(Escrito en 🇪🇸🇲🇽– Written in 🇬🇧🇺🇸– Scritto in 🇮🇹🇸🇲– Rédigé en 🇫🇷🇨🇩– Escrito em 🇵🇹🇧🇷)
🇪🇸ESPAÑOL🇲🇽
A lo largo de los años, como doctorando en Derecho y como representante de una entidad defensora de los derechos humanos, he visto muchas situaciones difíciles de imaginar a lo largo de mi vida. De todos los casos atendidos a lo largo de los años, sin duda las personas LGTBIQ+ suponen el grupo mayoritario de personas atendidas, ya sea de manera presencial o telemática.
En no pocas ocasiones, cuando he asistido a una persona que estaba siendo cuestionada en sus derechos más elementales por razón de su orientación sexual e identidad de género, me he encontrado con que el elemento religioso estaba muy presente en el núcleo familiar. Es más, en varias ocasiones las propias familias me han llegado a comentar que “el cura del pueblo ha estado aquí”, “hemos hablado con un amigo que da clases en el seminario”, “todo esto nos va a suponer un problema con la cofradía” o, de manera mucho más dura, “no queremos que acabe en el infierno”.
Muchas veces, no he sabido bien qué responder, porque, a fin de cuentas, también existe el derecho humano y fundamental a la libertad religiosa y de creencias. No es fácil ponderar derechos tan básicos como elementales, pero, a mi juicio, si hay un derecho que debe primar por encima de cualquier otro es el derecho a que ninguna persona sea desposeída de su dignidad inviolable e inherente por el mero hecho de serlo. Por tanto, más allá de cualquier consideración religiosa o moral personal, la dignidad humana debe estar por encima de todo. No en vano, la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos establece en su artículo 1 que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Pero, además, en su artículo 5, se establece que “nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles inhumanos o degradantes”. Por tanto, cuando se utilizan las creencias religiosas para negar la humanidad de otra persona, se está cometiendo un acto inhumano y degradante. Un acto que también supone un acto de tortura, ya sea física o emocional. Da igual cuáles sean nuestras creencias, porque ninguna de ellas puede servir de justificación para odiar a quien tenemos ante nuestros ojos. Así que, cuando nuestra religión nos pide odiar, tal vez lo mejor sea cambiar de religión o, directamente, no tener ninguna.
Pero, ¿qué dijo Jesús exactamente acerca de la homosexualidad? Sin duda, esta es una de esas preguntas que generan debate, ruido y muchas veces más prejuicios que conocimiento. Constantemente, se invoca la figura de Jesús para justificar rechazos, condenas morales y discursos excluyentes. Pero cuando nos acercamos a los Evangelios con calma, sin gritos ni consignas, la respuesta resulta bastante clara y, para algunas personas, incluso extremadamente incómoda. Y es que la respuesta es clara: Jesús nunca dijo nada explícito sobre la homosexualidad. Así pues, desde una perspectiva cristiana, Jesús no es un autor más dentro de la Biblia ni un simple referente moral, sino la revelación plena de Dios. Por eso, su palabra, sus gestos y también sus silencios son el criterio desde el que se interpreta el resto de la Escritura y no al revés.
Así, tal cual, debería acabar todo “debate” acerca de esto. En los cuatro Evangelios no aparece ni una sola palabra atribuida directamente a Jesús en la que hable de la homosexualidad, de las relaciones entre personas del mismo sexo o de su supuesta condena. No hay nada, solo un silencio absoluto. Y ese silencio, lejos de ser irrelevante, dice mucho más de lo que podemos llegar a pensar. Porque, en teología cristiana, el silencio de Jesús no es neutral ni vacío. Jesús habla con especial contundencia allí donde la dignidad humana es vulnerada y calla cuando otros pretenden imponer cargas morales que Él nunca puso sobre los hombros de nadie.
Es verdad, Jesús habló de muchas cosas. Hablaba del amor al prójimo y lo llevó hasta el extremo de amar a sus propios enemigos. Hablaba del perdón en aquellos casos en los que parece imposible perdonar. Hablaba de la misericordia frente a las leyes rígidas e injustas. Jesús no vino a abolir la Ley, sino a llevarla a su plenitud desde el amor, desplazando el centro desde la norma abstracta hacia la persona concreta que tiene delante.
Jesús también hablaba de no juzgar, de no señalar, de no creerse nunca mejor que nadie. Habló de la hipocresía de quienes se creían personas justas mientras despreciaban a otras de la manera más absoluta e inhumana. Y, sobre todo, hablaba de poner a la persona en el centro, fuera quien fuera. En los Evangelios, Jesús nunca identifica el pecado con la orientación sexual ni con la identidad de nadie. El pecado aparece siempre vinculado a la hipocresía, a la falta de misericordia y al desprecio hacia la persona que tenemos ante nuestros ojos.
Sí, es cierto, parece que hemos olvidado que, más allá de los lujosos templos, tallas artísticas, ricas vestiduras y grandes tesoros, Jesús se movió siempre con quienes se encontraban en los márgenes de la sociedad. Siempre estuvo al lado de quienes vivían en la pobreza, de quienes sufrían el azote de la enfermedad, de quienes vendían su propio cuerpo para sobrevivir, de las personas migrantes y, en definitiva, de las personas consideradas “impuras” o que, directamente, no eran consideradas como personas. Jesús nunca les preguntó a ninguna de ellas por su moral, ni cómo vivían su vida íntima, ni por si encajaban o no en el modelo social dominante. Jesús las miraba, las escuchaba, las abrazaba, las amaba y, desde ese amor, les devolvió su dignidad. Eso es lo que de verdad muestran los textos. Todo lo demás es prejuicio e hipocresía desde el púlpito durante la homilía.
A veces se cita un pasaje en el que Jesús habla del matrimonio y menciona que el hombre se unirá a su mujer. Pero ese texto no tiene nada que ver con la homosexualidad. Jesús lo que está haciendo es responder a una pregunta concreta sobre el divorcio en el contexto judío del siglo I. No está definiendo la orientación sexual heterosexual ni tampoco estableciendo una condena a otras realidades afectivas. Por eso, sacar ese versículo de contexto para usarlo como arma arrojadiza para destruir y deshumanizar es, sencillamente, deshonesto y contrario al mensaje de amor que Jesús, si de verdad creemos en Él, siempre predicó.
Es verdad que las condenas explícitas a las relaciones homosexuales aparecen en otros lugares de la Biblia, especialmente en el Levítico y en algunas cartas atribuidas a San Pablo. Las cartas paulinas forman parte del Nuevo Testamento, pero no tienen el mismo peso normativo que las palabras y acciones de Jesús, que constituyen el núcleo de la fe cristiana. Así que aquí conviene aclarar algo fundamental. Esas no son palabras de Jesús, son textos escritos en contextos históricos, culturales y sociales muy concretos y bajo los códigos morales propios de su tiempo. Por eso, confundir a Jesús con todo lo que dice la Biblia sin distinguir autores, épocas y géneros literarios es una simplificación que empobrece el mensaje cristiano hasta casi hacerlo desaparecer por completo.
El núcleo del mensaje de Jesús no gira en torno a la sexualidad, y mucho menos a la orientación sexual. Pero sí gira en torno al amor, a la justicia, a la compasión y a la dignidad de cada ser humano. Jesús nunca persiguió a nadie por amar. Persiguió, eso sí, la hipocresía, el abuso de poder y la falta de humanidad, esa que, de verdad, impide entrar en el Reino de los Cielos. En los Evangelios, el criterio para participar del Reino de Dios no es la pureza sexual, sino la misericordia, la justicia y el amor al prójimo.
Por eso, cuando hoy en día se utiliza a Jesús para justificar el rechazo a las personas LGTBIQ+, conviene parar y preguntarse si eso tiene realmente respaldo en los Evangelios o si responde más bien a miedos, prejuicios o lecturas interesadas. Porque si algo queda claro al leer a Jesús con honestidad es que no vino a excluir, sino a ensanchar el círculo. Un círculo que engloba y abraza a “todos, todos, todos”, como decía el Papa Francisco. O, si lo preferimos, un círculo que nos abraza a todas, a todos y, sí, también a todes.
Desde una fe cristiana honesta, no se puede afirmar que Dios condene el amor mientras Jesús lo convierte en el mandamiento supremo. Y no se puede predicar un Evangelio que niegue la dignidad de quienes Jesús colocó en el centro.
Quizá la gran pregunta no sea qué dijo Jesús sobre la homosexualidad, sino qué es lo que estamos haciendo con su mensaje, cuando el verdadero amor hacia los demás no encaja en nuestras certezas.
Al final, si de verdad queremos seguirle, tal vez la clave esté en recordar que el verdadero amor, ese amor que libera, nunca puede ser pecado.
Porque la dignidad humana no necesita permiso para existir.
Y tampoco para amar.

🇬🇧ENGLISH🇺🇸
Jesus and Homosexuality: The Great Question
Over the years, as a doctoral student in Law and as a representative of a human rights organisation, I have witnessed many situations that are difficult to imagine. Of all the cases I have handled throughout my life, there is no doubt that LGBTIQ+ people constitute the majority, whether attended in person or remotely.
On numerous occasions, when I have assisted someone whose most fundamental rights were being questioned because of their sexual orientation or gender identity, I have found that the religious element was very present within the family. In fact, families have often told me things such as, “the village priest has been here,” “we spoke with a friend who teaches at the seminary,” “all of this will cause us problems with the brotherhood,” or, far more harshly, “we do not want them to end up in hell.”
Many times, I have not known exactly how to respond, because, after all, there also exists the human and fundamental right to freedom of religion and belief. It is not easy to weigh such basic rights, but in my view, if there is a right that must prevail above all others, it is the right for no one to be stripped of their inherent and inviolable dignity simply for being who they are. Therefore, beyond any personal religious or moral consideration, human dignity must come first. Not in vain, the Universal Declaration of Human Rights establishes in its Article 1 that “All human beings are born free and equal in dignity and rights.” Moreover, Article 5 states that “No one shall be subjected to torture or to cruel, inhuman or degrading treatment or punishment.” Therefore, when religious beliefs are used to deny the humanity of another person, an inhuman and degrading act is being committed. An act that can also constitute torture, whether physical or emotional. It does not matter what our beliefs are, because none of them can justify hating the person in front of us. So, when our religion asks us to hate, perhaps the best thing is to change our religion or, simply, to have none.
But what did Jesus actually say about homosexuality? Undoubtedly, this is one of those questions that generates debate, noise, and often more prejudice than understanding. The figure of Jesus is constantly invoked to justify rejection, moral condemnation, and exclusionary discourse. But when we approach the Gospels calmly, without shouting or slogans, the answer becomes quite clear, and for some, even extremely uncomfortable. And the answer is clear: Jesus never said anything explicit about homosexuality. From a Christian perspective, Jesus is not just another author within the Bible, nor a mere moral reference, but the full revelation of God. That is why His words, His actions, and even His silences serve as the criterion by which the rest of Scripture is interpreted, and not the other way around.
Thus, that is how all “debate” on this subject should end. In the four Gospels, there is not a single word directly attributed to Jesus in which He speaks of homosexuality, same-sex relationships, or their supposed condemnation. There is nothing, only absolute silence. And that silence, far from being irrelevant, says far more than we might imagine. In Christian theology, Jesus’ silence is neither neutral nor empty. He speaks with particular force where human dignity is violated and remains silent when others attempt to impose moral burdens that He never placed on anyone’s shoulders.
It is true, Jesus spoke about many things. He spoke of love for one’s neighbour and took it to the extreme of loving even His own enemies. He spoke of forgiveness in cases where it seems impossible to forgive. He spoke of mercy in the face of rigid and unjust laws. Jesus did not come to abolish the Law, but to bring it to its fullness through love, shifting the focus from abstract rules to the concrete person before Him.
He also spoke of not judging, not condemning, and never thinking oneself superior to others. He denounced the hypocrisy of those who believed themselves righteous while despising others in the most absolute and inhuman way. Above all, He spoke of placing the person at the centre, whoever they might be. In the Gospels, Jesus never identifies sin with sexual orientation or anyone’s identity. Sin is always connected to hypocrisy, a lack of mercy, and contempt for the person before us.
It is true, we seem to have forgotten that, beyond the luxurious temples, artistic carvings, rich vestments, and great treasures, Jesus always moved among those on the margins of society. He was always beside those living in poverty, those suffering from disease, those selling their own bodies to survive, migrants, and, ultimately, people considered “unclean” or, in fact, not considered people at all. Jesus never asked any of them about their morality, how they lived their private lives, or whether they fitted the dominant social model. He looked at them, listened, embraced, loved them, and through that love restored their dignity. This is what the texts truly show. Everything else is prejudice and hypocrisy from the pulpit during the homily.
Sometimes a passage is cited in which Jesus speaks of marriage and mentions that a man shall be united with his wife. But that text has nothing to do with homosexuality. Jesus is simply answering a specific question about divorce in the Jewish context of the first century. He is not defining heterosexual orientation, nor is He condemning other forms of loving relationships. Therefore, taking that verse out of context to use it as a weapon to destroy and dehumanise is, quite simply, dishonest and contrary to the message of love that Jesus, if we truly believe in Him, always preached.
It is true that explicit condemnations of homosexual relationships appear elsewhere in the Bible, especially in Leviticus and in some letters attributed to Saint Paul. The Pauline letters are part of the New Testament, but they do not carry the same normative weight as the words and actions of Jesus, which constitute the core of the Christian faith. Therefore, it is important to clarify: these are not Jesus’ words. They are texts written in very specific historical, cultural, and social contexts and under the moral codes of their time. Confusing Jesus with everything the Bible says, without distinguishing authors, eras, and literary genres, is a simplification that impoverishes the Christian message almost to the point of erasing it completely.
The core of Jesus’ message is not centred on sexuality, let alone sexual orientation. It is centred on love, justice, compassion, and the dignity of every human being. Jesus never persecuted anyone for loving. He did, however, challenge hypocrisy, abuse of power, and inhumanity, the very things that truly prevent entrance into the Kingdom of Heaven. In the Gospels, the criterion for participating in God’s Kingdom is not sexual purity, but mercy, justice, and love for one’s neighbour.
Therefore, when Jesus is invoked today to justify the rejection of LGBTIQ+ people, it is worth pausing to ask whether this truly has support in the Gospels or whether it stems more from fear, prejudice, or self-interested interpretation. For if anything becomes clear when reading Jesus honestly, it is that He did not come to exclude, but to widen the circle. A circle that embraces “everyone, everyone, everyone,” as Pope Francis said. Or, if preferred, a circle that embraces all, every one, and yes, even those who identify as non-binary.
From an honest Christian faith, one cannot claim that God condemns love while Jesus makes it the supreme commandment. Nor can one preach a Gospel that denies the dignity of those Jesus placed at the centre.
Perhaps the great question is not what Jesus said about homosexuality, but what we are doing with His message when true love for others does not fit within our certainties.
In the end, if we truly wish to follow Him, perhaps the key is to remember that true love, the love that frees, can never be a sin.
Because human dignity does not need permission to exist.
And neither does love.

🇮🇹ITALIANO🇸🇲
Gesù e l’omosessualità: la grande domanda
Negli anni, come dottorando in Giurisprudenza e come rappresentante di un’organizzazione a difesa dei diritti umani, ho visto molte situazioni difficili da immaginare. Tra tutti i casi seguiti nel corso della mia vita, senza dubbio le persone LGBTIQ+ costituiscono il gruppo maggioritario, sia che siano state assistite di persona sia a distanza.
In molte occasioni, quando ho assistito qualcuno i cui diritti fondamentali erano messi in discussione a causa del suo orientamento sessuale o della sua identità di genere, ho constatato che l’elemento religioso era molto presente all’interno del nucleo familiare. Anzi, le famiglie mi hanno spesso detto cose come: “il parroco del paese è venuto qui”, “abbiamo parlato con un amico che insegna in seminario”, “tutto questo ci creerà problemi con la confraternita”, o, in maniera molto più dura, “non vogliamo che finisca all’inferno”.
Molte volte non sapevo esattamente cosa rispondere, perché, in fondo, esiste anche il diritto umano e fondamentale alla libertà religiosa e di credo. Non è facile bilanciare diritti così essenziali, ma a mio avviso, se c’è un diritto che deve prevalere su tutti gli altri, è quello per cui nessuno possa essere privato della propria dignità inviolabile e inerente semplicemente per il fatto di essere. Pertanto, al di là di qualsiasi considerazione religiosa o morale personale, la dignità umana deve venire prima di tutto. Non a caso, la Dichiarazione Universale dei Diritti Umani stabilisce nel suo articolo 1 che “Tutti gli esseri umani nascono liberi ed eguali in dignità e diritti”. Inoltre, nell’articolo 5, si afferma che “Nessuno sarà sottoposto a tortura né a trattamenti o punizioni crudeli, inumani o degradanti”. Pertanto, quando le convinzioni religiose vengono usate per negare l’umanità di un’altra persona, si commette un atto inumano e degradante. Un atto che può anche costituire tortura, sia fisica sia emotiva. Non importa quali siano le nostre convinzioni, perché nessuna di esse può giustificare l’odio verso chi abbiamo davanti. Quindi, quando la nostra religione ci chiede di odiare, forse la cosa migliore è cambiare religione o, semplicemente, non averne alcuna.
Ma cosa ha detto esattamente Gesù riguardo l’omosessualità? Senza dubbio, questa è una di quelle domande che generano dibattito, rumore e spesso più pregiudizi che conoscenza. La figura di Gesù viene costantemente invocata per giustificare rifiuti, condanne morali e discorsi esclusivi. Ma quando ci avviciniamo ai Vangeli con calma, senza urla né slogan, la risposta diventa piuttosto chiara, e per alcuni persino estremamente scomoda. E la risposta è chiara: Gesù non ha mai detto nulla di esplicito sull’omosessualità. Da una prospettiva cristiana, Gesù non è un semplice autore all’interno della Bibbia, né un mero riferimento morale, ma la piena rivelazione di Dio. Per questo le sue parole, i suoi gesti e anche i suoi silenzi costituiscono il criterio attraverso il quale si interpreta il resto delle Scritture, e non il contrario.
Così, tutto il “dibattito” su questo tema dovrebbe finire qui. Nei quattro Vangeli non appare una sola parola attribuita direttamente a Gesù in cui parli di omosessualità, di relazioni tra persone dello stesso sesso o della loro presunta condanna. Non c’è nulla, solo silenzio assoluto. E quel silenzio, lungi dall’essere irrilevante, dice molto più di quanto possiamo immaginare. Nella teologia cristiana, il silenzio di Gesù non è neutrale né vuoto. Egli parla con particolare forza dove la dignità umana è violata e tace quando altri tentano di imporre pesi morali che Egli non ha mai posto sulle spalle di nessuno.
È vero, Gesù parlava di molte cose. Parlava dell’amore per il prossimo e lo portava all’estremo, amando persino i propri nemici. Parlava del perdono in quei casi in cui sembra impossibile perdonare. Parlava di misericordia di fronte a leggi rigide e ingiuste. Gesù non è venuto ad abolire la Legge, ma a portarla alla sua pienezza attraverso l’amore, spostando il centro dalla norma astratta alla persona concreta davanti a Lui.
Parlava anche di non giudicare, di non condannare e di non sentirsi mai superiori agli altri. Denunciava l’ipocrisia di chi si riteneva giusto mentre disprezzava gli altri nel modo più assoluto e disumano. E, soprattutto, parlava di mettere la persona al centro, chiunque fosse. Nei Vangeli, Gesù non identifica mai il peccato con l’orientamento sessuale o con l’identità di nessuno. Il peccato è sempre legato all’ipocrisia, alla mancanza di misericordia e al disprezzo verso la persona davanti a noi.
È vero, sembra che abbiamo dimenticato che, al di là dei sontuosi templi, delle sculture artistiche, dei ricchi paramenti e dei grandi tesori, Gesù si muoveva sempre tra chi era ai margini della società. Era sempre accanto a chi viveva nella povertà, a chi soffriva per malattia, a chi vendeva il proprio corpo per sopravvivere, ai migranti e, in definitiva, alle persone considerate “impure” o che, di fatto, non erano considerate persone. Gesù non chiedeva mai a nessuno di loro della loro morale, di come conducevano la propria vita privata, né se si adattassero al modello sociale dominante. Li guardava, li ascoltava, li abbracciava, li amava e, attraverso quell’amore, restituiva loro dignità. Questo è ciò che i testi mostrano davvero. Tutto il resto è pregiudizio e ipocrisia dal pulpito durante l’omelia.
A volte si cita un passo in cui Gesù parla del matrimonio e menziona che l’uomo si unirà alla sua moglie. Ma quel testo non ha nulla a che fare con l’omosessualità. Gesù sta semplicemente rispondendo a una domanda specifica sul divorzio nel contesto ebraico del primo secolo. Non sta definendo l’orientamento eterosessuale né condannando altre forme di relazioni affettive. Perciò, estrapolare quel versetto dal contesto per usarlo come arma per distruggere e disumanizzare è, semplicemente, disonesto e contrario al messaggio di amore che Gesù, se crediamo davvero in Lui, ha sempre predicato.
È vero che condanne esplicite alle relazioni omosessuali compaiono altrove nella Bibbia, specialmente nel Levitico e in alcune lettere attribuite a San Paolo. Le lettere paoline fanno parte del Nuovo Testamento, ma non hanno lo stesso peso normativo delle parole e delle azioni di Gesù, che costituiscono il nucleo della fede cristiana. Perciò è importante chiarire: queste non sono parole di Gesù. Sono testi scritti in contesti storici, culturali e sociali molto specifici e secondo codici morali del loro tempo. Confondere Gesù con tutto ciò che dice la Bibbia, senza distinguere autori, epoche e generi letterari, è una semplificazione che impoverisce il messaggio cristiano fino quasi a farlo scomparire del tutto.
Il nucleo del messaggio di Gesù non ruota intorno alla sessualità, e tanto meno all’orientamento sessuale. Ruota invece intorno all’amore, alla giustizia, alla compassione e alla dignità di ogni essere umano. Gesù non ha mai perseguitato nessuno per amore. Ha invece sfidato l’ipocrisia, l’abuso di potere e la disumanità, quelle stesse cose che davvero impediscono l’ingresso nel Regno dei Cieli. Nei Vangeli, il criterio per partecipare al Regno di Dio non è la purezza sessuale, ma la misericordia, la giustizia e l’amore per il prossimo.
Per questo, quando oggi Gesù viene invocato per giustificare il rifiuto delle persone LGBTIQ+, vale la pena fermarsi e chiedersi se ciò abbia davvero fondamento nei Vangeli o se derivi piuttosto dalla paura, dai pregiudizi o da interpretazioni interessate. Perché se qualcosa appare chiaro leggendo Gesù con onestà, è che Egli non è venuto per escludere, ma per allargare il cerchio. Un cerchio che abbraccia “tutti, tutti, tutti”, come dice Papa Francesco. Oppure, se preferiamo, un cerchio che abbraccia tutte, tutti e, sì, anche chi si identifica come non binario.
Da una fede cristiana onesta, non si può affermare che Dio condanni l’amore mentre Gesù lo fa diventare il comandamento supremo. Né si può predicare un Vangelo che neghi la dignità di chi Gesù ha posto al centro.
Forse la grande domanda non è cosa abbia detto Gesù sull’omosessualità, ma cosa stiamo facendo del suo messaggio, quando il vero amore per gli altri non rientra nelle nostre certezze.
Alla fine, se vogliamo davvero seguirlo, forse la chiave sta nel ricordare che il vero amore, l’amore che libera, non può mai essere peccato.
Perché la dignità umana non ha bisogno di permesso per esistere.
E nemmeno l’amore.

🇫🇷FRANÇAIS🇨🇩
Jésus et l’homosexualité : la grande question
Au fil des années, en tant que doctorant en droit et représentant d’une organisation de défense des droits humains, j’ai été témoin de nombreuses situations difficiles à imaginer. Parmi tous les cas suivis au cours de ma vie, les personnes LGBTIQ+ constituent sans aucun doute le groupe majoritaire, qu’elles soient accompagnées en présentiel ou à distance.
À de nombreuses reprises, lorsque j’ai assisté une personne dont les droits fondamentaux étaient remis en question en raison de son orientation sexuelle ou de son identité de genre, j’ai constaté que l’élément religieux était très présent au sein du foyer familial. De fait, les familles m’ont souvent dit : « Le curé du village est venu ici », « Nous avons parlé avec un ami qui enseigne au séminaire », « Tout cela va nous causer des problèmes avec la confrérie » ou, de façon beaucoup plus dure, « Nous ne voulons pas qu’il finisse en enfer ».
Souvent, je ne savais pas exactement quoi répondre, car, après tout, il existe aussi le droit humain et fondamental à la liberté de religion et de croyance. Il n’est pas facile de concilier des droits aussi essentiels, mais à mon avis, s’il existe un droit qui doit primer sur tous les autres, c’est celui qui garantit qu’aucune personne ne soit privée de sa dignité inviolable et inhérente simplement parce qu’elle est ce qu’elle est. Ainsi, au-delà de toute considération religieuse ou morale personnelle, la dignité humaine doit passer avant tout. Il n’est pas étonnant que la Déclaration universelle des droits de l’homme stipule dans son article premier que « Tous les êtres humains naissent libres et égaux en dignité et en droits ». De plus, l’article 5 affirme que « Nul ne sera soumis à la torture ni à des peines ou traitements cruels, inhumains ou dégradants ». Par conséquent, lorsqu’on utilise les croyances religieuses pour nier l’humanité d’une autre personne, on commet un acte inhumain et dégradant. Un acte qui peut également constituer une torture, qu’elle soit physique ou émotionnelle. Peu importent nos croyances, aucune ne peut justifier la haine envers la personne qui se trouve devant nous. Ainsi, lorsque notre religion nous demande de haïr, il vaut peut-être mieux changer de religion ou, tout simplement, n’en avoir aucune.
Mais que disait exactement Jésus à propos de l’homosexualité ? Sans doute, c’est l’une de ces questions qui suscitent débat, bruit et souvent plus de préjugés que de connaissance. La figure de Jésus est constamment invoquée pour justifier des rejets, des condamnations morales et des discours exclusifs. Mais lorsque l’on aborde les Évangiles avec calme, sans cris ni slogans, la réponse devient assez claire, et pour certains, extrêmement inconfortable. Et la réponse est simple : Jésus n’a jamais rien dit d’explicite sur l’homosexualité. Ainsi, d’un point de vue chrétien, Jésus n’est pas un simple auteur parmi d’autres dans la Bible, ni un simple repère moral, mais la pleine révélation de Dieu. C’est pourquoi ses paroles, ses gestes et même ses silences constituent le critère par lequel on interprète le reste des Écritures, et non l’inverse.
Ainsi, tout « débat » sur ce sujet devrait s’achever ici. Dans les quatre Évangiles, il n’existe pas une seule parole attribuée directement à Jésus où il parle d’homosexualité, de relations entre personnes du même sexe ou de leur prétendue condamnation. Il n’y a rien, seulement un silence absolu. Et ce silence, loin d’être insignifiant, en dit beaucoup plus que ce que l’on pourrait penser. En théologie chrétienne, le silence de Jésus n’est ni neutre ni vide. Il parle avec force là où la dignité humaine est bafouée et se tait lorsque d’autres cherchent à imposer des fardeaux moraux qu’il n’a jamais placés sur les épaules de quiconque.
Il est vrai, Jésus parlait de beaucoup de choses. Il parlait de l’amour du prochain et le portait à l’extrême, jusqu’à aimer ses ennemis. Il parlait du pardon dans les cas où il semble impossible de pardonner. Il parlait de la miséricorde face à des lois rigides et injustes. Jésus n’est pas venu abolir la Loi, mais la porter à sa plénitude par l’amour, en déplaçant le centre de la norme abstraite vers la personne concrète devant lui.
Jésus parlait aussi de ne pas juger, de ne pas condamner et de ne jamais se croire supérieur à autrui. Il dénonçait l’hypocrisie de ceux qui se croyaient justes tout en méprisant les autres de la manière la plus absolue et inhumaine. Et surtout, il parlait de placer la personne au centre, quel qu’elle soit. Dans les Évangiles, Jésus n’identifie jamais le péché à l’orientation sexuelle ou à l’identité de quelqu’un. Le péché est toujours lié à l’hypocrisie, au manque de miséricorde et au mépris de la personne qui est devant nous.
Il est vrai, il semble que nous ayons oublié qu’au-delà des somptueux temples, des œuvres artistiques, des riches vêtements liturgiques et des grands trésors, Jésus se mouvait toujours parmi ceux qui étaient en marge de la société. Il était toujours aux côtés de ceux qui vivaient dans la pauvreté, de ceux frappés par la maladie, de ceux qui vendaient leur corps pour survivre, des migrants et, en définitive, de ceux considérés comme « impurs » ou qui, en fait, n’étaient pas considérés comme des personnes. Jésus ne leur demandait jamais leur morale, la manière dont ils vivaient leur vie intime, ni s’ils correspondaient au modèle social dominant. Il les regardait, les écoutait, les embrassait, les aimait et, par cet amour, leur rendait leur dignité. C’est ce que les textes montrent réellement. Tout le reste est préjugé et hypocrisie depuis la chaire lors de l’homélie.
Parfois, on cite un passage où Jésus parle du mariage et mentionne que l’homme s’attachera à sa femme. Mais ce texte n’a rien à voir avec l’homosexualité. Jésus répond simplement à une question précise sur le divorce dans le contexte juif du premier siècle. Il ne définit pas l’orientation hétérosexuelle et ne condamne pas d’autres formes de relations affectives. C’est pourquoi sortir ce verset de son contexte pour en faire une arme visant à détruire et déshumaniser est tout simplement malhonnête et contraire au message d’amour que Jésus, si nous croyons vraiment en lui, a toujours prêché.
Il est vrai que des condamnations explicites des relations homosexuelles apparaissent ailleurs dans la Bible, notamment dans le Lévitique et dans certaines lettres attribuées à Saint Paul. Les lettres pauliniennes font partie du Nouveau Testament, mais n’ont pas le même poids normatif que les paroles et actions de Jésus, qui constituent le cœur de la foi chrétienne. Il est donc important de préciser : ce ne sont pas les paroles de Jésus. Ce sont des textes rédigés dans des contextes historiques, culturels et sociaux très précis, selon les codes moraux de leur époque. Confondre Jésus avec tout ce que dit la Bible, sans distinguer auteurs, époques et genres littéraires, est une simplification qui appauvrit le message chrétien jusqu’à presque le faire disparaître complètement.
Le cœur du message de Jésus ne tourne pas autour de la sexualité, et encore moins de l’orientation sexuelle. Il tourne autour de l’amour, de la justice, de la compassion et de la dignité de chaque être humain. Jésus n’a jamais persécuté quelqu’un pour avoir aimé. Il a en revanche combattu l’hypocrisie, l’abus de pouvoir et le manque d’humanité, ces mêmes choses qui empêchent véritablement d’entrer dans le Royaume des Cieux. Dans les Évangiles, le critère pour participer au Royaume de Dieu n’est pas la pureté sexuelle, mais la miséricorde, la justice et l’amour du prochain.
C’est pourquoi, lorsque Jésus est invoqué aujourd’hui pour justifier le rejet des personnes LGBTIQ+, il convient de s’arrêter et de se demander si cela trouve réellement appui dans les Évangiles ou si cela résulte plutôt de peurs, de préjugés ou de lectures intéressées. Car ce qui apparaît clairement à la lecture honnête de Jésus, c’est qu’il n’est pas venu pour exclure, mais pour élargir le cercle. Un cercle qui englobe et embrasse « tous, tous, tous », comme le dit le Pape François. Ou, si l’on préfère, un cercle qui embrasse toutes, tous et, oui, aussi ceux qui se considèrent comme non binaires.
Dans une foi chrétienne honnête, on ne peut pas affirmer que Dieu condamne l’amour alors que Jésus en fait le commandement suprême. On ne peut pas non plus prêcher un Évangile qui nie la dignité de ceux que Jésus a placés au centre.
Peut-être que la grande question n’est pas ce que Jésus a dit sur l’homosexualité, mais ce que nous faisons de son message lorsque le véritable amour pour les autres ne s’accorde pas avec nos certitudes.
En fin de compte, si nous voulons vraiment le suivre, peut-être que la clé est de se rappeler que le véritable amour, cet amour qui libère, ne peut jamais être un péché.
Car la dignité humaine n’a pas besoin d’autorisation pour exister.
Et l’amour non plus.

🇵🇹PORTUGUÊS🇧🇷
Jesus e a homossexualidade: a grande questão
Ao longo dos anos, como doutorando em Direito e como representante de uma entidade de defesa dos direitos humanos, testemunhei muitas situações difíceis de imaginar. De todos os casos acompanhados ao longo da minha vida, sem dúvida as pessoas LGTBIQ+ constituem o grupo maioritário, quer tenham sido acompanhadas presencialmente, quer à distância.
Por diversas vezes, quando assisti alguém cujos direitos fundamentais estavam a ser questionados por causa da sua orientação sexual ou identidade de género, verifiquei que o elemento religioso estava muito presente no seio familiar. Mais ainda, as próprias famílias chegaram a dizer-me: “O padre da aldeia esteve aqui”, “Falámos com um amigo que dá aulas no seminário”, “Tudo isto vai-nos causar problemas com a confraria” ou, de forma muito mais dura, “Não queremos que acabe no inferno”.
Muitas vezes, não soube exatamente como responder, pois, no fim de contas, também existe o direito humano e fundamental à liberdade religiosa e de crença. Não é fácil ponderar direitos tão básicos, mas, na minha opinião, se há um direito que deve prevalecer sobre todos os outros, é o direito a que nenhuma pessoa seja privada da sua dignidade inviolável e inerente simplesmente por ser quem é. Por isso, para além de qualquer consideração religiosa ou moral pessoal, a dignidade humana deve estar acima de tudo. Não é por acaso que a Declaração Universal dos Direitos Humanos estabelece, no seu artigo 1.º, que “Todos os seres humanos nascem livres e iguais em dignidade e direitos”. Além disso, no artigo 5.º, está estipulado que “Ninguém será sujeito a tortura, nem a penas ou tratamentos cruéis, desumanos ou degradantes”. Por conseguinte, quando se utilizam crenças religiosas para negar a humanidade de outra pessoa, está-se a cometer um ato desumano e degradante. Um ato que também pode constituir tortura, física ou emocional. Independentemente das nossas crenças, nenhuma delas pode servir de justificação para odiar quem temos à nossa frente. Assim, quando a nossa religião nos pede para odiar, talvez seja melhor mudar de religião ou, simplesmente, não ter nenhuma.
Mas o que disse exactamente Jesus sobre a homossexualidade? Sem dúvida, esta é uma daquelas questões que geram debate, ruído e, muitas vezes, mais preconceito do que conhecimento. A figura de Jesus é constantemente invocada para justificar rejeições, condenações morais e discursos exclusivos. Mas quando nos aproximamos dos Evangelhos com calma, sem gritos nem slogans, a resposta torna-se bastante clara, e para algumas pessoas, extremamente incómoda. E a resposta é simples: Jesus nunca disse nada de explícito sobre a homossexualidade. Assim, numa perspetiva cristã, Jesus não é apenas mais um autor na Bíblia nem um simples referente moral, mas a plena revelação de Deus. Por isso, as suas palavras, gestos e mesmo os seus silêncios são o critério pelo qual se interpreta o restante da Escritura, e não o contrário.
Deste modo, todo o “debate” sobre este tema deveria terminar aqui. Nos quatro Evangelhos não existe uma única palavra atribuída diretamente a Jesus em que ele fale sobre homossexualidade, relações entre pessoas do mesmo sexo ou a sua suposta condenação. Não há nada, apenas um silêncio absoluto. E esse silêncio, longe de ser irrelevante, diz muito mais do que se pode imaginar. Na teologia cristã, o silêncio de Jesus não é neutro nem vazio.Ele fala com especial contundência onde a dignidade humana é violada e permanece em silêncio quando outros tentam impor encargos morais que Ele nunca colocou nos ombros de ninguém.
É verdade, Jesus falou sobre muitas coisas. Falava do amor ao próximo e levava-o ao extremo, amando até os seus próprios inimigos. Falava do perdão em situações em que parecia impossível perdoar. Falava da misericórdia perante leis rígidas e injustas. Jesus não veio abolir a Lei, mas sim levá-la à sua plenitude através do amor, deslocando o centro da norma abstrata para a pessoa concreta que tinha à sua frente.
Jesus também falava de não julgar, de não apontar o dedo e de nunca se considerar superior a ninguém. Denunciava a hipocrisia daqueles que se julgavam justos enquanto desprezavam outros de forma absoluta e desumana. E, acima de tudo, falava de colocar a pessoa no centro, independentemente de quem fosse. Nos Evangelhos, Jesus nunca identifica o pecado com a orientação sexual ou a identidade de alguém. O pecado está sempre ligado à hipocrisia, à falta de misericórdia e ao desprezo pela pessoa que temos à nossa frente.
É certo que parece que esquecemos que, para além dos templos luxuosos, das obras de arte, das ricas vestes litúrgicas e dos grandes tesouros, Jesus movimentava-se sempre junto daqueles que se encontravam à margem da sociedade. Estava sempre ao lado dos que viviam na pobreza, dos que sofriam da doença, dos que vendiam o próprio corpo para sobreviver, dos migrantes e, em definitivo, das pessoas consideradas “impuras” ou que, na realidade, não eram sequer vistas como pessoas. Jesus nunca lhes perguntou sobre a sua moral, como viviam a vida íntima ou se se enquadravam no modelo social dominante. Ele olhava para elas, escutava-as, abraçava-as, amava-as e, a partir desse amor, devolvia-lhes a dignidade. É isto que os textos mostram de facto. Todo o resto é preconceito e hipocrisia a partir do púlpito durante a homilia.
Por vezes, cita-se um episódio em que Jesus fala do casamento e menciona que o homem se unirá à sua mulher. Mas esse texto não tem nada a ver com a homossexualidade. Jesus estava apenas a responder a uma questão concreta sobre o divórcio no contexto judaico do século I. Ele não estava a definir a orientação heterossexual nem a condenar outras formas de relações afetivas. Por isso, retirar este versículo do contexto para o usar como arma para destruir e desumanizar é simplesmente desonesto e contrário à mensagem de amor que Jesus, se realmente acreditamos nele, sempre pregou.
É verdade que condenações explícitas das relações homossexuais aparecem noutros locais da Bíblia, especialmente no Levítico e em algumas cartas atribuídas a São Paulo. As cartas paulinas fazem parte do Novo Testamento, mas não têm o mesmo peso normativo que as palavras e ações de Jesus, que constituem o núcleo da fé cristã. Convém esclarecer que essas não são palavras de Jesus. São textos escritos em contextos históricos, culturais e sociais muito concretos, segundo os códigos morais da época. Confundir Jesus com tudo o que a Bíblia diz, sem distinguir autores, épocas e géneros literários, é uma simplificação que empobrece a mensagem cristã até quase fazê-la desaparecer por completo.
O núcleo da mensagem de Jesus não gira em torno da sexualidade, e muito menos da orientação sexual. Gira em torno do amor, da justiça, da compaixão e da dignidade de cada ser humano. Jesus nunca perseguiu ninguém por amar. Perseguiu, isso sim, a hipocrisia, o abuso de poder e a falta de humanidade, aquilo que, de facto, impede a entrada no Reino dos Céus. Nos Evangelhos, o critério para participar no Reino de Deus não é a pureza sexual, mas a misericórdia, a justiça e o amor ao próximo.
Por isso, quando hoje se invoca Jesus para justificar o rejeito das pessoas LGTBIQ+, convém parar e perguntar se isso tem realmente respaldo nos Evangelhos ou se resulta mais de medos, preconceitos ou leituras interessadas. Porque se algo fica claro ao ler Jesus com honestidade é que ele não veio para excluir, mas para alargar o círculo. Um círculo que engloba e abraça “todos, todos, todos”, como disse o Papa Francisco. Ou, se quisermos, um círculo que abraça todas, todos e, sim, também os que se consideram não binários.
Numa fé cristã honesta, não se pode afirmar que Deus condena o amor quando Jesus o transforma no mandamento supremo. Também não se pode pregar um Evangelho que negue a dignidade de quem Jesus colocou no centro.
Talvez a grande questão não seja o que Jesus disse sobre a homossexualidade, mas o que estamos a fazer com a sua mensagem quando o verdadeiro amor pelos outros não se encaixa nas nossas certezas.
No fim, se quisermos verdadeiramente segui-lo, talvez a chave esteja em lembrar que o verdadeiro amor, esse amor que liberta, nunca pode ser pecado.
Porque a dignidade humana não precisa de permissão para existir.
E o amor também não.




