nous nous comportons avec ceux qui nous entourent.
Parce qu’en fin de compte, au-delà de toute étiquette, être une bonne personne sera toujours la chose la plus importante.
La seule chose importante.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Ateu Bom Vs. Crente Mau
(Homenagem ao Papa Francisco)
Agora que as celebrações da Páscoa, do Ramadão e da Páscoa terminaram, é sempre bom parar alguns minutos para pensar se muitas vezes agimos de forma adequada em relação àqueles que partilham o mesmo espaço na nossa vida quotidiana.
Vivemos num mundo em que aquilo em que alguém diz acreditar é muitas vezes mais valorizado do que aquilo que realmente faz. Mas de que serve dizer que se segue uma religião se as nossas acções provam o contrário? Certamente, esta reflexão pode deixar algumas pessoas desconfortáveis, mas penso que vale a pena refletir com calma: é melhor ser um bom ateu do que um mau crente?
A liberdade de crença também anda de mãos dadas com a liberdade de não acreditar. O artigo 18º da Declaração Universal dos Direitos do Homem é muito claro: toda a gente tem o direito de acreditar no que quiser, ou de não acreditar em nada. Por outras palavras, ninguém pode ser obrigado a seguir uma religião, nem ser julgado por escolher não a seguir. Este direito protege tanto aqueles que vão à missa ao domingo, à sinagoga ao sábado ou à mesquita à sexta-feira, como aqueles que nunca puseram os pés no seu local de culto. E isso é ótimo.
A diferença está certamente no que fazemos, não no que dizemos ou acreditamos. Muitas pessoas pensam que ser religioso já é sinónimo de ser uma boa pessoa. Mas a verdade é que há aqueles que, em nome da sua religião, actuam com ódio, com violência, discriminando, julgando e causando danos, muitas vezes irreparáveis, tanto físicos como emocionais. Dizem-se crentes, mas esquecem sistematicamente os valores básicos do amor, do respeito e da compaixão que quase todas as religiões pregam.
Hoje, aliás, despertámos com a triste notícia da morte do Papa Francisco, que deixa, sem dúvida, um profundo vazio, não só na Igreja Católica, mas também no campo do pensamento ético e social contemporâneo. O seu papado, longe do dogmatismo tradicional, foi marcado por um profundo sentido de compaixão, humildade e justiça social. Em várias ocasiões, Francisco insistiu que a verdadeira fé não se mede pelo número de orações ou rituais públicos, mas pela capacidade de amar, servir e cuidar dos mais vulneráveis, independentemente de quem são, como são, de onde vêm, da cor da pele, da fé que professam ou da forma como amam.
O legado do Papa Francisco recorda-nos que não se trata realmente de ser crente ou não crente, mas de ser coerente no que dizemos e no que fazemos. Francisco foi um exemplo de alguém que viveu a sua fé de forma autêntica, questionando privilégios injustos, denunciando a enorme hipocrisia social, incluindo no seio da própria Igreja Católica, e estendendo a mão àqueles que a sociedade frequentemente marginaliza, exclui e discrimina. A sua vida foi uma demonstração clara de que a verdadeira espiritualidade é inseparável do respeito pela dignidade humana de cada pessoa, porque, se todos somos filhos de Deus, merecemos, por isso, o mesmo amor, a mesma compaixão e o mesmo respeito.

Papa Francisco (1936-2025)
Requiem aeternam dona ei, Domine,
et lux perpetua luceat ei.
Pastor bonus vocatus est ad domum Patris.
Illuminavit gregem in valle umbrae mortis,
et lucerna factus est in tenebris Ecclesiae.
Sit memoria eius in benedictione.
Concede-lhe o repouso eterno, Senhor,
e que a luz perpétua resplandeça sobre ele.
O Bom Pastor foi chamado à casa do Pai.
Iluminou o rebanho no vale da sombra da morte,
e tornou-se lâmpada nas trevas da Igreja.
Que a sua memória seja em bênção.
Entretanto, há ateus que não acreditam em nenhum deus, mas vivem com princípios e valores, respeitando os outros, ajudando quem precisa e fazendo o bem simplesmente porque acreditam na humanidade. Não precisam de um prémio no céu, nem temem o inferno. Fazem apenas o que acreditam ser correto, humano e ético, porque o fazem.
Não, não se trata de rótulos. Ser crente não faz automaticamente de si uma boa pessoa, nem ser ateu faz de si uma má pessoa. O que realmente importa é a forma como nos comportamos em relação aos outros. Se a fé (ou a falta dela) nos leva a ser mais compassivos, mais justos e mais humanos, então estamos no caminho certo. Mas se usamos as nossas crenças para excluir, prejudicar ou sentirmo-nos superiores, então talvez seja altura de pensar se realmente praticamos o que pregamos.
A chave é o respeito. Viver e deixar viver. Em liberdade e igualdade. Um bom ateu respeita um crente da mesma forma que um bom crente respeita um ateu. Todos temos o mesmo direito de pensar de forma diferente, desde que não nos prejudiquemos a nós próprios. É esta a essência do artigo 18º da Declaração Universal que, francamente, deveria ser também uma regra básica de convivência em qualquer sociedade.
Não importa se acreditamos em Deus, na energia do universo, na ciência ou simplesmente em nós. O que realmente importa é que vivamos com empatia, coerência e respeito. Por outras palavras, não importa aquilo em que acreditamos, mas como vivemos e como nos comportamos em relação aos que nos rodeiam.
Porque, no final, para além de qualquer rótulo, ser uma boa pessoa será sempre o mais importante.
A única coisa importante.
