La Paz no debería ser únicamente la ausencia de violencia, debería ser el estado natural de todo aquello que nos rodea y que, a pesar de nuestras diferencias, nos permitiese ser capaces de avanzar conjuntamente, en plena armonía, en total convivencia y en constante evolución.
La propia Carta de las Naciones Unidas deja remarcado que existe el compromiso de “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra” que en dos ocasiones golpeó al conjunto de la humanidad durante el pasado siglo y que, por desgracia, en la actualidad, sigue golpeando a buena parte la población en numerosas regiones de todo el mundo contabilizándose millones de víctimas inocentes en los 55 conflictos bélicos que, a día de hoy, aún permanecen activos.

No basta con intentar únicamente el mantenimiento de la Paz a través del envió de fuerzas que eviten más enfrentamientos entre las partes enfrentadas. Tampoco es efectivo intentar construir la paz toda vez que regiones enteras han sido arrasadas sin que las heridas estén cicatrizadas. Tampoco es una panacea el descargar todas las responsabilidades en la diplomacia preventiva. Nada de todo esto por separado es efectivo en sí pero, al mismo tiempo, todo forma parte de un conjunto esencial que debe ser elevado al máximo nivel si realmente queremos trabajar por una paz mundial y duradera. Todo ese conjunto a ese máximo nivel recibe un nombre que muy pocas veces es pronunciado no solo por los altos cargos de los diferentes gobiernos que conforman la comunidad internacional, sino que tampoco nuestros mismos labios pronuncian. Y ese nombre es: CULTURA DE LA PAZ.

Sé que, al menos en apariencia, la cultura de la paz parece no tener ninguna posibilidad frente la cultura de la guerra y de la violencia, que tantos intereses mueve aunque no queramos o no sepamos reconocerlos. Igualmente, de esa cultura de la guerra, la impunidad y la intolerancia toman su fuerza haciéndose cada vez más presentes en nuestra sociedad. Es cierto, luchas contra todo es un reto complejo que debe ser enfocado desde múltiples perspectivas y a través de mecanismos que se antojan demasiado lentos y con demasiados errores. Pero es el único camino posible y el recorrerlo no es una opción, sino todo lo contrario, es una obligación de toda sociedad que, sin duda, puede y debe conseguirse.
Tal vez un día, 24 horas, no sean suficientes para reivindicar todo aquello que represente al Día Internacional para la Paz. La Paz no tiene que reivindicarse únicamente hoy, día 21 de septiembre, con un alto el fuego en día de hoy, sino que debe reivindicarse y exigirse constantemente para todos los líderes del mundo comiencen a escuchar de una vez por todas a todos los pueblos del mundo. Pueblos que solo piden el fin de la violencia, de la represión y de la intolerancia; pueblos que claman por el respeto a hacia sus derechos y libertades fundamentales más básicas pero que apenas tienen posibilidad de hacerlo porque sus voces han sido silenciadas; pueblos que buscan desesperadamente la protección de sus familias huyendo del hambre, del dolor, de la destrucción y de una muerte segura.

Existen muchos aspectos relacionados con la ausencia de la paz que no únicamente se reducen a los enfrentamientos armados. Son muchas las causas que rodean los distintos conflictos de la actualidad; la falta de asistencia médica y humanitaria, la extrema pobreza, la prevención de enfermedades como el cólera, el tifus o el VIH; los desastres naturales fruto de un cada vez más evidente cambio climático; la falta de un sistema democrático que respete la democracia y los derechos humanos; la falta de control de la venta de armas y la ausencia de compromisos de desarme; o la ausencia del cumplimiento de los compromisos contraídos por el resto de la comunidad internacional como las operaciones de paz en las zonas afectadas o ausencia de ayudas de cooperación al desarrollo.
Tampoco podemos olvidar que el papel de los jóvenes en la construcción y en el desarrollo de un futuro de paz es totalmente esencial. Pensemos que, a través de la Paz, es posible un mayor grado de desarrollo que permita aumentar la igualdad de oportunidades entre los jóvenes, mujeres y hombres del futuro, que residen en las zonas de conflicto. Es preciso proteger a las nuevas generaciones procurándoles un ambiente sano y una educación inclusiva para que, como protagonistas fundamentales del mañana, y a través de su enorme potencial, dirijan a sus respectivos países hacia un futuro mejor en donde la paz y el desarrollo sostenible de su comunidad se hagan realidad desde una estabilidad y seguridad que son necesarias para erradicar la pobreza extrema, el hambre y las enfermedades que, aún teniendo fácil cura, se cobran demasiadas vidas inocentes precisamente por la ausencia paz.

Sus voces, que también son las nuestras, deben ser escuchadas porque, incluso mucho antes de lo que se esperaba, jóvenes de todo el mundo, mujeres y hombres del mañana, están demostrado su enorme fuerza y capacidad de compromiso en favor de aspectos tan esenciales como lo son el respeto hacia la dignidad y hacia los derechos humanos de toda persona (especialmente en la defensa de los derechos de migrantes y refugiados que se ven obligados abandonar todo cuanto poseen para salvar su vida); la defensa de un modelo de desarrollo sostenible que permita combatir los efectos del cambio climático; la promoción del empoderamiento de la sociedad civil a través de la fuerza de la democracia como mejor instrumento para combatir en favor de la igualdad entre mujeres y hombres; para luchar contra toda forma de discriminación por racismo, xenofobia, LGTBIfobia, enfermedad o discapacidad; y para impulsar y materializar un sistema de educación cívica e inclusiva que permita el máximo nivel de participación de la sociedad en aspectos tan esenciales como lo es la búsqueda y el mantenimiento de la Paz.
Creo que aún no somos totalmente conscientes de la vital importancia que tiene un modelo de desarrollo sostenible en la consecución de la Paz. A través de programas de sostenibilidad se pueden abordar todas aquellas necesidades fundamentales de la población sin que eso ponga en riesgo que las próximas generaciones ven reducidas sus posibilidades de cubrir las que serán sus necesidades del mañana y permitiendo que puedan desarrollar todo su potencial. Pensemos nuevamente que la extrema pobreza, el hambre endémica de algunas regiones, el agotamiento de los recursos naturales, la escasez de algo tan vital como es el agua y la degradación del medio ambiente son elementos que alimentan el caldo de cultivo desde donde surge la corrupción, el racismo, la xenofobia y, en consecuencia, suponen una fuente de alimentación para los conflictos bélicos actuales y un verdadero riesgo para la paz en aquellas zonas afectadas por aquellos factores. A través del desarrollo sostenible pueden eliminarse estas causas de conflicto y contribuir a una paz duradera en las zonas afectadas que, al mismo tiempo, contribuirá a que existan las condiciones necesarias para avanzar precisamente en ese camino del desarrollo sostenible para alcanzar las cotas más altas de prosperidad.

Algunos negarán siempre todo los que he dicho hasta ahora y utilizarán argumentos falaces, vacíos y absurdos a la vez que traten de buscar responsables ajenos a modo de chivos expiatorios. Y lo harán desde el cinismo y el recurso fácil de argumentos extendidos por quienes promueven posturas ideológicas contrarias a la dignidad y los derechos humanos, señalando al quienes son diferentes como únicos responsables de su situación y culpándoles de ser causantes de problemas que les son totalmente ajenos.
Pero en un mundo interconectado las responsabilidades también lo están y, por tanto, la obligación de defender la Paz es siempre una obligación compartida entre todos los pueblos. Por eso, es preciso saber utilizar los instrumentos necesarios para desacreditar a quienes, desde el cinismo y la falacia, intentan dividir a la sociedad en algo tan básico como lo es la búsqueda de la paz y la eliminación de toda forma de violencia, de intolerancia y de discriminación. Una violencia, una intolerancia y una discriminación que solo contribuyen a seguir denigrando a seres humanos por el mero hecho de ser diferentes cuando, en realidad, todas y todos contamos con la misma dignidad inviolable y con los mismos derechos de carácter inalienable.

Por todas estas razones, quiero que comprendáis la necesidad de sumar nuestra voz en favor de la defensa de la Paz. Hagámoslo siempre, no únicamente en el día de hoy, clamando por el fin de la violencia, de la represión, de la intolerancia y en favor de la democracia, de la libertad, de la igualdad, de la dignidad y de los derechos humanos. Sabemos cuáles son los factores que provocan la ausencia de paz y tenemos a nuestro alcance los medios para salvaguardarla. Todo ello con la fuerza, la energía y la vitalidad de las nuevas generaciones cuyo papel es esencial para conseguir alcanzar una Paz que, más que una meta, es el único camino si realmente queremos avanzar como una sociedad global comprometida con nuestro entorno y con nuestro futuro.
Porque defender la Paz es proteger la dignidad y defender los derechos humanos, es luchar en contra de la intolerancia, de la violencia y de la discriminación; defender la Paz es construir puentes de entendimiento; defender la Paz es convertir el dolor, el miedo y la desolación en vida y en esperanza; y porque defender la Paz es, en definitiva, RECORDAR EL SENTIDO DE NUESTRA HUMANIDAD.
