Jesús y la homosexualidad: la gran pregunta

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

A lo largo de los años, como doctorando en Derecho y como representante de una entidad defensora de los derechos humanos, he visto muchas situaciones difíciles de imaginar a lo largo de mi vida. De todos los casos atendidos a lo largo de los años, sin duda las personas LGTBIQ+ suponen el grupo mayoritario de personas atendidas, ya sea de manera presencial o telemática.

En no pocas ocasiones, cuando he asistido a una persona que estaba siendo cuestionada en sus derechos más elementales por razón de su orientación sexual e identidad de género, me he encontrado con que el elemento religioso estaba muy presente en el núcleo familiar. Es más, en varias ocasiones las propias familias me han llegado a comentar que “el cura del pueblo ha estado aquí”, “hemos hablado con un amigo que da clases en el seminario”, “todo esto nos va a suponer un problema con la cofradía” o, de manera mucho más dura, “no queremos que acabe en el infierno”.

Muchas veces, no he sabido bien qué responder, porque, a fin de cuentas, también existe el derecho humano y fundamental a la libertad religiosa y de creencias. No es fácil ponderar derechos tan básicos como elementales, pero, a mi juicio, si hay un derecho que debe primar por encima de cualquier otro es el derecho a que ninguna persona sea desposeída de su dignidad inviolable e inherente por el mero hecho de serlo. Por tanto, más allá de cualquier consideración religiosa o moral personal, la dignidad humana debe estar por encima de todo. No en vano, la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos establece en su artículo 1 que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Pero, además, en su artículo 5, se establece que “nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles inhumanos o degradantes”. Por tanto, cuando se utilizan las creencias religiosas para negar la humanidad de otra persona, se está cometiendo un acto inhumano y degradante. Un acto que también supone un acto de tortura, ya sea física o emocional. Da igual cuáles sean nuestras creencias, porque ninguna de ellas puede servir de justificación para odiar a quien tenemos ante nuestros ojos. Así que, cuando nuestra religión nos pide odiar, tal vez lo mejor sea cambiar de religión o, directamente, no tener ninguna.

Pero, ¿qué dijo Jesús exactamente acerca de la homosexualidad? Sin duda, esta es una de esas preguntas que generan debate, ruido y muchas veces más prejuicios que conocimiento. Constantemente, se invoca la figura de Jesús para justificar rechazos, condenas morales y discursos excluyentes. Pero cuando nos acercamos a los Evangelios con calma, sin gritos ni consignas, la respuesta resulta bastante clara y, para algunas personas, incluso extremadamente incómoda. Y es que la respuesta es clara: Jesús nunca dijo nada explícito sobre la homosexualidad. Así pues, desde una perspectiva cristiana, Jesús no es un autor más dentro de la Biblia ni un simple referente moral, sino la revelación plena de Dios. Por eso, su palabra, sus gestos y también sus silencios son el criterio desde el que se interpreta el resto de la Escritura y no al revés.

Así, tal cual, debería acabar todo “debate” acerca de esto. En los cuatro Evangelios no aparece ni una sola palabra atribuida directamente a Jesús en la que hable de la homosexualidad, de las relaciones entre personas del mismo sexo o de su supuesta condena. No hay nada, solo un silencio absoluto. Y ese silencio, lejos de ser irrelevante, dice mucho más de lo que podemos llegar a pensar. Porque, en teología cristiana, el silencio de Jesús no es neutral ni vacío. Jesús habla con especial contundencia allí donde la dignidad humana es vulnerada y calla cuando otros pretenden imponer cargas morales que Él nunca puso sobre los hombros de nadie.

Es verdad, Jesús habló de muchas cosas. Hablaba del amor al prójimo y lo llevó hasta el extremo de amar a sus propios enemigos. Hablaba del perdón en aquellos casos en los que parece imposible perdonar. Hablaba de la misericordia frente a las leyes rígidas e injustas. Jesús no vino a abolir la Ley, sino a llevarla a su plenitud desde el amor, desplazando el centro desde la norma abstracta hacia la persona concreta que tiene delante. 

Jesús también hablaba de no juzgar, de no señalar, de no creerse nunca mejor que nadie. Habló de la hipocresía de quienes se creían personas justas mientras despreciaban a otras de la manera más absoluta e inhumana. Y, sobre todo, hablaba de poner a la persona en el centro, fuera quien fuera. En los Evangelios, Jesús nunca identifica el pecado con la orientación sexual ni con la identidad de nadie. El pecado aparece siempre vinculado a la hipocresía, a la falta de misericordia y al desprecio hacia la persona que tenemos ante nuestros ojos. 

Sí, es cierto, parece que hemos olvidado que, más allá de los lujosos templos, tallas artísticas, ricas vestiduras y grandes tesoros, Jesús se movió siempre con quienes se encontraban en los márgenes de la sociedad. Siempre estuvo al lado de quienes vivían en la pobreza, de quienes sufrían el azote de la enfermedad, de quienes vendían su propio cuerpo para sobrevivir, de las personas migrantes y, en definitiva, de las personas consideradas “impuras” o que, directamente, no eran consideradas como personas. Jesús nunca les preguntó a ninguna de ellas por su moral, ni cómo vivían su vida íntima, ni por si encajaban o no en el modelo social dominante. Jesús las miraba, las escuchaba, las abrazaba, las amaba y, desde ese amor, les devolvió su dignidad. Eso es lo que de verdad muestran los textos. Todo lo demás es prejuicio e hipocresía desde el púlpito durante la homilía. 

A veces se cita un pasaje en el que Jesús habla del matrimonio y menciona que el hombre se unirá a su mujer. Pero ese texto no tiene nada que ver con la homosexualidad. Jesús lo que está haciendo es responder a una pregunta concreta sobre el divorcio en el contexto judío del siglo I. No está definiendo la orientación sexual heterosexual ni tampoco estableciendo una condena a otras realidades afectivas. Por eso, sacar ese versículo de contexto para usarlo como arma arrojadiza para destruir y deshumanizar es, sencillamente, deshonesto y contrario al mensaje de amor que Jesús, si de verdad creemos en Él, siempre predicó. 

Es verdad que las condenas explícitas a las relaciones homosexuales aparecen en otros lugares de la Biblia, especialmente en el Levítico y en algunas cartas atribuidas a San Pablo. Las cartas paulinas forman parte del Nuevo Testamento, pero no tienen el mismo peso normativo que las palabras y acciones de Jesús, que constituyen el núcleo de la fe cristiana. Así que aquí conviene aclarar algo fundamental. Esas no son palabras de Jesús, son textos escritos en contextos históricos, culturales y sociales muy concretos y bajo los códigos morales propios de su tiempo. Por eso, confundir a Jesús con todo lo que dice la Biblia sin distinguir autores, épocas y géneros literarios es una simplificación que empobrece el mensaje cristiano hasta casi hacerlo desaparecer por completo. 

El núcleo del mensaje de Jesús no gira en torno a la sexualidad, y mucho menos a la orientación sexual. Pero sí gira en torno al amor, a la justicia, a la compasión y a la dignidad de cada ser humano. Jesús nunca persiguió a nadie por amar. Persiguió, eso sí, la hipocresía, el abuso de poder y la falta de humanidad, esa que, de verdad, impide entrar en el Reino de los Cielos. En los Evangelios, el criterio para participar del Reino de Dios no es la pureza sexual, sino la misericordia, la justicia y el amor al prójimo.

Por eso, cuando hoy en día se utiliza a Jesús para justificar el rechazo a las personas LGTBIQ+, conviene parar y preguntarse si eso tiene realmente respaldo en los Evangelios o si responde más bien a miedos, prejuicios o lecturas interesadas. Porque si algo queda claro al leer a Jesús con honestidad es que no vino a excluir, sino a ensanchar el círculo. Un círculo que engloba y abraza a “todos, todos, todos”, como decía el Papa Francisco. O, si lo preferimos, un círculo que nos abraza a todas, a todos y, sí, también a todes.

Desde una fe cristiana honesta, no se puede afirmar que Dios condene el amor mientras Jesús lo convierte en el mandamiento supremo. Y no se puede predicar un Evangelio que niegue la dignidad de quienes Jesús colocó en el centro.

Quizá la gran pregunta no sea qué dijo Jesús sobre la homosexualidad, sino qué es lo que estamos haciendo con su mensaje, cuando el verdadero amor hacia los demás no encaja en nuestras certezas.

Al final, si de verdad queremos seguirle, tal vez la clave esté en recordar que el verdadero amor, ese amor que libera, nunca puede ser pecado.

Porque la dignidad humana no necesita permiso para existir.

Y tampoco para amar. 

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Jesus and Homosexuality: The Great Question

Over the years, as a doctoral student in Law and as a representative of a human rights organisation, I have witnessed many situations that are difficult to imagine. Of all the cases I have handled throughout my life, there is no doubt that LGBTIQ+ people constitute the majority, whether attended in person or remotely.

On numerous occasions, when I have assisted someone whose most fundamental rights were being questioned because of their sexual orientation or gender identity, I have found that the religious element was very present within the family. In fact, families have often told me things such as, “the village priest has been here,” “we spoke with a friend who teaches at the seminary,” “all of this will cause us problems with the brotherhood,” or, far more harshly, “we do not want them to end up in hell.”

Many times, I have not known exactly how to respond, because, after all, there also exists the human and fundamental right to freedom of religion and belief. It is not easy to weigh such basic rights, but in my view, if there is a right that must prevail above all others, it is the right for no one to be stripped of their inherent and inviolable dignity simply for being who they are. Therefore, beyond any personal religious or moral consideration, human dignity must come first. Not in vain, the Universal Declaration of Human Rights establishes in its Article 1 that “All human beings are born free and equal in dignity and rights.” Moreover, Article 5 states that “No one shall be subjected to torture or to cruel, inhuman or degrading treatment or punishment.” Therefore, when religious beliefs are used to deny the humanity of another person, an inhuman and degrading act is being committed. An act that can also constitute torture, whether physical or emotional. It does not matter what our beliefs are, because none of them can justify hating the person in front of us. So, when our religion asks us to hate, perhaps the best thing is to change our religion or, simply, to have none.

But what did Jesus actually say about homosexuality? Undoubtedly, this is one of those questions that generates debate, noise, and often more prejudice than understanding. The figure of Jesus is constantly invoked to justify rejection, moral condemnation, and exclusionary discourse. But when we approach the Gospels calmly, without shouting or slogans, the answer becomes quite clear, and for some, even extremely uncomfortable. And the answer is clear: Jesus never said anything explicit about homosexuality. From a Christian perspective, Jesus is not just another author within the Bible, nor a mere moral reference, but the full revelation of God. That is why His words, His actions, and even His silences serve as the criterion by which the rest of Scripture is interpreted, and not the other way around.

Thus, that is how all “debate” on this subject should end. In the four Gospels, there is not a single word directly attributed to Jesus in which He speaks of homosexuality, same-sex relationships, or their supposed condemnation. There is nothing, only absolute silence. And that silence, far from being irrelevant, says far more than we might imagine. In Christian theology, Jesus’ silence is neither neutral nor empty. He speaks with particular force where human dignity is violated and remains silent when others attempt to impose moral burdens that He never placed on anyone’s shoulders.

It is true, Jesus spoke about many things. He spoke of love for one’s neighbour and took it to the extreme of loving even His own enemies. He spoke of forgiveness in cases where it seems impossible to forgive. He spoke of mercy in the face of rigid and unjust laws. Jesus did not come to abolish the Law, but to bring it to its fullness through love, shifting the focus from abstract rules to the concrete person before Him.

He also spoke of not judging, not condemning, and never thinking oneself superior to others. He denounced the hypocrisy of those who believed themselves righteous while despising others in the most absolute and inhuman way. Above all, He spoke of placing the person at the centre, whoever they might be. In the Gospels, Jesus never identifies sin with sexual orientation or anyone’s identity. Sin is always connected to hypocrisy, a lack of mercy, and contempt for the person before us.

It is true, we seem to have forgotten that, beyond the luxurious temples, artistic carvings, rich vestments, and great treasures, Jesus always moved among those on the margins of society. He was always beside those living in poverty, those suffering from disease, those selling their own bodies to survive, migrants, and, ultimately, people considered “unclean” or, in fact, not considered people at all. Jesus never asked any of them about their morality, how they lived their private lives, or whether they fitted the dominant social model. He looked at them, listened, embraced, loved them, and through that love restored their dignity. This is what the texts truly show. Everything else is prejudice and hypocrisy from the pulpit during the homily.

Sometimes a passage is cited in which Jesus speaks of marriage and mentions that a man shall be united with his wife. But that text has nothing to do with homosexuality. Jesus is simply answering a specific question about divorce in the Jewish context of the first century. He is not defining heterosexual orientation, nor is He condemning other forms of loving relationships. Therefore, taking that verse out of context to use it as a weapon to destroy and dehumanise is, quite simply, dishonest and contrary to the message of love that Jesus, if we truly believe in Him, always preached.

It is true that explicit condemnations of homosexual relationships appear elsewhere in the Bible, especially in Leviticus and in some letters attributed to Saint Paul. The Pauline letters are part of the New Testament, but they do not carry the same normative weight as the words and actions of Jesus, which constitute the core of the Christian faith. Therefore, it is important to clarify: these are not Jesus’ words. They are texts written in very specific historical, cultural, and social contexts and under the moral codes of their time. Confusing Jesus with everything the Bible says, without distinguishing authors, eras, and literary genres, is a simplification that impoverishes the Christian message almost to the point of erasing it completely.

The core of Jesus’ message is not centred on sexuality, let alone sexual orientation. It is centred on love, justice, compassion, and the dignity of every human being. Jesus never persecuted anyone for loving. He did, however, challenge hypocrisy, abuse of power, and inhumanity, the very things that truly prevent entrance into the Kingdom of Heaven. In the Gospels, the criterion for participating in God’s Kingdom is not sexual purity, but mercy, justice, and love for one’s neighbour.

Therefore, when Jesus is invoked today to justify the rejection of LGBTIQ+ people, it is worth pausing to ask whether this truly has support in the Gospels or whether it stems more from fear, prejudice, or self-interested interpretation. For if anything becomes clear when reading Jesus honestly, it is that He did not come to exclude, but to widen the circle. A circle that embraces “everyone, everyone, everyone,” as Pope Francis said. Or, if preferred, a circle that embraces all, every one, and yes, even those who identify as non-binary.

From an honest Christian faith, one cannot claim that God condemns love while Jesus makes it the supreme commandment. Nor can one preach a Gospel that denies the dignity of those Jesus placed at the centre.

Perhaps the great question is not what Jesus said about homosexuality, but what we are doing with His message when true love for others does not fit within our certainties.

In the end, if we truly wish to follow Him, perhaps the key is to remember that true love, the love that frees, can never be a sin.

Because human dignity does not need permission to exist.

And neither does love.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Gesù e l’omosessualità: la grande domanda

Negli anni, come dottorando in Giurisprudenza e come rappresentante di un’organizzazione a difesa dei diritti umani, ho visto molte situazioni difficili da immaginare. Tra tutti i casi seguiti nel corso della mia vita, senza dubbio le persone LGBTIQ+ costituiscono il gruppo maggioritario, sia che siano state assistite di persona sia a distanza.

In molte occasioni, quando ho assistito qualcuno i cui diritti fondamentali erano messi in discussione a causa del suo orientamento sessuale o della sua identità di genere, ho constatato che l’elemento religioso era molto presente all’interno del nucleo familiare. Anzi, le famiglie mi hanno spesso detto cose come: “il parroco del paese è venuto qui”, “abbiamo parlato con un amico che insegna in seminario”, “tutto questo ci creerà problemi con la confraternita”, o, in maniera molto più dura, “non vogliamo che finisca all’inferno”.

Molte volte non sapevo esattamente cosa rispondere, perché, in fondo, esiste anche il diritto umano e fondamentale alla libertà religiosa e di credo. Non è facile bilanciare diritti così essenziali, ma a mio avviso, se c’è un diritto che deve prevalere su tutti gli altri, è quello per cui nessuno possa essere privato della propria dignità inviolabile e inerente semplicemente per il fatto di essere. Pertanto, al di là di qualsiasi considerazione religiosa o morale personale, la dignità umana deve venire prima di tutto. Non a caso, la Dichiarazione Universale dei Diritti Umani stabilisce nel suo articolo 1 che “Tutti gli esseri umani nascono liberi ed eguali in dignità e diritti”. Inoltre, nell’articolo 5, si afferma che “Nessuno sarà sottoposto a tortura né a trattamenti o punizioni crudeli, inumani o degradanti”. Pertanto, quando le convinzioni religiose vengono usate per negare l’umanità di un’altra persona, si commette un atto inumano e degradante. Un atto che può anche costituire tortura, sia fisica sia emotiva. Non importa quali siano le nostre convinzioni, perché nessuna di esse può giustificare l’odio verso chi abbiamo davanti. Quindi, quando la nostra religione ci chiede di odiare, forse la cosa migliore è cambiare religione o, semplicemente, non averne alcuna.

Ma cosa ha detto esattamente Gesù riguardo l’omosessualità? Senza dubbio, questa è una di quelle domande che generano dibattito, rumore e spesso più pregiudizi che conoscenza. La figura di Gesù viene costantemente invocata per giustificare rifiuti, condanne morali e discorsi esclusivi. Ma quando ci avviciniamo ai Vangeli con calma, senza urla né slogan, la risposta diventa piuttosto chiara, e per alcuni persino estremamente scomoda. E la risposta è chiara: Gesù non ha mai detto nulla di esplicito sull’omosessualità. Da una prospettiva cristiana, Gesù non è un semplice autore all’interno della Bibbia, né un mero riferimento morale, ma la piena rivelazione di Dio. Per questo le sue parole, i suoi gesti e anche i suoi silenzi costituiscono il criterio attraverso il quale si interpreta il resto delle Scritture, e non il contrario.

Così, tutto il “dibattito” su questo tema dovrebbe finire qui. Nei quattro Vangeli non appare una sola parola attribuita direttamente a Gesù in cui parli di omosessualità, di relazioni tra persone dello stesso sesso o della loro presunta condanna. Non c’è nulla, solo silenzio assoluto. E quel silenzio, lungi dall’essere irrilevante, dice molto più di quanto possiamo immaginare. Nella teologia cristiana, il silenzio di Gesù non è neutrale né vuoto. Egli parla con particolare forza dove la dignità umana è violata e tace quando altri tentano di imporre pesi morali che Egli non ha mai posto sulle spalle di nessuno.

È vero, Gesù parlava di molte cose. Parlava dell’amore per il prossimo e lo portava all’estremo, amando persino i propri nemici. Parlava del perdono in quei casi in cui sembra impossibile perdonare. Parlava di misericordia di fronte a leggi rigide e ingiuste. Gesù non è venuto ad abolire la Legge, ma a portarla alla sua pienezza attraverso l’amore, spostando il centro dalla norma astratta alla persona concreta davanti a Lui.

Parlava anche di non giudicare, di non condannare e di non sentirsi mai superiori agli altri. Denunciava l’ipocrisia di chi si riteneva giusto mentre disprezzava gli altri nel modo più assoluto e disumano. E, soprattutto, parlava di mettere la persona al centro, chiunque fosse. Nei Vangeli, Gesù non identifica mai il peccato con l’orientamento sessuale o con l’identità di nessuno. Il peccato è sempre legato all’ipocrisia, alla mancanza di misericordia e al disprezzo verso la persona davanti a noi.

È vero, sembra che abbiamo dimenticato che, al di là dei sontuosi templi, delle sculture artistiche, dei ricchi paramenti e dei grandi tesori, Gesù si muoveva sempre tra chi era ai margini della società. Era sempre accanto a chi viveva nella povertà, a chi soffriva per malattia, a chi vendeva il proprio corpo per sopravvivere, ai migranti e, in definitiva, alle persone considerate “impure” o che, di fatto, non erano considerate persone. Gesù non chiedeva mai a nessuno di loro della loro morale, di come conducevano la propria vita privata, né se si adattassero al modello sociale dominante. Li guardava, li ascoltava, li abbracciava, li amava e, attraverso quell’amore, restituiva loro dignità. Questo è ciò che i testi mostrano davvero. Tutto il resto è pregiudizio e ipocrisia dal pulpito durante l’omelia.

A volte si cita un passo in cui Gesù parla del matrimonio e menziona che l’uomo si unirà alla sua moglie. Ma quel testo non ha nulla a che fare con l’omosessualità. Gesù sta semplicemente rispondendo a una domanda specifica sul divorzio nel contesto ebraico del primo secolo. Non sta definendo l’orientamento eterosessuale né condannando altre forme di relazioni affettive. Perciò, estrapolare quel versetto dal contesto per usarlo come arma per distruggere e disumanizzare è, semplicemente, disonesto e contrario al messaggio di amore che Gesù, se crediamo davvero in Lui, ha sempre predicato.

È vero che condanne esplicite alle relazioni omosessuali compaiono altrove nella Bibbia, specialmente nel Levitico e in alcune lettere attribuite a San Paolo. Le lettere paoline fanno parte del Nuovo Testamento, ma non hanno lo stesso peso normativo delle parole e delle azioni di Gesù, che costituiscono il nucleo della fede cristiana. Perciò è importante chiarire: queste non sono parole di Gesù. Sono testi scritti in contesti storici, culturali e sociali molto specifici e secondo codici morali del loro tempo. Confondere Gesù con tutto ciò che dice la Bibbia, senza distinguere autori, epoche e generi letterari, è una semplificazione che impoverisce il messaggio cristiano fino quasi a farlo scomparire del tutto.

Il nucleo del messaggio di Gesù non ruota intorno alla sessualità, e tanto meno all’orientamento sessuale. Ruota invece intorno all’amore, alla giustizia, alla compassione e alla dignità di ogni essere umano. Gesù non ha mai perseguitato nessuno per amore. Ha invece sfidato l’ipocrisia, l’abuso di potere e la disumanità, quelle stesse cose che davvero impediscono l’ingresso nel Regno dei Cieli. Nei Vangeli, il criterio per partecipare al Regno di Dio non è la purezza sessuale, ma la misericordia, la giustizia e l’amore per il prossimo.

Per questo, quando oggi Gesù viene invocato per giustificare il rifiuto delle persone LGBTIQ+, vale la pena fermarsi e chiedersi se ciò abbia davvero fondamento nei Vangeli o se derivi piuttosto dalla paura, dai pregiudizi o da interpretazioni interessate. Perché se qualcosa appare chiaro leggendo Gesù con onestà, è che Egli non è venuto per escludere, ma per allargare il cerchio. Un cerchio che abbraccia “tutti, tutti, tutti”, come dice Papa Francesco. Oppure, se preferiamo, un cerchio che abbraccia tutte, tutti e, sì, anche chi si identifica come non binario.

Da una fede cristiana onesta, non si può affermare che Dio condanni l’amore mentre Gesù lo fa diventare il comandamento supremo. Né si può predicare un Vangelo che neghi la dignità di chi Gesù ha posto al centro.

Forse la grande domanda non è cosa abbia detto Gesù sull’omosessualità, ma cosa stiamo facendo del suo messaggio, quando il vero amore per gli altri non rientra nelle nostre certezze.

Alla fine, se vogliamo davvero seguirlo, forse la chiave sta nel ricordare che il vero amore, l’amore che libera, non può mai essere peccato.

Perché la dignità umana non ha bisogno di permesso per esistere.

E nemmeno l’amore.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Jésus et l’homosexualité : la grande question

Au fil des années, en tant que doctorant en droit et représentant d’une organisation de défense des droits humains, j’ai été témoin de nombreuses situations difficiles à imaginer. Parmi tous les cas suivis au cours de ma vie, les personnes LGBTIQ+ constituent sans aucun doute le groupe majoritaire, qu’elles soient accompagnées en présentiel ou à distance.

À de nombreuses reprises, lorsque j’ai assisté une personne dont les droits fondamentaux étaient remis en question en raison de son orientation sexuelle ou de son identité de genre, j’ai constaté que l’élément religieux était très présent au sein du foyer familial. De fait, les familles m’ont souvent dit : « Le curé du village est venu ici », « Nous avons parlé avec un ami qui enseigne au séminaire », « Tout cela va nous causer des problèmes avec la confrérie » ou, de façon beaucoup plus dure, « Nous ne voulons pas qu’il finisse en enfer ».

Souvent, je ne savais pas exactement quoi répondre, car, après tout, il existe aussi le droit humain et fondamental à la liberté de religion et de croyance. Il n’est pas facile de concilier des droits aussi essentiels, mais à mon avis, s’il existe un droit qui doit primer sur tous les autres, c’est celui qui garantit qu’aucune personne ne soit privée de sa dignité inviolable et inhérente simplement parce qu’elle est ce qu’elle est. Ainsi, au-delà de toute considération religieuse ou morale personnelle, la dignité humaine doit passer avant tout. Il n’est pas étonnant que la Déclaration universelle des droits de l’homme stipule dans son article premier que « Tous les êtres humains naissent libres et égaux en dignité et en droits ». De plus, l’article 5 affirme que « Nul ne sera soumis à la torture ni à des peines ou traitements cruels, inhumains ou dégradants ». Par conséquent, lorsqu’on utilise les croyances religieuses pour nier l’humanité d’une autre personne, on commet un acte inhumain et dégradant. Un acte qui peut également constituer une torture, qu’elle soit physique ou émotionnelle. Peu importent nos croyances, aucune ne peut justifier la haine envers la personne qui se trouve devant nous. Ainsi, lorsque notre religion nous demande de haïr, il vaut peut-être mieux changer de religion ou, tout simplement, n’en avoir aucune.

Mais que disait exactement Jésus à propos de l’homosexualité ? Sans doute, c’est l’une de ces questions qui suscitent débat, bruit et souvent plus de préjugés que de connaissance. La figure de Jésus est constamment invoquée pour justifier des rejets, des condamnations morales et des discours exclusifs. Mais lorsque l’on aborde les Évangiles avec calme, sans cris ni slogans, la réponse devient assez claire, et pour certains, extrêmement inconfortable. Et la réponse est simple : Jésus n’a jamais rien dit d’explicite sur l’homosexualité. Ainsi, d’un point de vue chrétien, Jésus n’est pas un simple auteur parmi d’autres dans la Bible, ni un simple repère moral, mais la pleine révélation de Dieu. C’est pourquoi ses paroles, ses gestes et même ses silences constituent le critère par lequel on interprète le reste des Écritures, et non l’inverse.

Ainsi, tout « débat » sur ce sujet devrait s’achever ici. Dans les quatre Évangiles, il n’existe pas une seule parole attribuée directement à Jésus où il parle d’homosexualité, de relations entre personnes du même sexe ou de leur prétendue condamnation. Il n’y a rien, seulement un silence absolu. Et ce silence, loin d’être insignifiant, en dit beaucoup plus que ce que l’on pourrait penser. En théologie chrétienne, le silence de Jésus n’est ni neutre ni vide. Il parle avec force là où la dignité humaine est bafouée et se tait lorsque d’autres cherchent à imposer des fardeaux moraux qu’il n’a jamais placés sur les épaules de quiconque.

Il est vrai, Jésus parlait de beaucoup de choses. Il parlait de l’amour du prochain et le portait à l’extrême, jusqu’à aimer ses ennemis. Il parlait du pardon dans les cas où il semble impossible de pardonner. Il parlait de la miséricorde face à des lois rigides et injustes. Jésus n’est pas venu abolir la Loi, mais la porter à sa plénitude par l’amour, en déplaçant le centre de la norme abstraite vers la personne concrète devant lui.

Jésus parlait aussi de ne pas juger, de ne pas condamner et de ne jamais se croire supérieur à autrui. Il dénonçait l’hypocrisie de ceux qui se croyaient justes tout en méprisant les autres de la manière la plus absolue et inhumaine. Et surtout, il parlait de placer la personne au centre, quel qu’elle soit. Dans les Évangiles, Jésus n’identifie jamais le péché à l’orientation sexuelle ou à l’identité de quelqu’un. Le péché est toujours lié à l’hypocrisie, au manque de miséricorde et au mépris de la personne qui est devant nous.

Il est vrai, il semble que nous ayons oublié qu’au-delà des somptueux temples, des œuvres artistiques, des riches vêtements liturgiques et des grands trésors, Jésus se mouvait toujours parmi ceux qui étaient en marge de la société. Il était toujours aux côtés de ceux qui vivaient dans la pauvreté, de ceux frappés par la maladie, de ceux qui vendaient leur corps pour survivre, des migrants et, en définitive, de ceux considérés comme « impurs » ou qui, en fait, n’étaient pas considérés comme des personnes. Jésus ne leur demandait jamais leur morale, la manière dont ils vivaient leur vie intime, ni s’ils correspondaient au modèle social dominant. Il les regardait, les écoutait, les embrassait, les aimait et, par cet amour, leur rendait leur dignité. C’est ce que les textes montrent réellement. Tout le reste est préjugé et hypocrisie depuis la chaire lors de l’homélie.

Parfois, on cite un passage où Jésus parle du mariage et mentionne que l’homme s’attachera à sa femme. Mais ce texte n’a rien à voir avec l’homosexualité. Jésus répond simplement à une question précise sur le divorce dans le contexte juif du premier siècle. Il ne définit pas l’orientation hétérosexuelle et ne condamne pas d’autres formes de relations affectives. C’est pourquoi sortir ce verset de son contexte pour en faire une arme visant à détruire et déshumaniser est tout simplement malhonnête et contraire au message d’amour que Jésus, si nous croyons vraiment en lui, a toujours prêché.

Il est vrai que des condamnations explicites des relations homosexuelles apparaissent ailleurs dans la Bible, notamment dans le Lévitique et dans certaines lettres attribuées à Saint Paul. Les lettres pauliniennes font partie du Nouveau Testament, mais n’ont pas le même poids normatif que les paroles et actions de Jésus, qui constituent le cœur de la foi chrétienne. Il est donc important de préciser : ce ne sont pas les paroles de Jésus. Ce sont des textes rédigés dans des contextes historiques, culturels et sociaux très précis, selon les codes moraux de leur époque. Confondre Jésus avec tout ce que dit la Bible, sans distinguer auteurs, époques et genres littéraires, est une simplification qui appauvrit le message chrétien jusqu’à presque le faire disparaître complètement.

Le cœur du message de Jésus ne tourne pas autour de la sexualité, et encore moins de l’orientation sexuelle. Il tourne autour de l’amour, de la justice, de la compassion et de la dignité de chaque être humain. Jésus n’a jamais persécuté quelqu’un pour avoir aimé. Il a en revanche combattu l’hypocrisie, l’abus de pouvoir et le manque d’humanité, ces mêmes choses qui empêchent véritablement d’entrer dans le Royaume des Cieux. Dans les Évangiles, le critère pour participer au Royaume de Dieu n’est pas la pureté sexuelle, mais la miséricorde, la justice et l’amour du prochain.

C’est pourquoi, lorsque Jésus est invoqué aujourd’hui pour justifier le rejet des personnes LGBTIQ+, il convient de s’arrêter et de se demander si cela trouve réellement appui dans les Évangiles ou si cela résulte plutôt de peurs, de préjugés ou de lectures intéressées. Car ce qui apparaît clairement à la lecture honnête de Jésus, c’est qu’il n’est pas venu pour exclure, mais pour élargir le cercle. Un cercle qui englobe et embrasse « tous, tous, tous », comme le dit le Pape François. Ou, si l’on préfère, un cercle qui embrasse toutes, tous et, oui, aussi ceux qui se considèrent comme non binaires.

Dans une foi chrétienne honnête, on ne peut pas affirmer que Dieu condamne l’amour alors que Jésus en fait le commandement suprême. On ne peut pas non plus prêcher un Évangile qui nie la dignité de ceux que Jésus a placés au centre.

Peut-être que la grande question n’est pas ce que Jésus a dit sur l’homosexualité, mais ce que nous faisons de son message lorsque le véritable amour pour les autres ne s’accorde pas avec nos certitudes.

En fin de compte, si nous voulons vraiment le suivre, peut-être que la clé est de se rappeler que le véritable amour, cet amour qui libère, ne peut jamais être un péché.

Car la dignité humaine n’a pas besoin d’autorisation pour exister.

Et l’amour non plus.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Jesus e a homossexualidade: a grande questão

Ao longo dos anos, como doutorando em Direito e como representante de uma entidade de defesa dos direitos humanos, testemunhei muitas situações difíceis de imaginar. De todos os casos acompanhados ao longo da minha vida, sem dúvida as pessoas LGTBIQ+ constituem o grupo maioritário, quer tenham sido acompanhadas presencialmente, quer à distância.

Por diversas vezes, quando assisti alguém cujos direitos fundamentais estavam a ser questionados por causa da sua orientação sexual ou identidade de género, verifiquei que o elemento religioso estava muito presente no seio familiar. Mais ainda, as próprias famílias chegaram a dizer-me: “O padre da aldeia esteve aqui”, “Falámos com um amigo que dá aulas no seminário”, “Tudo isto vai-nos causar problemas com a confraria” ou, de forma muito mais dura, “Não queremos que acabe no inferno”.

Muitas vezes, não soube exatamente como responder, pois, no fim de contas, também existe o direito humano e fundamental à liberdade religiosa e de crença. Não é fácil ponderar direitos tão básicos, mas, na minha opinião, se há um direito que deve prevalecer sobre todos os outros, é o direito a que nenhuma pessoa seja privada da sua dignidade inviolável e inerente simplesmente por ser quem é. Por isso, para além de qualquer consideração religiosa ou moral pessoal, a dignidade humana deve estar acima de tudo. Não é por acaso que a Declaração Universal dos Direitos Humanos estabelece, no seu artigo 1.º, que “Todos os seres humanos nascem livres e iguais em dignidade e direitos”. Além disso, no artigo 5.º, está estipulado que “Ninguém será sujeito a tortura, nem a penas ou tratamentos cruéis, desumanos ou degradantes”. Por conseguinte, quando se utilizam crenças religiosas para negar a humanidade de outra pessoa, está-se a cometer um ato desumano e degradante. Um ato que também pode constituir tortura, física ou emocional. Independentemente das nossas crenças, nenhuma delas pode servir de justificação para odiar quem temos à nossa frente. Assim, quando a nossa religião nos pede para odiar, talvez seja melhor mudar de religião ou, simplesmente, não ter nenhuma.

Mas o que disse exactamente Jesus sobre a homossexualidade? Sem dúvida, esta é uma daquelas questões que geram debate, ruído e, muitas vezes, mais preconceito do que conhecimento. A figura de Jesus é constantemente invocada para justificar rejeições, condenações morais e discursos exclusivos. Mas quando nos aproximamos dos Evangelhos com calma, sem gritos nem slogans, a resposta torna-se bastante clara, e para algumas pessoas, extremamente incómoda. E a resposta é simples: Jesus nunca disse nada de explícito sobre a homossexualidade. Assim, numa perspetiva cristã, Jesus não é apenas mais um autor na Bíblia nem um simples referente moral, mas a plena revelação de Deus. Por isso, as suas palavras, gestos e mesmo os seus silêncios são o critério pelo qual se interpreta o restante da Escritura, e não o contrário.

Deste modo, todo o “debate” sobre este tema deveria terminar aqui. Nos quatro Evangelhos não existe uma única palavra atribuída diretamente a Jesus em que ele fale sobre homossexualidade, relações entre pessoas do mesmo sexo ou a sua suposta condenação. Não há nada, apenas um silêncio absoluto. E esse silêncio, longe de ser irrelevante, diz muito mais do que se pode imaginar. Na teologia cristã, o silêncio de Jesus não é neutro nem vazio.Ele fala com especial contundência onde a dignidade humana é violada e permanece em silêncio quando outros tentam impor encargos morais que Ele nunca colocou nos ombros de ninguém.

É verdade, Jesus falou sobre muitas coisas. Falava do amor ao próximo e levava-o ao extremo, amando até os seus próprios inimigos. Falava do perdão em situações em que parecia impossível perdoar. Falava da misericórdia perante leis rígidas e injustas. Jesus não veio abolir a Lei, mas sim levá-la à sua plenitude através do amor, deslocando o centro da norma abstrata para a pessoa concreta que tinha à sua frente.

Jesus também falava de não julgar, de não apontar o dedo e de nunca se considerar superior a ninguém. Denunciava a hipocrisia daqueles que se julgavam justos enquanto desprezavam outros de forma absoluta e desumana. E, acima de tudo, falava de colocar a pessoa no centro, independentemente de quem fosse. Nos Evangelhos, Jesus nunca identifica o pecado com a orientação sexual ou a identidade de alguém. O pecado está sempre ligado à hipocrisia, à falta de misericórdia e ao desprezo pela pessoa que temos à nossa frente.

É certo que parece que esquecemos que, para além dos templos luxuosos, das obras de arte, das ricas vestes litúrgicas e dos grandes tesouros, Jesus movimentava-se sempre junto daqueles que se encontravam à margem da sociedade. Estava sempre ao lado dos que viviam na pobreza, dos que sofriam da doença, dos que vendiam o próprio corpo para sobreviver, dos migrantes e, em definitivo, das pessoas consideradas “impuras” ou que, na realidade, não eram sequer vistas como pessoas. Jesus nunca lhes perguntou sobre a sua moral, como viviam a vida íntima ou se se enquadravam no modelo social dominante. Ele olhava para elas, escutava-as, abraçava-as, amava-as e, a partir desse amor, devolvia-lhes a dignidade. É isto que os textos mostram de facto. Todo o resto é preconceito e hipocrisia a partir do púlpito durante a homilia.

Por vezes, cita-se um episódio em que Jesus fala do casamento e menciona que o homem se unirá à sua mulher. Mas esse texto não tem nada a ver com a homossexualidade. Jesus estava apenas a responder a uma questão concreta sobre o divórcio no contexto judaico do século I. Ele não estava a definir a orientação heterossexual nem a condenar outras formas de relações afetivas. Por isso, retirar este versículo do contexto para o usar como arma para destruir e desumanizar é simplesmente desonesto e contrário à mensagem de amor que Jesus, se realmente acreditamos nele, sempre pregou.

É verdade que condenações explícitas das relações homossexuais aparecem noutros locais da Bíblia, especialmente no Levítico e em algumas cartas atribuídas a São Paulo. As cartas paulinas fazem parte do Novo Testamento, mas não têm o mesmo peso normativo que as palavras e ações de Jesus, que constituem o núcleo da fé cristã. Convém esclarecer que essas não são palavras de Jesus. São textos escritos em contextos históricos, culturais e sociais muito concretos, segundo os códigos morais da época. Confundir Jesus com tudo o que a Bíblia diz, sem distinguir autores, épocas e géneros literários, é uma simplificação que empobrece a mensagem cristã até quase fazê-la desaparecer por completo.

O núcleo da mensagem de Jesus não gira em torno da sexualidade, e muito menos da orientação sexual. Gira em torno do amor, da justiça, da compaixão e da dignidade de cada ser humano. Jesus nunca perseguiu ninguém por amar. Perseguiu, isso sim, a hipocrisia, o abuso de poder e a falta de humanidade, aquilo que, de facto, impede a entrada no Reino dos Céus. Nos Evangelhos, o critério para participar no Reino de Deus não é a pureza sexual, mas a misericórdia, a justiça e o amor ao próximo.

Por isso, quando hoje se invoca Jesus para justificar o rejeito das pessoas LGTBIQ+, convém parar e perguntar se isso tem realmente respaldo nos Evangelhos ou se resulta mais de medos, preconceitos ou leituras interessadas. Porque se algo fica claro ao ler Jesus com honestidade é que ele não veio para excluir, mas para alargar o círculo. Um círculo que engloba e abraça “todos, todos, todos”, como disse o Papa Francisco. Ou, se quisermos, um círculo que abraça todas, todos e, sim, também os que se consideram não binários.

Numa fé cristã honesta, não se pode afirmar que Deus condena o amor quando Jesus o transforma no mandamento supremo. Também não se pode pregar um Evangelho que negue a dignidade de quem Jesus colocou no centro.

Talvez a grande questão não seja o que Jesus disse sobre a homossexualidade, mas o que estamos a fazer com a sua mensagem quando o verdadeiro amor pelos outros não se encaixa nas nossas certezas.

No fim, se quisermos verdadeiramente segui-lo, talvez a chave esteja em lembrar que o verdadeiro amor, esse amor que liberta, nunca pode ser pecado.

Porque a dignidade humana não precisa de permissão para existir.

E o amor também não.

ICE o el terrorismo estatal

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸)

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

Hay palabras e imágenes que incomodan porque señalan lo que muchas personas prefieren no mirar. La agencia ICE es una de ellas, no por las siglas en sí, sino por lo que representan para millones de personas migrantes que viven en Estados Unidos. A día de hoy, millones de personas viven con el corazón encogido cada vez que llaman a la puerta o ven a una patrulla merodeando por su vecindario. ICE no es una agencia administrativa, es el miedo organizado, es la persecución normalizada, es una cacería inhumana, es un Estado que decide gobernar sembrando terror entre quienes son más vulnerables.

ICE no actúa en el vacío, sino con un propósito muy claro. Sus redadas, detenciones y deportaciones masivas, no son hechos aislados ni errores puntuales. Todo forma parte de una macabra estrategia que manda un mensaje claro a comunidades enteras en riesgo de vulnerabilidad: “No estáis a salvo, no podréis escapar de nosotros. Podéis desaparecer de un día para otro y vuestros hijos se quedarán solos. Vuestra vida aquí pende de un hilo”. Este vomitivo mensaje se repite una y otra vez en barrios latinos, en centros de trabajo, en escuelas y hospitales. Y cuando un Estado utiliza el miedo como herramienta de control, estamos ante algo muy serio. Porque, sin duda, se trata de una forma de terrorismo estatal a través del miedo, de la incertidumbre y del terror. 

Desde voces académicas se habla mucho de cumplir con la legalidad y de que ICE solo cumple con la ley. Pero la historia está llena de atrocidades que, en su día, fueron perfectamente legales. La esclavitud fue legal durante siglos, a pesar de ser una abominación; la segregación racial fue legal durante décadas, a pesar de ser un sinsentido; la persecución de disidentes políticos también lo fue, a pesar de ser irracional. La legalidad no siempre es sinónimo de justicia. Por eso, cuando una ley deshumaniza, la obediencia deja de ser una clara virtud y pasa a ser oscura complicidad.

Durante años, las prácticas de ICE han sido denunciadas por organizaciones de derechos humanos una y otra vez. Se han denunciado detenciones sin garantías suficientes, cientos de personas encerradas durante meses sin saber cuándo saldrán, condiciones indignas e infrahumanas en centros de detención, separación de familias enteras como castigo deshumanizante y, por supuesto, un uso desproporcionado de la fuerza que ya se ha cobrado la vida de varias personas, entre ellas la de Renée Nicole Good el pasado 7 de enero en Minneapolis, en el Estado de Minnesota. Al final, todo esto va dirigido a un colectivo concreto. Va en contra de las personas pobres, de las personas migrantes, en su mayoría racializadas, y en contra de aquellas personas con menos capacidad de defensa. Y eso no es casualidad, sino que es claramente estructural.

Quien no ha vivido bajo esa amenaza constante quizá no entienda la dimensión del daño. Porque no se trata solo del riesgo de deportación. Todo esto empieza antes. Empieza con no atreverse a denunciar un abuso laboral en los lugares de trabajo, empieza en el miedo a ir al médico y empieza en el silencio forzado y autoimpuesto ante la violencia doméstica. A ello se suma la ansiedad permanente, porque obliga a dormir con ropa puesta por si hay que huir y a explicar a tus hijos qué hacer si mamá o papá no vuelven nunca más. Todo ello es terror cotidiano. No hace falta una bomba que destruya todo a su alrededor para sembrarlo. Basta con una placa, un uniforme y la certeza absoluta de que el sistema está en tu contra y que eres objeto de una caza inhumana donde la presa eres tú. Y eso, sin lugar a dudas, es terrorismo estatal. 

No son pocas las personas que hablan de terrorismo estatal. Quizá no todas ellas lo hagan como una definición jurídica, pero sí como denuncia moral. Porque el terrorismo no es solo matar, también es generar miedo para controlar a la población. Es romper el tejido social y convertir la vida diaria en una espera angustiosa que no cesa. Así que, cuando una institución estatal provoca deliberadamente ese efecto sobre una población civil concreta, la comparación no es exagerada. Pero sí es incómoda porque se acerca demasiado a la verdad, la niegue quien la niegue. 

Así que, no, ICE no protege a nadie. No hace a las comunidades más seguras, solo las fractura alimentando el racismo y legitimando la caza inmoral e inhumana de quien es diferente. Lo hace desviando recursos públicos hacia la represión en lugar de destinarlos a la integración, a la educación o a la sanidad. Y lo hace en nombre de una frontera que se ha convertido en excusa para pisotear los derechos humanos, básicos y elementales, de millones de personas. 

Criticar duramente a ICE no es estar en contra de la ley. Todo lo contrario, es estar a favor de la dignidad humana inviolable de toda persona. Es recordar que los derechos humanos no pueden depender de un pasaporte. Es negarse a aceptar que el sufrimiento constante de millones de personas sea el precio que hay que pagar para la tranquilidad de otros que pertenecen a la élite y que hablan de libertad cuando, en realidad, solo buscan la comodidad y el privilegio a costa del bienestar de los demás. Y, en definitiva, es afirmar que ningún Estado debería gobernar jamás desde el miedo. Eso es ICE y eso es en lo que se ha convertido el país que antes era conocido como la “tierra de las oportunidades y la libertad”. 

La historia juzgará con dureza a quienes actuaron cruelmente, pero también a quienes miraron hacia otro lado. Hoy sabemos que muchas barbaridades cometidas a lo largo de nuestra historia reciente se sostuvieron porque parecían normales, porque se aplicaban con formularios y procedimientos amparados en la legalidad. ICE es uno de esos casos que mañana avergonzará a quienes hoy lo justifican. 

Al final, no se trata solo de inmigración, se trata del tipo de sociedad que queremos ser. ¿Queremos ser una que persigue al débil o una que protege al vulnerable? No olvidemos que cuando el miedo se convierte en política pública, la democracia empieza a resquebrajarse. 

Porque ningún país puede llamarse libre mientras haya personas viviendo aterrorizadas por el simple hecho de existir.

Solo por existir.

«Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros». Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
ICE or State Terrorism

There are words and images that make people uncomfortable because they point to what many would rather not see. ICE is one of them, not because of the acronym itself, but because of what it represents for millions of migrants living in the United States. Today, millions of people live with their hearts in their throats every time there is a knock at the door or they see a patrol car circling their neighborhood. ICE is not an administrative agency. It is organized fear. It is normalized persecution. It is an inhumane hunt. It is a state that chooses to govern by sowing terror among those who are most vulnerable.

ICE does not operate in a vacuum, but with a very clear purpose. Its raids, detentions, and mass deportations are not isolated incidents or occasional mistakes. They are all part of a macabre strategy that sends a clear message to entire communities living in precarity. “You are not safe. You cannot escape us. You can disappear from one day to the next, and your children will be left alone. Your life here hangs by a thread”. This sickening message is repeated over and over again in Latino neighborhoods, in workplaces, in schools, and in hospitals. And when a state uses fear as a tool of control, we are facing something very serious. Because without a doubt, this is a form of state terrorism built on fear, uncertainty, and terror.

Academic voices often insist on legality and argue that ICE is simply enforcing the law. But history is full of atrocities that were, in their time, perfectly legal. Slavery was legal for centuries, despite being an abomination. Racial segregation was legal for decades, despite being absurd. The persecution of political dissidents was also legal, despite being irrational. Legality is not always synonymous with justice. When a law dehumanizes, obedience stops being a virtue and becomes dark complicity.

For years, the practices of ICE have been denounced time and again by human rights organizations. There have been reports of detentions without sufficient guarantees, hundreds of people locked up for months without knowing when they will be released, degrading and inhumane conditions in detention centers, the separation of entire families as a form of punishment, and of course the disproportionate use of force that has already cost several people their lives, including Renée Nicole Good on January 7 in Minneapolis, in the state of Minnesota. In the end, all of this is directed at a specific group. It targets poor people, migrants, mostly people of color, and those with the least capacity to defend themselves. This is not accidental. It is structural.

Those who have never lived under this constant threat may not understand the full extent of the damage. Because it is not only about the risk of deportation. It starts much earlier. It starts with not daring to report labor abuse in the workplace. It starts with fear of going to the doctor. It starts with forced and self imposed silence in the face of domestic violence. Added to this is permanent anxiety, sleeping fully dressed in case you have to run, and explaining to your children what to do if mom or dad never comes back. This is everyday terror. You do not need a bomb that destroys everything around it to create it. All it takes is a badge, a uniform, and the absolute certainty that the system is against you and that you are the target of an inhumane hunt where you are the prey. And that, without any doubt, is state terrorism.

Many people speak of state terrorism. Perhaps not all of them do so as a legal definition, but as a moral indictment. Because terrorism is not only about killing. It is also about creating fear to control a population. It is about tearing apart the social fabric and turning daily life into an endless, anguished waiting. When a state institution deliberately causes that effect on a specific civilian population, the comparison is not exaggerated. It is uncomfortable because it comes too close to the truth, no matter who denies it.

So no, ICE does not protect anyone. It does not make communities safer. It fractures them, feeding racism and legitimizing the immoral and inhumane hunt of those who are different. It does so by diverting public resources toward repression instead of investing them in integration, education, or health care. And it does so in the name of a border that has become an excuse to trample the most basic and fundamental human rights of millions of people.

Harshly criticizing ICE is not being against the law. On the contrary, it is standing up for the inviolable human dignity of every person. It is reminding ourselves that human rights cannot depend on a passport. It is refusing to accept that the constant suffering of millions of people is the price to be paid for the peace of mind of others who belong to an elite and who speak of freedom while, in reality, seeking only comfort and privilege at the expense of everyone else. Ultimately, it is affirming that no state should ever govern through fear. That is ICE, and that is what the country once known as the land of opportunity and freedom has become.

History will judge harshly those who acted with cruelty, but also those who looked the other way. Today we know that many horrors committed throughout our recent history endured because they seemed normal, because they were carried out through paperwork and procedures protected by legality. ICE is one of those cases that will tomorrow shame those who justify it today.

In the end, this is not only about immigration. It is about the kind of society we want to be. Do we want to be one that persecutes the weak, or one that protects the vulnerable? We should not forget that when fear becomes public policy, democracy begins to crack.

Because no country can call itself free while people live in terror for the simple fact of existing.

Just for existing.

‘All human beings are born free and equal in dignity and rights. They are endowed with reason and conscience and should act towards one another in a spirit of brotherhood’. Article 1 of the Universal Declaration of Human Rights.

Cuando la prueba desaparece, la justicia también

(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷

🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽

(El TEDH condena a España por fallar a dos víctimas de agresión sexual)

Hay sentencias que no solo corrigen un error jurídico sino que ponen palabras a una herida que afecta al conjunto de las sociedades democráticas. Y eso es exactamente lo que ha hecho el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en el caso A.J. y L.E. contra España. Se trata de una resolución dura, pero, al mismo tiempo, es una sentencia clara y profundamente humana. Una sentencia que reconoce algo que demasiadas víctimas saben desde hace años. Que no basta con denunciar una agresión sexual si el propio sistema encargado de protegerte pierde, destruye o manipula las pruebas que podían hacer posible la justicia ante el delito que has sufrido.

Los hechos se remontan a diciembre de 2016. Dos mujeres jóvenes, A.J. y L.E., conocen a dos hombres en un bar, toman una copa con ellos y al día siguiente despiertan desnudas en el domicilio de uno de ellos sin recordar absolutamente nada de lo ocurrido. La sensación que las invade es devastadora. Saben que algo ha pasado, algo muy grave. Las dos sospechan que han podido ser drogadas y violadas. Deciden acudir a un centro de salud, se activa el protocolo por posible agresión sexual con sumisión química y la policía inicia la investigación. Hasta aquí, todo parece funcionar como debería. Pero solo hasta ahí. 

Pero lo que viene después es un manual de cómo una investigación puede vaciarse totalmente de contenido sin necesidad de cerrar una causa de inmediato. Los hombres reconocen que hubo relaciones sexuales, pero dicen que fueron consentidas. Ahí está el núcleo del problema, en el consentimiento frente a la inconsciencia de las mujeres agredidas. Y en un caso de posible sumisión química, donde el cuerpo y la memoria no siempre pueden hablar, la prueba digital y forense se vuelve del todo esencial.

Sin embargo, esa prueba empieza a desaparecer. Un informe forense sobre el móvil de uno de los sospechosos elaborado por la propia policía científica se pierde por completo estando bajo custodia policial. Parte de las grabaciones de las cámaras del bar donde se conocieron simplemente no aparece o aparece incompleta. Y, por si fuera poco, lo más grave de todo, es que el disco duro donde se almacenaban los datos forenses de los teléfonos de ambos sospechosos es borrado y sobrescrito pese a existir una orden judicial que obligaba a conservar todo ese material. Todo esto no ha sucedido en un limbo, ha ocurrido dentro del Estado, dentro de sus dependencias, bajo su custodia y responsabilidad directa.

A lo anterior se suma un dato tan inquietante como revelador y sospechoso. Uno de los investigados era cuñado de un agente de la unidad policial encargada del caso. Y aun así, la investigación continúa hacia adelante sin adoptar medidas claras para garantizar una independencia real. Todas estas irregularidades se reconocen años después, cuando el daño ya es totalmente irreparable. Se abren investigaciones internas tarde, mal y en manos de los mismos órganos que habían supervisado la investigación inicial.

Tras casi cinco años de instrucción, al final el procedimiento se archiva. Los tribunales españoles reconocen que las denuncias son creíbles, que no hay indicios de mala fe por parte de las víctimas y que la investigación ha estado gravemente afectada por irregularidades. Pero aun así concluyen que no hay prueba suficiente para acusar. Y aquí es donde el TEDH pone el dedo en la llaga y hurga dentro de ella. No se puede archivar un caso por falta de prueba cuando esa prueba ha desaparecido por fallos atribuibles al propio Estado que debe custodiarla. 

El Tribunal Europeo no juzga si hubo o no agresión sexual. Pero sí juzga algo igual de importante. Lo que hace es juzgar la respuesta institucional. Y concluye que España vulneró el artículo 3 del Convenio, que prohíbe los tratos inhumanos o degradantes, y el artículo 8, que protege la vida privada y la integridad personal. Lo hace porque la investigación no fue efectiva, no fue independiente y no fue capaz de ofrecer a las víctimas una protección real frente a un acto de violencia gravísima. Ambas mujeres no fueron protegidas frente a un acto de violencia sexual. 

La sentencia es especialmente relevante porque explica con claridad algo que muy pocas veces se dice tan alto. En los casos de sumisión química la exigencia al Estado debe ser mucho mayor, no menor. La volatilidad de las sustancias, la laguna de memoria de las víctimas y la dificultad probatoria hacen que cada mensaje, cada vídeo, cada foto, cada audio y cada dato digital sea crucial. Cuando esos elementos se pierden o se destruyen, la investigación queda vacía y la impunidad se vuelve casi inevitable. Las pruebas desaparecen y con ellas toda posibilidad de hacer justicia. 

El TEDH no habla de errores aislados, habla de fallos sistemáticos, de una cadena de negligencias que, juntas, desactivan el derecho a la justicia. Y también señala, como algo fundamental, como auténtica piedra angular, que investigar la posible mala conducta policial años después, y sin garantías de independencia, no repara el daño ni cumple los estándares de derechos humanos.

El resultado final de todo esto, es que España ha sido condenada a indemnizar a cada una de las víctimas con 20.000 euros por el daño moral sufrido y a pagar las costas del procedimiento. Pero, a mi juicio, la sentencia va mucho más allá del dinero. También es un mensaje claro y un aviso muy serio, porque viene a decir que proteger a las víctimas de violencia sexual no es solo aprobar leyes o activar protocolos. Proteger a las víctimas también es cuidar las pruebas como si en ellas estuviera la dignidad de las personas. Porque esa es la realidad.

La sentencia no solo recoge un fallo condenatorio a España, también interpela a jueces, fiscales, policías y al conjunto de la sociedad. Porque cuando una mujer denuncia una agresión sexual y el sistema falla, la herida no es solo individual, también es una herida democrática. Cuando la prueba se pierde en manos del Estado, no desaparece solo un archivo, también desaparece la confianza y recuperarla exige mucho más que un archivo cerrado. Y es que, ante situaciones como estas, que desprotegen por completo a las víctimas, tenemos que exigir verdad, responsabilidad y, sobre todo, memoria.

Las investigaciones han de ser siempre limpias, independientes y rigurosas

Si no es así, la palabra justicia queda vacía

Totalmente vacía.

 🇬🇧ENGLISH🇺🇸

When evidence disappears, justice disappears too

(The ECHR condemns Spain for failing two victims of sexual assault)

There are judgments that do more than correct a legal error. They put words to a wound that affects democratic societies as a whole. That is precisely what the European Court of Human Rights has done in the case of A.J. and L.E. v. Spain. It is a harsh decision, but at the same time it is a clear and deeply human judgment. A judgment that acknowledges something far too many victims have known for years. That reporting a sexual assault is not enough when the very system meant to protect you loses, destroys or manipulates the evidence that could have made justice possible in response to the crime you have suffered.

The facts date back to December 2016. Two young women, A.J. and L.E., meet two men in a bar, have a drink with them and the next day wake up naked in the home of one of the men with absolutely no memory of what happened. The feeling that overwhelms them is devastating. They know something has happened, something very serious. Both suspect that they may have been drugged and raped. They decide to go to a health centre, the protocol for suspected sexual assault involving chemical submission is activated and the police begin an investigation. Up to that point, everything seems to work as it should. But only up to that point.

What comes next is a manual on how an investigation can be completely emptied of substance without formally closing a case straight away. The men admit that sexual relations took place, but claim they were consensual. That is the core of the problem, consent versus the unconsciousness of the assaulted women. And in a case of suspected chemical submission, where the body and memory cannot always speak for themselves, digital and forensic evidence becomes absolutely essential.

However, that evidence begins to disappear. A forensic report on the mobile phone of one of the suspects, prepared by the police forensic unit itself, is completely lost while in police custody. Part of the CCTV footage from the bar where they met simply does not appear or appears incomplete. And, as if that were not enough, the most serious issue of all is that the hard drive storing the forensic data from both suspects’ phones is wiped and overwritten despite the existence of a judicial order requiring all that material to be preserved. None of this happened in a vacuum. It happened within the State, within its institutions, under its custody and direct responsibility.

To this is added a detail that is as disturbing as it is revealing and suspicious. One of the suspects was the brother in law of an officer from the police unit in charge of the case. Even so, the investigation continued without clear measures being taken to guarantee real independence. All these irregularities were acknowledged years later, when the damage was already completely irreversible. Internal investigations were opened late, poorly handled and entrusted to the same bodies that had supervised the original investigation.

After almost five years of pre trial proceedings, the case was eventually closed. The Spanish courts acknowledged that the complaints were credible, that there were no indications of bad faith on the part of the victims and that the investigation had been seriously affected by irregularities. Even so, they concluded that there was insufficient evidence to bring charges. And this is where the ECHR puts its finger on the wound and presses hard. A case cannot be closed for lack of evidence when that evidence has disappeared due to failures attributable to the very State that was obliged to safeguard it.

The European Court does not rule on whether or not a sexual assault took place. But it does rule on something just as important. It rules on the institutional response. And it concludes that Spain violated Article 3 of the Convention, which prohibits inhuman or degrading treatment, and Article 8, which protects private life and personal integrity. It does so because the investigation was not effective, was not independent and was not capable of offering the victims real protection against an act of extremely serious violence. Both women were left without protection in the face of sexual violence.

This judgment is particularly significant because it explains with clarity something that is very rarely said so openly. In cases of chemical submission, the demands placed on the State must be much higher, not lower. The volatility of substances, the gaps in victims’ memory and the difficulty of proof mean that every message, every video, every photograph, every audio file and every piece of digital data is crucial. When those elements are lost or destroyed, the investigation is hollowed out and impunity becomes almost inevitable. The evidence disappears and with it any real possibility of justice.

The ECHR does not speak of isolated mistakes. It speaks of systemic failures, of a chain of negligence that, taken together, dismantles the right to justice. It also points out, as something fundamental and as a true cornerstone, that investigating possible police misconduct years later, and without guarantees of independence, neither repairs the harm nor meets human rights standards.

The final outcome of all this is that Spain has been ordered to compensate each of the victims with 20,000 euros for the non pecuniary damage suffered and to pay the costs of the proceedings. But in my view, the judgment goes far beyond money. It is also a clear message and a very serious warning. It says that protecting victims of sexual violence is not only about passing laws or activating protocols. Protecting victims also means safeguarding evidence as if the dignity of those people depended on it. Because that is the reality.

The judgment does not merely record a conviction against Spain. It also challenges judges, prosecutors, police officers and society as a whole. Because when a woman reports a sexual assault and the system fails, the wound is not only personal, it is democratic. When evidence is lost in the hands of the State, it is not only a file that disappears, trust disappears too. And rebuilding that trust requires far more than closing a case. It requires truth, accountability and, above all, memory.

Investigations must always be clean, independent and rigorous.

If they are not, the word justice becomes empty.

Completely empty.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲

Quando la prova scompare, scompare anche la giustizia

(Il TEDH condanna la Spagna per aver fallito nei confronti di due vittime di aggressione sessuale)

Ci sono sentenze che non si limitano a correggere un errore giuridico, ma danno voce a una ferita che riguarda l’insieme delle società democratiche. Ed è esattamente questo che ha fatto la Corte europea dei diritti dell’uomo nel caso A.J. e L.E. contro la Spagna. Si tratta di una decisione dura, ma allo stesso tempo chiara e profondamente umana. Una sentenza che riconosce qualcosa che troppe vittime sanno da anni. Non basta denunciare un’aggressione sessuale se lo stesso sistema incaricato di proteggerti perde, distrugge o manipola le prove che potrebbero rendere possibile la giustizia per il reato subito.

I fatti risalgono al dicembre 2016. Due giovani donne, A.J. e L.E., incontrano due uomini in un bar, bevono qualcosa con loro e il giorno dopo si risvegliano nude nell’abitazione di uno di loro senza ricordare assolutamente nulla di quanto accaduto. La sensazione che le invade è devastante. Sanno che è successo qualcosa, qualcosa di molto grave. Entrambe sospettano di essere state drogate e violentate. Decidono di recarsi in un centro sanitario, si attiva il protocollo per una possibile aggressione sessuale con sottomissione chimica e la polizia avvia le indagini. Fin qui tutto sembra funzionare come dovrebbe. Ma solo fino a quel punto.

Quello che accade dopo è un vero manuale su come un’indagine possa essere svuotata completamente di contenuto senza bisogno di archiviare subito il procedimento. Gli uomini riconoscono che vi sono stati rapporti sessuali, ma sostengono che fossero consensuali. Qui sta il nodo centrale della questione, il consenso contrapposto allo stato di incoscienza delle donne aggredite. E in un caso di possibile sottomissione chimica, in cui il corpo e la memoria non sempre possono parlare, la prova digitale e forense diventa assolutamente essenziale.

Eppure quella prova inizia a scomparire. Un rapporto forense sul telefono di uno dei sospettati, redatto dalla stessa polizia scientifica, va completamente perduto mentre si trova sotto custodia della polizia. Parte delle registrazioni delle telecamere del bar dove si erano conosciuti semplicemente non compare o risulta incompleta. E, cosa ancora più grave, il disco rigido in cui erano conservati i dati forensi dei telefoni di entrambi i sospettati viene cancellato e sovrascritto nonostante esistesse un ordine giudiziario che imponeva di conservarne il contenuto. Tutto questo non è avvenuto in un limbo. È accaduto all’interno dello Stato, nei suoi uffici, sotto la sua custodia e la sua diretta responsabilità.

A tutto ciò si aggiunge un elemento tanto inquietante quanto rivelatore. Uno degli indagati era cognato di un agente dell’unità di polizia incaricata del caso. E nonostante ciò l’indagine prosegue senza adottare misure chiare per garantire una reale indipendenza. Tutte queste irregolarità vengono riconosciute solo anni dopo, quando il danno è ormai del tutto irreparabile. Le indagini interne vengono avviate tardi, male e affidate agli stessi organi che avevano supervisionato l’indagine iniziale.

Dopo quasi cinque anni di istruttoria, il procedimento viene infine archiviato. I tribunali spagnoli riconoscono che le denunce sono credibili, che non vi sono indizi di mala fede da parte delle vittime e che l’indagine è stata gravemente compromessa da irregolarità. Ma nonostante ciò concludono che non vi siano prove sufficienti per procedere all’accusa. Ed è qui che la Corte europea mette il dito nella piaga e vi affonda senza esitazione. Non si può archiviare un caso per mancanza di prove quando quelle prove sono scomparse a causa di carenze imputabili allo stesso Stato che avrebbe dovuto custodirle.

La Corte europea non stabilisce se vi sia stata o meno un’aggressione sessuale. Ma giudica qualcosa di altrettanto importante. Giudica la risposta istituzionale. E conclude che la Spagna ha violato l’articolo 3 della Convenzione, che proibisce i trattamenti inumani o degradanti, e l’articolo 8, che tutela la vita privata e l’integrità personale. Lo fa perché l’indagine non è stata efficace, non è stata indipendente e non è stata in grado di offrire alle vittime una protezione reale di fronte a un atto di violenza gravissima. Le due donne non sono state protette di fronte a un atto di violenza sessuale.

La sentenza è particolarmente rilevante perché spiega con chiarezza qualcosa che raramente viene detto con tanta forza. Nei casi di sottomissione chimica l’esigenza nei confronti dello Stato deve essere maggiore, non minore. La volatilità delle sostanze, i vuoti di memoria delle vittime e la difficoltà probatoria fanno sì che ogni messaggio, ogni video, ogni fotografia, ogni audio e ogni dato digitale siano cruciali. Quando questi elementi si perdono o vengono distrutti, l’indagine si svuota e l’impunità diventa quasi inevitabile. Le prove scompaiono e con esse ogni possibilità di giustizia.

La Corte non parla di errori isolati. Parla di fallimenti sistemici, di una catena di negligenze che, nel loro insieme, disattivano il diritto alla giustizia. E sottolinea anche come elemento fondamentale, come vera pietra angolare, che indagare su una possibile cattiva condotta della polizia anni dopo, e senza garanzie di indipendenza, non ripara il danno né soddisfa gli standard dei diritti umani.

Il risultato finale è che la Spagna è stata condannata a risarcire ciascuna delle vittime con 20.000 euro per il danno morale subito e a sostenere le spese del procedimento. Ma a mio avviso la sentenza va ben oltre il denaro. È anche un messaggio chiaro e un avvertimento molto serio. Proteggere le vittime di violenza sessuale non significa solo approvare leggi o attivare protocolli. Proteggere le vittime significa anche custodire le prove come se in esse fosse racchiusa la dignità delle persone. Perché è proprio così.

La sentenza non contiene solo una condanna nei confronti della Spagna. Interpella giudici, pubblici ministeri, forze di polizia e l’intera società. Perché quando una donna denuncia un’aggressione sessuale e il sistema fallisce, la ferita non è solo individuale. È una ferita democratica. Quando la prova si perde nelle mani dello Stato, non scompare solo un file. Scompare anche la fiducia e recuperarla richiede molto più di un fascicolo archiviato. Di fronte a situazioni come queste, che lasciano le vittime completamente prive di tutela, dobbiamo pretendere verità, responsabilità e soprattutto memoria.

Le indagini devono essere sempre pulite, indipendenti e rigorose.

Se così non è, la parola giustizia si svuota.

Completamente vuota.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩

Quand la preuve disparaît, la justice disparaît aussi

(La CEDH condamne l’Espagne pour avoir failli envers deux victimes d’agression sexuelle)

Il est des arrêts qui ne se contentent pas de corriger une erreur juridique, mais qui mettent des mots sur une blessure qui traverse l’ensemble des sociétés démocratiques. C’est exactement ce qu’a fait la Cour européenne des droits de l’homme dans l’affaire A.J. et L.E. contre l’Espagne. Il s’agit d’une décision sévère, mais en même temps claire et profondément humaine. Un arrêt qui reconnaît ce que trop de victimes savent depuis des années.Il ne suffit pas de dénoncer une agression sexuelle lorsque le système même chargé de vous protéger perd, détruit ou manipule les preuves qui pourraient permettre que justice soit rendue pour le crime subi.

Les faits remontent à décembre 2016. Deux jeunes femmes, A.J. et L.E., rencontrent deux hommes dans un bar, prennent un verre avec eux et, le lendemain, se réveillent nues au domicile de l’un d’eux sans se souvenir absolument de rien de ce qui s’est passé. Le sentiment qui les envahit est dévastateur. Elles savent que quelque chose s’est produit, quelque chose de très grave. Toutes deux soupçonnent avoir été droguées et violées. Elles décident de se rendre dans un centre de santé, le protocole pour une possible agression sexuelle par soumission chimique est déclenché et la police ouvre une enquête. Jusqu’ici, tout semble fonctionner comme il le devrait. Mais seulement jusque là.

Ce qui suit ressemble à un véritable manuel de la manière dont une enquête peut être vidée de toute substance sans qu’il soit nécessaire de classer l’affaire immédiatement. Les hommes reconnaissent qu’il y a eu des relations sexuelles, mais affirment qu’elles étaient consenties. C’est là que se situe le cœur du problème, le consentement opposé à l’inconscience des femmes agressées. Et dans un cas de possible soumission chimique, où le corps et la mémoire ne peuvent pas toujours parler, la preuve numérique et médico légale devient absolument essentielle.

Or, cette preuve commence à disparaître. Un rapport médico légal concernant le téléphone de l’un des suspects, établi par la police scientifique elle même, se perd totalement alors qu’il se trouve sous garde policière. Une partie des enregistrements des caméras du bar où ils se sont rencontrés n’apparaît tout simplement pas ou apparaît de manière incomplète. Et, plus grave encore, le disque dur sur lequel étaient stockées les données médico légales des téléphones des deux suspects est effacé et écrasé alors qu’une ordonnance judiciaire imposait la conservation de l’ensemble de ce matériel. Tout cela ne s’est pas produit dans un vide institutionnel. Cela s’est produit au sein de l’État, dans ses locaux, sous sa garde et sous sa responsabilité directe.

À cela s’ajoute un élément aussi troublant que révélateur. L’un des mis en cause était le beau frère d’un agent de l’unité de police chargée de l’affaire. Et malgré cela, l’enquête s’est poursuivie sans que soient prises des mesures claires pour garantir une indépendance réelle. Toutes ces irrégularités n’ont été reconnues que des années plus tard, lorsque le préjudice était déjà totalement irréparable. Des enquêtes internes ont été ouvertes tardivement, de manière défaillante et confiées aux mêmes organes qui avaient supervisé l’enquête initiale.

Après près de cinq années d’instruction, la procédure est finalement classée. Les juridictions espagnoles reconnaissent que les plaintes sont crédibles, qu’il n’existe aucun indice de mauvaise foi de la part des victimes et que l’enquête a été gravement affectée par des irrégularités. Mais elles concluent néanmoins qu’il n’existe pas de preuves suffisantes pour engager des poursuites. C’est ici que la Cour européenne met le doigt sur la plaie et l’explore sans détour. On ne peut pas classer une affaire pour absence de preuves lorsque ces preuves ont disparu en raison de manquements imputables à l’État lui même, qui avait l’obligation de les conserver.

La Cour européenne ne se prononce pas sur l’existence ou non d’une agression sexuelle. Mais elle juge quelque chose d’aussi fondamental. Elle juge la réponse institutionnelle. Et elle conclut que l’Espagne a violé l’article 3 de la Convention, qui interdit les traitements inhumains ou dégradants, ainsi que l’article 8, qui protège la vie privée et l’intégrité personnelle. Elle le fait parce que l’enquête n’a pas été effective, n’a pas été indépendante et n’a pas été en mesure d’offrir aux victimes une protection réelle face à un acte de violence d’une extrême gravité. Les deux femmes n’ont pas été protégées face à un acte de violence sexuelle.

L’arrêt est particulièrement important car il explique avec clarté une réalité rarement formulée avec une telle force. Dans les affaires de soumission chimique, l’exigence à l’égard de l’État doit être plus élevée, et non l’inverse. La volatilité des substances, les trous de mémoire des victimes et la difficulté de la preuve font que chaque message, chaque vidéo, chaque photographie, chaque enregistrement sonore et chaque donnée numérique sont cruciaux. Lorsque ces éléments sont perdus ou détruits, l’enquête se vide de sa substance et l’impunité devient presque inévitable. Les preuves disparaissent et avec elles toute possibilité de justice.

La Cour ne parle pas d’erreurs isolées. Elle parle de défaillances systémiques, d’une chaîne de négligences qui, prises ensemble, neutralisent le droit à la justice. Elle souligne également, comme un élément fondamental, comme une véritable pierre angulaire, que le fait d’enquêter sur une éventuelle mauvaise conduite policière des années plus tard, et sans garanties d’indépendance, ne répare pas le préjudice et ne satisfait pas aux exigences des droits humains.

Le résultat final est que l’Espagne a été condamnée à indemniser chacune des victimes à hauteur de 20 000 euros pour le préjudice moral subi et à prendre en charge les frais de la procédure. Mais à mon sens, l’arrêt va bien au delà de la question financière. Il constitue aussi un message clair et un avertissement très sérieux. Protéger les victimes de violences sexuelles ne consiste pas seulement à adopter des lois ou à activer des protocoles. Protéger les victimes, c’est aussi préserver les preuves comme si la dignité des personnes y était contenue. Car c’est bien de cela qu’il s’agit.

L’arrêt ne se limite pas à condamner l’Espagne. Il interpelle les juges, les procureurs, les forces de police et l’ensemble de la société. Car lorsqu’une femme dénonce une agression sexuelle et que le système échoue, la blessure n’est pas seulement individuelle. Elle est démocratique. Lorsque la preuve se perd entre les mains de l’État, ce n’est pas seulement un dossier qui disparaît. C’est aussi la confiance. Et la reconstruire exige bien plus qu’un dossier classé. Face à des situations comme celles ci, qui laissent les victimes totalement sans protection, nous devons exiger la vérité, la responsabilité et, surtout, la mémoire.

Les enquêtes doivent toujours être propres, indépendantes et rigoureuses.

À défaut, le mot justice se vide de son sens.

Complètement vide de sens.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷

Quando a prova desaparece, a justiça também desaparece

(O TEDH condena a Espanha por falhar com duas vítimas de agressão sexual)

Existem sentenças que não se limitam a corrigir um erro jurídico, mas que dão voz a uma ferida que afeta toda a sociedade democrática. E é exatamente isso que fez o Tribunal Europeu dos Direitos do Homem no caso A.J. e L.E. contra a Espanha. Trata-se de uma decisão dura, mas ao mesmo tempo clara e profundamente humana. Uma sentença que reconhece algo que muitas vítimas já sabem há anos. Não basta denunciar uma agressão sexual quando o próprio sistema encarregado de proteger a vítima perde, destrói ou manipula as provas que poderiam tornar possível a justiça pelo crime sofrido.

Os factos remontam a dezembro de 2016. Duas jovens mulheres, A.J. e L.E., conhecem dois homens num bar, tomam uma bebida com eles e, no dia seguinte, acordam nuas na casa de um dos homens sem se lembrar absolutamente de nada do que aconteceu. A sensação que as invade é devastadora. Sabem que algo grave aconteceu. Ambas suspeitam de ter sido drogadas e violadas. Decidem ir a um centro de saúde, o protocolo para suspeita de agressão sexual com submissão química é ativado e a polícia inicia a investigação. Até aí, tudo parece funcionar como deveria. Mas apenas até esse ponto.

O que se segue é um verdadeiro manual sobre como uma investigação pode ser completamente esvaziada de conteúdo sem que seja necessário arquivar o caso imediatamente. Os homens admitem que houve relações sexuais, mas alegam que foram consensuais. Aqui está o cerne do problema, o consentimento versus a inconsciência das mulheres agredidas. E num caso de suspeita de submissão química, em que o corpo e a memória não podem sempre falar, as provas digitais e forenses tornam-se absolutamente essenciais.

No entanto, essas provas começam a desaparecer. Um relatório forense sobre o telemóvel de um dos suspeitos, elaborado pela própria polícia científica, perde-se completamente enquanto estava sob custódia policial. Parte das gravações das câmeras do bar onde se conheceram simplesmente não aparece ou está incompleta. E, como se não bastasse, o mais grave de tudo é que o disco rígido onde estavam armazenados os dados forenses dos telemóveis de ambos os suspeitos é apagado e sobrescrito, apesar de existir uma ordem judicial que obrigava à preservação de todo esse material. Tudo isto não aconteceu num vazio, ocorreu dentro do Estado, nas suas dependências, sob a sua custódia e responsabilidade direta.

A isto junta-se um facto tão inquietante quanto revelador. Um dos suspeitos era cunhado de um agente da unidade policial encarregada do caso. E mesmo assim, a investigação prosseguiu sem que fossem adotadas medidas claras para garantir uma independência real. Todas estas irregularidades foram reconhecidas anos depois, quando o dano já era irreparável. Investigações internas foram abertas tarde, de forma deficiente e entregues aos mesmos órgãos que tinham supervisionado a investigação inicial.

Após quase cinco anos de instrução, o processo é finalmente arquivado. Os tribunais espanhóis reconhecem que as denúncias são credíveis, que não existem indícios de má fé por parte das vítimas e que a investigação foi gravemente afetada por irregularidades. No entanto, concluem que não há provas suficientes para apresentar acusações. E é aqui que o TEDH aponta diretamente a ferida. Não se pode arquivar um caso por falta de provas quando essas provas desapareceram devido a falhas atribuíveis ao próprio Estado que deveria tê-las guardado.

O Tribunal Europeu não decide se houve ou não agressão sexual. Mas julga algo igualmente importante. Julga a resposta institucional. E conclui que a Espanha violou o artigo 3 da Convenção, que proíbe tratamentos desumanos ou degradantes, e o artigo 8, que protege a vida privada e a integridade pessoal. Faz isto porque a investigação não foi eficaz, não foi independente e não foi capaz de oferecer às vítimas proteção real contra um ato de violência extremamente grave. Ambas as mulheres não foram protegidas contra um ato de violência sexual.

A sentença é especialmente relevante porque explica com clareza algo que raramente é dito tão alto. Nos casos de submissão química, a exigência sobre o Estado deve ser muito maior, não menor. A volatilidade das substâncias, os lapsos de memória das vítimas e a dificuldade em provar os factos fazem com que cada mensagem, cada vídeo, cada fotografia, cada áudio e cada dado digital seja crucial. Quando esses elementos se perdem ou são destruídos, a investigação fica vazia e a impunidade torna-se quase inevitável. As provas desaparecem e com elas toda possibilidade de justiça.

O TEDH não fala de erros isolados. Fala de falhas sistemáticas, de uma cadeia de negligências que, em conjunto, desactivam o direito à justiça. E sublinha, como elemento fundamental e verdadeira pedra angular, que investigar uma possível má conduta policial anos depois, sem garantias de independência, não repara o dano nem cumpre os padrões de direitos humanos.

O resultado final é que a Espanha foi condenada a indemnizar cada uma das vítimas com 20 000 euros pelo dano moral sofrido e a pagar as custas do processo. Mas, a meu ver, a sentença vai muito para além do dinheiro. É também uma mensagem clara e um aviso muito sério. Proteger as vítimas de violência sexual não consiste apenas em aprovar leis ou ativar protocolos. Proteger as vítimas significa também cuidar das provas como se nelas estivesse a dignidade das pessoas. Porque essa é a realidade.

A sentença não se limita a registar uma condenação contra a Espanha. Ela interpela juízes, procuradores, polícias e toda a sociedade. Porque quando uma mulher denuncia uma agressão sexual e o sistema falha, a ferida não é apenas individual, é também uma ferida democrática. Quando a prova se perde nas mãos do Estado, não desaparece apenas um ficheiro, desaparece também a confiança, e recuperá-la exige muito mais do que um processo arquivado. Diante de situações como estas, que desprotegem completamente as vítimas, devemos exigir verdade, responsabilidade e, acima de tudo, memória.

As investigações devem ser sempre limpas, independentes e rigorosas.

Se não forem, a palavra justiça fica vazia.

Completamente vazia.